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jueves, 15 de abril de 2010

De colores, galones y bigotes

Conociendo al triste, gruñón y desesperado pobre hombre que suscribe, no les extrañará a Vds que la crónica sea de color gris. Tampoco les extrañará que servidor de Vds hable mal de los tiempos que nos ha tocado vivir, a pesar de que tienen cosas buenas como la cerveza Mahou negra o el nuevo disco de Farrah.

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En estos tiempos sin gluten que nos ha tocado vivir uno echa de menos muchas cosas y echa de más muchas otras. En el fútbol, que es lo nuestro, entre otras cosas a uno le sobran los jugadores con cintita en el pelo y tatuajes élficos en el antebrazo, las botas moradas con logotipo en naranja y los gestos de dolor cuando pasa cerca un rival, sin tocar a la víctima. También echa de más las lesiones nuevas y los tratamientos médicos revolucionarios, que es lo mismo que decir que está harto de pinchazos musculares, problemas de isquiotibiales, fascitis plantares, esparadrapos de colores, protectores dentales de efectos milagrosos y pulseras del equilibrio.

Todas estas cosas tan ridículas están teniendo un efecto devastador entre la juventud, como se puede notar de cerca en los partidos de fútbol de barrio. Los partidos de fútbol de barrio se están llenando de jugadores con botas naranjas y espinilleras ergonómicas que no saben darle una patada a un bote pero tiran las faltas tras mucho pensárselo con las piernas muy abiertas. Los equipos de barrio tienen cada vez más laterales limitaditos que reclaman de los compañeros desdobles por banda para así hacer largo el equipo y aprovechar las lagunas defensivas del rival dado que tiene sensaciones que indican que el contrario, en especial su volante de repliegue, no ha visualizado las acciones defensivas laterales con suficiente precisión osmótica. Estos grandilocuentes teóricos del fútbol dicen todo esto y se quedan tan campantes mientras su equipo, repleto de chavales con cinta en el pelo y mechas atiborrados de bebidas isotónicas, pierde siete a cero contra siete cuarentones con barriga y mala leche que siguen una estricta dieta a base de tercios de cerveza, croquetas de jamón y helados de cucurucho.

Esta ridícula moda está acabando con el fútbol base, convertido ahora en desfile de modelos de sílfides tatuadas con gafas de pantalla. Más aún, está haciendo que los que ya tenemos años suficientes para cantar de corrido la canción de los Hermanos Malasombra echemos aún más de menos aquello que constituía la piedra angular de nuestro pasado futbolísitico: la bota negra de suela rígida y la media de lana, con su correspondiente colección de ampollas; el balón Mikasa absorbe-charcos de peso plúmbeo; las rodillas desolladas, el campo de tierra y las marcas de arena y cal en la frente a la salida de los corners; los extremos ligeros y rápidos, los laterales limitados en lo técnico pero hambrientos como lobos en la persecución de sus marcas, los centrocampistas delicados con perfecta visión de juego y pase largo, los porteros sobrios con rodilleras y manga larga y, sobre todo, los centrales duros, grandes y con bigote. Los centrales de nariz torcida, gesto desafiante y zona de seguridad alrededor; los centrales de patadón en el despeje y remate de cabeza arrollando rivales; los centrales que llegaban los últimos a las tanganas por tener que mover más kilos que el resto y cuya aparición bastaba para despejar la zona de contrincantes ligeros; los centrales que daban voces y marcaban la salida al fuera de juego con un rugido que helaba la sangre de los rivales; los centrales que siempre estaban arriba en la lista de futuros capitanes del equipo por jóvenes que fueran, por ser siempre aquellos a los que el resto acudían cuando las cosas se ponían feas; los centrales que jugaban de delantero centro cuando el partido estaba perdido, a sabiendas que sólo ellos y sus kilos y sus centímetros y su fiereza podrían hacer frente a los centrales rivales, igualmente feroces; los centrales que eran al equipo lo que los delanteros al rugby, lo que la caballería pesada a la infantería y lo que los mastines a la jauría.

Así que ya lo saben. Echamos de menos en el equipo titular a Juan Carlos Arteche.
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Llegó la gente al estadio y todo el mundo hablaba de lo mismo. No hablaba de la crisis ni hablaba del caso Gürtel, no hablaba del nuevo peinado del Kun ni hablaba de esos coches tan feos que tiene ahora la policía. No, no era eso, no era así: la gente hablaba, como siempre, del tiempo. Se acabó la primavera, ya volvió el invierno, vaya tela, qué tregua más corta, no hay derecho. Yo había guardado ya este gabán, fíjese, oiga, y he tenido que volver a sacarlo; pues me alegro, hombre, que la palabra gabán está en desuso y al menos así volvemos a oírla.

Llegó la afición con cuentagotas a ver un partido de liga con aspecto de primera ronda de copa, un partido entre semana, con poca gente y un rival sin casi aficionados. El partido parecía importarle poco a la hinchada, hecho que hizo que el que suscribe fuera al estadio con dos abonos libres en la cartera, sin haber conseguido si quiera invitar a un correligionario a pesar de haberlo intentado. Así que se dirigió el que suscribe a la zona de taquillas con la idea de darle una alegría a alguien, sobre todo a algún jerezano, e invitarle a ver el partido. Y hasta iba el que suscribe visualizando la escena, como haría Quique Flores, en la que le decía a dos señores con bufanda azul y blanca: no compren entradas, oiga, que yo les invito, los del Atleti somos así de rumbosos y nos gusta hacer estas cosas y hacerles la vida agradable a los visitantes, entren Vds conmigo y así se ahorran el dinero, hombre, y nada, nada de pagar la entrada, ya me invitarán Vds a una cerveza o ya invitarán a alguno del Atleti que pare por el barrio de Santiago a un vino, hombre, no se preocupe, así somos los devotos de Rafael de Paula, qué menos. Tan contento iba el que suscribe cuando al llegar a las taquillas vio que no había nadie haciendo cola en la ventanilla. Nadie. Ni un jerezano ni un madrileño, ni siquiera uno de San Martín del Tesorillo, tierra de excelentes naranjas de postre. Volvió pues el que suscribe hacia su puerta para entrar por su puerta sin haber podido hacer la buena acción del día y reflexionando sobre el poco tirón que tienen algunos partidos en ciertos días, qué pena más grande.

Salió al Atleti al campo y sólo un jugador llevaba botas que no fueran de colorines: sólo uno, y era al que menos le pegaban. Salió Jurado con botas negras cuando era aquél que uno esperaba ver calzado de celeste con volantes blancos, qué cosas pasan, que Jurado es de esos jugadores que antes, cuando todos llevábamos Puma, Adidas, Munich o Cejudo, llevaban botas Patrick. Las Patrick eran las botas de las dos rayas y piel finita que tanto gustaban a los que se consideraban jugones, despectivamente llamados "jugadores de manita" por iniciar la carrera girando la muñeca hacia dentro de una forma característica que ahora mismo Vd está visualizando, que diría Quique, y Vd también y aquél de allí no, que siempre fue más de punterón. Salió el Atleti vestido de Atleti pero calzado de Viva la Gente y aquello ya empezaba a tener mala pinta, la verdad.

Salió De Gea y, por delante de De Gea, una defensa blandita: Domínguez, que aún, y luego Perea, Valera y Pernía. Salió Pernía por segunda vez en la temporada, por segunda vez de titular tras el partido de Copa que le valió ser defenestrado, y la gente le recibió con esa mezcla de chufla y cariño (más de lo primero que de lo segundo) con el que el Calderón le recibe. Pernía, falto de partidos, falló los dos primeros balones y la gente mostró su enfado. La gente y, por otros motivos, Raúl García, quien en un gesto que más jugadores deberían tener se encaró con la grada de lateral reclamando respeto para su compañero cuando sólo iban tres minutos de partido, algo parecido a lo que hizo Arteche en aquella eliminatoria contra el Bangor City. Raúl García tiene estas cosas que los compañeros tanto valoran y tan poco entiende la grada, tiene estas cosas que uno atribuiría a jugadores de más edad y con mucho más tiempo en el club, tiene estas cosas que le hacen a uno pensar en lo mucho que guarda en él y lo poco que deja ver. Pernía, más tarde, fallaría en el primer gol (en el que De Gea quedó en tierra de nadie) y haría la falta de la que vendría el segundo, algo que sin duda hace complicada la tarea de sus defensores. Pero también peleó, acertó, falló, hizo buenos pases, se enseñó, intentó combinar y dar soluciones y, en definitiva, aportar todo lo que buenamente puede, que es algo de lo que no pueden presumir muchos jugadores del equipo. Pero aún así parte de la grada hace chistes de Pernía y se muere de risa cada vez que toca el balón aunque haga un pase al hueco estupendo, corte un ataque rival o tire una pared que nadie sigue. Y esos aficionados, cuando al día siguiente a las nueve enciende el ordenador y el flexo y se dispone a afrontar una jornada laboral de ocho horas grapando albaranes y haciendo cuentas para alquilar en agosto un piso en Torrevieja, todavía tiene tiempo para comentar lo bien que lo pasaron la víspera riéndose de Pernía, que sus cosas les hacen muchísima gracia. A Pernía uno le desea dos cosas: que sea él quien marque el gol que dé al Atleti la Copa y que le fiche un equipo mediano de una bonita ciudad con playa en la que tenga el retiro digno y tranquilo que merece el bueno de Mariano.

En general la defensa anduvo, una vez más, blandita y despistada. Encajó un gol al dejar rematar a un rival cómodo un balón parado lateral desde el centro del área: vamos, lo de siempre, el gol que siempre nos meten, el gol que todo el mundo busca cuando juega contra el Atleti. Si a la reciente querencia de De Gea a quedarse bajo el palo se añade el desbarajuste de la defensa, el gol de cabeza resulta sencillo, un recurso fácil y lógico. Nadie en la defensa del Atleti parece saber defender a balón parado, nadie parece tener los galones de dar voces y exigir intensidad a la hora de atacar el balón y no dejar rematar al rival, los galones que llevaba Arteche cosidos en el bigote. La defensa, blandita incluso cuando está Ujfalusi, parece quedarse sin sangre (salvo Domínguez) en cuanto suben dos centrales rivales. Como resultado, el Xerez, el último de la tabla, ganó en el Calderón gracias al gol que todos meten al equipo sin que nadie parezca caer en el problema.

Por delante de la defensa salió una pareja de medios de la que uno esperaba mucho, Raúl García y Tiago. La pareja quedó en uno, Raúl García, el mejor del equipo hasta su cambio dado que Tiago pareció agotado, vacío y sin gas, como las caseras que llevan abiertas mucho tiempo. Tiago aguantó el primer tiempo y ocupó su sitio, lo que permitió a Raúl recuperar balones y lanzar al equipo en largo, pero a partir del segundo dio muestras de estar desfondado y algo ausente, volviendo a su marca haciendo footing mientras el resto esprintaba. Tiago, eso sí, fue fiel a su tradición de llevarse una amarilla en el centro del campo y así precipitar su sanción, dejó un sabor de boca metálico en la afición, intrigada por la imagen que va dejando en los últimos partidos aquél que parecía llamado a dar solidez al tinglado.

Jugó Agüero y estuvo fallón y ausente, y jugó Simão, que sigue dando sensación de agotamiento. Jugó Jurado con su habitual repertorio de lances sin consecuencias y jugó Forlán, que marcó un golazo de esos suyos, de esos que marcaba el año pasado. Con la que está cayendo, Forlán no cayó en celebrarlo con la gente y se fue casi directo a celebrarlo con sus amigos del Peñarol, cada vez más numerosos hasta el punto de que su punto de reunión cercana al corner parece una parada de taxis de Barcelona. Pero Forlán, a lo tonto, marca casi siempre salvo el otro día frente al Espanyol, partido en el que estuvo especialmente pesado con sus compañeros, criticando todo pase fallado y todo pase no dado, haciendo buena al menos en apariencia esa fama tan suya de ponerse insoportable cuando las cosas no salen bien del todo.

Salió más tarde Reyes y desplegó ese juego tan suyo de patio de colegio que tanto gusta en la grada. Reyes coge el balón, mira al suelo y corre y corre regateando rivales hasta que cae de culo y pide falta abriendo los brazos, reivindicando así los postulados básicos del fútbol infantil: los buenos son los que más regatean, cuanto mejor jugador más adelante se juega, hacer tareas defensivas es de mediocres, mejor cinco regates que un pase, la solidaridad, la disciplina y la generosidad son cosas de fútbol de mayores. Reyes, por asombroso que parezca, goza de ascendente de líder entre los compañeros: si ya se nota cierta querencia al individualismo entre Kun y Forlán, en cuanto sale Reyes, al que se recibe como un héroe en los corners, cada uno hace la guerra por su parte. Uno tira de lejos cuando tiene dos compañeros mejor colocados, éste intenta un regate imposible en vez de dársela a otro, aquél tira una pared y si no se la devuelven se coge un berrinche y aguanta la respiración hasta que se pone morado. La delantera, salvo Agüero y no siempre, juega para ella y, si pierde el balón, se repliega con cara de fastidio y dice joooooo. Falta alguien que les tire de las orejas y les amenace sin postre, falta alguien que les recuerde que ya son mayorcitos y que son responsables de sus errores, falta Arteche diciendo que va a pelar a navaja al que no haga lo que el equipo requiere y que aquél que no vuelva al galope tras perder un balón ser las verá con él en el vestuario.

Jugó finalmente Salvio un rato, y la gente se preguntaba por qué no había salido de titular el flamante fichaje de invierno que costó un dineral tras las ganas que había mostrado en Barcelona. Se preguntó la afición por qué no salió Ibrahima tras pasar un buen rato calentando, pero sobre todo se preguntaba la grada por qué el equipo daba muestras de no tener ningún interés en ganar un partido contra el último clasificado y por tanto mantener sus posibilidades de entrar en la Europa League por una puerta que no fuera falsa o de servicio o incluso una gatera. La gente se preguntaba por qué el equipo no quiere competir, no quiere intentar ganar al último clasificado en casa y ante su afición, por qué no siente la necesidad de al menos evitar que el que ha pagado un abono y se ha escapado del trabajo se sienta como un idiota. Se pregunta por qué se asume con tanta naturalidad eso de tirar la liga, no sólo por el riesgo que tiene hacerlo siendo décimo y con cuarenta puntos, sino así como principio de vida.

La gente recordaba que antes no había competición ni trofeo menor, y que incluso cuando no se tenían posibilidades matemáticas de ganar algo, siempre quedaba el orgullo como último e importantísimo motivo para apretar los dientes y salir a ganar, porque el Atleti salía a ganar hasta al bingo. La gente se preguntaba por qué esto, que antes estaba tan claro, es ahora una quimera defendida por cuatro románticos que no viven en el mundo real, ese mundo de pinchazos en los isquiotibiales y pulseras milagrosas que se compra cada día junto con un cupón que permite conseguir en el quiosco la figurita de mazapán con el escudo del club.

Y la gente se hacía preguntas hasta que dejó de hacérselas. Dejó de hacérselas cuando se dio cuenta de que el recogepelotas que devolvió a su sitio el ramo de flores del corner del Fondo Sur sabe más de lo que es el Club que el 95% de la primera plantilla y la directiva junta; cuando cayó en la cuenta de que el máximo accionista y teórico representante institucional del Club no va a los partidos que el Atleti juega en el Calderón pero sí se deja ver en compañía del ser interior de Indy en el estadio del otro equipo grande de la capital; cuando se dio cuenta, en definitiva, que el orgullo y el respeto a la camiseta que llevan no son variables que manejen los jugadores a la hora de decidir si van o no a correr por un balón o meter un pie, posiblemente porque nadie en el Club ni en la caseta haya sido capaz de explicárselo o haya dedicado cinco minutos a ese fin; cuando se dieron cuenta que ni la afición misma es ya capaz de reclamar de los jugadores lo que de ellos esperan, ni tampoco de meter la presión que tanto temían los equipos históricos del Atleti, esos que siempre decían que no podían permitirse el lujo de perder porque si la grada no acababa con ellos, lo haría Griffa. Porque, en definitiva, al campo del Atleti no sale nadie con bigote y nariz torcida que, dando ejemplo a todos, exija al resto que estén a la altura de las rayas, del oso y el madroño, de los que antes llevaron esa camiseta y esos números y de los que, desde la grada, daban antes al equipo diez puntos por temporada.

Así, que, como se gritó aquél día en la Sala Universal, ¡Aplasta, Arteche!

jueves, 20 de agosto de 2009

Bronceada crónica de la vuelta al cole

Volvió el Atleti a jugar un partido oficial y dejó ver que las cosas siguen como antes, que no es algo para tirar cohetes pero podría ser mucho peor.

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Ni es de Ronda ni se llama Cayetano como el padre del más grande, pero aún así uno le tiene cariño sin saber muy bien por qué y le desea lo mejor. Para algunos le ha ido demasiado bien en la vida, gana mucho más de lo que merece y por eso le no le pasan una; para otros no tiene suerte el hombre, y por eso se enfadan cuando pitan los primeros. Tras una temporada mala en la que lo hizo lo mejor que pudo y le puso más hombría y más honradez que media plantilla junta, hace poco se pegó un porrazo en coche y por poco no lo cuenta. Tuvo la mala suerte de tener un accidente, y la buena suerte de que alguien vio el coche aterrizando en un sembrado en medio de la noche. Uno se imagina la situación como el accidente de Fargo, con coche volcado en medio de un campo helado y en plena noche, con la campanita que suena cuando la puerta está abierta, con viento y frío y además dos niños chicos. Si tuviera toda la suerte que algunos le achacan nunca se habría salido en una curva, si tuviera toda la mala fortuna que a veces parece, nadie le habría visto y a lo mejor se queda en una cuneta junto a su niña y su sobrino. Pero, como en casi todo, a este hombre le viene la suerte de cara y en contra a la vez. Con una lesión grave y el futuro en el aire, parecía que iba a quedarse un año en blanco; tras muchas sesiones de gimnasio, parece que volverá a jugar antes de lo que cualquiera se habría esperado. A estas alturas no sabemos si Mariano Pernía, El Afortunado Hombre Sin Suerte, volverá a jugar pronto en el Atleti. A uno, que es un sentimental, le gustaría que así fuera. Ojalá le veamos pronto por aquí, presentando a su niña a la grada.
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Volvía el Atleti a jugar un partido oficial y volvía la afición a juntarse en bares, chiringuitos, merenderos y chilaús (según la zona) para ver al equipo y de paso verse a ellos mismos. Volver a ver al Atleti es importante, pero lo es mucho más volver a ver a los compañeros de bar y grada, sobre todo después de estos veranos de riesgo que la publicidad televisiva nos pinta como un desfile de desgracias: talones agrietados, dolorosos callos que impiden el normal andar con tacón de aguja, bellezas mediterráneas con graves problemas intestinales que abarcan todo el abanico de la patología gástrica. Hombre, qué tal las vacaciones, cortas, ¿no? Yo aún no me he ido, caramba caramba tú si que sabes, a mi es que en agosto me gusta estar en Madrid, toma claro, pero a mí mi jefe no me deja. Llegó la afición bronceada y resplandeciente que daba gusto verla: unos lucían distinguida barba de jeque argelino, otros estrenaban porte de tercera línea all black por obra y gracia de los cuidados maternos, unos alardeaban de aristocrático bigote de lord de voz ronca, un par de ellos no podían disimular la cara de cansados de tanto correr día y noche detrás de los niños.

- Están hechos unos vándalos
- Con esos niños no se meta Vd en mi presencia, aunque sean suyos
- Bueno

Volvía pues la afición a verse, aunque un poco cambiada, y volvía a ver al equipo, también poco cambiado. Había curiosidad por ver al equipo jugando en serio y en ver a los pocos refuerzos de esta temporada, cosa extraordinaria en este equipo nuestro. El aficionado atlético estaba acostumbrado estos últimos años a ver siete u ocho jugadores nuevos el primer partido, a no reconocer los andares ni las botas ni los tics ni los recursos de los nuevos con la solvencia y precisión con la que se conoce a los del año anterior, ya tan familiares como el sitio donde se dejan las llaves al llegar a casa o se cuelga la rebeca cuando ya no hace falta a principios de verano. Esos años se quejaba la afición de demasiado movimiento igual que este año se queja de pocos refuerzos, de puestos sin más alternativa que un titular, de jóvenes llamados a coger los galones demasiado pronto y veteranos con poco recorrido en puestos clave. Quizás ambas cosas sean criticables, sí, pero a estas alturas de curso hace gracia esta reflexión. Pero es que así es la afición, así somos todos; al fin y al cabo es natural quejarse, aquí se queja todo el mundo, incluido algún impertinente lector de blogs gratuitos cuando la crónica no le llega en tiempo y forma para poder analizarla con ojo crítico mientras desayuna café con porras, algo intolerable.

- Céntrese ya Vd, pesao
- Vale

Antes del partido, aficionados y jugadores atléticos miraban a la grada del estadio Louis Escobar, a ver si es tan fiero eso que los medios, alérgicos a los tópicos, han venido llamando estos días "el infierno griego". El infierno griego resultó ser un estadio con pista de atletismo, con lo que de ambiente opresor iba justito; el aficionado atlético tuvo entonces una sensación similar a la que inspiró a Goya "Tristes presentimientos de lo que ha de acontecer". En la grada del estadio Louis Varela, alejada del campo, la temible afición griega, mayoritariamente sin camiseta, conversaba sobre cuestiones infernales: Hombre, Panaiotis, qué tal las vacaciones, cortas, ¿no? Yo aún no me he ido, caramba caramba tú si que sabes, a mi es que en agosto me gusta estar en Atenas, toma claro, pero a mí mi jefe no me deja. Cosas de la globalización.

Salió el Atleti vestido de Atleti para jugar contra un equipo griego vestido de equipo irlandés, más rizos globalizados. Salió plantado como el año pasado, con Heitinga de lateral, con Juanito de central y Asenjo de portero y el resto en su sitio. Empezó el partido y dejó entrever que aquello podría ser plúmbeo: los griegos defendían al hombre, el Atleti debería controlar el balón y llevar la iniciativa, habría pocas opciones de abrir el partido y convertirlo en el correcalles en el que se manejan bien los nuestros. Casi veinte minutos tardó el equipo en enseñar la patita, primero con una buena internada de Heitinga terminada con un buen pase a Simão, que sorprendentemente pifió, luego con un tiro desde lejos de Raúl García. No sería por cierto la única de Heitinga, quien alternó peligrosas subidas de banda con recuperaciones al trote cochinero que pusieron al equipo en más de un aprieto. Se animó el rival y tiró a puerta Cissé para que Asenjo hiciera una parada voladora de esas que animan a sus defensores y empujan a sus detractores a exigirle más sobriedad en ciertos casos.

Pasaba el partido sin nada reseñable salvo la desaparición de Forlán y la pelea constante de Agüero hasta que Raúl García levantó la cabeza, vio a Forlán arrancando y le puso un balón adelantado que éste controló, regateó a un rival, vio que venía Maxi y le dejó un baloncito en un sitio inmejorable tras hacerle un caño a un defensa rival. Maxi hizo lo que mejor sabe: llegar rápido desde atrás al hueco del área en el que tan bien se maneja, controlar con suficiencia y marcar de sutil remate junto al palo. Golazo de Maxi, muy entonado sobre todo el primer tiempo, buen premio a una muy buena labor tras tantas dudas y tantos rumores de verano. El Atleti jugaba serio, veía que con toque podía solucionar los problemas que le planteaba el limitado equipo griego y se iba al descanso con la sensación de que mucho tenía que cambiar la cosa para que no se llevara el partido y un silencio revelador en la grada del Louis Ciges.

Pero el Atleti es el Atleti, y cuando la afición se había olvidado de que había una eliminatoria que pasar tras ocupar el intermedio hablando de hidropedales y helados de tres bolas, marcó el Panathinaikos. La defensa adelantada tiene estas cosas, y un pase a la espalda que no cortó Ujfalusi permitió a un delantero rival quizás demasiado suelto, al filo del fuera de juego, meter un buen gol de vaselina tras carrerilla sin éxito de Antonio López, casi sin trabajo en todo el partido. Uno a uno, silencio en los bares y alguna ceja levantada. El Atleti parecía tener cierto bajón físico, apretaba la lejana grada del Louis de Funes y la hinchada colchonera en pleno decía a ver, a ver.

Pero poco a poco recuperaba el Atleti la iniciativa, en parte gracias al partidazo de Assunção, enorme toda la noche. El protagonismo de Assunção desvía inmediatamente el punto de mira hacia su compañero de parcela. Más o menos definida la defensa, indiscutible Assunção tras ganarse la confianza de la grada peleando centímetro a centímetro el puesto y necesarios los cuatro jugadores de arriba por calidad y capacidad resolutiva, es Raúl García quien atrae las miradas. A día de hoy, Raúl García parece que puede convertirse en la clave del equipo. Si Raúl funciona, funcionará todo, si fracasa el equipo sufrirá mucho. Raúl está ante una oportunidad única, oportunidad para consagrarse definitivamente o pegarse un porrazo que arrastrará al resto. Raúl García, quien ha despertado muchas dudas entre una parte de la hinchada, cuenta sin embargo con numerosos partidarios entre los que se cuenta quien suscribe. Es cierto empero que Raúl García ha dejado pasar una temporada para llegar al nivel que deseamos, que su cupo de oportunidades se ha reducido en algunas unidades y que debe dar el salto definitivamente. El que aquí suscribe, ferviente creyente en la gente con nariz grande, tiene fe en este tipo, que aquí quede una vez más.

En parte gracias a Raúl y en parte gracias al resto, se fue el Atleti un poco para adelante y, una vez más, brilló Maxi con un tirazo al larguero que acabó en los pies de Assunção y, más tarde, de Forlán. Forlán hizo lo que mejor sabe: colocarse el balón a cualquier pierna, pegar un tiro seco cerca de un palo y celebrar un gol. Lo demás ya saben, lo clásico: celebración por todo lo alto, abrazos entre desconocidos, la parroquia femenina que pide que Forlán no falte a las tradiciones y enseñe los abdominales, la parroquia masculina que en ese mismo instante se pronuncia al unísono sobre el riesgo que entraña la excesiva delgadez abdominal en caso de naufragio en el Ártico. Lo de siempre, vamos. Para celebrar la efeméride salió Cléber Santana y se retiró Raúl; el cambio experimentado por el centro del campo, sin desmerecer al enigmático Santana, vino a reforzar la teoría de que los recambios de Raúl García no son los más idóneos.

En un día en el que la mayoría hizo lo que mejor sabe y poco después de que Forlán hiciera lo que mejor sabe, Agüero hizo lo que mejor sabe: recibir lejos de la portería rival rodeado de un par de defensas, sentar a uno, crujirle la pelvis a otro, levantar la cabeza y clavarla donde el portero no llega. Abrazos entre desconocidos, manos a la cabeza, algunos que instan al resto a irse en vista de que algo mejor no van a ver ya. No hubo exhibición abdominal pero sí las tradicionales referencias al tren inferior del chaval, el ave de la primera división.

Con uno tres y la sonrisa en todo el bar, marcó el Panathinaikos un golazo para así no faltar a las tradiciones rojiblancas. Alguno achacó a Asenjo el no estar bien colocado, otros pensamos que ese gol es tan difícil de parar como de meter, con lo que no es un fallo especialmente achacable al portero debutante, seguro toda la noche salvo en un par de balones cruzados por alto. Un minuto después entró Jurado, irrelevante como tantas veces, empeñado en desplegar su juego afrancesado pegue o no pegue con las circunstancias; a esas alturas la afición agradecía que no quedara mucho tiempo de partido visto el nuevo centro del campo. De ahí al final del partido, poco reseñable salvo el tradicional susto físico de Heitinga y el poco común susto físico en Forlán, que durante pocos segundos puso a la hinchada al borde del colapso. Fin del partido, buen resultado que debió ser mejor y buenas sensaciones del equipo, en especial de Maxi y Assunção ante un rival poco peligroso, todo hay que decirlo.

El Atleti se juega el martes el meterse en la Champions. Todo está a favor, empezando por el resultado y terminando por el nivel del rival. Todo lo que no sea entrar en Champions sería un fracaso y un disgusto supino. Confiemos.

lunes, 1 de junio de 2009

Tanguillos del año salvado

Terminó el Atleti cuarto y clasificado para la Champions en un año en el que se pudo acabar peor y se debió acabar mejor. Pero al final se rascó algo, se consiguió un poco de alivio y se cerró una temporada que nos venderán como un gran éxito cuando, analizando todo lo ocurrido, parece más bien la demostración de un fenómeno futbolístico como Forlán .

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Cuando, en un día ya veraniego más que primaveral con bochorno tropical de esos con los que a veces nos premia Madrid, apareció una nube negra negrísima con cara de poner pingando a aquellos que osaran pasar un rato a la intemperie, el aficionado veterano lo tuvo claro. Pudo llover a las ocho, y pudo llover a las siete. Pudo llover a las once, o a las doce, o incluso no llover. Pudo llegar el viento y llevarse la lluvia a Aranjuez, o pudo invertirse el efecto de la sierra y que la tormenta se quedara en El Escorial, tomando algo por el monte Abantos. Pero no, ya sabía el aficionado veterano lo que iba a pasar, ya tenía claro el atlético de corazón que sólo había un desenlace posible. Y no se equivocaban, y así sucedió y así, en efecto, cuando podía haber pasado cualquier otra cosa, cuando el cielo podría haber tenido algo de compasión por la afición congregada en el estadio, cuando la afición podía haber esperado un guiño de la naturaleza, pasó lo que se veía venir: que a las nueve en punto, con toda la grada llena, con el partido a punto de comenzar, con la hinchada en manga corta y sin paraguas, con las señoras recién peinadas de peluquería y los niños sin chubasquero, se puso a llover a cántaros, y lo hizo durante toda la primera parte. Pudo no ser así, pudo esperar el cielo un rato o bien adelantarse o bien renunciar del todo, pero no fue así. Y lo malo es que, los que llevamos tiempo en esto, teníamos claro que podíamos correr pero no escondernos, que podíamos rezar a San Antonio o llevar huevos a las clarisas, pero que la suerte, con una nube negra como el historial de Pitarch en medio del cielo, estaba echada. Echada en lo meteorológico, gracias al tradicional cenizo rojiblanco, y echada en lo deportivo gracias a la nutrida asistencia de niños-talismán que ocuparon la grada, en especial cuatro, tres niños y una niña, que acudieron juntos tras hacer acopio de fanta naranja en un bar del Paseo de Pontones

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Salió el Atleti en medio del chaparrón, y salió también el Almería vestido de cualquier otro equipo, la verdad. La grada buscaba un paraguas o un chubasquero o una plástica mantita rosa como la que hizo famoso al que suscribe aquella tarde de invierno, pero había poco con lo que resguardarse. La gente buscaba también en el banquillo rival al técnico visitante con ganas de decirle lo muchísimo que se acuerda esta afición de su Sra Madre, pero este no salió en toda la noche de su cubil, quizás con pocas ganas de repasar su árbol genealógico en esta ocasión tan poco heráldica.

Salió Leo Franco en su último partido con el equipo y no se tuvo la sensación de que se fuera nadie importante; quizás no fuera justa una despedida tan comedida para alguien que ha hecho buenos y malos partidos pero que últimamente ha sacado bastantes castañas del fuego, aunque nunca ha logrado ganarse el respeto ni el cariño de la grada. Salió también Pablo, quien volvió a jugar bien y volvió a dejar dudas sobre si es tan malo como a veces parece o si es bueno, como parece otras. Salieron Heitinga de lateral y Ujfalusi de central, y ambos dejaron claro que están bien en su sitio, sobre todo si el rival es tan blandito como ayer. Salió también Pernía en lo que probablemente fuera su último partido con el Atleti por petición de la grada, quizás mayoritaria y quizás poco justa. Salió Pernía y tocó el último balón que tocó el Atleti en la temporada entera tras un buen partido y algunas muestras de cariño de la grada, quizás tardías, y lanzó el balón a la gente y cambió la camiseta y se fue para la caseta mientras el resto del equipo agradecía a la afición el apoyo. Quizás por no tener mucho que agradecer sino más bien lo contrario se fue Pernía solo por el vestuario buscando la ducha e irse a su casa a comerse un helado. Alguno le ovacionó mientras salía y uno no sabe si se fue con pena o con alivio, pero sí tuvo la sensación de que se iba alguien con quien no se había sido justo, y esta vez ya sin quizás, ya con toda seguridad.

Jugaron por delante de los anteriores el siempre irrelevante Sinama, y también Assunção y Raúl García, ambos entonados, el primero bien colocado y el segundo trotón y con carácter además de goleador. Marcó Raúl García de cabeza tras una falta bien lanzada por Maxi, quien hizo un partido notable con aspecto de joya en medio del barrizal de sus últimas actuaciones. Maxi, notable en todo pero especialista en pocas cosas excepto en su llegada prodigiosa en segunda línea, ha hecho un año por debajo de sus condiciones y trayectoria, aportando menos de lo necesario y quedando a veces en evidencia ante las actuaciones de los otros tres responsables del ataque del equipo. Maxi, que suena en las quinielas como uno de los posibles traspasos hacia un equipo de campanillas aprovechando que su reputación sigue intacta, quizás también haya jugado su último partido como local en el Calderón. Quizás también se haya ido por la puerta falsa, tras algunas críticas y pocos reconocimientos, tras muchos kilómetros recorridos y muchos goles vitales, tras oír su nombre coreado tras los buenos partidos y demasiadas críticas en los momentos bajos, tras poner su cara a los anuncios en los que el Club pide sumisión y falta de crítica a una grada que este año sí estalló, y con razón. Se irá Maxi, quizás, y nos acordaremos de él como un gran jugador que nos dio grandes momentos y con el que no tuvimos la palabra amable que merecía, una vez más.

Jugó también Agüero, quien marcó un gol increíble e hizo un control de balón igualmente increíble en el segundo tiempo. Agüero, quien reconoció recientemente que en algunos partidos no había dado todo lo que tenía, trabajó para sus compañeros y dejó claro que es capaz de hacer lo que muy pocos jugadores del mundo pueden llegar a soñar. Pero Agüero, estrella en potencia si es que no lo es ya, no ha lucido con la fuerza de su compañero de ataque, el máximo goleador de Europa, el tipo que ha conseguido que se formen colas de colchoneros ante el consulado del Uruguay con el único objetivo de darle vivas a la madre que parió al embajador, al cónsul, al que tiene los documentos que demuestran que Gardel nació en Montevideo y al primer profesor de Francescoli. Forlán, que ayer volvió a marcar un golazo de esos que se saca de donde menos se espera, terminó ovacionado al ser sustituido, proclamado pichichi y bota de oro tras competir contra otros jugadores que sólo tienen la misión de rematar a puerta vacía o que tienen detrás cinco o seis jugadores capaces de darle un pase de gol de esos que sólo hay que empujar dentro. Forlán, que quizás también juegue lejos del Calderón el año que viene si nadie con seso lo remedia, ha dejado esta temporada muescas de jugador grande en la memoria de la afición, destellos de profesional irreprochable y de tipo inteligente, de prodigio físico y de técnica sobrada en ambas piernas. Vaya donde vaya, y si es en casa mejor, la presente temporada de Forlán merece ser recordada durante años y contada a sobrinos, nietos y vecinos de escalera.

Y entre tanta despedida y bota de oro y gol asombroso, una mención justa e infrecuente para la grada. La grada, que últimamente ha protestado la actuación de los jugadores (ya saben que, según el que suscribe, con injusta virulencia en algunos casos) y ha empujado al equipo hasta la victoria cuando los jugadores no creían demasiado en ella, dio de nuevo síntomas de recuperar la grandeza mostrando durante el partido, a pesar de las buenas noticias, pancartas que dejaban claro que un cuarto puesto no eclipsa demasiados años sin títulos, que un par de jugadores extraordinarios no convierten en aceptable una política deportiva marcada por el cobro de comisiones y no por el interés deportivo del club. "Culpables", decían las pancartas entre las caras de Cerezo y Gil Marín. Por si había dudas, sobre el palco se desplegaba otra que rezaba "Nuestra Ruina", con dos flechas que apuntaban al palco para facilitar las cosas a aquellos que prefieren mirar para otro lado y repetir lo que dice la prensa cuando las circunstancias les exigen hacer el esfuerzo de reflexionar durante tres segundos sobre la situación de la entidad. La afición, hoy contenta por lo conseguido y temerosa por perder a algunos de sus artífices, puede presumir, gracias a unos cuantos esforzados pancarteros, de no ser ya la afición mojigata a la que conquistar con un ñoño anuncio de la Sra Rushmore. Gracias.
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Terminó el partido y la gente se dirigió hacia la puerta 7, esperando la salida de su cofradía, dado que aprovechando el final de la temporada hacía estación de penitencia la hermandad local, cuyos datos se detallan a continuación:

Nombre completo: Ilustre, Antiquísima, Leal - y nunca Real - Hermandad y Archicofradía de la Límpia y Pura Raya Rojiblanca, vulgo "la Nuestra"
Nazarenos: cincuenta mil, otros tantos penitentes, más simpatizantes e innumerables hermandades filiales
Túnicas: roja y antifaz blanco, túnica suplente al capricho del proveedor textil, últimamente roja, azul, amarilla y hasta con telita de araña bajo fondo azulgrana.
Pasos: Misterio, Cristo y Dolorosa

El paso de Misterio, llamado vulgarmente "La Última Plantilla", representa una gran mesa similar a la de la última cena. Sentados a ella, de izquierda a derecha, un discípulo alto con cara de argentino y vestido de gris, que ojea un billete de avión hacia un destino lejano o quizás no tanto; en primer término y a la izquierda de la mesa, cuatro discípulos de gran envergadura, uno calvo, uno negro y espigado, uno con la lengua fuera y otro con melena, barbita y cara de malo, que inspiran algo de seguridad; en segundo plano, un discípulo de Alicante pone cara de lesionado; a su lado, algo apartado y más en primer plano para resaltar protagonismo, un discípulo calvo, algo demacrado y con cara de pensar que las cosas se hacen de otra manera sobre cuyo hombro se posa un angelote que le susurra las palabras "Digan lo que digan, gracias por todo. Y mucha suerte".

Hacia el centro de la mesa un discípulo joven con la nariz grande y cara de rabia por no haber hecho la temporada que de él se esperaba, mira de reojo hacia la parte de Bilbao; a su lado, un discípulo negro de cabeza redonda ocupa en la mesa exactamente el sitio que debe ocupar, sin alardes ni dudas, en su sitio, donde debe. Sobre ellos, tres demonios chiquititos: uno con media melenita y papada, otro con túnica griega y un tercero con melenita más larga, orejas de soplillo y web cam; a su lado, dos angelotes rubios con pecas y diadema les expulsan a los infiernos blandiendo un manual de buena conducta rojiblanca. A los lados de los dos comensales anteriormente descritos, un discípulo menudo con cara de listo y pelo con crestita, con una mirada determinada que no pega con su físico liviano, y un discípulo fornido con cara de fiera y la mirada ausente, quizás debatiéndose entre la floja temporada realizada y un futuro quizás lejano de la Hermandad.

Al extremo de la mesa opuesto al del portero, un discípulo joven, moreno, bajito y fornido mira al cielo con cara de pillo pensando quizás que es verdad eso que dicen de que su suegro es el Altísimo; a su vera, irradiando una luz que atrae la fe de beatas y cofrades, un discípulo con melena rubia y porte arcangelical; sobre su hombro, un diablo vestido de azul y grana le tienta con una vida mejor apartando a otro diablo vestido de azul celeste que lleva en la mano una chequera.

Frente a la mesa, en primer plano y en la parte anterior de la canastilla del paso, tres personajes siniestros. El primero, conocido vulgarmente como "El Abochornador", con anacrónico traje azul entallado y fosco pelo cano mira en dirección contraria de hacia donde debería mirar, y cuenta la tradición piadosa que se fija en los escotes de las devotas en los momentos menos indicados. Tras un olivo natural que adorna la escena se oculta el segundo de los pérfidos personajes, llamado "El Oculto Perillán", evitando ser visto; este personaje, perfilado, lleva en su mano una calculadora y en la otra un convenio urbanístico. El tercer personaje maléfico es de talla más pequeña que los anteriores, lo que simboliza su servilismo. Luce traje de pantalón pitillo, gafas de sol y en la mano lleva un ejemplar del Forza Atleti en el que se lee "Very Cléber", y, debajo, escrito a mano, "30%". Como complemento a la escena, es preciso indicar que todo el grupo escultórico se encuentra sobre la piel de un mapache de tamaño gigante, de piel raída y dentadura en mal estado, con pérdida de piezas dentales y caries generalizada.

El segundo paso es el paso de Nuestro Señor del Inmenso Dolor por el Prestigio Olvidado, el Palco Usurpado y el Estadio Condenado. La imagen, que recuerda a los cristos sevillanos camino del Monte Calvario, representa al Club en actitud doliente y expectante, con la expresión del que se teme que el alivio temporal pueda convertirse en inmenso dolor si los responsables de dirigir el asunto siguen en su puesto durante mucho tiempo. La figura destila, empero, la dignidad del que puede estar herido pero no se deja abatir fácilmente, la rabia del que sabe ocupando un lugar inferior al que le corresponde, y el alivio del que conoce que, a pesar de los pesares, tiene detrás de él una legión entera aguantando los palos del sombrajo.

El tercer paso, de palio, representa a Nuestra Señora la Afición de la Paciencia Infinita, Bondad Excesiva e Ira Demasiado Escasa Aunque A Veces No Bien Dirigida Del Todo, Qué Cosas. Es un paso de palio de estilo sevillano, con siete varales de plata por lado y techo de bambalina. La imagen viste manto rojiblanco con flores de madroño bordadas y luce como adorno rosas rojas y blancas y, en las esquinas, cuatro angelotes que la guardan: uno rubio con pecas y diadema como los del primer paso, otro con porte elegante y de Eibar, uno negro con collar de cuentas verdes al cuello y otro con bigote, pelo ensortijado, un pan debajo del brazo y cara de que por su lado del palio mejor no pasar. En uno de los varales, algunos hermanos de la cofradía han atado una cinta verdiblanca como homenaje a un club pariente condenado a una suerte nefasta por culpa de un directivo que se asemeja, en su trayectoria e intenciones, a los que rigen los destinos del club propio.

Salió pues, decíamos, la Cruz de Guía de La Nuestra por la puerta 7 entre el fervor y los vítores de la afición congregada ante la misma, y salió en procesión rumbo al Ayuntamiento de Madrid, ante el que protestaría por el trato dispensado a los devotos de la misma. Volvió haciendo su carrera oficial por la plaza de Neptuno, el túnel de Atocha, la glorieta de Embajadores y la de Pirámides para finalmente recogerse en su casa matriz, entrando el último paso hacia las cuatro de la mañana. En ese momento, un tipo con canas, gafas y rebeca con coderas echa el cierre a la Casa de Hermandad, bajando una cortina metálica hasta la temporada que viene, con cierta pena y algo de alivio también, no vamos a negarlo.

martes, 19 de mayo de 2009

Un marcador de mentira

Por Jesús Doggy.

(En algunos equipos los suplentes son mucho mejores que los titulares y, cuando el partido se complica, salen los primeros a hacer lo que los segundos no son capaces. He aquí un ejemplo. )

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Dubitativa y temblorosa llegaba la hinchada colchonera al denominado Partido del Año. El Atleti recibía en su estadio a su más directo rival para meterse en la Liga de Campeones, el anunciado objetivo de la temporada, que algunos, rememorando el ya extinto pasado glorioso, consideran si acaso un objetivo mínimo, mientras otros, marcados a fuego por más de una década de ridículo deportivo, están dispuestos incluso a celebrarlo como un triunfo. A unos y a otros –y a usted también, en cualquier caso- les atenazaba un cierto rigor muscular en los glúteos, semejante a un calambre, cuando trataban de imaginar que Atleti saltaría al césped del Vicente Calderón el domingo a las 9 de la noche. Esto fue lo que pasó antes, durante y después de dicho partido de fútbol.

EL PREPARTIDO

Llegaba el Atleti con moral al denominado Partido del Año, tras tres victorias consecutivas, la última de ellas lograda en casa, con diez futbolistas derrochando coraje y corazón, ante una hinchada, de nuevo, entregada a su equipo. Con la moral alta y con bajas de consideración. Llegaba el Atleti al denominado Partido del Año sin ningún lateral derecho disponible; sancionado Perea por un codazo gratuito a un contrario, sancionado igualmente Johnny Heitinga por acumulación de tarjetas amarillas y ausente un griego desahogado que, a estas horas, probablemente esté disfrutando cerca del Mar Egeo del millón doscientos mil euros que le ha regalado la SAD para que deje de reírse de una afición, un escudo y un sentimiento que nunca le importaron gran cosa. Ni al griego, ni a los egipcios.

Jugaba Abel al despiste en los entrenamientos -que si ahora pongo a Sinama-Pongolle, que si ahora le doy un peto verde a Miguel de las Cuevas, que si ahora convoco a un chaval de Toledo que se llama César Ortiz y que está muy ilusionado- aunque el propio Abel sabía, desde siete días antes del denominado Partido del Año, que ahí, en el lateral derecho, iba a jugar nuestro Mariscal de Campo, Tomas Ujfalusi, el de la aterradora sonrisa.

En la capital del Turia, en la previa, la preocupación era mayor si cabe. El Valencia, tras una temporada especialmente convulsa incluso para un equipo y una afición acostumbrados a vivir entre convulsiones, tracas y petardazos, se presentaba al denominado Partido del Año sin su mejor futbolista: David Silva. Curiosamente el jugador más ansiado –y solicitado- por un entrenador mejicano cuyo segundo apellido no era ¡Vete Ya!, aunque durante más de dos años, incomprensiblemente, lo haya parecido. En fin, que en Valencia tampoco tenían las cosas muy claras, obligados a visitar a un rival directo, en el denominado Partido del Año, sin el Bueno (Silva), el Feo (Vicente) y el Malo (Marchena).

El entrenador del Valencia, de nombre Unai y cara de estreñimiento crónico, rabiaba por lo bajini y preparaba un encuentro típico de su manual: ocho a defender con mucha presión en el medio y achicando en bloque. Lo debe dar la tierra, de Ranieri a Quique Flores, pasando por Héctor Cúper o (¡¡ah, blasfemia!!) por Rafa Benítez. La figura, tácticamente, se llama “Robo y rápida transición defensa-ataque en banda para resolver en tres toques” y se traduce en uno que quita o corta, llámese como se llame, otro, llamado Baraja, que lanza al espacio lateral a Mata o a Pablo Hernández y un tercero, llamado Villa, que remata en el centro. El papel lo aguanta todo.

En eso debían estar pensando, con los glúteos acalambrados, la gran mayoría de los 55 mil aficionados que casi abarrotaron el coliseo rojiblanco. Entre ellos, unos dos mil seguidores valencianistas, muchos de ellos notablemente ebrios, que llenaron buena parte del segundo anfiteatro del fondo norte. Desde aquí nuestro reconocimiento, como diría nuestro querido Anfitrión. Quién, según algunas versiones, a esa misma hora tomaba posiciones frente a un televisor de plasma en un pub de Bayswater, Londres.

EL PARTIDO

Lucía el Vicente Calderón como en las grandes ocasiones, nutrida la grada, el ambiente festivo y el Fondo engalanado con un tifo tan espectacular como feo, todo sea dicho. Muy feo. Y en esas, como diría el otro, salió el Atleti. Un Atleti serio, concentrado y, ¡oh, sorpresa!, con las ideas muy claras. El Atleti pareció un equipo solidario y generoso en el esfuerzo, tirando la línea muy arriba, con Raúl García y Assunção mandando en el centro, con Simão, siempre elegante, buscando sus huecos, con Forlán recorriendo millas por todo el frente del ataque, con un Agüero incisivo y batallador, con un Maxi trabajador llegando siempre al balcón del área, con un Pablo imperial en la marca y al corte, con un Domínguez serio y en su sitio y con un Leo Franco tranquilo y con poco trabajo. Sí, faltan dos. En el lateral derecho, lógicamente, jugó Ujfalusi y la grada decía ¡Oh! Y también ¡Ah! Incluso ¡Fíjate! Porque Tomas Ujfalusi, el de la aterradora sonrisa, hizo un partido soberbio, un partido maravilloso, un partido sencillamente espectacular. Y unos cuantos se acordaron del desahogado griego y unos cuantos más se acordaron de los egipcios, mientras el propio griego disfrutaba de su aumento patrimonial y de sus cosicas cerca del Mar Egeo y los egipcios, ora daban vueltas a la M-30, ora se trasegaban otro ron con Coca Cola. Entre tanto, en un pub de Bayswater, Londres, un grupo de atléticos, concretamente siete, brindaban con cerveza negra por Mariano Pernía, el futbolista que completaba el once.

El fútbol es curioso. A veces se ganan los partidos desde la banda, a veces desde la pizarra, a veces se ganan por aplastante superioridad, a veces se ganan sin bajar del autobús, a veces se ganan por un detalle y otras veces se ganan de chiripa. A veces se ganan porque se es mejor que el rival, a veces se ganan por aprovechar la que tienes y otras veces, incluso, se ganan por el árbitro. Por último, hay ocasiones en que se gana un partido porque once hombres que forman un equipo asumen sus responsabilidades, se creen capaces de ganarlo y ponen lo que hay que poner para hacerlo sin ahorrar esfuerzos alentados sin desmayo desde la grada. Esto último fue lo que hizo el Atleti el domingo pasado, borrando totalmente del campo a un Valencia tan trabajado como pusilánime, que mereció salir holgadamente goleado del Vicente Calderón. Todo lo demás es cuento.

Ahora yo, si quieren, les cuento que el mejor jugador del partido fue el portero visitante, que acabó desquiciado de repeler balonazos, de saltar de puños, de dar voces a sus compañeros, al árbitro y a Sergio Agüero. Tanto se crispó el buen hombre que, en un momento dado, le pegó un patadón a un cartel publicitario. Si quieren les cuento que Maxi, batallador y esforzado, no estuvo preciso en el remate, pero que se entendió bien con Ujfalusi por la banda y que ofreció siempre una alternativa de remate. Les puedo contar que Forlán se multiplicó, se ofreció, cayó a ambas bandas, apoyó a sus compañeros, tiró millas y que estuvo extrañamente impreciso en el último remate. No obstante, el uruguayo de envidiable abdomen lanzó un penalti como mandan los cánones: fuerte, abajo y colocado. Fue gol, claro. Les podría narrar que Simão tuvo una ocasión tan clamorosa, tras pase interior maravilloso de Domínguez, que tiró al bulto, tal vez por verlo tan fácil. Les podría explicar que el Kun se tiró a la piscina una vez dentro del área y se decretó un penalti que no era tal, aunque, paradojas del fútbol, le hicieron otros dos penaltis clarísimos que no le pitaron. Uno de ellos le valió tarjeta amarilla. Puedo también explicar, si ustedes quieren, que Raúl García abrumó a Baraja, primero, a Edu, después, y, finalmente, a un tal Míchel. Podría decirles incluso que Paulo Assunção, en un derroche de facultades sin precedentes, dominó una franja enorme del terreno del juego, acogotando a todos sus rivales, ¡sin hacer una sola falta! Podría contarles que Mariano Pernía se ofreció una y otra vez, que perdió varios balones especialmente bobos y que le puso al Kun Agüero en la frente un centro maravilloso, potente y colocado, que se fue fuera por poquísimo. En ese momento, en Bayswater, Londres, siete personas gritaron ¡¡¡Uy!!! al unísono. Esto es, a la vez.

EL POSTPARTIDO

El entrenador del Valencia, de nombre Unai y con un rostro que proclama que no visita con la regularidad deseable el inodoro, apareció en la sala de prensa del Vicente Calderón con cara de funeral. Soltó cuatro tópicos, hizo un mohín, se ajustó la corbata y proclamó: “El Atlético de Madrid nos ha superado en todo”. Abel Resino, encantado de conocerse y hablando invariablemente en primera persona del singular, pero esta vez sonriendo, dijo: “el Vicente Calderón ha vivido una de sus grandes noches”.

En la zona mixta, un enjambre de periodistas espera la aparición de los protagonistas. Ujfalusi exhibe su aterradora sonrisa cuando un novato le pregunta que si Abel le ha dado indicaciones sobre cómo jugar en la banda. Domínguez recita lugares comunes de futbolista, intimidado por cámaras, micrófonos y grabadoras. No llega al punto de “hay que seguir trabajando para seguir trabajando” pero está a punto. El pobre. Raúl García, muy serio, se para y sentencia: “El vestuario ya está pensando en San Mamés”. De fondo se escucha a la afición valencianista gritar “¡Villa quédate!, ¡Villa quédate!, ¡¡Viiiiiiiiiiiiilla quéeeeeeeeeeeeedate!!”, mientras el propio Villa, con el típico rictus del amanecer chungo en el parking de la Heaven, se encamina cabizbajo al autobús del que, por ahora, es su equipo. A esa misma hora, en un pub de Bayswater, Londres, un individuo de pelo cano pide siete pintas de cerveza negra y exclama: ¡Por Mariano!


CODA

Lunes 18 de mayo de 2009. Un nutrido grupo de aficionados rojiblancos y de paisanos bolos en general se reúnen en la plaza mayor de Corral de Almaguer, Toledo, España. Frente a ellos un gigantesco bocadillo de 283 metros de longitud, hecho con más de 280 barras de pan rellenadas con seis productos de las industrias locales, como queso, jamón, chorizo y otros embutidos fabricados en el municipio, que suman un total de 200 kilos. El desmesurado bocata, confeccionado en la Peña Atlética Corral De Almaguer, Toledo, España, lleva el nombre de Johnny Heitinga, como autor del primer gol del Atlético de Madrid en la temporada 2008-2009. Se celebran las fiestas patronales de la Virgen de la Muela en Corral de Almaguer, Toledo, España, y dos mil ochocientas personas, incluidos tres emisarios del Libro Guinness de los Récords, están invitadas a una porción del bocata Heitinga, acompañada por un refresco.

Forza Atleti!

lunes, 27 de abril de 2009

El día en que faltó Sam Cooke

Aunque el Atleti ganó, la grada abroncó a palco, jugadores y rivales y en algunas de sus críticas tuvo toda la razón y en otras, no.


Llegó la afición al estadio sin saber muy bien si llovería o no, si el equipo ganaría o no, si habría bronca o no, si seguiríamos con opciones de seguir en Europa o no, si se recibiría a la afición rival tan bien como ellos nos recibieron a nosotros o no y la respuesta fue a veces sí y a veces no, qué cosas.

En general la afición no sabía si sí o si no ya desde el principio. Según bajaba al campo veía el hincha a grupos de correligionarios la mar de contentos y la mar de ruidosos y se preguntaba qué había hecho el Atleti últimamente para que hubiera tanta euforia. Al acercarse se daba cuenta uno de que no eran de los suyos sino de los rivales, con bufandas y camisetas similares a las propias y mejor humor y más ganas de todo a pesar de que el chaparrón que les está cayendo a ellos es de los gordos. Pero allí estaba la afición del Sporting un domingo a las nueve de la noche, abarrotando los alrededores y la grada, tocando la gaita y animando a los suyos, acabando con las reservas de cerveza de la zona y, hasta donde uno pudo ver (que luego siempre sale uno diciendo que topó con el metepatas del grupo), siendo como siempre la mar de amable con todo el mundo. A uno le gusta que las aficiones rivales vengan en multitud a casa propia y que lo hagan con ganas de ver el partido y de charlar por las calles. Si encima vienen de la otra punta del país y en domingo por la noche y en número de tres mil y pico (menos según los organizadores, que achacan al buen número de asturianos residentes en el foro la numerosa presencia en el fondo norte) uno se alegra aún más. Si además son del Sporting, uno intenta que se lleven un recuerdo aún mejor que el resto de su paso por nuestra casa. No pudo ser, se perdió otra ocasión de ser un anfitrión perfecto y de estar a la altura del visitante. Una lástima.

En el día en el que el club cumplía 106 años, hubo ya antes del partido reparto de publicaciones y manifestaciones contrarias a la gestión de la directiva. En la puerta cero se juntaron los más ruidosos para dejar claro que hay oposición por más que la policía se empeñe en ocultarlo y en todas las puertas se repartieron periódicos informando a la afición del problema que tenemos, como si no se notara. Ante la impermeabilidad de parte de la hinchada, la resistencia optó por contar la verdadera causa de la situación actual con dibujitos, como a los niños chicos, a ver si así alguno de los que siguen con la cantinela de que el Club es suyo consigue entender qué es lo que ha pasado. El Club, ladino, previendo el despliegue documental de la oposición, contraatacó con un nuevo Forza Atleti para el recuerdo. Esta vez imprimió por miles un número en el que, bajo la foto de un interior portugués, se llamaba al inconsciente de los más mayores recordando el nombre de una cadena de supermercados de los tiempos del flashgolosina, el polo drácula y la artesana y ecológica galleta artinata, el dulce de más fácil combustión. No contento con ello, el especialista en fútbol internacional del Forza Atleti aclaró a la ignorante hinchada que el portugués de marras, de un metro sesenta y cincuenta kilos como puede apreciarse en las treinta y siete fotos tamaño carnet que ilustran la entrevista, es central de toda la vida y forma con Perea una dupla de leyenda en el centro de la zaga. El Forza Atleti, shangri-la de aquéllos que sufren disfunción eréctil y escaparate de los menores de cuatro años que gustan del estilo epistolar, se está convirtiendo en un serio competidor del Mondo Brutto a la hora de retratar nuestro reverso más tenebroso. Ándense con ojo.

Salió el Atleti ante una bronca monumental de esas que ya no se escuchaban en el Calderón y que, de haberse escuchado más quizás habrían servido para cambiar algunas cosas o por lo menos para que las más importantes no se torcieran tanto. Salió el Atleti y miró a la grada y vio menos gente que nunca, con peor cara que nunca y menos tragaderas que de costumbre. Salieron los jugadores locales y leyeron aquello que ellos mismos, por boca de su capitán, se habían comprometido a no volver a leer ni a escuchar ni merecer, compromiso que sólo tardaron un partido en romper. Salieron los rivales entre vítores de la hinchada desplazada para bochorno de jugadores y directivos locales, si es que estos últimos son capaces de experimentar alguna sensación parecida, que lo dudamos.

Salió pues el Atleti y, nada más verle, la gente ya no tenía ganas de ná. Salió el Atleti y la afición tuvo la sensación de haber visto a esa novia que nos engañó con el más odiado de la clase de al lado, la impresión de haberse topado en un pasillo con ese vecino que nos aparca pegaíto el coche para que no podamos salir, de encontrarnos en un ascensor con ese compañero de trabajo que se ganó un ascenso robándonos una idea y presentándola como propia durante la reunión anual del departamento de contabilidad. Salió el Atleti, el equipo de nuestra infancia y de nuestra vejez, el equipo cuya camiseta pedimos a los Reyes Magos, el equipo al que nunca necesitamos jurar amor eterno porque, si una cosa siempre tuvimos clara era que, pasara lo que pasara, nunca dejaríamos de sentirlo como propio, el equipo que tantos buenos momentos nos dio siempre, incluso cuando nos daba disgustos, y nos dio casi asco. Rabia y asco y hastío, casi fobia casi pena, casi odio, tan rara fue la sensación que hubo quien tuvo un ataque de urticaria y acabó en urgencias untado de aloe vera entre vítores a Alemão y a José Eulogio Gárate. La grada gritó entonces contra los responsables de la metamorfosis inversa, contra los ilegítimos inquilinos del palco y en particular contra el recientemente galardonado presidente, el hombre que no ve los partidos del club y luego afirma que fue quizás el peor partido de la historia, lo que dice mucho de su credibilidad.

Jugaba el Atleti a nada y la grada, medio vacía como no se veía hace tiempo, prefería contar seguidores sportinguistas a mirar a su propio equipo. Hacía el Atleti poco para atraer la atención hasta que Forlán marcó un nuevo gol, esta vez de rebote. Fuera por el hastío general, fuera por el rebote, fuera por la injusticia hacia los que habían venido desde Gijón para ver semejante churro de partido, la grada no lo celebró. La grada no celebró un gol del Atleti en casa o más bien lo celebró por lo bajini, gol, así, en pequeñito, sin levantarse ni abrazarse ni decir pero qué bueno es este tío. En un alarde de responsabilidad y madurez respondió la grada al gol pidiendo de nuevo que se fueran los del palco, como diciendo aquí estamos, ya hemos marcado como debíamos, ahora que nadie crea que con esto nos vale y que, como hacíamos antes, vamos a olvidarnos de lo importante. Lo mismo pasó un rato después tras un buen gol de Simão, pero ya todo daba igual. Si, eso, marcad ahora y celebrarlo, como si hubiera algo que celebrar tras lo del otro día en Santander, anda ya.

Tras el descanso marcó Agüero y lo celebró poco, visto lo visto. Relajada, la grada se concentró en sí misma aunque marcara un minuto después el Sporting, recreándose en su propio protagonismo. El día en que la grada decidió actuar y no limitarse a hacer lo que le dice la Sra Rushmore que es conveniente, se pasó de rosca y se cayó a un pozo. Los gritos contra el palco, justos, necesarios y siempre insuficientes, se tornaron en torpes ofensas al visitante, como si no tuvieran bastante con lo suyo y como si no hubiera tenido, allí y aquí, un comportamiento exquisito. Luego se silbó a Raúl García, se faltó a varios jugadores que pasaban por ahí y se faltó al respeto al rival. De ahí se pasó a la chufla indiscriminada y, más tarde, al festival del humor zafio. La grada se creció, se hizo gracia a sí misma y empezó a repetir el mismo chiste en voz alta, ese recurso de los poco ingeniosos que un día, por casualidad, dan con un golpe gracioso en la cola del cine y, visto el éxito, lo repiten y exprimen hasta terminar irritando a los que esperan con ellos. La grada se emborrachó con su propia risa floja y, como afectada por la general inhalación de alguna sustancia ilegal, ya todo le hacía gracia. El colmo fue la salida de Pernía. Pernía, el hombre sin suerte, tuvo que salir por lesión de Antonio López justo el día en el que la grada se veía a sí misma sembrada, el día en el que Pernía se hubiera quedado tan ricamente en su banquillo. "Hoy ehtoy sembrá, y ensima sale er Pennía", se dijo la grada a sí misma imitando el acento de Paco Gandía, y se tiró al cuello de Mariano. Mariaaano, Mariaaaano, dijo la grada y, según lo decía, se mondaba de su propia ocurrencia, ya mil veces repetida. Vio la grada un filón para ser popular y ser considerada chistosa y con chispa, que es algo que gusta mucho, y cargó la suerte. Pidió selección para Pernía, hizo gestos de adoración, ovacionó cada intervención del lateral como si fuera una proeza. La grada se cebaba con Pernía, que por cierto no estuvo en Santander, pero sólo criticó por lo bajini a Gil Marín. No se acordó la grada de Seitaridis, ni de Maniche, ni de otros jugadores que se han reído de grada, institución y camiseta a mandíbula batiente desde carísimos coches tapizados en cuero corinto, pero sí de Pernía, que puede que sea limitado futbolísticamente pero nadie puede dudar de que sea honrado. Tampoco se acordó la grada de García Pitarch, que la grada tiene una chispa que no se pué aguantá pero no los recursos rimatorios suficientes como para sacarle una rima al valenciano, ni tampoco se acordó de otros responsables de la tragedia del equipo, que identificarlos requiere lectura y paciencia y la grada es más de ingenio repentino. Pernía, que ni se fue a la caseta ni tiró la camiseta ni mandó al respetable a paseo, aguantó el temporal, jugó bien y, quizás, consiguió con su actitud hacer que alguno de los que ayer se dejaron llevar por la masa para intentar ridiculizar a un tipo honrado se sintieran poco dignos cuando volvían a su casa. A Pernía, el Tano Pernía, va dedicada esta crónica de hoy, por cierto.

El partido acabó triste, como había empezado. El Atleti había ganado, la gente había reclamado lo suyo y había cumplido con su obligación, pero no hubo grandeza en la revuelta ni respeto en la reclamación. Los jugadores se fueron enfadados a la caseta, la afición del Sporting se fue cansada para casa y la del Atleti se fue vacía para la suya. La hinchada cumplió con su papel por primera vez en mucho tiempo pero midió mal su ímpetu y acabó perdiendo la razón y dando motivos a los criticables para devolver la crítica y desautorizar a los autores. Aún así, nos alegramos de ver cómo por fin algo se mueve, y de paso nos permitimos recomendar una canción recomendable a la hora de pedir cambios

lunes, 13 de abril de 2009

Crónica tipográfica del Depor - Atleti

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Génesis

Durante los pasados días de Semana Santa, y aprovechando la solemnidad y el recogimiento de la misma, se reunieron en Tubinga, Alemania, gran cantidad de teólogos y expertos en las Santas Escrituras. Algunos llegaron en autobús y otros, más austeros, hicieron auto-stop. Uno fue en coche particular y otros alquilaron una furgoneta en la que lo pasaron muy bien cantando salmos durante el viaje. La inmensa mayoría llevaba gafas y muchos tenían barba blanca. Algunos llevaban sandalias, otros zapatos de cordones y uno, sólo uno, chanclas brasileñas El objetivo era compartir el resultado de sus investigaciones sobre unos nuevos documentos datados en el Siglo IV antes de Cristo encontrados en una vasija con forma de rape hallada en la ciudad de Tiro. Los nuevos textos, escritos en sánscrito clásico en formato de ripio asonante, similar al tanguillo gaditano, arrojaron luz definitiva sobre el misterio del principio de los tiempos. Las nuevas escrituras, si bien mantenían la estructura original del Génesis en cuanto a la creación por días, obligaron a los expertos a corregir el contenido del primer libro del Antiguo Testamento. Los estudios, experimentos y pruebas no han dejado lugar a dudas sobre la y precisión de los textos recién hallados, lo que ha supuesto un vuelco importante en los estudios teológicos relacionados con la creación del universo.

De acuerdo con la nueva información, Dios creó el mundo en seis días y al séptimo descansó; vamos, lo de siempre. No obstante, no parece que lo que hasta ahora se asumía como orden clásico de la creación sea confirmado por los valiosos textos de Tiro. Según éstos, el primer día Dios creó las cosas esenciales para la vida: el aire, el agua y el Club Atlético de Madrid. No fue hasta el segundo cuando creó otros elementos imprescindibles para una existencia digna: el jamón, la rebeca de lana, el sofá de tres plazas y la gafa graduada. Dios contemplaba con alegría sus creaciones ya a las alturas del medio día del martes, y crecían en él las ganas de completar su obra. Creó así la pantufla calentita, el vaso ancho, la ducha de teléfono y la seda dental. Con todas estas cosas creadas descansó el segundo día y lo hizo a pierna suelta gracias a la cama de matrimonio, creada justo antes del anochecer y un momento después del telediario.

El miércoles fue un día aciago. Nada le salía como quería a pesar del entusiasmo, la intención era buena pero el resultado no. Así, ese día creó la cerveza sin alcohol, el calcetín ejecutivo, el alambrito para cerrar el pan bimbo y el botón automático. Quizás útil, sí, pero con poco pellizco. Ante la falta de brillantez de su obra decidió retirarse a descansar antes de lo normal y así fue como, cosas de la divinidad, aquel día en principio poco productivo terminó por ser el día en el que tuvo lugar la creación de uno de los pilares de la civilización moderna: la siesta.

De jueves a sábado el Creador completó su obra. Creó la regañá, la llave inglesa y la almendra salada. Creó la almohada –dura y blanda-, el pionono de Santa Fe, la anchoa de Santoña y el mando a distancia. El tostador de pan, la dirección asistida, el ventilador de techo y el tinto de verano también datan de esos días. Las cosas creadas eran muchas y buenas pero aún así Dios no estuvo satisfecho hasta el sábado al anochecer, cuando en un último y divino esfuerzo creó la provincia de Cádiz.

El domingo, coinciden los teólogos, descansó. Los nuevos documentos aclaran que para ello probó las cosas que Él mismo creó, en el orden que Él dispuso. Tras un aperitivo y un arrocito, se sentó en un sofá y se preparó un tinto de verano. Encendió su tv recién creada y, mando en ristre, se dispuso a ver jugar al Atleti. A partir de este punto las escrituras son confusas, por ser el lenguaje atropellado y a veces soez, hasta el punto que los expertos difieren sobre su contenido. Algunos sostienen que Dios experimentó un gozo inmenso viendo al equipo jugando según un sistema creado por Él mismo al que llamó contraataque, ganando a rivales de enjundia gracias a un despliegue de compromiso, calidad y entrega. Al parecer, conmovido por su propia creación, decidió premiar a la raza humana con la creación del hielo y la rodajita de limón y proyectando la existencia futura de Antonio Ordóñez, Nick Lowe y Ava Gardner. Otra corriente, igualmente numerosa, mantiene que lo que Dios se encontró ese día fue un Atleti ruin, aburrido y despegado de su misión en el mundo, empeñado en arruinar toda la triunfal semana anterior sin que le importase un pepino la armonía universal. Según estos últimos, la cólera del Creador fue inmensa y, como resultado, creó la mosca arruina-siestas, el picor de espalda en punto inalcanzable si no hay nadie cerca, la boquera y Sergio Dalma.

Desorientados los teólogos por este hallazgo que confirma que, si bien Dios es uno y trino, el Atleti es uno y dos en uno, han decidido no redactar conclusiones de momento. Hacia final de temporada se espera un nuevo congreso de sabios destinado a despejar las dudas que hoy nos atenazan. Veremos.
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Se jugaba el Atleti mucho contra un rival con el que se disputa la posibilidad de, si todo va bien, entrar en Champions o, si todo va mal, ser séptimo, que es lo que viene siendo ni chicha ni limoná. Y se lo jugaba tras venir de hacer el ridículo más espantoso contra Mallorca y Osasuna. Y se lo jugaba tras ver cómo había fallado el Villarreal, a quien los que saben vaticinan tiempos difíciles ahora que Cazorla y Senna están lesionados, y tras ver cómo el Valencia, con quien aún hay que jugar en casa, venía de ganar en el último minuto. Se jugaba mucho el Atleti a una sola carta y la afición congregada frente a las televisiones no sabía, una vez más, si saldría el equipo de fútbol que se midió de tú a tú con los de arriba hace unas semanas o la chirigota que compareció en los campos en las últimas semanas para alegrarle la vida a los rivales, ya pueden Vds imaginarse.

Salió el Atleti por la tele y casi no se adivinaba la alineación entre la multitud de interrogantes que sobrevuelan las cabezas de los aficionados colchoneros al empezar los partidos. ¿Funcionarán los laterales? ¿Saldrá el portero de debajo de su larguero? ¿Jugarán hacia adelante los medio centros o se limitarán a destruir el juego rival? ¿Estará entonado el Kun? ¿Jugará Forlán como suele o bien tendrá un día de esos en los que no da una? Haga Vd el favor de moverse a la izquierda, que su interrogante mayúsculo no me deja ver el sorteo de campo, oiga.

Entre tanto signo de interrogación se empezó a ver el partido y lo que se veía, por poco usual, llamaba la atención. Se veía un equipo serio presionando en el centro del campo sin dejar pensar al rival, un equipo en dos líneas con las ideas claras o al menos ganas de que el rival no las tuviera. El Atleti jugaba serio y ordenado, jugaba en letra Arial y tinta negra, en renglones rectos y párrafos proporcionados. Quizás no con brillantez ni letra Lucida Calligraphy salvo en algún momento puntual en el que Simão se permitía algún control para la galería o Maxi resolvía con clase algún agobio cerca de la banda, pero lo hacía con seriedad de bando municipal y eficacia de asiento del registro de la propiedad. El Atleti controlaba el centro del campo, una buena noticia cuando el que por ahí pulula es Valerón, ayer ausente gracias al empuje de los medios del Atleti. Sólo Guardado parecía ayer en disposición de hacer algo más incisivo pero su excesivo interés en salir en el tiro de cámara cuando se le acerca un rival le privó de algo más serio.

El Atleti jugó ayer con solidez de atrás hacia delante, con Ujfalusi en su línea (sobrio y eficaz, jugando en negrita cuando hace falta y rara vez en cursiva), con Pablo más agresivo y rápido en la anticipación y los laterales dejando claro que cuando ellos no están y no les da por lesionarse a la vez, el equipo sufre. La media, ya lo hemos dicho, jugaba seria como la letra Times y junta como la letra Bodoni MT Poster Compressed, impidiendo así al rival hacer frases con sentido. Mención especial merece Assunção. Assunção escribe en letra grande y visible pero en tinta demasiado clara. Cuando está no se le lee bien ni se le nota mucho, cuando no está se nota una barbaridad y las frases compuestas por el equipo echan de menos una conjunción copulativa. No ha sido llamado por el camino de la creación, pero su misión la cumple y desactiva a muchos rivales de calidad. El problema, claro está, es que hace falta algo más de criterio en el centro del campo, pero ese problema, lejos de ser suyo, se sienta en un despacho y lleva gafas de sol y trajes con pantalón pitillo.

En el apartado más ofensivo, Maxi alternaba trabajo, ofuscación y detalles de calidad mientras que Simão, como siempre, escribía con facilidad y, además, en verso. ¿Y la delantera? Pues por ahí andaba, oiga. Al principio parecían poca cosa, Forlán parecía más metido entre los medios y Agüero parecía menos fresco aunque más trabajador que otras veces. Pero poco necesitan estos dos para dejar las cosas claras. Dominan la sintaxis sin demasiado esfuerzo y en cuanto tienen ocasión hacen algo sencillo: Agüero que controla frente al área, pasa un balón a Forlán para que éste le devuelva una pared al primer toque, el Kun que acelera, se va de su par, se planta ante el portero y tiene el cuajo y la calidad necesaria para no tirar al bulto sino buscar el palo, el sitio al que el portero no llega. Gol. Pocas palabras, una oración simple y demoledora, un verso suelto en medio de un párrafo poco lírico con aires de circular de ministerio.

El segundo tiempo transcurrió durante buena parte como el primero, con el Atleti controlando y el Depor sin conseguir zafarse del control. A mitad de la segunda parte Raúl García, trabajador y concentrado como un amanuense durante todo el partido, arrancó entre dos rivales, pasó con el exterior a Simão y éste, a pesar de la oposición de Filipe, algo más blando de lo que uno esperaba, marcó el gol 4.000 del Atleti en liga y pasó a la historia justo detrás de otro Simón, Roberto Simón para ser más exactos, que no es poco.

Con cero dos el Depor parecía tener claro que la suerte estaba echada. Pero la salida de Pablo Álvarez dejó entrever un haz de luz entre tanta pierna y tanta letra y tanto sujeto y tanto predicado y el Depor pensó que podía ocurrir eso que le suele pasar al Atleti, esto es, que echa a perder las cosas cuando lo más fácil es que nada se tuerza. El Atleti, quizás incrédulo ante su ventaja, se echó atrás como hacía antes y se metió en líos. Salió Banega, siempre dispuesto a enseñarse pero siempre dispuesto a hacer en cuatro toques lo que requiere uno, un culterano vocacional al que convendría leer a los nihilistas. Salió Sinama y no supimos nada de él y a esta hora no sabemos si su familia seguirá preocupada ante la ausencia de noticias. Un poco antes salió Mariano y, fiel a su falta de estrella, volvió a convertirse en el chivo expiatorio a pesar del movimiento general de caída de brazos. Salió Pernía y, tras un despiste táctico marca de la casa, hizo inmediatamente una falta que quizás no fuera ni falta y encima se llevó una amarilla. El Depor encontró entonces lo que todos los rivales del Atleti buscan: una falta lateral, la llave maestra que siempre abre la puerta de los nuestros, el explorador que abre todas las latas. Lanzó Guardado y el balón se paseó manso sobre y entre todos los defensas del Atleti que miraban extasiados el prodigio de una esfera volante a tan poca distancia, y lo hizo hasta llegar al segundo palo para que Bodipo, de manera poco ortodoxa, marcara. Cinco minutos por delante con la afición atacada por ver de cerca la posibilidad de perder la ventaja de dos goles, de echar a perder el buen trabajo realizado y de ver escapar la posibilidad, otra más, de engancharse a la estela de los que se dirigen hacia la Champions, la enésima razón que invitó a un fabricante de desfibriladores a anunciarse en el partido contra el Mallorca.

Finalmente el partido acabó con dos a uno, dejando una vez más ese regusto metálico que deja el equipo que hace las cosas bien durante ochenta minutos para luego dispararse en el pie durante diez. El Atleti está a tres puntos del cuarto, equipo contra quien juega en casa dentro de no mucho, y a la espera de que los de arriba jueguen entre ellos. De haber sido el equipo serio de ayer en los últimos partidos tendría al menos seis puntos más; de volver a ser el equipo de los últimos diez minutos perderá puntos que no debe perder. La solución, en unas semanas.

lunes, 9 de febrero de 2009

Crónica inversa de un Recre - Atleti (Night on Earth)

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El que suscribe, en rugby, va con Irlanda.
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El día 8 de febrero de 2009, aproximadamente a las 18:50 de la tarde, varias personas se encogían de hombros y se levantaban de sus sillas en un bar sito en Valdepiélagos, municipio de la provincia de Madrid famoso por el sufragio directo y los huevos fritos con migas. Y lo hacían sin demasiado entusiasmo pero satisfechos, con alivio pero sin excitación, contentos pero no felices. Esas personas, de diferentes edades y variados tonos capilares y grados de miopía, hipermetropía y astigmatismo pero sin estrabismo alguno, oiga, acababan de ver el Recreativo - Atleti de liga que acababa con el resultado de 0-3, dos goles de Forlán y uno de Agüero. Los espectadores se levantaban y recogían el tabaco o iban al baño o llamaban a casa para decir que sí, que ya voy, pero si acaba de acabar, sí, salgo ya, hay que ver qué prisas. Los aficionados se activaban tras un partido entero sentados en una silla, y lo hacían con una sensación conocida y no muy remota: la alegría contenida por una victoria contundente pero no espectacular, la sensación de haber pasado un trámite, la sospecha de haber evitado un desastre a corto plazo pero sin garantías de evitar un desastre aún mayor a término medio o largo, el estupor al ver la clasificación y la diferencia de puntos con los equipos que ocupan los puestos anhelados, la impresión de haber visto un equipo que hombre, que sí, que si funciona pues bueno pero que tampoco es para tanto, la resignación de que tampoco hay mucha más tela que cortar, la leve ilusión de que si las cosas se enderezan se puede hacer algo mejor, la intuición de que si los jugadores realmente quisieran que ciertas cosas pasaran, estas pasarían con mayor certeza, con mayor frecuencia.

Aproximadamente veinte minutos antes del momento referido en el párrafo anterior, en el cuarto de estar (nótese lo salao de la expresión, por cierto) de una casa sita en Ontinyent - también llamado Onteniente, municipio sito en la provincia de Valencia por mucho que algunos lo sitúen en la de Alicante - un señor con gafas y su hijo en edad adolescente daban un brinco en un sofá de elegante estilo provenzal, de esos con patas de madera maciza con los que uno se destroza el dedo chico del pie en las frías mañanas del invierno ontinentino. Y lo daban cuando Leo Franco se llevaba a una mano un balón entre tres rivales, evitando un gol posible pero no decisivo en un partido que los visitantes ganaban por cero a tres ya desde hace un rato. La parada del portero, vestido de un color que chirría a los supersticiosos y alegra a los mosquitos, desencadenaba por enésima vez una discusión ya tradicional entre la hinchada colchonera desde que ésta, hace unos meses, se dividiera entre partidarios y detractores de Leo Franco. Por obra y gracia de la tecnología y los tiempos modernos, la discusión no se hacía a viva voz y mirándose a los ojos y haciendo grandes gestos con las manos sino a través de mensajes de texto por teléfono móvil; y no se desencadenaba entre aquellos que compartían sofá, que por ser padre e hijo prefieren discutir sobre horas de llegada los viernes por la noche o sobre la cuantía de la paga semanal, sino que se producía entre el cabeza de familia con gafas y un señor que en ese momento se encontraba trabajando en la redacción de un importante medio de comunicación de ámbito nacional. El segundo, reconocido anti-leofranquista de voz ronca y gusto por los guisos de cuchara, esperaba desde la intervención providencial de su odiado cancerbero el mensaje burlón del sarcástico levantino quien, además de tener una moto vieja en buen estado, gusta de chinchar al segundo cada vez que el portero odiado por este último hace una intervención de mérito. Esta amistosa pelea a distancia, si bien inocente y pacífica, es una reproducción en miniatura de el debate que asola la grada desde hace unos meses y que lleva a los partidarios de Leo Franco a pronunciarse con vehemencia sobre la sobriedad y efectividad de su protegido, mientras que sus detractores critican su querencia a permanecer bajo los palos, a no usar su envergadura y renunciar a las salidas por alto y su pobre juego con el pie. Así, mientras unos por defender al suyo critican a Coupet y otros por atacar a su adversario se refieren a Leo Franco como "la mona" (que esto es verídico, que me lo han dicho a mí unos ilustres atléticos de Algeciras), el partido va avanzando y la afición sigue a los suyo, que es discutir sobre todo.

Aproximadamente veinte minutos antes del momento referido en el párrafo anterior, y coincidiendo con los primeros compases del segundo tiempo, un considerable número de aficionados atléticos residentes en Bruselas, Bélgica, reunidos en un bar conocido por el nombre de sus dueños, pedían otra cerveza esperando un segundo tiempo animado que continuara con la dinámica mostrada por el equipo en el primero. Cómodos gracias a la ausencia masiva de público, como suele pasar hoy en día en los bares cuando juega el Atleti, y a la ventaja en el marcador, los presentes se dedicaban con placidez a discutir sobre otro de los temas favoritos de la afición colchonera: que si el cuatro-cuatro-dos o si el cuatro-dos-tres-uno. Unos defendían la primera opción, otros veían osado plantear el partido con cuatro atacantes, unos decían que qué puede pasar cuando vuelvan Maxi y Simao y otros se preguntan qué le pasa a Raúl García, por más que ayer anduviera más atinado. La afición discute y discute sobre qué hacer con Forlán, si meterle más de centrocampista dejando al Kun solo en punta y así cerrar la media con dos mediocentros que compensen la debilidad de la defensa. A cada argumento defendido por un sector contesta el otro con sólidas razones contrarias, bien desde el propio bar o desde un sofá en una casa de Onteniente o en un bar similar pero con mejores migas sito en Valdepiélagos, provincia de Madrid. Hablan unos sobre si hay que renunciar a Maxi, que no saben bien a qué juega y otros glosan las maravillas del capitán. Unos dicen que, aunque es pronto para decir nada porque sólo se lleva un partido, parece que con Abel el equipo juega más junto y hay menos distancia entre defensa, media y delantera, que ya era hora, que no había que ser un lince para haberse dado cuenta y otros dicen que la clave, la clave de todo es que no está Maniche. Se solapa entonces el debate del sistema con el debate sobre Maniche, y unos dicen que es un sinvergüenza que no sabe qué camiseta lleva y otros dicen que puede, que sí, pero que al menos sabe jugar al fútbol y que lleva en una bota más calidad que toda la defensa junta. Discute la afición exiliada, lo que produce desgaste y pérdida de líquidos y no queda más remedio que pedir más Jupiler.

Aproximadamente quince minutos antes del momento referido en el párrafo anterior, y coincidiendo con el final del primer tiempo, un señor de Milán de aspecto distinguido y gusto por los vinos secos se incorpora de su silla y abre mucho los ojos para así aliviar la tensión de las cejas tras haber visto todo el primer tiempo del partido con los ojos entornados y cara de chino a través de una página de internet de origen ruso que recoge un link de una página china que ofrece acceso a una página india que ofrece los partidos gratuitamente, sin saber bien si eso es legal o no, con comentarios en finés. Lo mismo hacen un tipo en Miami, un furibundo colchonero en Bretaña, dos amigos en Croacia, un ojeador aficionado en Costa Rica y un insomne en Yemen. Todos a la vez mueven el cuello y la cabeza de lado a lado y miran a techo y, cuando notan el relax en los músculos de la nuca, dicen uf.

Aproximadamente catorce minutos antes del momento referido en el párrafo anterior se desencadena en el bar de Bruselas referido anteriormente otra tormenta que nos es familiar. Hacia el minuto 31, con 0-2 a favor del Atleti, Pernía salva en la línea de gol un tiro del Recreativo que se colaba dentro. Despeja Pernía y la muestra de afición del bar se divide entre quienes maldicen su estampa y quienes celebran con especial alegría cada acierto de Mariano. No vale para nada, no debería estar en este equipo, es un desastre técnico y táctico que sólo corre sin sentido, menudo timo nos metió el Getafe, dice medio bar. El otro medio replica ya estamos con Pernía, hasta cuando salva un gol lo hace mal, será malo pero el hombre se vacía, lo da todo, anda que no hay gente a la que criticar por delante de Pernía. Faltaría más, si encima no corriese sería para matarle, menudo petardo, dice una facción. No, si haga lo que haga está mal, qué más da si regatea a tres o si roba un buen balón o si mete un pase en profundidad, todo lo que hace está mal, y mientras Seitaridis por ahí, de rositas. Se emplea de nuevo cada facción en tratar de hundir a los rivales y echa el resto discutiendo, que es lo suyo. Cuatro minutos después marca Forlán el tercero y el bar grita y lanza puños al aire y hay tímidas palmadas en la espalda y amagos de abrazo y algún discreto y sobrio apretón de manos, tímida tregua antes de la próxima discusión.

Aproximadamente cinco minutos antes del momento referido en el párrafo anterior marca Forlán el segundo con un remate prodigioso que primero parece que se va fuera pero coge efecto, se frena y se va a la parte interior del palo. Se abrazan padre e hijo en un sofá en Onteniente y llegan mensajes de texto desde una redacción de un importante medio de comunicación de ámbito nacional en los que pone qué bueno es el uruguasho, oiga. El Atleti marca el segundo gol tras un buen comienzo de partido en el que los jugadores muestran más ganas y más compromiso, más interés por ganar que en partidos recientes. Este hecho levanta una ola de discusiones entre ocupantes de sofás en el Levante español, levanta polémicas en las redacciones de medios de comunicación, produce divergencias en los bares del exilio y hasta peleas internas entre el yo y el super-yo de aquellos que ven el partido en solitario, con los ojos achinados frente a un ordenador en Milán, Miami, Bretaña, Croacia, Costa Rica y Yemen: la culpa es de los jugadores, ahora sí que corren, se han querido cargar a Aguirre, está claro. Qué sinvergüenzas, no sienten los colores, les da igual todo lo que no sea su sueldo, no saben qué camiseta visten, a estos les ponía yo a picar en una mina. Discute la afición, que es lo suyo, mientras disminuye la indignación de la que ésta era presa hace aproximadamente media hora.

Y es que aproximadamente media hora antes del momento referido en el párrafo anterior la afición en pleno, y no solo en Valdepiélagos y en Onteniente y en Bruselas y en algún otro sitio como por ejemplo El Escorial, se situaba frente a la televisión para ver el debut de Abel y lo hacía discutiendo con furor sobre si echar a Aguirre era o no la solución, sobre si el problema del Atleti es más profundo o si se soluciona cambiando un entrenador cada seis meses. Brama la afición contra la directiva con más unanimidad que nunca, quizás gracias a una extraña complicidad de los medios en los últimos días, tras la destitución del mexicano. Discute la afición sobre si hay que echar a los del palco por las buenas o por las malas, y sobre si lo mejor es no volver al campo o sacar pañuelos o tirar al pilón a los creadores de opinión deportiva que intoxican desde periódicos y radios. Las venas de los cuellos se hinchan y a medida que se acerca el momento del pitido inicial la indignación crece y también lo hace la claridad con la que los aficionados ven la solución a todos los males: que se vayan ya los presuntos dueños del club, que nos dejen en paz, que venga otro que se haga con el control de las acciones, uno que sepa de qué va esto, uno que no busque vender el estadio ni al Kun ni nada. La afición no se divide entonces entre partidarios o detractores del palco, que todo el mundo tiene claro quién es el verdadero culpable de todo, sino entre los que opinan que cambiar al entrenador era necesario o es inútil, los que creen que Abel no es más que otra cortina de humo que impedirá ver la verdad o los que piensan que merece una oportunidad al menos y que algo había que hacer con Aguirre, vistas las cosas; los que hubieran preferido a Pantic o lo que reniegan de Santi Denia, los que proponen llevar pancartas al campo o pitar durante noventa minutos. Todo el mundo tiene claro qué hay que hacer, todo el mundo se brinda para ayudar, todo el mundo decide dejar todo de lado para pelear por el Club porque eso, el Club, eso es lo importante. Lo nuestro, lo de nuestros padres, lo que no podemos permitir que nos quiten.

Cuatro minutos después llega Sinama, se va por la banda, deja un buen centro alto a la altura del punto de penalti y marca el Kun otro gol, otro de cabeza. Y así, de sopetón, todo cambia.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Elogio público de Mariano Pernía

Sí, sí, elogio. Elogio. Y de Pernía. Elogio-público-de-Mariano-Pernía. Sí, ¿qué pasa?

Nota: este artículo comenzó a escribirse tras el partido Atlético - Mallorca del pasado día 1 de Noviembre. Por razones que no vienen al caso sólo se terminó después del partido de Liverpool.
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Sube Mariano Pernía la banda y la grada silba.

Silba la grada a Pernía y el que suscribe se enfada. Se enfada, sí, se enfada. No sabe si se enfada con los que silban o con los que no aplauden o con la gente en general, pero se enfada. El que suscribe, que no sólo es un blando sino que es admirador de Pernía desde hace tiempo como bien saben los lectores de este blog, suele enfadarse con lo que considera injusto y esta situación se lo parece. Intentaré explicarles por qué.

Que Mariano Pernía es quizás el jugador más limitado de la primera plantilla del Atleti es algo que, en mi opinión, está claro. Donde el lector amable ha leído limitado alguno ha leído malo, y a efectos prácticos viene a ser lo mismo. Pernía, que llegó al Atleti tras una buena temporada en el Getafe y un Mundial ni más ni menos, no ha jugado bien en el Atleti. No ha respondido a lo esperado, no ha justificado su fichaje (carísimo, pero eso no es cosa suya sino de algún otro al que se silba más bien poco) ni ha convencido como titular por delante de Antonio López. Pernía no ha exhibido en el Atleti su disparo seco, el que le dio tantos goles en el Getafe. Ni de falta, ni de jugada, ni llegando de segunda línea. Pernía ha hecho poco bueno y sí ha hecho muchas pifias, muchos malos despejes, muchos errores de principiante. Muchos.

Pero es que además Pernía, Mariano, hace a veces cosas cómicas. Hay gente con el don de la gracia involuntaria, como esos científicos despistados que presentan la vacuna de la malaria con una mancha de huevo en la bata blanca; uno de ellos es Mariano. Pernía se cae cuando no hace falta, se afeita la cabeza el día de más frío del año y le rompe la columna a un compañero intentando despejar de un pelotazo. Pernía pierde de vista el balón en un rebote y corre en dirección contraria mientras la grada le dice por ahííí nooooo, Marianoooo. Llega el balón botando en largo y le pasa por encima a Pernía, que intenta volver a su posición mientras la grada se monda. Sube Pernía la banda y un señor gordo que nunca jugó al fútbol grita Vamos Mariaaaanoooo, y lo hace con un tono socarrón, entre cariñoso y ridiculizante que aquellos que acuden al campo acaban de repetir mentalmente. Y también pifia Mariano, sí. Sale Pernía al ataque y se le va el balón cuatro metros, lo que aprovecha el rival para organizar un contraataque entre bramidos de desesperación de la tribuna. Despeja Pernía de cabeza y le hace un pase medido al delantero centro visitante, quien tira a puerta y nos da un disgusto a todos. Y no sigo, que alguno se va a tomar este elogio por el lado contrario por el que va, pero no me negarán Vds que es así. Y es que Pernía, que es calvo y delgadísimo y se llama Mariano, invita al chascarrillo, y esto es así nos guste o no. Pernía, en fin, tiene estas cosas, y quizás por eso algunos le hayamos cogido más cariño que a otros.

Por todas estos motivos la grada reciente ha elegido a Pernía como el blanco de sus iras, como antes hizo con Cléber, y esto es lo que uno no entiende. Toca la bola Pernía y parte de la grada silba, lo haga bien o lo haga mal. Juegue bien o juegue mal, Pernía es elegido el peor jugador del partido; cuando uno pregunta por qué, el demoledor argumento es uno que les sonará familiar: Pernía no tiene nivel para ser el lateral izquierdo titular del Atleti de Madrid, es seguro que Pernía es peor que su peor equivalente en canterano, Pernía es malo de solemnidad. Y, incluso si uno estuviera de acuerdo con estas afirmaciones, uno no cree que eso justifique que se convierta a Pernía en el automático chivo expiatorio de todos los males del club, que son muchos y evidentes y tienen nombre y apellidos y personas detrás que sin embargo no escuchan silbidos ni broncas a pesar de ser los responsables de que en su puesto juegue Pernía y no un jugador de campanillas. Y así nos van las cosas, oigan.

Así que de un tiempo a esta parte, no sé bien si por convencimiento espontáneo o por llevar la contraria a la facción que la ha tomado con el Tano (que uno es del Atleti hasta para enfrentarse con el resto de la afición del Atleti), yo soy de Mariano Pernía.

Y soy de Mariano Pernía porque, consciente como soy de sus limitaciones, valoro su entrega y sus ganas y su falta de falso fondo. Porque si yo fuera Pernía, Mariano, quizás no me brindara a la lapidación pública de cada partido con la honradez casi suicida con la que lo hace él. Porque cuando las cosas se ponen feas nunca he visto taparse a Pernía y sí he visto esconderse a muchos otros compañeros suyos con más calidad y más caché y más experiencia pero menos vergüenza torera. Porque Pernía, que no está capacitado para subir el balón, no rehúye la responsabilidad cuando otros jugadores, más glamourosos y más dotados y siempre mucho más tapados, le entregan la bola para que sea él y no ellos quien se inmole ante la grada. Porque Pernía, que tiene y no tiene suerte, hace un buen partido en Liverpool y obtiene como recompensa que el piscinazo de Gerrard se recuerde como el penalti de Pernía. Porque Pernía, que podría estar harto del Atleti y de su gente y evitar todo contacto con la afición silbadora, se desvive por los chavales y aficionados que van al Cerro del Espino aunque sepa que no es él el más deseado en los rankings de cazadores de autógrafos. Porque Pernías o Pizos Gómez, jugadores limitados con vergüenza y corazón, en otros tiempos eran queridos en el Calderón a pesar o quizás precisamente por sus defectos; pero no ahora, que hasta en eso ha tenido mala suerte el bueno de Mariano.

Por todo ello, yo soy de Mariano Pernía. Y porque si unos cuantos jugadores de la primera plantilla, con buenos sueldos y buenas condiciones técnicas tuvieran la mitad de ganas y honestidad con la que juega Pernía, el Atleti estaría más cerca del lugar que se merece. Porque puede que uno tenga claro que Pernía no quedará en su memoria como el mejor en su puesto, pero sí le queda claro que, si algún día se lo encuentra por la calle, le gustaría estrecharle la mano y agradecerle la actitud, la rectitud y la honestidad y mostrarle mi respeto. Y esto, lamentablemente, no es algo que merezcan muchos de los que han pasado por este Club últimamente, empezando por arriba.

Y ahí queda dicho. Y ahora me expongo a la lapidación pública en el momento en el que Pernía cometa la próxima pifia, que será pronto y será seguro, que menudo es Mariano para estas cosas. Y en ese momento llegará más de uno y más de dos y dirán a ver qué dices tú ahora de tu Mariano majo, que mira la que ha liado, a ver cómo le defiendes, que ya saben Vds cómo se las gasta esta afición cainita en cuanto uno se posiciona. Y quizás no tenga defensa posible pero yo, mientras siga como hasta ahora, mientras sude lo indecible y siga dando el 100% de lo (quizás poco) que tiene le seguiré defendiendo, seguiré siendo de Mariano Pernía. Y ahí queda dicho.

*(Dicho esto, a uno le consuela saber que no está solo en esto; también la municipalidad de Londres se sumó al elogio, según pudo comprobarse el pasado miércoles, a la vuelta de Liverpool)