Ganó el Atleti un partido importante, pero lo hizo así como de rebote, sin jugar bien, pasando miedo y gracias a que Forlán ha decidido llegar a su meta con la ayuda o sin la ayuda de sus compañeros.
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Durante el otoño austral, nuestra primavera, tiene lugar uno de los espectáculos naturales más asombrosos del planeta: la migración de la anchoa. En cardúmenes de millones de individuos que se mueven al unísono sin que ningún científico haya llegado a entender por qué, las anchoas llevan a cabo un viaje migratorio de miles de kilómetros siguiendo las corrientes frías ricas en nutrientes que nacen en el Polo Sur y suben hacia el norte en paralelo a la costa oeste africana, desde Namibia hasta Mauritania y finalmente hasta su destino último, Santoña. Tras los millones y millones de anchoas agrupadas en manchas opacas visibles desde satélites, estaciones y apeaderos espaciales, suben también hacia el norte albacoras, melvas, atunes, delfines, tiburones, rorcuales y aves marinas que se alimentan de estos pescados azules, especialmente apreciados por los depredadores marinos por su alto valor nutritivo, acción limitadora del colesterol, alta concentración en ácido Omega 3 y audaz contraste de gusto con el otro pilar de la alimentación de estas especies, el vermouth de Reus.
Pero la anchoa tiene otro depredador, quizás el más peligroso y cruel: el hombre. Desde tiempos remotos las poblaciones de los territorios vecinos a la procesión anchoil han basado gran parte de sus reservas alimenticias en la pesca de este simpático pariente del boquerón durante los meses de migración. Hay documentos que revelan, ya en la edad de bronce, el uso de técnicas de captura que derivaron en el perfeccionamiento del arte de pesca tradicionalmente usado en estas regiones. Este método, utilizado desde Sudáfrica hasta Portugal, se basa en el uso de un palillo de madera o mondadientes, preferiblemente plano, que, sumergido en el agua en medio del cardumen, atrae a la anchoa; ésta, leal y sumisa, procede a ensartarse en el palillo sola, sin ayuda de nadie, bien por la parte media de su ágil cuerpo o bien por dos puntos, uno cercano a la cola y otro pegado a las branquias, flexionando la anchoa toda su espina central para asegurar que el palillo la fija firmemente, evitando así caídas. Esta técnica tradicional, común a ambos hemisferios, tiene algunas variantes enriquecidas en algunas comarcas en las que, para atraer con más vehemencia a la anchoa, sumergen el palillo con una cebollita, guindilla o piparra pinchada en el mismo, lo que al parecer refuerza la confianza del pez. Ambas técnicas, tanto la llamada de mondadientes mondo como la segunda, llamada “pesca a la Gilda”, si bien eficaces y sostenibles, tienen como desventaja el requerir mucho trabajo para pocas capturas y en producir en el pescador la deshidratación de manos, si bien esto es corregible con crema nivea de esa de lata azul.
Otro sistema tradicional, empleado sobre todo en los países de la cuenca mediterránea, consiste en sumergir en el centro del cardumen un palangre del que penden un número determinado de aceitunas sin hueso, unidas al barco de pesca por medio de un sedal transparente que se ensarta en la oliva por el agujerito estrellado de su parte trasera. La anchoa, pez gregario pero con un fuerte sentido de la propiedad privada e inclinado a poseer su propio espacio con armarios vestidos, siente una irresistible tentación de meterse en la aceituna hueca, enrollándose sobre sí hasta ocupar por completo el interior del cubil. Una vez acostadita dentro, el pescador no tiene más que tirar del sedal y meter la aceituna con su nueva inquilina en una lata. La forma y tamaño de la aceituna permite el almacenamiento de varias unidades en el mismo recipiente, siendo recomendable para alargar su duración el sumergir los frutos de la pesca en agua salada.
La antaño numerosa anchoa, empero, está en la actualidad amenazada por la voracidad y falta de escrúpulos ambientales del hombre. La tradicional pesca por medio de palillo y aceituna ha dado lugar a técnicas de pesca industrial consistentes en sumergir en medio del banco latas de metal de diferentes tamaños. Las anchoas, disciplinadas y admiradoras de la austeridad y el orden militar, tienden a introducirse en dichas latas por su propia voluntad, haciéndolo además en orden, en fila de a uno y dejando poco espacio entre individuos. Cuando las anchoas se han dispuesto dentro de las latas los pescadores proceden a su izado y almacenamiento, diezmando así los bancos e inundando las baldas de los hipermercados de estos amables peces, del género salado y orden aperitivos. En nuestra mano está evitar la masacre renunciando al consumo indiscriminado; eso si, siempre que no sea a la hora del vermouth.
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Se reunió la afición colchonera frente al televisor para ver el último partido del día y, lejos de hablar de lo que iba a ver, hablaba de lo que vio. Hablaba sin parar del prodigio visto el día anterior, el día en el que un equipo con seis canteranos de inicio y unos cuantos más en el banquillo bordó el fútbol de clase, toque, fuerza y compromiso y metió seis goles en un campo en el que tanteos de ese porte estaban reservados al Atleti grande, que ya es decir. Hablaban también del pinchazo de los rivales y de la posibilidad, real a la par de asombrosa, de que si el Atleti hace lo que debe en los próximos partidos pueda meterse en Champions, algo no muy justo a tenor del juego del equipo. Pero hablaba, aún, sobre todo, todavía, principalmente, de lo vivido en el Calderón el último día de partido: de la modélica protesta en el primer tiempo, de la lastimosa forma en que lo conseguido se echó a perder en el segundo, de la inconveniencia de poner en bandeja a la directiva la posibilidad de desviar una vez más el tiro hacia los jugadores, evitando así recibir el manguerazo de forma frontal y siendo únicamente salpicados por las gotitas que rebotan. Hablaba la afición también de daños colaterales, de tratamiento injusto, de exigencia imprescindible y sorna evitable, de que peor para ellos, de que va en el sueldo, de papel de fumar empleado para coger sálvese la cosa aunque, eso sí, unos hablaban de una cosa y otros de otra. La afición colchonera, que gusta de negros y curiosamente también de blancos, tiene problemas a la hora de situarse en los grises y reduce con facilidad el debate a la disyuntiva esto-o-lo-contrario, y así puede discutir durante días repitiendo y repitiendo lugares comunes, frases ya escuchadas, datos que sólo subrayan su postura y nunca la opuesta, opiniones basadas muchas veces en lo que dice la prensa que ella misma desprecia salvo cuando le da la razón. La afición, no obstante, parece haber tomado consciencia finalmente del problema que todo lo empapa y que todo los disparos consigue desviar, gracias a veces a periodistas afines, gracias otras a la torpeza o desidia de la propia afición. Pero algo va cambiando, algo nuevo se vio en el primer tiempo del partido contra el Sporting, algo en lo que, tras mucho discutir y mucho dar vueltas sobre el mismo tema, muchos aficionados coinciden que es el camino.
Tras estas sesudas reflexiones se dispuso la afición a ver el partido que cerraba la jornada sin mucha esperanza ni mucha fe. El Atleti, sabe la afición, cuando tiene una ocasión pintiparada suele echarla por tierra y dar aire de nuevo a los rivales. Si el Atleti, hace cuentas la afición, hubiera evitado dos o tres derrotas intolerables en casa, tendría puntos suficientes para estar tranquilito viendo cómo el resto pasan fatigas. Pero no, el Atleti es como es y tiene lo que tiene y no más, menos mal que hoy vamos a casa del Betis, que viene a ser casi lo mismo, el número dos en el arte de complicarse la vida.
Salió el Atleti vestido de Atleti y el Betis vestido de Betis, y esto de por sí ya es noticia tras ver los atuendos que lucen los nuestros en ciertos campos y, más en concreto, el modelito con el que compareció el Betis en el Calderón en la primera vuelta. Salió el Atleti sin Agüero, al parecer con molestias, y también con tres medio centros y dos interiores y un solo punta, ese dibujo que tanto irritaba al respetable cuando el que lo sacaba era Aguirre y que por cierto funcionó más o menos bien cuando se usó. Salió Banega para gozar de su enésima oportunidad de demostrar si vale o no, y salió Miguel de las Cuevas, poco brillante y quizás gafado desde que el Forza Atleti le sacara en esa portada memorable. Salió también Pernía ante la ausencia de Antonio López y ante la ausencia del público del Calderón, y jugó como suele hacerlo, alternando algunos fallos garrafales con acciones de mérito. Pero de Pernía, ya lo saben Vds, intentaremos no hablar aquí hasta que meta el gol que algunos queremos que meta.
En el Betis, enfrente, estaba Juanito. Esto no tendría ninguna relevancia si no fuera porque Juanito será con toda probabilidad jugador del Atleti el año que viene. Juanito, que no es un jugador que a uno le agrade especialmente, vendrá al Atleti con 32 años y sin demasiado que enseñar a los defensas jóvenes del club, cuya trayectoria puede que ralentice un año más. La llegada de Juanito sólo se explica si sale de la plantilla otro central, algo que no nos parecería mal si en su lugar llegase otro jugador joven de calidad y proyección. Pero no, llegará Juanito sin que sepamos muy bien por qué, y lo hará formando parte de la lista anual de jugadores que vienen a reforzar la plantilla en Julio y que en Noviembre están ya en la lista de transferibles. Fichajes de esos tenemos todos los años por lo menos cinco o seis, y de todos ellos se ocupan Gil Marín y su pantalónapitillado escudero Pitarch, a quien no se le ha pedido ninguna responsabilidad por los troncos fichados ni por los sobreprecios pagados por algunos jugadores válidos, ni por taponar la subida de canteranos al primer equipo gracias a fichajes incomprensibles. Eso sí, Pitarch, en cuando vio que el próximo en la lista de broncas de la grada podía ser él, dio un paso adelante y apartó del equipo a Maniche y Seitaridis, ahí es nada, un tipo que se viste por los pies este Pitarch. Menudo es Pitarch, dice la gente en los mercados, en cuanto uno se mueve monta una zapatiesta y le pone firme, así es como hay que gestionar la plantilla, sí señor. Qué bravo es Pitarch pero qué poquitos reflejos tiene, dicen los médicos armados con ese martillito con el que le dan a uno debajo de la rótula para que pegue patadas al aire: hace un año que ya nos pudimos quitar a Maniche de encima (gracias a Dios decimos esto en tono metafórico) pero acabó volviendo con fanfarrias de campeón, besuqueo de escudo, vítores de la afición recientemente exigente y esperanzas de renovación por dos o tres años con un aumento de sueldo, el tío. Temporalmente salvado Pitarch, respira Gil Marín al ver que resiste el muro de su tercera línea de defensa y renueva a Pitarch otro año más por los servicios prestados; mientras tanto, el personal pita a Luis García antes de salir a calentar. Es lo que hay.
Cuando el aficionado intentaba entender quién jugaba dónde y por qué lo hacían de ese modo y no de otro, marcó Forlán. Marcó Forlán a pase de Maxi, quien recibió el pase de Raúl García. Maxi, trabajador como siempre y no excesivamente brillante como le pasa últimamente, no lo hizo mal. Mejor lo hizo Raúl García, especialmente en los últimos veinte minutos, cuando el resto del equipo parecía haber perdido el sentido de la orientación. Assunçao no lo hizo bien, ni tampoco Banega, empeñado en dar más toques de los que la situación requiere demostrando así una interpretación preescolar del juego, siempre más pendiente de regatear cuantas veces mejor antes que de hacer llegar el balón al sitio adecuado lo antes posible. Y entre todos estos centrocampistas, Forlán. Forlán jugó de único punta y también de media punta. A ratos jugó de medio centro y otros ratos, de central. Despejó balones, corrió de banda a banda a por más balones, subió balones y remató balones. A ratos recordó a otro jugador que pasó por aquí hace poco, que también era rubio y también llevaba diadema y al que se le pasaban pocas. Forlán marcó el primero y el segundo, se metió en la pomada del pichichi y tiró del equipo con la fuerza que nadie más quiso ponerle al asunto. En un partido horroroso, con un Atleti que no sabía a qué jugaba y casi ni por qué jugaba, ni siquiera la salida del Kun empañó la presencia de Forlán, quien, él solito, metió al equipo donde no quería estar.
Y es que antes del segundo de Forlán, el equipo hizo lo mismo que otras veces. Con uno cero y nada decidido contra un rival flojo pero no muerto, hizo lo que no debía. Recular, dudar, perder peso en el centro del campo. Perder balones, dudar en el área y, lo peor de todo, ceder corners y faltas laterales, el recurso que los entrenadores de párvulos recomiendan a los rivales del Atleti. Entre Ujfalusi y Perea hicieron pensar en el penalti que no debía cometerse y el Atleti pasó un cuarto de hora de angustia viendo cómo se podían ir por el desagüe los puntos que tanta falta hacían. Y todo eso hasta que, en diez segundos, Heitinga sacó un pase digno de Márquez que Luis García controló con calidad y cedió de tacón a Forlán para que éste, con maneras de asesino a sueldo, acabara con la enfermedad de una patada.
El Atleti ganó cero a dos y se mete a un punto de la Champions, quién nos lo iba a decir tras el día del Racing. Recibe al Valencia en casa, con lo que aparentemente depende de él mismo, quién nos lo iba a decir hace un mes. Los rivales son tan torpes que aquellos aficionados que a estas alturas soñaban con haberse quitado de encima el peso de tener que ver los infames partidos del equipo en espera de un nuevo verano de promesas incumplidas, medianías recibidas con honor de general victorioso y decisiones traumáticas tomadas por el palco cuando la grada ya no puede pronunciarse, no pueden renunciar aún a seguir viendo lo que hace el equipo y, con el rabillo del ojo, lo que hacen los rivales. Porque el Atleti, contra la lógica, sigue en la pomada. El Atleti ha cogido ese mal cuerpo que tan bien funciona que se le pone a uno en las ferias. Duerme poco, bebe mucho, come mal y a destiempo, pierde las llaves y olvida dónde aparcó el coche. Se retira tarde a casa, pasa lo poco que queda de noche mal e inquieto, se levanta sin voz y jura ante todo lo jurable que ese día no sale, ese día se queda en casa, se bebe tres litros de agua y no come más que fruta y alcachofas. Pero no. Siempre llama alguien, siempre hay alguno que hace al feriante caer en la tentación de ducharse y ponerse una camisa limpia y echarse a la calle y tomarse esa primera cerveza que da tanto miedo. Como el feriante tras la primera cerveza, el Atleti se repone cuando debería descansar, sigue adelante con una cara malísima y la convicción de que el día que pare la resaca será de espanto. Pero ahí sigue. Como la feria al feriante, el Atleti de este año lleva al aficionado con un palo y una zanahoria hacia al campo y el peiperviú cuando lo que le apetecería es quitarse de en medio y dedicarse a organizar las vacaciones. Pero nada, ni en esas tiene piedad el equipo de nosotros. Qué cruz.
