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domingo, 26 de abril de 2015

Cosas de críos




El  miércoles pasado, cuando el Atleti era eliminado de la Champions por el tercer equipo de la capital (tras el Atleti B), una nube negra se posó sobre la ciudad, nublando la vista y ocultando el paisaje, oscureciendo la luz de las farolas y llenando de hollín las hojas de los árboles.

Científicos desplazados a la ciudad tomaron muestras del desagradable polvo en suspensión y analizaron su contenido en laboratorios y universidades utilizando potentes microscopios, programas informáticos de última generación, tecnología molecular patentada por la NASA y grandes gafas de culo de vaso. Tras hacer reaccionar las muestras con compuestos químicos que pudieran dar una pista de su composición y hacer reposar precipitados y mejunjes en probetas y vasos de nocilla, las conclusiones de la investigación fueron viendo la luz en las horas siguientes.

-        Ya lo tenemos, Profesor
-        Pues dígalo ya, oiga, que es Vd muy pesado
-        Hombre, tampoco se ponga Vd así.

Lo que los científicos miopes con bata blanca de laboratorio y muchos bolígrafos en el bolsillo superior de la misma habían encontrado no tenía precedente, pero no resultó del todo soprendente para muchos de ellos. El polvo negro en suspensión que irritaba gargantas y ennegrecía futuros, el hollín que amargaba momentos y llevaba a los amargos a arrastrar a otros en su vorágine fatalista y catastrofista estaba compuesto de diferentes tipos de malos humos.

Entre los compuestos presentes en el vapor flotante los científicos descubrieron un gran volumen de gas sabihondo, el residuo que produce el ego cuando actúa enjuiciando con petulancia las obras de los que saben más que uno. La repetición excesiva de la frase “se ha equivocado Simeone” produjo además una acumulación de polvo de rencor, extracto de bilis y otros sólidos en suspensión que producen ceguera temporal, alteración en la percepción de la realidad y cara de tonto. Entre estos humores pestilentes había también acumulaciones peligrosas de deseo de revancha, vapor de envidia, extracto de ajuste de cuentas, arrogancia en partículas, miedo a la burla en la oficina, resignación ante la necesidad de tragarse las palabras propias pronunciadas en un momento temerario ante vecinos que profesan religión con despertador en el pecho, rabia por no ser uno entrenador de fútbol diplomado sino simple oficinista, esencia de persona pequeña, fiebre por querer ser popular en las redes sociales, mezquindad en polvo y zumo de prepotencia. Todas estas miasmas provenían, cosa curiosa, de las campanas extractoras de domicilios de ambos signos en los que se había visto el partido de Champions.

Sobre todo, los químicos detectaron enormes cantidades de falta de respeto condensado en pequeñas gotas, que una vez inhaladas o tocadas eran causantes del delirio con el que se expresan estos días propios y extraños que quieren convertir un partido de fútbol perdido (y bien perdido) en el fin de una época que aún no ha acabado, en una mancha en el historial gigante de un equipo que seguirá aplastando tópicos unos cuantos años más y que, si no lo hace, pues tampoco pasa nada. Las autoridades aconsejan huir a toda costa del contacto con este fluido por producir alteraciones de humor, deudas futuras a costa de las opiniones disparatadas vertidas en el presente y serias consecuencias para una vida social sana.

En medio de esta nube tóxica amaneció al ciudad el jueves, con adultos amargados incluso ante la perspectiva de revancha inmediata en la oficina, y niños medio dormidos. Muchos de esos niños, que no pudieron ver el final del partido como en aquél cuento de Sacheri, se levantaron con sueño, se fueron a la cocina, se sentaron en una silla y esperaron al colacao. ¿Cómo quedamos?, preguntaron, y sus padres les dieron la mala noticia. Tragaron leche, masticaron sin ganas los cereales, se bajaron de la silla y se fueron a su cuarto. A los dos minutos, volvieron.

-        Papá, ¿Puedo ir hoy con la camiseta del Atleti al cole?
-        Pues claro

La presencia masiva de niños con camisetas, mochilas y anoraks del Atleti en las estaciones de autobús a la mañana siguiente del sofocón fue poco a poco diluyendo la nube negra y radiactiva que sus padres  y los padres de sus rivales en el colegio habían generado con su idiocia el día anterior. Sabiendo que iban a pasar un día duro, muchos niños de los que no se atreven a dar lecciones de táctica a entrenadores profesionales, que no dudan de la calidad de los jugadores de su equipo porque simplemente son sus ídolos y a los ídolos no se les cuestiona nada, que no saltan a twitter a demostrar al mundo que eso que no funciona ya lo habían advertido ellos hace tres meses en unos treintaidosavos de Copa contra un Segunda B, que no viven el fútbol con la amargura del que se resiste a vivir el momento presente con la felicidad que merece porque ello supondría reconocer que su pomposa opinión sobre tal o cual partido era simplemente errónea, que no entienden la pertenencia a una afición más que como una fuente de alegría e identidad que se forja también – o quizás sobre todo – en los días malos, cogieron la camiseta del Atleti para asombro de adultos refunfuñones y amargos y se fueron directos al avispero, sin saber – o quizás sí – que el chaval que iba a pasar un día duro en el colegio defendiéndose de una multitud burlona iba a volver a casa siendo alguien mejor.

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Un par de días después, en el Calderón, 10.000 de esos niños que dieron lecciones a muchos adultos del Atleti y que debieron hacer sonrojarse (y admirar hasta la envidia) a muchos forofos de equipos rivales estaban en las gradas viendo cómo el equipo de la Intercontinental, el que perdió una final de Copa de Europa en el último minuto sólo para seguir ganando y ganando títulos los años posteriores en la época en la que los adultos malhumorados y revanchistas de hoy eran niños que pedían dormir con la camiseta del Atleti en los días señalados, hacía el saque de  honor en el estadio en el que todos querríamos jugar un partido grande.

La prensa, que nos sigue sorprendiendo muchas veces por su capacidad para no enterarse de nada de lo que ocurre en la grada del equipo cuyas vicisitudes sigue a diario, esperaba un plebiscito, un referéndum, un examen a Simeone. En su lugar se encontró con una grada feliz que hacía la ola, con 10.000 niños cantando y saltando, con un estadio entregado a los que ganaron tantas copas en el pasado y al entrenador que ha llevado a este equipo ya legendario que juega día tras día en el Calderón, con la afición del Atleti dejando claro, una vez más, que aquello que otros verían previsible para nosotros no es sino impensable.

¿Realmente esto sorprende a alguien que sepa lo que pasa en esta grada? ¿Qué mueve a alguien, aparte del deseo de venganza, a incitar un plebiscito en el Calderón en esta situación? ¿Es que alguien del Atleti esperaba otra cosa? ¿Alguien del Atleti habría silbado a unos jugadores que cayeron en el minuto final de unos cuartos de Champions con el mismo estruendo con el que antes se caía en treintaidosavos de Copa contra el Jaén? ¿Alguien del Atleti se siente con la necesidad de afear algo al Cholo y los suyos? ¿Alguien que vaya con frecuencia al Calderón se sentiría bien si eso hubiera pasado? ¿Es que no hay nadie en ciertos medios que entienda lo que pasa en la grada?

Pero, sobre todo … ¿Hay alguien que no sea un niño del Atleti capaz de ir al cole con la camiseta de su equipo el día después de la debacle? 

lunes, 15 de abril de 2013

Y, por fin, el Día del Niño



Queda uno a las 13.30 para tomar vermouth con seltz y unas banderillas de aceituna y anchoas, y se toma dos de cada, que tiene mesa a las 14.30 en una casa de comidas. En la casa de comidas se sienta cada uno en su sitio y se pronuncian al menos dos frases imprescindibles en cualquier comida española. La primera se pronuncia al llegar la carta y tras echarle un vistazo: “¿pedimos unos primeros para compartir y luego cada uno un segundo?”, dice siempre alguien, como si lo hubiera inventado él mismo ahí en ese momento, y no como si fuera lo que se viene haciendo en todo el país desde hace siglos. La segunda se dice cuando llegan los segundos y se tarda un rato entre que lleguen los de unos y otros: “oye, vosotros empezad, que eso frío no vale nada”. “Eso frío no vale nada”, dice el español en todas y cada una de las comidas de su vida y si no lo dice es como si faltase algo, como si faltase el pan o el tenedor, sin eso no hay comida oiga, hagan Vds el favor de comportarse y que alguno diga eso de que eso frío no vale nada que si no esto no es comida ni es nada y así es mejor irse cada uno a su casa, hombre ya. A ver, Vd mismo, el de azul clarito, dígalo Vd, vamos, bien, gracias.

Tras compartir un primero y comerse un segundo y hasta un postre entre tres, se toma uno un café y hay quien se toma un chupito antes de ir al campo. Y se llega al estadio con tiempo pero no mucho, y se sienta uno en la grada abarrotada, llena por una vez de niños y no sólo de señores con cara de que vaya horas son estas de ir al fútbol. La grada con sol y niños, ese espectáculo al que antes estábamos acostumbrados y ahora es un evento excepcional que se vive como mucho una vez al año, es un aliciente suficiente para llenar un campo. Eso sí, a eso no le hacen caso los que fijan los horarios, más interesados en que la televisión esté contenta que en conseguir que el aficionado, que al final es la base de este tinglado, lo pase bien y vea que su dinero tuvo una contrapartida digna.

La grada llena de niños está llena de camisetas del Atleti con nombres de jugadores a peinado cambiado y de jugadores del futuro de nombre aún poco popular. En la grada del domingo en el Calderón uno ve Gabis, Forlanes y quince o veinte Falcaos, pero de estos algunos son rubios y otros llevan trenzas y lazo, unos son morenos de pelo rizado, varios Falcaos tienen coletas y hasta hay uno pelón de puro pequeño. Los Falcaos comparten chucherías y gritos con otros jugadores en cuya camiseta pone Paulita, Mario, Jose Carlos y Manu y unos cuantos más que ya tienen su dorsal y su nombre y todo antes ya de debutar en el primer equipo. Pero, eso sí, aunque Falcaos hay muchos, de los que más hay son Fernandostorres.

Durante el partido los mayores de la grada de lateral se achicharran la frente por el sol primaveral que se asoma al Calderón con las mismas ganas que la hinchada infantil, y los niños beben agua y fanta de naranja y meriendan y son capaces de comerse una bolsa de patatas en dos minutos de reloj con las manos pringadas de sal hasta la muñeca. En el medio tiempo la grada tarda en vaciarse porque el personal sale en tropel para llevar a los niños al baño y buscar la sombrita y el fresco de las galerías interiores del estadio y en los vomitorios se forman unas montoneras que ni San Fermín, oiga. El bar se queda sin existencias por la cola monumental que se forma para encontrar bebida fría, y mientras los padres se afanan por conseguir una lata de refresco, los que pasan por ahí cuidan de los niños ajenos para que no se pierdan. Cuídeme el niño si no le importa, que voy a pedir agua, no se preocupe, oiga, yo me ocupo; con este ya van quince niños a mi cuidado y voy a organizar un partido de balonmano, con ese bajito de árbitro.

El partido acaba y el Atleti, además, ha goleado y entretenido al personal. La gente sale con los niños en brazos o a hombros, ya cansados, camino de casa; pero son las siete y aún hay domingo por delante, da gusto, ahora nos vamos a casa o paramos en esa terraza y tomamos algo mientras hace sol, luego veremos el resumen del partido sobre todo para ver si nos enteramos de cómo fue el tercer gol, que nos pilló en la cola de salida al vomitorio y sólo oímos el grito infantil de media grada, goooool.  Ya de vuelta a casa los niños regatean al paragüero y rematan de cabeza una lámpara de pantalla y cenan a regañadientes porque sólo quieren contar una y otra vez cómo el señor de delante perdió las gafas de un manotazo al celebrar el cuarto gol, cómo un vecino de localidad le regaló una bolsa de pipas, cómo papá tardó diez minutos en traer una fanta y luego no había y sólo pudo traer agua, cómo los guardias de seguridad le ayudaron a pasar el torno y cómo jugó con otros siete niños vestidos del Atleti a que ganaban la final de la Copa del Rey por cinco a cero, todos los goles entre los minutos 85 y 90, todos de cabeza a pase del Cebolla. Y, tras tomarse un yogur y contar por enésima vez cómo Koke pone el pie para pasar el balón, hacen acopio de valor, ponen su mejor cara de niño bueno y piden dormir con la camiseta de Fernando Torres puesta.

Fútbol a horarios normales, con niños en la grada: un placer que antes era normal y del que ahora nos han privado, algo contra lo que no nos quejamos lo suficiente. El Atleti es más Atleti a la hora del café en una grada llena de niños, seguro que más que un domingo a las tantas de la noche, sin tiempo para disfrutarlo luego.
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Salió el Atleti la mar de guapo y bien peinado bajo el solazo de domingo madrileño y fue recibido con un estruendo de sonajeros y pitos de pato de goma, vista la edad media de la grada de ayer. Salió también el Granada vestido de negro y medias de rayas y sorprendió que compareciera únicamente el equipo, cuando parte de la grada esperaba que a los titulares les acompañara un cocinero con gorro y todo al que, puesto en pie, el público agradecería con una ovación estruendosa el fino crujir de los churros de la plaza Bib-Rambla (presidida por Neptuno) y el tacto azucarado que se queda en los dedos cuando se come uno un Pionono de Santa Fe sin cucharilla ni nada. Gracias por todo, reposteros granaínos, gracias.

Salió Courtois disfrazado de pollo, entendemos que como guiño a la infancia, si bien se echó en falta la parte superior del disfraz, esto es, esa capucha de plumas con un pico que queda a la altura de la frente, a modo de visera, del disfrazado. Salió también la defensa tradicional, esto es, Juanfran, Filipe Luis, Godín y Miranda, quien se las vería durante toda la tarde con Aranda en un duelo muy seguido en la provincia de Burgos. Por delante de estos, el capitán Gabi, Koke, que jugaba en el puesto en el que tantos partidos disputó antes de llegar al primer equipo, y más abiertos hacia las bandas – es un decir - Raúl García y el Cebolla. Por delante del resto, y con la tarea plácida de hacer añicos una defensa flojita, Diego Costa, que metió un gol, y Falcao, que metió dos.

Con este equipo salió el Atleti al campo y, a los cuatro minutos, ya ganaba uno a cero. Marcó Diego Costa tras un pase excelente de Koke, que vio en ese lance la forma de convertirse en nuevo ídolo infantil. La cosa se puso tan de cara que se convirtió en un tostón hasta que el Cebolla, en un arranque de esos tan suyos, salió como una bala, condujo el balón, puso un excelente pase adelantado a Diego Costa y éste, que ayer ni se peleó ni escupió ni nada para dar buen ejemplo a los invitados, puso otro pase excelente para que Falcao marcara. El Atleti ganaba dos cero a los 30 minutos gracias a un golazo de contraataque en tarde soleada  y con la grada llena de niños: ante esta reflexión más de uno y de dos se preguntaron si habían viajado atrás en el tiempo, si seguían viviendo en la misma época en la que se despertaron, si no habrían llegado al campo en un DeLorean tras un fogonazo sospechoso.

El Granada, generoso y niñero, colaboró para que la hinchada con coloretes se fuera contenta a casa y no dio una a derechas. Falcao marcó nada más empezar el segundo tiempo, cuando medio estadio estaba aún tomando el fresco dentro de los vomitorios, y lo hizo a pase de Koke. Koke llevaba ya dos pases de gol pero Koke es así, oigan, y puso otro baloncito estupendo para que Raúl García marcara un gol de los tres que pudo haber marcado. Antes le habían anulado uno por fuera de juego justito cual papel de envolver Sugus; luego el portero, vestido de helado de dos bolas, le sacó otro tras un remate fantástico; el rechace, hoy rechazo, le llegó a Raúl y la estampó en un poste.  A uno le hubiera gustado que Raúl, buen jugador de equipo y tipo majo con los chavales de la cantera, hubiera metido tres goles ante la chavalería; quizás, gracias al recuerdo cariñoso de estos cuando peinen canas, se podría equilibrar el trato injusto que tantas veces ha sufrido el buen jugador y buen profesional navarro.

Marcó luego Filipe Luis un gol fino fino de extremo antiguo y con el gol llegó uno de los momentos esperados de la tarde, junto con el de la merienda y Calippo prometido. Salió Oliver Torres al campo y se llevó una ovación que tapó la que también se llevó Raúl, y el sol también se vio algo ignorado al centrarse todas las miradas en el chaval. Y el chaval dejó muy buena impresión y confirmó lo ya visto: Oliver Torres se enseñó en todo momento, la pidió, la dio a los compañeros, la jugó en corto y en largo e hizo gala de calma ante el asedio rival y de personalidad para hacer lo que en cada momento consideró oportuno, más allá de lo que de él se esperase.

Oliver Torres dejó un buen sabor de boca a la afición que, un rato antes de acabar el partido, ya salía por las escaleras con niños en brazos y mochilas llenas de botellas de agua vacías y banderas enrolladas. Terminó el partido y la afición se echó a la calle hablando con palabras sonrientes, voz contenta y con toda la tarde por delante, encima. Siendo como era uno de esos días en los que la primavera rompe en Madrid tras un invierno lluvioso y la ciudad entera se echa a la calle, no había sitio en terraza alguna en varios kilómetros a la redonda y hasta las tantas de la noche se veían aficionados rojiblancos tomando patatas fritas y tinto de verano en las mesas de las aceras, ajenos a los partidos que otros equipos jugaban más tarde para que estuvieran contentos los señores de las televisiones. Los camareros sabían que sería un buen día para la caja, los padres sabían que llegarían a casa con tiempo de ser persona un rato antes de dormirse y los niños sabían que, al día siguiente, irían al colegio con camiseta rojiblanca para contar con pelos y señales los cinco goles marcados por el Atleti en una tarde soleada. En definitiva, eso que antes era tan normal y que últimamente, sin que hayamos hecho nada, nos han secuestrado.