Diez días después del buen partido contra el Valencia y la
sensación general de que se había alcanzado la velocidad de crucero, el Atleti
parece ahora estancado, triste y gris, soso y deprimido. Para algunos, demasiado
cansado y algo saturado cuando sólo llevamos unos cuantos partidos de liga y
pocos de Champions; para otros, un equipo lamentable abocado al fracaso, con
una plantilla fatal construida, dos delanteros centro para el matadero, un
entrenador desquiciado y excesivamente conservador y un banquillo que no está a
la altura del Club, de su Historia y, sobre todo, de su afición siempre experta
y mesurada.
Que el Atleti jugó mal el segundo tiempo en Coruña es un
hecho y así se ha comentado. Que la explicación fuera una u otra, que el quid
esté en la delantera o en el banquillo, en la media o la defensa, en Jackson o
Giménez, es cuestión de gustos, reflexión, conocimiento y prisas en el
análisis.
Que el Atleti estuvo tristón y plano en Astana también es un
hecho. Que el equipo que sacó Simeone, con tres novedades respecto a los
titulares que tan bien jugaron contra el Valencia, debería en teoría ser
bastante para hacerse con el control del juego y ganar, sin excesivos
problemas, a un equipo menor es algo que casi todos habríamos afirmado. Que esto
no ocurrió es una verdad científica; que el partido fue un petardo, una
realidad demostrable. Que ambos acontecimientos pueden ser considerados como
una mala tarde de esas que tiene cualquiera es también admisible, más admisible
que la catastrofista lectura que de 135 minutos hacen algunos.
Que los fijos de Simeone parecen resolver con más o menos
acierto pero con solvencia sus actuaciones no parece algo discutible, salvo
alguna cosa como dicen ahora los líderes. Que Godín suele estar a buena altura a pesar de algún fallo puntual es un hecho. Que Giménez falló en Coruña y en
Astana se quedó corto en una carrera contra un delantero y dio un paso a un
rival es cierto, tan revelador como que es noticia que un tipo de veintipocos
años haga tres fallos en dos partidos: Giménez es un gran jugador y nadie en su
sano juicio dudaría de su valía para este equipo. Que Juanfran juega
prácticamente todos los partidos desde hace ya meses a un nivel que, como
mínimo, es de notable alto es también un hecho demostrable. Que Gabi puede no
estar al nivel del Gabi deslumbrante del año de la liga puede ser verdad, pero
también es cierto que si no tuviéramos esa referencia Gabi sería un jugador que
nos tendría no sólo satisfechos sino tranquilos es ampliamente reconocido por la
parroquia colchonera. Que Koke debe ser titular incluso cuando no anda del todo
fino porque, incluso estando gris, tiene un efecto espesador de salsas que hace
que el equipo juegue más junto, más trabado y sólido que cuando no está. Que
Tiago es el jefe del equipo, el carburador, el metrónomo, la brújula y el doble
procesador es cada vez más claro. Este núcleo fundamental parece inamovible
para Simeone y quizás también para la afición en general, incluso para el
irritado colectivo cuestionacholos que últimamente discute todo lo que hace
Simeone. Así, el problema no parece estar ahí.
Que Griezmann está en ese grupo innegociable es también un
hecho. Griezmann juega todo, rara vez es cambiado e incluso en los partidos en
los que pasa totalmente desapercibido, que últimamente son muchos (o más bien
casi todos) y rara vez se ve una crítica a Griezmann en los comentarios de bar
(Nota: excluida buena parte de la prensa como fuente fiable de opinión y
definitivamente excluidas las redes sociales por excesivamente radicales,
inmediatas, histéricas y llenas de opiniones toropasadistas que buscan más
realzar lo muchísimo que sabe el opinador ventajista que de buscar la verdad,
los bares parecen la única fuente posible para recabar la opinión general). Algunos
pensamos que Griezmann debería ser cambiado con más frecuencia y que incluso no
le vendría mal empezar algún partido en el banquillo: Griezmann se sabe
indispensable y sin sustituto y, lo que es peor, parece convencido de que no
será sustituido ni criticado por más que pase 85 de 90 minutos correteando
lejos de su marca y desenganchado del juego. El resultado es que Griezmann,
jugador finísimo y superior en casi todo a la mayoría de sus rivales,
desaprovecha sus condiciones en demasiados casos, quizás por pensar en futuros
compromisos en su país natal más que en meter el pie cuando viene un central
con malas pulgas a disputarle el balón. Griezmann, que debe marcar la
diferencia, últimamente no la marca y no pasa nada por decirlo.
Que el resto de titulares en Astana son cuestionables es
algo posible. Que Siqueira es un desastre pero que debería valer para jugar el
partido no parece descabellado; que Saúl alterna partidos estupendos con
actuaciones gris perla es un misterio pero no motivo suficiente para dejar de
contar definitivamente con él. Que Torres está desacertado y acelerado en la
definición y trabajador pero insustancial en la pelea es cierto, pero no es
motivo suficiente para dudar de que su presencia en el equipo pueda poner en
aprietos a la defensa de un equipo kazajo del que nadie había oído hablar hace
unos años y mucho menos para faltar al respeto a un jugador que es historia
viva (y a buen nivel) del Atleti, sobre todo cuando su único sustituto natural
es un colombiano que tiene aún que correr muchos kilómetros y meter muchos
goles para hacer sombra a un tobillo de Fernando Torres. Que el Atleti, en fin,
sacó en Kazajistán un equipo que debería ser solvente no es algo que podamos
dudar más que a toro pasado; que las conclusiones que se están sacando tras el
partido parecen exageradas también parece indudable.
Volvamos al punto inicial. Hace diez días el Atleti ganaba
al Valencia (flojo, pero el Valencia) y se llevaba un resultado corto tras un
muy buen partido. Desde ese día, en el que la gente salió del Calderón contenta
con el equipo y viendo un futuro radiante, el Atleti ha jugado dos partidos:
uno, en Coruña, en el que empató tras hacer un buen primer tiempo y un mal
segundo. El otro, en Astana, también terminó en empate y se jugó de forma
bastante triste. En tan corto tiempo, gran parte de la afición atlética ha
pasado de la confianza y el optimismo a la rabia y la crítica al banquillo; en
total, 135 minutos malos.
Es verdad que el equipo no ha demostrado hasta ahora en la
temporada el control y el juego de hace un par de temporadas, aunque también es
verdad que el equipo va cumpliendo con el guión establecido hasta ahora,
instalado en posiciones previsibles a estas alturas de la temporada. El equipo,
renovado y con bastantes incógnitas sobre todo en el medio campo, ha respondido
sólo a medias a las expectativas creadas, y eso es para algunos motivo de
reflexión y necesidad de más tiempo; para otros, causa de divorcio, motivo de
bronca y demostración definitiva de que el entrenador está finiquitado y el
ciclo ha acabado. El aficionado esperaba un equipo de más toque y control, con
más talento que músculo y más posesión de balón pero es verdad que el Atleti
actual sigue siendo un híbrido entre el equipo vehemente de presión alta y
solidaridad constante de hace un par de temporadas y el equipo dominador del
balón con gusto con el juego fino que las alineaciones sugieren. La transición
no está siendo rápida, o quizás es que 14 partidos oficiales (o por ahí) no
sean suficientes para cambiar de modelo, para disipar dudas o evitar la
tentación de volver a lo que siempre funcionó.
Es curioso sin embargo lo muchísimo que sabe la afición
sobre cómo ir cambiando el estilo de juego de un equipo que ha cambiado gran
parte de piezas fundamentales en tan poco tiempo. Es también curioso cómo tras
los malos partidos arrecian los recordatorios de todos aquellos que dijeron en su
momento que la plantilla estaba mal hecha o que el centro del campo era
demasiado inexperto (algo de Perogrullo, por otra parte, de lo que tampoco hay
que sacar mucho pecho), mientras que cuando las cosas van bien el silencio es solemne.
Es llamativo ver cómo la afición del Atleti considera excéntrica, injusta y disparatada
esa reacción tan de Mestalla de montar en cólera a la mínima contrariedad, como
si el equipo estuviera predestinado a ganar con facilidad cualquier partido y
siempre por aplastamiento a los veinte minutos de juego, pero sin embargo pone
de vuelta y media al entrenador y los jugadores tras partido y medio malo sin impacto devastador en
los planes de futuro del equipo. Que la afición se haya acostumbrado a ganar es
algo positivo, porque de esa manera sube el nivel de exigencia sobre banquillo
y jugadores (curiosamente no sobre el palco, ya saben); que esa exigencia se
torne en furia nuevoriquista e infantil cada vez que las cosas no van bien
resulta un pelo sonrojante.
El Atleti lleva pocos partidos de liga y pocos partidos de
Champions, demasiado pocos como para sacar conclusiones definitivas o perder la
esperanza de un mejor juego y una buena temporada. Sin embargo, algunos desatan
su furia amparados en el cómodo paraguas del “es que no se va a poder criticar o qué”, como si alguien hubiera
prohibido en efecto hablar mal de Simeone. Es cierto que Simeone parece no
haber dado con la tecla definitiva y parte del equipo no acaba de entender qué
se quiere de él; los cambios suelen hacerse tarde y no suelen mejorar lo visto
en el campo, por lo general. Todo eso son críticas legítimas, pero la
conclusión que se extrae de ellas no debería ser, necesariamente, que al Cholo
se le olvidó el fútbol tal y como
sugieren los expertos de salón y algunos periodistas inoculados con el virus
obsesivo de la inquina. Se supone que la paciencia es una de las virtudes de la
afición atlética, pero cuando llega la hora de mostrarla últimamente parece que
brilla más la querencia voceras del nuevo rico que la emulación del Santo Job. En el punto medio, como en casi todo, está esa virtud que pocas veces sabemos encontrar. Una pena.
