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lunes, 2 de febrero de 2009

Mi Moleskine

A mí me hacía mucha ilusión escribir la crónica de un partido del Atleti. Y mucho más desde que, un alma caritativa de este Santo Lugar, me contó que no había límite máximo de palabras. Genial. Esta es la mía –me dije- y acudí al Estadio con una Moleskine de bolsillo, donde me propuse ir anotando ocasiones, jugadas importantes, sensaciones puntuales, ideas que se me fuesen ocurriendo y todas esas cosas necesarias para salir dignamente del reto. Porque ésto es un reto, ¿eh?. Porque éste no es un lugar cualquiera. Es El Rojo y El Blanco, oigan.


La Moleskine es, en realidad, lo que en el cole llamábamos cuadernito. Lo que pasa es que la puso de moda Doña Carmen Rigalt, que es una escritora y periodista mítica para el atleticismo crítico, porque fue una de las primeras que se puso chula con Gil-padre, le criticó sarcásticamente cuando casi todos los demás le reían las gracias, y escribió aquellos artículos en los que mencionaba mucho su moleskine y a él le llamaba Moby Gil.

Cuando te lo compras, te lo venden por el precio de unos diez cuadernitos de aquéllos pero, eso sí, con un folleto explicativo en el que pretenden convertirte en un tío muy importante, y te cuentan que Van Gogh, Picasso, Hemingway o Chatwin, no habrían sido nada sin su moleskine.

No es mi caso. Me hubiese encantado, pero no ha sido posible. Ya habría terminado el artículo hace varios párrafos, si me hubiese limitado a pasar a limpio mis anotaciones. Y habría tenido que renunciar a escribirlo, si tuviese que limitarme a mis sensaciones.

Dice el folleto que Bruce Chatwin se volvió loco, y se puso a comprar cuantos moleskines encontró a su paso cuando, al ver que en su librería habitual de la Rue de L’Ancienne Comédie, no ocupaban el estante acostumbrado, le dijeron: “Le vrai molesquine n’est plus”.

Y en eso, precisamente en eso miren por donde, nos vienen insistiendo muchos atléticos de corazón desde hace años: en que el verdadero Atlético ya no existe.

Sin embargo, yo me he resistido y creo que me seguiré resistiendo a esa teoría porque, además, la memoria es muy traicionera y selectiva y muchas, demasiadas veces, todos tendemos a hablar de los tiempos pasados con pasión desbordante y ciega, olvidando los años, e incluso los lustros tristes y duros, que también los hubo y, en franco contraste, tendemos a analizar la actualidad con un pesimismo desbordante ... que es en realidad lo que hemos hecho siempre, lo que pasa es que no nos acordamos. Y lo que pasa, también es verdad, es que cada vez son más las cosas que suceden, en este Atlético que vivimos, que nos llevan al pesimismo sin remedio.

Sin remedio y sin freno; porque es pitagórica la teoría según la cual, mediante la noción del límite, lo ilimitado toma forma y, a medida que van pasando las semanas, y con las semanas los partidos del Atleti desde que empezó 2.009, lo malo es que nadie sabe muy bien donde está el origen de ésto que le ocurre al equipo, pero lo peor es que cada vez resulta más imposible verle el fin. Es ilimitada la crisis del equipo, como ilimitado parece también la pasión por el Sistema Helicoidal de quienes insisten en ser considerados, y en actuar como si lo fueran, propietarios del Club de nuestros amores, de nuestros sentimientos, de nuestras felicidades pasajeras, y de nuestros persistentes sufrimientos.

A estas alturas, evidentemente, el señor que ésta tarde estaba de viaje en Dubai y el señor que esta noche estaba entregando Goyas (“una mala noche la tiene cualquiera” le dijo el tío sin despeinarse, a Doña Concha Velasco), tienen una comprensión enciclopédica de nuestros problemas, y cada uno de nosotros también. La práctica y la reiteración, es lo que tienen. Pero lo malo es que no nos sirve para nada entenderlo todo mucho, si el mal de base persiste.

Todo eso lo sabíamos pero, al mismo tiempo, unos más, otros menos, creímos haber encontrado una especie de tesoro oculto, desde luego por casualidad y nunca siguiendo un plan, en un grupo de jugadores que nos devolvieron la dignidad en una serie de partidos jugados con solvencia, que nos volvieron a meter en Europa tras casi una década de ausencia, que después nos metieron en Champions y que llegaron a finales de diciembre dejándonos dudas, claro, muchísimas dudas; pero también una sensación de superioridad sobre la mayoría de sus rivales que algunos, pobrecitos, menuda noche ésta para recordarlo, quisimos interpretar como una base sobre la que construir algo, tal vez incluso un equipo capaz de seguir creciendo, aunque nos sabíamos de memoria que la necesidad de reforzarnos en varias posiciones es muy evidente y que la pantilla, corta de por sí, se reducía ostensiblemente cuando, profundizando un poco, nos dedicábamos a medir el grado de implicación de varios de sus componentes, la capacidad de otros cuantos y, finalmente, el grado de felicidad y de resistencia del selecto grupito de jugadores con los que nos quedábamos, una vez aplicados ambos filtros.

Pero incluso así, me temo que ninguno estábamos preparados para una caída de bruces tan precipitada, tan de repente y tan sin paliativos.

El caso es que, por si acaso quedaba alguna duda de cómo andan las cosas, el Atleti se encargó de resolverlas todas contra el Valladolid; porque el partido fue, en sí mismo, un compendio de todos los males que nos aquejan.

Verán: cuando llegamos al minuto quince de partido, nuestro equipo sólo había llegado tres veces al área contraria. Las tres por la banda izquierda. Las tres gracias a la iniciativa y esfuerzo de Mariano Pernía. Ninguna llegó a preocupar del todo a Villar pero, por el contrario, nos preocupó bastante a los espectadores, que nos preguntábamos por dónde andarían los demás, si era Pernía el encargado de crear los atisbos de ocasiones, como si no le bastara con tener controlado a ese jugador con tan buena pinta y que parecía tan inspirado, llamado Pedro León.

En ese tiempo, el Valladolid sólo había llegado una vez, aunque lo hizo de un modo certero, en esa jugada con tanta pinta de penalty, en la que Pablo metió el pie y se llevó por delante al balón y a Canobbio, ignoro sinceramente en qué orden, aunque me lo temo.

Cuando se produjo la primera conexión entre dos de “los cuatro de arriba” (marca registrada) y Forlán metió un pase milimétrico, que un ansioso y francamente irreconocible Agüero remató muy alto, nos acercábamos a la primera media hora y, para entonces, al Valladolid ya se le veía muy suelto y había creado varias ocasiones, fallando una muy clara, increíblemente, ese sueco tan atípico que responde por Goitom.

Como además se tuvo que ir Simao prematuramente, y nuestro estado de ansiedad colectivo crecía y crecía, ni siquiera tuvimos fuerzas para reclamar un probable penalty sufrido por Raúl García, en parte porque nos acordamos de lo de Pablo, y en parte porque, de lo que teníamos ganas, era de suspirar mucho con el descanso, al que llegamos con un milagroso 0-0.

Muchos de nosotros hubiésemos firmado irnos a casa en ese momento, con el puntito, pues, aunque soñábamos porque pasara algo que espabilase a nuestros jugadores, alguna jugada con efectos mágicos, lo cierto es que no nos lo creíamos del todo y hacíamos bien porque, nada más empezar la segunda parte, el bueno de Leo firmó un capítulo más de su cada vez más abultado libro-pesadilla con las salidas y dio, de puños, un auténtico pase de gol no desperdiciado, que fue el 0-1.

Tardó poco en reaccionar el equipo porque, sólo tres minutos después, en un contragolpe muy bien llevado por Sinama y muy mal rematado por Forlán, el balón entró nadie supo muy bien cómo, aunque parece que el amigo García Calvo ayudó. Muy mágica no es que fuese la jugada, pero como todos teníamos tantas ganas de celebrar algo, se creó una especie de ambiente de remontada, de a por ellos oé que nos mantuvo algunos minutos entretenidos, poco antes de darnos de bruces con la realidad, que viene siendo muy dura, y aunque el Valladolid hizo lo que pudo, perdonándonos un par de ocasiones más, fue tan poco lo que tuvo enfrente que, finalmente, se vieron penosamente obligados a ejecutarnos con plena justicia; por mucho que al final, repitiendo la escena vivida por Ujfalusi en Málaga, Agüero estuviese a punto de obtener un 2-2 que habría sido doblemente injusto: ni se lo merecía el equipo, ni se lo merecía tampoco él.

Tal vez la librera de la Rue de L’Ancienne Comédie podría decir que “Le vrai Atletico de Aguirre n’est plus”. Y probablemente tuviese razón, porque no se reconoce en el actual equipo, ni una sóla de las virtudes que nos ha llevado a los Octavos de Final de la Liga de Campeones. Por eso, es lógico que, al mirar la Clasificación, en estos momentos estemos incluso fuera de la zona europea. Y eso, porque algunos de nuestros rivales más directos, léase Sevilla y Villarreal, nos están haciendo el favor de esperarnos sentados, supongo que por darle más emoción a la cosa.

Sin embargo, como ayer se obró el milagro en las despobladas gradas y el habitual hit “Caguirre vete ya”, tan musical, pegadizo y facilón, se vio en principio acallado por el “Aguirre Quédate” de los aficionados albivioletas, unos cachondos, y posteriormente por una tan airada como inesperada protesta en dirección al Palco; permítanme que tarde un poco más en contradecirme a mí mismo, y no certifique la defunción del Aguirrismo, por si acaso la gente está empezando a enfocar en la dirección más correcta.

De todos modos, yo me sumaría a la campaña pro-cambio de entrenador si encuentran a uno que le dé un poco más de cariño y de mimos a Agüero, por ejemplo. No deben ser suficientes los que recibe, si se le ve tan pálido y descangashado, tan ausente de inspiración, tal vez también de motivación. O bien es eso, o bien le sentó fatal lo que le sirvieron el otro día, en la cena-homenaje de la que nos ha hablado mucho la Gran Doña María José Navarro.

Si hace eso, y además convierte en figuras a quienes actualmente no lo son, o al menos no lo parecen, le aporta energía extra a quienes lo son y suelen parecerlo, aunque ahora mismo tampoco, y de paso encuentra en nuestra cantera a tres o cuatro estrellas nacientes, a ser posible altos, fotogénicos y con ojos azules, de esos que Aguirre no sabe ver … yo me apunto enseguida al nuevo entrenador, sea éste quien sea.

En caso contrario, a mí que me perdonen si no entiendo, y soy tan incapaz de explicarlo, como lo sería si me pidieran un análisis del fin del Imperio Austro-Húngaro, esta profunda y súbita degeneración.

Que me perdonen, también, si busco culpables y los encuentro, más que en el banquillo, en esa puerta cero donde se concentraron muchas personas que saben mucho de esto, y que además llevan años luchando, aunque a veces se les sumen amistades coyunturales tan poco recomendables.

Y que me perdonen, finalmente, si los encuentro también sobre el césped; pues una cosa es el cansancio, y otra cosa ésto. Una cosa es tener una plantilla corta, descompensada y limitada, y otra cosa ésto. Una cosa es saber perfectamente que no somos el Manchester United, y otra cosa muy distinta es que permitas, correteando sin sentido, que el Valladolid te perdone una goleada.

Mientras le pongo punto final a esta crónica, saludo efusivamente y le envío un agradecido abrazo tanto al Comandante Carlos Fuentes, como a los demás compañeros lectores a quienes pido comprensión y paciencia; casi prefiero no pensar en lo que está pasando por esas mentes de las que no suele salir nada bueno, y prefiero no imaginar de quienes son los teléfonos que están sonando.

Y ni siquiera he abierto mi moleskine para consultar. Mecachis en la mar, hombre …

Fran Omega – febrero 2009

lunes, 22 de diciembre de 2008

El partido, el presente, el futuro y el caldo de puchero

Jugó el Atleti un partido raro, con altos y bajos y dimes y diretes y metió tres goles, acabó ganando, se puso tercero y se va de vacaciones con cara de triunfador. Quién nos lo iba a decir hace unas semanas.


El partido

El Atleti jugó el sábado un partido que debía ganar y lo ganó. Lo pasó mal a ratos y bien a otros, encajó un par de goles que se deberían evitar y marcó tres goles complicados de evitar para el rival. El Atleti, a estas alturas ya lo saben, salió con aires de jefe y marcó un gol pronto; cuando el rival estaba pensando más en cómo evitar la derrota que en reponerse del gol, el Atleti se dejó ir, y no es la primera vez esta temporada. La novedad está en lo que ocurrió tras el previsible empate del Espanyol: el Atleti volvió a meterse en la pelea, apretó los dientes y la sacó adelante, a pesar de ceder un gol tonto en un momento complicado.

Varias cosas destacan del partido del sábado, al que tampoco prestaremos tanta atención visto el tiempo que ya ha pasado. Parece claro la defensa sin Ujfalusi adquiere consistencia del turrón blando y a ratos suena a matasuegras, la banda sonora de algunos despejes de Pablo el sábado y de algunas acciones de Pernía. También parece que la media sigue sin tener la solidez que debería, sigue sin estar a la altura que el equipo necesita aunque parece haber mejorado algo respecto a los últimos tiempos. Assunçao tiene claro su función defensiva y la cumple a pesar de dejar con frecuencia la creación algo coja; de ésta se encarga Maniche, más entonado en los dos últimos partidos y más participativo desde la segunda línea en ataque, menos ausente aunque mantiene sus lagunas, que para ellas sí es fiel. Aún así, falta alguien que actúe de rey y por ahora sólo encontramos un eficaz cartero real (de la corte de Baltasar) y un tipo con peinado de paje que a ratos ejerce de camello - y nos referimos al trote cansino y no a otra cosa, oiga.

La delantera es otro tema. Ahora sólo se habla de ellos, de los cuatro de delante, los cuatro magníficos, los cuatro fantásticos. Hace una semana eran los tres de delante, los tres tenores, los tres de Castilla. Hace un mes el Kun estaba desconocido, Forlán estaba enfadadísimo, Maxi estaba acabado y Simao sí estaba, ese sí. Ya no. La prensa, la afición y el Atleti tienen estas cosas, no me lo negarán Vds. El caso es que ahora hay cuatro tipos en la delantera que meten miedo. Uno fuerte, uno delgadito, uno rubio y uno chiquitillo. Uno puede hacer de decurión romano, otro de pastorcillo con chaleco de borrego y alpargatas (que no me negarán que le pega), otro de ángel con túnica azul celeste y el último puede hacer lo que le dé la gana, que lo hará bien. Uno lleva un tiempo volviendo y parece que ya ha vuelto, y de qué manera: el sábado lo dejó claro metiendo un golazo primero y un gol extraordinario después. El segundo y el tercero no tuvieron el sábado su mejor día, lo que significa que jugaron sólo bien y no maravillosamente bien. El último siempre consigue hacerle a uno sonreir cuando juega y no porque lo haga con nariz y gafas del cotillón, que tampoco estaría mal.

El Atleti es tercero, que no es un puesto para tirar cohetes pero sí para tirar de optimismo. Ha remontado puntos, está en la pelea con los equipos con los que se debería medir mientras se sigue la estela del Barça como si fuera la estrella de Belén. El aficionado más nuevo se congratula de llegar a navidades por delante del otro equipo grande de la capital y hace bromas y chincha al vecino del tercero, como si eso fuera suficiente, como si el Atleti se contentara con disputar las metas volantes. El aficionado veterano sabe que cualquier cosa puede pasar, que con dos tropiezos está de nuevo uno lejos de los puestos de interés y que hay que vivir el momento mientras se mira a metas más altas. Uno y otro, eso sí, cambiarán de año con una sensación diferente a la de otras nocheviejas recientes.

El presente

El presente del Atleti es más brillante de lo que uno podía esperar, más sólido de lo que uno se atrevía a sospechar y más halagüeño de lo que el optimista moderado podía intuir. El Atleti es tercero, que no es mucho pero es más que ser cuarto. O quinto, que es un puesto que, desde que hay Champions, molesta muchísimo. El Atleti mete una barbaridad de goles, encaja más de los que debe y entretiene más que hace años, que no es poco. En el Atleti juegan dos o tres buenos jugadores, dos muy buenos y dos fuera de serie; eso sí, algún petardo también, no crean. En el Calderón se han visto buenas jugadas y menos buenos partidos, buenos goles y pocos baños al rival. Se han visto goles en contra que no deberían encajarse y pifias dignas de Noche de Impacto. Se ha visto un equipo roto por el medio que juega volcado al ataque y una defensa numantina resistiendo en Liverpool. El Atleti es más divertido de ver que antes, gana más partidos que antes y transmite unas sensaciones alegres que hace dos años nos parecían fuera de toda esperanza.

El Atleti sigue teniendo lagunas y problemas, fallos garrafales a la hora de gestionar situaciones que debería dominar. El sábado contra el Espanyol el Atleti mostró las dos caras que tan tranquilos y tan nerviosos nos ponen: el equipo que apabulla al rival al ataque y el equipo que renuncia a matar los partidos y se acurruca en su sofá. Uno, que, como saben, es tonto, no entiende bien por qué el Atleti actúa así. El Atleti sabe que ataca bien y que defiende así-así; empero, cuando marca un gol y tiene al rival groggy tiende a conformarse con la ventaja y no agrandarla, como si tuviera una fe ciega en su capacidad de resistir asedios con torería; el resultado es que se terminan pasando fatigas cuando se debería estar invitando a vino por rondas y uno no termina de explicárselo. Se diría que si el Atleti fuera un tenista diestro y ganase un set contra un rival moralmente hundido, empezaría a jugar el siguiente con la raqueta en la izquierda, como invitando al rival a reponerse. Uno esperaba que el Atleti del sábado, que marcó pronto y con solvencia, hubiera llegado al medio tiempo con ventaja suficiente como para sestear al final del partido, pero el Atleti es más de siesta del carnero y de correr a los postres, que sienta fatal. Bien pensado esto, que es lo contrario que haría cualquier persona sensata, es lo que le pega al Atleti.

Este trastorno de doble personalidad ha terminado por dividir a la permeable afición colchonera, que forma bandos irreconciliables entre anti-aguirristas y aguirristas. Los primeros achacan al entrenador falta de valor y de trabajo; los segundos hablan de números y de objetivos cumplidos. Los primeros acusan al entrenador de ser culpable de todos los males del equipo y los segundos acusan a los primeros de no dar mérito al mexicano cuando el equipo gana. Los primeros afean a Aguirre el trato dispensado a Camacho, y ahí no hay quien les tosa; los segundos hablan del Atleti más goleador de los últimos cincuenta años gracias a que un entrenador cobarde que sale con cuatro delanteros y ahí los primeros se quedan en rojiblanco, que en blanco sólo está feo. Los primeros culpan a Aguirre de la mala colocación de la defensa, de la falta de ambición del equipo, de la querencia a dar el partido por resuelto cuando la ventaja no es suficiente y de entrenar jugando al fut-voley. Los segundos apelan a la mala confección de la plantilla, hecha a empujones (este año todos de banda, el siguiente todos mediocentros defensivos), y dicen que Aguirre hace más que suficiente gestionando un grupo limitado con brillantes excepciones de la manera que lo hace. Los primeros no soportan a Aguirre y critican su peinado, su acento y sus brillantes piezas dentales, le echan en cara ser amable e insinúan su participación en el 11-S. Los segundos se encuentran en una situación curiosa porque, sin ser Aguirre su entrenador favorito de todos los tiempos, han visto cómo radicalizaban su posición para llevar la contraria a aquellos que lo envían diariamente a los infiernos; así, han pasado de opinar que Aguirre no lo hacía bien pero tampoco mal a entrar en airadas discusiones en su favor, y hay quien hasta se ha cortado el pelo a cepillo y se lo ha decolorado, para provocar.

Uno, entendiendo en algunas cosas a los primeros se alinea no obstante con los segundos aunque, eso sí, el pelo es natural. Un pelazo, oiga.

El futuro

Al Atleti le llega un principio de mes de enero difícil, y después le llegará un valle hasta un final de febrero y principio de marzo terrorífico. Durante esas fechas, hasta que vuelva la Champions y los cuatro partidos de liga contra el Barça y los rivales directos, el equipo deberá puntuar lo suficiente como para poder permitirse algún traspiés y llegar entero a la última parte del campeonato. Desde el derbi el Atleti lleva quince partidos sin perder, ha hecho acopio de puntos con la diligencia con la que las ardillas hacen acopio de avellanas ante el invierno y está en el lío junto con algunos equipos que parecían inalcanzables hace unas jornadas.

Al equipo le falta apuntalar algún puesto y si la directiva fuera consciente de cómo funciona esto del fútbol, que esa es otra, entendería que con algún refuerzo en los laterales y un centrocampista de tronío habría equipo para mucho más que tirar una moneda al aire. Uno cree que Aguirre, consciente de que del cuerpo técnico se puede esperar poco más que gráciles fotos para la portada del Forza Atleti, dosifica la plantilla consciente de su cortedad. Raúl García ha jugado en Champions pero no en Liga, aunque últimamente haga más en veinte minutos que muchos en cuatro partidos; cuando el Kun vio algún partido desde el banquillo, ya dijo que estaba muy bien ver a todos los delanteros juntos, pero que eso debería poder hacerlo en febrero. Uno cree que Aguirre ha hecho cuentas y maneja tablas de excel y el calendario zaragozano para calcular las posibles puntuaciones de los rivales en las últimas jornadas de liga y que sabe que, si se repite lo que ha pasado hasta ahora, el equipo puede que siga en las posiciones altas unas semanas y baje luego para volver a subir. Y uno espera no equivocarse, porque si sale saldrán las cosas bien, mejor de lo que uno podría esperar. Mientras tanto, eso sí, disfrutemos.

El caldo de puchero

Ingredientes:
100 gr. de garbanzos remojados (2 horas)
2 patatas,
2 zanahorias,
1 ramita de apio,
1 puerro,
1 nabo,
hierbabuena picada,
1 pechuga de gallina,
1 hueso fresco de cerdo,
1 hueso seco de jamon,
100 gr. de tocino salado,
100 gr. de cuadraditos de pan frito,
150 gr. de jamon serrano,
1 huevo duro,
agua,
sal.


Preparación:
Pelar las patatas, zanahorias, puerro, nabo y apio. Trocearlo todo. Poner en un puchero, al fuego, con agua fría y echar en el los garbanzos y las verduras preparadas, Así como la pechuga de gallina, los huesos, el tocino y la sal. Dejar al fuego de 1/2horas a 2 horas para que cueza lentamente.
Cuando haya mermado bastante el caldo, y este todo tierno, verterlo en una sopera. Añadir la hierbabuena, los cuadraditos de pan y jamón y el huevo duro pelado y muy picado. Servir caliente a la mesa.

(Nota del autor: la receta es gentileza de La Buena Mesa. Eso sí, a mi me sobra el pan frito)

jueves, 6 de noviembre de 2008

EL DÍA QUE GERRARD SE TIRÓ A LA PISCINA

Por Jesús Doggy, enviado especial a Liverpool.


“¡Dale, canallón! Todavía estamos festejando, ja ja ja... ¡Como os rompimos el orto!” Maxi Rodríguez me sonríe, socarrón. Son las diez menos cuarto de la mañana y estamos en la T-3 del madrileño aeropuerto de Barajas rememorando el clásico rosarino que, la noche anterior, ha ganado Ñuls con un gol de penalty de Schiavi. El pueblo canalla sigue en su particular paseo por el abismo, con el equipo penúltimo en la clasificación del Apertura y, de nuevo, cuarto por la cola en la tabla de promedios, cacicada suprema del fútbol argentino que, para impedir que bajen River o Boca, suma los puntos obtenidos en los cinco últimos torneos y los divide por el número de partidos jugados, descendiendo los equipos con peor promedio, que siempre son los chicos. Pero, en fin, esa es otra historia, mucho más triste, porque la expedición rojiblanca se dispone a tomar un avión rumbo a Liverpool: un viaje soñado. Ya ha llegado el fresquibiris, así que la primera plantilla luce, sobre el traje oficial, una trenca azul marino tres cuartos, como de Gerry y Los Pacificadores, que no podría ser más apropiada para visitar la ribera del Mersey. Esta vez, ante la ausencia de Ujfalusi y del griego delicado, nadie lee, porque Johnny va muy concentrado con su ipod, aunque dudo mucho que esté escuchando el “I like it” o el “How do you do it?”. Hay algún problema con la tarjeta de embarque del Kun, que llega al avión con cara de muy pocos amigos. Es emocionante, en todo caso, subirse a una nave con un escudo gigante del Atleti y un “Atlético de Madrid 1903” grabado en el fuselaje. Delante, los directivos, con el Presidente Don Tancredo a la cabeza, aunque el grueso de la expedición de chupópteros lo conforma la familia Gil Marín casi al completo y sus absurdos adláteres. Es curioso como se parecen ese hatajo de pijos paletos entre sí, aunque sólo uno de ellos tenga el gesto torvo y la cara torcida, fiel reflejo de su mediocre esencia. A Suso, Susito, Susete no se le ve en todo el viaje, supongo que no habrá ido.

Liverpool nos recibe con un día inopinadamente soleado y con un grupito de ingleses con camisetas del Atlético de Madrid a la espera del autógrafo. Desde el aeropuerto ya se intuye lo que será la ciudad: un folclore turístico de explotación de los Beatles. Hay una estatua de Lennon –de hecho, el aeropuerto se llama John Lennon- y un ridículo submarino amarillo de tamaño natural, suponiendo que las ficciones puedan tener tamaño natural fuera del inconsciente colectivo. El taxista que nos lleva hasta el hotel es del Everton, de hecho el club más popular de la ciudad. “You gotta win” nos dice sonriendo. En esta ocasión, el Atlético ha decidido concentrarse en un hotel distinto al de la canalla de los medios, lo cual es una lástima. Por la tarde entrenan en Anfield. El estadio, como ya se ha dicho, es feo por fuera y bonito por dentro. Por dentro impresiona la pendiente sostenida de The Kop y la cercanía del graderío al terreno de juego, pero también parece un estadio pequeño, no extraña que esté al borde de la jubilación en este fútbol superprofesionalizado y transmutado en negocio global.

En la zona de banquillos, se apretujan el Presidente y su séquito. Sólo un número reducido de personas puede estar allí y el jefe de los Stewards se mosquea terriblemente al ver a la recua de Gilmarines. Al de la Cara Torcida le cae un chorreo importante en perfecto inglés gritado y el dueño del club de nuestros amores se achanta y pide perdón hasta la extenuación, mientras sus hermanos hacen comentarios de pésimo gusto en voz alta. Sobre el césped, Agüero practica feliz de la vida: se pone de portero, hace bromas con los compañeros, amaga con darle una colleja a Javier Aguirre. Ya sabe que va a ser suplente, pero sonríe, como siempre, picarón. Que distinto a su semblante de hace menos de un año en Bolton, cuando casi se vuelve loco al saber que no jugaría de inicio. Quiero valorarlo como un paso más en su buena evolución. El técnico mejicano, en rueda de prensa, está sumamente tenso: va a enfrentarse a su archienemigo, el gordo camarero español que dirige al Liverpool y mide sus palabras. “¿Tiene el equipo decidido?”. “Tengo muy claro que once jugadores van a saltar de inicio, pero prefiero no decirlo”. La organización de la rueda de prensa es nefasta, más propia de aficionados que de profesionales de esto, quede constancia para que luego no se diga. Junto al Vasco, la Señorita Pepis, en cuyo honor hay que decir que habla un inglés más que notable y que no necesita en ningún momento hacer uso del traductor, que, por lo demás, es un cachondo de cuidado.

De regreso al hotel, mientras la canalla prepara sus bochornosos planes nocturnos habituales, me topo con Roberto Solozábal que, curiosamente, aparenta una forma física incluso mejor que cuando era futbolista profesional. Ahora vive a caballo entre Madrid e Ibiza, pero ha ido a Liverpool a ver el partido con dos amigotes que, sin duda, les sonarán: Alfredo Santaelena y Gabriel Moya. El centro de Liverpool está trufado de “presuntos” lugares santos para el nostálgico beatlemaníaco, pero no es más que una mera añagaza para atraer turistas. Hay dos o tres The Cavern en la misma calle, aunque el auténtico The Cavern fuera demolido allá por 1972. Es la noche antes del partido, pero ya se nota ambiente atlético en la ciudad y es emocionante pasar junto a un pub céntrico y sentir como atruena el “Vamos dale Atleti”... El martes amanece nublado sobre Liverpool y, desde primera hora, la ciudad es un hervidero de camisetas y bufandas rojiblancas. En la tienda oficial del Liverpool, en pleno centro, decenas de aficionados colchoneros compran recuerdos de Fernando Torres. Huelga decir que La Máquina es un ídolo absoluto para los reds y nosotros conocemos sobradamente las razones. Saliendo de la tienda un “¡¡¡Uruguayo, uruguayo, uruguayo!!!” retumba en la plaza. Diego Forlán, acompañado por Maniche, Coupet, Sinama y Perea, está rodeado de colchoneros. Por la calle adyacente aparecen Camacho, Miguelito, Raúl García, Antonio López y la Señorita Pepis: tardarán casi media hora en cruzar la plaza, porque cada medio metro tienen que hacerse una foto. “¡¡Miguel, Miguel, Miguel de las Cueeeeevas!!”. El chaval sonríe. Cinco horas después, será el descarte de Aguirre y verá el partido desde el palco. Por doquier, hermanamiento de hinchadas y miradas torvas de los supporters del Everton, The People’s Club. La estatua de Lennon en Mathew Street es ataviada, una y otra vez, con bufandas rojiblancas.

El autobús de la prensa se dirige a Anfield. El autobús de los cuchillos largos: desde la mañana se ha extendido el rum rum de que el Kun no será titular. “Voy a matar al mejicano”. “A Aguirre lo crujo”. “Le voy a machacar”. Todos los que esperan saldar cuentas con el Vasco, nada dócil con los caprichitos de los medios, especialmente con los radiofónicos, están felices, ya tienen munición para cargar sus traicioneras recortadas. En Anfield, afortunadamente, no reparten el “Forza Atleti”, sino que cobran tres pounds por el “This is Anfield”. Me ahorraré las comparaciones que, en este caso, más que odiosas, serían grotescas. La tribuna de prensa está en el sitio ideal: a media altura y en el centro del campo. Me toca al lado del traductor, repito, un cachondo de cuidado. Ya se ha dicho, pero es que es cierto: el “You’ll never walk alone” pone los pelos de punta. Y da un poquito de alipori que el cerril medio centenar de siempre intente estropearlo, confundiendo rivalidad con falta de educación. También es cierto, tal vez por la acústica, que cuando ruge The Kop no se oye otra cosa en el estadio. Y eso no quita para que la afición atlética de una auténtica lección de aliento a sus colores. “Es impresionante” me dice el traductor. Sonrío y pateo por lo bajini mientras atruena eso de “El equipo campeón, los mejores porque sí”. Aguirre se muerde los puños en el palco, mientras el fat spanish waiter se desespera, totalmente superado, en la zona técnica. El baño táctico del mejicano es absoluto. Maxi mete un golazo que nace en un centro largo sensacional de Johnny adornado por un control a lo Zidane con la derecha de un Antonio López que, minuto a minuto, da silenciosas lecciones a un griego desahogado. El Atleti no cierra el partido en dos contras de manual cortadas con mano dentro del área que un bombero sueco no ve. Tampoco ve, en el 93’45” de partido, un penalty que no es tal, pero se fía de un linier malhadado y pita pena máxima para después freírnos a tarjetas. Incluso al pobre Kun por sacar de centro tirando a puerta. Un auténtico disparate. No tan bochornoso, en todo caso, que el caos en el Aeropuerto Internacional John Lennon, en el que tres mil aficionados españoles son tratados como ganado. Infame.

viernes, 7 de marzo de 2008

10 RAZONES PARA RESPETAR A AGUIRRE, por Doggy

¿Pensaban que en este blog no se cogía el toro por los cuernos? ¿Pensaban que el tema Aguirre nunca iba a ponerse en tela de juicio? ¿Pensaban que tenían las ideas claras al respecto? ¿Pensaban que Carlos Fuentes era el tipo que escribía los artículos más largos del ciberespacio? La respuesta a todas estas cuestiones es NO. Tomen asiento, beban agua y examinen los argumentos del insigne Jesús Doggy para defender a Javier Aguirre. Disfruten.


Nunca ha estado de moda defender a Javier Aguirre, lo sé, y mucho menos ahora mismo. No es un entrenador “mediático”, como se dice en la actualidad -más por falta de vocabulario que por moda- para designar al chistoso, al simpático, al payaso, al abrazafarolas o al que, simplemente, da bien por la tele, al margen, por supuesto, de como haga su trabajo. A la Prensa, seamos claros, no le pone Javier Aguirre, dado que no es de esos entrenadores que se prestan a participar día sí y día también en las tertulias radiofónicas de medianoche, ni se tira de cabeza al primer pinganillo o al primer micrófono que pasa a su vera, ni es proclive al autobombo melifluo, a la polémica baldía, a la provocación gratuita en las salas de prensa o al forofismo delirante; en suma, que no acostumbra a estar permanentemente disponible para los caprichos de nuestros comunicadores estrella, sean estos de prensa, radio o televisión, y eso pesa mucho. Lo de los Medios explica, en buena parte, porque a la gente le cuesta tanto reconocerle el trabajo, la actitud y los méritos a este buen señor. Aunque lo más triste no es eso, lo más triste, digámoslo ya, es que le sigan cuestionando constantemente muchos de los que se dicen hinchas del Atlético de Madrid por razones que poco o nada tienen que ver con su labor al frente del equipo.

Por eso -y porque me lo pidió el Anfitrión de este cuadernillo que tiene, entre sus muchas virtudes, la de ser el nuestro, el de todos los que pasamos por aquí- vuelvo a exponerme a pecho descubierto en la defensa del mexicano. Y no porque sea mi entrenador favorito, que no lo es, ni siquiera porque sea el entrenador del Atlético de Madrid, que eso ya de por sí sería una buena razón para apoyarle; lisa y llanamente sostengo que hay razones objetivas para, al menos, respetar su labor. Yo, como acostumbraba a hacer Patricia Godes, he encontrado estas diez.

1- Porque no se apellida Gil Marín.
Puede parecer una tontería, incluso una obviedad, pero no lo es. De hecho todo el mundo, hasta los más atléticos, tiende a olvidarlo. Javier Aguirre ha venido para edificar un proyecto deportivo, para devolver la garra, el coraje y la unidad a un equipo maltrecho. Tan maltrecho, que, si nos ponemos dramáticos hemos de reconocer que corre un grave riesgo de desaparición. Los datos están ahí: en 1988, el Atlético de Madrid había ganado 8 Ligas, el Barcelona 10 y el Real Madrid 22. Veinte años después, tenemos 9 ligas (una más), el Barcelona tiene 18 ligas (ocho más) y el Real Madrid tiene 29 ligas (siete más). En este lapso, incluso el Valencia ha ganado mas ligas, concretamente dos, que nosotros. En cuanto a títulos, el Atlético de Madrid de la Era Gil (Marín) luce un poquito más que el Deportivo de Lendoiro y un poquito menos que el Valencia o el Sevilla. Es duro reconocerlo, pero es así: los números son tozudos. Es ciertamente amargo y duele hasta el corazón reconocerlo, pero estadísticamente en los últimos veinte años, los de la Era Gil (Marín), hemos dejado de ser el tercer equipo del país y estamos lejos de ser un Grande. Nos pongamos como nos pongamos esa es la cruda realidad. Por el camino, como todos lamentablemente sabemos, hemos descendido a Segunda División, hemos estado permanentemente en el ojo del huracán de los escándalos futboleros, hemos perdido buena parte de nuestras señas de identidad como club, incluyendo al jugador que representaba de manera diáfana nuestra esencia y nuestras esperanzas, así como la venta anticipada de nuestro estadio, y nos hemos transformado, con un mezquino cúmulo de ilegalidades prescritas por medio, en la empresa de unos señores que no son el Atlético de Madrid, dirigidos todos ellos desde la sombra por un Cobarde que ni siquiera asiste a los partidos del equipo y que se ampara en el desgaste público de un Presidente que más parece Don Tancredo, alias Pelucas. En todo esto, aunque sea una obviedad decirlo, no ha tenido arte ni parte Javier Aguirre. Pero, repito: muchas veces, la gente, en su frustración, tiende a olvidarlo.

2- Porque es un caballero.
Entiendo, de antemano, que a muchos lectores del MARCA o del As este argumento les parecerá una soberana tontería: pues para mí no lo es, será que sólo leo esas hojuelas por razones de dignidad profesional. La educación, los buenos modales, la hombría de bien y el guardar las formas son cuestiones de capital importancia, precisamente por lo raras que resultan, en estos tiempos tan salvajes como volátiles e increíblemente necios y, sobre todo, tan mal educados. Javier Aguirre es una persona cabal, educada y respetuosa donde tiene que serlo, en sus apariciones públicas como entrenador del Atlético de Madrid, en los viajes del equipo y en las salas de prensas; y, también, un guerrero ansioso que vive los partidos con la rabia contenida de no poder jugarlos (menos mal, porque como futbolista parecía un zaguero de la escuela de Joaquín Caparrós), apretando al colegiado, al contrario y al cuarto árbitro desde la banda. En uno y otro caso, defiende con dignidad, unas veces con más acierto y otras con menos, el escudo del Atlético de Madrid.

3- Por traernos a Raúl García.
Viendo lo que llevamos viendo las últimas diez temporadas en el centro del campo, el mero hecho de haber convencido a Raúl García (que tenía atado y bien atado su fichaje por el Valencia) para que viniera al Atleti ya merece un pequeño monumento a Javier Aguirre junto a la M-30. Cualquiera, incluso los más obtusos, incluso García Pitarch (el Mediocre), incluso los rencorosos más ventajistas como Miguélez, se ha dado cuenta a estas alturas de la temporada del pedazo de jugador que hemos fichado. Un jugador de veintiún años, que, si todo va como debería ir, acabará haciendo historia en el Atleti y siendo, más pronto que tarde, el que lleve el brazalete en nuestro equipo y en la Selección. De hecho, capitán in pectore ya es: reúne y arenga a sus compañeros antes de los partidos, marca a los linieres, aprieta a los rivales, dialoga con los árbitros y se entrega, siempre generoso, sobre el campo. Y, además, es un pedazo de futbolista y mete goles que no veíamos por el Calderón desde que Juan Vizcaíno dejó nuestra medular a la deriva. Vamos que el Atleti con Raúl García es un equipo y, sin él, una sombra. Reconozcamos pues el mérito de Javier Aguirre, porque llegará un día en el que el Cobarde y los suyos le echen o en el que él, harto de que le hagan feos, de que le pongan a los pies de los caballos o de que le usen de escudo para sus trapisondas y desahogos, se vaya con la cabeza bien alta. Él se irá, pero nos dejará a Raúl García. Y eso es un puntazo que jamás deberíamos olvidar.

4- Por haber cuidado al Kun.
Está claro que Sergio Agüero es un futbolista que marcará una época. Un crack, como se dice ahora más por falta de léxico que otra cosa. Está claro que Javier Aguirre no ha enseñado al Kun Agüero a jugar al fútbol y que, probablemente, el enano (como le llama Forlán) hubiera explotado igualmente con o sin Javier Aguirre en la banca. Eso son hipótesis. Pero, tal vez no, o tal vez no tan rápidamente. Y los hechos nos dicen que Javier Aguirre supo dosificar a ese Kun recién llegado, que acababa de cumplir dieciocho añitos, que por primera vez vivía lejos de su mamá y su papá, que por primera vez pisaba Europa, que por primera vez jugaba en un Liga como la española, incomparable en cuanto a exigencias físicas y tácticas a los torneos argentinos, como sabrá cualquiera que haya visto un partido entero del Apertura o el Clausura y que por primera vez estaba expuesto en “el candelabro” mediático. Javier Aguirre supo cuidar al Kun, supo darle minutos sin exponerle inútilmente, supo aguantarle en los peores momentos, supo ayudarle a crecer y a mejorar. Supo, en resumen, hacerle más fácil la aclimatación y la adaptación a la Liga española. El Kun ha acabado explotando como lo que es: un futbolista distinto, determinante por su calidad diferencial y única, competitivo y protagonista. Puede argumentarse hasta que punto ha influido en todo ello Javier Aguirre, pero no puede negarse (repasando paso a paso cada partido y cada circunstancia de la pasada y la actual temporada a lo que invito a los más escépticos) que Javier Aguirre siempre ha mirado por el bien del Kun, siempre le ha ayudado, siempre le ha cuidado y siempre le ha defendido públicamente, ensalzando sus virtudes y pasando por alto sus errores, salvo cuando podían servirle de ejemplo para mejorar. No es que lo diga yo, es que lo ha reconocido el propio Sergio, su familia y su agente. Para más inri, Aguirre ha sido el único representante del club en salir en su defensa ante la persecución arbitral que sufre el Kun esta temporada. No fueron ni el Cobarde, ni el Pelucas, ni el Mediocre, fue Javier Aguirre el que levantó la voz en defensa del Kun en una reciente rueda de prensa y recordó que Messi y Van Nistelrooy también marcaron un gol con la mano la pasada Liga.

5- Porque no llora y, nunca, nunca, nunca habla de los árbitros.
Otro rasgo diferencial de Javier Aguirre. Otra razón de peso para respetarle. Sobre todo, porque, como entrenador del Atlético de Madrid, ha tenido argumentos de sobra para quejarse de la labor de los trencillas. Pero no lo hace jamás, del mismo modo que no lo hizo nunca en sus cuatro años en Pamplona. Y ojo, cuando digo que no habla de los árbitros lo digo textualmente, no en sentido figurado como hacen tantos (Juande Ramos, Rafa Benítez o Fabio Capello serían los ejemplos más sonrojantes) habituales del “yo nunca hablo de los árbitro pero es que hoy...”. Como directivo o aficionado del Atleti, no digamos ya como forofo, está muy bien quejarse de los árbitros, es conveniente e incluso necesario en muchas argumentaciones; pero como entrenador del Atlético de Madrid resulta lamentable llorar por los arbitrajes, es el recurso del pobre de espíritu, del perdedor, del inicuo o del que juega a desviar la atención para que no se le vean las calzas a su equipo (de esto último serían los máximos exponentes José Mourinho o Bernd Schuster). Javier Aguirre acierta mucho y, por supuesto, también yerra bastante, pero lo que es seguro es que nunca llora, porque para llorar, para decir que vaya mala suerte, que el árbitro me tenía manía o que “es que somos el pupas”, para eso vale cualquier mindundi.

6- Por habernos devuelto a Europa.
Venga, preparen el hacha, que aquí les espero con mi cimitarra de doble filo templada en Cuatro Caminos. Que si vía Intertoto, que si por los pelos, que si patatín y que si patatán, pero hemos vuelto a jugar la Copa de la UEFA y aunque por circunstancias que todos conocemos y que ahora no vienen al caso (véanse los affaires Salto Noble o Gapo al Aire) hayamos durado poco, esto es una carrera larga y hay que ir poco a poco intentando reverdecer aquellos laureles que nos hicieron ser “los mejores porque sí” y un coco europeo. Les guste a ustedes o no, los hechos están ahí y, como decía el Butano, “ahí están (y estarán) las hemerotecas”, para demostrar dentro de unos años que quién nos devolvió a Europa no fue Luis Aragonés, ni Manzano, ni Ferrando, ni Bianchi, ni Murcia, fue Javier Aguirre. Y tal.

7- Por saber llevar el vestuario y el “entorno”.
La mejor demostración es que los jugadores están con Javier Aguirre (véanse todas las declaraciones de los jugadores sobre el míster esta temporada). Y esa, desde luego, es la primera condición para poder hacer un equipo que aspire a algo. En el Atleti, en el equipo, no hay declaraciones fuera de tono, acusaciones veladas, chantajitos, ni polémicas entre el entrenador y los jugadores. Yo, sinceramente, lo veo parte del buen trabajo de Aguirre. Reyes pidió la titularidad, tuvo su oportunidad, demostró que es carne de banquillo y a callar y eso que, contra lo que opinamos absolutamente todos los demás, el Vasco cree que todavía le puede sacar algún rendimiento al individuo éste. A Maxi le está cuidando como Maxi necesita: con mucha regularidad de partidos para que coja confianza, porque sabe que la aportación de Maxi es crucial para el Atleti y que el jugador no ha vuelto a ser el mismo desde que se rompió. Y, mientras tanto, Luis García no puede quejarse de falta de oportunidades, casi todas ellas desaprovechadas eso sí, ni de no formar parte del equipo. Simao reclama galones por derecho dentro y fuera del terreno de juego y los tiene. Pero si algo distingue a Javier Aguirre, en mi modesto entender, es que trata de proteger a sus jugadores. Para que rindan, obviamente. A Pablo, masacrado a críticas este año después de varios errores graves, le ha cuidado, le ha mandado al banquillo en el Calderón para que no le frieran y le ha defendido públicamente. A Valera, un gran jugador con bastante mala suerte, la verdad, también le ha recuperado después de que la grada atlética (siempre tan crispada) le crucificara el día del Valladolid en casa. A Eller lo ha puesto porque lo tenía que poner, salvo en dos o tres ocasiones para motivar a Perea. A Cleber ídem del lienzo y, además, cuidándole, porque, roto Motta, es el otro centrocampista que le queda (Jurado y Miguel tienen otro perfil) además de Raúl, y no puede permitirse el lujo de perderlo para la causa, por eso (y ahí está la lamentable pitada al brasileño cuando entró por Camacho como elocuente demostración) lo puso de suplente contra el Barça, para evitar que le abroncaran sin descanso desde el minuto uno y le declararan máximo responsable del “otro año al garete”.

Porque en eso consiste también la cosa, que muchas veces se critica a Aguirre sin tener desde fuera ni la menor idea de los factores que se manejan. Ahí está, por ejemplo, el caso de Antonio López: la gente machacó a Aguirre por poner a Pernía, un jugador notablemente inferior táctica, técnica y físicamente, sin conocer la situación anímica de Antonio López por la larga enfermedad de su hermana. Desde el fatal desenlace, Antonio, recuperada la concentración, se ha hecho con la titularidad, salvo rotaciones. Zé Castro es otro jugador señalado por la grada y por la prensa al que, creo yo, nos conviene mucho recuperar, máxime ahora que no está su compadre Maniche. Sí, claro, hay que hablar ineludiblemente del infame caso Maniche. Maniche se pasa toda la pasada temporada de indisciplina en indisciplina, a Aguirre le obligan a quedárselo, traga por el bien del equipo y no se la guarda, le da confianza y la titularidad, y el orate portugués sigue en sus trece hasta el extremo de borrarse de un partido de Copa y faltarse gravemente en el vestuario con el mejicano y con sus compañeros. Si Aguirre pasa esa no hubiera podido seguir mirando a la cara a nadie en la caseta y eso, indudablemente, lo habría pagado el equipo. Entre perder al centrocampista con más criterio ofensivo del equipo de lejos, como era Maniche, o perder al grupo entero, Aguirre optó por lo mejor aunque con ello se pegara un tiro en un pie. Porque lo mejor era echar al demente luso, decisión que no criticó, ni siquiera indirectamente, ni un sólo jugador de la plantilla pese a la insistencia al respecto de los medios. Y, encima, sin el menor apoyo del club, que eso sí es verdaderamente grave, no sólo no respaldaron al Vasco, sino que encima no le trajeron ningún recambio con Motta y Jurado entre algodones, Miguel recién salido de una larga lesión y el bueno de Cleber. Pero luego, ante la crispada afición, es “Caguirre” –como le llaman los más forofoides- el que carga con las culpas.

Pero, en fin, la crispada afición, soberana en sus casi siempre irreflexivos juicios, critica del mejicano su afán por conservar el resultado un día y, al otro, le reprocha por quitar un defensa para sacar un delantero en busca de la remontada a tumba abierta, que eso también lo hemos vivido todos en el Vicente Calderón. Porque a este hombre no se le pasa una, ni aunque sumemos ya 13 victorias de 26 partidos ligueros con las vicisitudes por las que ha ido pasando el equipo, que no han sido pocas, hayamos caído en Copa con dignidad y poca fortuna y hayamos sufrido un accidente en UEFA muy condicionado por las circunstancias. Y, desde luego, no podemos olvidarnos del entorno: el Pelucas, el Cobarde, el Mediocre y la Prensa cainita, que rara vez rema a favor del Atleti. Que la defensa, tras varias actuaciones desastrosas, está en el peor momento de la temporada, pues el club filtra que ya ha cerrado a Heittinga, Ujfalusi y Salcido, para dar confianza a los zagueros en lo que queda de temporada y acallar a la crispada afición. Que el Kun cada día va a más, pues el Mediocre dice que “nos durará lo que nos dejen los Grandes” y estamos cada día a vueltas con la cláusula de nuestro pequeño genio. Que el entrenador trata de organizar un equipo que se distinga por su garra, su compromiso y su pegada, pues el último día del plazo de fichajes en agosto el club se presenta con el caramelo envenenado de Riquelme, para empezar la temporada señalando a Aguirre públicamente como causante de un posible desastre por haber rechazado al mejor pasador del mundo. En fin, que se puede no estar de acuerdo con muchas de las decisiones de Aguirre (yo, desde luego, no lo estoy, discrepo en varias cuestiones) pero es indudable que Aguirre, contra viendo y marea, está construyendo un equipo que aspira a competir.

8- Porque firma contratos por un año.
Valiente sandez, pensarán muchos. Pues yo creo que es un detalle a respetar, fíjense. Aún tenemos muy recientes ejemplos claros de lo contrario, véase Carlos Bianchi o Luis Aragonés. Aguirre es extrañamente honrado, con la plantilla que le dan cree que puede y debe meter al equipo en Liga de Campeones y rechaza un contrato de dos años con opción a un tercero para firmar sólo por un año, eso sí, con una cláusula de renovación automática por objetivos si el equipo queda entre los cuatro primeros. Por si acaso, probablemente originados en filtraciones provenientes del propio club, desde el primer día se han sucedido los rumores de que se le busca sustituto: que si Benítez, que si Pellegrini, que si Valverde, que si Simeone... La prensa siempre ayudando sin desestabilizar, ya se sabe. Pues yo espero que en junio Javier Aguirre quede renovado automáticamente y también espero que para ese momento no esté el mejicano tan harto de mezquindades, zancadillas y quintacolumnismo que explote y diga “ahí les dejo en champions, ¡ándele pinchegüey!, me voy a tomar una cubata” yéndose sin haber completado su proyecto deportivo. Que, en mi opinión, tiene crédito para dos temporadas más. ¡Hala lo que he dicho...!

9- Porque quiere que su equipo compita, gane y juegue al fútbol.
Venga, vamos a la disquisición futbolística, que es lo que ustedes están esperando para terminar de crujir a este pobre aguirrista. Si vamos a hablar de fútbol, tendremos que convenir en que el fútbol, tal y como lo habíamos conocido, cambió definitivamente a comienzos de la década de los noventa, coincidiendo, no por casualidad, con la creación de la Liga de Campeones en el formato con el que actualmente se disputa. El talento continúa siendo decisivo muchas veces, por eso seguimos viendo los partidos, pero cada vez tiene menos importancia (o menos hueco) constreñido por lo físico, lo táctico, lo estratégico, lo económico, lo publicitario y lo empresarial. En el fútbol moderno priman tres cosas: la pegada (el gol, o sea, el dinero, porque el gol se paga con dinero), el equilibrio táctico y el nivel competitivo. Digo esto porque la acusación más constante que se lanza sobre Aguirre es que es amarrategui, conservador, cicatero, resultadista, defensivo, en fin, el epíteto que ustedes prefieran para designar a un entrenador que prima no perder por encima de ganar. Y esto es rotundamente falso. Otra cosa es que Aguirre pretenda competir en un Liga tan igualada como la española, que lo pretende, y otra cosa, mucho más dudosa, es que el aficionado tenga una idea más o menos razonada sobre lo que significa competir en el fútbol moderno. De hecho, el aficionado no lo tiene claro en absoluto, porque ante el primer revés ha pasado directamente de acusar al equipo de Aguirre, directamente, de no jugar a nada. Y esto ya es penoso.

Analicemos, por motivos de espacio, ¿eh?, no por falta de ganas, únicamente la Liga. Hemos jugado 26 partidos, hemos ganado trece, hemos empatado cinco y hemos perdido ocho. Sin ser excelentes, no son malos números. Somos el cuarto máximo goleador del campeonato, con 44 chicharros, sólo superados por Real Madrid (57), F.C. Barcelona (53) y Sevilla (52). Somos, asimismo, el sexto equipo menos goleado con 30 goles recibidos; sólo encajan menos goles que el Atleti, el Madrid (23), el Barça (21), el Racing (25), el Almería (23) y el Athletic (27), lo que, en realidad, significa que somos el tercer equipo con mejor balance defensivo, porque Racing, Almería y Athletic de Bilbao están diseñados tácticamente, con mayor o menor fortuna o acierto en su ejecución práctica, para jugar al 1-0 en casa y al 0-0 fuera; de hecho, respectivamente han marcado 19, 22 y 20 goles menos que el Atleti. Al Villarreal, al Sevilla o al Getafe les han metido cinco goles más que a nosotros y al Valencia siete, por poner cuatro ejemplos de defensas más vulnerables que la rojiblanca pero, ni de lejos, tan señaladas y zarandeadas por el foco mediático. Pero, en fin, dejémonos de números que aquí casi todos somos de letras. Vamos al fútbol e intentemos la quimérica búsqueda de la objetividad. ¡Lagarto! ¿Cuántos partidos malos ha hecho el Atleti de Javier Aguirre en Liga esta temporada? Se lo digo inmediatamente: seis, a saber, en casa ante el Murcia (que se pudo perfectamente ganar) y ante el Athletic y, lejos del Calderón, en Pamplona, en Mallorca, en Murcia y en Almería. Seis partidos malos en Liga, señores, como se lo digo. Con el Mallorca en casa no se jugó ni bien ni mal, se empató, al igual que se pudo ganar e incluso perder. En el Camp Nou se jugó muy bien al fútbol hasta el lamentable error de Abbiatti y el inmediato segundo gol de Messi, luego el equipo se cayó por lo anímico. En el Bernabéu se perdió por un despiste, pero no se jugó nada mal. En casa ante el Madrid se jugó una primera parte magnífica pero demasiado penalizada por dos fallos defensivos garrafales, luego el equipo se reservó. En casa ante el Villarreal se jugó un partido bonito y vibrante que se perdió, también, por regalos defensivos. Y, para terminar con las derrotas, en casa ante el Espanyol se perdió de milagro en el último instante, demostrando el equipo, con nueve, una garra y una intensidad defensiva que no veíamos desde el Doblete. También por garra, por casta y por pegada -y con rachas de gran fútbol- se ganó en casa al Getafe, al Valencia, al Valladolid, al Barcelona y al Sevilla y, fuera de casa, al Athletic de Bilbao. En Huelva se dio la cara y se empató, aunque se pudo y se debió ganar. Con solvencia, jugando un fútbol práctico con momentos brillantes, se ha ganado en casa al Zaragoza, al Racing y a Osasuna y, lejos de casa, al Racing, al Depor, al Levante y al Betis.

Esto es lo que dicen los fríos datos, otra cosa es que pensemos que somos el Manchester, el Barça o el Arsenal, que tenemos que ir a todos los campos y recibir a todos los equipos al estilo aquel que popularizó Benito Floro cuando su equipo merengue se midió en Copa a un Segunda B: dando con el miembro, que es gerundio. Y no es tal, nos guste o no. Sin olvidar que esos equipos, que nos superan ampliamente en presupuestos, en plantillas y en tiempo bajo las órdenes del mismo entrenador, tampoco lo hacen. El Barsa, el Manchester y el Arsenal, los tres equipos que mejor juegan al fútbol con regularidad, también amarran: porque están compitiendo. No digamos ya el Chelsea, el Milan, el Inter, la Juventus, el Bayern de Münich, la Roma o el Liverpool, equipos que basan su juego en la presión con las líneas defensivas juntas, el equilibrio en la ocupación de espacios sobre el terreno de juego y el aprovechamiento de espacios en la espalda del rival tras robo de balón. ¿Nos gusta? No. ¿Preferiríamos el Brasil de 1982? Sin duda. Pero, ¿es cierto o no es cierto? Desde luego. En todo caso, tampoco me quiero ir tan arriba en el escalafón futbolístico europeo. Veamos, ¿qué equipos de la Liga española juegan regularmente bien al fútbol y ganan? Ninguno. Ni uno. El líder de la Liga, el que va primero en la tabla, juega sin sonrojos a defender en treinta metros y a aprovechar los espacios a la contra con diez futbolistas por detrás del balón, incluso en su estadio y frente a rivales en puesto de descenso. Y cuando no lo hace así, pierde o empata. El Barça (2º) domina sin llegada tres de cada cinco partidos y, fuera de casa, busca asegurar a la contra (ya lo dijo Eto’o: primero ganar, luego jugar bien). El Villarreal (3º) alterna partidos buenos con auténticos desastres, al igual que el Sevilla (7º). El Espanyol (5º) ha jugado partidos destacables pero, en cuanto se ha lesionado Tamudo, ha perdido seis de los últimos ocho encuentros. El Valencia (9º) no sabe, no contesta. Del Racing (6º) y el Almería (8º) ya hemos dicho cómo y para qué han sido diseñados. El Getafe (10º), tal vez, sea el más regular en cuanto a buen trato de la pelota, pero con graves lagunas de concentración y falta de competitividad y enormes altibajos. Del once al veinte de la clasificación mejor no hablamos, ¿no?

No quiero decir con todo esto que en el país de los ciegos el tuerto sea el rey, quiero, simplemente, ubicar al equipo de Aguirre en la competición que está jugando, para que todo resulte más sencillo de enjuiciar apropiadamente. Y, si vamos a lo subjetivo, yo he visto este año –a ráfagas, por partes, intermitente, irregular, lo que ustedes quieran- un atlético con mucho más fútbol, con mucho más empaque y con mucha más casta que el de los últimos años. Tenemos una primera figura, el Kun, tres potencias, Forlán, Simao y Maxi, y un líder, Raúl García, además de algunos futbolistas solventes, valiosos o con posibilidades de serlo y piezas ofensivas de recambio como alternativas de regular fiabilidad. Y, pese a todo, ahí estamos: cuartos y compitiendo a falta de doce jornadas.

10- Porque es un alicate con hambre.
No lo digo yo, lo ha dicho hace muy poquito, en los momentos de menos confianza generalizada en el equipo, Fernando “La Máquina” Torres: “si dejan trabajar a Javier Aguirre el Atlético luchará por los títulos” (enero de 2008). De hecho nuestro Niño, antes de verse obligado por unos y por otros a dejarnos huérfanos de su clase, su coraje, su pundonor, su fútbol y sus gónadas rojiblancas, exigió al Cobarde que renovara a Javier Aguirre para continuar. Esta razón es ciertamente difícil de explicar porque es un pálpito, una intuición derivada de seguir la trayectoria y el trabajo de Javier Aguirre. Es un tipo que quiere ganar, es un tipo que quiere hacer algo grande, que tiene ambición y la transmite. Y yo espero que pueda seguir creciendo, y ganando, en el Atleti.
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En fin, que ya les dije al principio que Javier Aguirre no es mi entrenador favorito, probablemente nunca lo sea, pero eso no quita para que reconozca sus méritos. Y eso, precisamente, es lo que he pretendido: reconocer públicamente los méritos que veo en su labor. Ahora ustedes dirán, en el caso de que hayan conseguido llegar hasta aquí, si son o no son razones suficientes para, por lo menos, respetar su trabajo.

Forza Atleti!

viernes, 26 de octubre de 2007

Montaña rusa (al minuto)

Ayer jugaron dos equipos con la camiseta del Atleti: de Raúl García p’alante y de Raúl García p’atrás. Los primeros (también Raúl García) lo bordaron, a los segundos habría que haberlos traído andando desde Moscú. Unos y otros dejaron un partido no sabemos si absurdo o divertido o ambas cosas.


Minuto 15. Gritos, puños al aire, palmadas en las espaldas, los pocos que están en el bar se llevan un susto de muerte, a una señora se le derrama el trinaranjus y el camarero sale por si ha pasado algo. Madre mía, ¿pero tú has visto? Qué golazo, vaya tela, qué control, cómo gira, que zurdazo a bote pronto. Esto lo mete Guti y nos ponen la repetición hasta en la sopa.

- (camarero) y si es Raúl ni te cuento

Eso. Madre mía, este tío es un fenómeno, qué golazo, qué control, qué manera de orientar la bola. No deis más la turra con lo del tren inferior y la cumbia y la hija de Maradona y los Leales y lo demás, fijaos en el gol, que es lo importante, lo que cuenta, lo que pocos meten, lo que casi nadie es capaz de hacer. Qué golazo, impresionante, es increíble lo de este chico, cómo ha vuelto del mundial sub-20 ese que ha jugado, vaya cambio, madre mía, a este tipo en forma no hay quien lo pare. Camarero, dos más, o tres, ¿no? Sí, tres. Gracias.

Minuto 26. Manos a la cabeza, silencio, caras de contrariedad. Vaya tela, ¿será posible? Siempre igual, es que somos unas madres ahí detrás, llegan y nos la cuelan, parece mentira, no aprendemos. Mira que lo venimos diciendo, mira que nos ha pasado ya veces y nada, increíble. ¿Es que no hay nadie que siga a ese tipo? ¿Es que no ven que llega solo? ¿Cómo puede rematar un tío así? Es que esa banda es un chollo, ya me dirás que le ha costado meter el pase… Pernía tenía que ser, parecía que se había venido arriba el domingo pero nada, no hay manera, entran por su lado como Pedro por su casa, así no hay forma. En fin, queda partido, está el Kun, qué golazo, madre mía, y llegan estos patanes de atrás y lo echan todo a perder. En fin. No, no, gracias, todavía tengo, luego si eso pido otra.

Minuto 46. Gol. GOL. Gritos secos, cortos y contundentes. La señora ya no se asusta, pero mira de reojo con mala cara. Bien Forlán, golazo, qué importante, que bien, cuánto aporta este tipo. Qué fe, que bien ha hecho, cómo sabía que si fallaba el defensa se le quedaba el balón, qué listo. Si este lo mete Raúl dicen que lo ha metido el más listo de la clase.

- (camarero) Y si el pase de cabeza lo mete Guti, ni le cuento.

Bueno, sí, pero vamos, que qué importante, que bueno es el uruguayo este, fíjate cómo define, qué fe. Es lo que tiene este tío, fe. Bien Atleti, vamos, 1-2, cuidado que ellos no son malos. Sí, otra, vamos a echar otra. ¿Dos? No, tres. Oiga, tres más. Gracias.

Minuto 60. Manos a la cabeza nuevamente. La señora se sonríe, de soslayo. El camarero se percata. La madre que nos parió, otra vez, de nuevo el tipo solo. Ahora por la derecha, vale, que no es el lado de Antonio López, pero es que también se cae Pablo cuando le encaran, somos unos blandos. En cuanto hay uno que juega un poco nos hace un roto, hay que ver el tipo este de las trencitas, mira que venía avisando, pues nada, solito. Sólo queda que le pregunte Eller dónde se ha hecho sus trencitas que él no ha quedado muy contento con las suyas y de paso le ofrezca un café cortado. ¿Y el Cléber este? Vaya tela este también, los dos mellizos estos, menuda pareja cómica. En fin, otra vez empatados, mira que somos burros. Metemos golazos y nos meten goles tontos, jugamos de lujo de medio campo para arriba y de medio campo para abajo dan ganas de hacer limpia y que no quede ni uno.

Minuto 63. Pero dale, saca ese balón, pega un patadón, mete la cabeza, ¿será posible el tío? Que remata el de las trenzas, miraló, gol, solito, fácil, pero bueno. PERO BUENO, ¿SERÁ POSIBLE? Otra vez con los balones parados, otra vez haciendo el primo. OTRA VEZ. Esto es increíble, ¿nadie tiene ganas, raza, galones o palabras que rimen con esta última en el centro de la defensa? ¿Por qué sale Abbiati con las manos abajo? ¿no debería salir con las manos en alto, echarse encima del jugador? ¿Por qué nos se mueve Eller? ¿Sabe moverse Eller? ¿no se supone que lo poco que aportaba era cierta vehemencia de cabeza? Pues nada, no, tampoco. ¿Dónde está Cléber?

- (camarero) ¿Y Pablo?

Sí, Pablo también, ¿pero dónde ha estado Cléber todo el partido? ¿No debería estar ahí? ¿quién ha fichado a Cléber?

- (camarero) el mismo que a Eller

Ah, bueno, pues fíjate, más tranquilo me dejas. Vaya tela, otra vez que nos remontan, qué blanditos somos, qué mal. No, no, aún tengo, no tengo ni ganas de otra ya. Luego si acaso.

Minuto 86. Carreras, abrazos entre la concurrencia, gritos, puños al aire, lanzamiento de panchitos a la señora de antes. La señora, que desde hace un rato sonreía con malicia, se asusta ante el aluvión de proyectiles, el camarero mira y piensa que se fastidie. Madre mía, qué golazo otra vez, este tipo es de otro mundo. Qué bien Maniche, qué buen pase pero vaya maravilla del Kun, este chico nos está acostumbrando a hacer milagros. Ese pase lo mete Guti y nos lo repiten en todos los telediarios.

- (camarero) y si el gol lo mete Raúl, ni te cuento

Ya. Sí. Pero, ¿cómo puede meter ese gol? Pensaba que la había dado con la otra pierna pero no, con la pierna cambiada y casi cayéndose, madre mía, qué gol, qué tío, qué tren inferior.

- (camarero) ¡pesao con el tren inferior!

Es verdad, un poco pesado, sí, pero es que es un fenómeno. Cómo me alegro por él, y por Aguirre, fíjate, me gusta que haya sacado a todos los atacantes, me gusta la actitud, se han ido a por el partido, qué bien. Si, otra, si ¿Dos? Tres. Oiga, tres, invito yo, viva la madre que parió a Agüero.

jueves, 27 de septiembre de 2007

Regular

- ¿Regular? ¿Regular qué? ¿Habla Vd de militares melillenses? ¿De su vista? ¿De su calidad futbolística? Porque del Atleti no será, que dijo Vd que iba mejor…
- Pues sí, del Atleti hablo, que ayer ganó con dos golazos pero sólo estuvo regular.


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Siempre me ha hecho mucha gracia esta época del año. Parece que hace bueno pero hace frío. El cuerpo se resiste a olvidar que hace un par de semanas paseaba en camiseta por una playa ardiente sin darse cuenta de que en camiseta ya no hay quien vaya. Según se haya visto o no la previsión en el informativo de la mañana, la gente sale en guayabera o con plumífero. En la misma parada de autobús coincide un tipo con bufanda y una quinceañera con camiseta de tirantes y chanclas. No me digan que no tiene muchísima gracia.

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No está el Atleti como para ganar 0-2 en San Mamés y que encima nos quejemos. Pero, qué quieren que les diga, uno es así de pesado. Sé que estas victorias son importantes y que al final lo que cuentan son los puntos, que al final de temporada no nos acordaremos de si este partido se jugó bien o mal, que los equipos campeones también ganan partidos como el de ayer. Ya. Ojalá. Pero ver que el equipo puede hacer más y no lo hace, por más que esté en fase de aclimatación, da rabia y siembra algunas dudas. Ayer se jugó bien un tiempo, se jugó mal otro y si no tenemos las cosas de cara y dos delanteros de bandera, la crónica sería más lúgubre que otra cosa.

Acaba de empezar el año futbolístico y parece claro que Agüero es y va a ser la referencia de ataque de este equipo. Ayer marcó otro gol de esos de abrazarse con los desconocidos, que es lo que esperábamos de él. Pudo marcar otro si le da por pegarla más fuerte y cuando tuvo la bola los jugadores del Athletic no sabían si iba a salir por un lado o por otro, si iba a seguir o a pararse, si iba mirando al tendido o al balón, si era un jugador bajito o dos gemelos muy móviles. Agüero en su estado de forma actual hace las cosas a una velocidad y con una facilidad que nos resultaría difícil de comprender si no nos estuviera acostumbrando Messi a lo mismo. Si juegan así juntos en Argentina más le vale a los rivales pedir a la FIFA ventaja, como que jueguen con una mano atada a la espalda o dos botas izquierdas. Ayer el Kun metió otro golazo y lo hizo con la misma facilidad que metió el de Murcia, o con la facilidad con la que regateaba a los defensas del Racing, o se iba de la defensa del otro equipo grande de la capital. Vamos, que no ha sido casualidad sino todo lo contrario. Agüero está en forma y esta es una gran noticia para todos salvo para los defensas rivales, que pierden el sueño la víspera del partido contra el Atleti, se encomiendan al patrón local y llaman a su mamá pidiendo consejo. Y es que, según está el Kun si sale a jugar con reloj parece que haría lo mismo mirando la hora, o hablando por el móvil, o doblando un mapa de carreteras.

Por si fuera poco, está Forlán. De Forlán volvemos a hablar para decir lo mismo que el otro día. Trabaja, corre, se enseña, mete pases de mérito como el que puso a Reyes con ventaja ante la portería del Athletic, lo intenta sin descanso. Esto es bueno pero quizás no suficiente para vitorearle. Lo verdaderamente valioso es que cuando tiene la ocasión de enchufarla, lo hace estupendamente. Ayer metió un golazo con la derecha, que maneja como la otra, así, como quien cose. Uno de esos goles que el que los mete sabe que van dentro desde el momento en que la pega, sin necesidad de esperar a ver si se mueve la red. Forlán parece siempre concentrado, atento, en el sitio en el que le viene mejor al compañero, ofreciendo siempre soluciones. Que siga así, que siga.

Tras estos dos párrafos triunfales se preguntarán qué le ha picado a este señor tan espeso para decir que el Atleti estuvo regular o, más exactamente, regulero. Pues muy fácil: si bien el Atleti tuvo el balón y dio sensación de control en el primer tiempo, esto se esfumó en el segundo. El Athletic, empujado por la grada, soliviantada a su vez por el arbitraje, por la provocadora gomina de Muñiz y el clima adverso que ésta crea, se tiró al monte y el Atleti no dio la impresión de poder capear el temporal. Lesionado Perea al caer estilo fardo (por cierto, el Athletic tiró el balón fuera al poco tiempo, algo a comentar con la que está cayendo), el hecho de que Pablo y Zé Castro fueran los llamados a repeler el previsible bombardeo invitaba a pensar en un final angustioso con los de Bilbao volcados hacia la pareja de centrales con más fama de blandos de la liga que ayer, mire Vd por donde, no lo fueron tanto. Eso sí, no fueron tampoco un muro de mármol, no crean.

El Athletic tocó a carga y eso, piensa uno, les honra. No lo hicieron con la suficiente cabeza, quizás por prisas, por la presión del público o porque la calidad de sus jugadores no da para más. Pero le echaron casta y ganas y eso, al que suscribe, le gusta. El Atleti se echó atrás ya con el cero uno, y si no es por Forlán nos tienen que ingresar a todos en el policlínico los últimos cinco minutos, algo excesivamente frecuente desde que nuestros pasos los guía Aguirre. Pegó un par de palos el Athletic, paró con mucho acierto Leo Franco un par de ocasiones claras y anularon dos goles, uno por fuera de juego claro y otro por falta que pudo no ser. En el segundo Llorente entró con más ganas de las que emplea Pablo para defender, apoyándose, sí, pero si este gol lo mete el Atleti y lo anulan a lo mejor nos mosqueamos. El hecho de que no fuera gol no es óbice para recordarle a Pablo que mide uno noventa y pico y que no es de recibo que le ganen en esos lances con esa autoridad (y eso que Pablo estuvo mejor que en otras ocasiones). Vamos, que si no se dan una serie de circunstancias y el Athletic ataca con más criterio en vez de apelar al “erre que erre”, podía haber remontado un 0-2 tan campante. ¿Se imaginan si eso, que no es descabellado, pasa?

Aunque esto, como todo, tiene dos lecturas (esto es, que el Atleti se echó atrás y se amilanó o que el Atleti aprendió a ganar sufriendo), hay algo preocupante. Agazapado atrás y achicando balones, el Atleti pierde al borde del área demasiados balones con demasiada rapidez, entrega al contrario el balón cuando debería guardarlo como el anillo de poder. El Atleti no lanza el contraataque con fluidez y muchas situaciones que podrían reconvertirse en ventajas dejan de serlo por lo poco que tardan nuestros medios centros en dar un mal pase que llega a un rival, o por la poca contundencia que mostramos al pelear balones en el centro del campo en situaciones que sí lo requieren. Lo normal es que acabemos más de un partido así esta temporada, como ya nos pasó las pasada, pero no sé hasta qué punto está el equipo preparado para ello. Ni Maniche ni, sorprendentemente, Raúl García (a quien le hacía yo genéticamente pensado para estas situaciones) mostraron ayer jerarquía para desfacer los entuertos defensivos en los que nos metemos a veces. Piensen Vds únicamente qué podrían haber hecho el Kun, Forlán y Luis García ayer durante los últimos quince minutos de asedio si el Atleti tuviera un centrocampista con la capacidad de cortar y lanzar a los delanteros… En fin, en fin. Lo dicho, mejorando pero regular ná más. Esperamos, esperemos más.

lunes, 17 de septiembre de 2007

No pasa nada

No pasa nada. Aqui no pasa nada, oiga. ¿Es Vd aficionado atlético buscando un artículo diciendo que no hay que preocuparse, que acabamos de empezar la temporada, que el equipo tiene que acoplarse, que hay tiempo para enderezar todo, que es pronto para ser negativos? Busque en otro sitio.


Ya saben Vds que llevo una época intentando enmendar el camino tomado hasta ahora, queriendo convertirme al credo del optimista atlético que ve esperanzadoras señales donde yo veo motivos de preocupación. Veo los partidos del Atleti con un angelito y un diablillo flotando sobre los hombros, como el pato Donald. Uno, rubio, pecoso y de Fuenlabrada, que toca una lira en la que puede leerse “just do it”, me recuerda el pasado glorioso y la identidad sin mácula de este nuestro equipo en los lejanos tiempos del orgullo y los referentes, invitándome a hacer crónicas positivas. El otro, con barba, turbante y casaca militar sobre su atuendo arabizante, me recuerda a los tiempos presentes de fichajes sin sentido, estadios vendidos y torpísima directiva y me pide que no deje pasar una. El primero no hace falta que les diga de quién tiene la cara; el segundo, en efecto, tiene la cara de Colsa.

Dependiendo del partido, uno cobra preponderancia sobre el otro. Yo me esfuerzo en que sea el querubín el que gane la partida pero muchas veces termina siendo el talibán el que se lleva el gato al agua. Ayer mismo, sin ir más lejos, el querubín se me quedó sin argumentos ya durante la surrealista previa de la retransmisión: que lo dan en peiperviú, que no lo dan, que lo ponen en abierto, sí, pero con anuncios, como si fuera un concurso de cultura general… Como guinda del pastel, el Atleti sale vestido de azul purísima en una clara declaración de principios: aquí no va a quedar nada de lo de antes. En estas es difícil que no sea el lado más oscuro el que lleve las de ganar.

El resto lo consiguen los jugadores y el entrenador del Atleti y su aportación durante el partido de ayer a la memoria colectiva y al inconsciente colchonero: nada, salvo bochorno, y ya van muchas veces. Un golazo de Agüero a los quince minutos en casa de un recién ascendido con una plantilla de descartes no parece bastante aliciente para intentar jugar un poco al fútbol. Tampoco lo es el agradar a la afición, o el coger auto-confianza, o el meter miedo a algún rival. No. Un gol a los quince minutos contra un recién ascendido es una coartada estupenda para no hacer nada más, ni siquiera intentarlo. Para pulular por la cancha como un alma en pena, para recular ante el más mínimo de los arreones locales, para mirar hacia otro lado en cuanto las cosas se tuercen. O incluso para salir al campo muerto de risa y sin concentración cuando se supone que uno es el revulsivo elegido para enderezar el partido recién empatado, como hizo ayer Mista. Claro que si yo fuera Mista y me sacaran a solucionar el partido después de haberse gastado el Club 80 millones de euros en fichajes también me daría la risa floja, la verdad. En esto casi le doy la razón.

La clave de este desaguisado general y reiterativo, cree uno, es que no pasa nada, aquí nunca pasa nada. No es que no pase nada por empatar un partido o por llevar dos puntos de nueve o por haberse descolgado ya de los lugares a los que se quiere optar a final de temporada. No es eso. Tampoco es que no pase nada por no haber jugado a gran nivel a estas alturas, que para eso hay todavía tiempo de enmendar los errores, que esto sólo acaba de empezar. Ni que no queramos ser excesivamente apresurados, o impacientes, o demasiado exigentes. No. Lo que ocurre es que, en el Atleti de hoy, no pasa nada, nunca pasa nada. Los jugadores, el entrenador o los directivos pueden suspender cada curso cuatro asignaturas y hasta más que da igual, pasan al siguiente curso con mochila y zapatos nuevos, como los niños de ahora.

La directiva se ha empeñado en ese discurso de que el Atleti es una empresa, y a fe que lo están consiguiendo; lo único que no nos habían contado es que es una empresa pública, con plantilla de funcionarios de esos con cara de aburridos de las ventanillas. Lo hagan bien o mal, no pasa nada. Ellos marcan los ritmos, ellos pegan los sellos y tienen el poder suficiente para decir si falta tal o cual impreso. Nadie les va a exigir que lo hagan mejor, nadie les va a sancionar ni les va a protestar ni les va a tirar nada que no sea confetti. ¿Para qué, entonces, esforzarse? El sueldo lo tienen asegurado, el coche de lujo también, el cariño de la afición también, por asombroso que nos resulte. Y si los seguidores no les cogen cariño será porque la afición es maligna, pero qué se han creído estos… y si no díganselo a Pernía, quien se permite hacerse el ofendido por unos cuantos pitos cuando todos sabemos que en el Calderón de antes más que pitarle le hubieran tirado al río. Aquí nunca pasa nada y si pasa un día y alguien bufa van los tíos y se ofenden, faltaría más, hay que ver qué público mas tiquismiquis, me voy ahora mismo al spa y luego al chill-out (léase “shiláu”) que esta gente me irrita una barbaridad.

El Atleti es pues una empresa y los currantes, por bien pagados que estén, tienen claro que no son más que currantes. No tienen ambición porque sus objetivos laborales (ganar la liga, por ejemplo) son tan lejanos y su orgullo es tan chico que saben que nunca cobrarán el bonus. Como primeros no van a quedar y si quedan séptimos la prensa y la afición dan volteretas laterales por haber conseguido El Sueño Europeo, conciben sus añitos en el Atleti como un dorado retiro jugando al golf y hablando de cocktails con el resto de la plantilla. No reciben presión de los clientes, que hacen la ola a la mínima, y no reciben presión de los mandos intermedios, esto es, entrenador y director técnico: el primero parece que sigue su estela, haciendo cuentas sobre cuándo le echarán para por fin tener tiempo de sacarse el título de patrón de yate, y el segundo no puede cargar las tintas sobre los jugadores porque al fin y al cabo les trajo él, o eso nos cuentan.

Los mandos intermedios por tanto no están por la labor de meter presión a la plantilla. ¿Cómo puede ser esto? ¿No cobran un dineral por transmitir motivación y tomar decisiones acertadas? Puede ser, sí, pero como saben que tampoco pasa nada, pues no se van a llevar un sofocón así gratuitamente. Total, no les dejan tampoco hacer mucho, como para agobiarse. Cuando quieren un jugador de banda, les fichan un podólogo. Cuando se quejan de que el suelo de las duchas resbala, les regalan una tarjeta visa atlética. Si quieren hablar con el presidente sobre el futuro del equipo, éste no les recibe porque está en la presentación de un spot en el que un atlético simpatiquísimo vende su piso en Arganzuela y le compra a promociones Gilmar un adosadito en las Rosas, al lado de la Peineta, haciendo un negocio redondo.

Todos sabemos que es difícil rendir en el trabajo cuando el jefe no aparece por la oficina o si, cuando lo hace, va sin afeitar y comiendo chicle. Lo mismo ocurriría si el presidente de la empresa faltase continuamente a su palabra dada en público. Tampoco tiene mucho aliciente el profesional que tiene un público cautivo que, le den lo que le den, nunca pide la hoja de reclamaciones. Olvidada pues la posibilidad de que se levante en armas la muchachada colchonera para pedir que se les de lo que pagan, cabría esperar que la vergüenza torera pasara a tener algo que decir en todo esto. Esto podría ocurrir si entre los jugadores hubiera algún sentido de Club, de compromiso con la afición, de respeto a la camiseta. Pero tampoco. En el Atleti de hoy en día no hay, por primera vez en la historia, ningún jugador nacido en Madrid, alguno que al menos supiera de qué va la vaina de la rivalidad y la tradición y las rayas de los colchones y esas cosas. Nada. Peor aún, sólo hay un tipo de la cantera, Antonio López, y su carácter parece haberse diluido en el pasado junto con las medias rojas de vuelta blanca. El sentido de Club, el orgullo de vestir una camiseta, esto es, el único factor que podría convertir a un grupo de profesionales bien pagados y poco presionados en un equipo de fútbol tampoco tiene cabida en este Atleti de hoy. Así nos va.

Ya lo ven, hoy también escribo al dictado del diablillo pesimista y gruñón que domina a mi pesar estas crónicas. Podría preguntarme por qué jugamos igual año tras año a pesar de cambiar todo. O si merece la pena gastarse ochenta millonazos en unos cuantos tipos que hacen lo mismo que los del año pasado. O si es categóricamente aceptable que son jugadores como el Kun, Forlán, Maxi, Simao, Reyes o Maniche se consiga jugar tan mal. O si el destino más apropiado de la defensa de la que antes presumíamos no es un equipo de regional. O por qué si tenemos claro que Aguirre es un entrenador defensivo, transmitimos la sensación de ser un coladero continuo. Pero no sé si merece la pena. Da la sensación que el problema es más profundo que todo eso. De lo contrario no se explicaría que, año tras año, entrenador tras entrenador, plantilla tras plantilla, mentira tras mentira y desatino tras desatino, nunca pase nada.

martes, 21 de agosto de 2007

La afición regenerada

Los que hayan seguido mis escritos, pobres, sabrán ya algo que me suele ocurrir: partido del Atleti que no veo, partido en el que lo bordan. No vi el partido de la Vojvodina, así que sólo me han llegado los ecos y las crónicas periodísticas. Unos y otras invitan a la reflexión.

Vuelve uno de vacaciones y se encuentra a la afición dando volteretas laterales y dando besos a los niños. “Qué partido, cómo jugamos, este año sí”. Caramba caramba, esto me suena aunque hace tiempo que no lo oía.

Año tras año, al menos en los últimos tiempos, el aficionado atlético acaba el curso desesperado por la clasificación del equipo y, lo que es peor, por el horror de juego desplegado durante la temporada regular. Hartito me tienen, yo no vuelvo más, no renuevo, esto no hay quien lo aguante, que les den. Esta sensación dura poco porque el aficionado atlético pasa a ser, tras el final de la Liga, seguidor de un epílogo de su equipo, de un apéndice endémico del colchonerismo, de una secuela única entre los equipos grandes. Porque el Atleti, que para eso es distinto, desaparece al final de temporada y se convierte en un ente ectoplasmático y virtual: el Proyecto.

Año tras año, la afición rojiblanca ve como el Proyecto nace, crece, toma forma, no se reproduce sino que se deforma y finalmente se convierte de nuevo, por metamorfosis mariposil, en el Atleti. Al principio del Período Giliásico el Proyecto se enumeraba, como las dinastías Ming: el Segundo Proyecto, el Cuarto Proyecto, el Séptimo Proyecto … el hastío y la pereza, o quizás la inseguridad general en lo relativo a los ordinales que siguen al décimo, hicieron que la prensa y la afición perdieran la cuenta. Ahora no se pone un número, ahora se habla del Proyecto y sanseacabó.

El Proyecto tiene varias misiones. Por un lado, tiene a la gente entretenida las mañanas de agosto, cuando los niños más chillan. Por otro, hace ricos a muchos intermediarios, y esto es importante para el Producto Interior Bruto y para el gremio de ojeadores. Pero, por encima de todo, el Proyecto tiene efectos terapéuticos para la maltrecha moral de la afición colchonera. El Proyecto es a la afición del Atleti lo que la baba al caracol: gracias al Proyecto, la afición recupera año tras año la fe, la moral, la ilusión, y además lo hace ella solita. Da igual que el Proyecto se manifieste en partidos veraniegos contra rivales de tercera fila, o en torneos de ciudades playeras en las que los entrenadores foguean a los suplentes. Si el Proyecto funciona durante un par de semanas, el orgullo de la afición se regenera por arte de magia y el campo hace la ola a la primera de cambio. Da igual que el Proyecto sea el vigésimo cuarto o el septuagésimo primero, que en liga se haya quedado el quinto o el noveno: el Proyecto es el Proyecto, qué más quiere Vd, gracias al Proyecto da igual el Atleti, con el Proyecto nos vale para estar contentísimos. El Proyecto regenera, el Proyecto re-ilusiona, el Proyecto restituye la fe en uno mismo, mejora la autoconfianza, quita las patas de gallo y hace crecer el pelo de la coronilla. Como se enteren los de la cuota nos venden el proyecto en pastillas o cremas de cómoda aplicación desde la tele-tienda, que menudos son estos para sacarle rendimiento a los atípicos.

Dicho lo anterior, a mi el Proyecto de este año (perdón, “el Proyecto”) no me parece mal. Tampoco me parece bien del todo, eso sí. Si el año pasado teníamos un equipo que parecía un novillo cornalón, con dos pitones de miedo y cuartos traseros escurridos, este año hemos ganado en cabeza pero seguimos con el mismo cuerpo: el Proyecto deja entrever una criatura fantástica con cabeza de venado medalla de oro y cuerpo de perrillo ratonero. Mirando la parte delantera uno ve muchas puntas, puntas de las afiladas, buenos y agresivos interiores, varios jugadores con capacidad de hacer varios goles por temporada. Eso sí, todos dispuestos en torno a un enorme cráter en el que se echa de menos alguien que les dé la munición, que piense en cómo hacer llegar a todos esos atacantes el balón que tendrá que salir desde atrás, si es que sale …. En ese agujero negro caben, además, multitud de preguntas: ¿Será Maniche el del Mundial o el del año pasado? ¿Confirmará Raúl García que puede con el puesto, como ha apuntado ya? ¿Seguirá Luccin en el equipo y, si es así, soportará el peso de recuperar y crear o se quedará a medias, como de costumbre? ¿Vendrá Riquelme y, si es así, tendrá cabida en los rígidos planteamientos de Aguirre?

Mirando algo más atrás, las dudas se multiplican: ¿tendrán fuerza las endebles patitas de los laterales para sostener el peso de la inmensa cornamenta atacante? ¿serán nuestros centrales la solvente pareja de hace unos años o la dubitativa collera de flanes del pasado ejercicio?. Poco refuerzo vemos por atrás y por el centro y mucho (y bueno, al menos en teoría) por delante. Y eso que, en contra de lo afirmado con rotundidad por el Consejero Delegado de la Marca, ya llevamos fichados unos cuantos jugadores …

Pero en fin, a lo que íbamos, que hay que ver qué alegrías nos da el Proyecto.

- (voz en off) A Vd por lo que se ve no mucha, que siempre anda igual con tanto escepticismo. ¡Aguafiestas! ¡Cenizo! ¡Miope!
- Miope sí, oiga

Por ahora el Proyecto ha ganado zafiamente al Gloria Bistrita y de forma convincente, al parecer, a la Vojvodina. Con esto, a mediados de Agosto, ya está la afición encantada, venga a hacer la ola. La afición del Atleti, a estas alturas de la película, vive el presente con una convicción garcilasiana que ríanse ustedes del Carpe Diem. El Proyecto va ganando y con esto nos basta, y tampoco está mal esta postura ahora que lo pienso. Las experiencias pasadas muestran que la alegría puede no durar mucho, así que mejor aprovechemos y vayámonos a la verbena en cuanto podamos, que hoy dan dos por una y el sábado a lo mejor nos llevamos un disgusto. Pero el sábado está lejos, aquí no hay futuro que valga, no venga Vd con las dudas ahora, que estamos ocupados hinchando globos. “No future” dicen, fíjense por dónde la afición del Atleti se ha hecho punk, aunque, eso sí, más del “Orgasm addict” que del “What do I get?”, la canción cuya letra demuestra que los Buzzcocks también son del Atleti.

Les tengo que dejar. Viene la afición colchonera del barrio haciendo la conga, y me piden que me ponga de locomotora. Con la vergüenza que me dan a mi estas cosas…

viernes, 4 de mayo de 2007

¡¡AGUANTE MANITO!! (Doggy dixit)

Horas despues de citar virtualmente de lejos a Doggy para que hiciera pública su razonada defensa de Aguirre éste, presto como un Pablorromero y audaz como un Gurkha, me envía por mail el artículo que se reproduce a continuación. Así que ahí tienen lo prometido, lo que a algunos abrirá los ojos y a otros encogerá la vesícula. Como los comentarios prometen ser interesantes y el texto tiene su miga, se acabó con la introducción. Todo suyo.


A mí, de Javier Aguirre, lo que menos me gusta es su dentadura. Vaya esto por delante para que nadie pueda acusarme de pelota. No, no me gustan los piños del Vasco, ¡pinche güey! Es un postizo perfecto, demasiado perfecto, casi casi de anuncio de Corega. Un postizo de boxeador o, mejor aún, de luchador mejicano con máscara. Javier Aguirre tiene la mandíbula cuadrada, pelo cano de Marine veterano y mirada de guerrero. Y eso, señores, un guerrero, es justamente lo que necesitaba el Atleti.

Supongo que los lectores habituales de este blog se me habrán puesto ya de uñas. Se lleva mucho por estos lares virtuales el derrotismo disfrazado de sano escepticismo que, muchas veces, esconde un mucho menos saludable deseo de que se cumpla el estereotipo vikingo de atléticos sufridores, esos que a la primera de cambio te sueltan un “este año tampoco”, “no hay nada que hacer” o el clásico “apaga y vámonos”. Aquí se clama al cielo recordando gloriosos tiempos pasados, se nos llena la boca de decir que sólo Fernando Torres merece ponerse esta camiseta y nos venimos abajo ante el más mínimo sinsabor deportivo. No voy a ser yo, señores, el que niegue razones para la desmotivación, incluso para la hartura, pero para ahondar en ese pozo ya hay otros. Yo, señores, vengo hoy aquí a romper una lanza por Javier Aguirre. Y desde ya les advierto que no pienso mentar a la Directiva. ¡Ándele!

Repasemos brevemente los antecedentes en el banquillo rojiblanco. Cálmense, que no pretendo remontarme a los tiempos de Max Merkel, ni mucho menos a los de Helenio Herrera. Vamos a lo reciente. Desde que salimos del infierno de Segunda hemos visto sucesivamente sentados en nuestro banquillo a Luis Aragonés, Gregorio Manzano, César Ferrando, Pepe Murcia y Carlos Bianchi. De Luis Aragonés me niego a decir todo lo que pienso por respeto a su pasado, porque desde hace años, incluido ese estertor final en el Atleti recién ascendido, es un entrenador acabado. Véase su ridículo y errático devenir al mando de la Selección para mayor abundamiento. Tras él llegó el pío Manzano, un vendehumos con el ojete florecido, un Miguel Muñoz escapado del Seminario, que bastante hizo con mantenernos en Primera. Ferrando y Murcia, honestos y trabajadores, también lograron la permanencia, pero acabaron demostrando que, como al curilla, el cargo les venía grande, muy grande. Precisamente por eso se trajo a Bianchi -ganador, experimentado, de irreprochable y campeonísimo currículo -que naufragó por una absurda mezcla de excesos: exceso de soberbia, exceso de desconocimiento de la realidad de la Liga española y exceso de mala suerte.

Y así llegamos a Javier Aguirre, un Míster que, tras cuatro años en Osasuna, había maravillado por sus dotes de psicólogo, por su fútbol aguerrido, competitivo y vistoso y por haber conformado una plantilla polivalente y ganadora aprovechando al máximo unos recursos futbolísticos a priori muy limitados. Cualquier buen aficionado al fútbol reconocía en Javier Aguirre a un tipo que sabía verdaderamente lo que pasa en un terreno de juego, que, además, era consciente de saberlo y que, por tanto, ambicionaba empresas mayores que las que, después de cuatro años, podía ofrecerle el bravo y noble conjunto pamplonica al que dejó, ¡oh, maravilla!, en Liga de Campeones.

Nada más llegar al Atlético de Madrid, Aguirre demuestra su compromiso y confianza: rechaza los dos años de contrato que le ofrecen y firma por uno, comprometiéndose a llevar al equipo a Europa como condición para prolongar su relación contractual. Le fichan a Agüero (un crack en proceso de formación), a Miguel de las Cuevas (una perla pendiente de explotar), a Ze Castro (un central con gran futuro), a Seitaridis (un lateral experimentado que sale de una larga lesión), a Costinha y Maniche (dos portugueses veteranos que ya lo han ganado todo), a Patapalo Pernía (un curtido jornalero de la banda que viene de hacer la temporada de su vida en el Getafe, incluidos diez goles de falta directa), a Jurado (un proyecto de jugador que los vikingos quieren foguear) y a Mista (un delantero notable y con experiencia que se ha quedado sin sitio en Valencia). Aguirre cuenta, además, con una base más sólida que sus predecesores. Está Fernando Torres, claro, pero también Maxi Rodríguez, Martin Petrov, Peter Luccin, Pablo, Perea, Antonio López y Leo Franco. Y jugadores para el banquillo: Gabi, Valera, Galletti... Con esos mimbres, Aguirre está convencido de meterse entre los seis primeros, aunque avisa de antemano que considera corta la plantilla.

Como TODO entrenador actual, el Vasco se dedica primero a apuntalar la estrategia defensiva, a construir un equipo que se muestre fuerte y sólido atrás para sacar resultados y coger confianza. Aquí las opiniones pueden ser las que ustedes quieran, pero los números cantan. El Atleti es el segundo equipo que menos goles ha encajado de la Liga (26, sólo por detrás de los 24 que le han clavado al Pato Abbondancieri). El Atleti es el equipo de la Liga al que menos le rematan a puerta, al que menos centros de gol le hacen y el que provoca más fueras de juego en las delanteras rivales. Además, es el segundo equipo de Primera (tras el Barça) que menos balones pierde. Esto son datos, lo demás cuentos. Aguirre ha sabido organizar una estrategia defensiva seria (en la que Luccin, inconmensurable este año, es pieza clave), dando bolilla, además, a todos sus defensas y ayudándoles a mejorar: a Pablo (desquiciado por culpa de unos representantes peseteros, curiosamente exjugadores del Atleti, y de su propia y torpe avaricia) le ha vuelto más contundente y menos contemplativo, para que no se noten tanto sus carencias con el balón en los pies; a Perea (que, como Antonio López, vive su peor año desde que está en el equipo) le ha desplazado a la banda o le ha sentado para espabilarle; a Zé Castro y a Seitaridis les ha dado palo o zanahoria, según correspondiera, para aprovechar sus virtudes, sabiendo integrarles en el equipo; a Valera le ha utilizado para motivar al griego (parece que se nos ha olvidado ya que en ese puesto hemos sufrido mucho tiempo una metástasis futbolística llamada Velasco) y cuando le iba a dar la alternativa definitiva se le rompió el cruzado. En enero llegó Fabiano Eller, al que dio un mes para adaptarse y que hoy parece ya titular indiscutible por su condición de valladar en el juego aéreo, otra de nuestras carencias crónicas en los últimos años. En definitiva, hoy podemos decir que el Atlético tiene una gran defensa en la que pueden jugar cualquiera de los ocho, incluyendo al lamentable Mariano Patapalo Pernía, con diferencia el peor futbolista de la plantilla.

No me olvido del portero, no. Aguirre no es tonto, señores, y sabe que Leo Franco no es un portero de élite, pero es el que tiene. Como los más avispados habrán percibido, obliga a los centrales a estar muy atentos para que Leo no tenga que salir del área pequeña, su gran carencia. Pero a Aguirre no se le puede achacar que cualquier equipo llegue una sola vez a nuestra portería y nos la clave (pienso en el Mallorca, el Zaragoza, el Valencia, el Real Madrid o la Real Sociedad en el Vicente Calderón; o en el Depor, el Zaragoza o el Madrid lejos de casa). Leo sólo nos ha ganado un partido: en el Ruiz de Lopera ante el Betis. Muy poco bagaje, muy poco, para un internacional argentino. Ahora veremos si Pichu es o no es una alternativa. Ojalá. Porque necesitamos un portero que nos saque una mano salvadora alguna vez, como Casillas, Palop, Valdés, Cañizares, César, el Pato o Pinto, por poner los ejemplos más obvios, aunque podríamos citar muchos: este año cuatro de cada cinco porteros han hecho el partido de su vida en el Calderón.

Pero vamos con el centro del campo, señalado por todos como el punto flaco de este equipo. Yo no estoy tan de acuerdo. Sucede que al fútbol se juega de muchas maneras y no siempre como digan cuatro pintamonas de los medios, es decir un pivote defensivo, un media punta pasador y dos jugadores de banda. Esa es sólo una opción, un dibujo sobre un papel o una pizarra, una teoría que tienen que poner en práctica unos futbolistas. Y a día de hoy se juzga a Aguirre -y se le condena- por no tener, pongamos por caso, a un Riquelme. Y a mi, claro, me da la risa. El Barsa juega habitualmente con tres centrocampistas pasadores, el Sevilla no tiene un media punta pasador, el Zaragoza tiene dos a cambio de jugar sin bandas, el Recre apuesta por circular el balón rápido para aprovechar su velocidad arriba. El fútbol no es lo que diga De la Morena, Segurola, el mediocre de Maldini o el primer desgarramantas que firme una crónica en el Marca o en el AS. El fútbol es muy variadito. ¿Con, pongamos por caso, Riquelme jugaríamos mejor? Probablemente. Y si mi difunta abuela hubiera tenido gomas Bridgestone en lugar de piernas hubiera sido un Minardi. Pero ese no es el tema. El tema es que se nos lesionaron dos piezas claves en el centro del campo, Maxi y Petrov, dos titulares indiscutibles que aportaban un sinfín de opciones de juego para Luccin y su acompañante, por detrás, y para Torres y Agüero, por delante. El tema es que Miguel de las Cuevas, centrocampista con hambre y calidad futbolística, polivalente, con visión de juego, pase y disparo, se rompió y, para colmo, tuvo mala suerte en su recuperación y se le necrosó un dedo del pie. Otra grandeza de Aguirre: nunca ha llorado las bajas, ni las ha puesto como excusa para escudarse, ha elevado el mentón, ha apretado su grotesca piñata postiza y ha buscado alternativas. Lamentablemente, Maniche se borró antes de Navidad. Lamentablemente, Patapalo Pernía y Antonio López no son extremos, ni siquiera interiores. Lamentablemente, Galletti no es un jugador para ser titular en ningún equipo del mundo que aspire a otra cosa que no sea la permanencia y sí puede ser un jugador interesante para salir de refresco quince o veinte minutos. Pero Aguirre no se ha lamentado. De Jurado preferiría no hablar: ha dado sobradas muestras de ser un jugador, ahora mismo, justito justito para ser titular en un Segunda División de media tabla. Pero es lo que tiene Aguirre. Costinha, aunque se haya convertido en chivo expiatorio para un gran sector de la afición, está cumpliendo con su cometido cuando juega. Otra cosa es que a “los aficionados al fútbol por televisión” o a los lectores del Diario AS les guste más o menos ese cometido. Para terminar con el centrocampismo: Aguirre pidió dos jugadores en enero –y que vendieran a Maniche- y no se los trajeron –ni vendieron al achulado portugués. Tampoco ha llorado. Al igual que no lo hizo este verano, cuando no se fichó a Raúl García, con el que Patxi Izco, ese al que siempre le llega la camisa al cuello, quería hacer el negocio de su vida. Raúl García era el centrocampista que quería el Vasco, pero aguantó con Maniche. Seamos serios: a día de hoy, nuestro centro del campo depende de Peter Luccin, un jugador que sigue demostrando su inmensa categoría contra viendo y marea, realizando muchas veces funciones que no son las suyas por solidaridad con el equipo y para tapar las carencias o las sinvergonzonadas tácticas de sus acompañantes en la medular. Desgraciadamente, a veces paga su exceso de responsabilidad y compromiso yéndose de la boca. Que ya le vale. Así que les doy la razón: creamos poco fútbol, pero es que jugamos con Jurado, con Gabi, con el espectro de Maniche, con Galletti... Y aún así, se nota la mano de Aguirre: Galletti presiona como no lo hizo nunca, ni cuando jugaba picaditos con los compadres en los veranos húmedos de La Plata, Jurado está aprendiendo a apretar al contrario en banda, Gabi no se va de su sitio, aunque, a cambio, se ha convertido en un leñero... En fin, Aguirre ha actuado toda la temporada obligado por las circunstancias en la medular y supongo que lo sufre bastante más que nosotros.

En punta tenemos a Fernando Torres. Nunca podremos, como atléticos, agradecer suficientemente lo que este chaval está haciendo por el Atleti. Si me pongo trágico, llego incluso a pensar que, sin él, habríamos desaparecido como club. Y sí, con Aguirre ha mejorado. Más allá de la lotería de los penaltis y su mala racha, combustible para las chanzas vikingas (que envidian su categoría y su compromiso), Torres es más jugador hoy que antes de llegar Aguirre. Defiende como nunca (en todas las jugadas de estrategia marca al delantero centro rival), ha aprendido el daño que hace cuando cae a banda y lleva toda la temporada dando goles a sus compañeros, muchos de ellos desaprovechados. Y encima ha metido diez chicharros. Por no hablar de sus desmarques constantes en cada saque de banda o de portería, su presión en la salida de balón del contrario, su garra, su afán competitivo... En fin, todo da igual, porque se le exigirá que haga todo eso y que, encima, de espectáculo como Ronaldinho y meta goles como Drogba. Otro viejo debate mediático, creado, como casi todos, por periodistas vikingos que jamás entenderán que para Fernando Torres ganar un título con el Atleti no tiene comparación con nada en el mundo, que jamás entenderán lo que significa ser del Atleti...

Otro viejo debate, decía, es el del acompañante de Torres. Este año se fichó a un fenómeno, un diamante en bruto, un monstruo de dieciocho años recién cumplidos. Todo aquel que pensara que Agüero iba a llegar al Atleti y triunfar, una de dos, o es un necio ignorante o un capullo malintencionado. Yo creo que Agüero nos dará muchas tardes de gloria, ya nos ha dado alguna (con el Athletic, con el Villarreal, con el Levante en Copa...). Y también creo que tendremos que agradecerle su parte a Javier Aguirre. Le ha cuidado de verdad como no habría hecho otro entrenador: le ha dosificado, le ha escondido cuando el equipo estaba mal para que no le molieran a palos, los mismos palos que ha aguantado él, la ha dado confianza, ha tenido paciencia con el pibe y, a la vez, le ha presionado con la amenaza de Mista para evitar que se relajara y le ha mandado al banquillo cuando le ha parecido oportuno. Un jugador como Agüero, viniendo de donde viene (me apuesto un testículo a que la mayoría de esos que hablaban, para bien o para mal, de Agüero no habían visto un puto partido entero de Independiente y no saben de la Liga Argentina más que por los resúmenes de Canal Plus) y jugando a lo que juega, necesita, como mínimo, una temporada de adaptación (y que nadie mencione a Messi, porque la Pulga ha estado tres años jugando en las inferiores del Barça). Y yo veo motivos para el optimismo: aún así ha rendido razonablemente bien, cada vez se entiende mejor con Torres (esas paredes eléctricas que vemos en casi todos los partidos), está aprendiendo como se defiende en Europa y va perdiendo esa indolencia que mostraba al principio. La clase la tiene, no hay más que verle con el balón en los pies, y Aguirre conseguirá al final convencerle de no intentar ese último regate que, como buen gambetero, muchas veces le hace olvidarse de que, primero, hay que ejecutar al contrario y luego lucirse (algo, por cierto, que dudo que Jurado aprenda jamás). Por último tenemos a Mista. Un honrado profesional que ha dado la cara en todo momento, que ha aceptado sin rechistar un rol secundario porque sabe que Aguirre se lo valora y se lo paga dándole oportunidades en cuanto puede.

Todo eso no puede esconder que somos el equipo de Primera que más veces tiene que rematar a puerta para meter un gol o que seamos el equipo que más faltas directas haya tirado y el único que no ha metido ninguna. O que seamos el equipo que menos goles haya marcado en jugadas de estrategia. O que hacía muchos años que no se veía un Atleti que marcara tan pocos goles. Aún pasando por alto que, como señaló el propio Aguirre, perdimos en octubre un tercio de la capacidad goleadora del equipo, todo esto está en el Debe del Vasco, así como cierta tendencia amarrategui, pero también parece que hay razones para darle tiempo, lo único que (casi) siempre funciona en el fútbol.

El Atleti de Aguirre, a día de hoy, no juega bien. Vale, chaval, pídeme una caña. ¿Cuántos equipos de la italianizada Liga de las Estrellas (sic) juegan bien? El Barsa y el Sevilla uno de cada tres partidos, el Recre uno de cada cuatro y el Racing, el Osasuna o el Espanyol uno de cada seis. Analizando fríamente lo que llevamos de temporada, ni el Zaragoza, ni el Real Madrid, ni el Valencia han jugado mejor que el Atleti, pero, indudablemente, tienen más soluciones ofensivas en sus plantillas. Y, aún así, ahí estamos nosotros, con las opciones intactas para meternos en la UEFA (que puede ser un consuelo menor, pero sería muy importante para el equipo). Yo espero con toda mi alma que se consiga. Pero no principalmente por jugar un torneo europeo tan devaluado como la antigua Copa de Ferias. Yo ruego porque acabemos sextos para que siga Aguirre, para que por fin podamos ver un proyecto. Y me duelen las cosas que se dicen, porque nadie se acuerda del primer año de Rijkaard (sin ánimo de comparar) o los años que les ha costado al Sevilla o al Valencia construir los equipos que tienen. Por poner tres ejemplos. Ruego porque siga Aguirre porque le veo entrenar y veo a un tío que sabe, a un equipo técnico que le respalda y le complementa, veo a una plantilla comprometida, unida y sin más malos rollos que los inevitables, en la que todos se sienten valorados. Ruego porque siga Aguirre porque le veo en las ruedas de prensa antes y después de los partidos, con la frente alta, sin esconderse, sin vender humo, sin escudarse y sin excusarse, sin echarle mierda a sus futbolistas, sin desviar la atención con los árbitros, pensando lo que puede hacer para mejorar el equipo, para ganar. Ruego porque siga Aguirre porque no vivo del pasado (yo ya he celebrado dos Copas en el Cuernabéu y un Doblete): quiero tener futuro. Ruego porque siga Aguirre porque miro a Osasuna y veo que Ziganda, con dos retoquitos, dos, tiene un equipazo competitivo de 22 jugadores: la herencia de cuatro años de Aguirre que anoche cayó dignamente en semifinales de la UEFA.

Y ahora voy y miro el calendario. Nos quedan el Espanyol y el Getafe fuera, el Barsa en casa, el Nástic en Tarragona, el Celta en casa y el último partido de Liga en Pamplona. Miro el calendario y confío en que Javier Aguirre cumplirá el objetivo que se impuso a si mismo, que nos meterá en la UEFA, que renovará y que, con cuatro retoques, empezaremos a ser un buen equipo de fútbol.

Y es por todo lo anteriormente expuesto, por lo que yo le perdono a Aguirre exhibir esa dentadura tan lamentable.

Doggy