El Atleti jugó un buen partido contra un buen rival que no consiguió jugar cómodo y ganó por primera vez en la temporada contra un teórico rival directo. Y la grada, encima, nos dio una alegría.
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El sábado, que era un día normal, el centro de Madrid estaba cortado. Así, cortado, como un café. Cortado con vallas, con coches de policía, con agentes de movilidad dando pitidos. Cortado. La gente no sabía bien qué pasaba, por qué está todo cortado, por qué tantas vallas y tantos pitidos y tantos atascos, por qué, por qué, oiga. La explicación llegó gracias al boca a boca: es cosa del carnaval. Madrid estaba cortado por el carnaval, como Río, como Cádiz. Madrid, qué cosas, no tiene tradición carnavalera y únicamente en los últimos años se ve a la gente disfrazada por la calle en días de carnaval; en los últimos años, sí, en los mismos en que se ve gente disfrazada en Halloween. Eso sí, el tráfico se corta en el centro. Se diría que en Madrid, sitio del que siempre se ha dicho que no hay demasiada gente de dos generaciones, se van tomando como propias las tradiciones de otros, para hacer identidad. A algunos nos suena rara esta manía de querer ser lo que uno no es y además querer serlo con la solera del que lo es desde siempre. En breve, creemos algunos, tendremos en Madrid fallas por San José, encierros por San Fermín y pavo por acción de gracias. Todo importado, todo artificial, todo forzado pero de todo al menos, de todo un poco, mejor algo en vez de nada.
Es común con esto de las tradiciones repentinas que, para rematar la faena, se corte el centro. El centro de Madrid se corta a la mínima y cuando no es el carnaval o una parada militar es una manifestación o un desfile tradicional austrohúngaro. El centro de Madrid se corta sin anuncio previo ni explicación suficiente, y normalmente lo que se consigue es que los automovilistas madrileños, que no se han enterado de nada, se agolpen en las vías de acceso al centro y ahí asistan al espectáculo brindado por el Ayuntamiento. Y es que el Ayuntamiento, para guiar y ayudar al ciudadano desinformado, cuenta con un cuerpo de élite encargado de solucionar los entuertos que él mismo crea: la Policía Municipal madrileña. La Policía Municipal madrileña, posiblemente la policía peor educada del globo, gusta de manejar estas situaciones luciendo sus características más famosas, esto es, el gesto despectivo, el pitido irrita-sordos, el ademán prepotente y el abandono de las formas más elementales. La Policía Municipal pita, grita, hace aspavientos, consigue con unos pocos signos confundir a gran cantidad de conductores que no necesariamente son idiotas pero a los que tratan como tales. El policía medio se dirige al ciudadano con gestos incomprensibles que ellos consideran clarísimos, y si uno no consigue descifrar a la primera el punto exacto del amplio abanico que va desde el "pase Vd rapidito" al "quieto ahí mismo y no se mueva" que el ademán puede significar, el gesto policial se torna en visible irritación, amenaza de multa y murmullos de esos que sugieren aquello tan funcionarial de "hay que ver la gente, qué bruta es".
La Policía Municipal madrileña, agresiva, maleducada y no especialmente eficaz, contaría en otra ciudad con un movimiento ciudadano en contra que exigiría que se le bajaran los humos y se le enseñara educación básica. Pero no es así, oiga, que la Policía Municipal cuenta con un aliado que no sabe que lo es y que no debería serlo: el madrileño al volante. El conductor madrileño, del que la policía abusa y al que el alcalde ignora, que ve su vida pasar en atascos y esperando que un señor bajito con casco y chaleco reflectante armado de una gran flecha blanca sobre fondo azul le haga el favor de dejarle pasar por las calles de su ciudad, cuyo mantenimiento paga, no exige educación a la fuerza pública, ni información al ayuntamiento, ni claridad en las explicaciones. No. El conductor madrileño no exige nada de eso a quien sería exigible y se muestra resignado y sumiso ante la autoridad. Sin embargo, qué cosas pasan, se muestra inflexible y estricto, crítico y maleducado hasta el punto de convertirse en odioso con sus compañeros de atasco, con los ciudadanos que como él se ven atrapados sin culpa ni voluntad en la ratonera, con el resto de contribuyentes a los que la autoridad maltrata. Así, una vez dentro del atasco el conductor medio no exige al policía corrección y claridad, pero sí exige al coche que va delante que interprete exactamente hacia dónde quiere ir él; si no lo hace toca el claxon, hace aspavientos y se acuerda de su madre. No pide al guardia que deje de tutear a los conductores agobiados ni que modere su ímpetu gestual ofensivo, pero pone como un trapo a la chica del coche de al lado si no acelera cuando él cree que debe hacerlo. Critica sólo para sus adentros la brillante idea del alcalde de asumir como propias todas y cada una de las fiestas populares de España, Canadá, Mongolia y parte del Hemisferio Sur, pero critica en público al coche de matrícula de provincias con el que debería hacer frente común y plantar cara al agente que, desquiciado, toca el pito como quien pastorea acémilas. El conductor madrileño, en fin, prefiere mostrarse sumiso con el funcionario que le maltrata y no protestar frente a la autoridad que, sin avisar, le amarga el sábado, renunciando a hacer valer sus derechos, reclamar respeto y exigir educación. La vía de escape para la frustración que esta postura tan blandengue le produce es, naturalmente, criticar al vecino que tan poca culpa como él tiene, insultar al compañero de atasco (mejor cuanto más débil, esto es, señor mayor, chica con poco tiempo de carnet o extranjero despistado). Todo muy lógico, como ven, todo muy agradable para el igual, todo muy ventajoso para la autoridad asilvestrada.
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Cuentan los que saben de esto que Quique Sánchez Flores trabaja los partidos a conciencia. Para preparar los enfrentamientos se recluye en su domicilio el día antes del partido y convoca, a puerta cerrada, a varias personas de confianza y reputada sabiduría futbolística que hacen las veces de asesores personales. En un cuarto cerrado, aislado del ruido y de las interferencias que la vida en la ciudad provoca, pide a los asesores que tomen asiento y se pongan cómodos y da una breve charla a modo de introducción. Reparte entonces unas fichas y unos bolígrafos entre los asistentes y, con gran solemnidad, procede a iniciar el rito por el que el grupo de expertos proceden a confeccionar el equipo titular de la jornada. Como primer paso, Quique selecciona unas bolas con los números de los jugadores de la plantilla. Introduce las bolas en un bombo y procede a mezclarlas con un movimiento circular. Gracias a un dispositivo de cerrojo, hace salir las bolas por una apertura del bombo y anuncia el número con voz y gesto grave, alternando a veces expresiones crípticas que sólo los expertos conocen: así, Godín es conocido en la misteriosa reunión como La Niña Bonita mientras que a Diego Costa se refieren los asistentes como Los Dos Patitos. Cada vez que sale un número, los asistentes toman notas en las fichas distribuidas. En este punto el papel de los asesores es crucial: cada uno tiene una misión determinada, bien definida. Uno se ocupa de la defensa, otro de la media y otro de la delantera. Cada uno tiene un número determinado de puestos asignados, y se ocupa de anotar los números de las bolas que salen del bombo en caso de que correspondan con dorsales de jugadores correspondientes a su área de responsabilidad. Cuando completan el número total de jugadores que conforman el equipo titular en su línea correspondiente, los expertos se dirigen solemnemente al entrenador gritando con voz firme un código secreto: "línea". Cuando todos los responsables han completado el número total de jugadores correspondientes a su línea, hacen un gesto pactado y el asesor de mayor edad se pone en pie y grita otro código secreto, en este caso "bingo". Solemne, Quique entonces se levanta y se dirige a los presentes leyendo sus propias notas. Los dieciséis primeros números conforman la convocatoria; los primeros correspondientes a cada línea, agrupados, conforman el equipo titular. Este método, de contrastado rigor científico como demuestra la estabilidad en la alineación del Atleti, está siendo estudiado por investigadores de Las Vegas, Nevada, que no descartan emplearlo en otros ámbitos no necesariamente ligados al fútbol.
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Llegó la gente al campo y resultó no hacer tanto frío. No hace tanto frío, decían los que han ido al campo pocas veces. Verás luego, decía la afición más experimentada, verás. Un sabio meteorólogo aficionado al blues y la anatomía dijo justo antes de entrar que el Calderón es un caso único de estudio, un fenómeno meteorológico en sí mismo. En el Calderón no hace frío al principio de los partidos pero hace muchísimo frío los veinte últimos minutos, y ello sea cual sea la hora, día o estación en que se celebra el partido. Si se juega a las cinco, lo mismo en enero que en mayo, a las seis y cuarto empieza el relente; si empieza a las diez, y da igual que sea febrero que agosto, es sobre las once y veinte cuando cae la temperatura. No antes, no después. El Calderón es un caso único, un caso de estudio, una excepción planetaria que, nada más que por eso, debería ser protegido por la Unesco, por el Instituto Nacional de Meteorología y por la Fundación Mariano Medina. Sin embargo, como todos Vds saben, ahora que el campo está en su mejor momento, ahora que pasaron las obras y al lado del río ha salido un parque y un bosque, ahora que está la zona como para irse a pasar el día entero en jornada de partido, siguen adelante los planes de echar el estadio abajo y trasladar el equipo a la otra punta de la ciudad, en medio de un páramo sin árboles ni bares. Y al final no diremos nada porque, como en los atascos, es mejor agachar las orejas ante la autoridad que impone sus decisiones sin levantar la voz y dirigir las frustraciones contra los compañeros de grada que reclaman un club mejor para todos, no sólo para ellos.
Salió el Atleti al campo y la gente, ya acostumbrada a jugar al quique-bingo, miraba divertida la alineación. ¿Quién, hoy quién? ¿Domínguez? ¡Sí! ¿Perea? No, hoy no. ¿Valera? Tampoco. ¿Raúl? No, no. ¿Mario? ¡Si! ¡Mario sí! ¿Juanfran? Noooooo. ¿Elías? Sííííí ¡Bingo! ¡Bingooooooo! Han cantado bingo, una historia en polipiel para el caballero de las pobladas cejas.
Salió el Atleti pues con el portero que debe salir, con la defensa que todo el mundo pondría y con la delantera que nadie discute. El centro del campo fue otro cantar. Fijo Reyes, encumbrado últimamente por la prensa a jugador seleccionable, queda la duda de los otros tres. Y lo entendemos, no tanto lo de la selección como lo de la duda de los demás. Reyes, jugador de detalles impresionantes y actitud desesperante en general, jugador de talento con facilidad para hacer cosas complicadas cuando no piensa, conductor de balones y descolocador de compañeros cuando piensa un instante, parece que debe ser indiscutible en el equipo. El sábado metió un golazo de escándalo y dio a Forlán un buen pase en el último y es de los pocos que puede hacer lo que el rival no se espera. Mantiene, eso sí, su querencia a desentenderse a ratos, a no volver a la posición cuando la pierde, a enredarse en solitario en peleas imposibles y quedarse sentado mientras el rival arma el contraataque. Todo esto es cierto, pero también lo es que está funcionando mejor según avanza la liga.
Junto a él jugaron Tiago, Mario Suárez y Elías. El primero sigue mostrando criterio y pausa cuando el resto sólo se revolucionan, y esta es una característica de juego que, por inusual en el Atleti, es valiosísima. El sábado, además, pasó buena parte del segundo tiempo dando voces a centrocampistas y centrales, pidiendo que hablaran, que supieran donde están los compañeros antes de recibir el balón ... estas cosas, en fin, tan básicas que no siempre se dicen los jugadores del Atleti. Junto a Tiago, de doble pivote o algo parecido, jugó Mario. Mario jugó como suele jugar: aseado, bien colocado, ayudando a la recuperación y a la salida. No marca la diferencia, no parece imprescindible, pero aporta. Pudo marcar de tiro lejano, pero lo franco que le quedó el balón y el rugido in crescendo de la grada le hizo posiblemente querer romperla y se le fue alta; algo parecido le pasó a Juanfran al final del partido, cuando pifió una ocasión clarísima de esas que, cuando no hay tiempo que pensar ni de acordarse a quién dedicar el gol que inmediatamente se va a marcar, se mete.
Párrafo aparte merece Elías. Elías salió aparentemente de interior izquierdo, por delante de Filipe Luis Filipe. Quizás por el buen partido de éste, quizás por su querencia natural a irse al centro, por la banda se le vio poco. Elías se va al centro, deja a su par veinte metros a su espalda y da la impresión de no saber que él es el jugador más cercano a la línea cuando ataca el rival. A Elías se le vio perdido hasta que le dio por hacer lo que le apetecía: robar balones. Especialmente durante un rato del segundo tiempo, el Atleti se dedicó sorprendentemente a presionar en el campo del rival para ahogar su salida y ahí Elías aportó lo suyo: robar balones a los medio centros rivales que intentaban jugar, retrasarlos a Tiago y Mario para que estos buscaran más adelante. Conclusión, parece que Elías es también un recuperador, un nuevo centrocampista de destrucción, el quinto o sexto, según se mire; esto no le resta mérito a su capacidad de recuperación, pero pone muy en entredicho la oportunidad de su fichaje.
Dicho lo dicho, la sorpresa del partido fue que el Villarreal no jugó. El Villarreal, un equipo que presume de un juego mucho más fino que el porte de su entrenador, no jugó cómodo salvo un rato en el primer tiempo. No consiguió jugar Borja Valero, más ocupado en apagar fuegos que en dar pausa, y no lo hicieron tampoco Cazorla o Cani, buenos jugadores despegados el sábado de la delantera. Sólo marcó el Villarreal de falta, bien lanzada por Rossi y muy mal defendida por la barrera, formada casi por el mismo número de rojiblancos que de amarillo y con los últimos en la zona que invitaba al tiro. Parte del mérito está en el centro del campo del Atleti, mejor colocado y más solidario que otros días y con la inédita ayuda de Filipe Luis Filipe, y también en la actitud general del equipo, más de equipo y menos de comparsa que otras veces; si esta es una lección para el futuro es algo que no tenemos claro, que ya lo hemos vivido antes.
Para el final, la delantera. Jugó bien Agüero, que metió un buen gol tras gran jugada de Filipe Luis Filipe, y también Forlán. Forlán lo intentó, bajó al centro, pidió balones y los devolvió. Tiró de lejos y buscó paredes, tiró desmarques que nadie quiso ver y otros que sí tuvieron pase. Tiró a bote pronto, de lejos, arriba y al palo y muchas veces se encontró con Diego López. Eso sí, cuando Agüero marcó el dos uno, supimos que marcaría Forlán. Había marcado Reyes un gol de bandera, había marcado Agüero un buen gol en un muy buen momento y a Forlán, al Forlán con ganas que se vio el sábado, estas cosas no le dejan tranquilo. Poco tardó tras el segundo gol en bajar cerca de la línea del medio, recuperar un balón, pasárselo a Reyes y tirar el desmarque para la pared. El pase a Reyes debió hacerlo clavándole la mirada para indicarle dónde quería el balón, porque éste, lejos de complicarse, devolvió la bola al sitio justo con un toque rápido. Gol, tres uno, buen partido del Atleti, buen partido de Forlán, Filipe Luis Filipe y del equipo en general, y todo ello frente a un buen equipo al que se consiguió hacer jugar como si no lo fuera tanto.
Y aún así, en un buen partido del Atleti, en el partido más interesante en meses, en uno de los pocos partidos en los que el Atleti ha dado la talla contra un rival con los que hay que medirse, en un partido en el que todas las líneas jugaron bien y algunos jugadores mostraron su mejor nivel, la máxima puntuación de la noche se la llevó la grada. La grada, sí, la grada, la grada a la que tantas veces hemos puesto de pusilánime, desinteresada y dormida. La grada, sí, la que hasta ahora sólo reaccionaba cuando el equipo perdía o se pegaba un petardo sonado, la que cargaba con virulencia contra jugadores débiles olvidando a los responsables reales del problema, la que se dejaba llevar por lo que decía la prensa para criticar a unos y no ha otros, la grada, sí, la grada. La grada volvía a mostrar mucho verde y mucho oro, muchas pancartas de denuncia y reivindicación, mucha protesta. Empujada muchas veces desde el corner que divide el fondo sur de la grada de lateral y con el apoyo masivo de ese mismo fondo, la afición protestó contra el palco, pidió dimisiones, mostró su hastío y su rabia y también mostró criterio. Mostró criterio al protestar cuando se iba ganando y cuando se iba perdiendo, pero sobre todo cuando se iba ganando. Durante todo el partido, sobre todo tras los goles del Atleti, se alternó la animación y la protesta, el aliento al equipo y la reclamación contra el palco. La grada dio una lección que hace tiempo había olvidado, dejando claro que sí sabe lo que pasa y quién lo causa. Que dure, oiga, que dure.
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lunes, 7 de marzo de 2011
viernes, 21 de enero de 2011
Crónica sin nombre del peor derbi (posible)
Habían anunciado un frío polar y luego no hizo tanto. Habían anunciado nieve, borrasca y temporal y luego fue un día normalete. Habían anunciado un vendaval de juego y compromiso, y ná. De hecho, habían anunciado un partido de fútbol, y ni eso.
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Ya saben los lectores de este blog, sufridas víctimas oculares del fondo oscuro y la letra clara, que al que suscribe le gusta cada vez menos el fútbol. En especial, es conocido por estos pagos que a uno el partido que menos le gusta del año es el partido contra ese equipo que nunca nombramos, ese equipo hecho para justificar un palco, el otro equipo grande de la capital, ya saben.
En vista de lo anterior, el que suscribe se plantea cada vez más ir a ver los partidos del Atleti contra estos vecinos con los que los dioses nos maldijeron. También se plantea dejar de ir al fútbol así en general, oiga, también, que el fútbol es cada vez más feo y menos deporte, que la gente es cada vez más bruta y menos educada. Pero lo que se plantea de verdad es volver a ver los derbis. Y no se trata de los resultados, de la racha infame, de las pocas posibilidades de hacer tal o cual cosa, de la imagen dada. Se trata más bien del ambiente, de la agresividad sin freno en la grada, de la frustración resuelta a insultos sin gracia ni justificación, de la presencia abrumadora de policías vestidos de samurais por las calles del barrio con cara de buscar una mirada desafiante para probar todo su material anti-disturbios. La sensación de que en cualquier momento habrá una carrera masiva, una pelea, un niño asustado que no se explica por qué tiene miedo en lo que le contaron que iba a ser un día de fiesta, un tipo que maldiga la hora en que se le ocurrió venir al fútbol ese día. Cuando al fútbol no apetece ir con los niños, bien por el horario o por el ambiente de las calles, mala noticia.
En día de derbi, más si es tarde, el ambiente en los alrededores del Calderón es feo y tenso, pesado y molesto, todo a la vez. Se diría que en día de derbi nocturno el alcohol embrutece más que alegra, y que aquellos que normalmente acaban la sobremesa cantando Asturias patria querida y llamando guapa a las señoras, en día de derbi no hay quien les aguante, empeñados como están en pegarse con el primero que pase. A uno, no se me malinterprete, se le ocurren nobles ocasiones para darse de tortas, como por ejemplo los combates de peso mosca, e incluso ve motivos suficientes para recurrir al capón y el sopapo en casos de provocación flagrante (por ejemplo la combinación de camisa de rayas y corbata de topos), pero de ahí a pegarse por las buenas en día de fútbol media un abismo aburridísimo y bastante vergonzante.
Por todo ello uno quizás no deje de ir al Calderón en día de derbi (por ahora), pero sí retrasará su entrada al campo hasta el último minuto. Y quedará en bares, como es su costumbre, pero cada vez más alejados del campo, como hizo ayer. A una distancia prudencial del estadio, el ambiente sigue siendo parecido al de los partidos grandes y uno no se expone a tener que emprender indigna carrera ante la fuerza pública o, mucho peor, a recibir un pisotón de un usuario de zapatos Gorila. De esta forma uno evita contribuir al a veces desagradable espectáculo de la previa y, lo que es realmente importante, puede tomarse una cerveza con calma y charlando, que es de lo que se trata en el fondo. Y ya es triste llegar a esta conclusión, ya es triste.
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Llegó la afición en tropel al estadio a pesar del resultado de la ida, del frío, de la hora, del tráfico, de los antidisturbios, de los exaltados, de los socavones y de los impuestos municipales y la gente le intentaba buscar una explicación a tanta afluencia. Es verdad, decían algunos, que para el aficionado del Atleti este partido es especial y que la asistencia al campo es obligada; es verdad, decían otros, que qué más dará el resultado de la ida, si aquí lo que importa es venir a ayudar y cumplir cada uno con su misión; es verdad, decían otros, que preguntarse que cómo es que el campo estaba tan lleno en un partido así implica no tener ni idea de lo que es este equipo y esta afición. Todo eso es verdad, sí, lo es.
Pero también es igualmente cierto que algunos veían otro motivo más para acudir: la esperanza, real y certera, de pasar. Como lo oyen. Que el Atleti actual ganase dos cero el partido de ayer era complicado; tan complicado hoy como posible y asequible hace unos años. En la memoria colectiva, que funciona al menos para una proporción elevada de los que aún van al estadio, marcar un dos cero en un partido así no debería ser ninguna quimera sino algo ya vivido; lamentablemente, para los aficionados que no llegan a la treintena es cosa de ciencia ficción.
He aquí una confesión: el que suscribe, que es tonto, era de los que pensaba que algo bueno iba a pasar ayer. Quizás no pasar, pero sí ganar, y bien. No se trataba sólo del clásico vaivén anímico de todo atlético ante estas situaciones, ya saben, la progresión que empieza con la decepción tras el partido de ida, el sosiego en los días siguientes, el ¿y-por-qué-no?, el sorprendente optimismo moderado, el auto-convencimiento sobre las posibilidades reales del equipo y la posibilidad de que la lógica no se imponga, el escepticismo positivo, el optimismo público y la euforia en las horas previas. No, no se trataba de eso, era algo diferente. Tres elementos contribuyeron a que uno acometiera el partido con más ganas de las esperadas, para sorpresa propia. El primero, los cinco últimos minutos del partido del lunes, con aquél mensaje tan claro enviado directamente desde la grada a los jugadores, sin intermediarios, imposible de no entender. El segundo, la pancarta que apareció en un entrenamiento, y el efecto que uno intuyó que pudo haber causado en los jugadores. El tercero, el partido del Betis, en el que un equipo aprovechó una ocasión para, sin clasificarse, recuperar autoestima, lanzar un aviso a rivales y grada, recargar los niveles de orgullo de la afición; una buena referencia el día antes de un partido importante, un regalito del destino. Uno, inocente, pensó que todo eso dejaba claro qué tenía que hacer el Atleti, que no era mucho, y que lo habrían entendido los jugadores.
En estas salió el Atleti y, a la vez, salió de la chistera de Quique el enésimo conejo contrahecho, malformado e incapaz. Salió una defensa rara, con Valera de lateral derecho, con Filipe Luis Filipe por la banda izquierda - que dejó llena de dudas - y con Ujfalusi jugando de central junto a Perea tras jugar de lateral la inmensa mayoría de sus últimos partidos; mientras, dos centrales que deberían ser titulares comían pipas sentaditos en el banquillo bajo elegante manta de forro polar, hablando con sorna de las dotes motivadoras del mister. Salieron también tres medio centros: Assunçao, Tiago y Elías. Salió el pobre Elías, el recién llegado, el que no tiene ni idea de qué es el Atleti ni mucho menos de qué es un derbi, el que parece no saber cómo se llaman los compañeros, cómo juega el equipo o cómo se toma la M-30 desde el estadio. Salió Elías y jugó todo el partido, chúpese esa, oiga. Había jugado un tiempo el lunes, y había dejado un fuerte aroma a despiste, a necesidad de aclimatación y a falta de soltura (siendo generosos), y Quique premió todo esto con la titularidad y el partido entero en prime time. Salió por delante de Raúl García, el centrocampista de más carácter, suplente en el partido que más carácter reclama; salió también por delante de Juanfran, el recién llegado a quien Quique también hizo debutar de forma sorprendente el día de su presentación para, de forma igualmente sorprendente, volver a dejarle en el banquillo tras un buen partido. Salió por delante Fran Mérida, algo perdido a ratos pero cada vez más metido en el equipo, salió Reyes hasta que se lesionó y le sustituyó Diego Costa y salió Forlán e hizo el peor partido que uno le recuerda en el Calderón, primero impreciso, luego ausente y finalmente desquiciado.
Quique Flores había dicho en la previa que habían entendido el mensaje de la afición y, por ello, se esperó un Atleti peleón. Y así fue, al menos un ratito: salió el Atleti con cierta garra, mordiendo al rival al principio del partido, chocando en los cruces y marcando terreno. El partido empezaba como uno se esperaba, con algo de intensidad, tono y timbre. No había peligro, quizás el visitante mostraba signos de no querer correr mucho puesto que el resultado les era muy favorable, pero tampoco estaba cómodo. El Atleti apretaba y daba la sensación de saber cómo poder hacer daño. No fue así. Fue Reyes el que se hizo daño tras una entrada fea y, en la siguiente jugada, marcó el rival. Primer tiro a puerta, un gol sin demasiada dificultad, la eliminatoria imposible.
Y aquí se preguntó el aficionado... bueno, ¿y qué más da? ¿Qué más da si no se pasa de ronda? ¿No es quizás una buena oportunidad para demostrar que efectivamente se ha entendido el mensaje de la afición y dar una alegría a esta gente? ¿No se queda la situación que ni pintada para, viendo que el visitante iba a correr lo justo, gritar alto y claro que cuando se trata de derbis madrileños pasar o no pasar la eliminatoria es secundario y que lo importante es coger por las solapas al rival y zarandearle hasta que se maree? ¿No deberíamos hacer lo posible para apretar, robar, empatar, remontar y romper la racha, o al menos intentarlo? ¿No deberíamos aprovechar para, incluso sin posibilidades de pasar de ronda, marcar el territorio para el partido de vuelta de liga y así adelantar trabajo? Todas estas preguntas obvias, todas estas posibilidades incluidas en el mensaje que Quique dijo haber entendido, tuvieron una única, decepcionante y triste respuesta: pues no.
El equipo tuvo la ocasión de demostrar que, en efecto, habían entendido el mensaje como dijo Quique Flores y que la respuesta al gol sería un partido a la carga, a pecho descubierto, con la valentía y la ventaja del que sabe que no tienen nada que perder y mucho que ganar. Pero pasó todo lo contrario, qué cosas, y la grada se planteó varias cuestiones. La primera, de qué mensaje hablaba Quique Flores. El mensaje famoso, que todo el mundo había entendido, era que daba igual ganar que empatar o perder, pasar o no pasar, porque lo que se pedía, casi se rogaba, era que el equipo se dejara el alma y recuperara algo de dignidad. A falta de referencias de la casa en el campo, al menos uno confiaría en que el entrenador utilizara el recurso emocional para azuzar a los suyos. Pues tampoco. A juzgar por la actitud, el mensaje que pasó Quique debió versar, una vez más, sobre sensaciones, recuperaciones anímicas, solidaridad alícuota y gestión de escenarios empáticos sin mermar alternativas asociativas, un nuevo mensaje incomprensible destinado a inflar su propio ombligo. Eso, o que estuvieran atentos al trajecito que estrenaba ayer, que era de corte italiano, una perita.
La siguiente pregunta que se planteó la grada es si alguien de la plantilla entiende algo de lo significa este club. No se explicaba la grada que ante un partido en que se podría intentar recuperar autoestima no jugara de salida el único canterano de campo ni que Juanfran, recién llegado, mostrase más rabia y compromiso que todos los demás jugadores juntos. No se explicaba la gente la presencia de Elías, ni la ausencia de Godín, el super-jugador que, según nos cuentan, quiere el Chelsea. No se explicaba la gente la irritante desidia de Forlán, desconectado del partido hasta que pasó de la desconexión al más absoluto de los desquiciamientos, tirando a puerta flojito desde cuarenta metros. No se explicó la gente la soledad de Tiago, único jugador que intentaba jugar la pelota mirando a los compañeros, ni la desesperante actuación de Filipe Luis Filipe, siempre lejos de su par, nunca dispuesto a tomar un riesgo físico o técnico. En definitiva, nadie parece tener una idea de lo que hay, no hay capitán, no hay veteranos, no hay un tipo del cuerpo técnico con cuatrocientos partidos en el club que baje al vestuario y hable de afrentas históricas y robos imperdonables y haga salir a la gente a comerse al rival, no, no hay nada de eso. En vez de eso, sólo hay un director técnico de gira por Brasil, un presidente empeñado en hacer chistecitos, un consejero delegado invisible y centrado en sus negocios y un entrenador más empeñado en hacer valer su autoridad castigando chavales que haciendo un equipo comprometido.
Lo último que se preguntó la afición fue algo cada vez más frecuente en la grada del estadio: qué coño hacemos aquí. Qué hacemos aquí si esto no se parece a lo nuestro, si no tiene nada que ver con lo que queremos. Qué hacemos aquí si esto le importa cada vez a menos gente, y a los que les importa no les duele lo suficiente para montar un escándalo que derribe el palco. Qué hacemos aquí, perdiendo contra el otro equipo grande de la capital en silencio, sin un grito de reprobación al equipo ni al entrenador ni al director deportivo ni al palco, sin un rugido general. Qué hacemos aquí, viendo a un equipo pusilánime y desinteresado que da por bueno un cero uno en casa contra la camiseta más odiada, sin arrebatos de furia, sin cargas desesperadas para marcar el gol de la honra, sin sangre en las venas de los jugadores ni un capitán con los ojos inyectados en sangre, rabioso ante la perspectiva de ser señalado en los posters de los bares por la gente, ahí están, son esos, esos son los que perdieron y no corrieron para solucionarlo, esos son, qué vergüenza de equipo. Qué coño hacemos aquí, oiga, qué coño hacemos aquí, por qué seguimos viniendo y haciéndonos ilusiones, por qué seguimos pensando que esto es un club de fútbol cuando es, en realidad, una inmobiliaria interesada en recalificar terreno en Alcorcón, un broker a comisión de jugadores que se ha gastado 30 millones de euros este año (30 millones ni más ni menos, 30 ... 9 por Godín, 12 por Filipe Luis Filipe, 7 por Elías, 5 por Juanfran, la cifra suficiente para que un club competente arme un equipo casi entero) para conseguir, oh gestión, empeorar el equipo que ganó la Supercopa y seguir sin ser alternativa a nada, que también tiene su mérito, oiga.
El Atleti jugó el peor derbi que uno recuerda cuando lo tenía más fácil que nunca. Nadie pedía al Atleti pasar de ronda, nadie le pedía ni siquiera ganar o empatar: todo lo que se pedía era intentarlo con dignidad, correr, morder. Correr y morder, lo que hacen los cuarentones en campos de fútbol 7 durante los fines de semana para ganarse una cerveza con los amigos que ellos mismos se pagan. Correr y morder, lo que hacen los equipos modestos en parte por dignidad y en parte porque su grada los tira al río si no lo hacen, lo que hace un recién llegado de Osasuna hasta que se dé cuenta de que nadie se lo agradece y para nada sirve. Correr y morder, lo que haría cualquiera de cualquier grada si jugara contra su rival más odiado, lo que hace cualquier jugador honrado que sabe que no tiene la técnica suficiente para hacer otra cosa. Correr y morder, el mínimo exigible en cualquier partido, lo innegociable en un derbi. Correr y morder, lo más sencillo, lo único fácil del fútbol. Gritar y morder, lo que podría hacer la grada, y no hace.
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Ya saben los lectores de este blog, sufridas víctimas oculares del fondo oscuro y la letra clara, que al que suscribe le gusta cada vez menos el fútbol. En especial, es conocido por estos pagos que a uno el partido que menos le gusta del año es el partido contra ese equipo que nunca nombramos, ese equipo hecho para justificar un palco, el otro equipo grande de la capital, ya saben.
En vista de lo anterior, el que suscribe se plantea cada vez más ir a ver los partidos del Atleti contra estos vecinos con los que los dioses nos maldijeron. También se plantea dejar de ir al fútbol así en general, oiga, también, que el fútbol es cada vez más feo y menos deporte, que la gente es cada vez más bruta y menos educada. Pero lo que se plantea de verdad es volver a ver los derbis. Y no se trata de los resultados, de la racha infame, de las pocas posibilidades de hacer tal o cual cosa, de la imagen dada. Se trata más bien del ambiente, de la agresividad sin freno en la grada, de la frustración resuelta a insultos sin gracia ni justificación, de la presencia abrumadora de policías vestidos de samurais por las calles del barrio con cara de buscar una mirada desafiante para probar todo su material anti-disturbios. La sensación de que en cualquier momento habrá una carrera masiva, una pelea, un niño asustado que no se explica por qué tiene miedo en lo que le contaron que iba a ser un día de fiesta, un tipo que maldiga la hora en que se le ocurrió venir al fútbol ese día. Cuando al fútbol no apetece ir con los niños, bien por el horario o por el ambiente de las calles, mala noticia.
En día de derbi, más si es tarde, el ambiente en los alrededores del Calderón es feo y tenso, pesado y molesto, todo a la vez. Se diría que en día de derbi nocturno el alcohol embrutece más que alegra, y que aquellos que normalmente acaban la sobremesa cantando Asturias patria querida y llamando guapa a las señoras, en día de derbi no hay quien les aguante, empeñados como están en pegarse con el primero que pase. A uno, no se me malinterprete, se le ocurren nobles ocasiones para darse de tortas, como por ejemplo los combates de peso mosca, e incluso ve motivos suficientes para recurrir al capón y el sopapo en casos de provocación flagrante (por ejemplo la combinación de camisa de rayas y corbata de topos), pero de ahí a pegarse por las buenas en día de fútbol media un abismo aburridísimo y bastante vergonzante.
Por todo ello uno quizás no deje de ir al Calderón en día de derbi (por ahora), pero sí retrasará su entrada al campo hasta el último minuto. Y quedará en bares, como es su costumbre, pero cada vez más alejados del campo, como hizo ayer. A una distancia prudencial del estadio, el ambiente sigue siendo parecido al de los partidos grandes y uno no se expone a tener que emprender indigna carrera ante la fuerza pública o, mucho peor, a recibir un pisotón de un usuario de zapatos Gorila. De esta forma uno evita contribuir al a veces desagradable espectáculo de la previa y, lo que es realmente importante, puede tomarse una cerveza con calma y charlando, que es de lo que se trata en el fondo. Y ya es triste llegar a esta conclusión, ya es triste.
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Llegó la afición en tropel al estadio a pesar del resultado de la ida, del frío, de la hora, del tráfico, de los antidisturbios, de los exaltados, de los socavones y de los impuestos municipales y la gente le intentaba buscar una explicación a tanta afluencia. Es verdad, decían algunos, que para el aficionado del Atleti este partido es especial y que la asistencia al campo es obligada; es verdad, decían otros, que qué más dará el resultado de la ida, si aquí lo que importa es venir a ayudar y cumplir cada uno con su misión; es verdad, decían otros, que preguntarse que cómo es que el campo estaba tan lleno en un partido así implica no tener ni idea de lo que es este equipo y esta afición. Todo eso es verdad, sí, lo es.
Pero también es igualmente cierto que algunos veían otro motivo más para acudir: la esperanza, real y certera, de pasar. Como lo oyen. Que el Atleti actual ganase dos cero el partido de ayer era complicado; tan complicado hoy como posible y asequible hace unos años. En la memoria colectiva, que funciona al menos para una proporción elevada de los que aún van al estadio, marcar un dos cero en un partido así no debería ser ninguna quimera sino algo ya vivido; lamentablemente, para los aficionados que no llegan a la treintena es cosa de ciencia ficción.
He aquí una confesión: el que suscribe, que es tonto, era de los que pensaba que algo bueno iba a pasar ayer. Quizás no pasar, pero sí ganar, y bien. No se trataba sólo del clásico vaivén anímico de todo atlético ante estas situaciones, ya saben, la progresión que empieza con la decepción tras el partido de ida, el sosiego en los días siguientes, el ¿y-por-qué-no?, el sorprendente optimismo moderado, el auto-convencimiento sobre las posibilidades reales del equipo y la posibilidad de que la lógica no se imponga, el escepticismo positivo, el optimismo público y la euforia en las horas previas. No, no se trataba de eso, era algo diferente. Tres elementos contribuyeron a que uno acometiera el partido con más ganas de las esperadas, para sorpresa propia. El primero, los cinco últimos minutos del partido del lunes, con aquél mensaje tan claro enviado directamente desde la grada a los jugadores, sin intermediarios, imposible de no entender. El segundo, la pancarta que apareció en un entrenamiento, y el efecto que uno intuyó que pudo haber causado en los jugadores. El tercero, el partido del Betis, en el que un equipo aprovechó una ocasión para, sin clasificarse, recuperar autoestima, lanzar un aviso a rivales y grada, recargar los niveles de orgullo de la afición; una buena referencia el día antes de un partido importante, un regalito del destino. Uno, inocente, pensó que todo eso dejaba claro qué tenía que hacer el Atleti, que no era mucho, y que lo habrían entendido los jugadores.
En estas salió el Atleti y, a la vez, salió de la chistera de Quique el enésimo conejo contrahecho, malformado e incapaz. Salió una defensa rara, con Valera de lateral derecho, con Filipe Luis Filipe por la banda izquierda - que dejó llena de dudas - y con Ujfalusi jugando de central junto a Perea tras jugar de lateral la inmensa mayoría de sus últimos partidos; mientras, dos centrales que deberían ser titulares comían pipas sentaditos en el banquillo bajo elegante manta de forro polar, hablando con sorna de las dotes motivadoras del mister. Salieron también tres medio centros: Assunçao, Tiago y Elías. Salió el pobre Elías, el recién llegado, el que no tiene ni idea de qué es el Atleti ni mucho menos de qué es un derbi, el que parece no saber cómo se llaman los compañeros, cómo juega el equipo o cómo se toma la M-30 desde el estadio. Salió Elías y jugó todo el partido, chúpese esa, oiga. Había jugado un tiempo el lunes, y había dejado un fuerte aroma a despiste, a necesidad de aclimatación y a falta de soltura (siendo generosos), y Quique premió todo esto con la titularidad y el partido entero en prime time. Salió por delante de Raúl García, el centrocampista de más carácter, suplente en el partido que más carácter reclama; salió también por delante de Juanfran, el recién llegado a quien Quique también hizo debutar de forma sorprendente el día de su presentación para, de forma igualmente sorprendente, volver a dejarle en el banquillo tras un buen partido. Salió por delante Fran Mérida, algo perdido a ratos pero cada vez más metido en el equipo, salió Reyes hasta que se lesionó y le sustituyó Diego Costa y salió Forlán e hizo el peor partido que uno le recuerda en el Calderón, primero impreciso, luego ausente y finalmente desquiciado.
Quique Flores había dicho en la previa que habían entendido el mensaje de la afición y, por ello, se esperó un Atleti peleón. Y así fue, al menos un ratito: salió el Atleti con cierta garra, mordiendo al rival al principio del partido, chocando en los cruces y marcando terreno. El partido empezaba como uno se esperaba, con algo de intensidad, tono y timbre. No había peligro, quizás el visitante mostraba signos de no querer correr mucho puesto que el resultado les era muy favorable, pero tampoco estaba cómodo. El Atleti apretaba y daba la sensación de saber cómo poder hacer daño. No fue así. Fue Reyes el que se hizo daño tras una entrada fea y, en la siguiente jugada, marcó el rival. Primer tiro a puerta, un gol sin demasiada dificultad, la eliminatoria imposible.
Y aquí se preguntó el aficionado... bueno, ¿y qué más da? ¿Qué más da si no se pasa de ronda? ¿No es quizás una buena oportunidad para demostrar que efectivamente se ha entendido el mensaje de la afición y dar una alegría a esta gente? ¿No se queda la situación que ni pintada para, viendo que el visitante iba a correr lo justo, gritar alto y claro que cuando se trata de derbis madrileños pasar o no pasar la eliminatoria es secundario y que lo importante es coger por las solapas al rival y zarandearle hasta que se maree? ¿No deberíamos hacer lo posible para apretar, robar, empatar, remontar y romper la racha, o al menos intentarlo? ¿No deberíamos aprovechar para, incluso sin posibilidades de pasar de ronda, marcar el territorio para el partido de vuelta de liga y así adelantar trabajo? Todas estas preguntas obvias, todas estas posibilidades incluidas en el mensaje que Quique dijo haber entendido, tuvieron una única, decepcionante y triste respuesta: pues no.
El equipo tuvo la ocasión de demostrar que, en efecto, habían entendido el mensaje como dijo Quique Flores y que la respuesta al gol sería un partido a la carga, a pecho descubierto, con la valentía y la ventaja del que sabe que no tienen nada que perder y mucho que ganar. Pero pasó todo lo contrario, qué cosas, y la grada se planteó varias cuestiones. La primera, de qué mensaje hablaba Quique Flores. El mensaje famoso, que todo el mundo había entendido, era que daba igual ganar que empatar o perder, pasar o no pasar, porque lo que se pedía, casi se rogaba, era que el equipo se dejara el alma y recuperara algo de dignidad. A falta de referencias de la casa en el campo, al menos uno confiaría en que el entrenador utilizara el recurso emocional para azuzar a los suyos. Pues tampoco. A juzgar por la actitud, el mensaje que pasó Quique debió versar, una vez más, sobre sensaciones, recuperaciones anímicas, solidaridad alícuota y gestión de escenarios empáticos sin mermar alternativas asociativas, un nuevo mensaje incomprensible destinado a inflar su propio ombligo. Eso, o que estuvieran atentos al trajecito que estrenaba ayer, que era de corte italiano, una perita.
La siguiente pregunta que se planteó la grada es si alguien de la plantilla entiende algo de lo significa este club. No se explicaba la grada que ante un partido en que se podría intentar recuperar autoestima no jugara de salida el único canterano de campo ni que Juanfran, recién llegado, mostrase más rabia y compromiso que todos los demás jugadores juntos. No se explicaba la gente la presencia de Elías, ni la ausencia de Godín, el super-jugador que, según nos cuentan, quiere el Chelsea. No se explicaba la gente la irritante desidia de Forlán, desconectado del partido hasta que pasó de la desconexión al más absoluto de los desquiciamientos, tirando a puerta flojito desde cuarenta metros. No se explicó la gente la soledad de Tiago, único jugador que intentaba jugar la pelota mirando a los compañeros, ni la desesperante actuación de Filipe Luis Filipe, siempre lejos de su par, nunca dispuesto a tomar un riesgo físico o técnico. En definitiva, nadie parece tener una idea de lo que hay, no hay capitán, no hay veteranos, no hay un tipo del cuerpo técnico con cuatrocientos partidos en el club que baje al vestuario y hable de afrentas históricas y robos imperdonables y haga salir a la gente a comerse al rival, no, no hay nada de eso. En vez de eso, sólo hay un director técnico de gira por Brasil, un presidente empeñado en hacer chistecitos, un consejero delegado invisible y centrado en sus negocios y un entrenador más empeñado en hacer valer su autoridad castigando chavales que haciendo un equipo comprometido.
Lo último que se preguntó la afición fue algo cada vez más frecuente en la grada del estadio: qué coño hacemos aquí. Qué hacemos aquí si esto no se parece a lo nuestro, si no tiene nada que ver con lo que queremos. Qué hacemos aquí si esto le importa cada vez a menos gente, y a los que les importa no les duele lo suficiente para montar un escándalo que derribe el palco. Qué hacemos aquí, perdiendo contra el otro equipo grande de la capital en silencio, sin un grito de reprobación al equipo ni al entrenador ni al director deportivo ni al palco, sin un rugido general. Qué hacemos aquí, viendo a un equipo pusilánime y desinteresado que da por bueno un cero uno en casa contra la camiseta más odiada, sin arrebatos de furia, sin cargas desesperadas para marcar el gol de la honra, sin sangre en las venas de los jugadores ni un capitán con los ojos inyectados en sangre, rabioso ante la perspectiva de ser señalado en los posters de los bares por la gente, ahí están, son esos, esos son los que perdieron y no corrieron para solucionarlo, esos son, qué vergüenza de equipo. Qué coño hacemos aquí, oiga, qué coño hacemos aquí, por qué seguimos viniendo y haciéndonos ilusiones, por qué seguimos pensando que esto es un club de fútbol cuando es, en realidad, una inmobiliaria interesada en recalificar terreno en Alcorcón, un broker a comisión de jugadores que se ha gastado 30 millones de euros este año (30 millones ni más ni menos, 30 ... 9 por Godín, 12 por Filipe Luis Filipe, 7 por Elías, 5 por Juanfran, la cifra suficiente para que un club competente arme un equipo casi entero) para conseguir, oh gestión, empeorar el equipo que ganó la Supercopa y seguir sin ser alternativa a nada, que también tiene su mérito, oiga.
El Atleti jugó el peor derbi que uno recuerda cuando lo tenía más fácil que nunca. Nadie pedía al Atleti pasar de ronda, nadie le pedía ni siquiera ganar o empatar: todo lo que se pedía era intentarlo con dignidad, correr, morder. Correr y morder, lo que hacen los cuarentones en campos de fútbol 7 durante los fines de semana para ganarse una cerveza con los amigos que ellos mismos se pagan. Correr y morder, lo que hacen los equipos modestos en parte por dignidad y en parte porque su grada los tira al río si no lo hacen, lo que hace un recién llegado de Osasuna hasta que se dé cuenta de que nadie se lo agradece y para nada sirve. Correr y morder, lo que haría cualquiera de cualquier grada si jugara contra su rival más odiado, lo que hace cualquier jugador honrado que sabe que no tiene la técnica suficiente para hacer otra cosa. Correr y morder, el mínimo exigible en cualquier partido, lo innegociable en un derbi. Correr y morder, lo más sencillo, lo único fácil del fútbol. Gritar y morder, lo que podría hacer la grada, y no hace.
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viernes, 14 de enero de 2011
Elogio del (extinto) nervio intenso
El Atleti perdió un partido que jugó sin intensidad, sin rabia y sin nervio. Normal.
Miren que nos ha pasado ya veces, pero no escarmentamos. Llevamos años sin ganar, pero nada: siempre pensamos que esta vez será la buena, la que quiebre la racha, la que acabe con la maldición. Quizás en el fondo sepamos que no lo será, pero también tenemos todos esa vocecita interna que, con acento argentino, nos dice que por qué no. Que por qué no, que por qué no esa vez, por qué no va a pasar algo que es posible y que otros con menos motivos y medios consiguen. Por qué no va a pasar lo que antes pasaba con cierta frecuencia, por qué no vamos a ver de nuevo ese equipo aguerrido que, hace un par de años sin ir más lejos, dio un recital de contraataque y agresividad en el mismo campo. Por qué no vamos a ganar a este equipo al que tantas veces hemos ganado, por qué somos capaces de ganar al Inter, al Barça y no al este otro. Siempre lo pensamos y rara vez lo decimos ya, porque lo hemos dicho tantas veces que no tiene mucho sentido repetirlo de nuevo. Lo decimos entre nosotros, cuando nos llamamos y contestamos a la eterna pregunta - "¿cómo lo ves?" - con el eterno "yo siempre lo veo bien, no, en serio, claro que podemos ganar, yo creo que hoy ganamos".
Antes teníamos nervios desde el día antes, nos costaba desayunar y casi no comíamos. Recibíamos llamadas que nos preguntaban por los ánimos, oíamos bromas en la oficina y comentarios de ánimo en el bar. Ya no tanto. Ahora los nervios siguen ahí, pero empiezan una hora antes y se pasan normalmente antes del final del primer tiempo. Y no son los mismos nervios, no son esos tan fuertes y tan intensos que le hacían a uno tener dolor de estómago y pocas ganas de hablar, pero se parecen. Quizás sean los mismos, pero ya cansados, como más maduros. Nervios con canas, nervios con gafas, nervios que cenan sopa de fideos y prefieren pasar el viernes por la noche en casa en vez de salir. Ahora que lo pensamos, quizás seamos nosotros los de las canas y las gafas y las ganas de sopa ... pero quizás no. Porque tuvimos los mismos nervios el año pasado en Hamburgo, y en Madrid unos días antes viendo al equipo en Liverpool. Ese día estuvieron con nosotros los buenos, viejos nervios de los buenos, viejos tiempos y estaban en plena forma. Querían cerveza fría y quedarse afónicos, querían contar historias épicas y reírse a carcajadas, no querían ni oír hablar de sofás y mantitas y comedias románticas en dvd.
Lo que pasa es que ellos, los nervios buenos, aparecen cuando consideran que el acontecimiento lo merece, y nosotros les esperamos incluso cuando, por no tener sentido su presencia, son ellos los que están en el sofá tomando sopa de letras. Qué listos son estos nervios.
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Salió el Atleti al campo del otro equipo grande de la capital y algunos se persignaron y otros bebieron un sorbo y otros dijeron "al lío". Algunos miraban al equipo con gravedad y fijeza, otros con cara de susto, alguno lo miraba de una forma que no importaba porque lo hacía llevando unos grandes guantes de conejo gujarati que le quitaban toda autoridad. El caso es que salió el Atleti y la afición sintió nervios, alguno nervios templados y otros nervios fríos, alguno nervios calientes y otros nervios atérmicos. Pero nervios, por más licuados que estuvieran, por más amaestrados que estuvieran, por más cansados que estuvieran, sentimos todos.
Salió el Atleti y la afición se hizo la primera pregunta retórica. ¿Qué hace ahí Juanfran? Juanfran, recién llegado, era titular en la visita al estadio de ese equipo con speaker. Los mensajes que con ello mandaba el entrenador eran variados. Por un lado, parece que venía a decir "saco a éste, que es mejor que cualquier otro de los que tengo". Un mensaje así es naturalmente todo un aliciente para esa plantilla que el entrenador insiste en recuperar psicológicamente (no sabemos bien de qué, ya que lleva una temporada larga al frente del equipo). Por otro lado, la titularidad de Juanfran puede implicar otra cosa más preocupante. "Salga ahí y haga lo que quiera; total, no hay nada que yo le pueda indicar, no hay movimientos que Vd deba conocer de memoria y no hay consignas asumidas por todos que yo le pueda enseñar, porque no las hay". Uno imagina a Juanfran diciendo vale, vale, yo salgo, pero dígame algo, no sé, dónde me pongo, subo siempre o me quedo, cómo se llama el del pelo corto, a éste le llaman "Kun" o "Sergio". Salga ahí, oiga, y haga lo que quiera. En los corners a favor decida Vd si al primer o segundo palo, en los corners en contra se pone Vd donde le diga el de la melena y la barba ... o donde le diga el colombiano ... mejor no, se ponde donde Vd quiera, ya entre Vds se apañan, se reparten a los otros. Yo le recomiendo ponerse cerca de uno bajito, siempre es más cómodo, je je, como ve soy hombre de fútbol y sé de estas cosas, luego uno sale diciendo la palabra sensaciones, gestión, psico-motriz y anatema, y pasa uno por un erudito. El caso es que salió Juanfran de titular y, con semejante embolao, a uno le pareció que no lo hizo mal teniendo en cuenta que podían haber acabado con él ya de inicio.
Empezó el partido y la gente se fijó especialmente en el equipo durante los primeros minutos, a ver qué impresión dejaba el equipo. Estaba la gente calibrando el tema cuando el Atleti metió un gol. Un gol a los cinco minutos, una magnífica noticia si no fuera porque el aficionado atlético tiene demasiadas referencias malditas en los últimos años como para no tirar de recuerdo cenizo. El año del gol del Kun en el primer minuto, junto al palo; el año del penalti y expulsión de ese jugador de Santander con peinado de senador romano y del gol postrero de Albertini. Otras muchas ocasiones en las que el Atleti se puso por delante y terminó por detrás o empatado. Aún así se celebró el gol con ruido, con rabia, con venas hinchadas y puños al cielo, con abrazos, como siempre se hacía. Como debe ser.
Con casi noventa minutos por delante, el Atleti tuvo reacción de toro manso, de equipo chico, de boxeador con sobrepeso. Pegó los cuartos traseros a las tablas y se metió en su área, planteando los noventa minutos restantes como si faltaran cinco. Puso la defensa en línea dentro de su área y dejó a los medio centros con mucho espacio para ocuparse de muchos jugadores, a merced del rival. Éste, muy motivado y físicamente muy superior, se encontró cómodo con la propuesta. Siete minutos tardó en empatar con una posible falta que no pareció al que suscribe, y a partir de ahí puso un asedio a la portería de De Gea que habría hecho pensar a cualquier despistado que el partido estaba en la prórroga. El rival jugaba con ganas, a un ritmo elevadísimo, con la seriedad con la que se juegan los partidos grandes; mientras, el Atleti se quitaba golpes de encima con los ojos cerrados, manoteando por delante de la cara y apretando mucho los labios, como los niños en las peleas por los columpios. El centro del campo del Atleti no podía en ningún momento con el centro del campo del equipo Betandwin, la defensa achicaba balones con maneras de marineros sacando cubos de una vía de agua, el rival jugaba bien y el Atleti jugaba mal, perdiendo cada balón recuperado tras uno o dos pases, sin conseguir tener pausa, ni imponer calma, ni buscar a los delanteros.
Viendo el temporal, la afición dio un nuevo sorbo y pensó en qué hacer. Contra un equipo superior físicamente, un equipo puede intentar tocar y tocar y salir tocando, pero para ello hay que ser muy bueno, tener mucha calma y mucha fe en uno mismo. Contra un equipo superior técnicamente, un equipo puede jugar a cerrarse y esperar, a presionar en el centro del campo e intentar robar, tocar y salir corriendo a montar el contraataque, pero para ello es necesario ser aguerrido, ambicioso, rápido y resistente. El Atleti carece de gente lo suficientemente dotada como para salir tocando por el centro y con la cabeza alta entre el avispero que le preparó ayer el rival, eso parece claro y meridiano y no es cosa de estos días. El Atleti tiene centrales limitados y medio centros defensivos que corren y cortan pero que pueden perder el balón con facilidad si no viene alguien rápido a iluminarles con un foco y darles tranquilidad. Parecería por tanto que, teniendo además jugadores de talento arriba, lo más lógico sería plantear en las circunstancias del partido de ayer una defensa agresiva que empezase por los medios, que permitiera robar balones o al menos de forzar al medio campo rival a hacer pases imprecisos o salir trastabillado de la presión para que los centrales y laterales se beneficiaran de los errores forzados. Pero para ello, amiguiños, hace falta fondo, fuerza, carácter, ganas y nervio, mucho nervio.
El nervio lo puso ayer el rival, cuando era el Atleti el obligado a enseñarlo. El Atleti se mostró desbordado, asustado, desinteresado a ratos. Casi pusilánimes, los jugadores del Atleti no entraban al choque aún cuando había un árbitro que, por fin, no pitaba cada contacto, toda una buena noticia por más que tuviera fallos de bulto. Los del Atleti no mordían en la presión, no seguían a su par, no intimidaban y permitían al rival intentar cosas, paredes, pases, desbordes. El Atleti mostró un fútbol acomplejado, recluido en su área y mirando al cronómetro desde el minuto cinco. Totalmente desconectados del resto, los dos puntas miraban con hastío cómo el rival tenía el balón continuamente, cómo los fallos en sus pases acababan en despejes directamente a otros rivales, como nadie en el centro del campo era capaz de levantar la cabeza y mirarles, porque sólo miraban al suelo . En la cabeza de todos, parecía cuestión de tiempo que los de Reny Picot marcaran.
El banquillo, como acostumbra, no reaccionaba. Ni un cambio táctico hizo el Atleti mientras le peinaban a raya. El entrenador no metió más músculo, quizás porque no lo tenga. No quitó a un interior sino al medio centro con más carácter - desafortunado toda la noche - y lo cambió por otro jugador del mismo corte pero menos aguerrido. El rival, que había jugado a un ritmo frenético el primer tiempo, notaba el cansancio e iba bajando de revoluciones, pero el Atleti no sacaba partido. Quizás un equipo más experimentado habría anticipado que pasaría eso y se habría beneficiado, quizás un equipo más aguerrido habría ido imponiendo sus kilos en los choques, quizás un entrenador con una idea más clara, de esos que entienden que un jugador presentado por la mañana no conoce todo lo que debe saber para ser titular por la tarde, habría dado una vuelta de tuerca para volver la situación en su favor. Nada de eso ocurrió.
Y, aún así, el Atleti mantuvo el empate hasta el minuto sesenta. Pudo marcar Forlán pero dio en el palo tras una buena jugada de Agüero, pero marcaron los otros. Marcaron justo un minuto después tras una posible falta y, una vez más, tras permitir que por el centro del campo jugase cómodo un centrocampista. Marcó el rival ante la atenta mirada del incomprensiblemente estático Ujfalusi y el autor del gol, propietario de unas botas de motitas, celebró el gol como correspondía, esto es, con un bailecito simiesco previamente preparado en alguna sesión a la que, gracias al cielo, nadie conocido fue forzado a asistir. Marcó el rival cuando pudo haber marcado el Atleti, que da el doble de rabia, y sin embargo el partido pudo cambiar más.
No cambió porque Forlán no tiró cuando debía, sino que pasó a nadie, ni si quiera a Reyes, caído por obra y gracia del nuevo árbitro de guardia del otro equipo grande de la capital, el heredero de otro jugador de ese mismo equipo, malagueño, de verbo espeso y maneras mezquinas y matoniles en su relación con rivales y árbitros. No cambió porque el Atleti prácticamente no se acercó al área rival y porque, a pesar del bajón físico del rival, no supo imponerse. Contra un equipo cansado, el Atleti siguió sin ganar los choques, sin meter el pie, sin imponerse en el centro. Ujfalusi recibió una entrada igual que una que él mismo hizo, justo antes de aparecer en las portadas de los periódicos deportivo bajo el lema "se busca", pero no hubo protestas airadas, ni broncas visibles, ni exigencias de respeto, ni tánganas rompe-ritmos. El contrario bajaba de vueltas y el dos a uno invitaba a echar el resto, pero el equipo seguía con actitud de Benito Bodoque, tibio, blandito, casi excusándose.
Quizás un equipo en forma habría tenido una segunda reserva de aire para aprovechar el bajón rival. Quizás un entrenador audaz y con variantes habría cambiado el aire al equipo y habría hecho más difícil la vida del rival. Quizás un equipo con más orgullo, con más amor propio, se habría ido a por el partido o al menos a mantener el resultado defendiendo en campo ajeno. No pasó ni una cosa, ni la otra, ni la otra. El Atleti mostró sus carencias físicas, dejó dudas sobre qué hace realmente la plantilla en los entrenamientos y muchas más dudas sobre si realmente los jugadores entienden lo que el otro equipo grande de la capital significa para la afición. En los momentos en los que el orgullo es lo que hace recuperar el resuello y tirarse de cabeza al ruck, los jugadores carecen de referencia. Su idea de la rivalidad es la foto de un presidente productor sonriendo mientras sostiene la camiseta que en teoría deberían odiar, con lo que no es fácil motivarse. No hay en el Atleti actual nadie que pegue voces en esas situaciones, que consiga a gritos que no se pierda un metro, que ruja para empujar a los compañeros hacia el área contraria y para helarle la sangre a los depilados rivales. No hay referencias en esos momentos, no hay intensidad ni rabia ni motivación extra, y uno no puede culpar a los jugadores, recién llegados en su mayoría o demasiado joven en el caso de los canteranos, de no saber plasmar en el campo lo que se sabe en los bares.
Sí hay, al contrario, una cierta fatalidad. El Atleti pudo llevarse más goles durante el partido, pero De Gea y los centrales sacaron algunos balones que podrían haber sido gol. El dos uno era un resultado esperanzador y remontable, pero la fatalidad estaba ahí. En el último minuto un despeje torpe de Filipe Luis Filipe dio en Domínguez quien, tras una caída cómica, dejó de rebote el balón en bandeja para que cayera el tercer gol. Tres uno en el minuto noventa de rebote, la historia se repite con demasiada frecuencia y demasiada crueldad cuando el rival es cierto equipo.
Para pasar, el Atleti está obligado a ganar dos cero en casa. Este resultado, asequible para un equipo con autoestima y ante su afición detrás, se antoja complicadísimo. No lo habría parecido en un pasado muy reciente, pero ahora mismo parece un abismo insalvable. Se antoja tan difícil un dos cero como un uno cero, dado que parece altamente probable que el rival marque algún gol si el Atleti continúa haciendo un juego tan blandito, tan de sobrino pequeño. Para ganar éste y más partidos el Atleti necesita nervio, ese nervio tan suyo que perdió hace años, ese nervio tan nuestro que no nos dejaba dormir ni comer ni casi hablar y que ahora se conforma con ver de vez en cuando el partido por encima de las gafas, mientras sostiene un bol de sopa y un mando a distancia. Qué cosas.
Miren que nos ha pasado ya veces, pero no escarmentamos. Llevamos años sin ganar, pero nada: siempre pensamos que esta vez será la buena, la que quiebre la racha, la que acabe con la maldición. Quizás en el fondo sepamos que no lo será, pero también tenemos todos esa vocecita interna que, con acento argentino, nos dice que por qué no. Que por qué no, que por qué no esa vez, por qué no va a pasar algo que es posible y que otros con menos motivos y medios consiguen. Por qué no va a pasar lo que antes pasaba con cierta frecuencia, por qué no vamos a ver de nuevo ese equipo aguerrido que, hace un par de años sin ir más lejos, dio un recital de contraataque y agresividad en el mismo campo. Por qué no vamos a ganar a este equipo al que tantas veces hemos ganado, por qué somos capaces de ganar al Inter, al Barça y no al este otro. Siempre lo pensamos y rara vez lo decimos ya, porque lo hemos dicho tantas veces que no tiene mucho sentido repetirlo de nuevo. Lo decimos entre nosotros, cuando nos llamamos y contestamos a la eterna pregunta - "¿cómo lo ves?" - con el eterno "yo siempre lo veo bien, no, en serio, claro que podemos ganar, yo creo que hoy ganamos".
Antes teníamos nervios desde el día antes, nos costaba desayunar y casi no comíamos. Recibíamos llamadas que nos preguntaban por los ánimos, oíamos bromas en la oficina y comentarios de ánimo en el bar. Ya no tanto. Ahora los nervios siguen ahí, pero empiezan una hora antes y se pasan normalmente antes del final del primer tiempo. Y no son los mismos nervios, no son esos tan fuertes y tan intensos que le hacían a uno tener dolor de estómago y pocas ganas de hablar, pero se parecen. Quizás sean los mismos, pero ya cansados, como más maduros. Nervios con canas, nervios con gafas, nervios que cenan sopa de fideos y prefieren pasar el viernes por la noche en casa en vez de salir. Ahora que lo pensamos, quizás seamos nosotros los de las canas y las gafas y las ganas de sopa ... pero quizás no. Porque tuvimos los mismos nervios el año pasado en Hamburgo, y en Madrid unos días antes viendo al equipo en Liverpool. Ese día estuvieron con nosotros los buenos, viejos nervios de los buenos, viejos tiempos y estaban en plena forma. Querían cerveza fría y quedarse afónicos, querían contar historias épicas y reírse a carcajadas, no querían ni oír hablar de sofás y mantitas y comedias románticas en dvd.
Lo que pasa es que ellos, los nervios buenos, aparecen cuando consideran que el acontecimiento lo merece, y nosotros les esperamos incluso cuando, por no tener sentido su presencia, son ellos los que están en el sofá tomando sopa de letras. Qué listos son estos nervios.
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Salió el Atleti al campo del otro equipo grande de la capital y algunos se persignaron y otros bebieron un sorbo y otros dijeron "al lío". Algunos miraban al equipo con gravedad y fijeza, otros con cara de susto, alguno lo miraba de una forma que no importaba porque lo hacía llevando unos grandes guantes de conejo gujarati que le quitaban toda autoridad. El caso es que salió el Atleti y la afición sintió nervios, alguno nervios templados y otros nervios fríos, alguno nervios calientes y otros nervios atérmicos. Pero nervios, por más licuados que estuvieran, por más amaestrados que estuvieran, por más cansados que estuvieran, sentimos todos.
Salió el Atleti y la afición se hizo la primera pregunta retórica. ¿Qué hace ahí Juanfran? Juanfran, recién llegado, era titular en la visita al estadio de ese equipo con speaker. Los mensajes que con ello mandaba el entrenador eran variados. Por un lado, parece que venía a decir "saco a éste, que es mejor que cualquier otro de los que tengo". Un mensaje así es naturalmente todo un aliciente para esa plantilla que el entrenador insiste en recuperar psicológicamente (no sabemos bien de qué, ya que lleva una temporada larga al frente del equipo). Por otro lado, la titularidad de Juanfran puede implicar otra cosa más preocupante. "Salga ahí y haga lo que quiera; total, no hay nada que yo le pueda indicar, no hay movimientos que Vd deba conocer de memoria y no hay consignas asumidas por todos que yo le pueda enseñar, porque no las hay". Uno imagina a Juanfran diciendo vale, vale, yo salgo, pero dígame algo, no sé, dónde me pongo, subo siempre o me quedo, cómo se llama el del pelo corto, a éste le llaman "Kun" o "Sergio". Salga ahí, oiga, y haga lo que quiera. En los corners a favor decida Vd si al primer o segundo palo, en los corners en contra se pone Vd donde le diga el de la melena y la barba ... o donde le diga el colombiano ... mejor no, se ponde donde Vd quiera, ya entre Vds se apañan, se reparten a los otros. Yo le recomiendo ponerse cerca de uno bajito, siempre es más cómodo, je je, como ve soy hombre de fútbol y sé de estas cosas, luego uno sale diciendo la palabra sensaciones, gestión, psico-motriz y anatema, y pasa uno por un erudito. El caso es que salió Juanfran de titular y, con semejante embolao, a uno le pareció que no lo hizo mal teniendo en cuenta que podían haber acabado con él ya de inicio.
Empezó el partido y la gente se fijó especialmente en el equipo durante los primeros minutos, a ver qué impresión dejaba el equipo. Estaba la gente calibrando el tema cuando el Atleti metió un gol. Un gol a los cinco minutos, una magnífica noticia si no fuera porque el aficionado atlético tiene demasiadas referencias malditas en los últimos años como para no tirar de recuerdo cenizo. El año del gol del Kun en el primer minuto, junto al palo; el año del penalti y expulsión de ese jugador de Santander con peinado de senador romano y del gol postrero de Albertini. Otras muchas ocasiones en las que el Atleti se puso por delante y terminó por detrás o empatado. Aún así se celebró el gol con ruido, con rabia, con venas hinchadas y puños al cielo, con abrazos, como siempre se hacía. Como debe ser.
Con casi noventa minutos por delante, el Atleti tuvo reacción de toro manso, de equipo chico, de boxeador con sobrepeso. Pegó los cuartos traseros a las tablas y se metió en su área, planteando los noventa minutos restantes como si faltaran cinco. Puso la defensa en línea dentro de su área y dejó a los medio centros con mucho espacio para ocuparse de muchos jugadores, a merced del rival. Éste, muy motivado y físicamente muy superior, se encontró cómodo con la propuesta. Siete minutos tardó en empatar con una posible falta que no pareció al que suscribe, y a partir de ahí puso un asedio a la portería de De Gea que habría hecho pensar a cualquier despistado que el partido estaba en la prórroga. El rival jugaba con ganas, a un ritmo elevadísimo, con la seriedad con la que se juegan los partidos grandes; mientras, el Atleti se quitaba golpes de encima con los ojos cerrados, manoteando por delante de la cara y apretando mucho los labios, como los niños en las peleas por los columpios. El centro del campo del Atleti no podía en ningún momento con el centro del campo del equipo Betandwin, la defensa achicaba balones con maneras de marineros sacando cubos de una vía de agua, el rival jugaba bien y el Atleti jugaba mal, perdiendo cada balón recuperado tras uno o dos pases, sin conseguir tener pausa, ni imponer calma, ni buscar a los delanteros.
Viendo el temporal, la afición dio un nuevo sorbo y pensó en qué hacer. Contra un equipo superior físicamente, un equipo puede intentar tocar y tocar y salir tocando, pero para ello hay que ser muy bueno, tener mucha calma y mucha fe en uno mismo. Contra un equipo superior técnicamente, un equipo puede jugar a cerrarse y esperar, a presionar en el centro del campo e intentar robar, tocar y salir corriendo a montar el contraataque, pero para ello es necesario ser aguerrido, ambicioso, rápido y resistente. El Atleti carece de gente lo suficientemente dotada como para salir tocando por el centro y con la cabeza alta entre el avispero que le preparó ayer el rival, eso parece claro y meridiano y no es cosa de estos días. El Atleti tiene centrales limitados y medio centros defensivos que corren y cortan pero que pueden perder el balón con facilidad si no viene alguien rápido a iluminarles con un foco y darles tranquilidad. Parecería por tanto que, teniendo además jugadores de talento arriba, lo más lógico sería plantear en las circunstancias del partido de ayer una defensa agresiva que empezase por los medios, que permitiera robar balones o al menos de forzar al medio campo rival a hacer pases imprecisos o salir trastabillado de la presión para que los centrales y laterales se beneficiaran de los errores forzados. Pero para ello, amiguiños, hace falta fondo, fuerza, carácter, ganas y nervio, mucho nervio.
El nervio lo puso ayer el rival, cuando era el Atleti el obligado a enseñarlo. El Atleti se mostró desbordado, asustado, desinteresado a ratos. Casi pusilánimes, los jugadores del Atleti no entraban al choque aún cuando había un árbitro que, por fin, no pitaba cada contacto, toda una buena noticia por más que tuviera fallos de bulto. Los del Atleti no mordían en la presión, no seguían a su par, no intimidaban y permitían al rival intentar cosas, paredes, pases, desbordes. El Atleti mostró un fútbol acomplejado, recluido en su área y mirando al cronómetro desde el minuto cinco. Totalmente desconectados del resto, los dos puntas miraban con hastío cómo el rival tenía el balón continuamente, cómo los fallos en sus pases acababan en despejes directamente a otros rivales, como nadie en el centro del campo era capaz de levantar la cabeza y mirarles, porque sólo miraban al suelo . En la cabeza de todos, parecía cuestión de tiempo que los de Reny Picot marcaran.
El banquillo, como acostumbra, no reaccionaba. Ni un cambio táctico hizo el Atleti mientras le peinaban a raya. El entrenador no metió más músculo, quizás porque no lo tenga. No quitó a un interior sino al medio centro con más carácter - desafortunado toda la noche - y lo cambió por otro jugador del mismo corte pero menos aguerrido. El rival, que había jugado a un ritmo frenético el primer tiempo, notaba el cansancio e iba bajando de revoluciones, pero el Atleti no sacaba partido. Quizás un equipo más experimentado habría anticipado que pasaría eso y se habría beneficiado, quizás un equipo más aguerrido habría ido imponiendo sus kilos en los choques, quizás un entrenador con una idea más clara, de esos que entienden que un jugador presentado por la mañana no conoce todo lo que debe saber para ser titular por la tarde, habría dado una vuelta de tuerca para volver la situación en su favor. Nada de eso ocurrió.
Y, aún así, el Atleti mantuvo el empate hasta el minuto sesenta. Pudo marcar Forlán pero dio en el palo tras una buena jugada de Agüero, pero marcaron los otros. Marcaron justo un minuto después tras una posible falta y, una vez más, tras permitir que por el centro del campo jugase cómodo un centrocampista. Marcó el rival ante la atenta mirada del incomprensiblemente estático Ujfalusi y el autor del gol, propietario de unas botas de motitas, celebró el gol como correspondía, esto es, con un bailecito simiesco previamente preparado en alguna sesión a la que, gracias al cielo, nadie conocido fue forzado a asistir. Marcó el rival cuando pudo haber marcado el Atleti, que da el doble de rabia, y sin embargo el partido pudo cambiar más.
No cambió porque Forlán no tiró cuando debía, sino que pasó a nadie, ni si quiera a Reyes, caído por obra y gracia del nuevo árbitro de guardia del otro equipo grande de la capital, el heredero de otro jugador de ese mismo equipo, malagueño, de verbo espeso y maneras mezquinas y matoniles en su relación con rivales y árbitros. No cambió porque el Atleti prácticamente no se acercó al área rival y porque, a pesar del bajón físico del rival, no supo imponerse. Contra un equipo cansado, el Atleti siguió sin ganar los choques, sin meter el pie, sin imponerse en el centro. Ujfalusi recibió una entrada igual que una que él mismo hizo, justo antes de aparecer en las portadas de los periódicos deportivo bajo el lema "se busca", pero no hubo protestas airadas, ni broncas visibles, ni exigencias de respeto, ni tánganas rompe-ritmos. El contrario bajaba de vueltas y el dos a uno invitaba a echar el resto, pero el equipo seguía con actitud de Benito Bodoque, tibio, blandito, casi excusándose.
Quizás un equipo en forma habría tenido una segunda reserva de aire para aprovechar el bajón rival. Quizás un entrenador audaz y con variantes habría cambiado el aire al equipo y habría hecho más difícil la vida del rival. Quizás un equipo con más orgullo, con más amor propio, se habría ido a por el partido o al menos a mantener el resultado defendiendo en campo ajeno. No pasó ni una cosa, ni la otra, ni la otra. El Atleti mostró sus carencias físicas, dejó dudas sobre qué hace realmente la plantilla en los entrenamientos y muchas más dudas sobre si realmente los jugadores entienden lo que el otro equipo grande de la capital significa para la afición. En los momentos en los que el orgullo es lo que hace recuperar el resuello y tirarse de cabeza al ruck, los jugadores carecen de referencia. Su idea de la rivalidad es la foto de un presidente productor sonriendo mientras sostiene la camiseta que en teoría deberían odiar, con lo que no es fácil motivarse. No hay en el Atleti actual nadie que pegue voces en esas situaciones, que consiga a gritos que no se pierda un metro, que ruja para empujar a los compañeros hacia el área contraria y para helarle la sangre a los depilados rivales. No hay referencias en esos momentos, no hay intensidad ni rabia ni motivación extra, y uno no puede culpar a los jugadores, recién llegados en su mayoría o demasiado joven en el caso de los canteranos, de no saber plasmar en el campo lo que se sabe en los bares.
Sí hay, al contrario, una cierta fatalidad. El Atleti pudo llevarse más goles durante el partido, pero De Gea y los centrales sacaron algunos balones que podrían haber sido gol. El dos uno era un resultado esperanzador y remontable, pero la fatalidad estaba ahí. En el último minuto un despeje torpe de Filipe Luis Filipe dio en Domínguez quien, tras una caída cómica, dejó de rebote el balón en bandeja para que cayera el tercer gol. Tres uno en el minuto noventa de rebote, la historia se repite con demasiada frecuencia y demasiada crueldad cuando el rival es cierto equipo.
Para pasar, el Atleti está obligado a ganar dos cero en casa. Este resultado, asequible para un equipo con autoestima y ante su afición detrás, se antoja complicadísimo. No lo habría parecido en un pasado muy reciente, pero ahora mismo parece un abismo insalvable. Se antoja tan difícil un dos cero como un uno cero, dado que parece altamente probable que el rival marque algún gol si el Atleti continúa haciendo un juego tan blandito, tan de sobrino pequeño. Para ganar éste y más partidos el Atleti necesita nervio, ese nervio tan suyo que perdió hace años, ese nervio tan nuestro que no nos dejaba dormir ni comer ni casi hablar y que ahora se conforma con ver de vez en cuando el partido por encima de las gafas, mientras sostiene un bol de sopa y un mando a distancia. Qué cosas.
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lunes, 4 de octubre de 2010
Cinco nombres propios, cinco (tras el Sevilla - Atleti)
Siempre innovando, El Rojo y El Blanco introduce un nuevo tipo de crónica futbolística: la crónica nominal perezosa. Disfrútenla.
1. Quique Sánchez Flores
Veníamos afeando a Quique en los últimos partidos su tardanza a la hora de hacer cambios y su poca inventiva a la hora de corregir al equipo para adaptarse a los cambios de dibujo del rival. Le pasó contra el Barça, que hasta cierto punto es normal, y contra el Valencia, lo que provocó que el Atleti perdiera un par de puntos y casi otro. Quique tardaba en hacer los cambios y, cuando lo hacía, cambiaba un cromo por otro.
Pero le pasó contra el Bayer Leverkusen y, esta vez sí, reaccionó bien, dando al equipo otro aire en el segundo tiempo y salvando un empatito algo mísero, y Quique se debió venir arriba. Forzado por las circunstancias, léase ausencia por lesión de Agüero y Godín y de Reyes por sanción, se atrevió en Sevilla a dar un salto mortal y cambiar todo lo cambiable, intentando de paso caer de pie y diciendo hale hop. Así, el Atleti salió con lo que ahora se llama un trivote, un interior, un media punta indefinido y un punta. Cinco centrocampistas, tres de ellos más bien defensivos, uno de banda, otro por decidir.
El dibujo del equipo era quizás apropiado, pero por los jugadores que lo formaban parecía una alineación de esas de últimos veinte minutos para guardar el balón y salvar un cero uno. En el trivote salió Assunção, que nos parece esencial; Tiago, que debe coger forma y compromiso pero nos cabe en el dibujo, y Mario Suárez. Mario Suárez no ha jugado muchos minutos y en lo poco que ha jugado no ha dejado la sensación de estar aún a gusto. Parece algo blando para ciertos partidos bravos y parece algo desconectado del resto de jugadores como para hacerle salir de titular en un partido importantísimo como el de Sevilla.
El trivote no funcionó y, como resultado, el equipo sufrió por delante y por detrás. Los centrales jugaron despistados a pesar de la alineación defensiva, en especial Domínguez, toda una novedad. Quique metió a Ujfalusi pero no alineó de inicio a Filipe Luis Filipe, lateral de los que se llaman carrileros que pueden ocupar una banda entera y así dar más sentido al trivote de marras; en su lugar salió Antonio López, algo tieso e inactivo, y así Quique puso en el once titular a dos jugadores con menos rodaje del que un partido en el Pizjuán requiere.
El resultado fue, ya lo saben Vds, malo. El Sevilla se adelantó gracias a un golazo de Negredo y entonces surgió la cuestión. ¿Y, ahora qué, oiga? ¿Cómo remontamos con el equipo que hay sobre el campo, con una hora de partido por delante? Cinco minutos más tarde, un segundo gol hacía repetir la pregunta, esta vez con mayúsculas y caja 20. ¿Y AHORA QUÉ, OIGA? Si el Atleti lograba marcar antes del descanso habría partido; si no, podía el aficionado irse al bingo antes de lo esperado. Así fue.
La lógica pedía la inclusión de Filipe Luis Filipe y de un segundo punta, que no podría ser más que Diego Costa. También, la salida de un bisoño Mario Suárez del trivote y la entrada de Raúl García. Esto ocurrió en parte tras el descanso, en todo tras muchos minutos. El Atleti tiró pues bastante partido, renunció a atacar y planteó el encuentro como un asedio numantino desde el principio, un mal planteamiento para un equipo que se las da de gallito y que quiere oler a Champions durante todo el año. Quique, poco dado a probaturas en partidos cómodos (que es cuando se han hecho toda la vida), decidió cambiar del todo en un partido incómodo y salieron las cosas mal, el equipo se resbaló y se torció un tobillo. Vaya por Dios.
2. Raúl García

Raúl García, jugador que gusta mucho a unos y disgusta muchísimo a otros, se quedó en el banquillo de Sevilla comiendo pipas Facundo. En realidad llevaba en el banquillo desde el final del primer tiempo contra el Bayer Leverkusen; en ese partido Quique quitó a Raúl García tras escuchar los pitos de la grada y ver que el navarro no era capaz de alumbrar a sus compañeros con pases y cambios de juego; eso, o que los compañeros no eran capaces de alumbrar a Raúl García con diagonales y desmarques, que también podría ser, oiga.
Ya en el pasado, Raúl García ha jugado más cómodo fuera del Calderón que en casa, donde la gente tiene poca paciencia con él y le hace saber con rapidez que le cae gordísimo. Raúl García ha escuchado los pitos que otros jugadores invisibles nunca han oído, a pesar de querer siempre el balón, de correr como el que más, de intentarlo todo y de mostrarse siempre que hay un compañero en apuros (incluso cuando es por su culpa y su afán de protagonismo). Pero Raúl García no ha caído en gracia, ya lo saben Vds, qué le vamos a hacer, y no hay ahora piedad con él a pesar de haber sido uno de los mejores jugadores en el principio de temporada. Tampoco ha ayudado él en ocasiones; para desesperación de sus partidarios, Raúl García tiene virtudes sólidas y poco vistosas muy valoradas por los futbolistas de barrio que sufren en el centro del centro (del campo) y fallos puntuales pero muy llamativos, y eso es suficiente para ser lapidado por la excéntrica afición del Calderón, ya saben Vds esto también.
Incluso si admitiéramos que Raúl García no es bueno, que no lo hacemos, o que no vale, que tampoco, o que está mal, que es algo que negamos, lo que parece claro y meridiano es que si alguien de la plantilla tenía que haber jugado el partido de ayer en el Pizjuán, ese era Raúl García. Raúl García, dicen los números, hace que el Atleti controle más los partidos, hace más incómoda la vida del rival y ayuda a que el equipo puntúe casi más que cualquier otro jugador. Ante un rival incómodo y pegón, Raúl García es un compañero necesario, esencial y valiosísimo para Assunção, para Tiago, para los centrales y para los delanteros. A uno le gustaría que lo mismo, pero mejor, se pudiera decir de Mario Suárez y hasta de Tiago, pero por ahora, a día de hoy, no es así. Ayer salió el Atleti sin Raúl García y el equipo se dobló por el centro como un papel de periódico, ante dos medio centros fuera de forma que jugaron cómodos frente a tres medio centros del Atleti y el equipo tuvo la pegada de un sobre de muestra de natillas.
Quique no sacó a Raúl García cuando lo más sensato habría sido lo contrario y no sabemos si lo hizo por apostar audazmente por Mario Suárez y quedarse con el crédito en caso de resultado favorable, por convencimiento profundo o por incompetencia suicida. Quizás lo hizo por ofrecer al pueblo, que recibió a Raúl García con el pulgar hacia abajo, la cabeza del gladiador más odiado en una pica, como ya hiciera alguna vez. Queda por ver si Quique seguirá confiando en Raúl García o en sus sustitutos, si se jugará doblar el equipo por la mitad como una oblea con tal de darle al pueblo la cabeza más preciada o si dará confianza a un jugador que siempre ha demostrado honradez, entrega y profesionalidad, cuanto menos. Menos mal que Raúl García, que para eso es navarro, es un jugador de equipo de esos que no se alegran si el rival marca con él en el banquillo.
3. Diego Forlán
En Sevilla Forlán jugo mal, que rima en asonante, y eso es evidente, que casi rima en consonante. Forlán estuvo desaparecido, desasistido y, algo es algo, algo menos protestón que en partidos recientes. Sólo, con poca ayuda de Fran Mérida y lejos de los medio centros que achicaban agua, a Forlán ni se le vio. No recibió balones, tampoco los fue a buscar, y echó de menos a Agüero. Forlán, ayer, fue un holograma de sí mismo.
Forlán tampoco es del agrado de parte de la afición del Calderón, vaya Vd a saber por qué; quizás sea por aparentar frialdad y desapego a los colores, quizás por haber reaccionado en algún caso de forma fea y desproporcionada, quizás por hacernos sentir a todos culpables cuando salimos de la ducha y, en vez de contar abdominales en el espejo, contamos curvas al estilo Anita Ekberg. A Forlán no se le critica mucho, que faltaría más, pero en cuanto no anda fino-fino sí se hacen oír voces críticas. Forlán, es cierto, transmite a veces la sensación de que, de estar implicado en el club con la intensidad con la que lo está con Uruguay, se sobrepondría a la pesada carga de jugar solo en punta partidos incómodos y tiraría de los compañeros incluso cuando van mal dadas. Pero cuando las cosas no le salen, cuando se le van los controles siete metros, cuando devuelve un melón peligroso o tira desde cuarenta metros a puerta teniendo un compañero bien colocado, Forlán muta en Hulk con tipazo y no hay quien le aguante: se enfurruña, se pelea con los compañeros, no mete el pie, no atiende explicaciones y arruga la nariz y bufa cuando alguien tiene el valor de pedirle cuentas.
Forlán, que es esencial y clave en este equipo, tiene estas cosas. Podrían repetirse los enormes méritos de Forlán, añadir enlaces a crónicas de esos partidos en los que él sólo ha tirado del equipo contra viento y marea, recordar esas veces en las que ha jugado de delantero centro, de diez, de ocho y de veintitrés ante la pasividad de los compañeros. Quizás Forlán esté pagando demasiados partidos seguidos, poco descanso tras el Mundial (y eso que vino más bajo de peso de cuando se fue, el tío) y la desesperación de jugar sin referencias. Quizás, quizás no. Pero un hecho indiscutible es que el Atleti necesita a Forlán y Forlán no puede pelearse con el Atleti y todo lo que significa cuando las cosas no le van bien, porque también le necesita. Esperemos que el tema se arregle en breve porque, ausente el Kun, es Forlán quien nos tiene que sacar muchas castañas del fuego. Contribuir a lo contrario, además de injusto, sería de una idiocia sólo al alcance de Indy (o Pitarch).
4. Diego Costa

Diego Costa recuperó en Sevilla parte del crédito que el que suscribe le había retirado, pisotones, discusiones y gestos feos aparte. Más móvil e implicado que en otros partidos, o quizás igual de móvil e implicado que en el resto de partidos pero con menos capas de desidia, Diego Costa alargó al equipo, le dio presencia en campo contrario y, esta vez sí, hizo cosas que uno espera para un tercer delantero. Y no solo el gol, ojo, no solo el gol.
5. Silvio Fernández MelgarejoSevillista, talentoso y salado, sigue buscando pelea. Es costumbre de este blog recordarle cuando el Atleti juega contra su equipo del alma. Quien no le conozca a estas alturas no tiene excusa posible.
¡Avanti con la guaracha!
1. Quique Sánchez Flores
Veníamos afeando a Quique en los últimos partidos su tardanza a la hora de hacer cambios y su poca inventiva a la hora de corregir al equipo para adaptarse a los cambios de dibujo del rival. Le pasó contra el Barça, que hasta cierto punto es normal, y contra el Valencia, lo que provocó que el Atleti perdiera un par de puntos y casi otro. Quique tardaba en hacer los cambios y, cuando lo hacía, cambiaba un cromo por otro.
Pero le pasó contra el Bayer Leverkusen y, esta vez sí, reaccionó bien, dando al equipo otro aire en el segundo tiempo y salvando un empatito algo mísero, y Quique se debió venir arriba. Forzado por las circunstancias, léase ausencia por lesión de Agüero y Godín y de Reyes por sanción, se atrevió en Sevilla a dar un salto mortal y cambiar todo lo cambiable, intentando de paso caer de pie y diciendo hale hop. Así, el Atleti salió con lo que ahora se llama un trivote, un interior, un media punta indefinido y un punta. Cinco centrocampistas, tres de ellos más bien defensivos, uno de banda, otro por decidir.
El dibujo del equipo era quizás apropiado, pero por los jugadores que lo formaban parecía una alineación de esas de últimos veinte minutos para guardar el balón y salvar un cero uno. En el trivote salió Assunção, que nos parece esencial; Tiago, que debe coger forma y compromiso pero nos cabe en el dibujo, y Mario Suárez. Mario Suárez no ha jugado muchos minutos y en lo poco que ha jugado no ha dejado la sensación de estar aún a gusto. Parece algo blando para ciertos partidos bravos y parece algo desconectado del resto de jugadores como para hacerle salir de titular en un partido importantísimo como el de Sevilla.
El trivote no funcionó y, como resultado, el equipo sufrió por delante y por detrás. Los centrales jugaron despistados a pesar de la alineación defensiva, en especial Domínguez, toda una novedad. Quique metió a Ujfalusi pero no alineó de inicio a Filipe Luis Filipe, lateral de los que se llaman carrileros que pueden ocupar una banda entera y así dar más sentido al trivote de marras; en su lugar salió Antonio López, algo tieso e inactivo, y así Quique puso en el once titular a dos jugadores con menos rodaje del que un partido en el Pizjuán requiere.
El resultado fue, ya lo saben Vds, malo. El Sevilla se adelantó gracias a un golazo de Negredo y entonces surgió la cuestión. ¿Y, ahora qué, oiga? ¿Cómo remontamos con el equipo que hay sobre el campo, con una hora de partido por delante? Cinco minutos más tarde, un segundo gol hacía repetir la pregunta, esta vez con mayúsculas y caja 20. ¿Y AHORA QUÉ, OIGA? Si el Atleti lograba marcar antes del descanso habría partido; si no, podía el aficionado irse al bingo antes de lo esperado. Así fue.
La lógica pedía la inclusión de Filipe Luis Filipe y de un segundo punta, que no podría ser más que Diego Costa. También, la salida de un bisoño Mario Suárez del trivote y la entrada de Raúl García. Esto ocurrió en parte tras el descanso, en todo tras muchos minutos. El Atleti tiró pues bastante partido, renunció a atacar y planteó el encuentro como un asedio numantino desde el principio, un mal planteamiento para un equipo que se las da de gallito y que quiere oler a Champions durante todo el año. Quique, poco dado a probaturas en partidos cómodos (que es cuando se han hecho toda la vida), decidió cambiar del todo en un partido incómodo y salieron las cosas mal, el equipo se resbaló y se torció un tobillo. Vaya por Dios.
2. Raúl García

Raúl García, jugador que gusta mucho a unos y disgusta muchísimo a otros, se quedó en el banquillo de Sevilla comiendo pipas Facundo. En realidad llevaba en el banquillo desde el final del primer tiempo contra el Bayer Leverkusen; en ese partido Quique quitó a Raúl García tras escuchar los pitos de la grada y ver que el navarro no era capaz de alumbrar a sus compañeros con pases y cambios de juego; eso, o que los compañeros no eran capaces de alumbrar a Raúl García con diagonales y desmarques, que también podría ser, oiga.
Ya en el pasado, Raúl García ha jugado más cómodo fuera del Calderón que en casa, donde la gente tiene poca paciencia con él y le hace saber con rapidez que le cae gordísimo. Raúl García ha escuchado los pitos que otros jugadores invisibles nunca han oído, a pesar de querer siempre el balón, de correr como el que más, de intentarlo todo y de mostrarse siempre que hay un compañero en apuros (incluso cuando es por su culpa y su afán de protagonismo). Pero Raúl García no ha caído en gracia, ya lo saben Vds, qué le vamos a hacer, y no hay ahora piedad con él a pesar de haber sido uno de los mejores jugadores en el principio de temporada. Tampoco ha ayudado él en ocasiones; para desesperación de sus partidarios, Raúl García tiene virtudes sólidas y poco vistosas muy valoradas por los futbolistas de barrio que sufren en el centro del centro (del campo) y fallos puntuales pero muy llamativos, y eso es suficiente para ser lapidado por la excéntrica afición del Calderón, ya saben Vds esto también.
Incluso si admitiéramos que Raúl García no es bueno, que no lo hacemos, o que no vale, que tampoco, o que está mal, que es algo que negamos, lo que parece claro y meridiano es que si alguien de la plantilla tenía que haber jugado el partido de ayer en el Pizjuán, ese era Raúl García. Raúl García, dicen los números, hace que el Atleti controle más los partidos, hace más incómoda la vida del rival y ayuda a que el equipo puntúe casi más que cualquier otro jugador. Ante un rival incómodo y pegón, Raúl García es un compañero necesario, esencial y valiosísimo para Assunção, para Tiago, para los centrales y para los delanteros. A uno le gustaría que lo mismo, pero mejor, se pudiera decir de Mario Suárez y hasta de Tiago, pero por ahora, a día de hoy, no es así. Ayer salió el Atleti sin Raúl García y el equipo se dobló por el centro como un papel de periódico, ante dos medio centros fuera de forma que jugaron cómodos frente a tres medio centros del Atleti y el equipo tuvo la pegada de un sobre de muestra de natillas.
Quique no sacó a Raúl García cuando lo más sensato habría sido lo contrario y no sabemos si lo hizo por apostar audazmente por Mario Suárez y quedarse con el crédito en caso de resultado favorable, por convencimiento profundo o por incompetencia suicida. Quizás lo hizo por ofrecer al pueblo, que recibió a Raúl García con el pulgar hacia abajo, la cabeza del gladiador más odiado en una pica, como ya hiciera alguna vez. Queda por ver si Quique seguirá confiando en Raúl García o en sus sustitutos, si se jugará doblar el equipo por la mitad como una oblea con tal de darle al pueblo la cabeza más preciada o si dará confianza a un jugador que siempre ha demostrado honradez, entrega y profesionalidad, cuanto menos. Menos mal que Raúl García, que para eso es navarro, es un jugador de equipo de esos que no se alegran si el rival marca con él en el banquillo.
3. Diego Forlán
En Sevilla Forlán jugo mal, que rima en asonante, y eso es evidente, que casi rima en consonante. Forlán estuvo desaparecido, desasistido y, algo es algo, algo menos protestón que en partidos recientes. Sólo, con poca ayuda de Fran Mérida y lejos de los medio centros que achicaban agua, a Forlán ni se le vio. No recibió balones, tampoco los fue a buscar, y echó de menos a Agüero. Forlán, ayer, fue un holograma de sí mismo.
Forlán tampoco es del agrado de parte de la afición del Calderón, vaya Vd a saber por qué; quizás sea por aparentar frialdad y desapego a los colores, quizás por haber reaccionado en algún caso de forma fea y desproporcionada, quizás por hacernos sentir a todos culpables cuando salimos de la ducha y, en vez de contar abdominales en el espejo, contamos curvas al estilo Anita Ekberg. A Forlán no se le critica mucho, que faltaría más, pero en cuanto no anda fino-fino sí se hacen oír voces críticas. Forlán, es cierto, transmite a veces la sensación de que, de estar implicado en el club con la intensidad con la que lo está con Uruguay, se sobrepondría a la pesada carga de jugar solo en punta partidos incómodos y tiraría de los compañeros incluso cuando van mal dadas. Pero cuando las cosas no le salen, cuando se le van los controles siete metros, cuando devuelve un melón peligroso o tira desde cuarenta metros a puerta teniendo un compañero bien colocado, Forlán muta en Hulk con tipazo y no hay quien le aguante: se enfurruña, se pelea con los compañeros, no mete el pie, no atiende explicaciones y arruga la nariz y bufa cuando alguien tiene el valor de pedirle cuentas.
Forlán, que es esencial y clave en este equipo, tiene estas cosas. Podrían repetirse los enormes méritos de Forlán, añadir enlaces a crónicas de esos partidos en los que él sólo ha tirado del equipo contra viento y marea, recordar esas veces en las que ha jugado de delantero centro, de diez, de ocho y de veintitrés ante la pasividad de los compañeros. Quizás Forlán esté pagando demasiados partidos seguidos, poco descanso tras el Mundial (y eso que vino más bajo de peso de cuando se fue, el tío) y la desesperación de jugar sin referencias. Quizás, quizás no. Pero un hecho indiscutible es que el Atleti necesita a Forlán y Forlán no puede pelearse con el Atleti y todo lo que significa cuando las cosas no le van bien, porque también le necesita. Esperemos que el tema se arregle en breve porque, ausente el Kun, es Forlán quien nos tiene que sacar muchas castañas del fuego. Contribuir a lo contrario, además de injusto, sería de una idiocia sólo al alcance de Indy (o Pitarch).
4. Diego Costa

Salió Diego Costa en el segundo tiempo y uno, con el colmillo empezando a retorcerse, se fijó en él. Primero se fijó en su aparente apatía, en su heterodoxa colocación y en sus carreras inútiles sólo en busca de una peña con su nombre. Pero, pasado un rato, Diego Costa empezó a hacer otras cosas. Empezó a correr y aparecer y llevar peligro, a recibir balones que hasta ese momento la actuación de Forlán hacían parecer inviables, a meter el cuerpo, a jugar al fútbol. Diego Costa pisó a un rival, cosa que está feísima aunque sea un rival que pisa aún más, y con ello pareció querer dejar una firma en el área: aquí estoy yo, firmado, Diego Costa.
Diego Costa recuperó en Sevilla parte del crédito que el que suscribe le había retirado, pisotones, discusiones y gestos feos aparte. Más móvil e implicado que en otros partidos, o quizás igual de móvil e implicado que en el resto de partidos pero con menos capas de desidia, Diego Costa alargó al equipo, le dio presencia en campo contrario y, esta vez sí, hizo cosas que uno espera para un tercer delantero. Y no solo el gol, ojo, no solo el gol.
5. Silvio Fernández MelgarejoSevillista, talentoso y salado, sigue buscando pelea. Es costumbre de este blog recordarle cuando el Atleti juega contra su equipo del alma. Quien no le conozca a estas alturas no tiene excusa posible.
¡Avanti con la guaracha!
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viernes, 1 de octubre de 2010
Breves (pero larguísimas) reflexiones sobre el Atleti - Bayer Leverkusen
Sí, breves, aquí a esto se le llama "breve" ... ¿qué pasa?
El partido
Flojo. Un partido flojo. Todos los equipos tienen partidos flojos, sí, pero el de ayer fue un partido flojo, tirado miserablemente por falta de ideas y raza, un partido intolerablemente flojo, sin excusas.
El primer tiempo fue frío ante un equipo ordenadito y potente. Un partido ordenado y previsible ante un equipo más defensivo que ofensivo, cómodo, esperando que el rival fuera el encargado de hacer el fútbol; esto es precisamente lo que el Atleti aborrece y no sabe gestionar.
El Atleti, como los flamencos buenos, no disfruta de las veladas organizadas al milímetro sino de la juerga espontánea alrededor de una botella encontrada en un bolsillo, con una guitarra aparecida en un armario; así, gusta de partidos improvisados y algo anárquicos, de partidos en los que pasan cosas raras y se marcan goles que uno no espera y se pierden balones que casi nadie pierde y se expulsa a un señor por protestar cuando en realidad avisaba a un espectador de que se le caían las llaves.
El primer tiempo fue todo lo contrario: un partido previsible ante un rival en su sitio, sin alardes. La iniciativa para el equipo de casa y vigente campeón, el visitante a esperar, analizar e intentar aprovechar lo que por cerca apareciera. Lo previsible. La carga de crear juego y peligro, para los de casa. El Bayer esperaba y el Atleti debía crear. El Atleti tienen pocos creadores en el centro del campo, que es donde uno espera la creación, o tiene los suficientes, según se mire. Quizás Assunçao no sea lo que tradicionalmente se entiende por un creador, quizás Raúl sí lo sea pero algo menos de lo que la irascible y poco agradecida grada del Calderón espere. Quizás Reyes parezca válido para la tarea de crear, opinión que posiblemente no compartan sus compañeros de línea, previsiblemente hartos de su juego alocado, de sus slaloms gigantes y super-gigantes rematados en falta dudosa reclamada con grandes aspavientos y crujir de dientes. Si a esto se suma un delantero en mal momento de juego con mal humor de siesta interrumpida y otro que aún no ha encontrado la respuesta a la pregunta básica - ¿de qué quiero y sé jugar? -, entrar por las líneas del rival fue imposible en el primer tiempo. Mejor dicho, debió ser posible pero nadie dio con la tecla, dejando una sensación de impotencia y de cierta indolencia de campeón crecidito que cree que va a ganar andando, bastante molesta por cierto.
En el segundo tiempo se produjo un hecho novedoso: Quique hizo cambios que valieron para responder tácticamente al planteamiento del rival. Salió Tiago y salió Fran Mérida y el Atleti jugó más rápido, tocó más, quiso llegar arriba y al menos tiró a puerta. Mejoró el equipo el segundo tiempo pero no lo suficiente para darle la vuelta al partido, merecidamente empatado al final.
La grada
Fría, injusta a ratos, algo desesperada por fases. El Calderón no se llenó y había sensación de partido chico; quizás esta sensación fue la que hizo al equipo pensar que era un rival facilón que terminaría perdiendo, bah, total ya ganamos el año pasado y éramos los mismos o aún peores, bah, esto está chupao. La ilusión de la temporada pasada y del principio de liga parece haberse esfumado, quizás por culpa de las sensaciones transmitidas por el equipo en Grecia y el segundo tiempo de Valencia. Poco nos ha durado.
Impotente ante la realidad y poco partidaria de dar un vuelco al equipo con sus gritos, la grada fue fiel a sí misma y se comportó como viene siendo habitual en las últimas temporadas: cargando contra el que se enseña. Esta vez fue Raúl García, una vez más, el objeto de los pitos. Raúl jugó bien hasta que cometió un fallo, circunstancia que la grada aprovechó para empezar a silbar. Antes había hecho algún buen pase largo y había dejado claro, con sus gestos, que no era tan fácil entrar por donde se pretendía y que era necesaria ayuda de los compañeros. Poco importó la evidencia, y en cuanto tuvo un fallo la gente se le echó encima. No importaba si los compañeros ayudaban poco, no importaban los buenos partidos que venía haciendo hasta ahora, desde el tramo triunfal de la propia Europa League del año pasado: Raúl no ha caído en gracia y no hay más que hablar.
Cada fallo hacía incrementar la presión de la grada sobre el jugador, en perjuicio claro del equipo; a su vez, cada fallo minaba la moral y la paciencia de Raúl, harto a ratos, sin disimularlo. Raúl venía de hacer buenos partidos y ser clave en logros que echaron a la gente a la calle y a los bares, pero al tercer fallo la grada era un clamor contra él. Raúl jugó mal, sobre todo desde que notó que no se le perdona una, y Quique le quitó al medio tiempo. Para algunos, al menos le libró de una pitada si llega a retirarse durante el partido; para otros, terminó de apuntillar su autoestima tras la injusticia de la grada. Por suerte Raúl García es navarro y tiene la nariz grande, dos circunstancias que sugieren personalidad y arrestos. Esperamos que no le pesen los pitos, esperamos que sea consciente de que la grada del Atleti, lejos de saber cada día más de fútbol, sigue prefiriendo jugadores escondidos que driblan tres rivales cada diez partidos a compañeros comprometidos que no dudan a la hora de coger la responsabilidad de bailar con la más fea.
La defensa
Faltaba Godín tras su partidazo contra el Zaragoza y salió Perea de central. Salió también Ujfalusi de lateral y fue recibido con grandes fiestas por la grada tras el affaire Messi, algo que nos alegró. Junto a ellos, Domínguez, que siempre está bien aunque le toque pelearse con tipos gigantes que le sacan dos cabezas, y Filipe Luis Filipe.
La defensa, una vez más, estuvo bien. Quizás De Gea debió salir al balón del gol en el remate de Hyypia y no esperar, es probable. Por lo demás, la defensa fue solvente, una nueva buena noticia en esta línea. Perea, notable en el inicio de temporada, lució velocidad y cruce como en él es habitual y no se complicó en exceso; Domínguez, como siempre, sobrio y sin fallos de importancia. Ujfalusi, reservón el primer tiempo para lanzar galopadas a partir del minuto 55, como en él es habitual, llevó peligro y provocó la ocasión más clara, fallada por Reyes. Filipe Luis Filipe, algo menos brillante que en el debut, sí dejó la sensación de que vale para lo que se le ha fichado; hizo un remate absurdo que todo el estadio salvo él vio claramente que se iría alto y participó algo menos de lo esperado, pero funcionó. Nada que reprochar a esa línea.
La media
Parte del problema, aunque no todo, fue la media. Raúl García se enseñó, lo intentó en largo y en corto y se equivocó bastante. No encontró demasiado apoyo por el lado de Reyes, muy poco de la delantera, algo más de Simão. Su salida, triste por haberse producido tras unos pitos exagerados, trajo a Tiago y cambió el partido. Tiago aportó más sentido, algo menos de estatismo y más juego; quizás todo eso se produjo por la salida, también al descanso, de Forlán. Simão se vino arriba al final del partido y tiró del equipo más que el resto; Reyes se limitó a su juego de plaza de barrio, sin mucha aportación ni al equipo ni a la estadística pero tan agradable para los admiradores de los chupones de escuela andaluza, esos que tardan cinco años en primera para darse cuenta de que, levantando la cabeza, se ve que hay más gente en el campo y que con ellos es más fácil que gane el equipo.
Assunçao, este sí, empezó bien y acabó enorme. Al final del partido hizo valer su resistencia de fondista etíope y su concentración continua para hacerse él solito con el centro del campo y amargarle la vida a un montón de alemanes altísimos. Cuando el equipo pierde el fuelle y la fe, Assunçao tira de reserva de ambos y pasa por la izquierda a todos sus compañeros. Un titán, un seguro de vida, un tipo honrado y admirable.
Y la delantera
El Kun no fue titular y tampoco lo fue Forlán. En su lugar salió un tipo rubio que se le parecía bastante, algo distante, poco participativo, con pocas ideas y un genio insoportable. Forlán no fue Forlán, sino un compañero odioso encargado de pifiar balones y reclamar precisión al resto cuando osaban pifiar en su presencia. Quique le quitó y todo mejoró, quién nos lo iba a decir. Forlán acostumbra a empezar mal las temporadas y eso no nos preocupa; sí nos preocupa ese carácter avinagrado que ya hiciera a su padre pedir un triunfo a sus compañeros en la final de Hamburgo. "Ganen, por Dios", dijo, "si no, no habrá quien aguante a este tipo".
Por el doble de Forlán salió Fran Mérida, y no lo hizo mal. No nos atreveríamos a decir que lo hizo bien, pero mal no lo hizo. Confundido por la grada con Reyes por su tamaño similar y color de botas, provocó un penalti y aportó en jugadas de ataque. Quizás esté llamado a jugar de segunda punta en partidos abrochados, o por la banda con querencia al interior, o a conservar el balón en partidos alocados. Todo esto, ya lo saben, lo hacía otro jugador fan de El Juli con bastante poco tino hasta hace poco. Dios quiera que no les tengamos que comparar demasiado en un futuro.
Por último, Diego Costa. Diego Costa es un jugador incógnita del que la gente no sabe bien qué pensar, si bien hay quien ya empieza a tener una idea más clara de lo que realmente puede aportar al equipo. Porque Diego Costa es realmente un jugador desconcertante. Alterna fases de estatismo agudo con sprints sin sentido hacia balones a los que claramente no va a llegar; tiene cuerpo de tercera línea de rugby y toquecito de interior brasileño, pero le cuesta en exceso a veces retener un balón ante un defensa limitadito en espera de ayuda de la segunda línea; arranca con potencia y confianza ante un defensa rival, pero no tiene físico para frenar y termina saliendo por la línea de fondo, lamentando que el campo no mida cinco metros más. La aportación práctica de Diego Costa es limitada, y, si bien es cierto que ayer Forlán no ayudó mucho y que en ocasiones los compañeros le ignoran cuando lanza diagonales que le dejan en buena posición, también es verdad que muchas veces termina por perder lastimosamente balones en situaciones que, de ser gestionadas con oficio, darían ventaja al equipo. Peor aún, Diego Costa sale de titular en casa, ante su afición, en un partido que podría ser importantísimo para su futuro y, con frecuencia, transmite la impresión de estar totalmente despistado, vagando por el campo, andando, mirando a las musarañas, intentando recordar quizás las valencias del sistema periódico o la lista de los presidentes de la República del Brasil o bien de dónde viene la leyenda Ordem e Progresso de su bandera. Uno, qué quieren que les diga, espera más del tercer delantero del Atleti, del tipo que tiene que minimizar el impacto de la ausencia de Kun y/o Forlán, de alguien llamado a jugar casi enteros 15 o 20 partidos por temporada, muchos de ellos importantes. Y Diego Costa puede ser ese jugador si despierta, se involucra, no pierde la concentración y se da cuenta de lo que tiene entre manos.
La Europa League se complica, y sólo es culpa del equipo. El equipo ha salido a jugar silbando y con las manos en el bolsillo en los dos partidos que se llevan de la fase de grupo, y el resultado es más que malo. El Atleti debe ser consciente de que, si no juega a tope, si no están los buenos y si no hay intensidad no es más que un equipo del montón; el año pasado confluyeron una serie de carambolas cósmicas que no siempre se dan. Si nos lo creemos, estamos perdidos.
El partido
Flojo. Un partido flojo. Todos los equipos tienen partidos flojos, sí, pero el de ayer fue un partido flojo, tirado miserablemente por falta de ideas y raza, un partido intolerablemente flojo, sin excusas.
El primer tiempo fue frío ante un equipo ordenadito y potente. Un partido ordenado y previsible ante un equipo más defensivo que ofensivo, cómodo, esperando que el rival fuera el encargado de hacer el fútbol; esto es precisamente lo que el Atleti aborrece y no sabe gestionar.
El Atleti, como los flamencos buenos, no disfruta de las veladas organizadas al milímetro sino de la juerga espontánea alrededor de una botella encontrada en un bolsillo, con una guitarra aparecida en un armario; así, gusta de partidos improvisados y algo anárquicos, de partidos en los que pasan cosas raras y se marcan goles que uno no espera y se pierden balones que casi nadie pierde y se expulsa a un señor por protestar cuando en realidad avisaba a un espectador de que se le caían las llaves.
El primer tiempo fue todo lo contrario: un partido previsible ante un rival en su sitio, sin alardes. La iniciativa para el equipo de casa y vigente campeón, el visitante a esperar, analizar e intentar aprovechar lo que por cerca apareciera. Lo previsible. La carga de crear juego y peligro, para los de casa. El Bayer esperaba y el Atleti debía crear. El Atleti tienen pocos creadores en el centro del campo, que es donde uno espera la creación, o tiene los suficientes, según se mire. Quizás Assunçao no sea lo que tradicionalmente se entiende por un creador, quizás Raúl sí lo sea pero algo menos de lo que la irascible y poco agradecida grada del Calderón espere. Quizás Reyes parezca válido para la tarea de crear, opinión que posiblemente no compartan sus compañeros de línea, previsiblemente hartos de su juego alocado, de sus slaloms gigantes y super-gigantes rematados en falta dudosa reclamada con grandes aspavientos y crujir de dientes. Si a esto se suma un delantero en mal momento de juego con mal humor de siesta interrumpida y otro que aún no ha encontrado la respuesta a la pregunta básica - ¿de qué quiero y sé jugar? -, entrar por las líneas del rival fue imposible en el primer tiempo. Mejor dicho, debió ser posible pero nadie dio con la tecla, dejando una sensación de impotencia y de cierta indolencia de campeón crecidito que cree que va a ganar andando, bastante molesta por cierto.
En el segundo tiempo se produjo un hecho novedoso: Quique hizo cambios que valieron para responder tácticamente al planteamiento del rival. Salió Tiago y salió Fran Mérida y el Atleti jugó más rápido, tocó más, quiso llegar arriba y al menos tiró a puerta. Mejoró el equipo el segundo tiempo pero no lo suficiente para darle la vuelta al partido, merecidamente empatado al final.
La grada
Fría, injusta a ratos, algo desesperada por fases. El Calderón no se llenó y había sensación de partido chico; quizás esta sensación fue la que hizo al equipo pensar que era un rival facilón que terminaría perdiendo, bah, total ya ganamos el año pasado y éramos los mismos o aún peores, bah, esto está chupao. La ilusión de la temporada pasada y del principio de liga parece haberse esfumado, quizás por culpa de las sensaciones transmitidas por el equipo en Grecia y el segundo tiempo de Valencia. Poco nos ha durado.
Impotente ante la realidad y poco partidaria de dar un vuelco al equipo con sus gritos, la grada fue fiel a sí misma y se comportó como viene siendo habitual en las últimas temporadas: cargando contra el que se enseña. Esta vez fue Raúl García, una vez más, el objeto de los pitos. Raúl jugó bien hasta que cometió un fallo, circunstancia que la grada aprovechó para empezar a silbar. Antes había hecho algún buen pase largo y había dejado claro, con sus gestos, que no era tan fácil entrar por donde se pretendía y que era necesaria ayuda de los compañeros. Poco importó la evidencia, y en cuanto tuvo un fallo la gente se le echó encima. No importaba si los compañeros ayudaban poco, no importaban los buenos partidos que venía haciendo hasta ahora, desde el tramo triunfal de la propia Europa League del año pasado: Raúl no ha caído en gracia y no hay más que hablar.
Cada fallo hacía incrementar la presión de la grada sobre el jugador, en perjuicio claro del equipo; a su vez, cada fallo minaba la moral y la paciencia de Raúl, harto a ratos, sin disimularlo. Raúl venía de hacer buenos partidos y ser clave en logros que echaron a la gente a la calle y a los bares, pero al tercer fallo la grada era un clamor contra él. Raúl jugó mal, sobre todo desde que notó que no se le perdona una, y Quique le quitó al medio tiempo. Para algunos, al menos le libró de una pitada si llega a retirarse durante el partido; para otros, terminó de apuntillar su autoestima tras la injusticia de la grada. Por suerte Raúl García es navarro y tiene la nariz grande, dos circunstancias que sugieren personalidad y arrestos. Esperamos que no le pesen los pitos, esperamos que sea consciente de que la grada del Atleti, lejos de saber cada día más de fútbol, sigue prefiriendo jugadores escondidos que driblan tres rivales cada diez partidos a compañeros comprometidos que no dudan a la hora de coger la responsabilidad de bailar con la más fea.
La defensa
Faltaba Godín tras su partidazo contra el Zaragoza y salió Perea de central. Salió también Ujfalusi de lateral y fue recibido con grandes fiestas por la grada tras el affaire Messi, algo que nos alegró. Junto a ellos, Domínguez, que siempre está bien aunque le toque pelearse con tipos gigantes que le sacan dos cabezas, y Filipe Luis Filipe.
La defensa, una vez más, estuvo bien. Quizás De Gea debió salir al balón del gol en el remate de Hyypia y no esperar, es probable. Por lo demás, la defensa fue solvente, una nueva buena noticia en esta línea. Perea, notable en el inicio de temporada, lució velocidad y cruce como en él es habitual y no se complicó en exceso; Domínguez, como siempre, sobrio y sin fallos de importancia. Ujfalusi, reservón el primer tiempo para lanzar galopadas a partir del minuto 55, como en él es habitual, llevó peligro y provocó la ocasión más clara, fallada por Reyes. Filipe Luis Filipe, algo menos brillante que en el debut, sí dejó la sensación de que vale para lo que se le ha fichado; hizo un remate absurdo que todo el estadio salvo él vio claramente que se iría alto y participó algo menos de lo esperado, pero funcionó. Nada que reprochar a esa línea.
La media
Parte del problema, aunque no todo, fue la media. Raúl García se enseñó, lo intentó en largo y en corto y se equivocó bastante. No encontró demasiado apoyo por el lado de Reyes, muy poco de la delantera, algo más de Simão. Su salida, triste por haberse producido tras unos pitos exagerados, trajo a Tiago y cambió el partido. Tiago aportó más sentido, algo menos de estatismo y más juego; quizás todo eso se produjo por la salida, también al descanso, de Forlán. Simão se vino arriba al final del partido y tiró del equipo más que el resto; Reyes se limitó a su juego de plaza de barrio, sin mucha aportación ni al equipo ni a la estadística pero tan agradable para los admiradores de los chupones de escuela andaluza, esos que tardan cinco años en primera para darse cuenta de que, levantando la cabeza, se ve que hay más gente en el campo y que con ellos es más fácil que gane el equipo.
Assunçao, este sí, empezó bien y acabó enorme. Al final del partido hizo valer su resistencia de fondista etíope y su concentración continua para hacerse él solito con el centro del campo y amargarle la vida a un montón de alemanes altísimos. Cuando el equipo pierde el fuelle y la fe, Assunçao tira de reserva de ambos y pasa por la izquierda a todos sus compañeros. Un titán, un seguro de vida, un tipo honrado y admirable.
Y la delantera
El Kun no fue titular y tampoco lo fue Forlán. En su lugar salió un tipo rubio que se le parecía bastante, algo distante, poco participativo, con pocas ideas y un genio insoportable. Forlán no fue Forlán, sino un compañero odioso encargado de pifiar balones y reclamar precisión al resto cuando osaban pifiar en su presencia. Quique le quitó y todo mejoró, quién nos lo iba a decir. Forlán acostumbra a empezar mal las temporadas y eso no nos preocupa; sí nos preocupa ese carácter avinagrado que ya hiciera a su padre pedir un triunfo a sus compañeros en la final de Hamburgo. "Ganen, por Dios", dijo, "si no, no habrá quien aguante a este tipo".
Por el doble de Forlán salió Fran Mérida, y no lo hizo mal. No nos atreveríamos a decir que lo hizo bien, pero mal no lo hizo. Confundido por la grada con Reyes por su tamaño similar y color de botas, provocó un penalti y aportó en jugadas de ataque. Quizás esté llamado a jugar de segunda punta en partidos abrochados, o por la banda con querencia al interior, o a conservar el balón en partidos alocados. Todo esto, ya lo saben, lo hacía otro jugador fan de El Juli con bastante poco tino hasta hace poco. Dios quiera que no les tengamos que comparar demasiado en un futuro.
Por último, Diego Costa. Diego Costa es un jugador incógnita del que la gente no sabe bien qué pensar, si bien hay quien ya empieza a tener una idea más clara de lo que realmente puede aportar al equipo. Porque Diego Costa es realmente un jugador desconcertante. Alterna fases de estatismo agudo con sprints sin sentido hacia balones a los que claramente no va a llegar; tiene cuerpo de tercera línea de rugby y toquecito de interior brasileño, pero le cuesta en exceso a veces retener un balón ante un defensa limitadito en espera de ayuda de la segunda línea; arranca con potencia y confianza ante un defensa rival, pero no tiene físico para frenar y termina saliendo por la línea de fondo, lamentando que el campo no mida cinco metros más. La aportación práctica de Diego Costa es limitada, y, si bien es cierto que ayer Forlán no ayudó mucho y que en ocasiones los compañeros le ignoran cuando lanza diagonales que le dejan en buena posición, también es verdad que muchas veces termina por perder lastimosamente balones en situaciones que, de ser gestionadas con oficio, darían ventaja al equipo. Peor aún, Diego Costa sale de titular en casa, ante su afición, en un partido que podría ser importantísimo para su futuro y, con frecuencia, transmite la impresión de estar totalmente despistado, vagando por el campo, andando, mirando a las musarañas, intentando recordar quizás las valencias del sistema periódico o la lista de los presidentes de la República del Brasil o bien de dónde viene la leyenda Ordem e Progresso de su bandera. Uno, qué quieren que les diga, espera más del tercer delantero del Atleti, del tipo que tiene que minimizar el impacto de la ausencia de Kun y/o Forlán, de alguien llamado a jugar casi enteros 15 o 20 partidos por temporada, muchos de ellos importantes. Y Diego Costa puede ser ese jugador si despierta, se involucra, no pierde la concentración y se da cuenta de lo que tiene entre manos.
La Europa League se complica, y sólo es culpa del equipo. El equipo ha salido a jugar silbando y con las manos en el bolsillo en los dos partidos que se llevan de la fase de grupo, y el resultado es más que malo. El Atleti debe ser consciente de que, si no juega a tope, si no están los buenos y si no hay intensidad no es más que un equipo del montón; el año pasado confluyeron una serie de carambolas cósmicas que no siempre se dan. Si nos lo creemos, estamos perdidos.
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lunes, 13 de septiembre de 2010
Orgullosa crónica del Athletic - Atleti (o qué bonita es la vuelta al cole con plumier nuevo)
Ganó el Atleti en Bilbao un partido serio, sin arrugarse y mandando. Pudo meter algún gol más y no debió recibir ninguno. ¿Será posible?
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Recordarán los seguidores de este blog, a quien es fácil reconocer por la calle por tener cara de haber dormido mal, estirar con frecuencia las cervicales y llevar siempre a mano medicamentos contra la jaqueca, el importante hallazgo documental estudiado por los expertos en la ciudad de Tubinga, Alemania, que arrojaba luz sobre el inicio de los tiempos, la creación del mundo y algunos elementos esenciales para su disfrute. Pues bien, el continuado y ulterior estudio de los documentos de Tubinga ha aportado más datos sobre otro momento crucial de la historia moderna: la Última Cena.
El análisis de los viejos pliegos referentes al momento de la ocupación romana de Judea, hacia el año 30 de nuestra era, se centró en un primer momento en el estudio de los símbolos que en ellos aparecen, tomados en un principio por mensajes cabalísticos y signos mágicos. Los pliegos, en efecto, contienen gran cantidad de gráficos llenos de flechas, números y líneas continuas y discontinuas que unen los anteriores, los relacionan y los separan. Es frecuente, por ejemplo, que los diferentes símbolos se encuentren siempre enmarcados en una forma rectangular que, a su vez, contiene un círculo, semicírculos, varios rectángulos más pequeños, cuartos de circunferencia y otras señales misteriosas. Estos símbolos, familiares para los estudiosos de lo oculto, atrajeron la atención de expertos en escrituras vernáculas, jeroglíficos egipcios y traductores de libros de instrucciones de aparatos electrónicos, que rivalizaron entre ellos por descubrir el misterio.
Ante dichos descubrimientos, la flor y nata de la investigación internacional se lanzó a una carrera frenética por desentrañar el enigma. Si bien en un primer momento parecía que la delantera en la investigación la tomaba el famoso investigador francés Monsieur Mophette, arqueólogo enano ducho en el uso de la lupa subido a un taburete, fue finalmente un historiador argentino, el Doctor Griffayala, quien encontróla senda correcta. Ayudado en su labor por un señor de Valladolid, el investigador argentino siguió su instinto y rebuscó en su memoria símbolos similares a los que aparecían en los papeles de Tubinga tras comprobar que, ya a primera vista, le resultaban familiares. El Doctor Griffayala pasó casi tres años encerrado en su estudio bonaerense aislado del mundo, con la sola ayuda del señor de Valladolid, consagrado en cuerpo y alma al estudio de los pliegos.
Confiado en pasar a la historia, como así sucedería luego, el Doctor Griffayala convocó un congreso extraordinario de historiadores, arqueólogos y teólogos para dar a conocer sus conclusiones, las mismas que fueron luego publicadas en el prestigios Massachusets Journal of Useless Studies. El congreso inicialmente se organizó en un paraje secreto de la selva amazónica, si bien la ubicación fue cambiada más adelante por haber muchos mosquitos y terminó celebrándose en un restaurante de carretera de alta seguridad situado en un lugar indeterminado de la provincia de Cuenca, escogido por la excelente relación calidad-precio de su carta, como demostraba la afluencia masiva y continua de camioneros. En este lugar secreto, en una sala oscura con un proyector y rodeado de muestrarios de navajas y perdices disecadas, el Doctor Griffayala hizo las revelaciones que cambiaron el mundo.
En sus conclusiones, el Doctor Griffayala compartió con los asistentes revelaciones claves para entender los más privados secretos de la Iglesia Católica: las razones que impulsaron la selección de los Apóstoles, la diferencia de características entre ellos, su misión concreta, su papel en la maquinaria que daría luego lugar a el fenómeno religioso más importante de la Historia, las relaciones entre ellos y la creación, más adelante, de sociedades secretas y públicas que seguirían con el legado de los asistentes a la Última Cena. Los papeles de Tubinga no dejaban lugar a dudas y sólo el Doctor Griffayala había dado con la clave.
(Continuará....)
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Llegó el Atleti a Bilbao de líder y campeón europeo y lo hizo con andar pinturero, sonrisilla de triunfador y con la cara que llevan los niños que estrenan plumier de Bob Esponja el día de vuelta al cole. Hola buenas, ¿qué tal por aquí? Por allí bien, ya saben, fíjense en la clasificación, fíjense quién va primero, fíjense en qué temporadita llevamos, oiga. Por cierto, fíjense Vds también en qué plumier traigo: sale Bob Esponja por un lado, sale Calamardo por el otro, sale Patricio también, junto al Sr Cangrejo y Arenita; tiene un bosillito para el sacapuntas, compartimento para los rotuladores Carioca y el lápiz Jano - de punta roja y azul según el extremo -, una gomita en la que cabe perfectamente la goma Milan nata y hasta trae incorporada una grapadora Petrus con su recambio de grapas El Casco, de gran resistencia. Vamos, que hemos vuelto de líderes y morenitos y con un par de copas nuevas, y encima con plumier de estreno: hay días en los que da gusto volver al colegio, hay días en los que el pantalón corto no es tan humillante, hay días en los que da menos pereza coger el autobús de la ruta y no dan tanto asco las albóndigas del comedor, así da gusto, oiga.
Llegó el Atleti también en situación de aprender lecciones y tomar medidas, aunque esto gusta menos en el Club y aún menos cuando se estrena plumier. Llegaba el Atleti a su primer campo difícil en liga tras una pretemporada en la que la gente se ha hartado de decir que se había fichado mucho mejor que en temporadas anteriores, sí, pero también tras haber escuchado de labios de aficionados, periodistas y entendidos que falta un lateral derecho y un tercer delantero de garantías. Decir este tipo de cosas en ciertos círculos atléticos se considera cosa de cenizos y anti atléticos, ya está Vd con las críticas, ande Vd y disfrute, amargao. Eso sí, tuvo Ujfalusi molestias y quedó ya en el primer partido en evidencia que lo del lateral derecho plantea dudas; se llevó un patadón el Kun y quedó también claro que lo del tercer punta dará que hablar.
Llegó pues el Atleti con cara de triunfador y una defensa recompuesta, ambos elementos más que suficientes para que el aficionado atlético mire con desconfianza el partido que llega, conocedor de petardos similares en ocasiones pasadas. Y además llegó a San Mamés, campo que sabe apretar cuando hace falta y presionar al rival hasta cuando no la hace; y además lo hizo sabiendo que el Barça había perdido y que el otro equipo grande de la capital había ganado por la mínima y casi de rebote. A estas alturas de la temporada, ya lo saben Vds, con el Atleti líder tras un único partido, daba mucho gusto ver qué habían hecho los favoritos con la sensación de que sus resultados nos afectan, acostumbrados como estamos a que nos dé igual lo que hagan los dos primeros. En definitiva, que el Atleti llegó a Bilbao con muchos elementos que podían presagiar derrape, que ya nos conocemos, y además en 11-S, oiga.
Salió el Atleti vestido de esquijama o quizás con camiseta estilo retro, que aún no lo tenemos claro, y enfrente estaba el Athletic vestido de Athletic, que es lo suyo. Salió el Atleti con una defensa diferente a la que habían venido comentando en la prensa, es decir, sin Valera y con Perea, con Antonio López y sin Filipe Luis, con Godín y con Domínguez. Salieron los cuatro de arriba y salieron los dos del medio, que ya prácticamente no hay que decir quién son; porque, aunque haya vuelto Tiago y nos alegremos de su vuelta, le va a ser complicado coger un sitio en el centro del centro, a menos que sea a costa de un interior, visto lo visto.
Salió el Atleti y marcó pronto, que es algo que se agradece. Agüero se fue de dos jugadores con esa forma tan suya: por donde uno no se espera, por donde uno cree que no cabe, por donde uno piensa que, aún cabiendo, no se atreverá, por donde más difícil es. Se fue Agüero de dos tipos con una facilidad pasmosa, centró al área, la tocó Simão y marcó Forlán su tercer gol en liga y van dos partidos, oiga. Agüero hizo un jugadón, Forlán marcó otro buen gol y poca gente habló de Simão. El taconazo de Simão, ¿fue voluntario? ¿fue un fallo? ¿respondió a un grito de Forlán o fue una pifia? Si fue un fallo, al Atleti le vino de perlas; si fue voluntario, es uno de los pases más talentosos que ha visto el que suscribe, un taconazo que si lo hace cualquier otro de los que Vds andan pensando abre los informativos, un gesto que si lo hace otro portugués, es un poner, lo tenemos hasta en la sopa. Pero fue Simão, y quizás fuera involuntario o quizás, creemos, quiso de verdad hacerlo, dejar a Forlán un balón franco y llevarse a un defensa y nos alegramos más de lo normal. Simão, que hizo un buen partido y estuvo participativo, que apunta a veces que ha llegado su declive, tiene estas cosas que a uno le dejan las cejas subidas durante unas cuantas horas.
Marcó el Atleti pronto y, todo hay que decirlo, se echó un poco atrás. Recularon algo los medio centros, quizás se adelantara también la defensa, y quedaron desconectados los delanteros durante buena parte del primer tiempo. Esta reacción, en parte previsible, puede tener efectos funestos si enfrente hay un equipo dominador y si el centro del campo titubea; pero ni una ni otra. El Athletic, equipo que cuenta con buenos jugadores, no mostró talento suficiente como para manejar el partido y jugó de forma previsible y algo básica. En el Atleti, y ya no es noticia, Assunção y Raúl García se hicieron con la parcela y dominaron el partido. Más cerca de la defensa, entraron al choque sin dudar y abrieron juego cuando tuvieron ocasión, sobre todo Raúl, enorme toda la noche - en su línea reciente - y mejor referente del equipo para jugar en largo. La presión del centro sólo permitió al Athletic optar por abrir el campo y bombear balones hacia el centro de la defensa del Atleti, la fórmula utilizada una y mil veces contra el equipo en los últimos tiempos.
Pero esta vez no. Tanto Antonio López como Perea estuvieron bien en los laterales a pesar de no ser las primeras opciones del banquillo en esos puestos y no dejaron que el Athletic jugara cómodo. Especialmente bien estuvo, a juicio del que suscribe, Perea: rapidísimo y comprometido como siempre, optó por no complicarse la vida en absoluto y guardar como una fiera su parcela. Sólo subió una vez en el segundo tiempo de forma algo alocada en la jugada en la que, tras una cobertura muy blandita de Tiago y un cierto despiste de los centrales, marcó el Athletic; el resto de su partido, impecable. Pero si de alguien hay que hablar en la defensa es, claramente, de los centrales. De Domínguez diremos poco, que no en vano nos pasamos la vida hablando bien de él; sí diremos más de Godín. Si el Atleti no pasó sus clásicos apuros en balones laterales altos fue gracias a Domínguez y a Godín; si las dudas en las salidas de De Gea pasan desapercibidas fue gracias a Domínguez y a Godín; de Dominguez ya lo sabíamos, de Godín lo intuíamos y parece que lo va confirmando. Godín se muestra cómodo en la defensa del Atleti, se anticipa, toma decisiones y, por lo visto hasta ahora, si falla se rehace pronto y no se viene abajo. Habrá que verle más partidos, habrá que analizar hasta qué punto juega bien gracias a estar bien acompañado por Domínguez y los medio centros, pero por ahora la pinta es buena.
Con una defensa sólida y dos medio centros merendando rivales con picatostes, el Athletic repartió más de lo deseable, jugando al límite de lo admisible aún sin ser tampoco el equipo violento que alguno ha retratado. No rehuyeron la pelea ni Assunção ni Raúl, éste último metido en todos los fregados y ayudando a todos los compañeros, ni tampoco lo hizo Simão. Simão, que parece frágil y tiene porte de bailarín de revista del Paralelo, no se arruga si las cosas se ponen feas. Saca el brazo en las carreras divididas tras el balón, protesta al árbitro, presiona a los rivales. No hace lo mismo Reyes, menos presente en Bilbao de lo esperado, o quizás tan ausente como uno espera cuando el equipo de enfrente invita al cuerpo a cuerpo.
El partido, algo bronco, se le fue definitivamente de las manos a Undiano en el minuto 52. Undiano, un árbitro al que uno siempre ha considerado correcto y autoritario sin hacer aspavientos ni venderse a la galería, parece haber perdido la autoridad y hasta el oremus tras su mundial. Falló clamorosamente en la jugada en la que se lesionó el Kun, no tanto al no pitar penalti (que pudo ser fuera) sino al no expulsar a Gurpegui tras cazar de forma feísima a Agüero cuando se iba sólo a puerta. Una tarjeta roja, incluso sin penalti, habría cambiado totalmente el partido; lejos de ello, Gurpegui siguió en el campo, el Atleti no marcó y el Kun se tuvo que retirar en camilla con una lesión que a día de hoy parece algo menos grave, entre los silbidos del público. San Mamés, un campo que encanta al que suscribe precisamente por mantener ese concepto anglosajón del deporte en el que respeta al rival por encima de todo, silbó a un jugador que se retiraba lesionado y a uno se le cayeron los palos del sombrajo, qué lástima más grande, oiga. Entre tanto, un central tatuado hacía cosas que no se corresponden con la historia y el carácter de su equipo y esperamos que alguien se lo recuerde; más tarde, un entrenador que sí nos tiene acostumbrado a estas cosas hablaba del árbitro sin que se le cayera la cara de vergüenza y, de paso, daba alguna pista sobre de dónde puede venir este cambio de dirección.
El final del partido, convertido en correcalles que el Atleti debió resolver mejor, tuvo un protagonista. No fue Tiago, que entró en el campo en sustitución de Raúl García con cara de que le va a costar mucho que ese cambio se empiece a hacer al revés y terminó marcando el gol que dio la victoria; eso sí, también terminó dejando pasar al rival que inició la jugada del gol que hizo pensar en el empate. No fue Raúl, quien pudo marcar un golazo al cazar un pase de Forlán que le salió un poco desviado, ni Simão, autor del tiro que despejó Iraizoz para que marcara Tiago, por más que nos hubiera gustado que fueran ellos. No. El protagonista, cree el que suscribe, fue Diego Costa.
Ante la lesión de Agüero y la preocupación general de la parroquia colchonera, salió Diego Costa y despejó todas las dudas que hay sobre él: no hay duda de que genera dudas. Diego Costa salió con ese trote cansino tan suyo y esa pinta de que en ese momento le apetecía hacer cualquier cosa salvo salir a jugar al fútbol. Diego Costa lleva las medias a media pierna, pantalones grandísimos y la camisa por fuera y parece un jugador de un soltero contra casados que acaba de perder quince kilos gracias a una dieta milagro y vuelve a los terrenos de juego. Participó en el gol conduciendo bien el balón y pasándosela a Simão tras un aclarado hacia el lado contrario de Forlán por su espalda, sin que el uruguayo tuviera mucho problema para superarle dado el lento correr del brasileño. Diego Costa llevó bien el contraataque pero, según subía la bola, el aficionado no tenía claro si lo iba haciendo bien o mal. Parecía ir lento, luego resultó que no tanto, o quizás sí. Lo mismo pasó en otras jugadas: ¿va rápido o lento? No sabíamos. ¿Es bueno o es malo? No lo tenemos claro aún. ¿Hace lo que debe o no se entera ni del nodo? Tampoco. ¿Está en el partido o piensa en otra cosa? Ni idea. Diego Costa hizo bien alguna cosa y mal algunas otras también. Se fue a los corners a perder tiempo cuando se podría haber gestionado la superioridad de otra forma más lógica, y perdió el balón. Dejó dudas sobre si puede ser el delantero que dé descanso a los dos puntas y a la vez hizo alguna otra cosa que hizo pensar que quizás sí que valga. A Diego Costa le seguiremos con interés y atención, a ver si conseguimos hacernos una idea clara sobre lo que de él pensamos porque, por ahora, ni idea.
El Atleti ganó finalmente un partido de esos que antes perdía o empataba. Jugó un partido con un lateral derecho que no partía en las quinielas como alternativa válida y con un tercer delantero raro; el primero jugó bien y el segundo no sabemos, pero el partido lo ganó. Se sobrepuso a un rival limitado pero pegón y resolvió los entuertos en defensa con una autoridad desconocida. El Atleti, desde hace ya unos partidos, parece un equipo de fútbol; algo tendrán que ver De Gea, Godín, Domínguez, Assunção y Raúl García, el núcleo defensivo de Bilbao, pero también debe tener algo que ver Quique Flores. Quique, al no regalamos nada en este blog, parece haber inculcado mentalidad en los jugadores que antes no pensaban en ellos como equipo sino como unos. El Atleti juega junto, no rehúye la pelea y no pierde la concentración como antes, y eso es una noticia excelente.
El domingo llega el Barça tras un tropiezo gordo, y es la oportunidad de ver qué podemos dar de si en esta liga. Impacientes estamos
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Recordarán los seguidores de este blog, a quien es fácil reconocer por la calle por tener cara de haber dormido mal, estirar con frecuencia las cervicales y llevar siempre a mano medicamentos contra la jaqueca, el importante hallazgo documental estudiado por los expertos en la ciudad de Tubinga, Alemania, que arrojaba luz sobre el inicio de los tiempos, la creación del mundo y algunos elementos esenciales para su disfrute. Pues bien, el continuado y ulterior estudio de los documentos de Tubinga ha aportado más datos sobre otro momento crucial de la historia moderna: la Última Cena.
El análisis de los viejos pliegos referentes al momento de la ocupación romana de Judea, hacia el año 30 de nuestra era, se centró en un primer momento en el estudio de los símbolos que en ellos aparecen, tomados en un principio por mensajes cabalísticos y signos mágicos. Los pliegos, en efecto, contienen gran cantidad de gráficos llenos de flechas, números y líneas continuas y discontinuas que unen los anteriores, los relacionan y los separan. Es frecuente, por ejemplo, que los diferentes símbolos se encuentren siempre enmarcados en una forma rectangular que, a su vez, contiene un círculo, semicírculos, varios rectángulos más pequeños, cuartos de circunferencia y otras señales misteriosas. Estos símbolos, familiares para los estudiosos de lo oculto, atrajeron la atención de expertos en escrituras vernáculas, jeroglíficos egipcios y traductores de libros de instrucciones de aparatos electrónicos, que rivalizaron entre ellos por descubrir el misterio.
Ante dichos descubrimientos, la flor y nata de la investigación internacional se lanzó a una carrera frenética por desentrañar el enigma. Si bien en un primer momento parecía que la delantera en la investigación la tomaba el famoso investigador francés Monsieur Mophette, arqueólogo enano ducho en el uso de la lupa subido a un taburete, fue finalmente un historiador argentino, el Doctor Griffayala, quien encontróla senda correcta. Ayudado en su labor por un señor de Valladolid, el investigador argentino siguió su instinto y rebuscó en su memoria símbolos similares a los que aparecían en los papeles de Tubinga tras comprobar que, ya a primera vista, le resultaban familiares. El Doctor Griffayala pasó casi tres años encerrado en su estudio bonaerense aislado del mundo, con la sola ayuda del señor de Valladolid, consagrado en cuerpo y alma al estudio de los pliegos.
Confiado en pasar a la historia, como así sucedería luego, el Doctor Griffayala convocó un congreso extraordinario de historiadores, arqueólogos y teólogos para dar a conocer sus conclusiones, las mismas que fueron luego publicadas en el prestigios Massachusets Journal of Useless Studies. El congreso inicialmente se organizó en un paraje secreto de la selva amazónica, si bien la ubicación fue cambiada más adelante por haber muchos mosquitos y terminó celebrándose en un restaurante de carretera de alta seguridad situado en un lugar indeterminado de la provincia de Cuenca, escogido por la excelente relación calidad-precio de su carta, como demostraba la afluencia masiva y continua de camioneros. En este lugar secreto, en una sala oscura con un proyector y rodeado de muestrarios de navajas y perdices disecadas, el Doctor Griffayala hizo las revelaciones que cambiaron el mundo.
En sus conclusiones, el Doctor Griffayala compartió con los asistentes revelaciones claves para entender los más privados secretos de la Iglesia Católica: las razones que impulsaron la selección de los Apóstoles, la diferencia de características entre ellos, su misión concreta, su papel en la maquinaria que daría luego lugar a el fenómeno religioso más importante de la Historia, las relaciones entre ellos y la creación, más adelante, de sociedades secretas y públicas que seguirían con el legado de los asistentes a la Última Cena. Los papeles de Tubinga no dejaban lugar a dudas y sólo el Doctor Griffayala había dado con la clave.
(Continuará....)
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Llegó el Atleti a Bilbao de líder y campeón europeo y lo hizo con andar pinturero, sonrisilla de triunfador y con la cara que llevan los niños que estrenan plumier de Bob Esponja el día de vuelta al cole. Hola buenas, ¿qué tal por aquí? Por allí bien, ya saben, fíjense en la clasificación, fíjense quién va primero, fíjense en qué temporadita llevamos, oiga. Por cierto, fíjense Vds también en qué plumier traigo: sale Bob Esponja por un lado, sale Calamardo por el otro, sale Patricio también, junto al Sr Cangrejo y Arenita; tiene un bosillito para el sacapuntas, compartimento para los rotuladores Carioca y el lápiz Jano - de punta roja y azul según el extremo -, una gomita en la que cabe perfectamente la goma Milan nata y hasta trae incorporada una grapadora Petrus con su recambio de grapas El Casco, de gran resistencia. Vamos, que hemos vuelto de líderes y morenitos y con un par de copas nuevas, y encima con plumier de estreno: hay días en los que da gusto volver al colegio, hay días en los que el pantalón corto no es tan humillante, hay días en los que da menos pereza coger el autobús de la ruta y no dan tanto asco las albóndigas del comedor, así da gusto, oiga.
Llegó el Atleti también en situación de aprender lecciones y tomar medidas, aunque esto gusta menos en el Club y aún menos cuando se estrena plumier. Llegaba el Atleti a su primer campo difícil en liga tras una pretemporada en la que la gente se ha hartado de decir que se había fichado mucho mejor que en temporadas anteriores, sí, pero también tras haber escuchado de labios de aficionados, periodistas y entendidos que falta un lateral derecho y un tercer delantero de garantías. Decir este tipo de cosas en ciertos círculos atléticos se considera cosa de cenizos y anti atléticos, ya está Vd con las críticas, ande Vd y disfrute, amargao. Eso sí, tuvo Ujfalusi molestias y quedó ya en el primer partido en evidencia que lo del lateral derecho plantea dudas; se llevó un patadón el Kun y quedó también claro que lo del tercer punta dará que hablar.
Llegó pues el Atleti con cara de triunfador y una defensa recompuesta, ambos elementos más que suficientes para que el aficionado atlético mire con desconfianza el partido que llega, conocedor de petardos similares en ocasiones pasadas. Y además llegó a San Mamés, campo que sabe apretar cuando hace falta y presionar al rival hasta cuando no la hace; y además lo hizo sabiendo que el Barça había perdido y que el otro equipo grande de la capital había ganado por la mínima y casi de rebote. A estas alturas de la temporada, ya lo saben Vds, con el Atleti líder tras un único partido, daba mucho gusto ver qué habían hecho los favoritos con la sensación de que sus resultados nos afectan, acostumbrados como estamos a que nos dé igual lo que hagan los dos primeros. En definitiva, que el Atleti llegó a Bilbao con muchos elementos que podían presagiar derrape, que ya nos conocemos, y además en 11-S, oiga.
Salió el Atleti vestido de esquijama o quizás con camiseta estilo retro, que aún no lo tenemos claro, y enfrente estaba el Athletic vestido de Athletic, que es lo suyo. Salió el Atleti con una defensa diferente a la que habían venido comentando en la prensa, es decir, sin Valera y con Perea, con Antonio López y sin Filipe Luis, con Godín y con Domínguez. Salieron los cuatro de arriba y salieron los dos del medio, que ya prácticamente no hay que decir quién son; porque, aunque haya vuelto Tiago y nos alegremos de su vuelta, le va a ser complicado coger un sitio en el centro del centro, a menos que sea a costa de un interior, visto lo visto.
Salió el Atleti y marcó pronto, que es algo que se agradece. Agüero se fue de dos jugadores con esa forma tan suya: por donde uno no se espera, por donde uno cree que no cabe, por donde uno piensa que, aún cabiendo, no se atreverá, por donde más difícil es. Se fue Agüero de dos tipos con una facilidad pasmosa, centró al área, la tocó Simão y marcó Forlán su tercer gol en liga y van dos partidos, oiga. Agüero hizo un jugadón, Forlán marcó otro buen gol y poca gente habló de Simão. El taconazo de Simão, ¿fue voluntario? ¿fue un fallo? ¿respondió a un grito de Forlán o fue una pifia? Si fue un fallo, al Atleti le vino de perlas; si fue voluntario, es uno de los pases más talentosos que ha visto el que suscribe, un taconazo que si lo hace cualquier otro de los que Vds andan pensando abre los informativos, un gesto que si lo hace otro portugués, es un poner, lo tenemos hasta en la sopa. Pero fue Simão, y quizás fuera involuntario o quizás, creemos, quiso de verdad hacerlo, dejar a Forlán un balón franco y llevarse a un defensa y nos alegramos más de lo normal. Simão, que hizo un buen partido y estuvo participativo, que apunta a veces que ha llegado su declive, tiene estas cosas que a uno le dejan las cejas subidas durante unas cuantas horas.
Marcó el Atleti pronto y, todo hay que decirlo, se echó un poco atrás. Recularon algo los medio centros, quizás se adelantara también la defensa, y quedaron desconectados los delanteros durante buena parte del primer tiempo. Esta reacción, en parte previsible, puede tener efectos funestos si enfrente hay un equipo dominador y si el centro del campo titubea; pero ni una ni otra. El Athletic, equipo que cuenta con buenos jugadores, no mostró talento suficiente como para manejar el partido y jugó de forma previsible y algo básica. En el Atleti, y ya no es noticia, Assunção y Raúl García se hicieron con la parcela y dominaron el partido. Más cerca de la defensa, entraron al choque sin dudar y abrieron juego cuando tuvieron ocasión, sobre todo Raúl, enorme toda la noche - en su línea reciente - y mejor referente del equipo para jugar en largo. La presión del centro sólo permitió al Athletic optar por abrir el campo y bombear balones hacia el centro de la defensa del Atleti, la fórmula utilizada una y mil veces contra el equipo en los últimos tiempos.
Pero esta vez no. Tanto Antonio López como Perea estuvieron bien en los laterales a pesar de no ser las primeras opciones del banquillo en esos puestos y no dejaron que el Athletic jugara cómodo. Especialmente bien estuvo, a juicio del que suscribe, Perea: rapidísimo y comprometido como siempre, optó por no complicarse la vida en absoluto y guardar como una fiera su parcela. Sólo subió una vez en el segundo tiempo de forma algo alocada en la jugada en la que, tras una cobertura muy blandita de Tiago y un cierto despiste de los centrales, marcó el Athletic; el resto de su partido, impecable. Pero si de alguien hay que hablar en la defensa es, claramente, de los centrales. De Domínguez diremos poco, que no en vano nos pasamos la vida hablando bien de él; sí diremos más de Godín. Si el Atleti no pasó sus clásicos apuros en balones laterales altos fue gracias a Domínguez y a Godín; si las dudas en las salidas de De Gea pasan desapercibidas fue gracias a Domínguez y a Godín; de Dominguez ya lo sabíamos, de Godín lo intuíamos y parece que lo va confirmando. Godín se muestra cómodo en la defensa del Atleti, se anticipa, toma decisiones y, por lo visto hasta ahora, si falla se rehace pronto y no se viene abajo. Habrá que verle más partidos, habrá que analizar hasta qué punto juega bien gracias a estar bien acompañado por Domínguez y los medio centros, pero por ahora la pinta es buena.
Con una defensa sólida y dos medio centros merendando rivales con picatostes, el Athletic repartió más de lo deseable, jugando al límite de lo admisible aún sin ser tampoco el equipo violento que alguno ha retratado. No rehuyeron la pelea ni Assunção ni Raúl, éste último metido en todos los fregados y ayudando a todos los compañeros, ni tampoco lo hizo Simão. Simão, que parece frágil y tiene porte de bailarín de revista del Paralelo, no se arruga si las cosas se ponen feas. Saca el brazo en las carreras divididas tras el balón, protesta al árbitro, presiona a los rivales. No hace lo mismo Reyes, menos presente en Bilbao de lo esperado, o quizás tan ausente como uno espera cuando el equipo de enfrente invita al cuerpo a cuerpo.
El partido, algo bronco, se le fue definitivamente de las manos a Undiano en el minuto 52. Undiano, un árbitro al que uno siempre ha considerado correcto y autoritario sin hacer aspavientos ni venderse a la galería, parece haber perdido la autoridad y hasta el oremus tras su mundial. Falló clamorosamente en la jugada en la que se lesionó el Kun, no tanto al no pitar penalti (que pudo ser fuera) sino al no expulsar a Gurpegui tras cazar de forma feísima a Agüero cuando se iba sólo a puerta. Una tarjeta roja, incluso sin penalti, habría cambiado totalmente el partido; lejos de ello, Gurpegui siguió en el campo, el Atleti no marcó y el Kun se tuvo que retirar en camilla con una lesión que a día de hoy parece algo menos grave, entre los silbidos del público. San Mamés, un campo que encanta al que suscribe precisamente por mantener ese concepto anglosajón del deporte en el que respeta al rival por encima de todo, silbó a un jugador que se retiraba lesionado y a uno se le cayeron los palos del sombrajo, qué lástima más grande, oiga. Entre tanto, un central tatuado hacía cosas que no se corresponden con la historia y el carácter de su equipo y esperamos que alguien se lo recuerde; más tarde, un entrenador que sí nos tiene acostumbrado a estas cosas hablaba del árbitro sin que se le cayera la cara de vergüenza y, de paso, daba alguna pista sobre de dónde puede venir este cambio de dirección.
El final del partido, convertido en correcalles que el Atleti debió resolver mejor, tuvo un protagonista. No fue Tiago, que entró en el campo en sustitución de Raúl García con cara de que le va a costar mucho que ese cambio se empiece a hacer al revés y terminó marcando el gol que dio la victoria; eso sí, también terminó dejando pasar al rival que inició la jugada del gol que hizo pensar en el empate. No fue Raúl, quien pudo marcar un golazo al cazar un pase de Forlán que le salió un poco desviado, ni Simão, autor del tiro que despejó Iraizoz para que marcara Tiago, por más que nos hubiera gustado que fueran ellos. No. El protagonista, cree el que suscribe, fue Diego Costa.
Ante la lesión de Agüero y la preocupación general de la parroquia colchonera, salió Diego Costa y despejó todas las dudas que hay sobre él: no hay duda de que genera dudas. Diego Costa salió con ese trote cansino tan suyo y esa pinta de que en ese momento le apetecía hacer cualquier cosa salvo salir a jugar al fútbol. Diego Costa lleva las medias a media pierna, pantalones grandísimos y la camisa por fuera y parece un jugador de un soltero contra casados que acaba de perder quince kilos gracias a una dieta milagro y vuelve a los terrenos de juego. Participó en el gol conduciendo bien el balón y pasándosela a Simão tras un aclarado hacia el lado contrario de Forlán por su espalda, sin que el uruguayo tuviera mucho problema para superarle dado el lento correr del brasileño. Diego Costa llevó bien el contraataque pero, según subía la bola, el aficionado no tenía claro si lo iba haciendo bien o mal. Parecía ir lento, luego resultó que no tanto, o quizás sí. Lo mismo pasó en otras jugadas: ¿va rápido o lento? No sabíamos. ¿Es bueno o es malo? No lo tenemos claro aún. ¿Hace lo que debe o no se entera ni del nodo? Tampoco. ¿Está en el partido o piensa en otra cosa? Ni idea. Diego Costa hizo bien alguna cosa y mal algunas otras también. Se fue a los corners a perder tiempo cuando se podría haber gestionado la superioridad de otra forma más lógica, y perdió el balón. Dejó dudas sobre si puede ser el delantero que dé descanso a los dos puntas y a la vez hizo alguna otra cosa que hizo pensar que quizás sí que valga. A Diego Costa le seguiremos con interés y atención, a ver si conseguimos hacernos una idea clara sobre lo que de él pensamos porque, por ahora, ni idea.
El Atleti ganó finalmente un partido de esos que antes perdía o empataba. Jugó un partido con un lateral derecho que no partía en las quinielas como alternativa válida y con un tercer delantero raro; el primero jugó bien y el segundo no sabemos, pero el partido lo ganó. Se sobrepuso a un rival limitado pero pegón y resolvió los entuertos en defensa con una autoridad desconocida. El Atleti, desde hace ya unos partidos, parece un equipo de fútbol; algo tendrán que ver De Gea, Godín, Domínguez, Assunção y Raúl García, el núcleo defensivo de Bilbao, pero también debe tener algo que ver Quique Flores. Quique, al no regalamos nada en este blog, parece haber inculcado mentalidad en los jugadores que antes no pensaban en ellos como equipo sino como unos. El Atleti juega junto, no rehúye la pelea y no pierde la concentración como antes, y eso es una noticia excelente.
El domingo llega el Barça tras un tropiezo gordo, y es la oportunidad de ver qué podemos dar de si en esta liga. Impacientes estamos
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viernes, 30 de abril de 2010
Crónica de un gol que pareció ser de Forlán
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Llegaron a la oficina un poco más tarde de lo habitual y con bastante mala cara, pero daba igual. Algunos lucían ojeras malva, otros voz cazallera, casi todos cara de haber dormido poco y mal, pero daba igual. Llegaban a la oficina así, sin ganas pero con ganas, una cosa rara difícil de explicar, pocas ganas de levantarse, pocas ganas de trabajar pero ganas de ver a los buenos compañeros y un poco también de ver a los malos. A algunos les recibieron entre aplausos con todo el departamento financiero puesto en pie flameando post-its de colores, a otros con formales enhorabuenas y felicidades y habrás disfrutado, ¿no?, a algunos les reservaron las mejores grapadoras y calculadoras solares para ellos solitos y a otros les recibieron con ese desdén disimulado que denota rabia y cierta envidia, pero daba lo mismo. Algunos no llevaron más que media sonrisilla y otros llevaron churros y magdalenas y hasta tartas rojiblancas, hombre, qué celebramos hoy, ay, Martínez, si no lo sabes mejor ni preguntes, Martínez, hombre.
La mañana discurrió igual al resto pero distinta al resto, porque casi nada importaba. Se grapaban las facturas con menos ganas y menos concentración, se atendían llamadas de amigos saliendo a la máquina de café y volviendo diez minutos más tarde con esa sonrisilla tonta que se le queda al que acaba de ver a un tipo simpático al que hacía tiempo que no veía por la calle. Daban igual los comentarios de lunes supuestamente ingeniosos del vigilante de la entrada y del ordenanza miope del ford escort azul, sencillamente porque no había comentarios hoy, faltaría más. Se leyeron todos los periódicos de la oficina de cabo a rabo a ojos de todos y sin disimular, sin pararse en las páginas serias de política y economía y sin tocar si quiera las páginas financieras color gazpacho que a diario se veían obligados a mirar en detalle para que los compañeros pensaran que les interesaban muchísimo. Pero ese día no, ese día era distinto, ese día no trabajaban con el mismo mimo. Ese día ordenaban facturas sin mucho interés, metían datos sin demasiada meticulosidad y les daba igual lo que les dijera el jefe. A ver, Vd, Quesada, esos informes, los quiero en mi despacho en una hora, decía el jefe. Sí, sí, decía Quesada, y acto seguido se levantaba delante de todo el mundo y se iba a tomarse el quinto café de la mañana sin disimular, porque todo le daba igual. Todo, o casi todo. Le daba igual cuadrar el balance, le daba igual encontrar el papel verde que todo el mundo necesita, no le apetecía ponerse farruco para reclamar una factura a un señor al que tampoco le apetecía hablar y que estaba además en la Puebla de Montalbán. Si veían un impreso arrugado no lo planchaban, si veían un clip doblado no lo cambiaban, si veían una factura para un cliente que se llamaba Domínguez le hacían un 40% de descuento así, por las buenas, sin importarle si cuadraba o no. Porque ese día nada importaba, salvo lo que importaba.
Tres meses más tarde saltarían las alarmas en la Agencia Tributaria. ¿Pero se puede saber qué pasó a final de Abril en todas estas empresas? No hay un balance que cuadre, no hay un impreso bien hecho, no hay un impuesto bien pagado. No puede ser un fallo informático, no puede ser un error matemático, esto tiene que ser un complot organizado, un ataque coordinado entre contables y financieros rebeldes, puestos de acuerdo el día 30 de abril para confundir y alterar a la autoridad. Ojo, un mensaje del Ministerio, alarma social, los contables no son los únicos. Lo mismo ha pasado en otros gremios, cuidado que parece que el ataque coordinado cuenta también con el apoyo de carteros, cerrajeros, callistas, topógrafos, neurocirujanos, traductores y trapecistas: nadie ha dado pie con bola el 30 de Abril, un importante sector de la población ha estado ausente todo ese día, sin hacer su trabajo, como ido, como atontado, con una sonrisilla rara. La ONU sospecha que pueda ser una pandemia puntual, el Cesid cree que es un caso de hipnosis selectiva, la OTAN sospecha de una infiltración masiva de espías enemigos.
El caso es que el 30 de Abril en Madrid casi nadie ha hecho nada que no fuera sonreír, y los que realmente saben de esto creen que el verdadero motivo es una general y monumental resaca.
Hemos vuelto, que tiemble el sistema (sobre todo, el financiero).
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Podríamos hablar del partido, la verdad, podríamos. Podríamos hablar del sorprendente planteamiento táctico de Benítez, de los tres centrales y el centro del campo superpoblado, de la ausencia de Κυργιάκος, el deseado por nosotros, y de la curiosa posición de Aquilani, que tantos problemas causó a la defensa y a los medio centros del Atleti. Podríamos hablar de los tres minutos de vértigo con los que el Liverpool recibió al Atleti, del vendaval de remates y corners que se sucedieron tras el pitido inicial y de la providencial parada de De Gea que, de no haber existido, podría haber cambiado todo. Podríamos hablar de cómo se fue desperezando poco a poco el Atleti, de cómo tardó tiempo en dar tres pases seguidos, tragar saliva y darse cuenta de que debía empezar a jugar y no sólo a achicar balones y defenderse panza arriba. Podríamos hablar de cómo el gol de Aquilani cayó como un mazazo en el equipo cuando parecía que se empezaba a encontrar la senda, de cómo heló la sangre de la afición y secó las gargantas de los que, a esas alturas, creían que podrían tener por delante un partido plácido. Podríamos, pero no lo haremos.
Podríamos hablar de lo difícil que es ver bien el fútbol en televisión, de entender quién es quién y dónde está cuando se sigue el partido en una pantalla gigante. Podríamos hablar de la malísima realización de la televisión, de los irritantes planos de los entrenadores cuando los jugadores se disponían a tirar a puerta o de las inapropiadas aunque ecológicas imágenes de una urraca con la que nos obsequiaron durante un rato. También podríamos hablar de la imagen de la celebración de Torres en el primer gol del Liverpool y de cómo a todos se nos pasan por la cabeza los nombres y opiniones de ese vecino pesado y amargo que espera cualquier gesto del Niño para proclamar a los cuatro vientos ese anti-atleticismo y gusto por la traición que sólo él ve. Podríamos hablar de cuánto nos habría gustado estar en Anfield y ver en directo el partido y la celebración posterior, o de lo que nos gusta ver a tres mil de los nuestros animando sin parar. Podríamos hablar también de la envidia que le produce al que suscribe ver cómo hay estadios en los que Simão se puede caer de cabeza entre el público sin que nadie intente hacer nada distinto a ayudarle a que no se rompa la crisma, o en los que el público se sienta a tres metros de los jugadores y no hay ni amago de agresión, escupitajo o voz malsonante. Podríamos también hablar de la caballerosidad de algún aficionado del Liverpool dispuesto a cruzarse Madrid únicamente para tomarse una cerveza con la afición del Atleti y desearle suerte en la final, un ejemplo para todos. Podríamos, sí, pero no lo haremos.
Podríamos hablar de lo contentos que estamos por las buenas actuaciones de Perea en los últimos partidos importantes y por la recobrada autoridad de Antonio López en estos mismos partidos. Podríamos hablar, con la mano bajo la barbilla para recoger la abundante baba segregada, de Domínguez y su personalidad y su trabajo y sus galones y su concentración y su forma física y su hombría a la hora de enfrentarse a jugadores de más peso físico y deportivo que él. Podríamos hablar, una vez más, de la omnipresencia de Assunção y de su derroche físico o de cómo Simão parece ausente pero aparece de vez en cuando para hacer cosas con criterio. También podríamos hablar de Raúl García, de nuevo impreciso en algunos pases y decisiones pero enorme en el esfuerzo, generosísimo a la hora de enseñarse a los compañeros y vital en los últimos minutos del partido, cuando, tras pasar un valle físico, volvió a subir sus prestaciones convirtiéndose en uno de los nombres propios con mayúsculas de toda la Europa League disputada por el Atleti. Podríamos hablar de cómo Agüero no estuvo a la altura que esperábamos, sin duda por culpa de esa barbita nueva sobre la que tendría que actuar con contundencia la División de Barbería de la Guardia Civil, o de cómo Jurado tampoco estuvo al nivel que preveíamos, pero esta vez por lo contrario. Porque podríamos hablar de cómo la entrada de Jurado dio aire al equipo, le permitió tener el balón, echar unos metros atrás al rival y hacerle dudar de su propio sistema gracias a las arrancadas y la verticalidad de un jugador al que tantas veces hemos criticado y que ayer nos gustó. Podríamos, sí, pero no lo haremos.
Y no lo haremos porque sólo hablaremos de un gol. Del gol que aparentemente metió Forlán en el minuto 102 del partido, en el minuto 12 de la prórroga, 8 minutos después de que Benayoun nos diera un disgusto que nunca pensamos que alguien tan flacucho fuera capaz de darnos. Sólo hablaremos de cómo Reyes, a quien más de uno y más de mil habríamos querido tirar al pilón tras hacer de Don Tancredo frente a su par en el primer gol, se llevó por arriba un balón al que también llegaba Johnson, ahí es nada, todo un armario ropero. Hablaremos de cómo controló Reyes, como levantó la cabeza y como dio un toque sutil, un toque que pocos pueden dar, para dejarle el balón en buena, aunque difícil posición, a Forlán. Hablaremos de cómo Forlán, que había hecho un partido insulso hasta el momento, llegó desde atrás y remató a bote pronto y acomodando el cuerpo con más calidad de lo que parecía en un primer momento y metió con autoridad el balón hasta dentro de la portería, la única forma de marcar a un porterazo como Reina. Marcó Forlán y estallaron los bares y las casas y los parlamentos de varias repúblicas ex soviéticas, e incluso en medio de la explosión la afición más sagaz vio algo raro en las imágenes. Forlán remataba a gol pero no lo hacía normalmente, algo raro había en el gesto, daba la impresión de que no era un gesto limpio, natural.
Pasaron las repeticiones y se seguía viendo algo raro. Mejoraron los técnicos la resolución de la imagen y aún así no quedaba claro qué pasaba. Grabaron una cinta, la llevaron a un equipo más potente manejado por ingenieros con grandes gafas y pasaron la imagen marco a marco, fotograma por fotograma. Un tratamiento detallado de la imagen desveló el misterio: acomodó el cuerpo Forlán, golpeó el balón y éste entró en la portería, pero las imágenes dejaban claro que había algo más.
- Ahí hay algo
- Sí, pero ¿qué?
- Pues parece Adelardo
Tocó Forlán el balón y las imágenes mostraron que, para asegurarse de que entraba, detrás del pie de Forlán entraba, como un tren de mercancías, Adelardo Rodríguez Sánchez, el histórico jugador del Atleti que no pasa un buen momento. Nadie sabe de dónde salió ese hombre, nadie se lo esperaba, pero ahí estaba, no había duda, las imágenes son claras y nítidas. No es un truco, no es un montaje, no sabemos de dónde sale, decía un ingeniero con bata blanca y acento alemán, que hace más gracia. Pasadas a menor resolución se veía sin lugar a dudas que el balón entraba y que inmediatamente después entraba en la portería Adelardo. Y no sólo eso. A velocidad aún menor se distinguía perfectamente, tras Adelardo, el corpachón de Arteche que también entraba cargando, para asegurarse de que el gol era gol. A su lado, más fino pero igual de mortal, Gárate. Frotándose los ojos, los ingenieros consiguieron ralentizar aún más la imagen. Tras Adelardo, Arteche y Gárate entraban en tropel Escudero, Dirceu, Alemão, Luis Aragonés y Ayala. A su misma altura Futre, Mendonça, Peiró, Collar, Kiko, Pantic y la señora que tiró los zapatos a Álvarez Margüenda. A alguno de los científicos le pareció ver la silueta fantasmal de un tipo rubio y con pecas con porte arcangelical, si bien esto no fue tan nítido; más claro pareció que intentaba entrar tórpemente al remate Indy, pero las imágenes mostraban cómo le apartaba de un manotazo Simeone, que también entraba en plancha en la portería, a estas alturas convertida en una montonera de brazos, piernas y camisetas rojiblancas de todas las épocas.
Con el balón ya en el centro de la portería seguía entrando gente. Como si temieran que el balón pudiera escaparse, entraban atropellándose jugadores y aficionados, embistiendo como una manada de búfalos. A trompicones entró medio fondo Sur, la Peña Atlética Patones y el Frente de Liberación Panadero Díaz embistiendo con la barra de Casa Miguel, con grifo de cerveza y todo. Tras ellos, veintitrés señores con bigotito y abono en preferencia, el Alevín B en pleno, el Féminas con sus fisioterapeutas, Cecilio Alonso y la coral de la Catedral de Burgos, que estaba de paso. Entraron abriéndose paso a cabezazos Iñaki, Patacho, Fino, Pedro y Karen Quinlan, un montón de señores vestidos de indio, un grupo de abuelas con bufandas tejidas a mano, Mariano Pernía y los gemelos Pablo y Mario, aprovechando la confusión para inundar la portería con una regadera de plástico. Incluso cuando ya no había posibilidad física de que cupiera más gente en la portería, seguían llegando aficionados para evitar que se saliera el balón hasta que, como traca final, entró como un cañón la delantera en pleno del Rugby Atleti con la cabeza abajo y en perfecta formación de maul. Sólo entonces quedó claro al resto que ese partido no se escapaba.
En el instante siguiente, las imágenes son también claras; ahí no hay nadie. Nadie. Sólo Forlán corriendo y obligando a la afición a apuntarse al gimnasio, sólo los compañeros sonriendo de oreja a oreja, sólo la afición abrazándose y lanzando el puño al cielo.
Ni rastro de la multitud que un instante antes entraba furiosa en la portería de Anfield.
Ni rastro aunque todos, todos, sabemos que allí estuvieron.
Llegaron a la oficina un poco más tarde de lo habitual y con bastante mala cara, pero daba igual. Algunos lucían ojeras malva, otros voz cazallera, casi todos cara de haber dormido poco y mal, pero daba igual. Llegaban a la oficina así, sin ganas pero con ganas, una cosa rara difícil de explicar, pocas ganas de levantarse, pocas ganas de trabajar pero ganas de ver a los buenos compañeros y un poco también de ver a los malos. A algunos les recibieron entre aplausos con todo el departamento financiero puesto en pie flameando post-its de colores, a otros con formales enhorabuenas y felicidades y habrás disfrutado, ¿no?, a algunos les reservaron las mejores grapadoras y calculadoras solares para ellos solitos y a otros les recibieron con ese desdén disimulado que denota rabia y cierta envidia, pero daba lo mismo. Algunos no llevaron más que media sonrisilla y otros llevaron churros y magdalenas y hasta tartas rojiblancas, hombre, qué celebramos hoy, ay, Martínez, si no lo sabes mejor ni preguntes, Martínez, hombre.
La mañana discurrió igual al resto pero distinta al resto, porque casi nada importaba. Se grapaban las facturas con menos ganas y menos concentración, se atendían llamadas de amigos saliendo a la máquina de café y volviendo diez minutos más tarde con esa sonrisilla tonta que se le queda al que acaba de ver a un tipo simpático al que hacía tiempo que no veía por la calle. Daban igual los comentarios de lunes supuestamente ingeniosos del vigilante de la entrada y del ordenanza miope del ford escort azul, sencillamente porque no había comentarios hoy, faltaría más. Se leyeron todos los periódicos de la oficina de cabo a rabo a ojos de todos y sin disimular, sin pararse en las páginas serias de política y economía y sin tocar si quiera las páginas financieras color gazpacho que a diario se veían obligados a mirar en detalle para que los compañeros pensaran que les interesaban muchísimo. Pero ese día no, ese día era distinto, ese día no trabajaban con el mismo mimo. Ese día ordenaban facturas sin mucho interés, metían datos sin demasiada meticulosidad y les daba igual lo que les dijera el jefe. A ver, Vd, Quesada, esos informes, los quiero en mi despacho en una hora, decía el jefe. Sí, sí, decía Quesada, y acto seguido se levantaba delante de todo el mundo y se iba a tomarse el quinto café de la mañana sin disimular, porque todo le daba igual. Todo, o casi todo. Le daba igual cuadrar el balance, le daba igual encontrar el papel verde que todo el mundo necesita, no le apetecía ponerse farruco para reclamar una factura a un señor al que tampoco le apetecía hablar y que estaba además en la Puebla de Montalbán. Si veían un impreso arrugado no lo planchaban, si veían un clip doblado no lo cambiaban, si veían una factura para un cliente que se llamaba Domínguez le hacían un 40% de descuento así, por las buenas, sin importarle si cuadraba o no. Porque ese día nada importaba, salvo lo que importaba.
Tres meses más tarde saltarían las alarmas en la Agencia Tributaria. ¿Pero se puede saber qué pasó a final de Abril en todas estas empresas? No hay un balance que cuadre, no hay un impreso bien hecho, no hay un impuesto bien pagado. No puede ser un fallo informático, no puede ser un error matemático, esto tiene que ser un complot organizado, un ataque coordinado entre contables y financieros rebeldes, puestos de acuerdo el día 30 de abril para confundir y alterar a la autoridad. Ojo, un mensaje del Ministerio, alarma social, los contables no son los únicos. Lo mismo ha pasado en otros gremios, cuidado que parece que el ataque coordinado cuenta también con el apoyo de carteros, cerrajeros, callistas, topógrafos, neurocirujanos, traductores y trapecistas: nadie ha dado pie con bola el 30 de Abril, un importante sector de la población ha estado ausente todo ese día, sin hacer su trabajo, como ido, como atontado, con una sonrisilla rara. La ONU sospecha que pueda ser una pandemia puntual, el Cesid cree que es un caso de hipnosis selectiva, la OTAN sospecha de una infiltración masiva de espías enemigos.
El caso es que el 30 de Abril en Madrid casi nadie ha hecho nada que no fuera sonreír, y los que realmente saben de esto creen que el verdadero motivo es una general y monumental resaca.
Hemos vuelto, que tiemble el sistema (sobre todo, el financiero).
____
Podríamos hablar del partido, la verdad, podríamos. Podríamos hablar del sorprendente planteamiento táctico de Benítez, de los tres centrales y el centro del campo superpoblado, de la ausencia de Κυργιάκος, el deseado por nosotros, y de la curiosa posición de Aquilani, que tantos problemas causó a la defensa y a los medio centros del Atleti. Podríamos hablar de los tres minutos de vértigo con los que el Liverpool recibió al Atleti, del vendaval de remates y corners que se sucedieron tras el pitido inicial y de la providencial parada de De Gea que, de no haber existido, podría haber cambiado todo. Podríamos hablar de cómo se fue desperezando poco a poco el Atleti, de cómo tardó tiempo en dar tres pases seguidos, tragar saliva y darse cuenta de que debía empezar a jugar y no sólo a achicar balones y defenderse panza arriba. Podríamos hablar de cómo el gol de Aquilani cayó como un mazazo en el equipo cuando parecía que se empezaba a encontrar la senda, de cómo heló la sangre de la afición y secó las gargantas de los que, a esas alturas, creían que podrían tener por delante un partido plácido. Podríamos, pero no lo haremos.
Podríamos hablar de lo difícil que es ver bien el fútbol en televisión, de entender quién es quién y dónde está cuando se sigue el partido en una pantalla gigante. Podríamos hablar de la malísima realización de la televisión, de los irritantes planos de los entrenadores cuando los jugadores se disponían a tirar a puerta o de las inapropiadas aunque ecológicas imágenes de una urraca con la que nos obsequiaron durante un rato. También podríamos hablar de la imagen de la celebración de Torres en el primer gol del Liverpool y de cómo a todos se nos pasan por la cabeza los nombres y opiniones de ese vecino pesado y amargo que espera cualquier gesto del Niño para proclamar a los cuatro vientos ese anti-atleticismo y gusto por la traición que sólo él ve. Podríamos hablar de cuánto nos habría gustado estar en Anfield y ver en directo el partido y la celebración posterior, o de lo que nos gusta ver a tres mil de los nuestros animando sin parar. Podríamos hablar también de la envidia que le produce al que suscribe ver cómo hay estadios en los que Simão se puede caer de cabeza entre el público sin que nadie intente hacer nada distinto a ayudarle a que no se rompa la crisma, o en los que el público se sienta a tres metros de los jugadores y no hay ni amago de agresión, escupitajo o voz malsonante. Podríamos también hablar de la caballerosidad de algún aficionado del Liverpool dispuesto a cruzarse Madrid únicamente para tomarse una cerveza con la afición del Atleti y desearle suerte en la final, un ejemplo para todos. Podríamos, sí, pero no lo haremos.
Podríamos hablar de lo contentos que estamos por las buenas actuaciones de Perea en los últimos partidos importantes y por la recobrada autoridad de Antonio López en estos mismos partidos. Podríamos hablar, con la mano bajo la barbilla para recoger la abundante baba segregada, de Domínguez y su personalidad y su trabajo y sus galones y su concentración y su forma física y su hombría a la hora de enfrentarse a jugadores de más peso físico y deportivo que él. Podríamos hablar, una vez más, de la omnipresencia de Assunção y de su derroche físico o de cómo Simão parece ausente pero aparece de vez en cuando para hacer cosas con criterio. También podríamos hablar de Raúl García, de nuevo impreciso en algunos pases y decisiones pero enorme en el esfuerzo, generosísimo a la hora de enseñarse a los compañeros y vital en los últimos minutos del partido, cuando, tras pasar un valle físico, volvió a subir sus prestaciones convirtiéndose en uno de los nombres propios con mayúsculas de toda la Europa League disputada por el Atleti. Podríamos hablar de cómo Agüero no estuvo a la altura que esperábamos, sin duda por culpa de esa barbita nueva sobre la que tendría que actuar con contundencia la División de Barbería de la Guardia Civil, o de cómo Jurado tampoco estuvo al nivel que preveíamos, pero esta vez por lo contrario. Porque podríamos hablar de cómo la entrada de Jurado dio aire al equipo, le permitió tener el balón, echar unos metros atrás al rival y hacerle dudar de su propio sistema gracias a las arrancadas y la verticalidad de un jugador al que tantas veces hemos criticado y que ayer nos gustó. Podríamos, sí, pero no lo haremos.
Y no lo haremos porque sólo hablaremos de un gol. Del gol que aparentemente metió Forlán en el minuto 102 del partido, en el minuto 12 de la prórroga, 8 minutos después de que Benayoun nos diera un disgusto que nunca pensamos que alguien tan flacucho fuera capaz de darnos. Sólo hablaremos de cómo Reyes, a quien más de uno y más de mil habríamos querido tirar al pilón tras hacer de Don Tancredo frente a su par en el primer gol, se llevó por arriba un balón al que también llegaba Johnson, ahí es nada, todo un armario ropero. Hablaremos de cómo controló Reyes, como levantó la cabeza y como dio un toque sutil, un toque que pocos pueden dar, para dejarle el balón en buena, aunque difícil posición, a Forlán. Hablaremos de cómo Forlán, que había hecho un partido insulso hasta el momento, llegó desde atrás y remató a bote pronto y acomodando el cuerpo con más calidad de lo que parecía en un primer momento y metió con autoridad el balón hasta dentro de la portería, la única forma de marcar a un porterazo como Reina. Marcó Forlán y estallaron los bares y las casas y los parlamentos de varias repúblicas ex soviéticas, e incluso en medio de la explosión la afición más sagaz vio algo raro en las imágenes. Forlán remataba a gol pero no lo hacía normalmente, algo raro había en el gesto, daba la impresión de que no era un gesto limpio, natural.
Pasaron las repeticiones y se seguía viendo algo raro. Mejoraron los técnicos la resolución de la imagen y aún así no quedaba claro qué pasaba. Grabaron una cinta, la llevaron a un equipo más potente manejado por ingenieros con grandes gafas y pasaron la imagen marco a marco, fotograma por fotograma. Un tratamiento detallado de la imagen desveló el misterio: acomodó el cuerpo Forlán, golpeó el balón y éste entró en la portería, pero las imágenes dejaban claro que había algo más.
- Ahí hay algo
- Sí, pero ¿qué?
- Pues parece Adelardo
Tocó Forlán el balón y las imágenes mostraron que, para asegurarse de que entraba, detrás del pie de Forlán entraba, como un tren de mercancías, Adelardo Rodríguez Sánchez, el histórico jugador del Atleti que no pasa un buen momento. Nadie sabe de dónde salió ese hombre, nadie se lo esperaba, pero ahí estaba, no había duda, las imágenes son claras y nítidas. No es un truco, no es un montaje, no sabemos de dónde sale, decía un ingeniero con bata blanca y acento alemán, que hace más gracia. Pasadas a menor resolución se veía sin lugar a dudas que el balón entraba y que inmediatamente después entraba en la portería Adelardo. Y no sólo eso. A velocidad aún menor se distinguía perfectamente, tras Adelardo, el corpachón de Arteche que también entraba cargando, para asegurarse de que el gol era gol. A su lado, más fino pero igual de mortal, Gárate. Frotándose los ojos, los ingenieros consiguieron ralentizar aún más la imagen. Tras Adelardo, Arteche y Gárate entraban en tropel Escudero, Dirceu, Alemão, Luis Aragonés y Ayala. A su misma altura Futre, Mendonça, Peiró, Collar, Kiko, Pantic y la señora que tiró los zapatos a Álvarez Margüenda. A alguno de los científicos le pareció ver la silueta fantasmal de un tipo rubio y con pecas con porte arcangelical, si bien esto no fue tan nítido; más claro pareció que intentaba entrar tórpemente al remate Indy, pero las imágenes mostraban cómo le apartaba de un manotazo Simeone, que también entraba en plancha en la portería, a estas alturas convertida en una montonera de brazos, piernas y camisetas rojiblancas de todas las épocas.
Con el balón ya en el centro de la portería seguía entrando gente. Como si temieran que el balón pudiera escaparse, entraban atropellándose jugadores y aficionados, embistiendo como una manada de búfalos. A trompicones entró medio fondo Sur, la Peña Atlética Patones y el Frente de Liberación Panadero Díaz embistiendo con la barra de Casa Miguel, con grifo de cerveza y todo. Tras ellos, veintitrés señores con bigotito y abono en preferencia, el Alevín B en pleno, el Féminas con sus fisioterapeutas, Cecilio Alonso y la coral de la Catedral de Burgos, que estaba de paso. Entraron abriéndose paso a cabezazos Iñaki, Patacho, Fino, Pedro y Karen Quinlan, un montón de señores vestidos de indio, un grupo de abuelas con bufandas tejidas a mano, Mariano Pernía y los gemelos Pablo y Mario, aprovechando la confusión para inundar la portería con una regadera de plástico. Incluso cuando ya no había posibilidad física de que cupiera más gente en la portería, seguían llegando aficionados para evitar que se saliera el balón hasta que, como traca final, entró como un cañón la delantera en pleno del Rugby Atleti con la cabeza abajo y en perfecta formación de maul. Sólo entonces quedó claro al resto que ese partido no se escapaba.
En el instante siguiente, las imágenes son también claras; ahí no hay nadie. Nadie. Sólo Forlán corriendo y obligando a la afición a apuntarse al gimnasio, sólo los compañeros sonriendo de oreja a oreja, sólo la afición abrazándose y lanzando el puño al cielo.
Ni rastro de la multitud que un instante antes entraba furiosa en la portería de Anfield.
Ni rastro aunque todos, todos, sabemos que allí estuvieron.
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