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lunes, 13 de febrero de 2012

Por lo visto hasta ahora

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Por lo visto hasta ahora, señores, hay Torneo. Ni los favoritos ganan sobrados ni los débiles son tan débiles. Por partes.

Por ahora, Gales acumula méritos para ser favorito. Gales juega bien en casi todas las fases. Ataca y defiende bien en estático y a la mano, y cuando las cosas no van bien a palos, llega Halfpenny y lo soluciona. Contra Irlanda jugó el que es por ahora el mejor partido del Torneo. Gales ganó en el último minuto al convertir un golpe que acabó en sin bin polémico por excesivo, unos minutos después de un placaje de sin bin polémico por insuficiente. Gales ganó en el último minuto, quizás con la fortuna que no tuvo en el Mundial, en aquel partido contra Francia que recordaremos muchos años. Pero lo verdaderamente importante de ese partido que ganó Gales a Irlanda fue que Irlanda, como en el Mundial, jugó muy bien y aún así perdió. Los irlandeses defendieron como leones, no le perdieron la cara al partido en ningún momento y fueron mandando en el marcador. Y aún así, ganó Gales y ganó bien. Los dos equipos nos regalaron un partido precioso con una intensidad constante y derroche de recursos, sobre todo por el lado galés; los irlandeses, que pudieron ganar un partido clave para llevarse el torneo, felicitaron al rival por medio de su capitán y todos nos alegramos en ese momento de ser aficionados a este deporte.

Irlanda dejó una buena imagen contra Gales, aunque perdiera, y una imagen aún mejor contra Francia, aunque no jugara. Con un estadio lleno, con veinte mil irlandeses en la grada después de pagar un billete de avión y un hotel, se suspendió el partido entre Francia e Irlanda porque el césped del estadio parisino estaba helado. Uno no recuerda nada así en un seis ni un cinco naciones, pero quizás haya pasado antes; los que saben, empero, dicen que no. Uno ha jugado en campos congelados, en los que los tacos de aluminio suenan como zapatos de claqué y en los que las caídas suponen cortarse la piel de las rodillas con las marcas de los tacos del partido anterior, congeladas y rígidas. Uno recuerda cómo, tras un rato, se va rompiendo la superficie congelada y aflora un barro helado que hace complicado, pero no imposible, jugar aunque fuera con un Adidas Wallaby, prodigio escapatorio en campos mojados. Por eso uno no se esperaba la suspensión del partido de París aunque sí se hubiera esperado, de haber existido, un sketch de los guiñoles irlandeses mofándose de la situación. Cuando se anunció la suspensión del partido salieron los franceses, con Parrita al frente en pantalón corto, y salieron los irlandeses, con O'Callaghan en camiseta y sin medias siquiera. Los primeros se volvieron al vestuario y los segundos hicieron un partidillo, un tocata para la afición desplazada y desesperada, un gesto al menos hacia los suyos; lo sentimos, no es cosa nuestra, nosotros habríamos jugado, les agradecemos haber venido a apoyarnos y lo único que se nos ocurre hacer es por lo menos un partidito para que les sea esto menos amargo, oiga. Bien por Irlanda, una vez más.

Un rato antes, en Roma, Italia e Inglaterra habían jugado en un campo nevado con setenta y dos mil espectadores, ahí es nada. El partido sirvió para varias cosas. Una, para demostrar que la mitad del equipo inglés no tenía frío, porque iba en manga corta. Otra, para demostrar que tampoco tenían frío los que llevaban manga larga, a juzgar por las nubes de vapor que despedían las melés. La última y más importante, para demostrar que a los italianos, hoy por hoy, hay que ganarles en Roma para querer hacer algo en el torneo, y que en Roma no se gana sólo con el peso de la historia. Aguantaron los italianos al soso equipo inglés, en el que Farrel y Hodgson parecen los encargados de hacer puntos, uno pegando patadas a palos, el otro tapando patadas rivales. Inglaterra no demuestra demasiado con un equipo nuevo y poco conjuntado, pero lleva dos victorias aunque, eso sí, contra los dos equipos teóricamente más asequibles. Italia gana crédito y habría que esperar alguna victoria italiana en Roma este año.

La sorpresa más agradable, por ahora, es Escocia. Escocia ha perdido sus dos partidos, pero no ha dejado mala sensación. Escocia viene de unos años complicados, parece no haber asumido el salto al rugby profesional con la misma solvencia que irlandeses y galeses. En muchas escuelas de Escocia en las que antes era obligatorio el rugby ahora se juega al fútbol y eso lo nota el equipo, al que llegan menos jugadores de primer nivel que antes. Aún así, Escocia discutió la Calcutta Cup al ejército del orgulloso Lancaster y contra Gales perdió por dos ensayos concedidos cuando contaba con dos jugadores menos por obra y gracia del sin bin. En contra de lo esperado, Escocia jugó a Gales a la mano, saliendo desde atrás y buscando a los tres cuartos ante un equipo teóricamente más cómodo en ese juego. El partido, si bien se notaba la superioridad galesa, fue divertido y disputado, con muchas jugadas abiertas y con series largas los escoceses, como una que terminó tras veintiuna fases a un metro de la línea de ensayo. Gales hizo dos ensayos ortodoxos y Escocia un ensayo de pillo; un partido estupendo.

El Torneo, pues, está abierto aunque huele a dragón y puerro. Uno apostaría por las sorpresas y por derrotas de ingleses y franceses en partidos que esperan ganar. El Torneo podría decidirse en la última jornada: Irlanda juega el último partido en Londres el 17 de marzo mientras que Gales juega en casa contra Francia ese mismo día. Roguemos pues a San Patricio por un resultado favorablemente verde en territorio enemigo en su día, Lá Fhéile Pádraig y a San David, Dewi Sant, por un buen resultado en Cardiff. De comer alcachofas a la romana mientras se escucha Flower of Scotland nos ocuparemos los allí presentes.
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Por lo visto hasta ahora, señores, hay motivo para la esperanza. Los que antes parecían no valer parecen ahora haber despertado, y los que claramente valían están mejor. El Atleti empató en Santander y, aunque nos dio una rabia horrorosa durante el partido y el cabreo no se nos quitó hasta un rato más tarde, ahora estamos extrañamente contentos. Quizás debería haber ganado por goleada en Santander y debería haber ganado por la mínima al Valencia, pero el equipo es otra cosa, es otra cosa, oiga.

Desde que llegó Simeone, han cambiado pocas cosas pero han cambiado muchas cosas. Ha cambiado el entrenador y se ha ido un único jugador con sonrisa y manga larga. El resto es lo mismo pero es distinto, con lo que sólo nos queda concluir que la responsabilidad, el mérito, es de Simeone. Desde su llegada el equipo ha cambiado, el equipo juega mejor, juega a algo. El equipo presiona arriba, busca desactivar al rival y no sólo esperar, los jugadores acaban los partidos cansados, sin fuelle, lo mínimo que se puede exigir a un futbolista profesional, lo que buscan los futbolistas de barrio para no sentirse culpables al pedir la tercera cerveza.

Desde la llegada de Simeone, el equipo defiende. El equipo, decimos, y no sólo los defensas y los centrocampistas con menos calidad. Defiende Falcao el primero, encimando al central que intenta subir el balón, permitiendo por tanto que el resto de jugadores defiendan en su sitio y no tengan que salir de su zona a hacer ayudas. Defienden Arda y Diego, jugadores llamados a crear y que también defendían con Manzano aunque casi más por iniciativa propia que por instrucciones tácticas, según parecía desde fuera. Defiende Gabi, casi siempre bien colocado aunque fallón, y defiende Tiago y hasta Mario si este se lesiona. Defienden los laterales, y he aquí posiblemente uno de los logros de Simeone además de la agresividad general. Juanfran ha entendido que ésta puede ser la suya y corre y corre y llega arriba y vuelve a bajar, generoso; algo más timorato, Filipe Luis Filipe también se ha unido a la tónica general y el equipo, con laterales que ocupan espacio y dos centrocampistas por delante de la defensa, está mucho más compensado y juega de forma más lógica con sus cuatro jugadores más creativos y ofensivos. Los centrales, claro está, también defienden y lo hacen más arriba que antes y también de forma más contundente, anticipándose ahora en situaciones en las que antes esperaban.

El equipo defiende, pues, pero también ataca. El equipo presiona arriba y busca robar y salir rápido, buscando a Adrián y a Falcao, llegar al remate rápido. Arda y sobre todo Diego conducen más el balón y buscan últimos pases que faciliten el remate, y si el equipo rival es flojete como el Racing Diego se da un homenaje y lo pasa en grande regateando y creando huecos corriendo en horizontal y diagonal, esperando desmarques, mirando de reojo a la grada, mamá, mira qué bien juego con mis guantes de forro polar. Contra el Racing el equipo llegó seis o siete veces con toda claridad y pudo marcar varios goles fáciles: tuvo uno clarísimo Adrián que se fue al portero, tuvo un remate claro Falcao que se fue al poste. El resto de ocasiones fueron bien resueltas por los rematadores pero mucho mejor resueltas por Toño, el portero rival al que de aquí damos la enhorabuena; en un momento dado, dio la impresión de que el Atleti podría haber tirado otras veinte veces, y veinte veces habría parado Toño el balón. Qué tío este Toño.

Independientemente de las ocasiones falladas, independientemente de que hay que ganar estos partidos, independientemente de que nos podremos acordar mucho de estos puntos, el equipo lo hizo bien. El Atleti jugó bien y, sobre todo, dio de nuevo esa sensación antigua, casi perdida: la sensación de dar miedo al rival, de ser él quien marca el ritmo del partido y no al revés. Aquí mando yo, dijo el Atleti, y lo dijo con una voz lo suficientemente convincente como para achantar al rival, que se limitó a aguantar el chaparrón sin querer hacer daño al contrincante, no sea que se enfadase y fuera peor. El Atleti dejó sensación de equipo serio con el que es mejor no hacer chistecitos, muy lejos de la imagen de presa fácil de la primera vuelta. Si no hace tanto el Atleti llegaba a campos de recién llegados con cara de ser víctima propicia para el timo del tocomocho o incluso de la estampita, a Santander, como antes a San Sebastián o Pamplona, llegó con cara de fiarse de sí mismo, sin mapa ni frío ni paraguas ni nada, a ver, dónde se juega aquí, muy bien, hala árbitro, empiece que venimos con una misión, déjese de tontunas, al lío, oiga. Dio gusto ver al Atleti apretando los dientes y marcando territorio, dio gusto, con todo el respeto para el rival, ver cómo el Racing reculaba y miraba a otro lado cuando el Atleti le sostenía la mirada, dio gusto ver a Diego jugando y haciendo jugar al resto. Qué lejos parece ahora ese Atleti blandito y blandengue con propensión al resfriado y al flato de hace pocas jornadas, qué poco tiempo y sin embargo qué cambio más grande. Qué sensación, mitad alivio, mitad ya era hora, mitad bien, Cholo, bien , qué sensación más buena tenemos todos.

Por cosas de esta liga absurda en la que, a finales de Enero, ya parecía claro que poco había que discutir sobre el campeón, el Atleti se ha metido en la pelea de la clase media acomodada, su resignado sitio actual. El Atleti lleva varios partidos con la portería a cero, ha empatado tres y ha ganado tres partidos desde que está Simeone. No ha encajado ningún gol y, sobre todo, parece haberse dado cuenta de que corriendo y mordiendo es más fácil jugar a este deporte en el que ni los solteros ni los casados acaban los partidos tan descansados como lo hacía el Atleti de hace unos meses. El mérito, hasta ahora, del Cholo; la alegría, hasta ahora, de todos.