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miércoles, 23 de septiembre de 2015

Algunos apuntes sobre la primera jornada (del Mundial de Rugby) y otros sobre el Atleti - Getafe


Con todo Londres (y entendemos que el resto del país) lleno de anuncios, spots, promos y menciones al Carry-Them-Home, se intuye que la presión que tienen los jugadores es enorme. Y más o menos eso pareció en el primer partido.

Con las calles llenas de camisetas de la Rosa (y eso que en una ciudad gigante como Londres el ambiente se diluye por pura cuestión volumétrica) y los pubs abarrotados de aficionados de todo origen, condición y nacionalidad, Inglaterra debutó ante Fiji. Los jugadores lo hicieron contra un equipo del que esperaba más, y los aficionados lo hicieron de mala manera, cantando “Swing low sweet chariot” durante el Cibi fijiano, algo que se tomó como una falta de respeto impropia del experto público inglés. Pero, oh amigos, las cosas cambian también en el rugby, y si el Nueva Zelanda – Argentina parecía no poder empezar porque por la megafonía atronaba “Start me up” de los Rolling Stones con los dos equipos ya preparados para la primera patada, ya uno se cree cualquier cosa. Incluso, que los ingleses hayan perdido el sentido del respeto ante las danzas rivales.

Inglaterra ganó pero no dejó sensaciones demasiado buenas. Sosos, tristones, algo torpes con las manos, los ingleses tuvieron la suerte de no tener enfrente al Fiji que se esperaba. Quizás también presionados por el inicio del torneo, los fijianos cometieron muchos errores con las manos, no desplegaron el juego volador que los hace tan peligrosos y terminaron por perder contra una Inglaterra vestida de rojo y grana, dejando algún placaje peligroso en el camino y la sensación, por unos minutos, de que podrían ensayar e igualar el partido. No fue así.

Habrá que ver más a Inglaterra, pero su primera actuación hace que el cartel de favorito (o finalista casi seguro) que cuelga de su camiseta parezca ahora menos firme, cogido con imperdibles en vez de con triple hilo de bramante. Veremos. Su grupo es dificilísimo: Gales, que ganó cómodamente a Uruguay, dejó sensación de cierta fragilidad y, sobre todo, perdió aún más jugadores en lo que está siendo una plaga de lesiones sin precedentes. Australia aún no ha debutado (lo hará hoy) y hay ganas de verles jugar tras los últimos partidos contra los All Blacks. La clave puede estar en los puntos bonus, que la cosa va a estar apretadita. Un grupo complicado.
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En el Grupo B saltó el sorpresón: Japón ganó a Sudáfrica en el último segundo y pubs, redes sociales y bares de sushi estallaron al unísono. Japón venció además con drama y emoción, como gusta a cualquier aficionado a cualquier deporte, y de paso encendió una mecha nueva.

Hay quien piensa que la victoria de Japón es de las cosas más importantes que han pasado en el rugby moderno, en el que con frecuencia se critica la diferencia enorme entre los grandes y los pequeños. Hay pocos test matches entre naciones de primer nivel y de segundo, mucho menos de tercero, hay pocas posibilidades para que los países con menos tradición se enfrenten a los grandes y aprendan a competir. Japón vino a romper unos cuantos tópicos.

Es cierto que para muchos expertos en rugby del Sur, incluido alguno de Onteniente y el mismísimo Fermín de la Calle, el tropiezo de Sudáfrica no fue una sorpresa total (dejando aparte la forma en la que se produjo). La derrota contra Argentina dejó a la luz rencillas internas, decisiones contestadas del entrenador, alineaciones basadas en los galones y no en los estados de forma, cuestiones sobre la edad media del equipo. Tampoco hay que pensar que los japoneses son un equipejo recién llegado con rugby folklorico y de carambola: tienen experiencia en los Mundiales, una liga fuerte y un buen plan para llegar con un equipo de garantías a la próxima edición, que se celebrará en su casa. Vinieron a Madrid siendo número 10 del ranking mundial, lo que implica estar por delante de un VI Naciones o de un equipo del Rugby Championship, ahí es nada. Rápidamente el ciberespacio y las redes sociales se llenaron de alabanzas a Japón nada más ganar, como si un desarrapado ganase a un multimillonario a fuerza de valor, valores, riñones y dientes apretados. Todo eso aportó Japón, sí, pero también un partido excelentemente planteado, un plan de muchas semanas para jugar este partido en concreto, jugadores de talento y un momento determinado que fue aprovechado a la perfección, moviendo de lado a lado a los sudafricanos; por la televisión quedó claro que los sudafricanos tenían cara de pánico y eso mismo vio el capitán japonés cuando ordenó jugar y no patear, lo que demuestra la fe en el trabajo realizado y la confianza en los compañeros, la personalidad para decidir en un momento clave, la intuición para saber cómo sacar ventaja del sin bin rival, la capacidad, en definitiva, para leer el juego y tomar riesgos. Las cosas, cuando se hacen bien, dan su fruto y quizás Japón haya sembrado la semilla del ejemplo para las Federaciones que se lamentan de que el futuro es inalcanzable, como por ejemplo la española. Japón ganó con un plan, disciplina, método, ganas y buenos profesionales (y eso que no todos los rugbiers japoneses lo son), no solo por testosterona, kamikazes, valores  y milagros.

Tras unos días en Londres siguiendo de cerca todo lo que ocurre en el Grupo B, uno se pregunta ¿dónde están los escoceses? Vale que aún deben jugar, pero no se ha visto casi ninguna camiseta azul, sólo un kilt (y con camiseta All Black) y ni siquiera en las tiendas hay merchandising oficial de los escoceses, sólo la curiosa camiseta con los flancos de tartan que se pudo ver, medio escondida, en la tienda oficial. Con Escocia viniendo de menos a más gracias a un rugby más vistoso que el que la tradición señala y con un grupo revuelto gracias a Japón, confiamos en que nuestros adorados escoceses vayan abandonando los wee bit hill and glen y entrando en las tierras del Sur. El rugby no es lo mismo sin ellos.
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Irlanda ganó con comodidad a Canadá, que no parece ser una referencia válida para tomar el pulso a los Chicos de Verde. Irlanda volvió a dar la sensación de máquina de rugby, pero habrá que ver qué pasa en su enfrentamiento contra Francia quien, asombrosamente vestida de Gales, terminó de confirmar que el futuro de los italianos es cada vez más complicado.

Quizás la mayor incógnita para los irlandeses esté en Francia y en Argentina, con quien teóricamente se cruzarían si son primeros de grupo y los Pumas segundos. Argentina ha demostrado que no ha venido de turismo y tienen ganas a los irlandeses. Francia podría poner en cuestión eso de que serán segundos de grupo, con lo que muchos de los pronósticos saltarían por los aires. Por su parte, de ese lado del cuadro sale el rival de Inglaterra, que no tiene tan buena pinta como se presumía … interesantísimo ese lado del cuadro.
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En Wembley, ni más ni menos, 90.000 personas incluyendo multitud de neozelandeses, muchísimos argentinos muy entendidos en rugby, unos chilenos muy ruidosos, gran cantidad de irlandeses, uno o dos escoceses, gran cantidad de españoles y muchos, demasiado franceses (y demasiado mal educados), los Pumas jugaron un partido fantástico ante un equpo neozelandés que sumaba más de 1.000 caps (a 70 de media, más menos …) que terminaron perdiendo. Perder no le gusta a nadie, perder así contra los All Blacks es otra cosa.

Muchas cosas se pueden decir del partido. La primera, que si los Pumas no salen nerviosos y ansiosos los primeros diez minutos, quizás habrían tenido 6 puntos más de ventaja a medio tiempo; lo segundo, que Richie McCaw ha terminado por ganarse una mala fama que lleva a una buena parte de la afición a abuchearle cada vez que le enfocan, aunque esta vez la zancadilla mezquina sobre Fernández Lobbe sí mereciera la reprobación pública. Más cosas: Sonny Ben Williams contribuyó en buena manera a cambiar un partido en el que Ma’a Nonu pareció gris y tristón, Conrad Smith se fue al Sin Bin, Retallick volvió a demostrar que su presencia intimida a todos y Aaron Smith es más listo que el resto. Dicho esto, los verdaderos protagonistas fueron los Pumas, dominadores en ataque y en defensa en la parte central del choque, entre el minuto 15 y el 60; pero, ay amigos, los All Blacks son demasiado fuertes para jugar 45 minutos y en el espacio que va del 60 al 70, tras varios cambios, dieron la vuelta a un partido que hasta entonces se les había atragantado. Del partido salen reforzados los Pumas y los All Blacks pasan a estar bajo la lupa: salir tan convencidos de su poder demoledor en el último cuarto les puede pasar factura con otros equipos.

Y, horas antes, y entre gritos de admiración en un pub céntrico, Georgia daba una clase práctica de cómo placar todo lo placable y ganaba a Tonga, primera sorpresa del día. Tonga, con muchos kilos y muchos caballos de vapor, no pudo con los malencarados georgianos, quizás candidatos a poner en muchos aprietos a Namibia y, sobre todo, a castigar las costillas de cualquiera que se le ponga por delante. Jugar contra el rival que acaba de medirse a Georgia empieza a ser una ventaja para el que no ha sufrido recientemente las embestidas de ese tropel de porteros de discoteca con barba hasta las bolsas de los ojos que se anotaron su primera victoria en un mundial y dejaron a los tonganos llenos de cardenales para los próximos cinco días. Un equipo a vigilar, más que por poder clasificarse, por poder lesionar a medio grupo.
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El Atleti jugó un partido la mar de soso y peligroso a ratos que sirvió para bastantes cosas, a pesar del tedio. El Getafe no parece demasiado enemigo y por tanto Simeone hizo eso que se hacía antes en el Calderón: pruebas. Salieron varios de los que no suelen jugar, salió alguno de los que aspira a jugar más, salió uno que no creemos que deba jugar más y salió el Atleti con tres puntos más. Salir-más, salir-más, el mantra del recién divorciado, del que ha perdido 15 kilos de golpe, de la tropa que visita Magalluf.

El experimento local, además de tres puntos estupendos, dejó unos cuantos mensajes al respetable. 

1. Ferreira Carrasco no parece tener demasiado sitio en el equipo. Si lo que tiene es lo que mostró ayer, quizás sea mejor que salga los segundos tiempos como hizo en Sevilla y quite minutos a los titulares. Por ahora no parece funcionar y es posible que necesite algún tiempo de adaptación aún. A día de hoy, y esperando equivocarnos, parece un fichaje caro y no demasiado adecuado a lo que necesita el equipo. Confiemos.

2. Siqueira volvió a hacer oposiciones a salir del equipo y no jugar más. Enloquecido, inoportuno, torpe y poco listo, Siqueira consigue que el resto del equipo se crispe, se ponga nervioso, pierda concentración, calidad, contundencia. Siqueira juega en corto cuando hay que jugar en largo e intenta hacer un caño cuando hay que pegar un patadón. Tiene potencia, tiene regate y tiene hasta un verbo fluido en las entrevistas; lo que no parece tener es idea de en qué consiste el fútbol que juega el Atleti. O mucho mejora o mucho empeoran Filipe Luis y Gámez y Lucas Hernández, o Siqueira parece ahora el cuarto candidato a jugar de lateral izquierdo … y es muy grave eso.


3. Óliver Torres es un gran jugador que hace cosas de jugador no tan grande. Pierde balones en malos momentos, se complica cuando no debe, fuerza al equipo a recuperar posiciones al sprint por entretenerse demasiado en recursos barrocos. Con la calidad que tiene, con la visión que tiene, con la técnica que tiene y con la pinta de pillo de esos que van en scooter trucada sin casco por las playas de Barbate, Óliver Torres tiene todo para ser un jugador importantísimo; todo, salvo la calma y la experiencia, que son cosas que se consiguen con tiempo y partidos. El problema es que si se convierte en un generador de inferioridades, en un pasador al contrario o en un perdedor de balones, con Simeone tendrá mucho menos tiempo del necesario para mejorar, porque el Atleti simplemente no se puede permitir ese lujo. A vigilar de cerca, esperando que se cumplan nuestros mejores deseos de ver al jugadorazo que parece ser.


4. Saúl jugó en el doble pivote y lo hizo muy bien, con mucho despliegue y fuerza. A su lado jugó bien Gabi, que quizás tenga sus mismas características. Quizás Saúl se complemente mejor con un jugador del corte de Tiago, sensato, táctico y pausado; ayer, cuando salió Tiago, el Atleti dejó de correr por todas partes y todo tuvo más sentido. El buen momento de Gabi y la solvencia ayer de Saúl nos dan tranquilidad en la parcela más pulmonar del centro del campo; mientras tanto, todos rezamos porque Tiago siga así mucho tiempo, al menos hasta confirmar que Kranevitter puede hacer esa función, algo que el que suscribe ignora.


5. Savic no tuvo mucho trabajo pero lo que tuvo lo hizo bien. Cerca tuvo a Juanfran, de nuevo espléndido, y a Godín, fantástico incluso a la hora de cubrir las lagunas del incomprensible Siqueira. Savic fue bien caro (15 millones más Mario Suárez) y debería ser un central de muchas garantías, aún por detrás de Giménez. Ayer dejó buen sabor de boca.


6. Griezmann es, sencillamente, asombroso. Un gol nada más empezar el partido, tras definir estupendamente. Otro gol al final del mismo, rematando de aquella manera un pase de Jackson que le dejaba el gol franco. Entre tanto, no tanto: carreras, cambios de posición, ratos de segundo delantero, ratos echado a la banda en un 4-1-4-1 o un 4-2-3-1…. Pero al final, dos goles como dos soles y la sensación de que es un jugador iluminado por el rayo divino. Miedo dan las ganas que tendrán en el palco por dar el pase.


7. Pero si alguien de la delantera se va del equipo, nos tememos que Correa ocupará el hueco sin problemas y con brillo. Rápido, con ganas, habilísimo  e incansable a la hora de recuperar, Correa dejó claro tener eso que hace diferente a un jugador, eso que no se sabe explicar pero se ve rápido, eso que tienen sólo unos pocos. Correa formó un lío nada más salir y la afición abría mucho los ojos cada vez que la tocaba, esperando una jugada mágica o un regate de artista. Correa tiene una pinta excelente y a bote pronto uno diría que nos hará sonreír muchísimas veces. Tras lo de ayer, hay ganas de verle mucho más.


8. Jackson Martínez dio un buen pase de gol … y poco más. Algo apático, lento y bastante despistado, a Jackson parece que le está costando enterarse de cómo debe jugar. Ayer el público le dio una pista aplaudiendo una de las escasas ocasiones en las que se pegó una carrera para presionar al portero rival. Jackson ni trabaja como Torres ni tiene la habilidad para retener el juego que tenía Mandzukic , aunque de vez en cuando deja caer una perla técnica que sugiere que tiene cosas que aportar. Por ahora, Jackson es bastante insulso, algo vago y parece muy despistado. Lo bueno es que sólo puede mejorar. Lo aún mejor es que está en manos del Cholo: si un cenutrio como Diego Costa acabó entiendo lo que se pedía de él, entendemos que Jackson también lo hará. 

domingo, 5 de abril de 2015

Uno a uno ante el partido-a-partido que queda (I): los de detrás


Llegados a abril, y por tanto al tramo final del campeonato, podemos decir que el Atleti está donde queríamos que estuviera: en zona Champions, clasificado para la siguiente ronda de esa competición, con el valle físico aparentemente ya pasado. Nos gustaría más que fuese líder destacado, que hubiera pasado ya la desagradable eliminatoria de cuartos de Champions y que el Vicente Calderón estuviese limpio como la patena, claro está. Puestos a pedir, nos gustaría que la Directiva hubiera dado paso a un nutrido grupo de socios que dirigieran la entidad con cariño y dedicación, que Reyes nunca hubiera pasado por el Club y que Indy fuera una mascota decente y no un mapache pendenciero con afición por los licores y rebuscar en las basuras de las tabernas del centro.

Pero estamos donde estamos y podremos estar mejor si el equipo mantiene el hermetismo defensivo de los partidos grandes y recupera algo del punch que el año pasado sirvió para abrir partidos trabados, esos que hoy en día cuesta más desbloquear. Para ello, Simeone cuenta con un grupo excelente en un momento irregular que encara el último cuarto de la temporada con sensaciones generalmente buenas.

A grandes rasgos, así ve el que suscribe a la plantilla en este momento de la temporada.

Moyá: correcto hasta ahora, y cumpliendo con creces lo que uno esperaba de él, Moyá se ha lesionado y son muchos los aficionados que casi lo han visto con alivio. Siendo fieles a la filosofía de Simeone, Moyá, que venía respondiendo, era inamovible en la portería: el equipo funciona, el portero no ha cometido indisciplinas ni hecho tonterías, hasta ahora había cometido errores pero quizás no determinantes para sacarle del puesto. Además, Moyá trasmite sensatez cuando hablaba en público y tiene porte de dandy, que siempre ayuda. Y, sin embargo, Moyá trasmite una creciente sensación de inseguridad: inmóvil en muchas salidas, faltas de entendimiento con los centrales en balones de cara, reacciones aparentemente tardías a tiros lejanos. Moyá ha hecho algunas buenas paradas y también ha cometido errores que han supuesto puntos al equipo (Celta, Valencia, etc): lo primero es lo exigible a un portero que está en un equipo de alto nivel, lo segundo es bastante imperdonable. Ante el tramo clave de la temporada, Moyá quizás deba dejar paso a su suplente y estar en cualquier caso listo para saltar de nuevo al campo en cualquier momento. A Simeone corresponde hacer la transición, si lo cree oportuno, sin menoscabar la confianza del Moyá; al ser este veterano – condición que gusta a Simeone, entendemos que precisamente porque los jugadores más mayores gestionan mejor estos momentos de crisis – esperamos que sea posible sin mayor problema.

Oblak: llegó al Atleti con precio alto y muchas esperanzas, y nada más llegar se lesionó y dejó paso a Moyá, que aprovechó la ocasión. Salió de titular en Champions y le fue mal; algo parecido le pasó en Copa. Mostraba dudas y un cierto distanciamiento, como si no estuviera metido en los partidos, y en la grada había un runrún ante la posibilidad de ver a Oblak como último hombre entre el desastre y la gloria. Pero, curiosamente y al contrario de lo que pasaba con Moyá, Oblak trasmite una sensación de seguridad difícil de explicar tras los goles encajados en jugadas aparentemente fáciles. La planta, la frialdad, la rapidez en movimientos a pesar de la altura … Oblak tiene cosas de portero grande y parece que únicamente la confianza que dan los partidos las sacarán a la luz con más frecuencia. La oportunidad que brinda la lesión de Moyá y un penalti parado en Champions pueden haber sido el detonante para la irrupción definitiva de Oblak en la portería del Atleti. Hoy por hoy, el que suscribe le alinearía de titular en lo que queda de temporada.

Godín: tremendo por arriba, contundente al corte e imperial cuando saca el balón, Godín está haciendo de nuevo una temporada excelente. Godín tiene cosas de central antiguo y de líbero descatalogado, y quizás por eso sea más sencillo hacer comparaciones con otros centrales históricos del Atleti. Hay quien dice no haber visto un central igual desde Griffa, hay quien piensa que si Eusebio hubiera tenido una personalidad más fuerte habría sido un Godín, hay quien cree que está ahí ahí con Luiz Pereira para hacer la pareja histórica de centrales del Atleti precisamente por ser diferentes pero complementarios. De Godín, indiscutible, faro en defensa y capitán in pectore, no hay prácticamente nada malo que decir y sí mucho bueno. Y una cosa más: la presencia de Godín puede ser muy beneficiosa para cualquier central joven que quiera fijarse en cómo hacer las cosas, y de esos tenemos uno, uruguayo, y otro cedido, también uruguayo. Una suerte tener a Godín entre los nuestros.

Miranda: sea por el conato de espantá del verano pasado, sea por la amenazante presencia de Giménez a su lado, sea por lo que sea, Miranda no está como estaba. Miranda ha hecho partidos excelentes, como en él era habitual, y ha cometido unos cuantos errores impropios de un tipo de su aparente frialdad y saber estar. Miranda, jugador rápido que se mueve lento, sigue siendo imbatible cuando se trata de cuerpear y usar los brazos, pero ha tenido algunos despistes imperdonables, como en Mestalla, y ha hecho alguna que otra barbaridad, como la del día del Espanyol, que han costado puntos al equipo. Miranda, autor de uno de los goles que más hemos celebrado nunca, tiene pinta de querer cambiar de aires a final de temporada y dejar definitivamente el sitio a la locomotora que viene lanzada desde atrás, reclamando su sitio: Giménez.

Giménez: una fuerza de la naturaleza, un futbolista con cuello de boxeador y peinado de abubilla, un chaval con actitud y aplomo de veterano de mil guerras, un tipo al que le da igual jugar un solteros contra casados que un Mundial sin haber salido al campo en toda la temporada. Giménez, cuyos fallos sorprenden a todos por lo escaso y lo rápidamente resueltos, no da sensación de crecer porque trasmite la sensación de saberlo ya casi todo. Si las cosas no se tuercen y las decisiones que se toman son las correctas, puede que haya central para muchos, muchos años. Hoy por hoy, parece titular junto a Godín.

Juanfran: llegó como interior tirando a extremo habilidoso y llamándose Franjuan y con el tiempo ha terminado de carrilero de categoría gracias a la intuición de Simeone que, cosas de la audacia y el exceso de presión sobre las sienes que produce la gorrilla de tractorista, se atribuye Manzano. De driblador atolondrado pasó a lateral cumplidor con algo querencia a la indisciplina y, de ahí, a incisivo oportunista cuando el peso del ataque iba por la banda de Filipe Luis Filipe. Emigrado el brasileño, Juanfran ha cogido sin dudarlo los galones que implican llevar el peso del ataque y, quizás para darle más solemnidad, se ha dejado una barba que le confiere, junto a su delgadez, aspecto de caballero de cuadro del Greco. Juanfran corre más que nadie y aguanta corriendo más que nadie, y suple con esa velocidad y resistencia de lobo los despistes que a veces comete en ataque, cuando su instinto de extremo le hace olvidar que él es el responsable de cerrar la banda. Pero Juanfran, que sabe que tiene centrales que cierran lo que haga falta con hermetismo de tupper-ware, corre y corre siempre hacia su sitio, sacando fuerzas de donde otros sacan un peine y una pinza de depilar. Pocos jugadores se han identificado tanto con el Cholo, pocos jugadores tan atléticos sin ser atléticos de cuna. Un buen tipo y un excelente jugador, Juanfran.

Siqueira: fichaje de relumbrón, y de los caros, para la banda izquierda, Siqueira ha resultado ser un personaje. Siqueira tiene físico y velocidad, tiene regate de fútbol-sala y tiene la capacidad de llegar a la línea de fondo y meter unos pases excelentes. Y, con todo eso, no parece valer para el puesto a menos que cambie de forma de ser y de pensar, que es lo complicado. Siqueira, al que el auto-corrector del ordenador llama acertadamente Siquiera, es atolondrado e imprevisible, y lo mismo se echa a correr como un conejo huyendo de un galgo que se para e intenta un regate imposible en mal momento. La afición, que esperaba mucho de él, ha perdido la paciencia con Siqueira y le llama “Chorlito” Siqueira y hay hasta quien recomienda que salga a jugar con cencerro, para que así sea más fácil para sus compañeros conocer sus impredecibles movimentos. Siqueira, que lo tenía todo para ser titular, ha terminado siendo suplente y nos parece de lo más normal. Resulta complicado, además, no decir dos o tres veces por partido “Siqueira” con el tono del comentarista en el gol de Abreu al reprocharle el fallo al delantero.



Gámez: fichado aparentemente para hacer eso que se llama “fondo de armario” para suplir a Juanfran en el lateral derecho y, si fuera necesario, jugar de central, Gámez va a más, incluso a mucho más. Gámez, cosas de la temporada, ha terminado jugando de lateral izquierdo siendo lateral derecho toda la vida, quitándole el puesto a Siqueira y cuajando muy buenos partidos a excepción, comprensible, del partido en el que le tocó enfrente un Messi en estado de gracia. Gámez, tipo experimentado y difícil de amedrentar de los que gustan a Simeone, lleva tatuado en su brazo algo que intuimos que es su nombre en élfico, algo extraño por ser Gómez y no Gámez el apellido más común entre los elfos. Hoy por hoy el Elfo Gámez, que llegó de tapadillo y esperó paciente su oportunidad, lo está haciendo estupendamente y es titular por méritos propios. ¡Bien por Gámez!

Ansaldi: finalmente, el Expediente X de la defensa. Ansaldi, que quitó el puesto a Siqueira, fue yendo a más según tenía partidos. Diestro, es capaz de usar la izquierda como si fuera zurdo y poner pases medidos al centro de la defensa. Fuerte y rápido, suplía con su energía los jardines en los que a veces se metía. En general parecía mucho más sensato que Siqueira y y su titularidad parecía asegurada hasta que, allá por noviembre – diciembre, tuvo una lesión que no parecía grave. Debía serlo, porque no ha vuelto: desde entonces Ansaldi ha entrado en convocatorias pero no ha jugado, ha sonado para titular pero no ha salido, ha perdido el sitio hasta con Gámez, que juega por un lado que le es totalmente nuevo. Lo más que hemos sabido de Ansaldi es que discutió con un Policía Municipal (algo no infrecuente en Madrid, que cuenta con la policía local más maleducada del globo terráqueo) y que terminó en comisaría; alguien en twitter aprovechó para pedirle a la Policía un cambio de rehenes, Ansaldi a cambio de Siqueira, pero no funcionó. El caso es que Ansaldi, que tenía buena pinta y aspecto de titular, ha desaparecido de la faz de la tierra y tiene pinta de que el Cholo ha visto algo que no le gusta lo más mínimo. Algo pasa con Ansaldi.

De Lucas Hernández no hablaremos porque le hemos visto poco, aunque lo poco que vimos nos pareció la mar de bien. Central normalmente pero con capacidad de jugar de lateral, Hernández tiene buena pinta para el futuro aunque por ahora sea muy complicado para alguien como él hacerse un hueco en el equipo.

- Hala, hasta aquí

- Pero oiga, ¿y los medios y delanteros?
- Esos otro día, que se aproxima la hora del vermouth. 

domingo, 1 de febrero de 2015

Crónica británica desde el Bajo Deva


Si uno tuviera que elegir un equipo favorito (además del Atleti, claro está) en esta liga de gigantes millonarios, clase media enfadadísima con todo el mundo y equipos en manos de directivas que no suelen caer en que los clubes de fútbol los formó la gente y que sin la gente no tienen sentido, tendría dudas entre dos. El primero, el Rayo y sus increíbles gestos hacia la gente de su barrio y la gente que les hizo grandes desde el campo, aumentados por los gestos que la gente del barrio, y en concreto esa señora admirable, les devuelve en forma de dinero recibido pero no usado para que otros sufran un poco menos. El segundo, claro está, es el Éibar.

Que Éibar, municipio de 27.000 habitantes, tenga un equipo en Primera sin más apoyo que el de sus propios vecinos es ya para recibir a jugadores y sobre todo aficionados con honores de Jefe de Estado. Que estos aficionados llenen un campo para 5.000 personas (que es casi el 20% de la población) resulta asombroso. Que los goles se celebren al sonido de la sirena de la fábrica que durante años despertó al pueblo es sencillamente fabuloso. Que Éibar sea el pueblo de las Lambrettas y de Gárate hace que a uno le sea imposible no ser un gran admirador del Éibar.

Y a todo esto el Éibar, con un presupuesto diminuto y, eso sí, ni una sola deuda, marcha pasada la primera vuelta cerca de los puestos europeos, lejos de los puestos de descenso en los que casi todo el mundo contaba con verle a estas alturas del campeonato. Y es que el Éibar, con buena parte del bloque que jugó en Segunda B y unos cuantos refuerzos modestos pero atinados, juega bien y puntúa en sitios donde no todo el mundo lo hace, no cose a patadas a los rivales, tiene jugadores interesantes y otros, como Arruabarrena, directamente admirables.

Vivimos con normalidad en una liga de periodistas desquiciados y aficionados contentos de desquiciarse con ellos, de peleas infantiles sobre detalles absurdos, de leyendas urbanas y campañas mediáticas de limpieza o embarramiento de la reputación de quién convenga según convenga, de jugadores de Lladró que hacen bailecitos y tiran besos para luego saltar con cara de herido de muerte cuando un rival pasa a menos de un metro de sus espinilleras de Swarovski, de conjuras y ouijas, de remontadas y excusas sonrojantes si las cosas no salen como se calculó desde la sala de reuniones del comité de dirección, de bulos irresponsables y llamadas a la exaltación que terminan en el recibimiento a botellazos del autobús visitante en nombre de la historia, el honor y esas cosas tan chocantes cuando caen en manos de predicadores y acomplejados. Y en esta liga que, puesta en perspectiva, resulta ridícula, sobreactuada, sobrecomercial e infantil, el Éibar brilla con luz propia gracias a su grada chica y baja, a los balcones llenos de gente de los edificios que rodean al estadio con la bandera colgando del alféizar, a su campo embarrado y su peña escozesa con zeta.

Uno desea al Éibar lo mejor de lo mejor y no puede evitar sonreír con cierta envidia al ver a ese equipo con aire de club setentero del Norte de Inglaterra en los 70, orgullo de zona industrial de las de hierro y carbón, club modesto pero honrado que ni debe dinero ni lo necesita para nada más que para pagar sueldos y no convertir los vestuarios en spas sino, como mucho, para reparar la sirena de la fábrica Alfa, si es que alguna vez se estropea. En esta liga de estrellitas e inversores extranjeros, un club de pueblo financiado por su gente que conserva a sus jugadores como si fueran joyas y a su sirena como si fuera un Stradivarius es aire fresco, un ejemplo, un lujo, una alegría. Una auténtica maravilla.

Aunque, bien pensado, a lo mejor lo que pasa es que es el Club de Gárate; quizás eso lo explique todo.

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Conectó la televisión con Ipurúa y lo que se veía era un campo embarrado con aspecto de sembrado a medio labrar y una cuarta de agua en algunos puntos estratégicos. De inmediato,  en las redes sociales (más bien en una, la del pajarito) no se leían más que críticas: menudo patatal, ahí no se puede jugar, qué vergüenza de campo, decía la muchachada enfadadísima desde el sofá, tecleando en su tableta de nosecuantas pulgadas. Mientras tanto, sin embargo, a los aficionados que recordamos el secuestro de Quini como un evento la mar de preocupante, se nos puso una sonrisa de medio lado.

Ipurua ayer, en efecto, parecía una anomalía en esta liga de campos perfectos, verdes con drenajes casi linfáticos, césped rasurado y con depilación brasileña y con pantone homologado por la LFP y las televisiones; y sin embargo, lo que ayer había en Ipurúa no era más que un campo de fútbol de los de toda la vida, un campo de rugby en invierno, un terreno de juego como aquél de Atocha. Y la nostalgia que nos entró a algunos no venía tanto por eso, que también, sino por vernos a nosotros mismos jugando en campos embarrados – de tierra cuando jugábamos al fútbol, de un césped teórico que era peor que la tierra cuando jugábamos al rugby, como el de Cantarranas – con camisetas empapadas, botas cuarteadas, cal en la frente tras despejar de cabeza en un córner y los lagrimales llenos de barro hasta un par de horas después de la ducha.

Los menos jovencitos recordamos haber jugado mil veces en campos similares con balones Mikasa, prodigio de la industria deportiva que cuando conservaba la cubierta impermeable era de una dureza comparable a las balas de cañón que hundieron en Trafalgar al icónico navío San Juan Nepomuceno, y que cuando la perdía tenía una capacidad de absorción de agua muy superior al de la esponja natural y la bayeta Vileda juntas, dándole un peso y densidad comparable al de una Enana Marrón, capaz por tanto de lesionar gravemente unas cervicales en un despeje o de dejar la marca de la costura durante días cuando uno tenía la mala suerte de recibir un pelotazo en un muslo en día de frío. Al ver el partido de ayer uno recordaba las tardes dándole grasa de caballo a las botas y al balón que, en el caso de ser el celebérrimo “Wallaby” de rugby, lo revestía de una película viscosa y resbaladiza que hacía imposible atraparlo sin que a uno se le escurriera entre los dedos, como si fuera una trucha vivita y coleando recién salida del río, y las medias de lana gruesa, atadas con un trozo de cordón de las botas, que con el agua  se iban empapando y empapando, bajando poco a poco por la pierna hasta dejar claro que ahí ninguno jugábamos con espinilleras, hombre por Dios, con lo molestas que son y para lo poco que sirven.

Y no se crean que hablamos de los años 30, oiga, que eso era así hace bien poquito. Lo que pasa es que tanta camiseta dry-fit, tanto baloncito de playa, tanta bota de colorines de plasticucho flexible y tanto campo de césped artificial han terminado por ablandar a los futbolistas de barrio y hacerles pensar que en un césped como el de ayer, en el que se ha jugado al fútbol y al rugby durante cien años, no vale para este deporte de tiquismiquis que tanto dinero mueve hoy en día. Les llega a oír Arteche, oigan, y no tienen sitio donde esconderse.
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Salió el Atleti al campo vestido de gris hormigón aluminósico y entre la lluvia, la grada y el barro aquello parecía una escena de una película de Ken Loach; y algo así les debió decir a los jugadores el Mono Burgos, porque el Atleti salió con oficio y disciplina de minero galés, que era lo que requería el partido. Cuando tras el primer toque el balón se quedó clavado en una zona en la que parecía que podía correr, y cuando tras el segundo el balón salió disparado cuando el espectador en pantuflas esperaba que se clavase, todos supimos que el partido podría ser una trampa y de las gordas.

En el Atleti, con cambios en la alineación forzados por la sobrecarga de partidos de algunos y las amarillas acumuladas en vísperas del importante partido del próximo día 7, jugó Moyá, bien peinado y pinturero incluso bajo el chaparrón guipuzcoano, y una defensa en la que sólo Godín pertenece al grupo de los indiscutibles: Giménez quizás no juegue cuando estén Godín y Miranda, Gámez es suplente de Juanfran y Siqueira es suplente de sí mismo. De Godín y Giménez no había dudas, porque por oficio y ganas trasmiten que lo mismo les da jugar a las tres de la tarde en Agosto que bajo una nevada en Aberdeen. Ambos lo hicieron bien y se desenvolvieron con especial comodidad en las montoneras que se formaban en los córners, verdaderas aglomeraciones que daban más sensación de multitud por quedar la grada de Ipurua bien pegadita a la portería. Gámez, de quien uno podía esperar un partido serio incluso en las condiciones climáticas escocesas con las que se jugó en Éibar, hizo un buen trabajo y mostró ganas, físico y capacidad de desborde hasta el final del partido, confirmando que su fichaje no fue ninguna tontería sino  más bien un refuerzo inteligente. Siqueira, por último, hizo de Siqueira y alternó esas carreras suyas con gesto de desconocer a qué distancia está el barranco con algunos controlitos y regates de fútbol sala, la mayoría inocuos, y una de sus especialidades: la falta inoportuna en mal sitio y mal momento, un lance que empieza a conocerse como la Siqueirinha o Golpe Franco Asiqueirado. Siqueira, enloquecido a ratos  y contumaz en su locura a otros, volvió a reivindicar la titularidad pero no propia, sino la de Ansaldi. Qué tío, Siqueira.

En el centro del campo salieron Raúl, Koke, Saúl y Tiago, todos en teoría indicados para un partido de brega y choque en la marisma salvo quizás Tiago. Tiago, jugador con poco físico que gusta de bajar el balón a tierra y levantar la cabeza en corto en día de sol mediterráneo y campo seco, no parecía el más indicado para un partido en el que hay que mirar el balón con cuatro ojos para evitar que se pare en mal sitio y se vaya donde quiera, un partido teóricamente de fútbol industrial, de alto horno. El resultado de esta apuesta ya lo conocen: Tiago fue el mejor. Inteligente, buscando siempre el espacio adecuado tanto para situarse como para pasar el balón, Tiago se manejó por el pantano con maneras de aligátor. Listo, oportuno y cabal, volvió a demostrar que cuando él está el equipo gana en sensatez y control del partido, en lectura de los tiempos y espacios, en fútbol al fin y al cabo. En un año en el que estamos viendo un Godín estelar, un Juanfran brillante (salvo en los últimos partidos), un Turán cegador y un Griezmann que empieza a funcionar al nivel que de él esperamos, quizás sea Tiago quien marque más veces la diferencia desde su puesto de mando camuflado en lo alto de la colina, no tan a la vista como las estrellas, pero tan importante como ellas a la hora de elegir cómo jugar los partidos.

Junto a él jugaron Koke, que mostró más frescura que en los últimos días, y Saúl, mucho mejor en el segundo tiempo, mostrando esas cualidades suyas de todocampista perfectamente capaz de gestionar con autoridad partidos en condiciones complicadas que debería desarrollar con modestia y tesón en vez de piar de vez en cuando, tomando como ejemplo a Koke, a Gabi, a Raúl, tipos con un peso futbolístico enorme que se ganaron ellos solitos los galones, sin refunfuñar ni desesperarse. Raúl en particular hizo ayer un partido enorme, pleno de brega y contundencia, dando un pase de gol a Griezmann tras un movimiento estupendo y huyendo, esta vez sí, de esas quejas exageradas y constantes con las que mancha sus partidos últimamente. Y eso a pesar de que Irureta se mostró enfadadísimo en un choque fortuito, uno no sabe si para sacar a Raúl de sus casillas y abocarle a esas discusiones tan suyas que duran quince minutos, o como resultado de la fama de bronquista que se ha ganado el navarro últimamente por su propia actitud rabiosa. Sea por lo que sea, bien haría Raúl en tomar nota y evitar situaciones negativas por el equipo fácilmente evitables en cuanto se ponga a ello y concentrase en actuaciones como la de ayer, algo que en Newcastle le valdría para que pusieran su nombre a una calle.

Y, para terminar, Griezmann y Mandzukic. El primero metió un buen gol tras una gran jugada de Raúl, aprovechando que por su lado no había trincheras y confirmó su adaptación al equipo y al medio; el segundo metió dos goles en un campo que se presuponía favorable a sus condiciones de juego de caballería pesada, en el que curiosamente mostró más detalles de técnica depurada que en otros terrenos más secos, para desesperación e irritación del bravo Lillo, que acabó harto del croata mientras éste disfrutaba del partido británico de lluvia, barro y lucha. Griezmann y Mandzukic, uno por la parte seca y a galope pinturero y el otro en pleno barrizal con brega de boxeador irlandés,  hicieron su trabajo estupendamente y contribuyeron decisivamente a que el Atleti cerrase el partido pronto, algo clave en un campo complicado y ante un rival bravo y peleón que, a pesar de los tres goles en contra, ni se dedicó a dar patadas ni a tirar la toalla antes de tiempo.

De nuevo tras una derrota o un revés, el Atleti dio un puñetazo en la mesa (algo que curiosamente suele ocurrir en los campos del Norte) y lo hizo dando una imagen convincente de juego, plantilla y adaptación al medio. En una semana en la que van a arreciar esas acusaciones de violencia y mal juego que el Atleti se entretiene en desmentir con hechos cada dos partidos, un golpe de autoridad y solvencia como el de ayer contra el gran Éibar es valiosísimo. Imaginamos que Gárate, en el aniversario de Luis, estará de acuerdo con esta apreciación.



domingo, 25 de enero de 2015

De frío, visitantes y tortillas francesas


Como todo el mundo sabe en la capital, noche de sábado de enero en el Calderón equivale a pasar frío. No un frío siberiano ni un frío polar, no un frío mesetario ni un frío industrial, no un frío soriano ni como el que se siente en el resto de Madrid, no: un frío diferente, el frío del Calderón.

El Manzanares, que es un río chico y navegable a caballo (en frase atribuida a al menos cinco autores) no vale para el transporte de personas ni de mercancías, ni es una salida viable hasta el Tajo o el mar. El Manzanares, en su tramo madrileño, no tiene puerto ni nutre de pescado fresco a los mercados del centro ni tiene un ecosistema delicado en el que se reproduzcan el martín pescador, la garza imperial, la nutria común, el desmán pirenaico o la salamandra de Gredos; como mucho da de comer porquerías a gaviotas y cormoranes y algún que otro pájaro inmigrante marinero que llegó a la capital remontando ríos y arroyos y se quedó para poder ver desde arriba los partidos de Arda Turan, como esa bandada de aves no identificadas que ayer sobrevolaban los alrededores del estadio, iluminadas por los focos, blancas blanquísimas sobre el fondo negro negrísimo del cielo del Calderón.

El Manzanares, pues, no es un río de renombre ni una fuente de inspiración para poetas y cronistas de la Corte ni un ejemplo de curso fluvial sostenible. Pero el Manzanares, chiquitajo y sucio, con el curso cortado por presas y represas y saltitos de agua que no dan ni para encender una bombilla de bajo consumo, es el orgulloso inventor y titular de la patente de un frío endémico, un frío especial, un frío que sólo conocemos los que pasamos las noches al relente, sentaditos en la orilla viendo el fútbol. Un frío suyo y sólo suyo, característico, inesperado, un frío propio. Un frío denominación de origen, un frío de interés turístico regional, un frío con personalidad propia y la suficiente mala baba como para acabar con el más recio de los que desafían al frío (excepto, claro está, Raúl García y su manga corta).

El frío del Calderón es un frío que engaña. Cuando el aficionado novato va al Calderón y se le avisa del frío tan grande que hace allí, tiende a abrigarse la mar de bien y llegar al estadio inflado cual orca playera, forrado, redondo. El aficionado novato siente que quizás se abrigó demasiado cuando, al entrar al campo a eso de las ocho de la tarde, ni el aire le corta la cara ni las yemas de los dedos pierden sensibilidad, pero sospecha de que algo raro ocurre cuando ve a los más expertos del lugar llevando mantitas, gorros, guantes gordos y petaca.

No obstante, el novato se ha forrado de capas y capas térmicas antes de salir de casa y su primer ratito en la grada es, por caluroso, hasta molesto. Ahí empieza el error y ahí empieza la misión del frío del Calderón. El aficionado novato, seguro de sí mismo, empieza a pensar si no se equivocó al ponerse calzoncillos largos, camiseta pegaíta y un jersey de lana que pica una barbaridad. Ufano, casi desafiante, empieza a abrirse el cuello del gabán y a mirar con desdén al resto de la grada, que permanece inmóvil, conservando cada caloría cerca del pecho con el celo del que conserva la condecoración del abuelo. Error: el hincha colchonero de grada y petaca sabe que, en el Calderón, caloría que se pierde es caloría que no se recupera y que el frío del Calderón que acecha, que al principio parece moderado y amable, acaba siendo letal cuando quedan veinte minutos de partido.

El frío del Calderón es durante los primeros minutos un frío poco amenazante, un frío bajito y con gafas, un frío con aspecto de ordenanza de ministerio antiguo o de funcionario de correos de oficina de capital de provincia castellana. Pero, ay del que se confíe, igual que ay del que se envalentone con los bajitos que se meten en las peleas de bar. Porque el frío del Calderón, sibilino y metódico, deja que los novatos se vengan arriba y se quiten la bufanda para, poco a poco, meterse por costuras y rendijas hasta llevar el relente hasta la rabadilla del visitante, facilitando el desembarco del virus de la gripe, su gran amigo del alma. El frío del Calderón, poquito a poco, se va haciendo con todos y cada uno de los asistentes, empezando por el inglés que vino de despedida de soltero en camiseta y chanclas y pensó que en Madrid todo es sol y sangría, y terminando por el aficionado más experimentado que ese día, por error, dejó pasar una mínima cuchilla de aire por la zona del cuello y terminó con una contractura de esas que sólo quita un fisioterapeuta dándole a uno una paliza.

Si el Club tuviera ojo comercial más allá de que quedarse con las comisiones que generan los traspasos, harían del frío del Calderón un reclamo comercial, embotellando dosis de ese frío único para vender a propios y extraños. El frío del Calderón, con sello de autenticidad y garantía de respeto al medioambiente en su recolección, podría venderse en tarros de medio y un litro, con propiedades más allá de las medicinales.

“¿Quiere Vd evitar ir a esa reunión de trabajo en la que le van a poner como un trapo y bajarle el sueldo? ¿No le apetece ir a la Comunión de ese niño odioso del vecino de arriba que pasa la hora de la siesta tirando lo que parecen canicas sobre la zona de su sofá? ¿No encuentra manera de evitar acudir a la barbacoa del pelma de su cuñao? Frío del Calderón® le garantiza una gripe monumental en tan sólo dos horas. 
Instrucciones de uso: abra el bote de Frío del Calderón® en la habitación y deje actuar dos horas. A pesar de que al principio le parecerá que no es para tanto, no lo dude: a la mañana siguiente tendrá Vd varias décimas de fiebre, la garganta hecha un asco y la voz como Pepe Isbert.

Frío del Calderón® … ¡Sus muertos, qué frío!”

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Jugaba el Rayo en el Calderón y en toda la zona del fondo Norte en la que se sitúa la afición visitante, no había ni un alma. Sí se veían algunas bufandas del Rayo por las gradas, posiblemente menos que aficionados visitantes, algunos probablemente incómodos a la hora de llevar distintivos tras los horribles acontecimientos recientes y por tanto inclinados a dejar la bufanda en casa para evitar situaciones desagradables. Una pena, una verdadera pena, sobre todo cuando hablamos de ese equipo admirable que cuida de sus vecinos y ex-jugadores, todo un ejemplo, un orgullo.

Las peñas del Rayo decidieron no ir al Calderón ante las medidas impuestas a los visitantes: sólo se permitía entrar (entendemos que a la zona visitante, no a cualquier otra localidad de libre venta) a los abonados identificados como tales que hubieran comprado su entrada a través del Club. Este exceso de celo, interpretado como criminalización general, venía (intuimos) causado por la voluntad de la Policía de evitar cualquier tipo de situación peligrosa, vistos los antecedentes recientes.

Que hay que hacer algo contra la violencia en el fútbol es indiscutible; de hecho, es algo que muchos venimos reclamando desde hace años. Que las medidas encaminadas a prohibir casi todo resultan exageradas tras años de indiferencia total también parece evidente: es complicado pedir ahora a los hinchas un rigor total en lo que dicen y lo que hacen cuando desde hace años los clubes jalean a los más bestias y las autoridades miran hacia otro lado cuando las cosas han pasado de lo razonable, sin que pase nada.

No es de recibo que uno no pueda ir tranquilamente al fútbol, a su campo o el del rival; tampoco es de recibo, piensa uno, que la afición del Rayo, cuyo campo está a pocos kilómetros del Calderón y con la que siempre ha habido un vínculo de simpatía y de respeto (hasta que los grupos más radicales decidieron odiarse por motivos políticos, sin preguntarle a nadie más de la grada), no quiera acudir al estadio del Atleti. Que la solución no es fácil parece claro; que actuar a la tremenda y por las bravas una vez ha ocurrido una desgracia parece una solución excesivamente simple para un problema complejo.

La situación vivida ayer en un Calderón sin vecinos no es buena. Sirva pues como punto de reflexión para aquellos que tengan la responsabilidad de buscar una solución viable que permita a la gente ir al fútbol sin miedo pero sin estigmas; sirva también de reflexión, si es que es posible, para aquellos que han causado esta situación absurda gracias a una forma equivocada y salvaje de entender el amor a unos colores, los mismos que comparten las aficiones que ahora se ven perjudicadas por sus lamentables actos. Sirva también de reflexión, por cierto, para aquellos partidarios de las medidas ejemplificantes, tan fáciles de imponer a las aficiones y tan escasas en el caso de ciertos clubes y jugadores.
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Salió el Atleti al campo con un equipo interesante, por lo distinto, y salió el Rayo vestido raro, como de equipo de fuera, como de equipo sueco, o checo o hasta francés. Con franja diagonal, sí, pero azul oscura sobre fondo azul más claro: una camiseta rara, oiga, para qué vamos a ocultarlo.

Del partido en general, jugado bajo una media luna turca que flotaba sobre tribuna en honor a Arda Turán y que fue bueno a ratos, malete otros y muy bueno a fogonazos, destacan tres nombres: uno por desesperante, otro por desconcertante y el último por deslumbrante.

El desesperante del partido fue, nuevamente, Siqueira. Siqueira, que tiene velocidad, regate de fútbol sala y fuerza como para ser un buen jugador de fútbol, sigue empeñado en convencer a la grada - que ya se refiere a él como “Chorlito” Siqueira - de que cuando coge el balón es mejor taparse los ojos e invocar a un Santo afín. Con demasiada frecuencia, Siqueira recibe un balón y se lanza al galope banda adelante hacia campo rival con la determinación del lemming que va corriendo al abismo. Siqueira lanza una patada a seguir, acelera, lanza otra y entra sin posibilidad ya de enmienda en territorio hostil; pierde entonces el balón por pura inocencia, se monta un contraataque y Siqueira corre de nuevo, esta vez en dirección a la portería propia entre las maldiciones de la grada y las voces de los mediocentros, que se acuerdan de buena parte de su familia materna. Siqueira tiende a tomar malas decisiones y ello conlleva la obsesión del Atleti por jugar por la banda derecha, alejando el balón de la zona del pobre Siqueira, que levanta la mano y pide el balón, aquí, aquí, sin que nadie se atreva a pasársela no sea que le dé una vez más por salir corriendo, echar la bola hacia delante y provocar una contra plácida para el visitante. Mientras, Siqueira, que no se entera de mucho, sigue jugando el partido con esa cara de ir buscando el baño de caballeros en restaurante desconocido que le delata jugada tras jugada, una cara que ayer, a ratos, pareció compartir un despistadísimo Juanfran.

Quienes han visto a Siqueira en el Granada y el Benfica no se explican esta dinámica de despiste general en la que se ha metido el brasileño y hay hasta quien sospecha que la razón de su ofuscamiento puede ser la posesión de su ser por un genio maligno, a la manera de Descartes, que ha confundido la razón de Siqueira y le ha transferido las características futbolísticas de Diego Capel. Ayer incluso hubo quien creyó ver el espíritu negativo que nubla la razón de Siqueira abandonando su cuerpo y campando a sus anchas por la banda izquierda, aunque luego se diera cuenta de que lo que flotaba por el césped era en realidad una gran bolsa de basura de color gris plomo que Dios sabe cómo llegó al sagrado césped del Calderón.

El desconcertante de guardia fue ayer, como en los últimos partidos, Mario Suárez. Mario Suárez, que casi no ha jugado y que cuando lo hizo a primeros de temporada mostró cierta indolencia, cierta falta de concentración y en ocasiones cierta chulería, lleva unos partidos jugando francamente bien. Lo hizo muy bien en el campo del otro equipo grande de la capital y lo hizo bien en Barcelona; contra el Granada tuvo ratos de despiste marca de la casa y contra el Rayo, ayer, estuvo a un nivel alto, ayudando y bien a Tiago y Gabi tanto en la salida a la presión como en la marca de la zona. Tuvo algún pase al contrario de esos tan suyos y tuvo también un destello de estrella, tirando un túnel en el centro del campo, llevándose el balón por potencia y metiendo un pase en profundidad, fuerte y adelantado, de los que solo meten los buenos jugadores. Estos destellos de calidad y fuerza hacen desesperarse al aficionado, que no comprende cómo un jugador capaz de estas cosas cae sin embargo en esos letargos de indolencia y provocación, en esas fases de falta de concentración y apariencia de superioridad arrogante, en esos malos partidos, en definitiva.

El deslumbrante del partido, por último, fue Griezmann. En un partido en el que Miranda demostró que su forma de meter el cuerpo para proteger el balón es digna de una cátedra en Harvard, en el que Trahorras metió un golazo colocando un baloncito junto al palo con la delicadeza y precisión de un cirujano ocular y en el que Arda Turan volvió a brillar casi tanto como la luna turca que ayer vigilaba Madrid, Griezmann se llevó los laureles con toda justicia.

Griezmann firmó una primera media hora antológica en la que no paró de moverse, correr y presionar con ese trote suyo flotante, como de puntillas, con esa pinta de Crispín, el amigo del Capitán Trueno. Bajo esa apariencia de espadachín de salón afrancesado, Griezmann hizo kilómetros facilitando la presión, robó balones (como el de su primer gol, fantástico por listo y por buena definición) y buscó los espacios con inteligencia (como en el segundo, de nuevo con una definición perfecta tras un pase en profundidad con la cabeza del peleón y a ratos muy acertado Mandzukic). Griezmann hizo ayer su partido más completo, más aún que el de Bilbao, gracias a su continua movilidad y participación, mostrando por fin la cara del Griezmann que queremos y necesitamos, del delantero llamado a marcar la diferencia cuando combine con Manzukic y su constante pelea o con Torres, con quien parece disfrutar cuando la media roba un balón y se lanzan los dos a la carrera hacia la portería rival. No contento con sus dos golazos del primer tiempo, pasado el minuto ochenta Griezmann siguió mostrando ganas y sobre todo gasolina, lanzando dos contras con el baloncito pegado al pie a velocidad de primer tiempo, una con pase a Torres y buena intervención del portero rival ante un regate que quizás pudo ser mejor y otra en un poste que le privó del hat-trick.

Pasadas las remontadas épicas rivales que luego resultó que no pretendían llegar a buen fin porque lo que les gusta es descansar, pasado el partido de Copa en Barcelona que terminó peor de lo que debería, pasados ya los partidos de la primera vuelta, el Atleti sigue mostrando perfil de equipo grande. Con la necesidad de dar descanso a algunos jugadores de la media,  con la alegría de tener 3 centrales de categoría y dudas en el lateral izquierdo (pongamos velas para la pronta recuperación de Ansaldi) y unas variantes en ataque que hace tiempo que no se veían, el Atleti empieza la segunda vuelta, la más determinante, la que viene cargada de partidos. Y lo hace bien, quizás sin deslumbrar, quizás con algunas leves sombras pero con una luz general a la que, Dios bendiga al Cholo Simeone, nos estamos acostumbrando.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Crónica del Atleti - Córdoba o a ver si hay más días de estos



El Atleti jugaba en casa por primera vez tras los cómicos premios de la LFP y la afición aprovechó para hacer llegar unos cuantos mensajes. El primero, desde el fondo Sur, que una pancarta con ingenio y sin insultos puede ser muchísimo más efectiva y valiosa que una portada de periódico. El segundo, que la pantomima del otro día no pasó desapercibida.  El tercero, que al final la afición se tomó lo del otro día efectivamente como eso, como una pantomima.

Ya es llamativo, cree el que suscribe, que la LFP organice una gala como si fuera la de la entrega de los Oscars con alfombra roja, smoking y trajes de largo entre las invitadas consortes. Es llamativo también que la gala se retransmita por televisión (la Sexta en este caso, cadena que alterna información política mordaz y ácida que busca irritar al establishment político con información deportiva servil, amarillista y superficial, muy del gusto del establishment deportivo) y se convierta en comentario mayoritario en las redes sociales. Es más llamativo aún que aficionados de aquellos equipos que no cortan los bacalaos económicos y mediáticos se rasguen las vestiduras al ver los resultados de los premios, como si no fuera lo esperado que los premios tengan por objeto no premiar a los mejores, sino resaltar una vez más las virtudes (incluso las inexistentes) de los equipos que crean audiencia en Asia, provocar la foto de los astros con trofeos que justifiquen inversiones millonarias en países con contratos potentes de obra pública en concurso, y pasar de nuevo la mano por el lomo a la masa alienada que necesita que le recuerden continuamente lo bueno que es su equipo para que así desconecte un poco y no caiga en la cuenta de que lo que no es tan bueno es todo lo demás.

Ante la filfa de la LFP y su reparto de derechos económicos, ante el oscuro mecanismo de designación de árbitros, ante el escandaloso criterio que gobierna el tratamiento mediático de los partidos y los méritos de unos y otros, hay varias posibilidades. Hay quien prefiere verlo todo y leerlo todo y consumirlo todo y, una vez hecho todo lo anterior, enfadarse muchísimo y decir con grandes voces la vergüenza que le parece todo, el asco que le produce la corrupción y la mentira y la injusticia con la esperanza de que algún radical de algún equipo privilegiado le conteste con insultos y argumentos infantiles para, así, enzarzarse en una discusión semipública de esas que no llevan a ningún lado y dan mucha vergüenza ajena. Todo ello, claro, hasta el día siguiente, en el que volverá a leer los medios a sabiendas de que le pondrán de mal humor y, así, poder enfadarse muchísimo y decir una vez más con grandes voces la vergüenza que le parece todo, el asco que le produce la corrupción y la mentira y la injusticia.

Hay también quien, harto de todo esto, a sabiendas de que nada de lo que uno diga servirá para nada a menos que lo haga en un círculo de confianza en el que casi siempre todo el mundo piensa lo mismo, consciente de que cualquier comentario sensato en según qué ambientes deriva en una conversación subida de tono en la que los seguidores de los equipos mayoritarios despliegan toda su argumentario de niño pequeño, recuerdos de épocas que ni vivieron ni conocen, acusaciones de envidia y celos y otros disparates poco rebatibles – no por la enjundia del mensaje sino por la incapacidad del que lo emite para entender nada que no sea de una simpleza primate – y lugares comunes infantiloides repetidos en los medios que viven única y exclusivamente de satisfacer a la masa que sólo quiere escuchar lo que quiere oír y en ningún caso la verdad - no sea que ésta explique cosas que no quieren entender - opta por ni consumir ni opinar, ni valorar ni enfadarse, limitándose a encogerse de hombros y echar una media sonrisa de esas que en el fondo es un clavo hundido a martillazos en la anoréxica capacidad intelectual del que pregunta, que ni aun así es capaz de enterarse de lo que está pasando.

Finalmente hay quien, consciente de que por más que quiera no conseguirá no enterarse de todas las tontunas que rodean al fútbol patrio e incapaz de comprometerse al aislamiento hermético necesario para no escuchar toooodos y cada uno de los piropos que se echen a los jugadores de ciertos equipos en detrimento del resto, opta por reírse directamente del panorama. Hasta que no se comercialice el traje anti-ebola que proteja contra el contacto mediático de los gérmenes que a diario vomitan periódicos y espacios deportivos de los telediarios, hay quien prefiere directamente reírse de la situación y, lejos de hacerse mala sangre, aprovechar el viaje de los envalentonados aficionados de las multinacionales para, como en el judo, usar esa inercia para sumergirles en el barro de su propia idiocia. No parece mala política ante esos comunicadores y aficionados que, encantados de ser incapaces de ver más lejos de su propio ombligo, únicamente perciben que se están riendo de ellos unos minutos después de que se haya reído a su costa toda la reunión.

Allá cada uno con su elección; servidor de Vds no entiende a los primeros, entiende bien a los segundos y admira y agradece su tarea a los terceros.
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Hacía tiempo que en el Calderón no se veía un desplazamiento de aficionados como el del Córdoba de ayer. Desde muchas horas antes del partido, ya en el Centro, en la Latina y demás barrios cercanos al Calderón (por enésima vez, ¿cuánto vale tener un estadio accesible a pie desde el centro histórico de la ciudad? ¿hay muchos planes mejores que ir al fútbol por la tarde y antes comer o tomar el aperitivo en la parte más animada de los barrios más antiguos?), tabernas, monumentos y aceras estaban llenos de aficionados vestidos de verde y blanco en busca de a las barras comparables a las barras maravillosas del centro de Córdoba.

También en el estadio la presencia de visitantes era numerosísima: agrupados en el fondo Norte y ocupando el 100% de la zona reservada para los aficionados rivales y mezclados por las gradas en zonas de socios y no socios, cientos de aficionados cordobeses poblaban grada, fondo y anfiteatros con camisetas de su equipo. Majos y muy lejos de la imagen johncobrizada con la que últimamente nos obsequia cierta afición levantina, los aficionados del Córdoba resultaron ser la mar de educados, celebraron sus goles sin faltar al respeto a nadie, comentaron con el vecino las jugadas destacadas y animaron a los suyos aun cuando las cosas iban mal, todo ello sin acusar al Atleti de ser un equipo violento ni recordarle a todo el mundo que vienen de una de las ciudades más bonitas de España. Como los suecos del Malmoe hace unos días, también numerosos, respetuosos y uniformados, el Calderón disfrutó con la afición visitante casi tanto como con la suya.

Sin una mala palabra, mucho color y buena educación, la afición del Córdoba dio una lección de comportamiento. Quizás inspirada por su propio equipo, que ni dio patadas ni perdió el tiempo ni provocó broncas con la insistencia y mezquindad con la que hacen tantos otros equipos, la afición no tuvo ni una palabra descortés ni una provocación ni una falta de respeto. Por una vez, tampoco se faltó al respeto a los visitantes desde las zonas del estadio donde tantas veces se provoca la vergüenza a los aficionados locales más sensatos. Algo es algo.

Viendo el percal y conociendo la ciudad, la fecha de vuelta en Córdoba queda ahora mismo marcada en el calendario para más que posible visita este año. Ojalá le vaya bien al Córdoba y tengamos la ocasión de programar este viaje muchos más años.
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El Atleti ganó bien ganado un partido en el que se llevó dos goles en contra, uno bueno y otro un poco churrero. El partido, eso sí, sirvió para ir confirmando algunas cosas.

Una de las primeras cosas que quedan claras es que en la portería sobrevuelan dudas. Moyá cumple, sí, y suele tener en sus partidos alguna buena intervención y también alguna mala. Es normal que Simeone le mantenga en la portería pero da a veces la sensación de que no será así para siempre y, lo que es peor, que quizás acabe saliendo del equipo titular porque en algún partido esa sensación que revolotea cristalice y nos llevemos un disgusto. Mientras tanto, esperemos y confiemos: esperemos equivocarnos y confiemos en Moyá.

En la defensa también se van despejando incógnitas, o bien la única incógnita que sobrevive aunque con poco pulso. Confirmado el buen momento de Juanfran y la solvencia de Miranda y sobretodo Godín, este año a un nivel asombroso, en el lateral izquierdo se sigue librando la lucha por la titularidad que, en opinión del que suscribe, va ganando Ansaldi con unos cuantos cuerpos de ventaja.  De hecho, el gran beneficiado de la lesión de Ansaldi parece ser el propio Ansaldi, toda vez que Siqueira ha demostrado también algunas cosas: Siqueira ha demostrado que corre mucho pero que frena regular, que tiene empuje pero no mucho control de su propia inercia, que no siempre toma la decisión adecuada y que necesita pensar más y correr menos si quiere jugar en el equipo. En el partido de Getafe Siqueira pareció gustar al público y gustarse a él mismo, y como resultado, contra el Córdoba salió como más contento, más confiado. Tan contento estaba Siqueira que en cada ocasión que tuvo salió corriendo en línea recta hasta no muy lejos del córner donde, casi siempre, se paraba un par de metros más lejos de donde pretendía, se erguía, esperaba la entrada del defensor o defensores que acudían a tapar e intentaba un regate virtuoso con la esperanza de que le dejara el camino libre hacia un gol de calendario. No le salió. Lo intentó, eso sí, y corrió y corrió como si se hubiera apostado una cena, pero dejó una cierta sensación de atolondre y de entenderse poco con los compañeros.  Veremos en el futuro próximo, pero por ahora nos alegrará ver a Ansaldi de vuelta.

En la media salieron Mario, Gabi, Koke y Arda. Mientras Koke y Arda dejaron claro que no tienen absolutamente nada que demostrar (salvo, en el caso del primero, quizás que su  tope está aún lejos), Gabi volvió a dejar claro que aún no está como el año pasado, aunque no esté tan mal: a pesar de fallar algunos pases de los que no fallaba, a pesar de no estar en su pico de forma física ni mostrar esa superioridad aplastante que el año pasado exhibió cuando los partidos se ponían feos, Gabi se hinchó a robar balones, una de sus especialidades. Gabi aún no es el Gabi del año pasado, pero no anda tan lejos, y terminó siendo sustituido por Saúl, quizás para darle algo de descanso a Gabi ante el martes. Saúl, por el contrario, no estuvo bien, cometiendo fallos por exceso de confianza y perdiendo algún balón por esa querencia suya a tomar riesgos regateando donde mejor es apoyarse en un compañero que guarda la espalda, esa querencia que exaspera a Simeone según nos dicen.

También jugó Mario, la incógnita andante del momento, el centro de muchas miradas, el tipo del que no sabemos bien qué pensar. Y, a diferencia de otras veces, Mario jugó bien. Mantuvo el sitio, dejó detalles y no tuvo esa desesperante querencia a hacer una cosita y automáticamente pararse y ponerse a andar señalando a los compañeros qué hacer con gesto de mariscal. Ayer Mario estuvo entonado, entró a los choques y se los llevó, filtró con claridad varios pases rasos y fuertes que rompían líneas rivales poniendo al receptor en ventaja. Y, aún así, la afición echa de menos a Tiago, aunque un poco más tranquila, eso sí.

Y  por más que analicemos y analicemos el centro del campo, cualquier cosa palidece ante el enésimo partidazo de Koke, de nuevo gigante ayer, potente, talentoso y comprometido, enchufado como si jugase una final y fino y confiado como si jugase una pachanga con amigos. Palabras mayores, Koke, palabras mayores.

Y para terminar, la delantera. En la delantera, Mandzukic volvió a hacer un buen partido de pelea y repliegue, siendo un tormento para los defensas y hasta para medios y delanteros rivales cuando corre hacia campo propio lanzando su tonelaje a toda velocidad para hacer una cobertura. Uno no sabe si ese esfuerzo, que luego paga a veces cuando no puede con su alma y no consigue llegar a un balón que algún centrocampista le mete fuerte y raso al espacio, es uno de sus talones de Aquiles o una de sus mayores virtudes, pero por lo que parece Mandzukic es así y no parece que el esfuerzo casi suicida sea algo que esté dispuesto a negociar, como tampoco parece que pueda evitar pelearse con los centrales para controlar un balón con el pecho y dejar un tiro franco a un compañero en vez de intentar marcar gol en todas las acciones. Si la segunda línea del Atleti se decide a tirar a puerta cada vez que el croata les deja en bandeja una ocasión, empezaremos a ver por fin goles de tiro lejano en el Calderón y demás campos.

Y, para el final, Griezman. Griezman metió dos goles y con ello la prensa ha dicho que se ha reivindicado y que ha cumplido ya y que está ya integrado y contento en el equipo. La realidad es que Griezman metió en efecto dos goles, uno de ellos estupendo, e hizo un buen partido pero, aun así, anda aún lejos de lo que algunos pensamos que puede aportar.

Y es que en este nuevo Atleti 2014-2015 que poco a poco y sin hacer ruido va tomando una forma estupenda, Griezman se antoja una pieza fundamental. Asumido ya que el Atleti no tendrá este año el recurso del pelotazo largo para que cierto rufián natural de Lagarto corra en diagonal y destruya una defensa más ante la desinteresada mirada de la LFP, el Atleti va mostrando alternativas en las que Griezman es clave. Como en el primer tiempo contra el Malmoe, el Atleti puede entrar por las bandas y colgar balones al área pequeña o acudir al famosísimo balón parado que tanto parece irritar a cierta prensa, pero también puede, como en el segundo tiempo de ese mismo partido, dedicarse a tocar y combinar y saltar de línea a línea juntando a los jugadores de más calidad y capacidad para la diablura como son Koke, Arda y Griezman. Griezman, ligero de pies y con andares de bailarín, debe colaborar con los otros en las tareas de infiltración en líneas, colocación de explosivos en los pilares del puente y huida con el resto del comando para ver la explosión (esto es, la percusión del corpachón de Mandzukic o Raúl contra quien tenga la desafortunada idea de ponerse cerca) desde un sitio seguro con más frecuencia de que lo hace. Ayer mostró esa facilidad tuya para conducir el balón en diagonal, recortar antes del gol e incluso anticiparse en un buen remate de cabeza: cuando todo eso sea la norma y no la excepción, estaremos hablando del Griezman que realmente esperamos.
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Pasado el primer cuarto de la liga, el Atleti empieza a parecerse a lo que debe ser y sigue mostrando hechuras de equipo serio y duro. Si alguien no se limitara, como el que suscribe, a opinar sobre lo que ve y se contentara con enterarse por otros medios de cómo va la cosa hasta ahora, se sorprendería de saber que el Atleti está a un punto del líder a pesar de haber circulado con el motor en tres pistones hasta ahora.

Así que ya saben, nosotros a lo nuestro. No seremos nosotros ni será el Atleti quien necesite premios y portadas para hacer lo que debe.