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lunes, 3 de diciembre de 2012

Contradictorias reflexiones post-derbi y consejo práctico sobre pijamas




Primera contradicción: la mañana y la noche

Había entrenamiento por la mañana en el Calderón y aquello se puso de bote en bote, con la grada llena de niños embufandados y con padres con más cara de ilusión que los niños: primero, porque a esa hora no pensábamos que la cosa fuera a ir mal; segundo, porque a todo el mundo le gusta ir al Calderón y luego a tomar vermouth; y, tercero y más importante, porque los niños eran la excusa perfecta para ir al Calderón a decirle a los nuestros que en ellos confiábamos para, tras muchos años, quizás no ganar pero sí al menos disputar el derbi en condiciones normales.

Con la grada llena y los niños abrigados, los jugadores estiraron y estiraron y la afición cantó el nombre de todos y cada uno de los jugadores. Vimos entonces que Filipe Luis calentaba sólo con un preparador físico cerca del fondo Norte y sospechamos. Vimos también cómo los jugadores se despedían del entrenamiento aplaudiendo tímidamente a la grada, dando la vuelta y entrando al vestuario sin demasiada rabia. No se vieron abrazos entre ellos, ni puños apretados, ni ojos mirando a todos y cada uno de los veinte y pico mil colchoneros que habían ido a verles para tomar nota mental sobre de quién deberían acordarse luego, cuando tocase correr. Quizás los jugadores estaban sobrecogidos, quizás se vieron sobre-responsabilizados, desbordados, atenazados por los nervios y la cita, pero no nos dimos cuenta. Quizás no percibieron que lo que esperábamos de ellos era lucha y entrega y comportamiento de equipo, como vienen haciendo hasta ahora, y no la necesidad de ganar a cualquier precio y sin alternativa. En el momento no lo percibimos tampoco nosotros así, porque estábamos contentos y nos fuimos a los bares a tomar el aperitivo rojiblanco, aperitivo de día de derbi: un vermouth rojo, uno blanco, otro rojo, otro blanco, así hasta que el bar cierre o uno empiece a hablar de los grandes problemas de la Humanidad. En los bares la gente llevaba la bufanda del Atleti y comía croquetas y banderillas picantes y a esa hora todo el mundo estaba convencido de que el sábado el derbi, ganando, perdiendo o empatando, sería diferente a los derbis de otros años, sería un derbi antiguo, jugado de tú a tú, con ganas y rabia, con intensidad y ganas de ganar, con la personalidad que el Cholo ha devuelto al equipo en los últimos tiempos.

Pero llegó el partido y la cosa no fue la esperada por la mañana, en la grada soleada llena de niños. El Atleti jugó más o menos como suele, apretando arriba y con intensidad aunque con poco acierto, hasta el gol del rival, esto es, un ratito. Tras el gol llegó la timidez y la imprecisión, y tras ellas un rato de nada y tras la nada, el segundo gol. Luego pudieron llegar otros que al final no llegaron y el Atleti no tiró a puerta más, se fue a la ducha con cara de no ser el Atleti y con la sensación de haber pasado otro derbi, no ya en blanco, pero casi. No había tirado apenas a puerta, salvo un poco antes del primer gol, un remate de Falcao que el portero rival sacó con reflejos. Nada más. El Atleti dejó de morder tras el primer gol, como si no supiera que iba a recibir al menos uno, como si ir por detrás en el marcador fuera una losa de un peso insalvable, una maldición. El Atleti no fue el Atleti de otros partidos más comprometidos y difíciles, no fue el equipo dominador y voraz de Bucarest ni la máquina de precisión acelerada de Mónaco, fue un equipo sobrepasado, impreciso y sin peso, un equipete nada más, poca cosa, un equipo más perdiendo de nuevo un derbi contra un rival no deslumbrante, pero sí mejor.

El Atleti de la noche no fue el que habíamos imaginado por la mañana entre potitos y vermouths de dos colores, no fue el equipo motivado al que quisimos ir a ver por la mañana, no fue eso sino casi lo contrario. Qué contradicción, oiga.
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Segunda contradicción: el lateral izquierdo

Uno, que es tonto y con gafas, le tenía como tantos otros una manía importante a Filipe Luis. Desde estas mismas páginas nos referíamos a Filipe Luis como Filipe Luis Filipe, incapaces de recordar qué nombre iba primero y cuál segundo. Filipe Luis nos parecía un jugador flojo, poco involucrado, inseguro y con querencia a taparse bajo una manta y comer galletitas. Éste no vuelve de la lesión, decíamos graves, éste es un petardo importante, un sin sangre, un flojo. Froilán, le llamamos; María Ostiz, le llamamos. Éramos duros con Filipe Luis, casi crueles, éramos intransigentes y con gafas.

El sábado por la mañana Filipe Luis entrenó sólo, con un preparador físico, como si tuviera algún problema. Por la tarde nos enteramos de que no jugaría y nos llevamos un sofocón. Cata Díaz saldría en su puesto, dado que no hay recambio de garantías para el lateral izquierdo. A la postre, sin que fuera culpa del Cata, la ausencia de Filipe Luis fue importantísima. Sin él el Atleti perdió muchas bazas ofensivas, mucho del discurso rápido y punzante que sigue a las recuperaciones de balón en campo ajeno que gustan a Simeone. Cata Díaz, es normal, no subió por la banda y el Atleti quedó cojo en ataque. Cata Díaz falló en el segundo gol del rival pero tampoco se le podía pedir mucho más, siendo un jugador ya con años, fuera de su sitio, ya sin costumbre de jugar, exigido en su debut. Se echó pues muchísimo de menos a Filipe Luis, a aquél al que hacíamos cantares cada vez que dudaba, al criticado, al que no inspiraba confianza. Faltó Filipe Luis, salió un central y el equipo perdió equilibrio, contundencia y luz a la hora de irse a por el gol.

Salió un central con cara de ser de los malos de El Último Mohicano y echamos de menos, en un partido duro, a un lateral finito con aspecto de paje de Rey Mago. Qué contradicción más grande, oiga.
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Tercera contradicción: el centro del campo

El Atleti de Simeone basa su eficacia, entre otras cosas, en la presión cerca del área rival, en impedir la salida del balón del equipo que intenta progresar. El año pasado se hacía a costa de muchas faltas, este año se cambió el ansia recuperadora inmediata por una presión más constante y continuas superioridades sobre los rivales que recibían el balón, bien trabajada por Simeone. Todo esto llevaba al error rival, la recuperación pro parte de Gabi o Koke o Mario - si el rival pasaba la primera línea de presión- , la entrega a Turán y la construcción de un ataque rápido buscando a Falcao o al segundo punta.

De esto, nada o casi nada ocurrió el sábado. Sólo hasta el gol el Atleti mostró hambre por presionar y recuperar arriba, luego cambió el plan visto cien veces con Simeone. El centro del campo, con un Turán torpón, impreciso y desconocido y Gabi, Mario y Koke lejos de lo esperado, se limitó a parar al rival más cerca del área, a recuperar y mirar hacia atrás, uy, tómala tú, ay, perdón, la volví a perder, caramba, no sé qué nos pasa hoy. El centro del campo no pudo hacer mucho y, lo que es peor, no pareció estar convencido de poder hacer más.

El centro del campo del Atleti, que presiona y busca las cosquillas al rival, llegó a un partido importante y cambió de discurso. Para aquellos que venimos viendo al equipo, fue una sorpresa ver al equipo intimidado y perdido a ratos. Qué contradicción, oiga, qué contradicción.
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Cuarta contradicción: el macarrismo y la casta, la provocación y el respeto, las churras y las merinas

Simeone sacó al equipo que había jugado, bien, contra el Sevilla, salvo la ausencia comentada de Filipe Luis. Junto a Falcao, casi inédito en el derbi, sacó a Diego Costa. Diego Costa viene haciendo una buena temporada, ha marcado goles y se le presume personalidad y mala baba como para enfrentarse a una defensa como la del sábado, conocida por su querencia al patadón alevoso y la provocación constante. Simeone pareció querer que fuera Diego Costa quien peleara con los matones rivales para así librar a Falcao de la pelea en solitario, responder a ojo con ojo y diente con diente y, quizás, sacar de quicio a los intelectuales defensas rivales, ávidos lectores de los Clásicos, hasta conseguir una expulsión.

Todo esto pretendió hacer Diego Costa, y en casi todas sus acciones sobreactuó, confundiendo valentía con macarrismo, integridad con provocación y hombría con marrullería. Diego Costa, sobreexcitado por medirse a los dos más malos del barrio, a cuyo cetro aspira, soltó codos y lanzó escupitajos, recibió empujones y salivazos y vio cómo un rival natural de Camas le llamaba feo, algo que por sí solo da para escribir un sainete, un tratado de psicoanálisis y una ópera bufa. Diego Costa empleó casi toda su energía en buscar pelea y aumentó su historial de jugador conflictivo e inoportuno, sin hacer además casi ninguna acción de mérito en todo el partido.

Mientras Diego Costa pedía a voces entrar en el selecto grupo de jugadores marrulleros y malencarados apreciados en cierto barrio con estación de tren del Norte de Madrid, en el banquillo ocurría una cosa diferente. Con su habitual altanería, los técnicos locales hacían gestitos de menosprecio al banquillo visitante, chivándose al árbitro como los traidores a la mafia de que por ahí andaba mucha gente. Con mucho más aplomo que Diego Costa, con mucha más razón por ser él el provocado y no el provocador y dando casi tanto miedo como Paulie Gualtieri en un mal día, el Mono Burgos dejaba clara la diferencia entre carácter y macarrismo. Yo no me meto contigo, pero si tú te metes conmigo, atente a las consecuencias, vino a decir metafóricamente el Mono Burgos. Yo no soy Tito Vilanova, yo te arranco la cabeza, dijo el Mono Burgos sin metáfora ni nada, y con ello hizo toda una declaración de principios. Sé que os creéis intocables, pero cuidado conmigo, vino a decir el Mono, y en sus palabras, poco bonitas para los niños y las monjas de clausura pero reconfortantes para aquéllos que están hartos de la tradicional actitud prepotente de algunos, uno vio la actitud que debe tener el Atleti en estos casos. No seré yo quien dé el primer paso, vino a decir el Mono, pero si vienes de malas, te expones a acabar peor: esto, palabras más, palabras menos, es lo que venía a decir el Atleti cada vez que visitaba el campo ese del centro comercial.

No seremos nosotros los que provoquemos, vino a decir el Mono Burgos, pero si nos buscas nos encuentras. En el campo, mientras tanto, Diego Costa hacía justo lo contrario, provocar para desquiciar, ponerse a la altura de esos insignes indeseables que celebran con bailes brasileños los malos momentos de los rivales, que no las alegrías propias. Qué contradicción, oiga, qué contradicción.
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Consejo: ¿qué pijama es apropiado para un ciudadano honrado?

El pijama, siempre largo y a poder ser de cuadros, con chaqueta de botones y bolsillito sobre el corazón. En verano, de algodón fino; en invierno, hasta de franela. Hay quien gusta de camisón de lino y gorrito de dormir con pompón, y esta combinación es también respetable, sobre todo si se alumbra uno el camino con un candil.

Nada de camiseta de publicidad y pantalón corto, nada de pantalón de pijama descuadrado (esto es, combinado con camiseta interior). De eso nada.

Háganme caso: lo agradecerán en algún momento de su vida, probablemente un momento importante.