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domingo, 21 de septiembre de 2014

Pues yo no lo veo mal, oiga


El Atleti empató un partido que pudo ganar sin hacer más de lo que hizo. Lo hizo jugando mejor que en los últimos días, contra un equipo interesante y sin excesiva fortuna. Hay quien vio en el partido contra el Celta señales inequívocas de que el fin se acerca, y otros que vimos un buen equipo de fútbol.


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El Atleti es un equipo campeón y admirable, que ha dejado por Europa, América y Asia la sensación de que puede ganar a cualquiera, de que su estadio es una temible olla a presión, de que merece la pena ver en directo al menos una vez en la vida al Grupo Salvaje dirigido por Simeone que hizo temblar el establishment en la temporada 2013 / 2014 y que bien puede hacerlo de nuevo este año, el siguiente y el siguiente y hasta los veinte siguientes si todo va como nos gustaría, oiga.


Por todo esto, además de por el buen tiempo que hace en Madrid, por su irresistible atractivo turístico y cultural, por la belleza de los lustrosos edificios de sus calles (calles del centro, se entiende, que ya sabemos que esta alcaldesa tan relajada no pasa el mocho por las calles de los barrios) y por la astucia de los tour operadores, la grada del Calderón se nos ha llenado de chinos.

Chinos no serán, pensará el puntilloso lector, serán asiáticos de ojos rasgados, no necesariamente chinos, quizás sean japoneses o coreanos, quizás sean tailandeses o vietnamitas, sea Vd preciso, Fuentes, hombre, que queda Vd como un ignorante en cuantito no se le ata corto, oiga. Es posible todo esto, sí, es posible, pero no es menos cierto que el acervo cultural patrio indica que cualquier visitante de ojos rasgados que aparezca por el país sea denominado “chino” indistintamente de su lugar de procedencia, de igual manera que en la costa a un extranjero rubio se le ha llamado toda la vida “inglés”, a una rubia en bikini se le ha llamado “sueca” y a un señor con sandalias y calcetines se le ha llamado “alemán” aunque esto último sea científicamente irrefutable.

Hecha esta salvedad costumbrista, es necesario indicar que la grada de lateral del Calderón parecía ayer las mismísimas afueras de Saigón, llena de turistas achinados de esos que no saben muy bien qué hacer en el campo, si aplaudir o dormir, si protestar al árbitro o pedir a voces dimisiones en el palco, si abrazarse a los desconocidos en los goles o iniciar la ola. Lo que sí parece tener claro el chinerío asistente es que tienen que hacer fotos, hasta el punto de que acaban viendo el partido a través del objetivo en vez de relajarse y disfrutar. En algún momento a algún abonado irritado le entraron ganas de decirle a alguno deje Vd de hacer tantas fotos, oiga, que ya ha hecho fotos de todo, hombre ya, esa misma ya la ha hecho tres veces más, esa también y ese al que enfoca es un linier y no tiene interés ninguno, oiga.

La grada chinoli es tranquila y educada, eso sí, y transmite la impresión de no enterarse de nada. Son pausados y obedientes y cuando el partido acaba siguen en tropel a su guía, que enarbola un trapo amarillo a modo de estandarte militar, y se van todos juntitos a algún tablao en el que el que menos se lo espera, inocente, será elegido por una gitana para salir al estrado a bailar bulerías y pasar así a ser protagonista de los vídeos de sus compañeros de grupo. Éstos, a su vez, repararán en que un compañero fue obligado a taconear y decir “arsa” en un país remoto únicamente cuando vean los vídeos de vuelta a casa, que es cuando verdaderamente se enterarán de lo que ha pasado ante sus narices, mientras ellos, afanosos, se concentraban en operar una cámara digital de muchísimos megapíxeles.

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 Salió el Atleti al campo entre ruidos de clicks de las cámaras de la afición coreana y los jugadores no entendieron muy bien lo que pasaba. El Atleti, vaya por delante, salió con el equipo que el que suscribe quería y esperaba ver, con la salvedad de Raúl Jiménez, de quien hablaremos largo y tendido. Salió Moyá, quien parece más fiable a día de hoy que Oblak, protagonista de un debut que esperemos no le pese. Salió Ansaldi en el lado izquierdo de la defensa que nos sabemos de memoria, y a uno le alegró porque quiere verle más tras el limitado resultado que dio Siqueira en el partido del estadio-centro comercial del equipejo de Ernesto Sáenz de Buruaga. Salió Gabi, más bajo estos últimos partidos de lo que nos tiene acostumbrados pero Gabi al fin y al cabo, y salió Tiago, quien claramente mejora al medio campo y al equipo entero cuando ocupa él el espacio entre defensa y los puntas. Salieron Arda, Koke y Griezmann, trío de espadachines de estilo fino y letal, con mención especial para el tercero, ya caracterizado de Errol Flynn de fábrica y que tiene pinta de poder darnos muchas alegrías vestido de rojo y blanco. Salieron todos estos tipos y salió Raúl Jiménez, esa incógnita con pocos visos de despejarse en las próximas jornadas.


Salieron pues todos estos buenos jugadores y, sorprendentemente o quizás no, en la grada había un runrún de otros tiempos, una sensación de a ver hoy no sé yo, no sé yo bien qué pensar, no las tengo yo todas conmigo, dígale a ese chino que por Dios Bendito no haga más fotos, oiga. Es cierto y es  normal que la grada ande vigilante ante algunos de los signos que ha dado el equipo hasta ahora: no se jugó bien contra el Rayo ni el Eibar, no se jugó bien contra el equipo adoptivo de Salvador Sostres a pesar de ganarles 1-2 y un Olympiacos normalete nos metió tres goles, algo que casi no recordábamos. Es verdad que algunos echan de menos a Costa, que el lateral izquierdo plantea dudas, que Gabi ha estado incómodo y desconocido en los últimos partidos, que Mario sigue proyectando sombras y que Mandzukic dejó los primeros días sensación de empastar con dificultad en el juego vertiginoso del medio campo del Atleti. Hasta ahí, uno puede entender las dudas y los signos de interrogación. Hasta ahí sí, pero sólo hasta ahí.

Se diría que el mismo brillo del año pasado que ha atraído a la grada a gran parte de la población de Seúl, Kyoto y Phnom Penh, ha cubierto a parte de la afición de un velo que mezcla fatalismo, enfado, distorsión de la realidad y resultadismo agudo. Se diría que a este Atleti que empieza la liga con un portero nuevo, un lateral izquierdo que tiene que cubrir el puesto de un jugador fantástico y todo un ataque a estrenar, su propia afición le exige desde el minuto uno la precisión quirúrgica con la que el equipo maravilloso del año pasado - que por cierto también pasó fatigas en casa con equipos teóricamente asequibles - pasaba por encima de sus rivales. Se diría que el éxito ha nublado la cabeza de algunos seguidores que, quizás nostálgicos de la permanente sensación de cabreo de los años pasados, prefieren ahora fustigarse, romper sus mejores camisas a tirones y dar grandes voces pidiendo clemencia divina si el equipo no gana siempre y a toda costa, ese feo defecto que tienen algunos seguidores de equipos grandes, de esos que se van del campo rápidamente cuando es el rival el que levanta el trofeo.


Que el Atleti no está tan engrasado como el año pasado puede ser una verdad científica; que lo que ha mostrado en los dos últimos partidos es positivo e invita a un optimismo sólidamente basado en el realismo es sólo una opinión personal, pero es lo que tienen las opiniones. Porque el que suscribe, que como saben es tonto, se encuentra sorprendido por el aluvión de crítica amarga hacia el Atleti de ayer, el Atleti que tropezó contra un buen Celta por un penalti evitable y un gol que aún no sabemos si fue un churro o un monumento, todo ello tras hacer al menos cinco o seis ocasiones clarísimas, trenzando jugadas, manteniendo el control del partido salvo un rato tras el gol, peleando contra un arbitraje cuanto menos matizable y todo ello sin su delantero centro de referencia, ese tipo bravo que nos ha ganado a todos tras su partido en Atenas, completado con la nariz rota y dos patatas fritas para contener la hemorragia.

Porque, piensa el que suscribe, el Atleti jugó bien. Miranda pudo estar más atento en algún lance y pudo no hacer el penalti, pero Juanfran, Godín y Ansaldi, éste sobre todo en ataque, poniendo multitud de centros peligrosos, jugaron bien. Jugó bien Tiago, como siempre, y Gabi se pareció más al Gabi que todos admiramos. Koke jugó quizás por debajo de su excelso nivel habitual y perdió algunos balones más de los deseables, pero no fue una catástrofe. Jugó bien Arda y jugó bien Griezmann; quizás fue el francés el mejor de todos, el más imaginativo, el más molesto para el rival. El rival, por cierto, también jugó bien y tuvo además la fortuna de marcar un gol a la remanguillé y llevarse un penalti algo tonto, aguantó el chaparrón con oficio cuando el Atleti sacó la manita a pasear y su portero salvó dos, tres, quizás cuatro goles claros con una actuación sensacional. No vio el que suscribe a un Atleti pusilánime, aunque quizás sí menos intenso en defensa que durante el año pasado. Tampoco vio un Atleti sin ideas, ni una dependencia excesiva de los ausentes, y sí vio un equipo que atacó bien, que creo muchas ocasiones dentro del área pequeña (algo no común el año pasado), que mostró un buen repertorio de alternativas en los cuatro o cinco jugadores más determinante y que se topó con un buen portero, con poca fortuna, con algún fallo tonto y poco más. Lo que viene siendo un partido de fútbol, oiga.

Es verdad que el que suscribe también vio algo en Raúl Jiménez; en concreto, en Raúl Jiménez el que suscribe vio la nada. Como en los partidos anteriores, no le vio fuerza ni velocidad ni picardía ni oficio. No le vio agresivo ni inteligente, ni valiente ni sesudo. No le vio regate y no le vio tiro, no le vio condición física ni calidad al nivel del resto. No vio el que suscribe tampoco, quede claro, esos tweets tan poco inteligentes que Raúl Jiménez aireó a final de la temporada pasada; no los vio a la hora de analizar el partido de Raúl Jiménez, se entiende, que en su momento sí los vio y sí sacó alguna conclusión sobre la inteligencia táctica del mexicano a la hora de conducirse en las redes sociales. Pero no fue esa metedura de pata asombrosa lo que determinó el análisis del partido de Raúl Jiménez, en el que no se vio nada de nada más que algún detallín puntual, casi anecdótico en el vacío con el que nos obsequió ayer. A estas alturas a uno le extraña esa fe en Raúl Jiménez que Simeone proclama, pero también comparte con los lectores que si Simeone se fía, uno también, y que si Simeone pide paciencia, uno la tendrá como no podría ser de otra forma.

Así que toda esta tabarra de los chinos y la nada existencial mexicana, el velo cubre aficiones y el arbitraje antipático para decirles que uno no lo vio tan mal ni tan catastrófico como le han contado. Todo para mostrar sorpresa por el pesimismo reinante y la falta pública de confianza en quienes nos hicieron creer ciegamente, todo para eso, solo para eso. Uno se teme que en ciertos medios se abrió la veda y la caja de los truenos, al ver aliviados cómo por fin a Simeone y su grupo de jugadores suicidas se les abrió una brechita por la que ver un poco de luz negra que invite al optimismo desde el otro lado. Enterrado el año pasado el mito del equipo que ya caería y desmontado por la estadística el bulo del equipo violento (no así por los árbitros, que cosen a amarillas al equipo aunque haga muchas menos faltas que sus rivales, que acaban con la casilla de amonestaciones a cero), ahora se abre un nuevo amanecer para los que quieren ver el principio del Apocalipsis cholista en un empate en casa.

Queda por saber si la afición se verá arrastrada por el cortoplacismo mediático y la miopía tumba-certezas o si, por el contrario, preferirá entender que el Atleti de Madrid, ese equipo maravilloso que lo ganó casi todo el año pasado, sigue vivo y coleando dentro de lo que su poderío y presupuesto le permite. Y que los rivales, que también juegan a esto y dedican su tiempo al completo a procurar mejorar, llevan un año y medio estudiando el ingenio mecánico inventado por el Cholo y empiezan a encontrar, al fin, algunas claves para parar su avance poderoso. Y también que el Cholo, que dedica aún más tiempo que el resto a pensar e inventar formas para que el Atleti siga ganando partidos a ritmo de campeón, tiene nuevos mimbres y el proyecto de hacer un cesto igual de resistente que el del año pasado pero de una forma y color que no se esperen el resto de diseñadores del mercado.

Esta es pues la cuestión a la que se enfrenta la afición, esa afición tan importante para el equipo como el propio equipo, como bien se hartó de decir Simeone el año pasado. Podemos hacer crujir los dientes y atender a lo que dice la prensa o mirar al campo e intentar entender lo que pasa. Podemos también dedicarnos a hacer fotos como los clientes asiáticos de los tablaos y ver sólo dentro de unos años el resultado, dándonos cuenta tarde de que lo que tenemos ante nuestros ojos hoy es posiblemente el mejor Atleti de todos los tiempos; un equipo, por cierto, en el que la afición tiene parte de la responsabilidad de evitar su deterioro artificial.


El que suscribe, por su parte, cuando escuche críticas color gris plomo de las que proliferan estos días se limitará a decir aquello de ¿no es un poco raro, para el mes que estamos, ya tanto calor?

lunes, 7 de octubre de 2013

Memento mori II (o tengan cuidado ahí fuera)






Que Madrid está hecho un asco es algo que venimos notando los madrileños desde hace ya un tiempo, al menos dos años y pico, desde el partido contra el Strømsgodset, sin ir más lejos. Madrid está sucio y feo, además de triste. Lo segundo es por la crisis, lo primero dicen que también. No hay dinero, se conoce, para vaciar las papeleras. No hay dinero al parecer para soplar las hojas y regar las esquinas en las que los perros y los borrachos hacen pis, ni para recoger la mugre que se amontona en torno a los contenedores de reciclaje. No hay dinero para cortar el césped en los parques, ni para llevarse la rama que tiró la tormenta, ni para recoger esa bolsa de basura despanzurrada que va regando de mondas de naranja la calle principal. No hay dinero para arreglar las calles, para rellenar los baches tamaño piscina, invisibles en días de lluvia en los que las motos entran y salen como los ñus salen del río Mara en su migración anual, ni esos otros tipo marca de arado en los que, si uno mete la rueda delantera de la vespa, queda condenado a seguir por la hendidura hasta que ésta  termine, como si fuera un rail.

No hay conciencia tampoco del madrileño medio, quien, viendo la ciudad hecha un asquito, contribuye a la repugnancia general tirando de todo al suelo aunque, eso sí, protestando en los bares por la falta de personal de limpieza. Quizás animado por la costumbre general de llenar los arriates de porquería, el madrileño tira de todo y a todas horas y si alguien le afea la actitud responde insultando a la madre del denunciante y, ya de paso, a los inexistentes servicios municipales. La falta de civismo y la protesta simultánea gustan mucho en esta tierra, casi tanto como limpiar la propia conciencia con la excusa de que todo el mundo hace lo mismo. No hay dinero, se conoce, para explicar en las escuelas que lo público es de todos, que ensuciar no está bien visto, que si cada uno se hiciera cargo de lo suyo todo sería más fácil.

En el centro la basura desborda las papeleras y el olor de las esquinas recuerda a los urinarios del Calderón de hace unos años, cuando había una acequia evacuadora que discurría cerca de los pies de los usuarios y terminaba en un sumidero. Y eso es el centro, la zona donde van los turistas, los barrios que vende el Ayuntamiento a los turoperadores para que capten viajeros con la promesa de una vida cultural nocturna que ya no existe apenas. En los barrios, donde la imagen de la calle no vende en el extranjero, la situación es más grave y ya se escuchan relatos sobre vertederos espontáneos en los que habita la serpiente aquella del basurero de la Estrella de la Muerte,  pirámides de porquería que desafían en altura a las de Chichén-Itzá y baches inundados en los que se han hecho fuertes familias de castores de más de quince individuos.

Antes era común ver cuadrillas fosforescentes recorriendo la ciudad de cabo a rabo y limpia que te limpia, atronando las mañanas de sábado de otoño con unos motores pegados a un tubo que agrupaban las hojas caídas y regando las calles tras una tormenta con aparato eléctrico y caídas de cien litros por metro cuadrado en media hora. Los buenos, viejos tiempos en los que las calles se limpiaban casi demasiado parecen haber pasado y uno sospecha que el origen de la nueva tendencia está en el mismísimo Estadio Vicente Calderón, coliseo descuidado por sus propios propietarios ilegítimos, que escatiman en la limpieza y mantenimiento de los asientos para así pagar menos a la contrata de limpieza de la que, dicen, ellos mismos son propietarios. Uno no descarta que Cerezo, tan bien relacionado en las altas esferas madrileñas no electas, sugiriese a sus contactos en Ayuntamiento y Comunidad el cambio de estrategia: no limpien, oiga, nosotros llevamos no sé cuánto tiempo sin pasar un mocho por la grada del Calderón y ahí nadie se queja, oiga. Y encima, si se queja alguno, tengo los santos cojones de decir públicamente que me extraña tanta suciedad al ser yo un maniático de la limpieza y con eso todos tan contentos, ya verán.

Madrid está hecho un asco y de la ruina general sólo lo salva parcialmente el brillo de un equipazo de fútbol cuyo estadio también quieren convertir en un montón de escombros los mismos que no se ocupan de retirar la basura del resto de calles de la capital.

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En domingo soleado de octubre llegó la afición al Calderón prontito por la mañana, y tomó café con porras o chocolate con churros o café largo en vaso con leche templada o una mediana con leche y media tostada con aceite ¿y tomate o solo aceite? venga, tomate también, que es rojo y con el blanco de la miga del pan hacemos los alegres colores de tu raya roja y blanca, cuando al quedar campeones todo el público te aclama. ¿Y el niño? El niño quiere un colacao ¿quieres un colacao? No quiere, dice, póngalo igual, niño, el colacao, ven aquí a tomarte el colacao o te pongo en el techo de tu cuarto sobre la cama una foto de un primer plano de la cara de Diego Costa a tamaño cartel de cine de la Gran Vía y no pegas ojo hasta que acabes la Universidad, te lo digo yo, tómate el colacao que te conviene, niño ya. El fútbol a las doce de domingo es lo que tiene, que uno desayuna un rato antes de meterse al estadio y da la mar de alegría saber que el día comienza tomando el solecito en la grada del estadio.

La afición tomó el solecito y vaya si lo tomó: durante todo el partido, y a excepción de algunas zonas cubiertas, la afición se bronceó, pero solo por el lado que daba al fondo sur, por el que venía el sol de visita y con cara de domingo. No le dio tiempo al sol a cubrir todo el estadio en el tiempo que duró el partido y así, cuando después del final la gente se echó a la calle a celebrar una nueva victoria del equipo del Cholo Simeone y ocupó terrazas y barras de la zona del Rastro y la Latina, los que no habían ido al estadio se asombraron por la invasión de descendientes del Barón Ashler que tomó súbitamente la zona. Se ha quemado Vd pero sólo el lado izquierdo, tiene Vd la nariz colorá pero sólo el lado izquierdo, se le nota a  Vd la marca de la patilla de las gafas pero sólo el lado izquierdo. Así es, respondía la afición semibronceada, así somos los del Atleti, tan buen momento vivimos que nos ha dado por broncearnos en rojo y blanco, la mitad de la cara de cada color para que se note bien el lunes quién manda en la capital; así somos nosotros, váyalo sabiendo, oiga.

Salió el Atleti al campo y se llevó una ovación atronadora, la ovación que se le da a los equipos que llevan 7 de 7 ganados en liga, tres de ellos en salidas a campos complicados, más dos más en Champions que son nueve y no seguimos contando por no pecar de soberbios. Aclamo la afición al equipo y sobre todo lo hicieron los miles de niños chicos que ocupaban las gradas vestidos de rojo y blanco, como Dios manda. No cabía un alfiler en la grada del Calderón y hasta las escaleras de la grada de lateral estaban llenas de gente que intentaba controlar a los niños que subían y bajaban por las tribunas para agotamiento de sus cuidadores.

Salió el Atleti titular-titular y esto produjo el primer comentario de la grada. Vaya vaya, ni una rotación hoy, ni un cambio tras los dos últimos partidos y el esfuerzo que exigieron. ¿No era día para ver a alguno de los nuevos? ¿No era día para dar descanso entre los que más partidos llevan, por más que haya dos semanas de parón? ¿Cuándo tendrán minutos en casa Manquillo, Aldecoa y Guilavogui? ¿Será que el Cholo no se fía, que no quiere irse al parón con un mal sabor de boca, que la presión que pone el Barça obliga a no fallar nunca? Vaya vaya, todos los titulares, todos, qué cosas, oiga, qué cosas.

Salió el Atleti muy sólido y con ganas de solucionar las cosas pronto, como si Simeone supiera que todo lo que no fuera llegar desahogado al  último tramo de partido sería una losa demasiado pesada. Y así fue, o al menos lo pareció, y el Celta no jugó en campo del Atleti durante todo el primer tiempo, con lo que la grada entera miraba al fondo Sur y al asedio de los nuestros y gracias a ello cogió un poco más de color en el otro lado de la cara. El Atleti jugó serio y agresivo y el Celta se defendió bien y con orden – quizás con excesiva querencia a caerse al mínimo contacto - y entre todos destacó en el primer tiempo Juanfran, desatado a ratos por su banda, contento de recordar sus tiempos de extremo driblador y llegador. Jugó bien también Filipe Luis y entre uno y otro entraban y entraban hacia el centro del ataque donde Villa una vez más aparecía poco y Diego Costa aparecía más. Con el centro del campo más opaco que otros días, en especial Arda Turan, los laterales llevaron toda la alegría al ataque y los centrocampistas sostuvieron la presión y la recuperación.

Pero los contrarios también juegan, al menos a veces, y el buen primer tiempo del Atleti topó con Yoel, portero del Celta vestido de defensa de River Plate. Yoel paró un penalti tontorrón pero penalti al fin y al cabo, y también paró su secuela. Paró luego por arriba y por abajo, paró todo lo que le llegaba a puerta hasta que Filipe Luis se coló por su banda y metió un pase fuerte y cruzado que pasó por delante del primer palo, en el que estaba el portero. Al segundo entraban Godín y Diego Costa y en el campo pareció que fue el primero el que metió el gol, mientras que en los papeles parece que fue el segundo. Tanto da, uno cero tras un buen primer tiempo, quizás algo escaso pero ahí quedó.

El segundo tiempo fue otro cantar. El Celta dio un paso al frente y el Atleti lo dio hacia atrás, más justo en sus fuerzas y menos dominador. Poco a poco el Celta fue sintiéndose más cómodo y el Atleti pasó a tener un único recurso: el pase largo a Diego Costa, más beneficiado por tener más espacio por delante. Como el día del Osasuna, cada balón recuperado por la media llevaba al aficionado a buscar instintivamente el arranque largo de Diego Costa desde la izquierda hacia el centro. Eso mismo pensó Gabi cuando pareció despejar un balón recuperado en el centro del campo: pareció despejar, decimos, porque en realidad hizo un pase magnífico para que Diego Costa marcara el segundo en un momento importantísimo, cuando el Celta se crecía y el Atleti se achicaba. Controló Diego Costa en zona proclive a la Lagarterana, frente al cartel de Castellana Wagen, pero en este caso condujo bien, dejó atrás a su marcador y marcó un gol estupendo, otro más, otro gol importantísimo tras otra muestra de poderío. Diego Costa está en un momento espectacular, con una confianza y un físico que le permiten protagonizar unas arrancadas parecidas a las de De Villiers o Barret en el INCREÍBLE Sudáfrica – Nueva Zelanda del sábado, un partido que todos los aficionados al rugby deberían ver y que todos aquellos que nunca han visto un partido de rugby pero sienten una mínima curiosidad deberían ver también: deporte de kilates en su máxima expresión.

Momentos antes del gol de Diego Costa, Villa fue sustituido por Óliver Torres. Villa había fallado una ocasión clamorosa a pase de Diego Costa tras arrancada à-la-all-black de éste a la que Villa se sumó tarde, lento y sin potencia en la arrancada. Aún así, Diego Costa guardó el balón y puso un pase perfecto a Villa, que falló un gol más que probable. No es eso lo grave. El tema Villa, a juicio del que suscribe, empieza a ser preocupante. No por el fallo, que estas cosas pasan, sino por la falta de fuerza. No por los errores sino por el agotamiento que los provoca. No por la desconexión total del juego y la falta de protagonismo, sino por el estado físico que le lleva a ello. Villa se fue lesionado y algunos pensamos que le vendrá muy bien no ir a la selección y quedarse dos semanas bajo la vigilancia del Profe Ortega, porque algo no funciona en el asturiano.

Cuando el partido se ponía feo salió Óliver Torres por Villa y marcó Diego Costa. Equipo y grada entraron en una especie de agradable sopor que no presagiaba nada bueno; el primero pudo estar agotado; la segunda, excesivamente confiada. Dos cero era un buen resultado pero el Celta, con Rafinha a la cabeza y Nolito recién salido, empezaba a dar la sensación de hacerse con el control ante un equipo cansado. Marcó el Celta con casi 25 minutos aún por jugar y el susto se hizo hueco entre la afición tostada vuelta-sin-vuelta. La salida de Arda agravó la situación, al ponerse Óliver Torres a defender por delante de Juanfran. Óliver Torres, virtuoso del balón y siempre presto a enseñarse a los compañeros, se vio incomodísimo en su función táctica cerca de la banda y fue una y otra vez desbordado por los contrarios, que entraban cómodos por su banda ante la falta de entendimiento del chaval con Gabi y Juanfran. En un momento dado, aprovechando una pausa, desde la grada pareció que Gabi hablaba con gestos a Simeone, indicando con las manos un cambio a realizar: inmediatamente después el Cebolla Rodríguez pasó a la banda derecha, donde el Celta hacía sangre, y Óliver se iba a la izquierda. El Cebolla lo hizo mal, desfondado y sin su electricidad característica, despegado del follón y con tendencia a irse al centro, dejando huecos a  su espalda. Todo esto demostró varias cosas. La primera, que a Óliver le falta tiempo y que por ello es normal que Simeone tome precauciones. La segunda, que con cuatro o cinco lesionados a la vez, el banquillo ofrece muchas menos alternativas y por tanto es importante que los nuevos cojan minutos. La tercera, que Gabi es importantísimo, y no solo por lo muchísimo que corre. Por eso la lesión de Gabi, que en el campo pareció mucho más grave de lo que luego por fortuna fue, dejó a buena parte de la afición muy preocupada toda la tarde.

Tras un rato de asedio y angustia en el que Courtois dejó claro que con él siempre se pudo contar y en el que debutó Guilavogui y su estampa de fondista kenyano, terminó el partido. Dos a uno ganó el Atleti, que sigue con su racha triunfal; no obstante, la carga de partidos y la intensidad de los últimos pide a gritos descanso para algunos de los titulares y minutos para el fondo de armario. Por segunda vez consecutiva se sacó adelante un partido en casa de esos que antes se empataban o perdían, pero el mensaje no debe quedar en saco roto. “Memento mori”, susurraban a los generales romanos al oído cuando entraban triunfantes en Roma, “recuerda que eres mortal”, les decían para que no se relajaran y no se subieran a la parra. Memento mori debería recordar el equipo cuando marca el segundo gol en casa y da aire al rival: sin un 100% de intensidad, el equipo es menos; con parte del banquillo lesionado, el equipo es menos; con la grada de parranda, el equipo es menos. El Cholo lo sabe bien y ayer sacó la artillería pesada para un partido teóricamente cómodo, consciente del cansancio y de la enorme presión por mantener el pulso de la liga. Lo que el Cholo hace, bien está: ayudemos pues, memento mori. 

viernes, 22 de enero de 2010

De gradas distintas y equipos que avergüenzan

Jugó el Atleti un partido que se presumía plácido y acabó con la cara pintada, el futuro gris y la afición resfriada.


En una noche fría, más fría de lo que parecía, y húmeda, más húmeda de lo que permite la ley, la costumbre y la jurisprudencia, se concentró la afición del Atleti en el Calderón. Quizás no fuera al campo la afición de siempre sino la afición que no va tanto: los horarios inconvenientes, las entradas regaladas y el espejismo de que algo gordo podría volver a pasar ayudaron a que el Calderón casi casi se llenara para ver un partido contra un Segunda, y eso que mucho socio de todos los domingos se quedó en su casa. La gente pensó que iban a ver a su equipo ganar por goleada y marcar con paso firme el camino hasta la final y, de paso, el macabro espectáculo del despiece y posterior subasta de las mejores presas del visitante; lo que vieron, eso sí, no fue eso sino casi lo contrario.

Y es que de no haber dado una cierta buena pinta el equipo contra el Recre, quizás muchos de los que suelen acudir al Calderón se habrían quedado en casa viendo la tele y tomando caldito, que tampoco es mal plan. Pero el Atleti tiene lo que tiene y a la mínima que hace prende una chispa de ilusión de la parroquia y convierte lo que iba a ser una barbacoa entre amigos en la falla de la plaza del Ayuntamiento. Así, sin esperarse el follón, llegó el aficionado al campo con la hora pegada y se sorprendió de la cantidad de gente que había en los alrededores. Pero bueno, y estos quiénes son, de dónde ha salido tantísima gente para ver este partido, si yo creía que íbamos a ser catorce. Decidido, entró el aficionado al campo y lo primero que se encontró en los tornos una montonera más propia de San Fermín. Mire, cómo se pasa por aquí, tengo una entrada que me ha regalado un cuñado, ¿la corta Vd? Yo qué voy a cortar, oiga, haga Vd el favor de meter el código de barras en esa ventanita con lucecitas rojas, así no, a ver, así, así, ahora, que está verde, pase Vd. Como a cada invitado había que explicarle el mecanismo de los tornos, el aficionado que acude al campo con asiduidad y que, por conocer las costumbres de la hinchada, se permite acceder a la grada con la horita pegada, entró tardísimo.

Y es que el aficionado de todos los días tiene calculado el tiempo de entrada al campo con la precisión con la que los ladrones de banco calculan el lapso que transcurre entre el momento en que el vigilante gordito acciona la alarma y la llegada de los Hombres de Járrelson vestidos de samuray y con ese palo gordísimo que usan para derribar la puerta. El aficionado conocedor de las mecánicas del estadio apura los plazos de acceso y espera tranquilo en las afueras a que llegue el momento de entrar. Según la ubicación y tras tomarse el último botellín, el aficionado espera con precisión suiza hasta siete, cinco o hasta tres minutos antes de la hora de inicio para dirigirse a su localidad. El socio habitual confía en la pericia y consiguiente fluidez en la entrada de sus compañeros de grada que normalmente le permiten, en tres minutos, pasar el torno, comprar una almohadilla, visitar el excusado, salir por el vomitorio, subir la escalera, levantar a la fila entera dando las buenas noches y pidiendo perdón, llegar hasta su sitio, darle dos besos a Rosa y sentarse antes de que empiece el partido no sin antes limpiar la mugre del asiento, ajustarse la bufanda, mandar un sms a un amigo que está enfrente dando un pronóstico del resultado, cerrase la chaqueta, ponerse los guantes y gritar VAMOHMARIANO por lo menos una vez. Ayer, empero, por ser día en que mucho aficionado atlético poco habituado a la mecánica del estadio y mucho visitante celtiña se dieron cita en fondos y tribunas, los ritmos fueron más lentos y estuvo entrando gente hasta más o menos el minuto veintitrés.

Y es que la llegada masiva de aficionados invitados tiene una consecuencia adicional sobre el aficionado habitual. Este último, acostumbrado a encontrar su asiento por referencias naturales - de igual modo que el piel roja encuentra la guarida del coyote o el marino experto encuentra el paso seguro por el arrecife - se encuentra perdido cuando cambia el paisaje humano en el que normalmente se desenvuelve. Porque el aficionado que va a diario sabe que lo que tiene que hacer es subir la escalera del vomitorio, torcer a la izquierda, subir unos escalones y, a partir de ahí, levantar la cabeza, localizar a un señor con gafas que suele llevar gorra de tweed, contar tres a la izquierda, localizar a un aficionado calvo con cara de malas pulgas, una morena imponente de nariz valiente y enorme bolso, un niño igualito que su padre, que está a su lado, y un señor que, cual especie en extinción, sigue escuchando un transistor con antena pegado a la oreja. Entre ese mapa humano hay dos sitios, los del aficionado habitual, quien además ya sabe por qué fila hay menos gente para pasar, o qué aficionados tienen los pies más grandes y por tanto dificultan el paso por el estrecho pasillito que hay entre las filas, o quién es amable y afín en el respeto por los jugadores comprometidos con la camiseta o, por el contrario, rival en las filias futbolísticas, partidario de la directiva, admirador de Jurado o fan de Indy.

Y es que todas estas referencias naturales se pierden en día de visita masiva como lágrimas en la lluvia, como diría ese que vio atacar naves en llamas más allá de Orión. En días como el de ayer sale por el vomitorio el aficionado ya apurado por el retraso en el torno, agobiado por escuchar los sonidos de la grada con el partido ya comenzado, y sube la escalera de siempre dando grandes zancadas para llegar antes. Y sube la mirada donde siempre y en vez de ver un señor con gafas y gorra de tweed ve tres adolescentes con gorra de beisbol y pendientes de brillantes en las orejas. Dejando al lado consideraciones estéticas y aparcando las ganas de llamar a un guardia con bigote para que despoje de las joyas a los nuevos inquilinos de los asientos y de paso les multe por ofensa al buen gusto, busca el aficionado desorientado al señor calvo, a la morena de la personalísima nariz, al niño y a su padre y no ve más que dos rubias comiendo grandes bocadillos, un señor con aspecto de ordenanza que lleva una gran chistera rojiblanca y un tipo de mirada huidiza y pinta de espía que se rasca la barbilla. Paralizado, el aficionado habitual nota que encima molesta al resto por estar de pie en la escalera, que él mismo provoca lo que tantas veces critica y su agobio sube y sube hasta perder la noción del tiempo y el espacio y dudar de si está donde debía.

Y es que esa angustia no se alivia hasta que, oh milagro, ve el aficionado habitual entre la multitud de caras desconocidas la antenita del transistor del señor mayor de siempre. La visión reconforta al aficionado habitual, es aquí, es aquí, yo estaba en lo cierto, no es otro campo ni otro día ni es un bautizo masivo de Testigos de Jehová, es un partido del Atleti y yo estoy donde debo. Con una mezcla de alivio, alegría e irritación y algo de la frustración que embargó a Charlton Heston cuando entendió, gracias a una Estatua de la Libertad semienterrada, que estaba en su propio planeta y no en otro y que desde ahora le tocaba vivir rodeado de monas, avanza el aficionado habitual más rápido y con menos modales de lo acostumbrado por entre la multitud desconocida y sentada. A ver, a ver, que voy a mi sitio, bueno mire, si le he pisado quizás debería valorar cortarse las uñas o quizás no volver. Incómodo entre la turba, busca casi con desesperación y al filo de perder las formas y el autocontrol hasta llegar a la altura del señor mayor del transistor, quien, ajeno a la tragedia, mira el partido mientras escucha comentarios sobre lo que él mismo ve pero encima más tarde, que es algo que nunca entendió el aficionado habitual. Cuando por fin llega a su sitio, el aficionado habitual se siente tan aliviado que se abalanza sobre el señor del transistor y le da grandes abrazos y achuchones hasta que éste, primero presa del pánico y más tarde presto a pegarle al atacante un paraguazo, reconoce al angustiado vecino y, mirándole con ojos compasivos, le dice:

- Segundo del Rácing.
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Salió el Atleti y muchos de los que estaban en el campo no lo vieron, agobiados como estaban accediendo a sus localidades. Cuentan las crónicas que hubo un penalti en el minuto uno y un gol en el minuto tres, visto por el que suscribe desde el vomitorio. Tardó tres minutos el Celta en marcar un gol y otros noventa en no marcar otro, que tuvo su mérito. Porque ayer, en un Calderón casi lleno y ante una buena oportunidad para acercarle a la afición un momento para el recuerdo, el Atleti no tuvo talento ni capacidad ni arrestos de ganar a un Segunda que malvive en su liga a pesar de la pinta de Primera que dejó en el Calderón. Y es que ayer el Celta de Vigo, equipo que pasa fatigas en la actualidad y que, a pesar de ello, trajo al Calderón un buen número de aficionados (lo que honra a equipo e hinchada), pasó por encima al Atleti, pudo ganar con holgura, arrinconó a su rival durante todo el segundo tiempo y volvió a casa molesto por no haber metido tres goles más a una caricatura de equipo de fútbol a pesar de sus estrellas, de la grada llena y de las campanas lanzadas al vuelo por la prensa y la afición, y sin que el horrendo arbitraje tuviera culpa alguna de las desgracias locales.

Salió el Atleti con De Gea, que acabó siendo el mejor, sembrando más ortigas en el camino de Asenjo, y con una defensa que empezó mal y acabó de manera lastimosa. Salió Mariano Pernía tras un accidente horroroso y una recuperación milagrosa, y salió de inicio, empresa que se antojaba excesiva para alguien que llevaba tanto tiempo en el dique seco. Pernía, de cuya vuelta el que suscribe se alegra sobremanera, dejó claro que está aún lento, fuera de ritmo y de forma, un obstáculo excesivo para sus tradicionales despistes y carencias tácticas y técnicas. Salió Ujfalusi por el otro lateral y se salvó de la quema por profesionalidad y saber estar, a pesar de ejercer de comodín. Jugó Domínguez, de nuevo el mejor de atrás, con más galones cada día, más presente en el juego y más aterrorizado cada vez que un balón se acerca a su compañero en el centro, Perea. Perea, que hace poco reconoció liarse en exceso a veces con una sinceridad que le honra, optó todo el partido por simplificar las cosas y aún así montó un lío. Perea ha perdido la confianza en él mismo, quizás la cualidad más indispensable para aquellos que ocupan esa parcela del campo. Perea perdió balones claros, hizo pases al contrario y optó por el pelotazo sin medida con demasiada frecuencia para un profesional del fútbol. Su actuación se vio más comprometida aún cuando, en un cambio antológico, salió Valera por Pernía y Ujfalusi, central diestro, pasó a jugar de lateral izquierdo; Quique podría haber elegido para esa demarcación a un delantero centro, a un portero alevín o a un perito agrícola, pero se decidió por Ujfalusi y se cargó su banda y de paso la contraria. Valera, una vez más, no dio una y dejó de nuevo la sensación de carecer de sentido de la orientación, saliendo siempre corriendo en dirección defectuosa tras cada despeje de cabeza. La defensa, una vez más, fue un desastre absoluto sólo salvado por Domínguez y De Gea, dos casi juveniles que comparten vestuario con siete defensas profesionales que suman doscientos años, cosas de la plantilla de este equipo. El asedio del Celta durante el segundo tiempo y la incapacidad de la defensa para sacudirse la presión deberían hacer pensar a más de uno, pero esto ya sabemos que pertenece a la ciencia ficción colchonera.

Por delante jugaron Raúl García y Tiago, recién llegado. Si el segundo, en su debut, dejó buenas sensaciones, marcó un gol y marcó su territorio a fuerza de presencia, tackles y gritos a los compañeros, Raúl García firmó uno de sus peores partidos justo después de ser defendido a capa y espada por el que suscribe. Uno, que es tonto, debió haber previsto esto pero no lo hizo. Raúl García apareció perdido y sin referencia, quizás echando de menos a Assunçao. Jugó en paralelo con Tiago y no encontró su sitio ni hacia adelante ni hacia atrás. En su defensa, quizás decir que su salida del campo coincidió con el hundimiento definitivo del equipo y que ni Simao ni Reyes ni Jurado ayudaron a los medios en tareas defensivas o que Camacho tampoco anduvo fino. No es excusa, ni mucho menos, eso sí; uno sigue esperando que Raúl responda a las expectativas, pero cada vez tiene menos argumentos frente a quienes se desesperan con él.

Mención especial merecen, una vez más, Jurado y Reyes. Jurado hizo un nuevo partido intrascendente, sin aporte en ataque ni mucho menos en defensa a pesar de contar nuevamente con apoyo en la retaguardia y un dibujo de equipo teóricamente ideal para sus poco conocidas virtudes. Pasó el rato mirando a sus compañeros con cara de preguntar si necesitaban algo o persiguiendo rivales a la prudente distancia de ocho metros, como acostumbra. Jurado utiliza un repertorio de controles y toques de clase para camuflar carencias gravísimas en lo relativo al compromiso, el esfuerzo colectivo, la disciplina táctica o el juego de equipo. Entre control y control Jurado trota por el campo a saltitos, con paso de protagonista de cuento, y uno lo imagina fácilmente con una cesta de mimbre, una caperuza roja y dos coletas de cuerda amarilla cantando tra-lará-larito entre medio centros que le sacan kilos y centímetros, quizás esperando ablandarles para quitarles un balón y dar un taconazo sureño. Reyes, por su parte, volvió a ser el Reyes de hace unos partidos, antes de su vuelta al mundo de los futbolistas decentes, y encendió las alarmas entre la afición. Reyes, quizás fundido, eligió sumarse a su compañero de párrafo a la hora de esconderse tras los rivales y devolver balones envenenados a los compañeros menos dotados técnicamente. Entre uno y otro terminaron por dejar al resto de la media a los pies de los caballos ante los centrocampistas rivales.

La última reflexión del día fue para Quique Flores. Quique varió el esquema y sacó un punta y medio, con el desesperado Agüero solo en punta hasta que salió Forlán en el segundo tiempo con aire de que el partido no iba con él. Si el planteamiento inicial pudo tener un sentido limitado, dada la presencia de Jurado, la lectura del partido - como le dicen ahora - fue muy deficiente. Como ha ocurrido en ya varias ocasiones, ninguno de sus cambios mejoró el equipo sino más bien lo contrario. Ni Forlán funcionó ni los retoques de la media y la defensa sirvieron más que para terminar de descomponer el equipo. Quique transmite la sensación de querer hacer cosas distintas, pero aún no consigue transmitir la sensación de ser capaz de ello.

El Atleti y su afición, habitual y/o invitada, vivieron ayer una noche para olvidar. La clasificación para la siguiente ronda de Copa es por supuesto posible pero la imagen de los dos últimos partidos siembra muchas dudas una vez más. Tiago parece que podría ser un buen refuerzo, de otros aún no opinamos. Lo que sí parece claro es que el club no presta atención al agujero que todos vemos: la defensa, los laterales en concreto, el lastre que impide cualquier variación táctica y cualquier posibilidad de pasar un partido tranquilo. El domingo, en Getafe, nueva prueba. Crucemos los dedos.

lunes, 11 de junio de 2007

Pero ¿es esto el Atleti?

La última visita al Calderón de la temporada, justo después del 0-6 del Barça, dejó sensaciones similares a la del partido anterior. Hubo más protestas, sí, pero insuficientes. Lo que no vimos por ningún lado fue siquiera un rastro de lo que antes llamábamos Club Atlético de Madrid.


Partido a vida o muerte en el Calderón, decía la prensa, la que se ha pasado la semana contándonos las bondades de los conceptos asociados a la marca y sus jugadores. Otro más, ya van treinta y uno este año, decían los aficionados de viejo cuño, los de los abonos de cupones que se pagaban a un cobrador que venía a casa y te llamaba por tu nombre y te decía lo que habías crecido desde el año anterior. Otra conjura de esas, van veinte, decían también los que siendo más recientes en su militancia han tenido un mentor que les contara lo que este equipo era, lo que ya no es y lo que volverá a ser algún día si es que le dejan. Hay que animar hoy más que nunca, juntos podemos conseguir el Sueño Europeo decían los más permeables a la teoría del sufridor simpático y entrañable, los que llegaron al campo con el descenso pensando que el Calderón era un sitio al que se viene a pasar fatigas, aquellos que creen que la UEFA es un sueño inalcanzable. Entre unos y otros se medio llenó el campo y eso que la prensa había anunciado un lleno histórico para empujar a esos muchachos solidarios, populares, simpáticos y cercanos hacia ese logro sin par que supone ser sextos en la liga más floja de los últimos años.

Así que empezó el partido y el Celta, el descendido, tiró a puerta cuatro o cinco veces seguidas ante la indiferencia de la defensa. Hasta metió un gol Nené pero se lo anularon y nos quedamos tan tranquilos. El Atleti metió un golazo en medio del tedio, tan pronto como a tres jugadores buenos les dio por hacer lo que saben. Gol. Alborozo y mire usted qué bien, gol, oiga. Poco importó que Seitaridis hiciera su enésimo penalti tonto de la temporada y que Baiano lo marcara: poco después marcaba el Zaragoza y ahí si, ahí si que desgañitó parte de la hinchada con un estruendo digno de un título. Parte de la afición bailaba alborozada mientras una minoría mirábamos atónitos lo que ocurría en nuestra propia grada, incluida la retirada de una educadísima pancarta anti-directiva. Este campo es así, aquí no se permite decir nada que no sea laudatorio hacia la birria de equipo y directiva que nos ha tocado sufrir, pero se pueden dar mortales cuando marca un equipo que compite por la UEFA con el Atleti. En general, nadie dice nada. Bueno, algunos sí, algunos repartieron unas cartulinas con las palabras Directiva Culpable, pero la gente no entendía por qué había que protestar contra nada en ese partido tan importantísimo en el que optábamos a ser sextos.

Así que al descanso. A descansar todos. Descansaron los jugadores del Celta y descansaron los del Atleti cinco minutos más que los del Celta. Antes de que los del Atleti dejaran de descansar salió el balón a corner, sin que se entendiera bien por qué estaban los de azul ya jugando durante los minutos de descanso. Sacó el corner el Celta y metió un gol. Saltó un defensa del Celta entre cinco defensas inmóviles del Atleti y metió un gol sin oposición ninguna, casi sin querer. Los jugadores del Atleti tenían la ocasión de salvar una temporada miserablemente mediocre pero ni por esas, mejor estar quietos que saltando se cansa uno muchísimo.

El que suscribe se levantó atónito en medio de la grada de lateral, abriendo los brazos, pidiendo una explicación. Miró a su alrededor y se sintió imbécil, gesticulando sólo entre una multitud sentada que le miraba sorprendida, comiendo pipas, peinando a sus niños, mirando el reloj. A cincuenta metros de un servidor se había levantado otro atlético perplejo con expresión de pulpo en garaje. Veinte metros más allá, otro, éste con cara de levantarse de un coma profundo en el que había estado desde los tiempos en los que los corners los defendía Arteche. Un poco más abajo, un tercero con cara de todo lo anterior. El Atleti hacía el ridículo contra un equipo medio descendido, los jugadores hacían de Don Tancredo en un corner y, en medio de una grada de quince mil personas, sólo nos sentíamos molestos cuatro. Nos miramos entre nosotros, pusimos cara de habernos equivocado de sitio, nos sentamos en parte asombrados, en parte orejigachos, en parte ofendidos y seguimos viendo el esperpento.

Siguió el partido. La gente andaba inquieta, concentrada en lo que pasaba en otros campos en los que al parecer el nuevo colchonerismo se jugaba cosas más importantes. Cantaban los goles del Zaragoza, la remontada del Barça, las desgracias del vecino. Al Atleti, ni caso. Normal, es tal el tedio que provoca este equipo que la gente se fija en otras cosas. Podrían dedicarse a intentar descifrar los motivos que llevan a este Club hacia un destino fatal, pero prefieren no hacerlo. Podrían pensar en soluciones para el momento peligrosísimo que vive el equipo, pero es mejor pensar en otras cosas. Podrían incluso tomar ejemplo de otras aficiones con menos predicamento entre las agencias de publicidad. Pero no. Prefieren fijarse en otros, en los problemas de otros, como si nosotros no tuviéramos problemas.

Se fue Seitaridis y la gente le silbó un poco. Salió Agüero en cuerpo pero no en espíritu, y aunque parecía que podía darle una vuelta al tema, se quedó en ná. La poca esperanza que quedaba fue asesinada por Luccin en un nuevo alarde de inutilidad. El lunes pasado presumía de interés por parte del Barça y el sábado se quitaba de en medio en un partido para el que al parecer la plantilla se había comprometido a dar lo mejor de sí. Gracias, hombre. Se fue Luccin y no escuchó una bronca histórica, no, se oyeron unos pocos pitos y gracias. Total, poco después marcó de nuevo Baiano y ya no merecía la pena ni gritar ni nada, mejor pensar en irse rápido que luego hay muchísimo tráfico y verás a qué hora llego a casa.

Parte del fondo sur se había ido, harta del bochorno. Algunos de estos se fueron al palco a reclamarle al presidente y ad-láteres, a pedirle explicaciones, a mostrar su monumental cabreo. Uno, que es tonto como saben, pensaba que éste iba a ser el detonante de una protesta en toda regla que pusiera las peras al cuarto a todo empleado del club. Se oyeron algunos gritos desde el fondo sur, algunos más desde la grada de lateral. Ahí quedó el tema. La gente seguía a lo suyo, a partidos de terceros equipos que se disputaban en Zaragoza y Barcelona. En el palco, y según muestra la televisión, el Presidente del Club Atlético de Madrid se dedicaba a increpar a sus propios aficionados por tener la osadía de pedirle que haga algo. El Presidente hacía de menos a los que cuando pierde el equipo no cenan del disgusto, a los que se avergüenzan cada lunes por cosas que otros hacen, a los que hacen socios a sus hijos antes de nacer. Se giraba parte de la afición al palco no sólo en ejercicio de su perfecto derecho sino cumpliendo con su deber, y el Presidente, el que debe velar por ella, les mandaba a paseo. Lo que nos faltaba.

En el campo, diez almas en pena y condenadas (salvo dos de ellas, Torres y Maxi, aún con esperanzas de vida eterna) hacían las delicias de la afición del Celta, que no se esperaba el regalo de los nuestros. La afición del Atleti, la que suponemos nuestra, mientras tanto callaba y oía la radio y volvía a peinar al niño. Mientras en Sevilla se montaba la de San Quintín por un cero a cinco, la afición del Atleti seguía con interés al Zaragoza; ya habían soportado un cero a seis en silencio, como los de los anuncios de Hemoal, así que no iban a molestarse por tres golitos de nada marcados por un equipo casi descendido, especialmente ahora que el Zaragoza jugaba en casa. El partido acababa con otro gol de Maxi y con un nuevo ejemplo de indiferencia de la mejor afición del mundo, herida por el mazado del gol de Van Nistelrooy sí sí, no por los goles de Baiano sino por los goles de otros. Al pitar el árbitro sonó el himno a mucho más volumen de lo habitual, acallando cualquier silbido por tímido que fuera: en el Atleti actual, el que controle el mando del volumen de la música controla a esta afición incapaz, salvo excepciones, de forzar una cuerda vocal para defender una institución de más de 100 años.

Al salir del estadio, aturdidos, los cuatro aficionados que nos habíamos levantado tras el segundo gol y algunos otros cientos, quizás incluso un par de miles, nos preguntábamos qué hacíamos allí. Qué había pasado, de qué campo salíamos, entre qué afición nos habíamos sentado. Qué equipo era ese que llevaba la camiseta del nuestro, qué criterios seguían esos aficionados que se sentaban cerca de nosotros, por qué preferían seguir escuchando la radio en vez de rabiar mientras nuestro Atleti se hundía. En definitiva, nos repetíamos una pregunta que llevamos tiempo haciéndonos: ¿es esto el Atleti?

Ahora viene otra pregunta, la de cada verano, la de la indecisión, la de la pugna entre lo que te crees que debes hacer y lo que quizás no debas tolerar: ¿Debemos seguir abonándonos a este espectáculo? ¿Debemos contribuir a la pantomima de los últimos años? ¿Merece la pena esto? ¿Tiene sentido no abandonar definitivamente este sinsentido? Si nos vamos de la grada, ¿ocupará nuestro asiento un aficionado de los que escuchan al Zaragoza mientras nuestro equipo pierde prestigio? ¿Es más importante conservar el número del abono que nos regalaron en nuestra infancia o dejar de ser coartada de esta situación? Difícil decisión. Durante los próximos días, algunos harán cálculos de probabilidades sobre el Mallorca, el Nástic y el campeonato. Otros daremos vueltas a estas preguntas y nos sentiremos como el que inspiró Girlfriend in a coma. Maldita sea.

lunes, 15 de enero de 2007

Crónica traicionada del Atleti-Celta

Un nombre raro para la crónica de un partido en que el Atleti jugó bien hasta que dejó de jugar, que ganó con menos autoridad de la que debiera y que sirvió para mostrar el camino que hay que seguir y el que hay que abandonar. Un nombre raro, sí, pero con explicación, ya lo verán.



Me insisten mis allegados antes de hacer la crónica: “intenta no hablar tanto de Torres, que se te ve el plumero”. “Sé más objetivo, no le des todos los méritos a él, que hay más jugadores en el equipo”. Y uno, que es bobo y hace caso a todo el mundo, lo intenta.

El Atleti en Balídos. La prensa dice que casi siempre ganamos ahí, que todo es propicio para sumar tres puntos, que está chupao. Y eso es garantía de debacle total, así que uno ve salir a los dos equipos con una ceja levantada y expresión de “espérate a ver”. Pero el partido empieza y, qué cosas, el Atleti funciona. Y funciona bien. Y el árbitro se come un fuera de juego que no existe y uno se desgañita protestando al pensar que se ha podido esfumar una de las pocas ocasiones de gol y al final del partido resulta que ni se comenta, señal de que se ganó con claridad. Y al ratito, penalti mal tirado pero gol al fin y qué alegría más grande y qué miedo a la vez: ¿se echará el Atleti atrás à la Aguirreoise con todo el tiempo que queda o seguirá intentándolo?

Pero el Atleti sigue concentrado y no da sensación de perder metros. Luccin juega y juega bien (aunque se hace con una amarilla sin excesiva necesidad), y hace más de energética dinamo que de errático molinillo de feria. Y el equipo está mejor, aunque Galletti siga perdido y Jurado siga siendo sólo un proyecto, poco metido en el partido, lo que hace preguntarse a uno hasta dónde podría llegar el equipo si en las bandas tuviera gente competente y eficaz. Y el equipo funciona aunque Maniche, pensando en la multa de la policía lisboeta y en la bronca que le echó Aguirre, esté disperso y lejos de su tono habitual. Qué cosas pasan, con poco centro del campo y el Atleti funciona. Entonces uno cae en que el Celta está más perdido aún, deslavazado e insulso. No hay equipo enfrente y esto siempre hace las cosas más fáciles.

Y en estas el Kun, ese que va cogiendo más peso en el equipo según pasan las jornadas, lanza un contraataque, se va de dos o tres, pasa un balón al pico del área y tira el desmarque para la pared, para marcar a placer. No es él quien marca pero se alegra tanto como el goleador, que ha resuelto por su cuenta. Pero es que van 0-2 y el equipo juega bien y el Celta sigue en Babia y sólo van 20 minutos.

Y entonces, poco a poco, el Atleti se va relajando y cediendo el balón y metiéndose un poco atrás. El Celta, despistado, no se da cuenta hasta que no quedan cinco minutos para el descanso y entonces se dice que por qué no, que vamos para allá, oye, que estos están reculando. Y antes del descanso cruza por la mente del Atlético esa premonición tan nuestra: ¿y si marcan ahora? Se acabó la tranquilidad, con lo bien que estábamos…. Pero Perea y Zé Castro sí que están metidos en el partido y Antonio López y Seitaridis también y se llega al descanso sin que haya heridos.

Y vuelve el Atleti y en poco tiempo, fíjense, marca de nuevo Agüero con un remate limpio y preciso. 0-3 y huele a baño pero Aguirre es Aguirre y tiene sus Aguirradas, y quita a uno y luego al otro delantero y echa el equipo atrás. Y empezamos con el miedo y marca el Celta y queda tiempo y si el Celta es un equipo algo mejor y más ambicioso mete otro y llegamos a los cinco minutitos de rigor con la misma angustia de siempre. Porque Aguirre parece que no se da cuenta de que el Atleti no tiene fe en sí mismo cuando se echa atrás, que defiende mejor diez metros más alejado de su portería, que cuando se toca a retirada y fijar posiciones automáticamente se regalan cantidad de balones al centro del campo rival que, en manos de algún jugador competente, son papeletas ganadoras para un suicidio. Pero Aguirre es así y así es desde hace tiempo y para eso le pagan y hasta ahora mal no le ha ido, así que nos callamos y esperamos que tenga razón.

Pero el partido acaba sin bajas ni cansancio y eso es importante porque el miércoles hay Copa. Y el Atleti está ahí, más cerca de la cabeza a estas alturas de lo que podíamos pensar y no se sabe si es por el buen hacer del equipo o por la táctica amarrategui del entrenador o, casi seguro, por el bajo nivel de la liga de este año y por lo frecuente de los desatinos del resto de equipos. Y uno hace cuentas y piensa que si hubiéramos ganado en casa contra los dos últimos en vez de empatar rácanamente ahora estaríamos segundos y más metidos en la pomada…. Y que si jugáramos mejor en general no tendríamos esta curiosa desconfianza hacia el equipo… pero que esto queda en agua de borrajas porque el Atleti ganó una vez más, que no es poco, aunque algunos sigamos con la mosca tras la oreja aunque contentos.

Y hasta aquí la crónica.

Y ahora la traición.

Traición al consejo de mis allegados. Porque hasta ahora no he hablado de Torres, y ni si quiera le he nombrado, y me ha costado lo mío. Porque, ¿cómo hablar del buen juego del equipo sin hablar de Torres? ¿cómo no hablar en mayúsculas del tipo que ha metido los dos primeros goles y ha dado el tercero en bandeja? ¿cómo ignorar al que lleva el peso del equipo, al que, al irse, deja al resto huérfanos de referencia? Sé que soy pesado, sí, pero creo que objetivo. Ahora mismo, en este momento de la temporada, Torres es casi la mitad del equipo. La defensa funciona pero a veces hace aguas. El medio campo no es una garantía ni de destrucción ni de construcción. Y aún así el Atleti juega bien a ratos y mal otros, y creo que en gran parte es porque Torres tira del resto y le hace la vida fácil a todos. Y está en un momento en el que, si fuera piloto de fórmula 1, pararía en boxes, bajaría, cambiaría las ruedas, pondría la gasolina y pasaría un trapito a los retrovisores, volvería a entrar y saldría el primero, y además en menos tiempo que si el resto le echaran un cable. El Kun marcó un gol ayer que tuvo un único secreto: salir corriendo hacia el centro del área una vez que vio que arrancaba Torres. Si alguno más se anima y se une a sus carreras, también se aprovecharían del momento por el que pasa el capitán.

Ya comentamos hace unos cuantos partidos que Torres estaba cambiando de juego, que ya no tiene que irse solo contra todos porque hay quien le sigue, que hace la vida más fácil a los compañeros, que es más generoso, que pasa más el balón, que aporta aún más al colectivo que antes. Si sigue por esta senda limará algunos de los defectos que sus ruidosos detractores denuncian con tanta vehemencia. Y si es así, ¿qué harán, los pobres?