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miércoles, 23 de septiembre de 2015

Algunos apuntes sobre la primera jornada (del Mundial de Rugby) y otros sobre el Atleti - Getafe


Con todo Londres (y entendemos que el resto del país) lleno de anuncios, spots, promos y menciones al Carry-Them-Home, se intuye que la presión que tienen los jugadores es enorme. Y más o menos eso pareció en el primer partido.

Con las calles llenas de camisetas de la Rosa (y eso que en una ciudad gigante como Londres el ambiente se diluye por pura cuestión volumétrica) y los pubs abarrotados de aficionados de todo origen, condición y nacionalidad, Inglaterra debutó ante Fiji. Los jugadores lo hicieron contra un equipo del que esperaba más, y los aficionados lo hicieron de mala manera, cantando “Swing low sweet chariot” durante el Cibi fijiano, algo que se tomó como una falta de respeto impropia del experto público inglés. Pero, oh amigos, las cosas cambian también en el rugby, y si el Nueva Zelanda – Argentina parecía no poder empezar porque por la megafonía atronaba “Start me up” de los Rolling Stones con los dos equipos ya preparados para la primera patada, ya uno se cree cualquier cosa. Incluso, que los ingleses hayan perdido el sentido del respeto ante las danzas rivales.

Inglaterra ganó pero no dejó sensaciones demasiado buenas. Sosos, tristones, algo torpes con las manos, los ingleses tuvieron la suerte de no tener enfrente al Fiji que se esperaba. Quizás también presionados por el inicio del torneo, los fijianos cometieron muchos errores con las manos, no desplegaron el juego volador que los hace tan peligrosos y terminaron por perder contra una Inglaterra vestida de rojo y grana, dejando algún placaje peligroso en el camino y la sensación, por unos minutos, de que podrían ensayar e igualar el partido. No fue así.

Habrá que ver más a Inglaterra, pero su primera actuación hace que el cartel de favorito (o finalista casi seguro) que cuelga de su camiseta parezca ahora menos firme, cogido con imperdibles en vez de con triple hilo de bramante. Veremos. Su grupo es dificilísimo: Gales, que ganó cómodamente a Uruguay, dejó sensación de cierta fragilidad y, sobre todo, perdió aún más jugadores en lo que está siendo una plaga de lesiones sin precedentes. Australia aún no ha debutado (lo hará hoy) y hay ganas de verles jugar tras los últimos partidos contra los All Blacks. La clave puede estar en los puntos bonus, que la cosa va a estar apretadita. Un grupo complicado.
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En el Grupo B saltó el sorpresón: Japón ganó a Sudáfrica en el último segundo y pubs, redes sociales y bares de sushi estallaron al unísono. Japón venció además con drama y emoción, como gusta a cualquier aficionado a cualquier deporte, y de paso encendió una mecha nueva.

Hay quien piensa que la victoria de Japón es de las cosas más importantes que han pasado en el rugby moderno, en el que con frecuencia se critica la diferencia enorme entre los grandes y los pequeños. Hay pocos test matches entre naciones de primer nivel y de segundo, mucho menos de tercero, hay pocas posibilidades para que los países con menos tradición se enfrenten a los grandes y aprendan a competir. Japón vino a romper unos cuantos tópicos.

Es cierto que para muchos expertos en rugby del Sur, incluido alguno de Onteniente y el mismísimo Fermín de la Calle, el tropiezo de Sudáfrica no fue una sorpresa total (dejando aparte la forma en la que se produjo). La derrota contra Argentina dejó a la luz rencillas internas, decisiones contestadas del entrenador, alineaciones basadas en los galones y no en los estados de forma, cuestiones sobre la edad media del equipo. Tampoco hay que pensar que los japoneses son un equipejo recién llegado con rugby folklorico y de carambola: tienen experiencia en los Mundiales, una liga fuerte y un buen plan para llegar con un equipo de garantías a la próxima edición, que se celebrará en su casa. Vinieron a Madrid siendo número 10 del ranking mundial, lo que implica estar por delante de un VI Naciones o de un equipo del Rugby Championship, ahí es nada. Rápidamente el ciberespacio y las redes sociales se llenaron de alabanzas a Japón nada más ganar, como si un desarrapado ganase a un multimillonario a fuerza de valor, valores, riñones y dientes apretados. Todo eso aportó Japón, sí, pero también un partido excelentemente planteado, un plan de muchas semanas para jugar este partido en concreto, jugadores de talento y un momento determinado que fue aprovechado a la perfección, moviendo de lado a lado a los sudafricanos; por la televisión quedó claro que los sudafricanos tenían cara de pánico y eso mismo vio el capitán japonés cuando ordenó jugar y no patear, lo que demuestra la fe en el trabajo realizado y la confianza en los compañeros, la personalidad para decidir en un momento clave, la intuición para saber cómo sacar ventaja del sin bin rival, la capacidad, en definitiva, para leer el juego y tomar riesgos. Las cosas, cuando se hacen bien, dan su fruto y quizás Japón haya sembrado la semilla del ejemplo para las Federaciones que se lamentan de que el futuro es inalcanzable, como por ejemplo la española. Japón ganó con un plan, disciplina, método, ganas y buenos profesionales (y eso que no todos los rugbiers japoneses lo son), no solo por testosterona, kamikazes, valores  y milagros.

Tras unos días en Londres siguiendo de cerca todo lo que ocurre en el Grupo B, uno se pregunta ¿dónde están los escoceses? Vale que aún deben jugar, pero no se ha visto casi ninguna camiseta azul, sólo un kilt (y con camiseta All Black) y ni siquiera en las tiendas hay merchandising oficial de los escoceses, sólo la curiosa camiseta con los flancos de tartan que se pudo ver, medio escondida, en la tienda oficial. Con Escocia viniendo de menos a más gracias a un rugby más vistoso que el que la tradición señala y con un grupo revuelto gracias a Japón, confiamos en que nuestros adorados escoceses vayan abandonando los wee bit hill and glen y entrando en las tierras del Sur. El rugby no es lo mismo sin ellos.
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Irlanda ganó con comodidad a Canadá, que no parece ser una referencia válida para tomar el pulso a los Chicos de Verde. Irlanda volvió a dar la sensación de máquina de rugby, pero habrá que ver qué pasa en su enfrentamiento contra Francia quien, asombrosamente vestida de Gales, terminó de confirmar que el futuro de los italianos es cada vez más complicado.

Quizás la mayor incógnita para los irlandeses esté en Francia y en Argentina, con quien teóricamente se cruzarían si son primeros de grupo y los Pumas segundos. Argentina ha demostrado que no ha venido de turismo y tienen ganas a los irlandeses. Francia podría poner en cuestión eso de que serán segundos de grupo, con lo que muchos de los pronósticos saltarían por los aires. Por su parte, de ese lado del cuadro sale el rival de Inglaterra, que no tiene tan buena pinta como se presumía … interesantísimo ese lado del cuadro.
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En Wembley, ni más ni menos, 90.000 personas incluyendo multitud de neozelandeses, muchísimos argentinos muy entendidos en rugby, unos chilenos muy ruidosos, gran cantidad de irlandeses, uno o dos escoceses, gran cantidad de españoles y muchos, demasiado franceses (y demasiado mal educados), los Pumas jugaron un partido fantástico ante un equpo neozelandés que sumaba más de 1.000 caps (a 70 de media, más menos …) que terminaron perdiendo. Perder no le gusta a nadie, perder así contra los All Blacks es otra cosa.

Muchas cosas se pueden decir del partido. La primera, que si los Pumas no salen nerviosos y ansiosos los primeros diez minutos, quizás habrían tenido 6 puntos más de ventaja a medio tiempo; lo segundo, que Richie McCaw ha terminado por ganarse una mala fama que lleva a una buena parte de la afición a abuchearle cada vez que le enfocan, aunque esta vez la zancadilla mezquina sobre Fernández Lobbe sí mereciera la reprobación pública. Más cosas: Sonny Ben Williams contribuyó en buena manera a cambiar un partido en el que Ma’a Nonu pareció gris y tristón, Conrad Smith se fue al Sin Bin, Retallick volvió a demostrar que su presencia intimida a todos y Aaron Smith es más listo que el resto. Dicho esto, los verdaderos protagonistas fueron los Pumas, dominadores en ataque y en defensa en la parte central del choque, entre el minuto 15 y el 60; pero, ay amigos, los All Blacks son demasiado fuertes para jugar 45 minutos y en el espacio que va del 60 al 70, tras varios cambios, dieron la vuelta a un partido que hasta entonces se les había atragantado. Del partido salen reforzados los Pumas y los All Blacks pasan a estar bajo la lupa: salir tan convencidos de su poder demoledor en el último cuarto les puede pasar factura con otros equipos.

Y, horas antes, y entre gritos de admiración en un pub céntrico, Georgia daba una clase práctica de cómo placar todo lo placable y ganaba a Tonga, primera sorpresa del día. Tonga, con muchos kilos y muchos caballos de vapor, no pudo con los malencarados georgianos, quizás candidatos a poner en muchos aprietos a Namibia y, sobre todo, a castigar las costillas de cualquiera que se le ponga por delante. Jugar contra el rival que acaba de medirse a Georgia empieza a ser una ventaja para el que no ha sufrido recientemente las embestidas de ese tropel de porteros de discoteca con barba hasta las bolsas de los ojos que se anotaron su primera victoria en un mundial y dejaron a los tonganos llenos de cardenales para los próximos cinco días. Un equipo a vigilar, más que por poder clasificarse, por poder lesionar a medio grupo.
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El Atleti jugó un partido la mar de soso y peligroso a ratos que sirvió para bastantes cosas, a pesar del tedio. El Getafe no parece demasiado enemigo y por tanto Simeone hizo eso que se hacía antes en el Calderón: pruebas. Salieron varios de los que no suelen jugar, salió alguno de los que aspira a jugar más, salió uno que no creemos que deba jugar más y salió el Atleti con tres puntos más. Salir-más, salir-más, el mantra del recién divorciado, del que ha perdido 15 kilos de golpe, de la tropa que visita Magalluf.

El experimento local, además de tres puntos estupendos, dejó unos cuantos mensajes al respetable. 

1. Ferreira Carrasco no parece tener demasiado sitio en el equipo. Si lo que tiene es lo que mostró ayer, quizás sea mejor que salga los segundos tiempos como hizo en Sevilla y quite minutos a los titulares. Por ahora no parece funcionar y es posible que necesite algún tiempo de adaptación aún. A día de hoy, y esperando equivocarnos, parece un fichaje caro y no demasiado adecuado a lo que necesita el equipo. Confiemos.

2. Siqueira volvió a hacer oposiciones a salir del equipo y no jugar más. Enloquecido, inoportuno, torpe y poco listo, Siqueira consigue que el resto del equipo se crispe, se ponga nervioso, pierda concentración, calidad, contundencia. Siqueira juega en corto cuando hay que jugar en largo e intenta hacer un caño cuando hay que pegar un patadón. Tiene potencia, tiene regate y tiene hasta un verbo fluido en las entrevistas; lo que no parece tener es idea de en qué consiste el fútbol que juega el Atleti. O mucho mejora o mucho empeoran Filipe Luis y Gámez y Lucas Hernández, o Siqueira parece ahora el cuarto candidato a jugar de lateral izquierdo … y es muy grave eso.


3. Óliver Torres es un gran jugador que hace cosas de jugador no tan grande. Pierde balones en malos momentos, se complica cuando no debe, fuerza al equipo a recuperar posiciones al sprint por entretenerse demasiado en recursos barrocos. Con la calidad que tiene, con la visión que tiene, con la técnica que tiene y con la pinta de pillo de esos que van en scooter trucada sin casco por las playas de Barbate, Óliver Torres tiene todo para ser un jugador importantísimo; todo, salvo la calma y la experiencia, que son cosas que se consiguen con tiempo y partidos. El problema es que si se convierte en un generador de inferioridades, en un pasador al contrario o en un perdedor de balones, con Simeone tendrá mucho menos tiempo del necesario para mejorar, porque el Atleti simplemente no se puede permitir ese lujo. A vigilar de cerca, esperando que se cumplan nuestros mejores deseos de ver al jugadorazo que parece ser.


4. Saúl jugó en el doble pivote y lo hizo muy bien, con mucho despliegue y fuerza. A su lado jugó bien Gabi, que quizás tenga sus mismas características. Quizás Saúl se complemente mejor con un jugador del corte de Tiago, sensato, táctico y pausado; ayer, cuando salió Tiago, el Atleti dejó de correr por todas partes y todo tuvo más sentido. El buen momento de Gabi y la solvencia ayer de Saúl nos dan tranquilidad en la parcela más pulmonar del centro del campo; mientras tanto, todos rezamos porque Tiago siga así mucho tiempo, al menos hasta confirmar que Kranevitter puede hacer esa función, algo que el que suscribe ignora.


5. Savic no tuvo mucho trabajo pero lo que tuvo lo hizo bien. Cerca tuvo a Juanfran, de nuevo espléndido, y a Godín, fantástico incluso a la hora de cubrir las lagunas del incomprensible Siqueira. Savic fue bien caro (15 millones más Mario Suárez) y debería ser un central de muchas garantías, aún por detrás de Giménez. Ayer dejó buen sabor de boca.


6. Griezmann es, sencillamente, asombroso. Un gol nada más empezar el partido, tras definir estupendamente. Otro gol al final del mismo, rematando de aquella manera un pase de Jackson que le dejaba el gol franco. Entre tanto, no tanto: carreras, cambios de posición, ratos de segundo delantero, ratos echado a la banda en un 4-1-4-1 o un 4-2-3-1…. Pero al final, dos goles como dos soles y la sensación de que es un jugador iluminado por el rayo divino. Miedo dan las ganas que tendrán en el palco por dar el pase.


7. Pero si alguien de la delantera se va del equipo, nos tememos que Correa ocupará el hueco sin problemas y con brillo. Rápido, con ganas, habilísimo  e incansable a la hora de recuperar, Correa dejó claro tener eso que hace diferente a un jugador, eso que no se sabe explicar pero se ve rápido, eso que tienen sólo unos pocos. Correa formó un lío nada más salir y la afición abría mucho los ojos cada vez que la tocaba, esperando una jugada mágica o un regate de artista. Correa tiene una pinta excelente y a bote pronto uno diría que nos hará sonreír muchísimas veces. Tras lo de ayer, hay ganas de verle mucho más.


8. Jackson Martínez dio un buen pase de gol … y poco más. Algo apático, lento y bastante despistado, a Jackson parece que le está costando enterarse de cómo debe jugar. Ayer el público le dio una pista aplaudiendo una de las escasas ocasiones en las que se pegó una carrera para presionar al portero rival. Jackson ni trabaja como Torres ni tiene la habilidad para retener el juego que tenía Mandzukic , aunque de vez en cuando deja caer una perla técnica que sugiere que tiene cosas que aportar. Por ahora, Jackson es bastante insulso, algo vago y parece muy despistado. Lo bueno es que sólo puede mejorar. Lo aún mejor es que está en manos del Cholo: si un cenutrio como Diego Costa acabó entiendo lo que se pedía de él, entendemos que Jackson también lo hará. 

lunes, 2 de abril de 2012

Crónica (y soneto) del Atleti - Getafe

El Atleti ganó cómodo a un rival flojucho y, para celebrarlo, el autor del blog dedicó un soneto a uno de sus grandes referentes en la vida.

El fútbol a las doce del mediodía, que toda la vida se consideró mañana, por cierto, tiene cosas buenas y cosas malas y tiene sobre todo cosas desconcertantes. La afición se desplaza en masa al campo pero, acostumbrada como está de toda la vida a que los partidos fueran a las cinco los domingos y últimamente de noche cerrada los sábados, los domingos a cualquier hora, los miércoles por la noche, los jueves por la tarde nada más salir del trabajo o casi de madrugada, no se hace bien con el horario. El biorritmo es el biorritmo y más en la afición colchonera, que como bien se sabe es afición de biorritmo bragado y gruñón. Así, la gente no sabe bien qué hacer en la previa del partido, por ser hora tardía para el café con leche y temprana para el vermouth. El café ya no apetece y la cerveza no entra, o sí, dependiendo del biorritmo y del hígado de cada uno. Los aledaños del Calderón, con tanto biorritmo cambiado, se convierten en enormes laboratorios de innovación gastronómica que ríase Vd de Ferrá Adriá, oiga. Así, en las barras de los bares se escuchan combinaciones innovadoras y audaces apuestas de contraste gustativo: dos cervezas y unos churros, oiga. Banderillas y dos medianas con leche por aquí, cuando Vd pueda. Vermouth con magdalenas, colacao con boquerones en vinagre, bayonesa con tercio de mahou para ese señor del bigote. Si el Atleti tuviera olfato comercial convertiría el tramo que va de Pirámides al estadio en la nueva meca de la gastronomía elaborada, en el Bulli del desayuno agridulce, en la tierra prometida del churro en dos texturas y la espuma de ensaimada a la cerveza tibia. Aquí quedan avisados, luego no se me rasguen Vds las vestiduras si llega un señor de San Sebastián y hace lo mismo y lo llama fantasía rompeayunos y se forra, que lo hemos tenido a mano.

Llegó la afición al campo desayunada y con un concepto nuevo de lo dulce y de lo amargo, y se enfrentó a la triste realidad. Abandonadas las barras repletas de pinchos innovadores del Resines y el Parador, el público llegó a la grada y la encontró hecha un asco, llena de cáscaras de pipas, de bolsas de plástico, de manchurrones de origen afortunadamente desconocido. El estadio del club que preside ese obseso de la limpieza y de la sintaxis creativa que es Enrique Cerezo está hecho unos zorros cuando hay partido en jueves y luego en domingo, porque por lo que se ve, a la carísima contrata de limpieza no le da tiempo a pasar una mopa. En la zona en la que se sienta el que suscribe, una entrada vale sesenta eurazos ni más ni menos, sesenta euros, diez mil pesetas por dos horas de espectáculo que puede ser bueno o malo, pero que al que a buen seguro asistirá el cliente sentado sobre una capa de mugre. Si esto es o no de recibo, mejor que lo diga Perogrullo.

Harta como está la afición de sitios sucios, espontáneamente se han formado brigadas ciudadanas de limpieza, que pasan al campo productos burlando los controles de seguridad. Aquella señora gorda esconde en su abrigo una fregona y tres litros de lejía; aquel señor calvo con cara de bueno es en realidad un traficante de bayetas y papel secante buscado por vigilantes de varios estadios; esa chica tan mona de la que nadie sospecharía lleva tres litros de Don Limpio en su mochila de moda. Antes de empezar el partido, algunos voluntarios hacen maniobras de distracción y piden a los vigilantes que les hagan fotos o que les ayuden a subir a su asiento. Intrépidos, los brigadistas aprovechan y sacan mochos y aljofifas, dejando sus asientos como la patena en contra de la voluntad de la directiva y de las ordenanzas internas. Convencida la masa de que el estadio está mal comunicado, ahora sólo queda hacer circular el rumor de que es posible contraer soriasis y eczema en ciertos sectores para terminar así por vender la burra del estadio nuevo, ese del que ya están construidos los palos de la bandera. De esta manera puede que se impida que la gente asista al milagro primaveral de cada año, al germinar de los asientos de grada de lateral, a la explosión vegetal de las tribunas de la que tanto presumimos en este blog. Un aviso a la oposición: si no se logran parar las obras del estadio por manifiesto incumplimiento de las ordenanzas municipales, quizás se consiga declarar la grada del Calderón Reserva de la Biosfera por su extraordinaria y sorprendente variedad de especies y conseguir su protección integral por parte de patrullas del Icona, de esas de traje de pana marrón y banda roja.

Salió el Atleti al campo y lo hizo vestido de Atleti, pero con una novedad: un parche negro en el pecho. El audaz departamento de márketing del Atleti anunció la llegada de un nuevo patrocinador, que a juzgar por el logotipo no es sino el fabricante de esas tabletas negras que se ponen en los ojos de los guardiaciviles cuando apresan un criminal. Google, que es muy útil para estas cosas, aclara que el patrocinador es un hotelero de un lejano país oriental que, entre otras cosas, fabrica y vende inmuebles en Libia; como poco, desasosegante, oiga. El Club tiene estas cosas, y a los anuncios de puticlubs en los luminosos añade ahora patrocinadores desconocidos y con logotipos camuflados. Se impone la intervención de Lester Freamon para aclarar algunas cosas, oiga.

Salió también el rival, y lo hizo vestido de lima-limón, quizás patrocinado por Calippo. El festivo color de helado del rival debió relajar al Atleti, que empezó jugando espeso y acabó cómodo. Había expectación por ver a un equipo que empezaba a dar muestras de cansancio y falta de ideas, sobre todo en los segundos tiempos, y sobre el que empezaba a haber alguna duda razonable. Sin embargo, contra el Getafe jugó bien casi todo el equipo, y decimos casi porque Courtois no jugó. Sólo Domínguez quedó más a resguardo de las miradas, porque el resto del equipo jugó más o menos bien y en algunas ocasiones se le vio hasta disfrutar. Jugó bien Diego, que marcó un gol y pasó la mañana caracoleando con alegría y excesiva conducción y toque, pero también intensidad: sacó un balón en posición de central tras un contraataque rival que dice mucho de su compromiso. Jugó bien aunque menos vistoso Arda, y jugó bien, cómodo y sin fallos Perea. Jugó bien Juanfran, de nuevo protagonista de jugadas de mérito y plasticidad, y jugó estupendamente Gabi, omnipresente, rápido, bien colocado, perdiendo balones fáciles como en él es habitual pero desplegando presencia y carácter durante todo el partido. Jugó bien y no tan bien Falcao: bien porque metió un gol, no tan bien porque perdió algún balón fácil y no llegó a otros sencillos; eso sí, como siempre, peleó desde el primer al último minuto, cuando fue sustituido por un astuto Simeone que le puso en bandeja el aplauso del respetable. No sabe nada el Cholo cuando se trata de repartir justicia espontánea, oiga.

Tres protagonistas poco laureados desde estas páginas tuvo el partido de ayer. El primero, Salvio. Salvio, ya lo hemos dicho, es de los jugadores más raros que uno haya visto, una anomalía deportiva, un okapi futbolístico. Salvio juega raro, se mueve raro, tira raro, corre raro. Uno espera poco de Salvio y, cuando falla, cuando pone mal el cuerpo, cuando el balón se le va cinco metros tras un control sencillo, a uno no le extraña. Ahora bien, Salvio también mete goles de calendario, da pases magníficos, regatea defensas con facilidad, y no lo hace una única vez, sino varias en los últimos días. Contra el Hannover Salvio metió un golazo que puede valer la semifinal, y contra el Getafe metió un gol de cabeza rayando en lo paranormal, desde lejos, rematando de espaldas a la portería y a la lógica, metiendo el balón por la escuadra. Salvio, jugador inexplicable, reconoció luego que el gol fue suerte, que no quería meterla ahí, que la dio como pudo y se coló por la escuadra. Cuentan fuentes bien informadas que, a la salida de la zona mixta mucha gente hacía cola, esperando a Salvio con papelitos.


- ¿Le pedían autógrafos, oiga?
- No, era para pasarle el cupón de la once por la espalda, creo.

Otro de los destacados de ayer fue Filipe Luis Filipe. El que suscribe se fijó especialmente en él, irritado por su marcaje a la nada el día del Hannover que costó un gol, el gol que luego neutralizó Salvio I el Raro. Filipe Luis Filipe empezó dubitativo, pero se fue animando según avanzaba el partido y el equippo calippo de enfrente no hacía ni amago de morder. Filipe Luis Filipe buscó el espacio, pidió el balón, llegó a la línea de fondo e hizo buenos pases. Suyo fue el pase que terminó en el cabezazo de Salvio, pero este no cuenta por haber intervenido en el remate elementos psicofónicos; suyos fueron otros ataques con sentido y profundidad. Desde la llegada de Simeone y la explosión de Juanfran, a Filipe Luis Filipe se le veía más entonado pero sin acabar de romper; ayer hizo un partido ajuanfranizado muy interesante, esperemos que el partido que a partir de ahora le veamos siempre, el partido para el que se le fichó.

Otro destacado-sorpresa fue Mario. Quizás por lo blandito y cómodo del rival, quizás por el despliegue de Gabi, quizás por el lujo que supone tener por delante a Diego y Arda, Mario anduvo cómodo y participativo, entonado, impreciso en algunos pases - sobre todo horizontales, su gran amenaza para los propios - pero certero en otros, enseñándose y contribuyendo en algo. Mario siguió muchas jugadas con su irritante paso cansino de cofrade penitente, pero en otras buscó su sitio, se ofreció a los compañeros y hasta hizo un par de regates de mérito, dejando el equipo en superioridad. Tras este párrafo laudatorio, una precisión: para el que suscribe, Mario es el sexto mediocentro del equipo tras Gabi, Tiago, Assunçao, Koke y servidor de Vds, de corto y con gafas.

El Atleti, oh sorpresa, aprovechó esta vez sí los pinchazos de todos los rivales para las plazas europeas y ganó en casa a un rival del que se esperaba más. Aún así, el Atleti es séptimo y no está la cosas como para ir invitando por los bares. Quedan partidos importantes y también la posibilidad de entrar en semifinales de la Europa League, con un cruce en semifinales que debería ser posible superar. Eso sí, un patinazo en Europa - que es posible - obligaría a despertar de una vez por todas en liga para asegurar algo que no debería ser difícil. Veremos.
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Soneto

Patriarca audaz del control anti-plagas
Estrella del felino firmamento
Gatuno luchador, y con acento
Flamenco defensor de la morada

Azote de ratones y manadas
De bichos buscadores de alimentos,
Atento y fiel, no deja el aposento
Hasta no ver la rata ajusticiada

No te ablanda que lleve chalequito
El pérfido ladrón, el ratón Dixie
No te engañan, marditos roeores

Ni te engaña que tenga voz de pito
Su roedor compinche, rata Pixie
¡A ti, oh Gato Jinks, gloria y honores!

lunes, 7 de noviembre de 2011

Avinagrada crónica del Getafe - Atleti

El Atleti hizo el ridículo y, encima, nos tocó escuchar a Phil Collins. Y la policía, como si nada.


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Llegó el que suscribe al campo, trotando y con la hora pegada, y encontró un revuelo en la banda.

- ¿Qué ocurre? ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha sido esta vez? Intuyo quién puede ser el responsable ... ¿De nuevo el pantalón de chándal remangado hasta la rodilla? ¿De nuevo una botas estridentes?
- Peor, oiga, lo de hoy es peor: un bigote. Se ha dejado bigote. ¡Bigote!

El delegado del Rugby Atleti se ha dejado el bigote y, como era de esperar, a las pocas horas cayó el gobierno griego.
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Durante años, el que suscribe ha visto partidos del Atleti en todo tipo de sitios. En casas propias, en casas de amigos, en bares de carretera y en pubs decorados a la manera de Nueva Orleans. En pantallas en blanco y negro, en pantallas de tubo a color, en grandes pantallas de plasma y en pantallas pequeñitas de ordenadores portátiles. En estadios propios y ajenos, en campos de España y en el extranjero, solo o en compañía de otros, como en los crímenes. Ha visto partidos en televisión y ha visto partidos en radios de onda corta con una percha por antena. Ha visto partidos por transistor, con un auricular recortado para disimular, durante guardias de la mili o durante la ceremonia de graduación universitaria. Ha visto al Atleti en bares de Almería y Cazalla de la Sierra, en pubs de Londres, Dublín, Edimburgo, París, Amsterdam, Roma y Tánger (éste más bien tetería). Ha recorrido ciudades vacías buscando un mísero bar en que pusieran el partido, ha negociado con camareros, ha sobornado encargados y ha discutido con aficionados rivales poseedores del mando a distancia. Ha visto partidos en México, en Buenos Aires y en Chile y hasta un Albacete - Atlético que iniciaba una liga en un chamizo en las Islas Galápagos, Ecuador, rodeado de lugareños asombrados. Cuando uno pensaba que había visto partidos del Atleti en todo tipo de sitios, ayer rizó el rizo y lo vio en un disco-pub. Un disco-pub verdadero.

Cuando uno se ve a sí mismo en un disco-pub viendo un partido del Atleti, uno se plantea cosas. Por ejemplo, qué hace uno a las diez de la noche de un domingo en un disco-pub, cuando lo suyo es estar en un sofá tomando sopa de pollo. También, qué lleva a un propietario de un disco-pub a poner una pantalla gigante para ver el Atleti mientras suenan discos de la Motown. Esto abre otro nuevo universo de preguntas: ¿Debería estudiarse la obra de Smokey Robinson en los temarios de Conocimiento del Medio? ¿son Holland, Dozier y Holland comparables a Quintero, León y Quiroga? ¿qué pasó con Stevie Wonder para que empezara grabando "Uptight" y terminara con "Ebony and Ivory"?¿Por qué nunca intervino el Tribunal Penal Internacional viendo lo que hizo Phil Collins con ciertos clásicos del soul? Estas y otras preguntas atormentan al aficionado que ve el partido en el disco-pub, pero dejan de tener sentido cuando el partido se acaba. Cuando el partido se acaba, únicamente tiene sentido pensar si uno será capaz de conciliar el sueño tras el enésimo disgusto y el enésimo ridículo.

Ya a media hora del final, uno intuye lo que va a ocurrir porque es casi evidente: el Atleti va a perder contra el colista, que juega con 10 desde el minuto 30. Se ve en la cara de los jugadores, se ve en la cara de los aficionados del disco-pub, se nota casi en la voz de Martha la de las Vandelas, más apagada de lo normal a esas alturas. Lo ve cada uno dentro de sí, que ya sabemos de qué va esto. El Atleti, una vez más, está bloqueado y nadie sabe hacer nada para evitarlo, quizás nadie quiera si quiera evitarlo. No hace falta mucho análisis para llegar a esa conclusión, basta con mirar dentro de uno para tener las cosas claras. No hace falta hablar de un Antonio López en el final de su carrera jugando por la banda que no es la suya, ni de la blandura de Filipe Luis Filipe, ni de si Courtois se traga o no el balón en la falta. No merece ni la pena hablar del despropósito de encomendar a Tiago, a este Tiago flojo, apático y triste, la responsabilidad de mantener al equipo desde delante de la defensa, ni de por qué tiene Grabi los ojos morados. No merece la pena hablar de dónde juega Turan o de dónde debería jugar Diego, que con tanto lío y tan poca disciplina ya no lo tiene claro nadie, sobre todo ellos. Tampoco viene a cuento compadecerse de Falcao por haber caído en este equipo que le provoca esa cara a mitad camino entre el agotamiento y la pena ya tan suya, ni pensar si Adrián volará pronto del Manzanares.

Casi ni merece la pena hablar del entrenador, pero la afición lo hace porque le da rabia. Al entrenador ya le conocíamos y nadie, o casi nadie, esperaba absolutamente nada de él. Mejor dicho, esperaba lo que espera de todos: unos cuantos partidos, unas cuantas ruedas de prensa algo chocantes, unos cambios destinados a que la gente crea que prepara los partidos, el fracaso tras varios bochornos, la destitución, el cheque, el silencio y la búsqueda de otro equipo. Por ese camino vamos. Manzano debutó en rueda de prensa diciendo que no era un incapaz, pero luego con el tiempo va haciendo cosas que a muchos les invita a pedir una nueva rueda de prensa sobre el tema. Empezó dando un aire diferente al equipo, que parecía querer tocar el balón, y en breve se acabó la vaina. Fue crecidito a Barcelona diciendo que miraría a los ojos al Barça, y volvió horas más tarde orejigacho y con aire de que ya sabía lo que iba a pasar, diciendo que al Barça sólo se le gana si sale con los suplentes. Le dio por las rotaciones y fue hundiendo al equipo, como todos esperábamos, sobre todo por unas apuestas en el centro del campo que sugieren que también Manzano debería estudiar Conocimiento del Medio y a Smokey Robinson. Como todos esperábamos, prescindió de la cantera, quitó a Domínguez un día sí y otro no, castigó a los que fallaban siempre que no tuvieran el pelo como una escarola. Cometió errores y errores que todo el mundo veía y terminó por sentar a Reyes, como casi todo el mundo habría hecho, y sacar a Adrián, al que el 100% de la grada veía como titular. Diez partidos tardó en darse cuenta de algo tan obvio y eso que entrena a diario, y aún así sacó pecho por hacer tarde y mal lo que todo el mundo veía como imprescindible. Mantuvo su tono de voz gris y adquirió un tono de piel púrpura que combina bien con sus dos modelos de gafas, de patilla blanca o roja; Manzano presume de gafas, como el mismísimo Alain Afflelou. Admitió sin rechistar que le impusieran un portero cedido con número mínimo de partidos a jugar y se brindó al paripé lanzando rumores malintencionados sobre Joel. Sorprendentemente, tras esta vergonzante rendición sin condiciones tuvo ayer un arranque de orgullo postizo para acusar a los jugadores, también culpables pero no menos que él, de no saber qué camiseta llevan. Para ello, olvidó convenientemente que llevar ese escudo y ocupar ese banquillo exigen también no aceptar imposiciones destinadas a engordar cuentas bancarias de alguno de por ahí al que el equipo le importa un pito.

Dicho todo esto, lo de Manzano es casi lo de menos. Manzano es un técnico dócil, de los que gustan en el Atleti, y aunque es presente ya está claro que en breve será pasado y que vendrá al final otro igual o mejor que Manzano, como ocurrió con Rosicky. Manzano hace lo que le dicen que haga y, como tiene gafas, la prensa lo reviste de mérito profesoral; la duda que tiene ahora la directiva es si el próximo entrenador debería llevar gafas o quizás sea mejor alguien con gran agudeza visual o incluso con un monóculo, por cambiar así de onda. Las gafas del próximo entrenador no son tan importantes, no es un tema tan grave, al final: el problema es otro, como bien sabemos todos.

Parte del problema, o una de las causas y a la vez consecuencia del problema, la definió bien ayer un afamado periodista en Twitter: en el Atleti, nadie se fía de nadie. Los jugadores no se fían del entrenador, al que ven como un peón de una partida que juega otro y en la que ellos pueden ser comidos, apartados, cedidos o traspasados en cualquier momento por motivos ajenos a su rendimiento o entrega. Por su parte, el entrenador no se fía de los jugadores, porque sabe que estos ven de qué va la fiesta gracias a tanto cambio aparentemente caprichoso y además van a lo suyo. Salvo la honrosa excepción de Domínguez, al que ayer se le vio con cabreo de hincha, el resto ven el Atleti como una etapa en la que, con la exigencia mínima, uno o bien se forra sin correr mucho y saliendo por las noches o se lo toma en serio, da el salto y se forra más en otra empresa, preferiblemente una en la que el símbolo no sea un mapache. Da igual si se gana o se pierde porque nadie le echará nada en cara. Lo que el jugador busca es pasar el trámite y, si sale un torito chico que embiste y no tiene peligro, lo intenta un poco a ver si así le hacen internacional y le ficha un equipo de más nombre, dejando dinero a la directiva y pasando él a otro nivel.

Ni jugadores ni entrenador se fían del director técnico, brazo ejecutor de la directiva que se ocupa de fichar producto con recorrido y fecha de caducidad lejana con perspectiva de encarecimiento; la pinta de Caminero, por cierto, tampoco invita a la confianza sino más bien a cambiarse de acera. Al Director Técnico le da igual si lo que ficha hace falta o si lo que hace falta es exactamente lo contrario, el criterio no es deportivo, es otro. Si el equipo podría hacer algo con un medio centro con físico y un lateral con el pubis en su sitio, da igual, no se atenderá a esas razones y se fichará a otro que sea negocio aunque no sea jugador de fútbol, sino de tute.

La espiral de desconfianza sube hasta la directiva, de la que ya no hablaremos porque el que a estas alturas se fie de ella tiene un importante problema o la cara más dura que el cemento. La directiva, por cierto, ya ha dicho lo de todos los años: a nosotros que no nos miren, que hemos hecho un equipo competitivo. Nadie del organigrama se fía de la directiva y sólo pretende contentarla, evitando el despido día a día, evitando el acceso de cólera, evitando ser elegido como chivo expiatorio por estar en mal sitio en mal momento, buscando el lugar gris que se buscaba en la mili para que no le eligieran a uno voluntario para las maniobras y así quedarse cómodamente en la cantina comiendo chuscos de pan con chocolate. A la afición le pasa tres cuartos de lo mismo: no se fía de la directiva, pero como tiene ya bastante con lo suyo, con la hipoteca y con no coger atasco, con su propio jefe en su propia empresa y con el novio nuevo de su hija, que lleva un pendiente, no hace nada y espera que lo haga otro; además, cuando se protesta, la prensa no siempre recoge la verdad y las protestas o bien se malinterpretan (cuando está clarísimo qué se quiere decir) o se minimizan hasta la ridiculización y se amortigua así su impacto. Que proteste otro.

Mira entonces la afición a la prensa, a ver si dice algo, y le pide actuar en nombre del oficio de periodista y de la sagrada verdad. Pero la prensa tampoco se fía de la afición porque la afición muestra su desconfianza hacia la prensa desde hace demasiado tiempo y además dice barbaridades en internet sobre la madre de los periodistas; estos, enfadados, dicen entonces que ahí se queda la afición faltona, conmigo que no cuenten, que les den pomada. La prensa quizás desconfíe de la directiva, pero como les necesita para tener entrevistas exclusivas y su jefe les exige más y más y más contenidos que nunca conseguirán siendo críticos con el Club, optan por vivir en el alambre cuando no por decantarse claramente por lo que la directiva quiere. Aquellos con menos escrúpulos, viendo que la afición reclama integridad y no siempre lo hace con educación mientras que la directiva invita a cordero, optan por la segunda sin demasiados reparos morales. Esta parte de la prensa justifica lo injustificable, lanza tinta de calamar cuando la cosa se pone fea, habla de las maravillas de la nueva caseta de obra de la Peineta, inaugurada ayer y que cuenta con aire acondicionado, taquilla de acero templado y persiana veneciana de gradulux. También interpreta de manera sorprendente los cánticos del Calderón. Cuando la grada grita Manzano vete ya, parte de la prensa llega a la asombrosa conclusión de que la grada está a favor de Reyes. Cuando la grada recuerda a Luis Aragonés y Simeone en la misma tacada, parte de la prensa afirma sin dudar que lo que la gente quiere únicamente es fútbol más aguerrido y no tanto toquecito. La prensa, que en su inmensa mayoría no es grada ni tiene ni idea de lo que piensa la grada porque jamás estuvo en la grada, interpreta los deseos de la grada según su criterio y, oh casualidad, las conclusiones que sacan suelen alejarse de la grada y acercarse al palco. Desde cabinas alejadas de los fondos, desde vuelos oficiales en compañía del equipo y la directiva, desde cenas navideñas en las que el Club regala una bufanda de forro polar con Indy bordado en dos colores, desde estudios de radio ajenos al frío del Calderón y a sus fétidos baños, parte de la prensa emite juicios dogmáticos y sentencias sin discusión sobre cosas que no conocen y que no quieren conocer, a pesar de que les sería fácil acercarse a la verdadera fuente de la opinión y enterarse de la verdad. Sólo algunos periodistas, aquellos que sí son grada, aquellos que sí entienden lo que pasa y a los que, a pesar de tener presiones y riesgos y vivir de esto el Atleti les duele, entienden lo que pasa; de éstos, algunos callan y otros no.

No será el que suscribe quien juzgue a cada uno, que cada uno tiene sus razones; eso sí, mientras tanto, esto se acaba y a cada uno le tocará hacer examen de conciencia. Algunos hacen lo que pueden, otros más de lo que pueden, otros no hacen nada aún pudiendo, todos somos responsables. El Atleti se acaba a la vez que se nos acaban las ganas de ir a disco-pubs a las 10 de la noche a pasar un bochorno y encima pagar la cuenta sabiendo que, al salir, los que se queden dentro levantarán las cejas, moverán la cabeza de lado a lado y dirán vaya tela, el equipo de esta gente, con lo que era. Cada vez nos gusta menos ver al Atleti, cada vez estamos más cansados, cada vez nos cuesta más ir al campo, leer los periódicos, hacer crónicas. Cada vez nos da más asco hacia dónde vamos y vemos más lejos de dónde venimos. Cada vez nos queda menos de ese equipo que nos hacía felices y desgraciados pero con el que nos identificábamos tanto. Nos queda lo que vivimos y alguna cosilla que viviremos si vuelve a sonar la flauta, como hace un par de años. Nos queda la personalidad de ese equipo distinto que nos llevaba a buscar una televisión en las islas Galápagos y el saber que mucha gente estupenda sigue siendo de un club que no le está a la altura. Nos queda que una charla sobre música y fútbol antes del soso concierto de Fountains of Wayne derive, como no podía ser de otra forma, en una conversación sobre el Atleti, sobre la final de Lyon, sobre el bigote de Arteche y el gol de Vieri, sobre los días en los que en el fondo sur primaba el ingenio sobre el puño americano. Nos queda que en esas ocasiones nos brillen los ojos y nos preguntemos cómo llegamos a este punto. Cada vez nos queda menos, pero, eso sí, lo que nos queda es nuestro y es inmenso y no nos lo quitarán nunca.

Ahora mismo, eso sí, lo que nos queda es un cabreo de mona. Y, todo esto, desde el optimismo. Tiene cojones la cosa.

domingo, 17 de octubre de 2010

Bigotuda crónica del Atleti – Getafe (que se lee en más de dos minutos)

En el primer día sin Arteche el Atleti ganó un partido soso sin demasiados méritos ni problemas. Como tantas veces antes, por cierto.

Llegó la gente a la grada y lo primero que vio al sentarse fue un agujero, un cráter enorme en el centro de cada área. Un agujero en forma de número cuatro, de cuatro de color negro con un ribete negro fino, todo negro sobre un cuadrado blanco, todo enmarcado en rayas rojiblancas. Un cuatro que se veía desde lejos, como debe ser, no como esos cuatros de ahora que no se saben si es un cuatro o un ocho o un logotipo de un patrocinador, cuatros políticamente correctos y light, cuadros bajos en calorías y sin gluten. Un cuatro claro y meridiano, fácil de distinguir desde todas las gradas de todos los estadios, un cuatro que venía a decir aquí estoy yo, aquí está el cuatro, el que quiera que venga y se acerque y me diga lo que me tenga que decir, que es fácil reconocerme. Tan fácil como ver desde el aire el número de los coches patrulla, esos pintados en el techo, tan fácil como ver a un señor cambiando una rueda con un chaleco fosforescente, tan fácil como reconocer desde la grada a un jugador rubio, negro o con bigote. Aquí está el cuatro, señores, y por si había duda y no lo veían bien, lo subrayo con un bigote de brigada de la Guardia Civil que ya no deja duda alguna.

El Atleti jugaba su primer partido en casa desde que se fuera Arteche y los jugadores guardaron un minuto de silencio mientras en el fondo Sur se desplegaba un retrato de nuestro ídolo con bigote. En el minuto cuatro la gente aplaudió durante un minuto entero y se oyó el nombre de Arteche, coreado por todo el campo. Un homenaje bonito y sincero, sí, que al que suscribe le supo a poco. Se guardó un minuto de silencio más solemne que de costumbre, con más sentimiento que simple respeto, sí. Se aplaudió durante un minuto como no se había hecho antes y como esperamos que se siga haciendo mucho tiempo, sí, es cierto. Desde el día de la muerte de Arteche, las páginas rojiblancas de Internet se llenaron de bigotes, cuatros y narices torcidas, de recuerdos del partido del Betis y de aquél gol a Islandia y de esos partidos en el campo del Rayo con la selección olímpica que acababan con balones botando por la acera de la calle Payaso Fofó. En la puerta 4 del estadio, por la que entraba a su abono, había un ramo de flores y un mensaje de cariño. El Rugby Atleti, en su vuelta a la competición, salió al campo con brazalete negro y varios de sus jugadores lucían reciente bigote en honor al cuatro con más bigote. Bonitos gestos, sí, nacidos en la grada. En la grada, como siempre, no en el Club.

El Club guardó las formas y el minuto de silencio, que es casi lo mismo que hiciera un par de horas más tarde el Málaga, es un poner. El Cluz, por su parte, pareció darle menos trascendencia de la que tiene a la desaparición – sólo física – de un símbolo. El retrato que tapó parte del fondo Sur era más pequeño de lo que a los ocupantes de ese fondo nos consta que le hubiera gustado; podría haber sido más grande de haber ayudado el Cluz. La revista Media Punta tuvo tiempo de hacer una tirada con artículo y portada para Arteche, no así la mítica Forza Atleti, revista oficial del Cluz normalmente dedicada a contarnos lo muchísimo que nos hace falta una ciudad deportiva con helipuerto. Una buena parte de la gente que llenaba la grada del Calderón, que no llegaba a los treinta años, nunca vio a Arteche y sólo saben lo que representaba por lo que los más mayores le cuentan, no por lo que el Cluz haya hecho. El Club, se dice, no tenía buena relación con Arteche y eso es un sinsentido y un imposible. Otra cosa es el Cluz y que los que ocupan sus puestos directivos en la actualidad no tuvieran buena relación con Arteche, algo que casi se pudo notar en lo institucional del homenaje de ayer. En otros clubes los pasillos del estadio están llenos de imágenes de los jugadores del pasado y las gradas, las puertas y las barras de bar llevan nombres de centrales de leyenda y capitanes históricos; gracias a esto, los aficionados, aunque nunca les hayan visto jugar, conocen de memoria la cara, los rasgos y el palmarés de los más grandes. No es este el caso en el Cluz, nuestro Club, nuestro a pesar de no ser nuestro según el registro mercantil, pero nuestro y sólo nuestro cuando se trata de poner en valor lo nuestro, a los nuestros, nuestro orgullo y nuestro patrimonio.

El Calderón despidió a Arteche con un minuto de silencio sentidísimo y un minuto de clamorosa ovación, dos minutos para recordar a un jugador que se dejó el alma en el campo durante cientos, miles de minutos; un tipo que se dejó la rodilla por hacernos felices, la vida por hacernos dignos, casi la reputación por evitar que nadie se atreviera a ningunear la camiseta. Dos minutos, dos, pocos minutos para un tipo tan grande, para el protagonista de decenas de recuerdos, cientos de comentarios y kilos y kilos de motivos para sentirnos orgullosos de ir por ahí de rojo y blanco, con el cuatro a la espalda.

Si todos los minutos cuatro de todos los partidos rompiéramos a aplaudir, si todos los jugadores llevasen bigote, si todos los infantiles, cadetes y juveniles jugasen siempre con el cuatro a la espalda y si entre todos los aficionados comprásemos una fábrica de cerveza y la llamáramos “Gróninguen”, aún estaríamos en deuda con Arteche. Suerte hemos tenido de que no estuviera él cerca al dedicarle tan sólo dos minutitos: si le pilla en el estadio, nos da una paliza a todos que nos parte el lomo. Y con razón, oiga.

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Salió el Atleti al campo y, junto a él, salió un equipo al que llaman azulón vestido de verde. Los mejor pensados creyeron que el Getafe se sumaba al homenaje y salía vestido de Racing de Santander, pero la realidad era otra, menos digna, menos romántica, menos decente. La mercadotecnia futbolística tiene estas cosas, ya lo saben Vds, y entre otros efectos está el producir daltonismo entre los profesionales del ramo y ensanchar las tragaderas de la afición que ni tras contracciones pre-parto, oiga. Jugaba el Atleti contra el Getafe y el partido, antes mero partidete, ahora se llama “derbi madrileño”, qué cosas tiene decidir que la liga de uno es la mejor del mundo. Más aún, la intelectual prensa deportiva patria hacía en la previa una encuesta entre la afición para ver cuál de los dos entrenadores es más guapo. La prensa tiene estas cosas y cualquier día, cuando se reciba a los periodistas deportivos a tomatazos en bares, clínicas y notarías, se preguntará el sector cómo hemos llegado a esto.

Salió el Atleti con una alineación rara, con Ujfalusi y Perea de centrales ante la ausencia de Godín y Domínguez, con Valera de lateral derecho y Filipe Luis Filipe por la izquierda. Se preguntaba la afición qué tiene que hacer Pulido para jugar, qué tiene que ocurrir para que pruebe Quique con un canterano; antes en los partidos que se presumían asequibles y sin riesgo, como debería ser el de ayer, los entrenadores hacían pruebas y ponían a un canterano aquí y a un suplente allá, probaban con un lateral de interior y con un central de medio centro. Pero ahora se ve que eso no es posible, ahora se espera a que estén todos los titulares hechos un asco para que salga un joven. Se ve que la confianza del entrenador en el banquillo es más bien reducida, los jóvenes quedan relegados a momentos cruciales y a jugarse la carrera a una carta, en un partido clave, contra un rival con bigote y nariz torcida, solos ante el peligro. Ayer podría haber sido un buen momento o quizás no, quizás faltaba un central de los fijos para hacer debutar a un nuevo, quizás fue mejor reservarle una vez más; el caso es que no salió Pulido, sino que salió Valera y tampoco vamos a hacerle responsable al hombre, que la culpa no es suya por más que la grada la tome con él. Valera, es cierto, defiende con la vista y deja y deja maniobrar a su par, recula hasta el área y deja espacio al jugador que le encara hasta que tiene tiro; también es cierto que con frecuencia no tiene demasiada ayuda en su banda y se ve más solo de lo que le gustaría. Ayer dejó claro que su sitio, si lo tiene, es más de interior que de lateral y, tras un gran pase de Reyes, llegó a la línea de córner y dio un pase estupendo para que Diego Costa marcara el segundo. Nos alegramos por él, y por nosotros también.

En el centro del campo salió Assunção, fijo, indispensable y siempre cumplidor, del que casi nunca se habla porque casi siempre lo hace bien. A su lado, Tiago, y también Simão y Fran Mérida. No salió Raúl García, señalado como alguno se temía tras ser sustituido en el último partido de Europa League; parece que Raúl García, tras un buen comienzo de liga, empieza a ver claro que su camino hacia la titularidad es empinado y con baches, sin puestos de avituallamiento y con francotiradores en las curvas. Salió en su lugar Tiago, el cambio lógico, el tercer medio centro para dos puestos, lo normal en una plantilla compensada. Tiago jugó mal el primer tiempo, tuvo poca presencia y demostró una falta evidente de forma en algunos repliegues a velocidad de caracol moribundo; pero curiosamente en un jugador conocido por no ser un fondista y tender a jugar un tiempo y desaparecer el otro, se vino arriba en la segunda mitad y dio más pausa, más empaque y más mando en el centro del campo. La vuelta de Tiago a la buena forma sería una buena noticia y una alegría para el a veces espeso centro del campo del equipo pero, a pesar del buen final de partido de ayer, no se antoja inminente.

Por una banda jugó Simão. Simão no es el mismo que antes, puede que esto sea cierto. Encara menos, está menos fresco, ya no sorprende tanto. De Simão se pueden decir muchas cosas pero no que no sea listo; se puede decir que es chiquitajo, que tiene malas pulgas, que tiene los labios gordos y que tiene cresta de abubilla, eso sí. Ahora bien, listo lo es, y más que el hambre. Simão tiene claro cómo están las cosas y, viendo que no le es fácil encarar, ya no encara tanto; a cambio, defiende más, pierde menos la posición y hace más fácil la vida de su lateral. Ayer marcó un gol que los jugadores dedicaron tímidamente a Arteche tras tirar estupendamente una falta, calibrando el rebote en el poste para que diera en la espalda del portero, una jugada sólo al alcance de Albertini, Ronnie O’Sullivan y alguna otra estrella del snooker; qué tío.


Por la otra banda salió Fran Mérida, que dejó algún buen detalle y mucha sensación de no tener muy claro dónde y de qué juega. A su espalda sufre el lateral, a su lado tampoco se hace la luz y no mejoran los compañeros pero de vez en cuando suelta un fogonazo que aviva la esperanza y, paradójicamente, parece hacerle relajarse durante unos minutos. Su puesto parece corresponder más bien a la mítica “posición natural”, ese ente sin definir tan del gusto de los jugadores modernos en los que no se es responsable de marcar y mucho menos de defender, sino únicamente de lo que más gusta a todos: de “crear”, ese verbo traidor. De Fran Mérida esperamos mucho y le deseamos lo mejor de corazón, que para eso es del Atleti, pero debe ir despertando.

En la delantera, ausente el Kun y ausente Forlán de inicio, salió Reyes y también Diego Costa. Reyes jugó muchos buenos partidos en esa posición y a uno le parece una buena solución cuando no están los dos titulares. A Reyes, quién nos lo iba a decir, se le echó de menos en Sevilla cuando el equipo se atascaba y era necesario algo más; luego uno caía en la cuenta de que Reyes ahí no estaba por bobo y, además, visible, y la rabia que le entraba a uno era de las gordas. Ayer Reyes jugó cómodo dado lo blandito del rival y se gustó con esos slaloms tan suyos que termina sentado pidiendo falta con los brazos abiertos y llamando al árbitro y a su mamá. A su lado, Diego Costa siguió transmitiendo las mismas sensaciones que en los partidos previos: sensaciones encontradas. Despistado a ratos, se le vio desconectado del resto del equipo y demasiado andarín, poco trotón. Hizo faltas innecesarias para alegría del nefasto colegiado del partido e intentó regates trompicados que terminaban en caídas cómicas con estilo de saco de patatas. Pero marcó también un gol, que es lo que se espera de él, y ya lleva tres, que no es poco. Hasta ahora no ha deslumbrado y ha sembrado su participación de minas-duda, pero también ha cumplido en parte. Que siga así, al menos.

El Atleti ha jugado 7 partidos y suma casi dos puntos por cada uno. Las derrotas en Sevilla y contra el Barça pueden valer si no se falla en los partidos restantes. El jueves, contra el Rosemborg, deberían volver casi todos los titulares salvo Domínguez y el equipo volvería a salir con galas de candidato sin haberse dejado muchos puntos. La liga y el tiempo dirán pero, hasta ahora, las cosas parecen ir según lo previsto. Que dure.

lunes, 25 de enero de 2010

Breves reflexiones desde la portería del Atleti

Jugó el Atleti un nuevo partido lamentable ante otro rival que dejó en evidencia plantilla, técnico y jugadores.


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Uno: Getafe, población a la que uno no sabe bien si referirse como pueblo o como ciudad, está cerca de Madrid; así lo dicen los mapas de carreteras, el Atlas universal y algunos compañeros de oficina. Dos: la proximidad es una buena razón para ir al fútbol, como lo es para ir a un bar, a una gasolinera o a un satélite determinado; así lo dice la experiencia, el sentido común y los conductores de autobuses de peñas. Tres: la afición del Atleti, como bien saben Vds, ven en el equipo una excusa estupenda para juntarse y tomar cañas, hablar de fútbol, plantear tácticas alternativas, descubrir perlas de la cantera, justificar filias y fobias por equipos extranjeros y jugadores propios y ajenos, comentar lo bien que se come en poblaciones manchegas y lo caro que está el vino tinto; así lo dicen cientos de miles de personas en miles de bares.

Combinando estas tres verdades absolutas uno tardaría poco en concluir que la afición atlética se desplazó en masa a Getafe a ver a su equipo aprovechando la proximidad. La conclusión resulta ser otra si uno añade un factor adicional originado en la propia voluntad del equipo anfitrión: el precio de las entradas. Cincuenta euros pedía el Getafe por una entrada para ver al Atleti, cincuenta. Cincuenta euros, ocho mil pesetas, mil seiscientos duros. Si uno va con un amigo, cien euros, si uno lleva a dos niños, ciento cincuenta, si uno no sabe sumar que compre una calculadora solar. En Getafe pusieron precios de partido grande y uno no sabe si lo hicieron para inflar el ego de la afición visitante y así hacerles pagar el oro y el moro o si fue fruto de la ignorancia, de la audacia o de la querencia al timo y la estafa. Si por juego se tratase, hay veces que al aficionado atlético habría que pagarle las cervezas del partido, el transporte en calesa, una caja de aspirinas y un plus de bochorno y rubor. Es más, si un economista de renombre y grandes gafas de pasta se pusiera a calcular, con la ayuda de cardiólogos, neurólogos, futurólogos y callistas, el coste económico del previsible disgusto dominical colchonero, quizás concluiría que habría que regalar a cada aficionado colchonero una caña de lomo ibérico y un Ford Fiesta al final de la temporada.

Pero así no funcionan las cosas, amiguiños, y el aficionado es hoy más que nunca un cliente más, un mero pagano con poca voz y menos voto que únicamente vale para dar los datos de su cuenta bancaria y para que se le diga con insuficiente antelación a qué hora jugará el equipo (normalmente mala para él y buena para la tv), cuánto tendrá que pagar por cada evento no matemáticamente previsible y que no tendrá entradas para los partidos extraordinarios a menos que vuelva a pagar. Si gracias a los horarios el Club ingresa más, el aficionado se queda sin llevar a los niños, clientes futuros en los que el Club no alcanza a pensar por ser comercialmente miope y éticamente nulo. Si gracias a los horarios y los convenios con las televisiones la inmensa mayoría de los partidos de interés son a horas intempestivas y el aficionado no puede ir por vivir lejos, ahí se pudra con su problema que nadie en el Club devolverá un duro. El aficionado es un cliente cautivo que paga por adelantado por un producto que ni conoce ni tiene derecho a probar, paga por ver un equipo cuyas estrellas se venden a mitad de temporada, por partidos que no puede ver por culpa de los horarios, por un asiento que está mugriento y un baño que parece de barracón de prisión turca. Paga por cariño a unos colores a gente que no tiene cariño más que al color del dinero. Al timo institucional propio se le suman además los equipos a los que se visita, como el Getafe; la oferta y la demanda, majos, dirán unos y no les faltará razón. Pero es una mala noticia para la gente. Una mala noticia para el ambiente en las gradas y para el apoyo al equipo. Una mala noticia para el fútbol. Una buena noticia para los bares, eso sí, algo es algo.

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Salió el Atleti en Getafe y la afición, congregada en exclusivos clubes privados, country houses, chill outs, lounges, boleras, spas, disco pubs y tascas mugrientas no entendía nada. La afición ya venía con cara de no entender nada desde el jueves pasado, día en el que Quique sacó de titulares a un lateral convaleciente y a un recién llegado que resultó ser el mejor, y la cara se les quedó igual o peor al ver el equipo titular.

Salió De Gea de inicio, que es algo que quizás se viniera venir tras los últimos partidos de Asenjo y su general trayectoria este año. De Gea hasta el momento había hecho buenas paradas y alguna pifia sonada, había salvado puntos y entregado otros, había dejado buenas sensaciones y sembrado algunas dudas. Dudas, sobre todo, sobre la capacidad de la dirección deportiva, capaz de fichar un portero joven para tapar a otro, capaz de gastarse el dinero en estropear dos jugadores de proyección e incapaz de gastarse el dinero para lo que realmente hace falta. Salió De Gea y jugó bien, hizo paradas de mérito y blocó varios balones, algo cada vez más difícil de ver en la portería del Atleti. Quizás los balones modernos vuelen más que los antiguos, más pesados y de trayectoria más recta y previsible; quizás Asenjo guste de la parada en dos tiempos, que es como se llama ahora al lance en el que el portero no consigue atraparla a la primera pero tampoco despeja, sino que recibe un pelotazo en las manos que queda cerquita de su cuerpo. Sea por lo que fuere De Gea, una de las pocas buenas noticias de la semana, salió por alto, blocó balones y transmitió la seguridad que no ha conseguido transmitir Asenjo, la misma seguridad que la defensa se ocupa de destrozar con cuatro patadas al aire y tres errores de marca a los dos minutos de partido. Salió De Gea y se convirtió en el protagonista de la crónica así, sin sospecharlo, fíjense qué cosas pasan.

Porque por delante de De Gea salió un monumento al desconcierto. Plantado De Gea desde su sitio, miraba al campo y le entraba un escalofrío por la espalda. Miraba De Gea a la izquierda y veía a Antonio López, quizás algo más entonado en los últimos partidos pero nunca una garantía de consistencia o buen hacer. Por delante de Antonio, Simao a ratos, a ratos Reyes. Cuando veía a Simao De Gea se preocupaba, ay ay ay, este defiende a veces pero no anda fino últimamente, no, como entren por su lado podemos pasarlas canutas. Cuando veía a Reyes De Gea se preocupaba mucho más, ay Dios mío, que este no defiende ná, verás como se ponga la cosa fea por esa banda, que tampoco me fío yo del todo de Antonio, no sé yo si él solo podrá con todo, a ver quién le puede ayudar.

Preocupado, miraba De Gea más al centro y respiraba hondo. Al menos delante, un poco a su izquierda, estaba Domínguez. Domínguez, que siempre cumple, que tira la línea, que da voces a los compañeros, que se adelanta por alto, que no se complica porque no debe complicarse ni alardea de cosas que le corresponde hacer. Menos mal que Domínguez, también de la casa, al que conoce De Gea, está ahí. Al menos está Domínguez, menos mal, pensaba De Gea. Y De Gea pensaba también qué cosas pasan, yo, que soy de la casa y que todo el mundo me conoce, que llevo aquí más que el la alcayata del almanaque, aquí, de titular. Yo titular en vez del fichaje rutilante del verano, un fichaje que costó una pasta y que ahora está en el banquillo porque de titular estoy yo. Que cosas pasan, la verdad. Y cuando uno piensa que del único que me fío es Domínguez, que también es de la casa y al que todo el mundo debería conocer... Domínguez titular por delante de cuatro centrales veteranos, uno de ellos también fichado este verano, en qué pensará esta gente cuando ficha, pensaba De Gea y no le faltaba razón.

Miraba De Gea a Domínguez y se calmaba y luego un poco más adelante y se calmaba más porque estaba Assunçao. Hombre, al menos está Assunçao por delante de Domínguez, eso que ganamos, Assunçao ayudará bastante, cortará balones, se dejará el pellejo. A ver si no le sacan amarilla pronto, que a veces le pasa, a ver si aguanta bien de físico, que este hombre no para, a ver si tiene ayudas a su lado, que por la banda Simao y Reyes ayudan poco. Esto pensaba De Gea, más tranquilo, cuando se le ocurrió pensar en quién acompañaba a Assunçao en la media. Miró De Gea al costado de Assunçao y le entró un frío raro, una sensación parecida a la que se experimenta al saltar de un octavo piso sin red ni paracaídas, algo en el punto medio entre la incredulidad y el pánico. No puede ser, pensaba De Gea, falta uno, he contado mal o he visto mal, no creo que sea así, no puede ser así. ¿A ver? Siete, ocho, nueve, diez y once. Contaba De Gea para ver si lo que veía era cierto y no le salían las cuentas ni le cuadraba el asunto. Pero vamos a ver, si están Kun y Forlán, ¿pero esto qué es?, no me digas que va a ser lo que parece, no me digas que con Assunçao juega Jurado, ay Dios mío, con esto no contaba yo, me esperaba al portugués nuevo o a Raúl pero no, qué va, el míster ha puesto a Jurado, no puede ser, madre del amor hermoso. A ver, a ver, calma, contemos otra vez, con la defensa y yo somos cinco, Assunçao, los de las bandas y los de delante ... que sí, que sí, que ha puesto a Jurado el tío, madre mía, pobre Assunçao, a este le expulsan, se va a pegar una panzada a correr horrorosa, madre mííííaaaa la que ha liado este hombre de la bufanda, Jurado de medio centro y ayudado en su línea por Reyes o por Simao, casi nada, un agujero del tamaño de un cráter y para defenderlo tres figuras Montaplex. Ay Dios mío, Jurado ahí, menos mal que al lado de Domínguez estará Ujfalusi y al menos éste, por detrás de Jurado, se liará a darle voces y le tendrá en su sitio y cortará los ataques que se le cuelen a Jurado mientras corretea y da taconcitos y hace ese control con el exterior del pie que tanto le gusta a los escaparatistas y que vale para tan poco.

Pero ¿dónde está Ujfalusi? pensaba De Gea. Aquí no está, que está Perea, imagino que le habrá puesto de lateral y Tomás al centro con Domínguez, que al menos me dará un poco de paz ... Pero es que no le veo, Ujfaluuuuuusssiiiii Ujfaluuuuuussiiii, ¿dónde andas, criatura? Mira que esto empieza ... ¡pero si no está! ¡si ha puesto a Perea de central! ¡La madre que me parió! ¡Perea otra vez de central, pobre Domínguez! Yo es que no entiendo al Míster, otra vez Tomás de lateral ... ah, no, espera, que tampoco ¡¡que tampoco!! ¡Que está Valera! No, si ya éramos pocos, ahora Valera ... este hombre quiere que no perdamos un partido y para defender la parcela derecha están a ratos Reyes, Jurado, Perea y Valera... Madreeee, ay Dios mío de mi vida, ay Dios mío, a ver si estos del Getafe juegan al menos todo el rato por la izquierda, como se vuelquen a la derecha apañados vamos... apañados vamos en cualquier caso, pero como piensen un poquito en el regalito que les ha hecho el míster por este lado, ya ni te cuento.

Pero bueno, ¿y por qué no ha sacado a Ujfalusi?, se preguntaba De Gea. Será para reservar gente para la Copa, ah, debe ser eso, sí. Ahora que lo pienso, quizás tenga razón: hay que asegurar la Copa, hay que llegar a la final y ganarla o al menos rezar por que la juguemos con un equipo que vaya a Champions, el Sevilla, vaya. No sé, será eso. Pero, espera un momento, pensaba De Gea. Si la idea es reservar gente para la Copa .... ¿por qué saca el míster a Agüero y Forlán? ¿no estaba Forlán tocado? Es más ... ¿no debería ser Forlán suplente, que no sólo está tocado sino que no da una últimamente? ¿No sería mejor que se quedara tranquilito en el banquillo y saliera Ibrahima, que tampoco es que sea Georgie Best pero al menos se parte el alma y no aporta menos que el uruguayo? No entiendo nada, no lo entiendo ... va a dejar Quique ahí solo al Kun con Cata Díaz, el pobre... porque qué cara tiene Cata Díaz, parece de una mara guatemalteca, si me lo cruzo por la acera me meto en un portal, qué miedo más grande.

No entiendo a Quique, pensaba De Gea. No entiendo nada, no entiendo el equipo que ha sacado, no entiendo el planteamiento. No creo que juguemos en rombo porque los interiores no defienden, jugaremos con dos medio centros y uno de ellos no vale más que para salir en la foto oficial y el otro acabará agotado o expulsado o ambas cosas, que no sería la primera vez. Vamos a jugar con dos puntas sabiendo que uno va a estar más solo que la una y otro medio lesionado y fuera de forma. Vamos a jugar con un lateral derecho que ha demostrado ser el peor de la defensa de lejos y, para ayudarle, con un central diestro que ha demostrado ser el peor de la defensa de lejos. Vamos a querer tener el balón con cinco tipos que la tocan y no defienden, con lo que a poco que decidan no correr se partirá el equipo como siempre, como pasa desde Aguirre, como pasó con Abel y como pasa ahora. No entiendo a Quique, no me fío del equipo, no me gusta lo que veo pero me callo, que esto empieza, a ver si hay suerte, a ver.

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En el mismo momento, según empezaba el partido, un sabio seguidor pronunció, como una profecía, unas palabras que ya no nos sorprenden.

- Hoy palmamos seguro.

El resto ya lo conocen Vds.

lunes, 16 de febrero de 2009

Redacción y crónica del Atleti - Getafe


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Redacción: qué quiero ser de mayor

Me llamo Ramón y soy estudiante. Estudio porque tengo edad de estudiar, que estoy en lo que antes llamaban EGB y ahora mi padre no sabe cómo se llama; y no crean, que por mí haría otra cosa. Estudio creo yo que bastante, pero parece que no todo el mundo piensa lo mismo, hay quien opina que estudio poco. Mis padres, sin ir más lejos. En casa me lo dicen continuamente: estudia, Ramón, hijo. Estudia, Ramón. Cuando estoy en casa comiendo galletas me dicen estudia Ramón. Cuando veo los Simpson o juego a la play me dicen estudia Ramón. Cuando bajo a jugar a la calle o al parque me dicen que juegue un rato pero un rato solo, que luego hay que estudiar, estudia, Ramón, me dicen. Tanto me dicen estudia Ramón que ya no tengo ningún tipo de reacción a la frase. Estudia Ramón, repiten, y yo como que no lo oigo.

Antes pensaba mucho cuando me decían estudia Ramón, no crean, pero ya no lo hago. Tendré que estudiar, pensaba, si me lo dicen será por algo, al fin y al cabo esta gente parece que quiere que me vaya bien, que ni me dejan pagar en los restaurantes ni nada. Pero estudiar, qué quieren que les diga, no es lo mío. Porque yo, como todos, quiero ser futbolista. O músico, también quiero ser músico. Estudiar no es lo mío. Me dicen estudia Ramón y es como si me dijeran que me echase limón en un ojo, como si me pidieran que pasara todas las tardes del año con la tía Charo, como si me dijeran que me comiera un kilo de acelgas rehogadas. A mí, como a todos creo yo, no me gusta estudiar. A lo mejor a Juan Manuel de Prada sí, pero a mi no. O a Pere Gimferrer, a ese también puede que le guste, pero a mi no. Tampoco me gustan las gafas de ambos, ni el pelo del segundo, es un pelo raro tras una frente gigante. A mi lo que me gusta es el fútbol. Y la música. Tampoco me gusta mucho llamarme Ramón, por cierto, que no sé yo por qué no me llamo de otra forma. Ramón no es nombre de niño pequeño, no sé, yo ya con la edad me voy haciendo a la idea pero de bebé me chocaba llamarme Ramón. Ramón, no hace falta explicarlo, es nombre de pelotari o de leñador, de tipo grande, no de bebé. O de señor respetable, ahí viene el Señor Ramón, dejen paso a este prohombre, eso sí que pega y no decir ayyyy Ramón, ay mi Ramón cómo se ríiiiieeee, ay Ramón acábate el potito. Ramón es un nombre con enjundia, de tipo hecho y derecho que sabe poner las cadenas al coche y que no se pierde en el metro ni nada; la excepción que lo confirma es el caso Ramoncín, no me lo negarán.

Yo, por mi parte, no sé por qué me pusieron Ramón pero seguro que no fue para que fuera un gran estudiante. Sería para que fuera un fino futbolista como Ramón el del Sevilla. O un gran músico. En mi familia nunca hubo un Ramón, lo que acrecienta el misterio. Según me dijo mi padre hace poco me pusieron Ramón pero antes dudaron si ponerme Juan para llamarme Johnny, o José para llamarme Joey, o Diego para llamarme Dee Dee, o Tomás para llamarme Tommy o Marcos para llamarme Marky. Pero al final me pusieron Ramón y aún no entendido por qué.

Además de todo lo anterior, soy del Atleti. Mi padre es del Atleti y mi madre es del Atleti. Ayer, aunque era tarde, me llevaron a ver al Atleti. Tenemos una sorpresa, me dijeron, así que me abrigaron, me hicieron un bocadillo, la tía Charo me dio varios besos en la mejilla de esos que suena chuiiick chuiiick y me fui al fútbol. En el campo vi al Atleti y vi a la hinchada. Ví puestos de pipas y vi baños sucios llenos de gente. Ví a cuatro tipos fallando un tiro a puerta sin portero ni nada y cómo la gente se burlaba de ellos. Vi una mascota bastante ridícula y ví los videomarcadores. En un momento dado apareció mi foto, qué cosas, y mi padre me dio codazos y me dijo ¿te gusta? Y no me gustó, claro, porque bajo mi foto ponía "estudia, Ramón". Y detrás salía Antonio López con gesto amenazante, con lo poco amenazante que resulta, el hombre. Y no salió una vez, no, salió dos veces, dos, una en el primer tiempo y otra en el segundo, estudia Ramón, estudia Ramón. La verdad es que la gracia me tocó las narices. Y a mi padre le salió el tiro por la culata porque yo, durante el final del partido, me fijé en Maniche. Me fijé en que le aplaudieron de salida y en que corre más bien poco y en que falló un gol claro y en que luego la pifió en defensa y que luego encima salió en la tele llevando un sombrero horroroso y al final no le pasó nada. Me fijé en que lo que hacía no tenía mucho mérito y en que probablemente no había que estudiar mucho para hacerlo. Y entonces pregunté a mi padre:

- Papá, ¿cuánto gana Maniche?
- Mucho, Ramón,
- Pero ¿cuánto?
- Pues mucho, Ramón, mucho más de lo que yo vaya a ganar nunca y probablemente mucho más de lo que vayas a ganar tú.
- Pues papá, me temo que estudiar, lo que es estudiar, va a estudiar tu padre.

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Salió el nuevo Atleti de Abel Resino entre triunfales ovaciones de la hinchada y una de las grandes preguntas que se hacía la gente de la grada era qué diría la portada del Forza Atleti. "El Regreso", dijo, y si llega a salir Bob Hope con un vaso de leche la cosa habría tenido sentido, pero no, que salía el pobre Abel, así como es él, algo acartonado. Salió ese nuevo Atleti que en Huelva hizo del fútbol una de las bellas artes y que cautivó con su técnica y su ritmo a medio mundo y gran parte del otro medio. Salió ese Atleti sabiendo que la ocasión era única, que la victoria le metería en la pomada de nuevo, que los rivales habían pinchado y que, de ganar, la crisis quedaría lejana y sola, como Córdoba.

Salió Pablo y salió Raúl García y ya, que el resto eran los de siempre. Salió Pernía por la izquierda, sin saber muy bien qué le pasa a Antonio López. Salió Seitaridis por la derecha, y resulta que no lo hizo mal. Salió Assunção, y la frase quedó en perfecta aliteración en S. Salieron los cuatro de delante y Leo Franco y Ujfalusi. Vamos, casi lo de siempre. Salió también el Getafe con ese medio campo que sabe a lo que juega y un portero que al principio parecía que se iba a tragar todas y que acabó dándonos la tarde. Salieron ambos y a los quince minutos el Getafe ya había tenido dos ocasiones de gol, qué cosas tienen los equipos visitantes, no hay derecho. La afición quería ver la huella indeleble de Abel pero lo único que se vio al principio fue un despeje horroroso de Pablo con pérdida de bota incluida: era la mano de Santi Denia, no había duda, la afición lo tenía claro.

Salió el Atleti con ganas de ganar y parecía que podría hacerlo. Pudo marcar Maxi pero no lo hizo, puso algún buen centro largo Assunção, para sorpresa de muchos, y puso también alguno Raúl García. La grada se preguntaba si el Atleti jugaba con la famosa defensa adelantada de la que se venía hablando la última semana, y lo que percibió es que Pablo volvió a ser futbolista. Pernía despejó de cabeza un balón raso, un lance inédito en la liga en casi cien años de historia, y el Getafe parecía no pasar demasiados apuros. En estas Seitaridis puso un centro maravilloso para que Forlán marcara, un centro de esos que a uno le dan gusto y rabia a partes iguales, gusto al verlo y rabia al ver quién lo hace, cuándo lo hace y sobre todo al pensar la cantidad de ocasiones en las que no le da la gana hacerlo.

Con uno a cero empezó el segundo tiempo, un segundo tiempo que ya hemos visto. La grada veía el partido sin confianza ni demasiada preocupación, la grada tenía la sensación de que no había cambiado casi nada. No había más intensidad de lo normal, ni jugadores jugando de forma desacostumbrada, ni demasiadas variantes tácticas de esas que los entendidos aprecian. El Atleti parecía el mismo Atleti de otras veces, no había demasiados cambios en lo que se observaba; esto, por otra parte, es normal dado que Abel lleva sólo unos días en la casa, pero invita a la reflexión sobre cuál era el verdadero peso del recientemente destituido. Quizás Simão jugase menos pegado a la raya de fuera, quizás ni Maxi ni Simão tuvieron claro qué hacer exactamente, quizás a Assunção se le vio en una posición en la que tenía más responsabilidades ofensivas. Quizás Raúl García aportaba más solidez al centro del campo, algo que no es poco cuando enfrente están Granero y sobre todo Casquero, quizás Pablo tuviera un papel más protagonista que en otros partidos, con cabezazo al segundo anfiteatro incluido. Quizás una falta tirada tras un amago y un pase corto y un saltito sirviera para que aquellos aficionados deseosos de aire fresco pudieran por fin decir aquello de que ahora sí, ahora se ve que el equipo está t-r-a-b-a-j-a-d-o.

Pero a gran parte de la grada no le sorprendió mucho lo visto. No le sorprendió la falta de instinto matador ni los agujeros defensivos. No le sorprendió que el rival jugase relativamente cómodo aunque sí le sorprendió que los delanteros fallaran varias veces ocasiones medio claras. No le sorprendió que se fuera el Kun, aunque sí le sorprendió gratamente cómo se desenvuelve Sinama por la banda, con Maxi por delante. No le sorprendió que se hiciera un penalty estando Pablo y Seitaridis cerca de la acción, aunque sí le sorprendió a qué altura salió el balón chutado por el rival. Quizás por ello no le sorprendiera tanto que se perdiera lastimosamente un balón en el pico del área propia cuando se tenía ventaja para salir al contraataque, ni que un rival consiguiera centrar de chilena a otro rival, que marcó en plancha cuando ya no había tiempo más que para lamentarse. Para lamentarse de los puntos perdidos, de la ocasión nuevamente desperdiciada, de la imagen final del equipo, de la enésima vez en que no se aprovechan los tropiezos de los que están llamados a pelear por los puestos que interesan al Atleti. Porque, una vez más, el Atleti echó por tierra lo que podía haber sido un fin de semana redondo, como tantas veces, como demasiadas veces ya.

Y encima hubo alguno al que, tras el sofocón, le dijeron que estudiase. Verdaderamente, hay días malos, pero malos malos.

lunes, 28 de abril de 2008

Ese equipo insustancial que resultó ser el nuestro

Ayer era día de eventos deportivos varios, unos con motores averiados y otros con tenistas triunfantes. Ayer hacía buen tiempo y el sol invitaba a pasar un domingo plácido disfrutando del balompié. Ayer quisimos ver un partido de fútbol pero nos tuvimos que resignar viendo al Atleti en Getafe.

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Yo, que soy tonto, aún me sorprendo de la capacidad comunicativa que tiene un claxon. Con sólo una nota, sólo una, oiga, los conductores son capaces de articular varios mensajes claros y meridianos. Un toque breve es cuidado que voy o me das o llevas el abrigo pillado con la puerta, dos toques breves suelen ser un saludo y van seguidos de una sonrisa y una mano al aire. Muchos toques seguidos, normalmente con un ritmillo conocido difícil de describir por escrito significan que tu equipo ha ganado. Algunos toques son precisos: hay quien con un toque largo y contenido pretende decirte que llevas la puerta de atrás mal cerrada y, dado que tienes un niño con cara de malo, es posible que la abra y salte haciendo un tirabuzón y tengamos una desgracia. Un claxon también puede resultar cómico: el claxon grave de un camión hace mucha gracia porque asusta a las señoras; un coche grande con un pito agudo hace mucha gracia porque denota poca hombría a pesar del gran tamaño; un coche que está mal de batería hace mucha gracia al hacer sonar un claxon afónico que suena como Pepe Isbert. Algunos cláxones hacen mucha gracia, sí. Pero no todos hacen gracia, no todos los toques son amistosos. Un toque largo e intenso significa algo malo: que te muevas, mira que eres malo, aparta ya petardo, mujer tenías que ser, de Burgos tenías que ser (este ya no vale con las matrículas nuevas). Un toque aún más largo y más intenso significa todo lo anterior y además que como baje te enteras.

De todos es sabido que el que toca el claxon cree que el sonido únicamente llega a aquel al que pretende increpar. Al que pita le da igual que en las casas de alrededor haya un señor convaleciente o un bebé dormido o una señora enferma de los nervios: el pita a aquél coche verde que está cuatro puestos por delante que acaba de girar sin intermitente, quién se creerá ese, de Melilla tenía que ser, y lo hace convencido de que el de Melilla y sólo el de Melilla recibirá el pitido, desentendiéndose del hecho del que el pitido molesta e irrita a los cientos de personas que viven o caminan en el radio de acción de su claxon justiciero. De todos es también sabido que la burbuja de metal y vidrio del coche confiere autoconfianza ilimitada a su habitante, que desafía desde dentro y a pitidos a todo bicho viviente. Es distinto si el pitado se baja y resulta ser altísimo y tener cara de pocos amigos y abre la puerta del coche del pitante y le coge por las solapas: entonces aquél que tenía super-poderes dentro del coche pasa a ser una malva y se le aflauta la voz y pide perdón y confiesa que está pasando una mala racha. Así es Madrid, qué quieren que les diga.
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Ayer, que era un día precioso y caluroso y algunas cosas más terminadas en oso jugaba el Atleti en Getafe y uno se echó a la calle con el optimismo de los ilusos que piensan que cuando el cielo está azul y las chicas visten camisetas de tirantes llegará el Atleti y rematará el día cuajando un partido memorable. Se echó a la calle el que suscribe, ya les digo, y lo hizo andando con torería como la ocasión requería, marcando los tiempos y gustándose en la cadencia. Anduvo así hasta el bar más cercano, en el que le dijeron al que suscribe que no echaban el partido del Atleti. ¿No? No. Vaya, peor para ellos, a la competencia que me voy con este tumbao tan castizo. Apretando el paso pero con el mismo empeño estético y altivez flamenca se acercó el que suscribe hasta otro bar con idéntico resultado, y luego a un tercero y hasta a un cuarto.

- ¿No?
- Que no, oiga.

A estas alturas no diré que el autor se arrastraba por la acera porque el autor soy yo mismo, pero sí les confirmo que de ese mítico andar de tipo que va alegre y confiado a ver un espectáculo de campanillas quedaba más bien poco. Eso sí, uno aprovechaba la ocasión para ir pensando que cuando uno tiene tantos problemas en su propia ciudad para ver al equipo de sus amores, mala cosa.

Encontró el que suscribe un sitio donde ver el fútbol, y no fue ni una biblioteca ni un centro cultural ni una escuela de arte dramático sino un pub irlandés lleno de pantallas, con todo lo que no puede faltar en un pub irlandés que se precie: sus extranjeros alicorados a horas tempranas, sus parejas con cara de decir que realmente un pub irlandés en hora futbolera NO es sitio para una cita galante, sus irlandeses animando al Munster contra los Sarracens y el homologado Olor Húmedo A Cerrado de pub irlandés, patentado y todo. Se sentó uno en un taburete el que suscribe (eso sí, con cara de que había venido directo a ese pub sin vagar por el resto de bares del barrio) y se dispuso a ver al Atleti en un monitor de televisión pegado a otro monitor en el ponían el mencionado partido de rugby y luego un partido de la Premier. De esta forma vio el que suscribe dos partidos a la vez, dos deportes a la vez o, mejor dicho, un partido de un deporte en un monitor y un catálogo de tipos sin rumbo ni interés en encontrarlo en el otro.

Jugaba el Atleti, equipo que está en zona Champions al que se le debía presuponer una cierta calidad o al menos competitividad o al menos energía. Y lo hacía contra un equipo que viene de jugarse - con el Bayern de Munich ni más ni menos - hacer algo gordo en la UEFA y que también ha jugado la final de Copa. Y a priori parecía que el partido debería dar de sí y resulta que el interés que tuvo el partido fue nulo. Nulo. Cero. Nada. Miraba uno el monitor y no veía nada que tuviera un mínimo interés. Prefería uno hablar con un inglés aficionado al Preston y alabar la fidelidad de las hinchadas inglesas a sus equipos, por pequeños y poco afortunados que sean. Prefería también uno entretenerse tallando en un posavasos el perfil de Santiago Martín, el Viti, aunque luego le saliera algo mucho más parecido a un posavasos destrozado. También prefería uno mirar al monitor vecino en el que las hinchadas rugbísticas mostraban su pasión y respeto por dos equipos que se rompían literalmente la cara por ganar un partido en el que se jugaban mucho. Prefería uno hacer cualquier cosa salvo mirar a su propio equipo, aquél del que reniegan los bares de la ciudad por no atraer ya a la afición, por espantar a los vecinos y por dormir a la clientela. Y no nos extraña.

Jugaba el Atleti a nada y a poco jugaba el Getafe. Desaparecido en combate Raúl García, fundido a pesar de haber parecido de tungsteno durante gran parte de la temporada, Forlán jugaba de medio. Decimos que jugó Forlán pero esto no es exacto, que Forlán ha desaparecido en los últimos partidos y no sabemos si es por hartura ante el nivel de la parroquia, por agotamiento físico o por cabreo existencial. Forlán ya no está y el equipo lo nota una barbaridad, igual que nota la ausencia de Raúl García. Gris Maxi, intrascendente Luis García y excesivamente verde para estas lides Camacho, sólo el Kun parece tener interés en ganar los partidos. Y menos mal que es así, porque sólo él parece poder sacar adelante lo poquito que tiene el equipo. Marcó el Kun el gol del empate y ya, eso fue todo lo que hizo el Atleti. Pudo marcar Luis García, sí, pero hubiera sido de chiripa, porque merecerlo lo mereció más bien poco.

Lo verdaderamente preocupante es que el Getafe, haciendo poco, de haber tenido la suerte un poco de cara le mete al Atleti tres. Falló un penalti De la Red, ya más concentrado en qué perfil deberá lucir cuando atienda las ruedas de prensa en el Bernabéu, y también estrelló el Getafe un balón en el larguero. Pernía sacó un balón que podía ir dentro y Pablo jugó un buen partido. Qué cosas, si no es por Pablo y algo por Perea el Atleti hubiera perdido otro punto. Pero el Atleti, salvo el Kun, no estaba por la labor de jugar al fútbol y, por lo que se ve, a la plantilla le importa más bien poco lo que pueda ocurrir de aquí al final de liga. Alguien ha debido comentarles que la Champions está asegurada, o que el resto de equipos seguirán pinchando partido tras partido, o que la vergüenza torera, la profesionalidad y el orgullo de los seguidores son conceptos anticuados en estos tiempos que corren en los que lo que de verdad importa es tener un móvil de los buenos.

Miraba uno al Atleti y ná. Ná. Ni ganas, ni juego, ni peligro ni ná. Faltas, si acaso. Veía uno el partido de ese equipo insustancial que resultó que era el nuestro y el partido no avanzaba, se varaba en cada jugada, el mal endémico del fútbol español. En la Liga de ahora cada contacto es falta y cada caída, tarjeta. Miraba uno las faltas del Atleti – Getafe y de reojo miraba cómo entraban al remate en cada corner del Aston Villa – Everton y le daba a uno cierta vergüencilla. Miraba uno en un monitor cómo trotaba el Atleti con la energía de un caniche entrado en años y se ruborizaba con el tranco de asturcón de cualquier jugador del monitor vecino. Si a algún mago de postín le hubiera dado por comparecer en el pub con ganas de epatar a la concurrencia y producir el milagro del trasvase de monitores, el Aston Villa le hubiera dado una paliza al Atleti y el Everton hubiera peinado a raya al Getafe. Mismo deporte y dos maneras de entenderlo, todo un ejercicio de pudor patrio cuando se comparan dos partidos en dos monitores vecinos.

El caso es que tras el insulso espectáculo de ayer, el Atleti sigue cuarto. Cuarto. Un puesto bochornoso para una liga muy mediocre que nos alivia, y esto nos da una idea de cómo está el tema. En este Atleti de hoy un mísero cuarto puesto nos sabe a gloria, aunque sea en una liga de colegio que por suerte toca a su fin. El único consuelo del día de ayer es que esperábamos terminar el día sufriendo aún más por culpa de los triunfantes pitidos de los seguidores del otro equipo grande de la capital, y al parecer la tortura psíquico-auditiva se retrasa unos días. Y ya les aseguro que ese día todo lo malo que uno pueda decir de un claxon se queda en poco.

lunes, 10 de diciembre de 2007

El prodigioso caso del equipo comediante

Hacer una crónica del partido del Atleti de ayer sin emplear las palabras absurdo, desquiciado o delirante es una tarea tan complicada que ni si quiera el que suscribe se ha podido resistir a ello. Qué cosas.

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Como es imposible relatar lo ocurrido ayer en el Calderón en clave de crónica deportiva, como es del todo inalcanzable para un mero plumilla aficionado describir con la precisión y riqueza de lenguaje que merecen los acontecimientos presenciados ayer a la vera del río Manzanares, y como sería un ejercicio inútil a la par que agotador intentar que los que no estuvieron presentes entendieran cómo se sentían aquellos que poblaban las gradas del estadio del Atleti, les propongo una alternativa, un ejercicio plástico de reconstrucción psicológico-deportiva con metodología de receta casera. A ver cómo les sale.

Intenten imaginar la expresión de la cara de alguien que acaba de presenciar un prodigio. Hablo de un prodigio como el lanzamiento de un cohete tripulado por uno mismo o el descubrimiento súbito de un diplodocus vivo y con el don de la palabra rimada. Háganse una imagen mental de alguien que acaba de ver algo que nunca pudo imaginar, algo que nunca se hubiera esperado, algo excepcional, infrecuente y asombroso. ¿Lo tienen? Bien. Ahora añadan a este primer elemento una expresión en cierta medida opuesta: la expresión de quien vuelve enfadado por no haber visto lo que esperaba, de alguien defraudado, contrariado y desconfiado. Alguien que se las prometía muy felices pero no ha visto lo que creía que iba a ver; alguien que da por bueno parte de lo visto pero que ve, con la ceja arqueada, un futuro incierto si las cosas siguen como ayer se vieron. Se trata de combinar ambas expresiones en el mismo rostro. No es sencillo, no, nadie dijo que lo fuera. Si lo han conseguido, añadan un nuevo elemento: cierta lástima por la injusticia presenciada, cierto respeto por haber visto a alguien recibir algo que no merecía, el regusto metálico de haber contemplado una tropelía del destino. ¿Lo consiguen? Bueno, pues no se duerman que hay más cosas: añadan una pizca de sensación de alivio, un átomo de indignación anti-arbitral, un poco de curiosidad y un leve vaivén de cabeza de incredulidad. Bravo, no es fácil pero veo que van por buen camino, bueno, casi todos salvo ese del fondo que ya se ha ido a tomar café, vuelva, oiga. A ver: otra vuelta, otro rizado rizo más: añadan la nerviosa risilla floja del que acaba de librarse de una multa monumental porque al guardia le ha picado una avispa al sacar el boli, del que acaba de ver cómo se destroza ante él un piano de cola que cae de un séptimo piso y se da cuenta que, de haber salido de casa una microcentésima de segundo antes, estaría ahora debajo del amasijo de tablas y teclas y cuerdas y partituras (nota: para esta risilla nerviosa vale como referencia la de Peter, el marido de Padre de Familia). Cuando consigan visualizar todas estas sensaciones y meterlas dentro del reducido espacio de un rostro humano, añadan a este último un gorro de lana y una bufanda subida hasta la nariz. Entonces quizás puedan hacerse una idea de la cara de la hinchada rojiblanca al salir ayer del Calderón.
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Que el Atleti ganara el partido de ayer pertenece al mundo de lo sobrenatural o de la carambola máxima, a gusto del lector. El que haya optado por lo primero desde ahora no deberá buscar los resúmenes de los partidos en Estudio Estadio o similar sino en Quinto Milenio. El que haya optado por la segunda pensará que si el Atleti está tercero tras lo de ayer (después de ir segundo mucho rato) no hay por qué excluir la idea de que el Atleti gane todas las competiciones en las que juega. El Atleti ganó un partido absurdo que mereció ganar el Getafe y lo hizo de forma asombrosa, recibiendo y provocando tarjetas, viendo como el rival jugaba mejor pero fallaba ocasiones clamorosas, asistiendo a la expulsión de su jugador más determinante (recién galardonado) y de su jugador menos listo (pero el menos listo en años, oiga).

Mientras los equipos jugaron once contra once, el Getafe fue mejor. Y a ratos, bastante mejor. Aún así, el Atleti marcó a los veinte minutos gracias a una buena jugada de Simao, que se entona poco a poco. Marcó naturalmente Forlán, un tipo a quien es complicado verle un partido malo. Pero el que jugaba no era el Atleti sino el Getafe, que desplegó un fútbol fino y de toque a ratos en especial gracias a Granero, enorme todo el partido aprovechando la desorientación existencial de Antonio López en un lado que no es el suyo. Pero es que también funcionaba Licht, y además con Granero hacía pareja Casquero, así como diciendo que ambos juntos tienen nombre de bufete de abogados, y también De la Red, aunque éste tenga nombres de tenista y a veces modos de portero de discoteca.

Al buen fútbol del Getafe contribuía de manera notable la descontrolada defensa rojiblanca, ayer con compuesta por una combinación nueva y poco fiable, visto lo visto. Sin patrón en el centro de la misma por culpa de la ausencia de Pablo fue Raúl García, el leatherman navarro, quien se ocupó de dar solidez a la última línea. Poca confianza debía tener en sus compañeros de retaguardia cuando se dedicó todo el partido a dar pelotazos hacia arriba buscando algún delantero a la carrera, él, más dado y más dotado para otro fútbol menos rústico. Así que empleado Raúl García en labores más defensivas, perdió consistencia el Atleti en la franja en la que hay que lanzar a los atacantes, y eso lo aprovechó el Getafe para atacar con cierta comodidad, más de la que debería, y llegar a los dominios del atípico portero atlético de ayer, Abbiati.

Es Abbiati un tipo peculiar que transmite desconcierto y seguridad según el momento. Su planta ya invita a fijarse en él: casi dos metros, calvo, vestido de negro riguroso y con cuello alto (descripción que podría ser perfectamente la de Mortadelo, por cierto). Abbiati sale con autoridad por alto y despeja con el pie sin autoridad ninguna. Generoso, Abbiati sacó dos goles cantados con intervenciones felinas que callaron a sus detractores e hizo varios despejes temerarios que callaron a sus defensores, dejando el debate de la grada en un interesante punto muerto. En el segundo tiempo Abbiati rizó el rizo invirtiendo la máquina del tiempo: desde el centro de la portería del fondo norte, desde el mismo lugar en el que ocurrió el hecho en su momento, Abbiati despejó un balón con la intención de enviarlo al campo contrario y consiguió, por arte de magia, que el balón saliera a corner por el mismo lugar preciso en el que el balón partió cuando ocurrió el hecho. Años después, Abbiati había deshecho el gol de Vieri. Un prodigio, esta vez inverso, otro más, qué nochecita.

Visto que la noche iba de prodigios, no seríamos justos si no habláramos del Kun. Ayer, entre otras cosas, hizo una jugada por la banda derecha en la que regateó a tantos jugadores rivales como salieron a su paso. Si De la Red no le para de mala manera parecía poder seguir regateando gente dos o tres horas, y no ya a los rivales sino al público, a los policías y a los camilleros (esto último no tiene mérito: cualquier día un herido se levanta y se lleva en brazos a la cuadrilla de camilleros del Calderón para así llegar antes a la clínica). Pero el Kun no puede con todo, y además de sobreponerse a las patadas que le lanzan a discreción, debe luchar contra la fama que le dio ese gol con la mano al Recre y esa jugada contra el Villarreal. Si el Kun jugase en otro equipo y se señalase el número al marcar tras hacer esas pillerías tan feas tendría fama de listo y de vivo y de astuto, pero como no es así tiene fama de tramposo y de mala persona y hasta de no acabarse la cena pero reclamar el postre. Y esto puede ser justo o injusto, pero Agüero debe aprender a vivir con ello y no tentar demasiado a la suerte. Ayer, es cierto, el árbitro prodigioso que pitó en el Calderón primero señaló un penalti y luego se desdijo para amonestar al Kun ante la presión del equipo rival en un alarde de personalidad dúctil. Luego volvió a amonestar al Kun tras una jugada que sí pareció penalti en el campo, en la que Agüero anduvo poco listo intentando tocar el balón con la mano. Ante un árbitro desquiciado y erigido en protagonista tarjetero no es buena idea rememorar episodios turbios, y por más que pudo ser injusto y por más que echáramos de menos una presión sobre el árbitro similar a la que hicieron los jugadores del Getafe, el caso es que el Atleti perdió a su tipo más en forma y en parte fue por su propia culpa, a pesar de poderse haber llevado dos penaltis. Que tome nota.

La última mención especial en este partido escrito, dirigido e interpretado por Buster Keaton es, naturalmente, para Reyes. Reyes volvió a aparecer en su versión más popular, la de tipo malcriado e inmaduro que no entiende nada de nada de lo que va este deporte. Poco tardó en ser expulsado, para algunos con rigor excesivo, lo que no hace que deje de ser imperdonable. Reyes echó a perder la ventaja que tenía el Atleti en ese momento, con el portero rival recién expulsado gracias a una maniobra inteligentísima de Maxi. Pero no, Reyes, enfadado por no haberle metido un gol a Contra, gritó a los cuatro vientos que estaba rabioso y que alguno se iba a enterar, salió corriendo detrás de un señor y le pegó una patada. A la caseta.

- ¿Por la entrada?
- Creo que más bien por burro
- Ah, mire

La paciencia de la grada del Calderón es tan legendaria como excesiva, pero aún así uno no comprende como aún se aplaude a Reyes de salida; hasta ahora no ha hecho mucho bien y sí bastante daño al equipo en situaciones puntuales. Ayer hubo división de opiniones y o bien Reyes opta por pensar de vez en cuando o los pitos se generalizarán pronto.

Tras siete minutos de descuento, tras un rato de fútbol-7 con un portero con guantes prestados (como en el colegio) al que nadie tiró un balón, tras dos ocasiones a puerta vacía falladas por el Getafe, tras muchísimas tarjetas de todos los colores, el árbitro pitó el final. La grada gritó, aplaudió, se pellizcó, se enfadó, se abrazó de júbilo y se llenó de dudas. Y todo eso, en un único segundo, oiga. Todo, sí, todo. ¿Un prodigio? Un prodigio, sí, un prodigio. Un prodigio fue que el Atleti ganara el partido y aún mayor que el Getafe lo perdiera. Un prodigio fueron algunas intervenciones de Abbiati y de Granero y de Agüero, pero esto último no es noticia. Un prodigio fue también que el Atleti fuera segundo en la clasificación durante muchos minutos. Prodigios de estos ocurren unas cuantas veces por temporada, y normalmente en beneficio de aquellos que acaban haciendo cosas importantes, así que por ahora agradecemos el prodigio y esperamos resultados. Ah, y un prodigio, una vez más, fue la portada de la revista “Forza Atleti”. Pero de esto ya hablaremos otro día.