Simão
Igual que Maxi, ahora se va Simão: por la puerta de atrás, sin que se le dé opción al público para despedirse (a menos que salga en el último partido en casa), sin hacer ruido, dejando en el banco del vestuario un brazalete que antes significaba muchísimo y que últimamente no se sabe bien para qué vale.
Simão llegó al Atleti por una cantidad excesiva, más de veinte millones, con la misión de justificar, junto con Forlán, el supuesto salto de calidad del equipo tras la salida de Torres. Alguno dice que no fueron veinte sino veinticuatro, oiga, que ya se sabe que las cifras de los fichajes bailan, y más en este club en el que Cléber fue comprado por seis un día y por uno otro. Veintipico millones, veinte y moneda que dirían en Buenos Aires, parecen aún hoy muchos por un buen jugador, tan caro como Forlán y casi tan caro como el Kun, pero eso es cosa del Club, el mismo Club que ahora lo deja ir gratis, sin rebañar ni un piquito para pagar el tinte a la mascota o algo, sin más que unas declaraciones del presidente durante una cena con vino, café, copa y puro (sobre todo uno que se ve a su retaguardia) que de nuevo le dejan en un lugar cuanto menos sospechoso.
Simão no era un desconocido cuando llegó, que para eso había estado en el Barça de jovencito y era un fijo de la selección portuguesa, ni más ni menos. Y durante los años que ha estado en el Atleti, que no han sido muchos pero sí los suficientes para ser el capitán de esta plantilla interina, Simão no nos ha defraudado a pesar de haber sido caro. Simão ha sido titular siempre, ha sido una referencia en su banda con todos los entrenadores, ha dado varias lecciones de fútbol, ha metido goles importantes (incluido el 4.000, como sucesor de Marina) y ha jugado bien. Simão, en sus mejores días, era habilísimo, rápido, desbordaba con facilidad y tenía un tiro de media distancia de esos que mejor tener de tu lado que enfrente. En sus días más bajos, no tan bajos como algunos dicen, Simão sigue siendo de los más listos del campo: encara sólo si puede, corre cuando hay que correr, se para cuando hay que parar el ritmo del partido. Protesta al árbitro con cara de tener más galones que él en el campo, pone firme al rival con esa costumbre tan suya de irse hablando con cara de malas pulgas tras el primer encontronazo. Sin estar en su mejor momento físico, Simão cambia de ritmo y se va de jugadores más veloces con el codo en alto, impidiendo que el otro le gane la posición y sin ceder centímetros a pesar de pesar poco, haciendo esas cosas que se aprenden tras muchos partidos siempre y cuando se tenga una cabeza que funcione, cosa que no abunda en el fútbol de hoy en día.
De Simão se ha dicho que en los últimos tiempos se escondía, no ayudaba, iba andando, era un jeta. El que suscribe no es de esta opinión. Quizás no fuera el de hace tres años, es cierto, pero Simão seguía siendo válido, posiblemente mucho más válido que muchos de sus posibles sustitutos. Pero se va Simão, como antes Maxi, de nuevo de sopetón, de nuevo sin poder despedirse en condiciones, esta vez en medio de declaraciones delirantes del presidente del Club. Se va Simão cuando no hay recambio para él y viene en su lugar un tal Elías, un melón por catar proveniente del descansado fútbol brasileño, curiosamente perteneciente a la misma agencia que Simão. Y le echaremos de menos. Echaremos de menos esa forma suya de correr de puntillas, ese aspecto de falso frágil, ese porte de fondista magrebí. Y su forma de leer los partidos, su inteligencia a la hora de participar en el juego, sus gestos de pillo y sus faltas a la escuadra, al alcance de muy pocos. Echaremos de menos su nombre de superhéroe vestido de civil, con la misma inicial para nombre y apellido, y probablemente nos acordemos de él en más de un partido, cuando las cosas vayan mal y haga falta un tipo que entre hasta el pico del área aprovechando la amarilla de su lateral, o que píe tras cada falta para mantener el orden, o cuando nos piten una falta a favor con el partido casi terminado y empate en el marcador, como aquél día tan frío de Copa.
Gracias Simão por los buenos ratos, por las carreras y las lecciones de fútbol, por las pillerías y los goles, por los destellos de inteligencia en partidos soporíferos. Gracias por la calidad y por la astucia. Gracias por todo y suerte.
Quique S. Flores
Últimamente, uno espera ver las alineaciones del Atleti para así analizar qué nueva sorpresa nos prepara Quique Flores, el enjuto aprendiz de inventor que se sienta en el banquillo del Atleti. Primero fue Forlán, después Assunçao y Raúl García, luego Domínguez, el último día Godín. Quique parece disfrutar tomando decisiones poco previsibles, ya saben, esas cosas que tanto gustan a los entrenadores para dejar claro que ellos sí que saben de esto y no Vd, ni Vd, ni Vd, sí, sí, Vd, el de el chaleco de lana y el reloj de cuerda, Vd, deje Vd inmediatamente lo que esté haciendo y escuche esto, oiga.
Quique toma decisiones poniendo ojos llorosos necesitados de colirio en esa cara que tiene a mitad de camino entre el Dr House y Héctor Quiroga, y las suele comentar luego en público con esa solemnidad tan suya, con esos mensajes a medias, esas esdrújulas y esos términos psicoanalíticos que tanto gustan a los que no tienen un mensaje claro que dar. Quique, con sus decisiones en los últimos tiempos, va sembrando una inmensa duda sobre sus capacidades para gestionar la plantilla, precisamente la virtud que todo el mundo le atribuía el año pasado cuando terminó ganando dos títulos que ahora parecen más el resultado de una conjunción astral que del trabajo del entrenador.
Quique, siempre tan solemne y siempre tan abrigado, ha visto como desde el principio de esta temporada se ha ido su jugador-navajasuiza Jurado y un titular indiscutible como Simão, además de posiblemente un joven poco utilizado como Camacho y un veterano que nadie sabe bien qué hace aquí como Juanito. No nos constan quejas amargas hacia la directiva ni plantes por dignidad. No sabemos bien qué hará a partir de ahora, si meterá en el equipo al enigma Elías o si cambiará de sistema, metiendo tres centrocampistas y tres atacantes. Posiblemente no lo haga, dado que es lo que la inmensa mayoría de la afición cree conveniente, más tras la salida de Simão; para eso es él quien sabe de esto, no como Vd, ni Vd, ni Vd, sí, sí, Vd.
Marcel Domingo
No tengo recuerdos de Marcel Domingo. Miento, tengo recuerdos de Marcel Domingo, recuerdos indirectos. Cuando el Atleti llegó a la final de la Recopa contra el Dínamo de Kiev, el que suscribe invirtió todos sus ahorros (todos) para comprar una entrada y un billete de autobús a Lyon en la agencia de viajes de desconcertante nombre "Viajes Valesa", y se fue al partido con un compañero de colegio, días antes de los exámenes finales.
Tras un viaje de veinte horas (o al menos eso parecía, si no más) con parada en Zaragoza y poco más, tras un baño monumental y tres goles en contra frente a un equipo que uno recuerda como de los mejores que ha visto, el viaje de vuelta fue un funeral. Veinte horas de vuelta sin descansar, justo tras el partido y tras una paliza en contra dan para muchas reflexiones y muchas críticas. Las críticas más audibles, y por lo que recuerdo más autorizadas, venían de un tipo sentado junto a nosotros, al otro lado del pasillo del autobús. Unos quince años mayor que nosotros, con loden verde, tendría ya edad de recordar bien el fútbol del Atleti campeón del 70, el de Marcel Domingo. Durante muchas de las horas del viaje nos habló de Marcel Domingo, del contraataque, de su forma moderna de entender el fútbol, del esperar, presionar, robar y salir al galope por las bandas, del Atleti que se le quedó grabado a fuego a aquellos que lo vieron. Desde entonces, y tras leer algunas cosas y escuchar otras, uno tiene a Marcel Domingo entre los grandes de la historia del equipo. El domingo nos sorprendió el anuncio de su muerte, justo antes del minuto de silencio.
Descanse en paz pues uno de los grandes, uno de los que dieron carácter a ese Atleti de leyenda de los 70. Descanse en paz Marcel Domingo.
Ayala
En Buenos Aires, ciudad en la que el que suscribe ha estado recientemente y en la que ha sido testigo el amanecer de una nueva era (coincidiendo éste con el descubrimiento de la cerveza Quilmes negra), no se ven camisetas del Atleti. Hay quien dice que sí se ven muchas en el campo de Independiente, pero el que suscribe, que vivió desde dentro la celebración por la Sudamericana en el obelisco, no vio ninguna. Se ven de otros equipos españoles (casi todas de Messi), de la selección española (pocas, casi todas de Iniesta) y de absolutamente todos los equipos argentinos habidos y por haber, pero no del Atleti.
Uno, que como saben es tonto, habla con todo el mundo y en Buenos Aires, en todas las conversaciones sale el fútbol y, por supuesto, el Atleti. Los porteños, sean del equipo que sean, conocen bien al equipo aún sin llevar su camiseta y hablan del Kun, de Forlán, de Simeone, de Perea, de Coloccini y hasta de Pernía. Pero del que más hablan, por supuesto no los jovencitos, es de Ayala. También de Panadero Díaz, pero sobre todo de Ayala, de Rubén Hugo Ayala Zanabria, de aquél fenómeno de melena y bigote que tanto nos llamaba la atención de chicos, tanto como a él Pereira, del que dijo recientemente que era el mejor jugador que nunca había visto. De Ayala recuerdan su melena, su hambre, su calidad y su vocecita, con la que decía en un anuncio de botas de fútbol de la época "en Europa no se consiguen".
Grande Ayala, grandísimo.
Lopera
Lopera y sus secuaces parece que se han ido del Betis de una vez. Tras vídeos ridículos, una gestión desastrosa y un daño quizás irreparable a un grande, parece que al final se ha ido. Ya era era hora, ya era hora.
En su lugar llega un histórico del club, un lateral de medias caídas que hizo que se nos cayera el alma a los pies cuando fichó por el equipo de Fofito. Pero al fin y al cabo él sí es de la casa y algo más sabrá del Betis, algo más le querrá, menos querrá sacar de él. Enhorabuena a los béticos y la mejor de las suertes, de corazón.
Morente
"Cuando arrancaba, parecía desafinado; pero nunca, jamás lo estaba. Cuando arrancaba uno no sabía por dónde podría seguir, porque tenía una voz prodigiosa que le permitía subir y bajar y volver a subir y cantar en medios tonos sin perder la entonación ni el compás. Una pesadilla para el tocaor que le acompañaba, y a la vez una bendición. Un no saber dónde poner la cejilla, y al mismo tiempo una lección cada vez". Esto me contó de Morente un tocaor aficionado que había compartido juergas con él en el Sacromonte. Me lo contó en Katmandú, que ya da como para escribir una novela, pero esto no es lo importante ahora.
Se ha muerto Morente por una tontería, no hay derecho. No hay derecho a que se muera cierta gente, y menos antes de tiempo. Morente, al que no todo el mundo conoce como debiera ni da el valor que tiene, ha sido un revolucionario de esto, un pionero armado de un conocimiento vastísimo del flamenco y una voz fabulosa de niño seise. Un rompedor, arriesgadísimo y triunfante casi siempre. Los aficionados más inmovilistas le tenían por un hereje, un intelectual chocante que se metía donde no debía; aquellos a los que tocaba una fibra, se convertían en morentistas convencidos; los que le hemos visto en directo, también en fans del personaje. Rompió con todo, como Camarón, desde el conocimiento profundísimo de los palos más clásicos, más antiguos y más perdidos. Más arriesgado aún en los últimos tiempos, tuvo el valor de ser siempre vanguardia, de ir siempre a pecho descubierto y de tomar siempre el riesgo de hacer lo que él creía que debía hacer ya fuera contracorriente o contra el mundo. Un ejemplo.
Al que suscribe no le gusta todo lo que hizo Morente, pero otras cosas le fascinan. La primera vez que escuchó el Omega, comprado sin oír por aquello de ser fan de lo que en ese disco se juntaba, uno recuerda sentarse en un sofá con una ceja levantada y cara de decir "esto va a ser un petardo". Tras oírlo, la expresión era la de aquél que acaba de ser golpeado con un rodaballo de siete kilos en plena cara. Varias audiciones después, el entusiasmo.
Se ha muerto Morente pocos días después que Mario Pacheco, que ya es puntería, y no mucho después de los 30 años de "La leyenda del tiempo"; "Despegando", por cierto, es del 77, como el punk. Se ha muerto Morente y nos hemos quedado con la misma cara que tras escuchar por primera vez el Omega, pero esta vez sin el brillo de los ojos del que ve que tiene algo buenísimo por descubrir. Esta vez no, esta vez nos hemos quedado callados y nos hemos acordado de eso de que el mundo da muchas vueltas y ayer se cayó una torre. Se nos ha caído una torre enorme, se nos ha muerto Morente. Descanse en Paz.
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martes, 14 de diciembre de 2010
martes, 4 de diciembre de 2007
Otro Betis, otro fútbol (debería ser posible)
Se preguntarán Vds qué hace un atlético reconocido como el que suscribe hablando del Betis. Pues bien, lo hace por dos motivos: primero porque el Atleti jugó el domingo contra el Betis, equipo por el que siempre ha tenido simpatía (últimamente menos, como todos); segundo, porque la afición del Betis se encuentra inmersa en una batalla similar a la que se ha venido librando estos últimos años en otros equipos, entre otros el mío. Vamos, que esto es un artículo sobre fútbol de hoy en general, no sólo sobre un equipo.
El Betis va mal desde hace años, y desde hace años es propiedad de un señor curioso, Don Manuel Lopera. Lopera llegó al Betis con aire de mesías; y esto, fíjense Vds, nos suena a los del Atleti. Al principio nos parecía un tipo curioso, especial, distinto, gracioso. Decía cosas que uno no sabía si achacar a un genio fuera de lo común, a una excentricidad excesiva o a un desarreglo psicológico. Lopera era un tipo extraño con voz aflautada y verbo chocante que rezaba en la basílica de la plaza de San Lorenzo antes de hacer un fichaje, que parecía disponer de una fortuna ilimitada con la que sacar del pozo al club de sus amores y que disponía de un talento infrecuente y asombroso: peinarse con tupé a pesar de tener sólo tres pelos.
A Lopera todos, también los béticos, le reímos las gracias en su debut. Al principio comentábamos con asombro esa historia suya de un aficionado bético que iba al fútbol con las cenizas de su difunto padre metidas en un bote de melocotón en durse. Encontrábamos un filón en ese despacho con azulejos que parece una heladería. Nos mandábamos por mail el link a la página de Youtube en la que aparecía el vídeo ese del teatrillo en el que se representaba la salvación del Betis gracias a Lopera: la directiva bética removía Roma con Santiago para conseguir dinero sin éxito, hasta que llegaba Don Manué y ordenaba hacer una transferencia por un dineral y, para ello, mandaba al personal de la sucursal bancaria que se quedaran hasta que hiciera falta. En ese vídeo asombroso el director de la sucursal, al que Lopera hablaba con tono de general en jefe, se llamaba Gutiérrez. Gutiérrez, pensaría Lopera, es nombre de fiel empleado peinado con raya e incapaz de sumarse a una rebelión, nombre de señor algo gris con la foto de su mujer en la mesa del despacho y rebeca de lana con tres botones. Lopera ordenaba a Gutiérrez no moverse de la silla y gracias a Lopera y a la parálisis temporal de Gutiérrez, el Betis se salvaba.
Lopera se mostró ante los suyos como un salvador, hablaba de amor por el club y de esfuerzo sobrehumano para hacer felices a sus compañeros de grada; pero algunos no se fiaban y vieron cosas raras y pusieron en cuarentena todos esos discursos triunfalistas y casi religiosos. Y eso a pesar de que el Betis obtuvo algunos de los mejores resultados de su historia, ganó una Copa del Rey y se metió en Champions. Estos éxitos sirvieron para que Lopera beatificara su propia forma de llevar el club, para que se creciera y despreciara toda voz discordante. Y todo esto, fíjense qué cosas, también nos suena a los del Atleti que vivimos el Doblete, éxito y problema en uno, qué cosas.
Pero Lopera, tras un inicio simpático y hasta algo exitoso, perdió la chispa. Eso, o que la gente le empezó a calar, empezó a verse el plumero de un propietario de club que hacía y deshacía con el patrimonio de muchos como si fuera el cortijo propio. A ver, Vd, listo, que esto lo he pagado yo, esto es mío. Mío, así lo dice el registro, Gutiérrez, venga Vd con el libro del registro, mire, listo, aquí lo pone, deje el libro ahí, Gutiérrez, y quítele el polvo y péinese, Gutiérrez, hombre. Lopera anunció cosas de difícil cumplimiento. Lopera le puso su nombre al campo y prometió un estadio monumental que aún no se ha hecho. Lopera tuvo problemas con la justicia y con la oposición del club, con el otro club de su ciudad y con casi todo el que pasaba por su lado. Todo esto, oiga, nos sigue sonando.
Lopera empezó a hacerse antipático y cansino y pesao y todo ello empezó a coincidir con el mal momento del equipo y, casi peor, con una era triunfal ni más ni menos que para los rivales, para los enemigos, para el Sevilla. Lopera perdió glamour, se quedó muy delgado y se le puso cara de cuadro de Valdés Leal. Su nombre ya no nos recordaba más al de una plaza de París (apóstrofe mediante), sino al de un pueblo de Jaén cercano a Porcuna; la proximidad de estos dos sitios con estos nombres ha dado pie a muchos chascarrillos que no reproducimos por pudor. Pero el caso es que Lopera perdió el carisma a pesar de hacerse bustos para el palco del estadio y ya no le aguantaba ni Gutiérrez. Lopera, poco a poco, dejó a la vista su verdadera personalidad y los aficionados empezaron a temerse que quizás sería demasiado tarde para dar marcha atrás y evitar el barranco hacia el que Lopera llevaba al club. Y esto, oiga, también nos suena a los del Atleti.
La afición del Betis, que durante varias temporadas se tomó a chufla a Lopera y le llamó Don Manué y hacía rimas y vídeos y tenía una fuente interminable de inspiración para chistes y canciones, se hartó. Empezó a protestar en el campo, empezó a dejar claro que estaban hartos de que las cosas no fueran como debieran, de que el Club fuera dirigido como si fuera un cortijo, de que se silenciara a los disidentes, de que sólo participaran en la gestión gutiérreces de turno que comulgaran con ruedas de molino. El público que acudía al estadio gritaba Lopera vete ya, otro Betis es posible, fuera del palco. Animaba al equipo pero gritaba contra el palco, a pesar de que por ello los Gutiérrez les acusaran de anti-béticos; sin embargo, precisamente por béticos gritaban contra el palco, precisamente por béticos animaban al equipo, qué cosas tiene Vd, Gutiérrez. Lopera, sensible a las críticas que se suceden en el estadio desde hace tiempo, ha dicho ahora que cuando el Betis esté salvado se irá. También nos suenan estas promesas, también, aunque no nos suenan tanto estas protestas masivas, que los Gutiérrez del Atleti se emplearon a fondo para que la grada diera por bueno ese mensaje de fatalismo atlético, de Pupas sin remedio, de la derrota y la medianía rebozada de épica, de pueblo elegido para ir de cabeza al abismo, los lemmings de la capital.
La prensa, al contrario que en otros casos, se ha hecho eco de las protestas y las propuestas y ha hecho apuestas apoyando en cierto modo a los opositores. Lo mismo ocurrió con Piterman y en algún otro caso (no así en el caso del Atleti, en el que la oposición no ha gozado de apoyo por parte de los medios). Este trato dispar llama la atención por tratarse de casos similares: inversores que se hacen con la mayoría de acciones de un club con el único objetivo de favorecer sus intereses, incluso pasando por encima del bien de los socios, de los aficionados, de los que hicieron del club lo que es. Sobre el tratamiento que los medios han dado a unos y otros habría mucho que hablar, pero eso en otro artículo, que este es sobre el Betis, oiga.
Que los aficionados estén descontentos con la gestión de una directiva no es algo nuevo, que pañoladas las ha habido desde los tiempos de maricastaña. Que al fútbol hayan llegado ciertos personajes a hacer dinero y contacto tampoco, no nos vamos a engañar. Pero los grados a los que está llegando la mercantilización del fútbol, que antepone los intereses comerciales de clubes (y sus propietarios, que ya no son clubes sino simples sociedades anónimas, como las empresas de cosméticos o las tabaqueras) a cualquier interés del socio, es un fenómeno más reciente. Los partidos se juegan a la hora que las televisiones dicen, sin importar si conviene o no a los espectadores (ante la escasez de partidos a las 17.00 cada vez es más raro ver niños en el Calderón). Los jugadores se compran y venden rápidamente, las cláusulas de rescisión indican claramente si hay o no intención de traspasar al jugador independientemente de que sea necesario para el proyecto deportivo, o un jugador contrastado, o el ídolo de la grada y estandarte de la afición. Cada vez es más complicado que jugadores emblemáticos permanezcan durante un buen número de años en los equipos que les vieron nacer o con los que se sienten identificados, cada vez es más común que los clubes tengan empleados dedicados a encontrar perlas en canteras ajenas para comprar y revender.
El fútbol y sus clubes resisten cada vez con más dificultad las comparaciones con deportes en los que aún queda el espíritu de los inicios, los valores que los impulsaron. Los clubes ya no son asociaciones de ciudadanos que ocupan sus ratos libres en medirse con otros en disputas amistosas, son enormes fábricas de contactos e intereses y cheques y milongas. A este paso algún día, como está pasando en el Betis y en el Atleti y hasta en el Manchester United los seguidores, los que inventaron la historia, los nietos de los que fundaron el club con una vocación totalmente distinta a sus misiones de hoy, se hartarán del todo. Y tomarán una decisión y fundarán otros clubes y saldrán del circo dando un portazo y a ver entonces qué hacen los Loperas, los Gutiérrez y los que sigan haciendo balances contables mientras se les escapan los clientes. Y estos últimos, por terminar tan sevillanos como empezamos el artículo, por tirar de Valdés Leal una vez más, se tendrán que aplicar el cuento de aquello de sic transit gloria mundi. Mientras tanto, el resto estaremos en un parque viendo jugar a nuestro club a la hora que mejor nos venga a todos.
El Betis va mal desde hace años, y desde hace años es propiedad de un señor curioso, Don Manuel Lopera. Lopera llegó al Betis con aire de mesías; y esto, fíjense Vds, nos suena a los del Atleti. Al principio nos parecía un tipo curioso, especial, distinto, gracioso. Decía cosas que uno no sabía si achacar a un genio fuera de lo común, a una excentricidad excesiva o a un desarreglo psicológico. Lopera era un tipo extraño con voz aflautada y verbo chocante que rezaba en la basílica de la plaza de San Lorenzo antes de hacer un fichaje, que parecía disponer de una fortuna ilimitada con la que sacar del pozo al club de sus amores y que disponía de un talento infrecuente y asombroso: peinarse con tupé a pesar de tener sólo tres pelos.
A Lopera todos, también los béticos, le reímos las gracias en su debut. Al principio comentábamos con asombro esa historia suya de un aficionado bético que iba al fútbol con las cenizas de su difunto padre metidas en un bote de melocotón en durse. Encontrábamos un filón en ese despacho con azulejos que parece una heladería. Nos mandábamos por mail el link a la página de Youtube en la que aparecía el vídeo ese del teatrillo en el que se representaba la salvación del Betis gracias a Lopera: la directiva bética removía Roma con Santiago para conseguir dinero sin éxito, hasta que llegaba Don Manué y ordenaba hacer una transferencia por un dineral y, para ello, mandaba al personal de la sucursal bancaria que se quedaran hasta que hiciera falta. En ese vídeo asombroso el director de la sucursal, al que Lopera hablaba con tono de general en jefe, se llamaba Gutiérrez. Gutiérrez, pensaría Lopera, es nombre de fiel empleado peinado con raya e incapaz de sumarse a una rebelión, nombre de señor algo gris con la foto de su mujer en la mesa del despacho y rebeca de lana con tres botones. Lopera ordenaba a Gutiérrez no moverse de la silla y gracias a Lopera y a la parálisis temporal de Gutiérrez, el Betis se salvaba.
Lopera se mostró ante los suyos como un salvador, hablaba de amor por el club y de esfuerzo sobrehumano para hacer felices a sus compañeros de grada; pero algunos no se fiaban y vieron cosas raras y pusieron en cuarentena todos esos discursos triunfalistas y casi religiosos. Y eso a pesar de que el Betis obtuvo algunos de los mejores resultados de su historia, ganó una Copa del Rey y se metió en Champions. Estos éxitos sirvieron para que Lopera beatificara su propia forma de llevar el club, para que se creciera y despreciara toda voz discordante. Y todo esto, fíjense qué cosas, también nos suena a los del Atleti que vivimos el Doblete, éxito y problema en uno, qué cosas.
Pero Lopera, tras un inicio simpático y hasta algo exitoso, perdió la chispa. Eso, o que la gente le empezó a calar, empezó a verse el plumero de un propietario de club que hacía y deshacía con el patrimonio de muchos como si fuera el cortijo propio. A ver, Vd, listo, que esto lo he pagado yo, esto es mío. Mío, así lo dice el registro, Gutiérrez, venga Vd con el libro del registro, mire, listo, aquí lo pone, deje el libro ahí, Gutiérrez, y quítele el polvo y péinese, Gutiérrez, hombre. Lopera anunció cosas de difícil cumplimiento. Lopera le puso su nombre al campo y prometió un estadio monumental que aún no se ha hecho. Lopera tuvo problemas con la justicia y con la oposición del club, con el otro club de su ciudad y con casi todo el que pasaba por su lado. Todo esto, oiga, nos sigue sonando.
Lopera empezó a hacerse antipático y cansino y pesao y todo ello empezó a coincidir con el mal momento del equipo y, casi peor, con una era triunfal ni más ni menos que para los rivales, para los enemigos, para el Sevilla. Lopera perdió glamour, se quedó muy delgado y se le puso cara de cuadro de Valdés Leal. Su nombre ya no nos recordaba más al de una plaza de París (apóstrofe mediante), sino al de un pueblo de Jaén cercano a Porcuna; la proximidad de estos dos sitios con estos nombres ha dado pie a muchos chascarrillos que no reproducimos por pudor. Pero el caso es que Lopera perdió el carisma a pesar de hacerse bustos para el palco del estadio y ya no le aguantaba ni Gutiérrez. Lopera, poco a poco, dejó a la vista su verdadera personalidad y los aficionados empezaron a temerse que quizás sería demasiado tarde para dar marcha atrás y evitar el barranco hacia el que Lopera llevaba al club. Y esto, oiga, también nos suena a los del Atleti.
La afición del Betis, que durante varias temporadas se tomó a chufla a Lopera y le llamó Don Manué y hacía rimas y vídeos y tenía una fuente interminable de inspiración para chistes y canciones, se hartó. Empezó a protestar en el campo, empezó a dejar claro que estaban hartos de que las cosas no fueran como debieran, de que el Club fuera dirigido como si fuera un cortijo, de que se silenciara a los disidentes, de que sólo participaran en la gestión gutiérreces de turno que comulgaran con ruedas de molino. El público que acudía al estadio gritaba Lopera vete ya, otro Betis es posible, fuera del palco. Animaba al equipo pero gritaba contra el palco, a pesar de que por ello los Gutiérrez les acusaran de anti-béticos; sin embargo, precisamente por béticos gritaban contra el palco, precisamente por béticos animaban al equipo, qué cosas tiene Vd, Gutiérrez. Lopera, sensible a las críticas que se suceden en el estadio desde hace tiempo, ha dicho ahora que cuando el Betis esté salvado se irá. También nos suenan estas promesas, también, aunque no nos suenan tanto estas protestas masivas, que los Gutiérrez del Atleti se emplearon a fondo para que la grada diera por bueno ese mensaje de fatalismo atlético, de Pupas sin remedio, de la derrota y la medianía rebozada de épica, de pueblo elegido para ir de cabeza al abismo, los lemmings de la capital.
La prensa, al contrario que en otros casos, se ha hecho eco de las protestas y las propuestas y ha hecho apuestas apoyando en cierto modo a los opositores. Lo mismo ocurrió con Piterman y en algún otro caso (no así en el caso del Atleti, en el que la oposición no ha gozado de apoyo por parte de los medios). Este trato dispar llama la atención por tratarse de casos similares: inversores que se hacen con la mayoría de acciones de un club con el único objetivo de favorecer sus intereses, incluso pasando por encima del bien de los socios, de los aficionados, de los que hicieron del club lo que es. Sobre el tratamiento que los medios han dado a unos y otros habría mucho que hablar, pero eso en otro artículo, que este es sobre el Betis, oiga.
Que los aficionados estén descontentos con la gestión de una directiva no es algo nuevo, que pañoladas las ha habido desde los tiempos de maricastaña. Que al fútbol hayan llegado ciertos personajes a hacer dinero y contacto tampoco, no nos vamos a engañar. Pero los grados a los que está llegando la mercantilización del fútbol, que antepone los intereses comerciales de clubes (y sus propietarios, que ya no son clubes sino simples sociedades anónimas, como las empresas de cosméticos o las tabaqueras) a cualquier interés del socio, es un fenómeno más reciente. Los partidos se juegan a la hora que las televisiones dicen, sin importar si conviene o no a los espectadores (ante la escasez de partidos a las 17.00 cada vez es más raro ver niños en el Calderón). Los jugadores se compran y venden rápidamente, las cláusulas de rescisión indican claramente si hay o no intención de traspasar al jugador independientemente de que sea necesario para el proyecto deportivo, o un jugador contrastado, o el ídolo de la grada y estandarte de la afición. Cada vez es más complicado que jugadores emblemáticos permanezcan durante un buen número de años en los equipos que les vieron nacer o con los que se sienten identificados, cada vez es más común que los clubes tengan empleados dedicados a encontrar perlas en canteras ajenas para comprar y revender.
El fútbol y sus clubes resisten cada vez con más dificultad las comparaciones con deportes en los que aún queda el espíritu de los inicios, los valores que los impulsaron. Los clubes ya no son asociaciones de ciudadanos que ocupan sus ratos libres en medirse con otros en disputas amistosas, son enormes fábricas de contactos e intereses y cheques y milongas. A este paso algún día, como está pasando en el Betis y en el Atleti y hasta en el Manchester United los seguidores, los que inventaron la historia, los nietos de los que fundaron el club con una vocación totalmente distinta a sus misiones de hoy, se hartarán del todo. Y tomarán una decisión y fundarán otros clubes y saldrán del circo dando un portazo y a ver entonces qué hacen los Loperas, los Gutiérrez y los que sigan haciendo balances contables mientras se les escapan los clientes. Y estos últimos, por terminar tan sevillanos como empezamos el artículo, por tirar de Valdés Leal una vez más, se tendrán que aplicar el cuento de aquello de sic transit gloria mundi. Mientras tanto, el resto estaremos en un parque viendo jugar a nuestro club a la hora que mejor nos venga a todos.
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