Tres eran tres las cosas había que ver ayer en el Calderón, tres eran tres, unas psché y otras, mejor.
Lo primero que había que ver en el Calderón era la vuelta de Molina, el Tipo Distinto. También había que ver la vuelta de Simeone, pero a Simeone le veremos más y ya habrá tiempo de hablar de él, de diseccionar sus logros y fracasos y hasta de comentar cuando salgan de la grada los primeros gritos de Cholo, vete ya. Total, que por estas cosas y por otras filias personales, lo de Molina es lo primero.
Molina volvió al Calderón y lo hizo la mar de elegante y con pelazo rizado. Molina se abrazó al Cholo, también de elegante terno oscuro, y se puso en el banquillo, y escuchó gritos de reconocimiento y cariño que, al que suscribe, le gustaron mucho aunque se le quedaron cortos. Si de uno hubiera dependido, a Molina se le habría recibido en los medios, con ovación cerrada y grupo de majorettes vestidas de portero con camiseta amarilla y negra, tupé y sienes afeitadas. A falta de eso, al menos uno espera es ver a Molina muchas más veces en el Calderón, al frente de equipos grandes y triunfando como técnico. La vuelta de Molina es una alegría para todos los que vivimos el Doblete de cerca, para todos los que durante un par de temporadas nos vimos obligados a ceder en nuestra fobia al amarillo y para todos los admiradores de porteros que debutan en la selección nacional subiendo la banda izquierda.
Grande Molina, gracias por todo.
___
La segunda cosa que había que ver en el Calderón era, por supuesto, la vuelta del Cholo. El Cholo se estrenó contra el Málaga y el rácano partido del Atleti dejó cierta sensación de decepción, bocas torcidas con labios apretados, vaivenes de cabeza y pschés, no-sés no-sés y noquedaná,oigas. La vuelta del Cholo al Calderón se esperaba con el ansia de recibir bien a uno de los nuestros y también con la ceja levantada que denota algo de desconfianza tras el arranque del 2012, una dicotomía más en la bipolar existencia del aficionado atlético.
La prensa anunció un lleno monumental para recibir a Simeone que finalmente no tuvo lugar. El campo cada vez se llena menos y cada vez hay más huecos libres en zonas en las que antes había apreturas, pero desde los medios toca contar que está la grada de bote en bote, que la cholomanía ha hecho reventar las expectativas más optimistas del club y que se han vendido albornoces oficiales y abonos de segunda ronda como churros, oiga. Los que vamos al campo todos los días sabemos que las cosas no son así, y de hecho en la grada de lateral sólo se vio ayer, como novedad, un ala-pivot con capacidad y empaque para jugar de 4 o de 5 que impedía a los de detrás ver los contraataques y al que alguno, con gusto, habría mandado subir un par de filas para no tener así que levantarse cada dos por tres. Eso sí, al llegar el intermedio y levantarse el gachó, aquellos que tenían previsto protestar se lo pensaron dos veces y prefirieron encenderse un cigarrito y hablar mal de la alcaldesa.
El Atleti del Cholo jugó contra un Villarreal en escandalosas horas bajas, vaya eso por delante. Sin Senna, sin Cazorla, sin Rossi el potentísimo Villarreal de otros años parece muy lejos del equipo que ayer jugó en el Calderón en mañana dominguera fría cual noche invernal. Molina tendrá mucho que hacer para levantar un equipo que parece huérfano de referencias arribas, espeso en el medio y muy fallón atrás.
Criticado pues el rival de forma sibilina, y por aquello de no ponerse demasiado estupendo ni tirar cohetes con el juego de los nuestros, al que suscribe le gustó el Atleti que vio ayer, tanto de inicio como durante el partido. Frente a la roma alineación de Málaga, el Atleti de ayer pareció más lógico y ofensivo. Frente al recurso de la patada y la guerrilla de Málaga, el Atleti de ayer presionó fuerte y arriba, asfixió al rival, recuperó el balón con rapidez e hizo buenas jugadas. Frente a la sensación de más de lo mismo de la semana pasada, el Atleti mañanero y nublado de ayer pareció diferente al triste equipo de Manzano.
Salió el Atleti al césped seco y pardo de ayer en el Calderón y trajo buenas noticias. La primera, el buen partido de Tiago, cómodo en su posición de cinco y al nivel de algunos de sus primeros partidos en el Calderón, cuando pareció que podría cambiar el devenir del equipo él solo. Otra, la contribución de Adrián al juego de ataque, a pesar de una primera parte muy fallona e imprecisa; Adrián no se vino abajo a pesar de haber fallado pases fáciles y acabó haciendo filigranas en el penalti y también buenas jugadas de delantero listo y honrado, apareciendo por aquí y por allá, tirando diagonales como acostumbra. Sobresaliendo por entrega en un equipo que pareció físicamente mucho más entero que hace un mes, Falcao peleó como siempre, es decir, sin descanso y sin cuartel, y metió dos goles, uno de ellos tras penalti que no era. Falló también algún gol posible pero ayudó al equipo defendiendo el primero, tapando la salida de los centrales y facilitando la llegada de todos los compañeros a la presión. La blandura del Villarreal ayudó también lo suyo.
Gabi hizo el partido más raro. Siempre cerca de Tiago y detrás de Diego cuando el equipo atacaba, estuvo bien colocado, peleón y bien en la anticipación. Eso sí, recuperado el balón, Gabi falló balones fáciles, dio pases al contrario, pifió en malos momentos y recordó a Bejbl y su famoso síndrome, esto es, recuperar mucho para perder casi todo lo recuperado. Por colocación y ganas vimos bien a Gabi, pero los errores hacían pensar si en un partido como el de ayer, mucho más cómodo de lo pensado, no habría tenido sentido meter más tiempo a Koke. Ya veremos.
Turan lo hizo bien aunque a ratos anduvo menos brillante otras veces y Diego se gustó, y mucho. Diego metió un gol tras control estupendo a pase estupendo de Filipe Luis Filipe e hizo regates, caños, controles que evidencian su enorme facilidad para controlar balones que a otros suponen un quebradero de cabeza. Simeone, que parece conocer a los jugadores y a la grada como si fuera uno de ambos (que, bien pensado, es lo que es), quitó a Diego para que se llevara una ovación y éste la recibió tan contento. Quizás contagiados por el buen hacer general, Filipe Luis Filipe estuvo más activo y Juanfran, que se pegó una carrera a falta de cinco minutos como si faltaran ochenta, más entonado. Hasta Godín, tan descentrado y fallón a finales de 2011, pareció más tranquilo y cómodo que nunca.
En definitiva, el Atleti dejó una buena impresión en el debut de Simeone en casa. Aquellos que esperaban un equipo de amarre y patadón comprobaron con alegría que no parece ser el caso, al menos en lo visto por ahora. Los que quedamos orejigachos con la alineación de Málaga, vimos alineación que nos gustó y un equipo que supo jugar con cuatro jugadores ofensivos, el desafío al que siempre se han enfrentado los últimos entrenadores del Atleti actual y su racimo de medios centros tibios. Los que pensamos que sería muy difícil jugar con Tiago sosteniendo el centro del campo, dos laterales poco rocosos, Arda, Diego, Adrián y Falcao quedamos contentos con el partido de ayer y con la solución apuntada: presión arriba, compromiso, apoyos constantes, disciplina en los repliegues y en la colocación. Veremos si Simeone mantiene el dibujo en casa y sale más conservador fuera, veremos si en partidos más comprometidos se caerá alguno de los atacantes en favor de un peón de brega. Lo iremos viendo, pero por ahora, tras el jarro de agua fría de Málaga del que sólo se salvó la intensidad del segundo tiempo, el partido de casa ha sido una sorpresa agradable y un motivo para cierta esperanza.
Lo último que había que ver era la reacción de la grada, la intensidad de la protesta, la disposición de la afición para afear a la directiva la catastrófica manera de gestionar el club. La afición volvía al campo tras las derrotas contra Betis y Albacete y tenía la ocasión de tirar de las orejas al palco. Días antes, Twitter hervía con llamadas a la bronca y la reivindicación. El resultado fue escaso. Algunos cánticos durante el segundo tiempo, bastantes bufandas verde y oro y varias pancartas críticas - visibles como la del grupo de turcos que sigue a Arda o que las banderas colombianas que aparecen cuando marca Radamel - no llegan a sumar lo suficiente para hablar de protesta general ni mucho menos. Lo ocurrido en Zaragoza deja en evidencia a una afición que parece saber lo que pasa pero no quiere hacer nada para evitarlo por pensar que por mucho que se enfaden, nada cambiará. El efecto Simeone, ese recurso sentimental con el que tan bien juega el palco, también contribuyó al silencio de la crítica.
Por tanto, la situación es cuanto menos curiosa. En Internet hay un clamor general en contra de la directiva y el convencimiento claro de que hay que pedir cambios por mucho que las acciones estén a nombre de dos señores (con las reservas que todos sabemos). No hay foro ni comentario a noticia de medio grande o pequeño en el que no sean mayoría los comentarios en este sentido, y si uno se deja llevar por la euforia, no es difícil imaginar una manifestación masiva dirigiéndose en tropel hacia el estadio en día de partido. En el campo, sin embargo, la situación es bien diferente. El Calderón va poco a poco mutando en estadio silencioso en el que ningún grito sale de una zona que no sea el fondo sur. Ni para vitorear a Molina surgieron gritos espontáneos. Las peñas no se pronuncian y parece más interesadas en mantener una buena relación con la directiva que en el futuro del club, el hastío parece haber calado en la grada, que ya ni anima ni protesta ni ná de ná. Es cierto que cada vez va menos gente al campo, es cierto que muchos de los más críticos se han ido a casa hartos del timo anual. Su sitio, al contrario que antes, no ha sido cubierto por jóvenes aficionados de temperamento fogoso e incontenible querencia a la animación, sino que ha quedado vacío, esperando la llegada de la primavera para que germinen las semillas que se van acumulando bajo el plástico de los asientos. El Calderón, tan bullanguero y ruidoso antes, es ahora un campo tranquilo y mustio hasta ganando tres cero.
La falta de criterio de la afición, que lo mismo vitorea a Reyes que desea su muerte unos días después a pesar de que el final de la historia estaba escrito ya desde el principio, ha deshecho grupos y desunido compañeros veteranos. Las diferencias en opinión y el hartazgo han sustituido a la personalidad de la antigua grada, que vociferaba al unísono siempre en favor del interés del equipo y el Club, por más que luego, internamente, discutiera sobre si Landáburu era un maestro o un pecho frío.
El silencio de la grada y la diferencia entre lo que se lee en los ordenadores y lo que luego pasa en el campo puede tener muchas explicaciones, pero tiene una consecuencia clara. Las explicaciones varían: desde que la gente está harta hasta para quejarse y sólo quiere pasarlo bien en el fútbol e irse al bar, hasta que, en el fondo, los críticos son quinientos. Desde que la diferencia está en que al campo van cuarenta y cinco mil como mucho mientras que del Atleti hay millón y pico de seguidores, por lo que es imposible que el criterio sea parecido entre ambos grupos, hasta que la gente tiene claro que no se puede hacer nada. Sea por lo que sea, la conclusión es clara: en el campo hay poca protesta, mucha menos de la que debería haber. A pesar de que todo el mundo coincide en que el Atleti no está donde debería, a pesar de que todo el mundo tiene claro que mientras se siga gestionando el club como ahora no iremos a ningún lado, el espectador neutral que acuda al Calderón no encontrará un estadio en pie de guerra, ni si quiera una protesta civilizada y profunda; como mucho, una querencia inusual a buscar guerras con equipos que antes ni nos iban ni nos venían. Los medios acusan a la afición de estar dormida, pero aunque reprochan la inactividad, no hacen nada para despertarla. La inacción general hace fácil ridiculizar las protestas a las que se suman miles por teclado y sólo decenas en persona. La ridiculización de las protestas hace que los más activos se harten y terminen por dejarlo. El círculo vicioso se cierra con el silencio de los medios, que no tienen protesta que contar: cuando se pide que se haga caso a la Causa, se responde que no tiene el suficiente calado como para convertirse en noticia, y no les falta razón.
Queda, eso sí, intentar disfrutar con el equipo. Veremos si la ligera mejoría de ayer, el mínimo exigible como bien dijo algún ilustre en twitter, es pasajera o lo suficientemente estable como para resucitar el optimismo. Ojalá sea así, seguiremos teniendo fe aunque esta película la hemos visto ya demasiadas veces.
Mostrando entradas con la etiqueta Villarreal. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Villarreal. Mostrar todas las entradas
lunes, 16 de enero de 2012
Sobre cosas que cambian y otras que no
Etiquetas:
Atleti,
Atlético Madrid,
Liga,
Molina,
Simeone,
Villarreal
lunes, 7 de marzo de 2011
De la alegría que da que ganen equipo y grada
El Atleti jugó un buen partido contra un buen rival que no consiguió jugar cómodo y ganó por primera vez en la temporada contra un teórico rival directo. Y la grada, encima, nos dio una alegría.
___
El sábado, que era un día normal, el centro de Madrid estaba cortado. Así, cortado, como un café. Cortado con vallas, con coches de policía, con agentes de movilidad dando pitidos. Cortado. La gente no sabía bien qué pasaba, por qué está todo cortado, por qué tantas vallas y tantos pitidos y tantos atascos, por qué, por qué, oiga. La explicación llegó gracias al boca a boca: es cosa del carnaval. Madrid estaba cortado por el carnaval, como Río, como Cádiz. Madrid, qué cosas, no tiene tradición carnavalera y únicamente en los últimos años se ve a la gente disfrazada por la calle en días de carnaval; en los últimos años, sí, en los mismos en que se ve gente disfrazada en Halloween. Eso sí, el tráfico se corta en el centro. Se diría que en Madrid, sitio del que siempre se ha dicho que no hay demasiada gente de dos generaciones, se van tomando como propias las tradiciones de otros, para hacer identidad. A algunos nos suena rara esta manía de querer ser lo que uno no es y además querer serlo con la solera del que lo es desde siempre. En breve, creemos algunos, tendremos en Madrid fallas por San José, encierros por San Fermín y pavo por acción de gracias. Todo importado, todo artificial, todo forzado pero de todo al menos, de todo un poco, mejor algo en vez de nada.
Es común con esto de las tradiciones repentinas que, para rematar la faena, se corte el centro. El centro de Madrid se corta a la mínima y cuando no es el carnaval o una parada militar es una manifestación o un desfile tradicional austrohúngaro. El centro de Madrid se corta sin anuncio previo ni explicación suficiente, y normalmente lo que se consigue es que los automovilistas madrileños, que no se han enterado de nada, se agolpen en las vías de acceso al centro y ahí asistan al espectáculo brindado por el Ayuntamiento. Y es que el Ayuntamiento, para guiar y ayudar al ciudadano desinformado, cuenta con un cuerpo de élite encargado de solucionar los entuertos que él mismo crea: la Policía Municipal madrileña. La Policía Municipal madrileña, posiblemente la policía peor educada del globo, gusta de manejar estas situaciones luciendo sus características más famosas, esto es, el gesto despectivo, el pitido irrita-sordos, el ademán prepotente y el abandono de las formas más elementales. La Policía Municipal pita, grita, hace aspavientos, consigue con unos pocos signos confundir a gran cantidad de conductores que no necesariamente son idiotas pero a los que tratan como tales. El policía medio se dirige al ciudadano con gestos incomprensibles que ellos consideran clarísimos, y si uno no consigue descifrar a la primera el punto exacto del amplio abanico que va desde el "pase Vd rapidito" al "quieto ahí mismo y no se mueva" que el ademán puede significar, el gesto policial se torna en visible irritación, amenaza de multa y murmullos de esos que sugieren aquello tan funcionarial de "hay que ver la gente, qué bruta es".
La Policía Municipal madrileña, agresiva, maleducada y no especialmente eficaz, contaría en otra ciudad con un movimiento ciudadano en contra que exigiría que se le bajaran los humos y se le enseñara educación básica. Pero no es así, oiga, que la Policía Municipal cuenta con un aliado que no sabe que lo es y que no debería serlo: el madrileño al volante. El conductor madrileño, del que la policía abusa y al que el alcalde ignora, que ve su vida pasar en atascos y esperando que un señor bajito con casco y chaleco reflectante armado de una gran flecha blanca sobre fondo azul le haga el favor de dejarle pasar por las calles de su ciudad, cuyo mantenimiento paga, no exige educación a la fuerza pública, ni información al ayuntamiento, ni claridad en las explicaciones. No. El conductor madrileño no exige nada de eso a quien sería exigible y se muestra resignado y sumiso ante la autoridad. Sin embargo, qué cosas pasan, se muestra inflexible y estricto, crítico y maleducado hasta el punto de convertirse en odioso con sus compañeros de atasco, con los ciudadanos que como él se ven atrapados sin culpa ni voluntad en la ratonera, con el resto de contribuyentes a los que la autoridad maltrata. Así, una vez dentro del atasco el conductor medio no exige al policía corrección y claridad, pero sí exige al coche que va delante que interprete exactamente hacia dónde quiere ir él; si no lo hace toca el claxon, hace aspavientos y se acuerda de su madre. No pide al guardia que deje de tutear a los conductores agobiados ni que modere su ímpetu gestual ofensivo, pero pone como un trapo a la chica del coche de al lado si no acelera cuando él cree que debe hacerlo. Critica sólo para sus adentros la brillante idea del alcalde de asumir como propias todas y cada una de las fiestas populares de España, Canadá, Mongolia y parte del Hemisferio Sur, pero critica en público al coche de matrícula de provincias con el que debería hacer frente común y plantar cara al agente que, desquiciado, toca el pito como quien pastorea acémilas. El conductor madrileño, en fin, prefiere mostrarse sumiso con el funcionario que le maltrata y no protestar frente a la autoridad que, sin avisar, le amarga el sábado, renunciando a hacer valer sus derechos, reclamar respeto y exigir educación. La vía de escape para la frustración que esta postura tan blandengue le produce es, naturalmente, criticar al vecino que tan poca culpa como él tiene, insultar al compañero de atasco (mejor cuanto más débil, esto es, señor mayor, chica con poco tiempo de carnet o extranjero despistado). Todo muy lógico, como ven, todo muy agradable para el igual, todo muy ventajoso para la autoridad asilvestrada.
______
Cuentan los que saben de esto que Quique Sánchez Flores trabaja los partidos a conciencia. Para preparar los enfrentamientos se recluye en su domicilio el día antes del partido y convoca, a puerta cerrada, a varias personas de confianza y reputada sabiduría futbolística que hacen las veces de asesores personales. En un cuarto cerrado, aislado del ruido y de las interferencias que la vida en la ciudad provoca, pide a los asesores que tomen asiento y se pongan cómodos y da una breve charla a modo de introducción. Reparte entonces unas fichas y unos bolígrafos entre los asistentes y, con gran solemnidad, procede a iniciar el rito por el que el grupo de expertos proceden a confeccionar el equipo titular de la jornada. Como primer paso, Quique selecciona unas bolas con los números de los jugadores de la plantilla. Introduce las bolas en un bombo y procede a mezclarlas con un movimiento circular. Gracias a un dispositivo de cerrojo, hace salir las bolas por una apertura del bombo y anuncia el número con voz y gesto grave, alternando a veces expresiones crípticas que sólo los expertos conocen: así, Godín es conocido en la misteriosa reunión como La Niña Bonita mientras que a Diego Costa se refieren los asistentes como Los Dos Patitos. Cada vez que sale un número, los asistentes toman notas en las fichas distribuidas. En este punto el papel de los asesores es crucial: cada uno tiene una misión determinada, bien definida. Uno se ocupa de la defensa, otro de la media y otro de la delantera. Cada uno tiene un número determinado de puestos asignados, y se ocupa de anotar los números de las bolas que salen del bombo en caso de que correspondan con dorsales de jugadores correspondientes a su área de responsabilidad. Cuando completan el número total de jugadores que conforman el equipo titular en su línea correspondiente, los expertos se dirigen solemnemente al entrenador gritando con voz firme un código secreto: "línea". Cuando todos los responsables han completado el número total de jugadores correspondientes a su línea, hacen un gesto pactado y el asesor de mayor edad se pone en pie y grita otro código secreto, en este caso "bingo". Solemne, Quique entonces se levanta y se dirige a los presentes leyendo sus propias notas. Los dieciséis primeros números conforman la convocatoria; los primeros correspondientes a cada línea, agrupados, conforman el equipo titular. Este método, de contrastado rigor científico como demuestra la estabilidad en la alineación del Atleti, está siendo estudiado por investigadores de Las Vegas, Nevada, que no descartan emplearlo en otros ámbitos no necesariamente ligados al fútbol.
____
Llegó la gente al campo y resultó no hacer tanto frío. No hace tanto frío, decían los que han ido al campo pocas veces. Verás luego, decía la afición más experimentada, verás. Un sabio meteorólogo aficionado al blues y la anatomía dijo justo antes de entrar que el Calderón es un caso único de estudio, un fenómeno meteorológico en sí mismo. En el Calderón no hace frío al principio de los partidos pero hace muchísimo frío los veinte últimos minutos, y ello sea cual sea la hora, día o estación en que se celebra el partido. Si se juega a las cinco, lo mismo en enero que en mayo, a las seis y cuarto empieza el relente; si empieza a las diez, y da igual que sea febrero que agosto, es sobre las once y veinte cuando cae la temperatura. No antes, no después. El Calderón es un caso único, un caso de estudio, una excepción planetaria que, nada más que por eso, debería ser protegido por la Unesco, por el Instituto Nacional de Meteorología y por la Fundación Mariano Medina. Sin embargo, como todos Vds saben, ahora que el campo está en su mejor momento, ahora que pasaron las obras y al lado del río ha salido un parque y un bosque, ahora que está la zona como para irse a pasar el día entero en jornada de partido, siguen adelante los planes de echar el estadio abajo y trasladar el equipo a la otra punta de la ciudad, en medio de un páramo sin árboles ni bares. Y al final no diremos nada porque, como en los atascos, es mejor agachar las orejas ante la autoridad que impone sus decisiones sin levantar la voz y dirigir las frustraciones contra los compañeros de grada que reclaman un club mejor para todos, no sólo para ellos.
Salió el Atleti al campo y la gente, ya acostumbrada a jugar al quique-bingo, miraba divertida la alineación. ¿Quién, hoy quién? ¿Domínguez? ¡Sí! ¿Perea? No, hoy no. ¿Valera? Tampoco. ¿Raúl? No, no. ¿Mario? ¡Si! ¡Mario sí! ¿Juanfran? Noooooo. ¿Elías? Sííííí ¡Bingo! ¡Bingooooooo! Han cantado bingo, una historia en polipiel para el caballero de las pobladas cejas.
Salió el Atleti pues con el portero que debe salir, con la defensa que todo el mundo pondría y con la delantera que nadie discute. El centro del campo fue otro cantar. Fijo Reyes, encumbrado últimamente por la prensa a jugador seleccionable, queda la duda de los otros tres. Y lo entendemos, no tanto lo de la selección como lo de la duda de los demás. Reyes, jugador de detalles impresionantes y actitud desesperante en general, jugador de talento con facilidad para hacer cosas complicadas cuando no piensa, conductor de balones y descolocador de compañeros cuando piensa un instante, parece que debe ser indiscutible en el equipo. El sábado metió un golazo de escándalo y dio a Forlán un buen pase en el último y es de los pocos que puede hacer lo que el rival no se espera. Mantiene, eso sí, su querencia a desentenderse a ratos, a no volver a la posición cuando la pierde, a enredarse en solitario en peleas imposibles y quedarse sentado mientras el rival arma el contraataque. Todo esto es cierto, pero también lo es que está funcionando mejor según avanza la liga.
Junto a él jugaron Tiago, Mario Suárez y Elías. El primero sigue mostrando criterio y pausa cuando el resto sólo se revolucionan, y esta es una característica de juego que, por inusual en el Atleti, es valiosísima. El sábado, además, pasó buena parte del segundo tiempo dando voces a centrocampistas y centrales, pidiendo que hablaran, que supieran donde están los compañeros antes de recibir el balón ... estas cosas, en fin, tan básicas que no siempre se dicen los jugadores del Atleti. Junto a Tiago, de doble pivote o algo parecido, jugó Mario. Mario jugó como suele jugar: aseado, bien colocado, ayudando a la recuperación y a la salida. No marca la diferencia, no parece imprescindible, pero aporta. Pudo marcar de tiro lejano, pero lo franco que le quedó el balón y el rugido in crescendo de la grada le hizo posiblemente querer romperla y se le fue alta; algo parecido le pasó a Juanfran al final del partido, cuando pifió una ocasión clarísima de esas que, cuando no hay tiempo que pensar ni de acordarse a quién dedicar el gol que inmediatamente se va a marcar, se mete.
Párrafo aparte merece Elías. Elías salió aparentemente de interior izquierdo, por delante de Filipe Luis Filipe. Quizás por el buen partido de éste, quizás por su querencia natural a irse al centro, por la banda se le vio poco. Elías se va al centro, deja a su par veinte metros a su espalda y da la impresión de no saber que él es el jugador más cercano a la línea cuando ataca el rival. A Elías se le vio perdido hasta que le dio por hacer lo que le apetecía: robar balones. Especialmente durante un rato del segundo tiempo, el Atleti se dedicó sorprendentemente a presionar en el campo del rival para ahogar su salida y ahí Elías aportó lo suyo: robar balones a los medio centros rivales que intentaban jugar, retrasarlos a Tiago y Mario para que estos buscaran más adelante. Conclusión, parece que Elías es también un recuperador, un nuevo centrocampista de destrucción, el quinto o sexto, según se mire; esto no le resta mérito a su capacidad de recuperación, pero pone muy en entredicho la oportunidad de su fichaje.
Dicho lo dicho, la sorpresa del partido fue que el Villarreal no jugó. El Villarreal, un equipo que presume de un juego mucho más fino que el porte de su entrenador, no jugó cómodo salvo un rato en el primer tiempo. No consiguió jugar Borja Valero, más ocupado en apagar fuegos que en dar pausa, y no lo hicieron tampoco Cazorla o Cani, buenos jugadores despegados el sábado de la delantera. Sólo marcó el Villarreal de falta, bien lanzada por Rossi y muy mal defendida por la barrera, formada casi por el mismo número de rojiblancos que de amarillo y con los últimos en la zona que invitaba al tiro. Parte del mérito está en el centro del campo del Atleti, mejor colocado y más solidario que otros días y con la inédita ayuda de Filipe Luis Filipe, y también en la actitud general del equipo, más de equipo y menos de comparsa que otras veces; si esta es una lección para el futuro es algo que no tenemos claro, que ya lo hemos vivido antes.
Para el final, la delantera. Jugó bien Agüero, que metió un buen gol tras gran jugada de Filipe Luis Filipe, y también Forlán. Forlán lo intentó, bajó al centro, pidió balones y los devolvió. Tiró de lejos y buscó paredes, tiró desmarques que nadie quiso ver y otros que sí tuvieron pase. Tiró a bote pronto, de lejos, arriba y al palo y muchas veces se encontró con Diego López. Eso sí, cuando Agüero marcó el dos uno, supimos que marcaría Forlán. Había marcado Reyes un gol de bandera, había marcado Agüero un buen gol en un muy buen momento y a Forlán, al Forlán con ganas que se vio el sábado, estas cosas no le dejan tranquilo. Poco tardó tras el segundo gol en bajar cerca de la línea del medio, recuperar un balón, pasárselo a Reyes y tirar el desmarque para la pared. El pase a Reyes debió hacerlo clavándole la mirada para indicarle dónde quería el balón, porque éste, lejos de complicarse, devolvió la bola al sitio justo con un toque rápido. Gol, tres uno, buen partido del Atleti, buen partido de Forlán, Filipe Luis Filipe y del equipo en general, y todo ello frente a un buen equipo al que se consiguió hacer jugar como si no lo fuera tanto.
Y aún así, en un buen partido del Atleti, en el partido más interesante en meses, en uno de los pocos partidos en los que el Atleti ha dado la talla contra un rival con los que hay que medirse, en un partido en el que todas las líneas jugaron bien y algunos jugadores mostraron su mejor nivel, la máxima puntuación de la noche se la llevó la grada. La grada, sí, la grada, la grada a la que tantas veces hemos puesto de pusilánime, desinteresada y dormida. La grada, sí, la que hasta ahora sólo reaccionaba cuando el equipo perdía o se pegaba un petardo sonado, la que cargaba con virulencia contra jugadores débiles olvidando a los responsables reales del problema, la que se dejaba llevar por lo que decía la prensa para criticar a unos y no ha otros, la grada, sí, la grada. La grada volvía a mostrar mucho verde y mucho oro, muchas pancartas de denuncia y reivindicación, mucha protesta. Empujada muchas veces desde el corner que divide el fondo sur de la grada de lateral y con el apoyo masivo de ese mismo fondo, la afición protestó contra el palco, pidió dimisiones, mostró su hastío y su rabia y también mostró criterio. Mostró criterio al protestar cuando se iba ganando y cuando se iba perdiendo, pero sobre todo cuando se iba ganando. Durante todo el partido, sobre todo tras los goles del Atleti, se alternó la animación y la protesta, el aliento al equipo y la reclamación contra el palco. La grada dio una lección que hace tiempo había olvidado, dejando claro que sí sabe lo que pasa y quién lo causa. Que dure, oiga, que dure.
___
El sábado, que era un día normal, el centro de Madrid estaba cortado. Así, cortado, como un café. Cortado con vallas, con coches de policía, con agentes de movilidad dando pitidos. Cortado. La gente no sabía bien qué pasaba, por qué está todo cortado, por qué tantas vallas y tantos pitidos y tantos atascos, por qué, por qué, oiga. La explicación llegó gracias al boca a boca: es cosa del carnaval. Madrid estaba cortado por el carnaval, como Río, como Cádiz. Madrid, qué cosas, no tiene tradición carnavalera y únicamente en los últimos años se ve a la gente disfrazada por la calle en días de carnaval; en los últimos años, sí, en los mismos en que se ve gente disfrazada en Halloween. Eso sí, el tráfico se corta en el centro. Se diría que en Madrid, sitio del que siempre se ha dicho que no hay demasiada gente de dos generaciones, se van tomando como propias las tradiciones de otros, para hacer identidad. A algunos nos suena rara esta manía de querer ser lo que uno no es y además querer serlo con la solera del que lo es desde siempre. En breve, creemos algunos, tendremos en Madrid fallas por San José, encierros por San Fermín y pavo por acción de gracias. Todo importado, todo artificial, todo forzado pero de todo al menos, de todo un poco, mejor algo en vez de nada.
Es común con esto de las tradiciones repentinas que, para rematar la faena, se corte el centro. El centro de Madrid se corta a la mínima y cuando no es el carnaval o una parada militar es una manifestación o un desfile tradicional austrohúngaro. El centro de Madrid se corta sin anuncio previo ni explicación suficiente, y normalmente lo que se consigue es que los automovilistas madrileños, que no se han enterado de nada, se agolpen en las vías de acceso al centro y ahí asistan al espectáculo brindado por el Ayuntamiento. Y es que el Ayuntamiento, para guiar y ayudar al ciudadano desinformado, cuenta con un cuerpo de élite encargado de solucionar los entuertos que él mismo crea: la Policía Municipal madrileña. La Policía Municipal madrileña, posiblemente la policía peor educada del globo, gusta de manejar estas situaciones luciendo sus características más famosas, esto es, el gesto despectivo, el pitido irrita-sordos, el ademán prepotente y el abandono de las formas más elementales. La Policía Municipal pita, grita, hace aspavientos, consigue con unos pocos signos confundir a gran cantidad de conductores que no necesariamente son idiotas pero a los que tratan como tales. El policía medio se dirige al ciudadano con gestos incomprensibles que ellos consideran clarísimos, y si uno no consigue descifrar a la primera el punto exacto del amplio abanico que va desde el "pase Vd rapidito" al "quieto ahí mismo y no se mueva" que el ademán puede significar, el gesto policial se torna en visible irritación, amenaza de multa y murmullos de esos que sugieren aquello tan funcionarial de "hay que ver la gente, qué bruta es".
La Policía Municipal madrileña, agresiva, maleducada y no especialmente eficaz, contaría en otra ciudad con un movimiento ciudadano en contra que exigiría que se le bajaran los humos y se le enseñara educación básica. Pero no es así, oiga, que la Policía Municipal cuenta con un aliado que no sabe que lo es y que no debería serlo: el madrileño al volante. El conductor madrileño, del que la policía abusa y al que el alcalde ignora, que ve su vida pasar en atascos y esperando que un señor bajito con casco y chaleco reflectante armado de una gran flecha blanca sobre fondo azul le haga el favor de dejarle pasar por las calles de su ciudad, cuyo mantenimiento paga, no exige educación a la fuerza pública, ni información al ayuntamiento, ni claridad en las explicaciones. No. El conductor madrileño no exige nada de eso a quien sería exigible y se muestra resignado y sumiso ante la autoridad. Sin embargo, qué cosas pasan, se muestra inflexible y estricto, crítico y maleducado hasta el punto de convertirse en odioso con sus compañeros de atasco, con los ciudadanos que como él se ven atrapados sin culpa ni voluntad en la ratonera, con el resto de contribuyentes a los que la autoridad maltrata. Así, una vez dentro del atasco el conductor medio no exige al policía corrección y claridad, pero sí exige al coche que va delante que interprete exactamente hacia dónde quiere ir él; si no lo hace toca el claxon, hace aspavientos y se acuerda de su madre. No pide al guardia que deje de tutear a los conductores agobiados ni que modere su ímpetu gestual ofensivo, pero pone como un trapo a la chica del coche de al lado si no acelera cuando él cree que debe hacerlo. Critica sólo para sus adentros la brillante idea del alcalde de asumir como propias todas y cada una de las fiestas populares de España, Canadá, Mongolia y parte del Hemisferio Sur, pero critica en público al coche de matrícula de provincias con el que debería hacer frente común y plantar cara al agente que, desquiciado, toca el pito como quien pastorea acémilas. El conductor madrileño, en fin, prefiere mostrarse sumiso con el funcionario que le maltrata y no protestar frente a la autoridad que, sin avisar, le amarga el sábado, renunciando a hacer valer sus derechos, reclamar respeto y exigir educación. La vía de escape para la frustración que esta postura tan blandengue le produce es, naturalmente, criticar al vecino que tan poca culpa como él tiene, insultar al compañero de atasco (mejor cuanto más débil, esto es, señor mayor, chica con poco tiempo de carnet o extranjero despistado). Todo muy lógico, como ven, todo muy agradable para el igual, todo muy ventajoso para la autoridad asilvestrada.
______
Cuentan los que saben de esto que Quique Sánchez Flores trabaja los partidos a conciencia. Para preparar los enfrentamientos se recluye en su domicilio el día antes del partido y convoca, a puerta cerrada, a varias personas de confianza y reputada sabiduría futbolística que hacen las veces de asesores personales. En un cuarto cerrado, aislado del ruido y de las interferencias que la vida en la ciudad provoca, pide a los asesores que tomen asiento y se pongan cómodos y da una breve charla a modo de introducción. Reparte entonces unas fichas y unos bolígrafos entre los asistentes y, con gran solemnidad, procede a iniciar el rito por el que el grupo de expertos proceden a confeccionar el equipo titular de la jornada. Como primer paso, Quique selecciona unas bolas con los números de los jugadores de la plantilla. Introduce las bolas en un bombo y procede a mezclarlas con un movimiento circular. Gracias a un dispositivo de cerrojo, hace salir las bolas por una apertura del bombo y anuncia el número con voz y gesto grave, alternando a veces expresiones crípticas que sólo los expertos conocen: así, Godín es conocido en la misteriosa reunión como La Niña Bonita mientras que a Diego Costa se refieren los asistentes como Los Dos Patitos. Cada vez que sale un número, los asistentes toman notas en las fichas distribuidas. En este punto el papel de los asesores es crucial: cada uno tiene una misión determinada, bien definida. Uno se ocupa de la defensa, otro de la media y otro de la delantera. Cada uno tiene un número determinado de puestos asignados, y se ocupa de anotar los números de las bolas que salen del bombo en caso de que correspondan con dorsales de jugadores correspondientes a su área de responsabilidad. Cuando completan el número total de jugadores que conforman el equipo titular en su línea correspondiente, los expertos se dirigen solemnemente al entrenador gritando con voz firme un código secreto: "línea". Cuando todos los responsables han completado el número total de jugadores correspondientes a su línea, hacen un gesto pactado y el asesor de mayor edad se pone en pie y grita otro código secreto, en este caso "bingo". Solemne, Quique entonces se levanta y se dirige a los presentes leyendo sus propias notas. Los dieciséis primeros números conforman la convocatoria; los primeros correspondientes a cada línea, agrupados, conforman el equipo titular. Este método, de contrastado rigor científico como demuestra la estabilidad en la alineación del Atleti, está siendo estudiado por investigadores de Las Vegas, Nevada, que no descartan emplearlo en otros ámbitos no necesariamente ligados al fútbol.
____
Llegó la gente al campo y resultó no hacer tanto frío. No hace tanto frío, decían los que han ido al campo pocas veces. Verás luego, decía la afición más experimentada, verás. Un sabio meteorólogo aficionado al blues y la anatomía dijo justo antes de entrar que el Calderón es un caso único de estudio, un fenómeno meteorológico en sí mismo. En el Calderón no hace frío al principio de los partidos pero hace muchísimo frío los veinte últimos minutos, y ello sea cual sea la hora, día o estación en que se celebra el partido. Si se juega a las cinco, lo mismo en enero que en mayo, a las seis y cuarto empieza el relente; si empieza a las diez, y da igual que sea febrero que agosto, es sobre las once y veinte cuando cae la temperatura. No antes, no después. El Calderón es un caso único, un caso de estudio, una excepción planetaria que, nada más que por eso, debería ser protegido por la Unesco, por el Instituto Nacional de Meteorología y por la Fundación Mariano Medina. Sin embargo, como todos Vds saben, ahora que el campo está en su mejor momento, ahora que pasaron las obras y al lado del río ha salido un parque y un bosque, ahora que está la zona como para irse a pasar el día entero en jornada de partido, siguen adelante los planes de echar el estadio abajo y trasladar el equipo a la otra punta de la ciudad, en medio de un páramo sin árboles ni bares. Y al final no diremos nada porque, como en los atascos, es mejor agachar las orejas ante la autoridad que impone sus decisiones sin levantar la voz y dirigir las frustraciones contra los compañeros de grada que reclaman un club mejor para todos, no sólo para ellos.
Salió el Atleti al campo y la gente, ya acostumbrada a jugar al quique-bingo, miraba divertida la alineación. ¿Quién, hoy quién? ¿Domínguez? ¡Sí! ¿Perea? No, hoy no. ¿Valera? Tampoco. ¿Raúl? No, no. ¿Mario? ¡Si! ¡Mario sí! ¿Juanfran? Noooooo. ¿Elías? Sííííí ¡Bingo! ¡Bingooooooo! Han cantado bingo, una historia en polipiel para el caballero de las pobladas cejas.
Salió el Atleti pues con el portero que debe salir, con la defensa que todo el mundo pondría y con la delantera que nadie discute. El centro del campo fue otro cantar. Fijo Reyes, encumbrado últimamente por la prensa a jugador seleccionable, queda la duda de los otros tres. Y lo entendemos, no tanto lo de la selección como lo de la duda de los demás. Reyes, jugador de detalles impresionantes y actitud desesperante en general, jugador de talento con facilidad para hacer cosas complicadas cuando no piensa, conductor de balones y descolocador de compañeros cuando piensa un instante, parece que debe ser indiscutible en el equipo. El sábado metió un golazo de escándalo y dio a Forlán un buen pase en el último y es de los pocos que puede hacer lo que el rival no se espera. Mantiene, eso sí, su querencia a desentenderse a ratos, a no volver a la posición cuando la pierde, a enredarse en solitario en peleas imposibles y quedarse sentado mientras el rival arma el contraataque. Todo esto es cierto, pero también lo es que está funcionando mejor según avanza la liga.
Junto a él jugaron Tiago, Mario Suárez y Elías. El primero sigue mostrando criterio y pausa cuando el resto sólo se revolucionan, y esta es una característica de juego que, por inusual en el Atleti, es valiosísima. El sábado, además, pasó buena parte del segundo tiempo dando voces a centrocampistas y centrales, pidiendo que hablaran, que supieran donde están los compañeros antes de recibir el balón ... estas cosas, en fin, tan básicas que no siempre se dicen los jugadores del Atleti. Junto a Tiago, de doble pivote o algo parecido, jugó Mario. Mario jugó como suele jugar: aseado, bien colocado, ayudando a la recuperación y a la salida. No marca la diferencia, no parece imprescindible, pero aporta. Pudo marcar de tiro lejano, pero lo franco que le quedó el balón y el rugido in crescendo de la grada le hizo posiblemente querer romperla y se le fue alta; algo parecido le pasó a Juanfran al final del partido, cuando pifió una ocasión clarísima de esas que, cuando no hay tiempo que pensar ni de acordarse a quién dedicar el gol que inmediatamente se va a marcar, se mete.
Párrafo aparte merece Elías. Elías salió aparentemente de interior izquierdo, por delante de Filipe Luis Filipe. Quizás por el buen partido de éste, quizás por su querencia natural a irse al centro, por la banda se le vio poco. Elías se va al centro, deja a su par veinte metros a su espalda y da la impresión de no saber que él es el jugador más cercano a la línea cuando ataca el rival. A Elías se le vio perdido hasta que le dio por hacer lo que le apetecía: robar balones. Especialmente durante un rato del segundo tiempo, el Atleti se dedicó sorprendentemente a presionar en el campo del rival para ahogar su salida y ahí Elías aportó lo suyo: robar balones a los medio centros rivales que intentaban jugar, retrasarlos a Tiago y Mario para que estos buscaran más adelante. Conclusión, parece que Elías es también un recuperador, un nuevo centrocampista de destrucción, el quinto o sexto, según se mire; esto no le resta mérito a su capacidad de recuperación, pero pone muy en entredicho la oportunidad de su fichaje.
Dicho lo dicho, la sorpresa del partido fue que el Villarreal no jugó. El Villarreal, un equipo que presume de un juego mucho más fino que el porte de su entrenador, no jugó cómodo salvo un rato en el primer tiempo. No consiguió jugar Borja Valero, más ocupado en apagar fuegos que en dar pausa, y no lo hicieron tampoco Cazorla o Cani, buenos jugadores despegados el sábado de la delantera. Sólo marcó el Villarreal de falta, bien lanzada por Rossi y muy mal defendida por la barrera, formada casi por el mismo número de rojiblancos que de amarillo y con los últimos en la zona que invitaba al tiro. Parte del mérito está en el centro del campo del Atleti, mejor colocado y más solidario que otros días y con la inédita ayuda de Filipe Luis Filipe, y también en la actitud general del equipo, más de equipo y menos de comparsa que otras veces; si esta es una lección para el futuro es algo que no tenemos claro, que ya lo hemos vivido antes.
Para el final, la delantera. Jugó bien Agüero, que metió un buen gol tras gran jugada de Filipe Luis Filipe, y también Forlán. Forlán lo intentó, bajó al centro, pidió balones y los devolvió. Tiró de lejos y buscó paredes, tiró desmarques que nadie quiso ver y otros que sí tuvieron pase. Tiró a bote pronto, de lejos, arriba y al palo y muchas veces se encontró con Diego López. Eso sí, cuando Agüero marcó el dos uno, supimos que marcaría Forlán. Había marcado Reyes un gol de bandera, había marcado Agüero un buen gol en un muy buen momento y a Forlán, al Forlán con ganas que se vio el sábado, estas cosas no le dejan tranquilo. Poco tardó tras el segundo gol en bajar cerca de la línea del medio, recuperar un balón, pasárselo a Reyes y tirar el desmarque para la pared. El pase a Reyes debió hacerlo clavándole la mirada para indicarle dónde quería el balón, porque éste, lejos de complicarse, devolvió la bola al sitio justo con un toque rápido. Gol, tres uno, buen partido del Atleti, buen partido de Forlán, Filipe Luis Filipe y del equipo en general, y todo ello frente a un buen equipo al que se consiguió hacer jugar como si no lo fuera tanto.
Y aún así, en un buen partido del Atleti, en el partido más interesante en meses, en uno de los pocos partidos en los que el Atleti ha dado la talla contra un rival con los que hay que medirse, en un partido en el que todas las líneas jugaron bien y algunos jugadores mostraron su mejor nivel, la máxima puntuación de la noche se la llevó la grada. La grada, sí, la grada, la grada a la que tantas veces hemos puesto de pusilánime, desinteresada y dormida. La grada, sí, la que hasta ahora sólo reaccionaba cuando el equipo perdía o se pegaba un petardo sonado, la que cargaba con virulencia contra jugadores débiles olvidando a los responsables reales del problema, la que se dejaba llevar por lo que decía la prensa para criticar a unos y no ha otros, la grada, sí, la grada. La grada volvía a mostrar mucho verde y mucho oro, muchas pancartas de denuncia y reivindicación, mucha protesta. Empujada muchas veces desde el corner que divide el fondo sur de la grada de lateral y con el apoyo masivo de ese mismo fondo, la afición protestó contra el palco, pidió dimisiones, mostró su hastío y su rabia y también mostró criterio. Mostró criterio al protestar cuando se iba ganando y cuando se iba perdiendo, pero sobre todo cuando se iba ganando. Durante todo el partido, sobre todo tras los goles del Atleti, se alternó la animación y la protesta, el aliento al equipo y la reclamación contra el palco. La grada dio una lección que hace tiempo había olvidado, dejando claro que sí sabe lo que pasa y quién lo causa. Que dure, oiga, que dure.
Etiquetas:
Atleti,
Atlético Madrid,
El Centro,
Elias,
Forlán,
Liga,
Policía Municipal,
Quique Sánchez Flores,
Reyes,
Villarreal
lunes, 14 de diciembre de 2009
UN PARTIDO FRÍO

Por Jesús Doggy, desde una banda.
Vayamos por partes. Llegaba el Atlético de Madrid a la decimocuarta jornada liguera con el engañoso aspecto del que viene de lograr dos solventes victorias ligueras consecutivas y de dar un grosero petardazo para celebrar el que, desgraciadamente, puede haber sido el último partido de la máxima competición continental disputado en el estadio Vicente Calderón. Enfrente, un Villarreal, este sí, al alza. El partido se había vendido, inconcebiblemente, como un duelo entre equipos similares, grandes en horas bajas, candidatos a Europa bregando al filo del abismo. En fin, esas cosas. Una comparación tan engañosa como la estadística, pues el Villarreal de Ernesto Valverde en nada se parece al deshilachado despojo en que ha devenido el Atlético de Madrid. Uno mira al Villarreal y reconoce un proyecto de equipo, una trayectoria coherente en el mercado de fichajes –con sus inevitables errores, algunos de bulto-, el gusto por un determinado perfil de jugadores y, sobre todo, la confianza de estar en el camino correcto. El Villarreal, finalizado el brillante quinquenio del Ingeniero Pellegrini, fichó a Ernesto Valverde, un excelente entrenador que combina rigor táctico con una clara apuesta por el dominio de los partidos, convencido de que era el sustituto ideal. Al Txingurri se le dio un buen equipo ya formado al que se añadieron un par de retoques bien pensados por la magnífica secretaría técnica del club. El nuevo proyecto ha tardado en carburar, pero visto lo visto ayer, en un helador estadio Vicente Calderón, parece que ya arranca. El Atlético de Madrid, por el contrario, es un equipo gripado, que podrá pegar algún loco acelerón de vez en cuando, pero que necesita urgentes cambios, especialmente una junta de la culata nueva. El Atlético de Madrid, sin proyecto definido de equipo, sin un atisbo, no ya de coherencia sino de la más elemental profesionalidad y sentido común, en su política de fichajes, sin la más remota idea del tipo de jugador que puede o debe vestir la elástica rojiblanca y, sobre todo, con la certeza evidente de ser un club a la deriva, en nada se parece al Villarreal. Frente al Villarreal, lo único que el actual Atlético de Madrid puede esgrimir es su Historia. Y, reconozcámoslo, ese es un argumento muy pobre. El Atlético de Madrid puso fin de mala manera al honesto, profesional y cumplidor ciclo de Javier Aguirre no sé sabe muy bien por qué, salvo que fuera para apaciguar a una grada enloquecida por la rabia y la frustración. El Atlético de Madrid, sin que se sepa muy bien por qué, salvo que fuera porque era barato y porque podía calmar a esa hastiada grada, sustituyó al aguerrido mejicano por un veterano de la casa, Abel Resino, un entrenador sin experiencia en el máximo nivel, partidario al parecer de adelantar la defensa a toda costa. A Abel Resino se le dio un deslavazado grupo de futbolistas, digamos un equipo, al que, posteriormente, se le extrajeron varias piezas interesantes para cederlas a otros equipos y al que, finalmente, se le escaqueó un titular importante con nocturnidad y alevosía. La infame e indigna secretaría técnica del club gastó el poco dinero disponible en la compra de un jugador tan prometedor como innecesario, convenció con una buena ficha a un veterano central internacional del Betis e hizo retornar a dos jugadores que ya habían demostrado su falta de valía para jugar en el estadio Vicente Calderón. El Atlético de Madrid despidió pocos meses después al susodicho Abel Resino y, sin que se sepa muy bien por qué, le dio el mando de los restos del naufragio a un señor que responde a las iniciales de QSF, reconocido estratega, entrenador de los llamados de pizarra, con un indisimulado gusto por amarrar los resultados.
Está claro, pues, que no se trataba de un duelo entre equipos similares, ni siquiera parecidos. Para mayor abundamiento, el único jugador de jerarquía del equipo, el único jugador capaz de marcar la diferencia, el llamado jugador franquicia, se quedó en la grada aquejado de dolores que hacen temer por una inminente y trágica lesión. La evidente diferencia entre ambos equipos se demostró en toda su crudeza ayer, durante la primera media hora del encuentro. El Villarreal presionó arriba y presionó bien, el Villarreal junto bien las líneas adelantando la defensa al medio del campo y achicando con sentido, el Villarreal juntó en el centro a Cani, a Cazorla y a Senna combinando y conectando con los inquietos y punzantes Fuster y Rossi y barrió del campo al Atlético de Madrid pese al denodado esfuerzo de un señor negro, calvo y profesional al que cariñosamente apodamos Asunción (y que, como usted habrá sin duda ya adivinado, volvió a ver, lógicamente, una tarjeta amarilla). En tan sólo media hora de juego, para ser exactos en 35 minutos, se vivió en el estadio Vicente Calderón un resumen diáfano de lo que se ha dicho en el párrafo anterior. El Villarreal hizo lo que quiso, y por donde quiso, con un Atlético de Madrid que, por momentos, pareció ridícula caricatura, absurdo remedo, innoble banda. Espantoso en defensa, con Valera superado una y otra vez, con Perea y Juanito inermes, ausentes y enervantes, con un Ujfalusi voluntarioso pero fuera de sitio. Intolerable en el medio, con un Simao muy irregular que tuvo que hacer de medio centro ante la enésima no comparecencia de un medio fantasista que tenemos, que dicen que es muy bueno, con Asunción literalmente desesperado y con un Jozean Reyes que fue el único que parecía saber jugar al fútbol de los nuestros. Que ya es triste, como dice un buen amigo. Y sonrojante en la punta del ataque, perdón, del ataque fantasma. Porque ayer, en el estadio Vicente Calderón, uno miraba al ataque del Atlético de Madrid y veía dos fantasmas, dos espectros, dos hologramas. Ayer, en el estadio Vicente Calderón, uno miraba la punta de lanza del Atlético de Madrid y no daba crédito, porque veía dos réplicas exactas, pero idénticas, de Diego Forlán y de Maximiliano Rodríguez, sabiendo, sin embargo, que es de todo punto imposible que esos dos patéticos bultos sospechosos que veía fueran verdaderamente Diego Forlán y Maximiliano Rodríguez.
En esos 35 minutos el único jugador del Atlético de Madrid que cumplió con su trabajo fue un Pobre Porterito Palentino, discutido y condenado por muchos ya desde el día de su presentación, como si el PPP tuviera alguna culpa de ser un joven y prometedor cancerbero que no le hacía ninguna falta a un equipo sobrado únicamente de eso, de jóvenes y prometedores guardametas. El Villarreal pudo marcar a los dos minutos, pero el PPP salió rápido y bien a los pies de Fuster que retrató a Perea en la primera que tuvo (Perea, por cierto, le propinó poco después uno de esos codazos absolutamente necios suyos con los que trata de justificar su injustificable presencia en el terreno de juego, esta vez, por suerte para el equipo, el árbitro no le vio). Tres minutos después era Cazorla el que chutaba, cómodo y con espacio, desde la frontal y el PPP, adornándose en exceso en un gesto palomitero de los que gustan de afearle sus detractores, desvió a córner. Dos minutos más tarde era otra vez Fuster el que probaba desde lejos al PPP que esta vez realiza una intervención de mérito para desviar a saque de esquina. En el minuto diez le tocó a Cani reírse de la zaga rojiblanca, aunque no atinó con un remate cruzado ante la alocada y mal calculada salida del PPP. Cinco minutos más tarde, Rossi disparaba, de nuevo sin oposición, desde la frontal, y su disparo se perdía fuera por poco, por muy poco. Poco después, de nuevo Rossi probaba suerte y el PPP detenía con apuros en dos tiempos. Increíblemente, tras el inapelable baño de juego y ocasiones recibido, el Atlético de Madrid se adelantaba en el marcador gracias a un exquisito pase interior de Jozean Reyes (poco antes le había dado otro igual a Maxi, sancionado con un inexistente fuera de juego) a Simao, que el portugués convertía en gol con elegancia y sangre fría. Increíblemente, después de la incontestable superioridad demostrada por el Villarreal en todos los aspectos del juego, el Atlético de Madrid se iba a la inmerecida ducha con ventaja en el marcador y los rumores de una grada con principio de congelación se tornaban sonrisas cautelosas.
Si en la primera mitad quedó claro que el actual Atlético de Madrid no puede jugar de igual a igual con el actual Villarreal, en la segunda parte se demostró que el actual Atlético de Madrid no vale siquiera para defender un marcador a favor y salvar los puntos. A los tres minutos de la reanudación, un jugador llamado Capdevila, uno de los titulares de aquel Atleti que se fue a Segunda, ahora convertido en internacional absoluto indiscutible y Campeón de Europa, centró tranquilamente desde su banda izquierda, un centro templado y muy lejano que el joven Fuster, en el balcón del área chica, remató abajo, como mandan los cánones, imponiéndose por enésima vez a Juanito y batiendo a un PPP que dudó donde no se duda y recogió el balón del fondo de su portería como el que tiene una certeza inútil. El Atlético tuvo una ocasión aislada, pero muy clara, en las botas de un replicante que se parece a Maximiliano Rodríguez como una gota de agua a otra gota de agua; mientras el Villarreal encadenaba, una tras otra, situaciones magníficas para marcar: la tuvo Rossi, pero remató fuera, otra vez por poco, la tuvo Escudero, pero su remate, que probablemente se colaba, pegó en Asunción, la tuvo Marcos Senna, ayer, por momentos, pletórico, al que le faltó precisión y la tuvo el central uruguayo Godín que erró clamorosamente rematando alto cuando estaba solo dentro del área. En el banquillo del Villarreal, Ernesto Valverde hizo tres cambios, refrescando en el momento justo a su equipo en el centro del campo y en el ataque. En el banquillo del Atlético de Madrid, QSF no se atrevió a quitar al golem rubio que algunos dicen que es el mismo delantero uruguayo que ganó la última Bota de Oro del fútbol europeo y, en su lugar, optó por retirar, bastante tarde, al inoperante sosias de Maximiliano Rodríguez. Poco después se lesionó Jozean Reyes, volteado salvajemente en un choque con Diego López, y QSF tomó la extraña determinación de dar entrada a Ignacio Camacho. El canterano tuvo la mejor ocasión del Atlético de Madrid, pero remató alto, en inmejorable posición, un saque de esquina botado por Simao. Se cumplía entonces el minuto 90, pero aún tuvo tiempo el Villarreal de marcar el gol del triunfo y de fallar una nueva ocasión. Escudero se marchó por la banda izquierda, defendido por la acuosa mirada lejana de Valera, centró al borde del área chica y Juanito, apurado por Joseba Llorente, se marcó en propia meta el gol del triunfo castellonense. Con el Atlético de Madrid ya definitivamente descompuesto y la grada finalmente gritando las verdades del barquero, que riman en il y en ón, el PPP salvó una doble ocasión saliendo valientemente a los pies de Escudero, primero, y de Joseba Llorente, después.
Turienzo Álvarez, que sin influir en modo alguno en el marcador, realizó un arbitraje paupérrimo, plagado de fallos de apreciación y de errores técnicos, pitó el final del partido, momento que aprovechó un impersonator del rubio delantero centro del Atlético de Madrid para conversar muy sonriente con sus presuntos compatriotas Godín y Eguren a propósito de las vacaciones navideñas en las playas de Punta del Este, del nuevo aspecto de Indy, la mascota del Atlético de Madrid, que ahora saca la lengua donde antes mostraba sonrisa mellada y, sobre todo, de la portada de la inefable revista Forza Atleti. Como decía mi abuelo, yo, por si acaso, me vine.
Etiquetas:
Doggy,
Forza Atleti,
Jesús Doggy,
PPP,
QSF,
Villarreal
lunes, 16 de marzo de 2009
Piadosa crónica del Atleti - Villarreal
Ayer, ese equipo raro que nos enamora los domingos y nos desespera los miércoles volvió a dar la sensación de que algo raro debe pasar cuando un equipo juega liga y Champions de un modo tan distinto y, de paso, volvió a marcar el camino a seguir.
Últimamente en el campo del Atleti no abundan los actos piadosos ni el ejercicio de las virtudes teologales, ni siquiera en Cuaresma. Si acaso es más frecuente encontrar lo contrario, sobre todo los pecados capitales en sus versiones más amplias. En el palco abunda la avaricia y también la ignorancia, aunque esta última no sea pecado capital sino una maldición bíblica para el Club y sus seguidores. En algunos puntos de la grada y del túnel de la M-30 aflora la ira (justificada) y, en los intermedios, en fondos, tribuna y lateral impera la gula (sobre todo si el partido es a las 21.00). También la gula es el problema de algunos jugadores, sobre todo de alguno del medio campo con media melena e incisivos prominentes diseñados para facilitar la deglución que también tiene serios problemas con la pereza y la soberbia, esta última sobre todo al hablar con sus entrenadores; de generosidad, por cierto, anda justito. También algún entrenador ha pecado de soberbia, o diríamos de imprudencia, sobre todo si se le compara con su prudente antecesor. Otros pecan de envidia, y aunque sobre lujuria no sabemos tanto, nos imaginamos que no queda lejos viendo quién se anuncia en los videomarcadores.
En medio de este impío panorama el Atleti ayer, fiel a su naturaleza transgresora, hizo lo que, por infrecuente, uno no esperaba. Es de todos sabido que el Atleti reciente, cuando las cosas se tuercen, tiende a perder toda esperanza, bajar los brazos y encomendarse al azar sin esperar caridad alguna del rival. La desesperanza cunde también en la grada que ve al equipo bajar los brazos y conformarse, quizás por obra y gracia de ese virus del derrotismo contraído tras aquella transfusión de sangre de la Sra Rushmore. Pero ayer algo pasó, algo nuevo que devolvió la esperanza a la grada, algo tan infrecuente en el pasado reciente como común hace unos años. Y es que, señores, ayer el Atleti tuvo fe.
___
Salió el Atleti entre vítores cuando uno esperaba una bronca monumental por aquello de que el partido del pasado miércoles fue un monumento a la desidia y el despiste general, y resulta que se le recibió con flamear de banderas y pancartas monumentales, qué cosas pasan. Salió el Atleti a jugar el partido en el que se jugaba todo y uno esperaba cualquier cosa, visto que tras dos buenos partidos llegó un partido malo cuando menos se podía imaginar. El caso es que salió el Atleti y uno no sabía si taparse los ojos y mirar entre los dedos o bien acomodarse en el sitio y esperar que las cosas fueran como debían y, de paso, limpiar con el pantalón el mugriento asiento con el que nos obsequia cada domingo ese club presidido por un maniático de la limpieza; asiento en cuyos recovecos, como cada primavera, germinan girasoles y almendros y melocotoneros, mudos testigos de la vegetal dieta de la afición.
El caso es que salió el Atleti y a los dos minutos le pitaron un penalti. Penalti. Y a favor, oiga. No sabemos bien si fue o no, si Agüero forzó la caída o si el árbitro decidió pitar para así tener una excusa y pitar todas y cada una de las faltas dudosas y no dudosas en contra del equipo local durante el resto del partido, pero el caso es que el árbitro pitó un penalti en el minuto dos que al Atleti le venía de perlas. Y el caso es que Forlán, que no suele fallar estas cosas, tiró a media altura y paró Diego López, perfecta metáfora del traslado de protagonismo. Forlán, que venía de haberse convertido él solito en ojo de huracán, estandarte del antiabelismo ilustrado y objetivo de todos los entrevistadores, dejó paso a Diego López el testigo de la noche. Porque el portero del Villarreal, más grande de lo que uno recordaba, más rápido de lo que esperaba y peor vestido que muchos porteros ya sean de discoteca, futbolín o finca urbana - incluso automáticos -, paró todo lo parable y parte de lo imparable por alto, bajo y medio, desesperando a la delantera atlética y de paso a la parroquia durante buena parte del partido. Diego López hizo ayer un partidazo que a punto estuvo de darle algún punto a su equipo cuando se podía haber llevado media docena de goles.
Falló el penalti Forlán e, inesperadamente, el Atleti dijo da igual. El Atleti siguió atacando hasta el punto de hacer en veinte minutos más ocasiones que en toda la eliminatoria contra el Oporto. Tiró Forlán de nuevo y también Simão, tiró Maxi y Raúl García y luego Agüero, tiraba el Atleti tiro tras tiro y provocaba corners y situaciones de peligro hasta que en uno de los corners, qué cosas, Simão intentó el rizo del tirabuzón y terminó haciendo un pase al rival que acabó con Javi Venta de extremo escapándose de Forlán, el único local que llegó a tapar su subida, y con Matías Fernández marcando un gol poco merecido y poco esperado. Cero uno tras tener muchas ocasiones, una pájara temporal y una cuesta arriba que se antojaba al alcance del Atleti, siempre que este quisiera.
Tras un rato de pocas luces, el Atleti volvió a jugar. Jugó el centro del campo, con Raúl cada vez más importante y Assunção algo gris pero eficaz en su misión de tapar a Senna. Jugó con Maxi más centrado gracias a la ayuda de Heitinga, dueño de su banda y siempre dispuesto a ayudar al compañero y a contribuir a la salida del balón, y con Simão haciendo de Simão, esto es, de buen jugador de fútbol apoyado encima por Antonio López, venido arriba en los últimos partidos. El Villarreal no podía con el Atleti, con un Atleti convencido de sus posibilidades y por primera vez en mucho tiempo convencido de su sistema. Delante se peleaba el Kun con el discreto e improvisado centro de la defensa del Villarreal. Detrás Pablo, algo inseguro como de costumbre pero más contundente lejos de su área chica, y Perea, rapidísimo y entregado también como de costumbre, parecían no tener demasiados problemas en neutralizar los ataques rivales que conseguían pasar de la red formada en el centro del campo. Y eso que el Villarreal jugaba con Cani, Cazorla, Rossi, Pirés, Matías Fernández, Senna y algún otro, todos jugadores de calidad y toque. Pero el Atleti sabía que jugaba bien, sabía que tenía que continuar como estaba y sabía que, de seguir así, el balón acabaría entrando. Y, tras el descanso, el Atleti seguía teniendo claro que había que seguir así. Y lo tuvo muy claro hasta que, cinco minutos más tarde, marcaba Cani un gol concedido con más facilidad de la recomendable en un equipo que aspira a cosas. Marcó Cani y la grada se desesperó, ahora no, ay Dios mío, o marcamos pronto o esto se nos escurre entre los dedos.
Y marcó el Atleti en la jugada clave del partido, un balón de Forlán al palo a cuyo rechace llegaron Agüero y Maxi con los dientes apretados y la ambición del que no se resigna a perder un partido que no debe perder. Marcó el Atleti y la grada se vino arriba, destilando un perfume a puro habano y rabia y fe parecido al del día del Barça y parecido al de los partidos de hace tiempo. Rugió la grada y el equipo entendió el mensaje, pasando siempre de la línea del centro del campo con confianza y ambición. Jugaba rápido el Atleti y, aunque perdía, algo decía que se iba a ganar o al menos a caer con la grandeza del que no entiende cómo puede ser que se conjugue el verbo perder en futuro. La grada, ausente en otros partidos, transmitió al equipo lo que algunas gradas inglesas transmiten a los suyos en los malos momentos, lo que algunos estadios de rugby transmiten a sus jugadores cuando gritan los fondos "Believe!" y responden las tribunas "Believe!", creed en vosotros mismos, creeros que esto es posible con la intensidad con la que lo creemos nosotros, creed en lo que hacéis porque lo estáis haciendo bien y ni el rival ni el destino ni el pasado ni el futuro pueden con vosotros si os lo creéis.
Creyó el Atleti en él y en su credo propio e hizo proselitismo de su fe mientras que el Villarreal apostató de la suya. Pasó el Atleti por encima del rival, anonadado al ver que un equipo al que la mala suerte y su portero habían dejado por detrás se lanzaban al galope contra la muralla, viendo cómo la fe de la grada y los jugadores les echaba encima la montaña que entre todos habían movido. El Villarreal, equipo de finos estilistas poco duchos en el arte de apuntalar muros y cavar trincheras, vio como el Atleti se tiraba de cabeza a por un partido que podía y debía ganar. "Nos pasaron por encima", diría luego uno de los jugadores destacados del centro del campo y lo mismo diría el entrenador, elegantes declaraciones de quien reconoce la superioridad del amor propio y la presión de un estadio que cree en los que juegan porque, curiosamente, los que juegan creen lo mismo que el estadio.
Quedando veinte minutos el árbitro expulsó a Javi Venta tras haber sido desquiciado por Simão, la avispa que hace descarrilar el tanque picando al conductor. Salió Banega cuando el Villarreal jugaba con diez y se había echado atrás unos metros, y movió el equipo con fluidez y espacio. El Atleti asediaba al Villarreal, éste reculaba y se metía en su área, y si el partido hubiera acabado ahí nos hubiéramos retorcido el hígado de rabia pero al menos no de frustración. Pero ahí no quedó el tema a pesar, todavía, de Diego López. Marcó Forlán tras una magnífica maniobra de Maxi y así tuvo la justa recompensa a su constancia: Forlán no hizo su mejor partido y aún así metió un gol y medio, qué cosas tiene este tipo. Y cuando el Atleti se había lanzado a pecho descubierto con riesgo de ser devorado por los leones, levitó Antonio López entre los infieles y marcó un golazo de cabeza, uno de sus poquitos goles de cabeza, un gol de fe en un momento milagroso.
Tras esos minutos en los que todos en la grada pensamos que, siendo el Atleti el Atleti, lo más normal habría sido que se echase por tierra todo lo conseguido, acabó el partido. Acabó el partido y la gente respiró y alabó a los responsables quienes, a su vez, devolvían el aplauso al respetable con el arrepentimiento del que en alguna otra ocasión dudó de todo y no cumplió con las expectativas, quizás con el propósito de enmienda del hijo pródigo. Los jugadores en pleno fueron al centro del campo a corresponder a la hinchada, en parte algo justo y en parte algo irritante por aquellas veces en las que no lo hicieron. Ganó el Atleti un partido que le volvía a meter en la pelea por los objetivos mínimos y que recuperaba su autoestima y la de sus seguidores. Ganó también el Atleti un partido que lanzó preguntas sin respuesta: ¿por qué ayer sí y no el miércoles? ¿por qué ese despliegue de fe en el segundo tiempo y no en Oporto? Las respuestas son misterios indescifrables que, si bien plantean interesantes cuestiones cuasi-teológicas, no deberían privarnos ahora del júbilo y el flamear de hojas de palma. O de tomar cañas tranquilos hasta el domingo, que tampoco está mal.
Últimamente en el campo del Atleti no abundan los actos piadosos ni el ejercicio de las virtudes teologales, ni siquiera en Cuaresma. Si acaso es más frecuente encontrar lo contrario, sobre todo los pecados capitales en sus versiones más amplias. En el palco abunda la avaricia y también la ignorancia, aunque esta última no sea pecado capital sino una maldición bíblica para el Club y sus seguidores. En algunos puntos de la grada y del túnel de la M-30 aflora la ira (justificada) y, en los intermedios, en fondos, tribuna y lateral impera la gula (sobre todo si el partido es a las 21.00). También la gula es el problema de algunos jugadores, sobre todo de alguno del medio campo con media melena e incisivos prominentes diseñados para facilitar la deglución que también tiene serios problemas con la pereza y la soberbia, esta última sobre todo al hablar con sus entrenadores; de generosidad, por cierto, anda justito. También algún entrenador ha pecado de soberbia, o diríamos de imprudencia, sobre todo si se le compara con su prudente antecesor. Otros pecan de envidia, y aunque sobre lujuria no sabemos tanto, nos imaginamos que no queda lejos viendo quién se anuncia en los videomarcadores.
En medio de este impío panorama el Atleti ayer, fiel a su naturaleza transgresora, hizo lo que, por infrecuente, uno no esperaba. Es de todos sabido que el Atleti reciente, cuando las cosas se tuercen, tiende a perder toda esperanza, bajar los brazos y encomendarse al azar sin esperar caridad alguna del rival. La desesperanza cunde también en la grada que ve al equipo bajar los brazos y conformarse, quizás por obra y gracia de ese virus del derrotismo contraído tras aquella transfusión de sangre de la Sra Rushmore. Pero ayer algo pasó, algo nuevo que devolvió la esperanza a la grada, algo tan infrecuente en el pasado reciente como común hace unos años. Y es que, señores, ayer el Atleti tuvo fe.
___
Salió el Atleti entre vítores cuando uno esperaba una bronca monumental por aquello de que el partido del pasado miércoles fue un monumento a la desidia y el despiste general, y resulta que se le recibió con flamear de banderas y pancartas monumentales, qué cosas pasan. Salió el Atleti a jugar el partido en el que se jugaba todo y uno esperaba cualquier cosa, visto que tras dos buenos partidos llegó un partido malo cuando menos se podía imaginar. El caso es que salió el Atleti y uno no sabía si taparse los ojos y mirar entre los dedos o bien acomodarse en el sitio y esperar que las cosas fueran como debían y, de paso, limpiar con el pantalón el mugriento asiento con el que nos obsequia cada domingo ese club presidido por un maniático de la limpieza; asiento en cuyos recovecos, como cada primavera, germinan girasoles y almendros y melocotoneros, mudos testigos de la vegetal dieta de la afición.
El caso es que salió el Atleti y a los dos minutos le pitaron un penalti. Penalti. Y a favor, oiga. No sabemos bien si fue o no, si Agüero forzó la caída o si el árbitro decidió pitar para así tener una excusa y pitar todas y cada una de las faltas dudosas y no dudosas en contra del equipo local durante el resto del partido, pero el caso es que el árbitro pitó un penalti en el minuto dos que al Atleti le venía de perlas. Y el caso es que Forlán, que no suele fallar estas cosas, tiró a media altura y paró Diego López, perfecta metáfora del traslado de protagonismo. Forlán, que venía de haberse convertido él solito en ojo de huracán, estandarte del antiabelismo ilustrado y objetivo de todos los entrevistadores, dejó paso a Diego López el testigo de la noche. Porque el portero del Villarreal, más grande de lo que uno recordaba, más rápido de lo que esperaba y peor vestido que muchos porteros ya sean de discoteca, futbolín o finca urbana - incluso automáticos -, paró todo lo parable y parte de lo imparable por alto, bajo y medio, desesperando a la delantera atlética y de paso a la parroquia durante buena parte del partido. Diego López hizo ayer un partidazo que a punto estuvo de darle algún punto a su equipo cuando se podía haber llevado media docena de goles.
Falló el penalti Forlán e, inesperadamente, el Atleti dijo da igual. El Atleti siguió atacando hasta el punto de hacer en veinte minutos más ocasiones que en toda la eliminatoria contra el Oporto. Tiró Forlán de nuevo y también Simão, tiró Maxi y Raúl García y luego Agüero, tiraba el Atleti tiro tras tiro y provocaba corners y situaciones de peligro hasta que en uno de los corners, qué cosas, Simão intentó el rizo del tirabuzón y terminó haciendo un pase al rival que acabó con Javi Venta de extremo escapándose de Forlán, el único local que llegó a tapar su subida, y con Matías Fernández marcando un gol poco merecido y poco esperado. Cero uno tras tener muchas ocasiones, una pájara temporal y una cuesta arriba que se antojaba al alcance del Atleti, siempre que este quisiera.
Tras un rato de pocas luces, el Atleti volvió a jugar. Jugó el centro del campo, con Raúl cada vez más importante y Assunção algo gris pero eficaz en su misión de tapar a Senna. Jugó con Maxi más centrado gracias a la ayuda de Heitinga, dueño de su banda y siempre dispuesto a ayudar al compañero y a contribuir a la salida del balón, y con Simão haciendo de Simão, esto es, de buen jugador de fútbol apoyado encima por Antonio López, venido arriba en los últimos partidos. El Villarreal no podía con el Atleti, con un Atleti convencido de sus posibilidades y por primera vez en mucho tiempo convencido de su sistema. Delante se peleaba el Kun con el discreto e improvisado centro de la defensa del Villarreal. Detrás Pablo, algo inseguro como de costumbre pero más contundente lejos de su área chica, y Perea, rapidísimo y entregado también como de costumbre, parecían no tener demasiados problemas en neutralizar los ataques rivales que conseguían pasar de la red formada en el centro del campo. Y eso que el Villarreal jugaba con Cani, Cazorla, Rossi, Pirés, Matías Fernández, Senna y algún otro, todos jugadores de calidad y toque. Pero el Atleti sabía que jugaba bien, sabía que tenía que continuar como estaba y sabía que, de seguir así, el balón acabaría entrando. Y, tras el descanso, el Atleti seguía teniendo claro que había que seguir así. Y lo tuvo muy claro hasta que, cinco minutos más tarde, marcaba Cani un gol concedido con más facilidad de la recomendable en un equipo que aspira a cosas. Marcó Cani y la grada se desesperó, ahora no, ay Dios mío, o marcamos pronto o esto se nos escurre entre los dedos.
Y marcó el Atleti en la jugada clave del partido, un balón de Forlán al palo a cuyo rechace llegaron Agüero y Maxi con los dientes apretados y la ambición del que no se resigna a perder un partido que no debe perder. Marcó el Atleti y la grada se vino arriba, destilando un perfume a puro habano y rabia y fe parecido al del día del Barça y parecido al de los partidos de hace tiempo. Rugió la grada y el equipo entendió el mensaje, pasando siempre de la línea del centro del campo con confianza y ambición. Jugaba rápido el Atleti y, aunque perdía, algo decía que se iba a ganar o al menos a caer con la grandeza del que no entiende cómo puede ser que se conjugue el verbo perder en futuro. La grada, ausente en otros partidos, transmitió al equipo lo que algunas gradas inglesas transmiten a los suyos en los malos momentos, lo que algunos estadios de rugby transmiten a sus jugadores cuando gritan los fondos "Believe!" y responden las tribunas "Believe!", creed en vosotros mismos, creeros que esto es posible con la intensidad con la que lo creemos nosotros, creed en lo que hacéis porque lo estáis haciendo bien y ni el rival ni el destino ni el pasado ni el futuro pueden con vosotros si os lo creéis.
Creyó el Atleti en él y en su credo propio e hizo proselitismo de su fe mientras que el Villarreal apostató de la suya. Pasó el Atleti por encima del rival, anonadado al ver que un equipo al que la mala suerte y su portero habían dejado por detrás se lanzaban al galope contra la muralla, viendo cómo la fe de la grada y los jugadores les echaba encima la montaña que entre todos habían movido. El Villarreal, equipo de finos estilistas poco duchos en el arte de apuntalar muros y cavar trincheras, vio como el Atleti se tiraba de cabeza a por un partido que podía y debía ganar. "Nos pasaron por encima", diría luego uno de los jugadores destacados del centro del campo y lo mismo diría el entrenador, elegantes declaraciones de quien reconoce la superioridad del amor propio y la presión de un estadio que cree en los que juegan porque, curiosamente, los que juegan creen lo mismo que el estadio.
Quedando veinte minutos el árbitro expulsó a Javi Venta tras haber sido desquiciado por Simão, la avispa que hace descarrilar el tanque picando al conductor. Salió Banega cuando el Villarreal jugaba con diez y se había echado atrás unos metros, y movió el equipo con fluidez y espacio. El Atleti asediaba al Villarreal, éste reculaba y se metía en su área, y si el partido hubiera acabado ahí nos hubiéramos retorcido el hígado de rabia pero al menos no de frustración. Pero ahí no quedó el tema a pesar, todavía, de Diego López. Marcó Forlán tras una magnífica maniobra de Maxi y así tuvo la justa recompensa a su constancia: Forlán no hizo su mejor partido y aún así metió un gol y medio, qué cosas tiene este tipo. Y cuando el Atleti se había lanzado a pecho descubierto con riesgo de ser devorado por los leones, levitó Antonio López entre los infieles y marcó un golazo de cabeza, uno de sus poquitos goles de cabeza, un gol de fe en un momento milagroso.
Tras esos minutos en los que todos en la grada pensamos que, siendo el Atleti el Atleti, lo más normal habría sido que se echase por tierra todo lo conseguido, acabó el partido. Acabó el partido y la gente respiró y alabó a los responsables quienes, a su vez, devolvían el aplauso al respetable con el arrepentimiento del que en alguna otra ocasión dudó de todo y no cumplió con las expectativas, quizás con el propósito de enmienda del hijo pródigo. Los jugadores en pleno fueron al centro del campo a corresponder a la hinchada, en parte algo justo y en parte algo irritante por aquellas veces en las que no lo hicieron. Ganó el Atleti un partido que le volvía a meter en la pelea por los objetivos mínimos y que recuperaba su autoestima y la de sus seguidores. Ganó también el Atleti un partido que lanzó preguntas sin respuesta: ¿por qué ayer sí y no el miércoles? ¿por qué ese despliegue de fe en el segundo tiempo y no en Oporto? Las respuestas son misterios indescifrables que, si bien plantean interesantes cuestiones cuasi-teológicas, no deberían privarnos ahora del júbilo y el flamear de hojas de palma. O de tomar cañas tranquilos hasta el domingo, que tampoco está mal.
Etiquetas:
Atleti,
Atlético Madrid,
Diego López,
Forlán,
Liga,
Villarreal
domingo, 30 de marzo de 2008
Pues estamos como estábamos
___Se ha muerto Azcona y a mi me parece mal. Me parece mal, sí. No es que no me dé pena, que me la da, sino que me parece mal. Tampoco es que no me haya dado el general ataque de melancolía cómica recordando películas, que también me ha dado, sí, como a todos. Pero lo que realmente me pasa es que me ha parecido mal que se haya muerto Azcona, sí, así, mal. Se ha muerto Azcona y ahora no tenemos muy claro qué vamos a hacer salvo pedir responsabilidad a la autoridad por no haber hecho nada. ¿Cómo es posible que no haya ido al menos un subsecretario a impedir la muerte de Azcona? No hablo de tomar excepcionales medidas médicas o invertir fortunas en viajes a Houston, Texas, no. Hablo de haber ido a casa de Azcona y hacer algo.
- Mira, Rafael, que ha venido a verte un ministro así muy alto
- Buenos días, D. Rafael, ¿qué le pasa a Vd?
- Pues nada, que me muero
- ¡Pero qué me dice Vd! ¿Ahora?
- Hombre, sí, tenía pensado morirme así en breve
- Hombre, no sé, ya sabe que nos hace Vd una faena, no sé yo cómo le va a sentar esto al Alcalde
- Hombre, no sé ...
- Mire, ¿por qué no se muere Vd más tarde? En unos años, no sé, dentro a lo mejor de veinte, cuando ya estemos un poco más organizados
- Hombre ..
- O muérase ahora, pero poco; deje el resto para más adelante, es que nos hace Vd una faena, que mire cómo está el patio
- Eso sí
Pues nada, nada, aqui no ha actuado nadie ni los partidos se han pronunciado ni ha dicho nada la OTAN, que ya me dirán Vds para qué vale entonces la OTAN. Se ha muerto Azcona a pesar de tener nombre de solvente lateral izquierdo y aqui nadie hace nada. Se ha muerto Azcona y uno no se lo explica: ¡con lo que le gustaba comer!
___
Llegó el Atleti a Villarreal con cara de que a lo mejor iba y ganaba y volvió muy bien peinado y con cara de decir que no había nada que hacer. El Atleti salió bien, el Villarreal le miraba con respeto hasta que en cinco minutos cambió todo. Despues, nada más que añadir salvo un tercer gol. El Villarreal hizo lo que tenía que hacer despues de ver cómo el Barça renunciaba una vez más a ganar la liga, el Atleti no pudo hacer mucho más y ahora el Villarreal es segundo, algo que alegra y admira a casi todo el mundo.
El Atleti salió con ganas o al menos lo pareció. El equipo daba la sensación de estar confiado tras el partido de Sevilla y eso debió pensar el Villarreal, que no las tuvo todas consigo al principio del partido: habrían visto el vídeo del sábado anterior, veían el peligro de un equipo que había ganado en el Pizjuán y al Barça en casa y salía en marcha corta, sin estirarse, sin poder hacerlo tampoco. En los primeros minutos la hinchada desplazada en buen número hacía ruido, Lázaro Albarracín se sentaba plácido en el palco y Miguel Ángel Gil Marín y García Pitarch charlaban de sus cosas (esto es, de cualquier cosa menos el Atleti) por ahí cerca. El porqué de esta curiosa representación oficial no nos queda claro, el porqué el presidente del consejo de administración elige este preciso destino para abandonar su conocida querencia a oir el partido dando vueltas por la M-30 tampoco, pero a uno, que tiene una mente calenturienta, le da por pensar cosas rarísimas.
En fin, a lo nuestro, que no es necesariamente lo de todos. En esos primeros minutos se produjo una jugada reveladora: el Kun coge un balón cerca del área rival, espera el apoyo de Maxi ante la imposibilidad de pasar entre todos los defensas que le cierran el paso, mete un pase en profundidad para que este último llegue con comodidad al remate y en el mismo instante en el que el balón sale de los pies de Agüero, cuatro defensas del Villarreal dan tres pasos al frente, al unísono, con rigor militar. Fuera de juego. Unos defensas que se conocen a la perfección, un central con galones que grita algo que todos comprenden, un movimiento hecho de memoria, una oportunidad de gol que no lo es. Vamos, lo que se ha venido llamando un equipo, un colectivo con las ideas claras, las jerarquías asumidas y la concentración necesaria. Un gusto, oiga.
La defensa del Atleti, que no puede presumir de estas cosas, se caracteriza por hacer la vida más fácil a los rivales con demasiada frecuencia. Ayer fue Perea, últimamente entonado y en asombrosa forma física, quien dió un pasecito de lo más agradable a Cazorla quien, cortés además de buen jugador, metió un gol para no hacer un feo. Vaya. Un gol de mala pata cuando el Atleti mantenía el tipo, no debería pasar nada, los equipos buenos pueden superar un golpe de mala suerte ... no debería pasar nada pero pasó. Pasó que cinco minutos más tarde marcaba Nihat tras una bonita jugada de toque y vista del Villarreal, y ahí se pudo acabar el partido. Fíjense Vds que en el día de hoy ya habíamos asistido a dos remontadas tras dos goles de ventaja en Sevilla y en Bolton, así que todo era posible. Pero la estadística y la numerología y los fríos datos empíricos no casan bien con la forma de ser del Atleti, y de no ser así hoy diríamos que la clave de todo, como demuestran los datos, fue la salida del campo de Pernía.
- ¿Qué le ha pasado, Mariano?
- Se me ha caído un señor encima
- Caramba
Se fué Pernía con cara de que algo le dolía muchísimo y salió Seitaridis y Antonio López se fue a su sitio y nada debería haber cambiado pero justo después el Villarreal marcó dos goles en un periquete. Y encima un poco antes del descanso, como si fuera poco. Tras la reanudación el Atleti debía marcar pronto para meterse en el partido pero no fue así, aunque Camacho casi lo hace de cabeza gracias a un balón muy picado que dió en el larguero. Y poco más. El aspecto que tenía el equipo no era bueno, Forlán y Kun no conectaban con el centro del campo ni tenían ocasión de participar en la recuperación ni la creación de juego. Ausente Simao, cuya participación se antoja clave, Luis García no aportó más de lo que esperábamos de él este año, esto es, más bien poco. Al principio del segundo tiempo salió Jurado cuando todos pensábamos que lo haría Miguel de las Cuevas, las cosas del banquillo.
Ocurrió entonces algo sobrenatural: salió Jurado pero no estuvo. A fe que vimos cómo salía ya sin muchas ganas, andando despacito como si le diera grima pisar el barro, y con ello nos quedó claro que en el campo estuvo al menos un momento. Eso sí, ya no estuvo más. Llegaba el balón a la zona donde debería estar Jurado y Jurado no estaba allí, si acaso se aparecía por donde debería estar Seitaridis para sorpresa de la audiencia, que decía oooh y aaah ante los alardes esfumatorios de Jurado, discípulo de Houdini. Jurado salió de revulsivo tras su partido con la sub-21 pero sólo consiguió sembrar la duda de si es un jugador de verdad o un ectoplasma. La afición, desasosegada por esta posibilidad, corre hoy a ver las fotos oficiales de la plantilla para ver si la película fotográfica es capaz de captar la imagen de Jurado o si, en caso afirmativo, se le adivina un aura. La hinchada hace memoria y cae en la cuenta de que nunca ha oído la voz de Jurado y, mientras se escriben estas líneas, se disparan los rumores sobre el misterio, se valora la posibilidad de contar con el consejo del Padre Pilón y en Valladolid un señor afirma tener una psicofonía en la que Jurado pide una nueva oportunidad.
Con dos goles en contra frente a un buen equipo (quizás no el mejor equipo de la historia pero sí un equipo digno de admiración por la inteligencia y humildad de su apuesta) el Atleti no pudo hacer mucho. El centro del campo del Villarreal, cuajado de buenos jugadores y además con Pires (un tipo que aúna experiencia, calidad y potencia con un punto de mala baba que Aguirre, demasiado aficionado a pelearse desde la banda, ayer comprobó), pudo con el del Atleti sin demasiados apuros. Empleados Camacho y Raúl García en parar a sus pares, coja la media de una banda y apoyada por la otra en un Maxi de nuevo bajo de vueltas, el Atleti fue languideciendo hasta que el Villarreal marcó el tercero. Ganó el Villarreal y lo hizo bien, con autoridad y no sólo gracias al detallista Perea. Ganó el Villarreal y poco hay que decir salvo darles la enhorabuena no tanto por el segundo puesto sino por todo lo demás, esto es, por tener un buen equipo, por saber superar la salida de jugadorazos como Riquelme y Forlán y seguir compitiendo a un nivel aún mayor, por apostar por el equipo y no por los nombres, por tener un buen entrenador con tiempo para desarrollar sus ideas.
El Atleti, mientras, sigue cuarto, un puesto feo pero que a día de hoy sabe a suite con terracita. Tras una serie de partidos complicados en los que se ha ganado a quien uno no esperaba (Barça y Sevilla) paliando en parte los bochornos contra Osasuna y Athletic, el Atleti está mejor de lo que pensábamos algunos, que tampoco es mucho decir. En estos partidos ha quedado claro lo importante que es Simao, ha quedado claro que también los equipos de atrás fallan y lo que ha quedado más claro es que nada está claro, que hay que agarrarse al cuarto puesto con uñas y dientes porque no parece que haya garantías de que los que vienen por detrás no nos den un disgusto. En definitiva, que estamos como estábamos, oiga, que no es poco, que no es poco.
Ah, y eso sí: que no bajamos.
Etiquetas:
Atlético Madrid,
Jurado,
Pernía,
Rafael Azcona,
Villarreal
lunes, 5 de noviembre de 2007
¿Secesión?
Que el Atleti patine justo cuando está a punto de entrar en Champions no es algo nuevo. Lo de ayer sí fue algo relativamente inesperado tanto por cómo se produjo como por la trayectoria que llevaba el equipo hasta ayer. Pero así es el equipo, oiga.
___
Que al campo del Atleti va muchísima gente diferente no es algo nuevo. Que en la grada coexisten pacíficamente familias enteras y grupos de amigos, partidarios de Joselito y de Belmonte, melenudos y calvos, señoras mayores y niños de preescolar, chicas estupendas vestidas de rojo y tipos feísimos vestidos de azul no es noticia a estas alturas. Pero hoy nos fijaremos en algunos señores especialmente mayores, algunos con bastón y todo.
En la grada de lateral, cerca de donde se sienta el que suscribe, se sienta también (con muchísima más solera) un señor mayor de los de bastón y americana. Me impresiona su salida del estadio, bajando despacio por las escaleras, apoyando una mano en el bastón y la otra en los respaldos de los asientos que lindan con el pasillo, encorvado y con muchísima dificultad. Ver a alguien poniendo tanto empeño para ir a ver a su equipo a pesar de los obstáculos le hace a uno abrir mucho los ojos con admiración. Ver cómo baja sin ayuda (parece que porque él quiere que así sea), le deja a uno pasmado ante tanta casta y tanta vergüenza torera y tantas ganas de poder por sí solo con lo que para muchos de nosotros sería un muro infranqueable. Si alguno de lo que esto lee le conoce, por favor hágale llegar mi admiración.
___
Se barruntaba en la grada en el descanso. Ante la tardía salida del Villarreal, cuyos jugadores debieron querer terminar el sudoku antes de volver a salir al campo, los jugadores del Atleti hicieron dos corrillos. En uno, delanteros, medios e interiores. En el otro, más deslavazado, toqueteaban el balón los defensas bajo la mirada de Leo Franco. Al verlo la gente se preguntaba si los atacantes se planteaban proponer un referéndum sobre su posible independencia de los defensas, enfadados con ellos por haber encajado últimamente más goles de los que deberían, sin importar si es en casa, en Barcelona o en Moscú. Algunos de los delanteros parecían hartos de hacer las cosas bien para que otros las echaran a perder por despistes y faltas de entendimiento y de concentración y casta; con estos tíos no vamos a ningún lado, te lo digo yo, ya verás, si no al tiempo, como me harte se van a enterar, já, menudo soy yo.
El caso es que el Atleti había empezado bien, como en aquellas tardes de antes en las que se jugaba a las cinco y se ganaba seguro de las que venimos hablando de un tiempo a esta parte. Había marcado pronto, casi sin dar tiempo al público a limpiar el roñoso asiento con las páginas de la infumable revista oficial “Forza Atleti”, la de las vergonzantes portadas ocurrentes y los editoriales sonrojantes. Pablo había metido un buen gol de cabeza, que es algo que no debería ser noticia pero lo es, tras un buen pase de Pernía, que es algo que tampoco debería ser noticia pero también lo es. El Atleti jugaba sin dar sensación de controlar el partido con facilidad, pero desde luego no de descontrolarlo. Sin echarse atrás los veinte metros a los que acostumbraba cada vez que marcaba es más sencillo que no te marquen, y esto parece que empiezan a aprenderlo los jugadores. El Villarreal, eso sí, a lo suyo, como la semana pasada el Sevilla: saben a lo que juegan y no van a cambiarlo por encajar un gol, así que tocaban y buscaban y lo intentaban a pesar del gol en contra, como hacen los buenos equipos.
Y el Atleti volvió a marcar. Esta vez Simao, y un golazo por cierto, pegándole con intención y precisión exactamente al sitio al que había que apuntar. Y ello tras un buen pase de Maniche, mucho más entonado últimamente como bien apuntaban algunos comentaristas mucho más sabios que yo. Otro gol del Atleti cuando el Villarreal había dejado claro que no iba a tirar la esponja, dos cero a favor a los veintipico minutos, arriba en la clasificación y una tarde soleada por delante. Demasiado bonito, puede ser, sí, pero últimamente el Atleti parecía dar la espalda a la fatalidad que tan bien conoce el aficionado.
Ahora bien, que Leo Franco no es el que era es algo que pocos discuten. El año pasado se lesionó, se dejó trencitas y desde entonces ya no es Leo Franco, sino otro señor que se le parece muchísimo. Tras las pifias en el entendimiento con Zé Castro del partido del Sevilla, volvió a pifiar ayer primero a la hora de entenderse con Perea, que es otro que tal baila, y luego saliendo en falso en un corner a pesar de ser la mar de alto. Dos goles, dos, uno de Rossi y otro de un tal Fuentes que, ya lo dije cuando nos marcó el año pasado, no es primo mío ni hermano ni nada. Dos a dos. Increíble una vez más, igual que el partido pasado, dos a dos al descanso, de nuevo los errores atrás compensan las virtudes de delante.
Aquí llegamos al punto en el que iniciamos el relato. El Atleti, sin jugar demasiado bien, había marcado dos goles y daba la impresión de poder marcar en cualquier momento, como ha ocurrido en otros partidos recientes. En los cuatro últimos partidos ha metido tres o más goles en tres ocasiones: el problema es que pasa lo mismo al contrario. Los medio centros, que funcionan y lo hacen bien, ven lo mismo tanto si miran hacia delante como si lo hacen hacia atrás: muchos goles. Transmutado en el bifronte dios Jano, Raúl García puede sufrir un trastorno de la orientación si no le recuerdan constantemente contra qué portería ataca.
El caso es que con dos a dos la grada confiaba en que iba a marcarse al menos otro gol, y así fue. No fue de penalti, que Maxi tiró fuera posiblemente para hacer justicia divina, sino de cabeza, una vez más, gracias a Agüero. Agüero, que casi todo lo hace bien y mide veintipico centímetros menos que Pablo, debe llevar esta temporada el mismo número de goles de cabeza que éste en toda su carrera en el Atleti, y como se enteren los delanteros secesionistas de este dato hacen hasta un plan y lo presentan a la directiva. Y eso que argumentos no les van a faltar: las continuas pifias de la defensa les retrata una y otra vez.
Especialmente retratado queda Perea cada vez que tiene que solucionar él solito una situación para la que no baste su velocidad y elasticidad: en cuanto hay que despejar con contundencia o adelantarse por inteligencia o hacer un pase de más de un metro, Perea carece de la tranquilidad necesaria para no pegarse un tiro en el pie. Nervioso, no acierta a suplir su evidente falta de calidad con al menos arrojo y decisión, algo que se agrava cuando la grada le pita durante el partido. Acelerado, no sabe si va a hacer penalti al entrar al delantero y prefiere no entrar, agravando el problema. Ayer, transmutado también pero en su caso en el logotipo de Interflora, dejó pasar a Nihat dos veces consecutivas hasta que éste, cortés, no pudo más que meter un gol. Tres a tres. Increíble. Más increíble aún lo del final del partido: Pernía que no tira el fuera de juego, Cani que ve un pase claro que también ve toda la grada pero no ve la defensa del Atleti, Leo Franco que prefiere esperar y no salir no sea que si sale Nihat se asuste; resultado, gol. Tres cuatro, el Atleti va a perder un partido que nunca debió perder.
El Atleti ataca con fluidez y calidad, tiene recursos para marcar en casi cualquier situación, tiene al Kun que son palabras mayores, tiene a Raúl García que no para de correr aún con la nariz rota y dar la bola con criterio y calidad y tiene a su vera a Maniche, tiene a Simao que puede marcar golazos, tiene a Maxi que siempre está allí donde hace falta, tiene a Luís García para suplir con garantías a tres o cuatro jugadores, tiene a Reyes, aunque Reyes no está muy por la labor y sigue despistado en la banda que no es suya, alejado de su par, corriendo muchas veces sin sentido. Tiene, en fin, posibilidades sobradas de crear ocasiones de gol y repertorio para convertirlas. Pero tiene también, como venimos diciendo desde la pretemporada, una defensa enclenque, mojigata, sin la contundencia ni la calidad que la parte de arriba del equipo demanda. Las soluciones se antojan lejanas, porque ni Eller ni Zé Castro parece que puedan aportar lo que falta, ni Motta parece que vaya a volver a jugar antes de que acabe el año si se cumplen los plazos normales de recuperación que la trayectoria de nuestro servicio médico indica.
Así que aunque la imagen que el equipo dejó ayer dista mucho de la desesperante estampa de otros partidos, la derrota de ayer dolió, y mucho. Por la forma en que se produjo, por el momento en que produjo, por la posición en la tabla que tuvimos durante la mayoría del partido y que ahora ya no tenemos. Dolió porque era un rival directo. Dolió porque la actitud del equipo no fue mala, no fue el Atleti apático que nos desesperaba el año pasado y el anterior y el anterior. Dolió porque desespera ver que se hacen algunas cosas muy bien y otras muy mal. Dolió porque deja al descubierto lagunas importantes que pueden ser un problema grave. Y dolió, también, por ese bravo señor con bastón y americana que no se merece estos tragos tan amargos, mecachis.
___
Que al campo del Atleti va muchísima gente diferente no es algo nuevo. Que en la grada coexisten pacíficamente familias enteras y grupos de amigos, partidarios de Joselito y de Belmonte, melenudos y calvos, señoras mayores y niños de preescolar, chicas estupendas vestidas de rojo y tipos feísimos vestidos de azul no es noticia a estas alturas. Pero hoy nos fijaremos en algunos señores especialmente mayores, algunos con bastón y todo.
En la grada de lateral, cerca de donde se sienta el que suscribe, se sienta también (con muchísima más solera) un señor mayor de los de bastón y americana. Me impresiona su salida del estadio, bajando despacio por las escaleras, apoyando una mano en el bastón y la otra en los respaldos de los asientos que lindan con el pasillo, encorvado y con muchísima dificultad. Ver a alguien poniendo tanto empeño para ir a ver a su equipo a pesar de los obstáculos le hace a uno abrir mucho los ojos con admiración. Ver cómo baja sin ayuda (parece que porque él quiere que así sea), le deja a uno pasmado ante tanta casta y tanta vergüenza torera y tantas ganas de poder por sí solo con lo que para muchos de nosotros sería un muro infranqueable. Si alguno de lo que esto lee le conoce, por favor hágale llegar mi admiración.
___
Se barruntaba en la grada en el descanso. Ante la tardía salida del Villarreal, cuyos jugadores debieron querer terminar el sudoku antes de volver a salir al campo, los jugadores del Atleti hicieron dos corrillos. En uno, delanteros, medios e interiores. En el otro, más deslavazado, toqueteaban el balón los defensas bajo la mirada de Leo Franco. Al verlo la gente se preguntaba si los atacantes se planteaban proponer un referéndum sobre su posible independencia de los defensas, enfadados con ellos por haber encajado últimamente más goles de los que deberían, sin importar si es en casa, en Barcelona o en Moscú. Algunos de los delanteros parecían hartos de hacer las cosas bien para que otros las echaran a perder por despistes y faltas de entendimiento y de concentración y casta; con estos tíos no vamos a ningún lado, te lo digo yo, ya verás, si no al tiempo, como me harte se van a enterar, já, menudo soy yo.
El caso es que el Atleti había empezado bien, como en aquellas tardes de antes en las que se jugaba a las cinco y se ganaba seguro de las que venimos hablando de un tiempo a esta parte. Había marcado pronto, casi sin dar tiempo al público a limpiar el roñoso asiento con las páginas de la infumable revista oficial “Forza Atleti”, la de las vergonzantes portadas ocurrentes y los editoriales sonrojantes. Pablo había metido un buen gol de cabeza, que es algo que no debería ser noticia pero lo es, tras un buen pase de Pernía, que es algo que tampoco debería ser noticia pero también lo es. El Atleti jugaba sin dar sensación de controlar el partido con facilidad, pero desde luego no de descontrolarlo. Sin echarse atrás los veinte metros a los que acostumbraba cada vez que marcaba es más sencillo que no te marquen, y esto parece que empiezan a aprenderlo los jugadores. El Villarreal, eso sí, a lo suyo, como la semana pasada el Sevilla: saben a lo que juegan y no van a cambiarlo por encajar un gol, así que tocaban y buscaban y lo intentaban a pesar del gol en contra, como hacen los buenos equipos.
Y el Atleti volvió a marcar. Esta vez Simao, y un golazo por cierto, pegándole con intención y precisión exactamente al sitio al que había que apuntar. Y ello tras un buen pase de Maniche, mucho más entonado últimamente como bien apuntaban algunos comentaristas mucho más sabios que yo. Otro gol del Atleti cuando el Villarreal había dejado claro que no iba a tirar la esponja, dos cero a favor a los veintipico minutos, arriba en la clasificación y una tarde soleada por delante. Demasiado bonito, puede ser, sí, pero últimamente el Atleti parecía dar la espalda a la fatalidad que tan bien conoce el aficionado.
Ahora bien, que Leo Franco no es el que era es algo que pocos discuten. El año pasado se lesionó, se dejó trencitas y desde entonces ya no es Leo Franco, sino otro señor que se le parece muchísimo. Tras las pifias en el entendimiento con Zé Castro del partido del Sevilla, volvió a pifiar ayer primero a la hora de entenderse con Perea, que es otro que tal baila, y luego saliendo en falso en un corner a pesar de ser la mar de alto. Dos goles, dos, uno de Rossi y otro de un tal Fuentes que, ya lo dije cuando nos marcó el año pasado, no es primo mío ni hermano ni nada. Dos a dos. Increíble una vez más, igual que el partido pasado, dos a dos al descanso, de nuevo los errores atrás compensan las virtudes de delante.
Aquí llegamos al punto en el que iniciamos el relato. El Atleti, sin jugar demasiado bien, había marcado dos goles y daba la impresión de poder marcar en cualquier momento, como ha ocurrido en otros partidos recientes. En los cuatro últimos partidos ha metido tres o más goles en tres ocasiones: el problema es que pasa lo mismo al contrario. Los medio centros, que funcionan y lo hacen bien, ven lo mismo tanto si miran hacia delante como si lo hacen hacia atrás: muchos goles. Transmutado en el bifronte dios Jano, Raúl García puede sufrir un trastorno de la orientación si no le recuerdan constantemente contra qué portería ataca.
El caso es que con dos a dos la grada confiaba en que iba a marcarse al menos otro gol, y así fue. No fue de penalti, que Maxi tiró fuera posiblemente para hacer justicia divina, sino de cabeza, una vez más, gracias a Agüero. Agüero, que casi todo lo hace bien y mide veintipico centímetros menos que Pablo, debe llevar esta temporada el mismo número de goles de cabeza que éste en toda su carrera en el Atleti, y como se enteren los delanteros secesionistas de este dato hacen hasta un plan y lo presentan a la directiva. Y eso que argumentos no les van a faltar: las continuas pifias de la defensa les retrata una y otra vez.
Especialmente retratado queda Perea cada vez que tiene que solucionar él solito una situación para la que no baste su velocidad y elasticidad: en cuanto hay que despejar con contundencia o adelantarse por inteligencia o hacer un pase de más de un metro, Perea carece de la tranquilidad necesaria para no pegarse un tiro en el pie. Nervioso, no acierta a suplir su evidente falta de calidad con al menos arrojo y decisión, algo que se agrava cuando la grada le pita durante el partido. Acelerado, no sabe si va a hacer penalti al entrar al delantero y prefiere no entrar, agravando el problema. Ayer, transmutado también pero en su caso en el logotipo de Interflora, dejó pasar a Nihat dos veces consecutivas hasta que éste, cortés, no pudo más que meter un gol. Tres a tres. Increíble. Más increíble aún lo del final del partido: Pernía que no tira el fuera de juego, Cani que ve un pase claro que también ve toda la grada pero no ve la defensa del Atleti, Leo Franco que prefiere esperar y no salir no sea que si sale Nihat se asuste; resultado, gol. Tres cuatro, el Atleti va a perder un partido que nunca debió perder.
El Atleti ataca con fluidez y calidad, tiene recursos para marcar en casi cualquier situación, tiene al Kun que son palabras mayores, tiene a Raúl García que no para de correr aún con la nariz rota y dar la bola con criterio y calidad y tiene a su vera a Maniche, tiene a Simao que puede marcar golazos, tiene a Maxi que siempre está allí donde hace falta, tiene a Luís García para suplir con garantías a tres o cuatro jugadores, tiene a Reyes, aunque Reyes no está muy por la labor y sigue despistado en la banda que no es suya, alejado de su par, corriendo muchas veces sin sentido. Tiene, en fin, posibilidades sobradas de crear ocasiones de gol y repertorio para convertirlas. Pero tiene también, como venimos diciendo desde la pretemporada, una defensa enclenque, mojigata, sin la contundencia ni la calidad que la parte de arriba del equipo demanda. Las soluciones se antojan lejanas, porque ni Eller ni Zé Castro parece que puedan aportar lo que falta, ni Motta parece que vaya a volver a jugar antes de que acabe el año si se cumplen los plazos normales de recuperación que la trayectoria de nuestro servicio médico indica.
Así que aunque la imagen que el equipo dejó ayer dista mucho de la desesperante estampa de otros partidos, la derrota de ayer dolió, y mucho. Por la forma en que se produjo, por el momento en que produjo, por la posición en la tabla que tuvimos durante la mayoría del partido y que ahora ya no tenemos. Dolió porque era un rival directo. Dolió porque la actitud del equipo no fue mala, no fue el Atleti apático que nos desesperaba el año pasado y el anterior y el anterior. Dolió porque desespera ver que se hacen algunas cosas muy bien y otras muy mal. Dolió porque deja al descubierto lagunas importantes que pueden ser un problema grave. Y dolió, también, por ese bravo señor con bastón y americana que no se merece estos tragos tan amargos, mecachis.
Etiquetas:
Atlético Madrid,
Leo Franco,
Liga,
Raúl García,
Villarreal
lunes, 9 de abril de 2007
Tirarla o no tirarla (fuera)
Para variar, el Atleti jugó psché. Para variar menos, marcó (con lío), se echó atrás, no sentenció cuando pudo y pasó un mal rato. No tanto, la verdad, porque el Villarreal está lejos de ser el equipo de juego preciosista de hace unos meses. Torres falló otro penalti, y es algo ya preocupante porque su efectividad este año está muy lejos de los números que presentaba otras temporadas. Así que como el partido no dejó demasiadas cosas de las que hablar (salvo que Eller lo hizo bien y también Gabi), hablaremos del tema obligado del día. ¿Es “ético” meter un gol como el que metió ayer Eller? ¿Qué hacer cuando un rival cae al suelo fulminado, sin saber si su lesión es real o virtual? ¿Qué es más justo, ignorar al teatrero lesionado imaginario o ponerse siempre en lo peor, echando fuera el balón siempre que un rival muerda la lona? Ya les advierto que ni diremos nada nuevo ni llegaremos a conclusiones categóricas, es lo que tienen estos debates bizantinos.
A uno, que ya saben que es tonto, idealista y romanticón, le dan vergüenza esto del teatro futbolero. Como jugador de fútbol aficionado y torpón, nunca he pasado más vergüenza ajena que viendo cómo un jugador igual de aficionado y torpón que yo fingía un penalti en un partido de una liga municipal de dominguito. A uno, que pesa ya lo suyo, hace falta mucho contacto para tirarle, así que se admira de la facilidad con la que caen estos tipos tan en forma. En el barrio del que uno viene, el dar grititos estaba mal visto y puede que por ello sea especialmente insensible a los mismos. Uno, que ha jugado por esos mundos de Dios contra rudos jugadores ingleses e irlandeses, ha disfrutado especialmente de esos partidos duros en los que se entra con ganas pero sin intención de hacer daño, en los que no se queja ni el que recibe la entrada primero ni el que la recibe luego, en devolución, porque esas son las reglas de un juego en el que no se pretende hacer daño pero tampoco se evita el choque. Por eso le da tanta rabia ver en qué se ha convertido este deporte, en el que sólo falta que salgan los jugadores esterilizados y con guantes de látex con los que colocar sus peinaditos.
___
Les pongo en situación, pero a la contra. Cualquier partido, cualquier jornada. En el Calderón, sin ir más lejos, pero cualquier otro campo vale. El equipo visitante se conforma con un empate, y lo deja claro perdiendo tiempo desde el primer momento (peor aún si va ganando cero uno). El portero no encuentra el balón tras la valla de publicidad, el sustituido se va a la otra punta del campo cuando ve de reojo su número en el luminoso del cuarto árbitro, los jugadores echan el balón lejos cuando es el otro equipo quien tiene que sacar a balón parado.
Jugada por la banda, un delantero encara a un lateral rival, corren juntos, forcejean, caen al suelo. El delantero local se levanta, ve como el árbitro pita falta suya, se desespera, jura en arameo, brama, mira a la grada y reclama pitos y bronca para el colegiado. El defensa visitante sin embargo queda tendido en el suelo, levanta la mano sin fuerza, como si estuviera al borde de una muerte cierta. Se echa la mano a la rodilla (¿soy yo solo o en las repeticiones los jugadores siempre se echan mano a la rodilla en la que uno cree que no ha podido hacerse daño?), cierra los ojos, pide ayuda a su banquillo. Sale entonces un médico de traje, trotando con pocas ganas y poco estilo. También un utillero con un bote de agua y una toalla, y un espray de esos que echan frío y levantan humareda y asustan a las señoras. Salen cuatro camilleros, normalmente de tallas poco armónicas y con poco arte en esto del correr, vestidos de rojo alerta. Sale también el fisioterapeuta, por si es un calambre. Y un electricista, por si el calambre pasa a mayores. Llega el interior izquierda y ofrece un riñón propio para transplante, si es que vale de algo. Corre también un notario seguido de un oficial de notaría y una estenotipista con máquina y todo, que el tema parece grave y a lo mejor le da al jugador por cambiar el testamento y dejarle a la amante el piso de la playa. Por último sale un técnico de la Olivetti, no sea que falle la máquina de estenotipia y haya que hacerlo a mano y luego pasarlo a limpio y hemos quedado luego en ir a por los niños.
Entre el tumulto, el jugador se retuerce y la multitud de asistentes emite veredictos contradictorios, como cuando a uno no le arranca el coche en una barbacoa llena de amigos bebidos. “Es la rodilla” – “No, es el bazo” – “Quizás haya cogido frío” - “Destemplado, desde luego, está” – “A ver si es que tiene alto el azúcar” – “Pueden ser gases” (esto lo dice la señora que vino con el notario). Se retira la comitiva, con el médico al frente y el técnico de la OIivetti cerrando el desfile, aliviado porque sí que llega a tiempo a casa de su suegra. En medio, los camilleros llevan al Ecce Homo de mala manera, porque suelen ser bajitos pero siempre hay uno más alto que los demás y la camilla se desnivela. Una camillera, normalmente rubia y con coleta, le echa por encima una mantita guateada como si se llevaran a una viejecita asustada por el ruido. Paran en el lateral, el médico dice unas palabras mágicas (en algunos círculos se comenta que las palabras son “afganistán – bananastán”) y el enfermito sana, se pone de pie, recibe instrucciones y salta, felino y aguerrido, al terreno de juego. Corre a su posición, da instrucciones y gritos de ánimo a los compañeros y de paso amenaza al delantero rival: “ándate con ojo a la próxima, esto no quedará así, que mira qué disgusto le has dado al notario”. Total: cinco minutos de reloj.
El público entonces brama, consciente del ardid. Insultan al lesionado imaginario, a quien le da igual lo que le digan, que él ha hecho su trabajo, lo que de él se espera, lo que le ha prescrito el entrenador, que hoy en día vale más ser “buen profesional” que un tipo honesto. Ha perdido tiempo, ha desquiciado al rival, le ha roto el ritmo y no pagará por ello. Cuando la prensa le pregunte, dirá aquello tan cómico de “hubo contacto”. “Hubo contacto” vale para todo, sin que nadie repare en que hay contactos que a uno le gustan, como cuando te pasa el gato por la pantorrilla, y otros que te rompen un hueso. Pero no, en el fútbol moderno el contacto justifica todo, y si un delantero de sesenta kilos roza a un central de esos que comen tornillos, éste puede tirarse al suelo y provocar un seísmo apreciable hasta Fuengirola, que hubo contacto. El contacto entre futbolistas tiene efectos eléctricos, y su mera existencia provoca reacciones que no se explican si no es por algún tipo de material extrasensible que cubre la dermis a los antaño rudos jugadores, hoy en día más reacios al contacto que las novicias clarisas.
Entonces es el turno de la prensa, que opina y opina. En la radio debaten periodistas y ex-jugadores y concluyen que el que un tipo finja una lesión para perder tiempo y arañar un empate no se considera algo reprobable, sino de “listos”. Nadie repara en que en realidad lo que hace el tipo es tirarse al suelo y pedir ayuda para que la mente de jugadores y público se bloqueen y ordenen jerárquicamente sus principios. “Un tipo teóricamente respetable, quizás padre de dos niños rubios, está pasándolo mal, ¿qué es un partido de fútbol al lado del sufrimiento de un igual? Paremos el partido, demos importancia a lo verdaderamente importante, que este chiquillo se nos muere”. Una vez realizado este noble ejercicio priorizador, va el tipo y se levanta y deja al resto con cara de tontos. “Me he reído de vosotros, pero como no hay forma de demostrar que realmente me dolía, sé que no me va a pasar nada – ¡y además me llamarán listo!”.
¿Hay algo más despreciable? Pues no, pero el tipo no es un miserable sino un “listo”. “El más listo de la clase”, dice la prensa de algunos”. “Un pillo”, “un zorro”, dicen otros, “de esos quiero yo siete en mi equipo”, dice algún entrenador, ejemplo para infantes de su ciudad. Un fenómeno, vaya. Así que los jugadores, normalmente con pocas probabilidades de optar al Nóbel de física, ven lo que ocurre cuando uno es ruin y cunde el ejemplo. “Yo quiero ser listo”, se dicen entre partida y partida de la consola. Así que en el siguiente partido salen dispuestos a ser listísimos, y caen al suelo con estruendo cuando un rival se aproxima y tose. “Hay que ver lo listo que soy, cada día soy más listo, el más listo de la clase”. “El fútbol es de listos”, “el contacto existe”, repite la chiquillería en los partidos del patio.
El listo entonces da con la clave. Nadie puede saber si se ha hecho daño o no, y fingiendo un dolor insoportable pasa toda la responsabilidad de la gestión de la situación al jugador rival. Si sigue jugando es un insensible, un anti-deportivo, un tipo sin escrúpulos ni atisbo de humanidad, una mala persona, incluso un listo. Si para el juego por lo que pueda pasar puede que esté haciendo una noble acción, pero la estadística (mira, esta sí podría hacerla la Sexta) indica que lo más probable es que el listo se la esté jugando, es decir, que esté haciendo el tonto. El pobre al que le llega el balón tiene que decidir en décimas de segundo y ante miles de personas entre ser el malo o ser el tonto, elección ni fácil ni justa ni deseable.
El listo pues, consciente de su enorme poder e infinita impunidad, hace listezas, listuras y listanzas a su antojo, primero una vez por partido, luego dos y luego veinte. Al final, cada vez que nota el contacto salta cual rana alcanzada por un dardo, devorado por su plañidero personaje. El público rival, que no es tonto, se predispone en su contra y cada vez que salta y brinca dolorido, se levanta un grito de desaprobación, una ola de ofensa, un ciclón de incredulidad y un tsunami de odio. Ya pueden darle al listo con una plancha en el cráneo que cualquier grito que lance se tomará por una provocación. Su fama se extiende como la pólvora y ya no se la quitará ni aún procesionando descalzo de camino al estadio rival. Se extiende también al resto de jugadores de su equipo, que deben soportar tarascadas sin quejarse por culpa del listo de marras. Y hasta la afición de su equipo pasa a llevar el sambenito de quejica, llorica y chivata. Y la espiral se ensancha y todas las aficiones sospechan de todos los jugadores rivales, y piensan mal de cualquier jugador que cae con gestos de mayor dolor y traspaso. Y, ¿saben qué les digo? Que no me extraña.
(Esto, viejo como el mundo, ya pasaba en el cuento de Pedro, el pastorcito mentiroso, y el Lobo, pero si se lo digo al principio del artículo ninguno de Vds hubiera llegado hasta aquí, claro).
Así que volviendo al tema del día, ¿qué debió hacer el Kun?. Pues no lo sé. Desconozco si Guille Franco es un tipo respetable o bien si es propenso al alarido injustificado, así que no lo personalizo en él (sí lo haría si fuera otro jugador). Si los jugadores fueran los gentlemen de antaño, sin duda debería haber tirado el balón fuera. De no haberlo hecho, uno hubiera esperado que no ya el rival sino sus propios compañeros hubieran parado el juego, afeándole su falta de compañerismo y sensibilidad, al igual que uno hubiera esperado que los propios compañeros del fingiente le echaran en cara su desfachatez. Pero en el desnaturalizado fútbol de hoy en día, el Kun tuvo que elegir entre que le llamaran “anti-deportivo-pero-listo” o “inocente-tirando-a-tonto-de-remate”. Cada uno debe hacer su elección, y motivos no faltan para decantarse por una u otra postura. Pero tampoco deben faltar para entender al que opte por lo contrario.
A uno, que ya saben que es tonto, idealista y romanticón, le dan vergüenza esto del teatro futbolero. Como jugador de fútbol aficionado y torpón, nunca he pasado más vergüenza ajena que viendo cómo un jugador igual de aficionado y torpón que yo fingía un penalti en un partido de una liga municipal de dominguito. A uno, que pesa ya lo suyo, hace falta mucho contacto para tirarle, así que se admira de la facilidad con la que caen estos tipos tan en forma. En el barrio del que uno viene, el dar grititos estaba mal visto y puede que por ello sea especialmente insensible a los mismos. Uno, que ha jugado por esos mundos de Dios contra rudos jugadores ingleses e irlandeses, ha disfrutado especialmente de esos partidos duros en los que se entra con ganas pero sin intención de hacer daño, en los que no se queja ni el que recibe la entrada primero ni el que la recibe luego, en devolución, porque esas son las reglas de un juego en el que no se pretende hacer daño pero tampoco se evita el choque. Por eso le da tanta rabia ver en qué se ha convertido este deporte, en el que sólo falta que salgan los jugadores esterilizados y con guantes de látex con los que colocar sus peinaditos.
___
Les pongo en situación, pero a la contra. Cualquier partido, cualquier jornada. En el Calderón, sin ir más lejos, pero cualquier otro campo vale. El equipo visitante se conforma con un empate, y lo deja claro perdiendo tiempo desde el primer momento (peor aún si va ganando cero uno). El portero no encuentra el balón tras la valla de publicidad, el sustituido se va a la otra punta del campo cuando ve de reojo su número en el luminoso del cuarto árbitro, los jugadores echan el balón lejos cuando es el otro equipo quien tiene que sacar a balón parado.
Jugada por la banda, un delantero encara a un lateral rival, corren juntos, forcejean, caen al suelo. El delantero local se levanta, ve como el árbitro pita falta suya, se desespera, jura en arameo, brama, mira a la grada y reclama pitos y bronca para el colegiado. El defensa visitante sin embargo queda tendido en el suelo, levanta la mano sin fuerza, como si estuviera al borde de una muerte cierta. Se echa la mano a la rodilla (¿soy yo solo o en las repeticiones los jugadores siempre se echan mano a la rodilla en la que uno cree que no ha podido hacerse daño?), cierra los ojos, pide ayuda a su banquillo. Sale entonces un médico de traje, trotando con pocas ganas y poco estilo. También un utillero con un bote de agua y una toalla, y un espray de esos que echan frío y levantan humareda y asustan a las señoras. Salen cuatro camilleros, normalmente de tallas poco armónicas y con poco arte en esto del correr, vestidos de rojo alerta. Sale también el fisioterapeuta, por si es un calambre. Y un electricista, por si el calambre pasa a mayores. Llega el interior izquierda y ofrece un riñón propio para transplante, si es que vale de algo. Corre también un notario seguido de un oficial de notaría y una estenotipista con máquina y todo, que el tema parece grave y a lo mejor le da al jugador por cambiar el testamento y dejarle a la amante el piso de la playa. Por último sale un técnico de la Olivetti, no sea que falle la máquina de estenotipia y haya que hacerlo a mano y luego pasarlo a limpio y hemos quedado luego en ir a por los niños.
Entre el tumulto, el jugador se retuerce y la multitud de asistentes emite veredictos contradictorios, como cuando a uno no le arranca el coche en una barbacoa llena de amigos bebidos. “Es la rodilla” – “No, es el bazo” – “Quizás haya cogido frío” - “Destemplado, desde luego, está” – “A ver si es que tiene alto el azúcar” – “Pueden ser gases” (esto lo dice la señora que vino con el notario). Se retira la comitiva, con el médico al frente y el técnico de la OIivetti cerrando el desfile, aliviado porque sí que llega a tiempo a casa de su suegra. En medio, los camilleros llevan al Ecce Homo de mala manera, porque suelen ser bajitos pero siempre hay uno más alto que los demás y la camilla se desnivela. Una camillera, normalmente rubia y con coleta, le echa por encima una mantita guateada como si se llevaran a una viejecita asustada por el ruido. Paran en el lateral, el médico dice unas palabras mágicas (en algunos círculos se comenta que las palabras son “afganistán – bananastán”) y el enfermito sana, se pone de pie, recibe instrucciones y salta, felino y aguerrido, al terreno de juego. Corre a su posición, da instrucciones y gritos de ánimo a los compañeros y de paso amenaza al delantero rival: “ándate con ojo a la próxima, esto no quedará así, que mira qué disgusto le has dado al notario”. Total: cinco minutos de reloj.
El público entonces brama, consciente del ardid. Insultan al lesionado imaginario, a quien le da igual lo que le digan, que él ha hecho su trabajo, lo que de él se espera, lo que le ha prescrito el entrenador, que hoy en día vale más ser “buen profesional” que un tipo honesto. Ha perdido tiempo, ha desquiciado al rival, le ha roto el ritmo y no pagará por ello. Cuando la prensa le pregunte, dirá aquello tan cómico de “hubo contacto”. “Hubo contacto” vale para todo, sin que nadie repare en que hay contactos que a uno le gustan, como cuando te pasa el gato por la pantorrilla, y otros que te rompen un hueso. Pero no, en el fútbol moderno el contacto justifica todo, y si un delantero de sesenta kilos roza a un central de esos que comen tornillos, éste puede tirarse al suelo y provocar un seísmo apreciable hasta Fuengirola, que hubo contacto. El contacto entre futbolistas tiene efectos eléctricos, y su mera existencia provoca reacciones que no se explican si no es por algún tipo de material extrasensible que cubre la dermis a los antaño rudos jugadores, hoy en día más reacios al contacto que las novicias clarisas.
Entonces es el turno de la prensa, que opina y opina. En la radio debaten periodistas y ex-jugadores y concluyen que el que un tipo finja una lesión para perder tiempo y arañar un empate no se considera algo reprobable, sino de “listos”. Nadie repara en que en realidad lo que hace el tipo es tirarse al suelo y pedir ayuda para que la mente de jugadores y público se bloqueen y ordenen jerárquicamente sus principios. “Un tipo teóricamente respetable, quizás padre de dos niños rubios, está pasándolo mal, ¿qué es un partido de fútbol al lado del sufrimiento de un igual? Paremos el partido, demos importancia a lo verdaderamente importante, que este chiquillo se nos muere”. Una vez realizado este noble ejercicio priorizador, va el tipo y se levanta y deja al resto con cara de tontos. “Me he reído de vosotros, pero como no hay forma de demostrar que realmente me dolía, sé que no me va a pasar nada – ¡y además me llamarán listo!”.
¿Hay algo más despreciable? Pues no, pero el tipo no es un miserable sino un “listo”. “El más listo de la clase”, dice la prensa de algunos”. “Un pillo”, “un zorro”, dicen otros, “de esos quiero yo siete en mi equipo”, dice algún entrenador, ejemplo para infantes de su ciudad. Un fenómeno, vaya. Así que los jugadores, normalmente con pocas probabilidades de optar al Nóbel de física, ven lo que ocurre cuando uno es ruin y cunde el ejemplo. “Yo quiero ser listo”, se dicen entre partida y partida de la consola. Así que en el siguiente partido salen dispuestos a ser listísimos, y caen al suelo con estruendo cuando un rival se aproxima y tose. “Hay que ver lo listo que soy, cada día soy más listo, el más listo de la clase”. “El fútbol es de listos”, “el contacto existe”, repite la chiquillería en los partidos del patio.
El listo entonces da con la clave. Nadie puede saber si se ha hecho daño o no, y fingiendo un dolor insoportable pasa toda la responsabilidad de la gestión de la situación al jugador rival. Si sigue jugando es un insensible, un anti-deportivo, un tipo sin escrúpulos ni atisbo de humanidad, una mala persona, incluso un listo. Si para el juego por lo que pueda pasar puede que esté haciendo una noble acción, pero la estadística (mira, esta sí podría hacerla la Sexta) indica que lo más probable es que el listo se la esté jugando, es decir, que esté haciendo el tonto. El pobre al que le llega el balón tiene que decidir en décimas de segundo y ante miles de personas entre ser el malo o ser el tonto, elección ni fácil ni justa ni deseable.
El listo pues, consciente de su enorme poder e infinita impunidad, hace listezas, listuras y listanzas a su antojo, primero una vez por partido, luego dos y luego veinte. Al final, cada vez que nota el contacto salta cual rana alcanzada por un dardo, devorado por su plañidero personaje. El público rival, que no es tonto, se predispone en su contra y cada vez que salta y brinca dolorido, se levanta un grito de desaprobación, una ola de ofensa, un ciclón de incredulidad y un tsunami de odio. Ya pueden darle al listo con una plancha en el cráneo que cualquier grito que lance se tomará por una provocación. Su fama se extiende como la pólvora y ya no se la quitará ni aún procesionando descalzo de camino al estadio rival. Se extiende también al resto de jugadores de su equipo, que deben soportar tarascadas sin quejarse por culpa del listo de marras. Y hasta la afición de su equipo pasa a llevar el sambenito de quejica, llorica y chivata. Y la espiral se ensancha y todas las aficiones sospechan de todos los jugadores rivales, y piensan mal de cualquier jugador que cae con gestos de mayor dolor y traspaso. Y, ¿saben qué les digo? Que no me extraña.
(Esto, viejo como el mundo, ya pasaba en el cuento de Pedro, el pastorcito mentiroso, y el Lobo, pero si se lo digo al principio del artículo ninguno de Vds hubiera llegado hasta aquí, claro).
Así que volviendo al tema del día, ¿qué debió hacer el Kun?. Pues no lo sé. Desconozco si Guille Franco es un tipo respetable o bien si es propenso al alarido injustificado, así que no lo personalizo en él (sí lo haría si fuera otro jugador). Si los jugadores fueran los gentlemen de antaño, sin duda debería haber tirado el balón fuera. De no haberlo hecho, uno hubiera esperado que no ya el rival sino sus propios compañeros hubieran parado el juego, afeándole su falta de compañerismo y sensibilidad, al igual que uno hubiera esperado que los propios compañeros del fingiente le echaran en cara su desfachatez. Pero en el desnaturalizado fútbol de hoy en día, el Kun tuvo que elegir entre que le llamaran “anti-deportivo-pero-listo” o “inocente-tirando-a-tonto-de-remate”. Cada uno debe hacer su elección, y motivos no faltan para decantarse por una u otra postura. Pero tampoco deben faltar para entender al que opte por lo contrario.
Etiquetas:
Atlético Madrid,
Fabiano Eller,
Liga,
Villarreal
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




