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martes, 19 de mayo de 2009

Un marcador de mentira

Por Jesús Doggy.

(En algunos equipos los suplentes son mucho mejores que los titulares y, cuando el partido se complica, salen los primeros a hacer lo que los segundos no son capaces. He aquí un ejemplo. )

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Dubitativa y temblorosa llegaba la hinchada colchonera al denominado Partido del Año. El Atleti recibía en su estadio a su más directo rival para meterse en la Liga de Campeones, el anunciado objetivo de la temporada, que algunos, rememorando el ya extinto pasado glorioso, consideran si acaso un objetivo mínimo, mientras otros, marcados a fuego por más de una década de ridículo deportivo, están dispuestos incluso a celebrarlo como un triunfo. A unos y a otros –y a usted también, en cualquier caso- les atenazaba un cierto rigor muscular en los glúteos, semejante a un calambre, cuando trataban de imaginar que Atleti saltaría al césped del Vicente Calderón el domingo a las 9 de la noche. Esto fue lo que pasó antes, durante y después de dicho partido de fútbol.

EL PREPARTIDO

Llegaba el Atleti con moral al denominado Partido del Año, tras tres victorias consecutivas, la última de ellas lograda en casa, con diez futbolistas derrochando coraje y corazón, ante una hinchada, de nuevo, entregada a su equipo. Con la moral alta y con bajas de consideración. Llegaba el Atleti al denominado Partido del Año sin ningún lateral derecho disponible; sancionado Perea por un codazo gratuito a un contrario, sancionado igualmente Johnny Heitinga por acumulación de tarjetas amarillas y ausente un griego desahogado que, a estas horas, probablemente esté disfrutando cerca del Mar Egeo del millón doscientos mil euros que le ha regalado la SAD para que deje de reírse de una afición, un escudo y un sentimiento que nunca le importaron gran cosa. Ni al griego, ni a los egipcios.

Jugaba Abel al despiste en los entrenamientos -que si ahora pongo a Sinama-Pongolle, que si ahora le doy un peto verde a Miguel de las Cuevas, que si ahora convoco a un chaval de Toledo que se llama César Ortiz y que está muy ilusionado- aunque el propio Abel sabía, desde siete días antes del denominado Partido del Año, que ahí, en el lateral derecho, iba a jugar nuestro Mariscal de Campo, Tomas Ujfalusi, el de la aterradora sonrisa.

En la capital del Turia, en la previa, la preocupación era mayor si cabe. El Valencia, tras una temporada especialmente convulsa incluso para un equipo y una afición acostumbrados a vivir entre convulsiones, tracas y petardazos, se presentaba al denominado Partido del Año sin su mejor futbolista: David Silva. Curiosamente el jugador más ansiado –y solicitado- por un entrenador mejicano cuyo segundo apellido no era ¡Vete Ya!, aunque durante más de dos años, incomprensiblemente, lo haya parecido. En fin, que en Valencia tampoco tenían las cosas muy claras, obligados a visitar a un rival directo, en el denominado Partido del Año, sin el Bueno (Silva), el Feo (Vicente) y el Malo (Marchena).

El entrenador del Valencia, de nombre Unai y cara de estreñimiento crónico, rabiaba por lo bajini y preparaba un encuentro típico de su manual: ocho a defender con mucha presión en el medio y achicando en bloque. Lo debe dar la tierra, de Ranieri a Quique Flores, pasando por Héctor Cúper o (¡¡ah, blasfemia!!) por Rafa Benítez. La figura, tácticamente, se llama “Robo y rápida transición defensa-ataque en banda para resolver en tres toques” y se traduce en uno que quita o corta, llámese como se llame, otro, llamado Baraja, que lanza al espacio lateral a Mata o a Pablo Hernández y un tercero, llamado Villa, que remata en el centro. El papel lo aguanta todo.

En eso debían estar pensando, con los glúteos acalambrados, la gran mayoría de los 55 mil aficionados que casi abarrotaron el coliseo rojiblanco. Entre ellos, unos dos mil seguidores valencianistas, muchos de ellos notablemente ebrios, que llenaron buena parte del segundo anfiteatro del fondo norte. Desde aquí nuestro reconocimiento, como diría nuestro querido Anfitrión. Quién, según algunas versiones, a esa misma hora tomaba posiciones frente a un televisor de plasma en un pub de Bayswater, Londres.

EL PARTIDO

Lucía el Vicente Calderón como en las grandes ocasiones, nutrida la grada, el ambiente festivo y el Fondo engalanado con un tifo tan espectacular como feo, todo sea dicho. Muy feo. Y en esas, como diría el otro, salió el Atleti. Un Atleti serio, concentrado y, ¡oh, sorpresa!, con las ideas muy claras. El Atleti pareció un equipo solidario y generoso en el esfuerzo, tirando la línea muy arriba, con Raúl García y Assunção mandando en el centro, con Simão, siempre elegante, buscando sus huecos, con Forlán recorriendo millas por todo el frente del ataque, con un Agüero incisivo y batallador, con un Maxi trabajador llegando siempre al balcón del área, con un Pablo imperial en la marca y al corte, con un Domínguez serio y en su sitio y con un Leo Franco tranquilo y con poco trabajo. Sí, faltan dos. En el lateral derecho, lógicamente, jugó Ujfalusi y la grada decía ¡Oh! Y también ¡Ah! Incluso ¡Fíjate! Porque Tomas Ujfalusi, el de la aterradora sonrisa, hizo un partido soberbio, un partido maravilloso, un partido sencillamente espectacular. Y unos cuantos se acordaron del desahogado griego y unos cuantos más se acordaron de los egipcios, mientras el propio griego disfrutaba de su aumento patrimonial y de sus cosicas cerca del Mar Egeo y los egipcios, ora daban vueltas a la M-30, ora se trasegaban otro ron con Coca Cola. Entre tanto, en un pub de Bayswater, Londres, un grupo de atléticos, concretamente siete, brindaban con cerveza negra por Mariano Pernía, el futbolista que completaba el once.

El fútbol es curioso. A veces se ganan los partidos desde la banda, a veces desde la pizarra, a veces se ganan por aplastante superioridad, a veces se ganan sin bajar del autobús, a veces se ganan por un detalle y otras veces se ganan de chiripa. A veces se ganan porque se es mejor que el rival, a veces se ganan por aprovechar la que tienes y otras veces, incluso, se ganan por el árbitro. Por último, hay ocasiones en que se gana un partido porque once hombres que forman un equipo asumen sus responsabilidades, se creen capaces de ganarlo y ponen lo que hay que poner para hacerlo sin ahorrar esfuerzos alentados sin desmayo desde la grada. Esto último fue lo que hizo el Atleti el domingo pasado, borrando totalmente del campo a un Valencia tan trabajado como pusilánime, que mereció salir holgadamente goleado del Vicente Calderón. Todo lo demás es cuento.

Ahora yo, si quieren, les cuento que el mejor jugador del partido fue el portero visitante, que acabó desquiciado de repeler balonazos, de saltar de puños, de dar voces a sus compañeros, al árbitro y a Sergio Agüero. Tanto se crispó el buen hombre que, en un momento dado, le pegó un patadón a un cartel publicitario. Si quieren les cuento que Maxi, batallador y esforzado, no estuvo preciso en el remate, pero que se entendió bien con Ujfalusi por la banda y que ofreció siempre una alternativa de remate. Les puedo contar que Forlán se multiplicó, se ofreció, cayó a ambas bandas, apoyó a sus compañeros, tiró millas y que estuvo extrañamente impreciso en el último remate. No obstante, el uruguayo de envidiable abdomen lanzó un penalti como mandan los cánones: fuerte, abajo y colocado. Fue gol, claro. Les podría narrar que Simão tuvo una ocasión tan clamorosa, tras pase interior maravilloso de Domínguez, que tiró al bulto, tal vez por verlo tan fácil. Les podría explicar que el Kun se tiró a la piscina una vez dentro del área y se decretó un penalti que no era tal, aunque, paradojas del fútbol, le hicieron otros dos penaltis clarísimos que no le pitaron. Uno de ellos le valió tarjeta amarilla. Puedo también explicar, si ustedes quieren, que Raúl García abrumó a Baraja, primero, a Edu, después, y, finalmente, a un tal Míchel. Podría decirles incluso que Paulo Assunção, en un derroche de facultades sin precedentes, dominó una franja enorme del terreno del juego, acogotando a todos sus rivales, ¡sin hacer una sola falta! Podría contarles que Mariano Pernía se ofreció una y otra vez, que perdió varios balones especialmente bobos y que le puso al Kun Agüero en la frente un centro maravilloso, potente y colocado, que se fue fuera por poquísimo. En ese momento, en Bayswater, Londres, siete personas gritaron ¡¡¡Uy!!! al unísono. Esto es, a la vez.

EL POSTPARTIDO

El entrenador del Valencia, de nombre Unai y con un rostro que proclama que no visita con la regularidad deseable el inodoro, apareció en la sala de prensa del Vicente Calderón con cara de funeral. Soltó cuatro tópicos, hizo un mohín, se ajustó la corbata y proclamó: “El Atlético de Madrid nos ha superado en todo”. Abel Resino, encantado de conocerse y hablando invariablemente en primera persona del singular, pero esta vez sonriendo, dijo: “el Vicente Calderón ha vivido una de sus grandes noches”.

En la zona mixta, un enjambre de periodistas espera la aparición de los protagonistas. Ujfalusi exhibe su aterradora sonrisa cuando un novato le pregunta que si Abel le ha dado indicaciones sobre cómo jugar en la banda. Domínguez recita lugares comunes de futbolista, intimidado por cámaras, micrófonos y grabadoras. No llega al punto de “hay que seguir trabajando para seguir trabajando” pero está a punto. El pobre. Raúl García, muy serio, se para y sentencia: “El vestuario ya está pensando en San Mamés”. De fondo se escucha a la afición valencianista gritar “¡Villa quédate!, ¡Villa quédate!, ¡¡Viiiiiiiiiiiiilla quéeeeeeeeeeeeedate!!”, mientras el propio Villa, con el típico rictus del amanecer chungo en el parking de la Heaven, se encamina cabizbajo al autobús del que, por ahora, es su equipo. A esa misma hora, en un pub de Bayswater, Londres, un individuo de pelo cano pide siete pintas de cerveza negra y exclama: ¡Por Mariano!


CODA

Lunes 18 de mayo de 2009. Un nutrido grupo de aficionados rojiblancos y de paisanos bolos en general se reúnen en la plaza mayor de Corral de Almaguer, Toledo, España. Frente a ellos un gigantesco bocadillo de 283 metros de longitud, hecho con más de 280 barras de pan rellenadas con seis productos de las industrias locales, como queso, jamón, chorizo y otros embutidos fabricados en el municipio, que suman un total de 200 kilos. El desmesurado bocata, confeccionado en la Peña Atlética Corral De Almaguer, Toledo, España, lleva el nombre de Johnny Heitinga, como autor del primer gol del Atlético de Madrid en la temporada 2008-2009. Se celebran las fiestas patronales de la Virgen de la Muela en Corral de Almaguer, Toledo, España, y dos mil ochocientas personas, incluidos tres emisarios del Libro Guinness de los Récords, están invitadas a una porción del bocata Heitinga, acompañada por un refresco.

Forza Atleti!

viernes, 19 de septiembre de 2008

Tomas Ujfalusi, el Príncipe de Eindhoven

Por Jesús Doggy, enviado especial


Jamás pensé que me vería a mi mismo viajando en un avión con escudos del Atleti en todos los reposacabezas. Pero sucedió. Y, créanme, es una sensación extraña. Naturalmente, tras el estupor inicial, doblé cuidadosamente el que me había correspondido y lo guardé dentro de un libro para regalárselo a un amigo que tengo en Onteniente. La primera expedición del Atlético de Madrid en Liga de Campeones desde aquella ya lejana y triste noche en la que Esnáider falló un penalty y un fiestero portugués nos metió un golazo que todavía hoy no se puede creer, vuela hacia Eindhoven en un chárter de Viajes El Corte Inglés, como corresponde en una empresa regida por un pijo de pueblo. Además de la plantilla, el cuerpo técnico, los empleados del club, la canallesca y medio centenar de aficionados que han cotizado casi mil euros por barba, en el avión viaja, con su pequeña corte de familiares y esbirros, el citado factótum del club, permanentemente hablando entre dientes, con el pinganillo colgándole de una oreja, sí, justo esa hacia la que tuerce el gesto.

El Presidente no aparecerá hasta el día siguiente, en un Mercedes oficial de la UEFA, siempre a destiempo, para recitar públicamente cuatro lugares comunes, muy en su papel de adláter absurdo. El del pinganillo es una presencia de mal agüero que desentona en una comitiva, por lo demás, concentrada, pero contenta. Como el buen Agüero. El Kun está tranquilo, bromeando con esa ingenua picardía suya, pendiente de vez en cuando de un Ever Banega cohibido y cabizbajo, parapetado tras los cascos del iPod. Los jugadores de fútbol, como es lógico y ustedes bien imaginan, disponen de toda la panoplia de artefactos electrónicos de última generación diseñados para el ocio aeroportuario: iPhones, iPoces, iMacs, Playstations y un largo etcétera. Nada, sin embargo, comparable al bolso-bandolera de cuero negro repujado de Dolce & Gabbana que luce orgulloso Maniche. Está claro que Nuno es el único dispuesto a competir con la escorzada Señorita Pepis –cuello subido, pendientes de diamante, pelo de concursante televisivo- en el inquietante cuadrilátero del pret-a-porter, subnivel futbolista. Forlán, Simao, Camacho y Raúl García comparten tertulia y risas; Sinama y Coupet conversan en su lengua materna, mientras Leo Franco permanece –y permanecerá- pensativo y solitario en el otro extremo de la sala de embarque. En el centro, ajenos a todo, tres jugadores leen libros. Sí, sí, libros. Seitaridis, Heitinga y Ujfalusi leen. Para que luego digan.

En la salida del aeropuerto de Eindhoven todas las cámaras siguen al Kun. “Dale, che, a Leo, el seguimiento a Leo”, dice, cansado. Los jugadores van en su autobús, seguidos por los directivos en lujoso microbús. El autocar de la prensa me retrotrae a los peores momentos de las excursiones colegiales: chistecitos ramplones, vocerío, que si los cofishops, que si los putishops, que si el Rabobank, que si las bicicletas... Vivo en constante estado de alipori, sufriendo por la amabilísima guía holandesa que trata, educadamente, de no perder la compostura ante el lamentable espectáculo que ofrecen unos españolísimos padres de familia dando la nota chusca y haciendo el ridículo por Europa. Así son nuestros fenomenales compañeros, tomando whiskys ya desde por la mañanita.

Eindhoven es una ciudad de poco más de doscientos mil habitantes, fue destruida casi totalmente en la Segunda Guerra Mundial, por lo que exuda ese aire artificial e impersonal típico de las urbes reconstruidas. Es una ciudad que vive de la Philips y de la DAF y, al parecer, últimamente, de las empresas punteras en investigación y desarrollo de nuevas tecnologías. En el hotel, los jugadores por parejas. Maniche va con Assunçao, Camacho con Raúl García, Antonio con Miguel de las Cuevas, Ujfalusi con Heitinga. Bueno, no, Heitinga va con todos. Heitinga está convencido de que el Atleti gana en el Philips Stadion y se le puede ver constantemente arengando a todo el que pasa por su lado. Heitinga es un torbellino. “A ganar, ¡a ganar!”. Tomas Ujfalusi, desde su distancia marmórea, le mira perplejo. “¡Alfellay peligroso!”. Ujfalusi sonríe. Ya es el día del partido. Desayuno a las diez, almuerzo a la una, luego siesta y, a las siete, rumbo al estadio. Antes de comer, cuatro o cinco grupitos de jugadores aprovechan para hacer compras por el centro peatonal de Eindhoven. Johnny, siempre escoltado por Ujfalusi, da un par de vueltas a la manzana y se para en la puerta del hotel a firmar las camisetas de un grupo de hinchas del Ajax, camisetas del Atleti con su Heitinga en la chepita, oigan. Johnny es un ídolo y está convencido de que el Atleti gana en Eindhoven. Cinco minutos después de acabar el partido, sus alaridos de alegría celebrando la victoria en el túnel de vestuarios atronarán la zona mixta. Un auténtico guerrero.

Después de comer, el centro de Eindhoven es un hervidero de camisetas rojiblancas. Me tomo el último café antes de ir al campo. “Have a nice evening, sir, but no so nice”. El camarero, un hospitalario holandés, esboza una sonrisa. Se la devuelvo. El césped del Philips Stadion es una alfombra. Un estadio bonito, con todas las gradas cubiertas y doble línea de calefactores. Desde hora y media antes del encuentro, los videomarcadores ofrecen imágenes del PSV: goles históricos, jugadores legendarios, eliminatorias europeas inolvidables, resúmenes de todos los partidos jugados contra equipos españoles, reportajes sobre la plantilla... Pienso en qué pensaría Indy de todo esto y caigo en la cuenta de que el PSV no tiene mascota. Y no pasa nada, ¿eh? Una hora antes del partido, la grada empieza a poblarse, mientras los videomarcadores ofrecen la llegada de los autobuses de los dos equipos. Diez minutos antes de empezar todavía hay muchas calvas en la grada. Un holandés, redactor de un periódico local, me dice que este estadio se llena todos los domingos en Liga, pero que en Liga de Campeones se han pasado con los precios. Al final no se llenará, algo más de tres cuartos de entrada, exactamente 29 mil espectadores. Casi un millar de ellos, atléticos; el Frente sobre un corner, a la izquierda de la portería en la que el Kun meterá los dos primeros. Los jugadores del PSV saltan a calentar aplaudiendo a la afición y yo vuelvo a pensar en Indy. Los videomarcadores emiten el verbenero himno del club, que canta a voz en cuello todo el estadio. Recitan las alineaciones y al llegar a Johnny el abucheo es atronador. Durante toda la primera parte, le pitarán al unísono 28 mil gargantas. Espoleado, Johnny vuelve a arengar a sus compañeros, les da palmadas en el pecho, gesticula y se pega más carreritas. Le digo al compañero holandés que hemos tenido suerte de fichar a un tío como Johnny. Asiente y me pregunta “¿Qué opinas de Ujfalusi?”. Que mola, claro, un gran profesional, lo que necesitábamos. El holandés me mira muy serio. “El año pasado, en UEFA con la Fiorentina, dio un espectáculo aquí, imposible pasarlo. Un escándalo”.

Cuando saltan los dos equipos siguiendo al cuarteto arbitral, el estadio entero hace un espeluznante mosaico rojo y blanco. Aunque sea de un blanco metalizado, raro, es emocionante. Ujfalusi atiza a Alfellay en la primera jugada. No será necesario golpear más. Me acuerdo de las consignas mañaneras de Johnny. Ujfalusi, desde el centro de la defensa, sonríe: el partido es suyo. El Kun falla un gol cantado, sorprendido por la pifia de Bréchet. El público alienta incansable y apenas se oye la celebración del primer gol del Atleti. Ujfalusi sigue impecable, sostiene a un equipo con empaque, serio y tranquilo, que se siente superior y que machaca cuando debe, pese a perder a Diego Forlán a la media hora. El segundo del Kun, cinco minutos después, ha templado las gaitas del Philips Stadion y el tercero, de Nuno ya en la segunda mitad, hace enmudecer definitivamente el templo del PSV. De ahí al final sólo se oye al Frente entonando todo el listado de cánticos del repertorio mientras yo me tomo un perrito caliente. Victoria inapelable e incuestionable. El holandés me estrecha la mano, “nos veremos en Madrid”, mientras Tomas Ujfalusi encara el túnel de vestuarios. Forlán derrama lágrimas de impotencia camino del autobús, Maniche loa a Aguirre, el Kun sigue sonriendo con esa ingenua picardía tan suya, mientras Johnny se abraza a todo el mundo, exultante. Como nosotros.

lunes, 1 de septiembre de 2008

Sí

El Atleti ganó su segundo partido en cinco días, y otra vez por cuatro cero. Y dejó una sensación muy agradable, y si no fuera porque el Málaga plantó poca cara, uno llegaría a la conclusión de que, a excepción de un par de puestos, hay equipo.


Salió el Atleti a jugar y lo hizo sin ni un solo jugador nacido en España y esto a uno no le gusta demasiado, aún a riesgo de que a uno le llamen cateto. Y no es furor patrio, sino la preocupación de que sin gente de la casa o al menos con una base suficiente de jugadores que sepan qué es lo que hay, hay más probabilidades de que se pierda el norte. Aunque, bien pensado, también hay alguno recién llegado desde el mismo centro de Europa que parece estar más metido en la entidad que muchos de los aficionados, y eso a pesar de llamarse Johnny. El Yony, será.

Previamente la afición había aprovechado la buena hora en la que las televisiones tuvieron a bien poner el partido y en los alrededores del estadio había un ambiente de partido alegre que contrastaba con la preocupación del pasado miércoles. Mientras que el día del Schalke la gente hablaba poco de cómo estaban tras las vacaciones y se centraban en preguntar cómo veía el prójimo el partido que se venía encima, ayer todo era relax y sonrisas y tiempo para comentar el viaje a la playa. Qué tal oiga, pues aquí ya ve, de vuelta, no le hacía yo a Vd así de pantaloncito pesquero, ni yo, mire, son cosas de mi mujer. La afición cumplió con el ritual anual de vuelta al abono, y preguntó educadamente cómo lo había pasado el vecino y le dijo al niño de atrás lo mucho que había crecido y se dio cuenta de lo guapas que están las atléticas cuando vuelven con el moreno subido. Lo de siempre, oigan, qué les voy a contar yo.

Salió el Atleti bien plantado y plantado de atrás adelante, como mandan los cánones. Y enfrente se plantó el Málaga, así por lo bajini, y a los cinco minutos puso cara de aguantar el chaparrón, porque ya desde el principio había en el ambiente un aroma a partido sencillo que el visitante se encargó de confirmar. Malas sensaciones dejó el Málaga y esto lo siente el que suscribe por la afición del Málaga, que llevan lo suyo, los hombres. Sólo Duda se encargaba de destacar con cada toque y poco más puede decirse del Málaga. Tiempo tienen para enderezar el rumbo, que no se me alteren por Antequera.

Si algo distingue al Atleti de este año del Atleti del año anterior son dos centrales, dos, de distintas ganaderías pero de similar fiereza. Heitinga y Ujfalusi volvieron a dar ayer sensación de pareja de las buenas, complementarios y con facilidad para entenderse, con desplazamiento en largo y salida del balón, con pausa y criterio y contundencia y bravura, según las necesidades. Ujfalusi coloca a sus compañeros a voces y no es de extrañar que el resto obedezca, vista la cara del fulano, y hasta cuando pifia un poco, como en una cesión a Coupet, no hay guapo en el vestuario que tenga arrestos de decirle nada. Heitinga corta por velocidad e imponiendo corpulencia y colocación; de los choques contra Johnny salen rebotados los rivales como si se hubieran pegado contra un Ford Fiesta. Si hay que pegar un pelotazo, lo pegan y punto. Si hay que pegarle un grito a un delantero díscolo, se pega un grito y tiembla el misterio. Si hay que enseñarse se enseñan y si hay que entrar en un fregado no dudan. Si además consiguen que Seitaridis se meta en los partidos y no haga faltas absurdas y mantienen la presión sobre Mariano, ayer entonado y hasta llegando al ataque, además del reconocimiento como centrales habrá que darles un doctorado en gestión de personal complicado.

Por delante de la defensa se vio otra de las novedades del año, Assunçao. Assunçao, que en otros partidos había parecido un jugador prescindible y de poca aportación jugó ayer y lo hizo bien. Cierto es que no tuvo un partido complicado y cierto es que, con lo que tiene detrás y con Maniche de vuelta en el mundo de los vivos (en concreto, de los vivos que no paran), la tarea de Assunçao fue más sencilla. Se limitó a lo suyo y se sumó al ataque, creando una buena ocasión que falló Maxi en pifia infame. Se entendió bien con los centrales y con Maniche, que corrió lo suyo y lo de algún otro, se entendió bien con Simao pero eso parece sencillo, dado que este último es de los jugadores más listos de la plantilla. Assunçao y Maniche funcionaron y esta noticia augura tiempos complicados para Camacho y Raúl García, obligados a ganarse el puesto demostrando ser mejores. Y no es mala cosa.

Empezó el partido tranquilo, un partido de esos en los que uno sabe que acabará ganando el Atleti y que otros años se enquistaba y terminaba en disgusto. Pero ayer la pinta era otra y, como hemos dicho, la sensación de solidez venía ya desde atrás. Y fueron Ujfalusi y Heitinga al alimón quienes marcaron el primero y aunque fue el segundo el último en tocar, tanto mérito tuvo el primero. Tras este lío ordinal continuó el partido más o menos por la misma senda de placidez. El Kun andaba algo ausente, pidiendo el descanso que merece, y Maxi parece enterarse poco de lo que pasa estos días. No importa. Con Assunçao y Maniche funcionando, Simao aportando como siempre, un rival flojo y una defensa contundente, era cuestión de tiempo. Y de Forlán, siempre Forlán. Volvió Forlán a ser Forlán y a dar lecciones de fútbol. Tras un sprint digno de Bolt y un tiro al palo, marcó Forlán de nuevo de tiro raso, un tiro de esos tan suyos, un balón de esos que no se ve casi ni en las repeticiones. Celebró Forlán el gol como acostumbra, esto es, corriendo hacia los hinchas de Peñarol y levantándose la camiseta. Este último gesto levanta suspiritos adolescentes entre atléticas de toda edad y condición y una airada protesta multitudinaria entre la nutrida representación de aficionados con sobrepeso que poblamos la grada.

Tras un corner cedido por el portero rival a tiro de Pernía, que pisaba área tras muchos meses, llegó el penalti. Wellington no se hacía con Heitinga, que ya había dejado claro incluso al árbitro que iba a rematar el balón se pusiera como se pusiera el Málaga. Voló el balón hacía el punto de penalti, Heitinga entró al remate con potencia y presencia de tren de mercancías y no hubo más forma de pararle que tirándole al suelo. Sonó entonces el móvil de Pablo, sentadito en el banquillo, y recibió este último una bronca de su madre. Ves hijo cómo entra ese, y es más bajito que tú, vergüenza debería darte, con lo grandote que eres y que llegue un belga y te quite el puesto - holandés, mamá, es holandés, luego hablamos que estoy en el banquillo y el mexicano me mira mal. Tiró Forlán pegadito al palo y lo celebró entre el estruendo de la grada pero esta vez con más mesura para evitarse problemas: al parecer, es posible que Forlán se enfrente a una demanda interpuesta por la Asociación Cultural "El Abdominal es Ordinario", con sede en Reus. Él se lo ha buscado.

Con tres cero al descanso y un rival groggy llegó el tiempo de dar descanso a los que van a tener que correr mucho durante toda la temporada. Se fueron Kun y Forlán entre ovaciones estruendosas y entró Sinama y Luis García. Más tarde entró Raúl García: el Atleti había salido sin españoles de pura cepa pero cuando sacó a dos, los dos se llamaron García, así, como diciendo que seremos pocos pero no dejamos dudas. En estas Ujfalusi sacó un balón jugado con criterio y autoridad y volvió a sonar el móvil de Pablo, que esta vez no descolgó. La salida de Maxi dejó la efeméride del día: Mariano, capitán. Se puso Mariano el brazalete y la grada lo festejó con una ola de tres vueltas.

- Creo que no fue por eso

Cállese. Se puso Mariano el brazalete y se incorporó al ataque y Maniche ejerció de director de juego poniendo baloncitos al hueco. Comandados por el Capitán Mariano se echó el equipo de nuevo al ataque y repicaban las campanas de la Almudena y la afición encargaba camisetas rojiblancas con el número cuatro y las palabras "Ay, Mariano" y al parecer en una pequeña ermita en la provincia de Tucumán, Argentina, se licuó por segunda vez en la historia (tras el Scudetto del Nápoles) la sangre de San Mariano.

- Yo creo que exagera Vd.

Puede. Pero el caso es que tres minutos después de que el Capitán Mariano recibiera los galones, Sinama Pongolle marcaba un buen gol a pase de Luis García. Cuatro cero, un gol más que el Valencia, perdía el Barcelona, perdería luego el Madrid con gol de Mista (qué cosas pasan), empataban Villarreal y Sevilla y el Atleti se ponía líder después de cinco años, y lo hacía con el Capitán Mariano al frente y esto quedará en la historia grabado con letras de fuego.

- Vale, vaaaale.

Con el Atleti de líder virtual, y nada menos que para dos semanas, volvió la afición a la calle a reponer líquidos y ver cómo caía el otro equipo grande de la capital. Y en el ambiente había un precioso aroma a día feliz y futuro despejado, a afición ilusionada con los partidos que vienen, a hinchas contentos viendo que pronto vienen a casa tres equipos, tres, los tres campeones de Europa, y vienen a jugar en miércoles y que encima los domingos vienen jornadas de liga con las que soñar. La afición hablaba de vuelos a Liverpool y de cuñados con contactos que pueden conseguir entradas a través de un compañero de trabajo y pedían más rondas y alguno hasta invitaba. Por segunda vez en cinco días la gente salió del campo con sonrisa de oreja a oreja, cuidando de que sus niños no se cayeran al intentar regatear sin balón motos y cubos de basura. Si todos los días fueran como ayer, no habría crisis ni invierno ni ná. Que dure, que dure, sí.

PD: el Forza Atleti, discreto. Portada estilo "Lluvia de Estrellas", quizás inspirada en la estética del colchonero Lazarov. Multitudinaria presencia de publicidad sobre remedios para la disfunción eréctil, sin motivo claro conocido. Seguiremos informando.