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domingo, 3 de enero de 2016

Crónica con gafas del Atleti - Levante

Estimados lectores:

Debido a la presión ejercida por un insistente lobby de gente llamada en su mayoría Marisa, hoy hay crónica.

Gracias.

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En día raro en el que hacía más frío a las 6 de la tarde que a las 11 de la noche, llegaba al Calderón el Levante; eso sí, compareció debidamente vestido de empleado de la limpieza pública, en un guiño reivindicativo por la excesiva suciedad de la capital y la precariedad del empleo en las contratas de limpieza; todo un detalle.

El Levante es un equipo raro que tiene todo para caer bien, pero se diría que se esfuerza por caer mal. El Levante es un equipo modesto de barrio peleón, de esos que nos gustan, y tienen en su misma ciudad a ese equipo eternamente enfadado, sobreactuado y fatalista, ruidoso en la victoria y quejica y denunciante en la derrota, amigo de las teorías de la conspiración y de la comparación continua, odiador de árbitros y rivales y que ha hecho del grito “buuurrrooo, buuuurro” su seña de identidad, su tarjeta de presentación, su “You´ll never walk alone” fallero.

- Tampoco se pase Vd.
- Tiene Vd razón.
- Pues retírelo.
- Ni hablar.
- Vaya.

El Levante tiene una cruz de las gordas teniendo un vecino mucho más grande y muchas veces antipático, y se sabe equipo pequeño y quizás ascensor como máxima meta; nada más que por eso a uno le caería bien el Levante. Pero algo tiene el Levante que le hace querer ser antipático también, al menos con el Atleti: la desproporcionada celebración de la victoria que le podía quitar el título de Liga al Atleti hace dos años, los malos modos hacia la afición colchonera en los partidos en Valencia (probablemente causados por alguna falta de respeto previa de esos que se arrogan el derecho de representarnos en muchos campos sin que nadie se lo haya pedido) y las formas marrulleras de muchos de sus jugadores han conseguido que el Levante, que de ser un equipo inglés de ciudad industrial a la sombra de un club poderoso sería nuestro ojito derecho en las Islas, no nos caiga ni la mitad de bien que debería. Quizás se pueda reconducir el tema, quién sabe, quién sabe, oiga.

Y aun así, con esas cosas, el Levante ha tenido hacia el que suscribe dos gestos inolvidables: el primero, alinear temporada tras temporada a Ballesteros, de quien ya hablamos en su momento. Ballesteros, jugador rudo con cara de guardaespaldas de capo mafioso de Chicago y cuerpo de luchador canario, fue profesional del fútbol durante muchos años y, por ellos mismo, ejemplo y guía para muchos de nosotros, jugadores de gran tonelaje y físico más indicado para la cata de guisos de cuchara que para el deporte rey. Ballesteros fue para muchos un ejemplo, un rayo de esperanza, un espejo en el que mirarnos cuando otro espejo, en concreto el de nuestro baño, nos aconsejaba dejar el fútbol y dedicarnos en cuerpo y alma a la dieta hipocalórica durante al menos dos años.

Pero es que, ya sin Ballesteros, faro de fondones y paladín de centrales de barrio con movilidad reducida, ayer el Levante sacó otro jugador llamado a ser leyenda: Ángel Trujillo Canorea, “Trujillo”, madrileño con gran experiencia en Guadalajara y ex del Almería, salió ayer al campo con gafas. Con gafas, sí, con gafas. Hay quien dirá que era una máscara protectora, hay quien dirá que era un sofisticado dispositivo de protección de las córneas y hay quien dirá misa, pero la realidad es que Trujillo salió con gafas de pasta negra como de notario antiguo, y en ese momento muchos miopes nos pusimos en pie y agradecimos a Trujillo, que además tiene nombre de compañero de clase con gafas, ese homenaje público a tantos y tantos pelotazos en la cara con fractura abierta de montura. Si en vez de unas gafas tan molonas llega a llevar unas normales de pasta reparadas con papel celo, la lágrima se habría convertido en llanto; si además llega a llevar una lente tapada para corregir el ojo vago, ya le sacamos a hombros.

Gracias por tanto, Levante. Gracias, Ballesteros. Gracias, Trujillo. ¡Viva San Gabino, mártir!
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El Atleti volvió a ganar jugando ese partido que parece que va a empatar y, si hay mala suerte, perder. Le cuesta al Atleti últimamente meter goles, sobre todo en el primer tiempo, y parece dejar para el último momento el arreón, como los malos estudiantes ante los exámenes finales.

El Atleti volvió a jugar un partido gris con buen resultado, algo que permite al equipo estar en lo más alto a pesar de no andar carburando aún con todos los cilindros. Apabullador e impreciso, el Atleti empujó en el primer tiempo al Levante hasta meterlo en su campo, agolpándose pues jugadores propios y rivales en demasiados pocos metros como para que los delanteros puedan tener el espacio suficiente para maniobrar. Recuerda en esto el Atleti al Chelsea de hace un par de años, ese equipo que empujaba y empujaba al rival hasta lograr una sensación de agobio general parecida a la de los últimos charcos de barro llenos de carpas que quedan en tiempo de sequía, con sobrepoblación tanto para la defensa que achica balones sin cesar como para los delanteros, incapaces de girarse, moverse o chutar sin tener cinco oponentes encima.

En varias ocasiones hemos tenido esta misma sensación en casa: equipo visitante que viene con idea de no atacar si no es de carambola, dos líneas claras en campo propio, balón entregado al Atleti y planteamiento consistente en limitarse a ocupar los diminutos espacios que quedan libres entre tantísima gente. Los rivales conocen al Atleti y parece que son varios los entrenadores que han llegado a la conclusión de que la única forma de hacer frente al cambiante dibujo del Cholo, que pasa en un santiamén del 4-3-3 al 4-3-2-1 o al 4-1-4-1 con cambios de banda incluidos, es atrincherarse en el área propia y hacer acopio de agua, leche condensada y frutos secos a la espera de que pase el Blitzkrieg (bop).

Estas situaciones, complicadas de gestionar, eran siempre más llevaderas cuando estaba en el campo Tiago, el único jugador de la plantilla capaz de mantener la calma y esperar el pase, de hacer de vértice del poliedro montado entre jugadores atléticos y rivales y repartir juego hacia los lados hasta encontrar un pase hacia dentro. Con Koke más centrado este año en tirar la presión, ni Gabi ni Saúl tienen la flema del portugués para abrir latas rivales, centrándose el primero en buscar pases verticales difíciles para los delanteros y el segundo en entrar por fuerza, rompiendo la línea como los centros irlandeses, lo que no siempre es sencillo.

Y ahí es donde se echa de menos a los delanteros. Jackson, mejor ayer en el inicio del partido y progresivamente insustancial hasta la nada absoluta a ratos, no tiene una misión fácil con tanta gente cerca. Tampoco la tiene Torres, por cierto, pero el mayor empuje y garra de éste hace que Jackson nos siga pareciendo claramente inferior en prestaciones al Torres más torpón. Correa y Griezmann, y hasta Vietto, parecen ser de un corte más adecuado para abrir galerías bajo las empalizadas, pero tampoco lo suelen hacer. Su presencia en el equipo trae además otros problemas: el primero, que la media de altura del equipo baja con ellos 15 centímetros, lo que es un problema en los córners propios y extraños;  lo segundo, que ninguno de ellos aporta el trabajo necesario cuando la situación lo requiere, algo que sólo justifica Griezmann con su increíble capacidad para meter un gol en cada balón que toca. Correa - ayer perdido en las dos o tres posiciones en las que jugó -, Vietto – aka Viettecito – y Griezmann no hicieron ayer nada que refrende la teoría de que con ellos y su buen juego el Atleti debería poder ganar con solvencia a los equipos que se cierran; Jackson, con un par de buenos detalles y esa desidia general que desprende, tampoco dejó  claro si su aportación es valiosa en lo futbolístico o simplemente en lo cromático.

Pero el claro protagonista de la noche fue, de nuevo, Thomas. Con el equipo partido tras la salida de Koke y el centro del campo perdido en favor del rival, que tiene narices la cosa, el partido pedía como el comer la salida de un centrocampista del Atleti, y ese fue Thomas. Thomas corrigió el 4-2-4 tan del Vasco Aguirre con el que el Atleti jugó un rato, y de paso fue un tormento para el Levante. Presionando algo más arriba de la zona de medios, impidiendo la salida del Levante (y eso que tenían un jugador con gafas) y robando tres, cuatro balones vitales, Thomas se permitió además irse para delante y meter un gol vital, tirando a puerta tras varios regates y conducciones y viendo como el balón entraba, casi pidiendo disculpas, para meter al Atleti primero, con un partido menos que el Barça.

Thomas se está ganando poco a poco el derecho a jugar más partidos que ni Óliver ni Saúl están sabiendo aprovechar del todo, y se muestra como una posibilidad más que real de apuntalar el centro del campo, tan huérfano desde la lesión de Tiago. Thomas, además, tiene un nombre que invita al chiste fácil y en las próximas jornadas seguramente presenciemos una catarata de chascarrillos y un festival del humor muy así como de Cerezo (tipo “qué Thomas? - pues un bacardí con cola, chata”) que ríanse Vds de nuestro presidente en el palco de un teatro de revista, oiga.
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Visto lo visto (con gafas), hay a estas alturas de la temporada cosas buenas y cosas malas que resaltar. El Atleti, en efecto, no está jugando bien y los partidos se le resisten. No marca con facilidad y entre los delanteros sólo Griezmann presenta buenos números. El juego no es fluido y no se rematan los partidos cuando se debe, dejando los deberes para tarde como regla general. Hay dudas en el centro del campo y dudas en la delantera, donde Torres, voluntarioso pero sin tino de cara a puerta, es por ahora el que más aporta como compañero de Griezmann sin que Correa, Vietto o Jackson hayan respondido a las expectativas. En el centro del campo, además, ninguna de las apuestas más jóvenes parecen haber cuajado al 100%: ni Saúl ni Óliver están mostrando su enorme capacidad y Carrasco, incisivo, valiente pero algo alocado, parece más titular que el resto pero tiene el enorme hándicap de ser un especialista de banda.

Y, sin embargo, se mueve: este Atleti que juega feo y mete pocos goles, el Atleti que aun no ha conseguido encajar todas las piezas ni brilla entre los demás, le saca dos puntos al Barça si bien puede quedar fácilmente un punto por detrás en cuanto el Barcelona juegue el partido que le queda. El Atleti recibe pocos goles y algunos de los que recibe, como los de Coruña o Málaga, son fruto de fatalidades o fallos inusuales; sin ellos, el Atleti sería líder aún con el Barça a igualdad de partidos. Oblak es más que fiable, Godín (ayer de nuevo espectacular) manda la defensa con brillantez y los laterales  no dejan dudas respecto a su juego. El otro central, sea Savic o Giménez, funciona con solvencia y el resultado está ahí. La defensa del Atleti sí es una máquina afinada que, hoy por hoy, sostiene con solidez al equipo y espanta rivales sin demasiados problemas.

El Atleti pues es vice líder con únicamente 6 cilindros de 11 (esto es, Oblak, 4 defensas y Griezmann) trabajando al ritmo esperado. A poco que se afine el resto, a poco que la media (repentinamente reforzada con Thomas, Augusto y Kraneviter) se consolide y Koke pueda ser más Koke y menos apagafuegos, a poco que el delantero que acompaña a Griezmann afine puntería y siempre y cuando la defensa sigua igual y los jugadores sigan interpretando con lucidez los continuos cambios de dibujo que desde el banquillo se ordenan, el equipo puede empezar ahora a crecer desde una base muy sólida.

En breve empieza la segunda vuelta, que tiene un primer tramo temible: si el Atleti es capaz de salir vivo de esa enorme cuesta arriba, si las continuas rotaciones del Cholo llevan a los jugadores a alcanzar en buen pico de forma y con el sistema engrasado el último tercio del campeonato (o más bien de los campeonatos), ojo a lo que puede hacer el Atleti. Ojo vago, incluso, como el de Trujillo.

lunes, 9 de noviembre de 2015

De nueves, banquillos y gradas

El Atleti jugaba contra un rival querido, el Sporting, y lo hacía a una buena hora: ni demasiado pegada a la hora del pacharán, ni demasiado pegada a la hora de la cena. Hacía buen tiempo, el campo estaba lleno (con muchísimos rivales) y la cerveza estaba fría; ¿qué podía fallar? Naturalmente, como no podía ser de otra manera, las cosas no salieron como uno pensaba.




Salió el Atleti con el equipo que casi todos habríamos sacado, con la excepción de Jackson Martínez, uno de los jugadores más que más discusiones protagonizan, no tanto por la opinión que de él se tiene (que, a día de hoy, es bastante generalizada) sino por los efectos colaterales que su titularidad implican. El caso es que el Atleti salió con un equipo bien majo y, así de salida, prácticamente nadie habría mostrado disgusto o sorpresa viendo la alineación sobre el papel.

Enfrente salió vestido de amarillo y con una media de altura de equipo de balonmano el Sporting de Gijón, uno de los equipos que más alegría nos da ver por el Calderón y que más aficionados (y más majetes) atraen. Los alrededores del estadio estaban llenos de seguidores asturianos y lo mismo pasó en las gradas, y no sólo en la zona acotada para visitantes (desde ayer con unas vallas anti lanzamiento de objetos que se antojan bajas para el ultra visitante medio, normalmente de brazo recio y sesera corta), sino por todo el estadio. Los seguidores del Sporting, como viene siendo tradición, llegan en tropel al Calderón y ocupan asientos mezclados entre los locales, como debe ser y como tanto nos gusta. El caso es que  frente al Atleti se situó otro equipo, y esto es algo que no todo el mundo percibió hasta que salió el tema un rato después, ya en los bares.

La crónica empieza por el  equipo rival, cosa extraña en este blog, pero para eso hicieron los visitantes un partidazo. Ordenado, sin fisuras y robusto, bien organizado, correoso pero sin pegar demasiadas patadas, sabiendo lo que hacía y convencido de su sistema, el Sporting cuajó un estupendo partido defensivo, esa faceta del fútbol que los narradores desprecian quizás por pertenecer todos ellos al exclusivo club de jugadores de pellizco, manita girada hacia el exterior y conducción de balón con el exterior y la cabeza levantada. Hay muchas formas de entender el fútbol y algunas de ellas no desprecian el fútbol sólido y solidario de los equipos modestos, el tesón que hace a jugadores menos brillantes parar a los más dotados, el rigor táctico y el convencimiento de que el sistema trabajado dará frutos si cada uno hace su trabajo. Quizás por haber jugado mucho en equipos malos, el que suscribe es uno de estos fans del futbol solidario de sudor y ayudas; quizás por ello el Sporting de ayer le pareció un muy buen equipo de fútbol, difícil de descolocar, poderoso por arriba y hermético a la hora de dar alternativas al rival, en este caso un Atleti más potente pero con muchísimas dificultades para hacer juego. El Sporting defendió bien en dos líneas bien formadas y convencidas de su juego, con un par de jugadores, Jony y Halilovic, rápidos en la salida y el contragolpe y con cabeza suficiente para gestionar la sorpresa del equipo que llevaba el peso del juego, en este caso el Atleti. En ambas mitades la mayoría del tiempo se pasó en campo asturiano, y aún así las ocasiones más claras fueron de los visitantes, que no marcaron gracias a un portero superlativo, Oblak.

Ante este equipo rocoso y grandote, el Atleti planteó ese partido que no le gusta jugar: contra un rival atrincherado, contra un equipo cerrado en el área chica y un portero que va bien por alto. Con pocos espacios por delante de los centrocampistas, el partido fue un tormento para un delantero grandote y necesitado de espacios como Jackson, que carece, entre otras cosas, de las virtudes de Mandzukic en estas lides. Con el Atleti apretando en tres cuartos, sin demasiados problemas para llevar el partido hasta la zona en la que esperaba el medio campo rival, el juego se complicaba sobremanera cuando la línea del centro del campo del Sporting iniciaba la presión. El Atleti no gusta de estos partidos que se resuelven con sistemas de balonmano, circulando el balón de lado a lado buscando pases laterales que terminan en un avispero en el que los centrales eran mucho más aguerridos y potentes que Jackson, en el que Griezmann se limita a intentar pescar un rebote que le permita meter ese gol tan suyo con la punterita o la cabeza.

El Atleti buscaba mover al Sporting de lado a lado, más bien de izquierda a derecha, agolpando jugadores en la banda en la que Carrasco, de nuevo destacado, y Filipe Luis, tocaban con la idea de agolpar rivales para, una vez forzada la basculación del resto del equipo visitante, cambiar rápido el juego para que fuera Juanfran quien entrase: la táctica que tanto resultado dio el año de la Liga. Juanfran, como siempre, aceptó el reto y subió y subió con acierto hasta que se rompió, quizás sobrecargado tras tantísimos minutos sin recambio. En el segundo tiempo salió Gámez y lo hizo estupendamente, como si llevase jugando todo el año de titular. Un buen profesional y un buen jugador, Gámez.

El Atleti no parecía encontrar la vía de entrar por los lados y, aun así, sólo insistía en esa fórmula. Con Tiago llevando el mando, quizás con una pizca menos de brillo que en otros partidos debido a la ausencia de espacio y acumulación de minutos, Gabi dio un recital en las ayudas y en algún buen pase largo pero no contribuyó a desenmarañar la madeja del Sporting. Con Koke trabajador aunque algo espeso y Carrasco – el más incisivo - sin espacios, con el partido controlado por el Atleti y curiosamente también controlado por el Sporting, el Atleti seguía buscando balones laterales. Ni por abajo ni por dentro ni por el centro ni a baja altura, el Atleti seguía buscando balones altos frente a dos centrales poderosos (uno de ellos, Bernardo, un auténtico muro) y con el teórico objetivo de alimentar la cabeza de Jackson Martínez, de quien se diría que permanece indiferente a pesar de estar en el centro del huracán. Jackson, que tiene físico suficiente para pegarse con la mayoría de porteros de discoteca de la zona Sur de Madrid, carece sin embargo de lo necesario para hacerse valer en esa zona: no salta ni pelea como otro colombiano, más bajo y ligero, que anduvo por aquí hace unos años. Tampoco se faja como un croata de nariz contusionada que también ocupó ese sitio, ni tienen el don de desquiciar a los rivales que tenía otro de sus predecesores, en este caso nacido en Lagarto y con cara y conducta de rufián. Jackson parece más cómodo fuera del área - apoyando en el medio campo y descargando hacia los lados como hizo en el primer cuarto de hora de partido - que metido en la pelea, donde se limita a meterse entre los dos centrales y ver la vida pasar dando sorbitos al té. Cómodo en una posición en la que no le llega casi ningún balón a menos que fallen los rivales, dando pocas ayudas a los compañeros aparte de vestir una camiseta amiga a la que apuntar cuando se hace el centro, Jackson juega más de boya de atraque que de nueve en muchas fases de los partidos. Jackson espera tranquilo a ver si hay suerte y le llega un balón, viviendo su partido sin saltar a pelear o presionar o buscar la anticipación, se diría que inmerso en pensamientos abstractos y profundos o haciendo cálculos mentales sobre la cantidad de briznas de césped que existen en el terreno de juego, sobre cuánto gastaría su coche si en las cuestas abajo pusiera el punto muerto, si, una vez retirado, sería buen negocio poner una tintorería en Barranquilla.

Jackson lleva ya un tiempo en el equipo, ha sido titular en muchos partidos y aún no parece enterarse de qué va el tema. No se sabe si por lo elevado de su precio o por si fue una apuesta personal de Simeone, Jackson parece instalado sin demasiados problemas en la posición de 9 titular, lo que tiene efectos colaterales que, entre otras cosas, están llevando a la afición a la histeria. Jackson trabaja menos de lo deseable y acierta también menos de lo deseable, y hay quien lo achaca a que es un petardo monumental y hay también quien piensa que hay que tener fe y que es cuestión de tiempo. El caso es que los días pasan, Jackson no carbura y el juego del equipo se resiente de su poética ausencia presente, como también acusa la inactividad y falta de ganas de Griezmann, desaparecido en períodos larguísimos de los encuentros, sólo maquilladas por varios goles decisivos cuyo mayor mérito, muchas veces, fue únicamente estar ahí, ni más ni menos: estar ahí, eso sí, es algo que no está al alcance de muchos.

La presencia de Jackson, además, ha terminado por relegar del todo al banquillo a Fernando Torres, que empezó la temporada con exhibiciones físicas y metiendo goles importantes. Torres, es cierto, está ahora impreciso y fallón, y uno no sabe si es porque no juega lo suficiente al estar Jackson por delante, o si es que Jackson está ahí porque Torres está especialmente impreciso y fallón en los entrenamientos. Pero Jackson también está impreciso y fallón y sin embargo goza del apoyo sólido del banquillo, algo que no parece tener Torres a juzgar por las declaraciones del entrenador. Algún periodista ha tomado esta teórica inquina como bandera y la enarbola cada cinco minutos, autoerigido en ariete anti-Cholo. Y, ya de paso, la afición toma partido en la polémica y, como viene siendo habitual en el Calderón, se polariza: los que no entienden la suplencia de Torres cargan contra el Cholo y le acusan de celoso, injusto y cerril; los que creen que Torres no debe jugar defienden al Cholo a capa y espada, llaman ignorantes y desagradecidos a los que critican sus decisiones, tiran de historial y del concepto de la lealtad y la memoria y, en algunos casos, cometen la torpeza de faltarle al respeto a Torres y le ponen de petardo para arriba. Qué cosas, oiga, como si el historial, el respeto y la memoria sirvieran para defender a Simeone pero no, curiosamente, para defender a Fernando Torres. A Fernando Torres, ni más ni menos.

Como en tantas otras cosas, una buena parte de la afición del Atleti muestra su atávica incapacidad para ver las cosas desde el punto medio y para defender su postura sin faltar al respeto al de enfrente, algo curiosamente ridículo cuando hablamos de dos tipos, Simeone y Torres, cuyos nombres quedarán escritos con letra de oro en la historia del equipo. Ayer, el cambio de Carrasco por Óliver Torres fue pitado en el campo y, la verdad, era difícil de entender: Carrasco había sido lo más incisivo del equipo y Óliver Torres viene de hacer varios partidos muy grises. Los silbidos, quizás feos, podían entenderse; sin embargo, han servido para alimentar la pelea. La afición del Atleti, ya saben, esa que lo mismo ponía de vuelta y media a Raúl García que ovacionaba a Reyes en cuestión de pocas semanas, ahora se ha dividido una vez más, con una parte erigida en azote de Simeone y otra volcada en la defensa pretoriana de cualquier decisión del Cholo. La afición del Atleti, la que ha callado durante años ante las tropelías del palco pero silbaba con virulencia cada fallo de Perea, la que gustaba de reírse de Pernía cuando intentaba hacer honradamente su trabajo llevando nuestra camiseta mientras asistía impávida al expolio del Club y la malventa del estadio, la que presume de haber pasado la travesía del desierto y los años negros de Manzanos y Luccines para, llegados los tiempos de bonanza, buscar problemas donde debería haber motivos para la unión, ahora muestra una vez más su asombrosa capacidad de no ver más allá de sus narices y se enzarza en una pelea de unos contra otros, que al final es lo nuestro: también pasó el año pasado, cuando parecía que para defender a Arda Turan había que despreciar a Raúl García. De paso sea dicho, parece que no se aprendieron ciertas lecciones.

Porque si al Atleti se le puede acusar de no haber encontrado la forma de entrar en la empalizada del Sporting, haber sesteado en el segundo tiempo de Coruña y no dar una contra el Astana, a la afición del Atleti se le puede echar en cara también unas cuantas cosas. Se diría que la afición del Atleti ha perdido, con esto de los años buenos de Simeone, la capacidad de percibir la realidad como realmente es. Se diría que la afición ahora exige ganar todos los partidos por aplastamiento, olvidando que el año en el que se ganó la liga con brillantez también se estuvo varias veces con el agua al cuello en casa y fuera, borrando de la memoria esos malos partidos que terminaban con el equipo achicando agua a cabezazos desde el área pequeña. Se diría que la afición se ha creído más de lo que realmente es, exigiendo juegos florales, rondos humillantes para los rivales, fútbol de fantasía y tanteos de escándalo, algo que no es sino excepcional en la historia de este equipo nuestro. Se diría que los éxitos del equipo han tenido en la afición el efecto de convertir a cualquiera en entrenador diplomado, analista contrastado y experto internacional de la propia plantilla, pero despreciando al mismo tiempo a los equipos rivales con gesto de gañán enriquecido gracias a un yacimiento petrolero en su bancal. Se diría que la afición del Atleti, la fiel, la entregada, la ruidosa, la leal, se va convirtiendo poco a poco en algo que despreciábamos hasta hace bien poco.

Contra el Sporting la afición se mostró fría, algo distante, se diría que altiva, no dignándose a animar durante buena parte del encuentro en el convencimiento de que el partido terminaría por ganarse por mera intervención de la ley de la gravedad; cuando la afición se dio cuenta de que el tiempo se echaba encima y no se encontraban soluciones, lejos de animar la reacción general fue protestar, gruñir, fruncir el ceño, abrazar la histeria. Amestallada, anoucampada, la afición parece exigir ahora té perfumado en porcelana china mientras, qué cosas, presume de apreciar el sabor áspero del tinto de bota. Qué cosas, oiga, qué cosas.

Que el Atleti puede y debe mejorar no sólo es cierto: es lo que va a ocurrir. Que Jackson no está bien es un hecho y no debe empujar a debates; que Simeone debería al menos probar con otras cosas (Correa y Griezmann delante, Griezmann al banquillo alguna vez, Carrasco por delante de la media en algún partido, Torres en partidos con espacios) es también incuestionable. Que la situación actual lleva al absurdo es más cierto que todo lo demás. Que a la afición del Atleti hay veces que no hay quien la entienda es verdad; que en ocasiones no hay quien la aguante, también. 

jueves, 5 de noviembre de 2015

Del valioso punto medio entre el Santo Job y el nuevo rico

Diez días después del buen partido contra el Valencia y la sensación general de que se había alcanzado la velocidad de crucero, el Atleti parece ahora estancado, triste y gris, soso y deprimido. Para algunos, demasiado cansado y algo saturado cuando sólo llevamos unos cuantos partidos de liga y pocos de Champions; para otros, un equipo lamentable abocado al fracaso, con una plantilla fatal construida, dos delanteros centro para el matadero, un entrenador desquiciado y excesivamente conservador y un banquillo que no está a la altura del Club, de su Historia y, sobre todo, de su afición siempre experta y mesurada.
Que el Atleti jugó mal el segundo tiempo en Coruña es un hecho y así se ha comentado. Que la explicación fuera una u otra, que el quid esté en la delantera o en el banquillo, en la media o la defensa, en Jackson o Giménez, es cuestión de gustos, reflexión, conocimiento y prisas en el análisis. 

Que el Atleti estuvo tristón y plano en Astana también es un hecho. Que el equipo que sacó Simeone, con tres novedades respecto a los titulares que tan bien jugaron contra el Valencia, debería en teoría ser bastante para hacerse con el control del juego y ganar, sin excesivos problemas, a un equipo menor es algo que casi todos habríamos afirmado. Que esto no ocurrió es una verdad científica; que el partido fue un petardo, una realidad demostrable. Que ambos acontecimientos pueden ser considerados como una mala tarde de esas que tiene cualquiera es también admisible, más admisible que la catastrofista lectura que de 135 minutos hacen algunos.

Que los fijos de Simeone parecen resolver con más o menos acierto pero con solvencia sus actuaciones no parece algo discutible, salvo alguna cosa como dicen ahora los líderes. Que Godín suele estar a buena altura a pesar de algún fallo puntual es un hecho. Que Giménez falló en Coruña y en Astana se quedó corto en una carrera contra un delantero y dio un paso a un rival es cierto, tan revelador como que es noticia que un tipo de veintipocos años haga tres fallos en dos partidos: Giménez es un gran jugador y nadie en su sano juicio dudaría de su valía para este equipo. Que Juanfran juega prácticamente todos los partidos desde hace ya meses a un nivel que, como mínimo, es de notable alto es también un hecho demostrable. Que Gabi puede no estar al nivel del Gabi deslumbrante del año de la liga puede ser verdad, pero también es cierto que si no tuviéramos esa referencia Gabi sería un jugador que nos tendría no sólo satisfechos sino tranquilos es ampliamente reconocido por la parroquia colchonera. Que Koke debe ser titular incluso cuando no anda del todo fino porque, incluso estando gris, tiene un efecto espesador de salsas que hace que el equipo juegue más junto, más trabado y sólido que cuando no está. Que Tiago es el jefe del equipo, el carburador, el metrónomo, la brújula y el doble procesador es cada vez más claro. Este núcleo fundamental parece inamovible para Simeone y quizás también para la afición en general, incluso para el irritado colectivo cuestionacholos que últimamente discute todo lo que hace Simeone. Así, el problema no parece estar ahí.

Que Griezmann está en ese grupo innegociable es también un hecho. Griezmann juega todo, rara vez es cambiado e incluso en los partidos en los que pasa totalmente desapercibido, que últimamente son muchos (o más bien casi todos) y rara vez se ve una crítica a Griezmann en los comentarios de bar (Nota: excluida buena parte de la prensa como fuente fiable de opinión y definitivamente excluidas las redes sociales por excesivamente radicales, inmediatas, histéricas y llenas de opiniones toropasadistas que buscan más realzar lo muchísimo que sabe el opinador ventajista que de buscar la verdad, los bares parecen la única fuente posible para recabar la opinión general). Algunos pensamos que Griezmann debería ser cambiado con más frecuencia y que incluso no le vendría mal empezar algún partido en el banquillo: Griezmann se sabe indispensable y sin sustituto y, lo que es peor, parece convencido de que no será sustituido ni criticado por más que pase 85 de 90 minutos correteando lejos de su marca y desenganchado del juego. El resultado es que Griezmann, jugador finísimo y superior en casi todo a la mayoría de sus rivales, desaprovecha sus condiciones en demasiados casos, quizás por pensar en futuros compromisos en su país natal más que en meter el pie cuando viene un central con malas pulgas a disputarle el balón. Griezmann, que debe marcar la diferencia, últimamente no la marca y no pasa nada por decirlo.

Que el resto de titulares en Astana son cuestionables es algo posible. Que Siqueira es un desastre pero que debería valer para jugar el partido no parece descabellado; que Saúl alterna partidos estupendos con actuaciones gris perla es un misterio pero no motivo suficiente para dejar de contar definitivamente con él. Que Torres está desacertado y acelerado en la definición y trabajador pero insustancial en la pelea es cierto, pero no es motivo suficiente para dudar de que su presencia en el equipo pueda poner en aprietos a la defensa de un equipo kazajo del que nadie había oído hablar hace unos años y mucho menos para faltar al respeto a un jugador que es historia viva (y a buen nivel) del Atleti, sobre todo cuando su único sustituto natural es un colombiano que tiene aún que correr muchos kilómetros y meter muchos goles para hacer sombra a un tobillo de Fernando Torres. Que el Atleti, en fin, sacó en Kazajistán un equipo que debería ser solvente no es algo que podamos dudar más que a toro pasado; que las conclusiones que se están sacando tras el partido parecen exageradas también parece indudable. 

Volvamos al punto inicial. Hace diez días el Atleti ganaba al Valencia (flojo, pero el Valencia) y se llevaba un resultado corto tras un muy buen partido. Desde ese día, en el que la gente salió del Calderón contenta con el equipo y viendo un futuro radiante, el Atleti ha jugado dos partidos: uno, en Coruña, en el que empató tras hacer un buen primer tiempo y un mal segundo. El otro, en Astana, también terminó en empate y se jugó de forma bastante triste. En tan corto tiempo, gran parte de la afición atlética ha pasado de la confianza y el optimismo a la rabia y la crítica al banquillo; en total, 135 minutos malos.

Es verdad que el equipo no ha demostrado hasta ahora en la temporada el control y el juego de hace un par de temporadas, aunque también es verdad que el equipo va cumpliendo con el guión establecido hasta ahora, instalado en posiciones previsibles a estas alturas de la temporada. El equipo, renovado y con bastantes incógnitas sobre todo en el medio campo, ha respondido sólo a medias a las expectativas creadas, y eso es para algunos motivo de reflexión y necesidad de más tiempo; para otros, causa de divorcio, motivo de bronca y demostración definitiva de que el entrenador está finiquitado y el ciclo ha acabado. El aficionado esperaba un equipo de más toque y control, con más talento que músculo y más posesión de balón pero es verdad que el Atleti actual sigue siendo un híbrido entre el equipo vehemente de presión alta y solidaridad constante de hace un par de temporadas y el equipo dominador del balón con gusto con el juego fino que las alineaciones sugieren. La transición no está siendo rápida, o quizás es que 14 partidos oficiales (o por ahí) no sean suficientes para cambiar de modelo, para disipar dudas o evitar la tentación de volver a lo que siempre funcionó.

Es curioso sin embargo lo muchísimo que sabe la afición sobre cómo ir cambiando el estilo de juego de un equipo que ha cambiado gran parte de piezas fundamentales en tan poco tiempo. Es también curioso cómo tras los malos partidos arrecian los recordatorios de todos aquellos que dijeron en su momento que la plantilla estaba mal hecha o que el centro del campo era demasiado inexperto (algo de Perogrullo, por otra parte, de lo que tampoco hay que sacar mucho pecho), mientras que cuando las cosas van bien el silencio es solemne. Es llamativo ver cómo la afición del Atleti considera excéntrica, injusta y disparatada esa reacción tan de Mestalla de montar en cólera a la mínima contrariedad, como si el equipo estuviera predestinado a ganar con facilidad cualquier partido y siempre por aplastamiento a los veinte minutos de juego, pero sin embargo pone de vuelta y media al entrenador y los jugadores tras partido y medio malo sin impacto devastador en los planes de futuro del equipo. Que la afición se haya acostumbrado a ganar es algo positivo, porque de esa manera sube el nivel de exigencia sobre banquillo y jugadores (curiosamente no sobre el palco, ya saben); que esa exigencia se torne en furia nuevoriquista e infantil cada vez que las cosas no van bien resulta un pelo sonrojante. 

El Atleti lleva pocos partidos de liga y pocos partidos de Champions, demasiado pocos como para sacar conclusiones definitivas o perder la esperanza de un mejor juego y una buena temporada. Sin embargo, algunos desatan su furia amparados en el cómodo paraguas del “es que no se va a poder criticar o qué”, como si alguien hubiera prohibido en efecto hablar mal de Simeone. Es cierto que Simeone parece no haber dado con la tecla definitiva y parte del equipo no acaba de entender qué se quiere de él; los cambios suelen hacerse tarde y no suelen mejorar lo visto en el campo, por lo general. Todo eso son críticas legítimas, pero la conclusión que se extrae de ellas no debería ser, necesariamente, que al Cholo se le olvidó el fútbol tal y como sugieren los expertos de salón y algunos periodistas inoculados con el virus obsesivo de la inquina. Se supone que la paciencia es una de las virtudes de la afición atlética, pero cuando llega la hora de mostrarla últimamente parece que brilla más la querencia voceras del nuevo rico que la emulación del Santo Job. En el punto medio, como en casi todo, está esa virtud que pocas veces sabemos encontrar. Una pena.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Venirse arriba, echarse atrás


Se nos ha acabado el Mundial de rugby y uno no sabe muy bien qué va a hacer con su vida a partir de ahora. Se nos acaban los himnos y los partidos maravillosos, se nos acaban los rucks y las cejas rotas, las carreras suicidas en dirección al avispero, las explicaciones de los árbitros, las gradas sin incidentes, los gestos de respeto y gallardía, los botes irregulares y los malabares en plena carrera. Se nos acaba de acabar el Mundial y ya estamos mirando el calendario para ver cuándo hay test matches, cuándo empieza el 6 Naciones, cuándo se juegan los siguientes partidos de ligas nacionales, internacionales, profesionales, amateurs.

Este Mundial en el que nos ha asombrado Argentina, nos ha alegrado la vida Japón, nos han defraudado ingleses y franceses (como en casi todo), nos ha asustado Georgia y nos han maravillado los amateurs uruguayos terminó por todo lo alto, con un partido monumental. All Blacks y Wallabies, enemigos eternos que disputan el derby del Sur desde que hay rugby y, por tanto, alegría de vivir, jugaban en Twickenham con medio planeta mirando y no defraudaron. Con los neozelandeses de claros favoritos y los australianos como justos finalistas a pesar de que nadie daba tanto por ellos al principio del Mundial, en Londres se vio un partido precioso.

Nueva Zelanda ganó justamente un partido que dominó en su mayor parte, en el que tuvo algo de suerte a favor y en el que no perdonó cuando tuvo ocasión de finiquitar la faena. Dominadores en el primer tiempo, los All Blacks se encontraron con la temible tercera línea australiana de Hooper, Fardy y Pocock, el último quizás el hombre del Mundial y el protagonista de una variante táctica que posiblemente empecemos a ver más a partir de ahora: la desaparición del 8 grandote y su sustitución por un flanker más dinámico y ligero, rapidísimo a la hora de llegar al breakdown y especializado en garantizar o recuperar la posesión cuando el balón va al suelo. Pocock y Hooper han dado una lección todo el Mundial y lo mismo hicieron en el primer tiempo de la final, recuperando balones que los All Blacks habían llevado hasta su 22 con la rapidez que los partidos previos prometían.

Al dominio de los All Blacks en el primer tiempo se sumaron un par de desgracias australianas: dos lesiones, una de esas de las que duelen al ver en la televisión cómo se troncha una rodilla, y un ensayo neozelandés en el que pareció haber un claro pase adelantado que no puso en duda ni el árbitro ni el TMO. Con más ventaja de la que parecía justa en contra, Australia empezó la remontada y ensayó un par de veces, desaprovechando en parte una superioridad por sin bin (quizás exagerado) del enorme Ben Smith.

Pero con Australia a tiro de golpe y cuando los nervios empezaban a hacer presa en los neozelandeses, emergió como un gigante la figura de Dan Carter. Primero con un drop lejano y bajo presión, y después con un golpe lejanísimo transformado tras una indisciplina australiana en la melé, Carter decantó el partido en el momento preciso como hacen los grandes. No contento con esto, los diez últimos minutos fueron un recital de placajes del apertura neozelandés, una faceta en la que no había destacado nunca especialmente. Con Carter a nivel de estrella, con McCaw hiperactivo y omnipresente, con Ma’a Nonu ensayando a la carrera tras offload (una vez más) de Sonny Bill Williams y con Conrad Smith demostrando ser un jugador con inteligencia de entrenador, los All Blacks se llevaron su segundo Mundial consecutivo y, posiblemente, el título de mejor equipo de todos los tiempos.

Lo malo de todo esto es que ahora nos queda volver al fútbol y sus gradas histéricas y maleducadas, sus jugadores simulando agresiones, sus árbitros sobreactuados y arrogantes, sus estrellas vestidas de Halloween interrumpiendo a un colega de profesión, sus halagos desmesurados hacia jugadores más pendientes del cutis que del respeto, sus oleadas de críticas y defensas infantiles en las redes sociales cada vez que ocurre una nimiedad. Nos queda ahora un tiempo en el que nos acordaremos de los pasillos que las estrellas hacen a los equipos amateurs reconociendo su valor a pesar de los tanteos abultados, de los jugadores que afean a sus propios compañeros cuando celebran de forma irrespetuosa, de las estrellas mundiales que acatan sin discusión cada decisión del árbitro, de las explicaciones pausadas y convincentes de los árbitros cada vez que pasa algo serio. Nos acordaremos, claro está, de Nigel Owens cada vez que veamos a Undiano Mallenco. 

Vénganse arriba, ya queda menos. Eso sí, que vuelva pronto, por Dios.
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Detecta uno entre la parroquia atlética un enfado grandísimo con Simeone por lo ocurrido en el partido de Coruña. Simeone tira el partido, Simeone se acobarda, Simeone no sabe gestionar partidos que habría que matar antes. El empate en Riazor ante un Depor que, ya de paso, no está funcionando mal (14 puntos, a 6 del Atleti, a 1 del Valencia, 2 por encima del Sevilla, 5 por encima de la Real Sociedad) ha hecho, una vez más, mutar la opinión del aficionado rojiblanco tras la confianza que dio el buen partido ante el Valencia. Cosas de la afición, cosas de los cambios de opinión, cosas, posiblemente, de las redes sociales en las que se vuelcan en veinte segundos opiniones que se tardan dos segundos en formar y ninguno en repensar.

En Coruña el Atleti hizo un primer tiempo excelente con Tiago, de nuevo, de capitán general. El equipo que salió parecía el que hubieran firmado gran parte de los aficionados, exceptuando si acaso la presencia de Jackson, de quien hablaremos. Así que salió el equipo que parecía lógico que saliera, con Carrasco entre otros, y el equipo jugó durante todo el primer tiempo al buen nivel del partido anterior. Por tanto, uno diría que hasta ahí todo en orden: pocos aficionados habrían puesto en duda lo realizado hasta el minuto 45 salvo la incapacidad del equipo para cerrar definitivamente el partido  antes del descanso, como ocurriera con el Valencia: hay veces que el Atleti debería hacer presa en un rival que sangra y, sin embargo, deja que la herida cicatrice. Godín pudo marcar de un cabezazo estupendo, pero no fue así; un poco más de suerte en ese lance y un poco más de acierto de Giménez hacia el final del partido y quizás, haciendo lo mismo, el equipo habría terminado llevándose tres puntos con cero-dos y la gente que refunfuña andarían más tranquila con el Cholo.

Entonces, ¿qué pasa en el segundo tiempo? A diferencia del expertísimo público analista de las redes sociales, uno no lo tiene claro y baraja varias teorías. ¿Fue Simeone quien ordenó que el equipo se echara atrás? Es posible. En otros partidos hemos visto que el Atleti se echaba atrás en los segundos tiempos tras marcar un gol en el primero; de hecho, es algo bastante común en el Atleti que no debería sorprender (quizás sí irritar) al aficionado. Simeone gestiona bien los partidos defensivos y de hecho se diría que el equipo está construido de atrás adelante, con cuartos traseros poderosos y sólidos que sujetan todo el entramado ofensivo, desde la sala de máquinas a los pitones. Es común oír hablar al aficionado de lo mal que lo ha pasado el último tramo de partido con el equipo metido atrás, tan común como escuchar eso de que los jugadores están mucho más cómodos en esa situación que los aficionados: se diría que los centrales del Atleti solucionan con calma y solvencia cada jugada de esas que pone el corazón en un puño al aficionado en cuya retina permanecen sin borrarse los tiempos en los que cada pelota lateral era un peligro, en el que los balones botaban por el área pequeña sin dueño a tres minutos del final, en el que centrales y porteros tenían graves problemas de comunicación y hasta se intuían deficiencias auditivas, cognitivas e incluso afectivas.

Así que sí, es posible que Simeone, como tantas veces, echara el equipo atrás. No nos extrañaría que así fuera y de hecho nos parecería normal: lo ha hecho decenas de veces y casi siempre le ha funcionado bien, hasta el punto de haber convertido la defensa estanca y hermética de los últimos tramos de partidos en parte fundamental de la personalidad del equipo. Si uno echa la vista atrás recuerda muchos partidos terminados así, y un resultado más que positivo en muchos casos, sobre todo fuera, en liga y contra equipos teóricamente menores. Esto es, Simeone echa al equipo atrás en muchas ocasiones porque en casi todas esas ocasiones ha tenido éxito, no para molestar al aficionado medio. ¿Por qué entonces cambiar algo que a medio y largo plazo ha probado ser un recurso valiosísimo? ¿Para irritar a los afcionados nerviosos? ¿Para provocar a la grada? ¿Para contentar a los críticos de bar? No nos pega en Simeone. Lo que parece es que Simeone echa el equipo atrás porque le funciona.

Hay sin embargo una cosa que choca con esta posibilidad en este partido concreto: Simeone dice que el equipo se echó demasiado atrás, como si su deseo hubiera sido otro. Si Simeone ordenó echarse hacia el área propia, denunciar que el equipo hizo precisamente lo que él ordenó sería una traición enorme hacia un grupo de jugadores con los que Simeone cuida especialmente el equilibrio y el respeto. Podría ser, claro, y seguro que algún parroquiano de una taberna de Valladolid lo tiene claro, pero resultaría extraño que Simeone arriesgara el ambiente del grupo por justificar un empate en Riazor. Da la impresión de que el equipo se echó más atrás de lo que Simeone hubiera deseado, aunque, naturalmente, cabe también la posibilidad de que Simeone fuera una serpiente traidora a los suyos y no lo hubiéramos sabido hasta ahora.

La impresión que uno tiene es que el equipo se echó atrás él solito, y además se le puede encontrar la lógica al movimiento. Por un lado, como hemos comentado, la táctica le ha funcionado al equipo en multitud de ocasiones, con lo que por qué no hacer lo mismo que tantas veces facilitó la obtención de puntos limitando el desgaste. Por otra parte, el equipo venía de hacer un primer tiempo fantástico basado, sobre todo, en el desgaste del medio del campo. El medio del campo, que ya es talludito, tiene que jugar el martes en un campo helado tras ocho horas de viaje y volver al día siguiente, y todo ello sin demasiado recambio de garantías. Si el medio campo contara, como ocurría con otras alineaciones, con el apoyo constante en la presión de los delanteros, quizás podría desgastarse menos y llegar a la última media hora con más fuelle y ganas de presionar arriba. Si los delanteros tuvieran más casta y recorrido, quizás la idea de quedarse atrás y salir al contraataque sería una forma brillante de cerrar los partidos, pero no parece que sea el caso. Por último, el Depor que va en el pelotón que busca la Europa League (está a dos puntos) jugaba en casa y apretaba, que son cosas que pasan en el fútbol.

Y es que, incluso haciendo un mal segundo tiempo, incluso con el Depor echado arriba y jugando sin delanteros y con un medio campo cansado, el Atleti empató por un detalle. Giménez falló un balón de esos que nunca falla y que, pensamos, no volverá a fallar; Giménez, dicho sea de paso, se ha ganado con actuaciones brillantes y valientes el derecho a fallar de vez en cuando, incluso a regalar algún punto. Menudo es Giménez, oigan, a ver si el chaval no va a poder fallar una de cada trescientas. Si Giménez no falla, eso sí, el Atleti habría ganado un partido por oficio y peso específico, seguiríamos metidos en la cabeza de la liga y la gente consideraría al Cholo un estratega de primera. Y eso que, piensa uno, el Cholo tiene un par de cosas que mejorar.

La primera cosa mejorable está en la delantera, es colombiana y se llama Jackson. Jackson, que está destinado a ir a más, no funciona ni parece tener ganas de funcionar. Lento, despistado y poco combativo para lo que nos tenían acostumbrados los nueves que le precedieron, nos está haciendo echar de menos a Mandzukic y su pelea incansable, quizás torpona, quizás sobreactuada y malhumorada y quizás no apta para este equipo. Pero Jackson, que muestra a veces detalles de calidad, muestra también casi todo el tiempo detalles de blandura y despiste, de desapego. Cuando hace pareja con Griezmann y éste tiene uno de sus cada vez más frecuentes partidos sin protagonismo, la delantera directamente no existe: sólo ayuda a la presión alta un rato del primer tiempo y si el equipo se repliega y le toca aguantar como en Coruña o San Sebastián, no aportan al contraataque lo que aportaban otros. De paso, la presencia constante de Jackson en el once inicial está desactivando a Torres, quien sale presionado hasta el extremo, acelerado, impreciso e incómodo, lejos del Torres de hace bien pocas jornadas, el que marcó al Barça y reactivó al equipo en Eibar, el que aportaba como mínimo el trabajo y la furia que no aporta el colombiano.

El otro punto a mejorar para el Cholo es recuperar esa mentalidad fiera y casi suicida del partido a partido. Quizás porque los años pasan, quizás porque se ha perdido el efecto sorpresa de un posicionamiento nuevo que ahora comparten otros equipos, el Atleti tiende a sestear en partidos menos complicados, incluso a perder el pulso del rival en partidos que se complican, como el día del Benfica. Puede ser cosa de los nuevos, aún no impregnados del código samurai de los que ganaron la liga, o bien la propia autogestión del esfuerzo de algunos jugadores que acumulan muchos minutos, pero el caso es que se echa de menos esa actitud de Grupo Salvaje que el Atleti tenía hace un par de temporadas y que todos sabemos que es fácil de mantener.


Dicho esto, el Atleti sigue en plena pelea tras haber perdido dos puntos tras un fallo tonto de un jugador magnífico. En un clima normal, esto no sería importante ni provocaría el rasgar de vestiduras y rechinar de dientes al que la experta afición virtual es tan aficionada. Más preocupante es un delantero despistado y un clima general de reserva de esfuerzos, pero es más fácil, cómo no, creerse más listo que Simeone y leerle la cartilla táctica. Esperemos a ver qué pasa.   

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Algunos apuntes sobre la primera jornada (del Mundial de Rugby) y otros sobre el Atleti - Getafe


Con todo Londres (y entendemos que el resto del país) lleno de anuncios, spots, promos y menciones al Carry-Them-Home, se intuye que la presión que tienen los jugadores es enorme. Y más o menos eso pareció en el primer partido.

Con las calles llenas de camisetas de la Rosa (y eso que en una ciudad gigante como Londres el ambiente se diluye por pura cuestión volumétrica) y los pubs abarrotados de aficionados de todo origen, condición y nacionalidad, Inglaterra debutó ante Fiji. Los jugadores lo hicieron contra un equipo del que esperaba más, y los aficionados lo hicieron de mala manera, cantando “Swing low sweet chariot” durante el Cibi fijiano, algo que se tomó como una falta de respeto impropia del experto público inglés. Pero, oh amigos, las cosas cambian también en el rugby, y si el Nueva Zelanda – Argentina parecía no poder empezar porque por la megafonía atronaba “Start me up” de los Rolling Stones con los dos equipos ya preparados para la primera patada, ya uno se cree cualquier cosa. Incluso, que los ingleses hayan perdido el sentido del respeto ante las danzas rivales.

Inglaterra ganó pero no dejó sensaciones demasiado buenas. Sosos, tristones, algo torpes con las manos, los ingleses tuvieron la suerte de no tener enfrente al Fiji que se esperaba. Quizás también presionados por el inicio del torneo, los fijianos cometieron muchos errores con las manos, no desplegaron el juego volador que los hace tan peligrosos y terminaron por perder contra una Inglaterra vestida de rojo y grana, dejando algún placaje peligroso en el camino y la sensación, por unos minutos, de que podrían ensayar e igualar el partido. No fue así.

Habrá que ver más a Inglaterra, pero su primera actuación hace que el cartel de favorito (o finalista casi seguro) que cuelga de su camiseta parezca ahora menos firme, cogido con imperdibles en vez de con triple hilo de bramante. Veremos. Su grupo es dificilísimo: Gales, que ganó cómodamente a Uruguay, dejó sensación de cierta fragilidad y, sobre todo, perdió aún más jugadores en lo que está siendo una plaga de lesiones sin precedentes. Australia aún no ha debutado (lo hará hoy) y hay ganas de verles jugar tras los últimos partidos contra los All Blacks. La clave puede estar en los puntos bonus, que la cosa va a estar apretadita. Un grupo complicado.
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En el Grupo B saltó el sorpresón: Japón ganó a Sudáfrica en el último segundo y pubs, redes sociales y bares de sushi estallaron al unísono. Japón venció además con drama y emoción, como gusta a cualquier aficionado a cualquier deporte, y de paso encendió una mecha nueva.

Hay quien piensa que la victoria de Japón es de las cosas más importantes que han pasado en el rugby moderno, en el que con frecuencia se critica la diferencia enorme entre los grandes y los pequeños. Hay pocos test matches entre naciones de primer nivel y de segundo, mucho menos de tercero, hay pocas posibilidades para que los países con menos tradición se enfrenten a los grandes y aprendan a competir. Japón vino a romper unos cuantos tópicos.

Es cierto que para muchos expertos en rugby del Sur, incluido alguno de Onteniente y el mismísimo Fermín de la Calle, el tropiezo de Sudáfrica no fue una sorpresa total (dejando aparte la forma en la que se produjo). La derrota contra Argentina dejó a la luz rencillas internas, decisiones contestadas del entrenador, alineaciones basadas en los galones y no en los estados de forma, cuestiones sobre la edad media del equipo. Tampoco hay que pensar que los japoneses son un equipejo recién llegado con rugby folklorico y de carambola: tienen experiencia en los Mundiales, una liga fuerte y un buen plan para llegar con un equipo de garantías a la próxima edición, que se celebrará en su casa. Vinieron a Madrid siendo número 10 del ranking mundial, lo que implica estar por delante de un VI Naciones o de un equipo del Rugby Championship, ahí es nada. Rápidamente el ciberespacio y las redes sociales se llenaron de alabanzas a Japón nada más ganar, como si un desarrapado ganase a un multimillonario a fuerza de valor, valores, riñones y dientes apretados. Todo eso aportó Japón, sí, pero también un partido excelentemente planteado, un plan de muchas semanas para jugar este partido en concreto, jugadores de talento y un momento determinado que fue aprovechado a la perfección, moviendo de lado a lado a los sudafricanos; por la televisión quedó claro que los sudafricanos tenían cara de pánico y eso mismo vio el capitán japonés cuando ordenó jugar y no patear, lo que demuestra la fe en el trabajo realizado y la confianza en los compañeros, la personalidad para decidir en un momento clave, la intuición para saber cómo sacar ventaja del sin bin rival, la capacidad, en definitiva, para leer el juego y tomar riesgos. Las cosas, cuando se hacen bien, dan su fruto y quizás Japón haya sembrado la semilla del ejemplo para las Federaciones que se lamentan de que el futuro es inalcanzable, como por ejemplo la española. Japón ganó con un plan, disciplina, método, ganas y buenos profesionales (y eso que no todos los rugbiers japoneses lo son), no solo por testosterona, kamikazes, valores  y milagros.

Tras unos días en Londres siguiendo de cerca todo lo que ocurre en el Grupo B, uno se pregunta ¿dónde están los escoceses? Vale que aún deben jugar, pero no se ha visto casi ninguna camiseta azul, sólo un kilt (y con camiseta All Black) y ni siquiera en las tiendas hay merchandising oficial de los escoceses, sólo la curiosa camiseta con los flancos de tartan que se pudo ver, medio escondida, en la tienda oficial. Con Escocia viniendo de menos a más gracias a un rugby más vistoso que el que la tradición señala y con un grupo revuelto gracias a Japón, confiamos en que nuestros adorados escoceses vayan abandonando los wee bit hill and glen y entrando en las tierras del Sur. El rugby no es lo mismo sin ellos.
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Irlanda ganó con comodidad a Canadá, que no parece ser una referencia válida para tomar el pulso a los Chicos de Verde. Irlanda volvió a dar la sensación de máquina de rugby, pero habrá que ver qué pasa en su enfrentamiento contra Francia quien, asombrosamente vestida de Gales, terminó de confirmar que el futuro de los italianos es cada vez más complicado.

Quizás la mayor incógnita para los irlandeses esté en Francia y en Argentina, con quien teóricamente se cruzarían si son primeros de grupo y los Pumas segundos. Argentina ha demostrado que no ha venido de turismo y tienen ganas a los irlandeses. Francia podría poner en cuestión eso de que serán segundos de grupo, con lo que muchos de los pronósticos saltarían por los aires. Por su parte, de ese lado del cuadro sale el rival de Inglaterra, que no tiene tan buena pinta como se presumía … interesantísimo ese lado del cuadro.
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En Wembley, ni más ni menos, 90.000 personas incluyendo multitud de neozelandeses, muchísimos argentinos muy entendidos en rugby, unos chilenos muy ruidosos, gran cantidad de irlandeses, uno o dos escoceses, gran cantidad de españoles y muchos, demasiado franceses (y demasiado mal educados), los Pumas jugaron un partido fantástico ante un equpo neozelandés que sumaba más de 1.000 caps (a 70 de media, más menos …) que terminaron perdiendo. Perder no le gusta a nadie, perder así contra los All Blacks es otra cosa.

Muchas cosas se pueden decir del partido. La primera, que si los Pumas no salen nerviosos y ansiosos los primeros diez minutos, quizás habrían tenido 6 puntos más de ventaja a medio tiempo; lo segundo, que Richie McCaw ha terminado por ganarse una mala fama que lleva a una buena parte de la afición a abuchearle cada vez que le enfocan, aunque esta vez la zancadilla mezquina sobre Fernández Lobbe sí mereciera la reprobación pública. Más cosas: Sonny Ben Williams contribuyó en buena manera a cambiar un partido en el que Ma’a Nonu pareció gris y tristón, Conrad Smith se fue al Sin Bin, Retallick volvió a demostrar que su presencia intimida a todos y Aaron Smith es más listo que el resto. Dicho esto, los verdaderos protagonistas fueron los Pumas, dominadores en ataque y en defensa en la parte central del choque, entre el minuto 15 y el 60; pero, ay amigos, los All Blacks son demasiado fuertes para jugar 45 minutos y en el espacio que va del 60 al 70, tras varios cambios, dieron la vuelta a un partido que hasta entonces se les había atragantado. Del partido salen reforzados los Pumas y los All Blacks pasan a estar bajo la lupa: salir tan convencidos de su poder demoledor en el último cuarto les puede pasar factura con otros equipos.

Y, horas antes, y entre gritos de admiración en un pub céntrico, Georgia daba una clase práctica de cómo placar todo lo placable y ganaba a Tonga, primera sorpresa del día. Tonga, con muchos kilos y muchos caballos de vapor, no pudo con los malencarados georgianos, quizás candidatos a poner en muchos aprietos a Namibia y, sobre todo, a castigar las costillas de cualquiera que se le ponga por delante. Jugar contra el rival que acaba de medirse a Georgia empieza a ser una ventaja para el que no ha sufrido recientemente las embestidas de ese tropel de porteros de discoteca con barba hasta las bolsas de los ojos que se anotaron su primera victoria en un mundial y dejaron a los tonganos llenos de cardenales para los próximos cinco días. Un equipo a vigilar, más que por poder clasificarse, por poder lesionar a medio grupo.
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El Atleti jugó un partido la mar de soso y peligroso a ratos que sirvió para bastantes cosas, a pesar del tedio. El Getafe no parece demasiado enemigo y por tanto Simeone hizo eso que se hacía antes en el Calderón: pruebas. Salieron varios de los que no suelen jugar, salió alguno de los que aspira a jugar más, salió uno que no creemos que deba jugar más y salió el Atleti con tres puntos más. Salir-más, salir-más, el mantra del recién divorciado, del que ha perdido 15 kilos de golpe, de la tropa que visita Magalluf.

El experimento local, además de tres puntos estupendos, dejó unos cuantos mensajes al respetable. 

1. Ferreira Carrasco no parece tener demasiado sitio en el equipo. Si lo que tiene es lo que mostró ayer, quizás sea mejor que salga los segundos tiempos como hizo en Sevilla y quite minutos a los titulares. Por ahora no parece funcionar y es posible que necesite algún tiempo de adaptación aún. A día de hoy, y esperando equivocarnos, parece un fichaje caro y no demasiado adecuado a lo que necesita el equipo. Confiemos.

2. Siqueira volvió a hacer oposiciones a salir del equipo y no jugar más. Enloquecido, inoportuno, torpe y poco listo, Siqueira consigue que el resto del equipo se crispe, se ponga nervioso, pierda concentración, calidad, contundencia. Siqueira juega en corto cuando hay que jugar en largo e intenta hacer un caño cuando hay que pegar un patadón. Tiene potencia, tiene regate y tiene hasta un verbo fluido en las entrevistas; lo que no parece tener es idea de en qué consiste el fútbol que juega el Atleti. O mucho mejora o mucho empeoran Filipe Luis y Gámez y Lucas Hernández, o Siqueira parece ahora el cuarto candidato a jugar de lateral izquierdo … y es muy grave eso.


3. Óliver Torres es un gran jugador que hace cosas de jugador no tan grande. Pierde balones en malos momentos, se complica cuando no debe, fuerza al equipo a recuperar posiciones al sprint por entretenerse demasiado en recursos barrocos. Con la calidad que tiene, con la visión que tiene, con la técnica que tiene y con la pinta de pillo de esos que van en scooter trucada sin casco por las playas de Barbate, Óliver Torres tiene todo para ser un jugador importantísimo; todo, salvo la calma y la experiencia, que son cosas que se consiguen con tiempo y partidos. El problema es que si se convierte en un generador de inferioridades, en un pasador al contrario o en un perdedor de balones, con Simeone tendrá mucho menos tiempo del necesario para mejorar, porque el Atleti simplemente no se puede permitir ese lujo. A vigilar de cerca, esperando que se cumplan nuestros mejores deseos de ver al jugadorazo que parece ser.


4. Saúl jugó en el doble pivote y lo hizo muy bien, con mucho despliegue y fuerza. A su lado jugó bien Gabi, que quizás tenga sus mismas características. Quizás Saúl se complemente mejor con un jugador del corte de Tiago, sensato, táctico y pausado; ayer, cuando salió Tiago, el Atleti dejó de correr por todas partes y todo tuvo más sentido. El buen momento de Gabi y la solvencia ayer de Saúl nos dan tranquilidad en la parcela más pulmonar del centro del campo; mientras tanto, todos rezamos porque Tiago siga así mucho tiempo, al menos hasta confirmar que Kranevitter puede hacer esa función, algo que el que suscribe ignora.


5. Savic no tuvo mucho trabajo pero lo que tuvo lo hizo bien. Cerca tuvo a Juanfran, de nuevo espléndido, y a Godín, fantástico incluso a la hora de cubrir las lagunas del incomprensible Siqueira. Savic fue bien caro (15 millones más Mario Suárez) y debería ser un central de muchas garantías, aún por detrás de Giménez. Ayer dejó buen sabor de boca.


6. Griezmann es, sencillamente, asombroso. Un gol nada más empezar el partido, tras definir estupendamente. Otro gol al final del mismo, rematando de aquella manera un pase de Jackson que le dejaba el gol franco. Entre tanto, no tanto: carreras, cambios de posición, ratos de segundo delantero, ratos echado a la banda en un 4-1-4-1 o un 4-2-3-1…. Pero al final, dos goles como dos soles y la sensación de que es un jugador iluminado por el rayo divino. Miedo dan las ganas que tendrán en el palco por dar el pase.


7. Pero si alguien de la delantera se va del equipo, nos tememos que Correa ocupará el hueco sin problemas y con brillo. Rápido, con ganas, habilísimo  e incansable a la hora de recuperar, Correa dejó claro tener eso que hace diferente a un jugador, eso que no se sabe explicar pero se ve rápido, eso que tienen sólo unos pocos. Correa formó un lío nada más salir y la afición abría mucho los ojos cada vez que la tocaba, esperando una jugada mágica o un regate de artista. Correa tiene una pinta excelente y a bote pronto uno diría que nos hará sonreír muchísimas veces. Tras lo de ayer, hay ganas de verle mucho más.


8. Jackson Martínez dio un buen pase de gol … y poco más. Algo apático, lento y bastante despistado, a Jackson parece que le está costando enterarse de cómo debe jugar. Ayer el público le dio una pista aplaudiendo una de las escasas ocasiones en las que se pegó una carrera para presionar al portero rival. Jackson ni trabaja como Torres ni tiene la habilidad para retener el juego que tenía Mandzukic , aunque de vez en cuando deja caer una perla técnica que sugiere que tiene cosas que aportar. Por ahora, Jackson es bastante insulso, algo vago y parece muy despistado. Lo bueno es que sólo puede mejorar. Lo aún mejor es que está en manos del Cholo: si un cenutrio como Diego Costa acabó entiendo lo que se pedía de él, entendemos que Jackson también lo hará. 

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Nosotros, a lo nuestro




Tras la derrota contra el Barcelona el pasado sábado, hubo al parecer un clamor (o eso cuentan que ocurrió en ese mundo paralelo  e irreal que son ciertas redes sociales) denunciando la aparente mezquindad del planteamiento del Atleti,  la racanería del entrenador a la hora de alinear jugadores de pellizco, el despilfarro que supone haber fichado y fichado jugadores de toque y finta para luego entregar el balón al rival. Un clamor de denuncia, en definitiva, contra la súbita conversión del Atleti que ganó la Liga hace bien poco en equipo pequeño con aspiraciones lejos de lo que la afición demanda.

Es sabido del gusto reciente de medios y aficionados más jóvenes por el fútbol de filigrana fútil y bota de colorines, pariente chico y mediático de ese deporte que muchos hemos practicado en el que cabían prodigios técnicos y honradas bestias pardas, zurdas de seda y cuellos de boxeador, fieras corrupias y espadachines de salón, colibrís y osos pardos. Según el gusto modelado en los últimos años, a ciertos aficionados el contraataque les parece cosa de equipo pequeño y el motor físico es cosa de quieroynopuedos, siendo únicamente aceptable el juego de posesión y triangulación infinita, de tacón y regatito, de celebración ensayada, escudo besado en la presentación y cejita recortada para el anuncio de after-shave. La arrancada física, piensan algunos, es cosa de equipos bastos; lo mismo ocurre con la presión fiera, con la cabeza fría para esperar y provocar errores y la cabeza caliente para salir a tumba abierta una vez el rival ha perdido los papeles, con la cabeza marcada de cal de tanto despejar balones laterales.

A raíz del partido del Barcelona, parece que muchos aficionados pusieron el grito en el cielo por no ver un Atleti triangulante y dominador frente al Campeón de Liga, Copa y Copa de Europa: Fulano no vale, Zutano no vale, Perengano está acabado, Simeone es un cobarde. La afición del Calderón, maravillosa para muchas cosas pero desesperante para otras, ha sido lenta para apreciar lo que hacían ciertos jugadores e injusta con muchos futbolistas limitados pero honrados, ha abucheado a tipos admirables y ha aplaudido a rabiar a comadrejas. Ahora una parte parece que reclama del equipo un juego lleno de dorados, balaustradas y figuras de Lladró que cierta prensa y ciertos audaces opinadores con ganas de llamar la atención exigen para acabar de una vez por todas con el juego de presión solidaria, robo de balón y ataque fulgurante que llevó al equipo a ganarlo casi todo en pocos años.

Así, de buenas a primeras, algunos opinan que el Atleti no funciona, que el equipo está mal hecho, que el entrenador ha tocado techo, que las cosas se hacen rematadamente mal para lo que se merece esta afición de repentino morro fino que muchas veces no distingue un jugador de fútbol de un striper, una figurita de plomo o un krausista con espinilleras.

Qué cosas pasan, oiga, qué cosas pasan.
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Salió el Atleti al campo en Estambul mirando a las gradas llenas de gente y en ese preciso momento al menos dos mil periodistas y treinta mil aspirantes escribieron en un folio en blanco algo sobre el Infierno Turco. El Infierno Turco es a estas alturas un pariente más al que los equipos visitan una o dos veces al año por su onomástica. A ver señores, péinense bien que esta tarde vamos a ver al Infierno Turco. ¿Al Infierno Turco? ¿Otra vez? Si hijo, ya sabes que de vez en cuando hay que ir a ver al Infierno Turco a ver qué tal está, a comprobar que come bien, a regarle un poco las plantas a las que no llega. El Infierno Turco tiene mala fama pero recibe muy bien a los visitantes vestido con chilaba blanca y tarbush, les da té y pastas y, con las gafas apoyadas en la punta de la nariz y mirando por encima de los cristales, pregunta por los niños y por la salud de uno. ¡Hola majos! ¿Todo bien? Qué bien que vengáis a verme, sentaos, sentaos, coged una pasta, ¿queréis té o café? Si tenéis calor abro una ventana o pongo el ventilador, vosotros diréis.

El Infierno Turco, eso sí, es algo cansino con tanta visita pero le gusta mucho a los periodistas porque así luego puede hacer juegos de palabras diciendo que el Infierno Turco se convirtió en el Paraíso, del Infierno Turco al Cielo, Fulano se inmola en el Infierno Turco, Zutano enfría el Infierno Turco, el Infierno Turco se convierte en la Calle Infierno, la de los cacharritos. Hay que ver con el Infierno Turco, a ver si les dejan en paz con tanto adjetivo infernal y tanto juego de palabras de segunda y tercera mano.
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Salió el Atleti al campo ves-tidó-deá-zul, con su camisita y su canesú, y con una alineación diferente a la del sábado que, eso sí, mostraba un dibujo parecido: mismos centrales, mismo lateral derecho, Siqueira por Filipe Luis (al parecer con molestias); en el centro Tiago y Saúl, que salió por Gabi; Koke en un lado, Griezmann al otro (cambiando), Vietto y Jackson Martínez. En principio, una importante novedad: tres puntas, aunque uno de ellos, Griezmann, más bien salió pegado a una banda por detrás de los puntas, a la altura de Koke. Eso sí, Griezmann cambió de banda, filtró pases, buscó rematar de segunda línea y meterse en el área chica y terminó jugando más o menos donde le apeteció en cada momento. Mucho más cómodo que contra el Barcelona, el equipo entero y Griezmann en particular hicieron un estupendo primer tiempo, mostrando mucha superioridad sobre el Galatasaray, equipo bastante menos fiero de lo que los juglares del Infierno Turco habían glosado.  Tras el partido del sábado, producía especial interés ver cómo iban a jugar los dos jugadores más desafortunados frente al Barça, Koke y Griezmann.

Para tranquilidad de todos, Koke jugó bien. Quizás corriendo de más de lo que debe todavía en algunas fases, Koke recuperó balones, levantó la cabeza, jugó bien en corto y metió un fantástico pase largo en el segundo gol que Godín, imperial durante todo el partido, centró con autoridad a Griezmann. Tras su decepcionante partido contra el Barça, Koke volvió a transmitir confianza y poderío, y mantiene por tanto en la hinchada la esperanza de que este año sea el líder silencioso, batallador y técnico que el equipo necesita para gestionar los partidos grandes. Por ahora no salió bien el del Barcelona, pero salió mejor el de ayer, como el de Sevilla.

Griezmann, por su parte, volvió a dejar claro que lo suyo con los goles es una historia a caballo entre el amor y la precisión quirúrgica. Mucho más libre y cómodo que en el partido contra el Barça, Griezmann empezó detrás de los delanteros en la banda derecha y más tarde se pasó a la izquierda; jugó entre líneas, jugó con los medios, jugó con los delanteros y metió un gol magnífico a pase de un estupendo Juanfran, un gol de calidad y finura, un gol difícil resuelto con maestría y precisión de snipper de los Marines, un gol al primer toque, de lejos, junto al palo, imparable, un golazo. Volvió a marcar desde muy cerca de la línea tras gran pase y gran cabezazo de Godín, y con eso y un bizcocho (turco) cerró el partido y santas pascuas, oiga. Cuando Griezmann está cómodo e implicado, aunque sólo sea un tiempo (ayer se tomó el segundo sabático), el Atleti marca más, marca en momentos importantes, marca la diferencia. Si llega a andar más fresco y da a Torres un balón que le quedaba en bandeja para marcar en vez de tirar al portero, su partido habría sido aún más redondo.

Despejadas las dudas sobre dos de los más desafortunados contra el Barça, y despejada también sobre Óliver Torres, que salió un rato y regó el césped de perlas, conviene centrar la duda sobre los que no jugaron el sábado. Siqueira jugó en su línea de desatino y disparate mezclado con buenas carreras y muestras de una técnica que, bien usada, le convertirían en un jugador notable. Saúl, en el doble pivote como ya se le vio en pretemporada, estuvo sólido y solvente, con menos brillo del que puede dar pero anunciando muchos minutos este año. Vietto, mejor que en otras ocasiones, dejó entrever síntomas de mejoría: pareció entenderse bien con Griezmann y Koke, se quitó en parte el empanamiento que le vimos en Cádiz y se apuntó a la lista de candidatos a alternativa de ataque.

Párrafo aparte merece Jackson Martínez. Titular al fin, algo que parecía lógico tras el palizón que se pegó Torres el sábado, Jackson emitió llamativas señales de despiste y falta de ritmo. Lento, pesadote, trotando y casi nunca corriendo, Jackson pareció no haber entendido aún qué se espera de él. Torpón y algo desbordado, ni desempeñó esas tareas de primer defensa que Simeone exige a sus delanteros centro (y que también hace Torres) ni apareció en ataque. A la postre Jackson no jugó ni de delantero rematador ni de delantero presionador ni de delantero portor de las estrellas del triple mortal que frecuentan el medio campo del Atleti estos días. Cuesta pensar que un tipo con ese físico no sea un tormento para las defensas, o que alguien que ha marcado tantos goles en Champions anduviera ayer por el campo con ese aire de qué hago yo aquí; de haber sacado un mapa de la espinillera, algún amable estambuleño le habría preguntado si buscaba algún sitio en especial o le habría recomendado una óptica. A Jackson parece faltarle aún mucho para ser el jugador que al parecer es; no obstante, ni Griezmann ni Falcao ni algún otro fueron capaces de hacerse con el manual de instrucciones del puesto nada más llegar y luego fíjense Vds la que liaron.


El Atleti ganó con autoridad un partido importante, sobre todo por venir de perder en casa por la mínima - y por culpa de unos cuantos detalles - ante el equipo campeón de casi todo. La imagen que el Atleti dejó ayer en Istambul (not Constantinople) fue de equipazo solidísimo, lo que confirma el hecho de que fuera tratado por el equipo local como tal; resulta curioso por tanto que tras sólo unas pocas jornadas de liga la mismísima afición que llena la grada vestida de pielroja se plantee si el carácter del equipo de Simeone ha dejado de ser competidor para convertirse en mendicante. Lo dicho, nosotros, a lo nuestro.