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lunes, 18 de enero de 2010

De cómo se pasa de la desesperación a los cálculos de probabilidades, como siempre

Ganó el Atleti un partido en el que pudo marcar más goles sin jugar mejor que el rival: es lo que tiene contar con Agüero en filas propias.

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Se van casi por la puerta de atrás, en privado y casi como si se quisiera ocultar que ya no estarán más, como el resto. Cuando llegan, unos y otros, la prensa hace volteretas laterales, ya llegó, aquí está, es la solución a todos los males, menudo fenómeno, hay que ver lo bien que hacen las cosas estos directivos tan fetén. Y luego llegan y, la mayoría, ni fú ni fá. Unos fracasan con estruendo, otros pasan de largo sin demasiado interés, pocos aparentan tener un móvil más allá del sueldo. Pero hay algún otro, sí, hay otros que sí intentan hacer las cosas bien, entienden dónde llegaron, saben ponerse en la piel de los que llenan graderíos y bares para ver cómo lo hacen. Y éstos, que son pocos, meten el pie y juegan fuerte y corren y buscan lo mejor para el equipo, que es lo mismo que decir que buscan lo mejor para la grada y lo mejor para ellos mismos. Y éstos, con sus altos y sus bajos y sus partidarios y sus detractores, poco a poco se van haciendo con un sitio en el Club, en la gente, en el equipo. Y aguantan a veces pitos injustos y otras veces gozan de un trato más paciente que con el resto, probablemente porque se han ganado los galones y el respeto. Y la gente les exigen mucho porque saben que pueden dar mucho y que de hecho lo han dado, y tiene paciencia y respeto porque, con su juego, dieron muchas alegrías, muchas sonrisas en domingo y mucha dignidad los lunes. Y cuando estos se van, por increíble que parezca, la afición se queda sin la ocasión de al menos decirles gracias, gracias por las carreras, por meter la pierna, por tomarte en serio la rehabilitación tras la lesión, por entrar al choque, por controlar aquél balón y meter aquél gol. O gracias aunque nunca fuiste santo de mi devoción, pero reconozco que luchaste por lo mismo que yo, a veces menos de lo que yo creo que debieras, a veces menos de lo que el resto interpreta. Gracias, gracias por todo, suerte y que te vaya bien, que tengas éxito, si vuelves por aquí llama y cuéntanos cómo te va, si tienes un rato iremos a tomar cañas al bar de siempre.

Se ha ido Maxi tras cinco años en el club, tras ser Capitán del Atleti, tras muchos goles y muchos buenos partidos y una lesión terrible y también tras un último año flojo y algún detalle feo hacia la gente y el brazalete. Pero se ha ido un jugador honesto, completo, de nivel y calidad, un tipo que nos ha levantado del asiento muchas veces, un tipo al que los rivales temían y respetaban, un teórico pechofrío que se hartó de llorar el día que se iba de nuestro equipo. Se ha ido Maxi y no será fácil que llegue uno mejor o al menos eso parece. Se ha ido Maxi y no hemos tenido ocasión de despedirnos, sólo hemos podido verle llorar en una rueda de prensa después de escuchar a Cerezo leyendo una redacción sobre el Cluzz, quizás fuera eso lo que le hizo llorar desconsoladamente ahora que lo pensamos. Se ha ido Maxi, para quien un partido homenaje se antoja excesivo, sobre todo en este club en el que no se homenajea a nadie desde Capón - que tiene tela el tema - pero se ha ido sin que apareciera si quiera en el estadio para decir adiós a pesar de haber estado en las oficinas unas horas antes del partido. Se ha ido Maxi y no hemos podido desearle suerte ni el Club ha hecho nada para que la gente se despidiera. Tuvo que ser el público, en concreto el mismo fondo que hace unos años sacara una pancarta menos bonita y algo más tarde homenajeara como se debía al gran Juan Vizcaíno, quien tuviera el detalle de agradecer a Maxi los servicios prestados. Se ha ido Maxi y no hemos podido decirle adiós y gracias, gracias por robar balones y llegar al remate en segunda línea, gracias por ese gol en Anfield, por estar ahí cuando hacía falta. Se ha ido Maxi por la puerta de atrás, y esto no es más que un ejemplo más de lo poco que entienden en el club a los que, según ellos, sólo nos jugamos el dinero de la entrada. Sólo el dinero de la entrada, dice el tío. Hay que joderse, oiga.

Se ha ido Maxi y desde aquí le damos las gracias, le deseamos suerte y le decimos que nos habría gustado decírselo en directo, en el estadio, como debería hacerse cuando se va un capitán de un equipo centenario. Al menos decirle a la cara que a él, a él sí, le tenemos el respeto que otros nunca se ganaron.

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Llegó la gente al Calderón con otra cara tras lo del jueves, y haciendo cuentas como si fueran a una auditoría o vinieran de pedir un crédito para comprar la cama Restform. Si ganamos hoy y ganamos al Getafe y luego al Málaga, si ganamos al Celta el jueves y luego empatamos la vuelta, si pincha éste y aquél y el de más allá, si empatan todos todos los días menos nosotros, si la copa África dura otros tres meses por la sequía o las riadas, si Llamazares se pone turbante y le pillan en un control aeroportuario, si pasa todo eso se puede hacer algo. La afición, mustia desde principio de temporada, sólo necesita un poquito de fertilizante para hacer germinar orquídeas en las calculadoras y sacar pecho y pensar que, este año por fin sí, vivirán una nueva final de copa, ese acontecimiento que en un período fue casi cotidiano y ahora nos resulta tan lejano. La gente del Atleti, ya lo saben Vds, es lo que tiene: pasa de llamar a las barricadas a verse en Champions, pasa de criticar a todos y cada uno de los jugadores a elevarlos a los altares, pasa de estar del lado de un entrenador a pedir su cabeza en bandeja de plata. La gente del Atleti, ya lo saben Vds, es así y por eso nos gusta también, qué caramba.

Salió el Atleti y nada más salir cumplió con un minuto de silencio por las víctimas del terremoto de Haití y por un pobre chavalín del Atleti que se fue cuando no le correspondía y cuya foto apareció un par de veces en el marcador electrónico, helando la sangre de los presentes cuando pensaban en los pobres padres y familiares. Hay ocasiones en las que uno no sabría nunca qué decir, y ésta es claramente una de ellas.

Salió al Atleti y la gente, que está en todo, reparó en Indy. Indy ya no es Indy, dicen los niños; o se ha hecho un lifting o es un impostor, un doble, un imitador, ese de ahí no es Indy, sinvergüenza, que sí, que sí, lo que pasa es que se ha hecho lo de Belén Esteban. Indy ha cambiado el plumaje natural teñido por plumas sintéticas, más resistentes a los chaparrones que le dejan hecho un asco como bien sabemos. Indy ya no tiene dientes, no ha recuperado los incisivos que perdió, dicen las malas lenguas, en una pelea de bar por culpa de una mapache casada. Indy ha cambiado la dentadura por una lengua roja y ridícula que le da aspecto de rata con sed o de hamster rijoso, que es ya lo que le faltaba al bicho. Indy ya no es Indy, nos lo ha dicho el Cesid tras mucho investigar, resulta que el nuevo Indy es el hijo ilegítimo del antiguo Indy y es conocido ahora como Indy Jr. Es más oscuro, y el cambio de capa se debe a que su madre no era mapache, como el padre, sino mofeta; Indy Jr es por tanto un mapache mestizo, un mofache o mapeta. El padre, tras los ultimatums del Club para que cuidara la higiene personal y la dentadura, está al parecer en las Vegas haciendo de figurante en un musical que recrea Mars Attacks. Qué pena de mapache, dice la gente en los bares, cuando juegan a las máquinas y reco-ogen lo que les sale.

Salió el Atleti, y enfrente se encontró a un buen equipo, miren Vds por donde. Un equipo sin estrellas, con jugadores modestos y no muy conocidos que juega al fútbol siguiendo el modelo de otros equipos con plantillas de relumbrón. El Sporting, de nuevo arropado por una afición numerosa y bullanguera que siempre nos gusta que venga en tropel, jugó rápido y al ataque, dejó jugar e intentó hacer su juego, a ratos con éxito, casi siempre mejor que el Atleti. Jugó el Sporting cómodo en el centro del campo, combinando de primeras y lanzando ataques y, cree uno, no mereció llevarse tres goles. Pero se llevó tres goles, qué cosas, y si Agüero, un jugador enorme en un momento espectacular, llega a meter un par de ocasiones claras que se le fueron fuera o al larguero, se lleva cinco. Qué cosas pasan, qué cosas; qué cosa que Agüero, tras un partido inmenso, no marcara. Qué cosa que el Kun tenga más ganas de luchar, de agradar y de ganar que muchos jugadores limitados que no pueden ni por asomo pensar en acercarse a su inmenso talento. Qué jugada tras el saque de centro del segundo gol del Sporting. Qué suerte tenemos de que el Kun esté con nosotros, qué miedo nos da que se vaya, qué pena tener que resignarse a disfrutar de su juego mientras nos dure.

Salió el Atleti y lo hizo como siempre: con cuatro defensas, con dos medios centros, con dos interiores que juegan como extremos, con Agüero y con Forlán. Llama la atención que, desde Aguirre, el equipo juega igual. Alguna vez puso Aguirre un sólo delantero y le llamaron cobardica, nenaza y flojo. Abel llegó al banquillo diciendo bravatas con esa voz cavernosa de corista de Barry White y adelantó un poco la defensa, sin cambiar mucho más. Llegó luego Quique y se quedó ronco y perdió dos kilos y se puso una bufanda gorda y anunció sosiego y trabajo, y al final todo quedó igual. A Aguirre le afeaban que el equipo no defendía bien a balón parado, a Abel le afeaban que el equipo no defendía bien a balón parado, a Quique se le afea que el equipo no defiende bien a balón parado. A Aguirre le decían que el equipo estaba poco trabajado y que se replegaba sin orden, improvisando; lo mismo se achacaba a Abel y lo mismo se le achaca a Quique. A Aguirre le dijeron que necesitaba un medio centro creador, a Abel le dijeron que pusiera un medio centro creador y a Quique le dieron a Jurado y, después de verle unos partidos, le dijeron que por qué había puesto a Jurado si lo que hacía falta era un medio centro creador. El tiempo pasa, el debate continúa y ni la salida de Maxi, que coincide con la resurrección momentánea de Reyes y la posible llegada de Salvio, parece que arroje luz sobre el modelo a seguir.

Salió el Atleti y, acabado el partido, dejó claras pocas cosas. Dejó claro que las dudas que levanta Asenjo empiezan a ser del tamaño del Vicente Calderón, en especial tras el asombroso e injustificable penalti de ayer. Dejó claro que Perea ha optado por pegar patadones para evitar cometer fallos clamorosos. Que Domínguez sigue siendo de largo el central más solvente. Que Ujfalusi, que dio un sensacional pase al Kun por encima de la defensa rival y que participó con un melonazo en el segundo gol, debería jugar de central y no de lateral, por más que agradezcamos su querencia al ataque y su negativa a esconderse. Que Simão, tras el partido del jueves, debe seguir esa senda y que Reyes, más comprometido con el equipo, a veces siente la llamada del frenopático y persigue a un rival y le hace una falta de amarilla en mal sitio y mal momento sin que nadie se explique por qué. Que Forlán parece más entonado y ve puerta y que Ibrahim, todo esfuerzo, zancada, pundonor y ganas de recuperar la posición, necesita pulir su técnica por más que marcara un gol de mérito. Y dejó claro que Assunção juega más cómodo con Raúl García al lado, que Tiago aprovechó sus minutillos para dejar una buena impresión inicial y que el Atleti, que ganó un partido metiendo más goles de los que mereció encajar el rival, sigue teniendo un problema en la creación y en el centro del campo que por ahora soluciona el inmenso talento y hambre de Agüero.

Y es que salió el Atleti con la misma cara que contra el Recre salvo por un cambio importante, el de Raúl García en vez de Jurado. Contra el Recre Quique, piensa uno, quiso sacar un equipo ofensivo al máximo, algo que a uno le parecería bien si compartiera la idea de que el equipo ataca más y mejor con Jurado que con Raúl García. Jurado sigue sin encontrar su sitio a pesar de haber jugado en el Atleti casi la mitad de los partidos de Maxi, que se dice pronto; Raúl García quizás siga luchando por su sitio a pesar de dedicarse a arreglarle el sitio a otros, por más que la grada no parezca apreciarlo. Y es que Raúl García, de quien uno es admirador y partidario, ayer no hizo un buen partido; y, es más, uno se atrevería a decir que es casi imposible que Raúl García haga un partido completo cuando tiene que jugar como ayer. Raúl García puede que no sea un dandy del balón ni un excelente gambeteador, puede que deba dar más de sí y decidirse a tomar las riendas del equipo. Pero, cree uno, las carencias de Raúl García (que ahí están y no hay que ocultarlas ni negarlas) tienen su origen en un único defecto, un clarísimo punto débil en el jugador: la ausencia casi total de egoísmo. Raúl García juega en equipo y para el equipo, piensa en el equipo y no en él, tapa el agujero que dejó el compañero agotado tras intentar cinco regates a pesar de no tener fuelle para volver a su posición en caso de contraataque rival. Raúl García, que tiene defectos pero tiene también calidad y poderío físico y kilos y envergadura, podría quizás unirse a la dinámica ofensiva, buscar el brillo propio y dejar a otro a la intemperie en caso de contraataque, pero al hombre no le sale: faltar a su deber supondría darle ventaja al rival, y eso podría suponer una jugada de ataque clara para el contrario, y eso podría suponer un gol en contra, y eso sería malo para el equipo y lo que es malo para el equipo es malo para Raúl García, y eso lo tiene claro Raúl García y no lo tienen claro los demás salvo alguna excepción.Y ese celo en ayudar, esa consciencia del deber, ese poner por delante lo que el resto necesita parece una losa para el carisma y la presencia de Raúl García.

Da la sensación de que si se sometiera a plebiscito la presencia en el equipo de Raúl García sería sobre todo defendido por sus compañeros más cercanos en el campo, en especial Assunção. La diferencia entre el partido del jueves pasado, en el que Assunção se fundió de tanto correr y terminó expulsado tras defender más solo que la una por todo el campo, y el de ayer, en el que pudo hasta llegar a rematar un gol en la línea de la portería rival, quizás esté en que a su lado estaba Raúl apagando fuegos codo con codo en vez de mirando la manera en que salir en las crónicas. Quizás Raúl García daría más de sí con un centro del campo más comprometido con tareas defensivas, con un tercer compañero en su línea (dejando cuatro buenos jugadores para tres puestos arriba) que le permitiera ser el centrocampista de ida y vuelta que tanto gustaba a Aguirre. Quizás una media formada por Assunção, Raúl García y un jugador del corte que anuncia Tiago aportaría algo al equipo, pero como sabemos ningún entrenador tiene la intención de variar el dibujo que ideara el mexicano, quizás sabiendo que dicho cambio le privaría de la coartada del "esto es lo que heredé". Y quizás, también hay que decirlo, Raúl García no se haya ganado el derecho a que el dibujo del equipo se modifique para encontrarle un buen acomodo.

Y, vaya por delante, todo esto el día después de que uno se sintiera algo decepcionado por el partido de Raúl García de ayer, del que uno había esperado un partido sólido y brillante que dejara a las claras que Raúl García es un buen jugador que debería tener un papel más importante en el Atleti. Pero no fue así y, a día de hoy, uno teme que Raúl García acabe hartándose del Atleti o el Atleti de Raúl García y éste acabe formando parte de la plantilla de otro equipo que juegue más junto, más comprometido, más solidario, y si ese día llega quizás entonces echaremos de menos la solidaridad de un tipo al que la grada, cree uno, no respeta lo que merece.

- Hay que ver con qué intensidad defiende Vd a este hombre

- Es que uno, sépanlo todos, es un gran defensor de la gente con la nariz grande,

- Ya

- Bueno, todos salvo el Ramoncín pre-quirófano

- Hombre, normal.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Crónica doméstica del Tenerife - Atleti

Reflexiones sobre cómo el Atleti actual despierta el interés necesario para convertir un partido televisado en un zafarrancho de limpieza.


Anunció solemne la autoridad que iba a hacer un frío que pela del Cabo de Gata al de Finisterre y la afición colchonera, escamada y ronca desde el último partido en casa en horario nocturno, prefirió quedarse en casa a ver el partido. De haber prometido el Atleti espectáculo o contraataques de vértigo la afición habría quedado en bares y tabernas; de haber estado el equipo jugándose las opciones de encaramarse a la parte alta de la tabla habría quedado la afición en ambigús y cafeterías; de haberse tratado de un equipo formado por jugadores comprometidos con el equipo deseosos de dar una alegría a la afición, la hinchada habría quedado en disco-pubs, piano-bars y heladerías. Pero viendo cómo está el Atleti, contra quién jugaba, lo que el pasado reciente prometía y lo que el futuro razonablemente ofrece, la afición decidió no ir a establecimientos públicos y ver el partido en casa, ya fuera propia o ajena, por aquello de poder dedicarse a otra cosa en caso del previsible tostón supino y para evitar, en tiempo de crisis, pagar un cerro de euros por cada consumición de esas que saben a rayos cuando se ingieren viendo el repliegue al trote de Cléber Santana.

Se sentó pues la afición en su sofá y se puso una mantita en el regazo. Unos, tradicionales y austeros, optaron por una recia manta zamorana de esas que pesan y pican; otros, más snobs y algo pedantes, por suave manta escocesa de cuadros y fleco largo, pelo etéreo y elegante cincha de cuero para transportarla en coche de caballos; los más prácticos y expertos en travesías alpinas, ligera manta de forro polar fácilmente lavable, secable, doblable y transportable, indicada tanto para largos trekkings por Nepal como para atascos interminables; algunos, víctimas de la sociedad consumista u objeto de regalos siniestros, sintética manta con motivos rojiblancos y estampa de Indy, producto licenciado por el Club, confeccionada en material de esencia plástica de ese que, al mínimo roce, echa chispas. La afición, que no es tonta, situó a mano ora taza de té negro con leche - nunca de la ofensiva marca Hornimans -, ora tazón de caldo de puchero - con hierbabuena, naturalmente - y vasito de agua cerca para evitar la ignición de la lengua; otros preferían bien copa de cerveza fría en caso de hogares de calefacción potente, o bien, en el caso de bon vivants con desprecio por la climatología adversa, gin tonic en vaso ancho de vidrio fino, con bastante hielo, corteza de limón y una cucharita con la que darle pocas vueltas para mezclar los ingredientes sin eliminar el gas, con su correspondiente cuenquito de aceitunas manzanilla, gordal, de campo real o rellenas - de anchoa, naturalmente -, cumbres todas de la gastronomía, la liturgia del aperitivo y la cultura occidental misma.

De esta guisa se encontraba la hogareña afición cuando salió el Atleti. Salió el Atleti vestido de negro con esa camiseta nueva tan popular que por ahora no trae buen fario. La camiseta de marras ha gustado tanto a la afición que hay una gran demanda de la misma, hasta el punto de que se han terminado en la tienda oficial. ¿Y qué ha hecho el club al respecto? Nada. ¿Han repuesto las existencias? No. ¿Han caído en que quizás no estén respondiendo a las expectativas de la afición o en que quizás estén dejando pasar un buen negocio? En absoluto; el club no cae en estas cosas, faltaría más. A todo esto la afición, que ve cómo se aproxima el día de reyes y tiene que hacer un regalo a sus niños y cónyuge, decide comprar la camiseta en cuestión a piratas industriales con sede en países del lejano oriente que ofrecen productos casi idénticos a una décima parte del precio oficial. Conociendo a los gestores del Club, uno piensa que al conocer la situación no les dará por emprender acciones legales contra los falsificadores ni reclamar más stock a la empresa que le fabrica las prendas, sino que más bien valoren en breve la apertura de un taller textil clandestino en Laos para maximizar así sus beneficios. Menudos son estos.

Con el Atleti en el campo y la manta sobre las rodillas, se dispuso la afición a ver el partido con atención. Últimamente es complicado mantener la atención en los partidos del Atleti, reflexiona el aficionado, de hecho es complicado seguir la actualidad atlética dado que las únicas buenas noticias que el equipo nos depara tienen que ver con la enésima denuncia de irregularidades en la gestión del Club, los resultados de la cantera y la vuelta de Hele a la blogosfera. No es fácil seguir el tostón deportivo, es casi inevitable perder el hilo y ponerse a pensar en conceptos abstractos como la existencia de un ente superior, la relatividad como concepto superado o quién fue el primer hombre (más bien gran hombre) que se atrevió a comerse una gamba y qué hambre no tendría el tío. En un bar es aún peor, piensa el aficionado, el Atleti no atrae la atención y es más fácil perder el hilo y ponerse a pensar en cuánto dinero ha ganado ese señor en la tragaperras que emite la música de El Golpe, o de cuántas botellas de las que adornan la pared tras la barra pide una copa la clientela, en especial la de Cynar. En casa es más sencillo mantener la atención, piensa el aficionado colchonero, mucho más sencillo, dónde va a parar, en casa sí veré el partido con atención y sentido analítico, hombre por Dios, como en casa no se ve el fútbol en ningún sitio.

Dos minutos después del inicio marca Nino un gol que todo el mundo ve venir desde su casa a pesar de la manta, pero que nadie ve venir en el campo a pesar de estar todos en manga corta. Lo de siempre: balón que llega desde el lateral, nadie quiere saber nada en el área pequeña, el rival que la toca con comodidad, Cléber y Ujfalusi que observan el lance con aire de vaca que mira al tren. La llegada de un balón al área chica del Atleti viene acompañada de un prodigio nunca antes referido y bautizado por los expertos como el Síndrome del Increíble Balón Menguante. Es cruzar el balón la imaginaria línea vertical que separa el área grande de la chica y el jugador del Atleti ve cómo lo que antes era un balón de reglamento se convierte en una pelota de golf de color camuflaje. Nadie la ve, nadie acierta a distinguirla con precisión, nadie se atreve a pegarle una patada no sea que le pegue al aire y se rían de ellos en blogs y colas de peajes. Los rivales, por contra, sufren el síndrome contrario: llega la pelota al área pequeña del Atleti y se transforma, cosas de la brujería, en un balón de nivea de esos que tiraban desde un avión para que los señores batieran la plusmarca mundial de biathlon playero, prueba mixta que aúna carrera desde chiringuito y natación contra oleaje con reglamentario bañador Meyba. Mientras el defensor Atlético las pasa canutas para distinguir el balón, al rival le llega un globo aerostático, una esfera de esas en las que entraban dos o tres motos dando vueltas de campana, un planeta casi. Una vez más este año, el Atleti recibía un gol en contra en los primeros minutos gracias a un remate fácil en el área chica. Un poema.

Pasado el sofocón, cabreo y disgusto correspondiente, el aficionado bajo manta intenta ver un atisbo de reacción en el equipo. Nada. Mira la actitud de unos y otros. Nada. Sin poder evitarlo, le entra el sopor del que quiso huir. Mira a la pantalla pero nada de lo que en ella aparece atrae su atención e, inconscientemente, divaga. Piensa en que ya es hora de comprar un puff en el que apoyar los pies cuando está en el sofá, en que en esa esquina luciría mucho un poto de grandes hojas, en que en mala hora compró ese botellero hágalo-Vd-mismo con capacidad para cuarenta botellas, al precio que anda el vino. Juega el Atleti en directo y debe remontar un partido vital para alejarse del hoyo, pero el aficionado no consigue concentrarse. Sin darse cuenta, zapea y cae en una cadena en la que un pastor alemán policía resuelve un crimen pasional. Vuelve por disciplina al partido, pero antes ha pasado por la cesta de la ropa limpia y mientras el Atleti arma sin éxito un contraataque, dobla calcetines con un magistral movimiento de muñeca. Una vez vaciada la cesta, comprueba los cargos de la visa punteando en cada operación con un lapicito robado en la oficina, pone rectos cuatro cuadros y riega un cactus que mira por la ventana con un gesto vegetal que le hace pensar en sí mismo viendo a su equipo.

Marca el Atleti el empate tras una jugada que, tras la repetición, aún no se sabe si fue de mérito o de chamba, y el aficionado lo celebra poquito para no derramar la caja de clavos, tornillos y chinchetas que se afana en clasificar. Marca Jurado, quien juega el partido con dos medio centros defensivos por detrás en lo que la prensa y comentaristas llaman "su posición natural" y el aficionado reflexiona sobre si el término "natural", referido a Jurado, tiene el mismo significado que cuando se asocia a la palabra "piña", es decir, "posición natural en almíbar". Este pensamiento impulsa al aficionado a deshacer la cesta navideña y hacer una lista mental de aquellos familiares odiados a quien puede regalar las peladillas. Piensa también el aficionado en la molesta forma que tiene el comentarista de la Sexta de pronunciar "Ujfalusi", a quien se empeña en llamar "Iufalusi" o "Yufalusi" con la misma insistencia con la que pronuncia la palabra "rechazo". El partido avanza y el aficionado no consigue centrarse todo lo que le gustaría aunque, eso sí, ha sacado brillo a la plata y ha leído las instrucciones de la Thermomix.

Intenta el aficionado volver a concentrarse en el partido, pero no le es fácil. Piensa en qué impulsa a Asenjo a despejar siempre hacia el centro, en qué impulsa al entrenador a sacar a Perea y Juanito de centrales y sobre todo en qué impulsa al Quique Flores a no sacar a Raúl García y sacar en su lugar a Cléber. Piensa en por qué el medio campo del Atleti nunca sigue al atacante que se escapa por la banda y que levanta la vista desesperado tras desbordar a un defensor al ver que el compañero más cercano no ha arrancado aún desde el círculo central. Piensa en estas cosas cuando, al filo del descanso, el árbitro pita penalti. Penalti en casi el último minuto, tiene tela. Ve el aficionado cómo Perez Burrull saca una amarilla con esa cara a medio camino entre la expresión de triunfo por salir de cerca en la tele por su perfil bueno y la sobreactuación del que se cree en ese momento el centro del universo, aunque no sea ni penalti ni tarjeta. Ve el aficionado cómo Asenjo para el penalti y, aún así, no tiene claro si Asenjo es bueno o malo, un portero salvador o una fuente de problemas, un tipo bajito y cuadrado o uno muy alto y más cuadrado aún. Acaba el primer tiempo y el aficionado suspira aliviado, no por los nervios rotos sino por las ganas de ir a poner silicona a los azulejos de la ducha.

Empieza el segundo tiempo y la tónica (no en este caso la del gin tonic) es la misma. El Atleti no hace nada y el aficionado no consigue mantener la atención. Mientras el Atleti no hace nada, él está la mar de industrioso. A estas alturas del partido ha programado el dvd para todo el 2010, ha colocado un rodapié y dos de esos cuadros que se apoyan en el suelo durante meses hasta el punto de que a uno le resulta raro verlos luego colgados de una alcayata. Entre insulsos comentarios de Víctor Muñoz, quizás el ser cuya voz y discurso se corresponda menos con su aspecto, el aficionado va dejando la casa como un jaspe. Mientras pasa el plumero se pregunta qué les pasa a Maxi, Simão y Forlán, antaño garantía de peligro y solución a los problemas de la defensa y hoy meros espíritus deambulantes que permiten al rival sentirse cómodo adelantando las líneas. Piensa en cómo consigue Perea darse un cabezazo contra algo o alguien todos los partidos, y en qué aporta Sinama además de desesperación. Piensa en por qué Pablo siempre despeja en horizontal a la primera de cambio, y en que si no es por Asenjo en el segundo tiempo un recién ascendido le mete tres al Atleti. Piensa en el buen tiempo que hace en Canarias, en si quedan estropajos y en que hace mucho tiempo que debería haber cambiado de albornoz.

El partido va acabando y ya no quedan tareas domésticas por realizar: se han planchado camisas, pantalones y hasta el uniforme de húsar que se usa en las grandes ocasiones. Se ha ordenado la biblioteca por géneros, sub-géneros y, dentro de éstos, por orden alfabético incluyendo la Ch y la Ll, como Dios manda. Se ha ordenado el armario por colores que van del topo riguroso al granate mustio. Se han doblado convenientemente rebecas, chales y mañanitas. Se ha fijado la barra de la cortina de ducha, el armarito de la cocina y el gancho porta-salacofs, tan necesario. El partido acaba y la casa está hecha un primor, mucho más ordenadita, limpia y presentable que el equipo.

El equipo, reflexiona el aficionado mientras cierra un bote de Netol, sí que necesita ser saneado desde dentro. La podredumbre del club ha alcanzado de pleno a jugadores y técnicos, y si no no se explica el discurso victimista del entrenador, la desidia de jugadores siempre profesionales como Simão o Forlán o el interminable bache de Maxi. Los resultados que antes maquillaban los jugadores de arriba se presentan ahora con toda su crudeza, y los que con su inspiración o ganas tapaban las carencias de la defensa en tiempos de Aguirre ahora pululan por el campo con las ganas de agradar del que va al patíbulo tras una sentencia injusta. La ausencia de proyecto deportivo, de ideas claras, de objetivos sensatos, de dirigentes honrados y aficionados comprometidos va dando sus frutos y el equipo deambula de nuevo por lugares cercanos al descenso sin que arda Troya ni nada que se le parezca. La sombra de la salida de Agüero, el único referente en ataque esta temporada, y de Maxi, buen jugador y ex capitán convertido ahora en la sombra de su peor versión, tampoco parecen afectar a la afición, ya harta hasta de sí misma. Gamuza atrapa-polvo en mano, el apañado aficionado doméstico tiene cada vez más claro que esto requiere un zafarrancho de limpieza de los de darle con cepillo de dientes a las juntas de los azulejos o se cae el invento de una vez por todas.

domingo, 1 de noviembre de 2009

De lógica, desesperación y esperanza

Jugó el Atleti en San Mamés y, cuando la afición esperaba ver algo que le invitara al optimismo y al convencimiento de que ya está aquí la nueva era, casi nada cambió.


Tras nueve jornadas, que es un cuarto de la liga, el Atleti está en descenso. En descenso. Hombre, si esto no ha hecho más que empezar, no sea Vd cenizo, no es para tanto, la liga es muy larga, esto tendrá que funcionar más tarde o más temprano, ¿o es que cree Vd que no vamos a ganar ningún partido este año? ¿piensa Vd que ni el Kun ni Forlán van a volver a marcar nunca, piensa que este año todas van a ir al palo? Tranquilo, hombre, son rachas, ya cambiarán, el Atleti es así, el sábado sin ir más lejos se juega en casa contra el otro equipo grande de la capital y el Atleti, que hace lo que nadie espera por más que ya esperemos que haga exactamente lo contrario de lo que sería lógico esperar, lo mismo gana. Y además, ¿qué esperaba Vd? Quique lleva horas, HORAS como entrenador, no ha tenido tiempo de cambiar nada, no esperaría Vd un cambio radical, ¿no? No, uno no esperaba nada, uno sabe que llevamos poco tiempo de liga y que hay tiempo para enderezar las cosas y que con esta plantilla quizás no se pueda esperar tanto como nos han vendido pero tampoco hay que pensar que nos vamos a Segunda así de sopetón, pero cuando uno abre el periódico y se va a la clasificación de Primera tiene que bajar mucho la vista, y pasar de largo los puestos agradables y seguir bajando el cuello y pasar la tierra de nadie y el lugar donde se hace feo y seco el paisaje y aún así hay que seguir bajando y bajando hasta los puestos que están en rojo porque, tras nueve jornadas, que es un cuarto de la liga, el Atleti está en descenso. En descenso.

En fin. Llegaba el Atleti a San Mamés, que es un estadio que, en contra de lo que cuenta la leyenda, a uno le gusta especialmente porque no sólo está en el centro de la ciudad sino que además cuando uno ha ido por ahí le han invitado a aperitivos, digestivos y copas largar sin dejar espacio a la negativa, y la cosa no pintaba bien, pero tampoco mal. El Athletic no estaba en buen momento y el Atleti debería aprovecharlo. La llegada del nuevo entrenador siempre ayuda a intentar ver las cosas un poco mejor que antes, y si la prensa colabora pues ya ni les cuento yo a Vds. Tras el partido de copa contra el Marbella la prensa hablaba de mejoría y de cambio y de aires nuevos y hubo quien habló de revolución, y no crean que es esto una chanza que hace el que suscribe, no, no, qué va, hubo quien habló de revolución y se publicó y todo y ni se rieron en la reunión editorial ni despidieron al autor del artículo ni le tiraron el ordenador por la ventana ni le pegaron en la espalda un cartel que ponía “humorista”. Nada de eso, eso no, pero hombre, ¿en qué mundo vive Vd?

En fin. Llegó el Atleti a San Mamés, que es un estadio viejo pero con solera que van a echar abajo como tantos otros para construir un nuevo estadio, más cómodo y moderno que permita a los socios estar más contentos mientras ven a su equipo. Y no lo harán en la otra punta de la ciudad ni al lado de una rotonda atascada ni cerca de una zona urbana que no tenga nada que ver con el equipo, no. Tampoco lo harán de forma chusca y de semi-tapadillo, firmando convenios que luego deban ser refrendados por cartas de intenciones sujetas a la confirmación de las partes por medio de un protocolo de más intenciones que en algún momento deberá cristalizar en un plan urbanístico, sino contando lo que hay dentro de lo poco que se cuenta en este país. Tampoco irá adornado el traslado del estadio con la foto de un alcalde posando junto a un par de señores condenados por un juez precisamente por quedarse por la patilla con ese estadio que ahora venden por treinta monedas, ni lo hará un alcalde conocido por meter a su ciudad en líos monumentales para su mayor gloria personal, ya sea a costa de la salud de sus ciudadanos, de la fealdad de sus calles, de destrozar lo poco que quedaba de buen vivir en la zona o de achicharrarlos a impuestos. San Mamés se irá abajo y a pocos metros nacerá otro estadio que permita a la gente ir al fútbol como siempre, pero más cómodos. A pocos metros. Más cómodos.

En fin. Salió el Atleti vestido de negro y con un pantalón rojo con ribetes azulitos y ante este inicio descriptivo uno se esperaría medias verdes con la vuelta naranja pero no, no fue así, las medias eran rojas, miren Vds. Salió el Atleti con un nuevo entrenador y la alineación y el dibujo de siempre, algo lógico dado el poco tiempo que ha tenido el hombre para conocer a los jugadores, lo cortito de la plantilla y lo triste del banquillo. Salió en fin el Atleti con los de siempre más o menos, con lo que ello supone: durante la temporada del Doblete hablábamos de los de siempre y se nos iluminaban los ojos y pensábamos si preferíamos a éste o a aquél con la inocencia de los que aún no conocíamos del todo a los que llevan el club y nunca habríamos sospechado que la mitad de ese equipazo sería defenestrado poco después; ahora sin embargo hablamos de los de siempre y nos encogemos de hombros y ponemos cara de decir pero qué quieres tú, es lo que hay, no hay más, fíjate que yo habría sacado a los mismos más o menos, es lo lógico.

En fin. Esperaba la afición algo que le hiciera notar la mano de Quique y durante los primeros minutos el Atleti presionó más arriba, apareció más junto y plantado de una forma algo diferente a los últimos partidos, con más intensidad, con más apoyos. Todo esto, durante quince minutos, no crean Vds que se pasó así la noche el equipo. Si a los doce minutos Maxi llega a meter dentro un balón que se le fue al poste tras un fallo del portero rival, o si entra el tiro de Agüero de después, quizás estaríamos hablando de otra cosa. Pero no sólo pasó eso sino que pasó lo contrario, y pocos minutos después marcó de cabeza el Athletic en la primera que tuvo. Pasó, cómo no, a balón parado. Pasó, cómo no, en el segundo palo y tras una falta lateral, como contra el Mallorca, lo ya casi lógico. Pasó que Javi Martínez, un jugador de veintiún años que ha pasado de ser interesante a ser interesantísimo, remató con cierta facilidad y bastante autoridad un balón que llegaba a la zona que Maxi, que intentó llegar con un saltito, y Raúl García, que se vio arrollado por un rival más alto que llegaba en carrera, defendían con algo de blandura. Uno cero, normalmente habría tiempo de remontar, normalmente se debería seguir igual, normalmente un equipo que quiere hacer cosas grandes encaja un gol sin que por ello se caigan todos y cada uno de los palos del sombrajo. Pero esto es lo que ocurre normalmente, oiga, no siempre, que eso sería lo lógico.

En fin. Ocurrió que el Atleti jugó el resto del primer tiempo apabullado por el Athletic, sin dar abasto para controlar a un rival que no aportaba más que kilómetros y entusiasmo gracias a conocer sus propios límites y a una grada que también los conoce y aporta lo que puede. En el Atleti el centro del campo corría y corría sin mucho sentido y Assunção se llevaba una amarilla que supone su ausencia en el próximo partido y, de paso, un problema gordo para el entrenador. Parecía que Raúl García debía llevar más peso del juego, pero la presión del rival le impedía tener el tiempo suficiente para darle algo de aire al juego local. Delante, Maxi aparecía de la nada como en él es costumbre, pero entre aparición y aparición su aportación era discreta. Agüero lo intentaba sin descanso como suele ser norma en estos últimos partidos, pero como también viene siendo norma el Kun se ve más lento, menos explosivo de lo que necesita, incluso con menos confianza en él mismo de la que tenía hasta ahora. Para colmo de males Forlán, el jugador que hizo un partido asombroso hace no mucho tiempo en ese mismo estadio, jugaba mal, dando la mayoría de pases al contrario, corriendo sin sentido, lejos del jugador con criterio constante del año pasado. Y si en un equipo limitadito ya de por sí los buenos no juegan como acostumbran ni contagian al resto ni les salen las cosas pues se acabó, la desesperación total, apaguen y vayámonos, que es subjuntivo.

En fin. El segundo tiempo fue engañoso. Engañoso porque pareció que el Atleti jugó mejor, cuando lo que en realidad ocurrió es que el Athletic desapareció de la faz de la tierra. Agotado, el equipo local se limitó a capear el temporalillo, la marejadilla que no llegaba ni a mar arbolada ni a marejada siquiera, un oleaje tímido en el mar de Alborán, la onda creada por la piedrecita lanzada al lago por el Atleti. Es cierto que el Atleti pudo ganar, pudo marcar al menos dos veces si los palos se mueven un poquito en el momento oportuno, uy uy, yo me quito de aquí que ha tirado Forlán, para una que le sale bien no voy yo a quedarme quieto. Pegó un palo Forlán y pegó otro Agüero, pero ni así marcó el Atleti ante un rival muy limitado. El segundo tiempo sirvió para varias cosas: sirvió para hacer de la mala suerte una coartada a los menos críticos y para convencer a los delanteros de que sigan intentándolo. Sirvió también para alimentar el debate sobre los porteros, en el que la afición no sabe bien cómo alinearse. Cada portero, sea De Gea o Asenjo, consigue con sus actuaciones que la grada se plantee si no es mejor que salga el otro: éste no sale por alto, éste sale demasiado, éste duda en las salidas, éste sale y hace penalti, éste es sobrio pero quizás se crea mejor de lo que es, éste es un palomitero y se fía demasiado de su plástico salto lateral. Asenjo hizo cosas bien y Asenjo hizo cosas mal, pero mucha fe hay que tener en el chaval para afirmar que transmite la seguridad necesaria como para espantar debates. Si a esto se le une el lastimoso estado de Antonio López y el baile general en el centro de la defensa (ayer sin Domínguez pero con Pablo y Juanito; el segundo, invisible y el primero, quizás llamado a tapar a Llorente, rápido al corte y obtuso en el despeje, empeñado en mandar balones a la grada en situaciones en las que los centrales solventes salen jugando y recuperando la iniciativa para el equipo), la añorada seguridad defensiva se antoja lejana. Pero así están las cosas, y si no hay equipo y no hay banquillo y no hay tiempo para hacer cambiar las cosas y además no hay puntería o suerte, la cosa se pone fea. La desesperación ante la inoperancia de la delantera que era de garantías hasta hace poco, la desesperación ante la portería que creíamos bien cubierta y que ahora parece llena de agujeros, la desesperación del calendario que viene.

En fin. Por si esto fuera poco, el martes llega el Chelsea, que además lo hace en buen momento. Y el sábado llega el otro equipo grande de la capital, ese que últimamente suele marcar en los primeros cinco minutos y dejar a la grada con cara de tonto. Para ese partido no estará Assunção, indiscutible en los últimos tiempos sea por sus prestaciones o por la ausencia total de alternativas. En un partido en el que habrá que atar corto al centro del campo rival, el Atleti pierde uno de sus puntales defensivos más fiables. El nuevo entrenador tiene una semana para desfacer el entuerto planteado, para ver si juega con Cléber y su querencia al espacio vacío o con Jurado (cuya presencia en esta crónica es proporcional a su trascendencia en el partido de ayer) y su querencia al espacio vacío y el pase al rival. Quizás se acuerde de Camacho, otra víctima del síndrome Domínguez, canteranos llamados a jugar un único partido de vez en cuando, siempre un partido difícil. Los precedentes, la dinámica del equipo y la falta de puntería de los delanteros no invitan al optimismo. Precisamente por ello, precisamente por que siempre esperamos que el Atleti haga lo que nadie espera por más que ya esperemos que haga exactamente lo contrario de lo que sería lógico esperar, seguiremos creyendo y pensando, en contra de toda lógica, que quizás gane el miércoles y el sábado.

En fin.

lunes, 5 de octubre de 2009

Sobre esas discusiones que inundan los graderíos

El Atleti ganó su primer partido de liga contra un recién ascendido, lo que se antoja insuficiente para la gran cantidad de conclusiones que se están sacando tras semejante acontecimiento.


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Llegan un rato antes que el resto para evitar el follón y estar cómodas en su sitio antes de que empiece el partido, sin empujones ni prisas de última hora. Suelen ir muy bien peinadas y llevan pendientes y un bolsito pequeño que ponen en el regazo, y algunas no sueltan nunca las asas no sea que se les caiga. Algunas quizás no sean abonadas, pero aprovechan si su hijo no puede ir y se sientan tan contentas tras limpiar con un papelito el asiento mugriento con el que el Club les da la bienvenida. Quizás no sepan de táctica y de estrategia y del cuatro cuatro dos, pero saben de historia y de rabia y de ganas de ganar y de ganas de agradar, que es mucho más importante. Puede que no sean eruditas pero sí son forofas, y entablar una discusión con ellas es garantía de fracaso para el antagonista, que además de perder el asalto se puede llevar un bolsazo. Siempre llevan una rebequita que combina con la camisa, por si refresca, y un abanico, por si hace calor; cuando llueve o hace mucho frío, siempre llevan una manta y siempre, siempre, otra de repuesto por si le hace falta a algún vecino de localidad despistado. Se alegran cuando marcan los jugadores guapos y sobre todo cuando lo hacen los más jóvenes, los debutantes, los que más cuidado requieren, porque les recuerdan a sus propios niños cuando jugaban por el patio con la camiseta rojiblanca recién estrenada el día de Reyes (Magos). Acompañan los ataques rivales con un uuuUU y las buenas acciones locales con un aaaayy ay uuuyyyy, y cuando el equipo marca no se levantan y gritan sino que se quedan sentaditas en su asiento, discretas a pesar de estar tan contentas como el resto, aplaudiendo con las manos muy abiertas y muy paralelas. Tejieron la primera bufanda rojiblanca de sus hijos y les gustaría hacer lo mismo con la del nieto, aunque este lleve piercings y prefiera una bufanda industrial con motivos bélicos.

A ellas, mamás y abuelas rojiblancas, matriarcas de largas y orgullosas estirpes colchoneras, va dedicada esta crónica.
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El sábado, que era uno de esos días otoñales que da gloria pasar en Madrid de terraza en terraza y de calle en calle, jugó el Atleti a las veintidós horas. Las diez es una hora muy mala, demasiado temprana para ir cenado, demasiado tardía para no irlo. Las televisiones tienen estas cosas, y a los clubes les da igual que a esas horas lo aficionados de fuera de Madrid se vean condenados a llegar a casa a las tantas, que los aficionados con niños tengan que buscar a alguien para encasquetar a la prole o que la afición en pleno se debata entre comer antes, comer durante o comer después. Hay empero otros partidos que se celebran bajo un sol de justicia, a las 12 del mediodía, a los que se puede ir con niños vestidos del Betis y tras los que uno sale del estadio morenito y en el momento justo para ir a tomarse el vermouth; estos partidos, estupendos, tienen el inmenso problema de que en ellos no juega el Atleti.

El caso es que a la tardía hora de las diez de la noche empezó un partido de fútbol en el Vicente Calderón. Salió el Atleti vestido de Atleti y salió también el Zaragoza vestido de señor que cambia una rueda, y si llega a jugar el Zaragoza de esa guisa contra el Betis que visitó Vallecas se hacen colas en el servicio de transplante de córneas. Antes del partido se hizo entrega a Forlán de la Bota de Oro de la pasada temporada, galardón que presentó al respetable entre suspiros de la parroquia femenina y estruendosas ovaciones de la muchachada en general. Coincidiendo con la presentación del trofeo se desplegó en el fondo Sur una pancarta en un idioma desconocido que, gracias al traductor de gúguel, hoy sabemos que rezaba "Exigimos abdominales para todos".

Vaya por delante lo siguiente: al que suscribe el Atleti le gustó más que en los últimos partidos y, aún así, no le gustó. El Atleti se enfrentó al Zaragoza, equipo recién ascendido en cuya sala de máquinas juega Gabi y en cuya punta juega Arizmendi, jugadores ambos con pasado colchonero y unanimidad en cuanto a su falta de calidad para jugar en el Atleti. También juega en el Zaragoza Pavón, pero de eso no hablaremos para evitar entrar en disquisiciones ofensivas. El caso es que el Atleti, que en general mejoró, dejó claro que está lejos de ser el equipo que queremos que sea. Tuvo menos problemas en defensa, pero no tuvo la contundencia que debe exigirse; mejoró el centro del campo, pero jugó con más mediocampistas y no tuvo enfrente un rival con galones; el ataque no estuvo fino, pero Forlán y Agüero se han ganado el beneficio de la fe y la esperanza. El Atleti mejoró, sí, pero aún así al final del partido el aficionado de a pie, el que no firma crónicas ni se ve obligado a ver brotes verdes a cualquier precio, volvió a casa con rictus escéptico, los hombros encogidos y aire de decir uy uy uy no sé yo, no sé.

Salió el Atleti con Ujfalusi de lateral derecho y con Perea de central junto a Juanito. Juanito, que puede que no sea el central ideal, va cumpliendo. Con él ha mejorado la seguridad por arriba y quizás han empeorado un poco otras facetas defensivas. Juanito parece estar concentrado y en su papel, pero compensa sus aciertos en la anticipación con un toque de balón sorprendente con el que consigue convertir un despeje simple en una curva de perfil campana de Gauss inversa muy molesta para sus compañeros de línea. Pero Juanito, que tampoco es la panacea, parece que hace valer esa pinta de Cabo Primero de artillería que tiene y va ganando puntos. Por su parte Ujfalusi, que lo hace bien casi siempre, lo hizo una vez más bien y dejó en evidencia al resto de jugadores que optan a la banda derecha de la defensa a pesar de hacer un penalti que en el campo no pareció y en la tele, más. A Ujfalusi le pasa lo mismo cuando juega de central, puesto en el que también suele ser el más competente de la línea y dejar en evidencia al resto a la primera de cambio. Ujfalusi, que ha tenido y tendrá algún fallo garrafal, es un jugador constante con un nivel de juego normalmente de notable alto que saca el balón con autoridad y contribuye al juego colectivo con generosidad: todo esto no es aplicable a muchos jugadores de la actual plantilla, por cierto. El caso es que el partido de Ujfalusi contrastó con el de Antonio López, despistado y fuera de sitio en muchas fases, poco combativo y con poca aportación. Como las cosas son así, cuando más criticaba el que suscribe a Antonio López marcó éste un gol con sabor a enváinesela-Vd-oiga, un gol de esos que alegran porque conllevan el dulce sabor de la palabra propia tragada. Eso sí, momentáneamente, porque la sensación que deja el lateral izquierdo en lo que va de temporada dista de tranquilizar al personal, sobre todo cuando no existe alternativa fiable por el momento.

En cuanto al capítulo ofensivo, uno percibió una mejoría en las prestaciones de Simao, que tampoco nos dice mucho vista la floja tendencia del portugués durante los últimos partidos. Forlán lo intentó desde lejos con menos precisión que en su asombroso tramo final de la liga pasada y el Kun se mostró de nuevo peleón y algo impreciso. Maxi, que salió en el segundo tiempo, aportó pocas cosas pero alguna buena, a pesar de haber fallado una ocasión clara que, todo hay que decirlo, también él contribuyó a crear con su instinto y llegada. Salió Reyes, ovacionado de nuevo tanto en el calentamiento como al acercarse a un corner: hay cosas que uno no entiende, incluso cuando Reyes lleva un par de partidos haciendo las cosas mejor, que tampoco era difícil.

Quedan para el final las reflexiones sobre los dos elementos que centran los debates de la hinchada: la portería y la media. El primero está marcado por la irrupción de De Gea. De Gea, de quien se esperaba muchísimo, pasó por una fase mala el año pasado que le hizo perder partidarios, galones y la titularidad de la selección y el Atleti B. Pero De Gea, qué cosas, ha aprovechado su oportunidad estupendamente y ha firmado dos buenos partidos con el Atleti nada más volver al ojo del huracán. Contra el Zaragoza hizo un penalti claro que él mismo paró, adelantándose con decisión a un tiro centrado pero muy fuerte. Encajó un gol de penalti, que tampoco pasa nada, pero sobre todo transmitió una sensación que se presupone a los porteros pero que escasea entre los que defienden la portería del Atleti en los últimos tiempos: la seguridad. Tanto por alto como por el pie De Gea da la impresión de estar en el sitio oportuno y no dudar, de no necesitar varios toques para controlar un balón con el pie y de no necesitar más que un grito para dejarle claro a toda la defensa que el balón que llega alto es suyo y sólo suyo. En un equipo que últimamente se caracterizaba por tener porteros mudos, un portero que le dice al resto dónde está y dónde deben estar es todo un acontecimiento. De Gea hizo además alguna buena parada y se fue entre ovaciones del campo escoltado por los dos más veteranos de la defensa, Ujfalusi y Juanito, que fueron a recibirle a los medios cuando volvía de recibir la ovación del fondo Sur en un bonito gesto que les honra. Las ovaciones y vítores dejaron clara las ganas de la grada de tener ídolos hechos en casa mientras que, qué cosas, en el palco se podía observar la curiosa mutación de algunas pupilas, pasando su forma de circunferencias perfectas a símbolos del dólar en cuestión de segundos.

Pero la afición atlética, lejos de alegrarse por la buena nueva, ha tardado poco en llevarse un sofocón. Si De Gea es bueno ... ¿qué hacemos entonces con Asenjo? La afición atlética gusta de estos dilemas y a veces prefiere adelantar el debate a disfrutar del momento. Es más, la afición ya da muestras de división entre partidarios de uno y otro portero; es más, como viene siendo tradicional, los partidarios de uno son además detractores furiosos del otro. Los asenjistas achacan a De Gea su pasado dudoso y su carácter inestable, le perciben como una amenaza para su preferido y optan, ya hoy, por su venta a cualquier precio. Los degeístas, por el contrario, abogan por la titularidad inmediata para su protegido, que para eso es de la cantera, y por la defenestración inmediata de Asenjo, por palomitero y por irse a jugar el mundial sub-20. Como respuesta, los asenjistas se empadronan en Palencia y se apuntan al gimnasio y los degeístas se tiñen de rubio, se dejan patillas y piden Licor 43 con naranja en homenaje al dorsal y la camiseta de su ídolo, como apuntó ayer uno de esos tipos con talento que pueblan la grada de lateral. Otros, que se acuerdan del pobre Roberto, prefieren esperar algunos partidos y ver cómo responde Asenjo a la presión, si De Gea es consciente de su corta edad y de lo que le queda por delante, y se asombran por lo rápido que ha cuajado el debate entre la grada y lo poco que dura la alegría entre la abnegada afición colchonera.

Pero el debate gordo, la madre de todos los debates, tiene por protagonista a Jurado. Jurado jugó el sábado en sustitución de Maxi, con Assunçao y Cléber por detrás y Simao, Kun y Forlán por delante. Jurado jugó bien, quizás no tan bien como dice la entusiasta prensa ni tan mal como dicen sus ofuscados detractores. Jurado jugó en su sitio, que no se sabe qué sitio es aunque para los efectos del presente artículo nos referiremos al mismo como demarcación de mezzo-soprano. Jurado metió un buen gol, templando un balón tras una serie de rebotes cómicos, e hizo un pase excelente que no acabó en gol de milagro, lo que uno espera de un mezzo-soprano como Dios manda. Jurado también perdió balones, como viene siendo habitual, pero contó esta vez con más ayuda de Assunçao, muy perdido en los últimos partidos pero con síntomas de recuperarse de la morriña que le produce la ausencia de Raúl García. No contó con mucho apoyo de Cléber, eso sí, que anduvo de lado a lado cuando no tenía el balón por más que disimulara cuando sí lo tiene. Jurado, todo hay que decirlo, ha aprovechado la oportunidad que le brindaba el mal momento de Maxi y Simao para reclamar una poda en el jardín de los cuatro fantásticos y pedir para sí la atención que la afición lleva poniendo los últimos años en la enigmática figura del mediapunta, ese ser mitológico con cerebro de científico y cuerpo de fondista que parte de la prensa reclama como solución a todos los males del equipo, incluidos la caries, la alopecia y el flato.

La afición, presta al debate, se encuentra de nuevo dividida. Los Juradistas aprovechan el mínimo logro de su ídolo y pasean orgullosos entre las huestes de Anti-Juradistas sacando la lengua y diciendo ñe-ñeñeñe-ñé. Por su parte, los Anti-Juradistas afilan los cuchillos en silencio, esperando el próximo partido en el que Jurado desaparezca tras dos detallitos y medio, lo que sin duda ocurrirá. A los primeros se unen, oportunistas, los Anti-Maxistas para así crear un frente Juradista-Anti-Maxista difícil de definir y de justificar; los Anti-Juradistas se convierten por efecto simpático en Maxistas, conformando el frente Maxista-Anti-Juradista, entente interina condenada a la división interna. A todas estas variables se unen, según en qué caso y qué foro, los Raulgarcíistas y los Cleberistas-Leninistas, estos últimos escasos y con bigotito. Los Assunsaístas, normalmente discretos y con la cabeza gorda, por el momento gozan del privilegio de no tener que alinearse, aunque notan presión de los Anti-Simaístas que empiezan a asomar la cabeza con gran riesgo, por cierto, de llevarse un golpe de mazo que los devuelva a la cueva. Se salvan de la quema también los Agüeristas y los Forlanistas o Uruguashistas, quien sin embargo se verán obligados a tomar partido en cuanto el Kun engorde un kilo o Forlán caiga en una racha negativa. Mientras tanto, los escasos Reyistas aplauden a rabiar mientras el líder de su grupúsculo se acerca a un corner con su característica sonrisilla me-da-iguá-tó. Aprovechan la coyuntura para meter cabeza en la polémica los Migueldelascuevístas, secta minoritaria que viene de abrir un templete en Gijón, y los Diegocostistas Ortodoxos de los Últimos Días, tipos algo rudos y mal encarados pero con cierto talento.

Entre todos propone el club convocar un gran torneo de lucha en la modalidad todos-contra-todos, a disputarse en las obras del futuro estadio olímpico, quizás en alquiler hasta 2078 y más tarde en usufructo del que serían beneficiarios el Club y Egeda en régimen de custodia compartida. En dicha magna pugna estarán permitidos recursos pugilísticos de todo tipo como el sopapo a rotabrazo (arma preferida de los Raulgarciístas Moderados o Navarro-Todocampistas Tradicionalistas), el cabezazo frontal (que caracteriza a los Assunsaístas más aguerridos) o el pellizco de monja (recurso propio de Juradistas, ya sean Anti-Maxistas o Maxi-Escépticos). El jurado (qué ironía) del torneo, que recibirá el nombre de Trofeo Hellboy Rumble in the Jungle II, estará compuesto por el consejero delegado del club, dos hermanos y una hermana de éste, dos sobrinos de esta última, el presidente de la entidad y Gonzalo Miró, que también presentará la gala ataviado con una camisa blanca por fuera del pantalón y una gran pajarita negra que, en momentos especialmente jocosos, podrá hacer girar sobre su eje accionando una perilla que llevará oculta en un lugar secreto próximo a sus nalgas. Como premio, al campeón se le entregará la cabeza del entrenador que él decida clavada en una pica y el Privilegium Olandi, que confiere a su titular el derecho exclusivo de iniciar la ola de la afición cuando tenga a bien, por ejemplo en el caso de un empate in-extremis contra el penúltimo clasificado, o cuando se anuncie la candidatura de la ciudad de Madrid como sede de la Feria Internacional de Ganado Clónico, a celebrarse en 2100. Ya les digo yo que lo vamos a pasar estupendamente, oiga.

lunes, 1 de junio de 2009

Tanguillos del año salvado

Terminó el Atleti cuarto y clasificado para la Champions en un año en el que se pudo acabar peor y se debió acabar mejor. Pero al final se rascó algo, se consiguió un poco de alivio y se cerró una temporada que nos venderán como un gran éxito cuando, analizando todo lo ocurrido, parece más bien la demostración de un fenómeno futbolístico como Forlán .

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Cuando, en un día ya veraniego más que primaveral con bochorno tropical de esos con los que a veces nos premia Madrid, apareció una nube negra negrísima con cara de poner pingando a aquellos que osaran pasar un rato a la intemperie, el aficionado veterano lo tuvo claro. Pudo llover a las ocho, y pudo llover a las siete. Pudo llover a las once, o a las doce, o incluso no llover. Pudo llegar el viento y llevarse la lluvia a Aranjuez, o pudo invertirse el efecto de la sierra y que la tormenta se quedara en El Escorial, tomando algo por el monte Abantos. Pero no, ya sabía el aficionado veterano lo que iba a pasar, ya tenía claro el atlético de corazón que sólo había un desenlace posible. Y no se equivocaban, y así sucedió y así, en efecto, cuando podía haber pasado cualquier otra cosa, cuando el cielo podría haber tenido algo de compasión por la afición congregada en el estadio, cuando la afición podía haber esperado un guiño de la naturaleza, pasó lo que se veía venir: que a las nueve en punto, con toda la grada llena, con el partido a punto de comenzar, con la hinchada en manga corta y sin paraguas, con las señoras recién peinadas de peluquería y los niños sin chubasquero, se puso a llover a cántaros, y lo hizo durante toda la primera parte. Pudo no ser así, pudo esperar el cielo un rato o bien adelantarse o bien renunciar del todo, pero no fue así. Y lo malo es que, los que llevamos tiempo en esto, teníamos claro que podíamos correr pero no escondernos, que podíamos rezar a San Antonio o llevar huevos a las clarisas, pero que la suerte, con una nube negra como el historial de Pitarch en medio del cielo, estaba echada. Echada en lo meteorológico, gracias al tradicional cenizo rojiblanco, y echada en lo deportivo gracias a la nutrida asistencia de niños-talismán que ocuparon la grada, en especial cuatro, tres niños y una niña, que acudieron juntos tras hacer acopio de fanta naranja en un bar del Paseo de Pontones

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Salió el Atleti en medio del chaparrón, y salió también el Almería vestido de cualquier otro equipo, la verdad. La grada buscaba un paraguas o un chubasquero o una plástica mantita rosa como la que hizo famoso al que suscribe aquella tarde de invierno, pero había poco con lo que resguardarse. La gente buscaba también en el banquillo rival al técnico visitante con ganas de decirle lo muchísimo que se acuerda esta afición de su Sra Madre, pero este no salió en toda la noche de su cubil, quizás con pocas ganas de repasar su árbol genealógico en esta ocasión tan poco heráldica.

Salió Leo Franco en su último partido con el equipo y no se tuvo la sensación de que se fuera nadie importante; quizás no fuera justa una despedida tan comedida para alguien que ha hecho buenos y malos partidos pero que últimamente ha sacado bastantes castañas del fuego, aunque nunca ha logrado ganarse el respeto ni el cariño de la grada. Salió también Pablo, quien volvió a jugar bien y volvió a dejar dudas sobre si es tan malo como a veces parece o si es bueno, como parece otras. Salieron Heitinga de lateral y Ujfalusi de central, y ambos dejaron claro que están bien en su sitio, sobre todo si el rival es tan blandito como ayer. Salió también Pernía en lo que probablemente fuera su último partido con el Atleti por petición de la grada, quizás mayoritaria y quizás poco justa. Salió Pernía y tocó el último balón que tocó el Atleti en la temporada entera tras un buen partido y algunas muestras de cariño de la grada, quizás tardías, y lanzó el balón a la gente y cambió la camiseta y se fue para la caseta mientras el resto del equipo agradecía a la afición el apoyo. Quizás por no tener mucho que agradecer sino más bien lo contrario se fue Pernía solo por el vestuario buscando la ducha e irse a su casa a comerse un helado. Alguno le ovacionó mientras salía y uno no sabe si se fue con pena o con alivio, pero sí tuvo la sensación de que se iba alguien con quien no se había sido justo, y esta vez ya sin quizás, ya con toda seguridad.

Jugaron por delante de los anteriores el siempre irrelevante Sinama, y también Assunção y Raúl García, ambos entonados, el primero bien colocado y el segundo trotón y con carácter además de goleador. Marcó Raúl García de cabeza tras una falta bien lanzada por Maxi, quien hizo un partido notable con aspecto de joya en medio del barrizal de sus últimas actuaciones. Maxi, notable en todo pero especialista en pocas cosas excepto en su llegada prodigiosa en segunda línea, ha hecho un año por debajo de sus condiciones y trayectoria, aportando menos de lo necesario y quedando a veces en evidencia ante las actuaciones de los otros tres responsables del ataque del equipo. Maxi, que suena en las quinielas como uno de los posibles traspasos hacia un equipo de campanillas aprovechando que su reputación sigue intacta, quizás también haya jugado su último partido como local en el Calderón. Quizás también se haya ido por la puerta falsa, tras algunas críticas y pocos reconocimientos, tras muchos kilómetros recorridos y muchos goles vitales, tras oír su nombre coreado tras los buenos partidos y demasiadas críticas en los momentos bajos, tras poner su cara a los anuncios en los que el Club pide sumisión y falta de crítica a una grada que este año sí estalló, y con razón. Se irá Maxi, quizás, y nos acordaremos de él como un gran jugador que nos dio grandes momentos y con el que no tuvimos la palabra amable que merecía, una vez más.

Jugó también Agüero, quien marcó un gol increíble e hizo un control de balón igualmente increíble en el segundo tiempo. Agüero, quien reconoció recientemente que en algunos partidos no había dado todo lo que tenía, trabajó para sus compañeros y dejó claro que es capaz de hacer lo que muy pocos jugadores del mundo pueden llegar a soñar. Pero Agüero, estrella en potencia si es que no lo es ya, no ha lucido con la fuerza de su compañero de ataque, el máximo goleador de Europa, el tipo que ha conseguido que se formen colas de colchoneros ante el consulado del Uruguay con el único objetivo de darle vivas a la madre que parió al embajador, al cónsul, al que tiene los documentos que demuestran que Gardel nació en Montevideo y al primer profesor de Francescoli. Forlán, que ayer volvió a marcar un golazo de esos que se saca de donde menos se espera, terminó ovacionado al ser sustituido, proclamado pichichi y bota de oro tras competir contra otros jugadores que sólo tienen la misión de rematar a puerta vacía o que tienen detrás cinco o seis jugadores capaces de darle un pase de gol de esos que sólo hay que empujar dentro. Forlán, que quizás también juegue lejos del Calderón el año que viene si nadie con seso lo remedia, ha dejado esta temporada muescas de jugador grande en la memoria de la afición, destellos de profesional irreprochable y de tipo inteligente, de prodigio físico y de técnica sobrada en ambas piernas. Vaya donde vaya, y si es en casa mejor, la presente temporada de Forlán merece ser recordada durante años y contada a sobrinos, nietos y vecinos de escalera.

Y entre tanta despedida y bota de oro y gol asombroso, una mención justa e infrecuente para la grada. La grada, que últimamente ha protestado la actuación de los jugadores (ya saben que, según el que suscribe, con injusta virulencia en algunos casos) y ha empujado al equipo hasta la victoria cuando los jugadores no creían demasiado en ella, dio de nuevo síntomas de recuperar la grandeza mostrando durante el partido, a pesar de las buenas noticias, pancartas que dejaban claro que un cuarto puesto no eclipsa demasiados años sin títulos, que un par de jugadores extraordinarios no convierten en aceptable una política deportiva marcada por el cobro de comisiones y no por el interés deportivo del club. "Culpables", decían las pancartas entre las caras de Cerezo y Gil Marín. Por si había dudas, sobre el palco se desplegaba otra que rezaba "Nuestra Ruina", con dos flechas que apuntaban al palco para facilitar las cosas a aquellos que prefieren mirar para otro lado y repetir lo que dice la prensa cuando las circunstancias les exigen hacer el esfuerzo de reflexionar durante tres segundos sobre la situación de la entidad. La afición, hoy contenta por lo conseguido y temerosa por perder a algunos de sus artífices, puede presumir, gracias a unos cuantos esforzados pancarteros, de no ser ya la afición mojigata a la que conquistar con un ñoño anuncio de la Sra Rushmore. Gracias.
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Terminó el partido y la gente se dirigió hacia la puerta 7, esperando la salida de su cofradía, dado que aprovechando el final de la temporada hacía estación de penitencia la hermandad local, cuyos datos se detallan a continuación:

Nombre completo: Ilustre, Antiquísima, Leal - y nunca Real - Hermandad y Archicofradía de la Límpia y Pura Raya Rojiblanca, vulgo "la Nuestra"
Nazarenos: cincuenta mil, otros tantos penitentes, más simpatizantes e innumerables hermandades filiales
Túnicas: roja y antifaz blanco, túnica suplente al capricho del proveedor textil, últimamente roja, azul, amarilla y hasta con telita de araña bajo fondo azulgrana.
Pasos: Misterio, Cristo y Dolorosa

El paso de Misterio, llamado vulgarmente "La Última Plantilla", representa una gran mesa similar a la de la última cena. Sentados a ella, de izquierda a derecha, un discípulo alto con cara de argentino y vestido de gris, que ojea un billete de avión hacia un destino lejano o quizás no tanto; en primer término y a la izquierda de la mesa, cuatro discípulos de gran envergadura, uno calvo, uno negro y espigado, uno con la lengua fuera y otro con melena, barbita y cara de malo, que inspiran algo de seguridad; en segundo plano, un discípulo de Alicante pone cara de lesionado; a su lado, algo apartado y más en primer plano para resaltar protagonismo, un discípulo calvo, algo demacrado y con cara de pensar que las cosas se hacen de otra manera sobre cuyo hombro se posa un angelote que le susurra las palabras "Digan lo que digan, gracias por todo. Y mucha suerte".

Hacia el centro de la mesa un discípulo joven con la nariz grande y cara de rabia por no haber hecho la temporada que de él se esperaba, mira de reojo hacia la parte de Bilbao; a su lado, un discípulo negro de cabeza redonda ocupa en la mesa exactamente el sitio que debe ocupar, sin alardes ni dudas, en su sitio, donde debe. Sobre ellos, tres demonios chiquititos: uno con media melenita y papada, otro con túnica griega y un tercero con melenita más larga, orejas de soplillo y web cam; a su lado, dos angelotes rubios con pecas y diadema les expulsan a los infiernos blandiendo un manual de buena conducta rojiblanca. A los lados de los dos comensales anteriormente descritos, un discípulo menudo con cara de listo y pelo con crestita, con una mirada determinada que no pega con su físico liviano, y un discípulo fornido con cara de fiera y la mirada ausente, quizás debatiéndose entre la floja temporada realizada y un futuro quizás lejano de la Hermandad.

Al extremo de la mesa opuesto al del portero, un discípulo joven, moreno, bajito y fornido mira al cielo con cara de pillo pensando quizás que es verdad eso que dicen de que su suegro es el Altísimo; a su vera, irradiando una luz que atrae la fe de beatas y cofrades, un discípulo con melena rubia y porte arcangelical; sobre su hombro, un diablo vestido de azul y grana le tienta con una vida mejor apartando a otro diablo vestido de azul celeste que lleva en la mano una chequera.

Frente a la mesa, en primer plano y en la parte anterior de la canastilla del paso, tres personajes siniestros. El primero, conocido vulgarmente como "El Abochornador", con anacrónico traje azul entallado y fosco pelo cano mira en dirección contraria de hacia donde debería mirar, y cuenta la tradición piadosa que se fija en los escotes de las devotas en los momentos menos indicados. Tras un olivo natural que adorna la escena se oculta el segundo de los pérfidos personajes, llamado "El Oculto Perillán", evitando ser visto; este personaje, perfilado, lleva en su mano una calculadora y en la otra un convenio urbanístico. El tercer personaje maléfico es de talla más pequeña que los anteriores, lo que simboliza su servilismo. Luce traje de pantalón pitillo, gafas de sol y en la mano lleva un ejemplar del Forza Atleti en el que se lee "Very Cléber", y, debajo, escrito a mano, "30%". Como complemento a la escena, es preciso indicar que todo el grupo escultórico se encuentra sobre la piel de un mapache de tamaño gigante, de piel raída y dentadura en mal estado, con pérdida de piezas dentales y caries generalizada.

El segundo paso es el paso de Nuestro Señor del Inmenso Dolor por el Prestigio Olvidado, el Palco Usurpado y el Estadio Condenado. La imagen, que recuerda a los cristos sevillanos camino del Monte Calvario, representa al Club en actitud doliente y expectante, con la expresión del que se teme que el alivio temporal pueda convertirse en inmenso dolor si los responsables de dirigir el asunto siguen en su puesto durante mucho tiempo. La figura destila, empero, la dignidad del que puede estar herido pero no se deja abatir fácilmente, la rabia del que sabe ocupando un lugar inferior al que le corresponde, y el alivio del que conoce que, a pesar de los pesares, tiene detrás de él una legión entera aguantando los palos del sombrajo.

El tercer paso, de palio, representa a Nuestra Señora la Afición de la Paciencia Infinita, Bondad Excesiva e Ira Demasiado Escasa Aunque A Veces No Bien Dirigida Del Todo, Qué Cosas. Es un paso de palio de estilo sevillano, con siete varales de plata por lado y techo de bambalina. La imagen viste manto rojiblanco con flores de madroño bordadas y luce como adorno rosas rojas y blancas y, en las esquinas, cuatro angelotes que la guardan: uno rubio con pecas y diadema como los del primer paso, otro con porte elegante y de Eibar, uno negro con collar de cuentas verdes al cuello y otro con bigote, pelo ensortijado, un pan debajo del brazo y cara de que por su lado del palio mejor no pasar. En uno de los varales, algunos hermanos de la cofradía han atado una cinta verdiblanca como homenaje a un club pariente condenado a una suerte nefasta por culpa de un directivo que se asemeja, en su trayectoria e intenciones, a los que rigen los destinos del club propio.

Salió pues, decíamos, la Cruz de Guía de La Nuestra por la puerta 7 entre el fervor y los vítores de la afición congregada ante la misma, y salió en procesión rumbo al Ayuntamiento de Madrid, ante el que protestaría por el trato dispensado a los devotos de la misma. Volvió haciendo su carrera oficial por la plaza de Neptuno, el túnel de Atocha, la glorieta de Embajadores y la de Pirámides para finalmente recogerse en su casa matriz, entrando el último paso hacia las cuatro de la mañana. En ese momento, un tipo con canas, gafas y rebeca con coderas echa el cierre a la Casa de Hermandad, bajando una cortina metálica hasta la temporada que viene, con cierta pena y algo de alivio también, no vamos a negarlo.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Dispersa crónica de un Atleti - Betis

Jugó el Atleti un buen partido en ataque, un partido aceptable en defensa y más flojo en el medio del campo y ganó al Betis, que jugó un buen partido en medio campo y más flojo en el resto. Al final, es lo que tiene tener buenos delanteros.


En el día en el que el público del Calderón acudía por primera vez al campo tras conocerse que la directiva del Club había llegado a un acuerdo con el alcalde de Madrid para trasladar los partidos del Atleti a la Peineta, nadie pareció hacerse eco en las gradas de que en breve ya no veríamos al equipo desde el mismo sitio. La afición del Calderón, que tanto habla de ella misma y tanto presume de ser los que aquí está y estos son, se acordó poco de su estadio en el día en el que más había que acordarse. Nula fue la presencia de pancartas mostrando el acuerdo o el desacuerdo de la decisión, y menos presente aún se hizo el debate en la grada y en los bares. A la pregunta bueno-qué-que-nos-venden-el-estadio-¿no? el hincha colchonero responde con encogiendo los hombros y pasando a otra cosa, mariposa. Uno no sabe si al final es que al Calderón le han terminado por coger manía gracias a la cantinela repetida una y mil veces de que es un campo incómodo, mal comunicado y carente de zonas vip en cada esquina, o que la gente se ha resignado a que todo se haga sin consultarles. A estas alturas parece que a todo el mundo le da igual dónde se lleven al equipo, dónde juegue el Atleti, si hay pista de atletismo o no, si el traslado está justificado o no, si el fútbol ser verá bien o mal o habrá ambiente o no lo habrá, si tanto cambio valdrá para algo o para nada en absoluto. Si acaso, parece que al aficionado le preocupa el hecho de que habrá que cambiar las canciones, que Calderón rima la mar de bien con pasión, emoción y corazón. El único que ve solución fácil a la rima que la Peineta sugiere es nuestro héroe, el portadista del Forza Atleti, pero no diremos qué tiene pensado porque estas líneas las leen niños y señores decentes.

En el día en el que el Atleti jugaba en casa y empezaba la marcha atrás oficial para el derribo de ese estadio que construyeron los que vinieron antes que nosotros abriendo brecha, la gente no se preocupaba más que de pasar en la clasificación al otro equipo grande de la capital. Y eso que no se le iba a pasar para ponerse primeros a falta de una jornada, no, que se trataba de ser quintos. Quintos. Hoy algunos aficionados colchoneros llegaban a la oficina haciendo burla a sus vecinos de departamento y entraban dando voces en el bar donde, cada día, rinden su merecido y particular homenaje al inventor del churro. Y uno, que es un escéptico y un tristón, y eso que algún lector de postín piensa que es un desmesurado optimista, no sabe qué pensar. No sabe si a la gente le da igual todo o si ha perdido el norte o si no se da cuenta de lo que de verdad importa y lo que no. No sabe si la afición tiene una miopía histórica que le impide ver de lejos y sólo ver lo inmediato, el quinto puesto del domingo, el atasco de menos cinco, el frío del invierno que, como todos los años, dará paso a la primavera. Hay veces en las que también nosotros, los escépticos, los irritados, los desengañados, los iracundos y hasta los rabiosos, nos vemos en la tentación de encogernos de hombros y decir a otra cosa, mariposa. Pero en este caso no sería mirando al cambio de estadio o a la gestión del Club, sino a la grada repleta de esa gente que, quizás con más razón que nosotros, se limitan a ver en el Atleti un pasatiempo de dos horas por semana.
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En fin, a lo que íbamos. Salió el Atleti del vestuario en una noche gélida de esas que últimamente vivimos en el Calderón y el público, vestido de esquimal, aplaudió con guantes y manoplas haciendo ese sonido sordo y hueco de las ovaciones con guantes que no son ovaciones ni son ná, qué lástima más grande. Salió el Atleti vestido de Atleti y salió el Betis vestido de cortina de baño, en tonos verdeagua y turquesa con pantalón negro. Este chocante atuendo lo completaba el bético Nelson con unas mallas negras, calcetines y botas blancas y pelo afro y gracias a semejante guisa si por la banda hubiera salido a calentar Danny Amatullo a nadie le hubiera extrañado. Tal era el despliegue cromático del rival que hasta parte de la afición bética, numerosa y alegre y afortunadamente siempre bien recibida en el Calderón, completaba su atuendo visitante de bufanda verdiblanca con un sombrero floreado que ni en Ascot, oiga.

Repuestas las córneas de la concurrencia, el partido se inició como se inician todos los partidos, esto es, con un pitido, también llamado pitido inicial. El pitido inicial es muy socorrido para los cronistas deportivos, quienes hablan del pitido inicial como si fuera un ente con vida propia que marca el antes y el después de importantes acontecimientos históricos. Un pitido es un sonido molesto y chirriante que se aloja en el oído cuando hablan mal de uno, que es algo frecuente y justificado, y especialmente impertinente cuando lo hace alguien desde un coche en el momento en el que uno se dispone a cruzar un paso de cebra y se da un susto y da un saltito y pierde la compostura. Los pitidos suenan cuando uno se pasa de la raya, cuando uno se equivoca en los tests de conducir o cuando un guardia le llama a uno al orden y le pone una multa. El pitido inicial, empero, es un señor pitido del que todos hablan, un pitido de campanillas que entra en los bares de moda sin esperar cola y que conduce un deportivo rojo sin claxon, que para eso está él. El pitido inicial es un tío, esto no hay quien lo niegue.

Bueno, a lo nuestro. Salió el Atleti a jugar y la grada sufría viendo a los suyos. Y no hablamos del juego desplegado, de la fiereza del rival o de lo complicado de la empresa, no: hablamos del pantalón corto. El Atleti jugó a una hora que invita a quedarse en casa con una manta a pesar de estar bajo techo y con una sopa, si es posible de esas con estrellitas o, mejor aún, sopa de letras. En el Calderón el invierno pega fuerte, sobre todo en los últimos quince minutos de partido, ese cuarto de hora mítico del Calderón en el que lo normal es llegar con un gol de ventaja y el equipo metido atrás sacando balones como quien achica agua en un naufragio. En el Calderón hace frío, sí, y siempre lo ha hecho, pero ahora parece que el frío de las noches de invierno es algo intolerable para el ser humano a pesar de haber sido así desde la noche de los tiempos, y es un argumento muy utilizado por los partidarios de la emigración a Canillejas, como si allí hubiera un microclima. Parte de la afición colchonera, más comodona de lo que la decencia recomienda, ve intolerable que en diciembre haga frío, como si esto fuera algo raro. Antes en diciembre se pasaba frío y nadie se quejaba por ello, y hasta había quien desarrollaba pelo de invierno, ese pelo que los novillos tiran en primavera y que aún les adorna la testuz en las primeras corridas de la temporada. Pero ahora no, oiga, ahora es intolerable que haga frío en invierno, es intolerable no poder ir al campo y aparcar justo en la puerta, de hecho parece poco tolerable que el estadio tenga gradas y asientos y no sea un estadio drive-in en el que ver el partido desde dentro del coche, calentito. Uy que frío, vámonos a otro estadio que este frío no hay quien lo aguante, vámonos pero ya, oiga, al parecer el nuevo estadio viene con calefacción, mesa camilla individual y tetera.

- yo es que soy más de caldo
- pues con infiernillo y puchero entonces, una maravilla de campo, oiga.

Bueno, a ver, que nos dispersamos. Jugó el Atleti un buen primer rato, con Maniche más presente y motivado que en otros partidos, y el resultado fueron unos primeros veinte minutos con idas y vueltas y fútbol de ataque. Con algo menos de precisión de la deseada cerraba el Atleti las jugadas, que las hubo, y el Betis miraba como pensando que o paraba a los de delante o podía pasarlas canutas. Maxi, que ya había avisado de que a él el frío como que le importa poco, marcó un bueno gol tras excelente pase de Maniche y de paso dejó claro que la vuelta que venía anunciando desde hace unos partidos es ya una realidad. Maxi participó ayer más de lo que venía haciendo y se pareció más al Maxi de siempre, al de los diez golitos por temporada, al que aparece siempre en ese hueco que él siempre ve mejor que los demás igual que el gran Antonio Ordóñez veía mejor que el resto su rincón, el rincón de Ordóñez, el rincón de Maxi.

El gol tuvo, una vez más, un efecto raro. Assunçao, más tercer central que nunca, ayuda mucho a mantener la línea defensiva pero ayuda también a dejar un enorme hueco en el centro del centro que Maniche sólo, en parte por ser más terreno del que puede abarcar y en parte por su querencia a la desaparición, no cubre. El resultado es que los centrocampistas rivales reciben el balón con comodidad, se giran, miran, evalúan las distintas posibilidades y hasta tienen tiempo de darse una palmada en la frente al recordar que no han sacado la basura y ya es tarde. El centro del campo del Betis, potente gracias a Emaná y Damiá y con calidad gracias a Capi y al pausado pero efectivo Mehmet Aurelio se hacía con el del Atleti, colocado muy cerca de su área y con una gran pradera por delante en la que Maniche, a ratos, parece un enano de jardín. El resultado fue un segundo tiempo con jugadas del Atleti y con más control del Betis, ataques contra el área local, alguna intervención destacable de Leo Franco, sobre todo una en la que solucionó con torería un mano a mano con Sergio García y algún despeje cómico de la defensa. En ésta, sólo Ujfalusi parece mantener la solvencia con regularidad y sacar el balón con comodidad cuando la ocasión lo requiere. Tanto los laterales como Heitinga transmiten dudas a la hora de subir el balón, y en las bandas cada vez que Simao o Maxi tardan en recuperar la posición se producen situaciones alarmantes mientras que, cuando los laterales se desdoblan y llegan a la línea de fondo no siempre centran con la precisión deseada. Aún así el Betis tiró poco a puerta y uno cree que si a Sergio García le acompañara un delantero rematador marcarían con más facilidad.

Mediada la segunda parte el Atleti resistía el control del Betis y cada vez que éste terminaba jugada sin resultado, la grada respiraba como si en vez de quedar veinticinco minutos quedaran treinta segundos. El Atleti, eso sí, tiene cuatro tipos por delante capaces de causar insomnio a cualquier equipo europeo y si Maniche se incorpora con criterio como hizo ayer en varias ocasiones, es cuestión de tiempo el que le den a uno un susto; cosas del destino, el Atleti, que sale rápido cuando se roba el balón en el centro del campo o que aprovecha un despeje para crear una jugada de ataque, presenta a veces síntomas de volver a jugar al contraataque, el estilo que marcó a la grada que pronto echarán abajo con una piqueta. Cualquier día, eso sí, nos dicen que la directiva ha cambiado el contraataque por una parcela con acometida de luz y la gente preguntará si se puede aparcar cerca con comodidad, que es lo importante.

El susto tardó ayer en llegar, eso sí, y fue por cierta indolencia del centro del campo y defensa por presionar, por agobiar al rival. A la primera que se hizo una presión conjunta, con Raúl García ya en el campo, se robó un balón que acabó en Forlán. Forlán, quien lanza un contraataque con mucha más facilidad y mucho más peligro que muchos de nuestros floreados centrocampistas le puso un balón al Kun para que se quedara sólo ante Casto. La misma jugada que había fallado Sergio García un rato antes y que el día anterior había parado Víctor Valdés, la jugada que es un sueño y una pesadilla a la vez para un delantero, la posibilidad de verse sólo delante de un portero y con cincuenta mil tipos que te exigen que no cometas un fallo, el ejemplo perfecto de la situación estresante, con permiso del penalty de la presentación de la serie de Naranjito. Pero Agüero, ya saben Vds, es diferente y en esas le da tiempo a mirar al portero dos, tres veces, a decidir con firmeza y determinación y no perderse en elucubraciones; a marcar, vaya, a meter gol aunque casi todos los que leemos esto, también Vd, el de la chaqueta de coderas, sí, sabemos a ciencia cierta que en esa misma situación fallaríamos estrepitosamente y acabaríamos prematuramente con nuestra carrera deportiva. Dos cero, una victoria importante en un momento importante contra un buen rival que, de haber tenido más gol, no habría puesto las cosas tan fáciles.

El Atleti es quinto, que no es para tanto, pero está a tiro del segundo puesto. El Barça parece inalcanzable y a estas alturas, si se repite la dinámica de la primera vuelta ya vivida, la liga puede acabar con una melé de cinco equipos peleando por cuatro puestos. Cuando llegue ese momento harán falta todos los jugadores, todos los de arriba, los que marcan la diferencia. Hará falta tener claro qué se quiere, qué se merece y qué se debe conseguir. Hará también falta la grada y su aliento, la fuerza que transmite, y no valdrá para nada la grada que se contenta con hacer burla cinco minutos a su vecino de escalera, la que mira hacia otro lado cuando le dicen que no volverá a ese campo en el que hace tanto frío y se jugaba al contraataque cuando las cosas eran de otra forma.

domingo, 23 de marzo de 2008

Las cosas del Atleti, las cosas del fútbol

Hay días en los que uno está especialmente pesado y con ganas de decir cosas, y si esto le pasa a Carlos Fuentes, ya de por sí dado a dar la tabarra escrita, es peligrosísimo. Hoy, a falta de un texto plúmbeo, dos. Uno, sobre el partido; otro, sobre los Atleti-Sevilla.


Crónica de un buen partido (y no sólo de un buen rato)

Se lamentaba hace poco el que suscribe de no haber visto un buen partido entero del Atleti, y ayer lo vió. Hubo altibajos, hubo un momento en el las cosas pudieron torcerse y hubo una ayuda que vino de Italia y que facilitó las cosas cuando el Sevilla se venía arriba. Pero, en general, el partido que jugó el Atleti fue bueno, su actitud fue buena y algunos jugadores jugaron bien. El Atleti jugó su partido más serio del año en un momento muy oportuno ante un rival muy potente, quizás cuando muchos pensábamos que lo normal hubiera sido lo contrario. Las cosas del Atleti, ya lo saben Vds.

Salió el Atleti en Sevilla contra una afición especialmente motivada para poner a los nuestros como un trapo, contra un equipo que venía lanzado y dando señales de que había vuelto a su reciente y espectacular momento de forma y juego y contra una estadística muy negativa de esas que tanto gustan a los diarios deportivos. Salió el Atleti al campo oliendo a duda y a veremos hoy qué pasa y a no sé yo. Volvió al vestuario noventa minutos más tarde oliendo a alivio y a orgullo y a sudor, oliendo a equipo de fútbol que había hecho lo que debía y lo había hecho bien y tenía motivos para estar satisfecho. Como la afición, como nosotros, quizás hoy más contentos de lo que pensábamos gracias a la imagen dada por un equipo que pareció un buen equipo.

Salió el Atleti y salió de inicio hacia delante, como en Zaragoza, como en Barcelona. El Sevilla quizás no esperara encontrarse con un equipo confiado en sí mismo y dispuesto a imponer su ritmo. Y dudó. Dudó sobre todo Alves, quizás tipo más peligroso de las bandas derechas de la liga, y lo hizo porque se encontró con Simao, un tipo ligero que aumenta su peso en el equipo según avanza la temporada. Empezó Simao reclamando protagonismo y así lo entendió el equipo, que volcó hacia su lado gran parte del ataque. El Kun miraba a Simao y Forlán buscaba a Simao y hasta Maxi cambiaba el juego hacia Simao. Simao veía con buenos ojos tanta responsabilidad y se entregó con alegría a darle la noche a Alves, algo al alcance de muy pocos. Fue Simao el que puso un balón que Forlán pudo rematar a gol si llega a estirar un poco más la bota y fue Simao también quien metió el pase que luego Maxi, desde segunda línea y con cierta fortuna por dar lo justo en un defensa, convirtió en gol. Marcó Maxi y jugó bien tras un día de descanso y esto alegra especialmente al que suscribe que, como saben, es muy de Maxi aunque ayer no le gustara la forma que tuvo de celebrar el gol mandando callar, y eso que a Maxi no le salen bien las chulerías. Nos gustaría pensar que mandaba callar a un familiar que festejaba el gol con excesiva vehemencia, pero nos tememos que no era así.

Marcó el Atleti más bien pronto y uno, que es un triste, pensaba que a lo mejor el equipo se echaría atrás y esperaría y dejaría la iniciativa al Sevilla, lo que hubiera sido un suicidio. Pero no, oiga, que fue al revés. El Atleti empujó y presionó adelantado al Sevilla, que no entendía qué pasaba. Alves no tenía más remedio que ocuparse de Simao y renunciar al ataque, aún más al no contar con ayuda de Navas, luego lesionado. La defensa atlética presionaba fuerte y arriba (también Pablo, contundente en las anticipaciones, y Perea, últimamente en un momento dulce)

- y Mariano, oiga,
- sí, Mariano también

y el centro del campo del Sevilla no existía. Como lo oyen. Keita y Poulsen, ni más ni menos, dos jugadores como la copa de un pino piñonero, no estaban. Una noticia, miren. ¿Responsables? Raúl García, una vez más un portento haciendo kilómetros y aportando solidez al equipo, y Camacho, claro. Camacho, diecisiete años, segundo partido en primera tras jugar contra el Barça, Camacho, ni más ni menos. A Camacho no le vimos mucho pero vimos mucho a Raúl García, Maxi y Simao, señal de que Camacho lo hacía bien. Vimos mucho menos a los medio centros del Sevilla, señal de que lo hacía muy bien. Cuando le vimos comprobamos que es un chaval con raza y ganas y sentido para estar en su sitio, que nunca perdió. El equipo lo agradeció, Raúl García lo agradeció y también lo agradeció el que suscribe y un montón de tipos que veían el partido por televisión frotándose los ojos por el despliegue del Atleti. No lo agradeció sin embargo Poulsen, desaparecido en combate salvo para pegarle una patada a Raúl García de esas que duelen a la concurrencia y llenan los bares de uys y ays y madre mía qué dolor.

Tras el descanso, marcado por los comentarios sobre la cómica salida por alto de Abbiati, graciosísimo, marcó el Sevilla. Demasiado pronto, demasiado rápido. En mal momento. Además Raúl García no podía continuar, lesionado tras la coz danesa, y en su puesto salía Cléber. Ay Dios mío. Very Cléber y Camacho no parecen una pareja de garantías ante el Sevilla por motivos que Vds entienden sin que yo tenga que explicarlos, pero lo fueron. Siguió bien Camacho, jugó bien Cléber y el Atleti no pasó por los apuros que intuíamos. El Atleti jugaba junto, jugaba como un equipo y no parecía dispuesto a que se le escapara el partido. A ello contribuyó el Kun una vez más, bien marcado toda la noche por Mosquera pero marcando un gol sensacional tras un pase sensacional de Antonio López, enorme toda la noche, algo que también nos alegra especialmente.

Marcó el Kun y Maresca, que acababa de salir por Poulsen, le pegó un cabezazo en la nariz. Anda, miren. La repetición volvió a llenar el bar de lamentos y uys y madremías, y el partido se acabó allí. El Sevilla se quedaba con diez, el partido cambiaba en dos minutos por obra y gracia del pie y la pituitaria del Kun y de la excesiva dureza del Sevilla. Sólo Alves parecía poder cambiar lo que parecía inevitable, Koné salió pero no aportó lo que de él se esperaba, como ocurre toda la temporada. De ahí al final poco que contar. El Atleti controlaba el partido y poco parecía que iba a ocurrir. Sólo una pérdida de balón de Jurado, recién llegado, puso un nudo en la garganta de la hinchada colchonera pero una filigrana de Miguel de las Cuevas pegado a una banda volvió a tranquilizar a la afición.

- Oiga, ¿y de Forlán no habla?
- Respecto a Forlán, me remito a cualquier crónica anterior, que siempre juega bien, el tío.

Final. El Atleti se llevaba el partido más importante de lo que va de temporada y se lo llevaba bien, daba quizás la mejor imagen de la temporada en su actuación más completa de la temporada. Ahora hay que ir a Villarreal, otro equipazo que tiene sorprendentes problemas para llevarse los puntos en casa. Esperemos ver al Atleti de Sevilla aunque, ya los saben, nunca se sabe. Las cosas del Atleti, ya lo saben Vds.


Cosas del fútbol, o de cómo se recibe al Atleti en el Sánchez Pizjuan

Desde hace algunos años, no muchos, el Atleti es recibido en Sevilla con odios demasiado profundos para ser tan recientes, con ansia de ajustar cuentas que a uno le parecen inexistentes, con ánimos revanchistas por afrentas que uno no alcanza a recordar. Llega el Atleti a Sevilla y parece que ha llegado Landrú, o Bin Laden, o Falconetti incluso: los jóvenes lanzan gritos desafiantes, los cronistas aplican el corrector épico a sus escritos caldea-masas, aficionados y directivos hacen declaraciones burlonas con vocación de ser ofensivas y las señoras esconden a los niños en lo más profundo del ropero porque llegan los más malos del mundo, aquellos que nunca dan las gracias ni dejan propina, aquellos que comen pulpo crudo y beben agua del mar. Llega el Atleti, a quien nosotros vemos de forma muy distinta, y la afición rival escupe a su paso sin que sepamos muy bien por qué. Cosas del fútbol, hasta cierto punto.

Uno, que como saben es tonto, se maravilla ante este odio e intenta, sin éxito, encontrar un motivo válido. La afición sevillista parece de naturaleza exagerada y esto a uno no le extraña, quizás por haber pasado en Sevilla más tiempo que en ningún otro sitio aparte de Madrid; quizás por eso mismo uno sabe que el sevillano de pro es de alguien y, por ende contra alguien, así, por definición. La afición sevillista viene de unos años magníficos y posiblemente le queden unos cuantos más en los que disfrutar del juego y éxitos de un gran equipo, pero quizás ha perdido la perspectiva de los hechos y vive cegada por el propio resplandor de su plantilla victoriosa. Huérfana últimamente de rival local a su misma altura por obra y gracia del Sr. Lopera, a quien el sevillismo debe tanto como el madridismo a los Gil, la afición del Sevilla se mira en otros equipos para comparar palmarés y afición y audacia y buscar un rival al que odiar y parece que el Atleti es uno de ellos. Parte de la afición del Atleti ha recogido el guante con poco estilo y se ha dedicado a gritar improperios al Sevilla cada vez que ha aparecido por el Calderón, y así se ha engordado el lío. Cosas del fútbol, puede ser, pero vaya por Dios.

Quizás por lo anterior, una buena parte de la afición sevillista parece confundir fidelidad a su equipo y vehemencia en el ánimo con agresividad y malas formas, y basta con mirar a la grada para ver lo enfadadísimos que están la mayoría nada más salir el Atleti a jugar. Tampoco ayudan algunos de sus jugadores, como Palop, que salta al campo con cara de haber mordido un limón cubierto de sal, ni ayuda recordar la forma en que la grada rojiblanca ha respondido cuando actúa de local. Aún así, en el Pizjuán la grada actúa con una rabia que uno no se explica bien y protesta todo como si fuera evidente que les han robado la herencia y de paso les han desvalijado la nevera. Tiene la grada un enfado tal ya desde el autobus que no es capaz de ver con objetividad un cabezazo en la nariz de un rival o una entrada criminal al tobillo de un visitante, y protesta cada lesión de un jugador del otro equipo con grandes muestras de indignación y aspavientos visibilísimos con los que clamar justicia y pedir sanciones y reclamar prisión sin fianza para el delantero rival que llama al médico. De igual manera piden trabajos forzados y galeras aislamiento en celdas de castigo para el rival cuando es el jugador propio el que rueda por el cesped poniendo cara de infinito dolor y traspaso, por más que trote alegre como un potro cartujano unos minutos despues. Cosas del fútbol también, sí, pero no debería ser así.

El sevillismo, al menos en su versión ciber-extremista (que me consta que no es la única que existe, que quede claro), comparte rasgos con alguna que otra afición del país (también con algunos sectores de la del Atleti, oiga, no me llame Vd parcial que le estoy viendo): desprecia al rival, ensalza sus propias virtudes sin tomar referencias razonables y no admite crítica alguna ni asume ninguna derrota (que no fracaso). Si las cosas no van exactamente como la afición quiere la culpa es siempre de otro: el equipo de uno es siempre mejor, y si pierde ha sido por obra de algún genio maligno que ríase Vd de Descartes. Y, eso sí, en cualquier caso el equipo rival es un desastre: pase lo que pase se airean los trapos sucios del rival con una tendencia al INRI que resulta especialmente chocante en los sevillanos, pueblo al que se le presupone pasión cofrade y por tanto conocimiento profundo de la historia sagrada. Los malos son siempre los otros: los otros, quien quiera que sean, los otros y no los nuestros. Los culpables son los ultras, aquél que una vez dijo algo que no estuvo bien, la prensa de Madrid, la federación, el sistema o el presidente del colegio de aparejadores: siempre hay una razón para el odio, para invocar la injusticia, para rasgarse las vestiduras en público y hablar de sentimiento, y de tragedia, y de injusticia y de hasta la muerte y de esas cosas que Vds ya saben y que aqui no reproducimos por ser este un texto pudoroso. Cosas del fútbol, puede ser, pero qué cruz.

Cree uno que este extremismo sevillista exagerado es cosa de los aficionados nuevos, de aquellos que identifican al Sevilla con los recientes años de éxitos y no han vivido con intensidad el pasado. Puede ser también cosa de esa natural tendencia a la exageración que les lleva a ver un quinto puesto como un motivo suficiente para pedir explicaciones al Altísimo y reclamar justicia a la ONU cuando no es más que algo normal y digno. Los sevillistas más pausados seguramente viven con más flema los malos ratos y se limitan a disfrutar de los buenos momentos sin dar cortes de manga al vecino, que es algo que está feísimo bajo cualquier circustancia. Bien haría la afición sevillista en dar más protagonismo a los segundos, porque la preponderancia de los primeros ha conseguido llevar al Sevilla a los puestos de honor del ranking de equipos que caen como un tiro, así, en general, desde Madrid a Pamplona, de Málaga a la Coruña y hasta en Cádiz, que es un sitio en el que hay que hacer esfuerzos para que a uno le traten mal. Cosas del fútbol, que no de la geografía.

Estas cosas del odio rival, y de nuevo lo digo por experiencia colectiva propia en rojo y el blanco, no están bien ni gustan ni son agradables y muy poco tiene que ver con la envidia, que es la coartada clásica del odiado. No seré yo quien quite culpa a parte de la afición del Atleti de hacer exactamente lo mismo que se describe en este texto tan largo, desde luego. Pero, qué quieren que les diga, ver que esto se generaliza es algo que a uno le apena. Estos odios artificiales resultan pesados e incomodísimos y además nos imposibilitan el básico placer de ir a tomar cañas con las aficiones rivales, que es en gran medida lo que hace bonito esto del furgo aquí, en Sevilla y en Constantinopla. Cosas del fútbol, no me lo negarán.