Salió el Atleti a mejorar la imagen dejada en Málaga y, al final del partido, la afición reclamaba llevar al equipo al tinte. Y eso que antes del partido, la afición ya había reclamado limpiar de una vez el palco.
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Es importante tener un amigo farmacéutico para que le diga a uno qué le conviene tomar para evitar la gripe A. También es importante tener un amigo abogado que le explique cómo lidiar con un inquilino o un casero, o cómo reclamar al taller por una factura altísima y un montón de filtros nuevos que el coche parecía no necesitar. Es casi más importante tener un amigo que esté a la última en música, cine y libros y le tenga a uno informado de qué le va a gustar y qué no, qué debe probar y qué debe ignorar. Es esencial tener un amigo que conozca cómo llegar por carretera a los sitios más inaccesibles y que tenga la suficiente experiencia e información como para indicarle a uno dónde están las mejores ventas, bodegas y ambigús de la comarca. Es importante tener un amigo que tenga contactos en el sector, y otro que tenga contactos en la autoridad, uno que tenga una agencia de viajes y otro más que tenga un bar. Uno que sepa de coches, otro que sepa de vino, uno que tenga una finca, otro que sepa el camino que te lleva hasta tu casa cuando escasean los taxis y uno está en el quinto pino. Uno que organice fiestas, otro que organice cenas, uno más que lleve el fondo y uno que tenga una vespa. Todo esto es importantísimo y esencial, pero lo verdaderamente crucial, la clave de todo, lo importante entre lo importante es tener un amigo que sepa hacer bien el rabo de toro. Y no es fácil, que de esos no hay muchos. No es fácil, no es fácil, oiga.
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Hacía en Madrid un día de esos de final de verano en los que uno no tiene claro si lloverá o hará un calor horroroso y la afición, sabia y con amplios conocimientos de meteorología, se decantó mayoritariamente por lo segundo y fue al campo con pantalón corto y camiseta. La excepción, que siempre hay una, fue un señor con gafas que llevó un chubasquero en previsión del ataque de un huracán tropical y casi muere hervido en su propio jugo cual pescado en papillote. Esto ocurría en un día en el que jugaba el Atleti a las seis, hora poco habitual, y además se estrenaba el equipo en casa tras una derrota bochornosa en Málaga, tras dos semanas de ocupar el último puesto de la clasificación de liga y tras semana y media convulsa en la que la prensa, sin saber muy bien por qué, había reaccionado al unísono y de una vez por todas contra la directiva del Atleti. Las cartas abiertas y semi-cerradas del ente teórico conocido como Gil Marín, las ya habituales chulerías fuera de tono de Cerezo, la chulería menos justificada aún del incompetente Pitarch (quizás familia del igualmente inepto y altivo Villeneuve, por cierto) y el rosario de cartas, contra-cartas y descartes de la Agrupación de Peñas Atléticas habían convertido un suceso que dejará poco peso en la historia deportiva del Club - esto es, la salida de Heitinga - en el detonante de una revuelta esperada desde hace mucho tiempo y justificada desde hace mucho más.
Así que a las cinco, cuando amenazaba tormenta y España quedaba en evidencia ante Turquía, salió el Atleti y se colocó donde le dejó la fuerza pública. No lo hizo vestido con la camiseta oficial de la temporada, sino mezclando camisetas titulares y suplentes, camisetas de peñas y de equipos de aficionados, camisetas azules y rojiblancas y hasta alguna de esas de rayas amarillas y azules que parecían de Rosario Central. No salió plantado según un clásico 4-4-2 ni con un 4-3-2-1, ni siquiera con un 4-2-3-1. Lo hizo así como Dios le dio a entender, primero de forma más ordenadita, luego más así a lo ancho y al final, sobre la marcha, como buenamente pudo. Porque no es fácil organizar a once jugadores, no, de eso puede dar buena fe Abel, que a veces anda perdido; pero organizar primero a dos o trescientos, luego a mil y pico y al final a cuatro o cinco mil de forma que quede un dibujo reconocido y una táctica ortodoxa es algo que sólo consiguen en Corea del Norte y tras muchísimo ensayar. El Atleti salió por tanto como le dio la gana, se reunió donde le dejó la policía, marchó por fuera del campo diciendo lo que no le dejan mostrar en las pancartas dentro y se quedó más ancho que largo, se quitó un peso de encima y quitó razones a los prestidigitadores de ondas y prensa que intentan tapar con chascarrillos y medias verdades la situación en la que vive la entidad y el cabreo monumental que llevan aquellos a los que les importa de verdad el Club más allá de canapés, palcos vip, viajes pagados e historias en poli piel con las que adornar la boisserie.
Entró el Atleti esta vez cinco minutos tarde al campo donde, qué cosas pasan a veces, habían salido los jugadores del Atleti vestidos con la camiseta oficial de la temporada cinco minutitos antes. Esperó el Atleti en los vomitorios y vio al equipo rival vestido de dos colores, con una equipación con aire de túnica de caballero medieval y una media de cada color. Se maravilló el Atleti aún desde los vomitorios de que el rival llevase esas medias y, sobre todo, de que ningún jugador visitante se hubiera equivocado de pierna y llevara las medias cambiadas. Tanto orden asombró al Atleti, quien se preguntó en su fuero interno cuántos jugadores de su propio club serían capaces de distinguir con acierto en qué pierna iría cada media si algún año a la Marca le da por vestir a la soldadesca de esa guisa, y rápidamente pensó en Reyes. Echó entonces el Atleti media sonrisilla ladeada, levantó mucho las cejas, dijo para sus adentros "en fin" y subió a su asiento al ver que ya habían pasado los cinco minutos de marras.
Se fijó entonces el Atleti en el Atleti del campo, y se aflojó un botón del cuello de la camisa y tragó saliva y dijo glups. El Atleti sabe que este año el Atleti tiene una plantilla cortísima, sabe que tras el primer partido se ha lesionado un titular y se ha vendido a otro y que las grandes estrellas del equipo, las que sujetan los palos del sombrajo, tendrán que jugar partidos y partidos internacionales durante toda la temporada. Todo esto lo sabe el Atleti, que se temía lo peor, y aún así tragó saliva y dijo glups nada más ver el equipo titular. La baja de Heitinga, la lesión de Raúl García y Maxi y la fatiga del Kun y Forlán dejaron al Atleti con la media del Mallorca, un central del descendido Betis, un lateral suplente del Racing, un interior que ya no está ni para el Recre y un portero prometedor, del Valladolid, que además se irá cinco o seis partidos en cuanto coja la forma. La planificación deportiva del Club tiene estas cosas, pero cuando el Atleti protesta el responsable técnico se pone chulo, la prensa se pregunta que de qué se queja la muchachada y el presidente hace gala de su sentido del humor martinezsórico de dictadorzuelo seguro de sí mismo para decir que si alguien se manifiesta será para darle las gracias. En fin.
Empezó el partido y varios miopes radicales, gran cantidad de pacientes de cataratas y al menos una centena de invidentes santanderinos tuvieron claro que la banda derecha del Atleti era una perita en dulce. Y, aún así, poco hizo el Racing. Empezó el Atleti jugando con cierta sensación de solidez que parecía más basada en la debilidad del rival que en el mérito propio; pero, aún así, daba la sensación de que el Atleti se llevaría el partido, si no por mérito, sí por jugar en casa, por inercia, por ley de la gravedad. Tiraba a puerta Cléber, tranquilo hasta la lentitud y con pocos agobios, y tiró a puerta Assunção, perdido e impreciso sin Raúl a su vera. Jugando con un único delantero, Agüero, el juego de ataque del Atleti tuvo un protagonista nuevo: Jurado. Jurado hizo cosas, tuvo ideas, intentó sorprender, cambiar el aire. Si el Atleti juega con un punta y dos medio centros defensivos, quizás Jurado tenga sitio; eso sí, parece que sólo entonces. Porque Jurado intenta cositas y tiene ideas, pero pierde muchos balones y corre más bien poco en la recuperación. Durante fases del primer tiempo nadie supo bien de qué y dónde jugaba, pero cuando le llegaba el balón destacaba un poco. Si fue mérito suyo o demérito de sus compañeros es otro cantar. Porque ayer Simão no estaba, algo poco frecuente, y Sinama ayer no estaba, algo demasiado frecuente. Sinama no sabe tampoco a qué juega, y pulula por el campo con el aire insolente del que reclama una oportunidad sin caer en la cuenta de que ya ha tenido treinta o cuarenta. Vista la actitud de Sinama, uno se pregunta por qué no sale un canterano en su lugar para que al menos corra y alegre las pupilas de la hastiada afición colchonera trotando por esas bandas que, quizás sea un efecto óptico desde la grada de lateral, parecen más estrechas que hace unos meses. Milagros de la cal, serán.
Y tras Sinama, Valera, esto es, la nada. Valera lo intenta y lo intenta y le sale todo bastante mal. Justito de calidad y también de fuerza a pesar de su físico, empezó nervioso y acabó pidiendo unas vacaciones en un balneario. Su apoyo ayer fue Sinama por delante, toda una traición, y Juanito a su costado. Juanito, concentrado y voluntarioso, evidencia controles catastróficos y falta de rapidez en algunos lances. Si Assunção no tiene el día como ayer y su último apoyo es el ralentizado Cléber, la sensación que esa zona de la defensa transmite es que con muy poco se puede hacer un lío importante. De hecho ayer pudo el Racing marcar un par de goles en el primer tiempo casi sin querer, aunque su delantero centro, educadísimo, no quiso aprovechar la ocasión y rechazó el regalo del anfitrión para no hacer un feo en día de protestas. Así pintaba el Atleti en el primer tiempo y, cuando éste acababa, marcó Jurado desde fuera del área. El Atleti comprendió rápidamente que sí, que iba a ganar por gravitación universal y se fue un momento a por tabaco. El Racing aprovechó que el equipo local buscaba cambio y marcó un gol justo antes del final del primer tiempo con media defensa al trote, un gol de esos que debería conllevar que el Atleti en pleno pasara seis horas de cara a la pared y con orejas de burro. Uno uno al descanso, hay que ver qué cosas hace este equipo.
En el segundo tiempo salió Forlán y se fue el Kun. Si durante el primer tiempo Agüero fue el único que pareció tener peligro y ganas de crearlo, con Forlán pasó lo mismo. Tiró al palo una falta, tiró al cuerpo del portero rival tras una buena jugada con Jurado, tiró a puerta un balón que nadie supo bien de dónde caía, tiró, tiró y volvió a tirar como los peces en el río pero nada. Y eso que nada más empezar el segundo tiempo se quedó el Rácing con uno menos por una roja excesiva y el Atleti tenía tiempo para marcar. Pero el Atleti es a veces el Atleti que conocemos y no queremos y pasó todo el segundo tiempo jugando contra uno menos sin que se notara. No pasó apuros el Rácing, que en un par de ocasiones se fue para adelante tocando el balón, ni asedió el Atleti con las ganas que uno le pondría si llevara esa camiseta. Sólo Keko, que salió a mediados del segundo tiempo y por cierto fue ignorado en varias acciones por sus compañeros, parecía querer cambiar las cosas. Se fue Jurado y el equipo perdió claridad de ideas, salió Reyes y se apagó del todo la lucecita. El Atleti de ayer no tenía capacidad de pensar, ni de romper, ni de lanzarse a pecho descubierto, ni de engañar al rival. Un Racing con diez se bastó para parar al Atleti, evidenciando las carencias del equipo y anunciando una temporada larguísima para la hinchada. Otra más, por cierto.
El Atleti ha sumado un punto contra dos equipos contra los que hay que sumar al menos cuatro, y esto no ha hecho más que empezar. El equipo tiene nueve o diez titulares y no tiene margen de error. Nadie se puede lesionar, nadie se puede equivocar y ser sancionado, el banquillo da más pánico que el rival. Agüero y Forlán tendrán que jugar demasiados partidos sin un reserva que aporte tranquilidad y mordiente. El centro del campo funciona si están todos, en cuanto falta uno el riesgo de catástrofe es mayúsculo. El lateral derecho parece un agujero negro, y hoy por hoy la afición se encuentra rezando por la vuelta de Perea y no se reconoce. No hay banquillo, no hay dinero para fichar y sí hay, qué cosas, cinco o seis chavales que parecen dotados para hacerlo mejor que aquellos que les cierran el paso. La afición agradecería la apuesta, los chavales agradecerían la apuesta y puede que el equipo también. Si este año que se antoja tan largo y tan lleno de sinsabores fuera al menos el año en el que se recuperó la cantera, algo grande habríamos ganado aunque quedáramos décimos.
domingo, 13 de septiembre de 2009
lunes, 7 de septiembre de 2009
De la traición a la esperanza (pasando por el bochorno)
Nuevas aventuras en rojo y en blanco, esta vez sin salir de casa
Capítulo 1 - Entre la traición y el alivio
Hay cosas que gusta hacer por primera vez, como por ejemplo recibir el premio Nobel o ir a Astorga. Por el contrario, hay otras que no. Entre estas últimas está hablar en público, ir al urólogo y dar de baja el Abono Total. Porque a pesar de tener uno pensado y repensado y claro y hasta clarísimo que ha llegado el momento de hacer algo que no se había hecho antes, el momento de llamar y negar tres veces se hace difícil. Uno, que siempre estuvo allí y que siempre pensó que siempre lo estaría, no se encuentra cómodo dando un paso atrás y saliendo de la fila de los que esperan para hacer lo que siempre se ha hecho. Uno, que sabe que por más que los cabreos sean sinceros en el fondo son también pasajeros, estaba acostumbrado a acabar volviendo al redil y sacar de nuevo su abono y renovar todo lo renovable y pagar en el día del club y en el Villa de Madrid y en la previa de la Champions y hasta en la Expo Atleti. Pero esta vez no, esta vez estaba claro, pensado, meditado y decidido y, lo que es peor, dicho públicamente. Vamos, que no había vuelta atrás.
Y aún así, en el momento de llamar y de marcar los números de la fecha de la fundación del Club y de escuchar opciones que no interesan y anuncios de cosas que no deberían despistarle a uno y apartarle de su objetivo verdadero, uno se siente raro. Hola, mire, sí, querría dar de baja el Abono Total. Y uno escucha su propia voz diciendo cosas que pensaba que nunca diría, como aquella vez que dijo que le gustan bastantes canciones de Juan Gabriel, y le choca, la verdad. Le choca también que el que habla al otro lado del teléfono no ponga el grito en el cielo ante lo que acaba de oír, que no diga "no me diga Vd que también Vd se da de baja", que no intente por todos los medios hacerle a uno cambiar de opinión. No. El tipo que contesta al teléfono, cómplice involuntario de la conspiración y partícipe en la traición, se limita a preguntar el número de abonado con voz y actitud funcionarial, con aire de verdugo, de matarife sin sentimientos. Ya está dado de baja, dice, hala, ya está, oiga. Bueno mire, ya sé yo que Vd se limita a contestar al teléfono y no toma decisiones y que a Vd no le pagan por oír quejas, pero entiéndame, a alguien tengo que decirle yo por qué no me abono a la Champions, en algún sitio tengo yo que dejar constancia de que esto es un acto de protesta y no otra cosa, que no lo hago por mi propia voluntad sino forzado por las circunstancias, que si el Atleti fuera el Atleti no intentaría yo esta última forma de hacer presión, de reivindicar una gestión honesta y un trato digno al socio sino todo lo contrario, a lo mejor daba de alta dos o tres abonos más para un vecino y dos sobrinos que no tienen claro de qué equipo son. Escucha paciente el oficinista rojiblanco y dice que sí, que sí, que ya, que ya lo han dicho varios ya estos días, hala, gracias, adiós, adiós.
Cuelga uno el teléfono y se siente un traidor por haber renunciado por primera vez a estar ahí, a intentar ayudar en primera fila como siempre hizo, a condenarse a ver el fútbol por la tele en vez de en el Calderón. Pero, curiosamente, la sensación de traición da paso poco a poco a una sensación nueva, más agradable, menos culpable: el alivio. Bueno, ya, no fue para tanto, al fin y al cabo has hecho lo que has decidido tras mucho pensar, fíate de tí, estás intentando otra vía tras agotar todas las demás, no se trata de dejar a los tuyos abandonados a su suerte sino de intentar cambiar la de todos. No fue agradable pero tampoco dolió tanto, se hizo y ya veremos si funciona, si algo cambia, si ayuda. Y de paso evitamos, aunque sea por unos meses, la sensación de ser preso de su forma de sentir esto del Atleti y, por tanto, de ser vulnerable, manejable y manipulable por aquellos que saben como uno se siente y lo usan en su propio beneficio, sólo en el suyo. Así damos un toque de atención, soltamos una amenaza, dejamos claro que sí podemos, que somos capaces hasta de renunciar a algo que nos encanta por el objetivo de mejorarlo. Pues sí que podemos, sí, que peso nos hemos quitado de encima, qué alivio.
Capítulo 2 - Entre el escepticismo y el bochorno
Una vez hecho el hecho, como Macbeth, y superada la culpa, como Tamayo y Sáez, uno mira a ver qué dice la gente, como Def Con Dos. Y uno relee la prensa y mira en Internet y habla en los bares y nota una oleada de indignación que parece que va más en serio, más documentada, más madura, más sólida que otras veces. El atlético escéptico está habituado a ver todos los años una ola similar de más o menos intensidad que varía entre el tsunami bíblico y la tacita derramada. En los últimos años se han vivido situaciones en las que uno pensaba esta vez sí, ya está claro, la gente está hasta el gorro, la prensa no puede dar la espalda en esta ocasión, esta es la buena, algo va a cambiar. Algunos artículos críticos, algunas protestas espontáneas en el Calderón, más socios dispuestos a coger las octavillas que los voluntarios reparten.
Pero casi sin excepción, sabe el atlético escéptico, a estas situaciones favorables le siguen las contrarias. Ante el acoso de la hinchada, el Club se ha especializado en desactivar movimientos de revuelta. A veces es el anuncio de un fichaje que nunca llegará, otras veces se le ofrece a la afición la cabeza del entrenador en una bandeja de plata tras un bonito baile de los siete velos en el que se sacan a la palestra los nombres de siete sucesores ilusionantes. Otras veces se desvía la atención con lacrimógenos spots firmados por la Sra Rushmore, o se prometen abonos a precios congelados que se descongelan por arte de magia el día menos pensado. La prensa cumple con su papel de rompeolas y airea movimientos de mercado, hace publireportajes, alaba la capacidad negociadora de la directiva, promete estadios gratis, autopistas sólo para colchoneros, publica planos de ciudades deportivas con helipuerto, bolera, casino flotante y parador canino y canta las bondades de la nueva escudería financiada por el club que no tiene un duro para fichar un lateral.
Esta vez también esperaba uno que la prensa ejerciera de Tedax pro-directiva, pero, salvo las clásicas y esperables excepciones colaboracionistas, la respuesta oficial se hacía esperar. Una novedad, oiga, hasta el más escéptico esperaba que a estas alturas estuvieran todos los medios hablando de que el club es suyo y no hay más que hablar, de que la gente se queja sin razón porque el club puede quedar cuarto en la liga, de que no hay que protestar en el campo sino animar a los chavales, los pobres. Y no, no pasaba, uno no escuchaba estas cosas más que de los que era demasiado obvio esperarlas y, por ello, prestaba una atención especial al silencio y la crítica del resto. Con cierta esperanza abría los periódicos deportivos y leía los foros, escuchaba con atención programas de radio e informativos de televisión. Y así fue hasta el bochorno, hasta el espectáculo sonrojante de los informativos de Cuatro en el que comparecieron como representantes del sentimiento atlético, y al menos en teoría para el que no sepa de esto, de la hinchada del Calderón dos tipos requetefinos: el insigne presentador televisivo Gonzalo Miró y el discreto y siempre ponderado Antoñito Ruíz, quizás los dos tipos que menos representen lo que a uno le gustaría que fuera esta afición. El primero, fijo en palcos y desplazamientos internacionales sin que nadie se haya molestado en explicar el por qué de tanto honor, defendía la gestión de la actual directiva (de cuya permanencia depende en gran parte el que quede sin tocar la partida "canapés" de su presupuesto); el segundo, qué cosas pasan a veces, se ocupaba de realizar las críticas más acidas a pesar de su trayectoria, tradicional posicionamiento interesado y ausencia total de carisma como opositor. No hay que insistir, creemos, en lo chocante del espectáculo.
Capítulo 3 - Del bochorno a la ira y, de ésta, a la esperanza
Sólo cuando uno creía haber llegado al fondo del pozo de la vergüenza ajena, descubrió que quedaban otros cuatrocientos metros de caída. Sin saber si fue o no casualidad, un periódico del mismo grupo editorial de la cadena antes referida publicó el mayor monumento al desatino, a la falta de vergüenza y a la tomadura general de pelo que uno recuerda desde el lanzamiento de los discos de Luis Cobos. Miguel Ángel Gil Marín, ese hombre que dicen se oculta en lo más profundo de un refugio nuclear junto con la fórmula de la coca-cola y el sarcófago congelado de Walt Disney, evitaba por supuesto salir a los medios (de comunicación) y se limitaba a enseñar la patita por la puerta entreabierta durante un instante, justo antes de volver a cerrarla, y publicaba una carta abierta que debería estudiarse en las universidades en el capítulo "Grandes caraduras del Siglo XXI". Miguel Ángel Gil Marín, veterinario con vocación moralista, no sabemos si en un ejercicio de audacia suicida o directamente de burla general, se permite invocar la ley para exigir justicia, reclamar la vuelta de los valores al fútbol español y pedir el ánimo y la colaboración de los seguidores a pesar de su natural tendencia a la frustración y la violencia. Todo ello en público y por escrito, ni más ni menos, ahí es nada. Pocas veces ha visto el que suscribe algo que le produjera tal sensación de incredulidad, vergüenza e ira, pocas veces ha visto el que suscribe una oda a la inmoralidad escrita con menos gracia. Del contenido de esta epístola diabólica tiene el lector ya referencias, por lo que no nos extenderemos (más). Tampoco comentaremos en detalle el sonrojante publirreportaje sobre la excelente gestión de la entidad que se publicó un par de páginas más tarde en el mismo número; les ahorraremos la vergüenza ajena.
Pero el efecto de este opúsculo histórico, qué cosas pasan, parece haber sido contrario al esperado. Y no nos referimos a la carcajada que produce la reflexión sobre lo que dice quien lo dice, no. Quizás Gil Marín, acostumbrado a la docilidad de la hinchada, pensó que esta vez, inmolado el ninot del secretario técnico que ejercía de primer parapeto, una palabra suya bastará para sanar a la afición irritada. Pero no. Apoyada por un medio visiblemente molesto por ver cómo ha sido la competencia la que ha sacado la exclusiva, la tortilla parece haberse dado la vuelta. El resultado ha sido la crítica general contra la carta de marras, la convocatoria de manifestaciones y actos reivindicativos, la publicación de artículos de opinión críticos con la directiva firmados por periodistas tradicionalmente afines al régimen, la petición casi unánime de que abandonen el club por la puerta de atrás, escoltados por la autoridad y sin tocar ni quemar ningún documento. De la vergüenza más absoluta parece haber nacido, por fin, la esperanza de que algo cambie. En los próximos días anunciarán un fichaje, la construcción de un segundo helipuerto en la Peineta y la inauguración de una peña atlética en Manchuria. Pero ni por esas ya. Hasta los que hemos visto esto antes, los que hemos pensado cada año que el momento podría llegar, no podemos resistirnos a volver a pensar que este años sí, que ahora sí, que esta sí es la buena. A ver si es verdad.
Capítulo 1 - Entre la traición y el alivio
Hay cosas que gusta hacer por primera vez, como por ejemplo recibir el premio Nobel o ir a Astorga. Por el contrario, hay otras que no. Entre estas últimas está hablar en público, ir al urólogo y dar de baja el Abono Total. Porque a pesar de tener uno pensado y repensado y claro y hasta clarísimo que ha llegado el momento de hacer algo que no se había hecho antes, el momento de llamar y negar tres veces se hace difícil. Uno, que siempre estuvo allí y que siempre pensó que siempre lo estaría, no se encuentra cómodo dando un paso atrás y saliendo de la fila de los que esperan para hacer lo que siempre se ha hecho. Uno, que sabe que por más que los cabreos sean sinceros en el fondo son también pasajeros, estaba acostumbrado a acabar volviendo al redil y sacar de nuevo su abono y renovar todo lo renovable y pagar en el día del club y en el Villa de Madrid y en la previa de la Champions y hasta en la Expo Atleti. Pero esta vez no, esta vez estaba claro, pensado, meditado y decidido y, lo que es peor, dicho públicamente. Vamos, que no había vuelta atrás.
Y aún así, en el momento de llamar y de marcar los números de la fecha de la fundación del Club y de escuchar opciones que no interesan y anuncios de cosas que no deberían despistarle a uno y apartarle de su objetivo verdadero, uno se siente raro. Hola, mire, sí, querría dar de baja el Abono Total. Y uno escucha su propia voz diciendo cosas que pensaba que nunca diría, como aquella vez que dijo que le gustan bastantes canciones de Juan Gabriel, y le choca, la verdad. Le choca también que el que habla al otro lado del teléfono no ponga el grito en el cielo ante lo que acaba de oír, que no diga "no me diga Vd que también Vd se da de baja", que no intente por todos los medios hacerle a uno cambiar de opinión. No. El tipo que contesta al teléfono, cómplice involuntario de la conspiración y partícipe en la traición, se limita a preguntar el número de abonado con voz y actitud funcionarial, con aire de verdugo, de matarife sin sentimientos. Ya está dado de baja, dice, hala, ya está, oiga. Bueno mire, ya sé yo que Vd se limita a contestar al teléfono y no toma decisiones y que a Vd no le pagan por oír quejas, pero entiéndame, a alguien tengo que decirle yo por qué no me abono a la Champions, en algún sitio tengo yo que dejar constancia de que esto es un acto de protesta y no otra cosa, que no lo hago por mi propia voluntad sino forzado por las circunstancias, que si el Atleti fuera el Atleti no intentaría yo esta última forma de hacer presión, de reivindicar una gestión honesta y un trato digno al socio sino todo lo contrario, a lo mejor daba de alta dos o tres abonos más para un vecino y dos sobrinos que no tienen claro de qué equipo son. Escucha paciente el oficinista rojiblanco y dice que sí, que sí, que ya, que ya lo han dicho varios ya estos días, hala, gracias, adiós, adiós.
Cuelga uno el teléfono y se siente un traidor por haber renunciado por primera vez a estar ahí, a intentar ayudar en primera fila como siempre hizo, a condenarse a ver el fútbol por la tele en vez de en el Calderón. Pero, curiosamente, la sensación de traición da paso poco a poco a una sensación nueva, más agradable, menos culpable: el alivio. Bueno, ya, no fue para tanto, al fin y al cabo has hecho lo que has decidido tras mucho pensar, fíate de tí, estás intentando otra vía tras agotar todas las demás, no se trata de dejar a los tuyos abandonados a su suerte sino de intentar cambiar la de todos. No fue agradable pero tampoco dolió tanto, se hizo y ya veremos si funciona, si algo cambia, si ayuda. Y de paso evitamos, aunque sea por unos meses, la sensación de ser preso de su forma de sentir esto del Atleti y, por tanto, de ser vulnerable, manejable y manipulable por aquellos que saben como uno se siente y lo usan en su propio beneficio, sólo en el suyo. Así damos un toque de atención, soltamos una amenaza, dejamos claro que sí podemos, que somos capaces hasta de renunciar a algo que nos encanta por el objetivo de mejorarlo. Pues sí que podemos, sí, que peso nos hemos quitado de encima, qué alivio.
Capítulo 2 - Entre el escepticismo y el bochorno
Una vez hecho el hecho, como Macbeth, y superada la culpa, como Tamayo y Sáez, uno mira a ver qué dice la gente, como Def Con Dos. Y uno relee la prensa y mira en Internet y habla en los bares y nota una oleada de indignación que parece que va más en serio, más documentada, más madura, más sólida que otras veces. El atlético escéptico está habituado a ver todos los años una ola similar de más o menos intensidad que varía entre el tsunami bíblico y la tacita derramada. En los últimos años se han vivido situaciones en las que uno pensaba esta vez sí, ya está claro, la gente está hasta el gorro, la prensa no puede dar la espalda en esta ocasión, esta es la buena, algo va a cambiar. Algunos artículos críticos, algunas protestas espontáneas en el Calderón, más socios dispuestos a coger las octavillas que los voluntarios reparten.
Pero casi sin excepción, sabe el atlético escéptico, a estas situaciones favorables le siguen las contrarias. Ante el acoso de la hinchada, el Club se ha especializado en desactivar movimientos de revuelta. A veces es el anuncio de un fichaje que nunca llegará, otras veces se le ofrece a la afición la cabeza del entrenador en una bandeja de plata tras un bonito baile de los siete velos en el que se sacan a la palestra los nombres de siete sucesores ilusionantes. Otras veces se desvía la atención con lacrimógenos spots firmados por la Sra Rushmore, o se prometen abonos a precios congelados que se descongelan por arte de magia el día menos pensado. La prensa cumple con su papel de rompeolas y airea movimientos de mercado, hace publireportajes, alaba la capacidad negociadora de la directiva, promete estadios gratis, autopistas sólo para colchoneros, publica planos de ciudades deportivas con helipuerto, bolera, casino flotante y parador canino y canta las bondades de la nueva escudería financiada por el club que no tiene un duro para fichar un lateral.
Esta vez también esperaba uno que la prensa ejerciera de Tedax pro-directiva, pero, salvo las clásicas y esperables excepciones colaboracionistas, la respuesta oficial se hacía esperar. Una novedad, oiga, hasta el más escéptico esperaba que a estas alturas estuvieran todos los medios hablando de que el club es suyo y no hay más que hablar, de que la gente se queja sin razón porque el club puede quedar cuarto en la liga, de que no hay que protestar en el campo sino animar a los chavales, los pobres. Y no, no pasaba, uno no escuchaba estas cosas más que de los que era demasiado obvio esperarlas y, por ello, prestaba una atención especial al silencio y la crítica del resto. Con cierta esperanza abría los periódicos deportivos y leía los foros, escuchaba con atención programas de radio e informativos de televisión. Y así fue hasta el bochorno, hasta el espectáculo sonrojante de los informativos de Cuatro en el que comparecieron como representantes del sentimiento atlético, y al menos en teoría para el que no sepa de esto, de la hinchada del Calderón dos tipos requetefinos: el insigne presentador televisivo Gonzalo Miró y el discreto y siempre ponderado Antoñito Ruíz, quizás los dos tipos que menos representen lo que a uno le gustaría que fuera esta afición. El primero, fijo en palcos y desplazamientos internacionales sin que nadie se haya molestado en explicar el por qué de tanto honor, defendía la gestión de la actual directiva (de cuya permanencia depende en gran parte el que quede sin tocar la partida "canapés" de su presupuesto); el segundo, qué cosas pasan a veces, se ocupaba de realizar las críticas más acidas a pesar de su trayectoria, tradicional posicionamiento interesado y ausencia total de carisma como opositor. No hay que insistir, creemos, en lo chocante del espectáculo.
Capítulo 3 - Del bochorno a la ira y, de ésta, a la esperanza
Sólo cuando uno creía haber llegado al fondo del pozo de la vergüenza ajena, descubrió que quedaban otros cuatrocientos metros de caída. Sin saber si fue o no casualidad, un periódico del mismo grupo editorial de la cadena antes referida publicó el mayor monumento al desatino, a la falta de vergüenza y a la tomadura general de pelo que uno recuerda desde el lanzamiento de los discos de Luis Cobos. Miguel Ángel Gil Marín, ese hombre que dicen se oculta en lo más profundo de un refugio nuclear junto con la fórmula de la coca-cola y el sarcófago congelado de Walt Disney, evitaba por supuesto salir a los medios (de comunicación) y se limitaba a enseñar la patita por la puerta entreabierta durante un instante, justo antes de volver a cerrarla, y publicaba una carta abierta que debería estudiarse en las universidades en el capítulo "Grandes caraduras del Siglo XXI". Miguel Ángel Gil Marín, veterinario con vocación moralista, no sabemos si en un ejercicio de audacia suicida o directamente de burla general, se permite invocar la ley para exigir justicia, reclamar la vuelta de los valores al fútbol español y pedir el ánimo y la colaboración de los seguidores a pesar de su natural tendencia a la frustración y la violencia. Todo ello en público y por escrito, ni más ni menos, ahí es nada. Pocas veces ha visto el que suscribe algo que le produjera tal sensación de incredulidad, vergüenza e ira, pocas veces ha visto el que suscribe una oda a la inmoralidad escrita con menos gracia. Del contenido de esta epístola diabólica tiene el lector ya referencias, por lo que no nos extenderemos (más). Tampoco comentaremos en detalle el sonrojante publirreportaje sobre la excelente gestión de la entidad que se publicó un par de páginas más tarde en el mismo número; les ahorraremos la vergüenza ajena.
Pero el efecto de este opúsculo histórico, qué cosas pasan, parece haber sido contrario al esperado. Y no nos referimos a la carcajada que produce la reflexión sobre lo que dice quien lo dice, no. Quizás Gil Marín, acostumbrado a la docilidad de la hinchada, pensó que esta vez, inmolado el ninot del secretario técnico que ejercía de primer parapeto, una palabra suya bastará para sanar a la afición irritada. Pero no. Apoyada por un medio visiblemente molesto por ver cómo ha sido la competencia la que ha sacado la exclusiva, la tortilla parece haberse dado la vuelta. El resultado ha sido la crítica general contra la carta de marras, la convocatoria de manifestaciones y actos reivindicativos, la publicación de artículos de opinión críticos con la directiva firmados por periodistas tradicionalmente afines al régimen, la petición casi unánime de que abandonen el club por la puerta de atrás, escoltados por la autoridad y sin tocar ni quemar ningún documento. De la vergüenza más absoluta parece haber nacido, por fin, la esperanza de que algo cambie. En los próximos días anunciarán un fichaje, la construcción de un segundo helipuerto en la Peineta y la inauguración de una peña atlética en Manchuria. Pero ni por esas ya. Hasta los que hemos visto esto antes, los que hemos pensado cada año que el momento podría llegar, no podemos resistirnos a volver a pensar que este años sí, que ahora sí, que esta sí es la buena. A ver si es verdad.
miércoles, 2 de septiembre de 2009
Doble ración
Tristes razones para no ir a ver la Champions
El Club Atlético de Madrid, Rey de la Furia Española, consiguió meterse en la fase de grupos de la Champions hace pocos días. Esto, que ni es un título ni un logro histórico, era el modesto objetivo para la temporada pasada. Eso sí, daba dinero, daba prestigio, permitía ver a grandes equipos europeos en el Calderón, daba alicientes a la afición para creer en la vuelta a la élite de la que nunca se debió salir. Vamos, lo mínimo exigible.
Tras la clasificación se anunció una entrada importante de dinero en la caja del Club en concepto de derechos de televisión, taquilla y demás. Con ese dinero, dijo la directiva, se ficharán refuerzos para los puestos más flojos de la plantilla. La cuestión era qué puestos: el aficionado medio veía ya con claridad que, si bien hay un equipo titular algo apañado, la plantilla es demasiado corta y demasiado limitada en calidad como para garantizar el paso digno por tres competiciones. No era difícil ver que hacían falta laterales de ambos lados, refuerzos en el medio centro con cierta calidad creativa, un delantero de garantías que diera descanso a los dos titulares, condenados a jugar todos los partidos de liga, copa y Champions, además de los de sus selecciones, vista la ausencia de recambios competentes. Vamos, que había donde elegir.
El puesto elegido fue el lateral derecho. Bueno, puede ser, es verdad que no hay laterales derechos puros salvo el limitado Valera, pero ... ¿era lo más urgente?. El Atleti cuenta con varios centrales que pueden jugar ahí en una emergencia, la afición no se explicaba bien el por qué teniendo, por ejemplo, dos laterales izquierdos cuestionados y refuerzos muy pobres para media y delantera el elegido era el lateral derecho.
Sonó una oferta del Everton por Heitinga; qué raro. Heitinga llevaba una temporada en el Club y, si bien había jugado por debajo de las expectativas, parecían superados sus problemas físicos y, lo que es más importante, parecía haberse hecho con el puesto de lateral derecho titular. Heitinga es joven, titular con Holanda, jugador de carácter y de Club, identificado en apariencia con la grada del Calderón. Aún admitiendo que puede que no figure como titular en la selección ideal de todos los tiempos, visto lo visto sólo una oferta económicamente irrechazable podría hacer pensar en una venta. Pero la oferta, qué cosas, era pobre: más baja que el precio pagado por él hace un año, una vez cumplida la temporada de adaptación al equipo, por un jugador que ocupa una demarcación en la que no hay recambio. Cualquier persona cabal, cualquiera que sepa de fútbol, cualquiera que haya visto jugar al Atleti o a Heitinga y que sepa usar una calculadora, un ábaco o los dedos de más de una mano no habría entrado al trapo. Vender a Heitinga por poco dinero, sin sustituto, con la plantilla como está ... no hace falta ser catedrático de Harvard para llegar a una conclusión rápida.
Se cerró el plazo de fichajes, el Atleti no fichó a nadie y Heitinga se quedó en casa. O eso parecía. En Inglaterra el plazo no se había cerrado, había un día más y el Everton se hizo con Heitinga, así, de repente. El Everton, club histórico con pocas posibilidades de hacerse con la liga de su país y que jugará la antigua UEFA de este año se hacía por menos dinero del previsto con un jugador titular en un equipo de Champions en año de Mundial. Qué raro todo. Estas cosas no pasan en los clubes serios, normalmente pasa al contrario, si se vende un jugador es porque el precio es alto, normalmente cuando uno entra en Champions y se asegura nuevos ingresos compra jugadores para mejorar el rendimiento deportivo del equipo, normalmente cuando uno se ha hecho con el puesto titular de un equipo que juega la mejor competición posible duda ante la posibilidad de irse a un club que, aunque posiblemente mucho más serio y respetuoso con jugadores y grada, no vaya a jugar competiciones a la misma altura. Pero no, tras entrar en Champions y asegurarse nuevos ingresos, el Atleti vende y no compra. ¿Qué habría pasado si no se entra? ¿Se habrían vendido a Agüero, Forlán y Maxi? ¿Se habría culpado a los jugadores, como se quiere hacer con el holandés? ¿Alguien habría asumido responsabilidades?
Lamentablemente el Atleti nuevo es así y, lo peor de todo, ya nada nos extraña. A los aficionados no nos extrañan movimientos absurdos en la plantilla ni nos extraña esta sensación de, una vez más, haber sido timados. No nos llama la atención que se nos cuente una película imposible de creer ni que se brinden como coartada periodistas y medios que deberían ser neutros, objetivos y llamar a las cosas por su nombre, ni tampoco que éstos lo hagan de forma servil y carente de toda credibilidad. Ya no nos choca que las decisiones tengan poco que ver con el futuro deportivo de la entidad, con la calidad del equipo y la satisfacción de la grada, ni nos irrita como debiera ver cómo el futuro del equipo está en manos de un director deportivo incompetente que se permite salir en los medios hablando al aficionado como si fuera tonto, contando milongas e impartiendo doctrina sobre cosas que Perogrullo rebatiría en menos de diez segundos. Ya no nos extraña que salga el presidente de la entidad que un día presidiera Vicente Calderón diciendo, con la colaboración de la prensa, cosas que sonrojan al más ignorante de los aficionados, utilizando un lenguaje y un conocimiento de la materia impropio de alguien que tiene, lamentablemente, el poder de tomar decisiones que acaban por amargarle las tardes de domingo a un millón de personas y poner en bandeja el chiste fácil a otros treinta millones. Ya no nos extraña que éste mismo personaje se permita utilizar un tonillo burlón hacia las preocupaciones del aficionado y sugerir que en el fondo le trae al pairo lo que de él se opine porque él tiene dinero y el resto no, que de eso se trata. No nos extraña tampoco que el verdadero hacedor del Club no de la cara, a pesar de tenerla fácilmente reconocible, y viva en la penumbra, ajeno al ruido y parapetado tras el personaje graciosillo que tiene la penosa labor de dar la cara entre chistecitos, pérdidas de papeles y fotos con la camiseta que más asco produce entre la parroquia a la que representa.
Pero lo peor de todo es que el aficionado crítico también se ha acostumbrado a que no pase nada, a que la grada no brame, a ver cómo otras aficiones se echan a la calle y acosan a los que acaban con su prestigio y su alegría para engordar sus bolsillos y su capacidad de influencia mientras que la afición propia intenta iniciar la ola tras un uno cero al Panathinaikos. El aficionado crítico se ha acostumbrado a sentirse un perro verde, un iluminado que no es bienvenido, un tipo molesto por reclamar lo que es suyo y lo que es de los que callan, un invitado que se torna incómodo cuando sale el tema de marras y lo despacha con rabia y montones de razones. El aficionado crítico se nota extranjero entre sus correligionarios, abducidos por la idea de que la mejor afición del mundo, ese título honorífico tan discutible, rechaza la idea de protestar para no perder su estigma de inasequible al desaliento, de leal y fiel seguidora incluso si el Club al que sigue se va hundiendo en parte por culpa de su maternal y excesivamente benévola forma de entender lo que es su responsabilidad como hinchada. El aficionado crítico se ve ajeno a la masa que se identifica con los lacrimógenos anuncios con los que la directiva procede año tras año a sedar al seguidor que tiene todos los motivos del mundo para revelarse, pero que tiene también la fibra demasiado sensible como para no considerarse parte de algo único y, por tanto, preso de su propia lealtad.
Y por eso, algún aficionado crítico como el que suscribe, harto de los desmanes de la directiva y de la pasividad de la hinchada, harto de ver cómo protestar en el campo no vale de nada, harto de ver como las iniciativas de grupos de aficionados quedan en nada o juntan un número de gente insuficiente para provocar la alarma y suficiente como para provocar el chascarrillo de la prensa cómplice, harto de gente que protesta en los bares y en los foros pero hace poco cuando hay que remangarse, se plantea no ir a los partidos de Champions en casa. Ahí es nada. El atlético de pro, el más atlético de todos, el que hace que el oso del escudo parezca poco colchonero a su vera, ese mismo, sí, se plantea dejar de ver al equipo en casa en la Copa de Europa, ni más ni menos. Ese aficionado, eso sí, no tiene el valor de dejar su abono definitivamente, no quiere perder el número de socio del abono que le regalaron sus padres cuando se hizo un hombrecito, no tiene el valor de seguir el ejemplo del más grande, José Eulogio Gárate, que dejó su abono hace poco, harto de ver cómo juega el equipo y cómo se rigen los destinos del Club del que es máximo referente histórico y del que debería ser Presidente honorífico aunque la directiva no sepa quién es ni se acuerde de él.
El aficionado crítico que suscribe no se atreve a tanto, tiene demasiadas ligaduras morales y demasiada nostalgia acumulada, pero está tan harto que no quiere participar más en el secuestro de la entidad y prefiere renunciar al Abono Total, al peaje injusto de pagar por logros menores aunque se haya estado apoyando toda la vida al Club, al timo de ver cómo se anuncia un equipo y se acaba jugando con otro, al escándalo de ver cómo no sólo no se compensa al aficionado por el partido no visto en casa el año pasado sin que la hinchada tuviera culpa ninguna, sino que se engaña al socio prometiendo precios congelados y cobrando el partido de la previa de Champions a 20 euros por cabeza. No quiere subvencionar, en fin, a los que anteponen sus intereses a los de la masa social, a los que sin tapujos ni vergüenza dicen una cosa y hacen la contraria y que, cuando los periodistas colaboracionistas les preguntan, se permiten emplear un tono de burla y poco interés en contestar.
Por eso, por todo eso, el que suscribe no se hará con el abono que le permita ir al Calderón a ver a su equipo del alma jugando la Copa de Europa. Sólo como tímida medida de protesta, sólo para evitar colaborar en el timo anual, sólo para intentar otra forma de denuncia aunque nadie se dé cuenta, aunque no valga para nada. Renunciar a ver la Champions por principios, vaya, algo poco comprensible para los que hoy en día deciden si somos dignos o tenemos un cabreo perpetuo que no nos merecemos.
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Martes, 1 de septiembre de 2009
Crónica de un día infausto por Fran Omega
Cuando yo era pequeño y me portaba mal, si en un momento dado me pegaba un castañazo, mi abuela aprovechaba siempre para decirme: “¿Ves? Castigo de Dios”.
En este fútbol español, unos tienen dinero y otros no. Unos hacen proyectos y a otros les basta con tirar de talonario. Algunos sobreviven, y punto. La mayoría saben, o eso aparentan, lo que tienen que hacer, para lo que se marcan objetivos y hacen cosas para lograrlos. Otros no lo necesitan, porque tienen todo el poder y el dinero para hacer y deshacerlo todo, una y otra vez, según la fuerza y la dirección del viento.
Y luego está el Atleti, en una categoría aparte. Sus ilegítimos propietarios ni siquiera saben lo que es “un proyecto”, tampoco les interesa lo más mínimo y, como por esas cosas que tiene la vida, les cayó del Cielo un equipo en el que se juntaron varios jugadores extraordinarios, al que un entrenador mexicano supo dar la química necesaria para que funcionase muy bien de vez en cuando, bien bastantes veces; y otro entrenador, toledano y con más que respetable currículum atlético como jugador, ha sabido coger el testigo, una vez superadas sus iniciales ínfulas pseudo-revolucionarias …
… Se ha dado el hecho extraordinario de que ese equipo, hecho de cualquier manera, sin plan alguno que lo alumbrase, se ha puesto a la altura deportiva de otros que, por el contrario, son el resultado de mucho trabajo, mucha ilusión y, también, mucho cerebro puesto al servicio de los colores que defienden y de la Historia que representan, en unos casos para mantenerla, en otros para cambiarla y mejorarla radicalmente.
Y tal hecho es injusto. Clamorosamente injusto. Nos lo merecemos ampliamente nosotros, nostálgicos de no-sé-qué, fieles, incondicionales. Se lo merecen también ellos, los jugadores, aunque sólo sea por cumplir con su obligación, enmedio de un ambiente y unas condiciones que no son las normales. Pero no se lo merecen en absoluto quienes, sin hacer absolutamente nada, encima sacan pecho.
Por eso, como acabábamos de meternos por segunda vez consecutiva en Champions, como han sido incapaces de invertir un duro, justamente cuando esa misma Competición le dará al Club unos beneficios enormes, y como pese a todo ya estaban empezando a hablar de Títulos y cosas así; pues ha resultado que, en este partido, el grupo de jugadores del que se sirven, no les ha resuelto la papeleta. Esta vez no. Castigo de Dios.
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Me encantaría saber cómo, y de qué manera, llegó un día el nombre de Johnny Heitinga a la mesa del Sr. García Pitarch.
Es que verán; ya que ésto es El Rojo y El Blanco, y ya que quien comanda es la mejor pluma atlética del Universo Mundo, sería imposible para este humilde participante igualar, siquiera acercarse, a aquella magnífica definición del personaje, que Don Carlos nos brindaba en mayo de este año, con el título de “… Y Parásitos”:
“ … Hay otros secretarios técnicos, sin embargo, que no se sabe muy bien a qué se dedican. Viven a la sombra, sólo salen a la palestra cuando se lo piden sus empleadores ante la amenaza de revolución de la hinchada, y no cuentan nada de lo que hacen en su día a día. No tienen ni idea sobre la identidad y la historia del equipo para el que trabajan, cuentan sus decisiones por fracasos que enmascaran hablando de la madurez psicológica del jugador, de su tendencia al corte capilar fashion y, naturalmente, del entorno (…)
Tienen un trabajo que a muchos apasionaría pero se lo toman sin pasión ni interés más allá de su lucro personal, porque la profesionalidad y el prestigio del club y la felicidad de la afición y la exigencia de la historia se la traen al pairo en el momento de recibir un cheque ...”
Sin embargo, como decíamos, sobre la mesa de este señor, apareció un día el nombre de Heitinga; que era un desconocido para el público en general, y que ni siquiera era especialmente bien valorado en el Fifa de la Play Station, que –no nos engañemos- es la fuente habitual de inspiración de profesionaletes de este tipo.
El turista accidental de las gafas de sol y los pantalones de pitillo, consiguió su fichaje –o al menos no logró estropearlo- y, entonces, vimos que un Amsterdam Arena lleno hasta la bandera, le despidió con los máximos honores.
Y a mí eso me impresionó mucho, la verdad, porque ya sé que el Ajax lleva muchos años apartado de la Elite; pero malos defensores de la Historia y sentimiento atléticos seríamos, si redujésemos por cuestiones de resultados puntuales o de épocas, el buen gusto y el valor de la opinión de una Afición que ha celebrado 4 Copas de Europa, 29 Ligas y así hasta totalizar 80 Títulos, ganando todos los posibles, nacionales e internacionales, al menos una vez.
Vimos que llevaba muchos años siendo fijo en la Selección de Holanda, le seguimos durante la Eurocopa, en los ratitos libres que nos dejó la prodigiosa España de Luis, Ufarte y La Máquina; y le recibimos con la natural expectación habitual en todo nuevo jugador … pero con el plus adicional de simpatía que mereció Johnny cuando descubrimos que, incluso desde antes de debutar con nuestra camiseta, en su página web oficial figuraba un amable y simpático resúmen de la Historia del Atlético de Madrid, en el apartado “Mis Equipos”.
Hecho excepcional éste, vive Dios, en un mundillo en el que casi todos tienen pinta de no saber muy bien dónde están, ni importarles demasiado los colores que defienden, y que incluso algún canterano (Arizmendi en “Marca” hace unos años) es capaz de contestar “pos no sé, tres o cuatro” cuando le preguntan por las Ligas que ha ganado el Atleti.
Un año después, García Pitarch ha traspasado a la baja a Heitinga. Que finalmente se vaya o no, será otra cuestión, completamente independiente del hecho cierto de que estaba traspasado, y del hecho presumible de que han intentado convencerle, por activa y por pasiva, para que se fuese.
Por eso, el “Caso Heitinga” es la gota que colma el vaso de la incompetencia del secretario técnico atlético; porque ya sabíamos de su falta de cultura futbolística, de su desinterés y de su desprecio supino respecto a lo que es y representa el Club Atlético de Madrid. Teníamos claro que ni sabe, ni quiere saber, que heredó a casi toda la plantilla por la que saca pecho, que acertó con Forlán porque, con él, habría acertado hasta la portera de José Luis Núñez; que lo hizo con Simão porque le falló Quaresma, etc, etc …
Y a partir de ahora, ya sabemos que su incapacidad llega hasta tal extremo, que no se entera cuando, de modo accidental, acierta de pleno. Que no defiende a sus jugadores, porque no los considera como tales. Acertó y ni siquiera lo sabe.
Estamos hartos de verle vendiendo burras, defendiendo lo indefendible pero, cuando ha llegado el día de dar la cara por un jugador comprometido, un jugador de equipo, un líder en potencia y un titular fijo, que encima ha fichado él mismo; ha preferido irse de turismo a Francia. Para una vez que ha podido ejercer de verdad el cargo, incluso poniéndose medallitas, se ha escondido vilmente.
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Con esa amenaza flotando en el ambiente -y cuando hay amenaza flotando, con esta gente, sabes que la Ley de Probabilidades se rompe, hasta convertirse en certeza- varios centenares de atléticos, incapaces de llenar una determinada zona del Estadio, pero desperdigados y visibles por nuestros colores a lo largo de las tribunas de preferencia (porque nos robaron en taquilla, sí, pero al menos nos colocaron noblemente) nos preparamos para ver al Grupo de Jugadores que actualmente representa, por sí y exclusivamente ante nosotros, al Atlético de Madrid.
No iba a ser el desinterés por la Afición, y la desidia en el empleo de la inteligencia, patrimonio de nuestros ilegítimos propietarios; así que el partido, en Málaga y en pleno agosto, se celebró a las cinco de la tarde. Hombre … San Florentino, su Apóstol Valdano y la pléyade de escribidores comprometidos con su causa, quieren que se juegue a las tres; así que al menos salimos ganando ese par de horas y, al fin y al cabo, para eso están las gorritas, las gafas de sol y además, de paso, aprovechamos para broncearnos un poco, y rematar así el Verano, en plena Costa del Sol. Visto así, fue fenomenal.
Hay que reseñar también un hecho, totalmente desconocido para quienes ocupamos el Estadio Vicente Calderón: la manifiesta incompatibilidad entre la declarada manía persecutoria que el Sr. Cerezo tiene con la limpieza, y el estado de nuestras gradas, ha sido heroicamente vencida en La Rosaleda. Ignoramos cómo lo han conseguido, pero las gradas originariamente azules y blancas, son de ese color en la actualidad. No observamos plantación alguna, ni siquiera acumulación de papeles considerable en los suelos y encima, con miradas bastante atónitas, pudimos comprobar que los azulejos de los servicios brillan y, por lo tanto, aunque a los atléticos practicantes nos pueda parecer mentira, llegamos a la conclusión de que limpiar un Estadio es posible. Increíble.
Así que enmedio de tanta limpieza, bajo un sol típicamente costasoleño y convertidos en las únicas personas que, a esa hora y a lo largo de cientos de kilómetros, no estábamos refugiados ni en casa, ni en ningún chiringuito, piscina o playa; asistimos a la presentación liguera del Atlético 2009-10 y, también, al estreno en pasarela de la primera combinación entre las diversas equipaciones de nuestro equipo, que eligió para la ocasión, por cualquier motivo que no sea la coincidencia de colores con el local albiceleste, camiseta negra y pantalones y medias rojas.
En cuanto al partido, yo les prometo por lo que ustedes quieran que ni los jugadores del equipo local, y ni siquiera sus bulliciosos y algo pesaditos aficionados, las tuvieron todas consigo hasta el preciso instante en que, mientras el engominado y siempre nefasto árbitro miraba su reloj al borde del minuto 90, entró de un modo bastante incomprensible el gol que hizo el 3-0 definitivo.
Y es normal que nadie viera nada del todo claro, porque el partido fue raro, muy raro y no fue hasta el final del todo, por simple cuestión de tiempo, que dejó de dar la sensación de estar ahí, abierto, a disposición del equipo que quisiera llevárselo.
Verán … es que reconozco que no me apetece nada apedrear a nuestro equipo, por los motivos expuestos, las imperdonables culpas y responsabilidades ajenas, y la firme convicción de que, con ellos, tal vez no seamos lo que deberíamos ser pero, sin ellos, no seríamos nada.
No obstante, en este partido, tampoco es menester defenderles muy ardorosamente, porque colectivamente funcionaron mal y, si nos metiéramos a calificar actuaciones individuales, sería complicado salvar a dos o tres, poniendo la generosidad extrema en on.
El caso es que los jugadores atléticos parecieron estar buscándose a sí mismos durante los noventa minutos, sin llegar a encontrarse nunca. Mientras tanto, el Málaga tampoco es que hiciese nada especialmente significativo, salvo correr más, y desde luego mejor, teniendo en cuenta que llegaban antes a prácticamente todos los sitios. Pero, pese a ello, no deja de ser cierto que no buscaron, sino que más bien se encontraron con ese espectacular 1-0 con el que nos fuimos al descanso. Es decir: a meter las cabezas bajo los (relucientes) grifos.
Hasta entonces, Sergio Asenjo había intervenido exactamente lo mismo que yo, aunque hay que decir en su favor que él no llevaba gorrita y, en cambio, Raúl García había puesto demasiado ardor en un remate de cabeza facilón, que se le fue por encima del larguero y, poco después, el aparentemente escuálido Simão, emulando a Robinson en versión de César-Luis Menotti, remató balón y, a falta de cochinillo, pobre defensa rival con un apellido rarísimo, para estrellar el balón en el larguero y mandar al defensa rival a la enfermería.
Esa jugada acabaría siendo clave: pudo ser el 0-1 que habría cambiado el partido por completo, y no lo fue. Simão acusó el golpe, permaneciendo algo despistado, como sonado, y acompañado por una bolsa de hielo hasta su prematura sustitución y, mientras tanto, la lesión fortuita del defensa malagueño de nombre irreproducible, provocó la entrada al campo de quien acabaría siendo el jugador del partido: un canterano llamado Manu, que primero se convirtió en un frontón, sacando más o menos el 80% de los balones que cayeron en el área malacitana y, más tarde, marcó de cabeza el 2-0, en los minutos, no vamos a decir “mejores”, pero sí “uno de los menos malos” del Atleti, en este triste partido.
A falta de inspiración o suerte de los titulares, la clave está en el fondo de banquillo. Y el nuestro dio para que salieran, a arreglarlo, Jurado, Sinama y Reyes. El primero lo intentó, de forma reiterada y hay que decir que respetable, aunque sin resultados visibles. El segundo pudo marcar en un intento de tiro con rosca, que se le fue por milímetros y del tercero, a partir de su desagradable, lamentable y sumamente expresivo gesto con sus manitas y deditos hacia la grada, que estrenó el día de la visita del Panathinaikos, nada se vio en cuanto a juego aunque, paradójicamente, estuvo a milímetros de marcar un gol de falta directa.
Agüero, empeñado en una especie de batalla en solitario, con la intermitente ayuda de Forlán y Jurado, también rozó el gol en un par de jugadas individuales … pero del hecho de intuirse que aquél sería el último partido de Johnny, de la lesión de Raúl García, del remate que nos dejó sin Simão, del insoportable calor, del hecho de saber que, en esos momentos, Pitarch se estaba haciendo fotitos en vaya usted a saber qué localidad francesa, mientras sus jefes preparaban con mimo la presentación de no sé qué coche, para participar en vaya usted a saber qué Fórmula … De todo, en suma, se deducía claramente que aquél no era el día, que no saldría nada a derechas y que había que pasar página.
Como en Santander hace unos meses. Más o menos. Consta de Muñiz que es asturiano, que jugó en el Spórting y en el Rayo, y que como entrenador es una especie de héroe en Málaga. No se sabe nada, en cambio, de las circunstancias que explican que haya sido el entrenador rival en los dos partidos peores, más humillantes y más planos del Atleti de Abel, si es que ésta categoría, la del “Atleti de Abel”, existe realmente.
Johnny Heitinga, internacional holandés, héroe recordado en Amsterdam y jugador implicado con el Atleti desde el minuto uno de su llegada, ha recibido como premio a su entrega, la petición desesperada, por quienes dicen ser los regentes del Club, de que acepte una oferta a la baja de un histórico venido muy a menos, y una despedida como la de Málaga, cuando por última vez hemos podido decir: “y con el 5, Heitinga”.
Desterrado ya incluso el “Vendrá uno igual o mejor”, esta es una muestra perfecta de cómo, por una mezcla (que tristemente es casi perfecta) entre incapacidad, ineptitud, desidia, falta de inteligencia e ignorancia absoluta de lo que es y significa este Club; han sido capaces de estropear una situación que les había caído del cielo, gracias a la actuación de un grupo de jugadores que, de corazón, no quiero ni pensar lo que estarán sintiendo en estos momentos.
Ω - Fran Omega – septiembre 2009
El Club Atlético de Madrid, Rey de la Furia Española, consiguió meterse en la fase de grupos de la Champions hace pocos días. Esto, que ni es un título ni un logro histórico, era el modesto objetivo para la temporada pasada. Eso sí, daba dinero, daba prestigio, permitía ver a grandes equipos europeos en el Calderón, daba alicientes a la afición para creer en la vuelta a la élite de la que nunca se debió salir. Vamos, lo mínimo exigible.
Tras la clasificación se anunció una entrada importante de dinero en la caja del Club en concepto de derechos de televisión, taquilla y demás. Con ese dinero, dijo la directiva, se ficharán refuerzos para los puestos más flojos de la plantilla. La cuestión era qué puestos: el aficionado medio veía ya con claridad que, si bien hay un equipo titular algo apañado, la plantilla es demasiado corta y demasiado limitada en calidad como para garantizar el paso digno por tres competiciones. No era difícil ver que hacían falta laterales de ambos lados, refuerzos en el medio centro con cierta calidad creativa, un delantero de garantías que diera descanso a los dos titulares, condenados a jugar todos los partidos de liga, copa y Champions, además de los de sus selecciones, vista la ausencia de recambios competentes. Vamos, que había donde elegir.
El puesto elegido fue el lateral derecho. Bueno, puede ser, es verdad que no hay laterales derechos puros salvo el limitado Valera, pero ... ¿era lo más urgente?. El Atleti cuenta con varios centrales que pueden jugar ahí en una emergencia, la afición no se explicaba bien el por qué teniendo, por ejemplo, dos laterales izquierdos cuestionados y refuerzos muy pobres para media y delantera el elegido era el lateral derecho.
Sonó una oferta del Everton por Heitinga; qué raro. Heitinga llevaba una temporada en el Club y, si bien había jugado por debajo de las expectativas, parecían superados sus problemas físicos y, lo que es más importante, parecía haberse hecho con el puesto de lateral derecho titular. Heitinga es joven, titular con Holanda, jugador de carácter y de Club, identificado en apariencia con la grada del Calderón. Aún admitiendo que puede que no figure como titular en la selección ideal de todos los tiempos, visto lo visto sólo una oferta económicamente irrechazable podría hacer pensar en una venta. Pero la oferta, qué cosas, era pobre: más baja que el precio pagado por él hace un año, una vez cumplida la temporada de adaptación al equipo, por un jugador que ocupa una demarcación en la que no hay recambio. Cualquier persona cabal, cualquiera que sepa de fútbol, cualquiera que haya visto jugar al Atleti o a Heitinga y que sepa usar una calculadora, un ábaco o los dedos de más de una mano no habría entrado al trapo. Vender a Heitinga por poco dinero, sin sustituto, con la plantilla como está ... no hace falta ser catedrático de Harvard para llegar a una conclusión rápida.
Se cerró el plazo de fichajes, el Atleti no fichó a nadie y Heitinga se quedó en casa. O eso parecía. En Inglaterra el plazo no se había cerrado, había un día más y el Everton se hizo con Heitinga, así, de repente. El Everton, club histórico con pocas posibilidades de hacerse con la liga de su país y que jugará la antigua UEFA de este año se hacía por menos dinero del previsto con un jugador titular en un equipo de Champions en año de Mundial. Qué raro todo. Estas cosas no pasan en los clubes serios, normalmente pasa al contrario, si se vende un jugador es porque el precio es alto, normalmente cuando uno entra en Champions y se asegura nuevos ingresos compra jugadores para mejorar el rendimiento deportivo del equipo, normalmente cuando uno se ha hecho con el puesto titular de un equipo que juega la mejor competición posible duda ante la posibilidad de irse a un club que, aunque posiblemente mucho más serio y respetuoso con jugadores y grada, no vaya a jugar competiciones a la misma altura. Pero no, tras entrar en Champions y asegurarse nuevos ingresos, el Atleti vende y no compra. ¿Qué habría pasado si no se entra? ¿Se habrían vendido a Agüero, Forlán y Maxi? ¿Se habría culpado a los jugadores, como se quiere hacer con el holandés? ¿Alguien habría asumido responsabilidades?
Lamentablemente el Atleti nuevo es así y, lo peor de todo, ya nada nos extraña. A los aficionados no nos extrañan movimientos absurdos en la plantilla ni nos extraña esta sensación de, una vez más, haber sido timados. No nos llama la atención que se nos cuente una película imposible de creer ni que se brinden como coartada periodistas y medios que deberían ser neutros, objetivos y llamar a las cosas por su nombre, ni tampoco que éstos lo hagan de forma servil y carente de toda credibilidad. Ya no nos choca que las decisiones tengan poco que ver con el futuro deportivo de la entidad, con la calidad del equipo y la satisfacción de la grada, ni nos irrita como debiera ver cómo el futuro del equipo está en manos de un director deportivo incompetente que se permite salir en los medios hablando al aficionado como si fuera tonto, contando milongas e impartiendo doctrina sobre cosas que Perogrullo rebatiría en menos de diez segundos. Ya no nos extraña que salga el presidente de la entidad que un día presidiera Vicente Calderón diciendo, con la colaboración de la prensa, cosas que sonrojan al más ignorante de los aficionados, utilizando un lenguaje y un conocimiento de la materia impropio de alguien que tiene, lamentablemente, el poder de tomar decisiones que acaban por amargarle las tardes de domingo a un millón de personas y poner en bandeja el chiste fácil a otros treinta millones. Ya no nos extraña que éste mismo personaje se permita utilizar un tonillo burlón hacia las preocupaciones del aficionado y sugerir que en el fondo le trae al pairo lo que de él se opine porque él tiene dinero y el resto no, que de eso se trata. No nos extraña tampoco que el verdadero hacedor del Club no de la cara, a pesar de tenerla fácilmente reconocible, y viva en la penumbra, ajeno al ruido y parapetado tras el personaje graciosillo que tiene la penosa labor de dar la cara entre chistecitos, pérdidas de papeles y fotos con la camiseta que más asco produce entre la parroquia a la que representa.
Pero lo peor de todo es que el aficionado crítico también se ha acostumbrado a que no pase nada, a que la grada no brame, a ver cómo otras aficiones se echan a la calle y acosan a los que acaban con su prestigio y su alegría para engordar sus bolsillos y su capacidad de influencia mientras que la afición propia intenta iniciar la ola tras un uno cero al Panathinaikos. El aficionado crítico se ha acostumbrado a sentirse un perro verde, un iluminado que no es bienvenido, un tipo molesto por reclamar lo que es suyo y lo que es de los que callan, un invitado que se torna incómodo cuando sale el tema de marras y lo despacha con rabia y montones de razones. El aficionado crítico se nota extranjero entre sus correligionarios, abducidos por la idea de que la mejor afición del mundo, ese título honorífico tan discutible, rechaza la idea de protestar para no perder su estigma de inasequible al desaliento, de leal y fiel seguidora incluso si el Club al que sigue se va hundiendo en parte por culpa de su maternal y excesivamente benévola forma de entender lo que es su responsabilidad como hinchada. El aficionado crítico se ve ajeno a la masa que se identifica con los lacrimógenos anuncios con los que la directiva procede año tras año a sedar al seguidor que tiene todos los motivos del mundo para revelarse, pero que tiene también la fibra demasiado sensible como para no considerarse parte de algo único y, por tanto, preso de su propia lealtad.
Y por eso, algún aficionado crítico como el que suscribe, harto de los desmanes de la directiva y de la pasividad de la hinchada, harto de ver cómo protestar en el campo no vale de nada, harto de ver como las iniciativas de grupos de aficionados quedan en nada o juntan un número de gente insuficiente para provocar la alarma y suficiente como para provocar el chascarrillo de la prensa cómplice, harto de gente que protesta en los bares y en los foros pero hace poco cuando hay que remangarse, se plantea no ir a los partidos de Champions en casa. Ahí es nada. El atlético de pro, el más atlético de todos, el que hace que el oso del escudo parezca poco colchonero a su vera, ese mismo, sí, se plantea dejar de ver al equipo en casa en la Copa de Europa, ni más ni menos. Ese aficionado, eso sí, no tiene el valor de dejar su abono definitivamente, no quiere perder el número de socio del abono que le regalaron sus padres cuando se hizo un hombrecito, no tiene el valor de seguir el ejemplo del más grande, José Eulogio Gárate, que dejó su abono hace poco, harto de ver cómo juega el equipo y cómo se rigen los destinos del Club del que es máximo referente histórico y del que debería ser Presidente honorífico aunque la directiva no sepa quién es ni se acuerde de él.
El aficionado crítico que suscribe no se atreve a tanto, tiene demasiadas ligaduras morales y demasiada nostalgia acumulada, pero está tan harto que no quiere participar más en el secuestro de la entidad y prefiere renunciar al Abono Total, al peaje injusto de pagar por logros menores aunque se haya estado apoyando toda la vida al Club, al timo de ver cómo se anuncia un equipo y se acaba jugando con otro, al escándalo de ver cómo no sólo no se compensa al aficionado por el partido no visto en casa el año pasado sin que la hinchada tuviera culpa ninguna, sino que se engaña al socio prometiendo precios congelados y cobrando el partido de la previa de Champions a 20 euros por cabeza. No quiere subvencionar, en fin, a los que anteponen sus intereses a los de la masa social, a los que sin tapujos ni vergüenza dicen una cosa y hacen la contraria y que, cuando los periodistas colaboracionistas les preguntan, se permiten emplear un tono de burla y poco interés en contestar.
Por eso, por todo eso, el que suscribe no se hará con el abono que le permita ir al Calderón a ver a su equipo del alma jugando la Copa de Europa. Sólo como tímida medida de protesta, sólo para evitar colaborar en el timo anual, sólo para intentar otra forma de denuncia aunque nadie se dé cuenta, aunque no valga para nada. Renunciar a ver la Champions por principios, vaya, algo poco comprensible para los que hoy en día deciden si somos dignos o tenemos un cabreo perpetuo que no nos merecemos.
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Martes, 1 de septiembre de 2009
Crónica de un día infausto por Fran Omega
Cuando yo era pequeño y me portaba mal, si en un momento dado me pegaba un castañazo, mi abuela aprovechaba siempre para decirme: “¿Ves? Castigo de Dios”.
En este fútbol español, unos tienen dinero y otros no. Unos hacen proyectos y a otros les basta con tirar de talonario. Algunos sobreviven, y punto. La mayoría saben, o eso aparentan, lo que tienen que hacer, para lo que se marcan objetivos y hacen cosas para lograrlos. Otros no lo necesitan, porque tienen todo el poder y el dinero para hacer y deshacerlo todo, una y otra vez, según la fuerza y la dirección del viento.
Y luego está el Atleti, en una categoría aparte. Sus ilegítimos propietarios ni siquiera saben lo que es “un proyecto”, tampoco les interesa lo más mínimo y, como por esas cosas que tiene la vida, les cayó del Cielo un equipo en el que se juntaron varios jugadores extraordinarios, al que un entrenador mexicano supo dar la química necesaria para que funcionase muy bien de vez en cuando, bien bastantes veces; y otro entrenador, toledano y con más que respetable currículum atlético como jugador, ha sabido coger el testigo, una vez superadas sus iniciales ínfulas pseudo-revolucionarias …
… Se ha dado el hecho extraordinario de que ese equipo, hecho de cualquier manera, sin plan alguno que lo alumbrase, se ha puesto a la altura deportiva de otros que, por el contrario, son el resultado de mucho trabajo, mucha ilusión y, también, mucho cerebro puesto al servicio de los colores que defienden y de la Historia que representan, en unos casos para mantenerla, en otros para cambiarla y mejorarla radicalmente.
Y tal hecho es injusto. Clamorosamente injusto. Nos lo merecemos ampliamente nosotros, nostálgicos de no-sé-qué, fieles, incondicionales. Se lo merecen también ellos, los jugadores, aunque sólo sea por cumplir con su obligación, enmedio de un ambiente y unas condiciones que no son las normales. Pero no se lo merecen en absoluto quienes, sin hacer absolutamente nada, encima sacan pecho.
Por eso, como acabábamos de meternos por segunda vez consecutiva en Champions, como han sido incapaces de invertir un duro, justamente cuando esa misma Competición le dará al Club unos beneficios enormes, y como pese a todo ya estaban empezando a hablar de Títulos y cosas así; pues ha resultado que, en este partido, el grupo de jugadores del que se sirven, no les ha resuelto la papeleta. Esta vez no. Castigo de Dios.
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Me encantaría saber cómo, y de qué manera, llegó un día el nombre de Johnny Heitinga a la mesa del Sr. García Pitarch.
Es que verán; ya que ésto es El Rojo y El Blanco, y ya que quien comanda es la mejor pluma atlética del Universo Mundo, sería imposible para este humilde participante igualar, siquiera acercarse, a aquella magnífica definición del personaje, que Don Carlos nos brindaba en mayo de este año, con el título de “… Y Parásitos”:
“ … Hay otros secretarios técnicos, sin embargo, que no se sabe muy bien a qué se dedican. Viven a la sombra, sólo salen a la palestra cuando se lo piden sus empleadores ante la amenaza de revolución de la hinchada, y no cuentan nada de lo que hacen en su día a día. No tienen ni idea sobre la identidad y la historia del equipo para el que trabajan, cuentan sus decisiones por fracasos que enmascaran hablando de la madurez psicológica del jugador, de su tendencia al corte capilar fashion y, naturalmente, del entorno (…)
Tienen un trabajo que a muchos apasionaría pero se lo toman sin pasión ni interés más allá de su lucro personal, porque la profesionalidad y el prestigio del club y la felicidad de la afición y la exigencia de la historia se la traen al pairo en el momento de recibir un cheque ...”
Sin embargo, como decíamos, sobre la mesa de este señor, apareció un día el nombre de Heitinga; que era un desconocido para el público en general, y que ni siquiera era especialmente bien valorado en el Fifa de la Play Station, que –no nos engañemos- es la fuente habitual de inspiración de profesionaletes de este tipo.
El turista accidental de las gafas de sol y los pantalones de pitillo, consiguió su fichaje –o al menos no logró estropearlo- y, entonces, vimos que un Amsterdam Arena lleno hasta la bandera, le despidió con los máximos honores.
Y a mí eso me impresionó mucho, la verdad, porque ya sé que el Ajax lleva muchos años apartado de la Elite; pero malos defensores de la Historia y sentimiento atléticos seríamos, si redujésemos por cuestiones de resultados puntuales o de épocas, el buen gusto y el valor de la opinión de una Afición que ha celebrado 4 Copas de Europa, 29 Ligas y así hasta totalizar 80 Títulos, ganando todos los posibles, nacionales e internacionales, al menos una vez.
Vimos que llevaba muchos años siendo fijo en la Selección de Holanda, le seguimos durante la Eurocopa, en los ratitos libres que nos dejó la prodigiosa España de Luis, Ufarte y La Máquina; y le recibimos con la natural expectación habitual en todo nuevo jugador … pero con el plus adicional de simpatía que mereció Johnny cuando descubrimos que, incluso desde antes de debutar con nuestra camiseta, en su página web oficial figuraba un amable y simpático resúmen de la Historia del Atlético de Madrid, en el apartado “Mis Equipos”.
Hecho excepcional éste, vive Dios, en un mundillo en el que casi todos tienen pinta de no saber muy bien dónde están, ni importarles demasiado los colores que defienden, y que incluso algún canterano (Arizmendi en “Marca” hace unos años) es capaz de contestar “pos no sé, tres o cuatro” cuando le preguntan por las Ligas que ha ganado el Atleti.
Un año después, García Pitarch ha traspasado a la baja a Heitinga. Que finalmente se vaya o no, será otra cuestión, completamente independiente del hecho cierto de que estaba traspasado, y del hecho presumible de que han intentado convencerle, por activa y por pasiva, para que se fuese.
Por eso, el “Caso Heitinga” es la gota que colma el vaso de la incompetencia del secretario técnico atlético; porque ya sabíamos de su falta de cultura futbolística, de su desinterés y de su desprecio supino respecto a lo que es y representa el Club Atlético de Madrid. Teníamos claro que ni sabe, ni quiere saber, que heredó a casi toda la plantilla por la que saca pecho, que acertó con Forlán porque, con él, habría acertado hasta la portera de José Luis Núñez; que lo hizo con Simão porque le falló Quaresma, etc, etc …
Y a partir de ahora, ya sabemos que su incapacidad llega hasta tal extremo, que no se entera cuando, de modo accidental, acierta de pleno. Que no defiende a sus jugadores, porque no los considera como tales. Acertó y ni siquiera lo sabe.
Estamos hartos de verle vendiendo burras, defendiendo lo indefendible pero, cuando ha llegado el día de dar la cara por un jugador comprometido, un jugador de equipo, un líder en potencia y un titular fijo, que encima ha fichado él mismo; ha preferido irse de turismo a Francia. Para una vez que ha podido ejercer de verdad el cargo, incluso poniéndose medallitas, se ha escondido vilmente.
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Con esa amenaza flotando en el ambiente -y cuando hay amenaza flotando, con esta gente, sabes que la Ley de Probabilidades se rompe, hasta convertirse en certeza- varios centenares de atléticos, incapaces de llenar una determinada zona del Estadio, pero desperdigados y visibles por nuestros colores a lo largo de las tribunas de preferencia (porque nos robaron en taquilla, sí, pero al menos nos colocaron noblemente) nos preparamos para ver al Grupo de Jugadores que actualmente representa, por sí y exclusivamente ante nosotros, al Atlético de Madrid.
No iba a ser el desinterés por la Afición, y la desidia en el empleo de la inteligencia, patrimonio de nuestros ilegítimos propietarios; así que el partido, en Málaga y en pleno agosto, se celebró a las cinco de la tarde. Hombre … San Florentino, su Apóstol Valdano y la pléyade de escribidores comprometidos con su causa, quieren que se juegue a las tres; así que al menos salimos ganando ese par de horas y, al fin y al cabo, para eso están las gorritas, las gafas de sol y además, de paso, aprovechamos para broncearnos un poco, y rematar así el Verano, en plena Costa del Sol. Visto así, fue fenomenal.
Hay que reseñar también un hecho, totalmente desconocido para quienes ocupamos el Estadio Vicente Calderón: la manifiesta incompatibilidad entre la declarada manía persecutoria que el Sr. Cerezo tiene con la limpieza, y el estado de nuestras gradas, ha sido heroicamente vencida en La Rosaleda. Ignoramos cómo lo han conseguido, pero las gradas originariamente azules y blancas, son de ese color en la actualidad. No observamos plantación alguna, ni siquiera acumulación de papeles considerable en los suelos y encima, con miradas bastante atónitas, pudimos comprobar que los azulejos de los servicios brillan y, por lo tanto, aunque a los atléticos practicantes nos pueda parecer mentira, llegamos a la conclusión de que limpiar un Estadio es posible. Increíble.
Así que enmedio de tanta limpieza, bajo un sol típicamente costasoleño y convertidos en las únicas personas que, a esa hora y a lo largo de cientos de kilómetros, no estábamos refugiados ni en casa, ni en ningún chiringuito, piscina o playa; asistimos a la presentación liguera del Atlético 2009-10 y, también, al estreno en pasarela de la primera combinación entre las diversas equipaciones de nuestro equipo, que eligió para la ocasión, por cualquier motivo que no sea la coincidencia de colores con el local albiceleste, camiseta negra y pantalones y medias rojas.
En cuanto al partido, yo les prometo por lo que ustedes quieran que ni los jugadores del equipo local, y ni siquiera sus bulliciosos y algo pesaditos aficionados, las tuvieron todas consigo hasta el preciso instante en que, mientras el engominado y siempre nefasto árbitro miraba su reloj al borde del minuto 90, entró de un modo bastante incomprensible el gol que hizo el 3-0 definitivo.
Y es normal que nadie viera nada del todo claro, porque el partido fue raro, muy raro y no fue hasta el final del todo, por simple cuestión de tiempo, que dejó de dar la sensación de estar ahí, abierto, a disposición del equipo que quisiera llevárselo.
Verán … es que reconozco que no me apetece nada apedrear a nuestro equipo, por los motivos expuestos, las imperdonables culpas y responsabilidades ajenas, y la firme convicción de que, con ellos, tal vez no seamos lo que deberíamos ser pero, sin ellos, no seríamos nada.
No obstante, en este partido, tampoco es menester defenderles muy ardorosamente, porque colectivamente funcionaron mal y, si nos metiéramos a calificar actuaciones individuales, sería complicado salvar a dos o tres, poniendo la generosidad extrema en on.
El caso es que los jugadores atléticos parecieron estar buscándose a sí mismos durante los noventa minutos, sin llegar a encontrarse nunca. Mientras tanto, el Málaga tampoco es que hiciese nada especialmente significativo, salvo correr más, y desde luego mejor, teniendo en cuenta que llegaban antes a prácticamente todos los sitios. Pero, pese a ello, no deja de ser cierto que no buscaron, sino que más bien se encontraron con ese espectacular 1-0 con el que nos fuimos al descanso. Es decir: a meter las cabezas bajo los (relucientes) grifos.
Hasta entonces, Sergio Asenjo había intervenido exactamente lo mismo que yo, aunque hay que decir en su favor que él no llevaba gorrita y, en cambio, Raúl García había puesto demasiado ardor en un remate de cabeza facilón, que se le fue por encima del larguero y, poco después, el aparentemente escuálido Simão, emulando a Robinson en versión de César-Luis Menotti, remató balón y, a falta de cochinillo, pobre defensa rival con un apellido rarísimo, para estrellar el balón en el larguero y mandar al defensa rival a la enfermería.
Esa jugada acabaría siendo clave: pudo ser el 0-1 que habría cambiado el partido por completo, y no lo fue. Simão acusó el golpe, permaneciendo algo despistado, como sonado, y acompañado por una bolsa de hielo hasta su prematura sustitución y, mientras tanto, la lesión fortuita del defensa malagueño de nombre irreproducible, provocó la entrada al campo de quien acabaría siendo el jugador del partido: un canterano llamado Manu, que primero se convirtió en un frontón, sacando más o menos el 80% de los balones que cayeron en el área malacitana y, más tarde, marcó de cabeza el 2-0, en los minutos, no vamos a decir “mejores”, pero sí “uno de los menos malos” del Atleti, en este triste partido.
A falta de inspiración o suerte de los titulares, la clave está en el fondo de banquillo. Y el nuestro dio para que salieran, a arreglarlo, Jurado, Sinama y Reyes. El primero lo intentó, de forma reiterada y hay que decir que respetable, aunque sin resultados visibles. El segundo pudo marcar en un intento de tiro con rosca, que se le fue por milímetros y del tercero, a partir de su desagradable, lamentable y sumamente expresivo gesto con sus manitas y deditos hacia la grada, que estrenó el día de la visita del Panathinaikos, nada se vio en cuanto a juego aunque, paradójicamente, estuvo a milímetros de marcar un gol de falta directa.
Agüero, empeñado en una especie de batalla en solitario, con la intermitente ayuda de Forlán y Jurado, también rozó el gol en un par de jugadas individuales … pero del hecho de intuirse que aquél sería el último partido de Johnny, de la lesión de Raúl García, del remate que nos dejó sin Simão, del insoportable calor, del hecho de saber que, en esos momentos, Pitarch se estaba haciendo fotitos en vaya usted a saber qué localidad francesa, mientras sus jefes preparaban con mimo la presentación de no sé qué coche, para participar en vaya usted a saber qué Fórmula … De todo, en suma, se deducía claramente que aquél no era el día, que no saldría nada a derechas y que había que pasar página.
Como en Santander hace unos meses. Más o menos. Consta de Muñiz que es asturiano, que jugó en el Spórting y en el Rayo, y que como entrenador es una especie de héroe en Málaga. No se sabe nada, en cambio, de las circunstancias que explican que haya sido el entrenador rival en los dos partidos peores, más humillantes y más planos del Atleti de Abel, si es que ésta categoría, la del “Atleti de Abel”, existe realmente.
Johnny Heitinga, internacional holandés, héroe recordado en Amsterdam y jugador implicado con el Atleti desde el minuto uno de su llegada, ha recibido como premio a su entrega, la petición desesperada, por quienes dicen ser los regentes del Club, de que acepte una oferta a la baja de un histórico venido muy a menos, y una despedida como la de Málaga, cuando por última vez hemos podido decir: “y con el 5, Heitinga”.
Desterrado ya incluso el “Vendrá uno igual o mejor”, esta es una muestra perfecta de cómo, por una mezcla (que tristemente es casi perfecta) entre incapacidad, ineptitud, desidia, falta de inteligencia e ignorancia absoluta de lo que es y significa este Club; han sido capaces de estropear una situación que les había caído del cielo, gracias a la actuación de un grupo de jugadores que, de corazón, no quiero ni pensar lo que estarán sintiendo en estos momentos.
Ω - Fran Omega – septiembre 2009
miércoles, 26 de agosto de 2009
Crónica del oneroso tostón (o la hora del tautólogo)
El Atleti se clasificó para la fase de grupos de la Champions, según nos dijeron cuando nos despertamos.
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El pasado 12 de abril, un tipo de nombre Tom Williams sacó una ampolla de líquido rojo de su media, se la metió en la boca, la hizo explotar y pidió el cambio por lesión. Lo hizo para engañar al árbitro, dado que en rugby sólo se permiten sustituciones en caso de ciertas lesiones una vez acabado el cupo de cambios. No lo hizo un jugador amateur en un torneo de barrio ni un recién llegado en un partido de parque, sino un jugador de los Harlequins, un equipo con ciento treinta y pico años de historia. No era la primera vez que su entrenador lo ordenaba, era la cuarta. Tras los hechos se inició una investigación que ahora ha venido a certificar la trampa. El día en el que se hizo público que el rugby empieza a verse contaminado por artimañas bilardistas de la peor especie, un gran trozo de hielo ártico se desprendió de la placa continental, dos soles remotos dejaron de brillar y hasta catorce secuoyas californianas se secaron súbitamente. Al instante se disolvieron varias sociedades filantrópicas, se abandonaron dos expediciones científicas que buscaban en lo más profundo de la selva amazónica el remedio definitivo para la boquera y los lanceros de Rohan se dieron a la bebida y al cinquillo. Y no sólo eso. En un refugio subterráneo en un lugar perdido entre el Sahara y el Kalahari brindaron hasta la borrachera Moriarti, Rastapopoulos y Falconetti; en un remoto pueblo alemán decidieron volver a juntarse Modern Talking y en un lugar sin identificar de la provincia de Cádiz el último macho alfa de lince ibérico convocó una rueda de prensa en la que, con gesto serio y unas grandes gafas de pasta, leyó un manifiesto en el que dejaba claro que, visto lo visto, con él no cuenten para la supervivencia de la especie, que ya no le merece la pena. Y no nos extraña nada, qué quieren que yo les diga.
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Jugaba el Atleti el partido de vuelta de la fase previa de la Champions League, quizás el partido que más giros conjuntivos requiere, cosas de la UEFA y su complicado sistema gramático y de competición. El Atleti venía con ventaja y el rival era flojo. El aficionado medio estaba de vacaciones y con pocas ganas de bajar a Madrid a pasar calor, aunque no lo hiciera. Para colmo, el Club, esa inmensa máquina de faltarle al respeto al socio, abonado, accionista, aficionado o hincha, que tanto monta para ciertas cosas, había decidido cobrar 20 euros a los socios para ver el acontecimiento. Poco importaba que se pudiera compensar que el año pasado se jugara un partido a puerta cerrada que sólo vieron en directo un puñado de invitados de gran relevancia simbólica para el club como Gonzalo Miró y el entonces presidente del otro equipo grande de la capital, hoy huido del ojo público no sea que le tiren tomates por la calle. Poco importaba también que el equipo hubiera podido necesitar el aliento de la grada, o que fuera una buena oportunidad para alegrarle la tarde a la parroquia, o que fuera una ocasión propicia para inaugurar una de las últimas temporadas del estadio. Ná, ni un detallito, ¿alguien lo esperaba?
Pero la gente del Atleti tiene estas cosas y cuando todo parecía indicar que al campo no iría nadie, aparecieron atléticos por todas partes. Llegaron de Burgos y de Gijón, de Oviedo, de Zaragoza, de Segovia y hasta de un sitio que no queda claro si pertenece a Valencia o a Alicante, aunque lo más seguro es que sea un enclave de Albacete, el Condado de Treviño de Onteniente. Por venir vino hasta un griego del AEK con ganas de ver cómo se goleaba al Panathinaikos, ya saben Vds cómo son estos griegos. Entraron por los tornos los visitantes con carnés prestados, con carnés no activados y con carnés infantiles, y los que llevaban estos dos últimos tipos de carnés acabaron con la cara colorada o haciendo cola en la taquilla. Entraron habituales e invitados al estadio y entre todos ocupaban algo más de la mitad de la grada, que no es mucho si pensamos que en el fondo es un partido importante para la temporada pero es muchísimo si uno piensa en la birria de partido que había por delante, en el enésimo timo y desprecio al socio con el que nos obsequió la directiva y en la ausencia casi total de aficionados rivales, posiblemente con la mosca tras la oreja tras la imagen que dieron los suyos en el partido de ida. Se sentó en fin la afición en la grada semi-vacía y saludó a los vecinos de localidad, como es de ley. Algunos estaban más delgados, otros menos finos de cabos, todos más morenitos y con ganas de volver al fútbol. Se abrieron bolsas de pipas, se ofrecieron al vecino, se levantaron algunos para ver a su amigo de diez filas más atrás y se reparó en lo guapas que son las rojiblancas, y más aún en verano; ya saben, lo normal en estos casos.
Salió el Atleti con el equipo que se intuye titular, incluso a su pesar, y la gente saludó con alborozo la vuelta al césped de los nuestros. No había pasado un suspiro cuando Heitinga hizo un pase increíble con su pierna mala y Forlán centró un balón al centro en un ejercicio redundante que nadie entendió muy bien salvo el desorientado defensa griego Vintra, quien remató a puerta con decisión. Uno cero, dos cuatro en la eliminatoria, se acabó lo que se daba ya tan prontito.
Algún inocente invitado esperó entonces un arreón de orgullo griego, el grito desgarrador de algún caudillo visitante que lanzara a los suyos al cuerpo a cuerpo, el llamamiento a la carga desesperada del rival que no tiene nada que perder. Pero estas cosas no pasan ya, y menos en agosto, y el Panathinaikos cerró el partido, abrió una novela de Estefanía y se dedicó a leer y dar sorbitos del tinto de verano que preparó el utillero. Nada, ni un atisbo de ganas, ni la mínima intención de remontar aquello. Quizás ni la mínima posibilidad o la nula capacidad de hacerlo, que también puede ser. El Atleti lo vio y la grada lo vio. La grada pensó que quizás sería una buena ocasión para hacer un buen partido y golear a un rival y engrasar la máquina y de paso dejar la impresión de que el dinero de la entrada había servido para algo, pero el Atleti pensó de otra forma. El Atleti se dirigió al Panathinaikos y le dijo oye qué lees, no estarás tú también con el libro ese del sueco y de la chica rara que todo le mundo lee, ¿no? ah, no, ¿esta es de tiros? ¿ah si? mira qué bien. Satisfecho con las respuestas del rival, el Atleti también se ajustó las gafas de ver, abrió el libro por donde marcaba la hoja doblada y dio dos sorbitos a la cerveza con limón en jarra helada que le preparó la afición con su silencio y su resignación.
El partido fue, en toda su extensión, un tostón completo, un rollo infumable, un simulacro de entrenamiento, un solteros desganados contra casados deprimidos. Los jugadores rivales no estaban por la labor, los locales menos y la afición lo intuyó. Sin una mísera portada del Forza Atleti con el que animar el debate, la hinchada se dedicó entonces a lo que procede en estos casos: a rajar. Una vez despotricado lo suficiente sobre el abuso del abono de pago, la gente pasó a otros temas de actualidad: la ausencia de fichajes de postín, lo mal que pinta el Liverpool, el parte médico de Mariano, el incendio de Atenas. El palmarés del Panathinaikos, qué fue de Tsartas, el ingrediente secreto del relleno de las hojas de viña. Los pre-socráticos y su influencia en la ética occidental, el verdadero significado último del concepto que subyace a la expresión panta-rhei, el sentido de la vida. Una vez resueltos con éxito todos estos problemas capitales sin excepción, la afición seguía aburrida y se entregó a lo que la ocasión requería, esto es, a dar nombre griego a los jugadores locales. Contrahechóphoros, Cuñadoulas, Tarjetópoulos, Flojunis, cada uno recibió su nuevo nombre entre alborozo y bostezos; ya saben, la tontuna salva-tardes, lo normal en estos casos.
Del letargo sofista levantó a la afición el único jugador que pareció querer agradar: Agüero, obcecado en la tarde de ayer con meter un gol y volver loca a la defensa rival con su presión constante. Como ya viene siendo habitual, se fue de los que venían a por él y metió un gol así como quien cose. El gol fue el gol 100 del Atleti en Copa de Europa, hoy Liga de Campeones, gol importante y más importante aún al haber sido conseguido frente a un portero con nombre graciosísimo, Galinovic.
Cuando la afición se quitaba las legañas y chascaba la lengua en clara actitud post-siesteña, Abel sacó a Reyes. Lo que faltaba. Reyes ya había sido abroncado durante el calentamiento, pero el letargo general evitó una revuelta y, de paso, que se secundaran los gritos contra el palco que al parecer surgieron de nuevo del fondo sur. Tras el gol, con la clasificación asegurada y el alboroto montado, Reyes salió en mal momento. Vete ya, sinvergüenza, golfo, gritaba la afición. La Perla de Utrera, Chocante de la Puebla, Rostrodouros le llamaban los que aún seguían en la inercia pone-motes. La afición decidió dejar claro que el tipo no es bienvenido en este lado del río, cosa que no estamos seguros que el aludido haya llegado a comprender. Ya de paso, una parte de la hinchada aprovechó que había salido también Jurado y le llamó Posturidis; ya puestos, motes para todos.
Con muy poquito ganó el Atleti dos cero y se fue al vestuario a pensar en la Champions. El Atleti tendrá ahora que esperar al sorteo y ver quién le acompaña en la fase de grupos. La clasificación es buena para la moral de la tropa, para la dignidad de la grada y para la economía del Club. Este último apartado es importante para acometer fichajes, dado que parece claro que la plantilla es corta para jugar no ya tres sino una competición. El equipo afronta la temporada sin delanteros suplentes de garantías, sin laterales solventes que tranquilicen a la afición, con la amenaza de ausencia durante varios partidos del portero titular, con dudas en el centro del centro, la parte clave del campo. Los ingresos que traerá la clasificación han hecho dispararse los rumores y, de rebote, los deseos del colchonero medio, ansioso de ver por fin una plantilla bien pensada, un grupo que exceda el equipo titular, un banquillo que no invite a taparse los ojos cada vez que empieza el calentamiento.
Por desgracia para todos, ahora empieza la fase en la que el protagonista es el presidente de la entidad. En un verano en el que no ha tenido excesivas oportunidades de sacar a relucir su verbo florido y exquisita dicción, llega la hora de Enrique Cerezo. Fiel seguidor de ciertas corrientes de pensamiento helenas, en concreto la Tautología Básica o Rupestre, lo normal es que en los próximos días se llenen los diarios deportivos de las declaraciones incisivas a las que nos tiene acostumbrados. Vds, ya me entienden, frases del estilo "queremos traer un jugador que sea bueno, porque para traer uno que no lo sea no estamos en voluntad de traerlo o puede que al contrario"; "queremos un refuerzo que refuerce el centro del campo, es decir, la media, o sea, un lateral o de otra demarcación que agrade al entrenador"; "intentaremos traer una figura que dé al equipo la calidad que merece la plantilla, pero si no viene no será porque no lo intentemos sino porque es imposible que venga, o no"; "el dinero que entre en el Cluz será para fichar o para otros gastos que tengamos que sean importantes, como por ejemplo los fichajes u otra cosa". No nos queda ná.
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El pasado 12 de abril, un tipo de nombre Tom Williams sacó una ampolla de líquido rojo de su media, se la metió en la boca, la hizo explotar y pidió el cambio por lesión. Lo hizo para engañar al árbitro, dado que en rugby sólo se permiten sustituciones en caso de ciertas lesiones una vez acabado el cupo de cambios. No lo hizo un jugador amateur en un torneo de barrio ni un recién llegado en un partido de parque, sino un jugador de los Harlequins, un equipo con ciento treinta y pico años de historia. No era la primera vez que su entrenador lo ordenaba, era la cuarta. Tras los hechos se inició una investigación que ahora ha venido a certificar la trampa. El día en el que se hizo público que el rugby empieza a verse contaminado por artimañas bilardistas de la peor especie, un gran trozo de hielo ártico se desprendió de la placa continental, dos soles remotos dejaron de brillar y hasta catorce secuoyas californianas se secaron súbitamente. Al instante se disolvieron varias sociedades filantrópicas, se abandonaron dos expediciones científicas que buscaban en lo más profundo de la selva amazónica el remedio definitivo para la boquera y los lanceros de Rohan se dieron a la bebida y al cinquillo. Y no sólo eso. En un refugio subterráneo en un lugar perdido entre el Sahara y el Kalahari brindaron hasta la borrachera Moriarti, Rastapopoulos y Falconetti; en un remoto pueblo alemán decidieron volver a juntarse Modern Talking y en un lugar sin identificar de la provincia de Cádiz el último macho alfa de lince ibérico convocó una rueda de prensa en la que, con gesto serio y unas grandes gafas de pasta, leyó un manifiesto en el que dejaba claro que, visto lo visto, con él no cuenten para la supervivencia de la especie, que ya no le merece la pena. Y no nos extraña nada, qué quieren que yo les diga.
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Jugaba el Atleti el partido de vuelta de la fase previa de la Champions League, quizás el partido que más giros conjuntivos requiere, cosas de la UEFA y su complicado sistema gramático y de competición. El Atleti venía con ventaja y el rival era flojo. El aficionado medio estaba de vacaciones y con pocas ganas de bajar a Madrid a pasar calor, aunque no lo hiciera. Para colmo, el Club, esa inmensa máquina de faltarle al respeto al socio, abonado, accionista, aficionado o hincha, que tanto monta para ciertas cosas, había decidido cobrar 20 euros a los socios para ver el acontecimiento. Poco importaba que se pudiera compensar que el año pasado se jugara un partido a puerta cerrada que sólo vieron en directo un puñado de invitados de gran relevancia simbólica para el club como Gonzalo Miró y el entonces presidente del otro equipo grande de la capital, hoy huido del ojo público no sea que le tiren tomates por la calle. Poco importaba también que el equipo hubiera podido necesitar el aliento de la grada, o que fuera una buena oportunidad para alegrarle la tarde a la parroquia, o que fuera una ocasión propicia para inaugurar una de las últimas temporadas del estadio. Ná, ni un detallito, ¿alguien lo esperaba?
Pero la gente del Atleti tiene estas cosas y cuando todo parecía indicar que al campo no iría nadie, aparecieron atléticos por todas partes. Llegaron de Burgos y de Gijón, de Oviedo, de Zaragoza, de Segovia y hasta de un sitio que no queda claro si pertenece a Valencia o a Alicante, aunque lo más seguro es que sea un enclave de Albacete, el Condado de Treviño de Onteniente. Por venir vino hasta un griego del AEK con ganas de ver cómo se goleaba al Panathinaikos, ya saben Vds cómo son estos griegos. Entraron por los tornos los visitantes con carnés prestados, con carnés no activados y con carnés infantiles, y los que llevaban estos dos últimos tipos de carnés acabaron con la cara colorada o haciendo cola en la taquilla. Entraron habituales e invitados al estadio y entre todos ocupaban algo más de la mitad de la grada, que no es mucho si pensamos que en el fondo es un partido importante para la temporada pero es muchísimo si uno piensa en la birria de partido que había por delante, en el enésimo timo y desprecio al socio con el que nos obsequió la directiva y en la ausencia casi total de aficionados rivales, posiblemente con la mosca tras la oreja tras la imagen que dieron los suyos en el partido de ida. Se sentó en fin la afición en la grada semi-vacía y saludó a los vecinos de localidad, como es de ley. Algunos estaban más delgados, otros menos finos de cabos, todos más morenitos y con ganas de volver al fútbol. Se abrieron bolsas de pipas, se ofrecieron al vecino, se levantaron algunos para ver a su amigo de diez filas más atrás y se reparó en lo guapas que son las rojiblancas, y más aún en verano; ya saben, lo normal en estos casos.
Salió el Atleti con el equipo que se intuye titular, incluso a su pesar, y la gente saludó con alborozo la vuelta al césped de los nuestros. No había pasado un suspiro cuando Heitinga hizo un pase increíble con su pierna mala y Forlán centró un balón al centro en un ejercicio redundante que nadie entendió muy bien salvo el desorientado defensa griego Vintra, quien remató a puerta con decisión. Uno cero, dos cuatro en la eliminatoria, se acabó lo que se daba ya tan prontito.
Algún inocente invitado esperó entonces un arreón de orgullo griego, el grito desgarrador de algún caudillo visitante que lanzara a los suyos al cuerpo a cuerpo, el llamamiento a la carga desesperada del rival que no tiene nada que perder. Pero estas cosas no pasan ya, y menos en agosto, y el Panathinaikos cerró el partido, abrió una novela de Estefanía y se dedicó a leer y dar sorbitos del tinto de verano que preparó el utillero. Nada, ni un atisbo de ganas, ni la mínima intención de remontar aquello. Quizás ni la mínima posibilidad o la nula capacidad de hacerlo, que también puede ser. El Atleti lo vio y la grada lo vio. La grada pensó que quizás sería una buena ocasión para hacer un buen partido y golear a un rival y engrasar la máquina y de paso dejar la impresión de que el dinero de la entrada había servido para algo, pero el Atleti pensó de otra forma. El Atleti se dirigió al Panathinaikos y le dijo oye qué lees, no estarás tú también con el libro ese del sueco y de la chica rara que todo le mundo lee, ¿no? ah, no, ¿esta es de tiros? ¿ah si? mira qué bien. Satisfecho con las respuestas del rival, el Atleti también se ajustó las gafas de ver, abrió el libro por donde marcaba la hoja doblada y dio dos sorbitos a la cerveza con limón en jarra helada que le preparó la afición con su silencio y su resignación.
El partido fue, en toda su extensión, un tostón completo, un rollo infumable, un simulacro de entrenamiento, un solteros desganados contra casados deprimidos. Los jugadores rivales no estaban por la labor, los locales menos y la afición lo intuyó. Sin una mísera portada del Forza Atleti con el que animar el debate, la hinchada se dedicó entonces a lo que procede en estos casos: a rajar. Una vez despotricado lo suficiente sobre el abuso del abono de pago, la gente pasó a otros temas de actualidad: la ausencia de fichajes de postín, lo mal que pinta el Liverpool, el parte médico de Mariano, el incendio de Atenas. El palmarés del Panathinaikos, qué fue de Tsartas, el ingrediente secreto del relleno de las hojas de viña. Los pre-socráticos y su influencia en la ética occidental, el verdadero significado último del concepto que subyace a la expresión panta-rhei, el sentido de la vida. Una vez resueltos con éxito todos estos problemas capitales sin excepción, la afición seguía aburrida y se entregó a lo que la ocasión requería, esto es, a dar nombre griego a los jugadores locales. Contrahechóphoros, Cuñadoulas, Tarjetópoulos, Flojunis, cada uno recibió su nuevo nombre entre alborozo y bostezos; ya saben, la tontuna salva-tardes, lo normal en estos casos.
Del letargo sofista levantó a la afición el único jugador que pareció querer agradar: Agüero, obcecado en la tarde de ayer con meter un gol y volver loca a la defensa rival con su presión constante. Como ya viene siendo habitual, se fue de los que venían a por él y metió un gol así como quien cose. El gol fue el gol 100 del Atleti en Copa de Europa, hoy Liga de Campeones, gol importante y más importante aún al haber sido conseguido frente a un portero con nombre graciosísimo, Galinovic.
Cuando la afición se quitaba las legañas y chascaba la lengua en clara actitud post-siesteña, Abel sacó a Reyes. Lo que faltaba. Reyes ya había sido abroncado durante el calentamiento, pero el letargo general evitó una revuelta y, de paso, que se secundaran los gritos contra el palco que al parecer surgieron de nuevo del fondo sur. Tras el gol, con la clasificación asegurada y el alboroto montado, Reyes salió en mal momento. Vete ya, sinvergüenza, golfo, gritaba la afición. La Perla de Utrera, Chocante de la Puebla, Rostrodouros le llamaban los que aún seguían en la inercia pone-motes. La afición decidió dejar claro que el tipo no es bienvenido en este lado del río, cosa que no estamos seguros que el aludido haya llegado a comprender. Ya de paso, una parte de la hinchada aprovechó que había salido también Jurado y le llamó Posturidis; ya puestos, motes para todos.
Con muy poquito ganó el Atleti dos cero y se fue al vestuario a pensar en la Champions. El Atleti tendrá ahora que esperar al sorteo y ver quién le acompaña en la fase de grupos. La clasificación es buena para la moral de la tropa, para la dignidad de la grada y para la economía del Club. Este último apartado es importante para acometer fichajes, dado que parece claro que la plantilla es corta para jugar no ya tres sino una competición. El equipo afronta la temporada sin delanteros suplentes de garantías, sin laterales solventes que tranquilicen a la afición, con la amenaza de ausencia durante varios partidos del portero titular, con dudas en el centro del centro, la parte clave del campo. Los ingresos que traerá la clasificación han hecho dispararse los rumores y, de rebote, los deseos del colchonero medio, ansioso de ver por fin una plantilla bien pensada, un grupo que exceda el equipo titular, un banquillo que no invite a taparse los ojos cada vez que empieza el calentamiento.
Por desgracia para todos, ahora empieza la fase en la que el protagonista es el presidente de la entidad. En un verano en el que no ha tenido excesivas oportunidades de sacar a relucir su verbo florido y exquisita dicción, llega la hora de Enrique Cerezo. Fiel seguidor de ciertas corrientes de pensamiento helenas, en concreto la Tautología Básica o Rupestre, lo normal es que en los próximos días se llenen los diarios deportivos de las declaraciones incisivas a las que nos tiene acostumbrados. Vds, ya me entienden, frases del estilo "queremos traer un jugador que sea bueno, porque para traer uno que no lo sea no estamos en voluntad de traerlo o puede que al contrario"; "queremos un refuerzo que refuerce el centro del campo, es decir, la media, o sea, un lateral o de otra demarcación que agrade al entrenador"; "intentaremos traer una figura que dé al equipo la calidad que merece la plantilla, pero si no viene no será porque no lo intentemos sino porque es imposible que venga, o no"; "el dinero que entre en el Cluz será para fichar o para otros gastos que tengamos que sean importantes, como por ejemplo los fichajes u otra cosa". No nos queda ná.
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jueves, 20 de agosto de 2009
Bronceada crónica de la vuelta al cole
Volvió el Atleti a jugar un partido oficial y dejó ver que las cosas siguen como antes, que no es algo para tirar cohetes pero podría ser mucho peor.
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Ni es de Ronda ni se llama Cayetano como el padre del más grande, pero aún así uno le tiene cariño sin saber muy bien por qué y le desea lo mejor. Para algunos le ha ido demasiado bien en la vida, gana mucho más de lo que merece y por eso le no le pasan una; para otros no tiene suerte el hombre, y por eso se enfadan cuando pitan los primeros. Tras una temporada mala en la que lo hizo lo mejor que pudo y le puso más hombría y más honradez que media plantilla junta, hace poco se pegó un porrazo en coche y por poco no lo cuenta. Tuvo la mala suerte de tener un accidente, y la buena suerte de que alguien vio el coche aterrizando en un sembrado en medio de la noche. Uno se imagina la situación como el accidente de Fargo, con coche volcado en medio de un campo helado y en plena noche, con la campanita que suena cuando la puerta está abierta, con viento y frío y además dos niños chicos. Si tuviera toda la suerte que algunos le achacan nunca se habría salido en una curva, si tuviera toda la mala fortuna que a veces parece, nadie le habría visto y a lo mejor se queda en una cuneta junto a su niña y su sobrino. Pero, como en casi todo, a este hombre le viene la suerte de cara y en contra a la vez. Con una lesión grave y el futuro en el aire, parecía que iba a quedarse un año en blanco; tras muchas sesiones de gimnasio, parece que volverá a jugar antes de lo que cualquiera se habría esperado. A estas alturas no sabemos si Mariano Pernía, El Afortunado Hombre Sin Suerte, volverá a jugar pronto en el Atleti. A uno, que es un sentimental, le gustaría que así fuera. Ojalá le veamos pronto por aquí, presentando a su niña a la grada.
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Volvía el Atleti a jugar un partido oficial y volvía la afición a juntarse en bares, chiringuitos, merenderos y chilaús (según la zona) para ver al equipo y de paso verse a ellos mismos. Volver a ver al Atleti es importante, pero lo es mucho más volver a ver a los compañeros de bar y grada, sobre todo después de estos veranos de riesgo que la publicidad televisiva nos pinta como un desfile de desgracias: talones agrietados, dolorosos callos que impiden el normal andar con tacón de aguja, bellezas mediterráneas con graves problemas intestinales que abarcan todo el abanico de la patología gástrica. Hombre, qué tal las vacaciones, cortas, ¿no? Yo aún no me he ido, caramba caramba tú si que sabes, a mi es que en agosto me gusta estar en Madrid, toma claro, pero a mí mi jefe no me deja. Llegó la afición bronceada y resplandeciente que daba gusto verla: unos lucían distinguida barba de jeque argelino, otros estrenaban porte de tercera línea all black por obra y gracia de los cuidados maternos, unos alardeaban de aristocrático bigote de lord de voz ronca, un par de ellos no podían disimular la cara de cansados de tanto correr día y noche detrás de los niños.
- Están hechos unos vándalos
- Con esos niños no se meta Vd en mi presencia, aunque sean suyos
- Bueno
Volvía pues la afición a verse, aunque un poco cambiada, y volvía a ver al equipo, también poco cambiado. Había curiosidad por ver al equipo jugando en serio y en ver a los pocos refuerzos de esta temporada, cosa extraordinaria en este equipo nuestro. El aficionado atlético estaba acostumbrado estos últimos años a ver siete u ocho jugadores nuevos el primer partido, a no reconocer los andares ni las botas ni los tics ni los recursos de los nuevos con la solvencia y precisión con la que se conoce a los del año anterior, ya tan familiares como el sitio donde se dejan las llaves al llegar a casa o se cuelga la rebeca cuando ya no hace falta a principios de verano. Esos años se quejaba la afición de demasiado movimiento igual que este año se queja de pocos refuerzos, de puestos sin más alternativa que un titular, de jóvenes llamados a coger los galones demasiado pronto y veteranos con poco recorrido en puestos clave. Quizás ambas cosas sean criticables, sí, pero a estas alturas de curso hace gracia esta reflexión. Pero es que así es la afición, así somos todos; al fin y al cabo es natural quejarse, aquí se queja todo el mundo, incluido algún impertinente lector de blogs gratuitos cuando la crónica no le llega en tiempo y forma para poder analizarla con ojo crítico mientras desayuna café con porras, algo intolerable.
- Céntrese ya Vd, pesao
- Vale
Antes del partido, aficionados y jugadores atléticos miraban a la grada del estadio Louis Escobar, a ver si es tan fiero eso que los medios, alérgicos a los tópicos, han venido llamando estos días "el infierno griego". El infierno griego resultó ser un estadio con pista de atletismo, con lo que de ambiente opresor iba justito; el aficionado atlético tuvo entonces una sensación similar a la que inspiró a Goya "Tristes presentimientos de lo que ha de acontecer". En la grada del estadio Louis Varela, alejada del campo, la temible afición griega, mayoritariamente sin camiseta, conversaba sobre cuestiones infernales: Hombre, Panaiotis, qué tal las vacaciones, cortas, ¿no? Yo aún no me he ido, caramba caramba tú si que sabes, a mi es que en agosto me gusta estar en Atenas, toma claro, pero a mí mi jefe no me deja. Cosas de la globalización.
Salió el Atleti vestido de Atleti para jugar contra un equipo griego vestido de equipo irlandés, más rizos globalizados. Salió plantado como el año pasado, con Heitinga de lateral, con Juanito de central y Asenjo de portero y el resto en su sitio. Empezó el partido y dejó entrever que aquello podría ser plúmbeo: los griegos defendían al hombre, el Atleti debería controlar el balón y llevar la iniciativa, habría pocas opciones de abrir el partido y convertirlo en el correcalles en el que se manejan bien los nuestros. Casi veinte minutos tardó el equipo en enseñar la patita, primero con una buena internada de Heitinga terminada con un buen pase a Simão, que sorprendentemente pifió, luego con un tiro desde lejos de Raúl García. No sería por cierto la única de Heitinga, quien alternó peligrosas subidas de banda con recuperaciones al trote cochinero que pusieron al equipo en más de un aprieto. Se animó el rival y tiró a puerta Cissé para que Asenjo hiciera una parada voladora de esas que animan a sus defensores y empujan a sus detractores a exigirle más sobriedad en ciertos casos.
Pasaba el partido sin nada reseñable salvo la desaparición de Forlán y la pelea constante de Agüero hasta que Raúl García levantó la cabeza, vio a Forlán arrancando y le puso un balón adelantado que éste controló, regateó a un rival, vio que venía Maxi y le dejó un baloncito en un sitio inmejorable tras hacerle un caño a un defensa rival. Maxi hizo lo que mejor sabe: llegar rápido desde atrás al hueco del área en el que tan bien se maneja, controlar con suficiencia y marcar de sutil remate junto al palo. Golazo de Maxi, muy entonado sobre todo el primer tiempo, buen premio a una muy buena labor tras tantas dudas y tantos rumores de verano. El Atleti jugaba serio, veía que con toque podía solucionar los problemas que le planteaba el limitado equipo griego y se iba al descanso con la sensación de que mucho tenía que cambiar la cosa para que no se llevara el partido y un silencio revelador en la grada del Louis Ciges.
Pero el Atleti es el Atleti, y cuando la afición se había olvidado de que había una eliminatoria que pasar tras ocupar el intermedio hablando de hidropedales y helados de tres bolas, marcó el Panathinaikos. La defensa adelantada tiene estas cosas, y un pase a la espalda que no cortó Ujfalusi permitió a un delantero rival quizás demasiado suelto, al filo del fuera de juego, meter un buen gol de vaselina tras carrerilla sin éxito de Antonio López, casi sin trabajo en todo el partido. Uno a uno, silencio en los bares y alguna ceja levantada. El Atleti parecía tener cierto bajón físico, apretaba la lejana grada del Louis de Funes y la hinchada colchonera en pleno decía a ver, a ver.
Pero poco a poco recuperaba el Atleti la iniciativa, en parte gracias al partidazo de Assunção, enorme toda la noche. El protagonismo de Assunção desvía inmediatamente el punto de mira hacia su compañero de parcela. Más o menos definida la defensa, indiscutible Assunção tras ganarse la confianza de la grada peleando centímetro a centímetro el puesto y necesarios los cuatro jugadores de arriba por calidad y capacidad resolutiva, es Raúl García quien atrae las miradas. A día de hoy, Raúl García parece que puede convertirse en la clave del equipo. Si Raúl funciona, funcionará todo, si fracasa el equipo sufrirá mucho. Raúl está ante una oportunidad única, oportunidad para consagrarse definitivamente o pegarse un porrazo que arrastrará al resto. Raúl García, quien ha despertado muchas dudas entre una parte de la hinchada, cuenta sin embargo con numerosos partidarios entre los que se cuenta quien suscribe. Es cierto empero que Raúl García ha dejado pasar una temporada para llegar al nivel que deseamos, que su cupo de oportunidades se ha reducido en algunas unidades y que debe dar el salto definitivamente. El que aquí suscribe, ferviente creyente en la gente con nariz grande, tiene fe en este tipo, que aquí quede una vez más.
En parte gracias a Raúl y en parte gracias al resto, se fue el Atleti un poco para adelante y, una vez más, brilló Maxi con un tirazo al larguero que acabó en los pies de Assunção y, más tarde, de Forlán. Forlán hizo lo que mejor sabe: colocarse el balón a cualquier pierna, pegar un tiro seco cerca de un palo y celebrar un gol. Lo demás ya saben, lo clásico: celebración por todo lo alto, abrazos entre desconocidos, la parroquia femenina que pide que Forlán no falte a las tradiciones y enseñe los abdominales, la parroquia masculina que en ese mismo instante se pronuncia al unísono sobre el riesgo que entraña la excesiva delgadez abdominal en caso de naufragio en el Ártico. Lo de siempre, vamos. Para celebrar la efeméride salió Cléber Santana y se retiró Raúl; el cambio experimentado por el centro del campo, sin desmerecer al enigmático Santana, vino a reforzar la teoría de que los recambios de Raúl García no son los más idóneos.
En un día en el que la mayoría hizo lo que mejor sabe y poco después de que Forlán hiciera lo que mejor sabe, Agüero hizo lo que mejor sabe: recibir lejos de la portería rival rodeado de un par de defensas, sentar a uno, crujirle la pelvis a otro, levantar la cabeza y clavarla donde el portero no llega. Abrazos entre desconocidos, manos a la cabeza, algunos que instan al resto a irse en vista de que algo mejor no van a ver ya. No hubo exhibición abdominal pero sí las tradicionales referencias al tren inferior del chaval, el ave de la primera división.
Con uno tres y la sonrisa en todo el bar, marcó el Panathinaikos un golazo para así no faltar a las tradiciones rojiblancas. Alguno achacó a Asenjo el no estar bien colocado, otros pensamos que ese gol es tan difícil de parar como de meter, con lo que no es un fallo especialmente achacable al portero debutante, seguro toda la noche salvo en un par de balones cruzados por alto. Un minuto después entró Jurado, irrelevante como tantas veces, empeñado en desplegar su juego afrancesado pegue o no pegue con las circunstancias; a esas alturas la afición agradecía que no quedara mucho tiempo de partido visto el nuevo centro del campo. De ahí al final del partido, poco reseñable salvo el tradicional susto físico de Heitinga y el poco común susto físico en Forlán, que durante pocos segundos puso a la hinchada al borde del colapso. Fin del partido, buen resultado que debió ser mejor y buenas sensaciones del equipo, en especial de Maxi y Assunção ante un rival poco peligroso, todo hay que decirlo.
El Atleti se juega el martes el meterse en la Champions. Todo está a favor, empezando por el resultado y terminando por el nivel del rival. Todo lo que no sea entrar en Champions sería un fracaso y un disgusto supino. Confiemos.
Ni es de Ronda ni se llama Cayetano como el padre del más grande, pero aún así uno le tiene cariño sin saber muy bien por qué y le desea lo mejor. Para algunos le ha ido demasiado bien en la vida, gana mucho más de lo que merece y por eso le no le pasan una; para otros no tiene suerte el hombre, y por eso se enfadan cuando pitan los primeros. Tras una temporada mala en la que lo hizo lo mejor que pudo y le puso más hombría y más honradez que media plantilla junta, hace poco se pegó un porrazo en coche y por poco no lo cuenta. Tuvo la mala suerte de tener un accidente, y la buena suerte de que alguien vio el coche aterrizando en un sembrado en medio de la noche. Uno se imagina la situación como el accidente de Fargo, con coche volcado en medio de un campo helado y en plena noche, con la campanita que suena cuando la puerta está abierta, con viento y frío y además dos niños chicos. Si tuviera toda la suerte que algunos le achacan nunca se habría salido en una curva, si tuviera toda la mala fortuna que a veces parece, nadie le habría visto y a lo mejor se queda en una cuneta junto a su niña y su sobrino. Pero, como en casi todo, a este hombre le viene la suerte de cara y en contra a la vez. Con una lesión grave y el futuro en el aire, parecía que iba a quedarse un año en blanco; tras muchas sesiones de gimnasio, parece que volverá a jugar antes de lo que cualquiera se habría esperado. A estas alturas no sabemos si Mariano Pernía, El Afortunado Hombre Sin Suerte, volverá a jugar pronto en el Atleti. A uno, que es un sentimental, le gustaría que así fuera. Ojalá le veamos pronto por aquí, presentando a su niña a la grada.
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Volvía el Atleti a jugar un partido oficial y volvía la afición a juntarse en bares, chiringuitos, merenderos y chilaús (según la zona) para ver al equipo y de paso verse a ellos mismos. Volver a ver al Atleti es importante, pero lo es mucho más volver a ver a los compañeros de bar y grada, sobre todo después de estos veranos de riesgo que la publicidad televisiva nos pinta como un desfile de desgracias: talones agrietados, dolorosos callos que impiden el normal andar con tacón de aguja, bellezas mediterráneas con graves problemas intestinales que abarcan todo el abanico de la patología gástrica. Hombre, qué tal las vacaciones, cortas, ¿no? Yo aún no me he ido, caramba caramba tú si que sabes, a mi es que en agosto me gusta estar en Madrid, toma claro, pero a mí mi jefe no me deja. Llegó la afición bronceada y resplandeciente que daba gusto verla: unos lucían distinguida barba de jeque argelino, otros estrenaban porte de tercera línea all black por obra y gracia de los cuidados maternos, unos alardeaban de aristocrático bigote de lord de voz ronca, un par de ellos no podían disimular la cara de cansados de tanto correr día y noche detrás de los niños.
- Están hechos unos vándalos
- Con esos niños no se meta Vd en mi presencia, aunque sean suyos
- Bueno
Volvía pues la afición a verse, aunque un poco cambiada, y volvía a ver al equipo, también poco cambiado. Había curiosidad por ver al equipo jugando en serio y en ver a los pocos refuerzos de esta temporada, cosa extraordinaria en este equipo nuestro. El aficionado atlético estaba acostumbrado estos últimos años a ver siete u ocho jugadores nuevos el primer partido, a no reconocer los andares ni las botas ni los tics ni los recursos de los nuevos con la solvencia y precisión con la que se conoce a los del año anterior, ya tan familiares como el sitio donde se dejan las llaves al llegar a casa o se cuelga la rebeca cuando ya no hace falta a principios de verano. Esos años se quejaba la afición de demasiado movimiento igual que este año se queja de pocos refuerzos, de puestos sin más alternativa que un titular, de jóvenes llamados a coger los galones demasiado pronto y veteranos con poco recorrido en puestos clave. Quizás ambas cosas sean criticables, sí, pero a estas alturas de curso hace gracia esta reflexión. Pero es que así es la afición, así somos todos; al fin y al cabo es natural quejarse, aquí se queja todo el mundo, incluido algún impertinente lector de blogs gratuitos cuando la crónica no le llega en tiempo y forma para poder analizarla con ojo crítico mientras desayuna café con porras, algo intolerable.
- Céntrese ya Vd, pesao
- Vale
Antes del partido, aficionados y jugadores atléticos miraban a la grada del estadio Louis Escobar, a ver si es tan fiero eso que los medios, alérgicos a los tópicos, han venido llamando estos días "el infierno griego". El infierno griego resultó ser un estadio con pista de atletismo, con lo que de ambiente opresor iba justito; el aficionado atlético tuvo entonces una sensación similar a la que inspiró a Goya "Tristes presentimientos de lo que ha de acontecer". En la grada del estadio Louis Varela, alejada del campo, la temible afición griega, mayoritariamente sin camiseta, conversaba sobre cuestiones infernales: Hombre, Panaiotis, qué tal las vacaciones, cortas, ¿no? Yo aún no me he ido, caramba caramba tú si que sabes, a mi es que en agosto me gusta estar en Atenas, toma claro, pero a mí mi jefe no me deja. Cosas de la globalización.
Salió el Atleti vestido de Atleti para jugar contra un equipo griego vestido de equipo irlandés, más rizos globalizados. Salió plantado como el año pasado, con Heitinga de lateral, con Juanito de central y Asenjo de portero y el resto en su sitio. Empezó el partido y dejó entrever que aquello podría ser plúmbeo: los griegos defendían al hombre, el Atleti debería controlar el balón y llevar la iniciativa, habría pocas opciones de abrir el partido y convertirlo en el correcalles en el que se manejan bien los nuestros. Casi veinte minutos tardó el equipo en enseñar la patita, primero con una buena internada de Heitinga terminada con un buen pase a Simão, que sorprendentemente pifió, luego con un tiro desde lejos de Raúl García. No sería por cierto la única de Heitinga, quien alternó peligrosas subidas de banda con recuperaciones al trote cochinero que pusieron al equipo en más de un aprieto. Se animó el rival y tiró a puerta Cissé para que Asenjo hiciera una parada voladora de esas que animan a sus defensores y empujan a sus detractores a exigirle más sobriedad en ciertos casos.
Pasaba el partido sin nada reseñable salvo la desaparición de Forlán y la pelea constante de Agüero hasta que Raúl García levantó la cabeza, vio a Forlán arrancando y le puso un balón adelantado que éste controló, regateó a un rival, vio que venía Maxi y le dejó un baloncito en un sitio inmejorable tras hacerle un caño a un defensa rival. Maxi hizo lo que mejor sabe: llegar rápido desde atrás al hueco del área en el que tan bien se maneja, controlar con suficiencia y marcar de sutil remate junto al palo. Golazo de Maxi, muy entonado sobre todo el primer tiempo, buen premio a una muy buena labor tras tantas dudas y tantos rumores de verano. El Atleti jugaba serio, veía que con toque podía solucionar los problemas que le planteaba el limitado equipo griego y se iba al descanso con la sensación de que mucho tenía que cambiar la cosa para que no se llevara el partido y un silencio revelador en la grada del Louis Ciges.
Pero el Atleti es el Atleti, y cuando la afición se había olvidado de que había una eliminatoria que pasar tras ocupar el intermedio hablando de hidropedales y helados de tres bolas, marcó el Panathinaikos. La defensa adelantada tiene estas cosas, y un pase a la espalda que no cortó Ujfalusi permitió a un delantero rival quizás demasiado suelto, al filo del fuera de juego, meter un buen gol de vaselina tras carrerilla sin éxito de Antonio López, casi sin trabajo en todo el partido. Uno a uno, silencio en los bares y alguna ceja levantada. El Atleti parecía tener cierto bajón físico, apretaba la lejana grada del Louis de Funes y la hinchada colchonera en pleno decía a ver, a ver.
Pero poco a poco recuperaba el Atleti la iniciativa, en parte gracias al partidazo de Assunção, enorme toda la noche. El protagonismo de Assunção desvía inmediatamente el punto de mira hacia su compañero de parcela. Más o menos definida la defensa, indiscutible Assunção tras ganarse la confianza de la grada peleando centímetro a centímetro el puesto y necesarios los cuatro jugadores de arriba por calidad y capacidad resolutiva, es Raúl García quien atrae las miradas. A día de hoy, Raúl García parece que puede convertirse en la clave del equipo. Si Raúl funciona, funcionará todo, si fracasa el equipo sufrirá mucho. Raúl está ante una oportunidad única, oportunidad para consagrarse definitivamente o pegarse un porrazo que arrastrará al resto. Raúl García, quien ha despertado muchas dudas entre una parte de la hinchada, cuenta sin embargo con numerosos partidarios entre los que se cuenta quien suscribe. Es cierto empero que Raúl García ha dejado pasar una temporada para llegar al nivel que deseamos, que su cupo de oportunidades se ha reducido en algunas unidades y que debe dar el salto definitivamente. El que aquí suscribe, ferviente creyente en la gente con nariz grande, tiene fe en este tipo, que aquí quede una vez más.
En parte gracias a Raúl y en parte gracias al resto, se fue el Atleti un poco para adelante y, una vez más, brilló Maxi con un tirazo al larguero que acabó en los pies de Assunção y, más tarde, de Forlán. Forlán hizo lo que mejor sabe: colocarse el balón a cualquier pierna, pegar un tiro seco cerca de un palo y celebrar un gol. Lo demás ya saben, lo clásico: celebración por todo lo alto, abrazos entre desconocidos, la parroquia femenina que pide que Forlán no falte a las tradiciones y enseñe los abdominales, la parroquia masculina que en ese mismo instante se pronuncia al unísono sobre el riesgo que entraña la excesiva delgadez abdominal en caso de naufragio en el Ártico. Lo de siempre, vamos. Para celebrar la efeméride salió Cléber Santana y se retiró Raúl; el cambio experimentado por el centro del campo, sin desmerecer al enigmático Santana, vino a reforzar la teoría de que los recambios de Raúl García no son los más idóneos.
En un día en el que la mayoría hizo lo que mejor sabe y poco después de que Forlán hiciera lo que mejor sabe, Agüero hizo lo que mejor sabe: recibir lejos de la portería rival rodeado de un par de defensas, sentar a uno, crujirle la pelvis a otro, levantar la cabeza y clavarla donde el portero no llega. Abrazos entre desconocidos, manos a la cabeza, algunos que instan al resto a irse en vista de que algo mejor no van a ver ya. No hubo exhibición abdominal pero sí las tradicionales referencias al tren inferior del chaval, el ave de la primera división.
Con uno tres y la sonrisa en todo el bar, marcó el Panathinaikos un golazo para así no faltar a las tradiciones rojiblancas. Alguno achacó a Asenjo el no estar bien colocado, otros pensamos que ese gol es tan difícil de parar como de meter, con lo que no es un fallo especialmente achacable al portero debutante, seguro toda la noche salvo en un par de balones cruzados por alto. Un minuto después entró Jurado, irrelevante como tantas veces, empeñado en desplegar su juego afrancesado pegue o no pegue con las circunstancias; a esas alturas la afición agradecía que no quedara mucho tiempo de partido visto el nuevo centro del campo. De ahí al final del partido, poco reseñable salvo el tradicional susto físico de Heitinga y el poco común susto físico en Forlán, que durante pocos segundos puso a la hinchada al borde del colapso. Fin del partido, buen resultado que debió ser mejor y buenas sensaciones del equipo, en especial de Maxi y Assunção ante un rival poco peligroso, todo hay que decirlo.
El Atleti se juega el martes el meterse en la Champions. Todo está a favor, empezando por el resultado y terminando por el nivel del rival. Todo lo que no sea entrar en Champions sería un fracaso y un disgusto supino. Confiemos.
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