En la ida llegamos al campo con nervios pero no tantos, algo raro, como si no fuera una semifinal de Europa League, a la que desde ahora llamaremos UEFA, sino una temprana eliminatoria de Copa. El partido de ida lo vivimos en el estadio como una fiesta, el final como la caída a una piscina con el agua sucia y verde del invierno. Con los días nos dimos cuenta de que el Atleti había hecho un partidazo, que Adrián había marcado un golazo, que Falcao había marcado dos. Vimos entonces que íbamos al partido de vuelta con una ventaja importante a pesar de los dos goles tontos, que lo normal en un equipo normal jugando un partido normal era pasar con normalidad. Pero entonces se fue acercando el día del partido y empezamos a ver cada vez más pequeña la ventaja, cada vez más probable el encajar un gol tonto de esos nuestros, cada vez más altos sus centrales y más bajitos los nuestros.
Y llegó el día y nos levantamos más nerviosos de lo que deberíamos, sabiendo que nos jugábamos el pasar a la final contra un equipo contra el que resulta antipático jugar, sin saber muy bien por qué pero sabiendo por qué no resulta simpático. Tras una semana intensa de fútbol de otros con uno de los nuestros llevando la voz cantante y reclamando, una vez más, que se le trate como merece (como por ejemplo, recibiendo noticias en forma de carta desde las páginas del Marca) nos tocaba a nosotros, por fin. Por fin, en el día del cumpleaños del Atleti, pasada la vorágine de las bravuconadas de unos y otros y los disgustos grandilocuentes y los penaltis a las nubes y los chistes de Internet, pasada la actuación de los teloneros, llegábamos nosotros. Llegábamos nosotros y a esas alturas no nos llegaba la camisa al cuello y se nos revolvía el cuerpo y alternábamos fases de estómago cerrado con ataques agudos de apetito, buscando cosas que hacer para no pensar en lo que se nos venía encima y con ganas al mismo tiempo de que empezara ya el partido. Por la calle pasaban aficionados con camisetas del Atleti y bolsas llenas de cerveza y patatas fritas y cara de pocos amigos, cara de nervios, de angustia, de nervio, de alegría al mismo tiempo.
Y salió el Atleti y empezó el partido y tragamos saliva y apretamos las mandíbulas. El Valencia, como no podía ser de otra manera, empezó a empujar tras unos primeros minutos con el Atleti en campo rival. Como no podía ser de otra forma, sopló y sopló el Valencia y en casa los aficionados asistían angustiados al asedio, preguntándose en su fuero interno quién habría sido el arquitecto de la casa defensiva de la noche. ¿Sería el cerdito pequeño, constructor caradura con querencia a los materiales livianos y poco resistentes, autor del entramado defensivo del partido de ida? ¿O sería quizás el cerdito mediano, amante de la madera pero también de ir a tocar el violín con su hermano pequeño en vez de reforzar los cimientos, diseñador del sistema de achique de urgencia de casi toda la temporada? Tranquilos, dijo una voz en off grave y solemne, tranquilos, dijo. Tranquilos, hoy ha sido el cerdito mayor, responsable aparejador amante de la piedra, el ladrillo y el mortero, maestro del enfoscado y artista de la llana, hoy la defensa es cosa del Maestro Porcino y la cosa es segura como la llegada del verano, rocosa como el rostro del consejero delegado, duradera como la carrera de Matías Prats (Junior), fiable como un coche alemán de los de antes. Tranquilos, oigan, tranquilos, dijo la voz en off.
- Yo no dije eso
- Bueno, no sé, es una licencia literaria, entiéndame Vd.
- Es que yo no dije eso, yo pregunté si había un sacacorchos, no hablé de cerditos ni de enfoscados ni de tonterías de esas
- Bueno, déjeme Vd en paz, oiga.
El Atleti salió en Valencia dispuesto a esperar el asedio y defender la muralla con piedras, palos y aceite hirviendo y de ello se ocuparon, sobre todo, dos tipos bajo sospecha. Godín, autor de algunos fallos dignos de pescozón y pellizco de monja, fue un coloso entre tanto balón cruzado y tanto pase por alto, contando con la ayuda de Miranda. Courtois, espigado becario transitoriamente en situación intercambio y alojado en nuestra casa, bajo la lupa desde el derbi, paró por arriba y por abajo y por los lados, hizo una primera parada que celebró con la rabia del que sabe que ha vuelto a ser él mismo y transmitió seguridad a los propios y desesperación al rival. El Valencia asediaba con menos tino que posesión, haciendo el daño que podía hacer, un daño asumible y gestionable incluso jugando a ratos como si quedaran tres minutos.
En medio del asedio, la defensa achicaba y el medio campo se hacía cada vez más chico. Desconectado Arda, quizás enfrascado en pensamientos abstractos relacionados con la economía mundial, y poco acertado y ofuscado Diego, toda la responsabilidad de la primera línea de defensa recaía en Tiago y Mario. Tiago y Mario, pareja defensiva mullida cual edredón, tenían enfrente a Albelda y pareció que este hecho, normal para muchos futbolistas, produjo en ambos una sensación similar a la que experimenta un hamster al quedar frente a una cobra. Mario sencillamente no dio una a derechas, dando balones a rivales y quedándose después quieto, frío e inmóvil, sin sangre. Algo más de sangre puso Tiago, pero no mucha. No mucha, salvo en un momento puntual, en el momento en que el árbitro pitó un penalti por manos de Tiago que no eran de Tiago. Tiago se fue a por el árbitro e intentó poner cara de malo pero sólo le salió esa cara de María Magdalena que alcanza a poner y se armó un lío. El árbitro reculó en su decisión, y quizás eso sea gracias a Tiago; entre tanto, se montó lo que ahora llaman tángana. Tiago seguía protestando mucho con cara de protestar poco, el Valencia vio en el lío la ocasión perfecta para embarrar el partido, forzar una expulsión, cobrar incluso un penalti y volver a entrar en la pelea. Ningún jugador rojiblanco acertó a retirar a Tiago, empresa que se antoja más bien fácil para cualquier tipo de más de cincuenta kilos; Tiago se empeñó en buscar pelea, en hacer lo intolerable cuando se lleva el brazalete de capitán del Atleti, en entrar a todos los trapos como esos macarras que, mordiéndose la lengua, siguen empeñados en soltar un puñetazo cuando la pelea de bar se ha disuelto. Jordi Alba y Soldado, dos tipos con papeletas para representar al país en la Eurocopa - esto es, representarles a Vd, a Vd de allá y al que suscribe también -, mostraron esa actitud teatrera y pendenciera que hace del fútbol un deporte odioso. Soldado consiguió provocar al melifluo Tiago y éste le dio un sopapo de cura de colegio antiguo. La afición se hizo entonces la siguiente pregunta: ¿Qué tendrá Soldado para conseguir sacar de sus casillas incluso a este tipo tan soso? Esta pregunta pasó automáticamente a formar parte del grupo de grandes preguntas de la Humanidad, justo detrás de otras dos importantes cuestiones: ¿Qué tendrá Marbella? y ¿Qué tendrá la Costa? (que todo el que llega, allí se coloca, colocacoloca).
El aberrante episodio de Tiago había ocurrió con el partido casi acabado, con poco ya que decir, cuando el Valencia debía meter tres goles más para pasar. Todo ello, gracias a dos factores. El primero, el golazo de Adrián tras buen pase de Diego. Adrián recibió, miró, apuntó y metió otro gol de calendario, un gol de esos de gritar por el patio, de abrazar a la suegra, de besarse con la prometida, de llamar a los amigos emigrados. Adrián finiquitó la eliminatoria en el minuto 60, aprovechando la desaparición del Valencia desde el principio del segundo tiempo. Porque en el segundo tiempo salió Gabi por Mario y todo cambió. Gabi, el otro factor de la victoria, impuso sus ganas y su concentración, su afán por hacer del Atleti un equipo que juega finales esté enfrente Albelda o un regimiento de granaderos escoceses. Gabi, desconocido el domingo ante el Español, partido en el que fue sustituido y mejorado por Mario, salió por Mario y cambió al equipo. Gabi apareció cuando hacía falta, y a Gabi está el que suscribe la mar de agradecido por ello.
Acabó el partido y se abrazaron las familias y se llamaron los amigos y la gente se echó a la calle a bailar en torno a Neptuno y los antidisturbios tomaron posiciones como si se fuera a producir un cataclismo, pero esa es otra historia. Por segunda vez en tres años, después de montones de intentos, el Atleti está en una final europea. El Atleti irá a Bucarest a jugarse otro título, esta vez con el Athletic de Bilbao, un partido precioso en un momento precioso. Enhorabuena a todos, gracias a todos, suerte a todos. Forza Atleti.
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El Atleti de Madrid consiguió, el mismo día en que fue fundado como filial del Athletic Club de Bilbao, pasar a una final contra el equipo su equipo matriz. El Athletic Club de Madrid fue fundado el 26 de Abril de 1903 por estudiantes vascos del Athletic Club de Bilbao, asqueados - cuentan- por la actitud de jugadores y aficionados del otro equipo grande de la capital en un partido celebrado en una visita del club bilbaino a Madrid. Si esto es cierto o no es algo que el que suscribe no está en condición de afirmar, pero sí le gusta pensar que el origen del Atleti fue reivindicar las buenas formas no empleadas por esos vecinos que aún siguen siendo iguales. Así que, sea o no cierto, aquí lo damos por bueno e incluso si llega un historiador y lo desmiente con datos tajantes, seguiremos contando así la historia porque nos gusta más y nos pega mucho más, hombre ya, oiga.
El Atleti jugará en Bucarest un partido que debería ser precioso, contra un equipo que todos conocemos, formado por chavales de la casa o de cerca de la casa, con filosofía y vocación de equipo antiguo, de club de barrio, de fútbol de verdad. Conocida es la admiración del que suscribe por el modelo del Athletic, como también es conocido el agradecimiento por lo bien que le trataron en San Mamés en aquél partido de los tres goles de Forlán. El que suscribe, que tiene varios y buenos amigos del Athletic, espera pasar un día inolvidable hablando de fútbol, comida y cerveza en Bucarest con los propios y con los venidos de Bilbao. Esperemos que nadie se empeñe en fastidiarlo todo. Esperemos que las cosas salgan como deben salir.
Dicho esto, una sugerencia. Por lo que parece el Atleti podrá jugar de rojiblanco, al ser local según el sorteo. Para uno, que es tonto, amante de las tradiciones y del respeto a la historia de los clubs ingleses, ésta sería una buena ocasión para tener el gesto que ronda la cabeza de muchos aficionados. Si el Atleti ofreciera al que fue su equipo matriz la posibilidad de jugar de local en señal de respeto a nuestra historia y la suya, algunos estaríamos muy orgullosos. Para ellos podría ser una gesto bonito, para nosotros también. Ahí queda; nobleza obliga.
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"El Pupas" nos llaman, "sufridores", nos llaman, "del Atleti, pobre", dicen. No saben que, con esos goles en contra en el último minuto, con esas desgracias pequeñas, con esas cuestas arriba que el Atleti debe subir cuando para el resto es llano, tenemos una suerte inmensa. Tenemos la suerte de ver cómo, incluso entre la tierra podrida por la inoperancia y la avaricia de los del palco, de vez en cuando nos sale una flor preciosa. Tenemos la inmensa suerte de tener una afición que, aunque a veces sea excesivamente permisiva, maternal de puro leal, blanda de puro entregada, sepa bien lo que somos. Tenemos la suerte gigante de alegrarnos de nuestros triunfos sin esa angustia de algunos equipos ricos y poderosos que no disfrutan nada que no sea ganar todo y ganarlo ya, aplastando rivales en las portadas a todo color. Llegados a este punto, casi da pena de ver a los seguidores de los equipos más mediáticos y artificiales, siempre ansiosos y enfadados, siempre presionados por tonterías, con la rabieta del hijo de papá que monta en cólera porque aún no llega al concesionario su carísimo coche del color exigido. Tenemos la inmensa suerte de conducir un coche dignísmo en la grada y a veces también digno en el campo, pagado euro a euro desde fondos y tribunas por nosotros mismos a fuerza de paciencia y fe, todos juntos, sin regalos ni portadas ni recalificaciones. Pena de directiva que no está a la altura, vergüenza de autoridades que lo toleran y fomentan, bendita afición rojiblanca.
Responsabilidad nuestra es ahora mantener la cabeza en su sitio, ser respetuosos y sensatos, no convertirnos en el espejo de esos equipos nuevo ricos recién llegados a la cima haciendo ostentación de sus virtudes compradas y su falta de saber estar. Somos el Atleti, debemos ser mejores que casi todos y más sensatos que el resto.
Somos el Atleti, viva la madre que nos parió.