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lunes, 11 de mayo de 2009

Alegrías del mal rato

Jugó medio tiempo un equipo tontorrón y desesperante que se fue perdiendo cero dos al descanso, y el otro medio tiempo lo jugó un equipo encastado y rabioso capitaneado por un uruguayo empeñado en hacer él sólo lo que deben hacer once.

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El peatón madrileño, de quien hemos hablado varias veces en estas páginas, une a su tradicional audacia y desapego por la vida la virtud de cruzar los pasos de cebra de una forma característica. La conducta común a todos los peatones cruzacalles es salir por sorpresa entre los coches para cruzar por donde el código de la circulación lo prohíbe o bien cruzar por donde debe, pero en mal momento: el instante ideal es justo cuando el semáforo va a ponerse en verde para los coches, o bien directamente cuando está en verde hace rato y el conductor que se aproxima conduce su vehículo a una velocidad considerable. Además de lo anterior, el conductor madrileño sabe por la forma en que el peatón se arroja a la calzada mucho más sobre este último de lo que éste sospecha.

Así, cuando el peatón cruza en grupo y chilla y da saltitos y carreras con risilla histérica al advertir la proximidad del coche que se dispone a aplastarle como un gato, el conductor sabe que se acaba de cruzar con una manada de peatones hembra en edad adolescente. Cuando los que cruzan en mal momento van agarrados del brazo y la llegada del amenazante vehículo produce risa y la emisión del sonido uuuy, se trata de peatones hembra de mediana edad. La peatón joven y de buen ver cruza corriendo con elegancia y torpeza a la vez, luciendo tipazo y dejando claro que correr no es lo suyo, sujetando el movimiento de su pecho con un brazo y preocupada de perder la compostura aunque esto le cueste la vida, sin sonreir ni mirar hacia el coche que se aproxima para evitar el contacto visual, que es algo que la madrileña guapa evita si puede. La peatón hembra de edad avanzada cruza sin mirar más que al suelo, normalmente llevando un carro de la compra o un par de bolsas de plástico de las que asoma un puerro como un baobab, y le da igual si le pitan o si frenan porque años de cruzar por donde le da la gana le han demostrado que el conductor acaba frenando y, como mucho, le dice Señora, mire Vd. por donde va, señora; vamos, que le compensa.

El conductor, que conoce todos y cada uno de los genotipos anteriores, sabe sin embargo que el más temible peatón es el macho de cualquier edad. El peatón madrileño, que para eso es madrileño, cruza por donde y cuando le da la gana, faltaría más, y esto lo sabe con doce y con noventa años. Cruza con formas taurinas, casi citando de lejos y marcando él el momento y la distancia, dejando claro quién manda en ese trozo de calle. Cruza midiendo la llegada del vehículo que embiste, al que no mira más que de reojo, dejando claro al conductor que tiene todo bajo control aunque por dentro vaya muerto de miedo. Anda el peatón y no corre, eso nunca, correr nunca. Como mucho, si el bicho se le viene encima con más velocidad de la que parecía y pita, da dos elegantes zancadas tras un leve respingo mientras masculla para sus adentros, pero con volumen suficiente para que los que esperan su turno reglamentario al otro lado del paso de cebra escuchen eso de vale vaaaale, si te da tiempo de sobra, métete el pitito donde te quepa. Si el peatón tiene el día pinturero hace lo mismo, pero hablando encima por teléfono móvil: ahí es nada.
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Que el Atleti es un tormento es algo que a estas alturas nadie discute. Que ejerce sobre nosotros una fascinación y una autoridad casi hipnótica tampoco parece discutible. Que este final de liga está siendo especialmente cruel con los aficionados hartos que han tomado la determinación de quitarse de en medio de una vez, visto el juego del equipo, sus vaivenes emocionales, la podredumbre de la directiva y la desorientación de la masa social, también es claro. Porque cuando el Atleti de ayer perdía cero dos al descanso y unos cuantos habían tomado la firme determinación de romper el abono y renegar de todo y pasar los domingos leyendo a los clásicos frente a la ventana llegó un tipo rubio y nos puso a todos en nuestro sitio, uno por uno, cogiéndonos por las solapas, pero bueno qué es eso de bajar los brazos y de renunciar a ser lo que somos, qué es eso de dar por bueno un cero dos en casa, qué es eso de no aguantar hasta el último momento y el último aliento y el último gramo de energía, siéntese, oiga, siéntese ahora mismo en ese sitio tan sucio y grite, hombre, que es lo que tiene que hacer Vd. Hombre ya.
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Llegó la afición al estadio con atuendo primaveral madrileño, esto es, pantalón corto, chanclas, chubasquero, forro polar, bufanda, paraguas y pai-pai, y lo hizo tras pasar el día dando paseos de terraza en terraza y de bar cerrado en bar cerrado. Parece que hace bueno, sí, sal ahora, cuidado, ahora no que cae un chaparrón, ya escampa, ¿salimos entonces? mejor no. Llegó la afición tras ver gran cantidad de meteoros sucederse en el cielo y con la engañosa idea de que por delante quedaba un partido plácido de esos que se ganan sí o sí. Llegó la afición a su grada y observó que entre las lluvias recientes y las grandes cantidades de materia orgánica ancestral almacenada bajo sus asientos, un año más tribunas, gradas y anfiteatros volvían a ser testigos del milagro anual de la germinación de especies botánicas. Aquí ha nacido un olivo, gritaba un señor sentado en el lugar donde se situó la afición del Betis hace unas semanas. Esto es un naranjo, dijeron desde la zona donde se sentaron hace año y pico los del Valencia. En la tribuna en la que se acomodó la familia real saudí salió una palmera real y lo mismo ocurrió en la zona en la que se situó, hace ya lustros, aquella peña del Elche. En dos puntos del estadio han crecido varios secuoyas gigantes gracias a los programas internacionales de intercambio universitario y cerca del palco lucen orondas varias matas de tomates, plantadas por la resistencia con la idea de aprovisionarse de proyectiles por si algún día la protesta llega a más. En la zona en la que se sienta un servidor, en la que por cierto tienen por costumbre sentarse los especialistas botánicos (a quien se puede reconocer fácilmente por llevar lupa y regadera), se abre paso entre los asientos un raro espécimen de conífera alpina, árbol con gafas de nombre científico Galliana Altíssima, de corteza talismán según la tradición de ciertas comarcas de Lombardía.



Salió el Atleti y no se sabía si iba a haber bronca o lanzamiento de pétalos de rosa y ni una ni otra ni tampoco todo lo contrario. La gente no supo reaccionar al estar anonadada gracias a la nueva audacia del Forza Atleti, cuyo portadista ha dejado para el final de año su repertorio más arriesgado. Salió pues el Atleti y la gente actuaba como si el partido fuese a ser cómodo vaya Vd a saber por qué. Tan tranquilo andaba el Atleti en sus cavilaciones y tal era la profundidad de sus pensamientos abstractos que no cayó en que enfrente tenía un equipo de fútbol obligado, al menos en teoría, a intentar ganar el partido. El instinto sesteador del equipo no fue mayor problema hasta que, llegando a la media hora, Perea se cruzó con Chica en un lance que invitaba a hacer muchos chistes pero no a intuir lo que se venía encima. Cayó el rival, llegó el árbitro a ver si había pisado una piel de plátano o algo, y al ver que sangraba el hombre expulsó a Perea sin haber pitado falta. Un hito histórico que encima, añadido a la tarjeta de Heitinga, deja la defensa del Atleti en cuadro ante el partido más importante de la temporada. Sin central, la grada debatía sobre si era mejor quedarse con tres defensas y bajar a Assunçao o bien hacer entrar a alguien para el centro de la defensa. Abel pensó lo segundo y sacó a Pablo, quitando a Maxi, el atacante con más papeletas para el cambio cuando toca sanear y recortar las puntas.

Dos minutos después Mariano Pernía, aclamado por la grada en desagravio de las protestas del último partido en casa, cometió su enésimo penalti innecesario dejando un borrón en un partido por lo demás correcto. Marcó el Espanyol y sin dar tiempo al Atleti para reponerse del uppercut, volvía a recibir un gol Leo Franco, otra vez a balón parado en falta lateral, esta vez tras despejar hacia atrás Raúl García, irregular ayer y con menos presencia de la que nos gustaría. En pocos minutos dejaba el Atleti ir todo el esfuerzo de los últimos partidos y todas las esperanzas de apañar la temporada quedando cuarto, que tampoco es un puesto para tirar cohetes pero así están las cosas últimamente, oiga.

Se fue el Atleti al descanso y se fue la grada al baño, a lamentar la imagen ofrecida y a maldecir la estampa del que les metió en esto, a renunciar definitivamente a toda esperanza, a dejar claro delante de todo el mundo que este año sí, que este año ya está bien y que deja definitivamente este tormento de rayas rojas y blancas que nos arruina los domingos. Eso dijo la afición por los pasillos del estadio, y para olvidar alguno hasta se atrevió a beberse un engendro de nombre Mixta con el que nos torturan desde las barras. Harta, la afición volvió a su sitio y se sentó en su asiento con cuidado de no dañar el patrimonio botánico de la grada y pensando que, por este año, no quedaban más que cuarenta y cinco minutos de disgustos, cuarenta y ocho como mucho.

Pero hete aquí que, como en los cuentos, hubo un tipo que no se quiso conformar con la forma en que se había escrito el final. Lleva el 7, es uruguayo y tienen una forma física espectacular a pesar de lucir barriguita cervecera.

- Me parece a mi que no
- Hombre, Sr Off, hacía tiempo que no aparecía Vd, ¿qué tal su señora?
- Pues muy bien, gracias, sin novedad que no es poco, gracias por preguntar.
- De nada, majo.

Decíamos que el uruguayo de marras, aficionado a las empanadillas y a los miguelitos de la Roda, decidió él solito que con él no contaran para que pasara lo que todo el mundo hubiera firmado que iba a pasar. Forlán ayer hizo él sólo de Atleti, de equipo entero, de filosofía de vida y de ejemplo para los demás. Como varias veces antes en la temporada, él solito metió al equipo de nuevo en el partido gracias a un cañonazo de esos a los que nos tiene ya acostumbrados. Marcó Forlán y la grada entendió lo que había tras ese gol y respondió al unísono. A partir de ese momento el estadio sintió un escalofrío hondo, notando en sus cimientos la familiar sensación, cada vez más escasa, de que el Calderón rugiendo achica a los rivales y agiganta a los propios. Tras el gol de Forlán tardó poco en volver a marcar el Atleti, esta vez por medio de Agüero tras un tiro a puerta de Pernía que acabó siendo un pase fuerte y profundo. Marcó Agüero, rugió la grada con el rugido de las grandes ocasiones y en la cara de Mariano Pernía se leyó el alivio y la alegría, cosa que nos agrada.

Algo debió ver el Espanyol en la cara de los rivales, algo nunca antes oído debió oír desde la grada porque en pocos minutos se le mudó la color. Empezó a tener sudores fríos, reculó unos metros y rezó porque la cosa no fuera a mayores, porque Forlán se agotara con tanta carrera y porque Assunçao perdiera la concentración al menos un par de minutos. La grada vio lo que pasaba y redobló los gritos, también lo vio Abel y metió a Banega por Raúl, ayer en versión grisacea, para intentar así reforzar la creación y el ataque, algo que aún no sabemos si puede hacer Banega. Lo notó también la nutrida representación perica de la grada, que ya se había hecho notar durante la mañana en los bares y terrazas más escogidos del centro de la ciudad, lo que dice mucho en favor de su gusto. Bajaron los visitantes el tono de sus cánticos y empezaron a arrepentirse de los descorteses olés dedicados al rival durante el primer tiempo a la vez que, ya puestos, culpaban a Aguirre del repliegue de su equipo, algo muy socorrido en estos casos.

Cuando quedaba poco tiempo el Atleti notaba el esfuerzo. Forlán, ayer el primero en llegar a tapar al rival en varios contraataques y el primero en lanzar varios contraataques propios, el primero en mostrarse en cada jugada además de ser el último en rematar jugadas de ataque y el primero y el último en recuperar balones en el centro del campo, se doblaba con síntomas de agotamiento tras cada carrera. Agüero, que resistió envites rivales con solidez granítica y trabajó lo suyo intentando desbordar a la defensa rival también notaba el cansancio, lo mismo que Simão, siempre trotando por donde más daño puede hacer. El tiempo pasaba, el Atleti llevaba demasiado tiempo con diez y sólo la falta de autoestima del rival y la ausencia del sustituido De la Peña invitaban a pensar que el Espanyol no iba a llevarse el partido. Pero, de nuevo, Forlán no estaba de acuerdo con las tablas. Aún agotado, no paró de tirar desmarques y diagonales, de ayudar al defensa que sprintaba contra un rival y al centrocampista que buscaba un rematador. Ya en el descuento, con la última caloría, tiró un desmarque de esos que sólo ven los buenos y que requieren un pase de los que sólo los buenos pueden dar; lo vio Simão y pasó Simão y Forlán, en contra de toda lógica, no la pegó a romper. Tampoco puso cara de Cristo yacente y se tiró al suelo haciendo grandes aspavientos de mártir populista. No. Forlán, agotado tras un partido enorme, fundido tras una última carrera rapidísima dejando atrás un defensa, recibió un balón perfecto de Simão y tuvo la calidad, el talento, la profesionalidad, la inteligencia, la torería y la asombrosa capacidad de pararla y pensar, mirar, templar, mandar y marcar el gol que devuelve al Atleti a la pelea que cuarenta minutos antes tuvo perdida. Forlán celebró el gol como si fuera el del triunfo en una final, la grada celebró el gol como si fuera el último gol de todos los tiempos y el consejo de administración de Corporación Dermoestética celebró la celebración de Forlán como si les hubiera tocado el gordo, qué ironía.

El Atleti se juega apañar la temporada a un partido, el domingo contra el Valencia. Lo hará con la defensa en las últimas, sin Perea ni Heitinga y posiblemente sin Antonio López, aún tocado. Lo hará frente a un rival complicado al que es difícil marcar un gol y que tiene varios jugadores incisivos y difíciles de parar. Pero lo hará en casa, frente a una afición que ayer se sorprendió a sí misma por ver una faceta de su personalidad que hacía tiempo que no salía con esa vehemencia, ante una hinchada que no consigue despegarse del equipo en esta temporada rara en la que cada triunfo propio y cada derrota ajena hacen la función del palo y la zanahoria. Y lo hará con un futbolista enorme en sus filas, un tipo rubio empeñado en llevarse al equipo aunque sea a rastras hasta un lugar digno, un jugador que en dos años en el club parece haber dejado ya mucha más huella que otros que estuvieron muchas más temporadas y que pasará a la historia como el tipo que consiguió que gran parte de la grada se pusiera a hacer la dieta de la alcachofa justo antes del verano.