Pensábamos algunos que el Atleti había entrado definitivamente en esa parte descendente de la curva que cada años describe el equipo y que en Santander se iban a certificar algunos malos presagios. Pero el Atleti y sobre todo algunos jugadores enseñaron eso que antes abundaba y se llamaba casta y ganas de pelear por el equipo y nos dejó pasmados. Qué alegría, oiga.
Jugó el Manchester United un partido sentido y romántico que perdió contra su archi-rival local, pero lo hizo vestido de manera exquisita, con una camiseta de los años cincuenta y un pantalón amplio y preciosas medias negras, confirmando eso de que perder bien vestido es mucho más digno que hacerlo vestido de anuncio. Los aficionados y los jugadores y todo bicho viviente salvo los diseñadores de camisetas de fútbol apreciaron el detalle y agradecieron lo que vieron y compartieron el guiño y el homenaje y el respeto por un equipo entero que se cayó del cielo con avión y todo, vestido así, de forma sencilla y digna y elegante, a su manera, a la suya.
Salió el Manchester United vestido de Manchester United y daba gusto ver esos colores planos y esos cuellos de pico y esas camisetas sin publicidad, atemporales, no sujetas al cambio que cada año imponen las multinacionales del chándal y la cinta del pelo. Y los aficionados jóvenes se dieron cuenta que con que la camiseta sea roja y el pantalón sea blanco y las medias sean negras bastaba para reconocer a los suyos, sin necesitar tantos logotipos y rayitas y canesús de otros colores. Cayeron entonces los aficionados en que basta con que el equipo lleve una discreta camiseta acorde con la historia y el buen gusto para despertar la admiración del mundo entero, y entonces se preguntaron por qué tantísimo cambio, tantísima equipación incompatible con la historia, tantísimo color ridículo en las camisetas de equipos dignos. Esto lo dijeron los aficionados pero no los diseñadores de camisetas, que saben mucho de tejidos y colores primarios y compatibilidad cromática, pero de fútbol y de historia y de gradas y de niños abochornados por ir vestidos de canario flauta no tienen ni idea.
Queremos camisetas de algodón con rayas rojas y blancas, simples, sin ribetes ni puntillas ni bordados ni estampados de arlequín. Queremos pantalones azules lisos, sin marquitas ni triangulitos ni logotipos ni topos, si acaso con un bolsillito para el suelto. Queremos medias rojas con la vuelta blanca, y botas negras sin marca. Queremos segundas equipaciones con las que el equipo no parezca una familia de saltimbanquis. Eso queremos, hombre ya.
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El domingo nos reunimos unos cuantos escépticos en torno a una mesa con el objetivo de comer bien y ver luego al Atleti, todo ello en homenaje a un grande que organizaba estos mismos saraos hasta que una desgracia nos dejó a todos sin él, como les pasó a los del Manchester United. Nos sentamos al solecito y brindamos por lo que había que brindar y comimos de maravilla e hicimos muchos chistes, casi todos malísimos, muchos malos y alguno bueno, en concreto uno. Hablábamos de fútbol los escépticos y aquello rebosaba escepticismo y era tanto el escepticismo que desprendíamos que desparramó por el suelo y resbalaba una barbaridad, y cuando abandonamos la mesa para ir a ver el partido casi se rompe alguno un hueso practicando el escepto-patinaje artístico. Los escépticos somos así, y cuando nos da por ser escépticos, pero lo que se dice escépticos, dejamos el patio hecho un asco.
Así que empezó el partido y el Atleti hacía los honores y nos hacía a los escépticos convencernos de que lo suyo es ser escéptico, que no se puede ser otra cosa, y que el escepticismo también sirve para ver el futuro y que un día como el de ayer, con una comida estupenda y tiempo primaveral y emotivos recuerdos a los grandes (de aquí y de Manchester) el Atleti contribuiría como en él es tradición, es decir, chafando la jornada con una derrota dolorosa en el peor momento posible contra un rival que le pisaba los talones. Achuchaba el Racing durante los primeros minutos y los escépticos protestábamos y decíamos que cómo era posible que con el equipo que sacaba el Atleti nos fuera a hacer un roto el Racing y nos lamentábamos de que tuviera que jugar de lateral derecho un zurdo cerrado. Decíamos también que si los medios centros del Atleti fueran Colsa y Duscher nos consideraríamos el equipo más desgraciado del mundo y esto nos hacía pensar mucho y recordar tiempos muy próximos en los que el Atleti jugaba todo el año con parejas similares. Brotaba el escepticismo de nuevo y salía una señora con un cubo y una fregona y cara de pocos amigos, verás cómo me ponen el suelo de escepticismo estos, verás, con lo que resbala … y además el seguro no nos cubre las lesiones por escepto-resbalón, decía la señora y dejaba a mano el cubo y se iba murmurando entre dientes.
Pasaba un poco de tiempo y el Atleti se estiraba, tímido pero constante, como intuyendo que este Racing no es para tanto. Y no lo era, a fe, que la delantera no era mucha cosa y Garay estaba despistado y los medio centros eran los medio centros del Atleti de otros años, esto es, poco. Enfrente de ellos Raúl García, en su línea, y un disimulado Cléber, que ni se mostró por el lado bueno ni tampoco por el malo en todo el partido. Detrás de ellos, Perea dejando claro que por ahí no iba a pasar nadie en velocidad, Pablo acompañando para secar a los inocentes delanteros santanderinos, los laterales cumpliendo con lo suyo. Delante, Agüero, un ejemplo de cómo darle un capón a un escéptico de entre semana. Agüero forzó la recuperación de su esguince del otro día para jugar en Santander haciendo sesiones dobles de fisioterapia; un ejemplo de lo que es tener ganas de jugar, ganas de no borrarse, ganas de aparecer cuando hace falta. Doblemente asombroso lo de Agüero cuando hablamos de un equipo en el que el tiempo medio de recuperación de un resfriado es mes y medio y el de una uña mal limada, tres meses. Jugó Agüero y lo hizo bien, como siempre, como si nunca hubiera estado lesionado, sin taparse, sin dudar, dejando claro que queriendo se consiguen muchas cosas que normalmente no damos por posibles; eso, o que no anduvo cerca de los servicios médicos del club. Jugó Agüero y a uno le dan ganas de coger por las solapas a ese que dice que Agüero durará en el Club lo que permitan los equipos grandes y hacerle tragar la historia del equipo encuadernada en polipiel, como aquella que nos prometieron, para que vea lo mal que se digiere la historia de un equipo grande cuando no se conoce y se permite uno el lujo de faltarle a la afición, a la historia y al sentido común.
Decíamos pues que el Atleti se estiraba y antes del descanso, pim pam púm, pudo el Atleti marcar. Forlán dos veces, Pernía, Raúl García tiraban a puerta y Coltorti, un suizo de nombre asombroso, paraba todas. Llegaba el descanso y el Atleti había podido marcar tras haberse quitado de encima con solvencia el agobio del Racing, caramba caramba, eso no nos lo esperábamos los escépticos. Algunos intuimos una mirada de desaprobación de un jugador, fijo en la pantalla, directo al ojo de los escépticos. Forlán, le dicen.
Salió el Atleti en el segundo tiempo y salió Forlán por la pantalla, sacando primero un pie y luego otro y, con cuidado de no resbalarse sobre sus botas rojas, se apoyó en la mesa desde la que mirábamos el partido y nos dijo que ya estaba bien de escepticismo, que ya estaba bien de dudar, que un poco de fe, hombres de Dios, y menos escepticismo que estaba el suelo hecho un asco y de lo más resbaladizo, piensen un poco en esa señora que luego le toca fregarlo todo, hombre ya, fíense Vds de nosotros, fíjense Vds en mi, que se van a enterar. Volvió Forlán a la pantalla y se metió de nuevo en el campo y se dedicó a hacer lo que sabe: jugar al fútbol, y jugar bien, y jugar muy muy bien, y correr, y enseñarse, y hacer huecos para los compañeros y crear pesadillas para los defensas y darle alegrías a los aficionados. Jugó de nuevo Forlán un partidazo, su enésimo partidazo desde que llegó al Calderón, y lo más importante para el que suscribe no fueron los dos goles, ni si quiera el golazo del 0-2, ni tampoco el despliegue físico y de garra, ni la motivación extra. Lo más importante fue la inteligencia de casi todas sus acciones, la sensación de concentración total en la victoria, la capacidad de jugar bien tanto delante del portero rival como buscando el balón entre los medio centros o pegado a cualquiera de las bandas. Forlán remata, despeja, centra y se desmarca y lo hace todo con una solvencia tal que da la sensación de que si juega de lateral, o de medio centro, deja en evidencia a más de uno. Forlán metió un golazo y metió dos en total y uno se alegra especialmente de los goles de este tipo que tantos kilómetros hace y tanta generosidad demuestra hacia la grada y los compañeros.
Marcó Forlán dos goles (el primero a pase de Garay, que si lo llega a hacer Pablo le crucificamos) y si está más inspirado aún mete dos más y el Atleti mete otros tantos, que ayer jugó bien el Atleti y, lo que es más llamativo, tiró mucho a puerta y lo hicieron todos, casi todos menos Abbiati y Perea y Pablo, que no llegó a rematar un baloncito de dulce al principio del partido. Tiró Raúl García y tiró Pernía, y Antonio López y Maxi y también Simão y Luis García y el Kun, y hasta Cléber tiró de lejos. Jugó el Atleti más junto, con más ganas, fijándose en ese tipo uruguayo que le hace a uno jugar al 110% gracias a su ejemplo de calidad y entrega y ganas. Y mientras estábamos celebrando la victoria, de camino al túnel de vestuarios, salió Forlán de nuevo de la pantalla, con más decisión que antes, como sabiendo que el suelo ya no resbalaría y se dirigió a nosotros. Y cuando nos esperábamos una bronca por ser hombres de poca fe y por escépticos y agoreros, cuando el que estaba más cerca del recién salido de la tele se agachaba por si se llevaba un capón, cuando nos hacíamos pequeños ante la presencia del que se aparecía ante nosotros con todo el derecho del mundo a decirnos que éramos unos tristes y unos flojos, Forlán pronunció estas palabras:
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“Se ha manchado Vd ahí, oiga. Y de huevo. Échese cebralín, que la mancha de huevo es muy traicionera”
Qué tío, este Forlán, está en todo. Un fenómeno, oiga.
