lunes, 27 de octubre de 2014

Algunas cosas que vamos aprendiendo del Atleti de este año

Jugadas 9 jornadas de Liga y 3 de Champions, el Atleti parece haber dejado ya unas cuantas pistas como para sacar las primeras conclusiones provisionales sobre el equipo. En estas jornadas el Atleti ha perdido algunos partidos en los que ha recibido varios goles, ha ganado otros de manera abultada, ha mostrado oficio en un par de partidos durísimos y ha dejado por el camino algunos motivos para la preocupación. Aun así, el balance general es positivo: el equipo tiene buena pinta y, sin haber tenido el inicio de liga arrasador del año pasado, ha mostrado un buen nivel general dentro de un proceso de adaptación previsible y complicado.  

Por partes:

Uno: la portería

Oblak vino con vitola de jugador de presente y futuro y una lesión en el psoas, que es un músculo con nombre de partido socialista de Azerbaiyán, Land of Fire; esta circunstancia la ha aprovechado Moyá, que en principio venía a desempeñar el papel de Aranzubía, para hacerse con la titularidad y de paso con mucha atención muchos focos. La misión de hacer olvidar rápidamente a Courtois no parece fácil, más cuando uno ve al belga bajo los palos del Chelsea en partidos como el del Man Utd; Moyá y Oblak no parecen a la altura del bueno de Thibaut, pero por ahora Moyá cumple el expediente.

Aun así, algo pasa con Moyá. Moyá tiene planta de caballero retratado por el Greco, está parando bien y ha sido decisivo en partidos como el de Getafe o en el disputado en el estadio-centro comercial de la Castellana. Otras veces, sin embargo, ha tenido despistes (como el día del Celta) o directamente fallos de manos (como contra la Juve, que a punto estuvo de costar un disgusto) que han hecho levantarse muchas cejas en las gradas. ¿Transmite Moyá toda la seguridad necesaria para mantener la tensión arterial de la grada en los niveles recomendados por la OMS? Pues no sabríamos qué contestar por ahora, oiga; de haber preguntado tras los primeros partidos habríamos dicho que sí, de haber preguntado tras el día del Valencia diríamos que no.

Lo que sí es seguro es que Moyá no lo está haciendo hasta ahora nada mal, que su juego está siendo una sorpresa agradabilísima para los que recibimos su fichaje con un movimiento de cabeza de esos de no-sé no-sé y que Oblak, cuando ha salido, no ha dado motivos para pedir su titularidad. Por tanto, incluso con esos momentos de titubeo, incluso con esa sensación de que a veces no está exactamente donde debería y que en alguna ocasión podría gestionar las situaciones con más contundencia, Moyá va cumpliendo y no parece que vaya a moverse de la portería en breve.

Segundo: La defensa

Se fue Filipe Luis y nos llevamos un disgusto de los gordos, primero por perder a uno de los mejores laterales izquierdos que hayamos visto nunca, segundo por haberle perdido justo en su momento culminante, tras un período inicial en el Atleti en el que a muchos nos pareció que su período en el fútbol de élite había terminado, tercero por haberse ido a un equipo antipático como el Chelsea. Se fue Filipe Luis y nos quedamos con cara de bobo y bastante preocupados.

Pero ¿qué ha pasado desde que se fue Filipe Luis? ¿Ha sufrido la defensa como uno podría haber sospechado? Pues parece que no, oiga. La defensa titular, que viene siendo la misma que el año pasado en sus tres cuartas partes, ha visto cómo Miranda seguía a un altísimo nivel (también marcando goles), cómo Juanfran elevaba varios grados su nivel de fútbol y de influencia en el juego y cómo Godín se convertía, simplemente, en un gigante.  La contundencia y complementariedad de los centrales (lo que le falta a uno, que es poco, lo tiene el otro y viceversa), la solvencia que ha mostrado Giménez lo poco que ha jugado y los galones asumidos por Juanfran en ataque (quizás los que tenía Filipe Luis el año pasado) han despejado cualquier duda y girado el foco de la discusión hacia el otro lado: ¿Ansaldi o Siqueira?

Siqueira, que partió como favorito en los primeros partidos, ha ido perdiendo presencia en favor de Ansaldi, y con razón. Siqueira, que derrocha ganas de agradar y hacerlo bien, es a veces alocado y poco dado a tomar la decisión correcta en situaciones delicadas. Falló un penalti  importante, lo que siendo grave no es gravísimo, y ha mostrado especial ansiedad para marcar su golito en alguna ocasión, probablemente para restañar el fallo de Valencia. Aun así, contra el Malmoe se mostró capacitado para sacar adelante el partido y contra el Getafe alternó algún fallo desesperante con buenas acciones. Siqueira no es Filipe Luis pero tampoco es Pilipauskas, desde luego, y con un poco de calma, seso y confianza puede convertirse en un jugador valioso.

Eso sí, a estas alturas parece más valioso Ansaldi. Ansaldi, que es diestro, juega tan tranquilo por la izquierda y mete pases a la olla con cualquiera de sus dos piernas, casi siempre bien. Es rápido y resistente, y acaba el partido al mismo ritmo que lo empieza, por lo que hemos tenido ocasión de ver. Ha cometido algún fallo infantil y se ha pasado de frenada en un par de ocasiones; aun así, parece más completo y cabal que Siqueira, parece que poco a poco se va soltando y parece que puede encontrarse más cerca de la dificilísima misión de hacer olvidar a Filipe Luis que su rival para la banda izquierda.

Tercero: la media

La temporada empezó con Gabi algo desconocido, con Tiago tremendo de oficio y colocación, con Koke algo pesadote pero dejando claro que es el mascarón de proa del equipo, con Arda intermitiendo entre la genialidad y el arrastrar los pies al andar y con Raúl devorando kilómetros, rivales, piropos y críticos de la grada. Esto es, los mismos jugadores clave del año pasado, en diferentes momentos de forma pero siempre al servicio del equipo. Con sus diferencias, que las hay, el Atleti es reconocible en el medio campo tanto por las caras como por la apuesta y, junto a los pesos pesados de la defensa, la media se encarga de guardar la ortodoxia y mantener el nivel, sobre todo en los partidos de más exigencia. Poco a poco, Gabi va a más y Arda va derrochando talento aunque muestra cansancio a veces. Mientras tanto, Koke da lecciones de omnipresencia, Tiago da lecciones de inteligencia y ocupación de los espacios y Raúl García da lecciones de concentración, compromiso y, ya de paso, como el día contra el Malmoe, de clase haciendo un pase magistral que acabó en gol de Cerci.

Frente a este bloque más o menos reconocible – con la poquísima intervención del Cebolla - que deja poco debate más allá de si está cada uno en su momento óptimo, se plantean dos cuestiones. La primera la protagoniza Mario, de nuevo en el foco de la discusión de grada. Mario, quien al parecer pudo salir del equipo en verano pero Simeone se opuso, vive en su eterno pulso con la grada y con el mundo para convencer a propios y extraños de si en realidad es el jugador pusilánime que transmite la sensación de creerse mejor de lo que realmente es mientras pierde balones incompresibles o si por el contrario es el jugadorazo de clase y presencia que en ocasiones (contadas pero importantes) hemos visto. Mario, cuestionado y presionado por otros candidatos a la titularidad en caso de ausencia de Tiago, sigue fiel a su estilo andarín y despistado, frío y hasta despegado, excesivamente estático y distante, que alterna con detalles de clase en los controles, de criterio a la hora de arrancar desde atrás y otros destellos de jugador más que interesante. La mezcla entre clase y despiste irrita en especial a la grada del Calderón, que ve en Mario los mimbres necesarios para hacer un jugador de leyenda y, a la vez, una ausencia de concentración y compromiso propias de un jugador mercenario y pesetero que descolocan al más pintado. Mario, del Atleti desde la cuna y en el Atleti desde los casi primeros dientes, no parece dispuesto a dejarse la piel por el equipo como lo haría el más modesto de sus hinchas y el más ilustre de sus compañeros de plantilla y eso no lo tolera la grada, que ve cómo un turco pinturero se deja la piel defendiendo, un navarro vilipendiado corre setenta metros para hacer una cobertura a un lateral y un croata recién llegado es capaz de jugar con la nariz rota y buscar todos los balones de cabeza a las dos semanas de haber llegado al equipo. Mario plantea además un peligroso interrogante, por ser el único sustituto puro de Tiago, quien, por cosas de la edad, posiblemente necesite más descanso del que las prestaciones de Mario recomienden. De Mario esperaremos, una vez más, ese paso adelante que han dado el resto de jugadores de la plantilla, una nueva oportunidad de la que quizás no gozaría de haber echado los dientes en un equipo que no fuera el nuestro.

La otra gran pregunta del medio campo se llama Saúl y pisa fuerte. Saúl, portento en las divisiones inferiores, juega con empuje de juvenil y aplomo de veterano, y se lleva por fuerza muchos de esos balones en los que Mario cae al suelo o hace falta. Saúl ha respondido bien cuando ha jugado de titular o de suplente, incluso sustituyendo a Mario y moviendo a Koke más cerca de Tiago, y tiene como único lunar una tendencia a perder algún balón en tres cuartos pero en mal momento, como el día de la Juve; un mal juvenil, sí, pero para el que Simeone no tiene demasiada paciencia. En una temporada larga y con un estilo de juego de tanto desgaste como el del Atleti, la aportación, las ganas y la fuerza de Saúl se antojan esenciales.

Cuatro: la delantera

La delantera es la línea más reforzada y, a su vez, la que más dudas presenta. Entre Mandzukic, Jiménez, Griezman y Cerci el Atleti ha gastado un montón de millones que, por ahora, no lucen tanto como el granítico bloque de soldados que pueblan las dos líneas que por el momento mantienen el nivel y los puntos del equipo.

Mandzukic, jugador grandote y pesado, hace partidos de desgaste y pelea que favorecen mucho el juego de sus compañeros. Su estilo no es de brillo ni de filigrana, y podría parecer que sus características condicionan toda la estructura de ataque del equipo, que debe cambiar el balón largo en diagonal y la carrera de búfalo del Diego Costa del año pasado por una aproximación más paulatina y construida, más elaborada y paciente para llevar el balón en buenas condiciones al bueno de Mario… ¿o no? Aún, cree uno, es pronto para saberlo porque falta una pieza fundamental en el esquema: Griezman. Griezman es futbolísticamente algo así como el alter ego de Mandzukic: mientras Griezman revolotea de puntillas por el campo con ese look a mitad de camino entre Errol Flynn y Crispín Klander, Mandzukic abre vías en vetas de carbón con la ayuda de una maza y de mucho mal genio.

Mandzukic hace las veces encargado de abrir el paso a mamporros por la pista de baile para que Griezman entre cómodo hasta el reservado, descorche el champagne e invite a los presentes mientras hace unos pasitos de claqué, ligero como una pluma; el problema, por ahora, es que cuando Mandzukic abre la multitud a golpe de frente, detrás entra Griezman algo despistado y sin dinero en la cartera, descorcha una gaseosa y baila la sardana. El día que Griezman sea más Griezman, esto es, un jugador rápido y combinativo difícil de seguir para las defensas, el trabajo de Mandzukic será muchísimo más vistoso y fructífero; mientras tanto, el bueno del croata sigue fiel a su plan, echando abajo tabiques con su propio tabique nasal y peleando en defensa hasta un punto que se antoja excesivo por impedirle muchas veces llegar fresco al tramo final del partido.

La alternativa paralela a la pareja Griezman – Mandzukic sería, en teoría, Cerci-Jiménez. De estos dos poco sabemos: del primero, que no parecía muy en forma hace unos días pero que, vistos los últimos partidos y su tirazo ante el Malmoe, va a empezar a aparecer más de lo previsto. Del segundo, que tiene muy mal gusto a la hora de elegir equipo del alma y asesor en redes sociales. Raúl Jiménez, además, apareció más al principio pero la incorporación al equipo de Griezman y más tarde de Cerci, que claramente llegaron lejos del nivel físico del resto de la plantilla, y la polivalencia y ascendente de Raúl, que puede jugar perfectamente en su puesto si hay necesidad, parece que van a relegar a Jiménez al papel de Adrián el año pasado.

Cinco: el equipo

Con todo lo anterior, y tras sólo 12 partidos entre Liga y Champions, parece que se pueden sacar algunas conclusiones: por ejemplo, que la portería no está tan bien cubierta como el año pasado, pero que la solvencia y contundencia de defensa y media parecen por ahora suficientes para mantener el tipo. También, que la delantera no ha dado todo lo que de ella esperamos, y que por tanto el Atleti de este tramo de liga se parece menos al Atleti del año pasado, en el que un delantero en estado de gracia cargaba con el peso ofensivo del equipo, y más al Atleti del Doblete, en el que el delantero centro sacrificaba brillo para que el resto del equipo -  y en especial el centro del campo (con Simeone al frente) - marcase más goles de lo habitual y aprovechase el balón parado con contundencia de asesino a sueldo. De hecho, quizás sea más sensato para llegar al tramo final de Liga que la responsabilidad anotadora y el juego de ataque en general no dependa en exceso de un único jugador con un escudero poco exigido como fue Villa el año pasado.

La visión pesimista, que no tiene cabida en el equipo desde que el Cholo llegó al Club y menos aún desde que se cortó el pelo como los Peaky Blinders, apunta a la desesperación por la falta de olfato goleador, velocidad y habilidad para el contrataque de Mandzukic, por la insustancial existencia de Raúl Jiménez, por la falta de peso en el juego de Griezman y por el exceso de peso en el lomo de Cerci. Todo esto, comprensible como mucho, no tiene cabida en la mente del aficionado que ha visto a Simeone convertir a Juanfran en un lateral de escuela, a Arda en un trabajador sonriente y a Koke en un fenómeno del fútbol con entrega de corredor de ultramaratón. No parece que para Simeone sea imposible convertir a Griezman en un esgrimista con alma de forçado, ni a Mandzukic en rematador de balas de cañón, ni a Cerci en un enemigo de la pasta al dente.

El equipo, cree uno, tiene buena pinta. Y, lo que es más, tiene pinta de ir hacia arriba en breve una vez pasada con buena nota la fase inicial de contacto y aclimatación de algunos nuevos. Si Moyá se mantiene así sería buena noticia; si Ansaldi aporta aquello a lo que apunta y el resto de la defensa sigue a este nivel, en breve no echaremos tanto de menos a Filipe Luis; si Saúl rompe definitivamente y tiene minutos, podremos llegar al tramo final de Liga con un equipo mucho más descansado y entero que el año pasado; si Griezman hace lo que en él sería lógico y Cerci confirma que puede aportar tiro de lejos y entrada por banda, la delantera en su conjunto podría acabar por hacer más daño que el año pasado.


Y si no ocurre nada de eso, pues que nos quiten lo bailao, oiga, que nos quiten lo bailao. 

lunes, 29 de septiembre de 2014

Reflexiones majaderas tras el Atleti - Sevilla

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Pasada la invasión asiática de la semana pasada, por lo que se ve esta semana los asientos libres de la grada de lateral cayeron en manos de un tour-operador ruso. Como resultado, entre los parroquianos habituales, en el partido contra el Sevilla se apiñaban en la grada una multitud de rusos. Decimos rusos pero no estamos seguros de que fueran rusos. Serían rusos o vaya Vd a saber qué, que con los rusos pasa un poco lo que pasa con los chinos: los de ayer al menos parecían rusos, tenían pinta de rusos, hablaban algo que nos suena a ruso (que es algo que sólo escuchamos en las películas de espías y con subtítulos) y no nos queda claro si eran rusos, pero uno les llama rusos y a todo el mundo le vale.

Quizás fueran georgianos, quizás ucranios (que es lo que antes llamábamos “ucranianos”), probablemente no fueran uzbekos ni kazajos, ni posiblemente de Azerbaiyán Land-of-Fire. Podrían ser estonios, o quizás fueran lituanos. Quizás fueran letones, que siempre tiene más gracia, aunque ya se sabe que letones y lituanos, primos hermanos. Quizás fueran rusos de verdad y nos habríamos ahorrado todo este párrafo lleno de gentilicios eslavizantes y orientalizados. El caso es que la grada se llenó de señores grandotes y despistados, que se sentaron juntitos a unas cuantas butacas de distancia de otro grupo, en este caso de rusas orondas y rubias, vestidas con cazadoras vaqueras de mangas plateadas y vestidos como de señora manchega pero con dorados. Los rusos se sentaron por un lado y las rusas por otro, como si fuera una sociedad gastronómica moscovita o el Alarde de Irún sin ir más lejos, como si el Calderón fueran unos baños públicos o un colegio antiguo. Los rusos probablemente hablarían del gran Dassaev y de cosas de rusos, como por ejemplo el precio del anticongelante y el último grito en gorros de piel de oso; las rusas, poco interesadas en el fútbol, bailaban como descosidas con la música del descanso y no echaban cuenta alguna a lo que pasaba en el campo.

La afición local, por su parte, protestaba por lo grandísimos que son los rusos y por el problema que plantean cuando los asientos de la grada son tan estrechos como los del Calderón; en cuanto a las rusas, se cruzaban apuestas sobre si una señora rusa muy gorda y muy teñida que se aburría como un molusco en el Mar Caspio tendría en realidad dentro otra señora igual pero más delgada y así sucesivamente, siguiendo el efecto muñeca matroska, hasta llegar hasta una estilizada gimnasta de esas que dan cinco tirabuzones tras salir catapultadas de un plinto y caen clavando los pies en una colchoneta y saludando al personal con los brazos abiertos, como cuando Reyes reclama una falta de esas que sólo él ve.

Tras la invasión de la amenaza amarilla y la ocupación de las fuerzas de la antigua URSS, ahora se pregunta la grada, ya acostumbrada a la parada militar de las tropas extranjeras con dirección a los mugrientos baños del estadio en el medio tiempo, con qué exótica nacionalidad se codeará en el próximo partido en casa. Cosas de la industria turística, oiga.
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El Atleti ganó 4-0 un partido en el que jugó mejor que el rival, en el que recordó al Atleti que tenemos en la memoria tras ese año pasado de alegría continua y en el que metió más goles de los que uno hubiera esperado. Cuatro goles metió el Atleti y la sensación general era casi de perplejidad por el buen partido, la autoridad mostrada y sobre todo por la cantidad de veces que el balón acabó dentro de la portería rival.

-       - ¿Perplejidad? Hay que joderse.

El resultado fue quizás excesivo, porque el Atleti no tiró a puerta muchas más veces que aquéllas que terminaron en gol;  curiosamente, la semana anterior el equipo había ganado en Almería por cero a uno tras haber tirado más de quince veces contra la portería rival. El fútbol tiene estas cosas y todos las conocemos; no obstante, cada vez que ocurren, el personal y la prensa especializada lanzan bombas de mortero en forma de conclusiones apresuradas que rápidamente se elevan a categoría de regla absoluta, única e incuestionable. Sin ir más lejos, hace poco más de una semana el Atleti no funcionaba en ataque y el equipo era varios niveles peor que el de la temporada pasada; probablemente a partir de mañana y hasta el miércoles al menos, el Atleti será un equipo temible que mete una barbaridad de goles demostrando pegada de aspirante y variantes ofensivas que ríase Vd de la Brigada Ligera. Sería demasiado inocente entretenerse en rebatir cada postura: en breve saldrán nuevas teorías sesudas pero fugaces, opiniones pasajeras con vocación de verdad absoluta y triste peso de plumón de pollo.

Hace dos semanas el Atleti era un equipo de cuatreros ultraviolentos que merodeaban los colegios para robar bocadillos a los infantes y pegar palizas a los jubilados mientras bebían moloko y escuchaban a Ludwing Van. Poco se tardó en desestimar este primer mito a base de estadísticas de faltas cometidas – normalmente menos que los rivales – pero, eso sí, recibiendo tarjetas amarillas como para llenar las maletas de los veinte o treinta rusos que hoy vuelven camino de Vladivostok con su bufanda rojiblanca al cuello, más contentos que Yeltsin en Sanfermines.  Cuatro días más tarde, el Atleti era un equipo de rufianes que tenían la poca elegancia de meter goles a balón parado, hombre por Dios, a quién se le ocurre, qué vergüenza más grande, a balón parado con niños delante, dónde vamos a llegar. Este debate, cogido con pinzas de depilar, ha prendido menos porque tampoco hay demasiado que rascar; eso sí, vale aún para que alguna lumbrera periodística lo use como coartada para justificar que, a pesar de haberse llevado cuatro goles en contra, en el fondo su equipo juega mejor que el nuestro.

Desconocemos cuál será el siguiente caballo de batalla de la prensa especializada, pero ya nos hace gracia de antemano. ¿Se acusará al Atleti de tener demasiados jugadores Géminis? ¿Lanzará la prensa una campaña de denuncia sobre la excesiva afición de la plantilla del Atleti al champú Moussel, Moussel de Legrain (¡para todos!)? ¿Desvelará de una vez por todas algún audaz tertuliano que Simeone come pulpo crudo y bebe agua del mar, como el malvado pirata Patapalo?

Locos estamos por saber cuál es la próxima, oiga, hagan el favor de no defraudar.
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El Atleti hizo un buen partido contra el Sevilla, en línea con lo que se venía apuntando en los últimos encuentros. Quizás fue el mejor partido de la temporada hasta la fecha; el equipo fue más sólido en defensa que durante el buen partido contra el Celta y el irregular partido en Grecia, y también estuvo más acertado en ataque que en el aluvión sin premio de Almería. Jugaron bien los centrales y jugaron bien los laterales, con Ansaldi tomando ventaja clara en la carrera de la banda izquierda. Jugó bien Tiago, de nuevo magistral al cubrir los espacios, leyendo las jugadas rivales como si tuviera espías en las cabezas de los visitantes, anticipando el lugar al que va el balón, el hueco hacia el que va el desmarque. Jugó bien Gabi el tiempo que jugó, sustituido por un culpa de pisotón; Gabi fue el Gabi del año pasado, presionando alegre y rápido la salida del rival, algo más suelto para iniciar el asalto al tener en la línea de medios a la gran alegría de la noche, Saúl. Saúl, titular y convincente, estuvo trabajador, descarado, eficaz y goleador. Saúl dejó aroma a titularidad, a jugador utilísimo que puede jugar en varios puestos, a muchos minutos este mismo año y a carrera prometedora, nada que no sospecháramos ya. 

También marcó Koke, a quien vimos enfadado por primera vez – y con razón – gracias a un alarde de mal estilo de Emery, chusco y poco elegante al pedir a sus jugadores que no devolvieran un balón cuando Mandzukic estaba en el suelo; ver a Koke enfadado es algo así como ver a Iniesta rabioso, a Gabi perezoso o a Reyes participando en una mesa redonda sobre la obra de Ibsen y su influencia en la filmografía de Bergman. Jugó bien Arda y jugó bien Mandzukic, valiente y peleón con su máscara de lirón careto, ídolo ya de una grada que valora su arrojo para jugar con la nariz hecha un churro y entrenar a los pocos días de la fractura disfrazado de Míster Increíble. Mandzukic, que no marcó, se antoja uno de esos jugadores poco apreciados por los poco futboleros por no ser capaz de hacer bicicletas y taconcitos ni celebrar los goles con bailes ridículos o manifestaciones de egocentrismo bochornoso; sin embargo, tiene pinta de ser uno de esos tipos que lucen precisamente el día que faltan, días en los que el equipo se nota más incómodo, sin peso, sin combustión. Veremos.

Jugó la mar de bien Arda, colaboró Griezman en el rato que jugó (y le necesitaremos más que en los finales de los partidos) y jugó bien y marcó Raúl García.

-       - ¿Y el mexicano, oiga?

Ay, el mexicano.  El mexicano, que el sábado pasado se llevó una bronca por no dar una y de paso sirvió de excusa para crear una guerra entre la grada y Simeone que sólo existió en la cabeza de aquellos que sueñan con una guerra entre la grada y Simeone, salió con ganas de demostrar que puede jugar al fútbol, que a estas alturas era algo que se dudaba seriamente. A Raúl Jiménez le esperaba parte de la grada con la escopeta cargada y la otra parte con pétalos de rosa y un mariachi en formación de boda, para compensar el disgusto que los primeros podrían causarle al chiquillo.

Sabiendo la que se le venía encima, Tiago pidió a la grada que se le recibiera bien y Godín se afanó por atribuirle méritos en el gol y el penalti, gestos que honran a ambos y nos hacen pensar que por algo son capitanes. Raúl Jiménez, a todo esto, salió con ganas (que tampoco es algo como para ponerle su nombre a un parque público en Carabanchel, qué quieren que yo les diga), peleó, corrió, recuperó algún balón bien y le dio el pase a Griezman que acabó en gol. Por si fuera poco, metió un gol (bueno) y dejó la impresión de que si coge ritmo y abandona su galbana inicial, podría ayudar al equipo. No parece que esté para ser titular ni clave, pero sí para quitar minutos a los que tendrán que llegar frescos a los partidos grandes si queremos pelear las competiciones.

Ahora bien, una cosa es ganarse el respeto de la grada a fuerza de sudor y goles y otra hacer amago de besarse el escudo en su segundo partido en casa, pocos meses después de unos tweets que como mucho fueron sinceros y como poco, torpes. Gánese Raúl Jiménez a la grada trabajando y ayudando, bien, pero hágalo como un mercenario honesto. Podemos aceptar que crea que la grada es injusta e inoportuna por pitar a un jugador propio que conviene que lo haga bien, pero que no piense que la grada es tonta y desmemoriada. Si finalmente ve la luz y entiende dónde está y la verdadera trascendencia de lo que dijo, nos alegraremos, pero no parece que es algo que le haya podido pasar ya. Un consejo pues a los asesores de Raúl Jiménez: díganle al chaval que se tape un poco, que trabaje, que lea la historia del Club Atlético de Madrid y que siga trabajando. El resto, si debe llegar, ya llegará.
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¿Y el Sevilla?, se preguntará el lector. Pues el Sevilla regular, la verdad. Según nos cuentan los sevillistas de pro, Emery renunció a la fórmula que le estaba funcionando hasta ahora y optó por superpoblar la defensa y la parte destructora del centro del campo, que es algo que suele hacer Emery, dado al amarre, cuando los partidos son duros. El Sevilla sacó un equipo que parecía de balonmano, lleno de jugadores grandotes y fuertes, quizás convencidos de que el único recurso del Atleti eran los goles a balón parado, más preocupados en defender que en pasarle balones a Bacca, desasistido y desconocido. Quizás Emery cometiera el error que cometen tantos aficionados del Atleti, esto es, creer que el Atleti es un equipo que no juega sino que hace faltas, pensar que sólo es capaz de meter goles a balón parado, tomar en fin por cierto lo que leen en los medios y en twitter sin preocuparse de ver los partidos ellos mismos y sacar conclusiones por sí solos.

Al Sevilla se le volvió a faltar al respeto desde la grada, aunque quizás menos que otras veces. Parece que la agria y artificial rivalidad que surgió hace unos años va remitiendo para alegría de los aficionados con gafas y gusto por la tapa de espinacas con garbanzos que poblamos la grada en mucho mayor medida de la que los aficionados enfadados y faltones creen. Que el Sevilla es un equipo potente y correoso al que alegra ganar por ser un hueso duro y un competidor directo es una cosa; de ahí a faltar al respeto e insultar hay un mundo.

El Sevilla es, por cierto, un equipazo capaz de reinventarse año tras año, forzado a vender a sus mejores jugadores a equipos más ricos y candidato a pesar de los pesares a hacer algo gordo cada temporada gracias a una buena política de fichajes y una afición que aprieta como pocas; sólo ya por eso merecería un recibimiento respetuoso. Que haya tenido presidentes encantados de buscar polémicas para echar cortinas de humo sobre su propia gestión delictiva es desde luego un problema. Que tenga un entrenador sobreactuado que pide con grandes gestos que no se tire un balón fuera para sacar de quicio a los rivales y embarrar un partido que va perdiendo por sus propios errores tácticos no ayuda. Que parte de la afición rival, como la nuestra, sea también dada al insulto y a la rima ofensiva (ofensiva tanto para el objeto del insulto como para las reglas de acentuación de la gramática española, se entiende), es una excusa pequeñita e infantil para justificar comportamientos poco elegantes.


Piensa uno que no estaría de más que el Calderón mostrase más respeto por los equipos que pelean en esta liga desigual en la que dos se reparten el pastel que otros, también el Sevilla y el Atleti, reclamamos. Sería desde luego más elegante, más coherente con lo que el propio Atleti reclama y más agradable para todos. Si luego en otros campos no hacen lo mismo y el Atleti es recibido a voces, eso ya sería problema suyo. Nosotros habríamos cumplido con nuestra parte, que es lo importante. 

domingo, 21 de septiembre de 2014

Pues yo no lo veo mal, oiga


El Atleti empató un partido que pudo ganar sin hacer más de lo que hizo. Lo hizo jugando mejor que en los últimos días, contra un equipo interesante y sin excesiva fortuna. Hay quien vio en el partido contra el Celta señales inequívocas de que el fin se acerca, y otros que vimos un buen equipo de fútbol.


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El Atleti es un equipo campeón y admirable, que ha dejado por Europa, América y Asia la sensación de que puede ganar a cualquiera, de que su estadio es una temible olla a presión, de que merece la pena ver en directo al menos una vez en la vida al Grupo Salvaje dirigido por Simeone que hizo temblar el establishment en la temporada 2013 / 2014 y que bien puede hacerlo de nuevo este año, el siguiente y el siguiente y hasta los veinte siguientes si todo va como nos gustaría, oiga.


Por todo esto, además de por el buen tiempo que hace en Madrid, por su irresistible atractivo turístico y cultural, por la belleza de los lustrosos edificios de sus calles (calles del centro, se entiende, que ya sabemos que esta alcaldesa tan relajada no pasa el mocho por las calles de los barrios) y por la astucia de los tour operadores, la grada del Calderón se nos ha llenado de chinos.

Chinos no serán, pensará el puntilloso lector, serán asiáticos de ojos rasgados, no necesariamente chinos, quizás sean japoneses o coreanos, quizás sean tailandeses o vietnamitas, sea Vd preciso, Fuentes, hombre, que queda Vd como un ignorante en cuantito no se le ata corto, oiga. Es posible todo esto, sí, es posible, pero no es menos cierto que el acervo cultural patrio indica que cualquier visitante de ojos rasgados que aparezca por el país sea denominado “chino” indistintamente de su lugar de procedencia, de igual manera que en la costa a un extranjero rubio se le ha llamado toda la vida “inglés”, a una rubia en bikini se le ha llamado “sueca” y a un señor con sandalias y calcetines se le ha llamado “alemán” aunque esto último sea científicamente irrefutable.

Hecha esta salvedad costumbrista, es necesario indicar que la grada de lateral del Calderón parecía ayer las mismísimas afueras de Saigón, llena de turistas achinados de esos que no saben muy bien qué hacer en el campo, si aplaudir o dormir, si protestar al árbitro o pedir a voces dimisiones en el palco, si abrazarse a los desconocidos en los goles o iniciar la ola. Lo que sí parece tener claro el chinerío asistente es que tienen que hacer fotos, hasta el punto de que acaban viendo el partido a través del objetivo en vez de relajarse y disfrutar. En algún momento a algún abonado irritado le entraron ganas de decirle a alguno deje Vd de hacer tantas fotos, oiga, que ya ha hecho fotos de todo, hombre ya, esa misma ya la ha hecho tres veces más, esa también y ese al que enfoca es un linier y no tiene interés ninguno, oiga.

La grada chinoli es tranquila y educada, eso sí, y transmite la impresión de no enterarse de nada. Son pausados y obedientes y cuando el partido acaba siguen en tropel a su guía, que enarbola un trapo amarillo a modo de estandarte militar, y se van todos juntitos a algún tablao en el que el que menos se lo espera, inocente, será elegido por una gitana para salir al estrado a bailar bulerías y pasar así a ser protagonista de los vídeos de sus compañeros de grupo. Éstos, a su vez, repararán en que un compañero fue obligado a taconear y decir “arsa” en un país remoto únicamente cuando vean los vídeos de vuelta a casa, que es cuando verdaderamente se enterarán de lo que ha pasado ante sus narices, mientras ellos, afanosos, se concentraban en operar una cámara digital de muchísimos megapíxeles.

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 Salió el Atleti al campo entre ruidos de clicks de las cámaras de la afición coreana y los jugadores no entendieron muy bien lo que pasaba. El Atleti, vaya por delante, salió con el equipo que el que suscribe quería y esperaba ver, con la salvedad de Raúl Jiménez, de quien hablaremos largo y tendido. Salió Moyá, quien parece más fiable a día de hoy que Oblak, protagonista de un debut que esperemos no le pese. Salió Ansaldi en el lado izquierdo de la defensa que nos sabemos de memoria, y a uno le alegró porque quiere verle más tras el limitado resultado que dio Siqueira en el partido del estadio-centro comercial del equipejo de Ernesto Sáenz de Buruaga. Salió Gabi, más bajo estos últimos partidos de lo que nos tiene acostumbrados pero Gabi al fin y al cabo, y salió Tiago, quien claramente mejora al medio campo y al equipo entero cuando ocupa él el espacio entre defensa y los puntas. Salieron Arda, Koke y Griezmann, trío de espadachines de estilo fino y letal, con mención especial para el tercero, ya caracterizado de Errol Flynn de fábrica y que tiene pinta de poder darnos muchas alegrías vestido de rojo y blanco. Salieron todos estos tipos y salió Raúl Jiménez, esa incógnita con pocos visos de despejarse en las próximas jornadas.


Salieron pues todos estos buenos jugadores y, sorprendentemente o quizás no, en la grada había un runrún de otros tiempos, una sensación de a ver hoy no sé yo, no sé yo bien qué pensar, no las tengo yo todas conmigo, dígale a ese chino que por Dios Bendito no haga más fotos, oiga. Es cierto y es  normal que la grada ande vigilante ante algunos de los signos que ha dado el equipo hasta ahora: no se jugó bien contra el Rayo ni el Eibar, no se jugó bien contra el equipo adoptivo de Salvador Sostres a pesar de ganarles 1-2 y un Olympiacos normalete nos metió tres goles, algo que casi no recordábamos. Es verdad que algunos echan de menos a Costa, que el lateral izquierdo plantea dudas, que Gabi ha estado incómodo y desconocido en los últimos partidos, que Mario sigue proyectando sombras y que Mandzukic dejó los primeros días sensación de empastar con dificultad en el juego vertiginoso del medio campo del Atleti. Hasta ahí, uno puede entender las dudas y los signos de interrogación. Hasta ahí sí, pero sólo hasta ahí.

Se diría que el mismo brillo del año pasado que ha atraído a la grada a gran parte de la población de Seúl, Kyoto y Phnom Penh, ha cubierto a parte de la afición de un velo que mezcla fatalismo, enfado, distorsión de la realidad y resultadismo agudo. Se diría que a este Atleti que empieza la liga con un portero nuevo, un lateral izquierdo que tiene que cubrir el puesto de un jugador fantástico y todo un ataque a estrenar, su propia afición le exige desde el minuto uno la precisión quirúrgica con la que el equipo maravilloso del año pasado - que por cierto también pasó fatigas en casa con equipos teóricamente asequibles - pasaba por encima de sus rivales. Se diría que el éxito ha nublado la cabeza de algunos seguidores que, quizás nostálgicos de la permanente sensación de cabreo de los años pasados, prefieren ahora fustigarse, romper sus mejores camisas a tirones y dar grandes voces pidiendo clemencia divina si el equipo no gana siempre y a toda costa, ese feo defecto que tienen algunos seguidores de equipos grandes, de esos que se van del campo rápidamente cuando es el rival el que levanta el trofeo.


Que el Atleti no está tan engrasado como el año pasado puede ser una verdad científica; que lo que ha mostrado en los dos últimos partidos es positivo e invita a un optimismo sólidamente basado en el realismo es sólo una opinión personal, pero es lo que tienen las opiniones. Porque el que suscribe, que como saben es tonto, se encuentra sorprendido por el aluvión de crítica amarga hacia el Atleti de ayer, el Atleti que tropezó contra un buen Celta por un penalti evitable y un gol que aún no sabemos si fue un churro o un monumento, todo ello tras hacer al menos cinco o seis ocasiones clarísimas, trenzando jugadas, manteniendo el control del partido salvo un rato tras el gol, peleando contra un arbitraje cuanto menos matizable y todo ello sin su delantero centro de referencia, ese tipo bravo que nos ha ganado a todos tras su partido en Atenas, completado con la nariz rota y dos patatas fritas para contener la hemorragia.

Porque, piensa el que suscribe, el Atleti jugó bien. Miranda pudo estar más atento en algún lance y pudo no hacer el penalti, pero Juanfran, Godín y Ansaldi, éste sobre todo en ataque, poniendo multitud de centros peligrosos, jugaron bien. Jugó bien Tiago, como siempre, y Gabi se pareció más al Gabi que todos admiramos. Koke jugó quizás por debajo de su excelso nivel habitual y perdió algunos balones más de los deseables, pero no fue una catástrofe. Jugó bien Arda y jugó bien Griezmann; quizás fue el francés el mejor de todos, el más imaginativo, el más molesto para el rival. El rival, por cierto, también jugó bien y tuvo además la fortuna de marcar un gol a la remanguillé y llevarse un penalti algo tonto, aguantó el chaparrón con oficio cuando el Atleti sacó la manita a pasear y su portero salvó dos, tres, quizás cuatro goles claros con una actuación sensacional. No vio el que suscribe a un Atleti pusilánime, aunque quizás sí menos intenso en defensa que durante el año pasado. Tampoco vio un Atleti sin ideas, ni una dependencia excesiva de los ausentes, y sí vio un equipo que atacó bien, que creo muchas ocasiones dentro del área pequeña (algo no común el año pasado), que mostró un buen repertorio de alternativas en los cuatro o cinco jugadores más determinante y que se topó con un buen portero, con poca fortuna, con algún fallo tonto y poco más. Lo que viene siendo un partido de fútbol, oiga.

Es verdad que el que suscribe también vio algo en Raúl Jiménez; en concreto, en Raúl Jiménez el que suscribe vio la nada. Como en los partidos anteriores, no le vio fuerza ni velocidad ni picardía ni oficio. No le vio agresivo ni inteligente, ni valiente ni sesudo. No le vio regate y no le vio tiro, no le vio condición física ni calidad al nivel del resto. No vio el que suscribe tampoco, quede claro, esos tweets tan poco inteligentes que Raúl Jiménez aireó a final de la temporada pasada; no los vio a la hora de analizar el partido de Raúl Jiménez, se entiende, que en su momento sí los vio y sí sacó alguna conclusión sobre la inteligencia táctica del mexicano a la hora de conducirse en las redes sociales. Pero no fue esa metedura de pata asombrosa lo que determinó el análisis del partido de Raúl Jiménez, en el que no se vio nada de nada más que algún detallín puntual, casi anecdótico en el vacío con el que nos obsequió ayer. A estas alturas a uno le extraña esa fe en Raúl Jiménez que Simeone proclama, pero también comparte con los lectores que si Simeone se fía, uno también, y que si Simeone pide paciencia, uno la tendrá como no podría ser de otra forma.

Así que toda esta tabarra de los chinos y la nada existencial mexicana, el velo cubre aficiones y el arbitraje antipático para decirles que uno no lo vio tan mal ni tan catastrófico como le han contado. Todo para mostrar sorpresa por el pesimismo reinante y la falta pública de confianza en quienes nos hicieron creer ciegamente, todo para eso, solo para eso. Uno se teme que en ciertos medios se abrió la veda y la caja de los truenos, al ver aliviados cómo por fin a Simeone y su grupo de jugadores suicidas se les abrió una brechita por la que ver un poco de luz negra que invite al optimismo desde el otro lado. Enterrado el año pasado el mito del equipo que ya caería y desmontado por la estadística el bulo del equipo violento (no así por los árbitros, que cosen a amarillas al equipo aunque haga muchas menos faltas que sus rivales, que acaban con la casilla de amonestaciones a cero), ahora se abre un nuevo amanecer para los que quieren ver el principio del Apocalipsis cholista en un empate en casa.

Queda por saber si la afición se verá arrastrada por el cortoplacismo mediático y la miopía tumba-certezas o si, por el contrario, preferirá entender que el Atleti de Madrid, ese equipo maravilloso que lo ganó casi todo el año pasado, sigue vivo y coleando dentro de lo que su poderío y presupuesto le permite. Y que los rivales, que también juegan a esto y dedican su tiempo al completo a procurar mejorar, llevan un año y medio estudiando el ingenio mecánico inventado por el Cholo y empiezan a encontrar, al fin, algunas claves para parar su avance poderoso. Y también que el Cholo, que dedica aún más tiempo que el resto a pensar e inventar formas para que el Atleti siga ganando partidos a ritmo de campeón, tiene nuevos mimbres y el proyecto de hacer un cesto igual de resistente que el del año pasado pero de una forma y color que no se esperen el resto de diseñadores del mercado.

Esta es pues la cuestión a la que se enfrenta la afición, esa afición tan importante para el equipo como el propio equipo, como bien se hartó de decir Simeone el año pasado. Podemos hacer crujir los dientes y atender a lo que dice la prensa o mirar al campo e intentar entender lo que pasa. Podemos también dedicarnos a hacer fotos como los clientes asiáticos de los tablaos y ver sólo dentro de unos años el resultado, dándonos cuenta tarde de que lo que tenemos ante nuestros ojos hoy es posiblemente el mejor Atleti de todos los tiempos; un equipo, por cierto, en el que la afición tiene parte de la responsabilidad de evitar su deterioro artificial.


El que suscribe, por su parte, cuando escuche críticas color gris plomo de las que proliferan estos días se limitará a decir aquello de ¿no es un poco raro, para el mes que estamos, ya tanto calor?

lunes, 26 de mayo de 2014

48 horas (Crónica cavernaria para Bambino y Bravido)

Pasadas 48 horas del batacazo, del disgusto, del sofocón, pasadas 48 horas desde el momento en el que uno intenta no pensar desde hace 48 horas, pasadas 48 horas del instante que uno recuerda y aún no cree, cuerpo y mente empiezan a metabolizar lo vivido, a relativizar los sentido, a poner en perspectiva el significado de todo. A respirar, vaya.



Desde 48 horas antes del momento, en Lisboa, el Atleti entero – ancianos, mujeres y niños por delante - vivió un momento de esos que uno nunca cree que va a vivir por demasiado rebuscado, por demasiado retorcido, por demasiado cruel. Horas antes de ese instante la gente del Atleti iba feliz hacia Lisboa, confiada en vivir un día bonito que podría acabar en victoria o en derrota pero no en guión de tragedia trágica, de drama dramático, de calamidad plusquamcruel. La afición, feliz por haber sido campeona de liga ni más ni menos unos pocos días antes, iba hacia Lisboa preparada para todo, principalmente para la derrota y también para la victoria, a sabiendas de que un nuevo título la convertiría en protagonista de quizás una de las gestas deportiva más grande de todos los tiempos, a sabiendas también de que una derrota no supondría más que un “uy” rozando el poste en la temporada más gloriosa que uno recuerda.

Desde la mañana del sábado Lisboa, que es chiquitita y preciosa, estaba llena de gente de ambos equipos, todos con sus camisetas, todos mezclados, todos tranquilos. Llamó la atención la ausencia de faltas de respeto, la buena onda general, la mezcla pacífica entre dos aficiones rivales hasta el tuétano que, quizás por obra de la paz que irradia Lisboa o bien porque la gente, harta del chirrido que producen los enfrentamientos comerciales de los tertulianos sobreactuados y faltones y las peleas cerriles de los grupos radicales, parecían mucho más preocupadas de no aguarle el viaje al contrario que de hacer valer su presencia a voces.

Quizás la clave del respeto general fue que en Lisboa esta vez los que estaban eran las gentes del fútbol, los que van todos los domingos a los dos estadios, los que conocen la línea fina que divide el fracaso del éxito y que por ello dan un valor al respeto que no dan los aficionados de boquilla y día señalaíto, esos que no van nunca al campo si no es invitado y con jamón, esos que se enteran de los resultados el lunes por la mañana y sonríen burlonamente cuando se descubren de que ganaron los suyos, esos de ganamos pero perdieron, esos que abusan de la buena educación de los que sí se significan públicamente, esos que no entienden nada ni lo entenderán nunca: los tocahuevos acomplejados, vaya, para qué vamos a andar con circunloquios.

En Lisboa unos y otros pasamos un día fantástico, dimos paseos por las cuestas, tomamos cerveza en las terrazas, comimos bacalao. Ni un solo incidente vio el que suscribe, ni una sola palabra fuera de tono, ni una sola falta de respeto. En Lisboa, ciudad balsámica, quedó patente la diferencia entre madridistas y vikingos; sí, lean bien, madridistas, la palabra que nunca antes se escribió en este blog, el nombre que nunca antes ha sido mencionado desde estas líneas, el apelativo prohibido. En las calles de Lisboa pasamos unas horas preciosas y tranquilas y eso hay que agradecerlo a las dos aficiones y a las ganas generales de no faltar al respeto. De la nuestra no dudábamos, a la rival se lo reconocemos y se lo agradecemos.
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Tras 93 minutos de angustia y una puñalada que nunca olvidaremos, empezó a quedar claro que el partido no se ganaría. Quizás el rival mereció empatar antes, quizás mereció ganar en la prórroga como lo hizo, quizás el resultado fue demasiado abultado al final, quizás el fútbol es un deporte en el que la justicia no siempre impera pero parece que la injusticia impera más para unos que para otros. Quizás de haber ganado el partido el Atleti, el resultado hubiera sido injusto; quizás, de mirarse el total de las eliminatorias, el título lo merecía el Atleti más que nadie. Quizás.

Lo que sí es seguro es que el desenlace fue demasiado cruel como para ser digerido con facilidad, demasiado dramático como para no preguntarse quién decidió el guión. El gol en el descuento otra vez, como en el 74, llevando al equipo a jugar una prórroga cuando la mayoría de jugadores no podían casi correr, algunos cojos, otros acalambrados, fue un colofón demasiado dramático y teatral, desproporcionadamente duro, injustamente cruel. El dolor de la grada rota y agotada tras apabullar a la rival durante todo el partido sin dejar un momento de gritar, los gestos del entrenador pidiendo salir con la cabeza alta, la ovación de los periodistas al entrenador perdedor al entrar en la sala de prensa son gestos inolvidables que quizás no nos habría gustado vivir. Tampoco nos habría gustado vivir, claro está, la celebración patética del cuarto gol, uno de los momentos más ridículos del deporte universal, sin duda el episodio más tonto y lamentable que uno recuerda a su autor, y eso que tiene un curriculum envidiable, rico en disparates y tontunas.

La bofetada final vació de sentido cualquier análisis del partido. De nada sirvió comentar la desgracia de haber tenido que jugarse la liga en Barcelona unos días antes llegando así con el equipo al borde del agotamiento, ni el extraño caso de Diego Costa, su recuperación milagrosa gracias a conjuros equinos y sus nueve minutos de misterio en el campo. No valió de nada hacer cábalas sobre qué habría pasado si hubiéramos podido hacer los cambios de otra forma, sin tener que sacar a Adrián tan temprano, si ese corner se hubiera defendido con Costa, Raúl o Mario además de los que en ese momento jugaban, si el Atleti hubiera llegado con más gasolina a los minutos finales.  No  valió de nada comentar el nuevo gol de Godín, el buen partido de todos y el, de nuevo, partido gigante de Gabi, capitán de leyenda y orgullo del Calderón.

De nada sirvió, de nada. Como si fuera un guión elaborado por el más retorcido de los escritores retorcidos, el Atleti vio cómo, de nuevo, se le escapaba una copa de Europa cuando el partido acababa. Como en el 74, se perdió en el último momento lo que tanto costó conseguir y del mayor éxito posible se pasó a un dolor intenso que duró como mínimo 48 horas. 48 horas, eso sí, no más; pasado el dolor, volvió la leyenda.
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Desde horas después del instante famoso, la Nación Colchonera se metió en el fondo de la cueva a lamerse las heridas. Sin esconder los colores  - eso nunca – los coches volvían de Lisboa con expresión grave y en silencio, con las bufandas atadas a los retrovisores pero los faros a medio cerrar en señal de disgusto grande, sin parar hasta Madrid. Y en Madrid el que más y el que menos hizo lo que pudo por aislarse de los medios y del ruido de la calle, por intentar no ya olvidar sino al menos no rememorar lo vivido hacía unas horas, por no rebozarse en la imagen de la celebración ajena, de la que pudo ser nuestra.

Quizás solo los más viejos del lugar, pero no los cuarentones, recordaban algo así. Algunos sí recordamos la vuelta desde Lyon con el cansancio de veinte horas de autobús y la cara de disgusto por haber sido barridos del campo por un equipazo ucranio. Muchos sí recordamos la cara de tontos que se nos quedó cuando Tamudo metió aquél golejo o cuando Mendieta metió ese golazo, pero recordamos inmediatamente las noches posteriores de alegría para asombro de los seguidores de los equipos que nos habían ganado, que no celebraban ni la mitad que nosotros. También aquel penalti fallado en Oviedo y la constatación de que lo hasta entonces nos resultaba impensable, el bajar a Segunda, acababa de ocurrir. Todo eso lo recordamos pero, curiosamente, no creemos haber sufrido en su momento el mismo dolor de lo de Lisboa.

Pero, ¿es esto cierto? ¿Fue menos grave bajar a Segunda que perder la Copa de Europa tras ganar la Liga? Si haber bajado y pasar dos años fuera de nuestro lugar natural acabó con el tiempo siendo asumido y hasta recordado con media sonrisa, ¿será distinto lo de Lisboa?

Pensando pensando, uno se da cuenta entonces de que todos esos pasajes que uno no deseó vivir son sin embargo recuerdos no tan desagradables pasados los años y forman parte del ADN del seguidor tanto como su Primera Comunión o el color de su pelo. Con el tiempo se han convertido en días de los que uno habla cuando se junta con el resto de la familia en sobremesas de rojo y blanco, igual que las supersticiones fallidas se convierten en motivos de risa general cuando se comparten con los correligionarios tras tres gintonics. En las tertulias atléticas es común hablar de las cicatrices producidas por cada fracaso y casi alardear de ellas, compartir con precisión dónde estaba cada uno cuando pasó el desastre, reírse a toro pasado de las ceremonias, de las supersticiones, de las palabras mágicas que recitábamos, sin éxito, esperando un gol de Rodax o algo aún más improbable.

Llegados este punto de somatización, 48 horas después la Nación Colchonera empieza a encontrarse mejor, más confiada, con más ganas de salir del agujero en el que se metió tras el partido. Harta de lamerse las heridas, la gente del Atleti va asomando poco a poco, riéndose por lo bajini de la estampa del celebrante del cuarto gol, riéndose ya con menos disimulo de la afición rival cantando “sí se puede”, deseosa de encontrarse un correligionario para ver si a él ya se le pasó también el disgusto, el sofocón, el berrinche.

Y entonces ve que sí, que poco a poco van saliendo de sus agujeros los compañeros de grada, algunos con buena cara, otros con cara de querer que otro se la alegre, unos ya muertos de risa. Y entonces es cuando uno se va viniendo arriba al ver que desde la cueva vecina sale un niño que insistió a su padre para ir con la camiseta del Atleti al cole el día que seguramente se iban a reír de él, y ve un torero que sale a Las Ventas del Espíritu Santo con un capote de paseo con el escudo del Atleti bordado, y ve en una ventana una bandera rojiblanca que alguien mantuvo a la vista de todos desde el sábado por la noche a pesar de los pesares. Y entonces nota cómo le vuelve a fluir la sangre y la alegría, el orgullo y el saber que hay algunas, pocas cosas que están por encima de las desgracias y una de esas pocas cosas es el Club Atlético de Madrid y su afición a la que, por suerte y por la gracia de Dios, uno pertenece.

Y entonces uno se da cuenta de que el tipo que salió de la cueva no es igual que aquél que entró hace 48 horas, sino que es un tipo mejor, más duro, más fuerte. Un tipo que luce dos cicatrices en plena cara, una del 74 y otra del 2014, dos, para que se vean bien y nadie dude de quién tiene delante ni por lo que pasó. Un tipo agotado pero con ganas de pelea, con ganas de reírse del que ganó y lo celebró haciendo el bobo, con ganas de decirle a todo el mundo Yo Soy del Atleti, del Atleti, del equipo hecho a base de grandes campeonatos y fechas marcadas a fuego donde más duele.

Y ve también saliendo de sus agujeros a los chavales más jóvenes que sufrieron en la última semana una inmersión intensiva en lo que es el Atleti. Y sonríe viendo a los que, acostumbrados a los éxitos de los últimos años, dudan ahora a la hora de enfrentarse al papelón de volver al colegio y sufrir unas cuantas horas. Y ve las dudas y les dice quizás no estéis hechos para esto, si es así es mejor que os salgáis ya, si no valéis no valéis, tampoco pasa nada.

Pero mira sobre todo a los que aprietan los dientes y saben lo que tienen que hacer, a los que al fin dan ese paso al frente que tanto nos costó dar también a nosotros aquel día tras un disgustazo y eso que ahora, tras los años, no nos suponga ningún problema. Y recuerda haber estado en la misma tesitura y también haber echado la pata p’alante, respirar hondo y terminar diciendo eso de hoy más que ayer, oiga, hoy más del Atleti que el oso del escudo.

Y viendo a los que sí dieron el paso, el tipo recién salido de la cueva sonríe más y les dice bienvenidos al Atleti. Bienvenidos, aquí está el único equipo que termina la mejor temporada de la historia con una tragedia griega, aquí está el Campeón de Liga al que se le quedó cara de póker, aquí está el equipo distinto, el equipo diferente, el equipo del que se es mucho o no se es, el equipo que no está hecho para todos y sobre todo no para los débiles de espíritu, el Atleti de Madrid. Bienvenidos al equipo de los que nunca dejan de animar, de los que suben cuestas interminables, de los que se ríen de sus desgracias con los amigos unos meses después de sufrirlas. Bienvenidos al Atleti, al equipo que homenajea a los que perdieron dándolo todo y menosprecia al que ganó con la chequera, al equipo del que, una vez se entra, no se sale nunca y en el que nunca se está con la cabeza gacha. Bienvenidos al equipo que sale de entre los escombros cantando el himno con voz de campeón, el equipo al que nadie entiende salvo los que no entienden nada sin el equipo.

Bienvenidos al Atleti de Madrid, a lo más grande que hay, a nuestro equipo, a nuestra forma de vida.

martes, 20 de mayo de 2014

Nosotros, los Otros



Quedar en la casa de siempre con la gente de siempre. Sentarse en el mismo sitio que las otras veces, llevando la misma camisa y el mismo afán infinitivo que aquel día en Estocolmo, llevando los mismos calzoncillos, pantalones, calcetines, botas de las otras veces. Tomar cada uno el mismo asiento que las otras veces, disponerse igual frente a la tele, respirar hondo, mirar el reloj.

Mirar la alineación, respirar tranquilo, pensar que cuando uno se sabe de memoria una alineación es que el equipo es de fiar. Ver el atuendo visitante, tener una duda, recordar otros partidos en los que la misma camiseta funcionó bien, respirar tranquilo de nuevo. Hacer silencio, mirar la tele, escuchar a los comentaristas del Plus, irritarse levemente, luego más, luego menos, luego a ratos. Mirar al equipo con los ojos entornados, intentar  descifrar eso que vemos los que vemos todos los  partidos, esto es, si el equipo está bien, si los muchachos están bien, si las cosas fluyen. Ver que sí, que fluyen; respirar hondo, respirar tranquilo, comentarlo con los vecinos de sofá y compañeros de angustia; estamos bien, señores, estamos bien, hemos salido bien, sabemos a lo que hemos salido, no es el equipo del día del Málaga. Ver cómo pasan los minutos, tener el estómago cerrado, la boca cerrada, los ojos abiertos. Ver cómo el Atleti es superior, cómo sabe a lo que juega, cómo lo demuestra. Animar a los demás, hay que creer, señores, el equipo está bien, Gabi está bien, si Gabi está bien no hay que temer.

Ver cómo se lesiona Diego Costa corriendo por la parte baja de la televisión, antes de que lo diga el comentarista. Ver cómo hace un amago de seguir, ver cómo para inmediatamente, ver cómo se tira al suelo, cómo pide asistencia, cómo se acercan compañeros y rivales a ver cómo está, entender que no seguirá jugando, maldecir. Escuchar atónito a la afición rival redoblar el esfuerzo al animar, levantar los hombros, decir “vaya tela”. Decir bueno, no pasa nada, ver cómo sale Adrián, ver a Costa llorando, maldecir en voz baja, confiar en voz alta. Ver cómo Arda se lleva un golpe, ver cómo se tira al suelo, ver cómo pide asistencia, cómo se acercan compañeros y rivales a ver cómo está, entender que no seguirá jugando, maldecir de nuevo. Escuchar atónito a la afición rival abucheando al lesionado, decir de nuevo “vaya tela”. Decir bueno, no pasa nada, a ver cómo sale Raúl, ver a Arda llorando, maldecir de nuevo en voz baja, confiar en voz aún más alta.

Seguir confiando, ver al equipo algo despistado, apretar la mandíbula. Ver cómo un balón llega al área, ver cómo Messi la para medio mal, ver cómo Alexis tira a puerta, ver la red moviéndose, entender que fue gol al ver a Alexis corriendo, no entender nada sin embargo. Esperar a la repetición, decir “Dios mío qué golazo, no se lo cree ni él, vaya tela”, mirar a derecha, mirar a izquierda, mentir, decir “yo estoy tranquilo”.

Esperar un ratito, darse cuenta de que en realidad uno sí confía, volver a decirlo, sin mentir esta vez. Ver cómo el Atleti se va arriba y fuerza corners, invocar a los altos en todos y cada uno de los saques de esquina, vamos Mirandinha, vamos Uruguayo, vamos Raúl, vamos chavales. Ver cómo el árbitro pita el final del primer tiempo. Levantarse, girarse al resto, decir “somos mejores, sabíamos que marcarían, estamos como estábamos, hay que confiar”. Darse la vuelta, pensar si lo que se acaba de decir se cree o se quiere creer; llegar a la conclusión de que se cree de verdad, darse la vuelta de nuevo, decirlo de nuevo, esta vez a voces: SOMOS MEJORES, HAY QUE CONFIAR. Abrir una ventana, mirar fuera, respirar hondo.

Volver a sentarse, esperar al inicio del segundo tiempo, acomodarse en el sofá, desacomodarse inmediatamente. Tocar compulsivamente un objeto talismán de madera, hacer rebotar las rodillas, apretar las manos, apretar los dientes. Leer entre líneas, ver al equipo enchufado, decir “vamos muchachos”. Ver el poste de Villa, dar un salto, sentarse con las manos en la cabeza. Ver cómo sale un balón a córner, oír cómo el vecino de asiento dice “aquí llega el gol”, mirarle, ver cómo confirma “aquí llega el gol, créeme, es gol”. Ver cómo sale el balón hacia el área, ver un barullo, ver cómo se eleva Godín, ver la red moviéndose. Girarse mirando con los ojos lo más abierto posible al vecino de sofá. Oír cómo dice “te lo dije”, notar que sale por fin la voz, gritar GOOOOOOOL, tensar todos y cada uno de los músculos del cuerpo, gritar de nuevo GOOOOOOL, pegarse un abrazo de los que duelen, de los que aprietan. Pegarse otro abrazo y otro y otro y dar un beso y otro y otro a todos los que están saltando por la casa. Gritar de nuevo, dar más besos, más abrazos. Recuperar momentáneamente la compostura, beber agua, dar un paseíto por el cuarto con las manos en la nuca, volver a sentarse tras cinco minutos.

Ver que el Atleti es mejor, decir que el Atleti es mejor. Mirar al suelo, tocar la madera, mirar al reloj, tocar la madera, mirar al suelo, mirar al reloj, batir las rodillas, mirar a un lado, tocar la madera, mirar al suelo. Levantarse un momento, subirse una pernera, subirse otra, mirar al suelo, tocar la madera, mirar al reloj, decir “vamos” muy bajito. Mirar a un lado, mirar a otro, ver la cara del resto, decir “somos mejores”, pensar que somos mejores, mirar el reloj, tocar la madera. Dar un sorbo al agua, tocar la madera, besar la madera, mirar al suelo, mirar al reloj. Levantar rítmicamente los talones, sacudir las rodillas, mirar al suelo, notar una mano que se posa en la rodilla, mirar y ver al compañero que dice “somos mejores”, contestar “sí, sí lo somos”, tocar la madera, mirar al reloj. Mirar al reloj, mirar al reloj, mirar al reloj. Mirar al reloj. Ver el final del partido. Entender que somos campeones de liga 18 años después.

Hincarse de rodillas, con los brazos abiertos, gritar SIIIIIIIII. Ver cómo el resto salta, se abraza, se besa, seguir con las rodillas clavadas en el suelo, romper a llorar.

Llorar cinco minutos seguidos sin saber muy bien cómo parar, recibir abrazos, besos, empujones. Intentar recobrar la compostura, dar besos, abrazos, gritos. Mirar el móvil, ver 200 mensajes recibidos, intentar leerlos, intentar contestarlos, no conseguir ni lo uno ni lo otro porque siguen entrando. Ver mensajes de números desconocidos, de números extranjeros, de gente a la que hace años que uno no ve. Ver mensajes en otros idiomas, de números que uno no reconoce, de gente de la que uno casi se había olvidado, recibir dos o tres llamadas de las que sí hay que contestar inmediatamente, recibir otras cuyo autor debería entender que ya le llamarás cuando pase el desconcierto.

Echarse las manos a la cabeza pensando que el equipo ha ganado la liga 18 años después, mirar la tele de reojo. Ver a Gabi llorando de rodillas también, ver a Raúl García uniéndose. Ver al Mono Burgos abrazarse a Simeone, escuchar la preciosa ovación de Nou Camp que no sólo redime los pitos durante las lesiones, sino que se le queda a uno en la memoria para los restos. Mirar por la ventana, empezar a ver coches que pasan con bufandas en la ventana tocando el claxon, camino del centro. Ver cómo la parada del autobús se llena de chicas con camisetas del Atleti, ver el autobús que llega ya repleto de gente de rojo y blanco. Darse cuenta de nuevo que el equipo ha ganado la liga, 18 años después. Recordar la fiesta en Neptuno el día del Doblete, el sol en la grada de lateral durante el partido del Albacete, el centro de Madrid colapsado desde primeras horas de la mañana, la pierna rota que uno lucía (gentileza de un central flamenco de 100 kilos con poco respeto por los mediocentros extranjeros), la calle Huertas compacta de gente en rojo y blanco, el Anvick Club convertido en Pantic Club por obra y gracia de un rotulador Edding de punta gorda, la prensa del día siguiente.

Entrarle a uno las prisas por ir al centro, coger la bufanda antigua, la del escudo bordado que ya empieza a deshacerse. Coger las llaves de la vespa, ir hacia el centro tocando el pito, saludando a los coches, viendo el río rojo y blanco que baja por O’Donnell y Alcalá camino de la Puerta de Alcalá. Reunirse en el punto convenido, Barquillo 22, enclave mítico en la historia del Atleti. Cantar el himno, coger la calle Barquillo hacia abajo, torcer en Alcalá, enfilar Neptuno. Ver a uno, dos, tres compañeros de colegio a los que uno no veía hace años, abrazarse con ellos, abrazarse con un señor de Zamora que pasa por ahí. Llegar al punto convenido, abrazarse con los amigos, dar saltos con los amigos, abrazarse con Panadero Díaz, ahí es nada. Cantar el himno moderno, cantar el del Metropolitano, cantar el moderno de nuevo, notar que se queda uno sin voz. Quedarse callado viendo el espectáculo de Neptuno, los miles de personas, los niños y niñas, los conocidos, los desconocidos. Los canosos que saltan como críos, los críos que creen que esto de venir a Neptuno cada año es normal, alguna anciana a la que la multitud facilita el paso abriéndose espontánea y respetuosamente como un banco de peces rojiblancos que se mueven al unísono y sin saber bien por qué. Mirar los perros con bufanda, las familias enteras con cara reluciente y camisetas rojiblancas, las niñas chicas con coletas y la cara pintada, los tipos maduros que, menos expresivos que el resto, están sin embargo aún más contentos porque saben lo que costó llegar aquí de nuevo.

Cenar, beber cerveza, dar saltos, darse abrazos. Darse realmente cuenta de lo que ha pasado, empezar a entender lo que ha pasado en realidad. Ver en la televisión de los bares lo que está pasando, ver lo que la gente opina del equipo, ver cómo el equipo es un ejemplo para mucha gente, para muchas cosas, para muchos otros. Ver la prensa extranjera, ver lo que esto significa, ver lo que realmente implica la vuelta del Atleti Grande en un momento difícil y en medio de dos clubes sobreprotegidos y que parten con ventaja. Ver que en todo el mundo se pone al Atleti de ejemplo, ver que en las gradas de campos de equipos modestos pero históricos de toda Europa se desea suerte al Atleti y se le da la enhorabuena.

Entender que volvió un grande porque peleó como un pequeño, que el Atleti recuperó el trono a codazos a pesar de las rémoras del palco, de los colaboracionistas de los medios, de los cenizos, de los mediocres. Comprobar que el Atleti, sus jugadores y su camiseta vencieron a golpes y centímetro a centímetro al sistema, a sus propios problemas internos, a su directiva incompetente, a los periodistas cobardes, a los asustadizos que encontraron en el Pupas la coartada para no pelear, a los catastrofistas, a los envidiosos, a los descreídos, a los agoreros, a los tristes.

Entender que ahí mismo, en el centro del mundo, está el Atleti y estamos nosotros. Nosotros, los de siempre, los del equipo de cuando éramos niños, de cuando ganábamos y perdíamos, de cuando pensábamos que esto no pasaría nunca. Nosotros, los de la familia entera de rojo y blanco yendo al campo, los de las colas antes de las finales, los de la rabia los domingos de vergüenza, los del abono de cupones y la renovación en Segunda. Nosotros, los que no nos movimos de su lado en los días difíciles y damos un paso atrás para que celebren otros en primera línea en los días grandes. Nosotros, los Otros, los del otro lado, los diferentes, los elegidos, los apestados. Nosotros, los de Gárate, los de Molina, los de Dirceu, los de Alemao. Los de Ayala, los de Adelardo, los de Escudero, los de Falcao. Los de Torres, los de Pantic, los de Arteche, los de Luis. Los de Griffa, los de Gabi, los de Pereira, los de Courtois.

Nosotros, los que sabemos quiénes somos, los que llevamos en esto más que el oso del escudo, los que no sabríamos qué somos si no fuéramos nosotros, los otros.

Nosotros, los que nunca podremos agradecer lo suficiente a Simeone lo que ha hecho por nosotros. Nosotros, los del Atleti.

Los del Atleti.