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lunes, 26 de octubre de 2015

Partido grande, resultado corto

Salieron los Pumas al campo y formaron para escuchar el himno y se agarraron de las camisetas y apretaron la mandíbula y algo fue igual a otras veces pero también fue distinto. Recordando el impresionante momento del himno frente a los irlandeses uno recordaba también el impresionante ritmo de los primeros minutos, la furia desatada y a la vez controlada del ataque argentino a pesar de tener enfrente ni más ni menos que a Irlanda, el golpe de autoridad al principio del partido y la inevitable obligación posterior, por el lado irlandés, para ir apagando los incendios que los Pumas encendían a su paso en cada parcela del campo.

Si bien en el partido contra los australianos vimos lágrimas argentinas y camisetas apretadas y protectores bucales al borde de la fractura, algo era diferente. Si los irlandeses parecieron algo inseguros y casi intimidados ya a las alturas del himno en el partido de cuartos, los australianos parecieron seguros, tranquilos y conscientes de cuál era su misión, sabiendo cada uno qué tenía que hacer. Serios y calmados, parecieron encontrarse frente a unos Pumas inseguros y faltos de concentración, la tortilla volteada: dos fallos clamorosos en el primer minuto terminaron en un ensayo en contra y una mochila difícil de sobrellevar en la larguísima cuesta arriba que los australianos iban a plantear en el campo.

Liderados por la deslumbrante pareja Pockok – Hooper, rapidísimos en todas la fases, concentrados y generosos a la hora de entrar con la cabeza por delante en el avispero que los Pumas formaban en cada abierta, y fríos a la hora de decidir una vez se recuperaba el balón, Australia simplemente fue mejor. Aguantó en melé (quizás gracias a los consejos de Ledesma), se batieron el cobre en las contadas ocasiones en las que se montó la línea y demostró ser capaz de imponer un ritmo infernal a la hora de llegar a los rucks, donde se decidió el partido. En ningún momento mostraron superioridad los argentinos, que desde el primer cuarto de partido parecieron ir sin resuello tras los rapidísimos y contundentes terceras rivales. Algún fallo más, varios balones perdidos en rucks y algún golpe evitable dieron a los australianos la ventaja suficiente para llegar a la final, algo ganado a buena ley, con una pizca de suerte (a favor y en contra) en el partido contra Escocia, algo que parecía poco probable hace unas semanas para expertos, recién llegados, casas de apuestas y analistas internacionales. La dureza del camino que han recorrido los Wallabies se refleja con facilidad en una de las imágenes del partido: aquella en la que un ensangrentado y agotado Pockok daba la enhorabuena a los rivales sacudiendo la cabeza con gesto de “madre mía, la que nos habéis dado”.

Los Pumas se quedan fuera de la final y, al contrario que en 2007, la sensación es de oportunidad perdida. Si en ese Mundial había clima de gesta histórica y satisfacción plena ya por haber llegado a semifinales, sólo dos mundiales después los argentinos se quedan con cara de póker por jugar la final de bronce, ni más ni menos. Quizás lo más admirable de este equipo sea precisamente esa falta de resignación, esa ambición, ese espíritu. Tras jugar un grupo previsible y hacer frente a los All Blacks en un sensacional partido jugado en Twickenham, los Pumas firmaron uno de los mejores partidos que uno les recuerda contra Irlanda en Cardiff. Tras unos 20 primeros minutos eléctricos, los Pumas aguantaron el tsunami verde que se les vino encima  a pesar de las notables ausencias del pack irlandés y desplegaron unos últimos 20 minutos para el recuerdo en los que se llevaron por delante con claridad a la potentísima selección irlandesa. Los aplausos de los aficionados de verde al final a pesar del disgustazo de una nueva ocasión perdida (y eso que aún no sabíamos lo de Maureen O’Hara) dan una idea clara de la autoridad con la que los Pumas pasaron de ronda.

Los Pumas cierran así otro Mundial memorable en el que aún pueden ser terceros, igualando el hito de ese equipo asombroso que aún conserva algunos jugadores clave en estos Pumas con futuro que nacieron bajo el ala de Hourcade, roto en lágrimas ayer ante la evidencia de que se les iba quizás la oportunidad más clara de meterse en una final mundial. En 2019 volveremos a ver a esta Argentina agigantada tras su paso por el Rugby Championship, probablemente aún más reforzada por su presencia en el Super Rugby y el impulso que recibirá a su vuelta esta nueva generación privilegiada de rugbiers argentinos, cuyo único elemento preocupante es saber si podrán poner freno a ciertos ramalazos futboleros en celebraciones y cánticos. Gracias Pumas por las lecciones, por la emoción del himno, por el rugby total que va más allá de la entrega y los riñones. Un ejemplo, estos Pumas.

Por el otro lado del cuadro, se plantaron en la final los que todos esperábamos. Los All Blacks demostraron, en un durísimo partido contra Sudáfrica, que si toca sufrir y emplearse en las agrupaciones, que si los rivales plantean partidos cerrados con candado y rugby de kilos, que si lo que corresponde es remangarse y jugarse las cejas, ahí están ellos también. Tras el apabullante partido contra Francia y la demostración de rugby de ataque que convirtió a los franceses en sparring juvenil ante un equipo sobrado, tocaba bajar la cabeza y meter el hombro en vista del durísimo partido que plantearon los Sudafricanos. Sudáfrica quizás no sepa jugar a mucho más, pero claramente saben ser casi los mejores a lo que juegan. Duros, jugando por dentro, sin concesiones ni prisioneros, los Boks se encontraron con una muralla defensiva, un equipo agresivo y valiente que en ningún momento rehuyó el contacto, el placaje o la producción industrial de sudor, con una delantera dedicada con devoción a cumplir su deber y un Ma’a Nonu gigante. Nueva Zelanda llega a la final con sólo 3 ensayos en contra y una defensa granítica, pero con vitola de equipo de ataque y juego a la mano. La conclusión: quizás estemos hablando de uno de los equipos más completos del firmamento rugbístico, una máquina de atacar y defender, un prodigio físico, técnico y táctico, un monumento al deporte erigido por un país de 4 millones de habitantes. Una maravilla con botas negras y pómulos hinchados, un memorable equipazo de rugby, una máquina de ganar que celebra con contención el pase a la final porque sabe que el trabajo aún no está hecho. Un prodigio.
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Salió el Atleti al campo justo en el momento en el que la afición se preguntaba, por decimosegunda vez, si hacía frío o calor. Octubre en Madrid tiene estas cosas: en camisa uno se hiela, pero si se pone uno una chaqueta se asa. A primera hora está nublado y uno saca del armario un abriguito de entretiempo, como Gracita Morales. A medio día dan ganas de tomar vermouth en las terrazas, después de comer empieza a hacer más fresco, a media tarde uno ya no tiene claro si es verano o es invierno. Al campo va uno abrigado no sea que le coja el frío en la última media hora, como es tradición en el Calderón; pero luego uno se sienta en la grada y no corre el aire y no hace frío ninguno y se pasa uno el partido con el abrigo sobre las rodillas como una vieja, y cuando celebra los goles lo agarra no sea que se le caigan a uno las llaves y queden atrapadas por la flora autóctona que crece lozana bajo los asientos de la grada y no las vuelva uno a ver ya más nunca en la vida. El Calderón tiene estas cosas, y con este microclima no nos extraña que entre sus butacas prosperen plantas crasas propias de desiertos y altiplanos y orquídeas y otras monocotiledóneas propias de climas selváticos en un festival botánico que ríase Vd de la cuenca del Orinoco.

Volvía el Atleti a casa en Liga tras el partido de San Sebastián, que fue malo pero bueno, según se mire, y tras el partido del Astana, que fue bueno porque no podía ser de otra manera, oiga, que los pobres eran una panda de chiquillos altotes pero poco experimentados en esto del fútbol. Si el partido del Astana sirvió para pasar un rato tranquilo de una vez por todas, que falta hacía, el partido de San Sebastián sirvió para  que los críticos, que últimamente abundan, se rasgaran la camisa por el juego desplegado. Sirvió también para que los entusiastas, que también los hay aunque andan últimamente más tapaditos ante el aluvión de expertos enmienda-cholos que hablan a voces por las tabernas, dijeran eso de clín clín caja y otros tres puntitos y vamos p’alante y ya llegarán los tiempos del oropel, el brillo y el vino bueno.

Total que en esto, como quien no quiere la cosa y sin tener muy claro si hacía frío o hacía calor, llegó el Valencia al Calderón. La visita del Valencia suele resultar incómoda: a veces porque el equipo plantea partidos serios y duros que hacen que el Atleti las pase canutas; otras, porque el Valencia rasca premio al filito del final, como ocurrió el año pasado, cuando un arreón y un golpe de suerte en los últimos  minutos hicieron volar dos puntos en un partido que estaba controlado. Otras veces la llegada del Valencia resulta incómoda porque su entrenador, que tiene cara de malo aturbantado de “La Momia”, hace declaraciones de esas inoportunas que irritan a los que están en su casa tan tranquilos tomando café con leche y hacen ver fantasmas a los más brutos del lugar, que terminan tirando botellas al autobús del Atleti o insultando a los aficionados del Valencia que pasan por la calle camino de una tasca. El Valencia es un equipo con querencia natural al enfado profundísimo y el despecho por ofensas que uno no llega nunca a entender bien de dónde salen y a dónde van, y eso lo sabe bien Nuno. Nuno, que se parece bastante al enemigo de David el Gnomo, ha asumido con naturalidad ese papel de malo de película que azuza al pueblo contra una amenaza ficticia y en las ruedas de prensa desliza, entre eses líquidas fuertemente pronunciadas, denuncias y agravios que sólo él detecta. Lo sentimos por él, que debe tener una existencia triste entre tantísima ofensa, y lo sentimos por los seguidores de su equipo que montan en cólera al escucharle; pero, sobre todo, lo sentimos por nosotros, que no nos merecemos un señor tan pesado en la liga.  

Ante un Valencia descremado, mucho menos incisivo que otros años (posiblemente por la descompensación del equipo-granja de Mendes y la exigencia de jugar Champions), el Atleti jugó uno de los mejores partidos de lo que va de año, si no el mejor. Al menos sí fue el mejor primer tiempo de los tiempos recientes, superando por activa y por pasiva al endeble Valencia que ayer apareció por el Calderón. Sólido atrás y, sobre todo, poderoso y dominador en el centro del campo, el Atleti de ayer se pareció al Atleti que queremos ver este año y al que los más críticos habían dado por imposible tras el segundo partido en casa, en ese arrebato enmienda-cholos que ha poseído a algunos desde hace unos meses.

El partido tuvo varios protagonistas, pero uno por encima de todos: Tiago. Tiago, que lleva una serie de partidos monumentales, ayer fue un paso más allá y firmó un partido gigante, pleno de colocación, autoridad, pausa y criterio. Listo a la hora de llegar a los espacios, inteligente a la hora de repartir juego y acertadísimo en casi todas sus  acciones (desde la grada contamos un único error no forzado en un pase), Tiago sacó varios balones de cabeza en el área pequeña, recuperó posesiones, paró cuando tuvo que parar y aceleró cuando lo que había que hacer era dar velocidad. Tiago jugó y corrió y se tiró al suelo, pidió intensidad a los compañeros y también les pidió calma. Paró, templó, mandó y dejó claro que es, hoy por hoy y desde hace mucho tiempo, el centrocampista con más criterio que tiene el equipo, el jugador más sensato del medio campo y, lamentablemente, el único que no tiene recambio. Si Gabi, muy bien ayer en la recuperación y la brega, puede ser en cierto modo sustituido por la mejor versión de Saúl, no parece haber recambio para Tiago. Kranevitter, que vendrá en enero, tendrá primero que acostumbrarse a la liga y a los chistes sobre su nombre de embajador chiquitistaní; y aún si lo logra en poco tiempo, parece que su corte de juego recuerda más al de Gabi que al de Tiago. Koke, al que se suponía que el Cholo iba a echar al centro buscando esa misión, sigue en el mismo puesto que otros años y Óliver Torres, talentoso y con futuro, parece excesivamente inexperto no ya para ese puesto clave, sino para ser titular en el Atleti.

Es por esto por lo que la afición reza y reza para que Tiago, que ya tiene edad de acordarse del secuestro de Quini, no se lesione. Cada vez que Tiago va al suelo, la grada tiembla; si se queda dolorido en el césped, aunque sea un minuto, la grada deja de respirar. Tal es la importancia de Tiago y tan preocupante su falta de recambio que la afición empieza espontáneamente a organizarse para evitar riesgos. Así, varios aficionados de Salamanca se han ofrecido a hacerle la compra por turnos, evitando así que lleve bolsas con peso y pueda resbalar en el descansillo. En Madrid se han organizado patrullas ciudadanas para acompañarle al banco, acudir con él a las reuniones de vecinos, ordenarle los altillos, ir a recoger a sus niños al colegio. Un reputado bajista de blues monta guardia en el portal de Tiago desde hace unos días e impide el paso a todo vecino que lleve botas de suela rígida y objetos afilados. La Peña Atlética Jerez (apoyada por la Peña Unipersonal Numantina de la misma localidad) se ofrecen a enviar tuppers con guisos cinco veces con semanas para evitar que se queme con el vapor de la olla exprés, mientas varias asociaciones de aficionados de la zona de La Mancha preparan turnos para ir a planchar a casa de Tiago y evitar que le caiga la plancha en un pie, como a Busquets padre. Hacia el jueves llega a Madrid un contingente de la División Acorazada Brunete que acampará ante la casa de Tiago, desplegando un perímetro de seguridad a prueba de resbalones, libre de pieles de plátano y de canicas traidoras. Todo sea porque no se nos lesione Tiago, el Grande.

No sólo Tiago jugó bien ayer: todo el centro del campo fue fiable, sólido y hasta brillante. ¿Todo? Uhmmm, quizás todo no: Óliver Torres, que salió con el partido controlado y cerca del final para tener el balón y evitar sustos, ni tuvo el balón ni evitó sustos. Sustituyó además a una de las sensaciones de la noche, Ferreira Carrasco, autor de un golazo y baza fundamental en el primer tiempo para desbordar primero una banda y luego otra de la defensa del Valencia, mucho menos solvente de lo que ciertos medios pregonan. Ferreira Carrasco, a quien no sabemos si llamar Ferreira o Carrasco, se atrevió, corrió, desbordó y regateó, marcó un golazo y se entendió bien con el resto del centro del campo y la delantera. También con su lateral, pero eso es otro tema.

Porque el segundo protagonista del partido, junto a Tiago, fue Juanfran. Entonadísimo, rapidísimo y hábil, Juanfran lleva ya muchos partidos jugando con un notable alto, siempre metido en los partidos, siempre en su sitio y en el de su interior, cuando le toca por delante algún jugador menos aficionado a ayudar en defensa como Ólivier o el propio Griezmann. Juanfran hizo un partidazo una vez más y junto al resto de la defensa, con un Godín estupendo que cometió dos fallos tontos en el tramo final del partido, hicieron aburrirse como una ostra a Oblak, quien pudo perfectamente jugar leyendo una novela de Estefanía entre ataque y ataque, y se la hubiera acabado sin problemas.

El Atleti jugó una primera parte estupenda y una segunda algo menos brillante en el que se pusieron de manifiesto algunos aspectos que Simeone aún debe pulir: Óliver no parece aportar todo lo que su enorme talento ofrece, Jackson empieza a marcar pero aún queda lejos de lo que debe aportar un delantero centro en este equipo, Torres anda pletórico de fuerza pero acelerado e impreciso. El equipo no parece saber matar los partidos en el momento en el que todo está de cara, como pudo ayer haber pasado al final del primer tiempo, y quizás se venga demasiado abajo cuando hay un contratiempo; sólo eso explica que se pasara un cierto nerviosismo al final de un partido que podría haber sido perfectamente de 3 ó 4 cero al principio del segundo tiempo. Si el equipo retuerce su colmillo un poco más, si Jackson empieza a carburar al ritmo al que juega el resto, si Griezmann, como ayer, está más activo y presente y Koke continúa siendo la placa base que permite al resto de elementos estar a su nivel más alto, contemplaremos con alegría como la legión de tristes que llevan unas pocas semanas rasgándose las vestiduras por lo mal que va todo, se relajan.

El partido de ayer, además, marca el final de la empinada cuesta del primer cuarto de liga que el calendario regaló al Atleti como quien regala un lagarto venenoso. De aquí a diciembre, en principio, el Atleti tiene un calendario menos exigente que permitirá a los nuevos ir encontrando su sitio y a los de siempre ir pasando lo que saben a los recién llegados. Si es así, ojo a este equipo dentro de unos partidos, ojo.

domingo, 18 de julio de 2010

De Mundiales y clanes


Si hace tres años nos cuentan que la selección iba a ser campeona de Europa y llevar una estrellita en el pecho, nos da un ataque de risa. Pero no, acabó el Mundial y ganó España, quién nos lo iba a decir. Ganó España luciendo menos fútbol preciosista de lo que nos gustaría, marcando menos goles de los deseados y pasando con los apuros con los que se ganan los torneos cortos: ganando uno cero, marcando cuando queda poco tiempo, sufriendo en los cruces con equipos teóricamente asequibles, viendo cómo el rival te conoce y sabe cómo hacer daño aunque no pueda hacer tanto como le gustaría. Pero España ganó, ganó bien y dejó sensaciones de equipo grande lleno de grandes jugadores. Y acabó el Mundial y la gente se echó a la calle y se pintó la cara y hablaba de la Roja, que choca un poco. La gente se olvidó de la crisis y de la situación económica y de la hipoteca y se prestó toda su atención a un pulpo, un balón volante y unas trompetas. Es lo que tiene el Mundial, y más aún cuando lo ganas.

Acabó el Mundial y algunos, algunos de los nuestros, se quedaron con cara de que no todo había salido a la perfección. A los nuestros, a nosotros, nos habría gustado que el Mundial tuviera más presencia del Atleti, claro, más allá de Forlán y Simao y Heitinga poniendo cara de no explicarse las cosas. A los del Sevilla les habría gustado que Luis Fabiano fuera el máximo goleador y que Navas hubiera metido el gol de la victoria en la final, a los del Valencia les habría hecho ilusión que Silva y Mata hubieran jugado más y los del Bilbao hubieran preferido que Javi Martínez hubiera sido titular y, ya puestos, que Toquero hubiera ido convocado. Pero aquí hablaremos de los nuestros, de los del Atleti, y si el resto quieren que se hable de lo suyo que vayan y convenzan a un blogger con gafas y cara de tonto como el que suscribe, que tampoco es tan complicado.

Los del Atleti, o al menos algunos, acabaron el Mundial contentos pero con mal sabor de boca. A los del Atleti no nos gustó que no hubiera ningún jugador del equipo en la selección, pero más o menos nos lo esperabamos y también nos lo explicamos. A los del Atleti nos molestó un poco también todo lo que se montó en torno a Luis Aragonés y sus supuestas críticas continuas hacia Del Bosque, que no parecieron ni tan descabelladas ni tan descarnadas como la prensa quería hacer ver. Luis, como de costumbre, estuvo poco afortunado en las formas y más acertado en el fondo, pero, también como de costumbre, quizás estuvo lento a la hora de frenar, espeso a la hora de callar y torpe a la hora de hablar. Con Luis ya se sabe y con la prensa también se sabe qué pasa cuando anda Luis por medio, así que tampoco fue esa la espinita clavada en el corazón del los atléticos, o al menos no la más hiriente.

El motivo de ínfimo disgusto, el vaho que empañaba el éxito, la china en el zapato victorioso fue el Mundial de Torres. Torres, a quien seguimos viendo como nuestro porque no sólo lo es sino que lo proclama a los cuatro vientos cada vez que puede, no jugó el Mundial que esperábamos. Nos habría gustado, claro, ver al Torres de la final de la Eurocopa, al Torres que arrasa defensas en la Premier, al Niño que mantuvo viva una afición mientras ésta y todo el Club hacía la travesía de un desierto que no sabemos si continuará tras el oasis de Hamburgo. La afición esperaba volver a presumir de goles en finales, de remates acrobáticos, de arrancadas dejando atrás defensas rivales y de porteros con cara de susto encomendados a San Paradón al ver que venía corriendo un tipo con pecas y brazos tatuados.

Pero Torres, recién salido de una lesión y una operación, tras una temporada complicada en la que su Club de ahora no ha dado la talla y ha sembrado muchas dudas sobre el futuro, tras semanas de rehabilitación y gimnasio y, todo sea dicho, jugando en un equipo en el que sus enormes virtudes no lucen como lo hacen en otras plantillas de menos toque y más espacio, no jugó bien. Torres estuvo impreciso, falto de minutos, presionado, algo torpón. No controlaba los balones como en él es costumbre, no arrancaba con la potencia ferroviaria de siempre, no encontraba puerta y, cuando la encontraba, había un portero portugués en estado de gracia. Torres, además de lo anterior, ha jugado un Mundial poco apto para delanteros centro, un Mundial de equipos cerrados que no favorecen su juego, de centrales grandes y medio centros aún más grandes, de equipos tácticos con pocas fisuras en su entramado, de equipos que jugaban igual que el resto de equipos, sin dar opciones al rival, sin abrirse alegremente al ataque, sólo defendiendo y defendiendo, renunciando a ganar.

Torres empezó regular, jugando su primer partido en meses justo antes del Mundial y jugando pocos minutos en el partido contra Suiza. A los pocos minutos de su aparición, Torres, o al menos eso nos pareció a los que nos fijamos en él más que en el resto, empezó a recibir críticas. Quizás justas, posiblemente excesivas. Torres no está, Torres no debería haber jugado, Torres no debería haber venido, se oía. Torres está haciendo la pretemporada en el Mundial, el sitio de Torres debería haberlo ocupado otro, qué mal está Torres, qué apático está Torres. Con los partidos, la tendencia se agudizaba. ¿Qué mal Torres, no? decía para empezar la tertulia post partido ese amigo medio tonto que todos tenemos y no entiende que molesta con ese tipo de cosas, aunque pretenda agradar. Torres está tieso, ¿a que sí?, preguntaba ese compañero de trabajo que todos tenemos y que se cree que tiene con uno más confianza de la que realmente tiene. Torres no está, Torres está consentido, Del Bosque no tiene valor para quitar a Torres, decía la prensa.

A estas alturas, esto es, mediado el Mundial, el atlético, ya convertido en Torrista lo quiera o no, sentía cada pregunta y comentario como un ataque personal, y justificaba casi todo lo que hacía Torres como si fuera un hermano, un sobrino, un íntimo amigo e intuía tras cada crítica otra crítica más profunda, un pellizco dirigido al hígado del atlético con intenciones pugilísiticas. Ya a mediados del Mundial uno vivía los partidos de España mucho más nervioso porque Torres lo hiciera bien que porque el equipo ganase. A esas alturas uno leía y releía las crónicas buscando únicamente qué se decía de Torres y ya tenía claro qué periodistas eran afines, qué periodistas son objetivos, qué periodistas son críticos hasta la injusticia y la caricatura; estos últimos, los menos, son curiosamente los que más llamaban la atención y más irritaban. Uno sabe que el periodismo del corazón, el segmento más afín al periodismo deportivo español, consiste en ver cómo unos señores medio calvos se ganan un dinerote mofándose de las asperezas en los codos de las top models multimillonarias; sin embargo, uno no asume con igual indiferencia las críticas hacia Torres. Quizás sea exagerado, quizás no.

Curiosamente, en estas circunstancias uno pasa por encima de las críticas justificadas y los mensajes de comprensión y ánimo y sólo se fija en los ladridos de los periodistas-bufón, de los que aprovechan la ocasión para cobrar cuentas pendientes que datan de épocas en que cayeron ídolos que vestían camisetas más blancas. Visto desde fuera, quizás los Torristas parezcamos integristas, forofos, fanáticos exaltados que no vemos la realidad sino un reflejo deformado, y a lo mejor no les falta razón. A estas alturas ya no teníamos en cuenta las constantes declaraciones de apoyo de los compañeros, la defensa constante del seleccionador, los piropos de su teórico rival por la atención en el ataque, Villa. No. No veíamos más, o no queríamos ver, y quizás tengan razón los que nos ven como fanáticos. Quizás. Pero quizás no.

Hasta el torrista más exaltado asume que es normal que a Torres se le exija más que al resto. Torres es una estrella, lo ha sido desde hace tiempo, ahí están las hemerotecas para los que no acuerdan sólo de lo que les interesa. De Torres se espera que marque la diferencia, que marque el gol del Mundial en la final, que nos deje en la memoria goles y celebraciones. Es normal exigir eso, al fin y al cabo lo ha hecho ya varias veces. Pero con Torres, como con otros (que no decimos aquí que sólo pase con él), no siempre se es mesurado en la crítica, quizás tampoco en la defensa. A Torres se le ve como el propietario de ese chalet enorme que antes estaba en el monte y ahora quedó en medio del nuevo barrio de pisos modestos al que todo el mundo se siente con derecho de tirar las mondas de naranja por encima de la valla. Si Torres, que es rico y una estrella de ultramar, juega mal, se le machaca; si yo sólo me puedo permitir comer naranjas, le tiro las peladuras a ese, que para eso es rico. Y Torres, encima, no sale con la recortada por encima de la valla cada vez que cae una monda, sino que no dice nada y da los buenos días cuando se cruza con el vecindario y esta actitud, lejos de inspirar respeto e impulsar a dejar los ataques, azuza al comedor de naranjas, ya borracho de vitamina C, consciente de que no recibirá un tortazo aunque se lo merezca.

Parece que poco importa que Torres haya hecho lo posible y lo imposible por estar a punto para jugar; a ojos del no-Torrista, parece que Torres hubiera llamado a la federación a decir que él iba al Mundial quisieran o no, que quería la habitación grande y no dormir con Puyol, que ronca. Parece que a Torres no le hubieran llamado, que no le hubieran pedido forzar para intentar llegar porque el seleccionador le consideraba necesario. Poco importa que Villa haya dejado claro, con sus declaraciones y sus dos últimos partidos, que jugar sólo en punta en este Mundial y en este equipo es un infierno. Poco importa que Torres, estrella mundial e ídolo de jovencitas y maduritas manchegas, no tuviera ningún reparo en hacer el trabajo sucio al resto, en permanecer en zona oscura pegándose con los defensas, en jugar, como ya hiciera en el Atleti, de portor cuando sus condiciones exige que sea la estrella. Nada importa, no se toma en cuenta, no parece merecer respeto.

Si Torres hubiera tenido un poco de suerte, si hubiera entrado su tiro en el partido de Portugal, si Pedrito hubiera pensado un poco más en el equipo en aquél contraataque o si Cesc no hubiera querido solucionar las cosas sólo en aquél otro, si a Torres le hubieran pitado aquél penalti de la mano del rival o alguno de los empujones que se ha llevado en el área, Torres habría hecho el mismo Mundial y la prensa le habría considerado fundamental para el equipo. Pero no fue así, ya lo sabíamos, ya sabemos algunos que a Torres las cosas le cuestan más que al resto, que tienen que justificarse continuamente a pesar de tener un curriculum histórico y de ser un ídolo en un par de clubes en los que algo de fútbol se sabe. Y eso que Torres, que es mucho más maduro que el que suscribe y mucho más que Vd, lector, que a estas alturas lleva un cabreo de mona recordando el Mundial, llevó las cosas mucho mejor que nosotros, o al menos eso parecía. Aunque en la televisión enfocaban su cara ofuscada durante diez segundos y no tanto sus abrazos a los compañeros que le sustituían, Torres no se inmutaba. Torres dijo que si le tocaba vivir el Mundial desde el banquillo no tendría ningún problema y animaría al resto como el que más. Torres no ha tenido malas palabras ni ha escupido al cámara que recogía su mal momento, por más que les hubiera gustado a algunos que lo hiciera y así poder comparar su mundial con alguna estrella de la pedicura. Torres asumió su papel, no dio un problema, no celebró el gol sólo con un grupito, volvió a dar lecciones. Lecciones de respeto al resto del equipo, lecciones de respeto a los que no le tienen respeto, lecciones de madurez, lecciones, una vez más.

Y no hacía falta ser premio Nobel para ver que, tras la final, algo le pasaba a Torres. Más serio de lo normal, Torres no tuvo la presencia en las celebraciones que nos habría gustado, ni tenía la cara de éxtasis de la Eurocopa. Que a Torres algo le pasaba es algo que sospechábamos, y lo confirmamos en cuanto llegó a Madrid. Torres llegó a Madrid con la cara más seria del equipo y el brillo en los ojos de los partidos grandes y si le da por silbar "The Farmer in the Dell" desde el bus descapotable, se esconden los niños a su paso en los portales. Llegado a Moncloa, Torres pidió una bandera con un escudo del Atleti y, como en la celebración de la Eurocopa, la puso en lugar bien visible. Antes de que los compañeros lucieran banderas de sus ciudades y regiones, de los que iban a homenajearles en privado unos días después, Torres se puso la de su gente. Alguien le tiró una camiseta del Atleti con el número 9 y la colgó en la valla del bus, la señal más clara, la piel de conejo en la valla de los Cinco Puntos, la misma llamada. No hizo falta mucho más. Igual que los Conejos Muertos, aquellos a los que el mensaje iba dirigido lo tuvieron claro sin necesitar más explicación. Cuando el autobús llegó a Neptuno, eran muchas las camisetas del Atleti y muchos las gargantas que cantaron lo que tantas veces se cantó en el Calderón, era claro el tono de reivindicación y muchas las ganas de que el Niño lo notara, de que respirara al menos en esa plaza, la admiración y el respeto que merece y que no siempre se le ha hecho llegar ni en este Mundial ni en muchas ocasiones antes.

Sabíamos que algo no iba bien, ahora lo tenemos claro. Quizás no sea para tanto, quizás hayamos radicalizado nuestra postura, quizás nos hayamos echado al monte. Quizás sí haya sido proporcionado, quizás nos hayamos echado al monte porque no nos ha quedado otra, quizás simplemente era lo que había que hacer y son otros los que deben reflexionar.

Y, en cualquier caso, exagerado o no, cuando un miembro del clan aúlla, el resto del clan responde. Como siempre ha sido.

jueves, 18 de octubre de 2007

Aprovechen, que se acaba


Quedan dos partidos del mundial, solamente dos, y uno puede no ser excesivamente atractivo. Aún así, si han empezado a sentir los síntomas de la picadura de ese insecto que deposita larvas de forma oval con olor a linimento, no lo duden: no se pierdan la final, Sudáfrica – Inglaterra, este sábado.


El mundial de rugby se acaba, fíjense Vds, con lo largo que parecía cuando empezó. Hasta dentro de cuatro años nada, por más que por medio haya VI Naciones, III Naciones, competiciones europeas y una estupenda liga nacional a la que los medios no dan la repercusión que merece. Cuando se acabe el mundial de rugby sentiremos pena, la pena que sentimos cuando se acaban las olimpiadas, las vacaciones o San Fermín, la misma pena que sentimos cuando vemos que se acaba un tiempo en el que hemos sido abducidos, casi hasta la obsesión, por un evento espectacular durante el que hemos sido, cada uno en su estilo, proporción y capacidad, felices.

Se acaba el mundial de rugby y uno tiene la sensación de que para muchos las cosas ya no serán iguales. Muchos de aquellos que pensaban que el rugby era un deporte aburrido e incomprensible consistente en choques sin sentido entre semi-púgiles de aspecto patibulario habrán empezado a percibir el aroma a épica, a tradición y nobleza que asombrosamente destilan esos amontonamientos de músculos, protectores dentales y vendas. Muchos habrán roto el velo que separa la curiosidad por ver a tipos tan brutos peleándose según unas reglas centenarias del verdadero interés por un deporte que subsiste sobre la base de valores milenarios.

Se acaba el mundial de rugby y aquellos que lo hemos seguido al detalle no sabremos bien qué destacar de él, si una jugada aislada o una imagen de la grada, si una percusión violentísima o la cerveza compartida por aficiones rivales sin ningún atisbo de descortesía. Para algunos, los más sensibles a lo fácilmente perceptible, quedarán las patadas de Wilkinson, para otros las carreras de Habana. Para los más superficiales, las barbas del prescindible Chabal o las cuidadas cejas de Percy Montgomery. Para los más entendidos, los errores arbitrales del Francia – Nueva Zelanda, los errores tácticos de los grandes favoritos. Cada uno tendrá un recuerdo, aunque el recuerdo global sea para todos igual de bonito, igual de impresionante, igual de emocionante.

Se acaba el mundial de rugby y deja imágenes difíciles de olvidar, también para el que suscribe que, ya lo saben, no sólo no es un experto en esto sino que encima es bastante tonto. Nos será difícil olvidar la alegría de los portugueses al anotar un ensayo ante ni más ni menos que los All Blacks, sin importarles el perder por cien puntos de referencia, y no nos olvidaremos de la pachanguita futbolera que estos mismos dos equipos echaron tras el partido. Ni de las danzas guerreras de los polinesios, su agresividad y su velocidad, sus peinados, su orgullo de país pequeño que desafía a los grandes. Recordaremos con algo de rabia las pobres actuaciones de irlandeses, galeses y en menor medida escoceses, equipos preferidos por muchos aficionados españoles que, como yo, nos metimos en el rugby gracias al antiguo V Naciones. Y con algo de rabia recordaremos también este mundial en el que España no jugó pero sí lo hicieron Rumanía, Portugal o Georgia, equipos con quien nos jugamos las castañas de tanto en tanto.

Se acaba el mundial de rugby y nos preguntamos si el relativo fracaso de los equipos con más inversión en marketing, franceses y neozelandeses, no será un guiño del destino para tranquilizar a aquellos que nos temíamos que también el rugby, uno de los últimos bastiones del deporte puro, pueda acabar doblando la rodilla ante las multinacionales y la comercialización de equipos, jugadores y juegos. Los All Blacks se fueron antes de tiempo y Francia no hizo lo que de ellos se esperaba en su mundial, y en ambos casos posiblemente por renunciar a su propia identidad y esencia, y ahí hay una lección para todos. También recordaremos la sorprendente llegada de Inglaterra a la final con un juego rácano para unos, inteligente para otros pero en el fondo admirable para todos principalmente por la capacidad de un solo tipo, Wilko, de insuflar fe a un colectivo poco confiado, de meter en la final a un equipo por el que nadie daba un chelín gracias a sus patadas y a sus placajes suicidas; el sábado sabremos si eso basta para poder ganar a los sudafricanos, previsibles ganadores del mundial.

Se acaba el mundial de rugby y no sería justo no dedicar al menos un párrafo a los Pumas, un equipo que ha emocionado a su país y a muchos ciudadanos de otros, sobre todo del nuestro. Las caras de los jugadores argentinos durante el himno han sido algunas de las imágenes más impactantes, emocionantes y genuinas del mundial. Tras ver esas caras muchos hemos considerado a los Pumas nuestro equipo, hemos admirado el talento de Hernández, Pichot, Corletto y Felipe Contemponi y hemos vibrado con cada carga de esa delantera a la que empujábamos desde los bares junto a los aficionados argentinos que se desgañitaban a nuestro lado. Si algún día juegan en España de locales en el VII Naciones, muchos seremos felices.

Se acaba el mundial de rugby y difícilmente olvidaremos la solemnidad de la grada durante los himnos o el ejemplar comportamiento de las aficiones, como siempre ha ocurrido en este deporte, ni la estampa de los médicos atendiendo a los jugadores lesionados mientras el resto del equipo lucha a brazo partido a escasos metros por ganar un maul, todos siguiendo con lo suyo, con su trabajo, con su deber. No olvidaremos la pulcra imagen de los árbitros, su forma de dirigirse a los jugadores y la elegante forma que tienen estos de encajar las broncas, las amonestaciones y las decisiones que a veces consideran injustas. Será complicado no acordarse de las explicaciones de sus decisiones durante de la retransmisión, explicando al mundo entero lo que acaba de decidir un tipo normal que media entre dos grupos de bestias que luchan por sus países. Esas formas, tan respetuosas, tan distintas a las de los futboleros, han sido a veces lo suficientemente (e increíblemente) precisas como para describir en una frase toda la nobleza de un juego que muchos han intentado explicar con miles de palabras. Ocurrió en esa tangana final del Sudáfrica – Fidji tan educadamente resuelta por el árbitro dirigiendo a los respectivos capitanes una frase para la historia: “Gentlemen, please do not spoil a great game”, algo así como “caballeros, por favor, no estropeen un partido tan bonito”.

Se acaba el mundial de rugby y lo que nos queda claro es lo mucho que nos divertimos viendo a estos jugadores de raza traccionadora (percherones, bretones o ardeneses) con pinta comer pulpo crudo y beber agua del mar que sin embargo lloran de emoción cuando escuchan sus himnos o cuando defraudan a sus seguidores por no ganar cuando deben; tipos con aspecto de sudar Bovril que nos enseñan que el talento puede vencer al músculo, pero que ambos lo tienen difícil cuando se enfrentan con la fe y el orgullo.

Se acaba el mundial de rugby y, paradójicamente, surge un doble miedo. En primer lugar, miedo a que el entusiasmo se olvide y la afición española no mantenga el interés en los equipos que disputan nuestro campeonato nacional, olvidados por la prensa y por los medios a pesar del inmenso mérito que tiene luchar contra corriente. Y en segundo lugar, miedo a la resaca post-mundial y sus efectos colaterales, miedo a saber con qué ojos miraremos a los remilgados jugadores de nuestra liga de fútbol, endiosados, quejicas, blandos y protestones, después de haber comprobado durante unas semanas que aquello que llamábamos deporte sigue existiendo en otras disciplinas.