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domingo, 23 de noviembre de 2014

Crónica marciana del Atleti - Málaga

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Hay gente que tiene un talento especial y se dedica a crear cosas para que el resto de gente disfrute en vez de dedicarse única y exclusivamente a observar con gesto complacido su propio ombligo. Entre esa gente con talento, que no es mucha, hay quien se entretiene en hacer saber a todo el mundo lo listísimos que son, pero hay también algunos que no alardean ni un solo segundo sobre su valía extraordinaria, haciendo estar cómodo a cualquiera que esté junto a él por muy limitado que sea. Hay quien, teniendo esa capacidad especial, reclama para sí el centro de las conversaciones, haciendo girar al grupo en torno de su ingenio y capacidad para decidir qué es ocurrente y qué no, pero hay también quien hace sentirse bien al resto, escuchando cada frase, manteniendo la capacidad de agradecer y asombrarse amistosamente ante las ocurrencias quieroynopuedistas de la concurrencia sin juzgar ni mostrar condescendencia.

Hay quien tiene una cultura vastísima y un excelente gusto musical y se entretiene en hacer saber a los cuatro vientos lo muchísimo que sabe, lo refinado de su paladar, lo simplón que le resulta el gusto de la masa, lo profundamente que aprecia las caras Bs de los singles inéditos de los primeros trabajos de las bandas más oscuras, siempre y cuando fuera con la formación original y antes de su primer éxito comercial porque, como bien saben los expertos e ignora el pueblo, el realmente bueno del grupo era ese bajista que sólo grabó una maqueta y luego desapareció para hacerse encargado de la planta de caballeros de un gran almacén; pero también hay quien, sabiendo todo esto y habiendo estudiado todo esto y hasta coincidiendo a lo mejor con los extremos más elitistas de la reflexión precedente, ni menosprecia el gusto de los demás ni alardea del paladar propio, quien comparte las joyas ocultas para que el resto también las disfrute, quien agradece al vecino cuando éste le descubre algo que luciría como una condecoración en la solapa de algún gurú cultural o le recuerda una canción olvidada de esas que alegran la mirada cuando se vuelven a ver.

Hay gente capaz de mostrar sentido común, respeto y sensatez mientras trabaja, mientras toma un vino o mientras opina en un foro de Internet sobre algo tan importante y a la vez tan tonto como es el fútbol, por el que otra gente pierde las formas, la razón y el saber estar. Hay gente, muy poca gente, que teniendo ese don de la observación y el talento - y posiblemente por eso – es capaz de disfrutar de las cosas pequeñas tanto como de las más asombrosas, quien valora una cerveza tras el partido tanto como una obra maestra de la HBO. Hay gente que tiene el don de convertir un día especial – una final de la Europa League, por ejemplo – en un día inolvidable entre cervezas en bares oscuros y conversaciones sobre música, fútbol, fanzines ingleses y la vida en general.

Hay gente admirable que se comporta como si admirase al resto y hace sentirse cómodo a todo el que le rodea. Hay tipos que tienen el don de brillar sin cegar, de asombrar sin incomodar, de provocar admiración sin hacerle a uno sentirse más pequeño. Hay gente que pasa su tiempo trabajando para que el resto seamos mejores y más felices y no siempre nos damos cuenta. Hay gente capaz de ver en un muñeco de futbolín cosas que llevaría páginas describir.

Hay gente, muy poca gente, verdaderamente extraordinaria. Hay gente increíble que habita entre nosotros y a lo mejor no se conoce tanto como debiera. Hay gente gigante llena de talento y de nobleza, superhéroes que sobrevuelan por encima del resto viendo cómo entramos y salimos de los bares, tomando nota y devolviéndonos cosas que nos hacen ser mejores. Y de estos, suerte que tenemos, alguno es del Atleti.

Hay tipos realmente increíbles, y luego, ya en un nivel superior, está Pablo Olivares.

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En sábado de noviembre con temperatura de marzo, tras dos semanas sin fútbol de clubes en las que, como viene siendo tradición, hay que aguantar un chaparrón especialmente copioso de tontunas triunfalistas y partidistas sobre jugadores que hicieron partidos de época contra selecciones que en España no llegarían a jugar en Segunda B Grupo 4, en el que milita la Gloriosa Balompédica Linense, volvió el Atleti al Calderón.

A modo de inciso, uno nunca ha entendido bien por qué, cuando el Atleti vuelve a casa tras dos semanas de audiencia, no repican desde un par de horas antes las campanas de la catedral de La Almudena, no se corta el centro al tráfico para que la afición desfile en pasacalles hacia el estadio, no se lanzan fuegos artificiales y pétalos de rosas rojas y blancas desde los balcones más altos de las calles más antiguas, no suena a las horas en punto y las medias “The Boys are back in town” de Thin Lizzy por la megafonía antiaérea, no se hace un cambio de guardia en el Palacio de Oriente al ritmo de cierta canción de Glutamato Ye-yé, no ondea la bandera rojiblanca en edificios oficiales, sedes diplomáticas, clubes de ajedrez, locales parroquiales, puentes del Manzanares, antenas de comunicaciones, aviones de línea y monumentos histórico-artísticos (lo que obviamente excluye La Violetera de Gran Vía) y no hay hora feliz en todas las tascas de los distritos de Latina, Carabanchel y Arganzuela, subvencionada por la duplicación simultánea de precios en los bares de Chamartín, Salamanca y Puerta de Hierro. Hay cosas que no se explican, a ver si se va ya esta alcaldesa que, además, tiene la ciudad hecha una guarrería.

El caso es que el Atleti volvía a casa tras ese mal partido de San Sebastián que nos hizo a todos quedarnos con cara de bobo unos días, echando de menos a ciertos jugadores y sospechando sobre la verdadera capacidad de otros, pensando en qué cambiar para que no cambie el recuerdo de ese equipo rodillo que convirtió el mes de mayo de 2014 en el mejor mes de nuestras vidas. Venía además al Calderón el Málaga, buen equipo que llegaba a Madrid con la posibilidad de adelantar al Atleti en la clasificación en caso de ganar el partido, arropado desde la grada por un grupo numeroso concentrado en el fondo Norte y multitud de aficionados mezclados en zona de socios del Atleti que, como debe ser, celebraron el gol de su equipo y charlaron con la grada sobre sus propios jugadores y esperanzas para el año en curso con total tranquilidad y acento del Rincón de la Victoria.

Salió el Atleti con un equipo que nos gusta, sin Miranda pero con Giménez, jugador joven que juega como un veterano y se comporta como un treintañero con miles de tiros pegados al que el futuro ofrece días de vino y rosas si accede a dejarse aconsejar por el enorme Godín. Salió el Atleti con Ansaldi en la banda izquierda, jugador que transmite mucha más sensación de sensatez que el enloquecido Siqueira, y con tres jugadores finos tras Mandzukic, esto es, Koke, Arda y Griezmann, ahí es nada. Salió el Atleti con un único punta que anduvo espeso y medio lesionado, y salió con un doble pivote en el que el que suscribe ve la clave de muchas cosas.

Por delante de la defensa, en esa zona que es sala de máquinas, puente de mando y documento de identidad del equipo a la vez, el Atleti salió con Gabi y Tiago. Gabi, que quizás no esté al nivel estratosférico del final de temporada del año pasado pero ni  mucho menos – piensa el que suscribe – está al nivel mediocre que algunos aficionados denuncian, jugó bien y acabó expulsado. Gabi corrió, ocupó espacios, recuperó balones y también hizo algún pase directamente al rival y se llevó una segunda amarilla justa y bastante tonta. Gabi volvió a marcar el inicio de la presión, el toque a rebato que marca la salida general al galope que tanto temen los equipos rivales; sin llegar a la intensa perfección del año pasado, Gabi hizo un buen partido que terminó siendo de color más pálido por una expulsión evitable, y que volvió a lanzar al foro una cuestión recurrente: ¿es Tiago la clave de muchas de las mejorías que experimenta el equipo?

Tiago volvió a dar ayer un curso acelerado sobre las virtudes del medio centro: intuición a la hora de ir al espacio, visión de juego para anticiparse, robar y salir, colocación para hacer más fácil el juego de todos los demás, contundencia en el corte, complicidad con la grada cuando un compañero necesita un aplauso. Sin necesitar un despliegue físico excesivo, sin tener que recurrir a sprints ni galopadas, Tiago aparece donde hace falta por mera visión, anticipación, inteligencia, experiencia. Esa ocupación de espacios parece hacer más fácil la vida del resto, contentos por tener que limitarse a cubrir su parcela con la dedicación que les pide el banquillo, sin preocuparse de cubrir esos huecos en el mismo centro de la acción que a veces se producen. Con Tiago y Gabi en el campo los centrales parecen más cómodos, para encimar, robar y despejar, porque los pocos balones que llegan a los centrales lo hacen en situaciones poco ventajosas para el rival: con Gabi y Tiago, los talentosos trescuartistas pueden desentenderse algo de sus misiones de defensa, sabiendo que la parcela central está ocupada siempre con rigor táctico y compromiso y las bandas por dos laterales serios y rápidos. Con Tiago, cree el que suscribe, el equipo mejora, el equipo es más equipo, menos blando que con Mario y tiene más solidez en la zona de cimentación, la clave del éxito del Atleti del Cholo.

Pero, ¿y delante? Pues delante la cosa parece un poco más complicada. Mandzukic, que tuvo que retirarse lesionado, no tuvo su mejor día y únicamente aportó trabajo a la línea de detrás, con Arda, Koke y Griezmann jugando más cómodos por el apoyo que les llegaba del Sur pero sin la referencia norteña que otras veces es el croata, que únicamente brilló en un pase a Arda en la jugada del segundo gol.  Koke, sobresaliente como tantas veces y más listo aún si cabe en varios robos y anticipaciones, y Arda, con unos de esos partidos en los que se ve que está cómodo desde el primer momento, recibían menos miradas que Griezmann, el tercer hombre. Griezmann, que no acaba de hacerse con la confianza de grada y banquillo, salía en casa de titular con dos finos espadas a su lado, en una ocasión señalada para mostrar su importancia. Griezmann marcó y mostró su clase, pero también algo de ansiedad, algo de prisa, algo de exceso de ganas de agradar. En un par de ocasiones abusó de la jugada individual, en otro par mostró pocas luces cuando la situación las requería. Junto con el partido gris de Mandzukic y la poca entidad del juego de Raúl Jiménez (de nuevo poco interesante y poco intenso, de nuevo sembrando de interrogantes su futuro en el Atleti), el partido del Atleti deja sin resolver la cuestión que nos ocupa desde hace unas jornadas.

Y es que la sensación que da el Atleti este año es de buen equipo que funciona al que le falta la guinda. Mientras que la defensa y el centro del campo  - sobre todo cuanto está Tiago – sigue dando sensación de solidez y solvencia, al Atleti le falta algo arriba. Griezmann aún no es el Griezmann que creímos haber fichado, Mandzukic es muchas veces más un defensor que un atacante. Cerci, reivindicativo y bastante mal peinado, no ha demostrado ser una alternativa solvente al día de hoy  y Raúl Jiménez va dejando cada vez más claro que, por ahora, este Atleti le queda grande. Sólo Raúl García, intenso desde el primer segundo de cada una de sus apariciones, parece ser capaz de mantener el nivel  que el equipo requiere y, hoy por hoy, sería una alternativa más sensata al delantero centro de la que es Jiménez. El Atleti saca adelante partidos gracias al talento de muchos de sus jugadores y a la maquinaria defensiva cuyo manual de empleo ha grabado Simeone a fuego en el cerebro de la platilla. El día que Griezmann se quite el peso del precio de su fichaje y la ansiedad por demostrar su valía y – quizás – coja los tres kilos de  músculo que sus tareas defensivas demandan, la máquina defensiva puede convertirse en un tanque imparable.  

Mientras tanto, suma y sigue, el Atleti sigue ahí a pesar de los pesares, invitando a pensar en positivo una vez se resuelva el dilema de la punta de la lanza. Intacta la confianza en las dos líneas de atrás, se antoja urgente afinar la delantera sin perder ritmo con el resto de equipos de cabeza.

En espera de la llegada de la solución, por ahora sólo hay una cosa cierta: desde hace pocos días uno de los nuestros, sin duda uno de los mejores y al que echaremos mucho de menos en todos y cada uno de los partidos, puede por fin conocer cómo es la vida en Marte.


lunes, 7 de mayo de 2012

Despedida y crónica del Atleti - Málaga


En vísperas de la semana más importante del año para el Atleti, justo antes de la final de la EL, se hizo oficial la marcha del Club de Perea y Antonio López. Ambos, con un cerro de años en el Club a las espaldas, formaron parte del equipo que ganó la Europa League en Hamburgo hace dos años; de ese equipo no queda en la plantilla prácticamente nadie. En este Atleti de Madrid de hoy los jugadores vienen y van y casi nadie se entera de por qué, por qué no, por cuánto, para qué, a cambio de quién y según qué plan. Así se hacen las cosas en el Club ahora, éste es el apego que el Club tiene por su patrimonio más importante tras la afición, ésta es la forma que tiene el Club de crear identidad y fidelizar a jugadores con seguidores, éste es el Club que ha tocado vivir a Perea y Antonio López.

Ni Perea ni Antonio López tendrán, con los años, la vitola de los jugadores históricos, la que corresponde a Gárate o Griffa o Pereira o Luis Aragonés. No será por una cuestión de tiempo, que Alemao estuvo un año y todo el mundo se acuerda de él; tampoco será cuestión de calidad, que a Arteche le faltaba y es para todos una leyenda. Antonio López y Perea han sido honrados jugadores de equipo durante la época más triste del Club, casi funcionarios en la época en la que el Club pasó a ser empresa y dejó de ser el orgullo de los socios, la época en la que dos dirigentes ineptos para la gestión deportiva pero brillantes para la demolición, el engorde del bolsillo propio y el abochornamiento general dirigen los destinos del Rey de la Furia Española para desgracia de sus súbditos.

El Club, en contrapartida a sus servicios, tuvo un gesto anunciado poco antes del día del partido que casi pilló por sorpresa a los aficionados. El Club, que ya no hace partidos homenaje ni hace casi despedidas, despachó ayer la efeméride con un acto de cinco minutitos antes del partido contra el Málaga. Bajo un aguacero y con media entrada, a Perea y Antonio López se le entregaron unas camisetas conmemorativas, se puso su foto en el vídeo marcador, se les hizo posar junto a Cerezo y su traje azul de los domingos y a otra cosa, mariposa. La sensación entre la afición fue parecida a la que tienen los empleados de correos cuando se jubila un compañero de la central y el jefe de sección le entrega un cheque regalo de 200 euros del Carrefour y un pisapapeles plateado con el escudo de la provincia de Palencia. No era cuestión, piensa el que suscribe, de hacer un partido homenaje a dos jugadores que no han sido ni la mitad de importantes que otros que han salido por la puerta de atrás; ahora bien, la acostumbrada funcionarialidad bienqueda del club a la hora de hacer cosas que en otras entidades con más solera mueven al orgullo y la emoción, contribuyen a empequeñecer aún más la imagen del equipo, a fomentar la sensación de cortijo gestionado de manera improvisada, sin cuidar nada, sin respetar nada, sin gestionar sus propios activos para dotarles de valor, sin generar orgullo donde se podría, sin fomentar referentes ni figuras. Hala, majos, tomad la camiseta y este pin, pero rapidito que llueve; dentro hay jamón, comed todo lo que queráis pero no os vayáis a atragantar, je je je, hala, lo dicho, hasta otra, adiós, por cierto, ¿a qué hora empieza esto? En fin.

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Antonio López ha sido capitán del Atleti y, durante un tiempo, el único canterano de la plantilla. Antonio López es de Benidorm, Alicante, pero como si fuera del mismísimo centro de Usera a efectos de la cantera; en su momento, no hubo ningún jugador nacido en Madrid y Antonio López sirvió en ese caso para tapar todos los agujeros.

En lo futbolístico, Antonio López es un jugador algo fino y algo frío, capaz de poner buenos centros y de quedar sentado ante un dribling previsible, sin demasiado físico ni demasiado poco, con buena técnica pero sin ser un portento. Algo agarrotado en la carrera, algo soso en la toma de decisiones, sin el carácter que se le exige a un defensa del Atleti, pero con más técnica que un lateral al uso, con buen pase en ocasiones, con fallos desesperantes en otras, con alguna perla técnica para el recuerdo. De Antonio López siempre esperamos un poco más y siempre se quedó a las puertas de romper del todo, como si estuviera atado por la cintura con una goma a un buzón, como si una vez allí donde debería estar volviese unos pocos pasos para atrás. El Antonio López futbolista era algo así como un jugador de tenis que siempre se queda a media pista, lejos de la volea y lejos del passing shot, como un bailarín que hace siempre el mismo paso, suene un fox trot o un pogo. Antonio López hace honor futbolístico a su nombre, un nombre normal combinado con un apellido normal, un nombre antoniolópez, ni bien ni mal, a veces bien y a veces mal, Antonio López, el recluta Antonio López.

- António López
- Presente
- ¿Cuántos Antonios López hay en la compañía?
- Ocho, mi sargento
- Mi madre.

Antonio López hizo buenas temporadas en el Atleti, fue internacional y jugó un mundial; su presencia en la selección fue honrosa pero discreta, quizás como su carrera en general, la carrera digna de un jugador digno sin estridencias ni brillos pero con un poso de calidad y finura. En el Atleti alternó temporadas buenas en las que era titular indiscutible y apuntaba a jugador con proyección brillantísima con otras en las que no se sabía bien si jugaría o no. Antonio López tuvo poca suerte en algunas ocasiones, tuvo vértigos, tuvo problemas familiares que le alejaron de su mejor momento. El año de la Eurocopa Antonio López hizo una temporada especialmente meritoria: pasó un dificilísimo momento familiar y, cuando jugó, muchas veces lo hizo de lateral derecho, por su lado malo. No se valoró esa difícil y meritoria temporada entonces, no se cayó en el mérito que tuvo Antonio ese año. Algunos le agradecemos en particular esa temporada amarga y la profesionalidad y entereza con la que afrontó un momento tan difícil.

Desde siempre, la grada deseó que a Antonio López, uno de los nuestros, le fuera bien, que jugara mejor de lo que luego jugó, que fuera más completo como jugador y como capitán. A todos nos hubiera gustado que Antonio López fuera el gran capitán que nunca llegó a ser, el tipo con carácter artechiano que no es, el referente para los nuevos y los jóvenes que desde fuera no parece. A Antonio López siempre le tuvimos cariño pero quizás no la admiración ciega de los grandes, siempre esperamos más de alguien que parecía poder llegar a ser un referente claro pero tampoco nos defraudó tanto como para no querer que le fuera estupendamente bien. Todos esperamos siempre ese puntito más de Antonio López que Antonio López no pudo dar, aunque parece que lo intentó.

Antonio López se va y, por supuesto, le deseamos lo mejor y le agradecemos los servicios prestados. No veremos muchas camisetas con su nombre en la grada y no esperamos que finalice su carrera con un millonario contrato en Qatar, recibido por una cohorte de camellos y huríes en su aterrizaje. Sin embargo, siempre será recordado con respeto y con cariño, porque no nos hacen falta contratos millonarios y retiros dorados para saber quién fue honrado y cumplió con dignidad con las rayas rojiblancas. Gracias por todo, suerte y esperamos verte por el campo, tu casa.

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Junto a Antonio López, ayer se dijo adiós a Perea. De Luis Amaranto Perea se ha hablado mucho en este blog, sobre todo durante las jornadas más grises en las que tanto se le criticaba y hasta se ridiculizaba. Quizás por ser el chivo expiatorio de muchas de las frustraciones de la grada, quizás por su eterna disposición a hacer lo que el equipo le pedía a pesar de las críticas y las mofas, quizás por sus palabras tan sentidas hacia la afición que le sometía a tormento y el Club que no le defendía, a Perea siempre le tuvimos un cariño especial, un cariño protector, un cariño de dientes apretados por culpa de la indignación que provocaba la actitud de la masa, el cariño que se le tiene a un primo bajito, un cariño que no se le tiene a todos.

Perea, portento físico sin demasiadas condiciones para hacer diabluras con el balón, apareció por el Calderón en un Villa de Madrid con Boca Juniors y se quedó inmediatamente, cuentan que recomendado por Torres, la víctima de su marcaje. Tras una primera temporada en la que causó sensación haciendo pareja de centrales con Pablo Ibáñez, qué cosas, Perea sonó para el Barça, para el Milan, para Ministro de Transportes y para el Premio Nóbel de Carrera, Corte y Choque. Perea ganaba todos los sprints y cortaba todos los balones y era Pablo, en esa temporada en la que pareció jugador de fútbol, quien marcaba la posición y sacaba el balón jugado. Perea escuchaba y obedecía: a ver Perea, a por ese, a por ese otro, sí, tranquilo, respondía Perea, yo me ocupo, ya está hecho, oiga, guárdese Vd la lengua no sea que se la muerda.

Perea, ya en su primera temporada, dio signos inequívocos de que lo suyo era correr y cortar y no regatear o subir el balón con la cara levantada. Los entrenadores, que aunque no lo parezca sí saben a veces de esto, lo vieron y era raro el equipo que no hiciera todo lo posible para que fuera Perea y no otro el que subiera el balón. La torpeza de Perea era una ventaja para el rival, como lo fue la degradación total de Pablo, la poca calidad de los centrales que acompañaron a Perea en la defensa en los años posteriores (a los que siempre acabó adelantando Perea en las preferencias de los entrenadores) y la clásica querencia de muchos mediocentros del Atleti para mirar hacia otro lado cuando lo que toca es pedir el balón a los de detrás e iniciar la jugada. Perea, el más torpe de todos, nunca rehuyó la responsabilidad y protagonizó, en su afán de ayudar, errores sonados, pifias monumentales, pérdidas de puntos y chistes crueles.

La grada la tomó con Perea, en parte harta de sus pifias y en parte haciendo gala de esa crueldad tan poco nuestra que la afición del Atleti muestra en los últimos años. En el pasado la grada apreciaba el sobreesfuerzo de jugadores torpes y valoraba su entrega por encima de su falta de calidad, aplaudiendo sus carreras y moviendo la cabeza con gesto de padre resignado cuando cometían errores. Así, la grada apadrinó a Pizo Gómez, alegrándose de sus pocos éxitos con explosiones desproporcionadas de júbilo motivadas por el cariño que despertaba alguien que lo intentaba y lo intentaba y casi nunca le salía. La grada elevó a los altares y con razón a Arteche, un jugador limitado que era todo corazón y carácter, protagonista de fallos monumentales pero siempre querido más que el resto, en parte por su entrega y su coraje, en parte porque la grada apreciaba el esfuerzo suplementario que le suponía corregir sus deficiencias a base de compromiso y lealtad. No trataremos nunca de comparar a Perea con Arteche, ni mucho menos, pero sí resulta curioso comparar las reacciones de la grada en situaciones no opuestas.

Durante muchos partidos, la grada la tomó con Perea incluso cuando no lo hacía mal, obviando sus virtudes innegables y resaltando únicamente sus defectos, igualmente obvios. Perea respondía a las críticas en entrevistas en la prensa en las que decía que entendía a la gente, que reconocía que le costaba muchísimo sacar el balón jugado, bendiciendo en todo caso la suerte de poder jugar en el Club Atlético de Madrid. No sirvió para mucho, al menos entre parte de la grada. Cuando Perea se acercaba al balón había un murmullo de sorna, en ocasiones parecía que había quien quería que Perea fallase para explotar de ira y hacer un chiste. La suerte de Perea parecía echada para muchos, y daba igual que siguiera ganando sprints, que le quitara aquél balón a Gerrard, que salvase muchas veces los muebles gracias a su velocidad y contundencia. El punto más vergonzoso de esta tendencia se alcanzó en el estadio del otro equipo grande de la capital, cuando la afición más odiada se permitió recibir con risitas a un capitán del Atleti, risitas provocadas por nuestra propia actitud. En el pasado, una burla de ciertos jugadores odiosos del equipo de Saenz de Buruaga hacia Pizo Gómez fue asumida por la afición en pleno como una afrenta hacia todos nosotros; años después, qué cosas, era la afición del Atleti la que provocaba la situación humillante, la que ponía en bandeja de plata la cabeza del capitán para que fuera el vecino indeseable el que se riera a nuestra costa.

Pero Perea siguió a lo suyo, es decir, a estar en una forma física increíble, a correr, a chocar y a despejar balones a los que sólo él podía llegar y parte de la grada lo entendió también. Quizás como reacción a la parte más cruel de la afición, las buenas acciones de Perea recibían un aplauso entusiasta; a veces, también se coreaba con sorna su nombre. La afición del Calderón, la que rara vez clama contra los responsables del desastre, la que ha hecho reverencias a Reyes, se dividía en su opinión sobre Perea aunque, piensa uno, poco a poco fue imperando la cordura. En los últimos tiempos son más los que han ido reconociendo el valor de la honradez y la humildad de Perea, su falta de culpa por intentar hacer las cosas lo mejor posible, el mérito de no haber tenido nunca un mal gesto a pesar de habérsele faltado al respeto muchas veces. Al fin y al cabo Perea, que batió el record de partidos jugados por un extranjero que tenía el mismísimo Griffa en aquél partido contra el Levante en el que ya hablábamos de esto y ha sido capitán del Atleti por más que fuera demasiado tranquilo, demasiado educado para protestar al árbitro, demasiado amable para encararse con rivales; nos guste o no, es parte de la historia.

Perea se va y no sabemos bien dónde. Hay quien dice que a Turquía, hay quien dice que a otro equipo español. Vaya donde vaya, desde aquí nos alegraremos cuando le vaya bien y seguiremos cuando nos sea posible sus carreras, sus tackles a toda velocidad, sus cortes contundentes y también sus pifias medio cómicas, que también esas son parte de Perea y parte de su personalidad diferente y cercana. Siempre nos acordaremos de Perea con cariño y siempre, cuando hablemos de él, pensaremos en un ex - vendedor de helados igualito que Frozono, qué ironía, que nos levantó de los asientos con carreras imposibles y fallos desesperantes y que siempre, siempre, dio todo por el equipo y las rayas rojiblancas, que siempre habló bien de los nuestros, que nunca tuvo un mal gesto, que dijo aquello de que, como nos pasa a nosotros, ser del Atleti de Madrid es lo mejor que le ha pasado en la vida.

Gracias por todo, Luis Amaranto Perea, suerte en todo lo que hagas.
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El partido contra el Málaga del sábado dejó varias dudas y planteó varios interrogantes de cara a la final del miércoles y al futuro en general. La primera duda era meteorológica: ¿puede algún hombre del tiempo, incluido Mariano Medina que en paz descanse, explicar por qué ha llovido este mes de Abril y parte de Mayo todo lo llovible y lo inllovible? La intensidad de los chaparrones del último mes han tenido un efecto beneficioso para el campo y los pantanos, pero han producido un efecto colateral del todo negativo: el temporal ha anegado la cosecha anual del Calderón, ha ahogado en chubascos a las plantas que, durante esta agradable época del año, germinan, crecen, se reproducen y mueren en los asientos del estadio. Con las trombas de agua no sólo se han anegado generaciones de una importante variedad botánica, sino que se ha perjudicado notablemente a la oposición en su argumento más válido para evitar la voladura y demolición del Estadio Vicente Calderón: su calificación como Reserva de la Biosfera por la Unesco, Adena, Greenpeace y el Icona. Eso sí, el que suscribe ha encontrado una última vía: en grada de lateral se ha originado un gran charco a la altura de la fila 14, casi en el centro del campo, en el que abunda el nenúfar, el lirio de agua, el alga cianofícea y el alga verdeazulada. El socio de la zona, respetuoso y amante de la obra de Jacques Cousteau, evitó pisar el milagro acuático el día del Málaga y a estas alturas es muy posible que el ecosistema quede intacto, incluso que hayan eclosionado huevos de batracios y peces, que colonias de martines pescadores y águilas pescadoras hayan nidificado en el primer anfiteatro en busca de alimento para sus proles y que el desmán de los pirineos corretee por los vomitorios frente a la zona en que abunda el desmán del palco. Ah, la sabia naturaleza, siempre actuando en bien del hombre y en contra del traslado a la Peineta.

La segunda duda es de naturaleza animal y no vegetal y se llama Suárez. Mario Suárez, llamado a jugar como titular el miércoles en un partido clave, volvió a hacer un partido triste y malo, desconectado, al paso, haciendo faltas cuando no debía y defendiendo a cinco o seis metros del rival cuando debería estar a cinco centímetros. Mario Suárez hizo además un penalti sobre De Michelis que el árbitro no pitó y que, de haberse visto más claro, habría supuesto un problema gordo para el equipo. De hecho el equipo cambió tras la salida de Mario y la entrada de Koke; de un primer tiempo lamentable se pasó a un segundo tiempo aceptable, y eso que Koke, aún perdido por el medio del campo, necesitaría muchos partidos para buscar su lugar en el mundo. Aún así, uno se plantea si Mario debería jugar en Bucarest o si debería salir Koke. Sobre el primero, casi seguro que su partido será intrascendente; sobre el segundo, hay duda, como en el banquillo del Málaga. Patata caliente para Simeone en el último momento, nos tememos.

Más dudas: el equipo muestra una tendencia preocupante a intentar solucionar los segundos tiempos lo que complica en los primeros. No sabemos si es cosa del Cholo, que plantea así los partidos, o de la empanada de los jugadores, que se soluciona a voces en el medio tiempo, dentro del vestuario. El caso es que ceder la iniciativa tanto tiempo y renunciar a ganar desde el primer minuto puede ser un problema serio en partidos como el del miércoles. Veremos.

En cuanto al resto, algunos apuntes. Courtois volvió a estar bien, sacando dos contraataques peligrosos, uno de ellos del excelente Isco. Froilán estuvo más entonado y su final de temporada está siendo mejor que el principio, mientras que Miranda anduvo inseguro todo el partido. Diego perdió varios balones importantes y, pese a su excelente trato de balón, no fue todo lo efectivo que debería. El apunte con mejor letra, eso sí, va de nuevo para Adrián. Adrián hizo una excelente segunda parte y metió un gol importantísimo. Por si fuera poco, se fue directo al banquillo a dedicárselo a Perea y Antonio López, demostrando que, tras un año en el equipo, entiende más de qué va esto que muchos que han pasado aquí largas temporadas.

A todo esto, el miércoles es el día, señores. Partido bonito que puede convertir un año lamentable en un año para recordar. Confiemos en Adrián y Falcao para al menos marcar un gol, confiemos en Godín y Courtois para sacar los balones por alto con los que nos van a masacrar. Arda y también Diego pueden ser importantísimos, Juanfran tiene que hacer algo gordo porque su temporada lo merece. Enfrente, un equipazo con una misión en la historia. Precioso día, a disfrutarlo. 


P.S.: ayer, 6 de Mayo, bajó de categoría la Liga ACB, que pierde una pieza importante. Durante al menos un año no contará con Estudiantes, que se va una temporada de Erasmus a aprender idiomas y conocer extranjeras. Como lo pasará bien seguro y volverá pronto, nos quedamos la mar de tranquilos.

domingo, 8 de mayo de 2011

De la asombrosa indiferencia que produce un mamarracho

El Atleti volvió a pegar un petardo sonado e hizo el ridículo ante la sorprendente indiferencia de la afición. Pero esta semana nos contarán que el sueño de la Champions es aún posible si pasa un cometa en buen momento, y tan contentos.


Una nota para la reflexión: hacia el minuto 25 Diego Costa, ese jugador entre lo inclasificable y lo desesperante, forcejea con su marcador cerca de la banda, a pocos metros del corner en el que se posan el ramo de flores de Pantic, una de las pocas tradiciones bonitas que se respetan en el Calderón. Diego Costa, jugador con poco aspecto de científico reflexivo y dado a entrar en cualquier provocación absurda sin pensárselo demasiado, se apoya sobre el defensor, empuja, recibe un empujón y suelta un codo. El defensor encaja un golpe y, fiel a la alabada tendencia moderna de buscar problemas al rival simulando problemas en los pómulos, exagera, se tapa la cara, se tira al suelo y hace gestos de haber sido mordido por una cobra real. Se para el juego, se empujan los jugadores, se conducen los profesionales a los que la camiseta trae al pairo con aires de pelea de bar por el turno en la máquina de dardos. Todo da bastante vergüenza ajena: la falta de inteligencia de Diego Costa, la exageración del rival, la traca final del resto de jugadores empujándose como niños chicos, mirando de reojo al árbitro.

¿Qué hace el público ante el esperpento? ¿Se sonroja? ¿Se gira a los niños a decirles que, hagas lo que hagas en la vida, no muestres nunca ese nivel de idiocia en público? ¿Afea a su propio jugador el tener el seso de un calabacín? ¿Reclama a unos y a otros que se dejen de hacer el imbécil y se dediquen a jugar al fútbol, que es para lo que cobran y para lo que la gente ha pagado una pasta? Nada de eso, oiga. El público se arranca, en un arrebato de furia que otras ocasiones en las que no pasa absolutamente nada tendría justificación, y se pone a gritar. "Pu-tá Malagá, Putá Má-lagá", grita gran parte de la educadísima afición colchonera, que comparte su afición por gritar improperios contra equipos chicos contra los que el Atleti nunca tuvo nada con esa querencia general a cambiar los acentos para facilitar la rima, a cambiar Málaga por Malagá, Sevilla por Sevillá y, en breve, Almería por Almeriá, Ávila por Avilá. Ante el asombro de los cada vez menos numerosos aficionados que consideran que no hay por qué faltarle al respeto a todo el que pasa por el Calderón cada vez que el Atleti hace el ridículo, la grada riza el rizo. "Asegún-dá, asegún-dá", grita ahora la grada ofendidísima, y no es ya el grupo de los más radicales, sino que se levantan por las tribunas señores con gafas y cara de comer los domingos en casa de su suegra de muy mala gana, padres que llevan de la mano a sus niños - a los que luego afearán que éstos forren a tortas a sus primos más pequeños, ante la incredulidad de los amonestados -, jóvenes alicorados con carísimas camisetas de equipos extranjeros por los que sienten la veneración que los pobres sienten hacia las top models. "Asegún-dá", grita la afición con su tradicional dislexia acentual, intentando así humillar a un equipo, el Málaga, al que con sus gritos acaba de convertir en rival histórico, candidato a derbi, a clásico chico, a partido de alto riesgo sin que nadie con dos dedos de frente entienda por qué. Yo, qué quieren que les diga, he dejado de intentar entender las cosas y ahora me centro únicamente en intentar contener la arcada.
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Era sábado y había salido el sol tras una mañana escocesa y se jugaba el Atleti el poder entrar cómodo en Europa la temporada que viene y alcanzar el quinto puesto, ahí es nada, oiga. Quintos, casi nada, motivo casi para ir a Neptuno, casi para ponerle al niño el nombre del santo de la señalada fecha, casi para celebrar la efeméride con desfile militar y sobrevuelo de la patrulla Águila sobre la derruida fábrica de Mahou. La afición, feliz y motivadísima por la posibilidad de vivir el día histórico en el que el según-dicen-los-mayores tercer Club de España se quedaría a un único puesto de la Champions League (léase "el sueño de la Champions", según el libro de estilo del periodismo deportivo moderno) se acercó al estadio feliz y contenta. Tanta era la felicidad general que el estadio se llenó de chicas con pelucas de colores y celebraciones de despedidas de soltera, que era algo que antes se celebraba en boites y salas de fiestas previa visita a un piano-bar o disco-pub y ahora se celebran en el Calderón, algo que debería hacer reflexionar a los responsables de márketing del Club por si merece la pena eliminar los partidos y poner en el círculo central una gran bola de espejo y camareros con pajarita. El Calderón, diremos por resumir, era lo que se llama una fiesta, la gran fiesta del fútbol, llamada también la gran fiesta de los cojones por algunos aficionados más veteranos.

Salió el Atleti entre las miradas de orgullo de los visionarios que acertaron la alineación del iluminado entrenador local y salió el Málaga a su vera. El Málaga venía como víctima propicia de una antigua maldición (hemos de ganar el pan con el propio sudor), pero fue el Atleti el que sudó aunque nunca hizo nada. El Atleti, por ir directo al grano, hizo un partido infame, un partido ridículo, un mamarracho de partido. Al Atleti le superó el Málaga en defensa, en el medio y en ataque: recibió tres goles y tiró un par de veces a puerta, jugó con la defensa que muchos pensábamos que más garantías daba y se vio desbordado una y otra vez por dos delanteros de los que la grada del Calderón desprecia, perdió el medio del campo gracias a un excelente partido de un jugador que no contaba para Quique Flores y que se merendó sin muchos problemas a los que el año pasado le quitaron el puesto y únicamente tuvo un jugador, Agüero una vez más, que mostraba síntomas de entender de qué va este deporte. ¿Acabó el partido en bronca monumental, lanzamiento de almohadillas, protesta masiva del público y amenazas de tirar al río a la plantilla en pleno, el cuerpo técnico, el consejo de administración, la abochornante mascota de peluche, el cuerpo de seguridad COS y los encargados del catering? No, oiga, no: desde la grada se escucharon sólo gritos de asengún-dá, asegún-dá, se escuchó una cancioncita laudatoria del infame entrenador que ha convertido el equipo en un desprósito justificado con esdrújulas y discursos pseudo-psicológicos y se asistió al abandono general en silencio en el minuto 84, tras el tercer gol del visitante para el que se deseaba el descenso.

Yendo por partes, si es que se puede diseccionar un mamarracho monolítico, diremos que la defensa estuvo mal. Se lesionó Perea en una carrera y la grada se alegró, pensando que la ausencia del colombiano que tantas risotadas levanta convertiría a la defensa en una línea inexpugnable. Se fue el colombiano y, no por su ausencia pero sí coincidiendo con ella o quizás al revés, la defensa encajó tres goles y en ningún momento dio la sensación de poder ni con Batista ni con Rondón. Godín mostró una vez más que es la sombra del jugador que apuntaba ser al principio de temporada, antes de su apendicitis y de sus entradas y salidas del equipo titular; Domínguez dio muestras de despiste y Ujfalusi dio muestras de agotamiento, mientras que Filipe Luis Filipe dio, una vez más, muestras de que le queda aún mucho tiempo para recuperar el físico, la confianza y las ganas de aportar. Hasta De Gea dio muestras de aquello sobre lo que mejor no dar muestras.

En el centro, el naufragio fue general y preocupante. Raúl García estuvo de nuevo mal, lo que unido a que la grada no le perdona media y aprovecha cualquier resbalón para pitarle, aconsejaría no volver a sacarle al menos en el Calderón. Mario Suárez, entonado en sus últimos partidos, estuvo entre mal y muy mal; una de sus virtudes, la frialdad, es también su mayor defecto cuando los partidos no requieren sólo sangre fría sino correr y chocar. Blandito, lento de ideas y desconectado de los de detrás, delante y los lados, hizo un partido lamentable que llamó más la atención al ser Camacho, el medio centro que dejó el año pasado el club para dar cabida a Mario, el pilar de la media rival. En las alas salieron Elías y Reyes. Elías volvió a hacer un partido de esos suyos en los que nadie que le siga cinco minutos seguidos acertaría a decir de qué juega, de qué puede jugar, de qué le gustaría jugar o cómo podría jugar. Elías aparece aquí, allá, se va al centro, se va más a una banda y casi nunca coincide el lugar en el que está con aquél en el que debería estar. Para disimular el mal partido de Elías, Reyes, gran compañero, lo hizo aún peor. Limitó sus aportaciones a ese fútbol infantil de conducción de balón por todo el campo para luego no hacer nada, ese fútbol que irrita a los que más saben de esto y tanto gusta, sin embargo, en la grada del Calderón, que aplaude a Reyes cada vez que corre con el balón mirando al suelo, dejando atras rivales confiados en que acabará chocando con una farola. Quizás para ayudar a los incapaces interiores del equipo, el terreno de juego del Calderón se estrecha poco a poco según avanza la temporada (posiblemente siguiendo indicaciones del redicho técnico del jerseicito) y si esto sigue así el último partido de liga se jugará en algo parecido a la recta de 100 metros de una pista de atletismo, el equipo abandonará el 4-4-2 para presentar un dibujo en fila india y el portero rival se verá obligado a defender los corners que vienen desde su derecha en el fondo Sur sujetando con una mano las rosas de Pantic, cual ganador de etapa del Giro.

En la delantera, Agüero lo intentó y se desesperó en varias ocasiones al comprobar que cada vez que controlaba un balón el compañero más cercano estaba a treinta metros. El compañero más cercano muchas veces fue Diego Costa, Juan Trick, o Gato de Lagarto, el hombre que va camino de sacarle más partido a su partido de Pamplona que cierta starlette a su boda con Jesulín. Diego Costa estuvo espeso, transmitió en todo momento esa sensación tan suya de recién levantado de siesta de sofá y no aportó nada sensato. A los pocos minutos apuntaba a la expulsión, un rato más tarde apuntaba a la lesión por dejarse caer a cada contacto y al final del partido hubo quien mostró ganas de apuntarle al paro hoy mismo. Salió al final Forlán y no aportó mucho más que un tiro magistral de falta y un par de tiros de lejos, mucho más por cierto que el resto del equipo en todo el partido. Pero lo de Forlán, ya lo saben Vds, está finiquitado porque es un vago redomado y una mala persona, que lo han dicho el As y el Marca, así que no hay más que hablar, oiga.

El Málaga, un equipo casi en descenso, fue mejor en todo momento al Atleti, le tuvo en su campo casi todo el partido y le metió tres goles. Sólo en un rato del segundo tiempo, ante la sorprendente reacción festiva de la grada, decidió el Málaga dejarle el control al Atleti y éste se sintió cómodo jugando en horizontal, sin hacer nada de provecho y dejando de paso a la vista de todos su poca inteligencia como equipo para leer los partidos. Tras esta frase se esconde, sepultado bajo un montón de pentasílabas esdrújulas, el entrenador del equipo. Quique Flores, historiador y estilista, compareció tras un nueva nueva derrota táctica contra su elegante rival de ayer y tuvo los arrestos de decir en rueda de prensa que el Atleti no es un equipo históricamente recio en defensa, culpando quizás a la historia de su despropósito constante. Quique tuvo suerte de que Arteche, jugador históricamente poco recio y poco defensivo, anduviera ocupado tocando la lira y charlando con Dirceu y no acudiera a la rueda de prensa. Tuvo suerte de que Griffa, jugador defensivo históricamente poco recio estuviera en Argentina junto con otro poco recio, Panadero Díaz, y que Capón, otro histórico poco recio, tenga demasiada categoría como para remangarse, entrar en la sala de prensa y ponerse a tirar sillas. De no haber coincidido todas estas circunstancias, quizás tras pronunciar la frasecita de marras las sensaciones de nuestros sensitivo entrenador esta vez estarían más cerca de la sensación de ojo morado que de la clásica buena sensación marca de la casa.

El Atleti perdió en casa contra un equipo teóricamente menor que en todo momento fue mejor y más grande. El Atleti quizás acabe entrando en Europa en una vergonzante séptima posición y quizás lo haga entre gritos de asegún-dá asegún-dá contra rivales que luego le peinan a raya, o entre entusiastas cánticos a favor de un entrenador sin norte ni memoria, o entre pelucas de colores y participantes en despedidas de soltera metiendo billetes de diez euros en el elástico de los pantalones de los jugadores. Lo que cada vez parece más improbable es que lo haga entre gritos de furia de la afición, entre reivindicaciones mayoritarias, entre la reclamación general de dignidad al palco. La huída masiva y silenciosa de la grada tras el tercer gol y la constatación del mamarracho de ayer fue la confirmación de que la inmensa mayoría de la afición le trae al pairo todo lo que no sea insultar al rival que se juega el descenso y cambiar la acentuación de las sílabas finales de los nombres de las capitales de provincia. Así, entre nosotros: hay días que esto no hay quien lo aguante.

lunes, 1 de febrero de 2010

El Atleti visto desde la India

Por Jesús Doggy, sentado en el sitio de un gafotas.


Brahma, creador del Universo y de todas las cosas conocidas, incluidos espantos y maravillas, sería, según la florida y vistosa mitología hindú, el artífice de la existencia del Club Atlético de Madrid. Para muchos de nosotros, simples mortales occidentales, el Club Atlético de Madrid lo fundaron en abril de 1903 un grupo de señores con unos mostachos muy pintones y apellidos raros, como Gondra, de Hacha, Astoreca, Zarraoa, Alaiza o Lazúrtegui. Pero nosotros, simples mortales occidentales, nos equivocábamos. Nosotros, simples mortales occidentales, llegamos a pensar que aquel club de fútbol que fundaron hace 107 años en Madrid unos burgueses vizcaínos, rebotados por el innoble comportamiento de los jugadores y los seguidores de un equipo llamado Madrid F.C. que no asumieron de buen grado la derrota ante el Athletic de Bilbao en la Final de la Copa del Alfonso XIII, encarnaba unos valores que nos permitirían trascender, siquiera durante 90 minutos a la semana, nuestras miserables vidas marcadas por la inevitabilidad de la muerte. Pero, ya digo que nosotros, simples mortales occidentales, nos equivocábamos de medio a medio. Y nos seguimos equivocando.

Porque llega un domingo cualquiera, en este caso hablamos del domingo 31 de enero de 2010, y a nosotros, simples mortales occidentales, no sólo se nos ocurre ir al estadio Vicente Calderón -ese al que siguen acudiendo a millares los que gustan del fútbol emoción, aunque rara vez asistan a algo que se parezca lejanamente a un espectáculo balompédico y aunque rarísimas veces se sientan ni lejanamente emocionados por ello- sino que incluso nos permitimos la alegría de convencer a nuestra señora para que nos acompañe. A mi señora, en concreto, el fútbol le da igual, le importa bien poco, aunque no llega a desagradarle. A mi señora el fútbol ni fú, ni fá. Lo ve, probablemente, como un entretenimiento bobo, como una tonta manía de las muchas que acumulo. Y, sin embargo, demostrando un luminoso sentimiento superior que todo lo trasciende, mi señora acude gustosa, cogida de mi brazo y con una bufanda rojiblanca al cuello, al estadio Vicente Calderón en una tarde noche fría y ventosa, la de ayer, domingo 31 de enero de 2010, que a lo que verdaderamente invitaba era al recogimiento en el sillón. “Anda, ¡qué pequeño es el campo! Por la tele parece más grande”.

He de decir, aunque a ustedes, simples mortales occidentales les pueda extrañar, que yo conocí a mi señora gracias a Brahma, quien, como todos ustedes, simples mortales occidentales, saben desde hoy fue el creador del Club Atlético de Madrid. A Brahma, de todas sus creaciones, lo que más le gustó fueron las señoras. Debemos entender que Brahma había estado muy ocioso y solitario antes de crear el universo conocido y eso, en cierto modo, disculpa la desmedida afición que la omnipotente deidad sintió por Shatrupa, la Primera Mujer. Ver a Shatrupa y volverse Brahma tarumba fue todo uno. La buena de Shatrupa, abrumada por la incesante y poco piadosa energía que desprendía el colosal cuerpo de Brahma, echaba una carrerita hacía allí, otra carrerita hacia allá y otra más hacia acullá, tratando de escapar a las divinas miradas de un Brahma que, a los ojos de un simple mortal occidental, pareciera trasmutado en salido gañán español. Tanto se giraba Brahma, excitado como sólo un Dios puede estarlo, y tan enloquecido se hallaba al contemplar a Shatrupa que con cada carrerita de la inocente muchacha a la todopoderosa deidad le crecía una nueva cabeza, con objeto de no perder nunca de vista aquellas formas tan extraordinariamente atractivas. Desde entonces, Brahma tuvo cinco cabezas, una mirando a cada uno de los cuatro puntos cardinales hacia los que trataba de escapar la virtuosa Shatrupa y la quinta elevando la mirada hacia el cielo. Pero Brahma pecó de soberbia creyéndose omnipotente tras haber creado el Universo conocido y, con él, el Club Atlético de Madrid y fue castigado. Y ustedes se preguntarán, ¿cómo podría Brahma ser castigado si acababa de crear el Universo? Es lo bueno de las mitologías, que añaden subtramas y nuevos e impactantes personajes de improviso. Brahma no estaba solo, no. Antes de crear el Universo compartía el primordial magma sin tiempo ni espacio con otras dos deidades, a saber, Shiva y Vishnu. Los tres juntos conformaban el Trimurti, la trinidad que indica Creación, Preservación y Destrucción. ¿Recuerdan ahora aquello de que Dios es Uno y Trino? En fin, que a Shiva, Dios de la Intoxicación y sagrado Destructor de todo lo creado para que todo pueda seguir creándose, le molestaron mucho los aires que se daba Brahma y le dio una lección: le cortó la quinta cabeza, la que miraba hacia las alturas, y no contento con eso, prohibió para siempre el culto a Brahma en toda la India. Sólo hay una excepción, un templo junto al lago de Pushkar, en la norteña región del Rajastán, en el que un buen día mi señora oró, rogándole a Brahma la dicha conocer a un hombre digno de compartir ese luminoso sentimiento superior que todo lo trasciende. Los caminos de Brahma son inescrutables. ¡Ha Ri Om!

Casi dos años después de semejante acontecimiento, ayer, domingo 31 de enero de 2010, se encontraba mi señora, con una bonita bufanda rojiblanca y bien pertrechada contra el maligno relente del río, sentada en la grada de lateral del estadio Vicente Calderón a punto de asistir en directo por vez primera a un partido del Atlético de Madrid.

Podría yo ahora contarles a ustedes, simples mortales occidentales, lo que ocurrió en el vigésimo encuentro de Liga de la temporada 2009-2010 que ganó el Málaga en el estadio Vicente Calderón por dos goles a cero, pero, sinceramente, ¿para qué? Podría decirles que a los tres minutos de juego, tras ser presionado por la atenta mirada de un indigno bulto gordinflón y cada día más ridículamente sospechoso llamado José Manuel Jurado, un señor del Málaga corrió la banda derecha superando a un antiguo jugador del Atlético de Madrid llamado Antonio López y centró sin oposición al segundo palo para que otro señor, este portugués y conocido como Duda, inaugurara el marcador. Podría contarles que el Atlético de Madrid tardó 35 minutos en disparar a puerta y que cuando lo hizo dio una curiosa mezcla entre asco, pena, vergüenza y desesperación. Un tal Diego Forlán, que en la previa se despachaba en una entrevista en la prensa argentina diciendo que 2010 es un año maravilloso porque hay Mundial y juega Uruguay, recibió un balón perfecto, en la frontal del área, sin oposición y, sin pararlo siquiera, se limitó a chutarlo bombeadito por el centro de la portería para que el portero del Málaga lo atajase con comodidad. Podría contarles que ese tal Diego Forlán se quitó el balón de encima, como se ha quitado todo asomo de responsabilidad como jugador del equipo, pese a gozar de un contrato de 5 millones de euros brutos al año y pese a sacar pecho en las ruedas de prensa diciendo majaderías insultantes sobre “equipos grandes” y “trayectorias”. Y eso que tiene razón el tal Diego Forlán, el Atlético de Madrid, creado por la divina energía de Brahma, no es un equipo grande, es un club grande por los triunfos y títulos logrados en su centenaria historia convertido ahora en un equipo mediocre. Tan mediocre como el palmarés del tal Diego Forlán, por cierto, que sólo ha ganado títulos como tercer reserva en un equipo inglés grande del que salió porque su entrenador, señor Ferguson, lo consideraba “inepto para el juego colectivo”.

Podría explicarles que fue titular en el Atlético de Madrid un negro espigado y luchador, que llegó a España en patera, y que fue el único que mostró garra y decencia futbolística en una primera parte que excedió lo sonrojante. Podría también señalar que, como premio a semejante atrevimiento, Ibrahima, fue sustituido en el descanso por Sergio Agüero, probablemente el único jugador a día de hoy que puede vestir la elástica del Atlético de Madrid sin que se nos caiga la cara de vergüenza a los que hemos visto a Fernando Torres, a Leivinha o a Kiko Narváez jugando al fútbol en el estadio Vicente Calderón. Podría intentar explicarles como Luis Amaranto Perea, ya en la segunda mitad, volvía a brillar en uno de sus lances favoritos, el innecesario despeje de cabeza blando al centro del área, que culminó un señor del Málaga llamado Javi López para sentenciar el partido. Podría decirles que cuando no está en el campo Assunção el Atlético de Madrid parece un chiste y que, si además, juega los 90 minutos un indigno gordinflón de nombre José Manuel Jurado, el Atlético de Madrid parece un chiste de mal gusto. Una risión. Una mamarrachada. Una morralla. Podría, en fin, comentarles que la afición ya ni siquiera protesta, hasta tal punto que no se hace necesario subir el volumen de la megafonía para acallarla... Hasta ese punto hemos llegado.

Pero, fíjense, en vez de abundar en esas cosas que ustedes, simples mortales occidentales, de sobra conocen, les diré que en esta ocasión no me fui del campo triste, contrito y maldiciendo, como casi siempre, sino que encaré el Paseo de los Melancólicos con una sonrisa en el rostro, sintiendo cogida de mi brazo a mi señora, que portaba al cuello una bufanda del Atlético de Madrid. Acaramelados llegamos hasta el Metro de Pirámides y allí, en el solitario andén, le conté tardes gloriosas de un equipo que derrochaba coraje y corazón, le conté como, emocionado, vi crecer a un Niño que era la plasmación sobre el terreno de juego de un absurdo sentimiento hoy extinguido. Por eso, ahora, para despedirme de ustedes, simples mortales occidentales, me encomiendo a Ganesha, el hijo con cabeza de elefante que tuvo Shiva con la bella Parvati, encargado de conducir a las huestes celestiales y de eliminar de nuestro camino todo obstáculo material y espiritual. Porque yo siempre he creído que Ganesha, deidad de la buena fortuna, tiene que ser del Atleti. Me queda eso o nada.

lunes, 26 de enero de 2009

Sobre esas fases de desesperación por las que todos pasamos

Empató el Atleti, que no es ni mucho ni poco, y pudo haber ganado de haber estado fino y de haberse creído el guión. Pero al final no fue así, y menos mal que algunos de los que andan merodeando por los mismos puestos también pincharon, que si no estaríamos listos.

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En Madrid, que es una ciudad en la que no vemos cómo son las calles por arriba porque siempre miramos hacia abajo, hay edificios bastante bonitos y otros más bien feos. Hay obras de arte y chapuzas, apuestas arriesgadas y monumentos a lo rancio, un casco viejo maltratado y unos ensanches que, por ahora, invitan a la huída.

En uno de estos últimos, en Sanchinarro, hay un edificio de tres colores llamado Mirador diseñado por unos arquitectos holandeses que por lo que se ve deben tener secadora. El edificio es rojo y gris y casi negro, y tiene una gran abertura en medio, todo un alarde estético y técnico, la cuadratura del donut. El edificio, de viviendas de protección oficial, ha sido alabado y criticado y criticado y alabado como suele pasar en estos casos; algunos arquitectos lo han puesto como hoja de perejil, otros han dicho que es una maravilla y han pedido más audacia y menos prejuicios al ayuntamiento y al madrileño medio. Uno de estos últimos, que vive allí y tiene problemas a la hora de hacer la colada, ha colgado una pancarta por la ventana en la que informa a todos los que por allí pasan de lo siguiente:

"¿Tendederos? No, sólo diseño"

Lo que se viene llamando crítica autorizada, oiga.
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Algunos (por no decir casi todos) de aquellos que, como Vd y como yo, sufrimos una severa adicción a este equipo que viste de rayas rojas y blancas y a veces usa pantalón azul y a veces no, alternamos fases de interés y pasión por el equipo con otras en las que no nos apetece nada saber de él. Será por los resultados, será por la imagen o será por el calentamiento global, pero el caso es que hay veces que uno prefiere no saber nada y reniega de esos períodos en los que pasa gran parte del tiempo libre y no libre pensando en el equipo. Estoy hasta el mismo gorro, dice el hincha, ya no quiero saber nada de este equipo que me da disgustos y sinsabores, estoy harto de esperar en vano a que me den alegrías. Ya está bien, se acabó, los fines de semana deben ser para mí y sólo para mí, no puedo depender de unos tipos a los que no les importo nada de nada pero que sin embargo tienen en su mano que yo el lunes esté de buen o mal humor. No tiene sentido, no merece la pena, el equipo no responde, ¿por qué debo responder yo? Vale, que sí, que estas cosas pasan; de todos es conocido que siempre que hay un día bonito llega alguien y lo estropea, de igual modo que siempre que hay una buena página de Internet llega alguien que se autoinvita y se dedica a dar la tabarra sin educación ni gracia o que siempre que alguien restaura y deja como nuevo un edificio del casco antiguo llega un tonto con un rotulador y escribe en las paredes recién encaladas "Farlopa". Sí, todos sabemos esto pero eso no nos consuela, y encima el Atleti es especialista en llegar el domingo por la tarde y echar por tierra un fin de semana estupendo y a eso no hay derecho. Antes las cosas no eran así, el equipo ganaba y daba alegrías y si no ganaba al menos luchaba y peleaba y le hacía a uno estar orgulloso de ser parte de la hinchada, pero ahora ya no es así, ojalá pudiera quitarme de en medio, ojalá pudiera desengancharme de esto y ser feliz, vivir tranquilito sin mirar de reojo las pantallas de los bares para ver cómo va el equipo o sus rivales, vivir al margen de lo que pasa cada día en la plantilla, vivir aislado del periódico y de la radio y sin esa querencia innata a meterme en todas y cada una de las conversaciones sobre el Atleti que escucho por ahí, sea de conocidos o no. Se acabó, ya está, hala pues.

Algunos (por no decir casi todos) de aquellos que, como Vd y como yo, sufrimos una severa adicción a este equipo que viste de rayas rojas y blancas y a veces usa pantalón azul y a veces no, sabemos también que esto no dura mucho. Sabemos que el equipo desespera pero que al final ser del equipo es parte de nuestra propia forma de ser, nuestra seña de identidad frente a los que nos conocen, el reflejo de nuestro gusto por las cosas que no son sencillas. Así que poco a poco, aunque no queramos, vamos volviendo al redil y vamos volviendo a abrir los periódicos por las páginas de deportes y vamos volviendo a hablar del tema sin el hastío de unos días atrás. Y poco a poco nos va picando el gusanillo, quizás porque el gusanillo viva dentro de nosotros y se vaya abriendo camino aunque no queramos que así sea o porque alguien lo despierta desde fuera, quizás un compañero de trabajo o ese correligionario que, en un momento de euforia opuesto al que vive uno, sale de un bar a altas horas de la mañana cantando el himno del Metropolitano. Y así uno empieza a volver a ser quien fue, empieza a mirar al domingo sin vértigo y sin nausea y empieza a acordarse de lo que en realidad rodea a ver un partido de fútbol, esto es, quedar a verlo con los amigos, pasar en compañía las tardes de otoño y acabar brindando incluso cuando las cosas van mal.

Uno, que como Vd sufre una severa adicción a este equipo que viste de rayas rojas y blancas y a veces usa pantalón azul y a veces no, ha pasado hace poco por este trance, ya lo había Vd imaginado a estas alturas. Pasada la enajenación transitoria de la depresión colchonera o más bien pasado el período de cordura de rechazo a lo rojiblanco y de vuelta en el infeliz estadio en el que uno espera que el Atleti haga lo que debe, el que suscribe se decidió a ver el partido de Málaga a la espera de que el Atleti saltara de una vez la valla que se intuía al final del callejón en el que se había metido desde principios de año. Inocente, el colchonero acude a ver cada partido confiado en que la historia cambie aunque sabe por experiencia que el Atleti tropieza varias veces con la misma piedra y que es muy posible que uno vuelva a casa con las orejas gachas, lejos del paraíso de equipo competente del que nos habla el pasado. Pero aún así el aficionado se sitúa frente a la televisión y sueña con un buen partido, con algo que le enganche de nuevo al equipo, quizás con un gol tras un contraataque lanzado por un pase al hueco de espaldas y de tacón realizado por un canterano, atlético hasta las cejas como todo el que se dispone a ver el partido; y esto pasó, pero fue en otro partido.

Así que muchos de esos que, como Vd y como yo, sufren una severa adicción a este equipo que viste de rayas rojas y blancas y a veces usa pantalón azul y a veces no, ayer volvimos al redil y nos sentamos frente a una televisión. Y salió el Atleti (y ya era hora, dirán Vds con razón) al césped y apabulló al rival durante el principio del partido, a ese Málaga al que se temía por haber enderezado esa imagen de equipo de Segunda que lució en el primer partido de este año en el Calderón y ahora pisarle los talones a los nuestros. Y durante esos minutos parecía que el Atleti iba a ser el Atleti y la alineación invitaba a pensar en que el colchonero medio se iba a llevar una alegría, porque no estaba Maxi pero estaba el Kun y estaba Forlán y no estaba Maniche y el equipo parecía querer algo más que un empate. Pero el Atleti es el Atleti y cuando parece que puede hacer lo que debe las cosas se tuercen. Un tiro lejano del Málaga acabó pegando en la espalda del elástico Perea y entrando cerquita del poste y de la mano de Leo Franco dejando dudas sobre si éste pudo hacer algo más. La cosa había empezado bien y se había torcido pronto, ya saben Vds, las cosas de ese equipo que viste de rayas rojas y blancas y a veces usa pantalón azul y a veces no.

Y ese mismo equipo que viste de rayas rojas y blancas y a veces usa pantalón azul y a veces no empató en una jugada de esas que ahora se llaman de estrategia gracias a Heitinga, que marcó casi sin querer y terminó por lesionarse. Y con el empate y empezando el segundo tiempo uno esperaba volver a ver el Atleti de los primeros compases y no fue así; se vio a un Atleti con menos mordiente, sin resolver bien en los metros finales, con dificultades para sacar el balón jugado con superioridad y para marcar el ritmo del partido, algo que no nos es ajeno. Pudo empatar Ujfalusi si hubiera tenido un poco de suerte tras rematar una falta lanzada con maestría por Simao Y durante ese rato final de quiero y no puedo se acordó el aficionado del Atleti de hace unos partidos, de la falta de identidad y de fe en el trabajo realizado, en la ausencia de carácter y de ambición, de la dificultad de los jugadores para llevar la competición dentro de la cabeza, de la querencia suicida del equipo a la autodestrucción. Y se acordó de los puntos perdidos en los últimos partidos, de la rabia de ver cómo no se aprovechan las oportunidades que nos brindan los rivales. Y los más optimistas dirán que un punto en casa de un rival que iba a más obtenido en medio de una racha negativa no es poco, y los más escépticos dirán que según está la liga y el equipo no está el horno como para desperdiciar estos regalos y estas ocasiones. Y unos y otros se preguntarán una vez más si es pertinente o no echar al entrenador y unos y otros una vez más dudarán de la capacidad de los que rigen los destinos del Club desde el palco.

El Atleti, ese equipo que viste de una forma ya descrita empató cuando pudo y debió ganar, y aunque mostró una cierta mejoría también dejó algún motivo de preocupación. Algunos jugadores muestran síntomas preocupantes de desidia y de cansancio, otros muestran síntomas aún más preocupantes de desorientación y hastío. Y, a sabiendas de que pronto llega una fase terrible del calendario, hoy los aficionados se preguntan contra quién jugamos los próximos partidos, y esperan que la cosa se enderece y que pronto haya motivos para celebrar algo. Y, mientras tanto, pasada la recurrente depresión colchonera, a uno no se le ocurre más que esperar y recomendar una canción bonita, Waterloo Sunset.


lunes, 1 de septiembre de 2008

Sí

El Atleti ganó su segundo partido en cinco días, y otra vez por cuatro cero. Y dejó una sensación muy agradable, y si no fuera porque el Málaga plantó poca cara, uno llegaría a la conclusión de que, a excepción de un par de puestos, hay equipo.


Salió el Atleti a jugar y lo hizo sin ni un solo jugador nacido en España y esto a uno no le gusta demasiado, aún a riesgo de que a uno le llamen cateto. Y no es furor patrio, sino la preocupación de que sin gente de la casa o al menos con una base suficiente de jugadores que sepan qué es lo que hay, hay más probabilidades de que se pierda el norte. Aunque, bien pensado, también hay alguno recién llegado desde el mismo centro de Europa que parece estar más metido en la entidad que muchos de los aficionados, y eso a pesar de llamarse Johnny. El Yony, será.

Previamente la afición había aprovechado la buena hora en la que las televisiones tuvieron a bien poner el partido y en los alrededores del estadio había un ambiente de partido alegre que contrastaba con la preocupación del pasado miércoles. Mientras que el día del Schalke la gente hablaba poco de cómo estaban tras las vacaciones y se centraban en preguntar cómo veía el prójimo el partido que se venía encima, ayer todo era relax y sonrisas y tiempo para comentar el viaje a la playa. Qué tal oiga, pues aquí ya ve, de vuelta, no le hacía yo a Vd así de pantaloncito pesquero, ni yo, mire, son cosas de mi mujer. La afición cumplió con el ritual anual de vuelta al abono, y preguntó educadamente cómo lo había pasado el vecino y le dijo al niño de atrás lo mucho que había crecido y se dio cuenta de lo guapas que están las atléticas cuando vuelven con el moreno subido. Lo de siempre, oigan, qué les voy a contar yo.

Salió el Atleti bien plantado y plantado de atrás adelante, como mandan los cánones. Y enfrente se plantó el Málaga, así por lo bajini, y a los cinco minutos puso cara de aguantar el chaparrón, porque ya desde el principio había en el ambiente un aroma a partido sencillo que el visitante se encargó de confirmar. Malas sensaciones dejó el Málaga y esto lo siente el que suscribe por la afición del Málaga, que llevan lo suyo, los hombres. Sólo Duda se encargaba de destacar con cada toque y poco más puede decirse del Málaga. Tiempo tienen para enderezar el rumbo, que no se me alteren por Antequera.

Si algo distingue al Atleti de este año del Atleti del año anterior son dos centrales, dos, de distintas ganaderías pero de similar fiereza. Heitinga y Ujfalusi volvieron a dar ayer sensación de pareja de las buenas, complementarios y con facilidad para entenderse, con desplazamiento en largo y salida del balón, con pausa y criterio y contundencia y bravura, según las necesidades. Ujfalusi coloca a sus compañeros a voces y no es de extrañar que el resto obedezca, vista la cara del fulano, y hasta cuando pifia un poco, como en una cesión a Coupet, no hay guapo en el vestuario que tenga arrestos de decirle nada. Heitinga corta por velocidad e imponiendo corpulencia y colocación; de los choques contra Johnny salen rebotados los rivales como si se hubieran pegado contra un Ford Fiesta. Si hay que pegar un pelotazo, lo pegan y punto. Si hay que pegarle un grito a un delantero díscolo, se pega un grito y tiembla el misterio. Si hay que enseñarse se enseñan y si hay que entrar en un fregado no dudan. Si además consiguen que Seitaridis se meta en los partidos y no haga faltas absurdas y mantienen la presión sobre Mariano, ayer entonado y hasta llegando al ataque, además del reconocimiento como centrales habrá que darles un doctorado en gestión de personal complicado.

Por delante de la defensa se vio otra de las novedades del año, Assunçao. Assunçao, que en otros partidos había parecido un jugador prescindible y de poca aportación jugó ayer y lo hizo bien. Cierto es que no tuvo un partido complicado y cierto es que, con lo que tiene detrás y con Maniche de vuelta en el mundo de los vivos (en concreto, de los vivos que no paran), la tarea de Assunçao fue más sencilla. Se limitó a lo suyo y se sumó al ataque, creando una buena ocasión que falló Maxi en pifia infame. Se entendió bien con los centrales y con Maniche, que corrió lo suyo y lo de algún otro, se entendió bien con Simao pero eso parece sencillo, dado que este último es de los jugadores más listos de la plantilla. Assunçao y Maniche funcionaron y esta noticia augura tiempos complicados para Camacho y Raúl García, obligados a ganarse el puesto demostrando ser mejores. Y no es mala cosa.

Empezó el partido tranquilo, un partido de esos en los que uno sabe que acabará ganando el Atleti y que otros años se enquistaba y terminaba en disgusto. Pero ayer la pinta era otra y, como hemos dicho, la sensación de solidez venía ya desde atrás. Y fueron Ujfalusi y Heitinga al alimón quienes marcaron el primero y aunque fue el segundo el último en tocar, tanto mérito tuvo el primero. Tras este lío ordinal continuó el partido más o menos por la misma senda de placidez. El Kun andaba algo ausente, pidiendo el descanso que merece, y Maxi parece enterarse poco de lo que pasa estos días. No importa. Con Assunçao y Maniche funcionando, Simao aportando como siempre, un rival flojo y una defensa contundente, era cuestión de tiempo. Y de Forlán, siempre Forlán. Volvió Forlán a ser Forlán y a dar lecciones de fútbol. Tras un sprint digno de Bolt y un tiro al palo, marcó Forlán de nuevo de tiro raso, un tiro de esos tan suyos, un balón de esos que no se ve casi ni en las repeticiones. Celebró Forlán el gol como acostumbra, esto es, corriendo hacia los hinchas de Peñarol y levantándose la camiseta. Este último gesto levanta suspiritos adolescentes entre atléticas de toda edad y condición y una airada protesta multitudinaria entre la nutrida representación de aficionados con sobrepeso que poblamos la grada.

Tras un corner cedido por el portero rival a tiro de Pernía, que pisaba área tras muchos meses, llegó el penalti. Wellington no se hacía con Heitinga, que ya había dejado claro incluso al árbitro que iba a rematar el balón se pusiera como se pusiera el Málaga. Voló el balón hacía el punto de penalti, Heitinga entró al remate con potencia y presencia de tren de mercancías y no hubo más forma de pararle que tirándole al suelo. Sonó entonces el móvil de Pablo, sentadito en el banquillo, y recibió este último una bronca de su madre. Ves hijo cómo entra ese, y es más bajito que tú, vergüenza debería darte, con lo grandote que eres y que llegue un belga y te quite el puesto - holandés, mamá, es holandés, luego hablamos que estoy en el banquillo y el mexicano me mira mal. Tiró Forlán pegadito al palo y lo celebró entre el estruendo de la grada pero esta vez con más mesura para evitarse problemas: al parecer, es posible que Forlán se enfrente a una demanda interpuesta por la Asociación Cultural "El Abdominal es Ordinario", con sede en Reus. Él se lo ha buscado.

Con tres cero al descanso y un rival groggy llegó el tiempo de dar descanso a los que van a tener que correr mucho durante toda la temporada. Se fueron Kun y Forlán entre ovaciones estruendosas y entró Sinama y Luis García. Más tarde entró Raúl García: el Atleti había salido sin españoles de pura cepa pero cuando sacó a dos, los dos se llamaron García, así, como diciendo que seremos pocos pero no dejamos dudas. En estas Ujfalusi sacó un balón jugado con criterio y autoridad y volvió a sonar el móvil de Pablo, que esta vez no descolgó. La salida de Maxi dejó la efeméride del día: Mariano, capitán. Se puso Mariano el brazalete y la grada lo festejó con una ola de tres vueltas.

- Creo que no fue por eso

Cállese. Se puso Mariano el brazalete y se incorporó al ataque y Maniche ejerció de director de juego poniendo baloncitos al hueco. Comandados por el Capitán Mariano se echó el equipo de nuevo al ataque y repicaban las campanas de la Almudena y la afición encargaba camisetas rojiblancas con el número cuatro y las palabras "Ay, Mariano" y al parecer en una pequeña ermita en la provincia de Tucumán, Argentina, se licuó por segunda vez en la historia (tras el Scudetto del Nápoles) la sangre de San Mariano.

- Yo creo que exagera Vd.

Puede. Pero el caso es que tres minutos después de que el Capitán Mariano recibiera los galones, Sinama Pongolle marcaba un buen gol a pase de Luis García. Cuatro cero, un gol más que el Valencia, perdía el Barcelona, perdería luego el Madrid con gol de Mista (qué cosas pasan), empataban Villarreal y Sevilla y el Atleti se ponía líder después de cinco años, y lo hacía con el Capitán Mariano al frente y esto quedará en la historia grabado con letras de fuego.

- Vale, vaaaale.

Con el Atleti de líder virtual, y nada menos que para dos semanas, volvió la afición a la calle a reponer líquidos y ver cómo caía el otro equipo grande de la capital. Y en el ambiente había un precioso aroma a día feliz y futuro despejado, a afición ilusionada con los partidos que vienen, a hinchas contentos viendo que pronto vienen a casa tres equipos, tres, los tres campeones de Europa, y vienen a jugar en miércoles y que encima los domingos vienen jornadas de liga con las que soñar. La afición hablaba de vuelos a Liverpool y de cuñados con contactos que pueden conseguir entradas a través de un compañero de trabajo y pedían más rondas y alguno hasta invitaba. Por segunda vez en cinco días la gente salió del campo con sonrisa de oreja a oreja, cuidando de que sus niños no se cayeran al intentar regatear sin balón motos y cubos de basura. Si todos los días fueran como ayer, no habría crisis ni invierno ni ná. Que dure, que dure, sí.

PD: el Forza Atleti, discreto. Portada estilo "Lluvia de Estrellas", quizás inspirada en la estética del colchonero Lazarov. Multitudinaria presencia de publicidad sobre remedios para la disfunción eréctil, sin motivo claro conocido. Seguiremos informando.