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lunes, 2 de noviembre de 2015

Venirse arriba, echarse atrás


Se nos ha acabado el Mundial de rugby y uno no sabe muy bien qué va a hacer con su vida a partir de ahora. Se nos acaban los himnos y los partidos maravillosos, se nos acaban los rucks y las cejas rotas, las carreras suicidas en dirección al avispero, las explicaciones de los árbitros, las gradas sin incidentes, los gestos de respeto y gallardía, los botes irregulares y los malabares en plena carrera. Se nos acaba de acabar el Mundial y ya estamos mirando el calendario para ver cuándo hay test matches, cuándo empieza el 6 Naciones, cuándo se juegan los siguientes partidos de ligas nacionales, internacionales, profesionales, amateurs.

Este Mundial en el que nos ha asombrado Argentina, nos ha alegrado la vida Japón, nos han defraudado ingleses y franceses (como en casi todo), nos ha asustado Georgia y nos han maravillado los amateurs uruguayos terminó por todo lo alto, con un partido monumental. All Blacks y Wallabies, enemigos eternos que disputan el derby del Sur desde que hay rugby y, por tanto, alegría de vivir, jugaban en Twickenham con medio planeta mirando y no defraudaron. Con los neozelandeses de claros favoritos y los australianos como justos finalistas a pesar de que nadie daba tanto por ellos al principio del Mundial, en Londres se vio un partido precioso.

Nueva Zelanda ganó justamente un partido que dominó en su mayor parte, en el que tuvo algo de suerte a favor y en el que no perdonó cuando tuvo ocasión de finiquitar la faena. Dominadores en el primer tiempo, los All Blacks se encontraron con la temible tercera línea australiana de Hooper, Fardy y Pocock, el último quizás el hombre del Mundial y el protagonista de una variante táctica que posiblemente empecemos a ver más a partir de ahora: la desaparición del 8 grandote y su sustitución por un flanker más dinámico y ligero, rapidísimo a la hora de llegar al breakdown y especializado en garantizar o recuperar la posesión cuando el balón va al suelo. Pocock y Hooper han dado una lección todo el Mundial y lo mismo hicieron en el primer tiempo de la final, recuperando balones que los All Blacks habían llevado hasta su 22 con la rapidez que los partidos previos prometían.

Al dominio de los All Blacks en el primer tiempo se sumaron un par de desgracias australianas: dos lesiones, una de esas de las que duelen al ver en la televisión cómo se troncha una rodilla, y un ensayo neozelandés en el que pareció haber un claro pase adelantado que no puso en duda ni el árbitro ni el TMO. Con más ventaja de la que parecía justa en contra, Australia empezó la remontada y ensayó un par de veces, desaprovechando en parte una superioridad por sin bin (quizás exagerado) del enorme Ben Smith.

Pero con Australia a tiro de golpe y cuando los nervios empezaban a hacer presa en los neozelandeses, emergió como un gigante la figura de Dan Carter. Primero con un drop lejano y bajo presión, y después con un golpe lejanísimo transformado tras una indisciplina australiana en la melé, Carter decantó el partido en el momento preciso como hacen los grandes. No contento con esto, los diez últimos minutos fueron un recital de placajes del apertura neozelandés, una faceta en la que no había destacado nunca especialmente. Con Carter a nivel de estrella, con McCaw hiperactivo y omnipresente, con Ma’a Nonu ensayando a la carrera tras offload (una vez más) de Sonny Bill Williams y con Conrad Smith demostrando ser un jugador con inteligencia de entrenador, los All Blacks se llevaron su segundo Mundial consecutivo y, posiblemente, el título de mejor equipo de todos los tiempos.

Lo malo de todo esto es que ahora nos queda volver al fútbol y sus gradas histéricas y maleducadas, sus jugadores simulando agresiones, sus árbitros sobreactuados y arrogantes, sus estrellas vestidas de Halloween interrumpiendo a un colega de profesión, sus halagos desmesurados hacia jugadores más pendientes del cutis que del respeto, sus oleadas de críticas y defensas infantiles en las redes sociales cada vez que ocurre una nimiedad. Nos queda ahora un tiempo en el que nos acordaremos de los pasillos que las estrellas hacen a los equipos amateurs reconociendo su valor a pesar de los tanteos abultados, de los jugadores que afean a sus propios compañeros cuando celebran de forma irrespetuosa, de las estrellas mundiales que acatan sin discusión cada decisión del árbitro, de las explicaciones pausadas y convincentes de los árbitros cada vez que pasa algo serio. Nos acordaremos, claro está, de Nigel Owens cada vez que veamos a Undiano Mallenco. 

Vénganse arriba, ya queda menos. Eso sí, que vuelva pronto, por Dios.
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Detecta uno entre la parroquia atlética un enfado grandísimo con Simeone por lo ocurrido en el partido de Coruña. Simeone tira el partido, Simeone se acobarda, Simeone no sabe gestionar partidos que habría que matar antes. El empate en Riazor ante un Depor que, ya de paso, no está funcionando mal (14 puntos, a 6 del Atleti, a 1 del Valencia, 2 por encima del Sevilla, 5 por encima de la Real Sociedad) ha hecho, una vez más, mutar la opinión del aficionado rojiblanco tras la confianza que dio el buen partido ante el Valencia. Cosas de la afición, cosas de los cambios de opinión, cosas, posiblemente, de las redes sociales en las que se vuelcan en veinte segundos opiniones que se tardan dos segundos en formar y ninguno en repensar.

En Coruña el Atleti hizo un primer tiempo excelente con Tiago, de nuevo, de capitán general. El equipo que salió parecía el que hubieran firmado gran parte de los aficionados, exceptuando si acaso la presencia de Jackson, de quien hablaremos. Así que salió el equipo que parecía lógico que saliera, con Carrasco entre otros, y el equipo jugó durante todo el primer tiempo al buen nivel del partido anterior. Por tanto, uno diría que hasta ahí todo en orden: pocos aficionados habrían puesto en duda lo realizado hasta el minuto 45 salvo la incapacidad del equipo para cerrar definitivamente el partido  antes del descanso, como ocurriera con el Valencia: hay veces que el Atleti debería hacer presa en un rival que sangra y, sin embargo, deja que la herida cicatrice. Godín pudo marcar de un cabezazo estupendo, pero no fue así; un poco más de suerte en ese lance y un poco más de acierto de Giménez hacia el final del partido y quizás, haciendo lo mismo, el equipo habría terminado llevándose tres puntos con cero-dos y la gente que refunfuña andarían más tranquila con el Cholo.

Entonces, ¿qué pasa en el segundo tiempo? A diferencia del expertísimo público analista de las redes sociales, uno no lo tiene claro y baraja varias teorías. ¿Fue Simeone quien ordenó que el equipo se echara atrás? Es posible. En otros partidos hemos visto que el Atleti se echaba atrás en los segundos tiempos tras marcar un gol en el primero; de hecho, es algo bastante común en el Atleti que no debería sorprender (quizás sí irritar) al aficionado. Simeone gestiona bien los partidos defensivos y de hecho se diría que el equipo está construido de atrás adelante, con cuartos traseros poderosos y sólidos que sujetan todo el entramado ofensivo, desde la sala de máquinas a los pitones. Es común oír hablar al aficionado de lo mal que lo ha pasado el último tramo de partido con el equipo metido atrás, tan común como escuchar eso de que los jugadores están mucho más cómodos en esa situación que los aficionados: se diría que los centrales del Atleti solucionan con calma y solvencia cada jugada de esas que pone el corazón en un puño al aficionado en cuya retina permanecen sin borrarse los tiempos en los que cada pelota lateral era un peligro, en el que los balones botaban por el área pequeña sin dueño a tres minutos del final, en el que centrales y porteros tenían graves problemas de comunicación y hasta se intuían deficiencias auditivas, cognitivas e incluso afectivas.

Así que sí, es posible que Simeone, como tantas veces, echara el equipo atrás. No nos extrañaría que así fuera y de hecho nos parecería normal: lo ha hecho decenas de veces y casi siempre le ha funcionado bien, hasta el punto de haber convertido la defensa estanca y hermética de los últimos tramos de partidos en parte fundamental de la personalidad del equipo. Si uno echa la vista atrás recuerda muchos partidos terminados así, y un resultado más que positivo en muchos casos, sobre todo fuera, en liga y contra equipos teóricamente menores. Esto es, Simeone echa al equipo atrás en muchas ocasiones porque en casi todas esas ocasiones ha tenido éxito, no para molestar al aficionado medio. ¿Por qué entonces cambiar algo que a medio y largo plazo ha probado ser un recurso valiosísimo? ¿Para irritar a los afcionados nerviosos? ¿Para provocar a la grada? ¿Para contentar a los críticos de bar? No nos pega en Simeone. Lo que parece es que Simeone echa el equipo atrás porque le funciona.

Hay sin embargo una cosa que choca con esta posibilidad en este partido concreto: Simeone dice que el equipo se echó demasiado atrás, como si su deseo hubiera sido otro. Si Simeone ordenó echarse hacia el área propia, denunciar que el equipo hizo precisamente lo que él ordenó sería una traición enorme hacia un grupo de jugadores con los que Simeone cuida especialmente el equilibrio y el respeto. Podría ser, claro, y seguro que algún parroquiano de una taberna de Valladolid lo tiene claro, pero resultaría extraño que Simeone arriesgara el ambiente del grupo por justificar un empate en Riazor. Da la impresión de que el equipo se echó más atrás de lo que Simeone hubiera deseado, aunque, naturalmente, cabe también la posibilidad de que Simeone fuera una serpiente traidora a los suyos y no lo hubiéramos sabido hasta ahora.

La impresión que uno tiene es que el equipo se echó atrás él solito, y además se le puede encontrar la lógica al movimiento. Por un lado, como hemos comentado, la táctica le ha funcionado al equipo en multitud de ocasiones, con lo que por qué no hacer lo mismo que tantas veces facilitó la obtención de puntos limitando el desgaste. Por otra parte, el equipo venía de hacer un primer tiempo fantástico basado, sobre todo, en el desgaste del medio del campo. El medio del campo, que ya es talludito, tiene que jugar el martes en un campo helado tras ocho horas de viaje y volver al día siguiente, y todo ello sin demasiado recambio de garantías. Si el medio campo contara, como ocurría con otras alineaciones, con el apoyo constante en la presión de los delanteros, quizás podría desgastarse menos y llegar a la última media hora con más fuelle y ganas de presionar arriba. Si los delanteros tuvieran más casta y recorrido, quizás la idea de quedarse atrás y salir al contraataque sería una forma brillante de cerrar los partidos, pero no parece que sea el caso. Por último, el Depor que va en el pelotón que busca la Europa League (está a dos puntos) jugaba en casa y apretaba, que son cosas que pasan en el fútbol.

Y es que, incluso haciendo un mal segundo tiempo, incluso con el Depor echado arriba y jugando sin delanteros y con un medio campo cansado, el Atleti empató por un detalle. Giménez falló un balón de esos que nunca falla y que, pensamos, no volverá a fallar; Giménez, dicho sea de paso, se ha ganado con actuaciones brillantes y valientes el derecho a fallar de vez en cuando, incluso a regalar algún punto. Menudo es Giménez, oigan, a ver si el chaval no va a poder fallar una de cada trescientas. Si Giménez no falla, eso sí, el Atleti habría ganado un partido por oficio y peso específico, seguiríamos metidos en la cabeza de la liga y la gente consideraría al Cholo un estratega de primera. Y eso que, piensa uno, el Cholo tiene un par de cosas que mejorar.

La primera cosa mejorable está en la delantera, es colombiana y se llama Jackson. Jackson, que está destinado a ir a más, no funciona ni parece tener ganas de funcionar. Lento, despistado y poco combativo para lo que nos tenían acostumbrados los nueves que le precedieron, nos está haciendo echar de menos a Mandzukic y su pelea incansable, quizás torpona, quizás sobreactuada y malhumorada y quizás no apta para este equipo. Pero Jackson, que muestra a veces detalles de calidad, muestra también casi todo el tiempo detalles de blandura y despiste, de desapego. Cuando hace pareja con Griezmann y éste tiene uno de sus cada vez más frecuentes partidos sin protagonismo, la delantera directamente no existe: sólo ayuda a la presión alta un rato del primer tiempo y si el equipo se repliega y le toca aguantar como en Coruña o San Sebastián, no aportan al contraataque lo que aportaban otros. De paso, la presencia constante de Jackson en el once inicial está desactivando a Torres, quien sale presionado hasta el extremo, acelerado, impreciso e incómodo, lejos del Torres de hace bien pocas jornadas, el que marcó al Barça y reactivó al equipo en Eibar, el que aportaba como mínimo el trabajo y la furia que no aporta el colombiano.

El otro punto a mejorar para el Cholo es recuperar esa mentalidad fiera y casi suicida del partido a partido. Quizás porque los años pasan, quizás porque se ha perdido el efecto sorpresa de un posicionamiento nuevo que ahora comparten otros equipos, el Atleti tiende a sestear en partidos menos complicados, incluso a perder el pulso del rival en partidos que se complican, como el día del Benfica. Puede ser cosa de los nuevos, aún no impregnados del código samurai de los que ganaron la liga, o bien la propia autogestión del esfuerzo de algunos jugadores que acumulan muchos minutos, pero el caso es que se echa de menos esa actitud de Grupo Salvaje que el Atleti tenía hace un par de temporadas y que todos sabemos que es fácil de mantener.


Dicho esto, el Atleti sigue en plena pelea tras haber perdido dos puntos tras un fallo tonto de un jugador magnífico. En un clima normal, esto no sería importante ni provocaría el rasgar de vestiduras y rechinar de dientes al que la experta afición virtual es tan aficionada. Más preocupante es un delantero despistado y un clima general de reserva de esfuerzos, pero es más fácil, cómo no, creerse más listo que Simeone y leerle la cartilla táctica. Esperemos a ver qué pasa.   

lunes, 26 de octubre de 2015

Partido grande, resultado corto

Salieron los Pumas al campo y formaron para escuchar el himno y se agarraron de las camisetas y apretaron la mandíbula y algo fue igual a otras veces pero también fue distinto. Recordando el impresionante momento del himno frente a los irlandeses uno recordaba también el impresionante ritmo de los primeros minutos, la furia desatada y a la vez controlada del ataque argentino a pesar de tener enfrente ni más ni menos que a Irlanda, el golpe de autoridad al principio del partido y la inevitable obligación posterior, por el lado irlandés, para ir apagando los incendios que los Pumas encendían a su paso en cada parcela del campo.

Si bien en el partido contra los australianos vimos lágrimas argentinas y camisetas apretadas y protectores bucales al borde de la fractura, algo era diferente. Si los irlandeses parecieron algo inseguros y casi intimidados ya a las alturas del himno en el partido de cuartos, los australianos parecieron seguros, tranquilos y conscientes de cuál era su misión, sabiendo cada uno qué tenía que hacer. Serios y calmados, parecieron encontrarse frente a unos Pumas inseguros y faltos de concentración, la tortilla volteada: dos fallos clamorosos en el primer minuto terminaron en un ensayo en contra y una mochila difícil de sobrellevar en la larguísima cuesta arriba que los australianos iban a plantear en el campo.

Liderados por la deslumbrante pareja Pockok – Hooper, rapidísimos en todas la fases, concentrados y generosos a la hora de entrar con la cabeza por delante en el avispero que los Pumas formaban en cada abierta, y fríos a la hora de decidir una vez se recuperaba el balón, Australia simplemente fue mejor. Aguantó en melé (quizás gracias a los consejos de Ledesma), se batieron el cobre en las contadas ocasiones en las que se montó la línea y demostró ser capaz de imponer un ritmo infernal a la hora de llegar a los rucks, donde se decidió el partido. En ningún momento mostraron superioridad los argentinos, que desde el primer cuarto de partido parecieron ir sin resuello tras los rapidísimos y contundentes terceras rivales. Algún fallo más, varios balones perdidos en rucks y algún golpe evitable dieron a los australianos la ventaja suficiente para llegar a la final, algo ganado a buena ley, con una pizca de suerte (a favor y en contra) en el partido contra Escocia, algo que parecía poco probable hace unas semanas para expertos, recién llegados, casas de apuestas y analistas internacionales. La dureza del camino que han recorrido los Wallabies se refleja con facilidad en una de las imágenes del partido: aquella en la que un ensangrentado y agotado Pockok daba la enhorabuena a los rivales sacudiendo la cabeza con gesto de “madre mía, la que nos habéis dado”.

Los Pumas se quedan fuera de la final y, al contrario que en 2007, la sensación es de oportunidad perdida. Si en ese Mundial había clima de gesta histórica y satisfacción plena ya por haber llegado a semifinales, sólo dos mundiales después los argentinos se quedan con cara de póker por jugar la final de bronce, ni más ni menos. Quizás lo más admirable de este equipo sea precisamente esa falta de resignación, esa ambición, ese espíritu. Tras jugar un grupo previsible y hacer frente a los All Blacks en un sensacional partido jugado en Twickenham, los Pumas firmaron uno de los mejores partidos que uno les recuerda contra Irlanda en Cardiff. Tras unos 20 primeros minutos eléctricos, los Pumas aguantaron el tsunami verde que se les vino encima  a pesar de las notables ausencias del pack irlandés y desplegaron unos últimos 20 minutos para el recuerdo en los que se llevaron por delante con claridad a la potentísima selección irlandesa. Los aplausos de los aficionados de verde al final a pesar del disgustazo de una nueva ocasión perdida (y eso que aún no sabíamos lo de Maureen O’Hara) dan una idea clara de la autoridad con la que los Pumas pasaron de ronda.

Los Pumas cierran así otro Mundial memorable en el que aún pueden ser terceros, igualando el hito de ese equipo asombroso que aún conserva algunos jugadores clave en estos Pumas con futuro que nacieron bajo el ala de Hourcade, roto en lágrimas ayer ante la evidencia de que se les iba quizás la oportunidad más clara de meterse en una final mundial. En 2019 volveremos a ver a esta Argentina agigantada tras su paso por el Rugby Championship, probablemente aún más reforzada por su presencia en el Super Rugby y el impulso que recibirá a su vuelta esta nueva generación privilegiada de rugbiers argentinos, cuyo único elemento preocupante es saber si podrán poner freno a ciertos ramalazos futboleros en celebraciones y cánticos. Gracias Pumas por las lecciones, por la emoción del himno, por el rugby total que va más allá de la entrega y los riñones. Un ejemplo, estos Pumas.

Por el otro lado del cuadro, se plantaron en la final los que todos esperábamos. Los All Blacks demostraron, en un durísimo partido contra Sudáfrica, que si toca sufrir y emplearse en las agrupaciones, que si los rivales plantean partidos cerrados con candado y rugby de kilos, que si lo que corresponde es remangarse y jugarse las cejas, ahí están ellos también. Tras el apabullante partido contra Francia y la demostración de rugby de ataque que convirtió a los franceses en sparring juvenil ante un equipo sobrado, tocaba bajar la cabeza y meter el hombro en vista del durísimo partido que plantearon los Sudafricanos. Sudáfrica quizás no sepa jugar a mucho más, pero claramente saben ser casi los mejores a lo que juegan. Duros, jugando por dentro, sin concesiones ni prisioneros, los Boks se encontraron con una muralla defensiva, un equipo agresivo y valiente que en ningún momento rehuyó el contacto, el placaje o la producción industrial de sudor, con una delantera dedicada con devoción a cumplir su deber y un Ma’a Nonu gigante. Nueva Zelanda llega a la final con sólo 3 ensayos en contra y una defensa granítica, pero con vitola de equipo de ataque y juego a la mano. La conclusión: quizás estemos hablando de uno de los equipos más completos del firmamento rugbístico, una máquina de atacar y defender, un prodigio físico, técnico y táctico, un monumento al deporte erigido por un país de 4 millones de habitantes. Una maravilla con botas negras y pómulos hinchados, un memorable equipazo de rugby, una máquina de ganar que celebra con contención el pase a la final porque sabe que el trabajo aún no está hecho. Un prodigio.
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Salió el Atleti al campo justo en el momento en el que la afición se preguntaba, por decimosegunda vez, si hacía frío o calor. Octubre en Madrid tiene estas cosas: en camisa uno se hiela, pero si se pone uno una chaqueta se asa. A primera hora está nublado y uno saca del armario un abriguito de entretiempo, como Gracita Morales. A medio día dan ganas de tomar vermouth en las terrazas, después de comer empieza a hacer más fresco, a media tarde uno ya no tiene claro si es verano o es invierno. Al campo va uno abrigado no sea que le coja el frío en la última media hora, como es tradición en el Calderón; pero luego uno se sienta en la grada y no corre el aire y no hace frío ninguno y se pasa uno el partido con el abrigo sobre las rodillas como una vieja, y cuando celebra los goles lo agarra no sea que se le caigan a uno las llaves y queden atrapadas por la flora autóctona que crece lozana bajo los asientos de la grada y no las vuelva uno a ver ya más nunca en la vida. El Calderón tiene estas cosas, y con este microclima no nos extraña que entre sus butacas prosperen plantas crasas propias de desiertos y altiplanos y orquídeas y otras monocotiledóneas propias de climas selváticos en un festival botánico que ríase Vd de la cuenca del Orinoco.

Volvía el Atleti a casa en Liga tras el partido de San Sebastián, que fue malo pero bueno, según se mire, y tras el partido del Astana, que fue bueno porque no podía ser de otra manera, oiga, que los pobres eran una panda de chiquillos altotes pero poco experimentados en esto del fútbol. Si el partido del Astana sirvió para pasar un rato tranquilo de una vez por todas, que falta hacía, el partido de San Sebastián sirvió para  que los críticos, que últimamente abundan, se rasgaran la camisa por el juego desplegado. Sirvió también para que los entusiastas, que también los hay aunque andan últimamente más tapaditos ante el aluvión de expertos enmienda-cholos que hablan a voces por las tabernas, dijeran eso de clín clín caja y otros tres puntitos y vamos p’alante y ya llegarán los tiempos del oropel, el brillo y el vino bueno.

Total que en esto, como quien no quiere la cosa y sin tener muy claro si hacía frío o hacía calor, llegó el Valencia al Calderón. La visita del Valencia suele resultar incómoda: a veces porque el equipo plantea partidos serios y duros que hacen que el Atleti las pase canutas; otras, porque el Valencia rasca premio al filito del final, como ocurrió el año pasado, cuando un arreón y un golpe de suerte en los últimos  minutos hicieron volar dos puntos en un partido que estaba controlado. Otras veces la llegada del Valencia resulta incómoda porque su entrenador, que tiene cara de malo aturbantado de “La Momia”, hace declaraciones de esas inoportunas que irritan a los que están en su casa tan tranquilos tomando café con leche y hacen ver fantasmas a los más brutos del lugar, que terminan tirando botellas al autobús del Atleti o insultando a los aficionados del Valencia que pasan por la calle camino de una tasca. El Valencia es un equipo con querencia natural al enfado profundísimo y el despecho por ofensas que uno no llega nunca a entender bien de dónde salen y a dónde van, y eso lo sabe bien Nuno. Nuno, que se parece bastante al enemigo de David el Gnomo, ha asumido con naturalidad ese papel de malo de película que azuza al pueblo contra una amenaza ficticia y en las ruedas de prensa desliza, entre eses líquidas fuertemente pronunciadas, denuncias y agravios que sólo él detecta. Lo sentimos por él, que debe tener una existencia triste entre tantísima ofensa, y lo sentimos por los seguidores de su equipo que montan en cólera al escucharle; pero, sobre todo, lo sentimos por nosotros, que no nos merecemos un señor tan pesado en la liga.  

Ante un Valencia descremado, mucho menos incisivo que otros años (posiblemente por la descompensación del equipo-granja de Mendes y la exigencia de jugar Champions), el Atleti jugó uno de los mejores partidos de lo que va de año, si no el mejor. Al menos sí fue el mejor primer tiempo de los tiempos recientes, superando por activa y por pasiva al endeble Valencia que ayer apareció por el Calderón. Sólido atrás y, sobre todo, poderoso y dominador en el centro del campo, el Atleti de ayer se pareció al Atleti que queremos ver este año y al que los más críticos habían dado por imposible tras el segundo partido en casa, en ese arrebato enmienda-cholos que ha poseído a algunos desde hace unos meses.

El partido tuvo varios protagonistas, pero uno por encima de todos: Tiago. Tiago, que lleva una serie de partidos monumentales, ayer fue un paso más allá y firmó un partido gigante, pleno de colocación, autoridad, pausa y criterio. Listo a la hora de llegar a los espacios, inteligente a la hora de repartir juego y acertadísimo en casi todas sus  acciones (desde la grada contamos un único error no forzado en un pase), Tiago sacó varios balones de cabeza en el área pequeña, recuperó posesiones, paró cuando tuvo que parar y aceleró cuando lo que había que hacer era dar velocidad. Tiago jugó y corrió y se tiró al suelo, pidió intensidad a los compañeros y también les pidió calma. Paró, templó, mandó y dejó claro que es, hoy por hoy y desde hace mucho tiempo, el centrocampista con más criterio que tiene el equipo, el jugador más sensato del medio campo y, lamentablemente, el único que no tiene recambio. Si Gabi, muy bien ayer en la recuperación y la brega, puede ser en cierto modo sustituido por la mejor versión de Saúl, no parece haber recambio para Tiago. Kranevitter, que vendrá en enero, tendrá primero que acostumbrarse a la liga y a los chistes sobre su nombre de embajador chiquitistaní; y aún si lo logra en poco tiempo, parece que su corte de juego recuerda más al de Gabi que al de Tiago. Koke, al que se suponía que el Cholo iba a echar al centro buscando esa misión, sigue en el mismo puesto que otros años y Óliver Torres, talentoso y con futuro, parece excesivamente inexperto no ya para ese puesto clave, sino para ser titular en el Atleti.

Es por esto por lo que la afición reza y reza para que Tiago, que ya tiene edad de acordarse del secuestro de Quini, no se lesione. Cada vez que Tiago va al suelo, la grada tiembla; si se queda dolorido en el césped, aunque sea un minuto, la grada deja de respirar. Tal es la importancia de Tiago y tan preocupante su falta de recambio que la afición empieza espontáneamente a organizarse para evitar riesgos. Así, varios aficionados de Salamanca se han ofrecido a hacerle la compra por turnos, evitando así que lleve bolsas con peso y pueda resbalar en el descansillo. En Madrid se han organizado patrullas ciudadanas para acompañarle al banco, acudir con él a las reuniones de vecinos, ordenarle los altillos, ir a recoger a sus niños al colegio. Un reputado bajista de blues monta guardia en el portal de Tiago desde hace unos días e impide el paso a todo vecino que lleve botas de suela rígida y objetos afilados. La Peña Atlética Jerez (apoyada por la Peña Unipersonal Numantina de la misma localidad) se ofrecen a enviar tuppers con guisos cinco veces con semanas para evitar que se queme con el vapor de la olla exprés, mientas varias asociaciones de aficionados de la zona de La Mancha preparan turnos para ir a planchar a casa de Tiago y evitar que le caiga la plancha en un pie, como a Busquets padre. Hacia el jueves llega a Madrid un contingente de la División Acorazada Brunete que acampará ante la casa de Tiago, desplegando un perímetro de seguridad a prueba de resbalones, libre de pieles de plátano y de canicas traidoras. Todo sea porque no se nos lesione Tiago, el Grande.

No sólo Tiago jugó bien ayer: todo el centro del campo fue fiable, sólido y hasta brillante. ¿Todo? Uhmmm, quizás todo no: Óliver Torres, que salió con el partido controlado y cerca del final para tener el balón y evitar sustos, ni tuvo el balón ni evitó sustos. Sustituyó además a una de las sensaciones de la noche, Ferreira Carrasco, autor de un golazo y baza fundamental en el primer tiempo para desbordar primero una banda y luego otra de la defensa del Valencia, mucho menos solvente de lo que ciertos medios pregonan. Ferreira Carrasco, a quien no sabemos si llamar Ferreira o Carrasco, se atrevió, corrió, desbordó y regateó, marcó un golazo y se entendió bien con el resto del centro del campo y la delantera. También con su lateral, pero eso es otro tema.

Porque el segundo protagonista del partido, junto a Tiago, fue Juanfran. Entonadísimo, rapidísimo y hábil, Juanfran lleva ya muchos partidos jugando con un notable alto, siempre metido en los partidos, siempre en su sitio y en el de su interior, cuando le toca por delante algún jugador menos aficionado a ayudar en defensa como Ólivier o el propio Griezmann. Juanfran hizo un partidazo una vez más y junto al resto de la defensa, con un Godín estupendo que cometió dos fallos tontos en el tramo final del partido, hicieron aburrirse como una ostra a Oblak, quien pudo perfectamente jugar leyendo una novela de Estefanía entre ataque y ataque, y se la hubiera acabado sin problemas.

El Atleti jugó una primera parte estupenda y una segunda algo menos brillante en el que se pusieron de manifiesto algunos aspectos que Simeone aún debe pulir: Óliver no parece aportar todo lo que su enorme talento ofrece, Jackson empieza a marcar pero aún queda lejos de lo que debe aportar un delantero centro en este equipo, Torres anda pletórico de fuerza pero acelerado e impreciso. El equipo no parece saber matar los partidos en el momento en el que todo está de cara, como pudo ayer haber pasado al final del primer tiempo, y quizás se venga demasiado abajo cuando hay un contratiempo; sólo eso explica que se pasara un cierto nerviosismo al final de un partido que podría haber sido perfectamente de 3 ó 4 cero al principio del segundo tiempo. Si el equipo retuerce su colmillo un poco más, si Jackson empieza a carburar al ritmo al que juega el resto, si Griezmann, como ayer, está más activo y presente y Koke continúa siendo la placa base que permite al resto de elementos estar a su nivel más alto, contemplaremos con alegría como la legión de tristes que llevan unas pocas semanas rasgándose las vestiduras por lo mal que va todo, se relajan.

El partido de ayer, además, marca el final de la empinada cuesta del primer cuarto de liga que el calendario regaló al Atleti como quien regala un lagarto venenoso. De aquí a diciembre, en principio, el Atleti tiene un calendario menos exigente que permitirá a los nuevos ir encontrando su sitio y a los de siempre ir pasando lo que saben a los recién llegados. Si es así, ojo a este equipo dentro de unos partidos, ojo.

martes, 6 de octubre de 2015

Reflexiones con retraso (mental) sobre el Mundial y el derbi


Los australianos pegaron, por segunda vez en la historia, un Twickenhamazo. Inglaterra, favorita en todas las apuestas para llegar a la final al menos, se quedan en la fase de grupos para decepción infinita de la afición local, volcada a lo futbolero en este Mundial de rugby en el que Londres, e intuimos que toda Inglaterra, se llenó de carteles y anuncios publicitarios dando a los jugadores de su selección el status de estrella absoluta. Quizás en eso el rugby, cada vez más convertido en espectáculo, siga siendo inmune a la influencia del fútbol.

A uno, que es un antiguo, le gustaban las camisetas con cuello blanco y sin marca publicitaria y le horripila el espectáculo de fuego y pirotecnia a la salida de los jugadores. Uno se emociona con los himnos y la banda militar y hasta con el cañonazo de Murrayfield, pero no con el “Start me up” atronador al principio del partido, la cuenta atrás coreada por la gente y el “Tom Hanks” a todo volumen tras cada ensayo. Aún se queda uno petrificado ante el silencio del estadio cuando patea un rival o ante la ovación atronadora cuando sacan lesionado a un visitante, con el pasillo de los jugadores que ahora tanto sorprende a la gente que no sabe que se lleva haciendo toda la vida.

Quizás sean esas cosas de rugby añejo las que evitan que una selección como la inglesa, preparada para ganar en casa el deporte que se inventó en casa por más que las impertinentes colonias se empeñen en elevar a niveles inalcanzables para las potencias tradicionales, no está preparada para soportar la inmensa presión que  impone la victoria sí o sí, algo inherente al fútbol (sobre todo el de clubes) pero no tanto al rugby, deporte que siempre supo que, en el fondo, el que gana es sólo el mejor. El rugby fue como casi siempre justo e Inglaterra perdió ante una Australia deslumbrante en melé, quizás su punto menos fuerte hasta que llegó Ledesma y les puso a jugar como si fueran de Tucumán en vez de de Perth o Brisbane. Australia, con la victoria deslumbrante de Twickenham, eleva la voz y apunta, en caso de ser primera, a una semifinal por el lado bajo del cuadro que muy pocos habían previsto. Con esa tercera línea, todo es posible. Veremos.
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Sudáfrica volvió a ser Sudáfrica, y eso que los escoceses muestras signos de evolución positiva. Pero, por más ganas que tengan los de azul de jugar bonito y a la mano, por más que quieran demostrar que la última cuchara de madera fue, esta vez sí, excesiva e injusta viendo el torneo, Sudáfrica queda aún lejos de sus posibilidades. Fuertes, con mucho oficio, al borde del reglamento y del fuera de juego en muchas ocasiones, los Boks se deshicieron con más facilidad de la deseada en Edimburgo de los chicos de azul, aún excesivamente inocentes a la hora de hacer golpes cerca de su línea de ensayo. Las cosas vuelven a la normalidad en el grupo B, una pena para Escocia.

Argentina, que presume y con razón de haber enseñado una de las mejores melés del campeonato, perdió prácticamente todas las melés contra Tonga. Argentina reservó jugadores para cuartos, previsiblemente contra Irlanda, y acabó ganando el partido, pero dejó algunas dudas. Ni la melé fue tan fuerte ni las ideas fluyeron con claridad ni la sensación de autoridad que dejó en el partido ante Georgia se repitieron. Si Tonga llega a jugar a un rugby más científico en vez de dedicarse a placar y correr para echar la tarde y si su apertura afina con el pie, el resultado habría sido aún más preocupante. Pero el campeonato es largo y es normal que surjan dudas, la clave está en ver si se resuelven. Un consejo para el bravo equipo argentino: que alguien explique a Maradona cómo se celebran las cosas en el rugby. Si no lo entendiera o no quisiera entenderlo, mejor escóndanlo en algún sitio incomunicado durante los partidos.

Y, por último, Irlanda. Irlanda había jugado sólo un par de partidos suaves y la llegada de Italia no parecía que le fuera a plantear problemas; sin embargo, los planteó. Italia perdió casi todas las touches, hizo golpes de castigo de juveniles y mostró algo del caos que mostraron un rato antes argentinos y tonganos. Aún así, Irlanda no consiguió estar cómoda en ningún momento, por más posesión que tuviera. Ni la melé funcionó ni su fantástica tercera línea estuvo a la altura de otras veces ni el back three, que tan bien se lo pasó contra Rumanía, no disfrutó. Irlanda ha jugado dos años como una máquina de rugby y tuvo un par de sustos en los test matches previos que le han debido servir para mejorar. Esperemos que también mejoren tras el partido contra Italia o su previsible cruce con los argentinos puede ser, una vez más, un obstáculo insalvable ante semifinales.
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El Atleti empató en casa fallando un penalti y teniendo varias ocasiones claras y, aún así, la sensación al salir del campo era buena. ¿Cómo puede ser que la gente salga contenta por haber empatado un partido que se pudo perfectamente ganar? De haber visto la cara de la afición a la salida del Calderón, un observador que no conociera el resultado habría apostado por la victoria local. Sólo el examen pausado del resumen del partido le habría hecho ver que, tras tener dos, tres ocasiones claras y haber fallado un penalti, la cara de satisfacción no se correspondía con lo ocurrido.

Y es que el partido contra el otro equipo grande de la capital, ese que presume de estadio-templo y luego resulta que en la esquina tiene un Juteco, sirvió para muchas cosas. Sirvió para ver, de nuevo, un Atleti excesivamente echado atrás durante los primeros minutos del partido, los que sirvieron al rival para marcar un gol en el que su delantero centro apareció excesivamente solo en posición de remate. Sirvió también para ver que Filipe Luis sigue sin el punto de forma con el que le recordamos, lo que le convierte en un jugador mucho menos interesante que aquél que nos asombraba partido sí y partido también en los no muy lejanos días de la temporada en la que se ganó la liga.

El partido también sirvió para confirmar que el experimento de poner a Griezmann en la banda, si bien tuvo su lógica, no funciona. Griezmann, que tiene ya una querencia natural a no jugar los partidos complicados, deja de poder usar sus enormes cualidades cuando le toca no ya pegarse a una banda, sino emplearse en defensa como exige el sistema de Simeone. Griezmann parece únicamente cómodo de segunda punta, con un delantero que le sustituya el desgaste y le permita revolotear de un lado a otro para aprovechar ese talento suyo para aparecer donde debe y cuando debe. Fuera de esa posición, más cómoda pero en la que brilla incluso en partidos malos, es un jugador con poca trascendencia, demasiado lejos de donde le gusta estar, demasiado involucrado en tareas para las que no está hecho, demasiado blando para hacer ayudas al lateral, que sufre mucho cuando el que está delante es Griezmann.

El partido también sirvió para alimentar las dudas sobre Óliver Torres. Blandito, como Griezmann, a la hora de guardar la banda y por tanto un problema adicional para el lateral que le cubre la espalda (que las pasa canutas teniendo que defender al suyo y al de Óliver), Óliver Torres no termina de estar cómodo pegado a la cal ni de desplegar ese fútbol tan suyo de pase corto, alivio y visión desde un lado del campo. Como en el caso de Griezmann, sus virtudes se diluyen en la banda y su carácter le impide jugar con oficio los partidos duros. Para su desgracia, no le pasa lo que le pasa a Griezmann, que se ha convertido en insustituible: mucho nos tememos que en cuanto vuelva Koke al que empezaremos a ver menos es a Óliver Torres.

Más cosas que dejó el partido: las buenas sensaciones que emanan de Correa, y eso que no termina de encontrar su sitio exacto en el complejo 4-4-2 con aspecto de 4-3-3 o hasta de 4-1-4-1 de Simeone. Correa ha aprovechado los minutos que ha tenido y hoy por hoy parece firme candidato a la titularidad cuando vuelva Koke. Un problema: si es así, ¿jugará echado a una banda para que Griezmann pueda hacer su juego de puntillas por el frente de ataque? ¿quitará el puesto al 9 y convencerá a Simeone para jugar con dos bajitos delante? ¿conseguirá forzar la muñeca del entrenador para jugar con un 4-3-3 más clásico? Veremos.

El partido también sirvió para confirmar lo que todo el mundo comentaba ya en verano, por más que ahora parezca que la reflexión es propiedad exclusiva de la solemne corriente de opinión atoropasadista que analiza en redes sociales y medios cada movimiento del Cholo con la autoridad que da el saber de esto mucho más que el entrenador y manifestarlo desde el ordenador de su mesa de la gestoría, entre expediente y expediente.  El centro del campo del equipo tiene demasiadas incógnitas y juventud (Saúl, Óliver Torres, Correa, Ferreira Carrasco) como para transmitir la seguridad de que el equipo no terminará rompiéndose por la bisagra cuando a Tiago o a Gabi se les acabe la gasolina. Tiago volvió a demostrar que su aportación en cuanto a colocación, experiencia y sensatez es vital para el equipo mientras que Gabi, generoso en el esfuerzo pero impreciso en los pases (algo que solivianta en exceso, cree uno, a la excesivamente segura de sí misma afición del Calderón), da muestras de necesitar suplente. Saúl pareció poder hacer bien de Gabi contra el Getafe, pero un partido desastroso contra el Benfica activó las alarmas. Tiago, sencillamente, no tiene suplente y sería importante darle descansos en partidos más cómodos para ir rodando a otros (se Thomas o sea Kraneviter cuando llegue) en el convencimiento de que será importantísimo en los partidos grandes. Sin refuerzos en la zona, el riesgo de que el equipo termine partido en dos como en los lejanos tiempos de Aguirre y más tarde QSF (cuatro defensas, dos pivotes desbordados, cuatro atacantes poco interesados en defender) se agranda; lo que pasa es que en ese equipo, que terminó ganando la Europa League, los medios defensivos eran Assunçao y Raúl García, que nunca había jugado ahí y terminó por conseguir, a fuerza de generosidad y disciplina, que el equipo funcionara a pesar de los pitos que le dedicaba esa grada corta de vista que ahora le añora cuando le ve en Bilbao. En fin.

Una de las mejores cosas que dejó el derbi, además de confirmar que el equipo rival tiene a dos jugadores cómicos (uno con matrícula de Ciudad Real, el otro con barba y discurso prepotente que contrasta con su incapacidad para dar un pase hacia adelante) fue la sensación de que, frente a lo visto contra el Benfica, el equipo no ha olvidado cómo dar arreones y golpes de riñón en ciertos momentos. Y lo mejor es que ese arreón vino cuando estaban en el campo Ferreira Carrasco, Vietto y Jackson, tripleta multimillonaria que hasta ahora no había demostrado nada. Vietto marcó a pesar de no hacer nada reseñable y eso debería bastarle para perder el pánico que parece que le da el Calderón. Jackson dio el pase de gol y casi marca, y con eso debería bastarle para tranquilizarse y, de paso, cambiar su ritmo tropical y avallenatado por una carrera constante como la que brinda Torres, muy desafortunado en los controles el domingo pero de nuevo peleón como el que más. Por último, Ferreria Carrasco, jugador con nombre doble como si fuera un despacho de agentes de aduanas de La Coruña, mostró que puede ser útil cuando por su lado hay un lateral lamentable con ínfulas de espartano. Por desgracia, jugadores tan malos no abundan y es posible que Ferreira Carrasco no tenga tantas oportunidades para destacar.

El Atleti está a dos puntos de los teóricos candidatos tras un “rush” de partidos complicados que podría haber acabado mucho peor y sólo un poco mejor. Sin jugar bien, el equipo parece ir encontrando ese equilibrio entre más toque y no menos sangre que el Cholo, la afición y la confección de la plantilla requiere. Quedando la duda del centro del centro, también queda la esperanza de que, una vez se pase definitivamente el pico del calendario (quedan en breve Valencia y Athletic de Bilbao) se pueda terminar con los ajustes que ahora mismo el equipo requiere. Optimismo moderado, por tanto, en la certeza de que Simeone ha dado casi con la tecla.