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jueves, 26 de noviembre de 2015

Síntomas (y de los buenos)


Se anunciaba un frío polar y penosas colas para pasar los controles de seguridad a la hora de entrar al campo; como ocurre tantas veces, ni hizo tanto frío ni se tardó tanto en entrar a pesar de la larguísima cola que bajaba por la acera izquierda de Paseo de Pontones para pasar el primer control de policía.


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La actitud de la policía en los campos de fútbol es cuanto menos curiosa. Cuando hay un partido de alto riesgo porque los ultras de uno u otro equipo han quedado para molerse a palos, los antidisturbios de la Policía Nacional posan delante de sus furgonetas poniendo cara de malos y marcando bíceps, mirando desafiantes a los señores con gafas que van del brazo de su señora a reunirse con su yerno en la puerta de la tienda. Cuando hay una amenaza más grave y seria como la que vivimos estos días, la Policía Nacional acorazada y numerosa se muestra más amable, sensata y colaboradora: ni le miran a uno mal, ni le tratan con desdén ni provocan esa sensación de inseguridad que la chulería de algunos policías con vocación de malotes hacen flotar en el ambiente en otros días menos señalados. Qué cosas tiene la fuerza pública.

La Policía Municipal madrileña, por su parte, es más homogénea en su comportamiento: tanto en los días de alto riesgo como en los normales, tanto en los partidos cómodos de la mitad de la temporada como en los marcados en el calendario con tinta roja y bufanda de las grandes ocasiones, la Policía Municipal guarda idéntica actitud, dirigiéndose al ciudadano con esa mezcla de chulería y hartura tan característica. La Policía Municipal madrileña gusta de patrullar en colleras formadas por un policía más joven con patillitas, gafas de sol y gesto de saberlo todo sobre la vida y no tener tiempo ni ganas de explicarlo, y otro más mayor y paciente, casi resignado, quizás harto de su trabajo, que hace observaciones inoportunas al ciudadano que paga su sueldo con sus impuestos.

Ah, la policía madrileña y su relación con el hincha de fútbol, qué universo tan complejo, oiga.
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Llegó la afición al campo y lo primero que le llamó la atención fue la abundancia de turcos por todas partes. Los aficionados turcos llenaron parte de la zona de la grada reservada para los visitantes, pero sobre todo compró entradas salpicadas por gradas y tribunas, dando una sensación plácida de partido compartido con la afición rival, eso que ya saben Vds que tanto nos gusta. Los turcos del Galatasaray vestían camisetas y bufandas con sus colores con toda naturalidad, presumiendo de esa combinación naranja y granate tan romana y tan bonita y tan de equipo inglés de polo o de rugby y a uno le parece estupendamente. Ojalá vinieran más rivales así tan educados y tan mechaditos entre la afición, tan mezclados y tan tranquiletes, tan charlatanes y futboleros. Ojalá, ya puestos, se multara a los periodistas que hablan directamente del infierno turco cada vez que va un equipo a jugar allí, que ya está bien de topicazos, oiga, anda que no hay formas de llamar a las aficiones y los estadios para andar así repitiendo siempre lo mismo, que si el infierno turco, que si la caldera a presión, anda ya, vayan Vds a paseo, oiga, no me sean pesaos y cansinos y repetitivos. Coñe ya.
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Salió el Atleti al campo con la misma alineación que tan buen partido hiciera en Sevilla, con la única novedad de Giménez, que volvía al equipo tras su lesión. Giménez, que tiene pocos años pero juega como si hubiera completado dos carreras profesionales de las largas, jugó tan tranquilo y como si tal cosa, posiblemente recuperado del sofocón tras el fallo de Coruña y quizás también tranquilo por saber que cuando no está aparece Savic y lo hace bien. Quizás Giménez sea también consciente de que el montenegrino tiene calidad y personalidad para sustituirle y por tanto no se puede dormir en los laureles. Un buen futbolista, este Giménez.

Es cierto que el rival de ayer, el Galatasaray, no pareció un equipo capaz de asustar al Atleti, ni siquiera de venir a marcar goles, más bien dispuesto a capear el temporal. Con tres centrales cuando el Atleti achuchaba, con Sneijder gordo como una señora de esas que empujan en el autobús sin soltar el bolso y Podolski lejos de lo que fue en su momento, el Galatasaray sólo tiró una vez a puerta: precisamente fue el orondo holandés que su momento pareció tener condiciones para ser un futbolista de los que dejan huella (y no sólo en el sofá) quien lanzó cruzado un balón que se fue fuera, el único momento en el que Oblak tuvo que dejar el folleto de los crucigramas y ponerse a tapar hueco. En descargo del pobre partido de los turcos (cuajado de jugadores paticortos y culones de lámina parecida al turco aquél – el que pasó por el Calderón y se fue corriendo tras un cajero automático a ver si le regalaban una pantalla de plasma al domiciliar la nómina -, se ve que es un genotipo local) hay que decir que no dieron ni una patada, algo siempre de agradecer. El Galatasaray pasó sin pena ni gloria por el Calderón, y lo mejor que dejó fue la imagen de su hinchada, la mar de educada y discreta.

En cuanto al Atleti, la sensación volvió a ser buena. En línea con los partidos contra el Valencia, Coruña y Betis, el equipo jugó bien y a ratos muy bien, dando siempre sensación de superioridad y solvencia, de ser más equipo que el rival y, sobre todo y ahí está lo mejor, de ser más equipo que hace un mes y mucho más que hace dos meses.

Descartando las apuestas seguras de Godín y Tiago, los dos ejes sobre los que pivota el juego de tres cuartos para atrás, las buenas noticias en la defensa y centro del campo se van sucediendo. Gámez, por ejemplo, gana enteros para ganarse el status de ídolo del que suscribe. Discreto, buen profesional, versátil, concentrado, modesto y cumplidor, Gámez es valiosísimo cuando sale por la derecha o por la izquierda e igualmente valioso desde el banquillo, en el que no da problemas y sí muchas soluciones. Su temporada pasada en la izquierda fue notable, pero este año, de seguir Filipe Luis progresando como está, no le veremos mucho por ahí salvo necesidad apabullante. Filipe Luis ha vuelto en estos dos últimos partidos a ser el jugador confiado, asociativo y desequilibrante de otros años; si esto se confirma y Juanfran vuelve de la lesión con el mismo nivel con el que jugó los últimos partidos, los laterales pueden convertirse en el elemento que faltaba para terminar de afinar la máquina del Cholo, que vuelve a sonar redonda y poderosa como el motor de un Citroën Tiburón de los bonitos.

La mejoría de Filipe Luis puede estar directamente relacionada, quien sabe, con la mayor presencia y acierto de Koke, por fin más echado al centro y dando más apoyos y coberturas a Tiago y Gabi, más espacio a Carrasco en algo que a ratos es más un 4-3-3 que el 4-4-2 de siempre. Koke está preciso y participativo, más confiado y resuelto a la hora de lanzar la presión alta, más Koke y menos triste que hace unos cuantos partidos, más el Koke que hace moverse al equipo que el Koke que se mueve en exceso, apagando fuegos allá donde el resto no llegan. Y es que con Koke más enganchado, la presión alta y el mayor ritmo, las señas de identidad del Atleti campeón, han aparecido con más claridad en los últimos partidos. Buena culpa de ello la tiene también Gabi, espectacular ayer en el primer pase de gol y el caño y asistencia del segundo además de entregado y listo a la hora de tirar la presión en campo contrario junto con Koke.

También ayuda un Griezmann más participativo, como en el segundo tiempo de ayer. Independientemente de sus goles, una vez más un prodigio de oportunidad y colocación, Griezmann disfrutó más ayer que otros días, participó más, se asoció más. Sin matarse en la presión, sí cubrió su parcela con más solvencia, permitiendo a Tiago, Gabi y Koke jugar más, pensar más, salir más, buscar más el ataque y no sólo la posesión, haciendo por tanto lo que de él se espera además de estar en el momento preciso y el lugar oportuno. Y, ya que estamos con el estilo concatenado, buena parte de esa mayor movilidad e implicación de Griezmann parece, según se ha ido viendo estos últimos partidos, estar directamente relacionada con la presencia de Fernando Torres. Ayer de nuevo estupendo en el esfuerzo y el juego de equipo, Torres se vio durante todo el primer tiempo metido en el área entre tres centrales grandes, algo casi imposible de rentabilizar para un delantero centro de sus hechuras, sobre todo cuando buena parte de los pases laterales no eran del todo precisos. Ya en el segundo tiempo, resignado a la inutilidad de su presencia en el área, Torres salió más, se acercó más al medio campo, se asoció más en la construcción sin limitarse a esperar pases que no llegaban. Torres se mostró especialmente generoso con los compañeros: pudiendo mirar por sí mismo y su famoso gol 100, Torres prefirió en varias ocasiones combinar y no tirar, pensar en el compañero y no en la estadística, ceder el balón en mejores condiciones a la segunda línea. Como en Sevilla, Torres hizo un buen partido con una enorme contribución al juego colectivo y se mostró más confiado, menos acelerado, más cómodo y aún más generoso que en los pocos minutos de los que disponía hace unas semanas.

Sea por lo que sea, sea consecuencia de lo que sea, el equipo parece mejorar partido a partido y muestra síntomas de mejoría y claridad según avanzan las fechas. Simeone parece haber dado con la tecla que acerca a este equipo de más calidad y menos rabia que otros años a la imagen y solvencia del equipo enorme que guardamos en la retina, que consigue transformar la posesión en peligro y la defensa en una muralla. Si hace tres semanas parecía que el mundo se acababa, que Simeone no daba una y que sólo un milagro conseguiría que el Atleti no se estrellara contra un muro conduciendo el carísimo deportivo que se ha comprado este año, ahora las cosas parecen distintas, o al menos se lo parecen a los más críticos y sabihondos que daban la temporada por finiquitada cuando el equipo no estaba más que en formación. Llega diciembre y, como otros años, esto empieza: y parece que tienen muy buena pinta.

lunes, 23 de noviembre de 2015

Y, de repente, segundos


Así, como quien no quiere la cosa, el triste equipo del cuestionado entrenador argentino que no sabe bien qué hacer con una buena plantilla capaz de hacer un fútbol de toque que él mismo no es capaz de elaborar (al contrario que el 90% de los aficionados, al parecer), firmó otro buen partido y, ya de paso, se ha puesto segundo en la liga. Quién lo iba a decir, con lo malísimamente que juega el equipo.
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Salió el Atleti al campo del Villamarín sabiendo muchas cosas de esas que son interesantes y además meten presión: de ganar el partido, el Atleti se pondría segundo. Además, muchos de los rivales directos para los objetivos que el equipo se ha marcado habían perdido o empatado, con lo que los puntos que podrían llevarse de vuelta de Sevilla eran de lo más valioso. Con todo esto el Atleti no podía fallar, situación que dispara en la parroquia colchonera un viejo postulado: cuando el equipo no puede fallar, suele hacerlo.

El Atleti salió al campo con la alineación que muchos consideramos que debería ser la titular: hasta ahora, pocas veces Simeone falla en esa lista inicial de jugadores, por más que a muchos les guste discutir todo. A muchos nos parece evidente que hoy por hoy Carrasco debe jugar por delante de Oliver y Saúl, a muchos nos parece que Torres, por más que estuviera torpón en partidos recientes, debe ser titular por delante de Jackson, que tampoco ha demostrado ser un amo de la filigrana y mucho menos un ejemplo del esfuerzo a la manera de Stajanov. A muchos nos gusta Gámez y le vemos un sustituto estupendo de Juanfran, y miren que es complicado eso, con el nivelón que está mostrando nuestro lateral derecho. A muchos nos gustaría que Saúl se hubiera ganado los galones como escudero de Tiago, quitando minutos a Gabi, pero estos muchos coincidimos (piensa uno) en que Saúl, que tiene cosas buenísimas, no ha aprovechado los minutos para despejar dudas sobre la posibilidad de que sea él y no otro quien sustituya al Capitán Fernández. Por tanto, nada que objetar a la alineación titular del Atleti, como casi siempre, oiga.

Salió el Atleti con ganas y con la convicción de que había que solucionar el partido pronto y vaya si lo hizo. Pocos minutos tardó el equipo en mostrar lo que iba a ser la seña de identidad en el primer tiempo: la presión alta, la solidaridad entre todos los jugadores a la hora de presionar y robar, la ambición de morder al rival menos centrado, la calidad para salir tocando por las bandas (sobre todo la izquierda) cuando las cosas se ponen feas. Cosas, oh sorpresa, que el Atleti ha buscado siempre en las últimas temporadas, las señas de identidad del equipo de Siemone, del campeón de liga.

Dos buenas noticias llegaron durante el primer tiempo: la primera, el buen juego de Torres. Peleón e incisivo, tiró bien a puerta para que luego fuera Koke quien marcara tras hacerse con el rechace. Un tiro mejor habría acabado en gol, un tiro malo en saque de puerta o en balón blocado, pero Torres pegó un zapatazo tras un buen robo de balón y el Atleti se puso por delante. Torres siguió porfiando, quizás más tranquilo y menos acelerado por tener por delante al menos 60 minutos, según el inamovible minutaje de cambios impuesto por Simeone, y dejó un balón estupendo a Griezmann, de exterior, bombeado y a la primera, que el francés no pudo meter. Torres trabajó, intimidó, hizo cometer fallos a los rivales y recuperó balones en el centro del campo, sin atropellarse en las salidas como otras veces. Torres mostró que esas dudas permanentes sobre su juego no vienen de lo que hace o deja de hacer, sino más bien de opiniones ya formadas por este o aquel motivo que no merece la pena discutir, dada la cerrazón de unos y otros. Pero el partido de Torres ahí está, su contribución ahí está, su trabajo ahí está y allá cada cual a la hora de valorarlo; en caso de ver lo que no ocurrió recomendamos acudir a un especialista, preferiblemente con gafas y un espejito de esos en la frente.

La segunda buena noticia del primer tiempo fue Koke. Koke llevaba unos partidos sin llegar a romper en Koke, esto es, sin llegar a ser el todocamino diésel - que lo mismo vale para subir una cuesta remolcando un carromato que para conducir en nieve – con prestaciones de deportivo italiano cuando se trata de hacer el último pase o ponérsela en la cabecita a un rematador. En Sevilla sí pareció volver a ser el Koke de siempre: más metido hacia dentro en el campo, ambicioso, generoso, con personalidad para pedir al resto que subieran la presión, con calidad para dar el último pase entre los defensas (a Carrasco, por ejemplo) y para guardar el balón cuando hacía falta. Koke fue Koke en el primer tiempo y gran parte del segundo y el equipo lo agradeció volviendo a ser, por fases, el equipo apisonadora que recordamos durante los brindis de media tarde.

Quizás la aparición de estas dos piezas fundamentales animó al equipo a firmar un primer tiempo fantástico, pero quizás no. También se jugó muy bien contra el Valencia y en Coruña el primer tiempo, y en esos casos era Jackson quien estuvo (si bien no muy activo) y Koke no brilló tanto. Quizás sea pues cosa de otros factores, o sobre todo de algunos. Tiago, también ayer, está haciendo una temporada prodigiosa y su mano se nota en todas las fases del juego. Tiago consigue que la defensa juegue más tranquila, que tenga menos trabajo y más facilidad para sacar el balón. Tiago consigue también, incluso cuando Gabi no está bien como ayer, que el centro del campo ofrezca siempre alivio al resto cuando el rival presiona. Con Tiago la vida de todos es más fácil, igual que la vida de Tiago es más fácil cuando Koke está bien y cuando Filipe Luis está bien, algo que ocurrió ayer en bastantes ocasiones en las que el equipo salió mandando de la presión, jugando donde otras veces se despeja. Si Koke vuelve por sus fueros, como parece, Tiago estará aún mejor. Y si Griezmann vuelve a querer jugar al fútbol ayudando  al centro del campo en vez de esperar balones que le permitan mejorar estadísticas, la que se puede formar es de traca.

Como ocurriera contra el Valencia y en Coruña, el Atleti pudo irse al descanso con 0-3 y el partido solucionado y no fue así. Griezmann falló una buena ocasión a pase de Torres y Carrasco, muy activo y vivaracho aunque a veces excesivamente individualista, tuvo otra a pase de Koke. El 0-1 avivó la duda entre la afición, imaginamos que más aún entre aquellos que gustan de anunciar la inminente llegada del Apocalipsis en forma de empate tardío, y la duda no se despejó hasta el final. No sobra, sin embargo, la crítica a los jugadores por no cerrar los partidos cuando se puede, por meter menos goles de los que el equipo merece.

Es cierto que el Atleti pasó apuros al final, como es cierto que de no ser Oblak un portero superlativo el Betis habría marcado al menos un gol. Pero también es cierto que el Atleti falló ocasiones y ocasiones que evitaron que  el partido acabara 0-3 o 0-4, resultado que no habría sido injusto. Falló Griezmann un par de ocasiones claras, y esto no sería un problema si no fuera porque falló por egoísta y por blandito. Falló Óliver Torres al rebañarle un defensa un balón bien controlado y Vietto ni falló, aunque volvió a dar la sensación de que no le importa esconderse entre los centrales cuando la cosa está achuchada. El Atleti falló y falló ocasiones en el segundo tiempo que había creado con relativa facilidad gracias a pases en profundidad de Gabi, Tiago y compañía, y eso que con la salida de Koke, Carrasco y Torres había dejado de mostrar esa furia y presión alta que en el primer tiempo acabó con el Betis. Porque el Atleti, con Óliver, Vietto y Griezmann haciendo labores de ataque, pasó a convertirse en un equipo blandito y despistado de tres cuartos para adelante, desconocedor de lo que había en juego, asustadizo y egoísta en la definición, como los equipos de infantiles que buscan epatar al entrenador sin pensar en los demás, como el equipo que Simeone no debería tolerar más veces.

Por suerte, ese apéndice frontal del equipo, blandito y asustadizo, estaba sujeto a un ancla de petrolero a prueba de tifones con nombre de señor, como Joaquín. Con Tiago pagando el esfuerzo del primer tiempo (como ya pasara en Coruña, donde no contó con la ayuda de los dos de delante durante casi todo el partido) y la mala tarde de Gabi (fallón en balones fáciles aunque brillante en algún pase al hueco), el protagonismo bajó una línea y se acercó al área chica. Oblak volvió a hacer un paradón memorabe, Filipe Luis jugó quizás el mejor partido de este año, Gámez transmitió tranquilidad y poderío y Savic, muy sobrio y correcto, dio muestras de poder suplir con garantías a Giménez, ni más ni menos.

Pero por delante de toda una defensa entonada y seria emergió, de nuevo, la figura de Godín. Godín sacó el balón, cortó ataques, intimidó a los rivales por anticipación y ganas y remató a puerta varias veces. Por si esto fuera poco, bastantes de estas cosas las hizo tras recibir un porrazo monumental en la cabeza en un choque con Adán, primero, y un golpe aún mayor al llevárselo puesto N’Diaye, centrocampista con hechuras de flanker que mira sólo al balón cuando entra de cabeza. Pero hace falta algo más que un portero grandote y 90 kilos de centrocampista lanzados con velocidad de hombre bala para parar a nuestro uruguayo: Godín, con un esparadrapo en la frente como los accidentados de los libros de Mortadelo, siguió jugando al máximo nivel, disputando todos los balones y rematando (¡de cabeza!) si hacía falta, haciendo las veces de delantero centro cuando no hay uno en el campo (como suele ocurrir cuando el que juega es Martínez). Como muestra, un botón: en un choque entre Godín y Adán (1.90, 92 kilos) Godín salió con una tirita sobre la ceja mientras que el portero rival pedía el cambio con los previsibles dolores en la cabeza y también, ya de paso, en un pie. Anoten Vds, traumatólogos del Mundo: sólo Godín es capaz de lesionarle a alguien un pie de un cabezazo en la frente. Mejórenlo si pueden.

Ajeno al catastrofismo de la afición experta y de los columnistas que buscan no se sabe bien qué, el Atleti anda allí donde todos querríamos verle a estas alturas de temporada.  Salvo el partido de Astana, el balance de juego de los partidos contra Valencia, Deportivo y Betis es más que positivo, por más que nos hayan contado hasta la saciedad lo contrario. Sabemos que aquellos que presumían de contar con la clave que le faltaba a Simeone para hacer jugar el equipo dirán ahora que lo que ha ocurrido es exactamente lo que ellos dijeron, con lo que estarán muy orgullosos de que el equipo ahora juegue bien a pesar de haber dicho una cosa hace diez días y exactamente lo contrario hace cinco. Tampoco hay que menospreciar el hecho de que sí el Atleti hubiera ganado el partido en casa contra el otro equipo grande de la capital (como mereció), y Giménez no hubiera tenido un fallo puntual e infrecuente en él, ahora mismo el equipo sería co-líder junto al públicamente admirado Barcelona. Pero las cosas, ya saben, son diferentes según cada uno quiera verlas y entre los propios aficionados colchoneros hay más fatalismo y afición por la sentencia de los estrictamente recomendables para ver el bosque tras los árboles.  

Eso sí: nosotros a lo nuestro, a pesar también de muchos de los nuestros.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Nosotros, a lo nuestro




Tras la derrota contra el Barcelona el pasado sábado, hubo al parecer un clamor (o eso cuentan que ocurrió en ese mundo paralelo  e irreal que son ciertas redes sociales) denunciando la aparente mezquindad del planteamiento del Atleti,  la racanería del entrenador a la hora de alinear jugadores de pellizco, el despilfarro que supone haber fichado y fichado jugadores de toque y finta para luego entregar el balón al rival. Un clamor de denuncia, en definitiva, contra la súbita conversión del Atleti que ganó la Liga hace bien poco en equipo pequeño con aspiraciones lejos de lo que la afición demanda.

Es sabido del gusto reciente de medios y aficionados más jóvenes por el fútbol de filigrana fútil y bota de colorines, pariente chico y mediático de ese deporte que muchos hemos practicado en el que cabían prodigios técnicos y honradas bestias pardas, zurdas de seda y cuellos de boxeador, fieras corrupias y espadachines de salón, colibrís y osos pardos. Según el gusto modelado en los últimos años, a ciertos aficionados el contraataque les parece cosa de equipo pequeño y el motor físico es cosa de quieroynopuedos, siendo únicamente aceptable el juego de posesión y triangulación infinita, de tacón y regatito, de celebración ensayada, escudo besado en la presentación y cejita recortada para el anuncio de after-shave. La arrancada física, piensan algunos, es cosa de equipos bastos; lo mismo ocurre con la presión fiera, con la cabeza fría para esperar y provocar errores y la cabeza caliente para salir a tumba abierta una vez el rival ha perdido los papeles, con la cabeza marcada de cal de tanto despejar balones laterales.

A raíz del partido del Barcelona, parece que muchos aficionados pusieron el grito en el cielo por no ver un Atleti triangulante y dominador frente al Campeón de Liga, Copa y Copa de Europa: Fulano no vale, Zutano no vale, Perengano está acabado, Simeone es un cobarde. La afición del Calderón, maravillosa para muchas cosas pero desesperante para otras, ha sido lenta para apreciar lo que hacían ciertos jugadores e injusta con muchos futbolistas limitados pero honrados, ha abucheado a tipos admirables y ha aplaudido a rabiar a comadrejas. Ahora una parte parece que reclama del equipo un juego lleno de dorados, balaustradas y figuras de Lladró que cierta prensa y ciertos audaces opinadores con ganas de llamar la atención exigen para acabar de una vez por todas con el juego de presión solidaria, robo de balón y ataque fulgurante que llevó al equipo a ganarlo casi todo en pocos años.

Así, de buenas a primeras, algunos opinan que el Atleti no funciona, que el equipo está mal hecho, que el entrenador ha tocado techo, que las cosas se hacen rematadamente mal para lo que se merece esta afición de repentino morro fino que muchas veces no distingue un jugador de fútbol de un striper, una figurita de plomo o un krausista con espinilleras.

Qué cosas pasan, oiga, qué cosas pasan.
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Salió el Atleti al campo en Estambul mirando a las gradas llenas de gente y en ese preciso momento al menos dos mil periodistas y treinta mil aspirantes escribieron en un folio en blanco algo sobre el Infierno Turco. El Infierno Turco es a estas alturas un pariente más al que los equipos visitan una o dos veces al año por su onomástica. A ver señores, péinense bien que esta tarde vamos a ver al Infierno Turco. ¿Al Infierno Turco? ¿Otra vez? Si hijo, ya sabes que de vez en cuando hay que ir a ver al Infierno Turco a ver qué tal está, a comprobar que come bien, a regarle un poco las plantas a las que no llega. El Infierno Turco tiene mala fama pero recibe muy bien a los visitantes vestido con chilaba blanca y tarbush, les da té y pastas y, con las gafas apoyadas en la punta de la nariz y mirando por encima de los cristales, pregunta por los niños y por la salud de uno. ¡Hola majos! ¿Todo bien? Qué bien que vengáis a verme, sentaos, sentaos, coged una pasta, ¿queréis té o café? Si tenéis calor abro una ventana o pongo el ventilador, vosotros diréis.

El Infierno Turco, eso sí, es algo cansino con tanta visita pero le gusta mucho a los periodistas porque así luego puede hacer juegos de palabras diciendo que el Infierno Turco se convirtió en el Paraíso, del Infierno Turco al Cielo, Fulano se inmola en el Infierno Turco, Zutano enfría el Infierno Turco, el Infierno Turco se convierte en la Calle Infierno, la de los cacharritos. Hay que ver con el Infierno Turco, a ver si les dejan en paz con tanto adjetivo infernal y tanto juego de palabras de segunda y tercera mano.
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Salió el Atleti al campo ves-tidó-deá-zul, con su camisita y su canesú, y con una alineación diferente a la del sábado que, eso sí, mostraba un dibujo parecido: mismos centrales, mismo lateral derecho, Siqueira por Filipe Luis (al parecer con molestias); en el centro Tiago y Saúl, que salió por Gabi; Koke en un lado, Griezmann al otro (cambiando), Vietto y Jackson Martínez. En principio, una importante novedad: tres puntas, aunque uno de ellos, Griezmann, más bien salió pegado a una banda por detrás de los puntas, a la altura de Koke. Eso sí, Griezmann cambió de banda, filtró pases, buscó rematar de segunda línea y meterse en el área chica y terminó jugando más o menos donde le apeteció en cada momento. Mucho más cómodo que contra el Barcelona, el equipo entero y Griezmann en particular hicieron un estupendo primer tiempo, mostrando mucha superioridad sobre el Galatasaray, equipo bastante menos fiero de lo que los juglares del Infierno Turco habían glosado.  Tras el partido del sábado, producía especial interés ver cómo iban a jugar los dos jugadores más desafortunados frente al Barça, Koke y Griezmann.

Para tranquilidad de todos, Koke jugó bien. Quizás corriendo de más de lo que debe todavía en algunas fases, Koke recuperó balones, levantó la cabeza, jugó bien en corto y metió un fantástico pase largo en el segundo gol que Godín, imperial durante todo el partido, centró con autoridad a Griezmann. Tras su decepcionante partido contra el Barça, Koke volvió a transmitir confianza y poderío, y mantiene por tanto en la hinchada la esperanza de que este año sea el líder silencioso, batallador y técnico que el equipo necesita para gestionar los partidos grandes. Por ahora no salió bien el del Barcelona, pero salió mejor el de ayer, como el de Sevilla.

Griezmann, por su parte, volvió a dejar claro que lo suyo con los goles es una historia a caballo entre el amor y la precisión quirúrgica. Mucho más libre y cómodo que en el partido contra el Barça, Griezmann empezó detrás de los delanteros en la banda derecha y más tarde se pasó a la izquierda; jugó entre líneas, jugó con los medios, jugó con los delanteros y metió un gol magnífico a pase de un estupendo Juanfran, un gol de calidad y finura, un gol difícil resuelto con maestría y precisión de snipper de los Marines, un gol al primer toque, de lejos, junto al palo, imparable, un golazo. Volvió a marcar desde muy cerca de la línea tras gran pase y gran cabezazo de Godín, y con eso y un bizcocho (turco) cerró el partido y santas pascuas, oiga. Cuando Griezmann está cómodo e implicado, aunque sólo sea un tiempo (ayer se tomó el segundo sabático), el Atleti marca más, marca en momentos importantes, marca la diferencia. Si llega a andar más fresco y da a Torres un balón que le quedaba en bandeja para marcar en vez de tirar al portero, su partido habría sido aún más redondo.

Despejadas las dudas sobre dos de los más desafortunados contra el Barça, y despejada también sobre Óliver Torres, que salió un rato y regó el césped de perlas, conviene centrar la duda sobre los que no jugaron el sábado. Siqueira jugó en su línea de desatino y disparate mezclado con buenas carreras y muestras de una técnica que, bien usada, le convertirían en un jugador notable. Saúl, en el doble pivote como ya se le vio en pretemporada, estuvo sólido y solvente, con menos brillo del que puede dar pero anunciando muchos minutos este año. Vietto, mejor que en otras ocasiones, dejó entrever síntomas de mejoría: pareció entenderse bien con Griezmann y Koke, se quitó en parte el empanamiento que le vimos en Cádiz y se apuntó a la lista de candidatos a alternativa de ataque.

Párrafo aparte merece Jackson Martínez. Titular al fin, algo que parecía lógico tras el palizón que se pegó Torres el sábado, Jackson emitió llamativas señales de despiste y falta de ritmo. Lento, pesadote, trotando y casi nunca corriendo, Jackson pareció no haber entendido aún qué se espera de él. Torpón y algo desbordado, ni desempeñó esas tareas de primer defensa que Simeone exige a sus delanteros centro (y que también hace Torres) ni apareció en ataque. A la postre Jackson no jugó ni de delantero rematador ni de delantero presionador ni de delantero portor de las estrellas del triple mortal que frecuentan el medio campo del Atleti estos días. Cuesta pensar que un tipo con ese físico no sea un tormento para las defensas, o que alguien que ha marcado tantos goles en Champions anduviera ayer por el campo con ese aire de qué hago yo aquí; de haber sacado un mapa de la espinillera, algún amable estambuleño le habría preguntado si buscaba algún sitio en especial o le habría recomendado una óptica. A Jackson parece faltarle aún mucho para ser el jugador que al parecer es; no obstante, ni Griezmann ni Falcao ni algún otro fueron capaces de hacerse con el manual de instrucciones del puesto nada más llegar y luego fíjense Vds la que liaron.


El Atleti ganó con autoridad un partido importante, sobre todo por venir de perder en casa por la mínima - y por culpa de unos cuantos detalles - ante el equipo campeón de casi todo. La imagen que el Atleti dejó ayer en Istambul (not Constantinople) fue de equipazo solidísimo, lo que confirma el hecho de que fuera tratado por el equipo local como tal; resulta curioso por tanto que tras sólo unas pocas jornadas de liga la mismísima afición que llena la grada vestida de pielroja se plantee si el carácter del equipo de Simeone ha dejado de ser competidor para convertirse en mendicante. Lo dicho, nosotros, a lo nuestro. 


lunes, 13 de abril de 2015

Uno a uno ante el partido-a-partido que nos queda (II): los del medio

Gabi: quizás lejos del impresionante estado de forma del año pasado, pero no tan lejos como alguno comenta con insistencia, Gabi sigue siendo imprescindible en el centro del centro, por delante de los centrales, tras los jugadores más creativos. Algo más impreciso que el año pasado, perdiendo más balones de los que en él era habitual el año en el que se consiguió la Liga, con quizás algo menos de fuelle, es posible que Gabi haya acusado su complicada situación judicial y el hecho de que los jugadores y entrenadores rivales hayan analizado meticulosamente el sistema de juego del Atleti y el papel fundamental del capitán, lanzando la presión y adelantando toda la línea a su toque de corneta gracias a un fondo físico de maratoniano, una determinación de conquistador extremeño y un compromiso de legionario con tatuajes.

Quizás la carrera de Gabi, larga y compleja por haber sido entrenado para ser un talentoso creador de juego y lanzador de ataques teniendo que convertirse con los años en un pulmón defensivo con un carácter de roca, empiece a declinar; aún así, hoy por hoy y asumiendo que no está en el maravilloso momento del año pasado, Gabi sigue siendo un jugador magnífico muy útil para el equipo y, visto lo visto, sin sustituto de garantías.

Tiago: magnífico en lo táctico, entrenador en el campo y dueño de los tiempos y los espacios, Tiago está haciendo una temporada espectacular sólo lastrada por sus propias limitaciones físicas y algún partido en blanco difícilmente explicable. Tiago, que parece mucho mejor jugador que cuando llegó, manda en el centro del campo y resuelve en corto y algo menos en largo, desahoga a centrales y centrocampistas, ocupa los espacios con sabiduría de arquitecto urbanista y soluciona problemas con la eficacia del Señor Lobo. Por si esto fuera poco, ha sido clave en la estrategia de córners a favor y muy importante para defender los saques de esquina en contra, ha marcado goles importantes y ha sido la parte principal en muchas de las buenas actuaciones del equipo: se diría que cuando Tiago está bien, el equipo es más sensato, menos vulnerable, lee mejor los partidos, las fases de los mismos. Con Tiago el Atleti es más sereno, tiene las ideas más claras; con Tiago el Atleti es más preclaro, gana los debates televisados sin dar voces, se acuerda de los cumpleaños de todo el mundo y nunca aparca fuera de los límites de la plaza de garaje.

El problema al que se enfrenta Tiago es doble: por un lado su físico, nunca demasiado exuberante, que le pasa factura por cosas de la edad y por estar en un puesto en el que a menudo tiene que emplearse en defensa recuperando posiciones tras carreras largas; por otro, alguna que otra inexplicable ausencia de espíritu a pesar de estar físicamente en el campo, en ocasiones en las que ha sido incluso sustituido al descanso. Hasta en eso Tiago es sensato y profesional: si no está, queda claro a los tres minutos. Eso sí, hoy por hoy eso es lo excepcional y han sido mucho más numerosos los partidos en los que Tiago ha sido la materia gris y el gestor del Tetris ofensivo y defensivo del equipo que un jugador desbordado. Hasta ahora,  Tiago es indispensable en la media y un jugador con muchísimo peso en el juego del equipo.

Koke: una de las estrellas del equipo, uno de los orgullos de la cantera y la afición, un jugador que, a pesar de estar en un nivel altísimo, sigue mejorando casi día a día. Koke, que en un momento dado hace dos años lanzó señales de que quizás no sería capaz de llegar donde todos queríamos, recogió el guante y se lanzó con ganas y acierto a convertirse en un todocampista asombroso, notable alto en todo, completo en cada fase del juego. Hábil, técnico, con muchísima facilidad para el pase largo y para salir en corto, Koke además ha aprendido cómo ser casi inaccesible para los rivales que intentan quitarle el balón, que se topan con un experto en mantener la bola controlada en situaciones complicadas al que antes no conocían. Potente aunque no rápido, con muchísimo despliegue físico y mucha calidad técnica, a Koke sólo le falta un punto de mentalidad asesina para hacerse con los galones de Capitán General en el Atleti y la selección. Y ya empieza a mostrar esa personalidad, con ese gesto característico con la mano de pedir a los compañeros que espabilen para lanzar la presión.

Con una puntuación de 8,5 sobre 10 en prácticamente todo,  si Koke convierte más goles por temporada será sencillamente un jugador de leyenda que esperamos que pase toda su carrera en casa. Su presencia en el equipo, tan valiosa como añorada los partidos en que ha estado lesionado, se antoja imprescindible sobre todo en los días más complicados.

Arda: rara vez un tipo ha conectado tan rápido con grada y equipo, rara vez un tipo pone a todo el mundo de acuerdo en tan poco tiempo, rara vez un tipo tan simpático se hace tan simpático sin hablar una palabra del idioma local. Culibajo, con andares de ánsar y aspecto de gran jugador de dominó, Arda oculta con su físico lo que realmente es en el campo: un filigranero, un jugador de talento y pellizco, un bailarín, un artista. En el comando de asalto de Simeone, Arda es el encargado de abrir las cerraduras y cajas fuertes que ni los explosivos plásticos más potentes son capaces de dañar, y lo hace con facilidad, usando un cortaplumas y un clip deformado y además muerto de risa. Es el encargado también de hacer brillar la insiginia del capó de un equipo hecho de acero industrial y mentalidad de alto horno, de levantar murmullos de admiración en la grada, de llevar la sonrisa a la afición que ve el partido con mandíbula apretada y mirando el cronómetro, de hacer felices a los gruñones.

Arda tiene, como los toreros grandes, el don de parar el tiempo al recibir el balón, de que los aficionados despistados reciban un codazo del vecino cuando la bola se acerca a su zona de influencia, de generar la sensación de que en cualquier momento puede pasar cualquier cosa y uno debe estar atento para decir "yo estuve allí". Excesivamente barroco en algunos casos (algo que se jalea desde ciertos sectores normalmente refunfuñones pero irremediablemente entregados a la causa turca con pasión de viuda joven y ceguera de adolescente enamorada), ausente en muchos tramos de muchos partidos, Arda se hace perdonar todo por varios motivos: su sorprendente fiereza al tirarse al suelo rebañando balones, su sonrisa gamberra cuando la pifia, su indudable carisma y conexión con la grada, sea regateando rivales, pelándose en un vestuario tras obtener una Copa o bailando cerca de Neptuno con sus gafas redondas de sol, su barba de califa y su sonrisa de tipo que sabe que hace feliz a los niños. Por todo eso, pero sobre todo por ser un futbolista diferente y magnífico, Arda es claramente titular en los partidos grandes, quizás suplente en los más asequibles para preservar así fresco su talento, con el mimo con el que se preservan las orquídeas.

Mario Suárez: Mario Suárez el Raro, el sorprendente, el desesperante, el jugador inexplicable. Con buen físico, buena técnica, buenos mimbres y una cabeza imprevisible, Mario alterna grandes actuaciones en partidos complicados con fases desastrosas en partidos cómodos. Mientras que en las ocasiones en las que no tiene tiempo y debe emplearse con contundencia parece siempre metido en el partido y capaz de sostener él solo la media, la relajación en la que entra en las fases más sencillas de los partidos más cómodos le convierten con frecuencia en un problema inesperado para el equipo. Capaz de dar un pase medido al contrario (algo recurrente en él) en el peor  momento posible, de perder balones en esos momentos en los que hay que hacer cualquier cosa menos perder el balón, de intentar corregir un error haciendo una falta clarísima y anunciada con estruendo antes de que ocurra que no hace más que empeorar las cosas, Mario es muchas veces un jugador desesperante.

Llamado a disputar el puesto a Gabi y/o Tiago y al menos a quitar minutos a estos dos, en la práctica Mario no consigue transmitir nunca fiabilidad o solidez en una posición en la que estas dos cosas son clave. Dado al pase horizontal arriesgado, capaz de llevarse un balón por calidad y fuerza y meter un fantástico balón profundo para, cinco segundos después, dudar a la hora de entrar al choque y provocar una contra peligrosísima en medio de un partido plácido, Mario desespera a la grada (y entendemos que al banquillo) con esa actitud displicente, fría, de quien se cree quizás mejor de lo que realmente es.

Mario, capaz de conseguir con sus propios errores el milagro repostero de pasar de helado a flan en dos minutos, no parece capaz de hacerse con el puesto en el equipo de sus amores, al que pertenece desde pequeñito. Y eso a pesar de la afición, que no desearía nada más en este mundo que ver a uno de los suyos llevando los galones en una media íntegramente canterana con Gabi, Koke y Saúl a su vera. Pero Mario, el Milagro Repostero, no parece haber convencido a casi nadie, ni a sí mismo probablemente, de que se su lugar en el mundo está en la posición de 5 argentino del equipo del Calderón. Una pena.

Raúl García: socorrido blanco de las iras de los amantes del xogo bonito y las cortinas de cretona, Raúl García parece haber recompuesto su complicada relación con la grada en los últimos tiempos, por más que haya siempre un grupo de irreductibles encantados con recordarle al Planeta Tierra en pleno que a ellos nunca les gustó Raúl García cada vez que falla un pase, para hastío del resto de la Humanidad. Raúl, importantísimo para el Cholo por su entrega, versatilidad e incapacidad para decir no ante cualquier desafío, por feo que sea, ha jugado una buena parte de los minutos en la primera mitad de temporada, si bien últimamente parece haber pasado a un segundo plano.

Poco estético en ocasiones, desesperante a fogonazos, valiosísimo en muchos más casos de los que a algunos les gusta reconocer, Raúl marca goles y defiende su parcela con solvencia, hace pases fantásticos y falla otros facilísimos, juega en punta y en banda y, si hace falta, se pelea con el administrador de la finca, acompaña a la madre de un compañero al dentista y cambia una rueda pinchada en medio de la tormenta de nieve, en manga corta, mientras el resto del pasaje tirita y reza a San Miguel Arcángel. Si no está bien y se le sienta, no protesta; si marca un gol importante, no se señala el número y pide un homenaje. Si hace falta jugar de segundo delantero lo hace, si hace falta jugar de medio centro lo hace, si hace falta jugar de interior lo hace. De central nos pareció verle un rato y no lo hizo mal, de portero probablemente se defienda, al parecer es bueno arreglando grifos y no hace nada mal el arroz con leche. En los (no escasos) días que está gris, normalmente, oh coincidencias, suele hacer un muy buen partido el lateral al que ayuda a cubrir banda y el día que está bien, qué cosas, hasta mete goles como si fuera un delantero.

Importante en los partidos feos en los que hay que salir a empujones de las montoneras e incómodo cuando la grada pide juego en letra Palmer de caligrafía inglesa, Raúl ha ido progresivamente cayendo en el feo vicio de protestar todo por costumbre, de irse al suelo en cada encontronazo, de llevarse las manos a su nariz, mascarón de proa de toda Navarra, de enzarzarse en discusiones eternas con rivales y árbitros, desconectándose a veces del juego. Lesionado tras jugar gran parte de un partido con una fisura en un hueso del brazo, a Raúl García no se le echó cuenta en un buen rato, en parte por haber acostumbrado él mismo a la grada a quejarse mucho, en parte porque de un tipo que sale a jugar a diez bajo cero en camiseta se espera que una fisura en un codo no sea ni motivo de comentario. Ahora que el equipo está inmerso en el tramo final del campeonato, con muchos partidos duros contra rivales complicados ante los que no hay que arrugarse, la presencia de Raúl en un puesto cercano al primer o segundo cambio - si no la titularidad en algunos casos - se nos antoja imprescindible por más que esto irrite a la inflexible Real Academia del Juego Bonito Según Nuestro Criterio, Que Es El Bueno. Por más que a veces nos desespere con malos controles y pases fáciles errados, por más que su juego no entre en el Canon de Pachelbel de la filigrana y la posturica, nos gusta que Raúl García esté en nuestro y equipo y, más aún, que sea uno de los nuestros.

Saúl: joven, algo impetuoso, demasiado arriesgado a veces y también talentoso, bravo y poderoso, ese es Saúl, joya de la cantera que por fin parece haber dado con la tecla para convertir su potencial en realidad, evitando un nuevo caso de oportunidad perdida. Hasta hace bien poco, sobre Saúl sobrevolaba una nube de dudas, como esa nube negra que sobrevuela a los tristes y los cenizos en los tebeos antiguos; últimamente, sin embargo, se ha hecho el sol sobre el cráneo de Saúl y sus últimas intervenciones llevan a pensar que se finalmente se acertó con la forma de gestionar su personalidad, a veces demasiado fogosa, y sus propias características de juego, tan generosas que hacen complicado encasillarle en un único puesto bien definido. Tras su paso por el Rayo, Saúl ganó presencia, experiencia y contundencia pero se desempeñó en tal cantidad de puestos que ahora parece más complicado reconvertirle en un único puesto. Saúl parece capaz de jugar de medio centro y también más echado a una banda o de centrocampista llegador: el perfil al que debería tender está a medio camino entre un Koke menos hábil y un Raúl García más selecto, más dinámico que el primero y más talentoso que el segundo, algo así como un centrocampista box to box de esos que tanto gustan en Inglaterra y tanto nos cuesta etiquetar por estos lares. A poco que Saúl siga creyendo en el trabajo que han diseñado para su progreso, tenemos buen centrocampista para rato y un muy buen recambio para varios puestos de la media en esta temporada.

Cani: sin puntuar, Cani ha jugado poco, incluso cuando lo más lógico parecía que jugara. Titular sorprendente en un partido, sorprendentemente en el banquillo durante todos los minutos de otros, Cani llegó con cartel de jugón (como no podría ser de otra manera) y el precedente del Principito Sosa. Simeone le ha utilizado hasta ahora menos que a Sosa, no sabemos si porque no pidió su llegada o porque no le convence. El caso es que sabemos de buena tinta que subirse en  marcha al tren lanzado que Simeone puso en marcha hace un par de años, en especial para jugadores finos acostumbrados a que el resto de jugadores hagan más trabajo sucio que ellos mismos; que se lo pregunten si no a Griezmann. 

domingo, 2 de noviembre de 2014

Crónica del Atleti - Córdoba o a ver si hay más días de estos



El Atleti jugaba en casa por primera vez tras los cómicos premios de la LFP y la afición aprovechó para hacer llegar unos cuantos mensajes. El primero, desde el fondo Sur, que una pancarta con ingenio y sin insultos puede ser muchísimo más efectiva y valiosa que una portada de periódico. El segundo, que la pantomima del otro día no pasó desapercibida.  El tercero, que al final la afición se tomó lo del otro día efectivamente como eso, como una pantomima.

Ya es llamativo, cree el que suscribe, que la LFP organice una gala como si fuera la de la entrega de los Oscars con alfombra roja, smoking y trajes de largo entre las invitadas consortes. Es llamativo también que la gala se retransmita por televisión (la Sexta en este caso, cadena que alterna información política mordaz y ácida que busca irritar al establishment político con información deportiva servil, amarillista y superficial, muy del gusto del establishment deportivo) y se convierta en comentario mayoritario en las redes sociales. Es más llamativo aún que aficionados de aquellos equipos que no cortan los bacalaos económicos y mediáticos se rasguen las vestiduras al ver los resultados de los premios, como si no fuera lo esperado que los premios tengan por objeto no premiar a los mejores, sino resaltar una vez más las virtudes (incluso las inexistentes) de los equipos que crean audiencia en Asia, provocar la foto de los astros con trofeos que justifiquen inversiones millonarias en países con contratos potentes de obra pública en concurso, y pasar de nuevo la mano por el lomo a la masa alienada que necesita que le recuerden continuamente lo bueno que es su equipo para que así desconecte un poco y no caiga en la cuenta de que lo que no es tan bueno es todo lo demás.

Ante la filfa de la LFP y su reparto de derechos económicos, ante el oscuro mecanismo de designación de árbitros, ante el escandaloso criterio que gobierna el tratamiento mediático de los partidos y los méritos de unos y otros, hay varias posibilidades. Hay quien prefiere verlo todo y leerlo todo y consumirlo todo y, una vez hecho todo lo anterior, enfadarse muchísimo y decir con grandes voces la vergüenza que le parece todo, el asco que le produce la corrupción y la mentira y la injusticia con la esperanza de que algún radical de algún equipo privilegiado le conteste con insultos y argumentos infantiles para, así, enzarzarse en una discusión semipública de esas que no llevan a ningún lado y dan mucha vergüenza ajena. Todo ello, claro, hasta el día siguiente, en el que volverá a leer los medios a sabiendas de que le pondrán de mal humor y, así, poder enfadarse muchísimo y decir una vez más con grandes voces la vergüenza que le parece todo, el asco que le produce la corrupción y la mentira y la injusticia.

Hay también quien, harto de todo esto, a sabiendas de que nada de lo que uno diga servirá para nada a menos que lo haga en un círculo de confianza en el que casi siempre todo el mundo piensa lo mismo, consciente de que cualquier comentario sensato en según qué ambientes deriva en una conversación subida de tono en la que los seguidores de los equipos mayoritarios despliegan toda su argumentario de niño pequeño, recuerdos de épocas que ni vivieron ni conocen, acusaciones de envidia y celos y otros disparates poco rebatibles – no por la enjundia del mensaje sino por la incapacidad del que lo emite para entender nada que no sea de una simpleza primate – y lugares comunes infantiloides repetidos en los medios que viven única y exclusivamente de satisfacer a la masa que sólo quiere escuchar lo que quiere oír y en ningún caso la verdad - no sea que ésta explique cosas que no quieren entender - opta por ni consumir ni opinar, ni valorar ni enfadarse, limitándose a encogerse de hombros y echar una media sonrisa de esas que en el fondo es un clavo hundido a martillazos en la anoréxica capacidad intelectual del que pregunta, que ni aun así es capaz de enterarse de lo que está pasando.

Finalmente hay quien, consciente de que por más que quiera no conseguirá no enterarse de todas las tontunas que rodean al fútbol patrio e incapaz de comprometerse al aislamiento hermético necesario para no escuchar toooodos y cada uno de los piropos que se echen a los jugadores de ciertos equipos en detrimento del resto, opta por reírse directamente del panorama. Hasta que no se comercialice el traje anti-ebola que proteja contra el contacto mediático de los gérmenes que a diario vomitan periódicos y espacios deportivos de los telediarios, hay quien prefiere directamente reírse de la situación y, lejos de hacerse mala sangre, aprovechar el viaje de los envalentonados aficionados de las multinacionales para, como en el judo, usar esa inercia para sumergirles en el barro de su propia idiocia. No parece mala política ante esos comunicadores y aficionados que, encantados de ser incapaces de ver más lejos de su propio ombligo, únicamente perciben que se están riendo de ellos unos minutos después de que se haya reído a su costa toda la reunión.

Allá cada uno con su elección; servidor de Vds no entiende a los primeros, entiende bien a los segundos y admira y agradece su tarea a los terceros.
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Hacía tiempo que en el Calderón no se veía un desplazamiento de aficionados como el del Córdoba de ayer. Desde muchas horas antes del partido, ya en el Centro, en la Latina y demás barrios cercanos al Calderón (por enésima vez, ¿cuánto vale tener un estadio accesible a pie desde el centro histórico de la ciudad? ¿hay muchos planes mejores que ir al fútbol por la tarde y antes comer o tomar el aperitivo en la parte más animada de los barrios más antiguos?), tabernas, monumentos y aceras estaban llenos de aficionados vestidos de verde y blanco en busca de a las barras comparables a las barras maravillosas del centro de Córdoba.

También en el estadio la presencia de visitantes era numerosísima: agrupados en el fondo Norte y ocupando el 100% de la zona reservada para los aficionados rivales y mezclados por las gradas en zonas de socios y no socios, cientos de aficionados cordobeses poblaban grada, fondo y anfiteatros con camisetas de su equipo. Majos y muy lejos de la imagen johncobrizada con la que últimamente nos obsequia cierta afición levantina, los aficionados del Córdoba resultaron ser la mar de educados, celebraron sus goles sin faltar al respeto a nadie, comentaron con el vecino las jugadas destacadas y animaron a los suyos aun cuando las cosas iban mal, todo ello sin acusar al Atleti de ser un equipo violento ni recordarle a todo el mundo que vienen de una de las ciudades más bonitas de España. Como los suecos del Malmoe hace unos días, también numerosos, respetuosos y uniformados, el Calderón disfrutó con la afición visitante casi tanto como con la suya.

Sin una mala palabra, mucho color y buena educación, la afición del Córdoba dio una lección de comportamiento. Quizás inspirada por su propio equipo, que ni dio patadas ni perdió el tiempo ni provocó broncas con la insistencia y mezquindad con la que hacen tantos otros equipos, la afición no tuvo ni una palabra descortés ni una provocación ni una falta de respeto. Por una vez, tampoco se faltó al respeto a los visitantes desde las zonas del estadio donde tantas veces se provoca la vergüenza a los aficionados locales más sensatos. Algo es algo.

Viendo el percal y conociendo la ciudad, la fecha de vuelta en Córdoba queda ahora mismo marcada en el calendario para más que posible visita este año. Ojalá le vaya bien al Córdoba y tengamos la ocasión de programar este viaje muchos más años.
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El Atleti ganó bien ganado un partido en el que se llevó dos goles en contra, uno bueno y otro un poco churrero. El partido, eso sí, sirvió para ir confirmando algunas cosas.

Una de las primeras cosas que quedan claras es que en la portería sobrevuelan dudas. Moyá cumple, sí, y suele tener en sus partidos alguna buena intervención y también alguna mala. Es normal que Simeone le mantenga en la portería pero da a veces la sensación de que no será así para siempre y, lo que es peor, que quizás acabe saliendo del equipo titular porque en algún partido esa sensación que revolotea cristalice y nos llevemos un disgusto. Mientras tanto, esperemos y confiemos: esperemos equivocarnos y confiemos en Moyá.

En la defensa también se van despejando incógnitas, o bien la única incógnita que sobrevive aunque con poco pulso. Confirmado el buen momento de Juanfran y la solvencia de Miranda y sobretodo Godín, este año a un nivel asombroso, en el lateral izquierdo se sigue librando la lucha por la titularidad que, en opinión del que suscribe, va ganando Ansaldi con unos cuantos cuerpos de ventaja.  De hecho, el gran beneficiado de la lesión de Ansaldi parece ser el propio Ansaldi, toda vez que Siqueira ha demostrado también algunas cosas: Siqueira ha demostrado que corre mucho pero que frena regular, que tiene empuje pero no mucho control de su propia inercia, que no siempre toma la decisión adecuada y que necesita pensar más y correr menos si quiere jugar en el equipo. En el partido de Getafe Siqueira pareció gustar al público y gustarse a él mismo, y como resultado, contra el Córdoba salió como más contento, más confiado. Tan contento estaba Siqueira que en cada ocasión que tuvo salió corriendo en línea recta hasta no muy lejos del córner donde, casi siempre, se paraba un par de metros más lejos de donde pretendía, se erguía, esperaba la entrada del defensor o defensores que acudían a tapar e intentaba un regate virtuoso con la esperanza de que le dejara el camino libre hacia un gol de calendario. No le salió. Lo intentó, eso sí, y corrió y corrió como si se hubiera apostado una cena, pero dejó una cierta sensación de atolondre y de entenderse poco con los compañeros.  Veremos en el futuro próximo, pero por ahora nos alegrará ver a Ansaldi de vuelta.

En la media salieron Mario, Gabi, Koke y Arda. Mientras Koke y Arda dejaron claro que no tienen absolutamente nada que demostrar (salvo, en el caso del primero, quizás que su  tope está aún lejos), Gabi volvió a dejar claro que aún no está como el año pasado, aunque no esté tan mal: a pesar de fallar algunos pases de los que no fallaba, a pesar de no estar en su pico de forma física ni mostrar esa superioridad aplastante que el año pasado exhibió cuando los partidos se ponían feos, Gabi se hinchó a robar balones, una de sus especialidades. Gabi aún no es el Gabi del año pasado, pero no anda tan lejos, y terminó siendo sustituido por Saúl, quizás para darle algo de descanso a Gabi ante el martes. Saúl, por el contrario, no estuvo bien, cometiendo fallos por exceso de confianza y perdiendo algún balón por esa querencia suya a tomar riesgos regateando donde mejor es apoyarse en un compañero que guarda la espalda, esa querencia que exaspera a Simeone según nos dicen.

También jugó Mario, la incógnita andante del momento, el centro de muchas miradas, el tipo del que no sabemos bien qué pensar. Y, a diferencia de otras veces, Mario jugó bien. Mantuvo el sitio, dejó detalles y no tuvo esa desesperante querencia a hacer una cosita y automáticamente pararse y ponerse a andar señalando a los compañeros qué hacer con gesto de mariscal. Ayer Mario estuvo entonado, entró a los choques y se los llevó, filtró con claridad varios pases rasos y fuertes que rompían líneas rivales poniendo al receptor en ventaja. Y, aún así, la afición echa de menos a Tiago, aunque un poco más tranquila, eso sí.

Y  por más que analicemos y analicemos el centro del campo, cualquier cosa palidece ante el enésimo partidazo de Koke, de nuevo gigante ayer, potente, talentoso y comprometido, enchufado como si jugase una final y fino y confiado como si jugase una pachanga con amigos. Palabras mayores, Koke, palabras mayores.

Y para terminar, la delantera. En la delantera, Mandzukic volvió a hacer un buen partido de pelea y repliegue, siendo un tormento para los defensas y hasta para medios y delanteros rivales cuando corre hacia campo propio lanzando su tonelaje a toda velocidad para hacer una cobertura. Uno no sabe si ese esfuerzo, que luego paga a veces cuando no puede con su alma y no consigue llegar a un balón que algún centrocampista le mete fuerte y raso al espacio, es uno de sus talones de Aquiles o una de sus mayores virtudes, pero por lo que parece Mandzukic es así y no parece que el esfuerzo casi suicida sea algo que esté dispuesto a negociar, como tampoco parece que pueda evitar pelearse con los centrales para controlar un balón con el pecho y dejar un tiro franco a un compañero en vez de intentar marcar gol en todas las acciones. Si la segunda línea del Atleti se decide a tirar a puerta cada vez que el croata les deja en bandeja una ocasión, empezaremos a ver por fin goles de tiro lejano en el Calderón y demás campos.

Y, para el final, Griezman. Griezman metió dos goles y con ello la prensa ha dicho que se ha reivindicado y que ha cumplido ya y que está ya integrado y contento en el equipo. La realidad es que Griezman metió en efecto dos goles, uno de ellos estupendo, e hizo un buen partido pero, aun así, anda aún lejos de lo que algunos pensamos que puede aportar.

Y es que en este nuevo Atleti 2014-2015 que poco a poco y sin hacer ruido va tomando una forma estupenda, Griezman se antoja una pieza fundamental. Asumido ya que el Atleti no tendrá este año el recurso del pelotazo largo para que cierto rufián natural de Lagarto corra en diagonal y destruya una defensa más ante la desinteresada mirada de la LFP, el Atleti va mostrando alternativas en las que Griezman es clave. Como en el primer tiempo contra el Malmoe, el Atleti puede entrar por las bandas y colgar balones al área pequeña o acudir al famosísimo balón parado que tanto parece irritar a cierta prensa, pero también puede, como en el segundo tiempo de ese mismo partido, dedicarse a tocar y combinar y saltar de línea a línea juntando a los jugadores de más calidad y capacidad para la diablura como son Koke, Arda y Griezman. Griezman, ligero de pies y con andares de bailarín, debe colaborar con los otros en las tareas de infiltración en líneas, colocación de explosivos en los pilares del puente y huida con el resto del comando para ver la explosión (esto es, la percusión del corpachón de Mandzukic o Raúl contra quien tenga la desafortunada idea de ponerse cerca) desde un sitio seguro con más frecuencia de que lo hace. Ayer mostró esa facilidad tuya para conducir el balón en diagonal, recortar antes del gol e incluso anticiparse en un buen remate de cabeza: cuando todo eso sea la norma y no la excepción, estaremos hablando del Griezman que realmente esperamos.
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Pasado el primer cuarto de la liga, el Atleti empieza a parecerse a lo que debe ser y sigue mostrando hechuras de equipo serio y duro. Si alguien no se limitara, como el que suscribe, a opinar sobre lo que ve y se contentara con enterarse por otros medios de cómo va la cosa hasta ahora, se sorprendería de saber que el Atleti está a un punto del líder a pesar de haber circulado con el motor en tres pistones hasta ahora.

Así que ya saben, nosotros a lo nuestro. No seremos nosotros ni será el Atleti quien necesite premios y portadas para hacer lo que debe.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Reflexiones majaderas tras el Atleti - Sevilla

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Pasada la invasión asiática de la semana pasada, por lo que se ve esta semana los asientos libres de la grada de lateral cayeron en manos de un tour-operador ruso. Como resultado, entre los parroquianos habituales, en el partido contra el Sevilla se apiñaban en la grada una multitud de rusos. Decimos rusos pero no estamos seguros de que fueran rusos. Serían rusos o vaya Vd a saber qué, que con los rusos pasa un poco lo que pasa con los chinos: los de ayer al menos parecían rusos, tenían pinta de rusos, hablaban algo que nos suena a ruso (que es algo que sólo escuchamos en las películas de espías y con subtítulos) y no nos queda claro si eran rusos, pero uno les llama rusos y a todo el mundo le vale.

Quizás fueran georgianos, quizás ucranios (que es lo que antes llamábamos “ucranianos”), probablemente no fueran uzbekos ni kazajos, ni posiblemente de Azerbaiyán Land-of-Fire. Podrían ser estonios, o quizás fueran lituanos. Quizás fueran letones, que siempre tiene más gracia, aunque ya se sabe que letones y lituanos, primos hermanos. Quizás fueran rusos de verdad y nos habríamos ahorrado todo este párrafo lleno de gentilicios eslavizantes y orientalizados. El caso es que la grada se llenó de señores grandotes y despistados, que se sentaron juntitos a unas cuantas butacas de distancia de otro grupo, en este caso de rusas orondas y rubias, vestidas con cazadoras vaqueras de mangas plateadas y vestidos como de señora manchega pero con dorados. Los rusos se sentaron por un lado y las rusas por otro, como si fuera una sociedad gastronómica moscovita o el Alarde de Irún sin ir más lejos, como si el Calderón fueran unos baños públicos o un colegio antiguo. Los rusos probablemente hablarían del gran Dassaev y de cosas de rusos, como por ejemplo el precio del anticongelante y el último grito en gorros de piel de oso; las rusas, poco interesadas en el fútbol, bailaban como descosidas con la música del descanso y no echaban cuenta alguna a lo que pasaba en el campo.

La afición local, por su parte, protestaba por lo grandísimos que son los rusos y por el problema que plantean cuando los asientos de la grada son tan estrechos como los del Calderón; en cuanto a las rusas, se cruzaban apuestas sobre si una señora rusa muy gorda y muy teñida que se aburría como un molusco en el Mar Caspio tendría en realidad dentro otra señora igual pero más delgada y así sucesivamente, siguiendo el efecto muñeca matroska, hasta llegar hasta una estilizada gimnasta de esas que dan cinco tirabuzones tras salir catapultadas de un plinto y caen clavando los pies en una colchoneta y saludando al personal con los brazos abiertos, como cuando Reyes reclama una falta de esas que sólo él ve.

Tras la invasión de la amenaza amarilla y la ocupación de las fuerzas de la antigua URSS, ahora se pregunta la grada, ya acostumbrada a la parada militar de las tropas extranjeras con dirección a los mugrientos baños del estadio en el medio tiempo, con qué exótica nacionalidad se codeará en el próximo partido en casa. Cosas de la industria turística, oiga.
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El Atleti ganó 4-0 un partido en el que jugó mejor que el rival, en el que recordó al Atleti que tenemos en la memoria tras ese año pasado de alegría continua y en el que metió más goles de los que uno hubiera esperado. Cuatro goles metió el Atleti y la sensación general era casi de perplejidad por el buen partido, la autoridad mostrada y sobre todo por la cantidad de veces que el balón acabó dentro de la portería rival.

-       - ¿Perplejidad? Hay que joderse.

El resultado fue quizás excesivo, porque el Atleti no tiró a puerta muchas más veces que aquéllas que terminaron en gol;  curiosamente, la semana anterior el equipo había ganado en Almería por cero a uno tras haber tirado más de quince veces contra la portería rival. El fútbol tiene estas cosas y todos las conocemos; no obstante, cada vez que ocurren, el personal y la prensa especializada lanzan bombas de mortero en forma de conclusiones apresuradas que rápidamente se elevan a categoría de regla absoluta, única e incuestionable. Sin ir más lejos, hace poco más de una semana el Atleti no funcionaba en ataque y el equipo era varios niveles peor que el de la temporada pasada; probablemente a partir de mañana y hasta el miércoles al menos, el Atleti será un equipo temible que mete una barbaridad de goles demostrando pegada de aspirante y variantes ofensivas que ríase Vd de la Brigada Ligera. Sería demasiado inocente entretenerse en rebatir cada postura: en breve saldrán nuevas teorías sesudas pero fugaces, opiniones pasajeras con vocación de verdad absoluta y triste peso de plumón de pollo.

Hace dos semanas el Atleti era un equipo de cuatreros ultraviolentos que merodeaban los colegios para robar bocadillos a los infantes y pegar palizas a los jubilados mientras bebían moloko y escuchaban a Ludwing Van. Poco se tardó en desestimar este primer mito a base de estadísticas de faltas cometidas – normalmente menos que los rivales – pero, eso sí, recibiendo tarjetas amarillas como para llenar las maletas de los veinte o treinta rusos que hoy vuelven camino de Vladivostok con su bufanda rojiblanca al cuello, más contentos que Yeltsin en Sanfermines.  Cuatro días más tarde, el Atleti era un equipo de rufianes que tenían la poca elegancia de meter goles a balón parado, hombre por Dios, a quién se le ocurre, qué vergüenza más grande, a balón parado con niños delante, dónde vamos a llegar. Este debate, cogido con pinzas de depilar, ha prendido menos porque tampoco hay demasiado que rascar; eso sí, vale aún para que alguna lumbrera periodística lo use como coartada para justificar que, a pesar de haberse llevado cuatro goles en contra, en el fondo su equipo juega mejor que el nuestro.

Desconocemos cuál será el siguiente caballo de batalla de la prensa especializada, pero ya nos hace gracia de antemano. ¿Se acusará al Atleti de tener demasiados jugadores Géminis? ¿Lanzará la prensa una campaña de denuncia sobre la excesiva afición de la plantilla del Atleti al champú Moussel, Moussel de Legrain (¡para todos!)? ¿Desvelará de una vez por todas algún audaz tertuliano que Simeone come pulpo crudo y bebe agua del mar, como el malvado pirata Patapalo?

Locos estamos por saber cuál es la próxima, oiga, hagan el favor de no defraudar.
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El Atleti hizo un buen partido contra el Sevilla, en línea con lo que se venía apuntando en los últimos encuentros. Quizás fue el mejor partido de la temporada hasta la fecha; el equipo fue más sólido en defensa que durante el buen partido contra el Celta y el irregular partido en Grecia, y también estuvo más acertado en ataque que en el aluvión sin premio de Almería. Jugaron bien los centrales y jugaron bien los laterales, con Ansaldi tomando ventaja clara en la carrera de la banda izquierda. Jugó bien Tiago, de nuevo magistral al cubrir los espacios, leyendo las jugadas rivales como si tuviera espías en las cabezas de los visitantes, anticipando el lugar al que va el balón, el hueco hacia el que va el desmarque. Jugó bien Gabi el tiempo que jugó, sustituido por un culpa de pisotón; Gabi fue el Gabi del año pasado, presionando alegre y rápido la salida del rival, algo más suelto para iniciar el asalto al tener en la línea de medios a la gran alegría de la noche, Saúl. Saúl, titular y convincente, estuvo trabajador, descarado, eficaz y goleador. Saúl dejó aroma a titularidad, a jugador utilísimo que puede jugar en varios puestos, a muchos minutos este mismo año y a carrera prometedora, nada que no sospecháramos ya. 

También marcó Koke, a quien vimos enfadado por primera vez – y con razón – gracias a un alarde de mal estilo de Emery, chusco y poco elegante al pedir a sus jugadores que no devolvieran un balón cuando Mandzukic estaba en el suelo; ver a Koke enfadado es algo así como ver a Iniesta rabioso, a Gabi perezoso o a Reyes participando en una mesa redonda sobre la obra de Ibsen y su influencia en la filmografía de Bergman. Jugó bien Arda y jugó bien Mandzukic, valiente y peleón con su máscara de lirón careto, ídolo ya de una grada que valora su arrojo para jugar con la nariz hecha un churro y entrenar a los pocos días de la fractura disfrazado de Míster Increíble. Mandzukic, que no marcó, se antoja uno de esos jugadores poco apreciados por los poco futboleros por no ser capaz de hacer bicicletas y taconcitos ni celebrar los goles con bailes ridículos o manifestaciones de egocentrismo bochornoso; sin embargo, tiene pinta de ser uno de esos tipos que lucen precisamente el día que faltan, días en los que el equipo se nota más incómodo, sin peso, sin combustión. Veremos.

Jugó la mar de bien Arda, colaboró Griezman en el rato que jugó (y le necesitaremos más que en los finales de los partidos) y jugó bien y marcó Raúl García.

-       - ¿Y el mexicano, oiga?

Ay, el mexicano.  El mexicano, que el sábado pasado se llevó una bronca por no dar una y de paso sirvió de excusa para crear una guerra entre la grada y Simeone que sólo existió en la cabeza de aquellos que sueñan con una guerra entre la grada y Simeone, salió con ganas de demostrar que puede jugar al fútbol, que a estas alturas era algo que se dudaba seriamente. A Raúl Jiménez le esperaba parte de la grada con la escopeta cargada y la otra parte con pétalos de rosa y un mariachi en formación de boda, para compensar el disgusto que los primeros podrían causarle al chiquillo.

Sabiendo la que se le venía encima, Tiago pidió a la grada que se le recibiera bien y Godín se afanó por atribuirle méritos en el gol y el penalti, gestos que honran a ambos y nos hacen pensar que por algo son capitanes. Raúl Jiménez, a todo esto, salió con ganas (que tampoco es algo como para ponerle su nombre a un parque público en Carabanchel, qué quieren que yo les diga), peleó, corrió, recuperó algún balón bien y le dio el pase a Griezman que acabó en gol. Por si fuera poco, metió un gol (bueno) y dejó la impresión de que si coge ritmo y abandona su galbana inicial, podría ayudar al equipo. No parece que esté para ser titular ni clave, pero sí para quitar minutos a los que tendrán que llegar frescos a los partidos grandes si queremos pelear las competiciones.

Ahora bien, una cosa es ganarse el respeto de la grada a fuerza de sudor y goles y otra hacer amago de besarse el escudo en su segundo partido en casa, pocos meses después de unos tweets que como mucho fueron sinceros y como poco, torpes. Gánese Raúl Jiménez a la grada trabajando y ayudando, bien, pero hágalo como un mercenario honesto. Podemos aceptar que crea que la grada es injusta e inoportuna por pitar a un jugador propio que conviene que lo haga bien, pero que no piense que la grada es tonta y desmemoriada. Si finalmente ve la luz y entiende dónde está y la verdadera trascendencia de lo que dijo, nos alegraremos, pero no parece que es algo que le haya podido pasar ya. Un consejo pues a los asesores de Raúl Jiménez: díganle al chaval que se tape un poco, que trabaje, que lea la historia del Club Atlético de Madrid y que siga trabajando. El resto, si debe llegar, ya llegará.
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¿Y el Sevilla?, se preguntará el lector. Pues el Sevilla regular, la verdad. Según nos cuentan los sevillistas de pro, Emery renunció a la fórmula que le estaba funcionando hasta ahora y optó por superpoblar la defensa y la parte destructora del centro del campo, que es algo que suele hacer Emery, dado al amarre, cuando los partidos son duros. El Sevilla sacó un equipo que parecía de balonmano, lleno de jugadores grandotes y fuertes, quizás convencidos de que el único recurso del Atleti eran los goles a balón parado, más preocupados en defender que en pasarle balones a Bacca, desasistido y desconocido. Quizás Emery cometiera el error que cometen tantos aficionados del Atleti, esto es, creer que el Atleti es un equipo que no juega sino que hace faltas, pensar que sólo es capaz de meter goles a balón parado, tomar en fin por cierto lo que leen en los medios y en twitter sin preocuparse de ver los partidos ellos mismos y sacar conclusiones por sí solos.

Al Sevilla se le volvió a faltar al respeto desde la grada, aunque quizás menos que otras veces. Parece que la agria y artificial rivalidad que surgió hace unos años va remitiendo para alegría de los aficionados con gafas y gusto por la tapa de espinacas con garbanzos que poblamos la grada en mucho mayor medida de la que los aficionados enfadados y faltones creen. Que el Sevilla es un equipo potente y correoso al que alegra ganar por ser un hueso duro y un competidor directo es una cosa; de ahí a faltar al respeto e insultar hay un mundo.

El Sevilla es, por cierto, un equipazo capaz de reinventarse año tras año, forzado a vender a sus mejores jugadores a equipos más ricos y candidato a pesar de los pesares a hacer algo gordo cada temporada gracias a una buena política de fichajes y una afición que aprieta como pocas; sólo ya por eso merecería un recibimiento respetuoso. Que haya tenido presidentes encantados de buscar polémicas para echar cortinas de humo sobre su propia gestión delictiva es desde luego un problema. Que tenga un entrenador sobreactuado que pide con grandes gestos que no se tire un balón fuera para sacar de quicio a los rivales y embarrar un partido que va perdiendo por sus propios errores tácticos no ayuda. Que parte de la afición rival, como la nuestra, sea también dada al insulto y a la rima ofensiva (ofensiva tanto para el objeto del insulto como para las reglas de acentuación de la gramática española, se entiende), es una excusa pequeñita e infantil para justificar comportamientos poco elegantes.


Piensa uno que no estaría de más que el Calderón mostrase más respeto por los equipos que pelean en esta liga desigual en la que dos se reparten el pastel que otros, también el Sevilla y el Atleti, reclamamos. Sería desde luego más elegante, más coherente con lo que el propio Atleti reclama y más agradable para todos. Si luego en otros campos no hacen lo mismo y el Atleti es recibido a voces, eso ya sería problema suyo. Nosotros habríamos cumplido con nuestra parte, que es lo importante.