El Atleti jugó contra el otro equipo grande de la capital, esta vez en el turístico estadio de este último. Recibió cuatro goles y, aún así, la sensación fue diferente a otras veces (recientes).
El Atleti de Manzano, segunda versión fallida de equipo al mando del mismo entrenador, llegó con pocas esperanzas al derby con Y griega. La enésima versión fallida del Atleti de los Gil, heredero de las plantillas que más puntos han ganado en el estadio del otro equipo grande de la capital, no tenía esta vez ni motivo para encomendarse a la fortuna, la sorpresa o la capacidad del equipo para hacer exactamente lo contrario de lo que se espera de él. Otros años, versiones fallidas del Atleti contaban con jugadores estratosféricos de esos que pueden cambiar un partido en una jugada, de esos que el rival quiere comprar a golpe de mazo de billetes de 500 euros, incluso con un tipo con pecas que dijo que nunca iría a ese club recalificador ya se lo exigiera la Guardia Civil o la Guardia Suiza. Este año era distinto, todos lo sabíamos, todos lo sabemos.
En lo más profundo, los aficionados del Atleti siempre guardan un rescoldo de esperanza, un convencimiento de que, precisamente porque el Atleti es un equipo dado a los golpes teatrales y a romper profecías, es perfectamente posible que haga algo extraordinario y gane un partido en el que nadie da un duro por él. Históricamente el Atleti siempre fue así, capaz de perder con el último de segunda división en copa y ganar justo después a la selección mundial por una goleada contundente. El problema está en la primera palabra de la frase. Precisamente, el Atleti era así históricamente. Últimamente, y todos sabemos por qué, ya no lo es o al menos sólo es imprevisible por el lado malo. El Atleti sigue siendo capaz de perder con el último tras perder éste un jugador por expulsión, pero cada vez es menos capaz de ganar a un equipo de los grandes haciendo un partidazo inesperado con suplentes y juveniles, como pasaba antes de que nos hiciéramos mayores, tuviéramos achaques y nos molestaran los restaurantes con mala acústica.
El Atleti llegó al estadio-centro comercial del otro equipo grande de la capital tras unos cuantos partidos tristes. Llegó tras mil probaturas, sin su delantero centro rematador de referencia (que por cierto, probablemente se habría ido del campo sin tocar una) y sin un once fijo. Ausente Falcao, ayer la máxima referencia en punta era un muy buen jugador al que el entrenador, hasta hace bien poco, había relegado al banquillo. Asumida esta limitación, había curiosidad por ver qué dibujo sacaría el entrenador en el medio campo tras los últimos vaivenes y dudas. Salieron finalmente dos medio centros defensivos en vez del cinco inamovible e inmóvil de los últimos partidos que ayer, partido complicado, el entrenador no quiso sacar (esto es, lo que habría hecho la afición ya hace cinco o seis semanas). Salió un jugador que fue clave en una posición similar hace dos temporadas, para pasar luego al banquillo gracias a un entrenador con bufanda. Assunçao capeó el temporal en una zona complicada y, sin hacer el partido perfecto, volvió a dejar claro que estando él resulta complicado defender la presencia en el equipo titular del gélido Mario. A su lado jugó un canterano vuelto a casa que empezó la temporada bien pero que con los partidos se ha ido diluyendo, perdiendo presencia y con una querencia preocupante a dar pases fáciles al rival. Aún así, el dibujo parecía más lógico en lo defensivo que muchos de los experimentos manzaniles con Mario Suárez en el papel de adorno navideño innecesario.
Por delante de estos dos, el entrenador dispuso esta vez una línea de tres: Arda Turán por la izquierda, Diego por el centro, Salvio por la derecha. Cambiando el orden para el análisis dada nuestra naturaleza caprichosa, empezaremos hablando de Diego. Diego jugó poco, sólo hasta la expulsión de Courtois, momento en el que el entrenador le cambió para dar entrada a Asenjo. Diego, que sabe guardar el balón, que piensa y que puede llegar a resolver un partido con una buena jugada o un tiro lejano, es de esos jugadores a los que uno no quitaría si se queda con diez y debe aguantar un resultado y evitar, entre otras muchas cosas, entregar el balón al rival inmediatamente. Manzano no es así, y por eso él alterna modelos de gafas de patillas coloridas y uno es fiel a sus gafas de pasta negra de párroco castellano. De hecho, cuando el que suscribe y el resto de la Humanidad habría hecho un cambio tras el segundo gol del rival, Manzano se quedó quieto. Tampoco en eso es fácil coincidir con este hombre.
Manzano pudo quitar a Salvio y no a Diego, pero no lo hizo; el resto del partido se encargó de darle la razón a aquéllos que desconfiaron del cambio. Salvio hizo un buen taconazo en el excelente gol de Adrián y luego no hizo nada sensato. Cuando tuvo espacio, que es donde se supone que le gusta jugar, demostró no tener confianza para encarar e irse. Demostró no tener calidad para guardarla y esperar ayuda, casi pidiendo que le quitaran el balón lo antes posible. Salvio demostró, una vez más, que tiene poco que demostrar porque tiene poco que ofrecer y que su supuesto buen cartel en Portugal suena a tongo de los gordos.
Arda Turan, turco paticorto y de andares cómicos, merece párrafo aparte. Turan, jugador de calidad y carácter con querencias alternativas opuestas tales como la reclamación del liderazgo y la siesta esporádica, dejó claro que es de los poquitos que entienden qué es un derby. Con sólo unos meses en el Atleti, pareció saber con claridad lo que había en juego y cómo encarar la responsabilidad de defender una camiseta de rayas frente a una bata de farmacéutico. La pidió, la buscó, regateó rivales y, cuando perdió el balón, persiguió a su par y le dejó claro que a Arda Turan no se le vacila en un derby; quizás Arda Turan deba dar una conferencia sobre el tema para algún jugador de la plantilla y para muchos de los que han llevado esas rayas en los últimos años como quien lleva una camiseta de publicidad. El único problema es que, recordando a bote pronto a quién le vendría bien el discurso, habría que alquilar un auditorio monumental y seis o siete autocares.
No fue Turan el único que entendió dónde estaba y por tanto ganó galones. Domínguez, al que el mencionado entrenador con bufanda hizo de menos, ejerció de capitán y de atlético de verdad. Estuvo sólido y fuerte al corte, marcó territorio, salió con agresividad cuando tuvo que tapar la banda del almibarado Filipe Luis Filipe y reaccionó con rabia de hincha cada vez que el árbitro favoreció al rival. También estuvo a la altura Perea, a quien tocó bailar con una de las más feas y, con seguridad, aquella con el peinado más ridículo. Perea, con brazalete, hizo honor al mismo en un pequeño rifi-rafe entre jugadores de los dos equipos tras una de las múltiples exageraciones vergonzosas de un rival argentino y flaco al que la prensa nunca afea su teatralidad bochornosa y su odioso comportamiento. No es esto algo que nos extrañe, por cierto, dado que esa actitud de todo vale y el fin justifica los medios es muy apreciada entre su hinchada y afines. Perea ganó carreras a los rivales, como todo el mundo vio salvo los comentaristas de la televisión, y fue al corte con contundencia. Una falta dura de Perea sancionada con tarjeta amarilla sirve hoy como coartada para aquellos que, acabase como acabase el partido, iban a denunciar un Atleti violento y antideportivo. Alguien se preocupará ahora de que Perea quede convertido en un jugador violento a pesar de su trayectoria, como ya le pasó a Ujfalusi. En fin, es lo que hay, a estas alturas tampoco esperamos ya otra cosa.
También merece párrafo propio Adrián. No sólo por el gol, tras jugada estupenda y pase de Diego, taconazo de Salvio y salida del portero rival lejos del primer palo (ya saben, esas salidas que en otros porteros merecen la crítica de la prensa especializada por dejar un ángulo que invita al remate). Adrián se quedó sólo y desconectado en punta tras la salida del equipo de Diego y, a pesar de la soledad, todo lo que hizo lo hizo con criterio, como siempre. Ayudó con su presencia a alejar al medio campo rival del propio y cuando recibió el balón demostró la velocidad e inteligencia que todos los aficionados vieron en pretemporada y que el entrenador sólo vio tras diez jornadas. Que Adrián es un buen jugador es algo indudable, que tiene sitio en el equipo titular una obviedad de esas que sólo los entrenadores profesionales no ven.
En general, el Atleti salió bien y con un empuje casi desconocido en los últimos años. Sin hacer un juego trenzado, no tenía problemas para recuperar el balón y no estaba a merced del rival, más bien marcaba territorio y no pasaba apuros. Marcó un buen gol y las cosas se pusieron de cara, aunque en el fondo todos sabíamos que algo iba a pasar, que habíamos marcado demasiado pronto, que las cosas no serían como en los partidos normales. El árbitro pitaba faltas y sacaba tarjetas a los jugadores del Atleti en cada encontronazo, posiblemente enardecido por los ejercicios circenses y volteretas de los rivales, y eso daba mala espina. Una combinación rival seguida con la vista por los medio centros atléticos terminó en ocasión de gol, penalti claro y la expulsión del portero. El rival marcó y el autor, peinado al estilo Locos Años Veinte, lo celebró con un bailecito ridículo de quinceañera en verano acompañado por dos coristas igualmente repelentes. En ese momento, y a pesar del gol en contra, todos y cada uno de los aficionados del Atleti agradeció en lo más hondo de su corazón el ser de los nuestros y no de los otros.
Las circunstancias cambiaron todo el panorama y el partido, aunque empatado, olía claramente a derrota a esas alturas. En opinión del que suscribe, el penalti fue penalti y por tanto la expulsión fue justa. Nada que decir por ese lado. Otras decisiones arbitrales posteriores no ayudaron, pero no fue el árbitro el responsable de la derrota. Eso sí, el Atleti recibió un montón de tarjetas amarillas y dos rojas; el rival sólo recibió una amarilla forzada por un jugador deseoso de acabar ciclo. Estos ardides consistentes en aprovechar fraudulentamente el reglamento en provecho propio antes se llamaban “trampas” y eran reprobadas con vehemencia por los defensores del juego limpio y por la prensa especializada. Ahora, las mismas acciones son jaleadas y vitoreadas por los mismos colectivos, que elogian la elegancia a la hora de forzar amarillas y la inteligencia para aprovechar los agujeros de la ley. Cuando hacen lo mismo los defraudadores fiscales la autoridad les persigue, y cuando los que hacen trampas son de una selección nacional rival para evitar cruces en semifinales su actitud se afea públicamente y, entre vestiduras rasgadas, se hacen llamadas generales a la decencia y deportividad. Es lo que hay, oiga, es lo que nos ha tocado vivir.
El Atleti jugó bien y, con el partido empatado y un jugador menos, mantuvo el tipo. Recibió un gol nada más empezar el segundo tiempo y mantuvo la cara al partido hasta el minuto 65, cuando recibió el tercero. De haber llegado más cerca del final con 2-1, podría haber intentado hacer algún cambio ofensivo y jugarse el todo por el todo, pero el tercer gol lo impidió. En el tramo final del partido Godín se convirtió en protagonista catastrófico y la derrota engordó y se deformó hasta extremos injustos. Otro penalty y otra expulsión terminaron convirtieron un partido aseadito del rival en una goleada injusta contra diez jugadores. Godín, que había estado entonado el primer tiempo, destrozó su propio partido y las esperanzas del Atleti y de paso echó más tierra sobre su propia tumba deportiva, poniendo la guinda a un declive acelerado que nadie acierta a entender bien.
Eso sí, la valoración que se hará del partido será simple: un Atleti barriobajero y mal afeitado frenó a patadas a sus pobres rivales vestiditos de enfermera. Manzano, torpe también ante la prensa, anunció un partido bronco y puso así fácil la rueda de prensa posterior al partido. No contento con fallar en los cambios y reaccionar tarde, Manzano dejó fácil el discurso del rival. Manzano, entrenador blando con el mismo poder de intimidación que Ned Flanders, anunció algo para lo que no está capacitado ante un entrenador protegido y hábil a la hora de manejar medios. El entrenador del equipo de Ramoncín, en el que militan ciertos jugadores dados a la agresión, al teatro y la tarjeta forzada, recibió el torpe anuncio del entrenador rival con la alegría con la que el delantero centro recibe un balón botando en el punto de penalty. El entrenador rival no habló pues del juego de su equipo ni del poquísimo trabajo de los porteros del Atleti, ni habló de la fortuna de contar con un gol y un jugador menos enfrente cuando no conseguía imponerse al rival; habló, eso sí, de espinilleras reforzadas y de jugadores incapaces de conciliar el sueño por pesadillas protagonizadas por amenazantes zombies rojiblancos, desviando la atención una vez más gracias a la torpe colaboración del entrenador rival, que por desgracia esta vez era el nuestro. No habló, claro, de volteretas y caras de dolor extremo para provocar amarillas, de tarjetas buscadas para cumplir ciclos ni de celebraciones ridículas protagonizadas por tríos de fenómenos capilares que abochornan hasta a sus propios aficionados. Tampoco los medios hablarán de esto hoy, que todo eso forma parte de lo que tanto gusta al nuevo aficionado al fútbol y tanto asco nos da a otros.
El derby fue igual que otros derbys recientes, pero también fue distinto. El Atleti perdió de nuevo, y de nuevo por más diferencia de lo que habría sido justo. De nuevo hubo giros dramáticos del destino en nuestra contra, de nuevo la defensa del Atleti, esta vez Godín, hizo más favores a los rivales que a los propios. De nuevo la afición colchonera se vio abochornada por las inconexas declaraciones previas de su presidente (teóricamente silencioso pero en la práctica contento, como siempre, de poder hacer chascarrillos cuando ve un micrófono) y de nuevo irá la afición dolida a la oficina el lunes, aunque cada vez nos duela menos tras tantos disgustos.
Sin embargo algo diferente sí ocurrió ayer. Durante los veinte primeros minutos el Atleti fue mejor, con diez mantuvo el tipo y sólo por la fatalidad y los errores de la defensa, se llevó cuatro goles. La prensa machacará hoy al Atleti y hablará de un equipo macarra y pendenciero mientras que el que suscribe, poco sospechoso de alabar del juego sucio, vio un equipo con ganas y la motivación que requieren los partidos en los que los aficionados se juegan mucho más que la sonrisa del domingo. El Atleti, o al menos algunos más que otros, mostró casta y ganas tras años de conformismo.
Entre la debacle, el rescoldo del orgullo y la esperanza puede haberse avivado un poco. Hace tiempo que no veíamos la rabia de Domínguez entre los jugadores del Atleti, no desde que se fue un fenómeno con pecas y la vida en cuesta arriba. Si la directiva no lo desbarata con su enésima torpeza, quizás se esté formando, años después, un grupo que entiende a la grada. En ausencia de exigencia desde el palco, la exigencia de la grada será clave para avivar la llama e impedir que se extinga. No podremos contar más que con nosotros mismos para cuidar del embrión, y eso implica una responsabilidad que la afición no siempre ha querido asumir. No sería lógico contar con los medios, no debemos esperar el mismo tratamiento que cuando es el rival el juega fuerte y la prensa alaba el orgullo y la intensidad, pero eso ya lo sabíamos. La directiva, como siempre, no estará a la altura y hoy estará ya pensando en cómo vender a Adrián más que en cómo defender al equipo. Para defender lo que es nuestro sólo quedamos nosotros mismos y tres o cuatro jugadores. No podemos permitirnos fallar, otra vez no.
PS: ¿De qué se reía Reyes mientras calentaba y cuando salió? ¿Se reía algún aficionado atlético a esas alturas de partido? ¿Es de recibo tolerar estas cosas? ¿Volverá la grada del Calderón a vitorear a este jugador, o algún día se harán las cosas con lógica y respeto por el escudo, también en la grada?
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domingo, 27 de noviembre de 2011
domingo, 25 de septiembre de 2011
Maneras de perder
Una de las cosas que más han alimentado la molesta leyenda del colchonero sufridor y amante de las derrotas fue cierto verso en cierto himno encargado a cierto tipo de Úbeda. No se refería, entendemos, a la forma en que el Atleti perdió el sábado.
El sábado a las diez y media de la mañana, que es día y hora de estar durmiendo o, como mucho, de estar tomando café con magdalenas, Francia jugaba contra Nueva Zelanda en la fase de grupos del Mundial de Rugby. A Francia le interesaba perder por aquello de los cruces de la segunda fase y, como ya hizo en el Europeo de Baloncesto, perdió. A Francia le está gustando esta cosa tan italiana de poner en la balanza el honor y la astucia, añadiendo al platillo de la segunda unos kilos de pragmatismo que dejen claro qué decisión es mejor tomar. Querer perder va en contra de la lógica deportiva pero a veces es lo aconsejable según la lógica competitiva, porque una derrota hoy facilita un camino que puede llevar a grandes metas mañana. A veces es mejor perder que ganar porque ganar implica casi necesariamente perder luego, y el orden cronológico del uso de los verbos tiene lo suyo; a veces por ganar antes se vuelve uno a casa antes (de tiempo) mientras que por perder antes se va uno a casa después y quizás con una copa. El caso es que Francia salió a perder un partido para el que, en cualquier caso, tenía muchas papeletas de salir perdedor. La decisión, simple en teoría, era algo más complicada. Una derrota escandalosa quedaría escrita a fuego en la historia del rugby para vergüenza del equipo con palabras de amañe y letras de bochorno. Una derrota abultada haría que el equipo se resintiera en su autoestima y, quizás, se volviera definitivamente contra su excéntrico y discutido técnico, probablemente fuera de la selección cuando acabe el Mundial. Una derrota excesiva condenaría a la afición francesa a pensar que nunca se repetiría una victoria sobre los All Blacks como aquella del último mundial, con los jugadores sudando sangre mientras resistían durante una eternidad y a cinco metros de la línea de ensayo un tsunami neozelandés vestido de gris, o como aquella histórica victoria francesa del 99 que hizo tambalear la leyenda de los de negro. La derrota, la derrota deseada y previsible, podía gestionarse de diferentes maneras y de la suerte del seleccionador y la sabiduría de los pesos pesados del equipo, que verían el primer choque de delanteras desde el banquillo, dependía que se perdiera con dignidad o al menos con provecho. Salió pues Francia con un equipo semi-suplente y con Morgan Parra de apertura y no de medio melé. Tras la haka (con corte de garganta incluido, el final de la Kapa O Pango que tantas críticas provocó desde su primera interpretación), Francia empezó jugando. Jugando a la mano, rompiendo la línea y haciendo que los neozelandeses levantaran mucho las cejas al ver que ese equipo suplente se atrevía a desafiarles. Cinco o seis minutos duró la insolencia y, veinte más tarde, cuatro ensayos All Black recomponían la escena y la lógica. La lógica, por cierto, indicaba que si los neozelandeses seguían jugando a ese ritmo y Francia seguía fallando placajes, el tanteador sería un escándalo. No lo fue tanto; tras el descanso (y a pesar de un ensayo local inmediato) hubo cambios en Francia y las fuerzas se igualaron. La delantera francesa funcionaba, el equipo tenía medio de apertura y la tercera dejaba claro que, de haber salido el primer equipo, el partido no habría sido el paseo plácido del primer tiempo. Hasta dos veces llegaron a ensayar los franceses en el estadio del rival, la primera con una celebración exagerada que no sentó demasiado bien a los locales, dadas las circunstancias, el tanteador y el planteamiento tramposo de los franceses. Francia perdió, y lo hizo de forma astuta. Poco honorable, eso sí, sobre todo tratándose de rugby, pero ahí está la astucia. En la mente de los All Blacks quedó claro que el equipo suplente de Francia es más que asequible, pero también les quedó claro por qué son suplentes y no titulares. De haber salido el equipo entero, piensan hoy, quizás las cosas no habrían sido iguales. De vernos más adelante en el torneo, piensan hoy los All Blacks, las cosas no serán tan fáciles, no bastará con intimidar a los menos experimentados abriendo mucho los ojos y sacando la lengua mientras se hace el gesto de cortar cuellos, habrá que vérselas con Imanol Harinordoquy y compañía y eso ya es otro cantar. Francia perdió el partido que sabía que iba a perder y que quería perder, pero, como hizo con España en baloncesto, sembró una duda para el futuro que le puede venir bien más adelante. Veintitrés horas más tarde, que el partido fue a las nueve y media y la mitad ni nos enteramos, Escocia se jugaba contra Argentina las posibilidades de seguir vivos en el torneo. Argentina había perdido recientemente contra Inglaterra en un partido igualado en el que los ingleses, a mitad de camino entre la astucia y la perfidia, lesionaron tres Pumas en cuarenta minutos. La delantera argentina hizo la vida imposible a la inglesa, y sólo los cambios en la primera línea de los que aquel día vistieron impertinentemente de negro, permitió a Inglaterra subir una velocidad al final del partido y terminar ganando un partido que dejó un sabor de boca amargo en los de celeste y blanco. Escocia acudía al partido con un equipo limitado, sin demasiado talento pero con una delantera peleona. Lo suficientemente peleona como para llevarse el partido con cierta holgura ante los feroces georgianos, tipos duros que visten de blanco y rojo cuando no visten de rojo y blanco. Escocia sabía que los ingleses, sus odiados rivales y aquéllos contra los que se las tendrán que ver en la última jornada de la fase de grupos, habían sudado sangre en la pelea con la delantera argentina y, aún así, centraron ahí sus esfuerzos. Tampoco tenían otra. Ni la calidad de su línea ni la lluvia aconsejaban un juego brillante de pase y carrera, así que plantearon un partido trompicado de mucha pelea entre delanteros. Argentina, cómoda sobre el papel con esa apuesta, no lo estuvo en la práctica ni un minuto. Los argentinos parecieron sufrir más que contra la delantera inglesa y, gracias a dos golpes transformados y dos drops escoceses, a siete minutos del final perdían de seis. Sólo podía entonces hacerse una cosa, sólo una, y se hizo. Amorosino marcó un ensayo histórico, dramático, de esos que hacen rugir los bares y protestar a los vecinos que, en esos momentos, mojaban churros en café con leche. Contempomi transformó y, en los minutos finales, Escocia buscó un drop y forzó una touche a un metro de la línea de ensayo argentina. Con el tiempo cumplido jugó Escocia casi tres minutos eludiendo el golpe y buscando el milagro con un dramatismo casi teatral, casi guionizado. No llegó a conseguirlo. Argentina ganó de un punto y se medirá, si no pasa nada raro, a los All Blacks en cuartos. Por su parte, Escocia perdió un partido que podía desde luego perderse, y lo hizo peleando hasta más allá del último minuto. Escocia perdió el partido pero ganó un punto de confianza en la casi imposible misión de ganar a sus antipáticos vecinos de camisa blanca; si los argentinos les tuvieron contra las cuerdas, ¿por qué no nosotros? ¿Habría algo más bonito para nuestra gente que dejar fuera a los ingleses? Podrán recriminarnos la falta de vistosidad y de talento, pero nadie podrá decir que no vamos a dejarlo todo, así que si los ingleses no tienen el día, ¿por qué no? En la mente de los delanteros escoceses se repite desde la derrota de hoy la misma cantinela, como un mantra: si yo fuera inglés, Dios no lo quiera, no dormiría tranquilo antes de jugar contra nosotros. Si caemos será dando guerra y si no están dispuestos a dejarse la piel en el campo, serán ellos los que caigan. Escociá perdió y, aún perdiendo y viendo cerca la posibilidad de ser el primer equipo en la historia de la camiseta del cardo que no pasa la fase de grupos, sacó de la derrota motivos para apretar aún más los dientes.
En medio de estas dos derrotas, el Atleti perdió por goleada su partido del sábado y ahora toca ver qué conclusiones sacamos. Algunas habrá que sacar, eso está claro. La primera conclusión es que el Barcelona, cuando juega a esto y sobre todo cuando se le deja jugar, es prácticamente imbatible. No imbatible del todo, que algún partido ha perdido y hace poco tiempo empató contra un Valencia no demasiado brillante, pero casi imbatible. La superioridad que el Barcelona muestra en casi todos los partidos hace que en aquellos en los que no va ganando cómodamente a los diez minutos su afición se inquiete, es lo que tiene estar mal acostumbrado. Que el Barcelona, que sigue jugando como los ángeles y sigue queriendo ganar a pesar de haberlo ganado todo, le gane al equipo de uno entra dentro no ya de lo lógico sino casi de lo inevitable. Inevitable pero no aburrido, como se dice últimamente. Si el juego del Barça resulta aburrido, como dicen algunos, es por la enorme cantidad de partidos casi perfectos que le hemos visto en muy poco tiempo. De igual manera que el jamón bueno empalaga si uno se come dos platos al día, tanto partido del Barça hace parecer cargante esa facilidad para hacer veinte veces por partido lo que en algunos estadios se ve una vez por temporada. Pero, en el fondo, todos sabemos que algún día no ya tan lejano este equipo maravilloso dejará de funcionar tan bien y entonces echaremos de menos estos partidos que hoy parecen aburrirnos, igual que entrada la noche uno lamenta no haberse comido ese último langostino de Sanlúcar que despreció unas horas antes, ahíto tras comerse una bandeja entera y tres copas de manzanilla. La segunda conclusión, digna de Perogrullo, es que al Atleti le queda aún mucho tiempo para ser el equipo que debería o podría llegar a ser. Los últimos partidos, contra equipos modestos de la liga española y un grande de la modesta liga escocesa, dejaron una buena impresión que tocaba confirmar en Barcelona. Demasiado pronto llegó ese partido, piensa ahora la parroquia colchonera, que habría visto con mejores ojos un partido así dentro de unas jornadas. Hasta la fecha, el Atleti había enseñado una idea futbolística más distinguida que otros años, con más toque y menos pelotazos, con más jugadores más cerca los unos de los otros. Nada de eso se vio en Barcelona, donde el Atleti sólo pudo defenderse del vendaval, subiendo la guardia, cerrando los ojos y apretando el protector dental. El Atleti no sólo perdió el partido, sino que lo más grave es que no lo jugó. Nada hizo el Atleti, ni un pase, ni una combinación, sólo un tiro lejano de Tiago que se fue al larguero. Diego, la referencia incuestionable a la hora de crear juego, no tocó el balón y menos aún lo tocó Falcao, la sensación rematadora de los primeros partidos. No le costaría mucho a Perogrullo llegar a la conclusión de que un rematador no tiene mucho que hacer si no le llegan balones que rematar, así que no debió ser complicado explicarle al equipo lo que deben hacer en los próximos partidos si es que quieren que marque algún gol Falcao. Otra duda que merodea por la cabeza de los aficionados el día después de la paliza tiene gafas y apellido frutal. Hasta la fecha, Manzano parecía haber inculcado una idea en el equipo y a su mano atribuíamos la diferencia de actitud y planteamiento de los últimos partidos. Frente al Barça sacó un equipo de esos que los expertos consideran ni chicha ni limoná, ni físico ni técnico, ni de toque ni de contraataque, un equipo que bastante tuvo con ir apagando los fuegos que con facilidad pasmosa iba encendiendo el rival. El técnico optó por no arriesgar nada, pero sin plantear una defensa numantina. Optó por Mario Suárez como medio centro por delante de los centrales, sabiendo todo el mundo que un jugador tan frío y tan blando no es lo más adecuado contra un centro del campo monumental como el del Barça. Dispuso al equipo de forma que nadie achuchaba a Xavi, una elección que en lo futbolístico equivale a jugar a la ruleta rusa con seis balas en el tambor. Quitó a Domínguez y puso a Godín, que casi no había jugado, y quitó a Filipe Luis Filipe y puso a Antonio López, que reclama a gritos un lateral izquierdo que le quite definitivamente de jugar este tipo de partidos. Puso al cómodo cordero de sacrificio Perea como lateral derecho y éste se comió un balón por alto nada más empezar el partido que acabó en gol, si bien tiró de velocidad alguna vez para evitar una masacre mayor. Jugó Tiago y dio sensación de estar para otros partidos y también lo hizo Gabi, que no dio abasto. Jugó Diego y no aportó nada más que la duda sobre su estado físico y jugó Reyes, lo que equivale a decir, una vez más, que el Atleti jugó con diez. Planteó por tanto Manzano el partido con más miedo que otra cosa, y ahí uno se pierde un poco, la verdad. Porque al Atleti, ayer, nadie le pedía ganar, ni si quiera empatar. Han sido ya tantas las goleadas y tantos los disgustos, tantos los partidos no peleados y tanta la apatía reprochada, tan poco el tiempo que ha tenido el técnico y tan descomunal el equipo de enfrente, que nadie pedía nada. Manzano pudo haber planteado un partido de equipo chico, con todos atrás y marcajes duros y al hombre de los buenos jugadores del rival, sacrificando el fútbol de ataque por la posibilidad, remota, de conseguir un empate. Dado que el botín, además de escaso, habría sido improbable, no parecía buena idea. Manzano al menos descartó esta opción vergonzante, indigna del escudo que luce en su camisetita de entrenamiento y en su gorra de tractorista. Pudo, eso sí, optar por lanzar al equipo al ataque, apostando por el fútbol de toque del que quiere presumir, arriesgándose a que le metieran cinco. Dado que la goleada era posible, podía al menos intentar alimentar la autoestima y fomentar el desparpajo, confirmar las ideas propias y la convicción en la apuesta presentada ante Racing y Sporting, lanzar la carga de la Brigada Ligera contra el equipazo de enfrente a riesgo de caer con honra o sorprender y ganar crédito siguiendo el ejemplo del Betis del año pasado. Tampoco lo hizo. Manzano sacó un equipo tibio con un planteamiento soso como su discurso, con jugadores sin espíritu, quizás acomplejados desde el vestuario viendo la poca ambición y convicción del técnico. Lo que había conseguido hasta ahora, esto es, transmitir la sensación de que las cosas habían cambiado y que el protagonismo del equipo recaería sobre los jugadores de talento y la idea de grupo, quedó erosionado tras el partido pequeñito del sábado por la noche. La afición, o al menos algunos, esperaban el partido del sábado para sacar algunas conclusiones. Nadie esperaba una victoria, pocos esperaban un empate, muchos querían pensar que la sorpresa era posible, algunos preveían una goleada. Ninguno está contento hoy. El Atleti perdió con contundencia un partido que era muy difícil de ganar, pero la sensación que tras el partido ha quedado está muy lejos de la euforia que invadió la grada tras los primeros partidos. Queda por ver qué aprenderemos de esta derrota tan ácida y tan poco peleada, si servirá para solucionar problemas, para decantar hacia un lado claro la idea a la que el equipo quiere acercarse. Lo que parece claro es que, con lo de ayer, ni se ha sembrado la duda que Francia quiso sembrar, ni se ha encontrado el motivo para apretar la mandíbula que encontraron los escoceses. Por ahora, quizás haya valido para sembrar el desánimo, pero eso, los optimistas a sueldo, no nos lo podemos permitir.
El sábado a las diez y media de la mañana, que es día y hora de estar durmiendo o, como mucho, de estar tomando café con magdalenas, Francia jugaba contra Nueva Zelanda en la fase de grupos del Mundial de Rugby. A Francia le interesaba perder por aquello de los cruces de la segunda fase y, como ya hizo en el Europeo de Baloncesto, perdió. A Francia le está gustando esta cosa tan italiana de poner en la balanza el honor y la astucia, añadiendo al platillo de la segunda unos kilos de pragmatismo que dejen claro qué decisión es mejor tomar. Querer perder va en contra de la lógica deportiva pero a veces es lo aconsejable según la lógica competitiva, porque una derrota hoy facilita un camino que puede llevar a grandes metas mañana. A veces es mejor perder que ganar porque ganar implica casi necesariamente perder luego, y el orden cronológico del uso de los verbos tiene lo suyo; a veces por ganar antes se vuelve uno a casa antes (de tiempo) mientras que por perder antes se va uno a casa después y quizás con una copa. El caso es que Francia salió a perder un partido para el que, en cualquier caso, tenía muchas papeletas de salir perdedor. La decisión, simple en teoría, era algo más complicada. Una derrota escandalosa quedaría escrita a fuego en la historia del rugby para vergüenza del equipo con palabras de amañe y letras de bochorno. Una derrota abultada haría que el equipo se resintiera en su autoestima y, quizás, se volviera definitivamente contra su excéntrico y discutido técnico, probablemente fuera de la selección cuando acabe el Mundial. Una derrota excesiva condenaría a la afición francesa a pensar que nunca se repetiría una victoria sobre los All Blacks como aquella del último mundial, con los jugadores sudando sangre mientras resistían durante una eternidad y a cinco metros de la línea de ensayo un tsunami neozelandés vestido de gris, o como aquella histórica victoria francesa del 99 que hizo tambalear la leyenda de los de negro. La derrota, la derrota deseada y previsible, podía gestionarse de diferentes maneras y de la suerte del seleccionador y la sabiduría de los pesos pesados del equipo, que verían el primer choque de delanteras desde el banquillo, dependía que se perdiera con dignidad o al menos con provecho. Salió pues Francia con un equipo semi-suplente y con Morgan Parra de apertura y no de medio melé. Tras la haka (con corte de garganta incluido, el final de la Kapa O Pango que tantas críticas provocó desde su primera interpretación), Francia empezó jugando. Jugando a la mano, rompiendo la línea y haciendo que los neozelandeses levantaran mucho las cejas al ver que ese equipo suplente se atrevía a desafiarles. Cinco o seis minutos duró la insolencia y, veinte más tarde, cuatro ensayos All Black recomponían la escena y la lógica. La lógica, por cierto, indicaba que si los neozelandeses seguían jugando a ese ritmo y Francia seguía fallando placajes, el tanteador sería un escándalo. No lo fue tanto; tras el descanso (y a pesar de un ensayo local inmediato) hubo cambios en Francia y las fuerzas se igualaron. La delantera francesa funcionaba, el equipo tenía medio de apertura y la tercera dejaba claro que, de haber salido el primer equipo, el partido no habría sido el paseo plácido del primer tiempo. Hasta dos veces llegaron a ensayar los franceses en el estadio del rival, la primera con una celebración exagerada que no sentó demasiado bien a los locales, dadas las circunstancias, el tanteador y el planteamiento tramposo de los franceses. Francia perdió, y lo hizo de forma astuta. Poco honorable, eso sí, sobre todo tratándose de rugby, pero ahí está la astucia. En la mente de los All Blacks quedó claro que el equipo suplente de Francia es más que asequible, pero también les quedó claro por qué son suplentes y no titulares. De haber salido el equipo entero, piensan hoy, quizás las cosas no habrían sido iguales. De vernos más adelante en el torneo, piensan hoy los All Blacks, las cosas no serán tan fáciles, no bastará con intimidar a los menos experimentados abriendo mucho los ojos y sacando la lengua mientras se hace el gesto de cortar cuellos, habrá que vérselas con Imanol Harinordoquy y compañía y eso ya es otro cantar. Francia perdió el partido que sabía que iba a perder y que quería perder, pero, como hizo con España en baloncesto, sembró una duda para el futuro que le puede venir bien más adelante. Veintitrés horas más tarde, que el partido fue a las nueve y media y la mitad ni nos enteramos, Escocia se jugaba contra Argentina las posibilidades de seguir vivos en el torneo. Argentina había perdido recientemente contra Inglaterra en un partido igualado en el que los ingleses, a mitad de camino entre la astucia y la perfidia, lesionaron tres Pumas en cuarenta minutos. La delantera argentina hizo la vida imposible a la inglesa, y sólo los cambios en la primera línea de los que aquel día vistieron impertinentemente de negro, permitió a Inglaterra subir una velocidad al final del partido y terminar ganando un partido que dejó un sabor de boca amargo en los de celeste y blanco. Escocia acudía al partido con un equipo limitado, sin demasiado talento pero con una delantera peleona. Lo suficientemente peleona como para llevarse el partido con cierta holgura ante los feroces georgianos, tipos duros que visten de blanco y rojo cuando no visten de rojo y blanco. Escocia sabía que los ingleses, sus odiados rivales y aquéllos contra los que se las tendrán que ver en la última jornada de la fase de grupos, habían sudado sangre en la pelea con la delantera argentina y, aún así, centraron ahí sus esfuerzos. Tampoco tenían otra. Ni la calidad de su línea ni la lluvia aconsejaban un juego brillante de pase y carrera, así que plantearon un partido trompicado de mucha pelea entre delanteros. Argentina, cómoda sobre el papel con esa apuesta, no lo estuvo en la práctica ni un minuto. Los argentinos parecieron sufrir más que contra la delantera inglesa y, gracias a dos golpes transformados y dos drops escoceses, a siete minutos del final perdían de seis. Sólo podía entonces hacerse una cosa, sólo una, y se hizo. Amorosino marcó un ensayo histórico, dramático, de esos que hacen rugir los bares y protestar a los vecinos que, en esos momentos, mojaban churros en café con leche. Contempomi transformó y, en los minutos finales, Escocia buscó un drop y forzó una touche a un metro de la línea de ensayo argentina. Con el tiempo cumplido jugó Escocia casi tres minutos eludiendo el golpe y buscando el milagro con un dramatismo casi teatral, casi guionizado. No llegó a conseguirlo. Argentina ganó de un punto y se medirá, si no pasa nada raro, a los All Blacks en cuartos. Por su parte, Escocia perdió un partido que podía desde luego perderse, y lo hizo peleando hasta más allá del último minuto. Escocia perdió el partido pero ganó un punto de confianza en la casi imposible misión de ganar a sus antipáticos vecinos de camisa blanca; si los argentinos les tuvieron contra las cuerdas, ¿por qué no nosotros? ¿Habría algo más bonito para nuestra gente que dejar fuera a los ingleses? Podrán recriminarnos la falta de vistosidad y de talento, pero nadie podrá decir que no vamos a dejarlo todo, así que si los ingleses no tienen el día, ¿por qué no? En la mente de los delanteros escoceses se repite desde la derrota de hoy la misma cantinela, como un mantra: si yo fuera inglés, Dios no lo quiera, no dormiría tranquilo antes de jugar contra nosotros. Si caemos será dando guerra y si no están dispuestos a dejarse la piel en el campo, serán ellos los que caigan. Escociá perdió y, aún perdiendo y viendo cerca la posibilidad de ser el primer equipo en la historia de la camiseta del cardo que no pasa la fase de grupos, sacó de la derrota motivos para apretar aún más los dientes.
En medio de estas dos derrotas, el Atleti perdió por goleada su partido del sábado y ahora toca ver qué conclusiones sacamos. Algunas habrá que sacar, eso está claro. La primera conclusión es que el Barcelona, cuando juega a esto y sobre todo cuando se le deja jugar, es prácticamente imbatible. No imbatible del todo, que algún partido ha perdido y hace poco tiempo empató contra un Valencia no demasiado brillante, pero casi imbatible. La superioridad que el Barcelona muestra en casi todos los partidos hace que en aquellos en los que no va ganando cómodamente a los diez minutos su afición se inquiete, es lo que tiene estar mal acostumbrado. Que el Barcelona, que sigue jugando como los ángeles y sigue queriendo ganar a pesar de haberlo ganado todo, le gane al equipo de uno entra dentro no ya de lo lógico sino casi de lo inevitable. Inevitable pero no aburrido, como se dice últimamente. Si el juego del Barça resulta aburrido, como dicen algunos, es por la enorme cantidad de partidos casi perfectos que le hemos visto en muy poco tiempo. De igual manera que el jamón bueno empalaga si uno se come dos platos al día, tanto partido del Barça hace parecer cargante esa facilidad para hacer veinte veces por partido lo que en algunos estadios se ve una vez por temporada. Pero, en el fondo, todos sabemos que algún día no ya tan lejano este equipo maravilloso dejará de funcionar tan bien y entonces echaremos de menos estos partidos que hoy parecen aburrirnos, igual que entrada la noche uno lamenta no haberse comido ese último langostino de Sanlúcar que despreció unas horas antes, ahíto tras comerse una bandeja entera y tres copas de manzanilla. La segunda conclusión, digna de Perogrullo, es que al Atleti le queda aún mucho tiempo para ser el equipo que debería o podría llegar a ser. Los últimos partidos, contra equipos modestos de la liga española y un grande de la modesta liga escocesa, dejaron una buena impresión que tocaba confirmar en Barcelona. Demasiado pronto llegó ese partido, piensa ahora la parroquia colchonera, que habría visto con mejores ojos un partido así dentro de unas jornadas. Hasta la fecha, el Atleti había enseñado una idea futbolística más distinguida que otros años, con más toque y menos pelotazos, con más jugadores más cerca los unos de los otros. Nada de eso se vio en Barcelona, donde el Atleti sólo pudo defenderse del vendaval, subiendo la guardia, cerrando los ojos y apretando el protector dental. El Atleti no sólo perdió el partido, sino que lo más grave es que no lo jugó. Nada hizo el Atleti, ni un pase, ni una combinación, sólo un tiro lejano de Tiago que se fue al larguero. Diego, la referencia incuestionable a la hora de crear juego, no tocó el balón y menos aún lo tocó Falcao, la sensación rematadora de los primeros partidos. No le costaría mucho a Perogrullo llegar a la conclusión de que un rematador no tiene mucho que hacer si no le llegan balones que rematar, así que no debió ser complicado explicarle al equipo lo que deben hacer en los próximos partidos si es que quieren que marque algún gol Falcao. Otra duda que merodea por la cabeza de los aficionados el día después de la paliza tiene gafas y apellido frutal. Hasta la fecha, Manzano parecía haber inculcado una idea en el equipo y a su mano atribuíamos la diferencia de actitud y planteamiento de los últimos partidos. Frente al Barça sacó un equipo de esos que los expertos consideran ni chicha ni limoná, ni físico ni técnico, ni de toque ni de contraataque, un equipo que bastante tuvo con ir apagando los fuegos que con facilidad pasmosa iba encendiendo el rival. El técnico optó por no arriesgar nada, pero sin plantear una defensa numantina. Optó por Mario Suárez como medio centro por delante de los centrales, sabiendo todo el mundo que un jugador tan frío y tan blando no es lo más adecuado contra un centro del campo monumental como el del Barça. Dispuso al equipo de forma que nadie achuchaba a Xavi, una elección que en lo futbolístico equivale a jugar a la ruleta rusa con seis balas en el tambor. Quitó a Domínguez y puso a Godín, que casi no había jugado, y quitó a Filipe Luis Filipe y puso a Antonio López, que reclama a gritos un lateral izquierdo que le quite definitivamente de jugar este tipo de partidos. Puso al cómodo cordero de sacrificio Perea como lateral derecho y éste se comió un balón por alto nada más empezar el partido que acabó en gol, si bien tiró de velocidad alguna vez para evitar una masacre mayor. Jugó Tiago y dio sensación de estar para otros partidos y también lo hizo Gabi, que no dio abasto. Jugó Diego y no aportó nada más que la duda sobre su estado físico y jugó Reyes, lo que equivale a decir, una vez más, que el Atleti jugó con diez. Planteó por tanto Manzano el partido con más miedo que otra cosa, y ahí uno se pierde un poco, la verdad. Porque al Atleti, ayer, nadie le pedía ganar, ni si quiera empatar. Han sido ya tantas las goleadas y tantos los disgustos, tantos los partidos no peleados y tanta la apatía reprochada, tan poco el tiempo que ha tenido el técnico y tan descomunal el equipo de enfrente, que nadie pedía nada. Manzano pudo haber planteado un partido de equipo chico, con todos atrás y marcajes duros y al hombre de los buenos jugadores del rival, sacrificando el fútbol de ataque por la posibilidad, remota, de conseguir un empate. Dado que el botín, además de escaso, habría sido improbable, no parecía buena idea. Manzano al menos descartó esta opción vergonzante, indigna del escudo que luce en su camisetita de entrenamiento y en su gorra de tractorista. Pudo, eso sí, optar por lanzar al equipo al ataque, apostando por el fútbol de toque del que quiere presumir, arriesgándose a que le metieran cinco. Dado que la goleada era posible, podía al menos intentar alimentar la autoestima y fomentar el desparpajo, confirmar las ideas propias y la convicción en la apuesta presentada ante Racing y Sporting, lanzar la carga de la Brigada Ligera contra el equipazo de enfrente a riesgo de caer con honra o sorprender y ganar crédito siguiendo el ejemplo del Betis del año pasado. Tampoco lo hizo. Manzano sacó un equipo tibio con un planteamiento soso como su discurso, con jugadores sin espíritu, quizás acomplejados desde el vestuario viendo la poca ambición y convicción del técnico. Lo que había conseguido hasta ahora, esto es, transmitir la sensación de que las cosas habían cambiado y que el protagonismo del equipo recaería sobre los jugadores de talento y la idea de grupo, quedó erosionado tras el partido pequeñito del sábado por la noche. La afición, o al menos algunos, esperaban el partido del sábado para sacar algunas conclusiones. Nadie esperaba una victoria, pocos esperaban un empate, muchos querían pensar que la sorpresa era posible, algunos preveían una goleada. Ninguno está contento hoy. El Atleti perdió con contundencia un partido que era muy difícil de ganar, pero la sensación que tras el partido ha quedado está muy lejos de la euforia que invadió la grada tras los primeros partidos. Queda por ver qué aprenderemos de esta derrota tan ácida y tan poco peleada, si servirá para solucionar problemas, para decantar hacia un lado claro la idea a la que el equipo quiere acercarse. Lo que parece claro es que, con lo de ayer, ni se ha sembrado la duda que Francia quiso sembrar, ni se ha encontrado el motivo para apretar la mandíbula que encontraron los escoceses. Por ahora, quizás haya valido para sembrar el desánimo, pero eso, los optimistas a sueldo, no nos lo podemos permitir.
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