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viernes, 30 de abril de 2010

Crónica de un gol que pareció ser de Forlán

Hay días en los que casi todo da más o menos igual, salvo lo que realmente importa.
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Llegaron a la oficina un poco más tarde de lo habitual y con bastante mala cara, pero daba igual. Algunos lucían ojeras malva, otros voz cazallera, casi todos cara de haber dormido poco y mal, pero daba igual. Llegaban a la oficina así, sin ganas pero con ganas, una cosa rara difícil de explicar, pocas ganas de levantarse, pocas ganas de trabajar pero ganas de ver a los buenos compañeros y un poco también de ver a los malos. A algunos les recibieron entre aplausos con todo el departamento financiero puesto en pie flameando post-its de colores, a otros con formales enhorabuenas y felicidades y habrás disfrutado, ¿no?, a algunos les reservaron las mejores grapadoras y calculadoras solares para ellos solitos y a otros les recibieron con ese desdén disimulado que denota rabia y cierta envidia, pero daba lo mismo. Algunos no llevaron más que media sonrisilla y otros llevaron churros y magdalenas y hasta tartas rojiblancas, hombre, qué celebramos hoy, ay, Martínez, si no lo sabes mejor ni preguntes, Martínez, hombre.

La mañana discurrió igual al resto pero distinta al resto, porque casi nada importaba. Se grapaban las facturas con menos ganas y menos concentración, se atendían llamadas de amigos saliendo a la máquina de café y volviendo diez minutos más tarde con esa sonrisilla tonta que se le queda al que acaba de ver a un tipo simpático al que hacía tiempo que no veía por la calle. Daban igual los comentarios de lunes supuestamente ingeniosos del vigilante de la entrada y del ordenanza miope del ford escort azul, sencillamente porque no había comentarios hoy, faltaría más. Se leyeron todos los periódicos de la oficina de cabo a rabo a ojos de todos y sin disimular, sin pararse en las páginas serias de política y economía y sin tocar si quiera las páginas financieras color gazpacho que a diario se veían obligados a mirar en detalle para que los compañeros pensaran que les interesaban muchísimo. Pero ese día no, ese día era distinto, ese día no trabajaban con el mismo mimo. Ese día ordenaban facturas sin mucho interés, metían datos sin demasiada meticulosidad y les daba igual lo que les dijera el jefe. A ver, Vd, Quesada, esos informes, los quiero en mi despacho en una hora, decía el jefe. Sí, sí, decía Quesada, y acto seguido se levantaba delante de todo el mundo y se iba a tomarse el quinto café de la mañana sin disimular, porque todo le daba igual. Todo, o casi todo. Le daba igual cuadrar el balance, le daba igual encontrar el papel verde que todo el mundo necesita, no le apetecía ponerse farruco para reclamar una factura a un señor al que tampoco le apetecía hablar y que estaba además en la Puebla de Montalbán. Si veían un impreso arrugado no lo planchaban, si veían un clip doblado no lo cambiaban, si veían una factura para un cliente que se llamaba Domínguez le hacían un 40% de descuento así, por las buenas, sin importarle si cuadraba o no. Porque ese día nada importaba, salvo lo que importaba.

Tres meses más tarde saltarían las alarmas en la Agencia Tributaria. ¿Pero se puede saber qué pasó a final de Abril en todas estas empresas? No hay un balance que cuadre, no hay un impreso bien hecho, no hay un impuesto bien pagado. No puede ser un fallo informático, no puede ser un error matemático, esto tiene que ser un complot organizado, un ataque coordinado entre contables y financieros rebeldes, puestos de acuerdo el día 30 de abril para confundir y alterar a la autoridad. Ojo, un mensaje del Ministerio, alarma social, los contables no son los únicos. Lo mismo ha pasado en otros gremios, cuidado que parece que el ataque coordinado cuenta también con el apoyo de carteros, cerrajeros, callistas, topógrafos, neurocirujanos, traductores y trapecistas: nadie ha dado pie con bola el 30 de Abril, un importante sector de la población ha estado ausente todo ese día, sin hacer su trabajo, como ido, como atontado, con una sonrisilla rara. La ONU sospecha que pueda ser una pandemia puntual, el Cesid cree que es un caso de hipnosis selectiva, la OTAN sospecha de una infiltración masiva de espías enemigos.

El caso es que el 30 de Abril en Madrid casi nadie ha hecho nada que no fuera sonreír, y los que realmente saben de esto creen que el verdadero motivo es una general y monumental resaca.

Hemos vuelto, que tiemble el sistema (sobre todo, el financiero).
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Podríamos hablar del partido, la verdad, podríamos. Podríamos hablar del sorprendente planteamiento táctico de Benítez, de los tres centrales y el centro del campo superpoblado, de la ausencia de Κυργιάκος, el deseado por nosotros, y de la curiosa posición de Aquilani, que tantos problemas causó a la defensa y a los medio centros del Atleti. Podríamos hablar de los tres minutos de vértigo con los que el Liverpool recibió al Atleti, del vendaval de remates y corners que se sucedieron tras el pitido inicial y de la providencial parada de De Gea que, de no haber existido, podría haber cambiado todo. Podríamos hablar de cómo se fue desperezando poco a poco el Atleti, de cómo tardó tiempo en dar tres pases seguidos, tragar saliva y darse cuenta de que debía empezar a jugar y no sólo a achicar balones y defenderse panza arriba. Podríamos hablar de cómo el gol de Aquilani cayó como un mazazo en el equipo cuando parecía que se empezaba a encontrar la senda, de cómo heló la sangre de la afición y secó las gargantas de los que, a esas alturas, creían que podrían tener por delante un partido plácido. Podríamos, pero no lo haremos.

Podríamos hablar de lo difícil que es ver bien el fútbol en televisión, de entender quién es quién y dónde está cuando se sigue el partido en una pantalla gigante. Podríamos hablar de la malísima realización de la televisión, de los irritantes planos de los entrenadores cuando los jugadores se disponían a tirar a puerta o de las inapropiadas aunque ecológicas imágenes de una urraca con la que nos obsequiaron durante un rato. También podríamos hablar de la imagen de la celebración de Torres en el primer gol del Liverpool y de cómo a todos se nos pasan por la cabeza los nombres y opiniones de ese vecino pesado y amargo que espera cualquier gesto del Niño para proclamar a los cuatro vientos ese anti-atleticismo y gusto por la traición que sólo él ve. Podríamos hablar de cuánto nos habría gustado estar en Anfield y ver en directo el partido y la celebración posterior, o de lo que nos gusta ver a tres mil de los nuestros animando sin parar. Podríamos hablar también de la envidia que le produce al que suscribe ver cómo hay estadios en los que Simão se puede caer de cabeza entre el público sin que nadie intente hacer nada distinto a ayudarle a que no se rompa la crisma, o en los que el público se sienta a tres metros de los jugadores y no hay ni amago de agresión, escupitajo o voz malsonante. Podríamos también hablar de la caballerosidad de algún aficionado del Liverpool dispuesto a cruzarse Madrid únicamente para tomarse una cerveza con la afición del Atleti y desearle suerte en la final, un ejemplo para todos. Podríamos, sí, pero no lo haremos.

Podríamos hablar de lo contentos que estamos por las buenas actuaciones de Perea en los últimos partidos importantes y por la recobrada autoridad de Antonio López en estos mismos partidos. Podríamos hablar, con la mano bajo la barbilla para recoger la abundante baba segregada, de Domínguez y su personalidad y su trabajo y sus galones y su concentración y su forma física y su hombría a la hora de enfrentarse a jugadores de más peso físico y deportivo que él. Podríamos hablar, una vez más, de la omnipresencia de Assunção y de su derroche físico o de cómo Simão parece ausente pero aparece de vez en cuando para hacer cosas con criterio. También podríamos hablar de Raúl García, de nuevo impreciso en algunos pases y decisiones pero enorme en el esfuerzo, generosísimo a la hora de enseñarse a los compañeros y vital en los últimos minutos del partido, cuando, tras pasar un valle físico, volvió a subir sus prestaciones convirtiéndose en uno de los nombres propios con mayúsculas de toda la Europa League disputada por el Atleti. Podríamos hablar de cómo Agüero no estuvo a la altura que esperábamos, sin duda por culpa de esa barbita nueva sobre la que tendría que actuar con contundencia la División de Barbería de la Guardia Civil, o de cómo Jurado tampoco estuvo al nivel que preveíamos, pero esta vez por lo contrario. Porque podríamos hablar de cómo la entrada de Jurado dio aire al equipo, le permitió tener el balón, echar unos metros atrás al rival y hacerle dudar de su propio sistema gracias a las arrancadas y la verticalidad de un jugador al que tantas veces hemos criticado y que ayer nos gustó. Podríamos, sí, pero no lo haremos.

Y no lo haremos porque sólo hablaremos de un gol. Del gol que aparentemente metió Forlán en el minuto 102 del partido, en el minuto 12 de la prórroga, 8 minutos después de que Benayoun nos diera un disgusto que nunca pensamos que alguien tan flacucho fuera capaz de darnos. Sólo hablaremos de cómo Reyes, a quien más de uno y más de mil habríamos querido tirar al pilón tras hacer de Don Tancredo frente a su par en el primer gol, se llevó por arriba un balón al que también llegaba Johnson, ahí es nada, todo un armario ropero. Hablaremos de cómo controló Reyes, como levantó la cabeza y como dio un toque sutil, un toque que pocos pueden dar, para dejarle el balón en buena, aunque difícil posición, a Forlán. Hablaremos de cómo Forlán, que había hecho un partido insulso hasta el momento, llegó desde atrás y remató a bote pronto y acomodando el cuerpo con más calidad de lo que parecía en un primer momento y metió con autoridad el balón hasta dentro de la portería, la única forma de marcar a un porterazo como Reina. Marcó Forlán y estallaron los bares y las casas y los parlamentos de varias repúblicas ex soviéticas, e incluso en medio de la explosión la afición más sagaz vio algo raro en las imágenes. Forlán remataba a gol pero no lo hacía normalmente, algo raro había en el gesto, daba la impresión de que no era un gesto limpio, natural.

Pasaron las repeticiones y se seguía viendo algo raro. Mejoraron los técnicos la resolución de la imagen y aún así no quedaba claro qué pasaba. Grabaron una cinta, la llevaron a un equipo más potente manejado por ingenieros con grandes gafas y pasaron la imagen marco a marco, fotograma por fotograma. Un tratamiento detallado de la imagen desveló el misterio: acomodó el cuerpo Forlán, golpeó el balón y éste entró en la portería, pero las imágenes dejaban claro que había algo más.

- Ahí hay algo
- Sí, pero ¿qué?
- Pues parece Adelardo

Tocó Forlán el balón y las imágenes mostraron que, para asegurarse de que entraba, detrás del pie de Forlán entraba, como un tren de mercancías, Adelardo Rodríguez Sánchez, el histórico jugador del Atleti que no pasa un buen momento. Nadie sabe de dónde salió ese hombre, nadie se lo esperaba, pero ahí estaba, no había duda, las imágenes son claras y nítidas. No es un truco, no es un montaje, no sabemos de dónde sale, decía un ingeniero con bata blanca y acento alemán, que hace más gracia. Pasadas a menor resolución se veía sin lugar a dudas que el balón entraba y que inmediatamente después entraba en la portería Adelardo. Y no sólo eso. A velocidad aún menor se distinguía perfectamente, tras Adelardo, el corpachón de Arteche que también entraba cargando, para asegurarse de que el gol era gol. A su lado, más fino pero igual de mortal, Gárate. Frotándose los ojos, los ingenieros consiguieron ralentizar aún más la imagen. Tras Adelardo, Arteche y Gárate entraban en tropel Escudero, Dirceu, Alemão, Luis Aragonés y Ayala. A su misma altura Futre, Mendonça, Peiró, Collar, Kiko, Pantic y la señora que tiró los zapatos a Álvarez Margüenda. A alguno de los científicos le pareció ver la silueta fantasmal de un tipo rubio y con pecas con porte arcangelical, si bien esto no fue tan nítido; más claro pareció que intentaba entrar tórpemente al remate Indy, pero las imágenes mostraban cómo le apartaba de un manotazo Simeone, que también entraba en plancha en la portería, a estas alturas convertida en una montonera de brazos, piernas y camisetas rojiblancas de todas las épocas.

Con el balón ya en el centro de la portería seguía entrando gente. Como si temieran que el balón pudiera escaparse, entraban atropellándose jugadores y aficionados, embistiendo como una manada de búfalos. A trompicones entró medio fondo Sur, la Peña Atlética Patones y el Frente de Liberación Panadero Díaz embistiendo con la barra de Casa Miguel, con grifo de cerveza y todo. Tras ellos, veintitrés señores con bigotito y abono en preferencia, el Alevín B en pleno, el Féminas con sus fisioterapeutas, Cecilio Alonso y la coral de la Catedral de Burgos, que estaba de paso. Entraron abriéndose paso a cabezazos Iñaki, Patacho, Fino, Pedro y Karen Quinlan, un montón de señores vestidos de indio, un grupo de abuelas con bufandas tejidas a mano, Mariano Pernía y los gemelos Pablo y Mario, aprovechando la confusión para inundar la portería con una regadera de plástico. Incluso cuando ya no había posibilidad física de que cupiera más gente en la portería, seguían llegando aficionados para evitar que se saliera el balón hasta que, como traca final, entró como un cañón la delantera en pleno del Rugby Atleti con la cabeza abajo y en perfecta formación de maul. Sólo entonces quedó claro al resto que ese partido no se escapaba.

En el instante siguiente, las imágenes son también claras; ahí no hay nadie. Nadie. Sólo Forlán corriendo y obligando a la afición a apuntarse al gimnasio, sólo los compañeros sonriendo de oreja a oreja, sólo la afición abrazándose y lanzando el puño al cielo.

Ni rastro de la multitud que un instante antes entraba furiosa en la portería de Anfield.

Ni rastro aunque todos, todos, sabemos que allí estuvieron.

viernes, 23 de abril de 2010

Defensiva crónica desde el estadio más bonito del planeta

El Atleti ganó y se acerca a una final europea. Si nos lo dicen hace tres meses, llamamos a un médico.


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Miren que despotricamos y criticamos todo, miren que no dejamos títere con cabeza. Nos parece mal el director deportivo, la empresa de limpieza, el sistema de tornos, las colas de los baños en el medio tiempo, la revista oficial, las cartas que manda el club, el abono total y la mascota, sobre todo la mascota. No soportamos a la directiva, no nos gustan los cambios del entrenador, nos irrita la planificación deportiva y la confección de la plantilla, nos molesta cómo nos trata la prensa y cómo nos ignora, las dos cosas. Despotricamos cuando perdemos con el colista, no asumimos no ganar un derbi desde hace tanto tiempo, estamos cansados que de que nos cuenten milongas sobre fichajes que no llegan y sobre flecos que resolverán inminentemente. Lamentamos el momento actual, lamentamos el pasado reciente, nos ofende el pasado a medio plazo y echamos de menos el Pasado, con mayúsculas. Nos molesta haber perdido las medias con vuelta blanca, nos molesta que nos cobren el abono antes de cerrar fichajes, nos desespera saber que venderán a los buenos y nos traerán medianías, nos llena de ira pensar que pronto dejaremos de ir los domingos a Pirámides y nos entristece ver al mejor de los nuestros conduciendo por la izquierda.

Pero llega un partido grande contra un rival de peso que nos permite pensar que quizás volvamos a estar pronto donde merecemos, y no hay discusión. Se movilizan las pandillas, se llama a las Peñas, se piden entradas a diestro y siniestro. Se queda antes, se queda después, se reservan trenes, aviones y diligencias. Se sacan las camisetas de la suerte del armario, se desdoblan las bufandas que nos regalaron nuestras mamás, se hacen los rituales de la buena suerte que siempre nos acompañaron, también en los fracasos. Se reciben llamadas de gente con la que hace tiempo que no hablábamos, se mandan mensajes a los que, desde la distancia, sabemos que sienten lo mismo. Nos brillan los ojos, nos tiemblan las manos, se nos acelera el pulso y pasamos varios días con esa sonrisa idiota que se le queda a uno cuando piensa en algo bueno y no lo comparte con nadie. Llegamos roncos al trabajo, llegamos acelerados a las citas, llegamos los primeros a leer la prensa y ver qué se dice de algo que ya sabemos. Nos reconocemos por la calle y en los bares por llevar los ojillos contentos y cara de cansancio, nos damos palmadas en las espaldas y vemos más monos a los niños del vecino.

Porque, en el fondo, no tenemos remedio.

Y nos encanta.

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Salió el Atleti al campo y tragó saliva. Tragó saliva al ver la grada, tan bonita como en los partidos grandes y tan entregada como cuando el equipo lo merece. Miraron los jugadores a la grada y se miraron entre ellos y todos, sin excepción, dijeron lo mismo:

- Joder

Porque ayer estaba la grada del Calderón para presumir, para enseñarla a los invitados, para envolverla y llevársela a casa y verla todos los días nada más levantarse. Llena y agitada, con gente en los pasillos y en los vomitorios, con nuevos y no habituales y viejos y de siempre, con niños y señoras comiéndose las uñas, con tipos abrazados y aficionados rivales de categoría. Bien peinada, bien vestida, guapa de domingo en jueves y con cuerpo de jota de viernes. Cuando la grada del Calderón está como ayer y se comporta como ayer, no hay volcán islandés ni catástrofe natural que justifique no ir campo.
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Salió el Atleti a jugar un partido al que teníamos la sensación de haber llegado de rebote hasta que no empezó. Pitó el árbitro y la gente se dijo que esto empieza, oiga, que si lo hacemos bien nos metemos en una final europea, que yo no había caído hasta ahora, en qué estaría yo pensando. Lo sabíamos, sabíamos lo que había en juego, pero hasta que no apareció el Liverpool y se plantó en el campo, no caímos del todo.

Salió De Gea vestido de Camy naranja y volvió al vestuario sin sudar y sin ni una manchita de césped en la ropa. No es que De Gea pretendiera ahorrar detergente Elena al club, ni que hubiera decidido contribuir a la conservación del medio ambiente a todo precio; es que no tocó un balón, ni se tiró al suelo, ni se asustó casi y si llegan a tirarle de la grada un librito de sudokus los hace todos y pide otro nuevo de sopa de letras hacia el minuto veinte del segundo tiempo. La portería del Atleti vivió un partido tranquilo, quién lo iba a decir.

La culpa de este hecho poco frecuente puede estar sin duda en la poca capacidad ofensiva del visitante. Sin Torres el Liverpool es menos de la mitad, y mirando sólo a su ataque es mucho menos de un cuarto. Huérfano el rival de su referencia, sólo Gerrard parecía poder hacer algo de daño. No lo hizo. Jugó Gerrard como sin ganas, como diciendo psché, no me apetece a mi esto, a ver si acaba ya y se va el entrenador, que me cae gordo y no es un juego de palabras. Anduvo Gerrard un rato algo menos enfurruñado y con posibilidades de hacer daño entre líneas, pero no duró mucho el tema. Ni Kuyt, espeso, ni Benayoun, Ngog o luego Babel tuvieron ni capacidad ni posibilidad de amargarle a De Gea el libro de jeroglíficos de Ocón de Oro.

Quizás, se preguntará el lector ávido de encontrar explicaciones al hecho insólito de que De Gea pasase la noche bostezando, el motivo se encuentre en el audaz planteamiento del partido, esperando una crónica que hable de un Atleti volcado al ataque con el rival atrincherado en su área. No fue tampoco éste el motivo: el Atleti jugó con dos interiores, un punta y un satélite de los otros tres y no sacó todo el jugo que el rival tenía. Marcó Forlán en el minuto nueve tras un remate pifiado que, milagrosamente, le cayó en un pié con tiempo suficiente como para que no llegara Reina. Forlán, que luego intentaría una vaselina demasiado audaz, falló y marcó todo-en-uno tras una muy buena jugada de Jurado por la banda; esta jugada reluce con fuerza en el partido general de Jurado, gris de un tono un poco menos oscuro que otras veces pero gris y al fin y al cabo, como siempre. Jurado recibió en el primer minuto un aviso de Mascherano y, dado que al parecer no se enteró bien de lo que le querían decir, el argentino se dedicó a chocar con el gaditano durante todo el partido, consciente de que no es difícil intimidarle. Alguien dijo a Mascherano lo que todos por aquí, también los argentinos del equipo, sabemos; nos imaginamos quién pudo ser.

El resto del ataque del Atleti, es decir, Simão y Reyes, no fue tampoco suficiente para meter al Liverpool todo el miedo que se podría haber metido. Sin Skrtel, el Liverpool salió con Carragher y Kyrgiakos en el centro, Agger y Johnson en los laterales. El Atleti debió probar más el centro de la defensa, especialmente débil por el lado griego y más aún tras su tarjeta (si bien fue casi al final), pero no lo hizo. Desconectado Forlán del resto, Simão evidenció cansancio y querencia a meterse al centro, dejando la banda con sitio. Cuando probó por ella se topó con el corpachón de Johnson, un buen jugador con el que las tuvo tiesas a pesar de las buenas formas del inglés. Aún haciendo un partido discreto, Simão estuvo a punto de marcar al rematar en plena caída un balón que sacó Reina. Simão, hasta en sus malos partidos, tiene estas cosas.

Así las cosas, sólo Reyes aportó cosas al ataque. Comenzó con sus clásicos uno contra unos terminados en caída estrepitosa con petición al árbitro de tarjetas de varios colores para el rival en su ya tradicional postura reclamatoria: sentado y con los brazos muy abiertos. Pero Reyes se fue confiando, se vio cómodo, vio que los rivales no lo estaban tanto, vio que le era fácil tirar caños y regates y se vino arriba hasta brillar. Reyes aportó lo que el resto no aportaban. Se fue de los rivales, tiró paredes, buscó a los compañeros y metió al Liverpool varios metros atrás él solito. En ocasiones no fue todo lo solidario que debía, en ocasiones se limitó a ver cómo se replegaban el resto y en ocasiones ignoró a compañeros con posiciones más ventajosas; pero Reyes hizo un partido notable, haciendo él solito más que todos sus compañeros atacantes y ganándose una ovación al retirarse, quizás la más merecida hasta ahora.

Llegados a este punto, el desconcierto de los lectores es mayúsculo. Si la placidez de De Gea no se basa sólo en la inoperancia rival ni tampoco en el ataque aplastante del equipo, ¿qué fue entonces?, se pregunta el lector, ya cansado; ¿qué fue entonces?, se pregunta un señor de Ponferrada al que el lector tiene al teléfono desde hace un rato; ¿qué fue entonces?, se pregunta el vecino del tercero, que sigue con atención los acontecimientos desde el patio de luces; ¿qué regalan aquí?, se pregunta una señora que pasa cerca y ve movimiento y aprovecha a ver si se lleva de balde un bolígrafo con logotipo. Pues la clave de todo, agárrense Vds, sujeten a los niños, atranquen puertas y ventanas, compren lotería, llamen a sus seres queridos, la clave de todo, señores, fue la defensa. ¿La defensa? La defensa, sí. ¿La defensa? Que sí, oiga, que fue la defensa. ¿La defensa del Atleti? Sí, la defensa del Atleti, no va a ser la del Hércules. ¿La defensa del Atleti de Madrid? Mire, es Vd un pesao, ya está bien.

El Atleti defendió bien y al parecer esto ha sido portada en varias hojas parroquiales de Tokio, Japón, y en un diario alemán. El Atleti defendió bien a un equipo que atacó mal, y antes de lanzar el debate de la gallina y el huevo desde aquí ya les decimos que el mérito fue del Atleti. El Atleti empezó a defender donde se debe hacer, esto es, con los medio centros. Raúl García, al que la grada mira con lupa deseando en apariencia que cometa fallos, falló algún control, pifió en un despeje al intentar el lance comúnmente llamado "tijereta jerezana" y entro blandito a algún balón que terminó por llevarse un rival. Tras todos estos defectos con diminutivo, hizo un nuevo partidazo; ahí queda. Incansable, movió el balón en largo y en corto, recuperó balones y nunca perdió la posición, enmendó errores propios y ajenos y tapó con cemento las grietas que dejaron los compañeros incapaces de bajar a tapar al rival. En un partido táctico, sin espacios, con tensión y difícil, que son los suyos, estuvo cómodo con Gerrard enfrente; Raúl García, qué cosas, es de esos jugadores a los que se ve más cómodo en partidos vitales que en los valles de la liga. Todo sea dicho, también estuvo cómodo por tener al lado a Assunção, de nuevo tremendo en el esfuerzo, de nuevo la columna sobre la que muchas veces descansa el peso de todo el equipo cuando el rival lanza el contraataque, de nuevo esencial. Assunção no es el amigo que en los viajes cuenta el mejor chiste o baila encima de un bafle; es el tipo que siempre lleva un duplicado de la llave del coche y sabe cambiar una rueda. Discreto, poco dado a las estridencias, vital.

Por detrás de los medio centros, los protagonistas del partido: Antonio López, Domínguez, Ujfalusi y Perea. Mientras Antonio López estuvo solvente y centrado, sin errores y valiente en el juego de cabeza, Domínguez estuvo como siempre. Domínguez no necesita acciones espectaculares porque comete pocos errores. Domínguez da la impresión de estar siempre concentrado, de saber siempre qué puede y debe hacer, qué es capaz de hacer y dónde no debe arriesgar. Domínguez tiene cosas de jugador veterano que asustan al que lee su fecha de nacimiento, y tiene un remate de cabeza que asusta a rivales más altos que él. El día que meta el gol que merece, que será pronto, nos alegraremos especialmente.



Párrafo aparte merece Ujfalusi. Ujfalusi rara vez juega mal y casi siempre juega bien. En partidos complicados, juega mejor. Ayer no sólo hizo lo que suele hacer siempre, que es defender bien, sino que hizo todo lo demás. Subió la banda, combinó en el área rival, tiró a puerta tras regatear rivales, tiró con la izquierda y casi marca, hizo pases de mérito, recuperó siempre su sitio. Ujfalusi hizo de todo salvo repartir las nóminas y cambiar el bote sifónico del vestuario, dando siempre la cobertura necesaria en defensa y convirtiéndose en la alternativa más fiable en ataque para desatascar las fases más espesas del equipo y multiplicando la curiosidad en la grada sobre qué tipo de antioxidantes consume. Ujfalusi jugó como jugaban los defensas antiguos: imponiendo su presencia, ayudando al resto a defender y dando opciones a los atacantes, poniendo ganas y riñones y tomando responsabilidades. Ahí es nada.



Y, para el final, Perea. Perea, que tantos fallos ha cometido y a quien tanto se ha criticado, muchas veces con crueldad e injusticia desde la grada. Perea, que a veces se lía y le da un pase al rival y hace que hasta el aficionado más paciente jure en arameo aunque luego, cuando lee sus entrevistas, no pueda sino perdonarle por ser un buen tipo, honesto y humilde. Perea, a quien recibió la mezquina afición del otro equipo grande de la capital con una ovación cerrada destinada a humillarle por culpa, en buena medida, del trato que nosotros mismos le hemos dado en casa. Perea, sí, Perea, hizo un partido memorable y si a estas horas está en casa con una sonrisa de oreja a oreja uno se alegrará enormemente. Perea cortó balones, sacó el peligro, no se complicó cuando no tuvo que hacerlo, dejó carreras para la memoria y rebañó un balón a Gerrard cuando este se iba solo a puerta que hizo preguntarse a algún miope entrado en años si era Luis Perea o Luiz Pereira quien andaba por la zona. Perea, eso sí, pifió una vez al dejar pasar un balón manso que debía controlar, regalando un fuera de banda. Y entonces la grada, tan bonita ayer, rompió en una ovación de esas que le hace a uno pensar que sí, que esa sí es la grada, que ese es el Atleti, que en ese preciso momento uno no podría ni debería estar en un sitio que no fuera ese.

El Atleti ganó 1-0 un partido que debería haber ganado 2-0, que quizás un equipo más competitivo y con más ambición habría ganado 2-0. Pero ganó uno cero y ahora le toca ir a Liverpool a despejar dudas sobre si esto ha sido un espejismo o si se toma las cosas en serio. En Anfield esperará, además de un equipo sin Torres y un par de centrales con taquicardia por que sí llegará Agüero, una afición maravillosa que ayer volvió a dar un ejemplo de cómo deberían ser las cosas. Menos numerosa que en la pasada visita por obra de la actividad volcánica nórdica, los aficionados del Liverpool protagonizaron un momento nunca antes vivido por el que suscribe. Retenidos en el estadio hasta un rato después del final del partido, salieron del campo en grupo por la calle que lleva hacia el metro Pirámides, entre grupos de aficionados del Atleti que en ese momento presentaban sus respetos a la familia Mahou alineados a los dos lados de la calle, cerca de los bares. Los aficionados del Liverpool cruzaron entre los del Atleti aplaudiendo a los locales, acercándose a saludar, dando la enhorabuena por la victoria, agradeciendo el trato recibido e invitando al personal a ir a Anfield para así tener la ocasión de corresponder al buen recibimiento como les gustaría. Sorprendida al principio, la afición del Atleti que aún andaba cerca dejó tercios, quintos, minis y latas en el suelo y correspondió a la ovación rival con otra ovación continua en una especie de pasillo rugbístico en el que los vencidos desfilaban, dignos y educados, entre ovaciones de los vencedores. Estas cosas, que a alguno le resultan blandas y serviles, algunos nunca las olvidaremos y con seguridad hablaremos de ellas muchas veces en el futuro.

Mientras se vivía esta escena, algún aficionado con gafas preguntaba a su señora:

- Este chico de las pecas que anda ahora lesionado, el pobre ... ¿tu crees que es consciente de la que ha montado?


viernes, 15 de enero de 2010

Crónica fondosureña del Atleti - Recre

En una de esas noches de las que hablaremos en el futuro para definir en pocas palabras lo que es el Atleti, el equipo remontó un tres cero y lo hizo andando sobre el alambre que separa el deber cumplido del batacazo estruendoso. Cosas de este equipo, ya lo conocen Vds.


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Sin tanto frío como en los días previos ni la lluvia de los días previos pero con la misma poca gana que da salir de casa de noche en los días de entre semana del invierno madrileño, se fue la gente al Calderón hacia las nueve de la noche. Hace una semana la inmensa mayoría de los que fueron ayer al Calderón habían jurado y perjurado que no irían al partido de vuelta de la Copa ahí les obligaran con un rifle con mirilla o un palo gordo con un clavo en la punta. Pero estas cosas son así, ya lo saben Vds y no porque lo contemos aquí día tras día sino porque es evidente y además Vds son de todo menos tontos. Hace una semana no queríamos saber nada del equipo, ya está bien, qué vergüenza, no hay derecho, no merecen llevar la camiseta y mucho menos que les animemos. Tres o cuatro días después la vergonzante desidia del partido de ida se maquillaba con un buen partido en Valladolid en el que el Atleti jugaba como juegan los equipos de fútbol, es decir, corriendo y con ganas de ganar, y la duda nacía en el corazón y la mente del aficionado atlético. Vaya, hombre, ahora les da por jugar, será porque han cobrado o será por vergüenza torera o será por mera inercia pero esta gente es capaz de remontarle el tres cero al Recre y pasar la eliminatoria de Copa, serán capaces, sí, serán capaces, sí, eso sí, yo no voy, ni de broma voy, encima a esas horas, con el frío que hará, quita, quita.

En las horas previas al partido se conocía que el camino hacia la final se allanaba, que la ocasión podía ser buena para volver a vivir un título o la posibilidad de conseguirlo en un único partido, para pasar un buen día por fin en compañía de los nuestros. No serán capaces de dejar pasar la oportunidad, deberían ganar, es un equipo de segunda, no hay excusas, hay que ganar como sea. Serán capaces de ganar, ¿y si ganan? ¿dónde lo veo yo? ¿me quedo en casa? ¿seré capaz? Con la proximidad del partido, como siempre, van aumentando las ganas de ir al campo, van tomando forma las imágenes de un triunfo en el último minuto tras mucho sufrir, va carcomiendo la moral la posibilidad de no vivir eso, con las pocas alegrías que da el equipo. A media tarde cae uno en una nimiedad: no tiene abono total, no lo renovó en señal de protesta por lo mal que hace las cosas el club y hasta ahora no había sentido el cosquilleo de ir al campo. Los principios tienen estas cosas: como los zapatos buenos, a veces rozan y hacen ampolla.
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Por todos los atléticos es sabido que en momentos de desamparo deportivo llega otro del Atleti y le hace a uno un favor. Para estas cosas estamos, hombre, no se va a quedar Vd sin ir al fútbol, yo le invito y se viene Vd conmigo. Hombre, muchas gracias, si no es molestia con gusto acepto la invitación, precisamente hoy me apetecía ir al campo y resulta que no tengo entrada así que muchísimas gracias. De nada, de nada, lo dicho, para eso estamos. Hombre, pues sí, muchas gracias. Y, oiga, ¿dónde tiene Vd la entrada? ¿En grada de lateral, como yo? ¿En tribuna? ¿En un palco para jubilados? No, no, qué va, en el fondo Sur. Anda, ¿sí? ¿En el primer anfiteatro? ¿en el segundo? No, no, abajo, tras la portería.

- ¿Con el Frente?
- Sí señor, con el Frente.
- Ah, caramba
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Llegó el que suscribe a las cercanías del estadio y apareció en el sitio convenido un poco más tarde de lo acordado, como suele ser habitual y preceptivo, y se dispuso a ir al fondo Sur, zona del estadio en la que sólo había estado hace ya unos cuantos años. El aficionado medio, esto es, el que suscribe, gusta de ver el fútbol sentado y en compañía de sus compañeros habituales de asiento y por ello es reacio a acudir a otras zonas. A cualquier otra zona pero especialmente al fondo Sur, donde se ve el fútbol de pie y dando saltos y estas cosas a ciertas edades ya son como poco naturales. Pero uno, que es tonto pero de naturaleza curiosa y afán científico, cree que es buena cosa ir a los sitios antes de hacerse una idea definitiva sobre los mismos y es por ello, y por ir en compañía de tronío y bonhomía - que son palabras precisas y que invitan a la rima - se plantó en entrada al fondo Sur.

Eligió el que suscribe un atuendo indicado para la ocasión. Uno, como ya saben, pretende ser discreto y no llamar la atención, por lo que intenta camuflarse en la medida de lo posible para así no resultar ofensivo a la vista, el oído y sobre todo al olfato. De ahí que luciera en el día de ayer un elegante terno de color azul marino con capucha, prenda popular en la zona del estadio a la que había sido invitado, y oscuro pantalón de estrecha pernera. Como calzado, comodísimas botas diseñadas por el prestigioso podólogo Dr Martínez, pontífice del tratamiento de la pisada pronadora. El atuendo, como era de esperar, no llamó la atención en absoluto y de esta guisa se presentó el que suscribe en la cola del fondo Sur con la discreción pretendida. Dicha cola es numerosa y responde en su tipología a la sub-especie llamada "cola española", esto es, más ancha de lo necesaria, menos recta de lo aconsejable y formada por muchos sujetos que están físicamente más cerca de lo que el protocolo tradicional establece, normalmente dando voces. En la cola recibió el que suscribe su entrada, irónico documento en el que podía leerse "Grada Joven". "Grada Joven". En la cola de la "Grada Joven" se situó el que suscribe con sus canas, su miopía y los achaques propios de su edad y a nadie pareció importarle. Pasó el torno de la entrada sin más contratiempos hasta llegar a la altura de tres empleados del Club que le pidieron que abriera los brazos en cruz.

- ¿Gimnasia sueca?
- No, cacheo, anormal

Cacheado el que suscribe con celo limitado y poco convencimiento, pasó a la grada.

- ¿No ha estado nunca Vd aquí?
- Sí, claro ... cuando entraba con entrada de infantil y nos metían en la esquinita ésta. Aquí mismo casi toco yo a Robi después de meter un gol, y Votava nos daba la mano
- ¿Pero cuántos años tiene Vd?
- Pues mire, los necesarios para estar en la "Grada Joven"
- Ya
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Salió el Atleti a un estadio mucho más lleno de lo que uno podría esperar en el que se cortaba con cuchillo una sensación que los jugadores parecieron entender rápido: "aquí estamos a pesar de los pesares, y si falláis esta vez preparaos a ir de cabeza al río, que además de helado está seco". Entendieron los jugadores lo que los aficionados pensaban y también lo pareció entender el rival, que salió achicado a pesar de la ventaja en el marcador y la poca solvencia del rival en lo que lleva de año. Pero el Calderón tiene estas cosas y genera a veces un campo magnético que aporta al equipo mucho más de lo que éste a veces merece, y ayer fue uno de esos días.

Salió el Atleti con De Gea, quien con sus mallas térmicas acentúa su aspecto de pipiolo que aún no ha sufrido ese ensanchamiento que nos hace ganar varias tallas a los que ya no somos adolescentes precisamente. Salió con Ujfalusi de lateral derecho, demarcación en la que se desenvuelve con soltura pero a costa de dejar el centro de la defensa cojitranca y vulnerable por la presencia en ella de Perea, ayer convertido en flan de café desde el principio de la segunda mitad. Salió también Antonio López, que ni fú ni fá como tantas veces, pero salió sobre todo Domínguez. Domínguez, que desde el principio supo aprovechar las ocasiones envenenadas y aisladas que le dieron, ha dejado en evidencia a casi todos los centrales del equipo en cinco o seis partidos. Sólo él y Ujfalusi parecen estar a la altura, querer cumplir con su misión y además ayudar al resto, poder con la presión que supone llevar una camiseta de rayas sin dar síntomas de pánico o desidia. El Atleti llevaba tiempo buscando centrales y de hecho tiene los suficientes como para formar un mariachi que acompañe a Cerezo en su yate para amenizar la travesía a Gonzalito Miró; y, miren por donde, había uno en casa y nadie le echó cuenta, quizás por que no hay traspaso por medio.

Salió el Atleti convencido de lo que tenía que hacer y el Recre sospechando que el Atleti lo sabía. Dominaba el Atleti y atacaba el Atleti y el tiempo pasaba y la sensación no era mala. A los veinte minutos se internó Forlán tras un buen pase en profundidad y metió un balón fuerte y horizontal con sabor a pase de extremo puro. Tras un leve barullo marcó Simão y el cielo se abría, el camino se enderezaba y la afición respiraba hondo. Varios minutos después Forlán hacía lo mismo por la otra banda y Agüero, un tormento para los rivales, marcaba el segundo y la grada explotaba. Veintiséis minutos, se cumplía con el objetivo previsto en el plazo deseado y, mejor aún, el Atleti daba la sensación de poder hacer lo que de él se esperaba con autoridad y sin demasiados agobios. La gente se abrazaba, los jugadores se abrazaban y el fondo Sur daba saltos al compás de la sintonía de una serie infantil.

- Y Vd... ¿no salta?
- Uy no, majo, yo estas cosas es que como que ....

Poco después, tras un córner, Ujfalusi metía un gol de coronilla mientras miraba lo que ponía en el marcador simultáneo contrario, así, como quien no quiere la cosa, y la grada lo celebró menos. Por qué no se celebró tanto es algo que no sabemos. Quizás fuera porque la gente ya iba asumiendo que las cosas se ponían mejor. Quizás porque el Atleti fuera hasta el momento ampliamente superior al rival. O quizás, y esto es lo más probable, porque la afición sabía que ahora, con la eliminatoria empatada y los deberes inicialmente exigibles hechos, empezaba lo malo. Paradójicamente, y el aficionado lo sabe, es cuando las cosas van bien cuando más riesgo hay de que el Atleti pegue un petardo. Es cuando el equipo hace lo que debe y el aficionado se ilusiona cuando suben las probabilidades de que todo acabe en catástrofe. Es cuando todo pinta bonito cuando las casas de apuestas bajan la cotización de la buena noticia del Atleti. Y esto, eso sí, siempre fue así, es parte del equipo y por eso, precisamente por eso, es el nuestro.

Durante el primer tiempo el Atleti fue muy superior al Recre, sobre todo en ataque. Forlán dió dos asistencias y se mostró activo, Agüero metió un gol y aterrorizó al rival, Reyes jugó bien, buscó el contacto y subió un peldaño más hacia ese lugar en el que se hará merecedor del respeto de la afición - y que aún le queda muy muy lejos - y Simão, que también marcó, se mostró más participativo y más parecido al Simão que tanto nos gusta. Assunção, siempre sólo, derrochaba físico, colocación y compromiso y se ganó una amarilla innecesaria que luego sería fatal. Sólo el Artista Antes Conocido Como Jurado era fiel a sí mismo, deambulando con su trote de jaca colina poco apta para el trabajo, la ayuda o cualquier otra maniobra que no implique el lucimiento personal, tirando bicicletas en sitios en los que hace falta tirar de tractor y desapareciendo de las parcelas que su compañero de media, Assunção, debía cubrir con esa pinta de camarero de restaurante lleno en hora punta que se les pone a todos aquellos que comparten medular con la eterna promesa gaditana.
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Entretanto, en el fondo Sur, un señor con gafas era muy amablemente tratado por históricos miembros del grupo de animación que ocupa el graderío de esa parte del estadio. Siéntese aquí, que hace menos frío, cuidado con resbalar, si quiere tabaco yo tengo. Poco acostumbrado a la forma en que se ven los partidos en esa zona, el infiltrado miope vivió con alegría la propuesta de uno de los locales de cambiar de zona durante el descanso para evitar el frío que trae el río a esa parte del estadio y ocupar una localidad de asiento. Sin embargo, una vez en la nueva localidad, la sangre de los inquilinos tradicionales de esa grada pudo más que los achaques del invitado.

- Yo me vuelvo ahí a ver el partido de pie, paso de verlo aquí sentado como una vieja.

Súbitamente convertido en un clon de Ángela Lansbury, el resignado invitado volvió a la zona en la que los locales ven el partido de pie y se remetió el jersey para intentar evitar el relente.

- Bien aquí, ¿no?
- Hombre, yo es que, las corrientes por la parte de la espalda ....
- Vaya tela
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Empezó el segundo tiempo y Perea decidió hacer de Perea, esto es, perder un balón imperdible y dejar un delantero sólo delante de De Gea. Hay días en los que Perea anuncia a bombo y platillo que va a cometer fallos y ayer fue uno de ellos. Atentos, oigan, que aquí llega la pifia y luego llegará otra, no lo duden. Perdió un balón fácil Perea y el fondo Sur en pleno asistió atónito al lance, no sólo por el garrafal error del defensor colombiano sino porque, en medio del silencio general, un señor con gafas con poca pinta de tener sitio en la Grada Joven se levantaba y gesticulaba y daba grandes voces criticando la incompetencia del colombiano, sus repetidos errores y el precio elevadísimo que sus despistes podrían tener en el partido según estaba. Calmaron los miembros de la grada joven la senil explosión de rabia del invitado y, colocándole una mantita sobre los hombros y dándole amistosas palmaditas de calma en la espalda, siguió su curso el encuentro. Hasta dos veces más tuvo que repetir el amable público del fondo Sur esta operación, excitado como se encontraba el invitado cada vez que Perea hacía una pifia.

El Atleti sabía que tenía que marcar, pero dudaba. El Recre sabía que tenía que marcar, pero no podía. Sabía el Recre que sólo la inestimable ayuda de Perea les permitiría hacerse con la suya, y por eso presionaban cada vez que el colombiano tocaba un balón. Perea temblaba, anunciando al mundo su inseguridad, y mientras el Atleti atacaba con menos convencimiento que antes. Quizás atenazado por la responsabilidad, atacaba el Atleti algo deslavazado, dejando huecos a la espalda. Dimitido Jurado de todo cometido en el que no luzca su cuidado peinado, Assunção se vio en demasiadas ocasiones obligado a hacer faltas excesivamente visibles para un jugador amonestado. Cuidaaaaao, decía la grada, cuidaaaaao Assunçaaaao que tienes tarjeeeeeeeetaaaaaaaa, decía la grada.

Y en estas, tras un gol anulado y un barullo importante, marcó el Atleti. Marcó el Atleti y en el fondo Sur no se supo quien había marcado: se vio a Forlán caído, se vio a Simão correteando, se vio la Kun en el suelo y luego celebrando el gol. Se vieron entonces puños al aire, compañeros de asiento dando saltos, señores con gafas abrazados a desconocidos de rico pasado en el fondo. Marcó el Atleti y se ponía por delante en la eliminatoria con media hora por delante, demasiado tiempo según los más experimentados hinchas, conocedores de batacazos históricos.

El Recre, visto lo visto, siguió intentándolo. Había perdido algo de tiempo hasta el momento, pero no mucho, y no había endurecido el partido más de lo cabía esperar. Siguió fiel a su plan: achuchar al insegurísimo Perea. Tanto celo puso el Recre en achuchar a Perea que achuchó también a Assunção, aprovechando la similitud en el pantone. Assunção, agotado tras lidiar sólo con su parcela ante la atenta mirada de Juradito, cometió un error garrafal al intentar regatear a un rival dentro del área chica. Perdió el balón y el Recre marcó. Para más inri, fue expulsado poco después por una nueva falta, falta que venía anunciando desde hacía un rato y que Quique no supo entender como el anuncio de un problema anunciado. Se fue Assunção a la calle, se quedó el Atleti con diez y con la tarea de marcar un gol en veinte minutos. Menos mal que fueron veinte.

Salió Raúl García y el Atleti se echó, con uno menos, hacia adelante. No trenzaba las jugadas el Atleti y sí acusaba el tener un jugador menos en el momento de replegarse. Se acercaba el rival, De Gea sacó un balón de la escuadra a mano cambiada y el general mordisqueo de uñas produjo una vibración perceptible en varios sismógrafos castellanos. El Kun, una vez más el picante que el equipo necesita cuando las cosas se tuercen, quería el balón y buscaba el peligro. Se iba de uno, de otro, intentaba el tiro. En una de estas fue objeto de falta pero se rehizo, buscó posición de tiro y pitó el árbitro. Falta. ¿Falta? Aplique Vd la ley de la ventaja, oiga, que ya está bien. De eso nada, falta he dicho y falta es, y no se ponga Vd farruco que va a la calle. Indicó el árbitro el sitio en el que poner el balón y a Simão, que había marcado un gol y participado en otros dos, le brilló un colmillo. Colocó tranquilito el balón Simão con el mimo de Albertini y pareció abstraerse del mundo, como en trance, poseído. Desde el fondo Sur se veía el tiro con una perspectiva inmejorable. Está para Simão, decía alguno; la barrera está mal colocada, la tiene en su sitio, no puede fallar. Un jugador del Atleti empujaba la barrera rival fuera del sitio en el que ofrecía problemas al lanzador, mejorando el ángulo del tiro. Reyes se acercaba al balón, la afición se mordía los puños y Simão permanecía quieto, ausente, concentrado en lo suyo. Pitó el árbitro y tiró Simão y desde el fondo Sur se vio la ejecución perfecta de una falta: la parábola del balón, la forma en que la bola pasaba al lado de la barrera, la estirada del portero, la trayectoria hacia la parte interior del poste, la mano del portero que se acercaba, el espesor de un papel de fumar que separaba la madera del balón, la red agitada, los puños al aire, el trueno del gol, la piña de los jugadores, los abrazos de la grada, las narices aplastadas, los dedos entrando en los ojos de los amigos del alma, las gafas volantes, los pies pisoteados, la alegría inmensa. Marcó Simão un golazo que metía al Atleti en la siguiente ronda de la Copa dejando atrás a un segunda peleón y, con ese gol, por un rato se hizo presente el Atleti de siempre, se manifestó el espíritu del Club que nos hace tener taquicardia e ilusión y rabia, sobrevoló Madrid la presencia que hacía tanto tiempo que no veíamos y tanto echábamos de menos.

Tras algún susto, alguna carrera de infarto de Valera y algún despeje bravo de Domínguez acabó el partido. El Atleti pasa ronda, el Atleti ha remontado, el Atleti ha hecho lo que de él se esperaba, y en los tiempos que corren eso es mucho. Tampoco se ha conseguido nada, sólo se ha pasado una ronda, queda mucho por más que el camino que queda por delante sea mucho más llano de lo que el equipo merece. Queda la alegría de haber pasado, la inconsciencia de las cuentas y las sumas de puntos mirando al calendario, la ilusión de llegar a una final tras tanto tiempo, el sabor de boca familiar de cuando el Atleti hacía estas cosas. Pero queda también el regusto amargo del preguntarse por qué, por qué el equipo no hace esto más a menudo, por qué se permite hacernos sufrir, por qué no se toman con la seriedad que merece el futuro del equipo, por qué no cobran de una vez por todas conciencia de dónde están (quizás porque, simplemente, no cobran). Queda todo eso, sí, y también el recuerdo imborrable de un partido precioso vivido, en magnífica compañía, desde el fondo Sur el Estadio Vicente Calderón donde, así es, acuden a millares los que gustan del fútbol de emoción.