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viernes, 21 de septiembre de 2007

Crónica mirando al tendido

Se preguntarán Vds: ¿otra crónica de aires taurinos? ¿metáforas de grana y oro? ¿símiles entre Manili y Mista, entre el Formidable y Maniche, entre Florito y Aguirre ? Nada de eso. El partido de ayer fue tan horroroso que era mucho más entretenido mirar a la grada que al terreno de juego.


Que el Atleti juegue mal no es ya noticia. Que los jugadores muestren una apatía irritante tampoco. Que esto ocurra el día en que el equipo empieza a jugar en Europa tras siete años ante un segunda división turco tampoco es algo reseñable en este equipo asombroso. Todo esto es ya algo normal a ojos de aficionado atlético, o al menos para los veinticinco mil ilusos que aparecieron ayer por el Calderón.

Uno, que ya saben que es tonto, pensaba que a lo mejor a los jugadores que ayer aparecieron por el césped les daba por aprovechar el día y el rival para demostrar ante la grada su calidad, compromiso, profesionalidad o vaya Vd a saber. Pues nada, pa qué. La misma desidia, el mismo descontrol, la misma poca gana de agradar y de contribuir a que la grada pase un buen ratito. Ayer la ocasión la pintaban calva para gente como Jurado o Mista o Eller o Zé Castro o alguno más, pero de estos sólo el primero dio la sensación durante un rato de querer hacer algo más que trotar sin rumbo, hasta que un turco le hizo un esguince y quedó para el arrastre. Entre el resto, Forlán lo intentó (por cierto, ya busca los balones a la desesperada en el centro del campo, como en su momento hacía Torres), Luis García lo intentó, Santana no sabemos si lo intentó pero no dio la sensación de que así fuera (y mira que le hubiera venido bien), y santas pascuas.

Dos menciones especiales. La primera, Maniche, más apático y displicente que nunca, que pasó la noche correteando sin rumbo o viendo, al paso, como atacaban los amiguetes turcos gracias a los balones que él mismo perdía. Maniche es un misterio sin resolver, un caso digno de estudio. Le hemos visto hacer excelentes partidos con Portugal y ser totalmente prescindible con el Atleti. Le hemos visto también desplegar personalidad, dotes de organización e intuición futbolística, y al rato perder todas sus virtudes para convertirse en una boya de puerto a merced del devenir del partido y sin intervención en el mismo. Maniche en buenas condiciones es tan necesario como innecesario es Maniche en modo ausente. De Maniche, pues, no sabemos qué pensar pero el crédito se le acaba a la misma velocidad que a la grada se le acaba la paciencia con Aguirre.

El otro merecedor de un párrafo aparte es Antonio López. Antonio López ya no está en el Atleti y en su lugar hay un señor de Alicante a quien le aburre jugar al fútbol y que carece de condiciones físicas para ello. Ayer le sacaron los colores los del equipo ese de barrio turco y no dio sensación de poder evitarlo. En una carrera de cincuenta metros le sacó quince un delantero, en varias ocasiones le robaron la cartera por su banda, cuando se sumó al ataque hacía centros sin posibilidad de recepción, enviados a la olla cuando en la olla no había más que turcos esperando el regalo, como hacen los jugadores en categoría infantil: “yo llego y centro; si no hay nadie no es culpa mía”. Ayer tuvo Antonio López una buena ocasión para reclamar la titularidad ante el delirante momento que pasa Pernía y lo único que consiguió es sumir a la afición en una depresión escorada a la izquierda de la defensa. Lo verdaderamente preocupante es que Antonio López es el único canterano del equipo y como sea él el encargado de transmitir a la plantilla el espíritu del Cholo mejor vamos comprando tranquilizantes.

El Atleti jugaba mal y sin ganas, y ya hemos dicho que en el Atleti de hoy esto no parece ser motivo suficiente para montar un lío, pero aún así casi se montó. La grada la tomó con Mista, también la tomó con Aguirre y no la tomó con nadie más, a pesar de que en el campo había jugadores fichados por, es un poner, García Pitarch. La gente silbaba y eso es noticia, y Aguirre tomó cartas en el asunto, metiendo al Kun a ver si la gente le dejaba en paz con tanto pitido. Aguirre da la impresión de estar ya cansado de todo esto, saca a los jugadores que la gente le pide y no se preocupa de lo más mínimo de que la pandilla de tipos que tiene en el vestuario parezca un equipo de fútbol. La sensación es que sus días están contados, que lo sabe y que le da igual. Malo.

Decíamos al principio que, visto lo que había en el campo, la gente miraba a la grada y a los fotógrafos y a los policías, y comentaba las dos novedades más notables que se hicieron presentes en el estadio en el día de ayer: la primera, claro está, los remodelados cuartos de baños de caballeros (ignoro si todos, pero sí al menos los de mi zona), que desde hace poco parecen unos baños y no un barracón de campo de concentración. “Será por lo de la UEFA”, decían unos. “Será que han sobrado sanitarios en una promoción fallida”, decían otros. El caso es que, tras años de tirar a tablero, el aficionado atlético puede ahora llevar invitados al estadio sin necesidad de pedir disculpas de antemano por el estado de los baños. A ver si dura.

El otro gran tema de debate en la grada fue el estado de salud de Indy. Hasta ahora todos habíamos percibido una pérdida del lustre de su plumaje, un progresivo deterioro de los colores de su peluche y hasta un agolpamiento de gomaespuma en el fondo de su cola que nos hacían pensar que la mascota no pasa por su mejor momento. Ayer las sospechas se confirmaron: Indy ha vuelto de vacaciones sin dientes. Ha perdido los incisivos que le daban ese aire confiado y guasón, lo que es un problema dado que ya estaba el hombre para el tinte.

El resultado es que ahora la mascota del Atleti es un mapache mellado y a ver cómo se lo explicamos a los niños. La grada ha desarrollado varias teorías: algunos dicen que se le han caído de forma natural, y que dentro de poco tendrá dentadura nueva por obra de la madre naturaleza, que dotó a la mascota de dientes de leche, como al resto (en cuyo caso se abre otro debate: ¿de qué especie es el ratón pérez de los mapaches?). Otros dicen saber de buena tinta que este problema dental viene de lejos, y que posiblemente Indy se haya dejado sus dos únicos dientes en un vasito de agua en la mesilla en un descuido provocado por el síndrome de estrés mascotil que ya padeciera el Piolín ese al que pegaron una paliza en el parque Warner. Hay quien lo achaca a una epidemia de caries mapachil, otros al calentamiento global. Hay también rumores de malas compañías, de sustancias ilegales, de peleas en bares de dudosa reputación, de caídas accidentales a altas horas de la madrugada. No sabemos en definitiva qué le pasa a Indy y esto es un problema mayúsculo en el Atleti de hoy, que por lo demás va fino como un longines. En cualquier caso, y aunque sea ventajista opinar a toro pasado, la elección del mapache como símbolo del Club no parece haber sido sino otro desatino de la directiva, a juzgar por lo que de estos bichos dice la wikipedia:

“Mascota no adecuada: De un aspecto que resulta simpático incluso tierno para los humanos, y de mirada curiosa, podría parecer que sería una buena mascota, pero nunca llega a ser un verdadero animal doméstico, puede morder a humanos, ser sucio en espacios no muy grandes (como defecar en su área de comida), y puede desarrollar obesidad si no es cuidadosamente alimentado o no hace el ejercicio que haría en su estado natural.”

lunes, 17 de septiembre de 2007

No pasa nada

No pasa nada. Aqui no pasa nada, oiga. ¿Es Vd aficionado atlético buscando un artículo diciendo que no hay que preocuparse, que acabamos de empezar la temporada, que el equipo tiene que acoplarse, que hay tiempo para enderezar todo, que es pronto para ser negativos? Busque en otro sitio.


Ya saben Vds que llevo una época intentando enmendar el camino tomado hasta ahora, queriendo convertirme al credo del optimista atlético que ve esperanzadoras señales donde yo veo motivos de preocupación. Veo los partidos del Atleti con un angelito y un diablillo flotando sobre los hombros, como el pato Donald. Uno, rubio, pecoso y de Fuenlabrada, que toca una lira en la que puede leerse “just do it”, me recuerda el pasado glorioso y la identidad sin mácula de este nuestro equipo en los lejanos tiempos del orgullo y los referentes, invitándome a hacer crónicas positivas. El otro, con barba, turbante y casaca militar sobre su atuendo arabizante, me recuerda a los tiempos presentes de fichajes sin sentido, estadios vendidos y torpísima directiva y me pide que no deje pasar una. El primero no hace falta que les diga de quién tiene la cara; el segundo, en efecto, tiene la cara de Colsa.

Dependiendo del partido, uno cobra preponderancia sobre el otro. Yo me esfuerzo en que sea el querubín el que gane la partida pero muchas veces termina siendo el talibán el que se lleva el gato al agua. Ayer mismo, sin ir más lejos, el querubín se me quedó sin argumentos ya durante la surrealista previa de la retransmisión: que lo dan en peiperviú, que no lo dan, que lo ponen en abierto, sí, pero con anuncios, como si fuera un concurso de cultura general… Como guinda del pastel, el Atleti sale vestido de azul purísima en una clara declaración de principios: aquí no va a quedar nada de lo de antes. En estas es difícil que no sea el lado más oscuro el que lleve las de ganar.

El resto lo consiguen los jugadores y el entrenador del Atleti y su aportación durante el partido de ayer a la memoria colectiva y al inconsciente colchonero: nada, salvo bochorno, y ya van muchas veces. Un golazo de Agüero a los quince minutos en casa de un recién ascendido con una plantilla de descartes no parece bastante aliciente para intentar jugar un poco al fútbol. Tampoco lo es el agradar a la afición, o el coger auto-confianza, o el meter miedo a algún rival. No. Un gol a los quince minutos contra un recién ascendido es una coartada estupenda para no hacer nada más, ni siquiera intentarlo. Para pulular por la cancha como un alma en pena, para recular ante el más mínimo de los arreones locales, para mirar hacia otro lado en cuanto las cosas se tuercen. O incluso para salir al campo muerto de risa y sin concentración cuando se supone que uno es el revulsivo elegido para enderezar el partido recién empatado, como hizo ayer Mista. Claro que si yo fuera Mista y me sacaran a solucionar el partido después de haberse gastado el Club 80 millones de euros en fichajes también me daría la risa floja, la verdad. En esto casi le doy la razón.

La clave de este desaguisado general y reiterativo, cree uno, es que no pasa nada, aquí nunca pasa nada. No es que no pase nada por empatar un partido o por llevar dos puntos de nueve o por haberse descolgado ya de los lugares a los que se quiere optar a final de temporada. No es eso. Tampoco es que no pase nada por no haber jugado a gran nivel a estas alturas, que para eso hay todavía tiempo de enmendar los errores, que esto sólo acaba de empezar. Ni que no queramos ser excesivamente apresurados, o impacientes, o demasiado exigentes. No. Lo que ocurre es que, en el Atleti de hoy, no pasa nada, nunca pasa nada. Los jugadores, el entrenador o los directivos pueden suspender cada curso cuatro asignaturas y hasta más que da igual, pasan al siguiente curso con mochila y zapatos nuevos, como los niños de ahora.

La directiva se ha empeñado en ese discurso de que el Atleti es una empresa, y a fe que lo están consiguiendo; lo único que no nos habían contado es que es una empresa pública, con plantilla de funcionarios de esos con cara de aburridos de las ventanillas. Lo hagan bien o mal, no pasa nada. Ellos marcan los ritmos, ellos pegan los sellos y tienen el poder suficiente para decir si falta tal o cual impreso. Nadie les va a exigir que lo hagan mejor, nadie les va a sancionar ni les va a protestar ni les va a tirar nada que no sea confetti. ¿Para qué, entonces, esforzarse? El sueldo lo tienen asegurado, el coche de lujo también, el cariño de la afición también, por asombroso que nos resulte. Y si los seguidores no les cogen cariño será porque la afición es maligna, pero qué se han creído estos… y si no díganselo a Pernía, quien se permite hacerse el ofendido por unos cuantos pitos cuando todos sabemos que en el Calderón de antes más que pitarle le hubieran tirado al río. Aquí nunca pasa nada y si pasa un día y alguien bufa van los tíos y se ofenden, faltaría más, hay que ver qué público mas tiquismiquis, me voy ahora mismo al spa y luego al chill-out (léase “shiláu”) que esta gente me irrita una barbaridad.

El Atleti es pues una empresa y los currantes, por bien pagados que estén, tienen claro que no son más que currantes. No tienen ambición porque sus objetivos laborales (ganar la liga, por ejemplo) son tan lejanos y su orgullo es tan chico que saben que nunca cobrarán el bonus. Como primeros no van a quedar y si quedan séptimos la prensa y la afición dan volteretas laterales por haber conseguido El Sueño Europeo, conciben sus añitos en el Atleti como un dorado retiro jugando al golf y hablando de cocktails con el resto de la plantilla. No reciben presión de los clientes, que hacen la ola a la mínima, y no reciben presión de los mandos intermedios, esto es, entrenador y director técnico: el primero parece que sigue su estela, haciendo cuentas sobre cuándo le echarán para por fin tener tiempo de sacarse el título de patrón de yate, y el segundo no puede cargar las tintas sobre los jugadores porque al fin y al cabo les trajo él, o eso nos cuentan.

Los mandos intermedios por tanto no están por la labor de meter presión a la plantilla. ¿Cómo puede ser esto? ¿No cobran un dineral por transmitir motivación y tomar decisiones acertadas? Puede ser, sí, pero como saben que tampoco pasa nada, pues no se van a llevar un sofocón así gratuitamente. Total, no les dejan tampoco hacer mucho, como para agobiarse. Cuando quieren un jugador de banda, les fichan un podólogo. Cuando se quejan de que el suelo de las duchas resbala, les regalan una tarjeta visa atlética. Si quieren hablar con el presidente sobre el futuro del equipo, éste no les recibe porque está en la presentación de un spot en el que un atlético simpatiquísimo vende su piso en Arganzuela y le compra a promociones Gilmar un adosadito en las Rosas, al lado de la Peineta, haciendo un negocio redondo.

Todos sabemos que es difícil rendir en el trabajo cuando el jefe no aparece por la oficina o si, cuando lo hace, va sin afeitar y comiendo chicle. Lo mismo ocurriría si el presidente de la empresa faltase continuamente a su palabra dada en público. Tampoco tiene mucho aliciente el profesional que tiene un público cautivo que, le den lo que le den, nunca pide la hoja de reclamaciones. Olvidada pues la posibilidad de que se levante en armas la muchachada colchonera para pedir que se les de lo que pagan, cabría esperar que la vergüenza torera pasara a tener algo que decir en todo esto. Esto podría ocurrir si entre los jugadores hubiera algún sentido de Club, de compromiso con la afición, de respeto a la camiseta. Pero tampoco. En el Atleti de hoy en día no hay, por primera vez en la historia, ningún jugador nacido en Madrid, alguno que al menos supiera de qué va la vaina de la rivalidad y la tradición y las rayas de los colchones y esas cosas. Nada. Peor aún, sólo hay un tipo de la cantera, Antonio López, y su carácter parece haberse diluido en el pasado junto con las medias rojas de vuelta blanca. El sentido de Club, el orgullo de vestir una camiseta, esto es, el único factor que podría convertir a un grupo de profesionales bien pagados y poco presionados en un equipo de fútbol tampoco tiene cabida en este Atleti de hoy. Así nos va.

Ya lo ven, hoy también escribo al dictado del diablillo pesimista y gruñón que domina a mi pesar estas crónicas. Podría preguntarme por qué jugamos igual año tras año a pesar de cambiar todo. O si merece la pena gastarse ochenta millonazos en unos cuantos tipos que hacen lo mismo que los del año pasado. O si es categóricamente aceptable que son jugadores como el Kun, Forlán, Maxi, Simao, Reyes o Maniche se consiga jugar tan mal. O si el destino más apropiado de la defensa de la que antes presumíamos no es un equipo de regional. O por qué si tenemos claro que Aguirre es un entrenador defensivo, transmitimos la sensación de ser un coladero continuo. Pero no sé si merece la pena. Da la sensación que el problema es más profundo que todo eso. De lo contrario no se explicaría que, año tras año, entrenador tras entrenador, plantilla tras plantilla, mentira tras mentira y desatino tras desatino, nunca pase nada.

domingo, 4 de febrero de 2007

Fútbol estadístico, fútbol insuficiente

Llegó el Atleti a Valencia y algunos pensaban que ahí se decidirían cosas, porque llegaban dos equipos comparables. Y volvió el Atleti de Valencia con una idea clara: si quiere codearse con el Valencia le queda aún mucho tiempo y muchos cereales que desayunar. Y es que, a pesar de que el Atleti no hizo el partido desastroso que se pudiera imaginar, el Valencia se deshizo de él sin excesivo esfuerzo ni talento. Es lo que tiene ser un equipo más entero, más formado y con más ambición.


La estadística es una ciencia muy útil, bastante de moda en nuestros días. Los periódicos, los políticos, los tertulianos de radio y de bar, los cuñados enteradillos y los aficionados al camping manejan estadísticas como quien maneja una navaja mil usos: lo mismo se usan para defender algo que para atacar lo idéntico. Las estadísticas en muchos casos se anteponen a los argumentos y así nos va. Lo que los partidarios de las estadísticas no tienen en cuenta es que únicamente son un medio para entender lo que pasa, pero no un instrumento para adivinar el futuro. Ah, y que un dato cualquiera, por el hecho de ser estadístico, no se convierte en interesante o pertinente.

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Se fue el Atleti a Valencia y, según comentaba la prensa, parecía que se temía su llegada como temen la del granizo en las comarcas fruteras. “Que viene el Atleti, el que gana fuera casi siempre”, decían, y uno se imaginaba a los aficionados del Valencia inquietos, dando vueltas en la cama, silenciosos de camino al estadio, ausentes. La prensa pintaba el partido como si a Valencia fuera Robert Mitchum con cara de pocos amigos a ajustar cuentas. Pero los que conocemos al Atleti de este año nos extrañábamos de que se le diera este tratamiento a la visita, que nosotros veíamos más bien como cuando iba Antonio Ozores a una casa a ver si vendía una enciclopedia: vamos, que podía salir bien pero lo normal es que no fuera así.

¿Y qué propiciaba esta óptica tan curiosa? Pues la estadística. La estadística decía que el Atleti podía y casi debía puntuar, y como los números son tozudos muchos pensaron que a lo mejor podía ser así. Algunos, los que vemos cada semana al equipo y achacamos su posición en la tabla al mal hacer de otros más que a los propios méritos, no lo teníamos muy claro. Pero otros, más inocentes, pensaron que los números mandan y que el Atleti iba a ganar y se paseaban el sábado por la mañana con cara de Mitchum con su señora del brazo. Algunos otros, o al menos uno, tanto creen en la estadística que se pusieron a recabar datos y a hacer matrices y programas informáticos que cruzaran todas las posibles variables y sacaran todas las conclusiones imaginables durante este partido tan estadístico que se presentaba; hablamos, naturalmente, del responsable de numerología y sumas de La Sexta.

Empezó el partido y se vio lo que iba a pasar. El Valencia, que no es tonto, sabe que el Atleti sufre cuando le toca llevar el peso del juego, porque aunque no lo hace mal a veces, en general le falta la pegada de tipo duro de Mitchum. Le dejó unos metritos y se desplegó en su ya tradicional estructura de líneas paralelas, horizontales y verticales. El Valencia, desde hace unos años, juega en líneas y desde un satélite no se sabe si es un equipo de fútbol o un calendario. Y el resultado es que no es fácil abrir el entramado con el que salen. Ayer, además, se quedó algo atrás y dejó al Atleti que manejara el centro del campo con la idea de que sus rudos medios centros, Albelda y Marchena, se comieran con patatas a sus tímidos homólogos rojiblancos. Así que salió el Atleti como sale en casa, posiblemente desorientado por llevar una camiseta de rayas en vez de esos modelitos grotescos que luce lejos de Madrid. A todo esto, el de la Sexta nos atiborraba a estadísticas: que si el Valencia es el sexto equipo de la liga que más pases hace desde la izquierda, que si el Atleti marca poco entre los minutos 10 y 12, que si Leo Franco se ha hecho un peinado para el que se necesita una densidad capilar de mil pelos por centímetro. Todo muy útil.

Y aún con estas salió el Atleti dispuesto a dar guerra. Y jugó más o menos bien el primer rato, y pudo marcar de cabeza pero Albelda no quiso que el guión se torciera. Y en el centro del campo había más igualdad de la esperada. Y todo iba así hasta que hubo un corner, ese lance que tan mal defiende el Atleti. Y el Valencia, que tiene unos cuantos tipos que pueden marcar de cabeza, aprovechó que todos los de rojo y blanco preferían ver pasar el balón, quietecitos, para ver quién remataba finalmente. Una gran idea: Ayala lo agradeció entrando sin oposición, saltando sin problemas y metiendo el balón entre un respetuoso silencio estático de la defensa (incluida genuflexión de Jurado, muy educado y bien peinado siempre).

Así que el Atleti, tras tener la iniciativa, se veía ahora por detrás. Había salido como un boxeador dispuesto a plantar cara y dar guerra, envalentonado porque el rival no parecía demasiado agresivo. Pero no reparó en que sobre la lona había un rastrillo, que pisó con fuerza, haciéndose polvo la nariz con el golpe del palo. Ahora el Valencia se veía con superioridad y sin haber sudado. Mire usted qué bien. Y el de la Sexta, encantado: que si Ayala remata mucho de cabeza (¡qué cosas!), que si Villa avanza más al galope que al trote, que si en Mestalla cabe más gente que en un cine de tamaño medio.

Tardó el Atleti en reaccionar, medio groggy por el golpe y medio abochornado por la forma en que se produjo. Pero porfió e intentó irse para adelante. Eso sí, no lo hizo bien: se empeñaba en entrar por el centro, lugar en el que habitan Albelda, Marchena, Ayala y Albiol. Vamos, algo así como colarse en la convención nacional de porteros de discoteca. Y aún así pudo marcar Mista pero saltó con maneras de grulla y desperdició una ocasión clarísima. También saltaron al alimón Cañizares y Albiol y al caer uno no sabía si la cara de despiste del portero era la suya natural o es que estaba sonado.

Segundo tiempo. Y el Atleti que sale con ganas, y Torres que se regatea a unos cuantos y cuelga un balón estupendo. Y la cosa se anima y el centro del campo se envalentona. Pero esto dura cinco minutos, lo que tardó el Atleti en perder un balón claro en el centro del campo cuando están todos al ataque (en efecto, eso que todos los entrenadores desde infantiles dicen que es precisamente lo que no hay que hacer). Contraataque sencillo, remate y dos cero. Se acabó el partido. El de la Sexta se queda sin argumentos y ofrece datos menos pertinentes: que si Antonio López ha rozado el coche en el garaje ya tres veces este año, que si Ayala está siempre con cara de enfadado porque duerme menos de 6 horas 45 minutos al día, que las mechas de Albelda distan entre ellas menos esta última vez que cuando se las puso hace dos años.

Pero no se acaba el Partido, que Mista marca. Y un golazo, oiga, a ver si se prodiga más. Y el Atleti se estira y el Valencia duda porque con un golito más nos metemos en el partido. Pero Torres y Agüero no están presentes, y al centro del campo le dan miedo los del Valencia. Y pasa lo que tenía que pasar y que ya había pasado antes: que en el centro del campo se pierde otro balón fácil, y que se vuelve a hacer un contraataque por el lado de Seitaridis (poco esforzado en defensa si no es para que le saquen amarillas), y que un pase que no parecía demasiado complicado resulta ser un balón facilísimo para Morientes, a quien Antonio López miraba atónito. Cuatro tiros a puerta, tres goles y Leo Franco pensando que en mala hora se le ocurrió peinarse así.

Y ahí sí, ahí Aguirre tira la toalla. Se va Agüero, que es quien puede romper una defensa como la del Valencia. Y entra Galletti y al que suscribe, animado por el de la Sexta, le da por contar los pases que da y cuántos de éstos son buenos y saca la conclusión de que este chico tiene estrabismo. Y entran Costinha y Gabi al final, con lo que el centro del campo cambia totalmente pero sigue dando la impresión de que no consigue jugar a nada. Y el Valencia, tan campante, aprovecha cualquier lance para perder unos minutitos y primero parece que Albiol se ha quedado cojo y luego que Joaquín tiene que irse a un asilo pero no es así.

Y final. Tres a uno y eso que el Valencia se ha limitado a hacer su trabajo. El Atleti, por el contrario, cree que pudo haber sido pero al final no fue. Y queda aturdido, y esperemos que no por mucho tiempo porque en las próximas semanas sí que nos jugamos el seguir por arriba o el volver a mirar a los de Champions desde lejos. Menos mal que vendrá el de la Sexta a decirnos cuántos primos tiene Zé Castro en relación a la media nacional portuguesa, o qué proporción de jugadores de la primera plantilla tienen una idea clara sobre la opa de Endesa, o cuantos defensas están a favor de hacer peatonal el centro de Madrid. Lo que no creo que nos diga es cuándo tendremos por fin un equipo competente capaz de pensar que ganar la liga no es cosa de otros. Eso no.