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jueves, 26 de noviembre de 2015

Síntomas (y de los buenos)


Se anunciaba un frío polar y penosas colas para pasar los controles de seguridad a la hora de entrar al campo; como ocurre tantas veces, ni hizo tanto frío ni se tardó tanto en entrar a pesar de la larguísima cola que bajaba por la acera izquierda de Paseo de Pontones para pasar el primer control de policía.


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La actitud de la policía en los campos de fútbol es cuanto menos curiosa. Cuando hay un partido de alto riesgo porque los ultras de uno u otro equipo han quedado para molerse a palos, los antidisturbios de la Policía Nacional posan delante de sus furgonetas poniendo cara de malos y marcando bíceps, mirando desafiantes a los señores con gafas que van del brazo de su señora a reunirse con su yerno en la puerta de la tienda. Cuando hay una amenaza más grave y seria como la que vivimos estos días, la Policía Nacional acorazada y numerosa se muestra más amable, sensata y colaboradora: ni le miran a uno mal, ni le tratan con desdén ni provocan esa sensación de inseguridad que la chulería de algunos policías con vocación de malotes hacen flotar en el ambiente en otros días menos señalados. Qué cosas tiene la fuerza pública.

La Policía Municipal madrileña, por su parte, es más homogénea en su comportamiento: tanto en los días de alto riesgo como en los normales, tanto en los partidos cómodos de la mitad de la temporada como en los marcados en el calendario con tinta roja y bufanda de las grandes ocasiones, la Policía Municipal guarda idéntica actitud, dirigiéndose al ciudadano con esa mezcla de chulería y hartura tan característica. La Policía Municipal madrileña gusta de patrullar en colleras formadas por un policía más joven con patillitas, gafas de sol y gesto de saberlo todo sobre la vida y no tener tiempo ni ganas de explicarlo, y otro más mayor y paciente, casi resignado, quizás harto de su trabajo, que hace observaciones inoportunas al ciudadano que paga su sueldo con sus impuestos.

Ah, la policía madrileña y su relación con el hincha de fútbol, qué universo tan complejo, oiga.
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Llegó la afición al campo y lo primero que le llamó la atención fue la abundancia de turcos por todas partes. Los aficionados turcos llenaron parte de la zona de la grada reservada para los visitantes, pero sobre todo compró entradas salpicadas por gradas y tribunas, dando una sensación plácida de partido compartido con la afición rival, eso que ya saben Vds que tanto nos gusta. Los turcos del Galatasaray vestían camisetas y bufandas con sus colores con toda naturalidad, presumiendo de esa combinación naranja y granate tan romana y tan bonita y tan de equipo inglés de polo o de rugby y a uno le parece estupendamente. Ojalá vinieran más rivales así tan educados y tan mechaditos entre la afición, tan mezclados y tan tranquiletes, tan charlatanes y futboleros. Ojalá, ya puestos, se multara a los periodistas que hablan directamente del infierno turco cada vez que va un equipo a jugar allí, que ya está bien de topicazos, oiga, anda que no hay formas de llamar a las aficiones y los estadios para andar así repitiendo siempre lo mismo, que si el infierno turco, que si la caldera a presión, anda ya, vayan Vds a paseo, oiga, no me sean pesaos y cansinos y repetitivos. Coñe ya.
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Salió el Atleti al campo con la misma alineación que tan buen partido hiciera en Sevilla, con la única novedad de Giménez, que volvía al equipo tras su lesión. Giménez, que tiene pocos años pero juega como si hubiera completado dos carreras profesionales de las largas, jugó tan tranquilo y como si tal cosa, posiblemente recuperado del sofocón tras el fallo de Coruña y quizás también tranquilo por saber que cuando no está aparece Savic y lo hace bien. Quizás Giménez sea también consciente de que el montenegrino tiene calidad y personalidad para sustituirle y por tanto no se puede dormir en los laureles. Un buen futbolista, este Giménez.

Es cierto que el rival de ayer, el Galatasaray, no pareció un equipo capaz de asustar al Atleti, ni siquiera de venir a marcar goles, más bien dispuesto a capear el temporal. Con tres centrales cuando el Atleti achuchaba, con Sneijder gordo como una señora de esas que empujan en el autobús sin soltar el bolso y Podolski lejos de lo que fue en su momento, el Galatasaray sólo tiró una vez a puerta: precisamente fue el orondo holandés que su momento pareció tener condiciones para ser un futbolista de los que dejan huella (y no sólo en el sofá) quien lanzó cruzado un balón que se fue fuera, el único momento en el que Oblak tuvo que dejar el folleto de los crucigramas y ponerse a tapar hueco. En descargo del pobre partido de los turcos (cuajado de jugadores paticortos y culones de lámina parecida al turco aquél – el que pasó por el Calderón y se fue corriendo tras un cajero automático a ver si le regalaban una pantalla de plasma al domiciliar la nómina -, se ve que es un genotipo local) hay que decir que no dieron ni una patada, algo siempre de agradecer. El Galatasaray pasó sin pena ni gloria por el Calderón, y lo mejor que dejó fue la imagen de su hinchada, la mar de educada y discreta.

En cuanto al Atleti, la sensación volvió a ser buena. En línea con los partidos contra el Valencia, Coruña y Betis, el equipo jugó bien y a ratos muy bien, dando siempre sensación de superioridad y solvencia, de ser más equipo que el rival y, sobre todo y ahí está lo mejor, de ser más equipo que hace un mes y mucho más que hace dos meses.

Descartando las apuestas seguras de Godín y Tiago, los dos ejes sobre los que pivota el juego de tres cuartos para atrás, las buenas noticias en la defensa y centro del campo se van sucediendo. Gámez, por ejemplo, gana enteros para ganarse el status de ídolo del que suscribe. Discreto, buen profesional, versátil, concentrado, modesto y cumplidor, Gámez es valiosísimo cuando sale por la derecha o por la izquierda e igualmente valioso desde el banquillo, en el que no da problemas y sí muchas soluciones. Su temporada pasada en la izquierda fue notable, pero este año, de seguir Filipe Luis progresando como está, no le veremos mucho por ahí salvo necesidad apabullante. Filipe Luis ha vuelto en estos dos últimos partidos a ser el jugador confiado, asociativo y desequilibrante de otros años; si esto se confirma y Juanfran vuelve de la lesión con el mismo nivel con el que jugó los últimos partidos, los laterales pueden convertirse en el elemento que faltaba para terminar de afinar la máquina del Cholo, que vuelve a sonar redonda y poderosa como el motor de un Citroën Tiburón de los bonitos.

La mejoría de Filipe Luis puede estar directamente relacionada, quien sabe, con la mayor presencia y acierto de Koke, por fin más echado al centro y dando más apoyos y coberturas a Tiago y Gabi, más espacio a Carrasco en algo que a ratos es más un 4-3-3 que el 4-4-2 de siempre. Koke está preciso y participativo, más confiado y resuelto a la hora de lanzar la presión alta, más Koke y menos triste que hace unos cuantos partidos, más el Koke que hace moverse al equipo que el Koke que se mueve en exceso, apagando fuegos allá donde el resto no llegan. Y es que con Koke más enganchado, la presión alta y el mayor ritmo, las señas de identidad del Atleti campeón, han aparecido con más claridad en los últimos partidos. Buena culpa de ello la tiene también Gabi, espectacular ayer en el primer pase de gol y el caño y asistencia del segundo además de entregado y listo a la hora de tirar la presión en campo contrario junto con Koke.

También ayuda un Griezmann más participativo, como en el segundo tiempo de ayer. Independientemente de sus goles, una vez más un prodigio de oportunidad y colocación, Griezmann disfrutó más ayer que otros días, participó más, se asoció más. Sin matarse en la presión, sí cubrió su parcela con más solvencia, permitiendo a Tiago, Gabi y Koke jugar más, pensar más, salir más, buscar más el ataque y no sólo la posesión, haciendo por tanto lo que de él se espera además de estar en el momento preciso y el lugar oportuno. Y, ya que estamos con el estilo concatenado, buena parte de esa mayor movilidad e implicación de Griezmann parece, según se ha ido viendo estos últimos partidos, estar directamente relacionada con la presencia de Fernando Torres. Ayer de nuevo estupendo en el esfuerzo y el juego de equipo, Torres se vio durante todo el primer tiempo metido en el área entre tres centrales grandes, algo casi imposible de rentabilizar para un delantero centro de sus hechuras, sobre todo cuando buena parte de los pases laterales no eran del todo precisos. Ya en el segundo tiempo, resignado a la inutilidad de su presencia en el área, Torres salió más, se acercó más al medio campo, se asoció más en la construcción sin limitarse a esperar pases que no llegaban. Torres se mostró especialmente generoso con los compañeros: pudiendo mirar por sí mismo y su famoso gol 100, Torres prefirió en varias ocasiones combinar y no tirar, pensar en el compañero y no en la estadística, ceder el balón en mejores condiciones a la segunda línea. Como en Sevilla, Torres hizo un buen partido con una enorme contribución al juego colectivo y se mostró más confiado, menos acelerado, más cómodo y aún más generoso que en los pocos minutos de los que disponía hace unas semanas.

Sea por lo que sea, sea consecuencia de lo que sea, el equipo parece mejorar partido a partido y muestra síntomas de mejoría y claridad según avanzan las fechas. Simeone parece haber dado con la tecla que acerca a este equipo de más calidad y menos rabia que otros años a la imagen y solvencia del equipo enorme que guardamos en la retina, que consigue transformar la posesión en peligro y la defensa en una muralla. Si hace tres semanas parecía que el mundo se acababa, que Simeone no daba una y que sólo un milagro conseguiría que el Atleti no se estrellara contra un muro conduciendo el carísimo deportivo que se ha comprado este año, ahora las cosas parecen distintas, o al menos se lo parecen a los más críticos y sabihondos que daban la temporada por finiquitada cuando el equipo no estaba más que en formación. Llega diciembre y, como otros años, esto empieza: y parece que tienen muy buena pinta.

lunes, 7 de marzo de 2011

De la alegría que da que ganen equipo y grada

El Atleti jugó un buen partido contra un buen rival que no consiguió jugar cómodo y ganó por primera vez en la temporada contra un teórico rival directo. Y la grada, encima, nos dio una alegría.


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El sábado, que era un día normal, el centro de Madrid estaba cortado. Así, cortado, como un café. Cortado con vallas, con coches de policía, con agentes de movilidad dando pitidos. Cortado. La gente no sabía bien qué pasaba, por qué está todo cortado, por qué tantas vallas y tantos pitidos y tantos atascos, por qué, por qué, oiga. La explicación llegó gracias al boca a boca: es cosa del carnaval. Madrid estaba cortado por el carnaval, como Río, como Cádiz. Madrid, qué cosas, no tiene tradición carnavalera y únicamente en los últimos años se ve a la gente disfrazada por la calle en días de carnaval; en los últimos años, sí, en los mismos en que se ve gente disfrazada en Halloween. Eso sí, el tráfico se corta en el centro. Se diría que en Madrid, sitio del que siempre se ha dicho que no hay demasiada gente de dos generaciones, se van tomando como propias las tradiciones de otros, para hacer identidad. A algunos nos suena rara esta manía de querer ser lo que uno no es y además querer serlo con la solera del que lo es desde siempre. En breve, creemos algunos, tendremos en Madrid fallas por San José, encierros por San Fermín y pavo por acción de gracias. Todo importado, todo artificial, todo forzado pero de todo al menos, de todo un poco, mejor algo en vez de nada.

Es común con esto de las tradiciones repentinas que, para rematar la faena, se corte el centro. El centro de Madrid se corta a la mínima y cuando no es el carnaval o una parada militar es una manifestación o un desfile tradicional austrohúngaro. El centro de Madrid se corta sin anuncio previo ni explicación suficiente, y normalmente lo que se consigue es que los automovilistas madrileños, que no se han enterado de nada, se agolpen en las vías de acceso al centro y ahí asistan al espectáculo brindado por el Ayuntamiento. Y es que el Ayuntamiento, para guiar y ayudar al ciudadano desinformado, cuenta con un cuerpo de élite encargado de solucionar los entuertos que él mismo crea: la Policía Municipal madrileña. La Policía Municipal madrileña, posiblemente la policía peor educada del globo, gusta de manejar estas situaciones luciendo sus características más famosas, esto es, el gesto despectivo, el pitido irrita-sordos, el ademán prepotente y el abandono de las formas más elementales. La Policía Municipal pita, grita, hace aspavientos, consigue con unos pocos signos confundir a gran cantidad de conductores que no necesariamente son idiotas pero a los que tratan como tales. El policía medio se dirige al ciudadano con gestos incomprensibles que ellos consideran clarísimos, y si uno no consigue descifrar a la primera el punto exacto del amplio abanico que va desde el "pase Vd rapidito" al "quieto ahí mismo y no se mueva" que el ademán puede significar, el gesto policial se torna en visible irritación, amenaza de multa y murmullos de esos que sugieren aquello tan funcionarial de "hay que ver la gente, qué bruta es".

La Policía Municipal madrileña, agresiva, maleducada y no especialmente eficaz, contaría en otra ciudad con un movimiento ciudadano en contra que exigiría que se le bajaran los humos y se le enseñara educación básica. Pero no es así, oiga, que la Policía Municipal cuenta con un aliado que no sabe que lo es y que no debería serlo: el madrileño al volante. El conductor madrileño, del que la policía abusa y al que el alcalde ignora, que ve su vida pasar en atascos y esperando que un señor bajito con casco y chaleco reflectante armado de una gran flecha blanca sobre fondo azul le haga el favor de dejarle pasar por las calles de su ciudad, cuyo mantenimiento paga, no exige educación a la fuerza pública, ni información al ayuntamiento, ni claridad en las explicaciones. No. El conductor madrileño no exige nada de eso a quien sería exigible y se muestra resignado y sumiso ante la autoridad. Sin embargo, qué cosas pasan, se muestra inflexible y estricto, crítico y maleducado hasta el punto de convertirse en odioso con sus compañeros de atasco, con los ciudadanos que como él se ven atrapados sin culpa ni voluntad en la ratonera, con el resto de contribuyentes a los que la autoridad maltrata. Así, una vez dentro del atasco el conductor medio no exige al policía corrección y claridad, pero sí exige al coche que va delante que interprete exactamente hacia dónde quiere ir él; si no lo hace toca el claxon, hace aspavientos y se acuerda de su madre. No pide al guardia que deje de tutear a los conductores agobiados ni que modere su ímpetu gestual ofensivo, pero pone como un trapo a la chica del coche de al lado si no acelera cuando él cree que debe hacerlo. Critica sólo para sus adentros la brillante idea del alcalde de asumir como propias todas y cada una de las fiestas populares de España, Canadá, Mongolia y parte del Hemisferio Sur, pero critica en público al coche de matrícula de provincias con el que debería hacer frente común y plantar cara al agente que, desquiciado, toca el pito como quien pastorea acémilas. El conductor madrileño, en fin, prefiere mostrarse sumiso con el funcionario que le maltrata y no protestar frente a la autoridad que, sin avisar, le amarga el sábado, renunciando a hacer valer sus derechos, reclamar respeto y exigir educación. La vía de escape para la frustración que esta postura tan blandengue le produce es, naturalmente, criticar al vecino que tan poca culpa como él tiene, insultar al compañero de atasco (mejor cuanto más débil, esto es, señor mayor, chica con poco tiempo de carnet o extranjero despistado). Todo muy lógico, como ven, todo muy agradable para el igual, todo muy ventajoso para la autoridad asilvestrada.
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Cuentan los que saben de esto que Quique Sánchez Flores trabaja los partidos a conciencia. Para preparar los enfrentamientos se recluye en su domicilio el día antes del partido y convoca, a puerta cerrada, a varias personas de confianza y reputada sabiduría futbolística que hacen las veces de asesores personales. En un cuarto cerrado, aislado del ruido y de las interferencias que la vida en la ciudad provoca, pide a los asesores que tomen asiento y se pongan cómodos y da una breve charla a modo de introducción. Reparte entonces unas fichas y unos bolígrafos entre los asistentes y, con gran solemnidad, procede a iniciar el rito por el que el grupo de expertos proceden a confeccionar el equipo titular de la jornada. Como primer paso, Quique selecciona unas bolas con los números de los jugadores de la plantilla. Introduce las bolas en un bombo y procede a mezclarlas con un movimiento circular. Gracias a un dispositivo de cerrojo, hace salir las bolas por una apertura del bombo y anuncia el número con voz y gesto grave, alternando a veces expresiones crípticas que sólo los expertos conocen: así, Godín es conocido en la misteriosa reunión como La Niña Bonita mientras que a Diego Costa se refieren los asistentes como Los Dos Patitos. Cada vez que sale un número, los asistentes toman notas en las fichas distribuidas. En este punto el papel de los asesores es crucial: cada uno tiene una misión determinada, bien definida. Uno se ocupa de la defensa, otro de la media y otro de la delantera. Cada uno tiene un número determinado de puestos asignados, y se ocupa de anotar los números de las bolas que salen del bombo en caso de que correspondan con dorsales de jugadores correspondientes a su área de responsabilidad. Cuando completan el número total de jugadores que conforman el equipo titular en su línea correspondiente, los expertos se dirigen solemnemente al entrenador gritando con voz firme un código secreto: "línea". Cuando todos los responsables han completado el número total de jugadores correspondientes a su línea, hacen un gesto pactado y el asesor de mayor edad se pone en pie y grita otro código secreto, en este caso "bingo". Solemne, Quique entonces se levanta y se dirige a los presentes leyendo sus propias notas. Los dieciséis primeros números conforman la convocatoria; los primeros correspondientes a cada línea, agrupados, conforman el equipo titular. Este método, de contrastado rigor científico como demuestra la estabilidad en la alineación del Atleti, está siendo estudiado por investigadores de Las Vegas, Nevada, que no descartan emplearlo en otros ámbitos no necesariamente ligados al fútbol.
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Llegó la gente al campo y resultó no hacer tanto frío. No hace tanto frío, decían los que han ido al campo pocas veces. Verás luego, decía la afición más experimentada, verás. Un sabio meteorólogo aficionado al blues y la anatomía dijo justo antes de entrar que el Calderón es un caso único de estudio, un fenómeno meteorológico en sí mismo. En el Calderón no hace frío al principio de los partidos pero hace muchísimo frío los veinte últimos minutos, y ello sea cual sea la hora, día o estación en que se celebra el partido. Si se juega a las cinco, lo mismo en enero que en mayo, a las seis y cuarto empieza el relente; si empieza a las diez, y da igual que sea febrero que agosto, es sobre las once y veinte cuando cae la temperatura. No antes, no después. El Calderón es un caso único, un caso de estudio, una excepción planetaria que, nada más que por eso, debería ser protegido por la Unesco, por el Instituto Nacional de Meteorología y por la Fundación Mariano Medina. Sin embargo, como todos Vds saben, ahora que el campo está en su mejor momento, ahora que pasaron las obras y al lado del río ha salido un parque y un bosque, ahora que está la zona como para irse a pasar el día entero en jornada de partido, siguen adelante los planes de echar el estadio abajo y trasladar el equipo a la otra punta de la ciudad, en medio de un páramo sin árboles ni bares. Y al final no diremos nada porque, como en los atascos, es mejor agachar las orejas ante la autoridad que impone sus decisiones sin levantar la voz y dirigir las frustraciones contra los compañeros de grada que reclaman un club mejor para todos, no sólo para ellos.

Salió el Atleti al campo y la gente, ya acostumbrada a jugar al quique-bingo, miraba divertida la alineación. ¿Quién, hoy quién? ¿Domínguez? ¡Sí! ¿Perea? No, hoy no. ¿Valera? Tampoco. ¿Raúl? No, no. ¿Mario? ¡Si! ¡Mario sí! ¿Juanfran? Noooooo. ¿Elías? Sííííí ¡Bingo! ¡Bingooooooo! Han cantado bingo, una historia en polipiel para el caballero de las pobladas cejas.

Salió el Atleti pues con el portero que debe salir, con la defensa que todo el mundo pondría y con la delantera que nadie discute. El centro del campo fue otro cantar. Fijo Reyes, encumbrado últimamente por la prensa a jugador seleccionable, queda la duda de los otros tres. Y lo entendemos, no tanto lo de la selección como lo de la duda de los demás. Reyes, jugador de detalles impresionantes y actitud desesperante en general, jugador de talento con facilidad para hacer cosas complicadas cuando no piensa, conductor de balones y descolocador de compañeros cuando piensa un instante, parece que debe ser indiscutible en el equipo. El sábado metió un golazo de escándalo y dio a Forlán un buen pase en el último y es de los pocos que puede hacer lo que el rival no se espera. Mantiene, eso sí, su querencia a desentenderse a ratos, a no volver a la posición cuando la pierde, a enredarse en solitario en peleas imposibles y quedarse sentado mientras el rival arma el contraataque. Todo esto es cierto, pero también lo es que está funcionando mejor según avanza la liga.


Junto a él jugaron Tiago, Mario Suárez y Elías. El primero sigue mostrando criterio y pausa cuando el resto sólo se revolucionan, y esta es una característica de juego que, por inusual en el Atleti, es valiosísima. El sábado, además, pasó buena parte del segundo tiempo dando voces a centrocampistas y centrales, pidiendo que hablaran, que supieran donde están los compañeros antes de recibir el balón ... estas cosas, en fin, tan básicas que no siempre se dicen los jugadores del Atleti. Junto a Tiago, de doble pivote o algo parecido, jugó Mario. Mario jugó como suele jugar: aseado, bien colocado, ayudando a la recuperación y a la salida. No marca la diferencia, no parece imprescindible, pero aporta. Pudo marcar de tiro lejano, pero lo franco que le quedó el balón y el rugido in crescendo de la grada le hizo posiblemente querer romperla y se le fue alta; algo parecido le pasó a Juanfran al final del partido, cuando pifió una ocasión clarísima de esas que, cuando no hay tiempo que pensar ni de acordarse a quién dedicar el gol que inmediatamente se va a marcar, se mete.

Párrafo aparte merece Elías. Elías salió aparentemente de interior izquierdo, por delante de Filipe Luis Filipe. Quizás por el buen partido de éste, quizás por su querencia natural a irse al centro, por la banda se le vio poco. Elías se va al centro, deja a su par veinte metros a su espalda y da la impresión de no saber que él es el jugador más cercano a la línea cuando ataca el rival. A Elías se le vio perdido hasta que le dio por hacer lo que le apetecía: robar balones. Especialmente durante un rato del segundo tiempo, el Atleti se dedicó sorprendentemente a presionar en el campo del rival para ahogar su salida y ahí Elías aportó lo suyo: robar balones a los medio centros rivales que intentaban jugar, retrasarlos a Tiago y Mario para que estos buscaran más adelante. Conclusión, parece que Elías es también un recuperador, un nuevo centrocampista de destrucción, el quinto o sexto, según se mire; esto no le resta mérito a su capacidad de recuperación, pero pone muy en entredicho la oportunidad de su fichaje.

Dicho lo dicho, la sorpresa del partido fue que el Villarreal no jugó. El Villarreal, un equipo que presume de un juego mucho más fino que el porte de su entrenador, no jugó cómodo salvo un rato en el primer tiempo. No consiguió jugar Borja Valero, más ocupado en apagar fuegos que en dar pausa, y no lo hicieron tampoco Cazorla o Cani, buenos jugadores despegados el sábado de la delantera. Sólo marcó el Villarreal de falta, bien lanzada por Rossi y muy mal defendida por la barrera, formada casi por el mismo número de rojiblancos que de amarillo y con los últimos en la zona que invitaba al tiro. Parte del mérito está en el centro del campo del Atleti, mejor colocado y más solidario que otros días y con la inédita ayuda de Filipe Luis Filipe, y también en la actitud general del equipo, más de equipo y menos de comparsa que otras veces; si esta es una lección para el futuro es algo que no tenemos claro, que ya lo hemos vivido antes.

Para el final, la delantera. Jugó bien Agüero, que metió un buen gol tras gran jugada de Filipe Luis Filipe, y también Forlán. Forlán lo intentó, bajó al centro, pidió balones y los devolvió. Tiró de lejos y buscó paredes, tiró desmarques que nadie quiso ver y otros que sí tuvieron pase. Tiró a bote pronto, de lejos, arriba y al palo y muchas veces se encontró con Diego López. Eso sí, cuando Agüero marcó el dos uno, supimos que marcaría Forlán. Había marcado Reyes un gol de bandera, había marcado Agüero un buen gol en un muy buen momento y a Forlán, al Forlán con ganas que se vio el sábado, estas cosas no le dejan tranquilo. Poco tardó tras el segundo gol en bajar cerca de la línea del medio, recuperar un balón, pasárselo a Reyes y tirar el desmarque para la pared. El pase a Reyes debió hacerlo clavándole la mirada para indicarle dónde quería el balón, porque éste, lejos de complicarse, devolvió la bola al sitio justo con un toque rápido. Gol, tres uno, buen partido del Atleti, buen partido de Forlán, Filipe Luis Filipe y del equipo en general, y todo ello frente a un buen equipo al que se consiguió hacer jugar como si no lo fuera tanto.

Y aún así, en un buen partido del Atleti, en el partido más interesante en meses, en uno de los pocos partidos en los que el Atleti ha dado la talla contra un rival con los que hay que medirse, en un partido en el que todas las líneas jugaron bien y algunos jugadores mostraron su mejor nivel, la máxima puntuación de la noche se la llevó la grada. La grada, sí, la grada, la grada a la que tantas veces hemos puesto de pusilánime, desinteresada y dormida. La grada, sí, la que hasta ahora sólo reaccionaba cuando el equipo perdía o se pegaba un petardo sonado, la que cargaba con virulencia contra jugadores débiles olvidando a los responsables reales del problema, la que se dejaba llevar por lo que decía la prensa para criticar a unos y no ha otros, la grada, sí, la grada. La grada volvía a mostrar mucho verde y mucho oro, muchas pancartas de denuncia y reivindicación, mucha protesta. Empujada muchas veces desde el corner que divide el fondo sur de la grada de lateral y con el apoyo masivo de ese mismo fondo, la afición protestó contra el palco, pidió dimisiones, mostró su hastío y su rabia y también mostró criterio. Mostró criterio al protestar cuando se iba ganando y cuando se iba perdiendo, pero sobre todo cuando se iba ganando. Durante todo el partido, sobre todo tras los goles del Atleti, se alternó la animación y la protesta, el aliento al equipo y la reclamación contra el palco. La grada dio una lección que hace tiempo había olvidado, dejando claro que sí sabe lo que pasa y quién lo causa. Que dure, oiga, que dure.