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viernes, 17 de septiembre de 2010

Dubitativa crónica jónica del Aris – Atleti (¿o era dórica? ¿o corintia?)

El Atleti salió ayer al campo seguro de sí mismo, con andares de Danny Zuko, y se encontró un césped lleno de lo que pensó que eran papelitos: se equivocaba, eran sus propias dudas.


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(viene de AQUI)

Con profusión de datos y amplio soporte documental, el Doctor Griffayala explicó ante sus colegas de profesión reunidos en el improvisado auditorio - que entre todos sumaban más de cinco mil dioptrías - el verdadero sentido de la Última Cena, muy alejado de lo que la tradición indica. La Última Cena fue una cena de equipo, pensada para festejar el final de la temporada de fútbol local y denunciar un acontecimiento miserable.

El Doctor demostró que San Judas Tadeo, a quien la tradición cristiana confiere el poder de resolver casos dificilísimo por ser patrón de los imposibles, no era un simple agricultor sino un portero de reflejos felinos y poderoso juego aéreo que, a pesar de su baja estatura y jugar con sandalias, era capaz de hacer paradas inverosímiles y salvar goles cantados in extremis. Demostró también sin ningún género de dudas que, por su envergadura, Santiago el Mayor jugaba de central (ya desde juveniles en su club de origen, el Compostela) y que compartía demarcación con San Andrés, jugador sobrio y conservador, conocido en el grupo por defender siempre la conveniencia de defender más que atacar dado que el cero cero era siempre un resultado positivo y valiosísimo; esto, según algunos teólogos, explica que más tarde la tradición hagiográfica le reconozca martirio en una cruz con forma de X. Al lado de estos dos apóstoles, como demostró Griffayala, jugaban dos laterales duros: por la izquierda el rudo Simón el Cananeo, rápido y pegón, y por la derecha, como no podría ser de otra forma, Tomás.

El Doctor demostró también que la figura de Jesucristo, a la que el resto de asistentes a la cena llamaban "maestro" o, en hebreo clásico, "míster", era el verdadero gestor del grupo, el líder, el responsable de marcar el futuro del mismo y su doctrina, como bien confirma la tradición cristiana. Entre el asombro y entusiasmo general, el Doctor Griffayala mostró como los símbolos cabalísticos, las flechas, los rectángulos y círculos, debidamente ordenados, confirmaban que en la época de Jesucristo el sistema predominante era el 4-3-3. Así, tras los cinco apóstoles mencionados, los papeles de Tubinga demuestran que la línea central, la más floja del equipo, estaba formada por Felipe, Bartolomé y Mateo, apóstoles de brega y sacrificio con menos talento creativo que la mayoría de sus compañeros, motivo por el cual han llegado con menos relumbrón a la historia. La única excepción a esta medular discreta la aportó San Mateo quien, si bien tuvo una carrera plagada de lesiones, trajo a un nuevo jugador al equipo, un conocido con el que compartió taller de escritura. Se trataba de Marcos, compañero de proyectos literarios y fino interior con pelo a tazón que terminó en el Barcelona.

La delantera titular, demostró el Doctor Griffayala, estaba formada por dos extremos jóvenes y livianos muy al gusto de la época, Santiago el Menor y el jovencísimo San Juan, el único imberbe del grupo. El delantero centro, alma del equipo, goleador, líder y autor de goles vitales, jugador oportunista que aprovechaba rebotes y despistes gracias al instinto desarrollado en su profesión original, era, naturalmente, Pedro.

Llegado a este punto de la brillante presentación, los expertos explotaron de júbilo, lanzaron sus carpetas y gafas al cielo, se abrazaron y vitorearon al Doctor Griffayala, que en este punto se arrodilló ante todos e hizo el arquero, justo antes de ser abrazado con violencia por el señor de Valladolid quien, a pesar de no haber hecho nada durante toda la investigación, le había cogido cariño. En medio del jolgorio y el entusiasmo, sin embargo, sonó la desagradable voz del arqueólogo enano Monsieur Mophette quien, rojo de ira por haber sido vencido en su carrera, se subió a una máquina de tabaco y reclamó la atención de los expertos quien, a estas alturas, hacían la conga por el parking de camiones.

"Bgrillante", dijo el francés con ese acento que tanta gracia nos hace, dando un par de palmas socarronas. "Bgrillante", repitió desafiante, "pegro vous ha olvidaddo algo impogtante... ¿Y Judas?"

Conscientes de que faltaba un apóstol, de que sólo había hablado el Doctor Griffayala de once de los doce apóstoles, los expertos enmudecieron, pararon la conga, se quitaron las corbatas que habían anudado en la frente y se bajaron las perneras que se habían remangado. Volvieron a sus sillas, recuperaron sus blocs de notas y se dispusieron a escuchar al investigador argentino quien, consciente de que se jugaba toda su credibilidad y temeroso al poder darle un disgusto gordo al señor de Valladolid, tragó saliva. Con paso firme se acercó al estrado, ordenó sus notas y se dispuso a acometer el momento clave de su vida profesional con la entereza del que sabe que tiene razón.

Sin temblores en la voz, el Doctor Griffayala se lanzó con entusiasmo a la demostración definitiva. Mostró documentos, proyectó copias, elaboró teorías y presentó hechos y, finalmente, mostró un pergamino único, un documento en pésimo estado de conservación en el que se podía ver el cuño oficial de un club de la época y la rúbrica de un tribuno sin principios, envuelto en escándalos inmobiliarios relacionados con la construcción de unas termas. Así demostró el Doctor Griffayala que en época de Jesucristo al fútbol jugaban doce hasta que, precisamente tras esa cena y los acontecimientos que la siguieron, los equipos pasaron a estar definitivamente compuestos por once jugadores. El décimo segundo fue eliminado de las alineaciones por vergüenza, en memoria del infame hecho, de la vil traición que tuvo lugar esa noche. Porque, como se encargó de demostrar el Doctor Griffayala entre los vítores de sus compañeros de profesión y la mirada iracunda y vencida del pérfido arqueólogo enano, no había lugar a dudas: durante la Última Cena se descubrió que Judas, el traidor, Hugo según escritos apócrifos, había fichado, por la mezquina cantidad de 30 monedas por el otro equipo grande de Jerusalén.

Los disturbios y altercados que siguieron a esta noticia ya los conocen Vds.
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- A ver, que levante el dedo el que sepa dónde jugó ayer el Atleti. Bien, a ver, usted, el del jersey de ochos
- En el Infierno Griego
- Salga de clase ahora mismo. Y suspendido además.
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Llegó el Atleti muy bien peinado a Grecia y, emulando a Pepe Trueno, se sacó los cuellos de la camisa de la americana, se repasó el tupé y dijo a la concurrencia: mira bien cómo me muevo, mira qué bonito ando. Al no recordar la letra del todo y no encontrarla en google, también dijo el Atleti algunas verdades de la misma canción, aunque de forma inconexa: dar primero es dar dos veces, dar segundo es no dar ná; ir primero es importante, pero hay que saber llegar. Y, ya desafiando al rival, dijo aquello de envidia que tú no puedes, mira qué bonito ando. Un par de horas después el Atleti miraba sus zapatos de bailar y examinaba si había alguna piedra dentro.

Salió el Atleti a un campo lleno de papelitos y con unas gradas de esas que asustan hasta por la televisión, con una alineación rara y con cara de venir a cumplir con el expediente, recoger la ropa limpia e irse a tomarse un café. El Atleti salió con aires de Arturo Fernández y muchos centrocampistas, cinco para ser exactos: Camacho y Raúl más cerca de la defensa, Fran Mérida por la derecha, Simao por la izquierda y Tiago en el centro. Salió también con Forlán solito en punta y con cuatro defensas: los dos titulares en el centro, Valera en la derecha y Antonio López en la izquierda. Es decir, salió el Atleti con algunos titulares y algunos suplentes y cuasi titulares, cosas normales a principio de temporada y algo lógico cuando el Atleti tiene dentro de tres días un partido importantísimo y otro casi tan importante dentro de seis, algo normal cuando uno sale como campeón de una competición cuyos compases iniciales mezclan en fase de grupos equipos fáciles con otros menos fáciles. Salió el Atleti con un equipo que debería haber empatado como mínimo y perdió, se llevó un gol y se pudo llevar al menos otro. También pudo marcar alguno, es cierto, pero la sensación que dejó se resume en una palabra: duda.

Dudas dejaron algunos de los jugadores llamados a reforzar un equipo que el año pasado empezó a funcionar y que ha empezado la liga con más autoridad de la esperada. Entre las dudas leves entra la duda de Tiago. Tiago, que jugó primero en un centro del campo superpoblado y luego compartiendo doble pivote, el puesto en el que el año pasado brilló a veces y cumplió otras. Pero Tiago jugó lento, sin sitio y sin participación en el primer tiempo cuando se agolpaban centrocampistas, y jugó sin sustancia y sin presencia en el segundo, cuando el equipo volvió a su dibujo habitual, con dos puntas. Tiago jugó andando, no encontró el sitio, no se sintió cómodo y dejó dudas sobre su forma física, sobre su momento puntual y sobre su verdadero peso en el equipo, que parece haber perdido en parte tras unas pocas ausencias. Si bien Tiago cuenta con crédito y la convicción general de que es un buen jugador de plantilla que mejora lo que había y que, si juega bien, puede tener una participación más que interesante, también ha hecho a más de uno levantar la ceja, preguntarse si no debería estar a un mayor nivel físico ya o si el año pasado dio más de sí por ser año de Mundial. Ayer Tiago dejó dudas pero cuenta al menos con un saco de certezas que echarnos a la cara por ahora.

Más dudas dejó Camacho, o menos, según se mire. A Camacho todos le deseamos lo mejor por ser joven, venir de la cantera (si bien no desde alevines, oiga), ser aguerrido e internacional en las categorías inferiores. Camacho, además, ha hecho buenos partidos en el pasado incluso cuando llegaba al equipo como caído de un quinto piso, sin continuidad, como parche en partidos importantes y de nivel en los que cumplía con más nota de la que lo haría un veterano. Pero Camacho, ayer, arrojó luz sobre sus propias ausencias y dejó montones de dudas sobre su futuro. Ni estuvo en su sitio ni permitió a los jugadores que le rodeaban estarlo. Acelerado a ratos, lento otros, pegón en mal momento, algo ausente, Camacho bajó repentinamente ayer varios puestos en el ranking de jugadores de cantera que llaman a la puerta para pedir una oportunidad en serio. Camacho, si quiere recuperar crédito, deberá emplearse más y con más cabeza, ganar galones y calma, transmitir saber hacer y completar buenos partidos. Ayer, aunque quizás sea pronto para decirlo, quedó muy lejos de todo ello.

Dudas dejó también Fran Mérida, un jugador al que muchos esperamos con especial cariño, receptivos a lo que haga, mirando con un cristal indulgente sus actuaciones. De Fran Mérida nos gusta que sea del Atleti, que haya querido venir, que haya pasado por escuelas de prestigio como la Masía y el Arsenal y aún así prefiera jugar con nosotros. Le presuponemos clase y base por haber pasado por donde ha pasado, y cuenta con un cierto prestigio por haber sido fijo en selecciones de categorías inferiores. Le presuponemos toque de porcelana y talento natural, y esperamos que sea el jugador que aporte luz cuando haya apagón general en el resto, algo común en el Atleti. Y, con todo eso, ayer ná. Pegado en la banda derecha, no tuvimos noticias de él durante el partido, ni buenas ni malas. No aportó nada al juego, quizás lo bueno es que tampoco aportara fallos garrafales. Insustancial y gris, a más de uno le hizo pensar en otro jugador que tampoco es de brega ni de suficiente toque, ni de punta ni de banda sino de posición natural, un jugador que no nombraremos por no mentar a la bicha. Eso sí, Fran Mérida deberá despejar dudas si no quiere pasar a la lista de promesa en espera, esa lista tan larga en el fútbol español.

Dudas deja también Filipe Luis y sus continuas ausencias. Filipe Luis, un fichaje caro y recién salido de una lesión, es quizás el más ilusionante de la temporada y el que menos hemos visto. Filipe Luis, a quien la mayoría llamamos Luis Filipe por que nos es más sencillo, está llamado a ocupar toda la banda izquierda del Atleti y por ahora sólo ocupa una silla en el banquillo, que es algo que otros también podemos hacer bien. No sabemos si es que no está físicamente bien, no sabemos si es que le falta ritmo o confianza, no sabemos si es que Quique es de naturaleza reservona y cauta y por eso no quiere arriesgar, pero el caso es que donde debería estar Filipe Luis hemos visto a Domínguez y Antonio López y no a Filipe Luis, y ya uno empieza a dudar de todo.

Dudas volvió a dejar Diego Costa. Salió en el segundo tiempo por Raúl García, el centrocampista más entonado, para que el equipo jugase con dos puntas y, entendemos, para que Raúl descansara en espera de la paliza de correr que deberá sin duda darse el domingo. Salió Diego Costa y nos quedamos un poco igual. Tuvo tiempo para mostrarse, tuvo ocasiones para marcar y tuvo la puntería averiada. Tuvo un remate clarísimo de cabeza que echó alto, un remate más forzado con el pie, quizás alguna otra ocasión. No resolvió, que es algo admisible en alguien que resuelve normalmente, preocupante en Diego Costa. Diego Costa pudo marcar y despejar alguna duda, y en vez de eso despejó algún balón alto y se cubrió de más dudas, ya de paso.

Menos dudas y más confirmaciones dejó Valera. Valera dejó claro que no hay dudas sobre que no es un recambio de garantías para el lateral derecho, que su banda es un vergel para los delanteros rivales y que, por más esfuerzo que le ponga, por más que salvara un gol cantado con el pecho, por más que mirase una de sus botas tras caerse, como si la culpa fuera de quien se las ató sin lazada doble, razón por la que se pisó un cordón, no transmite más que miedo cuando sale de titular. Estaba claro que no había lateral derecho de garantías si Ujfalusi falta, ahora ya no hay duda alguna.

Tanta duda hubo que De Gea dudó en un balón despejado y casi nos marcan y hasta Domínguez dudó en el gol del Aris y no llegó a tiempo. Dudaron Forlán y Simao sobre si seguir corriendo o dejarlo y reservarse para el Barça, dudó Reyes si sonreir como él es costumbre o estudiar física cuántica. Dudó Quique y cambió de sistema al medio tiempo, dudó la afición entre quinto y tercio, dudó hasta el apuntador tras el partido de ayer. Dudaron los señores que cenaban si pedir carne o pescado, dudaron sus señoras esposas entre blanco y rosado y tanto dudó el personal que la propia autoridad dudó si declarar el día de ayer Día Mundial Cartesiano.

Deberían también dudar los que creen que el Atleti es candidato al título sin despeinarse, los que opinan que corriendo la mitad ganaremos el doble, los que sacan más pecho del que corresponde y los que hacen burla a los barcelonistas antes del partido del domingo. Más le vale al equipo hacer examen de conciencia sobre lo visto ayer en Tesalónica; de lo contrario, el derrape jónico, dórico o corintio, que ya dudamos, se puede convertir en más frecuente de lo que pensamos.

domingo, 23 de marzo de 2008

Las cosas del Atleti, las cosas del fútbol

Hay días en los que uno está especialmente pesado y con ganas de decir cosas, y si esto le pasa a Carlos Fuentes, ya de por sí dado a dar la tabarra escrita, es peligrosísimo. Hoy, a falta de un texto plúmbeo, dos. Uno, sobre el partido; otro, sobre los Atleti-Sevilla.


Crónica de un buen partido (y no sólo de un buen rato)

Se lamentaba hace poco el que suscribe de no haber visto un buen partido entero del Atleti, y ayer lo vió. Hubo altibajos, hubo un momento en el las cosas pudieron torcerse y hubo una ayuda que vino de Italia y que facilitó las cosas cuando el Sevilla se venía arriba. Pero, en general, el partido que jugó el Atleti fue bueno, su actitud fue buena y algunos jugadores jugaron bien. El Atleti jugó su partido más serio del año en un momento muy oportuno ante un rival muy potente, quizás cuando muchos pensábamos que lo normal hubiera sido lo contrario. Las cosas del Atleti, ya lo saben Vds.

Salió el Atleti en Sevilla contra una afición especialmente motivada para poner a los nuestros como un trapo, contra un equipo que venía lanzado y dando señales de que había vuelto a su reciente y espectacular momento de forma y juego y contra una estadística muy negativa de esas que tanto gustan a los diarios deportivos. Salió el Atleti al campo oliendo a duda y a veremos hoy qué pasa y a no sé yo. Volvió al vestuario noventa minutos más tarde oliendo a alivio y a orgullo y a sudor, oliendo a equipo de fútbol que había hecho lo que debía y lo había hecho bien y tenía motivos para estar satisfecho. Como la afición, como nosotros, quizás hoy más contentos de lo que pensábamos gracias a la imagen dada por un equipo que pareció un buen equipo.

Salió el Atleti y salió de inicio hacia delante, como en Zaragoza, como en Barcelona. El Sevilla quizás no esperara encontrarse con un equipo confiado en sí mismo y dispuesto a imponer su ritmo. Y dudó. Dudó sobre todo Alves, quizás tipo más peligroso de las bandas derechas de la liga, y lo hizo porque se encontró con Simao, un tipo ligero que aumenta su peso en el equipo según avanza la temporada. Empezó Simao reclamando protagonismo y así lo entendió el equipo, que volcó hacia su lado gran parte del ataque. El Kun miraba a Simao y Forlán buscaba a Simao y hasta Maxi cambiaba el juego hacia Simao. Simao veía con buenos ojos tanta responsabilidad y se entregó con alegría a darle la noche a Alves, algo al alcance de muy pocos. Fue Simao el que puso un balón que Forlán pudo rematar a gol si llega a estirar un poco más la bota y fue Simao también quien metió el pase que luego Maxi, desde segunda línea y con cierta fortuna por dar lo justo en un defensa, convirtió en gol. Marcó Maxi y jugó bien tras un día de descanso y esto alegra especialmente al que suscribe que, como saben, es muy de Maxi aunque ayer no le gustara la forma que tuvo de celebrar el gol mandando callar, y eso que a Maxi no le salen bien las chulerías. Nos gustaría pensar que mandaba callar a un familiar que festejaba el gol con excesiva vehemencia, pero nos tememos que no era así.

Marcó el Atleti más bien pronto y uno, que es un triste, pensaba que a lo mejor el equipo se echaría atrás y esperaría y dejaría la iniciativa al Sevilla, lo que hubiera sido un suicidio. Pero no, oiga, que fue al revés. El Atleti empujó y presionó adelantado al Sevilla, que no entendía qué pasaba. Alves no tenía más remedio que ocuparse de Simao y renunciar al ataque, aún más al no contar con ayuda de Navas, luego lesionado. La defensa atlética presionaba fuerte y arriba (también Pablo, contundente en las anticipaciones, y Perea, últimamente en un momento dulce)

- y Mariano, oiga,
- sí, Mariano también

y el centro del campo del Sevilla no existía. Como lo oyen. Keita y Poulsen, ni más ni menos, dos jugadores como la copa de un pino piñonero, no estaban. Una noticia, miren. ¿Responsables? Raúl García, una vez más un portento haciendo kilómetros y aportando solidez al equipo, y Camacho, claro. Camacho, diecisiete años, segundo partido en primera tras jugar contra el Barça, Camacho, ni más ni menos. A Camacho no le vimos mucho pero vimos mucho a Raúl García, Maxi y Simao, señal de que Camacho lo hacía bien. Vimos mucho menos a los medio centros del Sevilla, señal de que lo hacía muy bien. Cuando le vimos comprobamos que es un chaval con raza y ganas y sentido para estar en su sitio, que nunca perdió. El equipo lo agradeció, Raúl García lo agradeció y también lo agradeció el que suscribe y un montón de tipos que veían el partido por televisión frotándose los ojos por el despliegue del Atleti. No lo agradeció sin embargo Poulsen, desaparecido en combate salvo para pegarle una patada a Raúl García de esas que duelen a la concurrencia y llenan los bares de uys y ays y madre mía qué dolor.

Tras el descanso, marcado por los comentarios sobre la cómica salida por alto de Abbiati, graciosísimo, marcó el Sevilla. Demasiado pronto, demasiado rápido. En mal momento. Además Raúl García no podía continuar, lesionado tras la coz danesa, y en su puesto salía Cléber. Ay Dios mío. Very Cléber y Camacho no parecen una pareja de garantías ante el Sevilla por motivos que Vds entienden sin que yo tenga que explicarlos, pero lo fueron. Siguió bien Camacho, jugó bien Cléber y el Atleti no pasó por los apuros que intuíamos. El Atleti jugaba junto, jugaba como un equipo y no parecía dispuesto a que se le escapara el partido. A ello contribuyó el Kun una vez más, bien marcado toda la noche por Mosquera pero marcando un gol sensacional tras un pase sensacional de Antonio López, enorme toda la noche, algo que también nos alegra especialmente.

Marcó el Kun y Maresca, que acababa de salir por Poulsen, le pegó un cabezazo en la nariz. Anda, miren. La repetición volvió a llenar el bar de lamentos y uys y madremías, y el partido se acabó allí. El Sevilla se quedaba con diez, el partido cambiaba en dos minutos por obra y gracia del pie y la pituitaria del Kun y de la excesiva dureza del Sevilla. Sólo Alves parecía poder cambiar lo que parecía inevitable, Koné salió pero no aportó lo que de él se esperaba, como ocurre toda la temporada. De ahí al final poco que contar. El Atleti controlaba el partido y poco parecía que iba a ocurrir. Sólo una pérdida de balón de Jurado, recién llegado, puso un nudo en la garganta de la hinchada colchonera pero una filigrana de Miguel de las Cuevas pegado a una banda volvió a tranquilizar a la afición.

- Oiga, ¿y de Forlán no habla?
- Respecto a Forlán, me remito a cualquier crónica anterior, que siempre juega bien, el tío.

Final. El Atleti se llevaba el partido más importante de lo que va de temporada y se lo llevaba bien, daba quizás la mejor imagen de la temporada en su actuación más completa de la temporada. Ahora hay que ir a Villarreal, otro equipazo que tiene sorprendentes problemas para llevarse los puntos en casa. Esperemos ver al Atleti de Sevilla aunque, ya los saben, nunca se sabe. Las cosas del Atleti, ya lo saben Vds.


Cosas del fútbol, o de cómo se recibe al Atleti en el Sánchez Pizjuan

Desde hace algunos años, no muchos, el Atleti es recibido en Sevilla con odios demasiado profundos para ser tan recientes, con ansia de ajustar cuentas que a uno le parecen inexistentes, con ánimos revanchistas por afrentas que uno no alcanza a recordar. Llega el Atleti a Sevilla y parece que ha llegado Landrú, o Bin Laden, o Falconetti incluso: los jóvenes lanzan gritos desafiantes, los cronistas aplican el corrector épico a sus escritos caldea-masas, aficionados y directivos hacen declaraciones burlonas con vocación de ser ofensivas y las señoras esconden a los niños en lo más profundo del ropero porque llegan los más malos del mundo, aquellos que nunca dan las gracias ni dejan propina, aquellos que comen pulpo crudo y beben agua del mar. Llega el Atleti, a quien nosotros vemos de forma muy distinta, y la afición rival escupe a su paso sin que sepamos muy bien por qué. Cosas del fútbol, hasta cierto punto.

Uno, que como saben es tonto, se maravilla ante este odio e intenta, sin éxito, encontrar un motivo válido. La afición sevillista parece de naturaleza exagerada y esto a uno no le extraña, quizás por haber pasado en Sevilla más tiempo que en ningún otro sitio aparte de Madrid; quizás por eso mismo uno sabe que el sevillano de pro es de alguien y, por ende contra alguien, así, por definición. La afición sevillista viene de unos años magníficos y posiblemente le queden unos cuantos más en los que disfrutar del juego y éxitos de un gran equipo, pero quizás ha perdido la perspectiva de los hechos y vive cegada por el propio resplandor de su plantilla victoriosa. Huérfana últimamente de rival local a su misma altura por obra y gracia del Sr. Lopera, a quien el sevillismo debe tanto como el madridismo a los Gil, la afición del Sevilla se mira en otros equipos para comparar palmarés y afición y audacia y buscar un rival al que odiar y parece que el Atleti es uno de ellos. Parte de la afición del Atleti ha recogido el guante con poco estilo y se ha dedicado a gritar improperios al Sevilla cada vez que ha aparecido por el Calderón, y así se ha engordado el lío. Cosas del fútbol, puede ser, pero vaya por Dios.

Quizás por lo anterior, una buena parte de la afición sevillista parece confundir fidelidad a su equipo y vehemencia en el ánimo con agresividad y malas formas, y basta con mirar a la grada para ver lo enfadadísimos que están la mayoría nada más salir el Atleti a jugar. Tampoco ayudan algunos de sus jugadores, como Palop, que salta al campo con cara de haber mordido un limón cubierto de sal, ni ayuda recordar la forma en que la grada rojiblanca ha respondido cuando actúa de local. Aún así, en el Pizjuán la grada actúa con una rabia que uno no se explica bien y protesta todo como si fuera evidente que les han robado la herencia y de paso les han desvalijado la nevera. Tiene la grada un enfado tal ya desde el autobus que no es capaz de ver con objetividad un cabezazo en la nariz de un rival o una entrada criminal al tobillo de un visitante, y protesta cada lesión de un jugador del otro equipo con grandes muestras de indignación y aspavientos visibilísimos con los que clamar justicia y pedir sanciones y reclamar prisión sin fianza para el delantero rival que llama al médico. De igual manera piden trabajos forzados y galeras aislamiento en celdas de castigo para el rival cuando es el jugador propio el que rueda por el cesped poniendo cara de infinito dolor y traspaso, por más que trote alegre como un potro cartujano unos minutos despues. Cosas del fútbol también, sí, pero no debería ser así.

El sevillismo, al menos en su versión ciber-extremista (que me consta que no es la única que existe, que quede claro), comparte rasgos con alguna que otra afición del país (también con algunos sectores de la del Atleti, oiga, no me llame Vd parcial que le estoy viendo): desprecia al rival, ensalza sus propias virtudes sin tomar referencias razonables y no admite crítica alguna ni asume ninguna derrota (que no fracaso). Si las cosas no van exactamente como la afición quiere la culpa es siempre de otro: el equipo de uno es siempre mejor, y si pierde ha sido por obra de algún genio maligno que ríase Vd de Descartes. Y, eso sí, en cualquier caso el equipo rival es un desastre: pase lo que pase se airean los trapos sucios del rival con una tendencia al INRI que resulta especialmente chocante en los sevillanos, pueblo al que se le presupone pasión cofrade y por tanto conocimiento profundo de la historia sagrada. Los malos son siempre los otros: los otros, quien quiera que sean, los otros y no los nuestros. Los culpables son los ultras, aquél que una vez dijo algo que no estuvo bien, la prensa de Madrid, la federación, el sistema o el presidente del colegio de aparejadores: siempre hay una razón para el odio, para invocar la injusticia, para rasgarse las vestiduras en público y hablar de sentimiento, y de tragedia, y de injusticia y de hasta la muerte y de esas cosas que Vds ya saben y que aqui no reproducimos por ser este un texto pudoroso. Cosas del fútbol, puede ser, pero qué cruz.

Cree uno que este extremismo sevillista exagerado es cosa de los aficionados nuevos, de aquellos que identifican al Sevilla con los recientes años de éxitos y no han vivido con intensidad el pasado. Puede ser también cosa de esa natural tendencia a la exageración que les lleva a ver un quinto puesto como un motivo suficiente para pedir explicaciones al Altísimo y reclamar justicia a la ONU cuando no es más que algo normal y digno. Los sevillistas más pausados seguramente viven con más flema los malos ratos y se limitan a disfrutar de los buenos momentos sin dar cortes de manga al vecino, que es algo que está feísimo bajo cualquier circustancia. Bien haría la afición sevillista en dar más protagonismo a los segundos, porque la preponderancia de los primeros ha conseguido llevar al Sevilla a los puestos de honor del ranking de equipos que caen como un tiro, así, en general, desde Madrid a Pamplona, de Málaga a la Coruña y hasta en Cádiz, que es un sitio en el que hay que hacer esfuerzos para que a uno le traten mal. Cosas del fútbol, que no de la geografía.

Estas cosas del odio rival, y de nuevo lo digo por experiencia colectiva propia en rojo y el blanco, no están bien ni gustan ni son agradables y muy poco tiene que ver con la envidia, que es la coartada clásica del odiado. No seré yo quien quite culpa a parte de la afición del Atleti de hacer exactamente lo mismo que se describe en este texto tan largo, desde luego. Pero, qué quieren que les diga, ver que esto se generaliza es algo que a uno le apena. Estos odios artificiales resultan pesados e incomodísimos y además nos imposibilitan el básico placer de ir a tomar cañas con las aficiones rivales, que es en gran medida lo que hace bonito esto del furgo aquí, en Sevilla y en Constantinopla. Cosas del fútbol, no me lo negarán.