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lunes, 23 de noviembre de 2015

Y, de repente, segundos


Así, como quien no quiere la cosa, el triste equipo del cuestionado entrenador argentino que no sabe bien qué hacer con una buena plantilla capaz de hacer un fútbol de toque que él mismo no es capaz de elaborar (al contrario que el 90% de los aficionados, al parecer), firmó otro buen partido y, ya de paso, se ha puesto segundo en la liga. Quién lo iba a decir, con lo malísimamente que juega el equipo.
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Salió el Atleti al campo del Villamarín sabiendo muchas cosas de esas que son interesantes y además meten presión: de ganar el partido, el Atleti se pondría segundo. Además, muchos de los rivales directos para los objetivos que el equipo se ha marcado habían perdido o empatado, con lo que los puntos que podrían llevarse de vuelta de Sevilla eran de lo más valioso. Con todo esto el Atleti no podía fallar, situación que dispara en la parroquia colchonera un viejo postulado: cuando el equipo no puede fallar, suele hacerlo.

El Atleti salió al campo con la alineación que muchos consideramos que debería ser la titular: hasta ahora, pocas veces Simeone falla en esa lista inicial de jugadores, por más que a muchos les guste discutir todo. A muchos nos parece evidente que hoy por hoy Carrasco debe jugar por delante de Oliver y Saúl, a muchos nos parece que Torres, por más que estuviera torpón en partidos recientes, debe ser titular por delante de Jackson, que tampoco ha demostrado ser un amo de la filigrana y mucho menos un ejemplo del esfuerzo a la manera de Stajanov. A muchos nos gusta Gámez y le vemos un sustituto estupendo de Juanfran, y miren que es complicado eso, con el nivelón que está mostrando nuestro lateral derecho. A muchos nos gustaría que Saúl se hubiera ganado los galones como escudero de Tiago, quitando minutos a Gabi, pero estos muchos coincidimos (piensa uno) en que Saúl, que tiene cosas buenísimas, no ha aprovechado los minutos para despejar dudas sobre la posibilidad de que sea él y no otro quien sustituya al Capitán Fernández. Por tanto, nada que objetar a la alineación titular del Atleti, como casi siempre, oiga.

Salió el Atleti con ganas y con la convicción de que había que solucionar el partido pronto y vaya si lo hizo. Pocos minutos tardó el equipo en mostrar lo que iba a ser la seña de identidad en el primer tiempo: la presión alta, la solidaridad entre todos los jugadores a la hora de presionar y robar, la ambición de morder al rival menos centrado, la calidad para salir tocando por las bandas (sobre todo la izquierda) cuando las cosas se ponen feas. Cosas, oh sorpresa, que el Atleti ha buscado siempre en las últimas temporadas, las señas de identidad del equipo de Siemone, del campeón de liga.

Dos buenas noticias llegaron durante el primer tiempo: la primera, el buen juego de Torres. Peleón e incisivo, tiró bien a puerta para que luego fuera Koke quien marcara tras hacerse con el rechace. Un tiro mejor habría acabado en gol, un tiro malo en saque de puerta o en balón blocado, pero Torres pegó un zapatazo tras un buen robo de balón y el Atleti se puso por delante. Torres siguió porfiando, quizás más tranquilo y menos acelerado por tener por delante al menos 60 minutos, según el inamovible minutaje de cambios impuesto por Simeone, y dejó un balón estupendo a Griezmann, de exterior, bombeado y a la primera, que el francés no pudo meter. Torres trabajó, intimidó, hizo cometer fallos a los rivales y recuperó balones en el centro del campo, sin atropellarse en las salidas como otras veces. Torres mostró que esas dudas permanentes sobre su juego no vienen de lo que hace o deja de hacer, sino más bien de opiniones ya formadas por este o aquel motivo que no merece la pena discutir, dada la cerrazón de unos y otros. Pero el partido de Torres ahí está, su contribución ahí está, su trabajo ahí está y allá cada cual a la hora de valorarlo; en caso de ver lo que no ocurrió recomendamos acudir a un especialista, preferiblemente con gafas y un espejito de esos en la frente.

La segunda buena noticia del primer tiempo fue Koke. Koke llevaba unos partidos sin llegar a romper en Koke, esto es, sin llegar a ser el todocamino diésel - que lo mismo vale para subir una cuesta remolcando un carromato que para conducir en nieve – con prestaciones de deportivo italiano cuando se trata de hacer el último pase o ponérsela en la cabecita a un rematador. En Sevilla sí pareció volver a ser el Koke de siempre: más metido hacia dentro en el campo, ambicioso, generoso, con personalidad para pedir al resto que subieran la presión, con calidad para dar el último pase entre los defensas (a Carrasco, por ejemplo) y para guardar el balón cuando hacía falta. Koke fue Koke en el primer tiempo y gran parte del segundo y el equipo lo agradeció volviendo a ser, por fases, el equipo apisonadora que recordamos durante los brindis de media tarde.

Quizás la aparición de estas dos piezas fundamentales animó al equipo a firmar un primer tiempo fantástico, pero quizás no. También se jugó muy bien contra el Valencia y en Coruña el primer tiempo, y en esos casos era Jackson quien estuvo (si bien no muy activo) y Koke no brilló tanto. Quizás sea pues cosa de otros factores, o sobre todo de algunos. Tiago, también ayer, está haciendo una temporada prodigiosa y su mano se nota en todas las fases del juego. Tiago consigue que la defensa juegue más tranquila, que tenga menos trabajo y más facilidad para sacar el balón. Tiago consigue también, incluso cuando Gabi no está bien como ayer, que el centro del campo ofrezca siempre alivio al resto cuando el rival presiona. Con Tiago la vida de todos es más fácil, igual que la vida de Tiago es más fácil cuando Koke está bien y cuando Filipe Luis está bien, algo que ocurrió ayer en bastantes ocasiones en las que el equipo salió mandando de la presión, jugando donde otras veces se despeja. Si Koke vuelve por sus fueros, como parece, Tiago estará aún mejor. Y si Griezmann vuelve a querer jugar al fútbol ayudando  al centro del campo en vez de esperar balones que le permitan mejorar estadísticas, la que se puede formar es de traca.

Como ocurriera contra el Valencia y en Coruña, el Atleti pudo irse al descanso con 0-3 y el partido solucionado y no fue así. Griezmann falló una buena ocasión a pase de Torres y Carrasco, muy activo y vivaracho aunque a veces excesivamente individualista, tuvo otra a pase de Koke. El 0-1 avivó la duda entre la afición, imaginamos que más aún entre aquellos que gustan de anunciar la inminente llegada del Apocalipsis en forma de empate tardío, y la duda no se despejó hasta el final. No sobra, sin embargo, la crítica a los jugadores por no cerrar los partidos cuando se puede, por meter menos goles de los que el equipo merece.

Es cierto que el Atleti pasó apuros al final, como es cierto que de no ser Oblak un portero superlativo el Betis habría marcado al menos un gol. Pero también es cierto que el Atleti falló ocasiones y ocasiones que evitaron que  el partido acabara 0-3 o 0-4, resultado que no habría sido injusto. Falló Griezmann un par de ocasiones claras, y esto no sería un problema si no fuera porque falló por egoísta y por blandito. Falló Óliver Torres al rebañarle un defensa un balón bien controlado y Vietto ni falló, aunque volvió a dar la sensación de que no le importa esconderse entre los centrales cuando la cosa está achuchada. El Atleti falló y falló ocasiones en el segundo tiempo que había creado con relativa facilidad gracias a pases en profundidad de Gabi, Tiago y compañía, y eso que con la salida de Koke, Carrasco y Torres había dejado de mostrar esa furia y presión alta que en el primer tiempo acabó con el Betis. Porque el Atleti, con Óliver, Vietto y Griezmann haciendo labores de ataque, pasó a convertirse en un equipo blandito y despistado de tres cuartos para adelante, desconocedor de lo que había en juego, asustadizo y egoísta en la definición, como los equipos de infantiles que buscan epatar al entrenador sin pensar en los demás, como el equipo que Simeone no debería tolerar más veces.

Por suerte, ese apéndice frontal del equipo, blandito y asustadizo, estaba sujeto a un ancla de petrolero a prueba de tifones con nombre de señor, como Joaquín. Con Tiago pagando el esfuerzo del primer tiempo (como ya pasara en Coruña, donde no contó con la ayuda de los dos de delante durante casi todo el partido) y la mala tarde de Gabi (fallón en balones fáciles aunque brillante en algún pase al hueco), el protagonismo bajó una línea y se acercó al área chica. Oblak volvió a hacer un paradón memorabe, Filipe Luis jugó quizás el mejor partido de este año, Gámez transmitió tranquilidad y poderío y Savic, muy sobrio y correcto, dio muestras de poder suplir con garantías a Giménez, ni más ni menos.

Pero por delante de toda una defensa entonada y seria emergió, de nuevo, la figura de Godín. Godín sacó el balón, cortó ataques, intimidó a los rivales por anticipación y ganas y remató a puerta varias veces. Por si esto fuera poco, bastantes de estas cosas las hizo tras recibir un porrazo monumental en la cabeza en un choque con Adán, primero, y un golpe aún mayor al llevárselo puesto N’Diaye, centrocampista con hechuras de flanker que mira sólo al balón cuando entra de cabeza. Pero hace falta algo más que un portero grandote y 90 kilos de centrocampista lanzados con velocidad de hombre bala para parar a nuestro uruguayo: Godín, con un esparadrapo en la frente como los accidentados de los libros de Mortadelo, siguió jugando al máximo nivel, disputando todos los balones y rematando (¡de cabeza!) si hacía falta, haciendo las veces de delantero centro cuando no hay uno en el campo (como suele ocurrir cuando el que juega es Martínez). Como muestra, un botón: en un choque entre Godín y Adán (1.90, 92 kilos) Godín salió con una tirita sobre la ceja mientras que el portero rival pedía el cambio con los previsibles dolores en la cabeza y también, ya de paso, en un pie. Anoten Vds, traumatólogos del Mundo: sólo Godín es capaz de lesionarle a alguien un pie de un cabezazo en la frente. Mejórenlo si pueden.

Ajeno al catastrofismo de la afición experta y de los columnistas que buscan no se sabe bien qué, el Atleti anda allí donde todos querríamos verle a estas alturas de temporada.  Salvo el partido de Astana, el balance de juego de los partidos contra Valencia, Deportivo y Betis es más que positivo, por más que nos hayan contado hasta la saciedad lo contrario. Sabemos que aquellos que presumían de contar con la clave que le faltaba a Simeone para hacer jugar el equipo dirán ahora que lo que ha ocurrido es exactamente lo que ellos dijeron, con lo que estarán muy orgullosos de que el equipo ahora juegue bien a pesar de haber dicho una cosa hace diez días y exactamente lo contrario hace cinco. Tampoco hay que menospreciar el hecho de que sí el Atleti hubiera ganado el partido en casa contra el otro equipo grande de la capital (como mereció), y Giménez no hubiera tenido un fallo puntual e infrecuente en él, ahora mismo el equipo sería co-líder junto al públicamente admirado Barcelona. Pero las cosas, ya saben, son diferentes según cada uno quiera verlas y entre los propios aficionados colchoneros hay más fatalismo y afición por la sentencia de los estrictamente recomendables para ver el bosque tras los árboles.  

Eso sí: nosotros a lo nuestro, a pesar también de muchos de los nuestros.

lunes, 28 de octubre de 2013

Crónica de otro buen partido (o “Hang the speaker”)

El Atleti ganó un partido en el que previamente se guardó un minuto de silencio por María de Villota, piloto de Formula 1 con aspecto de buena persona y sin demasiada suerte, cuya muerte nos dio mucha más pena de lo esperado. Una lástima, descanse en paz.  

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Señores Directivos del Club:

De todos es sabido que no tienen la más remota idea de qué es el Club que Vds maldirigen e injustamente controlan. Nadie a estas alturas tiene dudas sobre sus verdaderas intenciones al frente del mismo y nadie se sorprende ya cuando compran y venden jugadores que nunca aparecen por el Calderón y acaban en Turquía. Sabemos de sobra que le importan un pito los socios, si se manchan los pantalones al sentarse en las localidades que con tanto esfuerzo pagan o si sufren infecciones urinarias tras pasar por los servicios. No necesitamos que nos expliquen que de historia del Club van justitos y que desconocen lo que significa, por ejemplo, posar con una camiseta del otro equipo grande de la capital o ignorar la alineación del Doblete. Sabemos a ciencia cierta que no permiten críticas en la grada ya sea en forma de gran pancarta reivindicativa o panfleto Din A-4, si bien sí toleran gritos del todo inaceptables por insultantes, vergonzosos y altamente ofensivos para los visitantes y los locales de buena fe; quizás sea porque algunos de Vds pasan los partidos en casa dando vueltas por la M-30 para así no ir al Calderón a pasar nervios, aunque sorprendentemente sí aparecen en Mónaco a ver una final a ver si cae algo, qué cosas, oiga. Asumimos con resignación su falta de tino y clase en las ocasiones en las que les toca representar oficialmente al Club al que nuestros abuelos dedicaron tantas horas. Nos irrita el oscurantismo y la falta de explicaciones sobre operaciones que tendrán un impacto directo en el futuro de ese Club con el que se hicieron de manera probadamente fraudulenta;  nos hace hasta gracia, eso sí, que cuando esta última se discute ante un tribunal, su prestigioso equipo jurídico adopta para la defensa el magnífico argumento de que el juez les tiene manía.

Con todo esto, asombrados aún por cómo por fin se dieron cuenta de que el más elemental perogrullismo aconsejaba traer un buen entrenador que conozca la casa, les reconocemos ojipláticos las mejoras en la imagen del Club que ha conseguido el equipo de comunicación que se incorporó hace ya un par de temporadas. Lo que éste ha venido haciendo ha sido por lo general positivo y en ocasiones (como alguno de los vídeos titulados ATM Insider) hasta brillante, y demuestra con frecuencia un conocimiento de lo que de verdad importa y llega al aficionado que Vds nunca jamás demostraron, sobre todo  el día del desfile triunfal de los de Sensación de Vivir.

Por ello nos asalta una pregunta. Si nos queda claro que Vds no tienen ni repajolera idea de qué es el Calderón pero han tenido el tino de dejar que alguien haga su trabajo, ¿DE QUIÉN HA SIDO LA BRILLANTE IDEA DE PONER UN SPEAKER A GRITAR EL NOMBRE DE LOS GOLEADORES DURANTE LA CELEBRACIÓN? ¿Es necesario que tras un gol alguien dé voces reclamando que el público coree el apellido del jugador que acaba de marcar al soniquete de “cómo están usteeedeeess”? ¿No han caído Vds en que en el Calderón se cantan los goles la mar de bien desde hace más de cuarenta años? ¿No se dan cuenta de que los speakers valen para estadios sin tradición y aficiones recién formadas, para equipos con centro comercial en los fondos y ejecutivos extranjeros en los palcos? ¿Para qué vale el speaker? ¿Cuánto cobra? ¿Es amigo suyo? Y, lo más importante de todo: ¿Es el speaker Gonzaló Miró?

Atentamente,

Carlos Fuentes
Liga Mundial Anti-Speakers, Sección Dioptrías



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Llegaba el Betis al Calderón y eso es siempre una buena noticia. Primero, porque viene el Betis; segundo, porque vienen los béticos, unos de las pocas aficiones rivales que vienen en tropel y vestidos con sus colores, se sientan en la grada mezclados con todo el mundo y no pasa nada de nada, como debería ser siempre. La afición del Betis llega siempre en buen número al Calderón y hay ya quien viene año tras año y ya le conocen en las localidades vecinas. Hombre qué bien, Vd por aquí otra vez, qué tal todo; hay que ver lo grande que se ha puesto este niño, la primera vez que vino era chiquitito y se aburría y ahora analiza el partido con un rigor táctico que ni Griguol, Carlos Timoteo, oiga. El Betis salió ayer trasquilado del Calderón y nos da una cierta pena, que no en vano el Calderón es un campo talismán para el Betis desde que ganara aquella Copa del 77 y desde que, poco después, le metiera un 0-4 al Atleti de Dirceu ni más ni menos aquél Betis memorable de Esnaola, Bizcocho, Cardeñosa, Parra, Ortega, Lobo Diarte y un jugador extremeño que luego se hizo muy antipático por frecuentar indeseables.

Salió el Betis vestido de Betis y esto fue ya una alegría. La afición, que ha visto al Betis vestido de cortina de baño, de equipo japonés y de filial de Banfield, respiró aliviada al ver al Betis vestido de rayas verdiblancas, sin camisetas de audaz diseño ochentero ni obras de diseñador daltónico. Salió también el Atleti, pero esto se lo contamos en un párrafo aparte que leerán en breve, un párrafo que está aquí mismo a la vuelta de la esquina, un párrafo impaciente por ser leído y ser terminado para así poder irse a jugar al dominó con otros párrafos amigos suyos en una cafetería frecuentada por párrafos y, en viernes, sábados y vísperas de festivo, por alguna cuarteta monísima.

Salió el Atleti con la defensa y delantera de los domingos y algún cambio en la media. Ausente Arda Turán por una distensión de perilla y bigote, Simeone alineó por fin a Óliver Torres, la joya de la cantera. Óliver Torres, jugador jovencito que muestra mucha más calidad y madurez que la mayoría de sus compañeros en las divisiones inferiores, se hacía de rogar en las alineaciones del Cholo y esto había levantado más de una ceja. El Cholo no se fía, pensaba la afición, Óliver Torres no está aún hecho del todo, le falta físico y experiencia y en el estado general del equipo, muy formado, muy serio y muy enfocado al partido a partido, no hay sitio para experimentar con Óliver. Pero contra el Betis Óliver, mu chiquetito, mu reondito y mu luminoso, salió de inicio para demostrar a Simeone que puede jugar dónde y como Arda y a los doce segundos ya había metido un gol.

-  - Qué gol más rápido, creo que nunca habíamos visto uno así de rápido del Atleti en este campo
-  - Debe ser por lo del cambio horario, oiga
-  - Debe ser, sí.

Óliver Torres se aprovechó de una jugada embarullada con rebotes, controles y descontroles que acabó iluminando Koke con un buen pase hacia el centro del área, zona por la que venía Óliver Torres junto con otros dos o tres compañeros, así, en tropel. Óliver Torres marcó tras pegar en un rival y, gracias a ello, se tranquilizó la afición, se tranquilizó Óliver Torres, se tranquilizaron los seguidores de la cantera y se tranquilizó el Ayuntamiento de Navalmoral de la Mata, reunido en pleno extraordinario. Óliver hizo un buen partido con acciones de mérito y otras menos afortunadas que le valdrán para ir aprendiendo cosas valiosas cuando, en breve y si todo va como esperamos, esté llamado a llevar el peso del equipo.

Dejando aparte la efeméride del debut de Óliver Torres, al que Dios guarde muchos años, el Atleti hizo un buen partido que acabó en goleada ante un rival flojo, en el que sólo Nosa demostró presencia y físico. El primer tiempo, aburrido gracias a un claro paso atrás dado por el Atleti tras tener ventaja, empezó a dejar clara la que iba a ser la noticia de la noche: la forma física de Villa. Villa, tan ausente últimamente, tan tristón en su juego y tan despegado de las zonas en las que puede hacer daño, empezó el partido mostrando mucha más mordiente y confianza en su físico y lo terminó casi igual. Más agresivo, más presente y más rápido en las recuperaciones, Villa pareció agradecer sobremanera el parón de la selección y el plan de mejora física al que probablemente le haya sometido el Profe Ortega. Más participativo y sobre todo más rápido a la hora de llegar a zonas de remate, terminó por meter dos goles, algo casi anecdótico por ser consecuencia de su mejoría general. Metió  uno de cabezazo hábil adelantándose a un defensa algo blandengue y otro, rompiendo un balón que le llegó tras un mal despeje de nuevo de la defensa del Betis. Ya puestos, le dio un buen balón a Diego Costa en el gol de éste. Villa pareció mucho más entonado en lo físico y más alegre en el juego, algo que echábamos de menos ya en los 15 partidos que se han disputado este año. Esperemos que este partido le sirva para ir para arriba y ganar definitivamente la confianza de los compañeros, más inclinados a buscar a Diego Costa en los contraataques hasta la fecha, vista la aportación ectoplasmática que ha tenido hasta el momento el asturiano.

Cada vez resulta más complicado destacar jugadores en los partidos del Atleti de Simeone, que se caracteriza por el alto nivel de físico y juego que muestran todos aquellos que juegan. Aquellos que destacan no lo hacen con muchos cuerpos de ventaja del resto, acostumbrados a hacer su trabajo y a hacerlo bien la mayor parte del tiempo. Si alguien hubo destacable en la defensa del Atleti del domingo fue Filipe Luis, muy activo, muy rápido al subir y en las recuperaciones, muy preciso en los pases hacia el centro del área (como en el gol de cabeza de Villa) y muy listo para salir de situaciones complicadas. Jugaron bien Miranda y Godín, y también Juanfran, cada vez más confiado, pero Filipe Luis fue quien más brilló y quien llevó el peso del inicio del ataque en más ocasiones. Llévese él pues el protagonismo de su párrafo.

En el centro del campo volvió a brillar Tiago, en un excelente estado de forma, agresivo cuando la situación lo requiere y pausado cuando hace falta. Jugó bien Koke, aunque quizás no al nivel estratosférico de los últimos partidos, y estuvo enorme Gabi. Gabi se ha convertido en un portento físico capaz de recuperar un balón en defensa en el minuto 85, tras carrera de 60 metros; dado que el ataque bético había sido causado por una pérdida de Juanfran, a Gabi le sobra aire para corregir y abroncar al lateral por haber arriesgado en exceso a pesar de ir 4-0, pero es que Gabi, como el Cholo, mantiene la concentración hasta la ducha y sólo consigue relajarse más o menos hacia el martes, viendo Bob Esponja. Gabi, que robó balones que acabaron en ocasión y recuperó otros que alejaban el peligro, acabó marcando un gol en el descuento aprovechando un rechace (hoy rechazo) tras una buena jugada de Adrián, y nos llevamos una alegría monumental por ser Gabi un tipo honrado que se merece esas cosas y alguna más y más gorda que seguro que está por venir.

Y por último la delantera. En la delantera no brilló tanto como otros días Diego Costa, que no tuvo muchas y sí falló un par de ocasiones de las que él no falla: una Lagarterana Denominación de Origen de esas de carrera trompicada y cabeza baja que acabó en posible penalti, balón al lateral de la red y el portero rival lesionado, y otra que terminó en buena parada de Sara. Y aun así metió otro gol el tío, esta vez a pase de Villa; hasta en días menos afortunados Diego Costa mete un golete y así se queda más tranquilo y puede dedicarse a los pensamientos abstractos, que es lo suyo. Hacia el final del partido saldría también Adrián, que hizo algunas cosas de mérito y dio más sensación de confianza excepto cuando, tras robar un balón y encarar al portero rival, consiguió que las piernas le fueran más rápidas que el resto del cuerpo y cayó de forma cómica, como a veces le ocurre al coyote por culpa del anormal del correcaminos. Quedó Adrián tendido tras la carrera en medio de las risotadas del respetable y nos temíamos que hubiera sufrido fisura de ego y esguince de autoestima de grado dos, pero luego enderezó las cosas con un par de buenas acciones y ya ni se hicieron chistes ni nada, oiga.


El Atleti, serio, concentrado y muy fuerte, pasó por encima a un Betis que dista mucho del buen equipo que hemos visto hasta hace poco. Con ello, el Atleti sigue con una racha tremenda y un montón de puntos que le mantiene en segunda posición de la tabla y a los aficionados mejor peinados que nunca. Sin querer ir más allá del partido-a-partido, esa fórmula mágica que también ha calado en la afición, reacia a hablar de altas metas futuras, el Atleti sigue teniendo la excelente pinta que se difuminó momentáneamente en Cornellá hace unos días. La mejoría de Villa, la capacidad de aportar de Óliver Torres y el buen momento general de titulares y menos titulares invitan, como poco, a dormir tranquilos hasta el miércoles, que el jueves vuelve el lío. Enhorabuena a todos. 

lunes, 30 de abril de 2012

Los días señalaítos (mini-crónica del Betis - Atleti)



Cuando llegan los días señalaítos salen nuevos aficionados al Atleti por los rincones, gente nueva que simpatiza con el Atleti o es más del Atleti que nadie o quiere al Atleti con locura desde el día que nació y nosotros sin enterarnos, oiga. Durante el resto del año se sabe poco de estos atléticos furibundos, pero, cuando llegan los días señalaítos salen atléticos de debajo de las piedras que tienen claro-clarísimo lo que le pasa al Atleti, cómo juega el Atleti, qué ha de hacer el Atleti para mejorar las cosas, quién es bueno y quién es malo en el Atleti. Todas estas ideas tan claras suelen coincidir, qué cosas, con lo que opinan los periodistas de cabecera y pocas veces con lo que opina la grada cabal, la que ve todos los partidos, la que aprecia las cosas inapreciables, la que opina lo que ve, la que no se deja llevar por resúmenes sino por partidos completos, la que valora las cosas en su conjunto y no basa su opinión sólo en los detalles llamativos ocurridos hace un minuto; la que, en definitiva, invierte su tiempo en su equipo para tener una idea clara y propia, aunque sea diferente a lo que le cuentan desde los medios.

Cuando llegan los días señalaítos, estos aficionados repentinos salen a puñados en bares y oficinas. Nacen por floración espontánea vecinos más rojiblancos que el oso del escudo que nunca antes se significaron como tales y se reproducen por esporas aquellos que siempre defendieron la camiseta de rayas ante compañeros de mili y colegio. Este fenómeno del día señalaíto no es privativo del Atleti, está claro, y ocurre bastante a menudo en otros ámbitos. Conocidos son los casos de los que rechinan dientes en los funerales aún a pesar de no haber visto al difunto en los últimos treinta años, los cofrades que aparecen un rato antes de la salida de la procesión tras pasarse un año sin acudir a los ensayos de la cuadrilla de costaleros, los repentinos taurinos de postín que van a barreras y contrabarreras de San Isidro con clavel rojo en la solapa y whisky con hielo en vaso de tubo, sin haber estado nunca en una corrida de agosto, de esas de cinqueños resabiaos y toreros que vienen a jugársela bajo la atenta mirada de Frascuelo. Del colmo de estos tontos ha tenido conocimiento el que suscribe: un sujeto que se ha declarado este año gran aficionado al Mirandés y el Athletic de Bilbao, cuando cualquiera que le haya visto de cerca sabe de su afición desmedida al otro equipo grande de la capital, el equipo ese de los bailecitos.

Cuando llegan los días señalaítos, eso sí, los que están siempre ahí en primera línea son los que están también ahí los días grises y hasta negros del resto del año, del resto de años. También en los días señalaítos son ellos los que están los primeros en la cola, los primeros en invertir tiempo y dinero para hacer favores a otros que no sólo aparecen en los días señalaítos, los primeros en pensar en los amigos. Estos que están siempre ahí, estos que están los primeros en los días señalaítos y en los días en los que nadie quiere estar, se ganan centímetro a centímetro las entradas, los viajes, las victorias, los disgustos y sobre todo el respeto. Nadie les regala nada a los que no aparecen sólo en los días señalaítos, nadie les hace favores, nadie les reconoce el mérito; es más, muchos les tildan de aguafiestas, de tristes, de negativos, de anti-atléticos, de malpeinados. No es el caso, qué cosas, de los atléticos de día señalaíto. Estos últimos no hacen colas, no hacen esfuerzos, no hacen por ganarse nada gracias a su constancia o su devoción, prefieren entrar por la puerta lateral, levantar teléfonos, pedir favores. Hablan a uno y a otro, tiran de agenda, miran por ellos solos y salen tan contentos y tan orgullosos con su entrada, ya la tengo, mírenla, normal que sea de los primeros porque yo, que soy más atlético que nadie, sobre todo cuando las cosas van bien, soy un fenómeno, fenómeno vacío de día señalaíto.

Todo el respeto y el agradecimiento del mundo a los que se trabajan lo suyo y lo de otros, a los que siempre están ahí, a los que siempre piensan en el resto, a los que saben bien quiénes son. Gracias. 
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La final de la EL se juega en un estadio con capacidad para 55.000 personas, que son muchísimas sobre todo si se las encuentra uno en un ascensor o dentro de una cabina de teléfonos. De estas localidades, la UEFA, que es la que administra el cortijo, reparte 9.000 a cada club finalista, esto es, el Athletic de Bilbao, que tiene unos 35.000 socios, y el Atlético de Madrid, que tiene unos 40.000.

El por qué se reparten tan pocas entradas a dos clubes con tantos socios es algo inexplicable, aunque es bastante más inexplicable que la UEFA se quede con casi 30.000 sitios para un partido en el que no juega el F.C. UEFA ni el Rapid de UEFA ni el Dínamo de UEFA ni el UEFA United. La UEFA dice que las entradas son para compromisos y uno, que no gusta de ir a donde no le apetece, se asusta pensando en alguien con tantísimos compromisos. La cantidad de bodas a las que tendrá que ir la UEFA, la cantidad de llamadas de cumpleaños que hará la pobre, la cantidad de jarrones horrorosos y figuras de Lladró que tendrá que poner la UEFA en el recibidor para cuando vengan las visitas-compromiso a merendar café con picatostes a casa de la UEFA. Y eso que la UEFA, para empezar a hablar, tiene nombre de señora de pueblo por mucho que disimule.

- Niño, ¿y tú de quién eres?
- Yo, de la Uefa
- Anda, mira

La UEFA, a la que uno imagina gorda y con traje de chaqueta estilo Angela Merkel o quizás redonda y con moño como Hermenegilda la de las hermanas Gilda, debe tener una vida durísima llena de planes a los que no le apetece ir, siempre poniendo cara de que el asado está en su punto, siempre yendo a inauguraciones y fiestas en las que todo el mundo le conoce pero ella no conoce a nadie, siempre de la mano de su niño, el gordito Platiní (que insiste en que le llamen Kiko), siempre comiendo fuera y siempre tomando antiácidos de tantísimos postres y aperitivos de más. Uno imagina a la UEFA llegando a casa tras una jornada agotadora llena de compromisos, lanzando los zapatitos de tacón por el salón y resoplando al mismo tiempo, derrumbándose sobre la butaca, bajándose las medias pantorrilleras color carne de esas que dejan marca del elástico y poniendo los pies en un puf, encendiendo la tele con el mando a distancia y pensando en lo dura que es su vida de mujer gorda llena de compromisos antes de quedarse dormida con el cuello torcido y la telenovela puesta, soñando con un mundo sin llamadas para conseguir entradas ni patrocinadores chinos.
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La final de la EL tendrá dos fondos parcialmente ocupados por aficionados de los equipos protagonistas y los laterales, con más de la mitad del aforo, ocupados en teoría por aficionados neutrales, directivos, patrocinadores, ojeadores, vendedores de cervezas, responsables de catering, camareros, acomodadores, traductores, peluqueros, responsables de manicura, pedicura y peeling, representantes de futbolistas, familiares de vecinos de amigos de directivos, periodistas, políticos, concejales de deportes, subsecretarios de cultura, sailburuak, conselleiros, consellers, consejeros, cerrajeros, aceituneros, aduaneros, arroceros, cerveceros, chanchulleros, chapuceros, chaqueteros y churreros, algunos de ellos puede que colchoneros. Esa será la composición de la grada en Bucarest, qué cosas, oiga. Lo que queda claro con este mapa humano de la grada es que las aficiones, antaño propietarias y motores de los clubes, ahora pintan más bien poco. El papel de los aficionados se limita, y cada vez más, a dar la nota casi freak de las finales, a construir un espectáculo de colorines y sombreros y pelucas y pasión desbocada para que directivos, clientes y proveedores se entretengan con sus cánticos y ocurrencias mientras deciden qué canapé elegir de entre los de la bandeja que trae el camarero. El aficionado empieza dando espectáculo desde el día de la clasificación, celebrando en fuentes y plazas la llegada a la final, y sigue entreteniendo a la patronal del espectáculo haciendo cola por la noche, jugando al tute de madrugada, bebiendo caldo bajo la lluvia hasta que abra la taquilla. El aficionado es también negocio para el club que le vende entradas y recuerdos, para la agencia de viaje que se lo lleva a la final vía Tanzania, para la reventa que se nutre de las 30.000 entradas que quedan sin dueño, para los hoteles y bares de la ciudad que recibe la final.

Con este concepto mercantil y mascotil de la afición que impulsa la UEFA, no es de extrañar que el Club Atlético de Madrid, fiel seguidor de las tendencias europeas en todo lo que tenga que ver con el dar de lado el interés del aficionado, sea puntero en el maltrato. El Club anunció que sacaría 6.680 entradas a la venta el domingo, con prioridad para los socios más antiguos (por debajo del número de socio 3.547) y para aquellos socios con número inferior al 5.000 que tuvieran el Abono Total. En la segunda página de la web, a salvo de miradas indiscretas, se informaba de que dichos aficionados podrían conseguir una segunda entrada presentando otro carnet de socio con Abono Total; esta información fue confirmada por un mail que no todo el mundo recibió. El caso es que con la fórmula propuesta por el Club, ya en el caso de que los 3.500 primero abonados aparecieran en taquilla con un segundo abono, no habría entradas para todos; si apareciesen 5.000, el riesgo de no tener entrada aumentaba considerablemente.

Por tanto, ante la posibilidad de no tener entrada, el resultado fue una cola monumental que casi daba la vuelta al Calderón desde primeras horas de la mañana del domingo. En la era de Internet y de las redes sociales, en un Club con un sistema informatizado de entrada al campo y lustrosa página web, con números de cuenta corriente de los socios en posesión del Club desde hace tiempo, la directiva ingenió un sistema que obligó a la gente a sacar entradas exactamente igual que en 1.950. En la cola, grupos de aficionados indignados por la torpeza en la organización y la falta de comunicación ideaban en cinco minutos mecanismos que, premiando la antigüedad como quería el Club, evitarían colas y disgustos con poco esfuerzo; no era por tanto difícil hacer las cosas medio bien. Pero da igual. Al Club estas cosas le dan igual, le da igual la angustia de la gente, prefiere no pasar cinco minutos pensando un sistema lógico y hacer lo primero que se les ocurre sin pensar si la gente merece pasar horas haciendo cola cuando, con un poquito de voluntad, se podría evitar todo eso. Tampoco le importa al Club favorecer y ser cómplice de sistemas que alimentan la picaresca, la compra para revender, la aparición fortuita de entradas por aquí y por allá, algo que todos sabemos que ocurre y ocurrirá. Da igual.

Porque da igual, todo da igual, siempre da igual. Al Club le da igual la gente salvo cuando hay pasar el recibo, presumir de afición o hacer llamamientos a la unidad para evitar broncas al palco. El Club hace camisetas en las que pone Bendita Afición para vendérselas a los aficionados y sacar un 15% de beneficio con la operación, sin pensar en nada más. El Consejero Delegado afirma que él cambia ir a la Champions por ganar la EL, dejando claro que le es mucho más importante ingresar dinero con el que pagar su bonus que la alegría de la afición. A la prensa también le da igual que el socio las pase canutas, a la prensa la basta con pasar por la cola y hacer una entrevista a un botarate que enseñe la entrada y diga EEEEEEHH EH EH, nohvamoa Bucaréh, le da igual si la gente ha pasado fatigas o si las cosas se puede mejorar. Porque, por lo general, la prensa tampoco tiene idea de lo que pasa el socio, la prensa no va a la grada, no entiende a la grada, no hace cola, no pasa apuros para encontrar una entrada ni ahorra para pagarse el viaje, no. La prensa se queda en lo vistoso, en lo anecdótico, en el que acampa catorce horas antes, el que duerme en silla de ruedas en la puerta del estadio, el que contrae la escarlatina por buscar su entrada durmiendo junto a un termitero. La prensa no denuncia la mala comunicación ni la mala organización, primero por no buscarse un problema con el club, segundo porque ni le interesa ni entiende lo que es para la gente pasar horas perdidas, tirar el tiempo en día festivo sin saber si tendrá éxito, esperar con cara de tonto con la incertidumbre de si tendrá o no entrada, viaje, día para recordar. La prensa pasa de estas cosas, que lo suyo es pontificar, hacer de altavoz y dirigir la atención hacia donde no mira el socio, vamos hombre, qué esperaba Vd.

Eso sí, gracias a Dios, lo que hay en la cola es gente, y gente del Atleti. Gente normal, con poco tiempo y poco dinero y la suficiente pasión como para echar el domingo bajo chaparrones buscando una entrada y una razón para quemar los ahorros. En las colas hay de todo, ya lo saben, pero sobre todo hay gente maja, gente paciente, gente que charla y bromea y sabe del Atleti porque llevan toda la vida hablando de él. Hay también brokers de rumores, informados de buena tinta, pesimistas encantados de portar malas noticias. Ya no quedan de las buenas, lo dice ese señor de ahí que trabaja en un mercado y sabe mucho de colas; dice que hasta aquí no llegarán las entradas, que lo demos por perdido, que no tendremos nada, nuestra misión ha fracasado a la altura del Indi Park, encima vamos a ser el hazmerreir. Hay también organizadores espontáneos con listas a boli, señores mayores a los que el Club debería ahorrar el trago, tipos tímidos que hablan poco pero que cuando hablan tienen razón, grupos de voceras, niños pacientes, niños impacientes. Está Martita, de unos nueve años y guapa como ella sola, con paciencia de santa y eso que la entrada es para su hermano y no para ella; a pesar de ello, lleva camiseta del Atleti bajo el anorak, como los grandes. También hay un señor con gafas y canas que gruñe y protesta y toma nota mental de todo, para la crónica del día siguiente.

Tras varias horas en la cola, parados unos junto a otros, todo el mundo charla. Se critica la organización, la comunicación, al Club a la hora de relacionarse con los socios. Todo el mundo tiene claro que a la directiva le trae al pairo la gente, la gente hace con la mano el gesto de llevárselo crudo cuando habla del palco, hay bromas sobre a qué altura de la cola estará Gonzalo Miró. Hay preocupación sobre el Estudiantes, se sigue el partido en tiempo real, llega la noticia de la derrota y hay un disgusto general. Marca Torres en la Premier y la noticia corre como la pólvora. Marca otro y otro, tres lleva ya, qué tío, qué grande el Niño. Llueve y se abren paraguas, para de llover y se cierra, sale el sol y da mucho gusto, al rato se asa la gente y se quita el anorak. Llega un compañero de cola con cervezas y patatas fritas, otro ofrece tabaco y pipas, uno llama a su mujer y ésta aparece con los niños, que no paran quietos. Un espontáneo con sombrero vaquero monta un puesto improvisado de venta de cerveza; luego monta una mesilla con ruedas y vende pipas y patatas y se pelea con sus socios en el negocio. Se reparten flyers con precios de vuelos: vuelos directos, vuelos chárter, vuelos que sólo saldrán si se completa el número mínimo, vuelos con y sin motor. La gente habla de la noche por los suelos en Hamburgo, del vuelo de vuelta, de la gente que se colaba para entrar en un avión anterior y no recibir la bronca de su jefe. El tiempo ha pasado más rápido de lo esperado y ya toca ir a la taquilla. Bueno, gracias por la charla, nos vemos en Bucarest, Aupa Atleti, Forza Atleti, hasta pronto.

Sin darse cuenta casi, uno está en medio del Atleti de verdad, el de los socios más antiguos que llevan a sus niños por la misma senda de gloria camino al abismo, el de los que han ido a los partidos de las grandes victorias y de las grandes derrotas y se da cuenta de que con la afición del Atleti pasa lo mismo que con el Cid: Dios, qué buen vasallo si oviesse buen señor.

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Sobre el partido contra el Betis, poco que comentar. Sólo que, una vez más, el Atleti dejó escapar dos puntos importantes cuando parecía claro que debería haberse llevado tres. Como contra Racing y Sporting, el Atleti desperdició oportunidades y terminó lamentando la pérdida de puntos. Como contra el equipo ese de los bailecitos, Courtois se mostró inseguro y falló en el segundo gol. Sorprendentemente, Adrián se mostró impreciso y en cierto modo egoísta, algo que no solemos ver. Como tantas otras veces, Falcao se mostró generoso y letal, dando un gol a Koke y marcando otro cuando más falta hacía. Falcao pudo provocar un penalti dejándose caer al ser trabado por el portero rival. Falcao recuperó la vertical, siguió jugando e intentó marcar. Para muchos, Falcao fue tonto por no exagerar; el que suscribe, que sí que es tonto, está orgulloso de Falcao en ese lance y piensa que ojalá hubiera más como él, ojalá, ojalá, oiga.

El equipo controló el partido hasta el minuto 80 y mostró un tono físico más alto del esperado a estas alturasy parece tener gasolina a pesar de que los fisios dicen que andan fundidos. Quizás sea la posibilidad de hacer algo grande en el último minuto, de ganar la EL lo que les da ese extra de fuerza que ha faltado en otros momentos. Eso sí, tras perdonar mucho y no hacer los deberes, a partir del minuto 86 empezó el baile. Juntar al Atleti y al Betis, dos de los equipos más inexplicables del planeta, termina en cosas de estas. El partido se convirtió en un correcalles y la seriedad del Atleti hasta el momento tornó en fino humor. Saltándose el orden clásico, para el Betis primero marcó Pozuelón y luego marcó Arroyito, o quizás fueran Pozuelo y Pereira, pero da igual. El partido entró en una dinámica cómica y penosa para el Atleti que se encargó de solucionar, una vez más, Falcao. Menos mal.

Con el resultado, el equipo se aleja aún más de Champions aunque aún es posible entrar. El equipo no ha subido del sexto puesto en todo el año,  así que pasar a ocupar el cuarto en la última jornada sería una sorpresa mayúscula y quizás una injusticia. Esta semana sabremos mucho más ... mientras miramos con el rabillo del ojo y acariciamos las entradas del próximo día 9. Ya queda menos.

lunes, 4 de mayo de 2009

Coplas del equipo infame

Ganó el Atleti un partido importante, pero lo hizo así como de rebote, sin jugar bien, pasando miedo y gracias a que Forlán ha decidido llegar a su meta con la ayuda o sin la ayuda de sus compañeros.


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Durante el otoño austral, nuestra primavera, tiene lugar uno de los espectáculos naturales más asombrosos del planeta: la migración de la anchoa. En cardúmenes de millones de individuos que se mueven al unísono sin que ningún científico haya llegado a entender por qué, las anchoas llevan a cabo un viaje migratorio de miles de kilómetros siguiendo las corrientes frías ricas en nutrientes que nacen en el Polo Sur y suben hacia el norte en paralelo a la costa oeste africana, desde Namibia hasta Mauritania y finalmente hasta su destino último, Santoña. Tras los millones y millones de anchoas agrupadas en manchas opacas visibles desde satélites, estaciones y apeaderos espaciales, suben también hacia el norte albacoras, melvas, atunes, delfines, tiburones, rorcuales y aves marinas que se alimentan de estos pescados azules, especialmente apreciados por los depredadores marinos por su alto valor nutritivo, acción limitadora del colesterol, alta concentración en ácido Omega 3 y audaz contraste de gusto con el otro pilar de la alimentación de estas especies, el vermouth de Reus.

Pero la anchoa tiene otro depredador, quizás el más peligroso y cruel: el hombre. Desde tiempos remotos las poblaciones de los territorios vecinos a la procesión anchoil han basado gran parte de sus reservas alimenticias en la pesca de este simpático pariente del boquerón durante los meses de migración. Hay documentos que revelan, ya en la edad de bronce, el uso de técnicas de captura que derivaron en el perfeccionamiento del arte de pesca tradicionalmente usado en estas regiones. Este método, utilizado desde Sudáfrica hasta Portugal, se basa en el uso de un palillo de madera o mondadientes, preferiblemente plano, que, sumergido en el agua en medio del cardumen, atrae a la anchoa; ésta, leal y sumisa, procede a ensartarse en el palillo sola, sin ayuda de nadie, bien por la parte media de su ágil cuerpo o bien por dos puntos, uno cercano a la cola y otro pegado a las branquias, flexionando la anchoa toda su espina central para asegurar que el palillo la fija firmemente, evitando así caídas. Esta técnica tradicional, común a ambos hemisferios, tiene algunas variantes enriquecidas en algunas comarcas en las que, para atraer con más vehemencia a la anchoa, sumergen el palillo con una cebollita, guindilla o piparra pinchada en el mismo, lo que al parecer refuerza la confianza del pez. Ambas técnicas, tanto la llamada de mondadientes mondo como la segunda, llamada “pesca a la Gilda”, si bien eficaces y sostenibles, tienen como desventaja el requerir mucho trabajo para pocas capturas y en producir en el pescador la deshidratación de manos, si bien esto es corregible con crema nivea de esa de lata azul.

Otro sistema tradicional, empleado sobre todo en los países de la cuenca mediterránea, consiste en sumergir en el centro del cardumen un palangre del que penden un número determinado de aceitunas sin hueso, unidas al barco de pesca por medio de un sedal transparente que se ensarta en la oliva por el agujerito estrellado de su parte trasera. La anchoa, pez gregario pero con un fuerte sentido de la propiedad privada e inclinado a poseer su propio espacio con armarios vestidos, siente una irresistible tentación de meterse en la aceituna hueca, enrollándose sobre sí hasta ocupar por completo el interior del cubil. Una vez acostadita dentro, el pescador no tiene más que tirar del sedal y meter la aceituna con su nueva inquilina en una lata. La forma y tamaño de la aceituna permite el almacenamiento de varias unidades en el mismo recipiente, siendo recomendable para alargar su duración el sumergir los frutos de la pesca en agua salada.

La antaño numerosa anchoa, empero, está en la actualidad amenazada por la voracidad y falta de escrúpulos ambientales del hombre. La tradicional pesca por medio de palillo y aceituna ha dado lugar a técnicas de pesca industrial consistentes en sumergir en medio del banco latas de metal de diferentes tamaños. Las anchoas, disciplinadas y admiradoras de la austeridad y el orden militar, tienden a introducirse en dichas latas por su propia voluntad, haciéndolo además en orden, en fila de a uno y dejando poco espacio entre individuos. Cuando las anchoas se han dispuesto dentro de las latas los pescadores proceden a su izado y almacenamiento, diezmando así los bancos e inundando las baldas de los hipermercados de estos amables peces, del género salado y orden aperitivos. En nuestra mano está evitar la masacre renunciando al consumo indiscriminado; eso si, siempre que no sea a la hora del vermouth.

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Se reunió la afición colchonera frente al televisor para ver el último partido del día y, lejos de hablar de lo que iba a ver, hablaba de lo que vio. Hablaba sin parar del prodigio visto el día anterior, el día en el que un equipo con seis canteranos de inicio y unos cuantos más en el banquillo bordó el fútbol de clase, toque, fuerza y compromiso y metió seis goles en un campo en el que tanteos de ese porte estaban reservados al Atleti grande, que ya es decir. Hablaban también del pinchazo de los rivales y de la posibilidad, real a la par de asombrosa, de que si el Atleti hace lo que debe en los próximos partidos pueda meterse en Champions, algo no muy justo a tenor del juego del equipo. Pero hablaba, aún, sobre todo, todavía, principalmente, de lo vivido en el Calderón el último día de partido: de la modélica protesta en el primer tiempo, de la lastimosa forma en que lo conseguido se echó a perder en el segundo, de la inconveniencia de poner en bandeja a la directiva la posibilidad de desviar una vez más el tiro hacia los jugadores, evitando así recibir el manguerazo de forma frontal y siendo únicamente salpicados por las gotitas que rebotan. Hablaba la afición también de daños colaterales, de tratamiento injusto, de exigencia imprescindible y sorna evitable, de que peor para ellos, de que va en el sueldo, de papel de fumar empleado para coger sálvese la cosa aunque, eso sí, unos hablaban de una cosa y otros de otra. La afición colchonera, que gusta de negros y curiosamente también de blancos, tiene problemas a la hora de situarse en los grises y reduce con facilidad el debate a la disyuntiva esto-o-lo-contrario, y así puede discutir durante días repitiendo y repitiendo lugares comunes, frases ya escuchadas, datos que sólo subrayan su postura y nunca la opuesta, opiniones basadas muchas veces en lo que dice la prensa que ella misma desprecia salvo cuando le da la razón. La afición, no obstante, parece haber tomado consciencia finalmente del problema que todo lo empapa y que todo los disparos consigue desviar, gracias a veces a periodistas afines, gracias otras a la torpeza o desidia de la propia afición. Pero algo va cambiando, algo nuevo se vio en el primer tiempo del partido contra el Sporting, algo en lo que, tras mucho discutir y mucho dar vueltas sobre el mismo tema, muchos aficionados coinciden que es el camino.

Tras estas sesudas reflexiones se dispuso la afición a ver el partido que cerraba la jornada sin mucha esperanza ni mucha fe. El Atleti, sabe la afición, cuando tiene una ocasión pintiparada suele echarla por tierra y dar aire de nuevo a los rivales. Si el Atleti, hace cuentas la afición, hubiera evitado dos o tres derrotas intolerables en casa, tendría puntos suficientes para estar tranquilito viendo cómo el resto pasan fatigas. Pero no, el Atleti es como es y tiene lo que tiene y no más, menos mal que hoy vamos a casa del Betis, que viene a ser casi lo mismo, el número dos en el arte de complicarse la vida.

Salió el Atleti vestido de Atleti y el Betis vestido de Betis, y esto de por sí ya es noticia tras ver los atuendos que lucen los nuestros en ciertos campos y, más en concreto, el modelito con el que compareció el Betis en el Calderón en la primera vuelta. Salió el Atleti sin Agüero, al parecer con molestias, y también con tres medio centros y dos interiores y un solo punta, ese dibujo que tanto irritaba al respetable cuando el que lo sacaba era Aguirre y que por cierto funcionó más o menos bien cuando se usó. Salió Banega para gozar de su enésima oportunidad de demostrar si vale o no, y salió Miguel de las Cuevas, poco brillante y quizás gafado desde que el Forza Atleti le sacara en esa portada memorable. Salió también Pernía ante la ausencia de Antonio López y ante la ausencia del público del Calderón, y jugó como suele hacerlo, alternando algunos fallos garrafales con acciones de mérito. Pero de Pernía, ya lo saben Vds, intentaremos no hablar aquí hasta que meta el gol que algunos queremos que meta.

En el Betis, enfrente, estaba Juanito. Esto no tendría ninguna relevancia si no fuera porque Juanito será con toda probabilidad jugador del Atleti el año que viene. Juanito, que no es un jugador que a uno le agrade especialmente, vendrá al Atleti con 32 años y sin demasiado que enseñar a los defensas jóvenes del club, cuya trayectoria puede que ralentice un año más. La llegada de Juanito sólo se explica si sale de la plantilla otro central, algo que no nos parecería mal si en su lugar llegase otro jugador joven de calidad y proyección. Pero no, llegará Juanito sin que sepamos muy bien por qué, y lo hará formando parte de la lista anual de jugadores que vienen a reforzar la plantilla en Julio y que en Noviembre están ya en la lista de transferibles. Fichajes de esos tenemos todos los años por lo menos cinco o seis, y de todos ellos se ocupan Gil Marín y su pantalónapitillado escudero Pitarch, a quien no se le ha pedido ninguna responsabilidad por los troncos fichados ni por los sobreprecios pagados por algunos jugadores válidos, ni por taponar la subida de canteranos al primer equipo gracias a fichajes incomprensibles. Eso sí, Pitarch, en cuando vio que el próximo en la lista de broncas de la grada podía ser él, dio un paso adelante y apartó del equipo a Maniche y Seitaridis, ahí es nada, un tipo que se viste por los pies este Pitarch. Menudo es Pitarch, dice la gente en los mercados, en cuanto uno se mueve monta una zapatiesta y le pone firme, así es como hay que gestionar la plantilla, sí señor. Qué bravo es Pitarch pero qué poquitos reflejos tiene, dicen los médicos armados con ese martillito con el que le dan a uno debajo de la rótula para que pegue patadas al aire: hace un año que ya nos pudimos quitar a Maniche de encima (gracias a Dios decimos esto en tono metafórico) pero acabó volviendo con fanfarrias de campeón, besuqueo de escudo, vítores de la afición recientemente exigente y esperanzas de renovación por dos o tres años con un aumento de sueldo, el tío. Temporalmente salvado Pitarch, respira Gil Marín al ver que resiste el muro de su tercera línea de defensa y renueva a Pitarch otro año más por los servicios prestados; mientras tanto, el personal pita a Luis García antes de salir a calentar. Es lo que hay.

Cuando el aficionado intentaba entender quién jugaba dónde y por qué lo hacían de ese modo y no de otro, marcó Forlán. Marcó Forlán a pase de Maxi, quien recibió el pase de Raúl García. Maxi, trabajador como siempre y no excesivamente brillante como le pasa últimamente, no lo hizo mal. Mejor lo hizo Raúl García, especialmente en los últimos veinte minutos, cuando el resto del equipo parecía haber perdido el sentido de la orientación. Assunçao no lo hizo bien, ni tampoco Banega, empeñado en dar más toques de los que la situación requiere demostrando así una interpretación preescolar del juego, siempre más pendiente de regatear cuantas veces mejor antes que de hacer llegar el balón al sitio adecuado lo antes posible. Y entre todos estos centrocampistas, Forlán. Forlán jugó de único punta y también de media punta. A ratos jugó de medio centro y otros ratos, de central. Despejó balones, corrió de banda a banda a por más balones, subió balones y remató balones. A ratos recordó a otro jugador que pasó por aquí hace poco, que también era rubio y también llevaba diadema y al que se le pasaban pocas. Forlán marcó el primero y el segundo, se metió en la pomada del pichichi y tiró del equipo con la fuerza que nadie más quiso ponerle al asunto. En un partido horroroso, con un Atleti que no sabía a qué jugaba y casi ni por qué jugaba, ni siquiera la salida del Kun empañó la presencia de Forlán, quien, él solito, metió al equipo donde no quería estar.

Y es que antes del segundo de Forlán, el equipo hizo lo mismo que otras veces. Con uno cero y nada decidido contra un rival flojo pero no muerto, hizo lo que no debía. Recular, dudar, perder peso en el centro del campo. Perder balones, dudar en el área y, lo peor de todo, ceder corners y faltas laterales, el recurso que los entrenadores de párvulos recomiendan a los rivales del Atleti. Entre Ujfalusi y Perea hicieron pensar en el penalti que no debía cometerse y el Atleti pasó un cuarto de hora de angustia viendo cómo se podían ir por el desagüe los puntos que tanta falta hacían. Y todo eso hasta que, en diez segundos, Heitinga sacó un pase digno de Márquez que Luis García controló con calidad y cedió de tacón a Forlán para que éste, con maneras de asesino a sueldo, acabara con la enfermedad de una patada.

El Atleti ganó cero a dos y se mete a un punto de la Champions, quién nos lo iba a decir tras el día del Racing. Recibe al Valencia en casa, con lo que aparentemente depende de él mismo, quién nos lo iba a decir hace un mes. Los rivales son tan torpes que aquellos aficionados que a estas alturas soñaban con haberse quitado de encima el peso de tener que ver los infames partidos del equipo en espera de un nuevo verano de promesas incumplidas, medianías recibidas con honor de general victorioso y decisiones traumáticas tomadas por el palco cuando la grada ya no puede pronunciarse, no pueden renunciar aún a seguir viendo lo que hace el equipo y, con el rabillo del ojo, lo que hacen los rivales. Porque el Atleti, contra la lógica, sigue en la pomada. El Atleti ha cogido ese mal cuerpo que tan bien funciona que se le pone a uno en las ferias. Duerme poco, bebe mucho, come mal y a destiempo, pierde las llaves y olvida dónde aparcó el coche. Se retira tarde a casa, pasa lo poco que queda de noche mal e inquieto, se levanta sin voz y jura ante todo lo jurable que ese día no sale, ese día se queda en casa, se bebe tres litros de agua y no come más que fruta y alcachofas. Pero no. Siempre llama alguien, siempre hay alguno que hace al feriante caer en la tentación de ducharse y ponerse una camisa limpia y echarse a la calle y tomarse esa primera cerveza que da tanto miedo. Como el feriante tras la primera cerveza, el Atleti se repone cuando debería descansar, sigue adelante con una cara malísima y la convicción de que el día que pare la resaca será de espanto. Pero ahí sigue. Como la feria al feriante, el Atleti de este año lleva al aficionado con un palo y una zanahoria hacia al campo y el peiperviú cuando lo que le apetecería es quitarse de en medio y dedicarse a organizar las vacaciones. Pero nada, ni en esas tiene piedad el equipo de nosotros. Qué cruz.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Dispersa crónica de un Atleti - Betis

Jugó el Atleti un buen partido en ataque, un partido aceptable en defensa y más flojo en el medio del campo y ganó al Betis, que jugó un buen partido en medio campo y más flojo en el resto. Al final, es lo que tiene tener buenos delanteros.


En el día en el que el público del Calderón acudía por primera vez al campo tras conocerse que la directiva del Club había llegado a un acuerdo con el alcalde de Madrid para trasladar los partidos del Atleti a la Peineta, nadie pareció hacerse eco en las gradas de que en breve ya no veríamos al equipo desde el mismo sitio. La afición del Calderón, que tanto habla de ella misma y tanto presume de ser los que aquí está y estos son, se acordó poco de su estadio en el día en el que más había que acordarse. Nula fue la presencia de pancartas mostrando el acuerdo o el desacuerdo de la decisión, y menos presente aún se hizo el debate en la grada y en los bares. A la pregunta bueno-qué-que-nos-venden-el-estadio-¿no? el hincha colchonero responde con encogiendo los hombros y pasando a otra cosa, mariposa. Uno no sabe si al final es que al Calderón le han terminado por coger manía gracias a la cantinela repetida una y mil veces de que es un campo incómodo, mal comunicado y carente de zonas vip en cada esquina, o que la gente se ha resignado a que todo se haga sin consultarles. A estas alturas parece que a todo el mundo le da igual dónde se lleven al equipo, dónde juegue el Atleti, si hay pista de atletismo o no, si el traslado está justificado o no, si el fútbol ser verá bien o mal o habrá ambiente o no lo habrá, si tanto cambio valdrá para algo o para nada en absoluto. Si acaso, parece que al aficionado le preocupa el hecho de que habrá que cambiar las canciones, que Calderón rima la mar de bien con pasión, emoción y corazón. El único que ve solución fácil a la rima que la Peineta sugiere es nuestro héroe, el portadista del Forza Atleti, pero no diremos qué tiene pensado porque estas líneas las leen niños y señores decentes.

En el día en el que el Atleti jugaba en casa y empezaba la marcha atrás oficial para el derribo de ese estadio que construyeron los que vinieron antes que nosotros abriendo brecha, la gente no se preocupaba más que de pasar en la clasificación al otro equipo grande de la capital. Y eso que no se le iba a pasar para ponerse primeros a falta de una jornada, no, que se trataba de ser quintos. Quintos. Hoy algunos aficionados colchoneros llegaban a la oficina haciendo burla a sus vecinos de departamento y entraban dando voces en el bar donde, cada día, rinden su merecido y particular homenaje al inventor del churro. Y uno, que es un escéptico y un tristón, y eso que algún lector de postín piensa que es un desmesurado optimista, no sabe qué pensar. No sabe si a la gente le da igual todo o si ha perdido el norte o si no se da cuenta de lo que de verdad importa y lo que no. No sabe si la afición tiene una miopía histórica que le impide ver de lejos y sólo ver lo inmediato, el quinto puesto del domingo, el atasco de menos cinco, el frío del invierno que, como todos los años, dará paso a la primavera. Hay veces en las que también nosotros, los escépticos, los irritados, los desengañados, los iracundos y hasta los rabiosos, nos vemos en la tentación de encogernos de hombros y decir a otra cosa, mariposa. Pero en este caso no sería mirando al cambio de estadio o a la gestión del Club, sino a la grada repleta de esa gente que, quizás con más razón que nosotros, se limitan a ver en el Atleti un pasatiempo de dos horas por semana.
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En fin, a lo que íbamos. Salió el Atleti del vestuario en una noche gélida de esas que últimamente vivimos en el Calderón y el público, vestido de esquimal, aplaudió con guantes y manoplas haciendo ese sonido sordo y hueco de las ovaciones con guantes que no son ovaciones ni son ná, qué lástima más grande. Salió el Atleti vestido de Atleti y salió el Betis vestido de cortina de baño, en tonos verdeagua y turquesa con pantalón negro. Este chocante atuendo lo completaba el bético Nelson con unas mallas negras, calcetines y botas blancas y pelo afro y gracias a semejante guisa si por la banda hubiera salido a calentar Danny Amatullo a nadie le hubiera extrañado. Tal era el despliegue cromático del rival que hasta parte de la afición bética, numerosa y alegre y afortunadamente siempre bien recibida en el Calderón, completaba su atuendo visitante de bufanda verdiblanca con un sombrero floreado que ni en Ascot, oiga.

Repuestas las córneas de la concurrencia, el partido se inició como se inician todos los partidos, esto es, con un pitido, también llamado pitido inicial. El pitido inicial es muy socorrido para los cronistas deportivos, quienes hablan del pitido inicial como si fuera un ente con vida propia que marca el antes y el después de importantes acontecimientos históricos. Un pitido es un sonido molesto y chirriante que se aloja en el oído cuando hablan mal de uno, que es algo frecuente y justificado, y especialmente impertinente cuando lo hace alguien desde un coche en el momento en el que uno se dispone a cruzar un paso de cebra y se da un susto y da un saltito y pierde la compostura. Los pitidos suenan cuando uno se pasa de la raya, cuando uno se equivoca en los tests de conducir o cuando un guardia le llama a uno al orden y le pone una multa. El pitido inicial, empero, es un señor pitido del que todos hablan, un pitido de campanillas que entra en los bares de moda sin esperar cola y que conduce un deportivo rojo sin claxon, que para eso está él. El pitido inicial es un tío, esto no hay quien lo niegue.

Bueno, a lo nuestro. Salió el Atleti a jugar y la grada sufría viendo a los suyos. Y no hablamos del juego desplegado, de la fiereza del rival o de lo complicado de la empresa, no: hablamos del pantalón corto. El Atleti jugó a una hora que invita a quedarse en casa con una manta a pesar de estar bajo techo y con una sopa, si es posible de esas con estrellitas o, mejor aún, sopa de letras. En el Calderón el invierno pega fuerte, sobre todo en los últimos quince minutos de partido, ese cuarto de hora mítico del Calderón en el que lo normal es llegar con un gol de ventaja y el equipo metido atrás sacando balones como quien achica agua en un naufragio. En el Calderón hace frío, sí, y siempre lo ha hecho, pero ahora parece que el frío de las noches de invierno es algo intolerable para el ser humano a pesar de haber sido así desde la noche de los tiempos, y es un argumento muy utilizado por los partidarios de la emigración a Canillejas, como si allí hubiera un microclima. Parte de la afición colchonera, más comodona de lo que la decencia recomienda, ve intolerable que en diciembre haga frío, como si esto fuera algo raro. Antes en diciembre se pasaba frío y nadie se quejaba por ello, y hasta había quien desarrollaba pelo de invierno, ese pelo que los novillos tiran en primavera y que aún les adorna la testuz en las primeras corridas de la temporada. Pero ahora no, oiga, ahora es intolerable que haga frío en invierno, es intolerable no poder ir al campo y aparcar justo en la puerta, de hecho parece poco tolerable que el estadio tenga gradas y asientos y no sea un estadio drive-in en el que ver el partido desde dentro del coche, calentito. Uy que frío, vámonos a otro estadio que este frío no hay quien lo aguante, vámonos pero ya, oiga, al parecer el nuevo estadio viene con calefacción, mesa camilla individual y tetera.

- yo es que soy más de caldo
- pues con infiernillo y puchero entonces, una maravilla de campo, oiga.

Bueno, a ver, que nos dispersamos. Jugó el Atleti un buen primer rato, con Maniche más presente y motivado que en otros partidos, y el resultado fueron unos primeros veinte minutos con idas y vueltas y fútbol de ataque. Con algo menos de precisión de la deseada cerraba el Atleti las jugadas, que las hubo, y el Betis miraba como pensando que o paraba a los de delante o podía pasarlas canutas. Maxi, que ya había avisado de que a él el frío como que le importa poco, marcó un bueno gol tras excelente pase de Maniche y de paso dejó claro que la vuelta que venía anunciando desde hace unos partidos es ya una realidad. Maxi participó ayer más de lo que venía haciendo y se pareció más al Maxi de siempre, al de los diez golitos por temporada, al que aparece siempre en ese hueco que él siempre ve mejor que los demás igual que el gran Antonio Ordóñez veía mejor que el resto su rincón, el rincón de Ordóñez, el rincón de Maxi.

El gol tuvo, una vez más, un efecto raro. Assunçao, más tercer central que nunca, ayuda mucho a mantener la línea defensiva pero ayuda también a dejar un enorme hueco en el centro del centro que Maniche sólo, en parte por ser más terreno del que puede abarcar y en parte por su querencia a la desaparición, no cubre. El resultado es que los centrocampistas rivales reciben el balón con comodidad, se giran, miran, evalúan las distintas posibilidades y hasta tienen tiempo de darse una palmada en la frente al recordar que no han sacado la basura y ya es tarde. El centro del campo del Betis, potente gracias a Emaná y Damiá y con calidad gracias a Capi y al pausado pero efectivo Mehmet Aurelio se hacía con el del Atleti, colocado muy cerca de su área y con una gran pradera por delante en la que Maniche, a ratos, parece un enano de jardín. El resultado fue un segundo tiempo con jugadas del Atleti y con más control del Betis, ataques contra el área local, alguna intervención destacable de Leo Franco, sobre todo una en la que solucionó con torería un mano a mano con Sergio García y algún despeje cómico de la defensa. En ésta, sólo Ujfalusi parece mantener la solvencia con regularidad y sacar el balón con comodidad cuando la ocasión lo requiere. Tanto los laterales como Heitinga transmiten dudas a la hora de subir el balón, y en las bandas cada vez que Simao o Maxi tardan en recuperar la posición se producen situaciones alarmantes mientras que, cuando los laterales se desdoblan y llegan a la línea de fondo no siempre centran con la precisión deseada. Aún así el Betis tiró poco a puerta y uno cree que si a Sergio García le acompañara un delantero rematador marcarían con más facilidad.

Mediada la segunda parte el Atleti resistía el control del Betis y cada vez que éste terminaba jugada sin resultado, la grada respiraba como si en vez de quedar veinticinco minutos quedaran treinta segundos. El Atleti, eso sí, tiene cuatro tipos por delante capaces de causar insomnio a cualquier equipo europeo y si Maniche se incorpora con criterio como hizo ayer en varias ocasiones, es cuestión de tiempo el que le den a uno un susto; cosas del destino, el Atleti, que sale rápido cuando se roba el balón en el centro del campo o que aprovecha un despeje para crear una jugada de ataque, presenta a veces síntomas de volver a jugar al contraataque, el estilo que marcó a la grada que pronto echarán abajo con una piqueta. Cualquier día, eso sí, nos dicen que la directiva ha cambiado el contraataque por una parcela con acometida de luz y la gente preguntará si se puede aparcar cerca con comodidad, que es lo importante.

El susto tardó ayer en llegar, eso sí, y fue por cierta indolencia del centro del campo y defensa por presionar, por agobiar al rival. A la primera que se hizo una presión conjunta, con Raúl García ya en el campo, se robó un balón que acabó en Forlán. Forlán, quien lanza un contraataque con mucha más facilidad y mucho más peligro que muchos de nuestros floreados centrocampistas le puso un balón al Kun para que se quedara sólo ante Casto. La misma jugada que había fallado Sergio García un rato antes y que el día anterior había parado Víctor Valdés, la jugada que es un sueño y una pesadilla a la vez para un delantero, la posibilidad de verse sólo delante de un portero y con cincuenta mil tipos que te exigen que no cometas un fallo, el ejemplo perfecto de la situación estresante, con permiso del penalty de la presentación de la serie de Naranjito. Pero Agüero, ya saben Vds, es diferente y en esas le da tiempo a mirar al portero dos, tres veces, a decidir con firmeza y determinación y no perderse en elucubraciones; a marcar, vaya, a meter gol aunque casi todos los que leemos esto, también Vd, el de la chaqueta de coderas, sí, sabemos a ciencia cierta que en esa misma situación fallaríamos estrepitosamente y acabaríamos prematuramente con nuestra carrera deportiva. Dos cero, una victoria importante en un momento importante contra un buen rival que, de haber tenido más gol, no habría puesto las cosas tan fáciles.

El Atleti es quinto, que no es para tanto, pero está a tiro del segundo puesto. El Barça parece inalcanzable y a estas alturas, si se repite la dinámica de la primera vuelta ya vivida, la liga puede acabar con una melé de cinco equipos peleando por cuatro puestos. Cuando llegue ese momento harán falta todos los jugadores, todos los de arriba, los que marcan la diferencia. Hará falta tener claro qué se quiere, qué se merece y qué se debe conseguir. Hará también falta la grada y su aliento, la fuerza que transmite, y no valdrá para nada la grada que se contenta con hacer burla cinco minutos a su vecino de escalera, la que mira hacia otro lado cuando le dicen que no volverá a ese campo en el que hace tanto frío y se jugaba al contraataque cuando las cosas eran de otra forma.

domingo, 20 de abril de 2008

Para mi que ya no cuela, oiga

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Siéntense bien y pónganse cómodos que viene un primer párrafo de esos de pensárselo bien antes de escribirlo; yo mismo me he tenido que ajustar las gafas y carraspear y beber un sorbito de agua. Al lío:

En este petardo de liga que estamos viendo este año, en esta liga en la que pierden todos los equipos con aspiraciones, en la que se juega mal y en la que con muy poquito se está arriba (como demuestra la trayectoria del Atleti), a la plantilla actual del Atlético de Madrid habría que exigirle como mínimo pelear el segundo puesto con eficacia y solvencia, visto que el primero está complicado. A la plantilla actual digo, oiga, sí, a la plantilla actual, a la de la defensa incapaz, a la del medio del campo escaso y exhausto, a la del ataque formidable. A la plantilla de los porteros asombrosos, laterales inexistentes y centrales incapaces. Sí, a esa, oiga, a esa. Quizás si se les recordara a estos simpáticos profesionales que quedando segundos tendrían unos diítas más de vacaciones, les parecería bien. O si se les explicara lo mucho que falla el Barça, lo poco que puntúa el Villarreal en casa, el presupuesto del Racing o la irregular campaña del Sevilla a lo mejor reaccionarían. Y sí, que a la plantilla actual me refiero, no se froten Vds los ojos. A la plantilla actual, con sus carencias y su descompensación y su falta de carácter y su falta de ideas y su falta de sistema y su falta de interés. A esa misma.

Esto me lleva a otra bravuconada, que lo sepan, así que agárrense ahora a los brazos de la silla, sí, Vd también, el del jersey de pico ese tan anticuado: en este petardo de liga que estamos viendo a este año, en la que con poco juego y pocas ganas se puede hacer mucho, una plantilla bien confeccionada debería aspirar al título. Y como uno es de la ingenua idea de que cuando uno vende un estadio y a un jugador de talla y clase mundial por una fortuna es para tener ambición y vergüenza torera y llevar a cabo una política deportiva acertada (léase "no basada en ver qué jugador deja más comisiones y plantea menos problemas"), uno cree que para el Atleti de hoy todo lo que no sea disputar este petardo de liga que estamos viendo este año es un fracaso sonado y, es más, es un timo a los aficionados. Ni se molesten en releer, miren, que aqui lo pongo de nuevo: lo de este año en el Atleti es un nuevo timo a los aficionados, otro más y ya van veintialgo. Nos venden que un cuarto puesto en este horror de campeonato es un logro mayúsculo, una proeza comparable al diseño de la cúpula de la catedral de Florencia, comparable a la travesía de el Atlántico a nado y con manguitos, comparable a la ascensión del K-2 en chándal y sandalias. Y la triste realidad, la verdad incontestable, es que sufrir por conservar un cuarto puesto según está la cosa este año y despues de haber renunciado a tanto y haber prometido el oro, el moro y parte de la fortuna del moro y de la familia política del moro también es un bochorno y un petardo similar al petardo de liga que estamos viendo este año, y allá cada uno con cómo quiera ver las cosas. Hala, ya. Ahora, a lo nuestro, que ya estoy más tranquilo, casi hasta aliviado.
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Ayer se jugaba el Atleti la Champions, que no es poco, y si me apuran más, bastante más se jugaban los jugadores y el entrenador. Venían los jugadores de fallar en Valladolid de forma lastimosa y en mal momento, perdiendo puntos en el último minuto por falta de concentración y ambición, y venían abriendo jornada encima. Un tropiezo del Atleti pondría al equipo contra las cuerdas ante la más que previsible victoria del Sevilla en casa contra el Almería. Pero fíjense que, qué cosas, el Almería ganó en Sevilla el partido que quizás debió ganar en Madrid y al final la cosa no fue para tanto, encima tras lo del Racing.

Quizás consciente de lo transcendente del choque la afición desafió a la meteorología y a los familiares que auguraban chaparrones de moderados a fuertes y por tanto terribles dolores de garganta y se fue para el campo como un solo hombre. Y lo hizo portando anoraks y sombreros y gabardinas y esas capas de agua que venden ahora y que vienen a ser una inmensa bolsa de plástico de esas que te dan en las tiendas de los chinos, esas tiendas imprescindibles para los solteros, milagrosas para los ciudadanos poco aficionados a los horarios fijos y salvadoras para el noble colectivo de adictos a las chucherías. La afición, sin que tenga mucho mérito lo que les voy a contar, había aplicado la lógica más rupestre en lo que a ellos afectaba directamente y correspondía remediar. Lleva todo el día lloviendo, pensó la afición reunida en un gran concilio imaginario, así que llevemos ropa adecuada por si nos ponemos como una sopa. Uno esperaba una entrada floja y se encontró con una buena entrada que, además, era un despliegue de plásticos y capuchas y paraguas que ríanse Vds de las peores pesadillas de Noé.

Reunida pues la afición en la grada preparada para todo, apareció el equipo que tanto se jugaba teóricamente a demostrar su valía y a darle una alegría a esta hinchada hidrófuga, pero no. Salió el Atleti a jugar y dio desde el principio la impresión de que los jugadores, al contario que la plastificada afición, no se habían parado a pensar qué requería la ocasión, cómo enfocar el partido con previsión, cómo hacer bien su trabajo. Salió el Atleti al campo y al parecer los jugadores no entendieron bien a qué campo iban y andaban tranquilos y miraban las margaritas del cesped y ocupaban el rato pensando en los peligros del calentamiento global, olvidando que habían venido a jugar un partido de fútbol importante.

Y es que enfrente estaba el Betis. No era el Betis de Calderón, ni el de Cardeñosa y Esnaola, ni el Betis por el que preguntó el Rey Don San Fernando cuando conquistó a Sevilla, pero sacó al final un resultado que ya quisieran los de antes. Era un Betis sin delanteros, con suplentes en la parte de arriba, con pinta de pensar que les iban a ganar seguro. Salieron los jugadores del Betis con cara de no sé yo hoy y de mu mal se tiene que dar esto para que no perdamos y de hay que ver esta gente cuantísimo plástico gasta. Salió y se plantó en el campo ante la atenta mirada de Chaparro, un tipo con cara de cantaor de voz cascada, de cantaor de atrás de bailaora grande, que compareció con una gabardinita que le hacía más simpático de lo normal. Por otro lado miraba a los suyos una nutrida representación de la afable afición bética, reunida en el fondo norte y desperdigada entre la afición colchonera con sus bufandas verdiblancas. Esto alegró al que suscribe que, como saben, gusta de ver a las aficiones rivales acudiendo en buen número y mejor predisposición a la grada de nuestro estadio, donde deberían ser mejor recibidas de lo que a veces son.

Con el escenario dispuesto según lo anterior empezó el partido, pero el Atleti no se percató de ello. Salió Pablo con Perea en el centro, salió Antonio López en su sitio y salió Seitaridis, aunque nos preguntamos para qué. La defensa rayó al nivel acostumbrado, esto es, a nivel bajo. De la defensa uno no espera mucho, pero para que la defensa no nos asuste demasiado contamos con el centro del campo. Pero el centro del campo también tiene lo suyo. Fundido Raúl García desde el partido de Villarreal, presente el indefinible Cléber, lesionado al rato Simao y voluntarioso pero desacertado Maxi, el centro del campo tampoco estaba. Malo. Delante, Forlán, que acusa fatiga física y psicológica y el Kun, que cada vez deja más patente su condición de jugador distinto.

El caso es que salir salieron once, pero jugar jugaron pocos. Jugó el Kun, jugó Perea cuando tocaba sprintar, intentó jugar Maxi sin excesiva fortuna y poco más. No jugó Raúl García, ni Forlán, ni Simao, que se fue pronto por culpa de su enésima lesión muscular, algo que nunca le había pasado hasta llegar al Atleti y ahora le pasa semana sí semana no. Si de estos cinco, que son los únicos que suelen jugar, hay varios fundidos y alguno lesionado, el problema no es chico. Fiar el futuro del Atleti en un partido al buen hacer de la defensa equivale a apostar toda la herencia a un caballo cojo. Si a lo flojito de la línea así, en general, unimos la irritante desidia de Seitaridis y el desatino de Leo Franco entonces es como apostar la herencia de toda la familia a el caballo cojo de antes montado por el Pimpi de Albacete. Así ocurrió en el primer gol, cuando Seitaridis permitió a Jose Mari tirar con comodidad a puerta y Leo Franco despejó como mandan los cánones de la escuela de centrales y guardametas atléticos de los últimos tiempos: flojito y al punto de penalti, cerca de un rival. El Atleti no reaccionó pero había tiempo. El Kun marcó con la ayuda de Casto y el Atleti se fue al descanso con la sensación en la grada de que se jugaba mal pero se podía ganar visto lo poco que hacía el Betis.

Llovió durante el descanso y el personal se puso orgulloso todos sus materiales impermeables para envidia de aquellos que, poco precavidos, tuvieron que echar mano de lo que tenían cerca para protegerse. La estampa de la grada al inicio del segundo tiempo era cuanto menos curiosa y a veces poco digna, con señores con gorritos de flores y pobladas barbas, tipos con recia boina vitoriana y pantalón de plástico verde esperanza y otros con una bolsa de plástico blanco a modo de gorro de chef; y es que cuando llueve fuerte la estética y el pudor pasan a un segundo plano y esto nos parece bien. Pertrechada la afición, paró de llover y quedó una grada llena de señores impermeables con dos palmos de narices bajo un cielo que aclaraba, cruel metáfora de lo que iba a acontecer. Marcó Xisco de falta directa para asombro de aquellos que han seguido su trayectoria de cerca, y lo hizo pronto, con tiempo para que el Atleti reaccionara. ¿Y reaccionó el Atleti? ¡Pues qué pregunta! ¡Naturalmente que no! Sonado y fundido, el Atleti siguió dejando jugar al rival a placer, dejando un área de seguridad alrededor de cada rival que garantizara su tranquilidad a la hora de crear juego.

El tercer gol del Betis resume bien el partido. En una acción clavada a un reciente gol del Athletic en el Calderón, el central Melli cogió un balón en su área y, ante la ausencia de alternativas mejores, decidió irse hacia adelante. Sorprendido por la inexistencia de oposición siguió Melli hacia el área del Atleti con cara de incredulidad y si se encuentra con Javi Martínez gracias a un efecto especial hubieran podido parar ambos jugadores en medio de la galopada y charlar sobre lo curioso de la pasividad de los rivales, sobre lo bien que estaba el cesped o lo malo de los datos del precio del petróleo Brent sin que ningún jugador del Atleti hubiera aprovechado la ocasión para parar el ataque. Llegó Melli hasta el área del Atleti y no fue sonriendo y lanzando besos a la concurrencia por respeto a la humedecida hinchada local, pero pudo. Uno a tres, el Atleti humillado en casa por un equipo sin delanteros titulares que le hizo tres goles, como ya le hiciera el Almería con un jugador menos. Para reflexionar.

Lo único bueno de la tarde ocurrió entonces, al final. La gente, a pesar de haber demostrado más paciencia que la banda de Dan Treacy, saltó. Harta de bochornos, irritada por la imagen del equipo e incómoda por tanto impermeable en tarde seca, estalló. Estalló ayer como debió estallar muchas tardes antes, pero al fin y al cabo estalló y encima no nos vamos a quejar. No lo hizo cuando el 0-6, ni lo hizo en muchas otras ocasiones cuando tuvo buenas razones para hacerlo, pero lo hizo y no es mala cosa. Algunos protestaban contra el entrenador, otros ponían a la directiva a caer de un burro de buena altura. La afición pitaba y sacaba pañuelos y eso solo ya es una noticia de las gordas en el Calderón, en el estadio en el que rara vez pasa algo de este tipo. No es cierto, ahora que lo pienso: desde hace muchas jornadas se concentran aficionados en el acceso de autoridades para reclamar una gestión digna, y son muchas las pancartas críticas que la seguridad del estadio retira para que no se enfaden esos señores del palco que tanto se alegraron cuando Torres, según dijeron, se fue a un equipo grande. Pero estas cosas no son importantes para la prensa, que sí se hace eco de cada bronca cuando ocurre en el Camp Nou, en Mestalla o en el campo del Betis, cuyo nombre actual nos chirría. Lamentablemente estos mismos señores del palco se ocuparán en breve de cesar al entrenador y lanzar cortinas de humo que desvíen la atención del aficionado y sirvan de coartada a su manido discurso de que el dinero lo ponen ellos. Pero si la gente ha estallado ahora puede que sea por que ya no cuela, porque ya está bien, porque no nos deberían timar más e irse de rositas, que ya está bien, oiga, que ya está bien. Y a ver si es verdad.