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lunes, 13 de febrero de 2012

Por lo visto hasta ahora

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Por lo visto hasta ahora, señores, hay Torneo. Ni los favoritos ganan sobrados ni los débiles son tan débiles. Por partes.

Por ahora, Gales acumula méritos para ser favorito. Gales juega bien en casi todas las fases. Ataca y defiende bien en estático y a la mano, y cuando las cosas no van bien a palos, llega Halfpenny y lo soluciona. Contra Irlanda jugó el que es por ahora el mejor partido del Torneo. Gales ganó en el último minuto al convertir un golpe que acabó en sin bin polémico por excesivo, unos minutos después de un placaje de sin bin polémico por insuficiente. Gales ganó en el último minuto, quizás con la fortuna que no tuvo en el Mundial, en aquel partido contra Francia que recordaremos muchos años. Pero lo verdaderamente importante de ese partido que ganó Gales a Irlanda fue que Irlanda, como en el Mundial, jugó muy bien y aún así perdió. Los irlandeses defendieron como leones, no le perdieron la cara al partido en ningún momento y fueron mandando en el marcador. Y aún así, ganó Gales y ganó bien. Los dos equipos nos regalaron un partido precioso con una intensidad constante y derroche de recursos, sobre todo por el lado galés; los irlandeses, que pudieron ganar un partido clave para llevarse el torneo, felicitaron al rival por medio de su capitán y todos nos alegramos en ese momento de ser aficionados a este deporte.

Irlanda dejó una buena imagen contra Gales, aunque perdiera, y una imagen aún mejor contra Francia, aunque no jugara. Con un estadio lleno, con veinte mil irlandeses en la grada después de pagar un billete de avión y un hotel, se suspendió el partido entre Francia e Irlanda porque el césped del estadio parisino estaba helado. Uno no recuerda nada así en un seis ni un cinco naciones, pero quizás haya pasado antes; los que saben, empero, dicen que no. Uno ha jugado en campos congelados, en los que los tacos de aluminio suenan como zapatos de claqué y en los que las caídas suponen cortarse la piel de las rodillas con las marcas de los tacos del partido anterior, congeladas y rígidas. Uno recuerda cómo, tras un rato, se va rompiendo la superficie congelada y aflora un barro helado que hace complicado, pero no imposible, jugar aunque fuera con un Adidas Wallaby, prodigio escapatorio en campos mojados. Por eso uno no se esperaba la suspensión del partido de París aunque sí se hubiera esperado, de haber existido, un sketch de los guiñoles irlandeses mofándose de la situación. Cuando se anunció la suspensión del partido salieron los franceses, con Parrita al frente en pantalón corto, y salieron los irlandeses, con O'Callaghan en camiseta y sin medias siquiera. Los primeros se volvieron al vestuario y los segundos hicieron un partidillo, un tocata para la afición desplazada y desesperada, un gesto al menos hacia los suyos; lo sentimos, no es cosa nuestra, nosotros habríamos jugado, les agradecemos haber venido a apoyarnos y lo único que se nos ocurre hacer es por lo menos un partidito para que les sea esto menos amargo, oiga. Bien por Irlanda, una vez más.

Un rato antes, en Roma, Italia e Inglaterra habían jugado en un campo nevado con setenta y dos mil espectadores, ahí es nada. El partido sirvió para varias cosas. Una, para demostrar que la mitad del equipo inglés no tenía frío, porque iba en manga corta. Otra, para demostrar que tampoco tenían frío los que llevaban manga larga, a juzgar por las nubes de vapor que despedían las melés. La última y más importante, para demostrar que a los italianos, hoy por hoy, hay que ganarles en Roma para querer hacer algo en el torneo, y que en Roma no se gana sólo con el peso de la historia. Aguantaron los italianos al soso equipo inglés, en el que Farrel y Hodgson parecen los encargados de hacer puntos, uno pegando patadas a palos, el otro tapando patadas rivales. Inglaterra no demuestra demasiado con un equipo nuevo y poco conjuntado, pero lleva dos victorias aunque, eso sí, contra los dos equipos teóricamente más asequibles. Italia gana crédito y habría que esperar alguna victoria italiana en Roma este año.

La sorpresa más agradable, por ahora, es Escocia. Escocia ha perdido sus dos partidos, pero no ha dejado mala sensación. Escocia viene de unos años complicados, parece no haber asumido el salto al rugby profesional con la misma solvencia que irlandeses y galeses. En muchas escuelas de Escocia en las que antes era obligatorio el rugby ahora se juega al fútbol y eso lo nota el equipo, al que llegan menos jugadores de primer nivel que antes. Aún así, Escocia discutió la Calcutta Cup al ejército del orgulloso Lancaster y contra Gales perdió por dos ensayos concedidos cuando contaba con dos jugadores menos por obra y gracia del sin bin. En contra de lo esperado, Escocia jugó a Gales a la mano, saliendo desde atrás y buscando a los tres cuartos ante un equipo teóricamente más cómodo en ese juego. El partido, si bien se notaba la superioridad galesa, fue divertido y disputado, con muchas jugadas abiertas y con series largas los escoceses, como una que terminó tras veintiuna fases a un metro de la línea de ensayo. Gales hizo dos ensayos ortodoxos y Escocia un ensayo de pillo; un partido estupendo.

El Torneo, pues, está abierto aunque huele a dragón y puerro. Uno apostaría por las sorpresas y por derrotas de ingleses y franceses en partidos que esperan ganar. El Torneo podría decidirse en la última jornada: Irlanda juega el último partido en Londres el 17 de marzo mientras que Gales juega en casa contra Francia ese mismo día. Roguemos pues a San Patricio por un resultado favorablemente verde en territorio enemigo en su día, Lá Fhéile Pádraig y a San David, Dewi Sant, por un buen resultado en Cardiff. De comer alcachofas a la romana mientras se escucha Flower of Scotland nos ocuparemos los allí presentes.
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Por lo visto hasta ahora, señores, hay motivo para la esperanza. Los que antes parecían no valer parecen ahora haber despertado, y los que claramente valían están mejor. El Atleti empató en Santander y, aunque nos dio una rabia horrorosa durante el partido y el cabreo no se nos quitó hasta un rato más tarde, ahora estamos extrañamente contentos. Quizás debería haber ganado por goleada en Santander y debería haber ganado por la mínima al Valencia, pero el equipo es otra cosa, es otra cosa, oiga.

Desde que llegó Simeone, han cambiado pocas cosas pero han cambiado muchas cosas. Ha cambiado el entrenador y se ha ido un único jugador con sonrisa y manga larga. El resto es lo mismo pero es distinto, con lo que sólo nos queda concluir que la responsabilidad, el mérito, es de Simeone. Desde su llegada el equipo ha cambiado, el equipo juega mejor, juega a algo. El equipo presiona arriba, busca desactivar al rival y no sólo esperar, los jugadores acaban los partidos cansados, sin fuelle, lo mínimo que se puede exigir a un futbolista profesional, lo que buscan los futbolistas de barrio para no sentirse culpables al pedir la tercera cerveza.

Desde la llegada de Simeone, el equipo defiende. El equipo, decimos, y no sólo los defensas y los centrocampistas con menos calidad. Defiende Falcao el primero, encimando al central que intenta subir el balón, permitiendo por tanto que el resto de jugadores defiendan en su sitio y no tengan que salir de su zona a hacer ayudas. Defienden Arda y Diego, jugadores llamados a crear y que también defendían con Manzano aunque casi más por iniciativa propia que por instrucciones tácticas, según parecía desde fuera. Defiende Gabi, casi siempre bien colocado aunque fallón, y defiende Tiago y hasta Mario si este se lesiona. Defienden los laterales, y he aquí posiblemente uno de los logros de Simeone además de la agresividad general. Juanfran ha entendido que ésta puede ser la suya y corre y corre y llega arriba y vuelve a bajar, generoso; algo más timorato, Filipe Luis Filipe también se ha unido a la tónica general y el equipo, con laterales que ocupan espacio y dos centrocampistas por delante de la defensa, está mucho más compensado y juega de forma más lógica con sus cuatro jugadores más creativos y ofensivos. Los centrales, claro está, también defienden y lo hacen más arriba que antes y también de forma más contundente, anticipándose ahora en situaciones en las que antes esperaban.

El equipo defiende, pues, pero también ataca. El equipo presiona arriba y busca robar y salir rápido, buscando a Adrián y a Falcao, llegar al remate rápido. Arda y sobre todo Diego conducen más el balón y buscan últimos pases que faciliten el remate, y si el equipo rival es flojete como el Racing Diego se da un homenaje y lo pasa en grande regateando y creando huecos corriendo en horizontal y diagonal, esperando desmarques, mirando de reojo a la grada, mamá, mira qué bien juego con mis guantes de forro polar. Contra el Racing el equipo llegó seis o siete veces con toda claridad y pudo marcar varios goles fáciles: tuvo uno clarísimo Adrián que se fue al portero, tuvo un remate claro Falcao que se fue al poste. El resto de ocasiones fueron bien resueltas por los rematadores pero mucho mejor resueltas por Toño, el portero rival al que de aquí damos la enhorabuena; en un momento dado, dio la impresión de que el Atleti podría haber tirado otras veinte veces, y veinte veces habría parado Toño el balón. Qué tío este Toño.

Independientemente de las ocasiones falladas, independientemente de que hay que ganar estos partidos, independientemente de que nos podremos acordar mucho de estos puntos, el equipo lo hizo bien. El Atleti jugó bien y, sobre todo, dio de nuevo esa sensación antigua, casi perdida: la sensación de dar miedo al rival, de ser él quien marca el ritmo del partido y no al revés. Aquí mando yo, dijo el Atleti, y lo dijo con una voz lo suficientemente convincente como para achantar al rival, que se limitó a aguantar el chaparrón sin querer hacer daño al contrincante, no sea que se enfadase y fuera peor. El Atleti dejó sensación de equipo serio con el que es mejor no hacer chistecitos, muy lejos de la imagen de presa fácil de la primera vuelta. Si no hace tanto el Atleti llegaba a campos de recién llegados con cara de ser víctima propicia para el timo del tocomocho o incluso de la estampita, a Santander, como antes a San Sebastián o Pamplona, llegó con cara de fiarse de sí mismo, sin mapa ni frío ni paraguas ni nada, a ver, dónde se juega aquí, muy bien, hala árbitro, empiece que venimos con una misión, déjese de tontunas, al lío, oiga. Dio gusto ver al Atleti apretando los dientes y marcando territorio, dio gusto, con todo el respeto para el rival, ver cómo el Racing reculaba y miraba a otro lado cuando el Atleti le sostenía la mirada, dio gusto ver a Diego jugando y haciendo jugar al resto. Qué lejos parece ahora ese Atleti blandito y blandengue con propensión al resfriado y al flato de hace pocas jornadas, qué poco tiempo y sin embargo qué cambio más grande. Qué sensación, mitad alivio, mitad ya era hora, mitad bien, Cholo, bien , qué sensación más buena tenemos todos.

Por cosas de esta liga absurda en la que, a finales de Enero, ya parecía claro que poco había que discutir sobre el campeón, el Atleti se ha metido en la pelea de la clase media acomodada, su resignado sitio actual. El Atleti lleva varios partidos con la portería a cero, ha empatado tres y ha ganado tres partidos desde que está Simeone. No ha encajado ningún gol y, sobre todo, parece haberse dado cuenta de que corriendo y mordiendo es más fácil jugar a este deporte en el que ni los solteros ni los casados acaban los partidos tan descansados como lo hacía el Atleti de hace unos meses. El mérito, hasta ahora, del Cholo; la alegría, hasta ahora, de todos.

lunes, 19 de septiembre de 2011

De mejoras visibles y retos futuros

El Atleti jugó bien contra un rival facilón y dejó claro que este año ha optado por tocar el balón en vez de por pegar pelotazos. Si es capaz de hacerlo contra un buen equipo es algo que aún no sabemos.


Coincidiendo con el final del verano, y tras advertir numerosas irregularidades en la técnica empleada por la mayoría de los usuarios en gran cantidad de países de ambos hemisferios, la UNESCO - y más en concreto su Comisión de Postres Veraniegos Excepto El Flash Golosina - editará en breve el esperado y necesario texto que desde hace tanto tiempo reclaman heladeros, padres, usuarios de camisas de colores claros y en general todo el personal que no suele llevar pañuelitos de papel en el bolsillo. Se trata, naturalmente, del "Libro Verde del Consumo del Bombón Helado", también llamado "Guía Útil para el consumo responsable y sin lamparones del helado de palo con base de leche y cubierta de chocolate crujiente".

El Libro Verde (que en un principio iba a ser Libro Blanco pero cambió de color ante las multitudinarias protestas de todos aquellos que tradicionalmente hemos identificado el color blanco con la suciedad extrema) es una útil guía de consumo que contiene instrucciones detalladas para asegurar un correcto enfoque a la hora de encarar el rey de los postres de chiringuito. Ha sido elaborado por numerosos estudiosos, usuarios voluntarios, científicos y analistas estadísticos que, desde todos los puntos del Globo, han llevado a cabo sesudos estudios y experimentos encaminados a mejorar el grado de disfrute del consumidores de todas las edades y condiciones sociales. Los puntos fundamentales sobre los que gravita el contenido de la magna obra son los siguientes:

• Por su naturaleza y carácter, es del todo inútil y desaconsejable chupar un bombón helado recién sacado del congelador. Sencillamente, no sabe a nada: es como pasar la lengua por un tablón congelado. La correcta técnica se basa en el mordisco audaz y táctico, dejando el rechupeteo para fases posteriores a la fase inicial o Fase De Apertura de La Cubierta Chocolateada.

• El mordisco inicial es clave para una buena gestión del consumo: un mordisco temprano podrá resultar en dolor de incisivos por aplicación de frío, un mordisco demasiado tardío puede producir una rotura importante en la cubierta rígida, desprendiendo grandes bloques de chocolate con alto riesgo de mancha en la pechera. El mordisco inicial ha de darse ni muy pronto ni muy tarde, sino en su justo momento: cuándo llega éste es algo que sólo la experiencia permite saber.

• El riesgo de desprendimiento de cubierta y consiguiente (a) pérdida de un trozo estupendo de chocolate por caída al suelo o (b) mancha indigna durante toda la tarde y consiguiente ruina de la prenda, es constante durante todo el consumo del producto. Son especialmente sensibles las zonas laterales del helado, que presentan un alto índice de rotura y desprendimiento de coberturas laterales con ángulo de parte de la capa ventral o posterior del helado. Su caída produce una mancha atroz, pero las consecuencias son aún más graves: la pérdida de los listones laterales supone una merma en la estructura general del helado que producirá con seguridad ulteriores desprendimientos de cubierta en momentos posteriores.

• El ritmo, como en casi todo, es clave para el correcto disfrute del helado. Si bien en un principio éste puede ser más lento - pudiendo el usuario gustarse en el paladeo de las partes desprendidas del tronco central - a medida que pasa el tiempo y se acelera el proceso de fusión o deshielo, el ritmo debe hacerse más vivo para contrarrestar el efecto del recalentamiento global. Un consumo remolón y pastueño puede provocar el efecto bautizado como "Churrete Jackson" en honor a su descubridor, consistente en la fusión descontrolada de la parte interior cremosa del helado y la formación de un río de nata y chocolate fundido que, avanzando polo abajo, puede llegar a alcanzar la mano y, en ocasiones trágicas, incluso muñeca y codo.

• La parte final o de Fase de Remate presenta un punto positivo y uno de riesgo. El positivo, la posibilidad de acceder a un estupendo trozo de chocolate macizo adherido al palo mayor o viga maestra que sostiene todo el sistema cobertor; el riesgo cierto se presenta para aquellos con fobia al contacto de los elementos de la cavidad bucal con la madera de que se está hecha el palo mayor. Dicho contacto ha sido estudiado debidamente en cierta universidad de Iowa y es comúnmente denominado por la comunidad científica "Repelús Welch".

La publicación del Libro Verde ha sido acogida con entusiasmo y alivio por asociaciones de consumidores y madres de mellizos, si bien ha contado en ciertos países con la oposición activa del lobby de la lejía y el cebralín. Una vez más, amigos, nunca llueve a gusto de todos.
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Llegó la afición al campo la mar de contenta por la hora, que era decente, y por la temperatura, que no era demasiado alta. Llegaron niños en tropel, lo que hizo que el ambiente fuera mucho más agradable que en esos partidos de noche en los que no se ve ni una coleta ni un potito ni un señor subiendo la escalera con su niño en brazos, que es lo que debería ser, lo que siempre fue, lo que permitió que fuéramos al campo desde chico y entendiéramos lo que es el club, el equipo, la liga y todo aquello que la mercadotecnia se empeña en destrozar, empezando por las córneas de los que padecemos botas verde con cordones azules y botas moradas con cordones rosas.

Llegó pues en tropel la afición al campo y el tema de conversación era variado. Muchos hablaban de lo bien que sienta eliminar a los franceses en la Copa Davis y lo bien que sentaría ganar a los franceses en la final del Eurobasket, como luego ocurrió. Otros hablaban de que, en efecto, daba mucha alegría eliminar a los franceses pero que Morgan Parra, "Parrita", medio melé con nombre de banderillero, había metido prácticamente todos los golpes de castigo que había tenido a tiro esa mañana contra Canadá, desmontando la teoría de que el balón del Mundial vuela raro y por eso Sexton y Wilkinson no dan una. Hablaba también la gente del maravilloso partido de Irlanda contra Australia, del partidazo de Healy y el resto de la primera línea irlandesa, de los dotes de mando de O'Connell, del arrojo defensivo de O'Driscoll y de los inolvidables cinco últimos minutos, la presión en el 22 irlandés, el pase de fantasía innecesario de Cooper, la intercepción de Bowe y la carrera eterna, el placaje increíble de O'Connor a cinco metros de la línea de ensayo, el pitido final y la calle Alcalá llena de camisetas irlandesas y pintas de Guinness a las 12 de la mañana. De esto hablaba mucha gente, sí, pero la mayoría, la inmensa mayoría, no hablaba de otra cosa que del ascenso del Rugby Atleti, verdadera noticia bomba de un fin de semana en el que el Atleti goleó y España ganó el Eurobasket y llegó a la final de la Davis. El Rugby Atleti está en Segunda, y esta frase, que fuera de contexto quizás no diga mucho, suena a música celestial en los oídos de muchos.

Salió el Atleti al campo y lo hizo de nuevo vestido de Atleti, sin publicidad en la camiseta y con las medias rojas y con vuelta blanca y aquello ya pintaba bien. Antes salió otro Atleti, el de balonmano, heredero de carambola de ese histórico Atleti sin espinilleras que tan orgullosos nos hacía, y ofreció la supercopa a la afición. Mención especial merece la alegría que se advertía en la cara de Hombrados, claramente uno de los nuestros presentando un título a los suyos, la ilusión de todo atlético; dado que la mayoría sólo podríamos presentar como mucho un título de propiedad de un pisito hipotecado (lo que no carece de mérito en estos tiempos, oiga), la cara de Hombrados produjo alegría y envidia.

Al lado del Atleti salió el Racing de Santander y, cosas de las lesiones, el que suscribe no conocía a ni uno. Bueno a uno un poco, este me suena, ah, sí, ya sé quién es éste y poco más. En estas situaciones hay quien piensa que hace falta un experto en fútbol internacional, un socio del Racing o un cronista nacido en Potes para que le cuente quién es quién en el rival, pero se equivocan. Lo realmente útil, lo que le da al cronista aficionado toda la información necesaria para identificar rivales poco conocidos de equipos poco mediáticos no es un gurú radiofónico ni un obseso del fútbol por parabólica sino un niño de unos diez años que esté haciendo el álbum de la liga. Los niños, a fuerza de cambiar cromos y abrir sobres comprados en los kioskos, saben una barbaridad de fútbol y son capaces de reconocer al juvenil Ledesma, recién llegado al rival desde el Hércules Promesas, con sólo ponerse el peto y dar dos carreritas. Si uno es capaz de conseguir que el niño en cuestión (sobornado con polos y chicles de fresa) le diga a uno al oído el nombre de los desconocidos, uno queda como un erudito ante el resto de la grada, asombrada del conocimiento que de las plantillas de todos los equipos tiene el sobornador, a la sazón inductor de una caries de consecuencias imprevisibles.

Salió el Atleti, decíamos, y lo hizo con un dibujo levemente distinto a aquél que sacó ante el Celtic. Salió una línea de cuatro atrás, que tuvo poco trabajo, con dos mediocentros delante que controlaron al flojo rival sin demasiados problemas. Por delante de estos últimos salió con la batuta Diego, que dejó claro que de esto sabe y que por ahora quiere. A su lado, dos electrones libres, Turan y Reyes, completando la línea de tres encargada de darle balones a Falcao, solito en punta y sin demasiada necesidad de compañeros, que él solo se basta por lo que parece. A pesar de que (como en el caso del Celtic) lo limitadísimo del rival impide sacar conclusiones tajantes, por ahora parece una cosa clara: el Atleti quiere jugar a tocarla, tratando de olvidar el patadón a los de delante de temporadas pasadas. El Atleti la saca jugada o al menos lo intenta, y cuando el balón llega a los medio centros, primero Diego y luego Turan se la piden y piensan en algo que hacer que no sea mandarla lejos. Parece que la idea, por ahora, ha sido entendida por los jugadores o al menos es lo que vimos en la última media hora de Valencia y en los dos partidos posteriores. Veremos si dura y si funciona, veremos.

Courtois y los centrales no tuvieron mucho que hacer, por lo que diremos poco de ellos. De los laterales diremos más. Filipe Luis Filipe tuvo para sí toda la banda, toda vez que había poca gente haciendo coberturas de defensa el primer tiempo. Tampoco hacía mucha falta: el Racing no asustaba mucho. Filipe Luis Filipe subió sin esprintar y trotó de vuelta, se mostró a veces a regañadientes y cuando ganó la línea de fondo o sus inmediaciones, dejó claro que está más cómodo haciendo pases cortos como el del penalti que colgándola a la olla. Perea, por su parte, repitió como lateral y subió al ataque cuando pudo. En parte por no ocupar el puesto durante mucho tiempo, en parte por ser él mismo consciente de que conducir el balón y colgarla luego no es lo suyo, y en parte por el run-rún a mitad de camino entre la sorpresa, el cariño y chufla que se levanta cada vez que sube, hizo un buen partido. Servidor, ya lo sabe, ve con buenos ojos a Perea y quizás aprecie su contribución en partidos en los que otros ven un zote trotón, así que decidan Vds cómo jugó el colombiano. El que suscribe, ya sabe, si fuera árbitro no sería capaz de sacarle una tarjeta amarilla y, como mucho, le sacaría tarjetas-regalo por honrado y por discreto.

En el centro jugaron Mario y Tiago, los tibios centrocampistas que desentonaron junto a Grabi, más sólido, en el partido de Valencia. No lo hicieron mal porque tampoco tuvieron mucho que hacer, pero algo más aportaron. Tiago sacó un buen tiro a puerta que luego remató Falcao en fuera de juego, Mario estuvo cómodo todo el partido. Parte de su comodidad se debió, naturalmente, a Diego. Diego, de cuya calidad nadie puede dudar, está por ahora mostrando una actitud muy positiva que llama a la esperanza. Diego se enseña siempre, la pide, mira, piensa y si no hay alternativa la devuelve y vuelve a pedirla para volver a empezar. Recuerda a Juninho en esa vocación por buscar la forma en que hacer daño al rival, no recuerda tanto por su físico, mucho más completo que el del diminuto Osvaldo Giroldo. Diego, jugador cedido de futuro incierto, mostró el camino a todo el mundo, lideró el ataque, se asoció con los buenos y pidió pases fáciles a los no tan buenos y provocó un penalti tras buen pase de Filipe Luis Filipe que en el campo no pareció y en la televisión se vio claro. Se fue a la caseta al medio tiempo y su misión la pasó a desempeñar Turan, también entonado y fino. Turan tiene cosas de jugador artista y planta de monosabio contrahecho, con las piernas cortas, los hombros estrechos y la cabeza gorda, pero claramente sabe de qué va esto. Es fino en el regate, el pasecito y el pase largo y se entiende con Diego, Falcao y Adrián sin demasiados problemas.

Con Reyes es otro cantar. Reyes, que se las prometía muy felices a principio de año con su diez a la espalda, con la salida de las estrellas del equipo y con la prensa pidiendo su vuelta a la selección (sin especificar de qué deporte) pareció enfurruñado por jugar con unos cuantos nuevos que no sólo son capaces de hacer lo mismo que él, sino que cuentan con esa vértebra cervical tan útil que permite levantar la cabeza cuando se lleva el balón controlado. Reyes ha perdido protagonismo y puede optar por recuperarlo haciendo regatitos interminables de patio de colegio o jugando en equipo. De optar por la primera opción, que conociéndole nos parece la más probable, nos preguntaremos rápidamente si su puesto no debería ocuparlo Adrián, un jugador mucho más solidario, listo y generoso con detallitos de calidad cuando hace falta y sobriedad el resto del tiempo.

Y, para terminar, Falcao. Falcao es un jugador curioso: fuera del área parece torpón con los pies y poco dotado para el control y el regate. Se resbala, se choca y parece que únicamente se fía de él para devolverla en corto cuando anda por el centro del campo. Eso sí, en el área es otra cosa. No necesita mucho para ver puerta, siempre tiene claro dónde tiene que tirar y le da igual estar de espaldas que de frente que entre dos centrales grandísimos. Falcao, que no protesta ni se tira ni pide salir en la portada de las revistas de depilación como algún otro, tiene pinta de meter cinco o seis de cada diez que tenga. Ayer metió tres, le sacaron una y le anularon otra. Si recibe pases hay jugador para inflar las cifras de ataque, si se las tiene que fabricar solo sufrirá mucho, algo que saben bien algunos de los grandes delanteros que han pasado últimamente por el Calderón. Lo que claramente se ha ganado por ahora es el título de Rey del Videomarcador, la herramienta elegida para el anuncio de su fichaje sin transfer y ayer anuncio de su cuenta de Twitter. El videomarcador del Calderón está que echa humo este año; si antes servía para anunciar cafeterías en las que Julio Prieto hacía las veces de gerente y más tarde locales de dudosa reputación de la carretera de Burgos, ahora anuncia cosas extraordinarias y la gente no pierde ojo por si se hace pública la fórmula de la cocacola, el verdadero sueldo de Gil Marín o la solución a los sudokus más inaccesibles.

El Atleti ha dejado buena imagen contra equipos fáciles y una imagen algo más gris contra el pobre Valencia de hace una semana. Sí parece haber tomado la decisión de tocar y tocar el balón antes de pegar pelotazos y se nota la mano del entrenador en ese aspecto. Eso sí, por ahora los buenos partidos han sido contra equipos limitados y el sábado que viene vendrá la oportunidad de saber dónde estamos, el test que dará la medida del equipo en el inicio de liga. Entre tanto, la afición seguirá rumiando el dilema del domingo en el Calderón .... ¿qué hemos hecho en esta vida para terminar queriendo que Torres marque a De Gea en vez de estar vitoreando a ambos en los partidos de casa? Qué cosas, señor, qué cosas.

PS: el que suscribe anda preocupado por lo que parece la definitiva desaparición del Forza Atleti. Los partidos no serán los mismo sin la aportación de su chisposo portadista. Si se confirma la tragedia, tan nociva además para los fabricantes de medicamentos contra la disfunción eréctil, le dedicaremos la atención que merece.

viernes, 12 de febrero de 2010

Parábola del feliz hallazgo

Jugó el Atleti un partido serio con aires a ratos de sainete y, qué cosas pasan, resulta que puede ganar un título por primera vez en diez años.

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De entre las múltiples y numerosas características que distinguen a la raza humana de cualquier otra especie animal y, si me apuran, vegetal, hay varias que destacan de manera notable: el gusto por el jersey de pico, la invención de la butaca y el uso de los dedos de la mano para empuñar el sacacorchos. Pero incluso por encima de estos tres magnos hitos hay algo más, algo sublime, algo que se ha convertido en el motor de la civilización y de la humanidad: el Progreso.

El Progreso, así con mayúsculas, ha convertido un simple mono lampiño en el rey de la creación, en el señor de tierras, mares y cielos, en el sumo hacedor material, capaz de cambiar la faz de la Tierra a su antojo y de recalificar el terreno rústico en urbanizable sólo con un par de papeles y un maletín. Los científicos han advertido un afán progresista ya desde la época de las cavernas y han descubierto entre huesos fosilizados y puntas de lanza pruebas de que el hombre, de manera inconsciente y sin poderlo remediar, ha buscado desde la noche de los tiempos la manera de avanzar, de mejorar, de conquistar, de conseguir nuevas metas.

Un grupo de paleontólogos de prestigio, reunidos en la cafetería del colegio de antropólogos cerca de la mesa que suelen ocupar un grupo de psicólogos aficionados al tute, ha debatido en varias ocasiones sobre la naturaleza de esta pulsión innata para esclarecer si es algo consciente o inconsciente, algo inducido o natural, un fruto de la inspiración, de la mente o del instinto. Tras muchísimas tardes de debate y muchísimos gráficos y muchísimas pruebas, la conclusión a la que llegaron los científicos no dejaba lugar a dudas. La clave para la pulsión progresista no estaba en una glándula corporal, ni en un halo divino ni en el funcionamiento anormal de una zona del cerebro. Tampoco en un destino escrito en el universo, en un designio divino o en el azar azaroso. Los estudios demuestran que la verdadera razón, el verdadero motor de la humanidad es una simple combinación de términos, seis palabras que, unidas de una determinada manera y pronunciadas en un contexto determinado, desencadenan en el humano una furia conquistadora, un afán de superación y una querencia al desafío fuera de lo común. Se trata, como no podía ser de otra manera, de la expresión "A que no hay cojones de" o, en su acrónimo de frecuente uso científico, AQNHCD - acompañado, claro está, de las palabras que procedan en cada caso.

Esta soez y tabernaria expresión, tan poco esperable entre los correctísimos textos que pueblan esta casa, está detrás de muchos de los logros del ser humano. AQNHCD, mencionada a altas horas de la madrugada en una taberna de Trujillo acabó con la conquista de México y la caída del imperio azteca; la misma frase, pronunciada en un oscuro pub de Sheffield, Inglaterra, desencadenó la conquista de la India; cuentan que Mallory la usó justo antes de comenzar a planear la expedición que terminaría con la conquista del Everest y que hizo lo propio el naufrago hambriento que se atrevió a comerse por primera vez en la historia una gamba, ese gran hombre. También las grandes mujeres de la humanidad, por curioso que parezca, han hecho uso de esta expresión masculinizante para lanzar un desafío a la historia: AQNHCD dijo Madame Curie a su resignado esposo antes de ponerse a experimentar con los isótopos radiactivos que encontró en una caja de galletas; AQNHCD dijo también cierta señora gordita andaluza antes de mezclar y machacar algunos ingredientes nunca antes combinados, creando con su proeza el gazpacho para alegría de las generaciones posteriores.

La expresión, dicen los científicos, multiplica su poder vigorizante cuando se usa a partir de ciertas horas de la noche en ambigús ambientados y cuando se hace hincapié en el sonido jota de su palabra más larga, alcanzando su máxima expresión cuando se antepone a la mágica fórmula la palabra "Quillo", seguido de una coma.

El resto ya lo saben Vds.
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Llegó el Atleti a Santander tras haber ganado y empatado con el equipo local y aquello parecía la llegada de Moriarty al cumpleaños del pequeño de los Holmes. La afición local, animada por la irresponsable prensa necesitada de portadas y ventas de periódicos, recibía al Atleti con una mezcla de rabia, odio y ganas de venganza que uno no se explica con facilidad. No recuerda uno una rivalidad tradicional e histórica con el Racing, no recuerda uno afrentas más allá de los pitidos a Torres en un partido contra Canadá en el Sardinero, una más de estas cosas que tiene el tener a Caín como Santo Patrón y sobre las que no hay ni que comentar nada de puro ridículas que son. Pero un mal arbitraje en el partido de ida y un mal arbitraje en el partido de liga, ambos con lances perjudiciales para el Racing, convirtieron por arte de birli birloque una semifinal de Copa en un ajuste de cuentas entre dos maras rivales. Venid aquí, que os esperamos, veréis cuando estéis aquí cómo os ponemos de palos hasta la coronilla; este era el mensaje que transmitía la prensa sobre el ambiente que esperaría al Atleti allí, y a juzgar por lo que cuentan algún despistado se lo creyó y asumió como suya la cruzada de la prensa. Que vengan, que venga, a por ellos, viva el espíritu de Corocotta, que no sabemos bien quién es y tiene un nombre que le deja a uno así como dudando entre hacer un chiste demasiado fácil o plegarse a la decencia y quedarse calladito. Que vengan, que los nuestros os coserán a patadas, verás cómo Munitis, que está enfadadísimo siempre, os da lo vuestro y lo de otro, que es chiquitillo pero está cuadrao y es muy mal encarao, sin letra d ni nada. Cinco cero os vamos a meter, cinco cero, y si no pues ojalá bajéis a Segunda y ojalá perdáis todo y ojalá hiele a la vuelta en coche y os deis un susto y paréis en un bar de carretera con el baño estropeado y en el que no quede café ni tortilla ni nada, sólo bollería industrial de esa que va en celofán y fanta naranja, jajajaja, toma maldición gitana.

La sorprendente deriva que tomaron los acontecimientos tuvo un curioso efecto colateral: la reacción-reflejo de una parte de la afición del Atleti. Parte de la afición del Atleti, que antes a estas cosas le daba la importancia que tenía, entró al trapo y al cuerpo a cuerpo. ¿Cómo que cinco cero? ¡A por ellos! ¡¡Muera Corocotta, viva la anchoa de L'Escala, no al sobao!! Infames, sinvergüenzas, marditos roeores, veréis como vayamos para allá, nos vamos a comer al toro Sultán empanado y con guarnición. Burros, sinvergüenzas, que tenéis casino y playa y unos bares estupendos, jajaja, pobrecitos, decía parte de la afición del Atleti mientras subía al autobús lleno de gente en silencio. Parte de la afición del Atleti se enfadó muchísimo y juró odio eterno a la afición de Santander y esperó al final del partido para dar grandes cortes de manga y desear que se secaran las marismas de Santoña. Parte de la afición del Atleti, la que lo pasa estupendamente los veranos en el pueblo y presume cuando vuelve con unos tomates que le da su abuelo y dice que en Madrid ya no sabemos lo que es un tomate con sabor a tomate, se burlaba de la afición de Santander, quizás por no ser de la capital, quizás por no tener la ciudad atascada por las obras y los controles policiales y el tránsito de coches oficiales, quizás por tener una ciudad preciosa con playa y monte y prados a la que si uno pudiera se iría de vez en cuando a pasar el fin de semana.

Parte de la afición del Atleti hacía esto y mientras, la otra parte, miraba atónita el espectáculo, decía que no con la cabeza, se acordaba de cuando las rivalidades tenían una razón deportiva suficiente y honorable y no se basaban en si la prensa debía o no vender noticias, se bajaba del autobús lleno y se planteaba irse a vivir a una ciudad con mar y casino.
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Salió el Atleti al césped del Sardinero con cara de ir a hacer un partido serio, dar un puñetazo en la mesa y dejar claro que Vd no sabe con quién está hablando, oiga. Salió el Atleti con un equipo algo raro, con Valera de centrocampista y Reyes, Jurado y Agüero por delante del resto, que eran los que uno esperaba. No salió Raúl García de inicio, como uno esperaba, sino que optó Quique por un equipo de teórico toque, filigrana y control en los tres cuartos. Salió así el Atleti vestido de fino estilista del ring, de boxeador bailarín dispuesto a noquear a Corocotta y su cachiporra, moviéndose como una mariposa y picando como una avispa, con cara de saber lo que tenía que hacer y de estar convencido de que es mejor ser rápido desenfundando un revolver ligero que llevar un bazooka que no hay quien mueva.

A pesar de salir convencido de su apuesta, en dos minutos se le quitó al Atleti el gesto de Paul Newman y se le puso el de Cassen. Valera, ese tipo sin demasiada suerte, se metió un golazo en propia meta a la mínima que pudo y la grada rugió tras el remate de Cocorotta. No es nuevo hablar de la sensación de desorientación que transmite Valera, a menudo presto a correr en dirección contraria tras un despeje de cabeza o de lanzar en contraataque en dirección al banquillo rival. Valera quiso despejar y se metió un golazo en su portería, forzando a De Gea a poner la cara de la rana Gustavo cuando miraba a cámara sin entender nada. Pero el Atleti es así, qué esperaban Vds, a ver si creen que iba a hacer algo lógico, hombre, no. Menos mal que cinco minutos después el Racing se marcó un gol en propia meta cuyo autor no se acertó a ver con claridad hasta que no hubo varias repeticiones.

El partido tuvo entonces poca historia. No sufrió el Atleti, por más que lo parezca por el marcador, gracias a que en el centro del campo Assunçao y sobre todo Tiago se hicieron con el manual de instrucciones. El juego que va enseñando Tiago es una buena noticia para el Atleti y una muy mala para Raúl García quien, en gran parte por sus propios deméritos, va perdiendo sitio y razones para recuperarlo. Jugó bien Agüero, como viene siendo habitual, y Jurado hizo alguna cosa de mérito, en especial en la jugada de su gol de rematito de exterior, fiel exponente de su fútbol, a mitad de camino entre la sutilidad vistosa y el empalago inútil de la cerámica de Lladró. Jurado, al chiquillo lo que es suyo, va enseñando algunas cosas tras cien partiditos de nada y ayer marcó un buen gol; eso sí, si a alguien se le ocurre hablar de la final de Copa como aquella a la que llegamos gracias a Jurado debería llevarse un paraguazo.

El partido dejó un único lunar: el final. A pesar de la sorprendente noticia de que Quique, esta vez sí, acertó en los cambios, el final de partido dejó en la afición la sensación que deja el último pimiento de Padrón cuando resulta ser el picante. El Atleti demostró una vez más que, sin estar concentrado al 100%, es carne de vapuleo. De Gea falló con estrépito en un balón que parecía fácil, concediendo un gol que no valía para nada pero que escoció a la afición. Pensando bien, puede que fuera positivo encajarlo: si De Gea tiene que cometer cinco fallos al año, es bueno que ese, sin consecuencias, fuera uno. Quizás sea bueno que De Gea aprenda que nunca hay que despistarse ni confiarse, quizás haya una lección que sacar del sainete de los cinco últimos minutos.
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El Atleti está en la final de la Copa tras diez años, tienen opción de ganar un título tras diez años y la afición se prepara para vivir el día más bonito del año diez años después. Uno de los peores Atletis de los últimos años ha hecho más bien poco y ha llegado a una final de Copa que nadie esperaba, qué cosas pasan. El Atleti ha jugado este año la Copa vestido con esa chaqueta que hace muchísimo tiempo que no se ponía y ha encontrado doblado en el fondo de un bolsillo un billetazo de quinientos euros. Quizás no haya hecho mucho para merecerlo pero quizás podría haber tirado la chaqueta con el billete dentro; tuvo la suerte de coger la percha adecuada y ahora tiene fondos para invitar a los amigotes a una comilona en un día inolvidable. Tuvo suerte, sí, quizás de haber tenido otros rivales habría caído en cuartos, sí. Pero así son las cosas, tuvo suerte el Atleti o simplemente las cosas son así, a veces uno mete la mano en el bolsillo y hay una miga de pan y un clip deformado y otras veces está ese juego de llaves que se daba por perdido o un billetazo morado. Sea como fuere el Atleti ha dado con un tesorito y ahora toca disfrutarlo.

Toca de rival el Sevilla, un buen equipo con varias finales jugadas en los últimos años con el que el Atleti, dice la prensa, debe tenérselas tiesas. El Atleti actual, en retroceso respecto a los tiempos que antes eran normales y ahora nos parecen tan lejanos, va encontrando rivales nuevos según baja en el escalafón. La prensa y la afición neófita ve rivalidades encarnizadas en equipos que antes suponían un equipo a respetar, sin ir mucho más allá. El Sevilla es un buen ejemplo de ello, y ni su afición, excesiva en muchos casos, ni la afición del Atleti, poco mesurada casi siempre, han ayudado para evitar que un enfrentamiento bonito se convierta en un partido a cara de perro. Quiera uno o no, el aficionado de a pie se espera una final con ambiente feo y faltas de respeto; qué pena más grande.

El Atleti tiene ahora que pensar en la Liga y seguir sumando puntos para evitar situaciones absurdas vividas en el pasado. Para empezar hay que pensar en ganar al Barcelona por muchas tontunas que cuente la prensa sobre lo que quiere la afición del Atleti en el partido del domingo. Y hay que pensar en la Europa League, quizás una buena ocasión para que el equipo coja experiencia europea, Asenjo recupere la confianza, Ibrahima juegue minutos y Raúl vuelva a ser Raúl. Pero queda sobre todo la final de Copa, la oportunidad de ganar un título ante un equipo complicadísimo y de recuperar la fe en nosotros mismos. La oportunidad de llenar de nuevo la calle y llegar a casa ronco y sin un duro en el bolsillo. Hace un par de meses la consecución de un título parecía una broma, una quimera, el fruto de un rebote o de una conjunción astral. Ahora, sea por lo que sea, la posibilidad está ahí y hay que ir a por ella con todo.

Y, como Vds saben, no es tan difícil. Basta con que algún jugador con galones, tras un par de cervezas, diga al resto del equipo:

- Gente... ¿a que no hay cojones de ganar la Copa del Rey?


lunes, 8 de febrero de 2010

Sobre ese equipo que juega tres competiciones pero aún no se ha enterado

Jugó el Atleti un domingo pensando en un jueves y en el jueves anterior como preludio a un día de Mayo que previsiblemente sea un miércoles, sin darse cuenta de que los domingos se juegan cosas muy importantes que no se solucionan de un día para otro.
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Jugaba primero Irlanda, vigente campeón y equipo del que suscribe, y lo hacía en casa contra Italia. Italia, la sexta nación por obra y gracia del poderoso caballero, solía jugar al balón prisionero en el recreo con Rumanía, España y Portugal pero desde hace unos años alterna con los mayores del instituto. Italia, normalmente convidada de piedra, va mejorando y planta cara a ciertos rivales gracias a algunos argentinos de pasado calabrés, a algunos neozelandeses amantes de los gnocchi y a la progresión más que palpable de los suyos. Aún con el mérito que tiene que los italianos se la jueguen contra las potencias del V Naciones, su mejoría no fue suficiente para hacer sombra a Irlanda, quien ganó cómoda su primer partido. Irlanda y su generación de oro, la que parecía que pasaría a la historia por no ganar nada pese a su calidad, vuelve a ser favorita y esto les puede extrañar. Parecía que el Grand Slam del año pasado sería la excusa para que algunos de sus históricos (O'Connel, O'Gara, O'Driscoll) se relajaran un poco y pensaran en sestear en Benidorm una vez hechos los deberes históricos. Pero Irlanda ha dejado claro en los test matches de este año que han aprendido de los triunfos, que están cómodos en su papel de ganadores y que siguen con ganas de baile y de repetir título. Dos grandes problemas tienen, eso sí, en forma de salidas a París y Londres, la primera el sábado que viene a las 17.30, al parecer justo después del España - Rusia que se jugará en el Central de la Complutense (a confirmar).


Jugó luego Inglaterra contra Gales en un partido que conmemoraba el centenario de Twikenham. El partido debería haber sido obligatorio para el gremio de diseñadores de camisetas deportivas, a quien el que suscribe habría concentrado en pleno, agrupados todos en un gran cine con un señor con un palo largo apuntando a las camisetas inglesas en la pantalla. Miren, miren, no es tan difícil hacer una camiseta preciosa, déjense de tramas, déjense de cuellos raros, déjense de rayos cruzapechos y mangas de otros colores, déjense de camisetas lilas y déjense de zarandajas: miren, miren, una camiseta blanca pero poco blanca, con cuello y una rosa en el pecho. Hasta el patrocinador ha entendido que su logo no haría más que ensuciar el momento y lo ha dejado de color paliducho, que es más mono. En fin. Ganó Inglaterra la mar de bien vestida y lo hizo con holgura en el marcador, que no en el campo. 30-17 ganó Inglaterra, pero no con la comodidad que los fríos números sugieren. Inglaterra ganó porque Wilkinson no falla y porque los galeses sí fallaron. Falló Stephen Jones un pase que asesinó la remontada, pero estas cosas pasan y estos fallos, duros de encajar, forman parte del juego. El problema fue que antes falló Alun Wyn Jones con una patada a la rodilla de un rival que ni Vinnie Jones, oiga. Sin Bin para el infractor, Gales con uno menos e Inglaterra que aprovechaba la situación para pasar del 3-3 as 20-3. 17 puntos le costó a Gales una acción absurda que, según el culpable ha reconocido, le tiene sin poder pegar ojo desde el sábado. Algo es algo.

Jugó Francia en Escocia y ganó, y lo hizo bien. Francia enseñó un equipo con algunos elementos de esos que se llaman de rugby moderno, ese en el que los centros pesan lo que los piliers, los terceras corren como los alas y los alas miden lo que los segundas. Entre todos destaca Bastareaud, un centro con hechuras de delantero, cierto aire a un amigo de Peter Griffin y afición a echar las culpas a otros cuando se cae borracho por los hoteles. Dos veces ensayó Bastareaud y otras tantas quedó en evidencia la línea escocesa, frecuentemente descolocada y con menos efectivos cuando se trataba de defender a los franceses. Francia jugó cómoda, casi siempre en terreno rival, y Escocia se mostró impotente para imponerse en delantera, imprecisa y poco suelta en el juego a la mano, casi inédito, dejando dudas en cuanto a sus posibilidades este año. Escocia juega en Italia este año y de ese partido quizás dependa que aumente su menaje de cocina. Esperemos que no.

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Iba el Atleti a Santander tras hacer uno de los mejores partidos del año, que además le permitía pensar que la Copa puede ser una forma de maquillar las carencias de la plantilla y la institución; son estas cosas que tienen los sorteos: en un año en el que se merece el equipo más bien poco, quizás esté más cerca que nunca en los últimos años de disputar un título. El Atleti ganó al Racing 4-0 el jueves pasado y le pudo meter algún otro y no debió marcarle uno de penalti, que no fue. El Atleti, equipo al que no entiende ni el más experimentado de sus seguidores viejos ni el más sagaz de sus seguidores nuevos ni el más clarividente de los científicos, mentalistas, quiromantes, druidas, espiritistas, programadores en cobol o peritos industriales que inundan las gradas del Calderón, puede meterse en la final de copa tras eliminar a un Segunda B, dos Segundas y un Primera de la honrada clase media. Si además el rival es un equipo de Champions, como parece, se meterá en lo que era la Copa de la UEFA por la gatera y aprovechando que el dueño de la casa ha salido un momentito a sacar la basura. El fútbol tiene estas cosas y esta vez son bienvenidas dado que el equipo tiene necesidad urgente no ya de un título, sino de darle una alegría a la gente. Y la gente del Atleti, con la que está cayendo, no necesita únicamente un título de relumbrón sino que necesita una razón para tomar aliento, que no es poco: un día de final de Copa del Rey.

El día de la final de la Copa del Rey, que era algo de lo que disfrutábamos antes con relativa frecuencia, es el día más bonito del año cuando lo juega tu equipo. Ese día uno se ve con los amigos de siempre y con los que hace tiempo que no ve, se va en coche o en tren o en autobús a una ciudad lejos de Madrid o si es en Madrid se va desde primera hora a un barrio que no es el suyo a hacer un censo de tabernas y tascas. Ese día uno lleva la bufanda que le regaló su madre y la camiseta de rayas rojiblancas que compró aquel día. Lleva también los calzoncillos talismán, los calcetines de la suerte, los zapatos que del día del doblete, la gorra que intercambió en un viaje a Anfield, el reloj parado con propiedades milagrosas que llevaba a los exámenes, el paraguas que siempre lleva consigo a los toros para que no llueva, la bicicleta con la que ganó a su primo por primera vez, la pamela que llevó su abuela en la boda de la vecina que pensaron que se quedaría siempre soltera por ser muy alta y tener la voz de pito, el estandarte de la banda de tambores y cornetas de la Pontificia y Real Hermandad de Nazarenos del Santísimo Cristo del Calvario y Nuestra Señora de la Presentación - de la que es bombo mayor -, un pelo del peine de Ayala que compró en un anticuario, dos cromos de Arteche para los bolsillos de la camisa, una foto oficial plastificada de la plantilla del año de la final de Copa de Europa, un calendario con el escudo del Atleti de la prestigiosa empresa Desatrancos Medina, un perro ratonero-bodeguero con super poderes y camiseta de Torres y un burro porta equipaje con camiseta del Pato Sosa, una carraca que llevaba su abuelo al Metropolitano, las gafas de ver que llevaba su padre el día que pronunció la famosa frase "menudo gol acaba de meter el Vieri ese", el pomo de la puerta del vestuario del campo de O'Donnell, un cuadro que representa a los doce apóstoles con la cara de los titulares del equipo del Doblete más Antic en tamaño natural y, naturalmente, un paquetito de kleenex, un plano de la ciudad anfitriona, el número de los taxis locales grabado en el móvil y dos juegos de llaves del coche, por si se pierden unas tras los abrazos del primer gol. La final de Copa es así, es el día más alegre del año y por tanto la afición lo espera como agua de Mayo y los dedos cruzados para que el equipo no haga eso tan suyo de pifiarla en mal momento.
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Salió el Atleti al Sardinero y le recibieron de uñas y a voces. El fútbol tiene estas cosas, ya saben, y como la afición del Racing consideraba, y con razón, que en el partido de ida de Copa el árbitro estuvo mal, le montó un lío al Atleti ya de salida. Estas cosas, que ya vemos naturales, no dejan de ser sorprendentes, tan sorprendentes como que ante la Casa de Cantabria de Madrid, sita cerca del Retiro, se manifestara el viajero recién llegado al que la Guardia Civil multó con 300 Euros y dos puntos del carnet a su paso por Entrambasaguas, Cillórigo de Liébana, Piélagos, Colsa o Correpoco, estos dos últimos pueblos vecinos y bendición del aficionado al chiste fácil. Pero así es el fútbol, oiga, y ya a nadie le extraña que se use cualquier motivo para enfadarse una barbaridad con el visitante y proferir insultos graves, amenazas de muerte y desafíos en la calle así, en público; total, todo el mundo sabe que luego estos señores tan enfadados en cuanto el árbitro pita el final cierran el paraguas, recogen la almohadilla y se van a su casa, le dan un beso a su esposa, cenan una tortilla francesa y una pera y se van a la cama hasta el día después para seguir con su respetable vida, y aquí paz y después gloria.

Salió el Atleti con tres centrocampistas y la afición entera sacaba pecho y respiraba hondo y decía, já, a buenas horas, a mi Quique me lee el pensamiento o quizás algo más, vamos, si esto llevaba yo tiempo diciéndolo, este tío no tiene ni idea y menos mal que me ha hecho caso. Hizo Quique lo que casi cualquiera veía como lógico, al menos para hacer pruebas, y salió en efecto Assunção con Tiago y con Raúl García en el centro, con Simão, Jurado y Forlán más adelante. Salió eso sí con un trivote que resultó no serlo, con Raúl García de interior, menos centrado de lo esperado tanto en lo geométrico como en lo deportivo. Quique optó por cambiar de esquema de una vez y abandonar los postulados aguirristas, o más bien adoptando la solución que Aguirre utilizó con éxito en varios partidos a costa de que le pusieran fama de cobardica y mediocre. Quique dejó en el banquillo a Agüero, que a día de hoy es como dejar en el banquillo a cuatro o cinco del resto de jugadores, e insistió con Jurado y Perea.

Volvió a jugar Jurado arropado atrás y en lo que viene siendo su famosa posición natural. La famosa posición natural de Jurado viene siendo ya comparable a la probada eficacia de los fondos de Madoff o al secuestro de Bartolín: un timo. Jurado, que, qué cosas, ayer jugó un poco menos mal que otras veces, aporta al equipo aproximadamente lo mismo que Indy y, aún así, es titular indiscutible, es el jugador que más minutos lleva jugados este año y goza del privilegio de cambiar todo el esquema del equipo con tal de tener cabida. Jurado, que piensa sobre todo en él cuando recibe el balón, tiene la suerte o el misterioso ascendente de contar con prebendas que a otros se les niegan. Esto no es probablemente culpa suya, y Jurado se limita a intentar aprovechar, sin éxito, las continuas oportunidades que se le ofrecen gracias a partidos insustanciales en los que dos controles de exterior que acaban en fuera de banda, un regate con eléctrico movimiento de tobillo que termina en contraataque rival y un par de apariciones frente al tiro de cámara a duras penas compensan su poca aportación defensiva y sus famosas pérdidas de balón, las pérdidas de balón naturales de Jurado. Por qué sigue Jurado siendo titular y teniendo tantos minutos puede explicarse por su sorprendente predicamento entre la prensa, porque Quique haya visto algo que el resto de mortales no alcanzamos a entender o porque no hay más cera de la que arde y Jurado, con sus limitaciones y su juego desesperante, es un recurso necesario en una plantilla con hechuras de rape: fea, mal hecha, con cabeza desproporcionada, cuerpo chato y cola enclenque.

En el centro del campo jugaron Assunção, indiscutible a día de hoy, y Tiago. Tiago ha llegado hace poco y se ha hecho un hueco sin demasiada dificultad, algo que dice poco de sus rivales de puesto. Tiago ha sido hasta ahora una buena noticia y una mejora sobre lo que había. Tiago se enseña, intenta cosas nuevas, se tira al suelo a rebañar balones y recuperarlos, va bien de cabeza y llega al área rival. Grita, manda, coloca a los compañeros, se mete en fregados cuando los rivales están pesaditos; ayer fue especialmente necesario su papel de mediador autoritario viendo las malas pulgas que gasta Munitis, enfadado con el mundo no sabemos si por medir menos de lo que le gustaría, por tener menos pelo de lo que le gustaría o tener apellido de inflamación articular en vez de apellidarse Giráldez, Avellaneda o Fanjul, que es lo que de verdad le gustaría. Tiago también se juega las amarillas y hasta un penalti que, de no ser por el felino salto del nuevo ídolo del mundo entero, Canales, el árbitro pita seguro. Tiago apunta buenas maneras aunque aún le falta demostrar que puede imprimirle al centro del campo su impronta, que no estaría de más.

El tercer elemento de la línea media fue Raúl García. Parecía que el Atleti salía con un trivote pero Raúl García jugó casi de interior, aparentemente con órdenes de subir la banda o al menos de no acercarse mucho al centro para no estorbar a los otros dos. Raúl estuvo como acostumbra en lo relativo al despliegue físico y la disciplina táctica: bien. No obstante, se le notó incómodo hasta la desesperación jugando pegado a la cal, miedoso y especialmente torpe en sus combinaciones con Ujfalusi, con quien falló varios pases cortos consecutivos para desesperación de sus defensores. En un partido en el que el Racing adelantó la defensa, algunos esperábamos ver al Raúl de pase largo de Valladolid y nos quedamos con la sensación de haber visto al Raúl al que tan difícil es defender a veces.

El último nombre propio del partido no es De Gea, a pesar de haber hecho otro buen partido, con intervenciones de mérito y poco que hacer en el gol. También hizo una salida algo suicida frente a Tchité en la que se debió llevar una roja poco evitable, todo sea dicho, pero continúa pesando más la tranquilidad que transmite a defensa y grada y su buena colocación y facilidad para blocar balones lejanos que sus fallos puntuales. Tampoco es Forlán, quien volvió a jugar así de manera medianeja pero lleva a lo tonto 9 goles en liga incluyendo el que metió ayer con suspense incorporado, lance en el que terminó enredado en la red como si fuera un atún. No será Simão, autor de un excelente pase al primer toque en el gol del Atleti, ni será Domínguez, de quien decir que estuvo bien ya no es noticia. El último nombre propio, una vez más, otra vez por lo mismo, es Perea.

Perea alterna este año sus tradicionales cortes a la carrera con pifias históricas, controles dignos de un ánade bisojo con intervenciones providenciales. Perea, a quien se silba en el Calderón como viene siendo ya costumbre, fue ayer Perea al 100%; primero empañó un buen partido con un fallo garrafal que dejó el gol en bandeja a Colsa, entonado por cierto toda la noche; luego salvó un gol cantado gracias a un sprint olímpico y un toquecito sutil que mandó el balón al palo. Perea, en esta temporada tan irregular y con tan graves consecuencias para el equipo, es indiscutible para el entrenador. Y además lo es como central, apartando al lateral derecho al jugador que parece más indicado para hacer pareja con Domínguez. El por qué ocurre esto es algo que el entrenador, y no Perea, debería explicar; sería demasiado pedir a Perea que le dijera al entrenador hombre, Míster, no me saque a mi, saque a Mengano que es mejor que yo; además a mi la gente me chilla y me molesta oírlo, como a Seitaridis, mejor saque al argentino este calvo que es un pedazo de pan y no se mete con nadie ni se queja nunca, oiga. Perea, además, ha hecho gala de humildad y buen fondo en un par de entrevistas en la prensa en la que se ha mostrado sincero, ha asumido sus errores, ha reconocido sus limitaciones y no ha echado la culpa a nadie más que a él con una hombría poco común en estos tiempos de fútbol, casi inédita desde la rueda de prensa de Molina tras la pifia ante Noruega; esto, como bien saben los sufridos lectores de estos bloques de hormigón, a uno le llega mucho. Porque uno piensa que los malos jugadores, cuando hacen todo lo que pueden y se dejan la piel, merecen al menos el respeto de la grada y que la bronca sea para aquél que les saca al campo a lidiar con los elementos a sabiendas de que, en caso de pifia, la naturaleza del jugador le llevará a sufrir la situación en silencio sin señalar con el dedo a otros. Y uno piensa también que el que no merece el respeto es quien hace sólo lo que le gusta cuando le apetece, el que piensa en él y no en el resto, el que es inmune al sufrimiento de la grada porque su único interés es el cheque de fin de mes y el que señala presto al vecino, al empedrado, a la conjunción astral o a un error en el calendario zaragozano para evitar la crítica y reconocer el error propio. Pero esto, ya saben Vds, no es común ya en la grada del Manzanares, qué pena más grande, oigan.

El Atleti se juega el jueves llegar a la final de Copa y, con ello, la posibilidad de ganar un título y de entrar en Europa incluso si se hace mal en liga. El Atleti ha jugado en Copa como debería hacerlo el Atleti, aunque sólo cuando la ocasión lo ha requerido: en la vuelta contra el Recre, en la vuelta contra el Celta, en la ida contra el Racing. El Atleti, cosas que tiene este equipo, da la sensación de conformarse con hacerlo bien en Copa, dejando a un lado la Liga. Los domingos el Atleti es tristón y descafeinado, juega sin gas como la casera agitada. Cree que la Liga no es lo suyo, cree que con la Copa basta. No cierra los partidos, piensa en el jueves que viene, no piensa en los poquitos puntos que tiene ni en que el abismo se abre bajo sus pies a unos pocos metros de distancia. Parece convivir sin bochorno con el hecho de estar en la mitad de abajo de la tabla, cree que la vida termina en la Copa. Quizás sea algo pasajero, quizás quiera asegurarse la posibilidad de disputarse un título a un partido, la única forma en que parece que sea capaz de conseguirlo. Quizás tenga claro que, una vez llegado a la final, la vida vuelve a la normalidad y que hay que jugar cada partido con la importancia que tiene. Quizás sea eso, quizás. Eso esperamos.

domingo, 13 de septiembre de 2009

El preocupante anuncio de una temporada larga, larga

Salió el Atleti a mejorar la imagen dejada en Málaga y, al final del partido, la afición reclamaba llevar al equipo al tinte. Y eso que antes del partido, la afición ya había reclamado limpiar de una vez el palco.

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Es importante tener un amigo farmacéutico para que le diga a uno qué le conviene tomar para evitar la gripe A. También es importante tener un amigo abogado que le explique cómo lidiar con un inquilino o un casero, o cómo reclamar al taller por una factura altísima y un montón de filtros nuevos que el coche parecía no necesitar. Es casi más importante tener un amigo que esté a la última en música, cine y libros y le tenga a uno informado de qué le va a gustar y qué no, qué debe probar y qué debe ignorar. Es esencial tener un amigo que conozca cómo llegar por carretera a los sitios más inaccesibles y que tenga la suficiente experiencia e información como para indicarle a uno dónde están las mejores ventas, bodegas y ambigús de la comarca. Es importante tener un amigo que tenga contactos en el sector, y otro que tenga contactos en la autoridad, uno que tenga una agencia de viajes y otro más que tenga un bar. Uno que sepa de coches, otro que sepa de vino, uno que tenga una finca, otro que sepa el camino que te lleva hasta tu casa cuando escasean los taxis y uno está en el quinto pino. Uno que organice fiestas, otro que organice cenas, uno más que lleve el fondo y uno que tenga una vespa. Todo esto es importantísimo y esencial, pero lo verdaderamente crucial, la clave de todo, lo importante entre lo importante es tener un amigo que sepa hacer bien el rabo de toro. Y no es fácil, que de esos no hay muchos. No es fácil, no es fácil, oiga.
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Hacía en Madrid un día de esos de final de verano en los que uno no tiene claro si lloverá o hará un calor horroroso y la afición, sabia y con amplios conocimientos de meteorología, se decantó mayoritariamente por lo segundo y fue al campo con pantalón corto y camiseta. La excepción, que siempre hay una, fue un señor con gafas que llevó un chubasquero en previsión del ataque de un huracán tropical y casi muere hervido en su propio jugo cual pescado en papillote. Esto ocurría en un día en el que jugaba el Atleti a las seis, hora poco habitual, y además se estrenaba el equipo en casa tras una derrota bochornosa en Málaga, tras dos semanas de ocupar el último puesto de la clasificación de liga y tras semana y media convulsa en la que la prensa, sin saber muy bien por qué, había reaccionado al unísono y de una vez por todas contra la directiva del Atleti. Las cartas abiertas y semi-cerradas del ente teórico conocido como Gil Marín, las ya habituales chulerías fuera de tono de Cerezo, la chulería menos justificada aún del incompetente Pitarch (quizás familia del igualmente inepto y altivo Villeneuve, por cierto) y el rosario de cartas, contra-cartas y descartes de la Agrupación de Peñas Atléticas habían convertido un suceso que dejará poco peso en la historia deportiva del Club - esto es, la salida de Heitinga - en el detonante de una revuelta esperada desde hace mucho tiempo y justificada desde hace mucho más.

Así que a las cinco, cuando amenazaba tormenta y España quedaba en evidencia ante Turquía, salió el Atleti y se colocó donde le dejó la fuerza pública. No lo hizo vestido con la camiseta oficial de la temporada, sino mezclando camisetas titulares y suplentes, camisetas de peñas y de equipos de aficionados, camisetas azules y rojiblancas y hasta alguna de esas de rayas amarillas y azules que parecían de Rosario Central. No salió plantado según un clásico 4-4-2 ni con un 4-3-2-1, ni siquiera con un 4-2-3-1. Lo hizo así como Dios le dio a entender, primero de forma más ordenadita, luego más así a lo ancho y al final, sobre la marcha, como buenamente pudo. Porque no es fácil organizar a once jugadores, no, de eso puede dar buena fe Abel, que a veces anda perdido; pero organizar primero a dos o trescientos, luego a mil y pico y al final a cuatro o cinco mil de forma que quede un dibujo reconocido y una táctica ortodoxa es algo que sólo consiguen en Corea del Norte y tras muchísimo ensayar. El Atleti salió por tanto como le dio la gana, se reunió donde le dejó la policía, marchó por fuera del campo diciendo lo que no le dejan mostrar en las pancartas dentro y se quedó más ancho que largo, se quitó un peso de encima y quitó razones a los prestidigitadores de ondas y prensa que intentan tapar con chascarrillos y medias verdades la situación en la que vive la entidad y el cabreo monumental que llevan aquellos a los que les importa de verdad el Club más allá de canapés, palcos vip, viajes pagados e historias en poli piel con las que adornar la boisserie.

Entró el Atleti esta vez cinco minutos tarde al campo donde, qué cosas pasan a veces, habían salido los jugadores del Atleti vestidos con la camiseta oficial de la temporada cinco minutitos antes. Esperó el Atleti en los vomitorios y vio al equipo rival vestido de dos colores, con una equipación con aire de túnica de caballero medieval y una media de cada color. Se maravilló el Atleti aún desde los vomitorios de que el rival llevase esas medias y, sobre todo, de que ningún jugador visitante se hubiera equivocado de pierna y llevara las medias cambiadas. Tanto orden asombró al Atleti, quien se preguntó en su fuero interno cuántos jugadores de su propio club serían capaces de distinguir con acierto en qué pierna iría cada media si algún año a la Marca le da por vestir a la soldadesca de esa guisa, y rápidamente pensó en Reyes. Echó entonces el Atleti media sonrisilla ladeada, levantó mucho las cejas, dijo para sus adentros "en fin" y subió a su asiento al ver que ya habían pasado los cinco minutos de marras.

Se fijó entonces el Atleti en el Atleti del campo, y se aflojó un botón del cuello de la camisa y tragó saliva y dijo glups. El Atleti sabe que este año el Atleti tiene una plantilla cortísima, sabe que tras el primer partido se ha lesionado un titular y se ha vendido a otro y que las grandes estrellas del equipo, las que sujetan los palos del sombrajo, tendrán que jugar partidos y partidos internacionales durante toda la temporada. Todo esto lo sabe el Atleti, que se temía lo peor, y aún así tragó saliva y dijo glups nada más ver el equipo titular. La baja de Heitinga, la lesión de Raúl García y Maxi y la fatiga del Kun y Forlán dejaron al Atleti con la media del Mallorca, un central del descendido Betis, un lateral suplente del Racing, un interior que ya no está ni para el Recre y un portero prometedor, del Valladolid, que además se irá cinco o seis partidos en cuanto coja la forma. La planificación deportiva del Club tiene estas cosas, pero cuando el Atleti protesta el responsable técnico se pone chulo, la prensa se pregunta que de qué se queja la muchachada y el presidente hace gala de su sentido del humor martinezsórico de dictadorzuelo seguro de sí mismo para decir que si alguien se manifiesta será para darle las gracias. En fin.

Empezó el partido y varios miopes radicales, gran cantidad de pacientes de cataratas y al menos una centena de invidentes santanderinos tuvieron claro que la banda derecha del Atleti era una perita en dulce. Y, aún así, poco hizo el Racing. Empezó el Atleti jugando con cierta sensación de solidez que parecía más basada en la debilidad del rival que en el mérito propio; pero, aún así, daba la sensación de que el Atleti se llevaría el partido, si no por mérito, sí por jugar en casa, por inercia, por ley de la gravedad. Tiraba a puerta Cléber, tranquilo hasta la lentitud y con pocos agobios, y tiró a puerta Assunção, perdido e impreciso sin Raúl a su vera. Jugando con un único delantero, Agüero, el juego de ataque del Atleti tuvo un protagonista nuevo: Jurado. Jurado hizo cosas, tuvo ideas, intentó sorprender, cambiar el aire. Si el Atleti juega con un punta y dos medio centros defensivos, quizás Jurado tenga sitio; eso sí, parece que sólo entonces. Porque Jurado intenta cositas y tiene ideas, pero pierde muchos balones y corre más bien poco en la recuperación. Durante fases del primer tiempo nadie supo bien de qué y dónde jugaba, pero cuando le llegaba el balón destacaba un poco. Si fue mérito suyo o demérito de sus compañeros es otro cantar. Porque ayer Simão no estaba, algo poco frecuente, y Sinama ayer no estaba, algo demasiado frecuente. Sinama no sabe tampoco a qué juega, y pulula por el campo con el aire insolente del que reclama una oportunidad sin caer en la cuenta de que ya ha tenido treinta o cuarenta. Vista la actitud de Sinama, uno se pregunta por qué no sale un canterano en su lugar para que al menos corra y alegre las pupilas de la hastiada afición colchonera trotando por esas bandas que, quizás sea un efecto óptico desde la grada de lateral, parecen más estrechas que hace unos meses. Milagros de la cal, serán.

Y tras Sinama, Valera, esto es, la nada. Valera lo intenta y lo intenta y le sale todo bastante mal. Justito de calidad y también de fuerza a pesar de su físico, empezó nervioso y acabó pidiendo unas vacaciones en un balneario. Su apoyo ayer fue Sinama por delante, toda una traición, y Juanito a su costado. Juanito, concentrado y voluntarioso, evidencia controles catastróficos y falta de rapidez en algunos lances. Si Assunção no tiene el día como ayer y su último apoyo es el ralentizado Cléber, la sensación que esa zona de la defensa transmite es que con muy poco se puede hacer un lío importante. De hecho ayer pudo el Racing marcar un par de goles en el primer tiempo casi sin querer, aunque su delantero centro, educadísimo, no quiso aprovechar la ocasión y rechazó el regalo del anfitrión para no hacer un feo en día de protestas. Así pintaba el Atleti en el primer tiempo y, cuando éste acababa, marcó Jurado desde fuera del área. El Atleti comprendió rápidamente que sí, que iba a ganar por gravitación universal y se fue un momento a por tabaco. El Racing aprovechó que el equipo local buscaba cambio y marcó un gol justo antes del final del primer tiempo con media defensa al trote, un gol de esos que debería conllevar que el Atleti en pleno pasara seis horas de cara a la pared y con orejas de burro. Uno uno al descanso, hay que ver qué cosas hace este equipo.

En el segundo tiempo salió Forlán y se fue el Kun. Si durante el primer tiempo Agüero fue el único que pareció tener peligro y ganas de crearlo, con Forlán pasó lo mismo. Tiró al palo una falta, tiró al cuerpo del portero rival tras una buena jugada con Jurado, tiró a puerta un balón que nadie supo bien de dónde caía, tiró, tiró y volvió a tirar como los peces en el río pero nada. Y eso que nada más empezar el segundo tiempo se quedó el Rácing con uno menos por una roja excesiva y el Atleti tenía tiempo para marcar. Pero el Atleti es a veces el Atleti que conocemos y no queremos y pasó todo el segundo tiempo jugando contra uno menos sin que se notara. No pasó apuros el Rácing, que en un par de ocasiones se fue para adelante tocando el balón, ni asedió el Atleti con las ganas que uno le pondría si llevara esa camiseta. Sólo Keko, que salió a mediados del segundo tiempo y por cierto fue ignorado en varias acciones por sus compañeros, parecía querer cambiar las cosas. Se fue Jurado y el equipo perdió claridad de ideas, salió Reyes y se apagó del todo la lucecita. El Atleti de ayer no tenía capacidad de pensar, ni de romper, ni de lanzarse a pecho descubierto, ni de engañar al rival. Un Racing con diez se bastó para parar al Atleti, evidenciando las carencias del equipo y anunciando una temporada larguísima para la hinchada. Otra más, por cierto.

El Atleti ha sumado un punto contra dos equipos contra los que hay que sumar al menos cuatro, y esto no ha hecho más que empezar. El equipo tiene nueve o diez titulares y no tiene margen de error. Nadie se puede lesionar, nadie se puede equivocar y ser sancionado, el banquillo da más pánico que el rival. Agüero y Forlán tendrán que jugar demasiados partidos sin un reserva que aporte tranquilidad y mordiente. El centro del campo funciona si están todos, en cuanto falta uno el riesgo de catástrofe es mayúsculo. El lateral derecho parece un agujero negro, y hoy por hoy la afición se encuentra rezando por la vuelta de Perea y no se reconoce. No hay banquillo, no hay dinero para fichar y sí hay, qué cosas, cinco o seis chavales que parecen dotados para hacerlo mejor que aquellos que les cierran el paso. La afición agradecería la apuesta, los chavales agradecerían la apuesta y puede que el equipo también. Si este año que se antoja tan largo y tan lleno de sinsabores fuera al menos el año en el que se recuperó la cantera, algo grande habríamos ganado aunque quedáramos décimos.

viernes, 24 de abril de 2009

Romance del caso perdido (Martinete)


Para una perfecta comprensión del artículo se recomienda acompañar su lectura con el sonido de un martillo golpeando un yunque.

Se jugaba el Atleti el futuro, la credibilidad y la honra. Y el presupuesto y la temporada y casi la misma vida. Se jugaban los jugadores ser juzgados con severidad o recibir el aliento inmerecido de la grada durante unas jornadas más. Se jugaba el entrenador la posibilidad de que prensa y afición empezasen a creer sus bravatas y sus arrogantes palabras o bien que torcieran el gesto la próxima vez que hablase de su inmensa capacidad para solucionarlo todo con esa voz de suficiencia y casi de desafío con la que dice esas cosas tan imprudentes. Se jugaba la afición la ilusión de seguir creyendo en algo en lo que ya sólo los muy creyentes creen y se jugaba también el chascarrillo de la oficina y el bar. Habían ganado todos los rivales por la Champions y el equipo tenía que hacer lo prometido en ese spot en el que Maxi anda por los decorados de Slumdog Millionaire hablando de camisetas y merecimientos. Todo eso estaba en juego, todo eso, y todo frente a un equipo al que se había arrasado en la ida, que tenía bajas importantes y que se jugaba, también él, el descenso.

Con este panorama, salió el Atleti y









(nada)









Y, visto lo visto, los jugadores decidieron hacer









(nada)








Terminado el partido, empezó el post partido, el repetido calvario del colchonero, la penitencia en carne propia por un pecado cometido por otros. Terminó el partido y los jugadores se despidieron de los rivales, qué tal majo, te he visto bien, más delgado y bien colocado, dale recuerdos de mi parte a Carmina y dile que llame a Jennifer y a ver si quedamos a cenar los cuatro, por cierto qué tal te salió el porsche, bien o me recomiendas otro coche, es que estoy dudando. Terminó el partido y el entrenador dijo con voz grave del sargento de hierro de esas que hay que transcribir en negrita vaya tela, a ver que digo hoy, a ver cómo consigo quedar yo bien, echar tierra sobre el cadáver del que vino antes que yo, a ver en qué pienso yo hoy para justificar el ridículo. Terminó el partido y el presidente del club dijo gracias por el premio, esto va dedicado a todos aquellos que creyeron en mi cuando empecé, a los que me ayudaron en mis inicios y a los que aún hoy me traen puros a mi chalet mientras yo trabajo y trabajo mirando planos de ciudades deportivas, leyendo guiones audaces de autores de culto especializados en películas con título en verso y doble sentido pícaro y ya, de paso, paso el aspirador que menudo soy yo, no aguanto ni un ácaro, fíjate lo que te digo. Terminó el partido y el consejero delegado conectó el manos libres de su coche de gran cilindrada y llamó a un conocido y le dijo vaya tela, otra vez, si es que no puede ser, aver, aveeeer te pierdo, ah, no, ahora sí te oigo, oye te recojo y nos tomamos algo que estoy por la M-30 y no estoy lejos. Terminó el partido y el director deportivo recibió un sms que decía lo has visto y contestó no, estaba viendo la isla de los famosos, cómo han quedado y le respondieron cinco uno y llamó y dijo no me digas, cinco uno, vaya tela, bueno, en fin, al fin y al cabo esto implica que habrá que comprar jugadores y eso no es malo, tú ya me entiendes, voy a llamar a éste que andará por la M-30 a ver si se toma algo, ah mira, justo es él que me llama, ahora te digo, siiii, aveeeer? si, sí que te oigo, sí. Terminó el partido y al bueno de Lázaro Albarracín, posiblemente el único directivo que sabe qué es este club y que representa con dignidad a la entidad, se le acercaron dos airados socios diciendo ya está bien de vergüenzas, no hay derecho a esto, están hundiendo Vds el club, nos están quitando la alegría y la dignidad, y lo dirían con la frustración del que, injusta pero comprensiblemente, carga contra la operadora de suave acento extranjero que le llama durante la siesta para venderle una promoción para su teléfono móvil aún a sabiendas de que la pobre mujer sólo hace su trabajo y que se está llevando una bronca que no le corresponde pero a alguien hay que hacerle ver que la ira y la vergüenza se han instalado en el sofá de su casa.

Terminó el partido y la gente del Atleti apagó la tele o cambió de canal o se levantó de la mesa del bar. Algunos se quedaron mirando la pintura de la pared, otros levantaron la cabeza, miraron al techo y se cubrieron la cara con las manos, otros dieron un golpe en la mesa, otros tiraron un cojín contra el suelo y su mujer les dijo oye. Los que estaban solos se fueron al baño, se mojaron la cara y se miraron en el espejo y pensaron que eran tontos y que tenían que ir al barbero. Los que estaban acompañados se miraron los unos a los otros y levantaron las cejas y algunos dijeron en fin y otros dijeron vaya tela y otros dijeron yo ya no lo aguanto. Los que estaban con sus niños intentaban guardar la compostura y se preguntaban si no deberían haber mantenido a su prole al margen de esta debacle, y los que tienen perro le miraron a los ojos, le acariciaron la cabeza y envidiaron por un instante su plácida y simple existencia perruna. Los aficionados de mentalidad científica dieron vueltas a lo ocurrido, los hombres de acción se preguntaron qué hacer y la inmensa mayoría pensó en irse un bar en el que no les hablaran de fútbol. Los periodistas buscaron sinónimos de vergüenza, ridículo, bochorno y fiasco, los redactores jefe valoraron si, esta vez sí, dar un palo monumental a la directiva del club y los bloggers del Atleti, numerosos, corajudos y vehementes, se preguntaban quién coño les mandaba a ellos hacer crónicas de estas cosas, si es queee, vaya tela, vaya tela.

Aquellos que no consiguieron aislarse del mundo durante unas horas, bien por tener que trabajar o por estar en compañía de correligionarios reticentes a volver a casa ante el temor de ver cómo se les caía el techo sobre las cabezas, siguieron juntos un rato, de bar en bar, de paseo por la calle. Queriendo hablar de otra cosa, hablaban de lo mismo: del Atleti, del bochorno, de la vergonzosa actitud de jugadores, entrenador y sobre todo directiva, del futuro negro. Se reían de la facilidad con la que cambia todo, del aparente futuro prometedor de hace unos días y del abismo que se veía en el momento, de su propia inconsistencia al creer, tras el gol de Forlán, que podía empatarse un partido que había que ganar. Se reían de estar siempre con lo mismo, pero se reían poco y al rato ya no se reían. Volvían a sonreir al rato, hasta que uno apuntaba os dais cuenta que ya sólo sonreímos cuando hablamos del pasado, que pesadez, siempre estamos con lo mismo, con lo que fuimos, con lo que ya no somos, con Griffa y con Dirceu y con Alemao y Arteche. Os dais cuenta, decían, que todo lo pasado nos parece bueno, todo lo echamos de menos, también esa época en la que por los laterales desfilaban Rubén Bilbao, Pedro Pablo, Clemente o Rodolfo Dapena Dapena. Os dais cuenta de que casi siempre acabamos igual, que todos los años tenemos tres, cuatro, seis días en los que acabamos contentos con el equipo y otros treinta y pico en los que no. Os dais cuenta de que de esos treinta y pico días siempre hay tres, cuatro, seis días en los que pensamos en dejarlo todo, romper el abono, desconectar, no renovar, quitarnos de esto, dedicarnos a la natación, a la esgrima, al pentatlón moderno, irnos a entrenar cuando juega el Atleti para estar aislados y cansados, más pendientes de cuándo acaba la cuesta que por fin lleva hacia casa que de cómo va el equipo. Pues sí, es verdad, no tenemos remedio.

Al llegar a casa o al día siguiente busca el aficionado atlético las páginas de información deportiva del periódico para ver qué se dice de lo de ayer, va directamente a la zona del periódico por donde sabe que están los deportes, busca leer lo que piensa y busca palabras que le alivien o que le solivianten, que inviten a la reflexión de todos o que empujen a una rebelión que haga otro, que él no hará nada pero hay que ver la afición, si es que no se queja ni nada, tenemos lo que nos merecemos. Lee lo que ya sabe, lee la palabra ridículo y la palabra vergüenza y lee que ya está bien, hombre por Dios. Y vislumbra la frustración de los buenos jugadores y sospecha que ya saben que se irán, y lee alguna crítica poco frontal contra los directivos, que no contra los cimientos de la entidad, faltaría más. Busca entonces en Internet blogs y foros en los que sus iguales digan lo que él piensa y encuentra multitud de mensajes que hablan de ira, de reacción, de hartazgo y de vergüenza. Busca también leer algo que sea distinto, quizás más optimista o menos grave, quizás más certero en el análisis de la situación o quizás más novedoso en la perspectiva, pero no lo encuentra, no da con ello y no le gusta pero entiende al que escribe, hay días que no hay más que decir, hay días en los que es difícil ser alegre o salao o simplemente no ser un cenizo, eso es así.

Harto de leer lo que lee y de ver siempre lo mismo, piensa un rato en qué hacer. Piensa en qué se ha hecho y que se ha conseguido, piensa en el cínico llamamiento a la unidad del presidente de la entidad mientras culpa ya de paso a la afición por no animar y por no perdonar y por no tener paciencia, hay veces que uno sabe si le hablan en serio o en broma. Piensa en las veces que se ha agitado el árbol de la afición y en los pocos frutos y la cantidad de cáscaras de pipa que han caído. Piensa uno que esto ya lo ha pensado y que no le apetece pensarlo más, piensa que al final lo bueno que esto tiene es pasar el rato con gente que entiende esto de forma similar y no tanto lo que realmente pasa en el campo, en la grada y en el palco. Piensa uno en otro año más de sinsabores, de ver jugadores que no valen, de discusiones tácticas y técnicas y esenciales y no tanto, de listas de posibles altas y urgentes bajas, de rumores, cláusulas de rescisión y maltrato gramatical por parte de la presidencia. Y cuando llega aquí para, toma aire y bebe agua, y mientras bebe se plantea una vez más tomarse un descanso que sabe a ciencia cierta que no se tomará. Ojalá pudiera.

lunes, 1 de diciembre de 2008

De esos partidos con frío en los que acaba haciendo calor

Con un frío a caballo entre lo horroroso y lo insoportable jugó el Atleti un partido que acabó en goleada pero que pudo no acabar así. Y es que el Racing, mucho tiempo con diez, hizo un partido de mérito y Forlán, que hizo casi más que los otros diez, más.



El Calderón en día de invierno es todo un desafío para la ropa de abrigo y para el cálculo volumétrico. Cuando el aficionado, convenientemente embutido en capas y capas de tejidos calentitos, se sienta en su asiento de siempre lo primero que nota es que éste ha menguado. O que el vecino ha engordado. O que él ha engordado. El Calderón, que nunca tuvo asientos business class, se queda estrecho cuando la afición en pleno saca del armario camisetas, jerseys de lana, chalecos anti-humedad, plumíferos, chaquetones de gore-tex, guantes de nieve, bragas de forro polar, gorros de estibador y orejeras de peluche. Perdone, ah lo siento, es que no cabemos, póngase Vd ahí, le noto a Vd más gordo, mire que si me da a mi por acordarme de su padre de Vd tenemos aquí un disgusto, bueno, no se ponga Vd así, hombre, es que el comentario tiene guasa, no me dirá.

En pleno partido gira el aficionado hacia la derecha para ver un desmarque de Forlán y sufre tortícolis al intentar seguir el contraataque rival, obstaculizado en su giro de 180 grados por el vecino de localidad quien, ya de por sí orondo, se ha vestido con traje ignífugo, casco de apicultor y chaleco salvavidas. Se levanta de un brinco un hincha porque le ha sonado el móvil y por toda la grada se oye "¡pop!", el sonido que hace al abrirse el cerrojo de alambre de las gaseosas. El aficionado atlético, que llega al campo luciendo estampa y andares de pingüino emperador y multiplicando tres veces su volumen normal, habla girando todo su cuerpo, y no solo el cuello, para evitar abrir rendijas en su equipamiento por la que pueda entrar una traidora ráfaga de aire helado, gentileza de algún lanzador de cuchillos meteorológicos. El aficionado sabe que al principio parece que no es para tanto, pero que al llegar el medio tiempo dará saltitos para ver si ahí siguen los dedos de sus pies y que cuando queden veinte minutos la punta de su nariz y sus rodillas le avisarán sutilmente de que la capa protectora traída desde casa empieza a hacer aguas. Esos días de frío en el Calderón son no obstante días importantes para alguno en especial, días para que el que siempre es centro de la mofa busque fuerzas en los momentos bajos, días para que el que siempre vuelve a casa preguntándose por el sentido de la vida lo haga con sonrisa de triunfador y mirada de Carlos Gardel. Porque esos días, sólo esos días y por mucho que les extrañe a Vds, más de uno y más de dos, aunque sea por un brevísimo espacio de tiempo, desearían ser Indy.

En medio de una noche gélida pues, salió el Atleti al Calderón pero no se ganó que se hable de él hasta dentro de un par de párrafos, que por ahora hablaremos del Racing. Salió el Rácing de verde y negro, que así es más Racing que el Racing que salió el otro día en París, y marcó al poco tiempo gracias a un penalty tonto, y ya van varios, de la defensa del Atleti. Esta vez fue Heitinga el encargado de llevar las flores y los bombones al rival, y tanto se enfadó la grada que uno supo de inmediato que el árbitro, que como casi todos los árbitros fue malo y además estuvo orgulloso de serlo, acabaría por echar a un tipo del Racing para compensar. Y así lo hizo, pero no lo hizo para compensar sino por justicia, porque la entrada de Navas sobre Assunçao fue de esas que hacen que los bares en pleno griten uff y oojj y vaya tela y qué animal, y que las señoras se tapen los ojos y que los lesionados en ligas municipales cuenten con todo lujo de detalles cómo ellos, protagonistas durante un cuarto de hora de gloria, fueron lesionados de igual forma. Desde la grada la entrada pareció al tobillo y criminal, y en la repetición de la tele pareció a la rodilla y doblemente criminal; tanto, que a estas alturas nadie se explica cómo Assunçao siguió jugando, el tío.

Se quedó con diez el Racing y esperando el chaparrón tras el empate maravilloso de Simao, y fue ahí donde se ganó el derecho a encabezar la crónica. Jugó el Racing muchos minutos con diez y cualquiera diría que estaba con once, y eso a pesar de haber jugado UEFA el jueves. Ordenado y agresivo en la presión, puso en apuros siempre al jugador atlético que sacaba el balón desde atrás y obligó a los locales a pegar patadones hacia adelante. Con dos delanteros rápidos y pequeños, Munitis y sobre todo Pereira, se encargó de aparecer por el área del Atleti con más peligro del que uno podría esperar viniendo de un equipo con un jugador menos. Si bien no tuvo la pegada necesaria para llevarse el partido, sí pareció controlar el medio campo y se mantuvo fiel a sus ideas. Esto, quizás suicida, es de agradecer en los tiempos que corren aunque haya quien diga que, a la postre, el Racing, a pesar de que hizo un buen partido, acabó llevándose cuatro goles y figurando en las estadísticas al mismo nivel que otros equipos menos audaces y con menos mérito que han pasado este año por el Calderón. Así que, desde aquí, nuestros respetos a los de verde.

El Atleti, piensa uno, fue otra cosa. El brillo de los de delante no debería cegar al que intenta analizar la calidad de los de detrás y los del medio. El Atleti jugó incómodo durante todo el partido, sin saber cómo sacar el balón de atrás en cuanto el rival apretaba un poco. Con diez, el Racing dejó durante muchos minutos con el culo al aire al equipo local con el riesgo que implica llevar la retaguardia poco abrigada en los fríos días de noviembre. A la presión respondía el Atleti con pocas luces y pocos recursos excepto el pase atrás a Ujfalusi para sacar de pase largo o asumiendo riesgos, y Leo Franco terminó sacando de puerta buena parte de los balones en posesión de los locales. Que Assunção juega como un tercer central es algo que sabemos, y también sabemos que aporta mucho para defender y dar estabilidad al equipo; eso sí, no parece que sea él quien tenga que sacar el balón desde atrás. Que los laterales no son los más adecuados para subir el balón es algo fuera de toda duda, de igual manera que la duda, así en abstracto, parece empezar a impregnar la figura de Heitinga, que desprende mucha menos seguridad ahora que hace tres meses.

El engranaje llamado a unir a una defensa poco dotada para sacar el balón jugado con una delantera asombrosa debería ser Maniche, pero Maniche no está por la labor. Maniche ha mejorado últimamente mucho en varios aspectos característicos de su juego, ya conocidos desde hace unos años: el camuflaje funcional, la delegación de responsabilidades, el seguimiento de su marca cuando debiera ser al contrario y el gesto tribunero. Debe sacar el balón el Atleti y Maniche ya no está, y sólo el observador minucioso repara en que su piel ha cambiado de color y de textura con la maestría del pulpo abisal, y ahora es igualito que Colsa, calva incluida. Obligado por las circunstancias, sale Maniche finalmente de su escondrijo tras zafarse Colsa de su rémora y recibe un balón y se lo devuelve a quien se lo dio de primeras y sin líos, no sea que le pidan hacer cosas que puedan manchar su hoja de servicios. Eso sí, cuando las cosas van bien y el rival deja espacios, Maniche deja de ser Predator y aparece melena al viento, con su característico trote de caballo lusitano pura sangre, y hace un pase de dos metros mirando al tendido o se atreve finalmente a hacer esos cambios de juego largos que puede y sabe hacer. Y todo ello para que le tiren pétalos de rosa después, cuando se dirige hacia la caseta, cansino, con cara de héroe que ha hecho su trabajo, aprovechando que media grada le ovaciona en pie mientras la otra media se pregunta si será verdad eso que dicen de que es Maniche el elegido para rodar la segunda parte de Zelig.

Lo de delante, ya lo saben Vds, es otro cantar. Al que suscribe le parece que Maxi va recuperando poco a poco el sitio que merece, y aunque no es aún el Maxi de antes ha vuelto a recuperar el olfato, la querencia a aparecer en ese hueco en el que los defensas rivales no tienen claro si el que tiene que defender es él o el compañero. Simao, el mejor en muchos partidos este año, sigue siendo siempre una referencia válida, el jugador a quien darle el balón en apuros, el tipo al que buscar cuando se quiere lanzar el ataque. Además de su gol, un golazo con la pierna con la que no se espera que marque uno con esa facilidad, Simao dejó en algunos momentos la sensación de que es capaz de conservar el balón durante el tiempo que quiera, rodeado de quien sea, en una zona o en otra. Agüero también marcó un gol con la facilidad de siempre, con ese aire del que hace algo que no tiene ningún misterio y casi ningún mérito, y en un par de ocasiones se intuyó que quería responder a la exhibición de Messi del día anterior dando lecciones de cómo utilizar el cuerpo, cómo salir entre cuatro jugadores o como crear ocasiones de la nada. Agüero, a quien la prensa le encasquetó una crisis por no haber marcado en un mes ni más ni menos, está volviendo y la Asociación de Defensas Centrales de Cadera Poco Flexible amenaza con llevar el tema al Tribunal de Estrasburgo.

Y para postre, Forlán. Sonará quizás exagerado pero a uno le compensa el frío y los pies helados de ayer por ver el partido de Forlán. Dos pases de gol, uno de ellos con la cabeza en un lance marca de la casa que pocos son capaces de hacer y menos son normalmente capaces de entender; el otro, de pase al hueco digno de un centrocampista organizador de los de toda la vida. Dos goles, uno de tiro largo y potente previa increíble colocación del cuerpo, todo instinto y saber hacer; el otro, de cabeza, de delantero centro matador, sabiendo exactamente dónde colocar el buen pase de Seitaridis, ayer tan bien en ataque como mal en defensa. Forlán no es sólo el goleador y el mejor amigo de los otros goleadores, es también el tipo que siempre ofrece una alternativa a Maniche y Assunçao, la alternativa que siempre está ahí además de la que, también siempre, ofrece Ujfalusi. Forlán juega de extremo y de nueve y de media punta y despeja los corners y si se lo pide alguien, recomienda un asador, cambia las bujías y recita sonetos sin trastabillarse. Si en algún partido se aburren, que no es raro, dedíquense a seguir a Forlán y verán no sólo la cantidad de kilómetros que hace, sino a qué velocidad los hace, con qué criterio y con qué sentido de equipo. Forlán, que volvió a hacer ayer un partido completísimo, es uno de los jugadores más completos que hemos visto últimamente por el Calderón. Y ahí queda.

El Atleti ganó pues el día en el que otros perdieron, y poco a poco se va acercando a su sitio. El equipo, empero, sigue dejando dudas: ¿qué pasaría si el centro del campo contribuyera al ataque además de defender? ¿cómo sale el Atleti de la presión adelantada del rival? ¿es normal que se hagan tantos penaltis tontos? ¿qué ocurriría si los de delante se hartan y se van a un balneario? Por ahora son dudas amables, que para eso ayer ganamos, pero son dudas al fin y al cabo. Y otra duda más, se me olvidaba: ¿por qué estaban ayer sospechosamente limpios los asientos de grada de lateral?

lunes, 11 de febrero de 2008

Escepticismo púrpura (de El Cairo)

Pensábamos algunos que el Atleti había entrado definitivamente en esa parte descendente de la curva que cada años describe el equipo y que en Santander se iban a certificar algunos malos presagios. Pero el Atleti y sobre todo algunos jugadores enseñaron eso que antes abundaba y se llamaba casta y ganas de pelear por el equipo y nos dejó pasmados. Qué alegría, oiga.


Jugó el Manchester United un partido sentido y romántico que perdió contra su archi-rival local, pero lo hizo vestido de manera exquisita, con una camiseta de los años cincuenta y un pantalón amplio y preciosas medias negras, confirmando eso de que perder bien vestido es mucho más digno que hacerlo vestido de anuncio. Los aficionados y los jugadores y todo bicho viviente salvo los diseñadores de camisetas de fútbol apreciaron el detalle y agradecieron lo que vieron y compartieron el guiño y el homenaje y el respeto por un equipo entero que se cayó del cielo con avión y todo, vestido así, de forma sencilla y digna y elegante, a su manera, a la suya.

Salió el Manchester United vestido de Manchester United y daba gusto ver esos colores planos y esos cuellos de pico y esas camisetas sin publicidad, atemporales, no sujetas al cambio que cada año imponen las multinacionales del chándal y la cinta del pelo. Y los aficionados jóvenes se dieron cuenta que con que la camiseta sea roja y el pantalón sea blanco y las medias sean negras bastaba para reconocer a los suyos, sin necesitar tantos logotipos y rayitas y canesús de otros colores. Cayeron entonces los aficionados en que basta con que el equipo lleve una discreta camiseta acorde con la historia y el buen gusto para despertar la admiración del mundo entero, y entonces se preguntaron por qué tantísimo cambio, tantísima equipación incompatible con la historia, tantísimo color ridículo en las camisetas de equipos dignos. Esto lo dijeron los aficionados pero no los diseñadores de camisetas, que saben mucho de tejidos y colores primarios y compatibilidad cromática, pero de fútbol y de historia y de gradas y de niños abochornados por ir vestidos de canario flauta no tienen ni idea.

Queremos camisetas de algodón con rayas rojas y blancas, simples, sin ribetes ni puntillas ni bordados ni estampados de arlequín. Queremos pantalones azules lisos, sin marquitas ni triangulitos ni logotipos ni topos, si acaso con un bolsillito para el suelto. Queremos medias rojas con la vuelta blanca, y botas negras sin marca. Queremos segundas equipaciones con las que el equipo no parezca una familia de saltimbanquis. Eso queremos, hombre ya.
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El domingo nos reunimos unos cuantos escépticos en torno a una mesa con el objetivo de comer bien y ver luego al Atleti, todo ello en homenaje a un grande que organizaba estos mismos saraos hasta que una desgracia nos dejó a todos sin él, como les pasó a los del Manchester United. Nos sentamos al solecito y brindamos por lo que había que brindar y comimos de maravilla e hicimos muchos chistes, casi todos malísimos, muchos malos y alguno bueno, en concreto uno. Hablábamos de fútbol los escépticos y aquello rebosaba escepticismo y era tanto el escepticismo que desprendíamos que desparramó por el suelo y resbalaba una barbaridad, y cuando abandonamos la mesa para ir a ver el partido casi se rompe alguno un hueso practicando el escepto-patinaje artístico. Los escépticos somos así, y cuando nos da por ser escépticos, pero lo que se dice escépticos, dejamos el patio hecho un asco.

Así que empezó el partido y el Atleti hacía los honores y nos hacía a los escépticos convencernos de que lo suyo es ser escéptico, que no se puede ser otra cosa, y que el escepticismo también sirve para ver el futuro y que un día como el de ayer, con una comida estupenda y tiempo primaveral y emotivos recuerdos a los grandes (de aquí y de Manchester) el Atleti contribuiría como en él es tradición, es decir, chafando la jornada con una derrota dolorosa en el peor momento posible contra un rival que le pisaba los talones. Achuchaba el Racing durante los primeros minutos y los escépticos protestábamos y decíamos que cómo era posible que con el equipo que sacaba el Atleti nos fuera a hacer un roto el Racing y nos lamentábamos de que tuviera que jugar de lateral derecho un zurdo cerrado. Decíamos también que si los medios centros del Atleti fueran Colsa y Duscher nos consideraríamos el equipo más desgraciado del mundo y esto nos hacía pensar mucho y recordar tiempos muy próximos en los que el Atleti jugaba todo el año con parejas similares. Brotaba el escepticismo de nuevo y salía una señora con un cubo y una fregona y cara de pocos amigos, verás cómo me ponen el suelo de escepticismo estos, verás, con lo que resbala … y además el seguro no nos cubre las lesiones por escepto-resbalón, decía la señora y dejaba a mano el cubo y se iba murmurando entre dientes.

Pasaba un poco de tiempo y el Atleti se estiraba, tímido pero constante, como intuyendo que este Racing no es para tanto. Y no lo era, a fe, que la delantera no era mucha cosa y Garay estaba despistado y los medio centros eran los medio centros del Atleti de otros años, esto es, poco. Enfrente de ellos Raúl García, en su línea, y un disimulado Cléber, que ni se mostró por el lado bueno ni tampoco por el malo en todo el partido. Detrás de ellos, Perea dejando claro que por ahí no iba a pasar nadie en velocidad, Pablo acompañando para secar a los inocentes delanteros santanderinos, los laterales cumpliendo con lo suyo. Delante, Agüero, un ejemplo de cómo darle un capón a un escéptico de entre semana. Agüero forzó la recuperación de su esguince del otro día para jugar en Santander haciendo sesiones dobles de fisioterapia; un ejemplo de lo que es tener ganas de jugar, ganas de no borrarse, ganas de aparecer cuando hace falta. Doblemente asombroso lo de Agüero cuando hablamos de un equipo en el que el tiempo medio de recuperación de un resfriado es mes y medio y el de una uña mal limada, tres meses. Jugó Agüero y lo hizo bien, como siempre, como si nunca hubiera estado lesionado, sin taparse, sin dudar, dejando claro que queriendo se consiguen muchas cosas que normalmente no damos por posibles; eso, o que no anduvo cerca de los servicios médicos del club. Jugó Agüero y a uno le dan ganas de coger por las solapas a ese que dice que Agüero durará en el Club lo que permitan los equipos grandes y hacerle tragar la historia del equipo encuadernada en polipiel, como aquella que nos prometieron, para que vea lo mal que se digiere la historia de un equipo grande cuando no se conoce y se permite uno el lujo de faltarle a la afición, a la historia y al sentido común.

Decíamos pues que el Atleti se estiraba y antes del descanso, pim pam púm, pudo el Atleti marcar. Forlán dos veces, Pernía, Raúl García tiraban a puerta y Coltorti, un suizo de nombre asombroso, paraba todas. Llegaba el descanso y el Atleti había podido marcar tras haberse quitado de encima con solvencia el agobio del Racing, caramba caramba, eso no nos lo esperábamos los escépticos. Algunos intuimos una mirada de desaprobación de un jugador, fijo en la pantalla, directo al ojo de los escépticos. Forlán, le dicen.

Salió el Atleti en el segundo tiempo y salió Forlán por la pantalla, sacando primero un pie y luego otro y, con cuidado de no resbalarse sobre sus botas rojas, se apoyó en la mesa desde la que mirábamos el partido y nos dijo que ya estaba bien de escepticismo, que ya estaba bien de dudar, que un poco de fe, hombres de Dios, y menos escepticismo que estaba el suelo hecho un asco y de lo más resbaladizo, piensen un poco en esa señora que luego le toca fregarlo todo, hombre ya, fíense Vds de nosotros, fíjense Vds en mi, que se van a enterar. Volvió Forlán a la pantalla y se metió de nuevo en el campo y se dedicó a hacer lo que sabe: jugar al fútbol, y jugar bien, y jugar muy muy bien, y correr, y enseñarse, y hacer huecos para los compañeros y crear pesadillas para los defensas y darle alegrías a los aficionados. Jugó de nuevo Forlán un partidazo, su enésimo partidazo desde que llegó al Calderón, y lo más importante para el que suscribe no fueron los dos goles, ni si quiera el golazo del 0-2, ni tampoco el despliegue físico y de garra, ni la motivación extra. Lo más importante fue la inteligencia de casi todas sus acciones, la sensación de concentración total en la victoria, la capacidad de jugar bien tanto delante del portero rival como buscando el balón entre los medio centros o pegado a cualquiera de las bandas. Forlán remata, despeja, centra y se desmarca y lo hace todo con una solvencia tal que da la sensación de que si juega de lateral, o de medio centro, deja en evidencia a más de uno. Forlán metió un golazo y metió dos en total y uno se alegra especialmente de los goles de este tipo que tantos kilómetros hace y tanta generosidad demuestra hacia la grada y los compañeros.

Marcó Forlán dos goles (el primero a pase de Garay, que si lo llega a hacer Pablo le crucificamos) y si está más inspirado aún mete dos más y el Atleti mete otros tantos, que ayer jugó bien el Atleti y, lo que es más llamativo, tiró mucho a puerta y lo hicieron todos, casi todos menos Abbiati y Perea y Pablo, que no llegó a rematar un baloncito de dulce al principio del partido. Tiró Raúl García y tiró Pernía, y Antonio López y Maxi y también Simão y Luis García y el Kun, y hasta Cléber tiró de lejos. Jugó el Atleti más junto, con más ganas, fijándose en ese tipo uruguayo que le hace a uno jugar al 110% gracias a su ejemplo de calidad y entrega y ganas. Y mientras estábamos celebrando la victoria, de camino al túnel de vestuarios, salió Forlán de nuevo de la pantalla, con más decisión que antes, como sabiendo que el suelo ya no resbalaría y se dirigió a nosotros. Y cuando nos esperábamos una bronca por ser hombres de poca fe y por escépticos y agoreros, cuando el que estaba más cerca del recién salido de la tele se agachaba por si se llevaba un capón, cuando nos hacíamos pequeños ante la presencia del que se aparecía ante nosotros con todo el derecho del mundo a decirnos que éramos unos tristes y unos flojos, Forlán pronunció estas palabras:

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“Se ha manchado Vd ahí, oiga. Y de huevo. Échese cebralín, que la mancha de huevo es muy traicionera”

Qué tío, este Forlán, está en todo. Un fenómeno, oiga.