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miércoles, 1 de septiembre de 2010

Confusa crónica dos en uno del último o últimos partidos, que uno no lo tiene claro (oiga)

Ante tantas cosas buenas juntas y tantos días felices seguidos, no es fácil ordenar la memoria.


Llegó la afición al campo horas antes del partido y lo hizo vestida de rojiblanco y en pantalón corto, como correspondía al calor húmedo y pegajoso de la zona, tan distinto del calor seco de Madrid pero igualmente insoportable, que ahora que lo pienso no sé si era ese. Como siempre, qué otra cosa cabe hacer, la afición achicharrada se dirigió a los bares, inicio y fin de todos nuestros viajes, deseos y días. La afición, bullanguera y sonriente, no pegaba con el ambiente de la zona, un barrio entre ostentoso, estirado y directamente aburrido, y constató que ese no era su sitio en cuanto comprobó que en los alrededores del estadio no se podía adquirir alcohol, que es la expresión que usa la autoridad cuando no quiere que se venda cerveza. La afición, asfixiada entre el calor y los precios, sólo quería una cervecita para recuperar fluidos vitales y bajar la temperatura corporal pero los taberneros de la zona, posiblemente intimidados por los policías vestidos de samurai de opereta que ocupaban las esquinas, se negaban a vender nada que no fuera agua y refrescos dulzones, vergüenza para el gremio de hinchas panzones a los que pertenece buena parte de la afición colchonera. Así que ésta, que de fútbol sabe algo pero de bares ni les cuento, decidió ir a la montaña ya que la montaña no iba a ella y se lanzó en busca de bares decentes más allá de la mítica curva que lleva de Paseo Imperial a Pirámides, a menos que fuera la curva de la Rascasse o curva del Rascacio, que también puede ser, ahora no estoy seguro; lo que sí era indiscutible es que la afición se hacía fotos y daba vivas a los millonarios locales que tomaban el giro en segunda, haciendo chirriar los neumáticos de sus Renault 11, o quizás fueran Ferraris y Maseratis, ya no lo tengo claro, oiga.

El caso es que la afición acalorada encontró finalmente algún sitio en el que apagar su sed con fríos y nobles tercios de Mahou, o quizás fuera con infames vasitos de ruin Kronnenburg casi tibia, ahora no lo sé a ciencia cierta, pero el caso es que con mayor o menor fortuna se logró recuperar al menos parte de las sales esenciales antes de entrar al campo. La entrada al campo resultó estar al final de un laberinto de indicaciones sobre a qué zona deberían ir los del Atleti y los del Sporting, o quizás fueran los del Inter, ya dudo, que desembocaban en un camino franqueado por vallas metálicas por las que transitaban los hinchas como ganado estabulado camino del matadero. Al final de la avenida de vallas un señor cortaba una tirita de la entrada y más adelante otra que luego devolvería si el hincha quería salir de su asiento para ir al baño mugriento, que en esto sí que son casi iguales todos los estadios. Esto fue así o quizás no, quizás la hinchada entró por la puerta de siempre, mirando mucho el carnet nuevo, tan rojo y tan feúcho, metiendo el código de barras en el lector del torno y avanzando hacia su asiento por esos pasillos de hormigón tan familiares y tan desnudos y tan fríos y, curiosamente, tan bonitos y tan queridos, tan familiares, pasillos por los que cada aficionado habrá pasado cientos, miles de veces antes de que los eche abajo un bulldozer el día en el que no queremos pensar, ese día que, algunos, confiamos en que en realidad nunca llegue.

Subió la afición a sector de grada correspondiente y le llamó la atención la cantidad de escaleras que había que subir para sentarse en un campo tan chico pero, sobre todo, le llamó la atención que el estadio de un sitio tan chic tuviera las paredes de gotelé y no de perlita, como correspondería a la alcurnia del lugar. También le había llamado la atención que el estadio se llamase Luis II y agradeció el gesto local de dedicar el campo al futuro sucesor de Don Luis Aragonés, mientras reflexionaba sobre el curioso hecho de que su propio estadio se llame Vicente, como su vecino, y que a nadie le parezca raro. Esto fue así o quizás se sentara la afición en su asiento de siempre, saludando a la parroquia y diciendo hay que ver qué moreno, oiga, qué bien vivimos, ¿eh?; puede, sí, pero también es posible que la afición ocupara un asiento en el que nunca antes había estado y mirase el estadio, pequeño, poca cosa, con infame pista de atletismo, chico por dentro y con aspecto de bloque de pisos por fuera, ya no sabría decirles con certeza, la verdad. Se sentó pues el aficionado y vio desfilar delante de él policías acorazados, señores de traje y bomberos vestidos de amianto con grandes guantes y un casco plateado que inspiraban muchísima pena cuando uno caía en que hacía treinta y pico grados y una humedad tropical o quizás un calor seco y madrileño que, en cualquier caso, no invitaba a vestirse de astronauta.

El caso es que se sentó el aficionado y no sabe uno a estas alturas si lo que vio fue la presentación de un trofeo entre grandes muestras de entusiasmo o bien una coreografía de abanderados con los colores del Inter y el Atleti, no lo tiene uno claro ya, no lo tiene claro. Uno recuerda un speaker, infame invento del fútbol moderno que únicamente vale para que las aficiones mojigatas sepan qué decir en cada momento, cantando la mitad del nombre de cada jugador para que el fondo respondiera la otra mitad mientras un niño corría y se ponía en la teórica demarcación del mencionado con bastante poco acierto: así, uno recuerda al speaker llamando a Assunção y ver salir un niño de melena rubia; uno recuerda al speaker llamando a Ujfalusi y ver salir un niño con cara de adorable querubín con buenas notas; uno recuerda al speaker llamando a Reyes y ver salir un niño con cara de inteligente. Después de esto, y lamentándose por el futuro profesional del director de casting del evento, uno esperaba oír al speaker llamando a Quique Sánchez Flores y ver salir un niño escuálido y muy moreno con trajecito y bufanda, o llamando a García Pitarch y ver salir un niño con gafas, pantalón pitillo y un gran maletín que se abriría a mitad de la carrera dejando caer gran cantidad de billetes del monopoly; uno esperaba oír al speaker llamando a un directivo y ver salir a la guarda de finanzas con una orden de busca y captura cacheando a todo el mundo. Pero no fue así, o sí, ya no recuerdo bien, la verdad, a estas altura el recuerdo es confuso. De hecho, quizás no fue eso lo que viera el aficionado, sino que fuera un pasillo de jugadores del Sporting recibiendo a un Atleti que, Copa en ristre, se dirigía al centro del Calderón a ofrecer el trofeo a la afición entre grandes ovaciones, también de los aficionados del Sporting que ocupaban parte del fondo norte. Es bien sabido que para estas cosas de la amabilidad y la nobleza uno siempre puede contar con los asturianos, ya sea en su casa, en el Calderón o en Costa de Marfil, y es por eso que somos cada día más aquellos a los que nos gustaría hacer pronto al Sporting un pasillo de honor mientras presentan su propia Copa, a ver si hay suerte.

Empezó el partido, de eso está uno seguro, y uno cree recordar a a De Gea, Ujfalusi, Perea, Godín y Domínguez en defensa, el último de lateral izquierdo. Recuerda también levantar mucho las cejas al ver que no estaba Filipe Luis y sí el bueno de Álvaro, condenado a un puesto en el que no lo había hecho bien con anterioridad. Eso, o bien ver a De Gea, Ujfalusi, Perea, Godín y Antonio López con peinado militar, que también podría ser, también podría ser, oiga. El caso es que uno, entre nebulosas, recuerda un partidazo de Domínguez cuando uno hubiera esperado un Maicon subiendo la banda a voluntad. También recuerda alguna pifia de Perea, como es costumbre, seguida de una actuación más que notable con un par de cruces sobresalientes. Recuerda algún fallo inicial de Godín seguido de la sensación de querer ya los galones, sin dudar a pesar de los fallos, mostrando cierta soltura y un atisbo de tendencia suicida al subir el balón. Recuerda a De Gea parando un penalty, parando con el pie, blocando con la mano, saliendo a lo loco al centro del campo para inmediatamente recomponer la situación, desmoralizando delanteros al parar como quien cose balones complicados y dejando, siempre, la sensación de que hay portero para años, quiera el Altísimo que siempre en éste su club.

También recuerda uno un doble pivote del que le gusta acordarse, Assunção y Raúl García. Recuerda al primero omnipresente, enorme, siempre en su sitio, siempre llegando donde otros no llegan, amargando la vida a Sneijder y Zanetti, a Eguren y Rivera; y recuerda al otro ocupando con autoridad su parcela, recuperando balones y levantando la cabeza, peleando y jugando al fútbol, reclamando el cariño y el respeto que la grada a veces le niega, dando quizás el paso al frente que de él esperamos y metiendo balones en profundidad como el que Simão convirtió en pase perfecto para el Kun en el segundo gol. Recuerda a Raúl con molestias, retirándose al banquillo para que saliera Mario Suárez, medio centro con planta y peinado de Domínguez que jugó mejor que en la pretemporada.

Uno recuerda - o quizás no - a Jurado en la media titular, eso no lo tiene claro. Sí, sí, ahora que lo dice también recuerda a Jurado jugando el último partido en el Calderón antes de irse a Alemania, jugando, hay que joderse, su mejor partido tras ciento y pico veces con la camiseta del Atleti y metiendo un buen gol de tiro seco. Jurado se va a Alemania por un dineral sin que haya tiempo para buscarle un sustituto, las clásicas cosas de la directiva, aunque no es Jurado un jugador que requiera, por su rendimiento, demasiado recambio. Es cierto que al haberse ido el indefinible Salvio no sobran jugadores que puedan dar juego por las bandas y dar respiro a Simão y Reyes, pero no es menos cierto que con Fran Mérida y Tiago y Mario Suárez debería haber más alternativas para el juego de la media del equipo. El caso es que se va Jurado por una millonada y no sabemos qué han visto en Alemania para pagar tal fortuna. Quizás, piensa ahora el aficionado menos convencido, Jurado sea un auténtico fenómeno de quien el equipo no debería deshacerse a pesar de haberle visto más partidos que a Dirceu y comprobar, partido tras partido, que no sólo no despega sino que nunca se le vio interesado en coger carrerilla para tomar el impulso necesario. No sabemos de qué jugará Jurado en Alemania, si lo hará por banda o si lo hará de organizador, si el equipo se ordenará en torno a su figura, como reclamaban algunos teóricos partidarios de darle galones, o si tendrá que buscarse un hueco por lucha y calidad, el hueco que aquí no se hizo a pesar de jugar en plantillas justitas. De Jurado sólo sabemos que se cantan sus virtudes cuando juega en su teórico puesto ideal, la famosa "posición natural" de Jurado, desde ahora la naturlich position que se estudiará en Universidades e Institutos, la posición en la que ha jugado bastantes veces y ni fú ni fá. Tras su paso por el Atleti sólo hemos podido comprobar que Jurado debe tener dos posiciones, natural y en almíbar, y que únicamente ha jugado en la segunda cuando ha llevado la camiseta y el número que, antes que él, defendieron leyendas colchoneras de esas de levantarse al pronunciar su nombre. Vaya pues en paz Jurado, que le vaya bien, y que repase sus emotivas declaraciones al partir, que eso de que "en parte me da pena marcharme" no vienen a refrendar la inteligencia que sus fans le suponen en el campo.

En ataque uno recuerda a Simão, poco participativo hasta el pase magnífico del segundo gol o recién salido del banquillo y metiendo un golazo por la espalda. También a Forlán, peleón y algo acelerado buscando el tercer gol en una final que le diera el Balón de Oro, frustrado y enfadado camino del banquillo al ser sustituido; también le recuerda, qué cosas, metiendo dos goles sencillos, uno tras un jugadón de Agüero y otro tras un pase excelente de Ujfalusi, rejuvenecido por la banda y cada vez con más carisma de líder. Recuerda a Fran Mérida, un chico al que uno desea lo mejor, pero no le recuerda en el Calderón sino en Mónaco. Recuerda uno a Reyes, más trabajador que antes, autor en Mónaco del gol que abrió y cerró el partido a falta de la guinda aunque lejos del super jugador que pintó la prensa y lejos también del galardón de mejor jugador del partido que le dio la UEFA, y recuerda a un Reyes participativo y peleón contra el Sporting, más motivado que antes, más cerca de lo que debería ser siempre. Recuerda al Kun en Mónaco entonado al principio y, más tarde, algo espeso, cansado e individualista en alguna acción que podría haber culminado Forlán, contento tras marcar el segundo y orgulloso con su orondo hijo en brazos. Pero también recuerda al Kun de los días grandes del Calderón, peleón, regateador, algo chupón pero enorme al enfrentarse a los esperanzadores Botía y Canella y a todo aquél que quisiera medirse a su cada vez más potente forma física.

Recuerda uno todo esto y, entre imágenes de bufandas y camisetas y gente sonriendo, no tiene claro dónde estaba cada cosa. Recuerda a la afición del Inter, formada casi exclusivamente por tipos entre veinte y cincuenta años, y, frente a ellos, recuerda mares de niños y señoras y familias enteras de rojo y blanco en el fondo del Atleti, una afición alegre volcada en apoyar a los jugadores y en conseguir que la descendencia se comiera el yogur. Recuerda una grada llena de camisetas con nombres de jugadores de hoy y de siempre, camisetas de un grande que hoy juega en Inglaterra, camisetas de la selección española, de la selección uruguaya y hasta del Cádiz. Coches llenos de bufandas por las carreteras de la Costa Azul, camisetas rojiblancas, azules, negras y rojas por las zonas más turísticas de Francia, grupos de atléticos en las terrazas de pueblos franceses, una BMW de gran cilindrada con un enorme escudo del Atleti en el carenado y una bandera uruguaya al viento. Carísimas terrazas monegascas llenas de aficionados haciéndose fotos con el Cholo Simeone y bebiendo jarras de cerveza a precio de Moet Chandon, desafiando a la crisis y a Ernesto de Hannover antes de volverse a Marsella, ni más ni menos, a seguir dando vivas a Domínguez. Seguidores sportinguistas perdidos por las inmediaciones de la Puerta de Toledo y aficionados del Atleti guiándoles hasta el estadio, los pasillos del Calderón llenos de gente cantando a la salida, tras el partido, como en los días grandes; los bares repletos de aficionados sonrientes bebiendo cerveza y dándose abrazos, las palmadas en los hombros de los sportinguistas que comparten barra, la sonrisa de bobo al llegar a casa. Recuerda uno ayer mismo un padre con mochila del Atleti apremiando a sus hijos para salir rápido del avión y así llegar a tiempo a Neptuno y una columna en la parada de taxis de la T-4 en la que aún sigue, pegada con celo, la portada del As del sábado pasado en la que se puede leer "Supercampeones". Y los montones de niños, adultos, recién nacidos y hasta una novia con bufanda rojiblanca en los alrededores del Palace ayer mismo.

Uno no tiene claro cuándo ha pasado todo esto, pero sí tiene una cosa clara: que el viento ha cambiado, que las cosas, al menos temporalmente, han vuelto donde debían y que, por ahora, lo primordial es disfrutar del momento y seguir apretando para que dure. Y que dure mucho, que dure.

viernes, 30 de abril de 2010

Crónica de un gol que pareció ser de Forlán

Hay días en los que casi todo da más o menos igual, salvo lo que realmente importa.
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Llegaron a la oficina un poco más tarde de lo habitual y con bastante mala cara, pero daba igual. Algunos lucían ojeras malva, otros voz cazallera, casi todos cara de haber dormido poco y mal, pero daba igual. Llegaban a la oficina así, sin ganas pero con ganas, una cosa rara difícil de explicar, pocas ganas de levantarse, pocas ganas de trabajar pero ganas de ver a los buenos compañeros y un poco también de ver a los malos. A algunos les recibieron entre aplausos con todo el departamento financiero puesto en pie flameando post-its de colores, a otros con formales enhorabuenas y felicidades y habrás disfrutado, ¿no?, a algunos les reservaron las mejores grapadoras y calculadoras solares para ellos solitos y a otros les recibieron con ese desdén disimulado que denota rabia y cierta envidia, pero daba lo mismo. Algunos no llevaron más que media sonrisilla y otros llevaron churros y magdalenas y hasta tartas rojiblancas, hombre, qué celebramos hoy, ay, Martínez, si no lo sabes mejor ni preguntes, Martínez, hombre.

La mañana discurrió igual al resto pero distinta al resto, porque casi nada importaba. Se grapaban las facturas con menos ganas y menos concentración, se atendían llamadas de amigos saliendo a la máquina de café y volviendo diez minutos más tarde con esa sonrisilla tonta que se le queda al que acaba de ver a un tipo simpático al que hacía tiempo que no veía por la calle. Daban igual los comentarios de lunes supuestamente ingeniosos del vigilante de la entrada y del ordenanza miope del ford escort azul, sencillamente porque no había comentarios hoy, faltaría más. Se leyeron todos los periódicos de la oficina de cabo a rabo a ojos de todos y sin disimular, sin pararse en las páginas serias de política y economía y sin tocar si quiera las páginas financieras color gazpacho que a diario se veían obligados a mirar en detalle para que los compañeros pensaran que les interesaban muchísimo. Pero ese día no, ese día era distinto, ese día no trabajaban con el mismo mimo. Ese día ordenaban facturas sin mucho interés, metían datos sin demasiada meticulosidad y les daba igual lo que les dijera el jefe. A ver, Vd, Quesada, esos informes, los quiero en mi despacho en una hora, decía el jefe. Sí, sí, decía Quesada, y acto seguido se levantaba delante de todo el mundo y se iba a tomarse el quinto café de la mañana sin disimular, porque todo le daba igual. Todo, o casi todo. Le daba igual cuadrar el balance, le daba igual encontrar el papel verde que todo el mundo necesita, no le apetecía ponerse farruco para reclamar una factura a un señor al que tampoco le apetecía hablar y que estaba además en la Puebla de Montalbán. Si veían un impreso arrugado no lo planchaban, si veían un clip doblado no lo cambiaban, si veían una factura para un cliente que se llamaba Domínguez le hacían un 40% de descuento así, por las buenas, sin importarle si cuadraba o no. Porque ese día nada importaba, salvo lo que importaba.

Tres meses más tarde saltarían las alarmas en la Agencia Tributaria. ¿Pero se puede saber qué pasó a final de Abril en todas estas empresas? No hay un balance que cuadre, no hay un impreso bien hecho, no hay un impuesto bien pagado. No puede ser un fallo informático, no puede ser un error matemático, esto tiene que ser un complot organizado, un ataque coordinado entre contables y financieros rebeldes, puestos de acuerdo el día 30 de abril para confundir y alterar a la autoridad. Ojo, un mensaje del Ministerio, alarma social, los contables no son los únicos. Lo mismo ha pasado en otros gremios, cuidado que parece que el ataque coordinado cuenta también con el apoyo de carteros, cerrajeros, callistas, topógrafos, neurocirujanos, traductores y trapecistas: nadie ha dado pie con bola el 30 de Abril, un importante sector de la población ha estado ausente todo ese día, sin hacer su trabajo, como ido, como atontado, con una sonrisilla rara. La ONU sospecha que pueda ser una pandemia puntual, el Cesid cree que es un caso de hipnosis selectiva, la OTAN sospecha de una infiltración masiva de espías enemigos.

El caso es que el 30 de Abril en Madrid casi nadie ha hecho nada que no fuera sonreír, y los que realmente saben de esto creen que el verdadero motivo es una general y monumental resaca.

Hemos vuelto, que tiemble el sistema (sobre todo, el financiero).
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Podríamos hablar del partido, la verdad, podríamos. Podríamos hablar del sorprendente planteamiento táctico de Benítez, de los tres centrales y el centro del campo superpoblado, de la ausencia de Κυργιάκος, el deseado por nosotros, y de la curiosa posición de Aquilani, que tantos problemas causó a la defensa y a los medio centros del Atleti. Podríamos hablar de los tres minutos de vértigo con los que el Liverpool recibió al Atleti, del vendaval de remates y corners que se sucedieron tras el pitido inicial y de la providencial parada de De Gea que, de no haber existido, podría haber cambiado todo. Podríamos hablar de cómo se fue desperezando poco a poco el Atleti, de cómo tardó tiempo en dar tres pases seguidos, tragar saliva y darse cuenta de que debía empezar a jugar y no sólo a achicar balones y defenderse panza arriba. Podríamos hablar de cómo el gol de Aquilani cayó como un mazazo en el equipo cuando parecía que se empezaba a encontrar la senda, de cómo heló la sangre de la afición y secó las gargantas de los que, a esas alturas, creían que podrían tener por delante un partido plácido. Podríamos, pero no lo haremos.

Podríamos hablar de lo difícil que es ver bien el fútbol en televisión, de entender quién es quién y dónde está cuando se sigue el partido en una pantalla gigante. Podríamos hablar de la malísima realización de la televisión, de los irritantes planos de los entrenadores cuando los jugadores se disponían a tirar a puerta o de las inapropiadas aunque ecológicas imágenes de una urraca con la que nos obsequiaron durante un rato. También podríamos hablar de la imagen de la celebración de Torres en el primer gol del Liverpool y de cómo a todos se nos pasan por la cabeza los nombres y opiniones de ese vecino pesado y amargo que espera cualquier gesto del Niño para proclamar a los cuatro vientos ese anti-atleticismo y gusto por la traición que sólo él ve. Podríamos hablar de cuánto nos habría gustado estar en Anfield y ver en directo el partido y la celebración posterior, o de lo que nos gusta ver a tres mil de los nuestros animando sin parar. Podríamos hablar también de la envidia que le produce al que suscribe ver cómo hay estadios en los que Simão se puede caer de cabeza entre el público sin que nadie intente hacer nada distinto a ayudarle a que no se rompa la crisma, o en los que el público se sienta a tres metros de los jugadores y no hay ni amago de agresión, escupitajo o voz malsonante. Podríamos también hablar de la caballerosidad de algún aficionado del Liverpool dispuesto a cruzarse Madrid únicamente para tomarse una cerveza con la afición del Atleti y desearle suerte en la final, un ejemplo para todos. Podríamos, sí, pero no lo haremos.

Podríamos hablar de lo contentos que estamos por las buenas actuaciones de Perea en los últimos partidos importantes y por la recobrada autoridad de Antonio López en estos mismos partidos. Podríamos hablar, con la mano bajo la barbilla para recoger la abundante baba segregada, de Domínguez y su personalidad y su trabajo y sus galones y su concentración y su forma física y su hombría a la hora de enfrentarse a jugadores de más peso físico y deportivo que él. Podríamos hablar, una vez más, de la omnipresencia de Assunção y de su derroche físico o de cómo Simão parece ausente pero aparece de vez en cuando para hacer cosas con criterio. También podríamos hablar de Raúl García, de nuevo impreciso en algunos pases y decisiones pero enorme en el esfuerzo, generosísimo a la hora de enseñarse a los compañeros y vital en los últimos minutos del partido, cuando, tras pasar un valle físico, volvió a subir sus prestaciones convirtiéndose en uno de los nombres propios con mayúsculas de toda la Europa League disputada por el Atleti. Podríamos hablar de cómo Agüero no estuvo a la altura que esperábamos, sin duda por culpa de esa barbita nueva sobre la que tendría que actuar con contundencia la División de Barbería de la Guardia Civil, o de cómo Jurado tampoco estuvo al nivel que preveíamos, pero esta vez por lo contrario. Porque podríamos hablar de cómo la entrada de Jurado dio aire al equipo, le permitió tener el balón, echar unos metros atrás al rival y hacerle dudar de su propio sistema gracias a las arrancadas y la verticalidad de un jugador al que tantas veces hemos criticado y que ayer nos gustó. Podríamos, sí, pero no lo haremos.

Y no lo haremos porque sólo hablaremos de un gol. Del gol que aparentemente metió Forlán en el minuto 102 del partido, en el minuto 12 de la prórroga, 8 minutos después de que Benayoun nos diera un disgusto que nunca pensamos que alguien tan flacucho fuera capaz de darnos. Sólo hablaremos de cómo Reyes, a quien más de uno y más de mil habríamos querido tirar al pilón tras hacer de Don Tancredo frente a su par en el primer gol, se llevó por arriba un balón al que también llegaba Johnson, ahí es nada, todo un armario ropero. Hablaremos de cómo controló Reyes, como levantó la cabeza y como dio un toque sutil, un toque que pocos pueden dar, para dejarle el balón en buena, aunque difícil posición, a Forlán. Hablaremos de cómo Forlán, que había hecho un partido insulso hasta el momento, llegó desde atrás y remató a bote pronto y acomodando el cuerpo con más calidad de lo que parecía en un primer momento y metió con autoridad el balón hasta dentro de la portería, la única forma de marcar a un porterazo como Reina. Marcó Forlán y estallaron los bares y las casas y los parlamentos de varias repúblicas ex soviéticas, e incluso en medio de la explosión la afición más sagaz vio algo raro en las imágenes. Forlán remataba a gol pero no lo hacía normalmente, algo raro había en el gesto, daba la impresión de que no era un gesto limpio, natural.

Pasaron las repeticiones y se seguía viendo algo raro. Mejoraron los técnicos la resolución de la imagen y aún así no quedaba claro qué pasaba. Grabaron una cinta, la llevaron a un equipo más potente manejado por ingenieros con grandes gafas y pasaron la imagen marco a marco, fotograma por fotograma. Un tratamiento detallado de la imagen desveló el misterio: acomodó el cuerpo Forlán, golpeó el balón y éste entró en la portería, pero las imágenes dejaban claro que había algo más.

- Ahí hay algo
- Sí, pero ¿qué?
- Pues parece Adelardo

Tocó Forlán el balón y las imágenes mostraron que, para asegurarse de que entraba, detrás del pie de Forlán entraba, como un tren de mercancías, Adelardo Rodríguez Sánchez, el histórico jugador del Atleti que no pasa un buen momento. Nadie sabe de dónde salió ese hombre, nadie se lo esperaba, pero ahí estaba, no había duda, las imágenes son claras y nítidas. No es un truco, no es un montaje, no sabemos de dónde sale, decía un ingeniero con bata blanca y acento alemán, que hace más gracia. Pasadas a menor resolución se veía sin lugar a dudas que el balón entraba y que inmediatamente después entraba en la portería Adelardo. Y no sólo eso. A velocidad aún menor se distinguía perfectamente, tras Adelardo, el corpachón de Arteche que también entraba cargando, para asegurarse de que el gol era gol. A su lado, más fino pero igual de mortal, Gárate. Frotándose los ojos, los ingenieros consiguieron ralentizar aún más la imagen. Tras Adelardo, Arteche y Gárate entraban en tropel Escudero, Dirceu, Alemão, Luis Aragonés y Ayala. A su misma altura Futre, Mendonça, Peiró, Collar, Kiko, Pantic y la señora que tiró los zapatos a Álvarez Margüenda. A alguno de los científicos le pareció ver la silueta fantasmal de un tipo rubio y con pecas con porte arcangelical, si bien esto no fue tan nítido; más claro pareció que intentaba entrar tórpemente al remate Indy, pero las imágenes mostraban cómo le apartaba de un manotazo Simeone, que también entraba en plancha en la portería, a estas alturas convertida en una montonera de brazos, piernas y camisetas rojiblancas de todas las épocas.

Con el balón ya en el centro de la portería seguía entrando gente. Como si temieran que el balón pudiera escaparse, entraban atropellándose jugadores y aficionados, embistiendo como una manada de búfalos. A trompicones entró medio fondo Sur, la Peña Atlética Patones y el Frente de Liberación Panadero Díaz embistiendo con la barra de Casa Miguel, con grifo de cerveza y todo. Tras ellos, veintitrés señores con bigotito y abono en preferencia, el Alevín B en pleno, el Féminas con sus fisioterapeutas, Cecilio Alonso y la coral de la Catedral de Burgos, que estaba de paso. Entraron abriéndose paso a cabezazos Iñaki, Patacho, Fino, Pedro y Karen Quinlan, un montón de señores vestidos de indio, un grupo de abuelas con bufandas tejidas a mano, Mariano Pernía y los gemelos Pablo y Mario, aprovechando la confusión para inundar la portería con una regadera de plástico. Incluso cuando ya no había posibilidad física de que cupiera más gente en la portería, seguían llegando aficionados para evitar que se saliera el balón hasta que, como traca final, entró como un cañón la delantera en pleno del Rugby Atleti con la cabeza abajo y en perfecta formación de maul. Sólo entonces quedó claro al resto que ese partido no se escapaba.

En el instante siguiente, las imágenes son también claras; ahí no hay nadie. Nadie. Sólo Forlán corriendo y obligando a la afición a apuntarse al gimnasio, sólo los compañeros sonriendo de oreja a oreja, sólo la afición abrazándose y lanzando el puño al cielo.

Ni rastro de la multitud que un instante antes entraba furiosa en la portería de Anfield.

Ni rastro aunque todos, todos, sabemos que allí estuvieron.

lunes, 22 de febrero de 2010

Crónica del Almería - Atleti o qué cosas nos pasan, oiga

Jugó el Atleti un partido que quizás no debió perder y quizás no debió ganar. Pero perdió, qué cosas pasan, porque la delantera, que es la que siempre funcionaba, no dio una.
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Hay veces en las que, sin saber por qué y sin que uno haya hecho nada para evitarlo o merecerlo, la vida de uno cambia. Quizás mucho, quizás sólo un poquito, pero la cosa es que cambia. Hay quien lleva toda la vida manejándose con autoridad por bares y calles y, de pronto sale un personaje televisivo conocido por su afición a la ingesta de bollería industrial que lleva su mismo nombre y lo que era respeto se torna en chufla. Hay quien, siendo un afamado escritor mexicano con porte aristocrático y voz grave, tiene la desgracia de que salga por ahí un zopenco con su mismo nombre escribiendo idioteces sobre el Atleti y hay también algún chalado que los confunde. Hay quien tiene un apellido rimbombante que en casa denota noble linaje pero en otro idioma significa "atunero" y ve cómo se ríen de él una barbaridad cuando viaja por placer a hotelitos con encanto. Lo mismo pasa con el parecido físico, no crean. Hay quien suma a la desgracia de ser obeso y miope el parecerse a Juan Manuel de Prada y recibe por ello burlas desde los autobuses por pedante y por mandón. Eso sí, también pasa al contrario. Hay quien pudo tener un complejo por ser rubiejo y con bolsas bajo los ojos, pero tuvo la fortuna de parecerse a Michael Caine y por ello le invitan en las tabernas y le tratan bien en las zapaterías. Hay quien nació feo y narizón pero tuvo la suerte de parecerse a Manolete; hay también quien nació guapo y bien plantado y tuvo la inmensa desgracia de ser clavaíto a un futbolista insoportable y engreído al que no traga el pueblo. Cuando estas cosas pasan, la vida de uno cambia sin que uno sea responsable de nada.

A veces las cosas cambian pero el cambio sí es achacable a las decisiones de uno. Hay quien, a pesar de ser un tipo en apariencia gris, recibe vítores y parabienes allá donde va gracias a su valor y destreza con capote y con muleta. Hay quien pasa del anonimato a la fama gracias a un acto heroico o un descubrimiento científico que terminó con la ingobernabilidad de los remolinos de pelo. Y, al contrario, hay quien es señalado con el dedo por la calle tras ser reconocido culpable de sobornos y tejemanejes; hay quien no debería poder salir de casa por haber cometido un penalti y ser expulsado por patear a un rival en el suelo haciendo a su equipo perder la liga (aunque esto sólo ocurre si el infractor juega en un equipo decente). Y hay quien, luciendo un tipo atlético y un distinguido pelo cano atrae las miradas femeninas cuando pasea por la calle pero aún así no consigue levantar admiración sino sonrisitas burlonas; esto pasa, por ejemplo, cuando uno reconoce a aquél que pasea luciendo palmito como el protagonista de los anuncios sobre disfunción eréctil que copan las páginas publicitarias del Forza Atleti. Lo que es la vida.
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Aquellos pobrecitos que sigan estas páginas con frecuencia habrán notado que en este blog rara vez se hace mención a la suerte. La suerte, piensa uno, es un factor más del juego con el que hay que saber convivir, que hay que saber gestionar y que hay que saber prever. La suerte es un factor que se desactiva con inteligencia y trabajo o con más suerte, aunque a veces ni por esas se consigue. Pensarán Vds por tanto que el que suscribe achaca a la suerte la derrota en Almería, y la respuesta es no. A la pregunta se podría responder con otra, como hacen los gallegos: ¿Mereció el Atleti perder ayer? Pues mire, posiblemente no. ¿Mereció ganar el Almería? Pues tampoco, no crea. ¿Hubiera sido justo un empate? Pues visto lo visto, quizás, pero el tema de la justicia en el fútbol es muy relativo y muy resbaladizo y uno ha llegado ya a una edad en la que una mala caída le produce una fractura de cadera, así que conmigo no cuenten. Si acaso, que conteste ese del fondo, el del diente de oro, ese, sí, ese.
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Salió el Atleti en Almería con una alineación que empezamos a conocernos casi de memoria o al menos somos ya capaces de decir con poco margen de error quién jugará y quién no. Salió Asenjo, como ya sabíamos que iba a ocurrir, y volvió a ser titular Tiago por merecimientos propios. Rotó Quique en la punta de ataque sentando a Agüero y en su lugar no salió nadie, o prácticamente nadie, si acaso un ectoplasma de pelo fosco que se deja ver con frecuencia por el césped del Calderón. Salió un Atleti distinto al que jugó contra el Barça, y tiene mérito porque casi era igual; son las cosas del Atleti, capaz de convertir en claramente imprevisible lo que en cualquier otro equipo sería lo normal.

Salió el Atleti vestido de elegante y sobrio terno negro a la moda del Siglo de Oro pero sin gola, traje austero de un equipo serio que la mercadotecnia calzatoria se entretuvo en mancillar. Ayer, a pesar del aire general de cofradía de penitencia en silencio del equipo, la casi totalidad de los jugadores del Atleti llevaban botas de colorines en gamas que abarcan del blanco innoble al verde limón caribeño, pasando por el rojo pasión, el naranja clementina, el azul piscina y el amarillo vitamina C - por no mencionar algunos ejemplares bicolores, provocación clara hacia el numeroso colectivo colchonero-daltónico. Uno es de la opinión de que la sociedad moderna no se ocupa lo que debe del importantísimo problema que supone para la civilización occidental el asunto del color de las botas de fútbol de los profesionales. Un breve estudio, que no es en este caso de César Vidal pero bien podría serlo, demuestra que la pérdida de valores entre la juventud y sobre todo la ausencia total de respeto por la ortografía, la tercera edad y la siesta pijamera coinciden en el tiempo con el auge de la bota colorida, frívola prima lejana de la tradicional y austera bota negra con alguna raya blanca como mucho, pilar de la cultura occidental en los buenos, viejos tiempos en los que no había rúcula ni crema anti-ojeras. Porque si es grave que los jóvenes tomen como modelo futbolistas de personalidad egocéntrica y volátil sin más interés en el mundo que el de tener un coche de muchos cilindros y una novia de muchos quirófanos, es del todo intolerable que hasta recios centrales de tabique nasal desviado o esforzados mediocentros de incansable carrera y apoyo continuo al compañero superficial y con patillitas finas hayan caído también en la fatal moda de la bota-loro. Desde aquí, y en nombre de tantos y tantos futbolistas de barrio criados en la cultura de ampolla tobillera de la bota Cejudo y en el dolor de planta de pie de la bota de planta rígida y taco recambiable (del todo inútil para el campo de tierra seca, todo sea dicho) y en el nombre también de los aficionados de bien amantes de los colores-topo y la discreción capilar, pedimos a los fabricantes el fin de las colecciones de botas de colorines y EXIGIMOS a la autoridad que intervenga en este tema con la contundencia que el peligro para las generaciones venideras reclama.

Salió Asenjo en la portería con todo el mundo mirando y lo hizo bien. Lo hizo bien sobre todo en lo suyo, que es tapar remates a bocajarro y tirar de reflejos cuando no hay colocación que valga. Volvió a dejar claro que lo suyo no es el control de las distancias y los espacios en el área pequeña, parcela en la que tiende con frecuencia a seguir el balón con la vista, atornillado al suelo en su posición cercana a la línea, demasiado confiado en sus reflejos ante los disparos rivales a pocos metros. Asenjo, eso sí, no oculta sus defectos ni tampoco sus virtudes, y ayer hizo un buen partido - quizás por jugar lejos de casa - que se pudo mejorar en un par de balones laterales y que se pudo también empeorar si no llega a tener varias intervenciones de mérito. Asenjo salvó los muebles de su intervención y eso nos alegra, aunque vivimos más tranquilos, eso sí, cuando está De Gea. Y, eso sí, si el partido de ayer lo hubieran jugado sólo los porteros quizás habría ganado Alves, muy entonado toda la tarde y asombroso a ratos.

Jugó la defensa mejor que otras veces, que no es poco. Jugó Domínguez algo más tenso que en otros partidos, quizás por la amarilla recibida al poco tiempo de empezar el partido, quizás rabioso con él mismo por cumplir ciclo a la vez en dos competiciones y dejar al equipo con un dilema monumental en el que el entrenador puede patinar. Perea jugó bien con sus virtudes y carencias habituales: bien al corte por rapidez y contundencia, torpe en el despeje en situaciones complicadas. Se dejó ver poco Antonio López, sobre todo en la primera parte en la que el juego rival se volcó por su banda, y destacó Ujfalusi. Ujfalusi, ojito derecho del que suscribe gracias a su profesionalidad y regularidad, suele jugar bien aunque tenga errores sonados. Si contra el Galatasaray destacó como lateral izquierdo, que ya me contarán Vds qué pintaba allí el hombre, ayer se mostró en muchos casos como la única alternativa al colapso general de la zona del medio. Fundido Simão, fueron muchas veces las subidas de Ujfalusi las que permitieron al Atleti desatascar el ataque, algo que debería hacer reflexionar a alguien en el cuerpo técnico sobre qué sería del Atleti con laterales buenos. Ahora que lo pienso, no tomen en cuenta esta última frase, demasiado idealista, demasiado triste cuando se piensa dos veces. Mejor olvídenlo, oigan.

La noticia gorda, eso sí, estuvo en el centro del campo. No hablaremos del ataque, no, porque el ataque ayer lo formaron un imitador de Forlán y un ente difícilmente clasificable. Forlán, solo en punta, anduvo flojo y sin hambre de balón, impasible ante balones a los que hace no tanto tiempo llegaba sobrado, torpe en el control y demasiado egoísta en el disparo a puerta. Forlán recibe muchos balones de espaldas y cerca del medio campo, posiblemente las peores condiciones para que desarrolle su juego; en esas circunstancias normalmente devuelve el balón atrás, casi siempre sin aportar nada nuevo y muchas veces enviando un melón fácilmente mejorable. Forlán no metió un gol cantado, quizás demasiado sobrado en la definición tras una jugada y pase excelentes de Tiago. Tiró a veces cuando no debía, tiró alguna diagonal que no debía, se pareció a jugadores a los que no debería. Y, aún así, aún debiendo ser cambiado y levantando debates sobre qué le pasa a Forlán, fue el mejor del ataque.

- ¿Cómo dice Vd?
- Espere, oiga

Forlán lo tuvo fácil, porque el otro del ataque fue Jurado. Jurado, una vez más o más bien una vez menos, jugó de titular en la posición que se antoja ideal para sus teóricas virtudes y no hizo nada. Tiró a puerta mal y flojo, una vez tras una excelente jugada de todo el equipo que merecía un final digno. Perdió los tradicionales balones en el medio campo, lanzando el contraataque rival, y en el repliegue encimó a su par con la agresividad de un colibrí enamorado. Incapaz de jugar sencillo ni cuando la ocasión requiere, falló pases fáciles por querer adornarse en exceso. Jurado, quizás influido por la imaginería barroca andaluza o por el gusto por el escorzo de Rubens y el Greco, es incapaz de hacer las cosas sencillas. Jurado, como las señoras de cierta edad, tiene fobia a las paredes vacías y cuando recibe el pase del compañero que busca la pared de toda la vida Jurado se empeña en rellenarlas con una pintura al fresco, un reloj de cuco, un cuadro de perros jugando al billar o un barómetro de esos con una pata de ciervo en el que pone "Recuerdo de Gredos". El resultado es un juego innecesariamente complejo, poco útil, nada efectivo, irritante para el espectador y para el compañero y, curiosamente, muy apreciado por la prensa especializada. Para colmo, despejó un balón en el área chica con un pase imposible a Ujfalusi que terminó en segunda oportunidad para el Almería, despeje malo de Perea, rebote en Tiago y gol rival. Por qué Quique no cambió a Jurado y Forlán es algo que nadie entiende. Por qué fue expulsado Quique, casi tampoco: al parecer reclamó un penalti que las televisiones no quisieron repetir aunque los espectadores vieron una mano volante tocando el balón tras una clarísima ocasión de Forlán que paró con mérito Alves. Fuentes bien informadas indicaron más tarde que la mano, en realidad, había sido de... Jurado. Pa enmarcar, oiga.

Y, para el final, lo mejor: el centro del campo, quién nos lo iba a decir. Salvo Simão, que pareció fundido y poco motivado, el centro del campo estuvo más junto, manteniendo el equipo menos fracturado. Jugó como siempre Assunção, es decir, bien, y jugó bien Tiago. Tiago aporta al equipo pausa, algo que no se veía en el centro del campo del Atleti hace tiempo. Tiago se para, ocupa su parcela, no intenta defender lo que los demás no defienden y juega sencillo, cómodo, busca la opción más lógica, se complica sólo cuando puede y debe. Se incorpora al ataque, va bien de cabeza y ayer sacó un tiro a la escuadra que dejó entrevere un tirador de lejos, algo que también se echa de menos en el Calderón, sobre todo ahora que Raúl García anda menos confiado. Tiago calma a los compañeros y evita que el partido enloquezca, como suele ocurrirle al Atleti; paradójicamente, quizás no sea la solución a los males del equipo. Ayer el equipo controló el centro del campo, sí, pero hizo un juego horizontal y plano en el que muchas veces fue Ujfalusi correteando la banda quien aportó la única idea para abrir la defensa rival. Bien es cierto que a ver quién es el guapo que hace fútbol de ataque con Forlán desconocido y Jurado jugando para el rival, eso sí. En definitiva, Tiago aporta algo que hacía falta aunque no sea él solo suficiente para cambiar la faz del equipo entero, faltaría más.

El último párrafo del análisis va para Reyes. Reyes, a quien la prensa ensalza sin medida, hizo un buen partido una vez más. Jugó enchufado, corrió, tiró del equipo, se fajó en defensa, llegó al ataque y si Alves no está inspirado le cuela un gol con la pierna mala, ahí es nada. Pero Reyes, que para eso es Reyes, tiene aún cosas que ir cambiando. Reyes se llevó una amarilla aparentemente por simular una falta, pero uno cree que fue por culpa de su sonrisilla. Reyes recibe faltas, reales o imaginarias, y se deja caer y mira al árbitro con cara de decir ha sido amarilla, haga algo, oiga. Y si no la sacan Reyes se queda sentado, abre los brazos, se sube las medias, gira la cara de medio lado, mira al árbitro y saca su famosa sonrisilla, la Sonrisilla Reyes©; con toda probabilidad, le sacan entonces amarilla, por sonrisitas. Y es que Reyes no ha caído aún en que es un tipo que cae mal. Puede enfadarse con el mundo, puede considerar que es injusto o puede tomar nota e intentar hacer algo por evitarlo porque la realidad es la que es. Ya hemos visto que Reyes, en varias ocasiones, reclama una falta y cuando no se la pitan se para, abre los brazos, refunfuña y le da igual que el equipo sufra por su inactividad transitoria dando la impresión de que, para Reyes, el equipo siempre es secundario a Reyes. Ayer mismo Reyes, en un buen partido y con una amarilla, tiró una patadita a un rival que le hubiera supuesto la expulsión. Dicho esto Reyes jugó bien, al César lo que es del César, y esperemos que así siga.

El Atleti perdió un partido que quizás no debiera haber perdido, visto lo visto. Pero lo perdió, así son las cosas, y el objetivo de principio de temporada, que era acabar tercero, parece totalmente imposible cuando aún quedan muchos partidos. Además, el equipo puede caer en la tentación de pensar que la Liga no importa, que la temporada está salvada gracias a una final de Copa contra un equipo que casi seguro que jugará Champions, con lo que la entrada en Europa League por la gatera podrá maquillar muchas cosas. Y si es así, Dios nos pille confesados en Liga. Primero, por el riesgo de meternos en problemas. Segundo, por el riesgo de bochorno continuado. Y no sabemos si Quique tiene capacidad para evitarlo, visto lo visto, qué quieren que yo les diga.

viernes, 19 de febrero de 2010

Notas sobre un partido que aclara muchas cosas

El Atleti empató un partido que debió ganar y se complicó la vida en la Europa League. Además, mostró un equipo corto y pocas alternativas desde el banquillo. Pero lo peor fue que perdió un portero por lesión y otro por ansiedad y, de paso, la oportunidad de gestionar mejor el mal momento de un jugador que se puede convertir en clave de aquí a final de temporada.

1. El partido


¿Jugó bien el Atleti? No. ¿Jugó mal el Atleti? No. ¿Jugó bien el rival? No. ¿Jugó mal el rival? Más bien sí, por decir algo, porque muy buenos no son. ¿Ganó el Atleti? No.

- Pero hombre, si no jugó mal y sí lo hizo el rival, ¿cómo es que no ganó el Atleti?
- Pues eso digo yo, oiga, eso digo yo.

La conclusión más sencilla es la misma que en tantos otros partidos. Para ganar, el Atleti necesita jugar como mínimo medio bien pero, sobre todo, estar muy concentrado. Los errores son demasiado comunes y frecuentes en el equipo, por lo que con frecuencia un resultado positivo se convierte en adverso por un lance puntual.

Contra el Galatasaray el Atleti no jugó mal, pero tampoco lo hizo demasiado bien. Controló el primer tiempo y no pasó apuros hasta que se fue Forlán. Forlán, en un momento de forma y juego bastante penoso, dejó su puesto a Jurado y el equipo fue a peor; saquen Vds conclusiones sobre la aportación del, a la sazón, jugador con más minutos del equipo. La presencia en el campo de Jurado comienza a ser preocupante, porque con él el equipo ya no es que juegue con diez sino que lo hace con nueve o con ocho y medio por las lagunas que deja en su zona y el sobreesfuerzo que exige a los compañeros. Aún así, siempre sale y la razón no la entienden ni los mentalistas más competentes.

2. El equipo


El Atleti jugó con el esquema de siempre y casi con los jugadores de siempre: salvo Valera y Raúl García en lugar de Tiago (que no puede jugar la competición), no hubo cambios cuando quizás hubiera sido una buena ocasión para dar minutos a otros jugadores. El equipo es el mismo juegue cuando juegue, no hay rotaciones, no hay alternativas y no hay cambios tácticos. Hay lo que ya sabemos: el equipo es limitado y únicamente puede competir a cierto nivel cuando están todos los titulares, cuando juegan bien y además están concentrados. No sabemos si por simple regla de alternancia o si por desidia, desinterés o falta de recursos, el equipo no es capaz de mantener la concentración dos partidos seguidos, ni siquiera 90 minutos seguidos en la mayoría de los casos. Si el partido del Barça mostró el camino, el partido del Galatasaray nos recordó que nos habíamos dejado las llaves en la gasolinera y que tendremos que volver a por ellas.

Que la plantilla es corta es algo por todos sabido. Que las convocatorias y cambios de Quique están contribuyendo a acortarla, también. Es significativo que de lateral izquierdo juegue un central diestro cuando hay al menos otros tres jugadores en el banquillo que pueden jugar en ese puesto y además sea de los mejores. Es significativo que el primer cambio sea siempre Jurado, jugador que no sólo no suma sino que a menudo resta. Es significativo que no ayer no hubiera delanteros en el banquillo, salvo el mencionado Jurado (que no es delantero ni centrocampista, ni chicha ni limoná) y Salvio, recién llegado y recién recuperado que nunca jugó con el equipo.

Raúl García jugó en el centro del campo por Salvio; no lo hizo mal y tampoco destacó. Tiene uno la sensación de que Raúl García corre tres kilómetros más que el resto, pero que le sobran uno y medio. Raúl tapa al que sube por la izquierda, sigue el pase hacia el centro y termina en la banda contraria con la lengua fuera. Quizás sea por afán defensivo, por sentido de equipo o por disciplina, pero Raúl corre a veces demasiado, tiene que volver al sitio, sale desfondado de las recuperaciones de balón. Compararle con Tiago es inevitable, y si Raúl tuviera la colocación de Tiago quizás aportaría lo mismo, aliviaría lo mismo a Assunção, no terminaría reventado y podría aprovechar su físico y su llegada en los últimos veinte minutos del partido, que es cuando está con la lengua fuera. Raúl, Tiago y Assunção están llamados a cubrir dos puestos, tendrán todos minutos porque todos tendrán amarillas; esto debería aliviar a Raúl García, que es un buen jugador, de la presión y la ansiedad que se le intuye y que no le beneficia nada.

Delante, lo de las últimas jornadas. Forlán está como ausente, quizás agotado, quizás algo desmotivado. Falla controles fáciles, busca el balón donde no debe y no lucha los balones como hacía antes o como sigue haciendo su pareja de ataque. Aún así, su salida del campo ayer coincidió con la pérdida de la iniciativa del equipo y supuso una bocanada de aire para el rival. Además no tiene sustituto natural y el riesgo de que llegue justito a los partidos clave del final de liga no debería ignorarse. Aún así lleva 10 goles, pero uno se pregunta qué le pasa...

3. El entrenador


Quique sigue apostando por un sólo once, quizás un doce o más bien un once y medio si sumamos a Jurado. La plantilla es corta, sí, pero Quique ha eliminado con sus convocatorias cualquier posibilidad de afrontar la lesión de ciertos jugadores con garantías. Perea es fijo en el centro de la defensa, Juanito y Pablo están defenestrados. Ujfalusi juega de lateral por los dos lados jueves y domingos, sólo Valera entra en los equipos últimamente y Pernía y Cabrera no cuentan. Si tenemos la desgracia de tener un par de lesiones en mal momento (algo posible dada la carga de partidos, especialmente delante), tendrán que jugarse las habichuelas jugadores que no han tenido minutos desde hace meses o jóvenes del filial sin experiencia. La defensa, limitada, es cada vez más limitada. El equipo, limitado, es cada vez más limitado. Si pasa algo, que esperemos que no, podríamos llegar a la final de Copa con tres o cuatro jugadores titulares que sumen cinco horas de fútbol en todo el año. No es buen negocio.

4. Los porteros


Se lesionó De Gea y nos asustamos todos. Se asustó también Asenjo y salió al campo con cara de decir ay Dios mío. El público, en un gesto bonito, coreó su nombre como diciendo tranquilo, chaval, ahora lo que hay que hacer es jugar bien y empezar a recuperarse. Pero Asenjo seguía asustado y tras una salida tragicómica en el primer balón que llegó al área, dudó en otra salida clara y el Galatasaray empató. Asenjo, lamentablemente para él y para todos, echó por tierra todo el esfuerzo anterior y la posibilidad de jugar cómodos en Turquía.

Asenjo vino al Atleti con vitola de porterazo joven con mucha proyección, y a alguno ya le extrañó que trajeran un portero con el mismo perfil del portero del filial. Se fueron los porteros con experiencia y llegaron los jóvenes, huérfanos de compañeros de vestuario que les orientaran en entrenamientos y en vísperas de partido. Empezó bien Asenjo la temporada pero tardó muy poquito en dilapidar su crédito. Salió De Gea en su lugar y, a pesar de algún fallo gordo y algún otro gordísimo, transmitió una seguridad que Asenjo nunca consiguió dar. Quiqué señaló a Asenjo poco después de que Santi Denia señalara a Asenjo y Asenjo desapareció del mapa. Asenjo tuvo ayer una ocasión de dar un puñetazo en la mesa y se ahogó un poco más en las arenas movedizas de la portería del Calderón, un estadio en el que parece no jugar cómodo, no disfrutar, no querer estar. El partido de ayer dejó un mal resultado y una malísima noticia: la lesión muscular de De Gea y la lesión emocional de Asenjo, ya casi crónica por recurrente y de muy difícil solución, por lo que se intuye.

En la portería contraria, Leo Franco paró bien y sacó balones peligrosos. Hay quien opina que pudo hacer más en el gol de Reyes, hay quien opina que fue un golazo imparable. Sea como fuere Leo volvió al Calderón, un estadio en el que hizo buenos y malos partidos del que se fue llorando como le habría ocurrido a cualquier aficionado que sienta el Atleti como suyo. Para la memoria, sus siempre amables y admirativas palabras para su teórico rival Coupet, un portero que pasó poco tiempo en Madrid pero que dejó el extraño buen recuerdo que dejan los buenos tipos con los que sólo se coincide un momento que no se olvida con facilidad.

5. El público


El público ovacionó a Asenjo en su salida al campo y todos nos sentimos orgullosos de ello. Lamentablemente, luego silbó cada una de sus intervenciones. Si había algo que Asenjo no necesitaba en ese momento eran silbidos, si había algo que el Atleti no necesitaba en ese momento era un portero nervioso.

En los últimos tiempos el público del Calderón ha tomado la desafortunada costumbre de silbar a los jugadores más débiles durante los partidos. Se ha silbado a Asenjo tras una pifia en una eliminatoria de UEFA, se ha silbado a Cléber de salida, se ha silbado a Perea cuando la ha pifiado y se ha silbado, como poco, a Mariano Pernía. Uno no recuerda pitadas semejantes a Seitaridis salvo que su falta de vergüenza hiciera daño en la retina, ni broncas a Maniche, Reyes o Jurado en partidos en los que uno habría pedido para ellos un puesto en una galera. Por alguna razón la grada - o parte de ella, que siempre tendemos a pensar que la grada es una, vive en un piso y tiene problemas de cadera - ha optado por ridiculizar a los jugadores que son blanco fácil durante los partidos y ha dejado pasar ocasiones de reclamar al colectivo entero una mayor entrega.

Uno no recuerda una bronca de salida desde hace mucho tiempo, aunque el equipo viniera de perder con el colista y amargarnos la semana; uno no recuerda una bronca monumental al acabar el encuentro, que la música demasiado alta y la prisa por no coger atasco son más importantes que la trayectoria del equipo. Uno no recuerda, por supuesto, una pañolada en condiciones con el palco o el responsable técnico como objetivo, pero sí pitidos durante el partido a jugadores que lo están haciendo mal pero que intentan hacerlo bien.

Es importante que la grada exija, pero también que piense en el equipo del que orgullosamente reclama formar parte. Que la propia grada contribuya a desquiciar al portero propio que posiblemente jugará los dos próximos partidos del equipo no dice mucho del sentido de la oportunidad de la hinchada. Que la propia grada muestre un respeto nulo por jugadores limitados pero honrados y que nunca se acuerde de aquellos que, sin ser honrados ni trabajadores y sí muy limitados, los fichan, dice poco del sentido de club y de la voluntad de procesar la información de la hinchada. Si la afición del Atleti quiere tener el papel que reclama, debe valorar con inteligencia qué efecto tienen sus reacciones en los jugadores que, nos guste o no, defienden ahora nuestra camiseta. Si cargamos con todas las consecuencias, carguemos contra todos. Si sólo cargamos contra algunos, seamos listos. Si nosotros mismos ahogamos a los nuestros cuando necesitan un apoyo, si no castigamos a los que se ríen de nosotros y encumbramos a los que sí se rieron tras dos partidos buenos, si no somos capaces de distinguir cuándo hay que apretar y cuando hay que soltar ni estamos dispuestos a estar tres minutos más tras el final del partido para darle a la plantilla el premio o el castigo que proceda, tendremos pocos argumentos para pedir a los jugadores el compromiso que exigimos. Y, así, es más difícil.

lunes, 8 de febrero de 2010

Sobre ese equipo que juega tres competiciones pero aún no se ha enterado

Jugó el Atleti un domingo pensando en un jueves y en el jueves anterior como preludio a un día de Mayo que previsiblemente sea un miércoles, sin darse cuenta de que los domingos se juegan cosas muy importantes que no se solucionan de un día para otro.
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Jugaba primero Irlanda, vigente campeón y equipo del que suscribe, y lo hacía en casa contra Italia. Italia, la sexta nación por obra y gracia del poderoso caballero, solía jugar al balón prisionero en el recreo con Rumanía, España y Portugal pero desde hace unos años alterna con los mayores del instituto. Italia, normalmente convidada de piedra, va mejorando y planta cara a ciertos rivales gracias a algunos argentinos de pasado calabrés, a algunos neozelandeses amantes de los gnocchi y a la progresión más que palpable de los suyos. Aún con el mérito que tiene que los italianos se la jueguen contra las potencias del V Naciones, su mejoría no fue suficiente para hacer sombra a Irlanda, quien ganó cómoda su primer partido. Irlanda y su generación de oro, la que parecía que pasaría a la historia por no ganar nada pese a su calidad, vuelve a ser favorita y esto les puede extrañar. Parecía que el Grand Slam del año pasado sería la excusa para que algunos de sus históricos (O'Connel, O'Gara, O'Driscoll) se relajaran un poco y pensaran en sestear en Benidorm una vez hechos los deberes históricos. Pero Irlanda ha dejado claro en los test matches de este año que han aprendido de los triunfos, que están cómodos en su papel de ganadores y que siguen con ganas de baile y de repetir título. Dos grandes problemas tienen, eso sí, en forma de salidas a París y Londres, la primera el sábado que viene a las 17.30, al parecer justo después del España - Rusia que se jugará en el Central de la Complutense (a confirmar).


Jugó luego Inglaterra contra Gales en un partido que conmemoraba el centenario de Twikenham. El partido debería haber sido obligatorio para el gremio de diseñadores de camisetas deportivas, a quien el que suscribe habría concentrado en pleno, agrupados todos en un gran cine con un señor con un palo largo apuntando a las camisetas inglesas en la pantalla. Miren, miren, no es tan difícil hacer una camiseta preciosa, déjense de tramas, déjense de cuellos raros, déjense de rayos cruzapechos y mangas de otros colores, déjense de camisetas lilas y déjense de zarandajas: miren, miren, una camiseta blanca pero poco blanca, con cuello y una rosa en el pecho. Hasta el patrocinador ha entendido que su logo no haría más que ensuciar el momento y lo ha dejado de color paliducho, que es más mono. En fin. Ganó Inglaterra la mar de bien vestida y lo hizo con holgura en el marcador, que no en el campo. 30-17 ganó Inglaterra, pero no con la comodidad que los fríos números sugieren. Inglaterra ganó porque Wilkinson no falla y porque los galeses sí fallaron. Falló Stephen Jones un pase que asesinó la remontada, pero estas cosas pasan y estos fallos, duros de encajar, forman parte del juego. El problema fue que antes falló Alun Wyn Jones con una patada a la rodilla de un rival que ni Vinnie Jones, oiga. Sin Bin para el infractor, Gales con uno menos e Inglaterra que aprovechaba la situación para pasar del 3-3 as 20-3. 17 puntos le costó a Gales una acción absurda que, según el culpable ha reconocido, le tiene sin poder pegar ojo desde el sábado. Algo es algo.

Jugó Francia en Escocia y ganó, y lo hizo bien. Francia enseñó un equipo con algunos elementos de esos que se llaman de rugby moderno, ese en el que los centros pesan lo que los piliers, los terceras corren como los alas y los alas miden lo que los segundas. Entre todos destaca Bastareaud, un centro con hechuras de delantero, cierto aire a un amigo de Peter Griffin y afición a echar las culpas a otros cuando se cae borracho por los hoteles. Dos veces ensayó Bastareaud y otras tantas quedó en evidencia la línea escocesa, frecuentemente descolocada y con menos efectivos cuando se trataba de defender a los franceses. Francia jugó cómoda, casi siempre en terreno rival, y Escocia se mostró impotente para imponerse en delantera, imprecisa y poco suelta en el juego a la mano, casi inédito, dejando dudas en cuanto a sus posibilidades este año. Escocia juega en Italia este año y de ese partido quizás dependa que aumente su menaje de cocina. Esperemos que no.

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Iba el Atleti a Santander tras hacer uno de los mejores partidos del año, que además le permitía pensar que la Copa puede ser una forma de maquillar las carencias de la plantilla y la institución; son estas cosas que tienen los sorteos: en un año en el que se merece el equipo más bien poco, quizás esté más cerca que nunca en los últimos años de disputar un título. El Atleti ganó al Racing 4-0 el jueves pasado y le pudo meter algún otro y no debió marcarle uno de penalti, que no fue. El Atleti, equipo al que no entiende ni el más experimentado de sus seguidores viejos ni el más sagaz de sus seguidores nuevos ni el más clarividente de los científicos, mentalistas, quiromantes, druidas, espiritistas, programadores en cobol o peritos industriales que inundan las gradas del Calderón, puede meterse en la final de copa tras eliminar a un Segunda B, dos Segundas y un Primera de la honrada clase media. Si además el rival es un equipo de Champions, como parece, se meterá en lo que era la Copa de la UEFA por la gatera y aprovechando que el dueño de la casa ha salido un momentito a sacar la basura. El fútbol tiene estas cosas y esta vez son bienvenidas dado que el equipo tiene necesidad urgente no ya de un título, sino de darle una alegría a la gente. Y la gente del Atleti, con la que está cayendo, no necesita únicamente un título de relumbrón sino que necesita una razón para tomar aliento, que no es poco: un día de final de Copa del Rey.

El día de la final de la Copa del Rey, que era algo de lo que disfrutábamos antes con relativa frecuencia, es el día más bonito del año cuando lo juega tu equipo. Ese día uno se ve con los amigos de siempre y con los que hace tiempo que no ve, se va en coche o en tren o en autobús a una ciudad lejos de Madrid o si es en Madrid se va desde primera hora a un barrio que no es el suyo a hacer un censo de tabernas y tascas. Ese día uno lleva la bufanda que le regaló su madre y la camiseta de rayas rojiblancas que compró aquel día. Lleva también los calzoncillos talismán, los calcetines de la suerte, los zapatos que del día del doblete, la gorra que intercambió en un viaje a Anfield, el reloj parado con propiedades milagrosas que llevaba a los exámenes, el paraguas que siempre lleva consigo a los toros para que no llueva, la bicicleta con la que ganó a su primo por primera vez, la pamela que llevó su abuela en la boda de la vecina que pensaron que se quedaría siempre soltera por ser muy alta y tener la voz de pito, el estandarte de la banda de tambores y cornetas de la Pontificia y Real Hermandad de Nazarenos del Santísimo Cristo del Calvario y Nuestra Señora de la Presentación - de la que es bombo mayor -, un pelo del peine de Ayala que compró en un anticuario, dos cromos de Arteche para los bolsillos de la camisa, una foto oficial plastificada de la plantilla del año de la final de Copa de Europa, un calendario con el escudo del Atleti de la prestigiosa empresa Desatrancos Medina, un perro ratonero-bodeguero con super poderes y camiseta de Torres y un burro porta equipaje con camiseta del Pato Sosa, una carraca que llevaba su abuelo al Metropolitano, las gafas de ver que llevaba su padre el día que pronunció la famosa frase "menudo gol acaba de meter el Vieri ese", el pomo de la puerta del vestuario del campo de O'Donnell, un cuadro que representa a los doce apóstoles con la cara de los titulares del equipo del Doblete más Antic en tamaño natural y, naturalmente, un paquetito de kleenex, un plano de la ciudad anfitriona, el número de los taxis locales grabado en el móvil y dos juegos de llaves del coche, por si se pierden unas tras los abrazos del primer gol. La final de Copa es así, es el día más alegre del año y por tanto la afición lo espera como agua de Mayo y los dedos cruzados para que el equipo no haga eso tan suyo de pifiarla en mal momento.
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Salió el Atleti al Sardinero y le recibieron de uñas y a voces. El fútbol tiene estas cosas, ya saben, y como la afición del Racing consideraba, y con razón, que en el partido de ida de Copa el árbitro estuvo mal, le montó un lío al Atleti ya de salida. Estas cosas, que ya vemos naturales, no dejan de ser sorprendentes, tan sorprendentes como que ante la Casa de Cantabria de Madrid, sita cerca del Retiro, se manifestara el viajero recién llegado al que la Guardia Civil multó con 300 Euros y dos puntos del carnet a su paso por Entrambasaguas, Cillórigo de Liébana, Piélagos, Colsa o Correpoco, estos dos últimos pueblos vecinos y bendición del aficionado al chiste fácil. Pero así es el fútbol, oiga, y ya a nadie le extraña que se use cualquier motivo para enfadarse una barbaridad con el visitante y proferir insultos graves, amenazas de muerte y desafíos en la calle así, en público; total, todo el mundo sabe que luego estos señores tan enfadados en cuanto el árbitro pita el final cierran el paraguas, recogen la almohadilla y se van a su casa, le dan un beso a su esposa, cenan una tortilla francesa y una pera y se van a la cama hasta el día después para seguir con su respetable vida, y aquí paz y después gloria.

Salió el Atleti con tres centrocampistas y la afición entera sacaba pecho y respiraba hondo y decía, já, a buenas horas, a mi Quique me lee el pensamiento o quizás algo más, vamos, si esto llevaba yo tiempo diciéndolo, este tío no tiene ni idea y menos mal que me ha hecho caso. Hizo Quique lo que casi cualquiera veía como lógico, al menos para hacer pruebas, y salió en efecto Assunção con Tiago y con Raúl García en el centro, con Simão, Jurado y Forlán más adelante. Salió eso sí con un trivote que resultó no serlo, con Raúl García de interior, menos centrado de lo esperado tanto en lo geométrico como en lo deportivo. Quique optó por cambiar de esquema de una vez y abandonar los postulados aguirristas, o más bien adoptando la solución que Aguirre utilizó con éxito en varios partidos a costa de que le pusieran fama de cobardica y mediocre. Quique dejó en el banquillo a Agüero, que a día de hoy es como dejar en el banquillo a cuatro o cinco del resto de jugadores, e insistió con Jurado y Perea.

Volvió a jugar Jurado arropado atrás y en lo que viene siendo su famosa posición natural. La famosa posición natural de Jurado viene siendo ya comparable a la probada eficacia de los fondos de Madoff o al secuestro de Bartolín: un timo. Jurado, que, qué cosas, ayer jugó un poco menos mal que otras veces, aporta al equipo aproximadamente lo mismo que Indy y, aún así, es titular indiscutible, es el jugador que más minutos lleva jugados este año y goza del privilegio de cambiar todo el esquema del equipo con tal de tener cabida. Jurado, que piensa sobre todo en él cuando recibe el balón, tiene la suerte o el misterioso ascendente de contar con prebendas que a otros se les niegan. Esto no es probablemente culpa suya, y Jurado se limita a intentar aprovechar, sin éxito, las continuas oportunidades que se le ofrecen gracias a partidos insustanciales en los que dos controles de exterior que acaban en fuera de banda, un regate con eléctrico movimiento de tobillo que termina en contraataque rival y un par de apariciones frente al tiro de cámara a duras penas compensan su poca aportación defensiva y sus famosas pérdidas de balón, las pérdidas de balón naturales de Jurado. Por qué sigue Jurado siendo titular y teniendo tantos minutos puede explicarse por su sorprendente predicamento entre la prensa, porque Quique haya visto algo que el resto de mortales no alcanzamos a entender o porque no hay más cera de la que arde y Jurado, con sus limitaciones y su juego desesperante, es un recurso necesario en una plantilla con hechuras de rape: fea, mal hecha, con cabeza desproporcionada, cuerpo chato y cola enclenque.

En el centro del campo jugaron Assunção, indiscutible a día de hoy, y Tiago. Tiago ha llegado hace poco y se ha hecho un hueco sin demasiada dificultad, algo que dice poco de sus rivales de puesto. Tiago ha sido hasta ahora una buena noticia y una mejora sobre lo que había. Tiago se enseña, intenta cosas nuevas, se tira al suelo a rebañar balones y recuperarlos, va bien de cabeza y llega al área rival. Grita, manda, coloca a los compañeros, se mete en fregados cuando los rivales están pesaditos; ayer fue especialmente necesario su papel de mediador autoritario viendo las malas pulgas que gasta Munitis, enfadado con el mundo no sabemos si por medir menos de lo que le gustaría, por tener menos pelo de lo que le gustaría o tener apellido de inflamación articular en vez de apellidarse Giráldez, Avellaneda o Fanjul, que es lo que de verdad le gustaría. Tiago también se juega las amarillas y hasta un penalti que, de no ser por el felino salto del nuevo ídolo del mundo entero, Canales, el árbitro pita seguro. Tiago apunta buenas maneras aunque aún le falta demostrar que puede imprimirle al centro del campo su impronta, que no estaría de más.

El tercer elemento de la línea media fue Raúl García. Parecía que el Atleti salía con un trivote pero Raúl García jugó casi de interior, aparentemente con órdenes de subir la banda o al menos de no acercarse mucho al centro para no estorbar a los otros dos. Raúl estuvo como acostumbra en lo relativo al despliegue físico y la disciplina táctica: bien. No obstante, se le notó incómodo hasta la desesperación jugando pegado a la cal, miedoso y especialmente torpe en sus combinaciones con Ujfalusi, con quien falló varios pases cortos consecutivos para desesperación de sus defensores. En un partido en el que el Racing adelantó la defensa, algunos esperábamos ver al Raúl de pase largo de Valladolid y nos quedamos con la sensación de haber visto al Raúl al que tan difícil es defender a veces.

El último nombre propio del partido no es De Gea, a pesar de haber hecho otro buen partido, con intervenciones de mérito y poco que hacer en el gol. También hizo una salida algo suicida frente a Tchité en la que se debió llevar una roja poco evitable, todo sea dicho, pero continúa pesando más la tranquilidad que transmite a defensa y grada y su buena colocación y facilidad para blocar balones lejanos que sus fallos puntuales. Tampoco es Forlán, quien volvió a jugar así de manera medianeja pero lleva a lo tonto 9 goles en liga incluyendo el que metió ayer con suspense incorporado, lance en el que terminó enredado en la red como si fuera un atún. No será Simão, autor de un excelente pase al primer toque en el gol del Atleti, ni será Domínguez, de quien decir que estuvo bien ya no es noticia. El último nombre propio, una vez más, otra vez por lo mismo, es Perea.

Perea alterna este año sus tradicionales cortes a la carrera con pifias históricas, controles dignos de un ánade bisojo con intervenciones providenciales. Perea, a quien se silba en el Calderón como viene siendo ya costumbre, fue ayer Perea al 100%; primero empañó un buen partido con un fallo garrafal que dejó el gol en bandeja a Colsa, entonado por cierto toda la noche; luego salvó un gol cantado gracias a un sprint olímpico y un toquecito sutil que mandó el balón al palo. Perea, en esta temporada tan irregular y con tan graves consecuencias para el equipo, es indiscutible para el entrenador. Y además lo es como central, apartando al lateral derecho al jugador que parece más indicado para hacer pareja con Domínguez. El por qué ocurre esto es algo que el entrenador, y no Perea, debería explicar; sería demasiado pedir a Perea que le dijera al entrenador hombre, Míster, no me saque a mi, saque a Mengano que es mejor que yo; además a mi la gente me chilla y me molesta oírlo, como a Seitaridis, mejor saque al argentino este calvo que es un pedazo de pan y no se mete con nadie ni se queja nunca, oiga. Perea, además, ha hecho gala de humildad y buen fondo en un par de entrevistas en la prensa en la que se ha mostrado sincero, ha asumido sus errores, ha reconocido sus limitaciones y no ha echado la culpa a nadie más que a él con una hombría poco común en estos tiempos de fútbol, casi inédita desde la rueda de prensa de Molina tras la pifia ante Noruega; esto, como bien saben los sufridos lectores de estos bloques de hormigón, a uno le llega mucho. Porque uno piensa que los malos jugadores, cuando hacen todo lo que pueden y se dejan la piel, merecen al menos el respeto de la grada y que la bronca sea para aquél que les saca al campo a lidiar con los elementos a sabiendas de que, en caso de pifia, la naturaleza del jugador le llevará a sufrir la situación en silencio sin señalar con el dedo a otros. Y uno piensa también que el que no merece el respeto es quien hace sólo lo que le gusta cuando le apetece, el que piensa en él y no en el resto, el que es inmune al sufrimiento de la grada porque su único interés es el cheque de fin de mes y el que señala presto al vecino, al empedrado, a la conjunción astral o a un error en el calendario zaragozano para evitar la crítica y reconocer el error propio. Pero esto, ya saben Vds, no es común ya en la grada del Manzanares, qué pena más grande, oigan.

El Atleti se juega el jueves llegar a la final de Copa y, con ello, la posibilidad de ganar un título y de entrar en Europa incluso si se hace mal en liga. El Atleti ha jugado en Copa como debería hacerlo el Atleti, aunque sólo cuando la ocasión lo ha requerido: en la vuelta contra el Recre, en la vuelta contra el Celta, en la ida contra el Racing. El Atleti, cosas que tiene este equipo, da la sensación de conformarse con hacerlo bien en Copa, dejando a un lado la Liga. Los domingos el Atleti es tristón y descafeinado, juega sin gas como la casera agitada. Cree que la Liga no es lo suyo, cree que con la Copa basta. No cierra los partidos, piensa en el jueves que viene, no piensa en los poquitos puntos que tiene ni en que el abismo se abre bajo sus pies a unos pocos metros de distancia. Parece convivir sin bochorno con el hecho de estar en la mitad de abajo de la tabla, cree que la vida termina en la Copa. Quizás sea algo pasajero, quizás quiera asegurarse la posibilidad de disputarse un título a un partido, la única forma en que parece que sea capaz de conseguirlo. Quizás tenga claro que, una vez llegado a la final, la vida vuelve a la normalidad y que hay que jugar cada partido con la importancia que tiene. Quizás sea eso, quizás. Eso esperamos.

viernes, 22 de enero de 2010

De gradas distintas y equipos que avergüenzan

Jugó el Atleti un partido que se presumía plácido y acabó con la cara pintada, el futuro gris y la afición resfriada.


En una noche fría, más fría de lo que parecía, y húmeda, más húmeda de lo que permite la ley, la costumbre y la jurisprudencia, se concentró la afición del Atleti en el Calderón. Quizás no fuera al campo la afición de siempre sino la afición que no va tanto: los horarios inconvenientes, las entradas regaladas y el espejismo de que algo gordo podría volver a pasar ayudaron a que el Calderón casi casi se llenara para ver un partido contra un Segunda, y eso que mucho socio de todos los domingos se quedó en su casa. La gente pensó que iban a ver a su equipo ganar por goleada y marcar con paso firme el camino hasta la final y, de paso, el macabro espectáculo del despiece y posterior subasta de las mejores presas del visitante; lo que vieron, eso sí, no fue eso sino casi lo contrario.

Y es que de no haber dado una cierta buena pinta el equipo contra el Recre, quizás muchos de los que suelen acudir al Calderón se habrían quedado en casa viendo la tele y tomando caldito, que tampoco es mal plan. Pero el Atleti tiene lo que tiene y a la mínima que hace prende una chispa de ilusión de la parroquia y convierte lo que iba a ser una barbacoa entre amigos en la falla de la plaza del Ayuntamiento. Así, sin esperarse el follón, llegó el aficionado al campo con la hora pegada y se sorprendió de la cantidad de gente que había en los alrededores. Pero bueno, y estos quiénes son, de dónde ha salido tantísima gente para ver este partido, si yo creía que íbamos a ser catorce. Decidido, entró el aficionado al campo y lo primero que se encontró en los tornos una montonera más propia de San Fermín. Mire, cómo se pasa por aquí, tengo una entrada que me ha regalado un cuñado, ¿la corta Vd? Yo qué voy a cortar, oiga, haga Vd el favor de meter el código de barras en esa ventanita con lucecitas rojas, así no, a ver, así, así, ahora, que está verde, pase Vd. Como a cada invitado había que explicarle el mecanismo de los tornos, el aficionado que acude al campo con asiduidad y que, por conocer las costumbres de la hinchada, se permite acceder a la grada con la horita pegada, entró tardísimo.

Y es que el aficionado de todos los días tiene calculado el tiempo de entrada al campo con la precisión con la que los ladrones de banco calculan el lapso que transcurre entre el momento en que el vigilante gordito acciona la alarma y la llegada de los Hombres de Járrelson vestidos de samuray y con ese palo gordísimo que usan para derribar la puerta. El aficionado conocedor de las mecánicas del estadio apura los plazos de acceso y espera tranquilo en las afueras a que llegue el momento de entrar. Según la ubicación y tras tomarse el último botellín, el aficionado espera con precisión suiza hasta siete, cinco o hasta tres minutos antes de la hora de inicio para dirigirse a su localidad. El socio habitual confía en la pericia y consiguiente fluidez en la entrada de sus compañeros de grada que normalmente le permiten, en tres minutos, pasar el torno, comprar una almohadilla, visitar el excusado, salir por el vomitorio, subir la escalera, levantar a la fila entera dando las buenas noches y pidiendo perdón, llegar hasta su sitio, darle dos besos a Rosa y sentarse antes de que empiece el partido no sin antes limpiar la mugre del asiento, ajustarse la bufanda, mandar un sms a un amigo que está enfrente dando un pronóstico del resultado, cerrase la chaqueta, ponerse los guantes y gritar VAMOHMARIANO por lo menos una vez. Ayer, empero, por ser día en que mucho aficionado atlético poco habituado a la mecánica del estadio y mucho visitante celtiña se dieron cita en fondos y tribunas, los ritmos fueron más lentos y estuvo entrando gente hasta más o menos el minuto veintitrés.

Y es que la llegada masiva de aficionados invitados tiene una consecuencia adicional sobre el aficionado habitual. Este último, acostumbrado a encontrar su asiento por referencias naturales - de igual modo que el piel roja encuentra la guarida del coyote o el marino experto encuentra el paso seguro por el arrecife - se encuentra perdido cuando cambia el paisaje humano en el que normalmente se desenvuelve. Porque el aficionado que va a diario sabe que lo que tiene que hacer es subir la escalera del vomitorio, torcer a la izquierda, subir unos escalones y, a partir de ahí, levantar la cabeza, localizar a un señor con gafas que suele llevar gorra de tweed, contar tres a la izquierda, localizar a un aficionado calvo con cara de malas pulgas, una morena imponente de nariz valiente y enorme bolso, un niño igualito que su padre, que está a su lado, y un señor que, cual especie en extinción, sigue escuchando un transistor con antena pegado a la oreja. Entre ese mapa humano hay dos sitios, los del aficionado habitual, quien además ya sabe por qué fila hay menos gente para pasar, o qué aficionados tienen los pies más grandes y por tanto dificultan el paso por el estrecho pasillito que hay entre las filas, o quién es amable y afín en el respeto por los jugadores comprometidos con la camiseta o, por el contrario, rival en las filias futbolísticas, partidario de la directiva, admirador de Jurado o fan de Indy.

Y es que todas estas referencias naturales se pierden en día de visita masiva como lágrimas en la lluvia, como diría ese que vio atacar naves en llamas más allá de Orión. En días como el de ayer sale por el vomitorio el aficionado ya apurado por el retraso en el torno, agobiado por escuchar los sonidos de la grada con el partido ya comenzado, y sube la escalera de siempre dando grandes zancadas para llegar antes. Y sube la mirada donde siempre y en vez de ver un señor con gafas y gorra de tweed ve tres adolescentes con gorra de beisbol y pendientes de brillantes en las orejas. Dejando al lado consideraciones estéticas y aparcando las ganas de llamar a un guardia con bigote para que despoje de las joyas a los nuevos inquilinos de los asientos y de paso les multe por ofensa al buen gusto, busca el aficionado desorientado al señor calvo, a la morena de la personalísima nariz, al niño y a su padre y no ve más que dos rubias comiendo grandes bocadillos, un señor con aspecto de ordenanza que lleva una gran chistera rojiblanca y un tipo de mirada huidiza y pinta de espía que se rasca la barbilla. Paralizado, el aficionado habitual nota que encima molesta al resto por estar de pie en la escalera, que él mismo provoca lo que tantas veces critica y su agobio sube y sube hasta perder la noción del tiempo y el espacio y dudar de si está donde debía.

Y es que esa angustia no se alivia hasta que, oh milagro, ve el aficionado habitual entre la multitud de caras desconocidas la antenita del transistor del señor mayor de siempre. La visión reconforta al aficionado habitual, es aquí, es aquí, yo estaba en lo cierto, no es otro campo ni otro día ni es un bautizo masivo de Testigos de Jehová, es un partido del Atleti y yo estoy donde debo. Con una mezcla de alivio, alegría e irritación y algo de la frustración que embargó a Charlton Heston cuando entendió, gracias a una Estatua de la Libertad semienterrada, que estaba en su propio planeta y no en otro y que desde ahora le tocaba vivir rodeado de monas, avanza el aficionado habitual más rápido y con menos modales de lo acostumbrado por entre la multitud desconocida y sentada. A ver, a ver, que voy a mi sitio, bueno mire, si le he pisado quizás debería valorar cortarse las uñas o quizás no volver. Incómodo entre la turba, busca casi con desesperación y al filo de perder las formas y el autocontrol hasta llegar a la altura del señor mayor del transistor, quien, ajeno a la tragedia, mira el partido mientras escucha comentarios sobre lo que él mismo ve pero encima más tarde, que es algo que nunca entendió el aficionado habitual. Cuando por fin llega a su sitio, el aficionado habitual se siente tan aliviado que se abalanza sobre el señor del transistor y le da grandes abrazos y achuchones hasta que éste, primero presa del pánico y más tarde presto a pegarle al atacante un paraguazo, reconoce al angustiado vecino y, mirándole con ojos compasivos, le dice:

- Segundo del Rácing.
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Salió el Atleti y muchos de los que estaban en el campo no lo vieron, agobiados como estaban accediendo a sus localidades. Cuentan las crónicas que hubo un penalti en el minuto uno y un gol en el minuto tres, visto por el que suscribe desde el vomitorio. Tardó tres minutos el Celta en marcar un gol y otros noventa en no marcar otro, que tuvo su mérito. Porque ayer, en un Calderón casi lleno y ante una buena oportunidad para acercarle a la afición un momento para el recuerdo, el Atleti no tuvo talento ni capacidad ni arrestos de ganar a un Segunda que malvive en su liga a pesar de la pinta de Primera que dejó en el Calderón. Y es que ayer el Celta de Vigo, equipo que pasa fatigas en la actualidad y que, a pesar de ello, trajo al Calderón un buen número de aficionados (lo que honra a equipo e hinchada), pasó por encima al Atleti, pudo ganar con holgura, arrinconó a su rival durante todo el segundo tiempo y volvió a casa molesto por no haber metido tres goles más a una caricatura de equipo de fútbol a pesar de sus estrellas, de la grada llena y de las campanas lanzadas al vuelo por la prensa y la afición, y sin que el horrendo arbitraje tuviera culpa alguna de las desgracias locales.

Salió el Atleti con De Gea, que acabó siendo el mejor, sembrando más ortigas en el camino de Asenjo, y con una defensa que empezó mal y acabó de manera lastimosa. Salió Mariano Pernía tras un accidente horroroso y una recuperación milagrosa, y salió de inicio, empresa que se antojaba excesiva para alguien que llevaba tanto tiempo en el dique seco. Pernía, de cuya vuelta el que suscribe se alegra sobremanera, dejó claro que está aún lento, fuera de ritmo y de forma, un obstáculo excesivo para sus tradicionales despistes y carencias tácticas y técnicas. Salió Ujfalusi por el otro lateral y se salvó de la quema por profesionalidad y saber estar, a pesar de ejercer de comodín. Jugó Domínguez, de nuevo el mejor de atrás, con más galones cada día, más presente en el juego y más aterrorizado cada vez que un balón se acerca a su compañero en el centro, Perea. Perea, que hace poco reconoció liarse en exceso a veces con una sinceridad que le honra, optó todo el partido por simplificar las cosas y aún así montó un lío. Perea ha perdido la confianza en él mismo, quizás la cualidad más indispensable para aquellos que ocupan esa parcela del campo. Perea perdió balones claros, hizo pases al contrario y optó por el pelotazo sin medida con demasiada frecuencia para un profesional del fútbol. Su actuación se vio más comprometida aún cuando, en un cambio antológico, salió Valera por Pernía y Ujfalusi, central diestro, pasó a jugar de lateral izquierdo; Quique podría haber elegido para esa demarcación a un delantero centro, a un portero alevín o a un perito agrícola, pero se decidió por Ujfalusi y se cargó su banda y de paso la contraria. Valera, una vez más, no dio una y dejó de nuevo la sensación de carecer de sentido de la orientación, saliendo siempre corriendo en dirección defectuosa tras cada despeje de cabeza. La defensa, una vez más, fue un desastre absoluto sólo salvado por Domínguez y De Gea, dos casi juveniles que comparten vestuario con siete defensas profesionales que suman doscientos años, cosas de la plantilla de este equipo. El asedio del Celta durante el segundo tiempo y la incapacidad de la defensa para sacudirse la presión deberían hacer pensar a más de uno, pero esto ya sabemos que pertenece a la ciencia ficción colchonera.

Por delante jugaron Raúl García y Tiago, recién llegado. Si el segundo, en su debut, dejó buenas sensaciones, marcó un gol y marcó su territorio a fuerza de presencia, tackles y gritos a los compañeros, Raúl García firmó uno de sus peores partidos justo después de ser defendido a capa y espada por el que suscribe. Uno, que es tonto, debió haber previsto esto pero no lo hizo. Raúl García apareció perdido y sin referencia, quizás echando de menos a Assunçao. Jugó en paralelo con Tiago y no encontró su sitio ni hacia adelante ni hacia atrás. En su defensa, quizás decir que su salida del campo coincidió con el hundimiento definitivo del equipo y que ni Simao ni Reyes ni Jurado ayudaron a los medios en tareas defensivas o que Camacho tampoco anduvo fino. No es excusa, ni mucho menos, eso sí; uno sigue esperando que Raúl responda a las expectativas, pero cada vez tiene menos argumentos frente a quienes se desesperan con él.

Mención especial merecen, una vez más, Jurado y Reyes. Jurado hizo un nuevo partido intrascendente, sin aporte en ataque ni mucho menos en defensa a pesar de contar nuevamente con apoyo en la retaguardia y un dibujo de equipo teóricamente ideal para sus poco conocidas virtudes. Pasó el rato mirando a sus compañeros con cara de preguntar si necesitaban algo o persiguiendo rivales a la prudente distancia de ocho metros, como acostumbra. Jurado utiliza un repertorio de controles y toques de clase para camuflar carencias gravísimas en lo relativo al compromiso, el esfuerzo colectivo, la disciplina táctica o el juego de equipo. Entre control y control Jurado trota por el campo a saltitos, con paso de protagonista de cuento, y uno lo imagina fácilmente con una cesta de mimbre, una caperuza roja y dos coletas de cuerda amarilla cantando tra-lará-larito entre medio centros que le sacan kilos y centímetros, quizás esperando ablandarles para quitarles un balón y dar un taconazo sureño. Reyes, por su parte, volvió a ser el Reyes de hace unos partidos, antes de su vuelta al mundo de los futbolistas decentes, y encendió las alarmas entre la afición. Reyes, quizás fundido, eligió sumarse a su compañero de párrafo a la hora de esconderse tras los rivales y devolver balones envenenados a los compañeros menos dotados técnicamente. Entre uno y otro terminaron por dejar al resto de la media a los pies de los caballos ante los centrocampistas rivales.

La última reflexión del día fue para Quique Flores. Quique varió el esquema y sacó un punta y medio, con el desesperado Agüero solo en punta hasta que salió Forlán en el segundo tiempo con aire de que el partido no iba con él. Si el planteamiento inicial pudo tener un sentido limitado, dada la presencia de Jurado, la lectura del partido - como le dicen ahora - fue muy deficiente. Como ha ocurrido en ya varias ocasiones, ninguno de sus cambios mejoró el equipo sino más bien lo contrario. Ni Forlán funcionó ni los retoques de la media y la defensa sirvieron más que para terminar de descomponer el equipo. Quique transmite la sensación de querer hacer cosas distintas, pero aún no consigue transmitir la sensación de ser capaz de ello.

El Atleti y su afición, habitual y/o invitada, vivieron ayer una noche para olvidar. La clasificación para la siguiente ronda de Copa es por supuesto posible pero la imagen de los dos últimos partidos siembra muchas dudas una vez más. Tiago parece que podría ser un buen refuerzo, de otros aún no opinamos. Lo que sí parece claro es que el club no presta atención al agujero que todos vemos: la defensa, los laterales en concreto, el lastre que impide cualquier variación táctica y cualquier posibilidad de pasar un partido tranquilo. El domingo, en Getafe, nueva prueba. Crucemos los dedos.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Crónica doméstica del Tenerife - Atleti

Reflexiones sobre cómo el Atleti actual despierta el interés necesario para convertir un partido televisado en un zafarrancho de limpieza.


Anunció solemne la autoridad que iba a hacer un frío que pela del Cabo de Gata al de Finisterre y la afición colchonera, escamada y ronca desde el último partido en casa en horario nocturno, prefirió quedarse en casa a ver el partido. De haber prometido el Atleti espectáculo o contraataques de vértigo la afición habría quedado en bares y tabernas; de haber estado el equipo jugándose las opciones de encaramarse a la parte alta de la tabla habría quedado la afición en ambigús y cafeterías; de haberse tratado de un equipo formado por jugadores comprometidos con el equipo deseosos de dar una alegría a la afición, la hinchada habría quedado en disco-pubs, piano-bars y heladerías. Pero viendo cómo está el Atleti, contra quién jugaba, lo que el pasado reciente prometía y lo que el futuro razonablemente ofrece, la afición decidió no ir a establecimientos públicos y ver el partido en casa, ya fuera propia o ajena, por aquello de poder dedicarse a otra cosa en caso del previsible tostón supino y para evitar, en tiempo de crisis, pagar un cerro de euros por cada consumición de esas que saben a rayos cuando se ingieren viendo el repliegue al trote de Cléber Santana.

Se sentó pues la afición en su sofá y se puso una mantita en el regazo. Unos, tradicionales y austeros, optaron por una recia manta zamorana de esas que pesan y pican; otros, más snobs y algo pedantes, por suave manta escocesa de cuadros y fleco largo, pelo etéreo y elegante cincha de cuero para transportarla en coche de caballos; los más prácticos y expertos en travesías alpinas, ligera manta de forro polar fácilmente lavable, secable, doblable y transportable, indicada tanto para largos trekkings por Nepal como para atascos interminables; algunos, víctimas de la sociedad consumista u objeto de regalos siniestros, sintética manta con motivos rojiblancos y estampa de Indy, producto licenciado por el Club, confeccionada en material de esencia plástica de ese que, al mínimo roce, echa chispas. La afición, que no es tonta, situó a mano ora taza de té negro con leche - nunca de la ofensiva marca Hornimans -, ora tazón de caldo de puchero - con hierbabuena, naturalmente - y vasito de agua cerca para evitar la ignición de la lengua; otros preferían bien copa de cerveza fría en caso de hogares de calefacción potente, o bien, en el caso de bon vivants con desprecio por la climatología adversa, gin tonic en vaso ancho de vidrio fino, con bastante hielo, corteza de limón y una cucharita con la que darle pocas vueltas para mezclar los ingredientes sin eliminar el gas, con su correspondiente cuenquito de aceitunas manzanilla, gordal, de campo real o rellenas - de anchoa, naturalmente -, cumbres todas de la gastronomía, la liturgia del aperitivo y la cultura occidental misma.

De esta guisa se encontraba la hogareña afición cuando salió el Atleti. Salió el Atleti vestido de negro con esa camiseta nueva tan popular que por ahora no trae buen fario. La camiseta de marras ha gustado tanto a la afición que hay una gran demanda de la misma, hasta el punto de que se han terminado en la tienda oficial. ¿Y qué ha hecho el club al respecto? Nada. ¿Han repuesto las existencias? No. ¿Han caído en que quizás no estén respondiendo a las expectativas de la afición o en que quizás estén dejando pasar un buen negocio? En absoluto; el club no cae en estas cosas, faltaría más. A todo esto la afición, que ve cómo se aproxima el día de reyes y tiene que hacer un regalo a sus niños y cónyuge, decide comprar la camiseta en cuestión a piratas industriales con sede en países del lejano oriente que ofrecen productos casi idénticos a una décima parte del precio oficial. Conociendo a los gestores del Club, uno piensa que al conocer la situación no les dará por emprender acciones legales contra los falsificadores ni reclamar más stock a la empresa que le fabrica las prendas, sino que más bien valoren en breve la apertura de un taller textil clandestino en Laos para maximizar así sus beneficios. Menudos son estos.

Con el Atleti en el campo y la manta sobre las rodillas, se dispuso la afición a ver el partido con atención. Últimamente es complicado mantener la atención en los partidos del Atleti, reflexiona el aficionado, de hecho es complicado seguir la actualidad atlética dado que las únicas buenas noticias que el equipo nos depara tienen que ver con la enésima denuncia de irregularidades en la gestión del Club, los resultados de la cantera y la vuelta de Hele a la blogosfera. No es fácil seguir el tostón deportivo, es casi inevitable perder el hilo y ponerse a pensar en conceptos abstractos como la existencia de un ente superior, la relatividad como concepto superado o quién fue el primer hombre (más bien gran hombre) que se atrevió a comerse una gamba y qué hambre no tendría el tío. En un bar es aún peor, piensa el aficionado, el Atleti no atrae la atención y es más fácil perder el hilo y ponerse a pensar en cuánto dinero ha ganado ese señor en la tragaperras que emite la música de El Golpe, o de cuántas botellas de las que adornan la pared tras la barra pide una copa la clientela, en especial la de Cynar. En casa es más sencillo mantener la atención, piensa el aficionado colchonero, mucho más sencillo, dónde va a parar, en casa sí veré el partido con atención y sentido analítico, hombre por Dios, como en casa no se ve el fútbol en ningún sitio.

Dos minutos después del inicio marca Nino un gol que todo el mundo ve venir desde su casa a pesar de la manta, pero que nadie ve venir en el campo a pesar de estar todos en manga corta. Lo de siempre: balón que llega desde el lateral, nadie quiere saber nada en el área pequeña, el rival que la toca con comodidad, Cléber y Ujfalusi que observan el lance con aire de vaca que mira al tren. La llegada de un balón al área chica del Atleti viene acompañada de un prodigio nunca antes referido y bautizado por los expertos como el Síndrome del Increíble Balón Menguante. Es cruzar el balón la imaginaria línea vertical que separa el área grande de la chica y el jugador del Atleti ve cómo lo que antes era un balón de reglamento se convierte en una pelota de golf de color camuflaje. Nadie la ve, nadie acierta a distinguirla con precisión, nadie se atreve a pegarle una patada no sea que le pegue al aire y se rían de ellos en blogs y colas de peajes. Los rivales, por contra, sufren el síndrome contrario: llega la pelota al área pequeña del Atleti y se transforma, cosas de la brujería, en un balón de nivea de esos que tiraban desde un avión para que los señores batieran la plusmarca mundial de biathlon playero, prueba mixta que aúna carrera desde chiringuito y natación contra oleaje con reglamentario bañador Meyba. Mientras el defensor Atlético las pasa canutas para distinguir el balón, al rival le llega un globo aerostático, una esfera de esas en las que entraban dos o tres motos dando vueltas de campana, un planeta casi. Una vez más este año, el Atleti recibía un gol en contra en los primeros minutos gracias a un remate fácil en el área chica. Un poema.

Pasado el sofocón, cabreo y disgusto correspondiente, el aficionado bajo manta intenta ver un atisbo de reacción en el equipo. Nada. Mira la actitud de unos y otros. Nada. Sin poder evitarlo, le entra el sopor del que quiso huir. Mira a la pantalla pero nada de lo que en ella aparece atrae su atención e, inconscientemente, divaga. Piensa en que ya es hora de comprar un puff en el que apoyar los pies cuando está en el sofá, en que en esa esquina luciría mucho un poto de grandes hojas, en que en mala hora compró ese botellero hágalo-Vd-mismo con capacidad para cuarenta botellas, al precio que anda el vino. Juega el Atleti en directo y debe remontar un partido vital para alejarse del hoyo, pero el aficionado no consigue concentrarse. Sin darse cuenta, zapea y cae en una cadena en la que un pastor alemán policía resuelve un crimen pasional. Vuelve por disciplina al partido, pero antes ha pasado por la cesta de la ropa limpia y mientras el Atleti arma sin éxito un contraataque, dobla calcetines con un magistral movimiento de muñeca. Una vez vaciada la cesta, comprueba los cargos de la visa punteando en cada operación con un lapicito robado en la oficina, pone rectos cuatro cuadros y riega un cactus que mira por la ventana con un gesto vegetal que le hace pensar en sí mismo viendo a su equipo.

Marca el Atleti el empate tras una jugada que, tras la repetición, aún no se sabe si fue de mérito o de chamba, y el aficionado lo celebra poquito para no derramar la caja de clavos, tornillos y chinchetas que se afana en clasificar. Marca Jurado, quien juega el partido con dos medio centros defensivos por detrás en lo que la prensa y comentaristas llaman "su posición natural" y el aficionado reflexiona sobre si el término "natural", referido a Jurado, tiene el mismo significado que cuando se asocia a la palabra "piña", es decir, "posición natural en almíbar". Este pensamiento impulsa al aficionado a deshacer la cesta navideña y hacer una lista mental de aquellos familiares odiados a quien puede regalar las peladillas. Piensa también el aficionado en la molesta forma que tiene el comentarista de la Sexta de pronunciar "Ujfalusi", a quien se empeña en llamar "Iufalusi" o "Yufalusi" con la misma insistencia con la que pronuncia la palabra "rechazo". El partido avanza y el aficionado no consigue centrarse todo lo que le gustaría aunque, eso sí, ha sacado brillo a la plata y ha leído las instrucciones de la Thermomix.

Intenta el aficionado volver a concentrarse en el partido, pero no le es fácil. Piensa en qué impulsa a Asenjo a despejar siempre hacia el centro, en qué impulsa al entrenador a sacar a Perea y Juanito de centrales y sobre todo en qué impulsa al Quique Flores a no sacar a Raúl García y sacar en su lugar a Cléber. Piensa en por qué el medio campo del Atleti nunca sigue al atacante que se escapa por la banda y que levanta la vista desesperado tras desbordar a un defensor al ver que el compañero más cercano no ha arrancado aún desde el círculo central. Piensa en estas cosas cuando, al filo del descanso, el árbitro pita penalti. Penalti en casi el último minuto, tiene tela. Ve el aficionado cómo Perez Burrull saca una amarilla con esa cara a medio camino entre la expresión de triunfo por salir de cerca en la tele por su perfil bueno y la sobreactuación del que se cree en ese momento el centro del universo, aunque no sea ni penalti ni tarjeta. Ve el aficionado cómo Asenjo para el penalti y, aún así, no tiene claro si Asenjo es bueno o malo, un portero salvador o una fuente de problemas, un tipo bajito y cuadrado o uno muy alto y más cuadrado aún. Acaba el primer tiempo y el aficionado suspira aliviado, no por los nervios rotos sino por las ganas de ir a poner silicona a los azulejos de la ducha.

Empieza el segundo tiempo y la tónica (no en este caso la del gin tonic) es la misma. El Atleti no hace nada y el aficionado no consigue mantener la atención. Mientras el Atleti no hace nada, él está la mar de industrioso. A estas alturas del partido ha programado el dvd para todo el 2010, ha colocado un rodapié y dos de esos cuadros que se apoyan en el suelo durante meses hasta el punto de que a uno le resulta raro verlos luego colgados de una alcayata. Entre insulsos comentarios de Víctor Muñoz, quizás el ser cuya voz y discurso se corresponda menos con su aspecto, el aficionado va dejando la casa como un jaspe. Mientras pasa el plumero se pregunta qué les pasa a Maxi, Simão y Forlán, antaño garantía de peligro y solución a los problemas de la defensa y hoy meros espíritus deambulantes que permiten al rival sentirse cómodo adelantando las líneas. Piensa en cómo consigue Perea darse un cabezazo contra algo o alguien todos los partidos, y en qué aporta Sinama además de desesperación. Piensa en por qué Pablo siempre despeja en horizontal a la primera de cambio, y en que si no es por Asenjo en el segundo tiempo un recién ascendido le mete tres al Atleti. Piensa en el buen tiempo que hace en Canarias, en si quedan estropajos y en que hace mucho tiempo que debería haber cambiado de albornoz.

El partido va acabando y ya no quedan tareas domésticas por realizar: se han planchado camisas, pantalones y hasta el uniforme de húsar que se usa en las grandes ocasiones. Se ha ordenado la biblioteca por géneros, sub-géneros y, dentro de éstos, por orden alfabético incluyendo la Ch y la Ll, como Dios manda. Se ha ordenado el armario por colores que van del topo riguroso al granate mustio. Se han doblado convenientemente rebecas, chales y mañanitas. Se ha fijado la barra de la cortina de ducha, el armarito de la cocina y el gancho porta-salacofs, tan necesario. El partido acaba y la casa está hecha un primor, mucho más ordenadita, limpia y presentable que el equipo.

El equipo, reflexiona el aficionado mientras cierra un bote de Netol, sí que necesita ser saneado desde dentro. La podredumbre del club ha alcanzado de pleno a jugadores y técnicos, y si no no se explica el discurso victimista del entrenador, la desidia de jugadores siempre profesionales como Simão o Forlán o el interminable bache de Maxi. Los resultados que antes maquillaban los jugadores de arriba se presentan ahora con toda su crudeza, y los que con su inspiración o ganas tapaban las carencias de la defensa en tiempos de Aguirre ahora pululan por el campo con las ganas de agradar del que va al patíbulo tras una sentencia injusta. La ausencia de proyecto deportivo, de ideas claras, de objetivos sensatos, de dirigentes honrados y aficionados comprometidos va dando sus frutos y el equipo deambula de nuevo por lugares cercanos al descenso sin que arda Troya ni nada que se le parezca. La sombra de la salida de Agüero, el único referente en ataque esta temporada, y de Maxi, buen jugador y ex capitán convertido ahora en la sombra de su peor versión, tampoco parecen afectar a la afición, ya harta hasta de sí misma. Gamuza atrapa-polvo en mano, el apañado aficionado doméstico tiene cada vez más claro que esto requiere un zafarrancho de limpieza de los de darle con cepillo de dientes a las juntas de los azulejos o se cae el invento de una vez por todas.