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miércoles, 23 de septiembre de 2015

Algunos apuntes sobre la primera jornada (del Mundial de Rugby) y otros sobre el Atleti - Getafe


Con todo Londres (y entendemos que el resto del país) lleno de anuncios, spots, promos y menciones al Carry-Them-Home, se intuye que la presión que tienen los jugadores es enorme. Y más o menos eso pareció en el primer partido.

Con las calles llenas de camisetas de la Rosa (y eso que en una ciudad gigante como Londres el ambiente se diluye por pura cuestión volumétrica) y los pubs abarrotados de aficionados de todo origen, condición y nacionalidad, Inglaterra debutó ante Fiji. Los jugadores lo hicieron contra un equipo del que esperaba más, y los aficionados lo hicieron de mala manera, cantando “Swing low sweet chariot” durante el Cibi fijiano, algo que se tomó como una falta de respeto impropia del experto público inglés. Pero, oh amigos, las cosas cambian también en el rugby, y si el Nueva Zelanda – Argentina parecía no poder empezar porque por la megafonía atronaba “Start me up” de los Rolling Stones con los dos equipos ya preparados para la primera patada, ya uno se cree cualquier cosa. Incluso, que los ingleses hayan perdido el sentido del respeto ante las danzas rivales.

Inglaterra ganó pero no dejó sensaciones demasiado buenas. Sosos, tristones, algo torpes con las manos, los ingleses tuvieron la suerte de no tener enfrente al Fiji que se esperaba. Quizás también presionados por el inicio del torneo, los fijianos cometieron muchos errores con las manos, no desplegaron el juego volador que los hace tan peligrosos y terminaron por perder contra una Inglaterra vestida de rojo y grana, dejando algún placaje peligroso en el camino y la sensación, por unos minutos, de que podrían ensayar e igualar el partido. No fue así.

Habrá que ver más a Inglaterra, pero su primera actuación hace que el cartel de favorito (o finalista casi seguro) que cuelga de su camiseta parezca ahora menos firme, cogido con imperdibles en vez de con triple hilo de bramante. Veremos. Su grupo es dificilísimo: Gales, que ganó cómodamente a Uruguay, dejó sensación de cierta fragilidad y, sobre todo, perdió aún más jugadores en lo que está siendo una plaga de lesiones sin precedentes. Australia aún no ha debutado (lo hará hoy) y hay ganas de verles jugar tras los últimos partidos contra los All Blacks. La clave puede estar en los puntos bonus, que la cosa va a estar apretadita. Un grupo complicado.
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En el Grupo B saltó el sorpresón: Japón ganó a Sudáfrica en el último segundo y pubs, redes sociales y bares de sushi estallaron al unísono. Japón venció además con drama y emoción, como gusta a cualquier aficionado a cualquier deporte, y de paso encendió una mecha nueva.

Hay quien piensa que la victoria de Japón es de las cosas más importantes que han pasado en el rugby moderno, en el que con frecuencia se critica la diferencia enorme entre los grandes y los pequeños. Hay pocos test matches entre naciones de primer nivel y de segundo, mucho menos de tercero, hay pocas posibilidades para que los países con menos tradición se enfrenten a los grandes y aprendan a competir. Japón vino a romper unos cuantos tópicos.

Es cierto que para muchos expertos en rugby del Sur, incluido alguno de Onteniente y el mismísimo Fermín de la Calle, el tropiezo de Sudáfrica no fue una sorpresa total (dejando aparte la forma en la que se produjo). La derrota contra Argentina dejó a la luz rencillas internas, decisiones contestadas del entrenador, alineaciones basadas en los galones y no en los estados de forma, cuestiones sobre la edad media del equipo. Tampoco hay que pensar que los japoneses son un equipejo recién llegado con rugby folklorico y de carambola: tienen experiencia en los Mundiales, una liga fuerte y un buen plan para llegar con un equipo de garantías a la próxima edición, que se celebrará en su casa. Vinieron a Madrid siendo número 10 del ranking mundial, lo que implica estar por delante de un VI Naciones o de un equipo del Rugby Championship, ahí es nada. Rápidamente el ciberespacio y las redes sociales se llenaron de alabanzas a Japón nada más ganar, como si un desarrapado ganase a un multimillonario a fuerza de valor, valores, riñones y dientes apretados. Todo eso aportó Japón, sí, pero también un partido excelentemente planteado, un plan de muchas semanas para jugar este partido en concreto, jugadores de talento y un momento determinado que fue aprovechado a la perfección, moviendo de lado a lado a los sudafricanos; por la televisión quedó claro que los sudafricanos tenían cara de pánico y eso mismo vio el capitán japonés cuando ordenó jugar y no patear, lo que demuestra la fe en el trabajo realizado y la confianza en los compañeros, la personalidad para decidir en un momento clave, la intuición para saber cómo sacar ventaja del sin bin rival, la capacidad, en definitiva, para leer el juego y tomar riesgos. Las cosas, cuando se hacen bien, dan su fruto y quizás Japón haya sembrado la semilla del ejemplo para las Federaciones que se lamentan de que el futuro es inalcanzable, como por ejemplo la española. Japón ganó con un plan, disciplina, método, ganas y buenos profesionales (y eso que no todos los rugbiers japoneses lo son), no solo por testosterona, kamikazes, valores  y milagros.

Tras unos días en Londres siguiendo de cerca todo lo que ocurre en el Grupo B, uno se pregunta ¿dónde están los escoceses? Vale que aún deben jugar, pero no se ha visto casi ninguna camiseta azul, sólo un kilt (y con camiseta All Black) y ni siquiera en las tiendas hay merchandising oficial de los escoceses, sólo la curiosa camiseta con los flancos de tartan que se pudo ver, medio escondida, en la tienda oficial. Con Escocia viniendo de menos a más gracias a un rugby más vistoso que el que la tradición señala y con un grupo revuelto gracias a Japón, confiamos en que nuestros adorados escoceses vayan abandonando los wee bit hill and glen y entrando en las tierras del Sur. El rugby no es lo mismo sin ellos.
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Irlanda ganó con comodidad a Canadá, que no parece ser una referencia válida para tomar el pulso a los Chicos de Verde. Irlanda volvió a dar la sensación de máquina de rugby, pero habrá que ver qué pasa en su enfrentamiento contra Francia quien, asombrosamente vestida de Gales, terminó de confirmar que el futuro de los italianos es cada vez más complicado.

Quizás la mayor incógnita para los irlandeses esté en Francia y en Argentina, con quien teóricamente se cruzarían si son primeros de grupo y los Pumas segundos. Argentina ha demostrado que no ha venido de turismo y tienen ganas a los irlandeses. Francia podría poner en cuestión eso de que serán segundos de grupo, con lo que muchos de los pronósticos saltarían por los aires. Por su parte, de ese lado del cuadro sale el rival de Inglaterra, que no tiene tan buena pinta como se presumía … interesantísimo ese lado del cuadro.
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En Wembley, ni más ni menos, 90.000 personas incluyendo multitud de neozelandeses, muchísimos argentinos muy entendidos en rugby, unos chilenos muy ruidosos, gran cantidad de irlandeses, uno o dos escoceses, gran cantidad de españoles y muchos, demasiado franceses (y demasiado mal educados), los Pumas jugaron un partido fantástico ante un equpo neozelandés que sumaba más de 1.000 caps (a 70 de media, más menos …) que terminaron perdiendo. Perder no le gusta a nadie, perder así contra los All Blacks es otra cosa.

Muchas cosas se pueden decir del partido. La primera, que si los Pumas no salen nerviosos y ansiosos los primeros diez minutos, quizás habrían tenido 6 puntos más de ventaja a medio tiempo; lo segundo, que Richie McCaw ha terminado por ganarse una mala fama que lleva a una buena parte de la afición a abuchearle cada vez que le enfocan, aunque esta vez la zancadilla mezquina sobre Fernández Lobbe sí mereciera la reprobación pública. Más cosas: Sonny Ben Williams contribuyó en buena manera a cambiar un partido en el que Ma’a Nonu pareció gris y tristón, Conrad Smith se fue al Sin Bin, Retallick volvió a demostrar que su presencia intimida a todos y Aaron Smith es más listo que el resto. Dicho esto, los verdaderos protagonistas fueron los Pumas, dominadores en ataque y en defensa en la parte central del choque, entre el minuto 15 y el 60; pero, ay amigos, los All Blacks son demasiado fuertes para jugar 45 minutos y en el espacio que va del 60 al 70, tras varios cambios, dieron la vuelta a un partido que hasta entonces se les había atragantado. Del partido salen reforzados los Pumas y los All Blacks pasan a estar bajo la lupa: salir tan convencidos de su poder demoledor en el último cuarto les puede pasar factura con otros equipos.

Y, horas antes, y entre gritos de admiración en un pub céntrico, Georgia daba una clase práctica de cómo placar todo lo placable y ganaba a Tonga, primera sorpresa del día. Tonga, con muchos kilos y muchos caballos de vapor, no pudo con los malencarados georgianos, quizás candidatos a poner en muchos aprietos a Namibia y, sobre todo, a castigar las costillas de cualquiera que se le ponga por delante. Jugar contra el rival que acaba de medirse a Georgia empieza a ser una ventaja para el que no ha sufrido recientemente las embestidas de ese tropel de porteros de discoteca con barba hasta las bolsas de los ojos que se anotaron su primera victoria en un mundial y dejaron a los tonganos llenos de cardenales para los próximos cinco días. Un equipo a vigilar, más que por poder clasificarse, por poder lesionar a medio grupo.
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El Atleti jugó un partido la mar de soso y peligroso a ratos que sirvió para bastantes cosas, a pesar del tedio. El Getafe no parece demasiado enemigo y por tanto Simeone hizo eso que se hacía antes en el Calderón: pruebas. Salieron varios de los que no suelen jugar, salió alguno de los que aspira a jugar más, salió uno que no creemos que deba jugar más y salió el Atleti con tres puntos más. Salir-más, salir-más, el mantra del recién divorciado, del que ha perdido 15 kilos de golpe, de la tropa que visita Magalluf.

El experimento local, además de tres puntos estupendos, dejó unos cuantos mensajes al respetable. 

1. Ferreira Carrasco no parece tener demasiado sitio en el equipo. Si lo que tiene es lo que mostró ayer, quizás sea mejor que salga los segundos tiempos como hizo en Sevilla y quite minutos a los titulares. Por ahora no parece funcionar y es posible que necesite algún tiempo de adaptación aún. A día de hoy, y esperando equivocarnos, parece un fichaje caro y no demasiado adecuado a lo que necesita el equipo. Confiemos.

2. Siqueira volvió a hacer oposiciones a salir del equipo y no jugar más. Enloquecido, inoportuno, torpe y poco listo, Siqueira consigue que el resto del equipo se crispe, se ponga nervioso, pierda concentración, calidad, contundencia. Siqueira juega en corto cuando hay que jugar en largo e intenta hacer un caño cuando hay que pegar un patadón. Tiene potencia, tiene regate y tiene hasta un verbo fluido en las entrevistas; lo que no parece tener es idea de en qué consiste el fútbol que juega el Atleti. O mucho mejora o mucho empeoran Filipe Luis y Gámez y Lucas Hernández, o Siqueira parece ahora el cuarto candidato a jugar de lateral izquierdo … y es muy grave eso.


3. Óliver Torres es un gran jugador que hace cosas de jugador no tan grande. Pierde balones en malos momentos, se complica cuando no debe, fuerza al equipo a recuperar posiciones al sprint por entretenerse demasiado en recursos barrocos. Con la calidad que tiene, con la visión que tiene, con la técnica que tiene y con la pinta de pillo de esos que van en scooter trucada sin casco por las playas de Barbate, Óliver Torres tiene todo para ser un jugador importantísimo; todo, salvo la calma y la experiencia, que son cosas que se consiguen con tiempo y partidos. El problema es que si se convierte en un generador de inferioridades, en un pasador al contrario o en un perdedor de balones, con Simeone tendrá mucho menos tiempo del necesario para mejorar, porque el Atleti simplemente no se puede permitir ese lujo. A vigilar de cerca, esperando que se cumplan nuestros mejores deseos de ver al jugadorazo que parece ser.


4. Saúl jugó en el doble pivote y lo hizo muy bien, con mucho despliegue y fuerza. A su lado jugó bien Gabi, que quizás tenga sus mismas características. Quizás Saúl se complemente mejor con un jugador del corte de Tiago, sensato, táctico y pausado; ayer, cuando salió Tiago, el Atleti dejó de correr por todas partes y todo tuvo más sentido. El buen momento de Gabi y la solvencia ayer de Saúl nos dan tranquilidad en la parcela más pulmonar del centro del campo; mientras tanto, todos rezamos porque Tiago siga así mucho tiempo, al menos hasta confirmar que Kranevitter puede hacer esa función, algo que el que suscribe ignora.


5. Savic no tuvo mucho trabajo pero lo que tuvo lo hizo bien. Cerca tuvo a Juanfran, de nuevo espléndido, y a Godín, fantástico incluso a la hora de cubrir las lagunas del incomprensible Siqueira. Savic fue bien caro (15 millones más Mario Suárez) y debería ser un central de muchas garantías, aún por detrás de Giménez. Ayer dejó buen sabor de boca.


6. Griezmann es, sencillamente, asombroso. Un gol nada más empezar el partido, tras definir estupendamente. Otro gol al final del mismo, rematando de aquella manera un pase de Jackson que le dejaba el gol franco. Entre tanto, no tanto: carreras, cambios de posición, ratos de segundo delantero, ratos echado a la banda en un 4-1-4-1 o un 4-2-3-1…. Pero al final, dos goles como dos soles y la sensación de que es un jugador iluminado por el rayo divino. Miedo dan las ganas que tendrán en el palco por dar el pase.


7. Pero si alguien de la delantera se va del equipo, nos tememos que Correa ocupará el hueco sin problemas y con brillo. Rápido, con ganas, habilísimo  e incansable a la hora de recuperar, Correa dejó claro tener eso que hace diferente a un jugador, eso que no se sabe explicar pero se ve rápido, eso que tienen sólo unos pocos. Correa formó un lío nada más salir y la afición abría mucho los ojos cada vez que la tocaba, esperando una jugada mágica o un regate de artista. Correa tiene una pinta excelente y a bote pronto uno diría que nos hará sonreír muchísimas veces. Tras lo de ayer, hay ganas de verle mucho más.


8. Jackson Martínez dio un buen pase de gol … y poco más. Algo apático, lento y bastante despistado, a Jackson parece que le está costando enterarse de cómo debe jugar. Ayer el público le dio una pista aplaudiendo una de las escasas ocasiones en las que se pegó una carrera para presionar al portero rival. Jackson ni trabaja como Torres ni tiene la habilidad para retener el juego que tenía Mandzukic , aunque de vez en cuando deja caer una perla técnica que sugiere que tiene cosas que aportar. Por ahora, Jackson es bastante insulso, algo vago y parece muy despistado. Lo bueno es que sólo puede mejorar. Lo aún mejor es que está en manos del Cholo: si un cenutrio como Diego Costa acabó entiendo lo que se pedía de él, entendemos que Jackson también lo hará. 

domingo, 18 de julio de 2010

De Mundiales y clanes


Si hace tres años nos cuentan que la selección iba a ser campeona de Europa y llevar una estrellita en el pecho, nos da un ataque de risa. Pero no, acabó el Mundial y ganó España, quién nos lo iba a decir. Ganó España luciendo menos fútbol preciosista de lo que nos gustaría, marcando menos goles de los deseados y pasando con los apuros con los que se ganan los torneos cortos: ganando uno cero, marcando cuando queda poco tiempo, sufriendo en los cruces con equipos teóricamente asequibles, viendo cómo el rival te conoce y sabe cómo hacer daño aunque no pueda hacer tanto como le gustaría. Pero España ganó, ganó bien y dejó sensaciones de equipo grande lleno de grandes jugadores. Y acabó el Mundial y la gente se echó a la calle y se pintó la cara y hablaba de la Roja, que choca un poco. La gente se olvidó de la crisis y de la situación económica y de la hipoteca y se prestó toda su atención a un pulpo, un balón volante y unas trompetas. Es lo que tiene el Mundial, y más aún cuando lo ganas.

Acabó el Mundial y algunos, algunos de los nuestros, se quedaron con cara de que no todo había salido a la perfección. A los nuestros, a nosotros, nos habría gustado que el Mundial tuviera más presencia del Atleti, claro, más allá de Forlán y Simao y Heitinga poniendo cara de no explicarse las cosas. A los del Sevilla les habría gustado que Luis Fabiano fuera el máximo goleador y que Navas hubiera metido el gol de la victoria en la final, a los del Valencia les habría hecho ilusión que Silva y Mata hubieran jugado más y los del Bilbao hubieran preferido que Javi Martínez hubiera sido titular y, ya puestos, que Toquero hubiera ido convocado. Pero aquí hablaremos de los nuestros, de los del Atleti, y si el resto quieren que se hable de lo suyo que vayan y convenzan a un blogger con gafas y cara de tonto como el que suscribe, que tampoco es tan complicado.

Los del Atleti, o al menos algunos, acabaron el Mundial contentos pero con mal sabor de boca. A los del Atleti no nos gustó que no hubiera ningún jugador del equipo en la selección, pero más o menos nos lo esperabamos y también nos lo explicamos. A los del Atleti nos molestó un poco también todo lo que se montó en torno a Luis Aragonés y sus supuestas críticas continuas hacia Del Bosque, que no parecieron ni tan descabelladas ni tan descarnadas como la prensa quería hacer ver. Luis, como de costumbre, estuvo poco afortunado en las formas y más acertado en el fondo, pero, también como de costumbre, quizás estuvo lento a la hora de frenar, espeso a la hora de callar y torpe a la hora de hablar. Con Luis ya se sabe y con la prensa también se sabe qué pasa cuando anda Luis por medio, así que tampoco fue esa la espinita clavada en el corazón del los atléticos, o al menos no la más hiriente.

El motivo de ínfimo disgusto, el vaho que empañaba el éxito, la china en el zapato victorioso fue el Mundial de Torres. Torres, a quien seguimos viendo como nuestro porque no sólo lo es sino que lo proclama a los cuatro vientos cada vez que puede, no jugó el Mundial que esperábamos. Nos habría gustado, claro, ver al Torres de la final de la Eurocopa, al Torres que arrasa defensas en la Premier, al Niño que mantuvo viva una afición mientras ésta y todo el Club hacía la travesía de un desierto que no sabemos si continuará tras el oasis de Hamburgo. La afición esperaba volver a presumir de goles en finales, de remates acrobáticos, de arrancadas dejando atrás defensas rivales y de porteros con cara de susto encomendados a San Paradón al ver que venía corriendo un tipo con pecas y brazos tatuados.

Pero Torres, recién salido de una lesión y una operación, tras una temporada complicada en la que su Club de ahora no ha dado la talla y ha sembrado muchas dudas sobre el futuro, tras semanas de rehabilitación y gimnasio y, todo sea dicho, jugando en un equipo en el que sus enormes virtudes no lucen como lo hacen en otras plantillas de menos toque y más espacio, no jugó bien. Torres estuvo impreciso, falto de minutos, presionado, algo torpón. No controlaba los balones como en él es costumbre, no arrancaba con la potencia ferroviaria de siempre, no encontraba puerta y, cuando la encontraba, había un portero portugués en estado de gracia. Torres, además de lo anterior, ha jugado un Mundial poco apto para delanteros centro, un Mundial de equipos cerrados que no favorecen su juego, de centrales grandes y medio centros aún más grandes, de equipos tácticos con pocas fisuras en su entramado, de equipos que jugaban igual que el resto de equipos, sin dar opciones al rival, sin abrirse alegremente al ataque, sólo defendiendo y defendiendo, renunciando a ganar.

Torres empezó regular, jugando su primer partido en meses justo antes del Mundial y jugando pocos minutos en el partido contra Suiza. A los pocos minutos de su aparición, Torres, o al menos eso nos pareció a los que nos fijamos en él más que en el resto, empezó a recibir críticas. Quizás justas, posiblemente excesivas. Torres no está, Torres no debería haber jugado, Torres no debería haber venido, se oía. Torres está haciendo la pretemporada en el Mundial, el sitio de Torres debería haberlo ocupado otro, qué mal está Torres, qué apático está Torres. Con los partidos, la tendencia se agudizaba. ¿Qué mal Torres, no? decía para empezar la tertulia post partido ese amigo medio tonto que todos tenemos y no entiende que molesta con ese tipo de cosas, aunque pretenda agradar. Torres está tieso, ¿a que sí?, preguntaba ese compañero de trabajo que todos tenemos y que se cree que tiene con uno más confianza de la que realmente tiene. Torres no está, Torres está consentido, Del Bosque no tiene valor para quitar a Torres, decía la prensa.

A estas alturas, esto es, mediado el Mundial, el atlético, ya convertido en Torrista lo quiera o no, sentía cada pregunta y comentario como un ataque personal, y justificaba casi todo lo que hacía Torres como si fuera un hermano, un sobrino, un íntimo amigo e intuía tras cada crítica otra crítica más profunda, un pellizco dirigido al hígado del atlético con intenciones pugilísiticas. Ya a mediados del Mundial uno vivía los partidos de España mucho más nervioso porque Torres lo hiciera bien que porque el equipo ganase. A esas alturas uno leía y releía las crónicas buscando únicamente qué se decía de Torres y ya tenía claro qué periodistas eran afines, qué periodistas son objetivos, qué periodistas son críticos hasta la injusticia y la caricatura; estos últimos, los menos, son curiosamente los que más llamaban la atención y más irritaban. Uno sabe que el periodismo del corazón, el segmento más afín al periodismo deportivo español, consiste en ver cómo unos señores medio calvos se ganan un dinerote mofándose de las asperezas en los codos de las top models multimillonarias; sin embargo, uno no asume con igual indiferencia las críticas hacia Torres. Quizás sea exagerado, quizás no.

Curiosamente, en estas circunstancias uno pasa por encima de las críticas justificadas y los mensajes de comprensión y ánimo y sólo se fija en los ladridos de los periodistas-bufón, de los que aprovechan la ocasión para cobrar cuentas pendientes que datan de épocas en que cayeron ídolos que vestían camisetas más blancas. Visto desde fuera, quizás los Torristas parezcamos integristas, forofos, fanáticos exaltados que no vemos la realidad sino un reflejo deformado, y a lo mejor no les falta razón. A estas alturas ya no teníamos en cuenta las constantes declaraciones de apoyo de los compañeros, la defensa constante del seleccionador, los piropos de su teórico rival por la atención en el ataque, Villa. No. No veíamos más, o no queríamos ver, y quizás tengan razón los que nos ven como fanáticos. Quizás. Pero quizás no.

Hasta el torrista más exaltado asume que es normal que a Torres se le exija más que al resto. Torres es una estrella, lo ha sido desde hace tiempo, ahí están las hemerotecas para los que no acuerdan sólo de lo que les interesa. De Torres se espera que marque la diferencia, que marque el gol del Mundial en la final, que nos deje en la memoria goles y celebraciones. Es normal exigir eso, al fin y al cabo lo ha hecho ya varias veces. Pero con Torres, como con otros (que no decimos aquí que sólo pase con él), no siempre se es mesurado en la crítica, quizás tampoco en la defensa. A Torres se le ve como el propietario de ese chalet enorme que antes estaba en el monte y ahora quedó en medio del nuevo barrio de pisos modestos al que todo el mundo se siente con derecho de tirar las mondas de naranja por encima de la valla. Si Torres, que es rico y una estrella de ultramar, juega mal, se le machaca; si yo sólo me puedo permitir comer naranjas, le tiro las peladuras a ese, que para eso es rico. Y Torres, encima, no sale con la recortada por encima de la valla cada vez que cae una monda, sino que no dice nada y da los buenos días cuando se cruza con el vecindario y esta actitud, lejos de inspirar respeto e impulsar a dejar los ataques, azuza al comedor de naranjas, ya borracho de vitamina C, consciente de que no recibirá un tortazo aunque se lo merezca.

Parece que poco importa que Torres haya hecho lo posible y lo imposible por estar a punto para jugar; a ojos del no-Torrista, parece que Torres hubiera llamado a la federación a decir que él iba al Mundial quisieran o no, que quería la habitación grande y no dormir con Puyol, que ronca. Parece que a Torres no le hubieran llamado, que no le hubieran pedido forzar para intentar llegar porque el seleccionador le consideraba necesario. Poco importa que Villa haya dejado claro, con sus declaraciones y sus dos últimos partidos, que jugar sólo en punta en este Mundial y en este equipo es un infierno. Poco importa que Torres, estrella mundial e ídolo de jovencitas y maduritas manchegas, no tuviera ningún reparo en hacer el trabajo sucio al resto, en permanecer en zona oscura pegándose con los defensas, en jugar, como ya hiciera en el Atleti, de portor cuando sus condiciones exige que sea la estrella. Nada importa, no se toma en cuenta, no parece merecer respeto.

Si Torres hubiera tenido un poco de suerte, si hubiera entrado su tiro en el partido de Portugal, si Pedrito hubiera pensado un poco más en el equipo en aquél contraataque o si Cesc no hubiera querido solucionar las cosas sólo en aquél otro, si a Torres le hubieran pitado aquél penalti de la mano del rival o alguno de los empujones que se ha llevado en el área, Torres habría hecho el mismo Mundial y la prensa le habría considerado fundamental para el equipo. Pero no fue así, ya lo sabíamos, ya sabemos algunos que a Torres las cosas le cuestan más que al resto, que tienen que justificarse continuamente a pesar de tener un curriculum histórico y de ser un ídolo en un par de clubes en los que algo de fútbol se sabe. Y eso que Torres, que es mucho más maduro que el que suscribe y mucho más que Vd, lector, que a estas alturas lleva un cabreo de mona recordando el Mundial, llevó las cosas mucho mejor que nosotros, o al menos eso parecía. Aunque en la televisión enfocaban su cara ofuscada durante diez segundos y no tanto sus abrazos a los compañeros que le sustituían, Torres no se inmutaba. Torres dijo que si le tocaba vivir el Mundial desde el banquillo no tendría ningún problema y animaría al resto como el que más. Torres no ha tenido malas palabras ni ha escupido al cámara que recogía su mal momento, por más que les hubiera gustado a algunos que lo hiciera y así poder comparar su mundial con alguna estrella de la pedicura. Torres asumió su papel, no dio un problema, no celebró el gol sólo con un grupito, volvió a dar lecciones. Lecciones de respeto al resto del equipo, lecciones de respeto a los que no le tienen respeto, lecciones de madurez, lecciones, una vez más.

Y no hacía falta ser premio Nobel para ver que, tras la final, algo le pasaba a Torres. Más serio de lo normal, Torres no tuvo la presencia en las celebraciones que nos habría gustado, ni tenía la cara de éxtasis de la Eurocopa. Que a Torres algo le pasaba es algo que sospechábamos, y lo confirmamos en cuanto llegó a Madrid. Torres llegó a Madrid con la cara más seria del equipo y el brillo en los ojos de los partidos grandes y si le da por silbar "The Farmer in the Dell" desde el bus descapotable, se esconden los niños a su paso en los portales. Llegado a Moncloa, Torres pidió una bandera con un escudo del Atleti y, como en la celebración de la Eurocopa, la puso en lugar bien visible. Antes de que los compañeros lucieran banderas de sus ciudades y regiones, de los que iban a homenajearles en privado unos días después, Torres se puso la de su gente. Alguien le tiró una camiseta del Atleti con el número 9 y la colgó en la valla del bus, la señal más clara, la piel de conejo en la valla de los Cinco Puntos, la misma llamada. No hizo falta mucho más. Igual que los Conejos Muertos, aquellos a los que el mensaje iba dirigido lo tuvieron claro sin necesitar más explicación. Cuando el autobús llegó a Neptuno, eran muchas las camisetas del Atleti y muchos las gargantas que cantaron lo que tantas veces se cantó en el Calderón, era claro el tono de reivindicación y muchas las ganas de que el Niño lo notara, de que respirara al menos en esa plaza, la admiración y el respeto que merece y que no siempre se le ha hecho llegar ni en este Mundial ni en muchas ocasiones antes.

Sabíamos que algo no iba bien, ahora lo tenemos claro. Quizás no sea para tanto, quizás hayamos radicalizado nuestra postura, quizás nos hayamos echado al monte. Quizás sí haya sido proporcionado, quizás nos hayamos echado al monte porque no nos ha quedado otra, quizás simplemente era lo que había que hacer y son otros los que deben reflexionar.

Y, en cualquier caso, exagerado o no, cuando un miembro del clan aúlla, el resto del clan responde. Como siempre ha sido.

sábado, 29 de septiembre de 2007

Tonga, patria querida

Inglaterra y Tonga se jugaron ayer el pase a cuartos en el Mundial de Rugby . Inglaterra es campeona del mundo y una potencia internacional en este deporte y en muchos otros. Tonga es un país diminuto formado por montones de islas que casi nadie sabría situar en un mapa. Ayer salían en igualdad de condiciones: hay que ver qué bonito es el rugby.


Ayer muchos íbamos con Tonga. Esto es anecdótico para algunos, pero no para mi: en mi familia, aunque de ascendencia mayoritariamente gaditana, desde siempre hemos sido muy de Tonga.

En el pub irlandés en el que se suelen ver estas cosas (ya estamos con los bares, dirán Vds; pues sí, qué le vamos a hacer) había algunos ingleses y muchísimos partidarios de Tonga, naturalmente. Cuando salieron los jugadores de Tonga, que no sabemos si se llaman tonganos o tongueños, el pub era un clamor ante tanto despliegue muscular y capilar. Salió Inglaterra y hubo abucheos y hasta un conato de abandonar el local. La mayoría estaba con Tonga y los cuatro o cinco ingleses que aparecieron se encontraron con un sorprendente ambiente hostil desde el primer momento. Los ingleses miraban con recelo y entre dientes recordaban a los aficionados hispano-tonganos la Armada Invencible, Trafalgar y la Eurocopa del 96. Los ayer tonganos hablaban de la Guerra de la Oreja de Jenkins, de Fernando Alonso y de Fernando Torres, además de echarles en cara la más horrible contribución inglesa a la humanidad: la invención del porridge.

La gente estaba pues con Tonga y eso que no sabía muy bien dónde está Tonga. Está cerca de Australia, decían unos. Pasando Isla de Pascua, todo recto y a la derecha, decían otros. Algunos la situaban en Asturias.

- Eso es Ponga, oiga

Tanto da. Ayer íbamos con Tonga aunque lo más cerca que hemos estado de la Polinesia fue en un bar hawaiano en nuestra adolescencia. Resulta difícil no ir con unos jugadores con esos peinados. Más aún si representan a un país de 100.000 habitantes con el coraje suficiente para poner en un aprieto a una potencia mundial. De esos cien mil habitantes están federados diez mil. Si, es un poner, algo más de la población son mujeres, un veinte por ciento hombres mayores de cuarenta años y otro veinte por ciento menores de quince, nos queda que todo hombre tongueño viviente en edad de hacer deporte a cierto nivel juega al rugby. Y además con la suficiente calidad como para jugarse el pase a cuartos de un mundial, ni más ni menos. Sería, y es otro poner, como si Orense tuviera una selección de fútbol y se jugara el pase a cuartos del mundial con Brasil. ¿Podría alguien no ir con ellos?

Lanzaron los tonganos su danza ritual para retar a los ingleses, situados a menos de un metro de la línea de medio campo, así, como diciendo que de miedo andan justitos. El entusiasta público pro-Tonga se preguntaba cómo se llama la danza. La haka tongana, decían unos. La jota tongueña, decían otros. El baile se llama Sipitau, que así bien visto también puede sonar asturiano. Terminado el Sipitau con el clásico riau-riaú tongano, empezó el partido. Y vaya cómo empezó: con un rodillazo en la cara de un flanker inglés que quedó tendido en el suelo (y no sería la única vez que mordería la lona). La furia inicial de Tonga puede que le pasara factura al final, pero dejó ratos estupendos de rugby eléctrico. El ensayo de Hufanga tras un asombros slalom a punta de velocidad levantó los gritos de los asistentes. Tonga por delante, Inglaterra a remolque y mi familia contentísima.

Pero Inglaterra tiene dos cosas que Tonga no tiene: resistencia física y continuidad en su juego de delantera, y a Wilkinson. Wilkinson garantiza puntos y, por lo visto ayer, también placajes de mérito y contundencia. El primer ensayo de Inglaterra, conseguido por Sackey tras un pase de Wilkinson digno de Schuster acercó a los ingleses en el marcador. A medida que avanzaba el partido Tonga mostraba menos continuidad en el juego de su delantera, agotada por el esfuerzo, y errores burdos en malos momentos y peores sitios. Sackey de nuevo despues de una espectacular carrera tras un fallo en el juego a la mano de Tonga, Tait y Farrel terminaron con los tonganos a fuerza de ensayos. Inglaterra terminó el partido con sensación de rodillo y los tonganos dijeron adios a un mundial que han contribuido a animar y dar colorido. Su oración final con toda la plantilla unida en una piña en el terreno de juego es una de las imágenes que emocionan a los aficionados y a los que no lo son aún pero terminarán por serlo.

Tonga perdió pero nos quedamos tan contentos. Historias como esta, países pequeños que se hacen grandes a fuerza de casta y orgullo, hacen del rugby un deporte maravilloso. Los partidarios de Tonga, con mi familia a la cabeza, pueden estar contentos tras lo visto este mundial. Que pena no lo viera mi abuelo, con lo fanático que era de esta gente. Y eso que era de Ávila.


viernes, 14 de septiembre de 2007

Rugby (ahí es nada)

Hoy, en vez del Atleti, hablaremos de rugby, que para eso está la Copa del Mundo en marcha y la prensa patria no le hace ni caso. Si aprendiéramos un poco de este deporte, si nuestros futbolistas entrenaran con la selección española de rugby un par de veces por semana y vieran de vez en cuando un partidito, otro gallo cantaría.



Uno, que ya tiene edad de contar batallitas como bien saben los esforzados seguidores de mis artículos, se aficionó al rugby en los años ochenta, fíjense Vds. En los ochenta, cuando los calentadores y las sombras de ojos y los nuevos románticos. En los ochenta la televisión pública (la 2, vaya) daba el V Naciones, hoy VI Naciones ad maiorem marcarum gloria. Era los sábados por la tarde, y Ramón Trecet nos hablaba a gritos de las tradiciones de los equipos británicos, del orgullo irlandés, de plasticidad del juego francés a la mano, de las historias sobre la imposibilidad de encontrar smokings de alquiler para los terceros tiempos con los que vestir a los inmensos delanteros galeses. Nos habló del significado del “Flower of Scotland”, de lo emotivo del “Land of our Fathers”, de los gritos de la afición galesa en Arms Park marcando el ritmo del empuje de los suyos en cada melé, “heave!”.

Los que veíamos esos partidos (y algún otro a quien le arruinábamos la siesta con las voces de Trecet) nos aficionamos a ese deporte practicado por equipos compuestos por tipos duros y tipos listos al 50%. Muchos policías, algunos abogados y cirujanos, bastantes mineros, no todos en perfecta forma física, todos amateurs. Cuando Trecet daba voces por las tardes las camisetas de los equipos no lucían ni la marca del fabricante ni mucho menos el logo del patrocinador, y eran de colores limpios y preciosos a salvo de la contaminación comercial, con los escudos de cada nación sobre el pecho. Gracias a esas retransmisiones nos enteramos de que los galeses consideran el rugby su deporte nacional, y que hacen frente a países mucho más populosos a fuerza de coraje y orgullo de clase trabajadora. También supimos que los ingleses cuentan con tipos cultivados y aristocráticos entre sus filas, que los irlandeses del Norte y los del Sur juegan juntos porque el deporte y el equipo son anteriores (y posiblemente superiores) a cualquier disputa política; que un capitán de Escocia dijo aquello de “ganar a Francia es un placer, ganar a Inglaterra es un deber”. También supimos que los franceses basan su potencial en su facilidad para el juego a la mano, gracias a jugadores en su mayoría nativos del Sur del país y algunos de origen español como ese Laurent Rodríguez que cerraba las melés francesas con la contundencia de un cerrojo Fac.

En esos años nos aficionamos a este deporte raro que no tenía tradición en España a pesar del entusiasmo de los que lo practicaban, y no sabemos si lo hicimos por la vehemencia de Trecet, o por las preciosas imágenes de las retransmisiones, o por la emoción de los himnos o los colores de las camisetas. También tuvieron algo que ver los jugadores del momento, los héroes de equipos que representaban a sus pueblos con un compromiso que ya quisiéramos algunos ver en los jugadores de nuestros equipos y nuestra selección. En esa época sacrificábamos con gusto la siesta por ver al gran Serge Blanco ensayando mientras se sacaba un hombro, a Pierre Berbizier dirigiendo el cotarro, a Phillipe Sella flotando entre las líneas rivales. De azul más oscuro y con un cardo en el pecho veíamos a los hermanos Hastings, Scott y sobre todo Gavin, aplaudido por todos sus rivales en su retirada. Y a John Jeffrey, el “Tiburón Blanco”, reconocible entre los amasijos de piernas y brazos por su pelo rubísimo, como Alberto Malo era reconocible por su melena pelirroja en España. Irlanda pasaba por momentos complicados a pesar del tonelaje de Noel Manion, e Inglaterra paseaba curricula gracias a Christopher Robert Andrew, distinguido jugador de rugby y cricket en la universidad de Cambridge, o al controvertido Johnatan Webb, zaguero del equipo nacional y cirujano de manos blandas y temperamento gélido. La nota de color la daba la madre de los hermanos Anderwood, Rory y Tony, de origen chino y siempre captada por las cámaras en la grada por su expresividad casi tan explosiva como el sprint de sus hijos.

Entre todos destacaba, cree el que suscribe, uno y solo uno. Posiblemente el más feo, el menos fuerte, el más antiestético en las fotos de equipo, el que siempre se sorbía la nariz cuando le enfocaba la cámara. El tipo que fijaba las mangas a las muñecas con esparadrapo para que no se le subieran. El que se fue al rugby a XIII para luego volver, más musculado, a liderar de nuevo al equipo que dejó en la estacada en una traición imperdonable para la grada, que luego perdonó por ser quien era. Jonathan Davies, naturalmente, el más brillante de todos.

Enganchados por el virus del rugby empezamos a mirar más allá, hacia el Sur y hacia Argentina. Nick Farr Jones, Michael Lynagh, Hugo Porta, Francois Pienaar, John Kirwan fueron nombres que nos empezaron a sonar, como el de Wayne Shelford, capitán de la selección maorí que hizo una gira por España y que, al firmar un autógrafo a un amigo apretando su pluma estilográfica para que quedara clara la tinta, se la devolvió abierta en dos como un tirachinas. Supimos lo que era la “haka” y nos quedamos fascinados por esos tipos rubios honrando la memoria de los antepasados maoríes de sus compañeros de equipo.

Llegaron entonces los mundiales, y la profesionalización y los cambios constantes de reglas y las emisiones “restringidas” del V Naciones, luego VI por la entrada mediática de Italia. Las touches disputadas a cinco metros del suelo, las camisetas apretadas, los tipos ultra-musculados, Jonah Lomu, y el impacto comercial. Algunos pensamos que ya estaba, que las marcas habían llegado al último deporte virgen, al último reducto del espíritu que debería gobernar todas las competiciones. Nos temimos que la mercadotecnia podría hacer desaparecer la tradición, o caricaturizar los ritos, o hacer desaparecer el respeto del ganador hacia el vencido. Nos temimos que el rugby se futbolizara, esto es, nos temimos lo peor.

Pero, miren Vds por donde, no fue así. La comercialización, la masiva aparición en los medios no ha podido por la esencia de un deporte que sus aficionados guardan como un tesoro. El pasillo de honor que el ganador hace al derrotado al final del partido resume la identidad del rugby y sus jugadores, su esencia y su tradición, la profundidad de lo que está en juego en cada partido. Los anuncios no han conseguido que dejemos de emocionarnos con cada haka, y con las danzas de guerra que en contestación lanzan los jugadores de Fidji, Samoa o Tonga, diminutos países que hacen del rugby su alegría y nuestro asombro. Tampoco han conseguido que nos estremezcamos al escuchar himnos de países a veces odiados, cantados a voz en grito por una multitud consagrada a empujar a la gloria a quince tipos monumentales que cantan con ellos desde el centro del campo, conscientes de que no sólo se juegan sus propios dientes. Tampoco han logrado que, por asombroso que parezca, al escuchar las arengas de los capitanes antes de la primera carga de delantera, sintamos envidia por no pertenecer a un grupo de quince tipos a quien seguramente vayan a romper la cara durante los próximos minutos.

Estos días hay Copa del Mundo de Rugby y esto es una gran noticia tanto para los aficionados a este deporte como para los de cualquier otro, porque los mejores jugadores del planeta se ocuparán durante las próximas semanas de que la esencia del deporte puro brille en medio de la artificialidad del fútbol moderno. Para aquellos que aún no hayan entrado en calor, una recomendación: el magnífico reportaje de Juanjo Vispe sobre la selección española de rugby con ocasión del último partido contra Chequia. Cuando uno ve un equipo de tipos tan normales y tan majos con tantas ganas de defender una camiseta, experimenta un impulso doble: por un lado, uno quiere mostrarles admiración y agradecimiento por ir contra la corriente que el deporte moderno impone; por otro, a uno le gustaría obligar a nuestras estrellitas futboleras a comparar con esta gente sus vidas, su actitud, su comportamiento ante la vida. La comparación, ya les advierto, es aún más odiosa de lo que podrían esperar.