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jueves, 1 de mayo de 2014

40 años (no es nada)

1974


Hace 40 años, en 1974, cuando el Atleti jugó su primera final de Copa de Europa, uno era un niño chico. Quizás les sorprenda a Vds que uno haya sido alguna vez un niño chico, pero así fue durante unos años, precisamente aquellos. Uno, rubio, con el pelo a tazón y camiseta del Atleti puesta durante todo el verano, era demasiado chico para acordarse con precisión esa final aunque sí tiene recuerdos de ella. Los recuerdos son vagos, confusos y giran en torno a una televisión en blanco y negro en una habitación pequeña de una casa de la sierra de Madrid, lo que sugiere que aquél día de San Isidro era, como ahora, festivo. Los recuerdos no incluyen más que imágenes deshiladas, sueltas, fogonazos aquí y allá; también nombres, algunos confusos, uno muy claro, Gárate. De Gárate sí se hablaba en casa, aunque poco, y se siguió hablando durante unos años.

Con el tiempo, uno investigó sobre ese equipo al que el propio presidente bautizó como el Pupas, echando así sobre los hombros de un equipo de leyenda un mote molesto como los vecinos del lado Norte de la ciudad, irritante como los tertulianos deportivos, pesado como el plomo. El Atleti ha cargado con el Pupas desde entonces como el protagonista de Basket Case cargaba con su hermano maligno en un canasto, a disgusto a pesar de ser parte de la historia, a regañadientes a pesar de venir el apelativo del Presidente más importante del Club.  Y eso que incluso una parte de la afición parece sentirse cómoda con la maldición patrocinada desde el palco, rebozada en una coartada histórica para así desatender la realidad terrible del club durante los años negros en los que la identidad estaba perdida en un denso bosque de manzanos y maniches. El Pupas, el maldito Pupas, ese mote desacertado para un equipo, el del 74, que pudo ser cualquier cosa menos un Pupas.

Al Atleti del 74 le entrenaba un argentino, el Toto Lorenzo. En él jugaban Reina, Pacheco y Rodri, Panadero Díaz, Ovejero y Cabrero, Heredia, Benegas y Capón, Alberto, Eusebio y Quique, Adelardo, Luis y Melo, Salcedo, Ufarte y Becerra, Irureta, Ayala y Gárate. Ni más ni menos, oiga, ni más ni menos.

Entre los nombres recién mencionados, algunos de los mejores jugadores de la historia del Atleti, varios ídolos de infancia del que suscribe y también de sus más próximos. Jugaba Reina, el portero de jersey verde que uno quiso ser aquél día que jugó de portero y que aún quiere ser Jorge Lera. Jugaba Panadero Díaz, en cuyo honor el que suscribe co-fundó una peña atlética en Bruselas que responde al combativo nombre de Frente de Liberación Panadero Díaz (con su correspondiente escisión disidente, como está mandado: el MLPD, Movimiento de Liberación Panadero Díaz – Frente 25 de Mayo, surgida tras el Doblete y la vuelta de la emigración). Jugó Ovejero, que años después echaría abajo una portería en Zaragoza de una embestida, y jugó Capón, con ese bigote que, junto al de Leal (con su vendaje), nos dio ganas de tener bigote cuando teníamos 7 años. Jugaron Alberto y Eusebio, cuyos nombres uno confundía de chico y no sabía quién era quién, y jugaba Adelardo, el jugador que más veces ha defendido nuestra camiseta, para muchos el emblema del Club durante muchos años. Jugó Ufarte, a quien el que suscribe dio la mano hace unos años y le invitó además a una botella de vino, escapándose luego del restaurante por vergüenza, para no recibir las gracias de un tipo al que siempre le estará uno agradecido. Jugó Becerra, que uno no sabe si se escribe con c o con z, que murió demasiado joven pocos años después, y jugó Irureta, siempre tan caballero con el Atleti, siempre recordando en sus años como entrenador todo lo que le enseñó el Club. Jugó Ayala, nuestro ídolo melenudo de niños, el Ratón, el más rápido, el más eléctrico, el dueño legítimo del nombre de cierto perro ratonero que cierto día en Albacete, desde la grada, saltó al campo durante un partido que el Atleti jugó allí - camiseta rojiblanca y el número 11 a la espalda - persiguiendo una bola hasta que fue reducido por la fuerza pública ante su negativa a abandonar el terreno de juego sin el balón en la boca. En ese equipo jugó Luis Aragonés, ese tipo único, enorme, el que volvió al Club para sacarlo de Segunda, el que dijo a un árbitro que no pisara el escudo, el que rompió la pizarra en el vestuario antes de la final de Copa; el tipo de más influencia en el fútbol español, el que vio lo que nadie veía y fue apartado de su obra de arte cuando más fácil era todo, nuestro referente, nuestro guía lleno de defectos y virtudes, nuestro espejo, el Atleti hecho tipo con patillas, cigarrillo y pelliza.

Y en ese equipo jugó Gárate. Gárate, el tipo que uno querría ser.

Nunca el Club ha hecho un homenaje a ese equipo maravilloso que llegó imbatido a la final de Bruselas del 15 de Mayo del 74 para toparse con el mejor Bayern de Múnich de la historia, el equipo de Beckenbauer, Maier, Muller, Hoeness, Breitner y el maldito Schwarzenbeck, la columna vertebral del equipo que luego ganaría el Mundial para Alemania unos meses después. A ese equipo que fue superior a los alemanes durante el partido y se adelantó con un gol de falta de Luis Aragonés, celebrado antes de entrar por el propio Luis con un salto batracio para la historia. Ese equipo que vio cómo, ya en el descuento, el rival empataba gracias a un gol marcado por un jugador que nunca marcaba y perdía en la repetición del partido dos días después ante una plantilla mucho más física que se encontró con el regalo de un partido extra que no mereció y una copa que vive en Munich cuando debería vivir en Madrid.

Si alguien viendo esa alineación puede pensar en un equipo perdedor, que abandone el local. Si alguien piensa que ese grupo heterogéneo en el que convivían argentinos aguerridos y brasileños de juego floreado, extremeños recios, madrileños castizos, vascos de pedigree, asturianos de raza y un paraguayo orgulloso de llevar los colores de su equipo nacional no era un equipo de leyenda, que abandone la lectura, la ciudad, el país. Si algún insensato no ve en este grupo de melenudos, bigotudos, sobrios jugadores pelicortos y un gentleman de Eibar  - en palabras de uno de los talentosos  Olivares  (no recuerdo cuál), “un equipo que eran los Beatles y los Rolling Stones a la vez” – el reflejo del propio Atleti todo, de su grada y de su historia, que llame a un especialista.

Nunca ha recibido ese equipo maravilloso el homenaje público que merece. Y, con 40 años de retraso, ya es hora, oiga, ya es hora.

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2014


Cuarenta años después de la semifinal de Glasgow, recordada por los aguerridos escoceses como una batalla campal y por los aficionados del Atleti como el partido en el que el Atleti vistió con preciosa camiseta roja de puños rojiblancos y sufrió tres expulsiones (no del todo injustas, oiga) por indicación de Babacán, un árbitro turco con nombre de malo de novela de aventuras (incluso como “El Malvado Babacán”), el Atleti se plantó en Stamford Bridge, estadio del Chelsea, con la misión de hacer la machada que 40 años antes habían hecho nuestros ídolos de la infancia y meter al equipo en la final.

El Atleti que fue a Stamford Bridge, líder de la liga española, invicto en Champions y orgullo de la parte noble de la ciudad de Madrid , también está dirigido, como el del 74, por un argentino temperamental, talentoso y trabajador que viste sobrio traje, camisa y corbata negra y lleva un rosario bajo la corbata. Este mago, al que nunca jamás podremos agradecerle suficientemente lo que ha hecho por nosotros, tiene por ayudantes un sabio de la preparación física y un portento de la naturaleza que viste siempre anorak y lleva un cronómetro, se ríe cuando nosotros nos asustamos y saluda con cariño al delantero centro rival, tan atlético como nosotros, cuando sale al campo en el que ahora juega de local, para su desgracia y la nuestra.

En el equipo que dirigen estos tres argentinos - que deberían recibir las nacionalidad honorífica, las llaves de la ciudad de Madrid y su peso en jamón del bueno (por más que pese el Mono) - cuenta también con brasileños de juego floreado, argentinos tatuados, madrileños castizos, asturianos de raza, uruguayos bravos de mandíbula apretada; además, un turco tocado por el dedo de los dioses del talento, un tipo de Alicante que ha sufrido una metamorfosis, un hispano-brasileño con cara de tripulante de navío corsario y la fuerza de un búfalo cafre, un navarro capaz de rematar de cabeza un satélite fuera de órbita y un gigante belga capaz de parar ese mismo satélite a pocos metros de su lanzamiento desde Cabo Cañaveral sin perder la gomina del tupé. Y, según se demostró en Stamford Bridge, estadio frío poblado por una afición fría, antipática y obsesionada con los jugadores que su millonario presidente puede comprar cada año (algo de lo que presumen con la idiocia del hijo del vecino rico que copia, en más caro, cada cosa que hace el resto de niños del colegio que, por supuesto, le ignoran), ese grupo heterogéneo, Beatle y Stone como el del 74,  es también un equipazo de leyenda como lo fue aquél.

Salió el Atleti al campo del Chelsea vestido con pantalón rojo, pero en un estado tal en el que estas cosas ya ni importan. Miró el Atleti a la grada y vio el Calderón,  atronador en medio del silencio frío y azul de Stamford Bridge, y entonces todos supimos que iba a ser un gran día. Miró el Atleti a la grada y vio miles de bufandas rojiblancas, la bandera de esa España en la que pone Algeciras, las pancartas de las peñas belgas y británicas, las canas de los aficionados que recuerdan la final del 74 y los ojos brillantes de las chicas atléticas que hacen de la grada del Calderón un sitio especial, y tragó saliva. Miró el equipo titular al banquillo y, tras él, vio al Capitán de Capitanes vestido de traje y corbata con bufanda del Atleti, agarrado a la valla de detrás del banquillo con gesto de poder saltar al campo a por el balón en cualquier momento, como hizo el perro Ayala en Albacete, y entendió lo que tenía que hacer. Miró el Atleti a la grada de nuevo y vio los retratos del Cholo y de Luis Aragonés y, en ese momento, los jugadores del Chelsea parecieron pequeñitos, inofensivos, enclenques.   

(Mientras el Atleti en pleno miraba con la mandíbula apretada a la grada del Atleti, otra parte del Atleti hacía lo propio. Nacido 10 años después de esa final de Bruselas, Torres es un poco más mayor que los que sólo vivieron los años negros de manzanos y maniches, y un poco más joven que los que sí recuerdan el Atleti grande de los 70 y 80. De haber tenido unos años menos, quizás estaría en el primer equipo a las órdenes de Simeone, de haber tenido unos años más quizás no se habría visto en la tesitura de tener que enfrentarse a su equipo del alma en tamaña situación. Torres marcó el gol de su equipo actual contra su equipo del alma y naturalmente no lo celebró; las imágenes del momento son desoladoras. El destino, que con Torres ha tenido sus más y sus menos, quiso que hiciera un buen partido y marcase un gol ante todo ese público rojiblanco que tanto se alegra de sus goles contra otros; quizás el desenlace final, que su equipo perdiera a pesar de su gol, es lo mejor que le pudo pasar. Torres, ovacionado en Madrid durante el calentamiento y al final del partido y cuando fue sustituido en Londres, no necesita explicaciones para entender lo que ayer estaba pasando y probablemente lo vivió de una forma tan especial que sólo él puede llegar a entenderlo. Esperemos que vuelva pronto a casa y nos lo cuente en detalle).

Lo que después ocurrió lo contarán los juglares tras el holocausto nuclear y los colonos extraterrestres que, ataviados con escafandra para evitar la atmósfera tóxica, tomen la tierra desde sus platillos volantes con rayo paralizante. Lo están contando ahora mismo varios habitantes de Papúa a sus conocidos, es portada en diarios de Bangkok y es objeto de análisis en una lejana población vitivinícola australiana en la que, de vez en cuando, tienen la suerte de comer arroz con cangrejos pescados por el propio cocinero. En un cafetín cercano a la plaza de San Telmo, en Buenos Aires, alguien gesticula en este mismo momento explicando el movimiento táctico del medio campo y en Arcore, cerca de Milán, un señor muy alto explica a su madre, mientras come pasta al ragú, cómo Juanfran hizo dos pases de gol tras pases largos de Tiago en una noche para recordar. En Onteniente (Valencia), Fernan Pérez (Almería) y Zurich (Suiza) no se habla de otra cosa, ni se hablará en días.

Y es que el Atleti cuajó uno de los mejores partidos que se recuerdan, con un segundo tiempo a la altura de la Supercopa ganada al propio Chelsea y de los veinte primeros minutos de la eliminatoria contra el Barcelona. Aprendida la lección de la ida (nada de balones altos al centro del área, nada de impaciencia, nada de piedad), Simeone dejó en el banquillo a Raúl García y apostó por Adrián – aquél que desde esta misma tribuna dimos por claramente perdido para la causa - para llevar el balón al suelo y jugar con velocidad cuando fuera necesario. En varias ocasiones durante el primer tiempo se vio cómo los jugadores frenaban su instinto natural a bombear balones largos hacia Diego Costa para seguir tocando, madurar la jugada, buscar ocasiones menos directas si no había una posibilidad clara.

El Atleti dominaba o al menos no sufría pero el Chelsea, bien plantado pero poco incisivo, se adelantó. Fue Torres, quién si no, delantero descomunal que siempre marca en las citas grandes, aunque esta vez en la portería contraria y contra un portero propiedad del Chelsea. Con la grada apagada, el silencio en las casas y las nubes negras en el horizonte, el equipo no se descompuso y siguió fiel a lo suyo, sólido, con un enorme Koke, con Tiago y Mario (sí, Mario) a un nivel excelente y con dos laterales convertidos en amenaza. Entre estos, más Arda, llegó el gol: Koke que rebaña un balón que parecía perdido, Arda que acaba pasando a Tiago, éste que levanta con clase la bola para la entrada rápida de Juanfran quien, como un acróbata, pone el balón hacia el área pequeña; Terry que no llega, Cole que no se atreve, Adrián que remata con la espinilla; miles de tipos que gritan, miles de tipos que se abrazan, miles de tipos que rugen. Gol del Atleti, empate, clasificados.

Tras el descanso, del vestuario volvió a salir la fiera que salió en casa contra el Barcelona, quizás esta vez más pausada, más cerebral, más calmada dentro de su furia. Con Koke dando un recital físico, de control y de mando, el Atleti fue un equipo enorme. Arda brilló, Diego Costa peleó, Tiago y Mario estuvieron a un nivel altísimo, aliviando  a todos aquellos que echábamos de menos a ese tipo del traje y la bufanda sentado tras el banquillo que tanta confianza nos da siempre. Con todo el medio campo entonadísimo, los laterales con ganas y los centrales al enorme nivel de toda la temporada, el Atleti es un equipo temible y sólo es cuestión de tiempo que doble la muñeca de aquél que le echa el pulso. Si al talento del medio campo y la solidez de los centrales se le añade un portero extraordinario y un delantero que es un tormento como Costa, la cosa se complica aún más.

Marcó Diego Costa un penalti un minuto después de una parada milagrosa de Courtois. El penalti se tardó en tirar una eternidad, con un balón que caía al agujero del punto de penalti una y otra vez hasta que los aficionados llegaron a la conclusión de que Costa lo fallaría seguro; naturalmente, fiel a su forma de ser, lo marcó sin dificultad y entre cánticos de recuerdo a Luis Aragonés, ahí es nada. De este segundo gol salió un Atleti enorme: tocando el balón, combinando por la banda izquierda con toques sutiles entre Filipe Luis, Arda y Koke, apoyado atrás en Mario y  Tiago, buscando en largo a Juanfran, gigante en ataque a pesar de algunas dudas en defensa al principio, llegó el tercero. El Atleti, una vez más, demostró ser un equipo valiente y poderos, de compromiso e intensidad pero también trabajadísimo, estructurado, con recursos ante todo tipo de planteamientos tácticos. Un equipazo, señores.

Tras un partido maravilloso, el Atleti está en la final de la Copa de Campeones 40 años después. Para ello ha eliminado, entre otros, a Oporto, Milan, Barcelona y Chelsea - que suman 15 Copas de Europa - y lo ha hecho con un equipo desahuciado hace no tantos meses. El equipo que ha armado Simeone mezcla el esfuerzo extremo de un comando de Gurkas, la fe ciega en la idea de juego y el estudio científico del rival desde el banquillo. Con un presupuesto mucho más modesto y una plantilla más corta, ha devuelto a un club centenario y admirable al lugar que muchos otros fueron incapaces de acercarse. Todo esto lo ha hecho partido a partido, involucrando  a la grada, convenciendo a los jugadores de que pueden hacer todo aquello que se propongan, dando una lección de fútbol, de deporte, de vida.

Estamos pues asistiendo a un momento histórico, y resulta que el protagonista es nuestro equipo. Nuestro equipo, el nuestro, el de nuestros padres y amigos, el que será de nuestros nietos, el equipo del que Simeone nos ha obligado a formar parte activa. El equipo de Luis y de Gárate, el de la final del 74, el de los derrapes y los días de alegría infinita. El equipo de las rayas rojiblancas, del Estadio Vicente Calderón, del ramo de flores de Pantic, el himno cantado a voz en grito cuando las cosas van bien, del himno cantado a voz en grito cuando las cosas van mal.

Disfrutemos el momento, pero eso sí, sin perder de vista lo que nos ha traído hasta aquí: partido a partido, el domingo a las 17.00, otra final.

Que suerte tenemos, señores, qué suerte tenemos.

viernes, 13 de junio de 2008

Nosotros, que somos de Gárate

Unos días hacemos crónicas. Otros días, manifiestos.


Algunos, nosotros, que somos de equipos distintos e incluso aficionados a deportes diferentes, somos de Gárate. De Gárate, sí, de ese delantero exquisito que no celebraba los goles por respeto al portero batido, que no cometía faltas y que fue expulsado una única vez en su carrera en un lance que los viejos del lugar recuerdan como una de las mayores injusticias de la historia junto con el ensalzamiento del presunto talento de Miguel Bosé. De Gárate, sí, de ese jugador elegante y discreto, ingeniero industrial con aspecto de ser pareja de timba de David Niven que convivía con naturalidad con compañeros de equipo con aspecto de ser fans de Thin Lizzy. De Gárate, sí, ese jugador al que se despidió con admiración y naturalidad presenciando algo tan impensable hoy en día como un partido entre el Atleti y la selección del País Vasco. De Gárate, sí, de Gárate, de José Eulogio Gárate.

Nosotros, que somos de Gárate, sentimos rubor y rabia cuando vemos jugadores teatreros y tramposos, cuando vemos celebraciones ridículas con bailecitos e imitaciones a los humoristas más casposos del momento. Nos ofende ver a deportistas profesionales poniendo cara de Ecce Homo ante un leve contacto físico, y nos irrita ver cómo los árbitros toleran ciertas cosas y hacen un escándalo por otras, sintiéndose protagonistas y vedettes. Nos molesta el fútbol rácano y ventajista, nos aburre el juego especulador e interesado, nos dan ganas de dar capones a los recogepelotas que pierden tiempo y de ponerle las peras al cuarto a esos delegados de campo que devuelven balones pinchados. Nos gustan los partidos jugados de tú a tú, con ganas y con ambición, esos partidos que acaban con jugadores agotados y satisfechos a pesar de la derrota o además de la victoria, que se dan la mano y la enhorabuena y se dicen que fue un placer jugar contra un tipo tan aguerrido. No concebimos que los futbolistas no suden o no aparenten ganas de querer ganar, que desprecien a su propia afición o que den lo mejor de sí mismos sólo antes de una renovación. Nos irritan las chulerías de los que no tienen motivos más que para pedir perdón, y sólo toleramos los desplantes justificados de los más grandes, y ni de todos ni siempre: entre estos, que quede claro, no está Cristiano Ronaldo y sí está George Best. A nosotros, a los que somos de Gárate nos gustan estas cosas y eso que algunos tenemos más años que la radio de galena y otros somos unos chavalines, qué quieren Vds que yo les diga.

Nosotros, que somos de Gárate, no concebimos que se hagan trampas, menos aún que se hagan a la vista de todos y que se camuflen y se aplaudan cuando las hace aquél que interesa que las haga. Creemos en la caballerosidad y en la torería, en las disculpas por esa patada que no se quería dar, en el respeto al rival y al club y afición visitantes. Sabemos que la caballerosidad no es imbecilidad, y que uno puede ser un gentleman y a la vez intransigente con el que pretende tocarle las narices. Esto es, sabemos que lo cortés no quita lo valiente. Aún recibiendo un gol compartimos la emoción cuando el rival que marca lo dedica a un amigo recién desaparecido, y no nos parece mal que se aplauda una buena jugada o un buen partido del oponente que nos acaba de meter en problemas: ellos luchan por lo suyo y si lo hacen en buena lid y con honestidad no entendemos por qué hay que acordarse de su Sra madre. Admiramos a deportistas de todas las disciplinas, nos ponemos en pie ante despliegues de esfuerzo, sufrimiento y coraje aunque se trate de especialidades deportivas de las que no tenemos mucha idea. A muchos les parecerá que todas estas cosas son unas tonterías de las gordas, pero es que nosotros somos de Gárate y ellos no.

Nosotros, que somos de Gárate, pensamos que eso de ganar por ganar no lo es todo y, desde luego, no es lo nuestro. Nos gusta que el equipo rival venga con sus mejores jugadores y nos gustan los desafíos complicados. Pensamos que hacer equipos a fuerza de dinero es una forma triste de comprar la gloria y nos gustaría que en nuestro equipo hubiera canteranos, gente que supiera cuál es el carácter del club y de su gente. Nos gustaría que en nuestro club se retiraran los jugadores emblemáticos con emotivos partidos homenaje tras años de leal carrera, y no por la puerta de atrás aprovechando que no hay partido esa semana, y soñamos, como hacen por el Mersey, con un equipo formado por once jugadores que sean al nuestro lo que Carragher al suyo. Nos gustan las camisetas simples y antiguas, las equipaciones reconocibles y el respeto a los colores del equipo, y por tanto nos avergüenza la profusión de equipaciones suplentes de colores imposibles y lunares y topos y cuadraditos que salen de las mentes enfermizas de diseñadores de ropa deportiva sin idea alguna de lo que es un equipo de fútbol. Nos emocionan las tradiciones verdaderas y nos producen cierta urticaria las celebraciones forzadas y programadas, ausentes de toda espontaneidad y naturalidad, sean nuestras o de otros. Porque nosotros, que hemos visto a Gárate, nunca hemos necesitado que nadie nos dijera dónde o cuándo celebrar los triunfos de los nuestros, que para eso somos de Gárate, oiga.

Nosotros, que somos de Gárate, despreciamos el modelo actual de sociedad anónima deportiva basado única y exclusivamente en criterios mercantiles y cortoplacistas, en sacar el máximo rendimiento de lo que se tiene aunque esto se haga en claro menoscabo de la identidad del club, y de la afición, y del proyecto deportivo. Nos irritan los clubes obsesionados con el lenguaje de la mercadotecnia y la empresa que instalan en sus estadios restaurantes y concesionarios y oficinas de correos y tiendas de picaportes para así sacar partido al alquiler de cada centímetro cuadrado del estadio que pagaron los socios. Nos revuelven las tripas los directivos del fútbol actual, y sus modales zafios y su obsesión por hacer negocios a costa de la fidelidad de muchos aficionados que para ellos no son más que clientes cautivos, clientes movidos por un sentimiento que los directivos no llegarán nunca a compartir ni mucho menos a entender. Sentimos algo de vergüenza ajena por esos turistas que, sin entender nada, visitan los estadios y compran camisetas oficiales como visita obligada en su periplo por la ciudad de los equipos cuyos egos inflan, así, para contar a los vecinos que se sentaron en el banquillo que calienta esa estrella maleducada con gafas de sol de pantalla que si le viera en un aeropuerto miraría para otro lado para no dedicarle ni un segundo de su corrompido tiempo. Nos dan que pensar algunos de los museos de ciertos estadios y su similitud con el British Museum, no por la solemnidad ni por la riqueza de la colección sino porque buena parte de la misma se cogió sin permiso y sin merecerlo. Porque eso, cuando uno es de Gárate, es algo impensable.

Nosotros, que somos de Gárate, somos aficionados y por ello entendemos a los nuestros y a los otros. Nos gusta la sensación de pertenecer a una hinchada y curiosamente ésta nos avergüenza en ciertas ocasiones, aunque son más las veces que nos hace sentirnos orgullosos. Creemos que la mejor manera de servir a la afición es siendo irreprochables embajadores del Club, aunque sabemos que hay quien prefiere ir al estadio vestido de torero o a romper sillas, qué le vamos a hacer. Pensamos que los clubes son importantes para la gente: creemos que son lo suficientemente importantes como para irritarnos con esos aficionados que creen que su misión en la grada se acaba cinco minutos antes del final, cuando se van para no pillar atasco. Eso sí, pensamos que nuestros equipos nunca son lo suficientemente importantes para darse de tortas con el aficionado rival, ni si quiera para saltarse las nobles normas de la caballerosidad. Nos gusta seguir a nuestro equipo a otras ciudades, hablar con sus aficionados y comer en los restaurantes que éstos nos recomiendan. Nos gusta discutir de fútbol y de lo que se tercie, y nos irritan aquellos que, propios o ajenos, rebajan la conversación al nivel de Perogrullo sólo para poder decir la última palabra o creer que tienen razón. Nos gusta que se nos reciba bien y por tanto procuramos recibir bien a los que vienen. Admiramos a las aficiones vehementes, leales y comprometidas, sobre todo a las que demuestran ingenio y retranca, y valoramos por encima de todo las buenas maneras y la corrección. Envidiamos a las pacíficas y enérgicas aficiones de los eventos de rugby, y la amable convivencia de las aficiones de equipos de baloncesto y, eso sí, nos preguntamos por qué los partidos de fútbol conllevan tal cantidad de broncas y gritos ofensivos cuando los protagonistas de las mismas se comportarían con más estilo si acudieran a un partido de otro deporte. Y todo esto nos pasa porque, como somos de Gárate, lo que nos gusta es el deporte y no lo llevamos más allá, y no es poco.

Nosotros, que somos de Gárate, somos de Gárate pero no somos tontos y sabemos perfectamente que todo esto no cabe en el mundo de hoy sin que a uno le consideren un idiota; y aún así, nos da exactamente igual, porque somos de Gárate y tenemos las cosas claras y nos sentimos cómodos siendo minoría y de hecho nos encontraríamos mal siendo parte de la masa. Y aunque sabemos que tener muchos principios y mantener los modales es algo que le pone a uno con frecuencia en situación de parecer el más tonto de la reunión, lo tenemos más que claro y hasta presumimos de ello. Y como muchas veces nos hemos enfrentado a la pregunta esa de ah listo y tú qué harías y hemos oído eso de que es mucho más fácil decirlo que hacerlo, listillo, tampoco nos atormenta la cuestión. Y todo eso por algo muy sencillo, algo muy básico, algo fácil de entender: pues porque somos de Gárate, oiga, de Gárate. Ni más ni menos.