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lunes, 9 de noviembre de 2015

De nueves, banquillos y gradas

El Atleti jugaba contra un rival querido, el Sporting, y lo hacía a una buena hora: ni demasiado pegada a la hora del pacharán, ni demasiado pegada a la hora de la cena. Hacía buen tiempo, el campo estaba lleno (con muchísimos rivales) y la cerveza estaba fría; ¿qué podía fallar? Naturalmente, como no podía ser de otra manera, las cosas no salieron como uno pensaba.




Salió el Atleti con el equipo que casi todos habríamos sacado, con la excepción de Jackson Martínez, uno de los jugadores más que más discusiones protagonizan, no tanto por la opinión que de él se tiene (que, a día de hoy, es bastante generalizada) sino por los efectos colaterales que su titularidad implican. El caso es que el Atleti salió con un equipo bien majo y, así de salida, prácticamente nadie habría mostrado disgusto o sorpresa viendo la alineación sobre el papel.

Enfrente salió vestido de amarillo y con una media de altura de equipo de balonmano el Sporting de Gijón, uno de los equipos que más alegría nos da ver por el Calderón y que más aficionados (y más majetes) atraen. Los alrededores del estadio estaban llenos de seguidores asturianos y lo mismo pasó en las gradas, y no sólo en la zona acotada para visitantes (desde ayer con unas vallas anti lanzamiento de objetos que se antojan bajas para el ultra visitante medio, normalmente de brazo recio y sesera corta), sino por todo el estadio. Los seguidores del Sporting, como viene siendo tradición, llegan en tropel al Calderón y ocupan asientos mezclados entre los locales, como debe ser y como tanto nos gusta. El caso es que  frente al Atleti se situó otro equipo, y esto es algo que no todo el mundo percibió hasta que salió el tema un rato después, ya en los bares.

La crónica empieza por el  equipo rival, cosa extraña en este blog, pero para eso hicieron los visitantes un partidazo. Ordenado, sin fisuras y robusto, bien organizado, correoso pero sin pegar demasiadas patadas, sabiendo lo que hacía y convencido de su sistema, el Sporting cuajó un estupendo partido defensivo, esa faceta del fútbol que los narradores desprecian quizás por pertenecer todos ellos al exclusivo club de jugadores de pellizco, manita girada hacia el exterior y conducción de balón con el exterior y la cabeza levantada. Hay muchas formas de entender el fútbol y algunas de ellas no desprecian el fútbol sólido y solidario de los equipos modestos, el tesón que hace a jugadores menos brillantes parar a los más dotados, el rigor táctico y el convencimiento de que el sistema trabajado dará frutos si cada uno hace su trabajo. Quizás por haber jugado mucho en equipos malos, el que suscribe es uno de estos fans del futbol solidario de sudor y ayudas; quizás por ello el Sporting de ayer le pareció un muy buen equipo de fútbol, difícil de descolocar, poderoso por arriba y hermético a la hora de dar alternativas al rival, en este caso un Atleti más potente pero con muchísimas dificultades para hacer juego. El Sporting defendió bien en dos líneas bien formadas y convencidas de su juego, con un par de jugadores, Jony y Halilovic, rápidos en la salida y el contragolpe y con cabeza suficiente para gestionar la sorpresa del equipo que llevaba el peso del juego, en este caso el Atleti. En ambas mitades la mayoría del tiempo se pasó en campo asturiano, y aún así las ocasiones más claras fueron de los visitantes, que no marcaron gracias a un portero superlativo, Oblak.

Ante este equipo rocoso y grandote, el Atleti planteó ese partido que no le gusta jugar: contra un rival atrincherado, contra un equipo cerrado en el área chica y un portero que va bien por alto. Con pocos espacios por delante de los centrocampistas, el partido fue un tormento para un delantero grandote y necesitado de espacios como Jackson, que carece, entre otras cosas, de las virtudes de Mandzukic en estas lides. Con el Atleti apretando en tres cuartos, sin demasiados problemas para llevar el partido hasta la zona en la que esperaba el medio campo rival, el juego se complicaba sobremanera cuando la línea del centro del campo del Sporting iniciaba la presión. El Atleti no gusta de estos partidos que se resuelven con sistemas de balonmano, circulando el balón de lado a lado buscando pases laterales que terminan en un avispero en el que los centrales eran mucho más aguerridos y potentes que Jackson, en el que Griezmann se limita a intentar pescar un rebote que le permita meter ese gol tan suyo con la punterita o la cabeza.

El Atleti buscaba mover al Sporting de lado a lado, más bien de izquierda a derecha, agolpando jugadores en la banda en la que Carrasco, de nuevo destacado, y Filipe Luis, tocaban con la idea de agolpar rivales para, una vez forzada la basculación del resto del equipo visitante, cambiar rápido el juego para que fuera Juanfran quien entrase: la táctica que tanto resultado dio el año de la Liga. Juanfran, como siempre, aceptó el reto y subió y subió con acierto hasta que se rompió, quizás sobrecargado tras tantísimos minutos sin recambio. En el segundo tiempo salió Gámez y lo hizo estupendamente, como si llevase jugando todo el año de titular. Un buen profesional y un buen jugador, Gámez.

El Atleti no parecía encontrar la vía de entrar por los lados y, aun así, sólo insistía en esa fórmula. Con Tiago llevando el mando, quizás con una pizca menos de brillo que en otros partidos debido a la ausencia de espacio y acumulación de minutos, Gabi dio un recital en las ayudas y en algún buen pase largo pero no contribuyó a desenmarañar la madeja del Sporting. Con Koke trabajador aunque algo espeso y Carrasco – el más incisivo - sin espacios, con el partido controlado por el Atleti y curiosamente también controlado por el Sporting, el Atleti seguía buscando balones laterales. Ni por abajo ni por dentro ni por el centro ni a baja altura, el Atleti seguía buscando balones altos frente a dos centrales poderosos (uno de ellos, Bernardo, un auténtico muro) y con el teórico objetivo de alimentar la cabeza de Jackson Martínez, de quien se diría que permanece indiferente a pesar de estar en el centro del huracán. Jackson, que tiene físico suficiente para pegarse con la mayoría de porteros de discoteca de la zona Sur de Madrid, carece sin embargo de lo necesario para hacerse valer en esa zona: no salta ni pelea como otro colombiano, más bajo y ligero, que anduvo por aquí hace unos años. Tampoco se faja como un croata de nariz contusionada que también ocupó ese sitio, ni tienen el don de desquiciar a los rivales que tenía otro de sus predecesores, en este caso nacido en Lagarto y con cara y conducta de rufián. Jackson parece más cómodo fuera del área - apoyando en el medio campo y descargando hacia los lados como hizo en el primer cuarto de hora de partido - que metido en la pelea, donde se limita a meterse entre los dos centrales y ver la vida pasar dando sorbitos al té. Cómodo en una posición en la que no le llega casi ningún balón a menos que fallen los rivales, dando pocas ayudas a los compañeros aparte de vestir una camiseta amiga a la que apuntar cuando se hace el centro, Jackson juega más de boya de atraque que de nueve en muchas fases de los partidos. Jackson espera tranquilo a ver si hay suerte y le llega un balón, viviendo su partido sin saltar a pelear o presionar o buscar la anticipación, se diría que inmerso en pensamientos abstractos y profundos o haciendo cálculos mentales sobre la cantidad de briznas de césped que existen en el terreno de juego, sobre cuánto gastaría su coche si en las cuestas abajo pusiera el punto muerto, si, una vez retirado, sería buen negocio poner una tintorería en Barranquilla.

Jackson lleva ya un tiempo en el equipo, ha sido titular en muchos partidos y aún no parece enterarse de qué va el tema. No se sabe si por lo elevado de su precio o por si fue una apuesta personal de Simeone, Jackson parece instalado sin demasiados problemas en la posición de 9 titular, lo que tiene efectos colaterales que, entre otras cosas, están llevando a la afición a la histeria. Jackson trabaja menos de lo deseable y acierta también menos de lo deseable, y hay quien lo achaca a que es un petardo monumental y hay también quien piensa que hay que tener fe y que es cuestión de tiempo. El caso es que los días pasan, Jackson no carbura y el juego del equipo se resiente de su poética ausencia presente, como también acusa la inactividad y falta de ganas de Griezmann, desaparecido en períodos larguísimos de los encuentros, sólo maquilladas por varios goles decisivos cuyo mayor mérito, muchas veces, fue únicamente estar ahí, ni más ni menos: estar ahí, eso sí, es algo que no está al alcance de muchos.

La presencia de Jackson, además, ha terminado por relegar del todo al banquillo a Fernando Torres, que empezó la temporada con exhibiciones físicas y metiendo goles importantes. Torres, es cierto, está ahora impreciso y fallón, y uno no sabe si es porque no juega lo suficiente al estar Jackson por delante, o si es que Jackson está ahí porque Torres está especialmente impreciso y fallón en los entrenamientos. Pero Jackson también está impreciso y fallón y sin embargo goza del apoyo sólido del banquillo, algo que no parece tener Torres a juzgar por las declaraciones del entrenador. Algún periodista ha tomado esta teórica inquina como bandera y la enarbola cada cinco minutos, autoerigido en ariete anti-Cholo. Y, ya de paso, la afición toma partido en la polémica y, como viene siendo habitual en el Calderón, se polariza: los que no entienden la suplencia de Torres cargan contra el Cholo y le acusan de celoso, injusto y cerril; los que creen que Torres no debe jugar defienden al Cholo a capa y espada, llaman ignorantes y desagradecidos a los que critican sus decisiones, tiran de historial y del concepto de la lealtad y la memoria y, en algunos casos, cometen la torpeza de faltarle al respeto a Torres y le ponen de petardo para arriba. Qué cosas, oiga, como si el historial, el respeto y la memoria sirvieran para defender a Simeone pero no, curiosamente, para defender a Fernando Torres. A Fernando Torres, ni más ni menos.

Como en tantas otras cosas, una buena parte de la afición del Atleti muestra su atávica incapacidad para ver las cosas desde el punto medio y para defender su postura sin faltar al respeto al de enfrente, algo curiosamente ridículo cuando hablamos de dos tipos, Simeone y Torres, cuyos nombres quedarán escritos con letra de oro en la historia del equipo. Ayer, el cambio de Carrasco por Óliver Torres fue pitado en el campo y, la verdad, era difícil de entender: Carrasco había sido lo más incisivo del equipo y Óliver Torres viene de hacer varios partidos muy grises. Los silbidos, quizás feos, podían entenderse; sin embargo, han servido para alimentar la pelea. La afición del Atleti, ya saben, esa que lo mismo ponía de vuelta y media a Raúl García que ovacionaba a Reyes en cuestión de pocas semanas, ahora se ha dividido una vez más, con una parte erigida en azote de Simeone y otra volcada en la defensa pretoriana de cualquier decisión del Cholo. La afición del Atleti, la que ha callado durante años ante las tropelías del palco pero silbaba con virulencia cada fallo de Perea, la que gustaba de reírse de Pernía cuando intentaba hacer honradamente su trabajo llevando nuestra camiseta mientras asistía impávida al expolio del Club y la malventa del estadio, la que presume de haber pasado la travesía del desierto y los años negros de Manzanos y Luccines para, llegados los tiempos de bonanza, buscar problemas donde debería haber motivos para la unión, ahora muestra una vez más su asombrosa capacidad de no ver más allá de sus narices y se enzarza en una pelea de unos contra otros, que al final es lo nuestro: también pasó el año pasado, cuando parecía que para defender a Arda Turan había que despreciar a Raúl García. De paso sea dicho, parece que no se aprendieron ciertas lecciones.

Porque si al Atleti se le puede acusar de no haber encontrado la forma de entrar en la empalizada del Sporting, haber sesteado en el segundo tiempo de Coruña y no dar una contra el Astana, a la afición del Atleti se le puede echar en cara también unas cuantas cosas. Se diría que la afición del Atleti ha perdido, con esto de los años buenos de Simeone, la capacidad de percibir la realidad como realmente es. Se diría que la afición ahora exige ganar todos los partidos por aplastamiento, olvidando que el año en el que se ganó la liga con brillantez también se estuvo varias veces con el agua al cuello en casa y fuera, borrando de la memoria esos malos partidos que terminaban con el equipo achicando agua a cabezazos desde el área pequeña. Se diría que la afición se ha creído más de lo que realmente es, exigiendo juegos florales, rondos humillantes para los rivales, fútbol de fantasía y tanteos de escándalo, algo que no es sino excepcional en la historia de este equipo nuestro. Se diría que los éxitos del equipo han tenido en la afición el efecto de convertir a cualquiera en entrenador diplomado, analista contrastado y experto internacional de la propia plantilla, pero despreciando al mismo tiempo a los equipos rivales con gesto de gañán enriquecido gracias a un yacimiento petrolero en su bancal. Se diría que la afición del Atleti, la fiel, la entregada, la ruidosa, la leal, se va convirtiendo poco a poco en algo que despreciábamos hasta hace bien poco.

Contra el Sporting la afición se mostró fría, algo distante, se diría que altiva, no dignándose a animar durante buena parte del encuentro en el convencimiento de que el partido terminaría por ganarse por mera intervención de la ley de la gravedad; cuando la afición se dio cuenta de que el tiempo se echaba encima y no se encontraban soluciones, lejos de animar la reacción general fue protestar, gruñir, fruncir el ceño, abrazar la histeria. Amestallada, anoucampada, la afición parece exigir ahora té perfumado en porcelana china mientras, qué cosas, presume de apreciar el sabor áspero del tinto de bota. Qué cosas, oiga, qué cosas.

Que el Atleti puede y debe mejorar no sólo es cierto: es lo que va a ocurrir. Que Jackson no está bien es un hecho y no debe empujar a debates; que Simeone debería al menos probar con otras cosas (Correa y Griezmann delante, Griezmann al banquillo alguna vez, Carrasco por delante de la media en algún partido, Torres en partidos con espacios) es también incuestionable. Que la situación actual lleva al absurdo es más cierto que todo lo demás. Que a la afición del Atleti hay veces que no hay quien la entienda es verdad; que en ocasiones no hay quien la aguante, también. 

jueves, 22 de septiembre de 2011

Alegre crónica del Atleti - Sporting de Gijón

Se hizo de día el jueves 22 de Septiembre de 2011 y a la calle salió un montón de gente sonriendo. Todos, eso sí, del Atleti.


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Llegaba al Calderón el Sporting en día de entresemana y la parroquia rojiblanca, que no llena la grada con las apreturas de otros años - a pesar de que en el Club dicen que hay una lista de espera y que para pedir el nuevo abono hay que presentar una solicitud escrita con cinco años de antelación, por triplicado y en papel timbrado con póliza de dos pesetas en favor de los huérfanos del Ejército - tenía antes de entrar una sensación agradable. La afición venía contenta por lo visto contra el Racing y venía también contenta acordándose de que, hace un año más o menos, el Atleti volvió a casa tras ganar la Supercopa y jugó un lunes también contra el Sporting, le metió cuatro y se puso líder dos semanas. Aquel Atleti, luego desmembrado y reducido a escombros gracias a la calculadora del palco, la inoperancia del banquillo y las rabietas de algunos jugadores, hizo presumir a la afición colchonera durante unos días, igual que el Atleti de hoy mismo. La historia de aquel Atleti ya la conocen ya Vds y la de éste, la de este Atleti nuevo de toque y confianza, de mimo por el balón y recuperaciones rápidas, de un brasileño finísimo, un turco paticorto y talentoso y sobre todo un colombiano descomunal, aún no la sabemos.

Ya saben Vds, oiga, que el que suscribe ha decidido este año ser optimista en lo relativo al Atleti para así mejorar la salud de su hígado, recuperar el color de la tez (hasta alcanzar el verde pálido entreverado que la caracteriza) y volver a casa con apetito en día de partido. Y hay algo que es necesario comunicar ya a estas alturas, por sorprendente que parezca: no nos está resultando tan difícil ser optimistas, oiga, no tanto.
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Llegó la afición al campo y, como es menester en día de diario, unos iban con corbata y otros no. A unos les había dado tiempo a ir a casa y ponerse una camiseta rojiblanca y otros venían de La Coruña con traje y ordenador. Unos traían bocadillo de su casa y otros un hambre horrorosa por culpa del puntual cumplimiento del convenio colectivo. Unos venían corriendo y solos y otros en pandilla y paseando, y hasta hubo alguno que trajo invitados y llegó tarde, dejando a los nuevos solitos en la grada un rato. La efeméride del día la protagonizaron estos últimos, padre e hijo y ninguno del Atleti; lamentablemente para ellos, son hinchas de otro equipo de Madrid aunque vivan fuera. El padre es ya un caso perdido y al menos la naturaleza le ha compensado su poco gusto futbolístico con un distinguido pelo cano. El niño es otro cantar: el niño no es del Atleti o al menos no lo era hasta ayer y ayer iba a su primer partido de fútbol. El niño, excelente jugador de fútbol y gran matemático a pesar de no ver casi nada si no se pone de puntillas, tenía hasta ayer claro cuáles eran sus colores y no tenía tan claro quiénes eran sus rivales. Gracias a Falcao y a la grada, terminó haciendo la ola y dando botes al son de una cancioncilla poco apreciada por el resto de miembros de su familia. Si el niño a esta hora no es ya del Atleti será un milagro, y si lo es, que casi seguro que lo es, probablemente pida para Reyes una camiseta con nombre de colombiano feroz.

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Llegó pues la afición al campo, decíamos, y algunos conocieron a algunos otros y otros conocieron por fin a unos y fue todo la mar de agradable. Hombre, yo soy yo,¿y Vd? no me diga, ¿es Vd Vd? Así es, pues no sabe qué alegría me da conocerle. Las presentaciones en persona son muy útiles para ponerle la cara a un nombre y ver si las expectativas se cristalizan.

- Le hacía yo con gafas más gordas

- ¿No me estará llamando Vd hipermétrope, verdad? Mire, si ha Vd venido a provocar elija padrinos, lugar y color de paraguas (no plegables) y solucionemos esto como caballeros.

- No he querido ofender, disculpe; nunca dudaría de su miopía.

- Ah bueno. ¿Quiere una cerveza? Invito yo ... lo siento, es que estoy irascible, en mi última revisión me han dicho que he perdido media dioptría en cada ojo y en mi casa no me hablan.

(Como todo el mundo sabe, las gafas dan mucho juego a la hora de reconocer a alguien, como ocurre con el pelo).

- Pues no es Vd tan calvo como yo pensaba

- ¿Calvo yo? ¡Pero si tengo un pelazo! Pelazo cano, pero pelazo al fin y al cabo. Mire, si ha venido Vd a provocar elija padrinos, lugar y color de paraguas (no plegables) y solucionemos esto como caballeros.

- Deje, deje, que ya he oído lo de antes. Le invito yo a la cerveza y nos ahorramos las explicaciones.

- De acuerdo, pero acepto única y exclusivamente porque es Vd de Cuenca.

(Y opinen Vds más, no me sean perezosos)
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Salió el Atleti al campo y salió a su lado el Sporting de Gijón, ese equipo que nos cae tan bien y al que nos gusta recibir en casa. Al pobre Sporting de Gijón le vistieron de un color insustancial, el color de la mente de los que no se acuerdan de nada en los exámenes, el color de la gente con mala salud o avergonzada, el color de la poco futbolística carne de merluza. Al Sporting de Gijón le recomendaríamos cambiar de equipación suplente, pero como no somos nadie para recomendar nada a nadie y menos al Sporting de Gijón, aquí termina este tema.

Por el lado del Atleti salió un equipo diferente al que salió contra el Racing, cosa de las rotaciones, esa cosa nueva que se ha hecho toda la vida y de la que todo el mundo habla. De salida, a uno se le dibujó una sonrisa en la cara: en el equipo titular estaban Assunçao y Koke. Uno tiene un aprecio especial por Assunçao, un tipo honrado y trabajador que se ganó su puesto centímetro a centímetro hasta ganar kilómetros de credibilidad y que lo perdió de un plumazo sin demasiadas explicaciones. También tiene aprecio por Koke por aquello de ser de la casa y despuntar en las categorías inferiores, por representar a la cantera y tener desparpajo y por apellidarse Resurrección, que es apellido de libro de García Márquez y de futuro rojiblanco. Entre que uno decidió un día ser optimista y que empieza los partidos con una sonrisa, ya no hay quien le reconozca.

- Ah, es Vd, no le reconocía yo. Le veo diferente, le veo como calvo e hipermétrope

- Mire, si ha venido Vd a provocar ...

La segunda buena noticia de la tarde fue que el Atleti salió con cinco nuevos jugadores respecto al partido, pero la intención pareció la misma. Silvio, Grabi, Salvio, Koke y Assunçao salieron de titulares y el Atleti jugó a lo mismo que los días en los que no estuvieron. El Atleti, al menos por ahora, va dejando claro que quiere tocar el balón, que no quiere pelotazos y que quiere que todo el mundo se sienta a gusto en el equipo. Filipe Luis Filipe tira caños y devuelve paredes, Salvio se pelea y corre tras los balones con su achaparrada estampa, Koke la quiere y Silvio más. En el compromiso y la claridad de ideas de los que salen, sean o no titulares todos los partidos, uno ve la mano del entrenador. Hasta ahora uno, optimista por contrato, era públicamente escéptico y reticente con Manzano y hacía chuflas por su parecido con Flanders sin bigote, pero el cambio que ha notado en el equipo le indica que las cosas pueden ser diferentes respecto a los tiempos en que en el banquillo se sentaba su ojeroso antecesor. Este año el ambiente parece mejor, los nuevos parecen enchufados y los antiguos están más contentos; a balón parado pasan cosas, los capitanes son de la casa y parece que hay una idea más clara de en qué equipo y con qué aspiraciones se juega. Entre los capitanes hay uno nuevo, eso sí, Grabi, pero Grabi es otro cantar. Grabi ha vuelto de Zaragoza empapado de recia convicción baturra y corre y la pide y da voces y pases y pesa en el equipo como no pesaba en sus etapas de antes. Falla algunos pases fáciles, sí, y algún día nos costarán un disgusto, pero su presencia en el juego es constante y muy de agradecer por los compañeros, que siempre le encuentran cuando hay apuros. Grabi es ahora uno de los capitanes de la plantilla y, siendo de la casa y siendo veterano, puede que sea importante a la hora de decirle a los recién llegados en qué club están.

Otra de las buenas noticias tiene nombre de señor y de marisquería y se llama Domínguez. Domínguez fue capitán y metió un buen gol y remató a puerta y se entendió bien con Miranda. Se le vio más confiado y sonriente, con la confianza y la sonrisa que le quitaron el año pasado a golpes de bufanda anudada y sensaciones del entorno. Quizás su alegría tenga nombre de señora con tocado de frutas y de pueblo burgalés y se llame Miranda. Miranda, que dejó a muchos una buena impresión en Valencia y algunas dudas a otros, pareció cómodo con Domínguez y se sumó al ataque en los balones parados, estuvo cómodo en su zona y sacó el balón jugado con pinturería en algunas ocasiones. De ser uno no ya optimista sino positivista exaltado, se atrevería a decir que Domínguez y Miranda se entienden bien y están cómodos, pero ya se sabe que dentro de un par de partidos pueden hacer una pifia y se nos derrumba la sociedad, sobre todo una vez hemos comprobado que Courtois, Cuantró en grada de lateral, a veces tiene pequeñísimas dudas. En breve veremos la solvencia de la parte defensiva del equipo, defensas (3 por cierto al final del partido de ayer) y medios incluidos, que la tropa ofensiva ya va presumiendo por el paseo marítimo y guiñando el ojo a las jovencitas. Por ahora, uno sí reconoce al menos la musicalidad del nombre conjunto y las inmensas posibilidades que ofrece: Miranda y Domínguez, abogados, Miranda y Domínguez, detectives, Las Aventuras de Miranda y Domínguez en el Oeste, Miranda y Domínguez, asociados.

- Con eso de la hipermetropía no ha hablado Vd de Turan ni de Falcao

- ¡Ya está bien! ¡Saque su paraguas!

En ausencia de Diego, los ojos ávidos de fútbol de toque y último pase se fijaban en Turán. Turán jugó más hacia la izquierda, aunque luego se iba al centro, a la derecha también, un poco a su aire. Cuando Turán la toca deja claro que sabe y que crea peligro. A ratos sestea y desaparece, pero si la coge asusta. En ocasiones defendió corriendo hacia su campo y varias veces creó corriendo hacia el campo rival y en horizontal. Encima contaba con el apoyo atrás de una línea de tres de lo más ortodoxa esta vez, con Assunçao por delante de los centrales barriendo lo que lllegaba, y contó también por delante la referencia que cualquier centrocampista querría: Falcao. Falcao hizo un partido monumental, rematando a puerta todos y cada uno de los balones que pasaban cerca de él. Se las vio a veces con Botía, que de espigado ha pasado directamente a posible flanker, y de los choques salió airoso o por los suelos, trompicado o mirando a puerta pero nunca haciendo teatro ni protestando ni lamentando nada que no fuera su propia imprecisión. En varios momentos salieron ambos del embroque (en su acepción taurina) y se estrecharon las manos, un detalle que gusta en ciertos blogs que tienen como referencia histórica un delantero centro de buen juego aéreo y mejores modales con los rivales.


Del partido de Falcao poco diremos, que ya lo han dicho todo los medios de comunicación, que al ingenioso grito de Falcao Maravillao destacan, incluso en portada (excepciones de hoy que eran regla antes), el partido del colombiano. Lo que no ha trascendido son una serie de llamadas telefónicas que tuvieron lugar tras el tiro a la escuadra de Falcao. A punto estuvieron de producirse las mismas llamadas tras el remate de cabeza que anuló el árbitro-vedette Iturralde y tras el primer gol, finalmente de Lora tras remate dificilísimo de Falcao. Pegó el balón en la escuadra y ya no pudieron más, los teléfonos quemaban. Mañana reunión urgente, convoquen a todos los comerciales, esto puede ser un problema. A las siete de la mañana del día de hoy estaban de bote en bote las salas de reuniones del Corte Inglés, el Decathlon, almacenes Fuentes-Guerra (de Córdoba) y Modas Barcelona. Las instrucciones a los dependientes eran tajantes: desde ahora, los balones se ponen en una vitrina cerrada con candado. Nada de balones sueltos en la tienda, nada de niños botando pelotas. ¿La razón? Muy clara: Falcao puede andar cerca, y si es así remata y fijo, como poco, que rompe el espejo del probador y no está la cosa como para hacer reformas. Las llamadas no pararon ahí y las marquesinas del autobús, puertas de garaje y cualquier otro espacio rectangular del entorno urbano han sido declarados zonas de alto riesgo en las que está prohibido botar balones, llevar globos terráqueos o portar sandías. Falcao es un peligro público, puede andar cerca y pegarle un pelotazo a un guardia. Falcao remata todo y casi todo bien, y si no es por Iturralde ayer vuelve a irse con tres goles a su casa, tan contento y tan modoso.

El Atleti jugó y ganó un partido con sabor a partido antiguo, de esos a los que la afición sabía que iba a ver una victoria y la única duda era por cuánto. Por ahora hay motivos para la alegría, sin perder de vista experiencias previas que hacen ver fases de goleadas en casa y días de juego y rosas como pasos previos a esas épocas desesperantes por las que equipo siempre ha pasado. Pero algo ha cambiado claramente. El ambiente que llega desde el césped, por ahora, es distinto al del año pasado y los jugadores parecen más implicados. No hay patadones constantes y cuando hay alguien en apuros aparecen pronto los compañeros. La ocasión a balón parado ya no pertenece a la categoría de lengua muerta a la que la relegó Quique y se buscan combinaciones y desbordes donde antes se buscaban pases apresurados a los de delante. El sábado, claro está, tendremos la piedra de toque, un partido importantísimo en el que por supuesto el resultado es importante, pero lo es más la imagen que deje el grupo y la actitud con la que se enfrente. Bonito partido el sábado, disfrutemos.

Y, por si había dudas, está claro que no, el que suscribe no hizo la ola.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Confusa crónica dos en uno del último o últimos partidos, que uno no lo tiene claro (oiga)

Ante tantas cosas buenas juntas y tantos días felices seguidos, no es fácil ordenar la memoria.


Llegó la afición al campo horas antes del partido y lo hizo vestida de rojiblanco y en pantalón corto, como correspondía al calor húmedo y pegajoso de la zona, tan distinto del calor seco de Madrid pero igualmente insoportable, que ahora que lo pienso no sé si era ese. Como siempre, qué otra cosa cabe hacer, la afición achicharrada se dirigió a los bares, inicio y fin de todos nuestros viajes, deseos y días. La afición, bullanguera y sonriente, no pegaba con el ambiente de la zona, un barrio entre ostentoso, estirado y directamente aburrido, y constató que ese no era su sitio en cuanto comprobó que en los alrededores del estadio no se podía adquirir alcohol, que es la expresión que usa la autoridad cuando no quiere que se venda cerveza. La afición, asfixiada entre el calor y los precios, sólo quería una cervecita para recuperar fluidos vitales y bajar la temperatura corporal pero los taberneros de la zona, posiblemente intimidados por los policías vestidos de samurai de opereta que ocupaban las esquinas, se negaban a vender nada que no fuera agua y refrescos dulzones, vergüenza para el gremio de hinchas panzones a los que pertenece buena parte de la afición colchonera. Así que ésta, que de fútbol sabe algo pero de bares ni les cuento, decidió ir a la montaña ya que la montaña no iba a ella y se lanzó en busca de bares decentes más allá de la mítica curva que lleva de Paseo Imperial a Pirámides, a menos que fuera la curva de la Rascasse o curva del Rascacio, que también puede ser, ahora no estoy seguro; lo que sí era indiscutible es que la afición se hacía fotos y daba vivas a los millonarios locales que tomaban el giro en segunda, haciendo chirriar los neumáticos de sus Renault 11, o quizás fueran Ferraris y Maseratis, ya no lo tengo claro, oiga.

El caso es que la afición acalorada encontró finalmente algún sitio en el que apagar su sed con fríos y nobles tercios de Mahou, o quizás fuera con infames vasitos de ruin Kronnenburg casi tibia, ahora no lo sé a ciencia cierta, pero el caso es que con mayor o menor fortuna se logró recuperar al menos parte de las sales esenciales antes de entrar al campo. La entrada al campo resultó estar al final de un laberinto de indicaciones sobre a qué zona deberían ir los del Atleti y los del Sporting, o quizás fueran los del Inter, ya dudo, que desembocaban en un camino franqueado por vallas metálicas por las que transitaban los hinchas como ganado estabulado camino del matadero. Al final de la avenida de vallas un señor cortaba una tirita de la entrada y más adelante otra que luego devolvería si el hincha quería salir de su asiento para ir al baño mugriento, que en esto sí que son casi iguales todos los estadios. Esto fue así o quizás no, quizás la hinchada entró por la puerta de siempre, mirando mucho el carnet nuevo, tan rojo y tan feúcho, metiendo el código de barras en el lector del torno y avanzando hacia su asiento por esos pasillos de hormigón tan familiares y tan desnudos y tan fríos y, curiosamente, tan bonitos y tan queridos, tan familiares, pasillos por los que cada aficionado habrá pasado cientos, miles de veces antes de que los eche abajo un bulldozer el día en el que no queremos pensar, ese día que, algunos, confiamos en que en realidad nunca llegue.

Subió la afición a sector de grada correspondiente y le llamó la atención la cantidad de escaleras que había que subir para sentarse en un campo tan chico pero, sobre todo, le llamó la atención que el estadio de un sitio tan chic tuviera las paredes de gotelé y no de perlita, como correspondería a la alcurnia del lugar. También le había llamado la atención que el estadio se llamase Luis II y agradeció el gesto local de dedicar el campo al futuro sucesor de Don Luis Aragonés, mientras reflexionaba sobre el curioso hecho de que su propio estadio se llame Vicente, como su vecino, y que a nadie le parezca raro. Esto fue así o quizás se sentara la afición en su asiento de siempre, saludando a la parroquia y diciendo hay que ver qué moreno, oiga, qué bien vivimos, ¿eh?; puede, sí, pero también es posible que la afición ocupara un asiento en el que nunca antes había estado y mirase el estadio, pequeño, poca cosa, con infame pista de atletismo, chico por dentro y con aspecto de bloque de pisos por fuera, ya no sabría decirles con certeza, la verdad. Se sentó pues el aficionado y vio desfilar delante de él policías acorazados, señores de traje y bomberos vestidos de amianto con grandes guantes y un casco plateado que inspiraban muchísima pena cuando uno caía en que hacía treinta y pico grados y una humedad tropical o quizás un calor seco y madrileño que, en cualquier caso, no invitaba a vestirse de astronauta.

El caso es que se sentó el aficionado y no sabe uno a estas alturas si lo que vio fue la presentación de un trofeo entre grandes muestras de entusiasmo o bien una coreografía de abanderados con los colores del Inter y el Atleti, no lo tiene uno claro ya, no lo tiene claro. Uno recuerda un speaker, infame invento del fútbol moderno que únicamente vale para que las aficiones mojigatas sepan qué decir en cada momento, cantando la mitad del nombre de cada jugador para que el fondo respondiera la otra mitad mientras un niño corría y se ponía en la teórica demarcación del mencionado con bastante poco acierto: así, uno recuerda al speaker llamando a Assunção y ver salir un niño de melena rubia; uno recuerda al speaker llamando a Ujfalusi y ver salir un niño con cara de adorable querubín con buenas notas; uno recuerda al speaker llamando a Reyes y ver salir un niño con cara de inteligente. Después de esto, y lamentándose por el futuro profesional del director de casting del evento, uno esperaba oír al speaker llamando a Quique Sánchez Flores y ver salir un niño escuálido y muy moreno con trajecito y bufanda, o llamando a García Pitarch y ver salir un niño con gafas, pantalón pitillo y un gran maletín que se abriría a mitad de la carrera dejando caer gran cantidad de billetes del monopoly; uno esperaba oír al speaker llamando a un directivo y ver salir a la guarda de finanzas con una orden de busca y captura cacheando a todo el mundo. Pero no fue así, o sí, ya no recuerdo bien, la verdad, a estas altura el recuerdo es confuso. De hecho, quizás no fue eso lo que viera el aficionado, sino que fuera un pasillo de jugadores del Sporting recibiendo a un Atleti que, Copa en ristre, se dirigía al centro del Calderón a ofrecer el trofeo a la afición entre grandes ovaciones, también de los aficionados del Sporting que ocupaban parte del fondo norte. Es bien sabido que para estas cosas de la amabilidad y la nobleza uno siempre puede contar con los asturianos, ya sea en su casa, en el Calderón o en Costa de Marfil, y es por eso que somos cada día más aquellos a los que nos gustaría hacer pronto al Sporting un pasillo de honor mientras presentan su propia Copa, a ver si hay suerte.

Empezó el partido, de eso está uno seguro, y uno cree recordar a a De Gea, Ujfalusi, Perea, Godín y Domínguez en defensa, el último de lateral izquierdo. Recuerda también levantar mucho las cejas al ver que no estaba Filipe Luis y sí el bueno de Álvaro, condenado a un puesto en el que no lo había hecho bien con anterioridad. Eso, o bien ver a De Gea, Ujfalusi, Perea, Godín y Antonio López con peinado militar, que también podría ser, también podría ser, oiga. El caso es que uno, entre nebulosas, recuerda un partidazo de Domínguez cuando uno hubiera esperado un Maicon subiendo la banda a voluntad. También recuerda alguna pifia de Perea, como es costumbre, seguida de una actuación más que notable con un par de cruces sobresalientes. Recuerda algún fallo inicial de Godín seguido de la sensación de querer ya los galones, sin dudar a pesar de los fallos, mostrando cierta soltura y un atisbo de tendencia suicida al subir el balón. Recuerda a De Gea parando un penalty, parando con el pie, blocando con la mano, saliendo a lo loco al centro del campo para inmediatamente recomponer la situación, desmoralizando delanteros al parar como quien cose balones complicados y dejando, siempre, la sensación de que hay portero para años, quiera el Altísimo que siempre en éste su club.

También recuerda uno un doble pivote del que le gusta acordarse, Assunção y Raúl García. Recuerda al primero omnipresente, enorme, siempre en su sitio, siempre llegando donde otros no llegan, amargando la vida a Sneijder y Zanetti, a Eguren y Rivera; y recuerda al otro ocupando con autoridad su parcela, recuperando balones y levantando la cabeza, peleando y jugando al fútbol, reclamando el cariño y el respeto que la grada a veces le niega, dando quizás el paso al frente que de él esperamos y metiendo balones en profundidad como el que Simão convirtió en pase perfecto para el Kun en el segundo gol. Recuerda a Raúl con molestias, retirándose al banquillo para que saliera Mario Suárez, medio centro con planta y peinado de Domínguez que jugó mejor que en la pretemporada.

Uno recuerda - o quizás no - a Jurado en la media titular, eso no lo tiene claro. Sí, sí, ahora que lo dice también recuerda a Jurado jugando el último partido en el Calderón antes de irse a Alemania, jugando, hay que joderse, su mejor partido tras ciento y pico veces con la camiseta del Atleti y metiendo un buen gol de tiro seco. Jurado se va a Alemania por un dineral sin que haya tiempo para buscarle un sustituto, las clásicas cosas de la directiva, aunque no es Jurado un jugador que requiera, por su rendimiento, demasiado recambio. Es cierto que al haberse ido el indefinible Salvio no sobran jugadores que puedan dar juego por las bandas y dar respiro a Simão y Reyes, pero no es menos cierto que con Fran Mérida y Tiago y Mario Suárez debería haber más alternativas para el juego de la media del equipo. El caso es que se va Jurado por una millonada y no sabemos qué han visto en Alemania para pagar tal fortuna. Quizás, piensa ahora el aficionado menos convencido, Jurado sea un auténtico fenómeno de quien el equipo no debería deshacerse a pesar de haberle visto más partidos que a Dirceu y comprobar, partido tras partido, que no sólo no despega sino que nunca se le vio interesado en coger carrerilla para tomar el impulso necesario. No sabemos de qué jugará Jurado en Alemania, si lo hará por banda o si lo hará de organizador, si el equipo se ordenará en torno a su figura, como reclamaban algunos teóricos partidarios de darle galones, o si tendrá que buscarse un hueco por lucha y calidad, el hueco que aquí no se hizo a pesar de jugar en plantillas justitas. De Jurado sólo sabemos que se cantan sus virtudes cuando juega en su teórico puesto ideal, la famosa "posición natural" de Jurado, desde ahora la naturlich position que se estudiará en Universidades e Institutos, la posición en la que ha jugado bastantes veces y ni fú ni fá. Tras su paso por el Atleti sólo hemos podido comprobar que Jurado debe tener dos posiciones, natural y en almíbar, y que únicamente ha jugado en la segunda cuando ha llevado la camiseta y el número que, antes que él, defendieron leyendas colchoneras de esas de levantarse al pronunciar su nombre. Vaya pues en paz Jurado, que le vaya bien, y que repase sus emotivas declaraciones al partir, que eso de que "en parte me da pena marcharme" no vienen a refrendar la inteligencia que sus fans le suponen en el campo.

En ataque uno recuerda a Simão, poco participativo hasta el pase magnífico del segundo gol o recién salido del banquillo y metiendo un golazo por la espalda. También a Forlán, peleón y algo acelerado buscando el tercer gol en una final que le diera el Balón de Oro, frustrado y enfadado camino del banquillo al ser sustituido; también le recuerda, qué cosas, metiendo dos goles sencillos, uno tras un jugadón de Agüero y otro tras un pase excelente de Ujfalusi, rejuvenecido por la banda y cada vez con más carisma de líder. Recuerda a Fran Mérida, un chico al que uno desea lo mejor, pero no le recuerda en el Calderón sino en Mónaco. Recuerda uno a Reyes, más trabajador que antes, autor en Mónaco del gol que abrió y cerró el partido a falta de la guinda aunque lejos del super jugador que pintó la prensa y lejos también del galardón de mejor jugador del partido que le dio la UEFA, y recuerda a un Reyes participativo y peleón contra el Sporting, más motivado que antes, más cerca de lo que debería ser siempre. Recuerda al Kun en Mónaco entonado al principio y, más tarde, algo espeso, cansado e individualista en alguna acción que podría haber culminado Forlán, contento tras marcar el segundo y orgulloso con su orondo hijo en brazos. Pero también recuerda al Kun de los días grandes del Calderón, peleón, regateador, algo chupón pero enorme al enfrentarse a los esperanzadores Botía y Canella y a todo aquél que quisiera medirse a su cada vez más potente forma física.

Recuerda uno todo esto y, entre imágenes de bufandas y camisetas y gente sonriendo, no tiene claro dónde estaba cada cosa. Recuerda a la afición del Inter, formada casi exclusivamente por tipos entre veinte y cincuenta años, y, frente a ellos, recuerda mares de niños y señoras y familias enteras de rojo y blanco en el fondo del Atleti, una afición alegre volcada en apoyar a los jugadores y en conseguir que la descendencia se comiera el yogur. Recuerda una grada llena de camisetas con nombres de jugadores de hoy y de siempre, camisetas de un grande que hoy juega en Inglaterra, camisetas de la selección española, de la selección uruguaya y hasta del Cádiz. Coches llenos de bufandas por las carreteras de la Costa Azul, camisetas rojiblancas, azules, negras y rojas por las zonas más turísticas de Francia, grupos de atléticos en las terrazas de pueblos franceses, una BMW de gran cilindrada con un enorme escudo del Atleti en el carenado y una bandera uruguaya al viento. Carísimas terrazas monegascas llenas de aficionados haciéndose fotos con el Cholo Simeone y bebiendo jarras de cerveza a precio de Moet Chandon, desafiando a la crisis y a Ernesto de Hannover antes de volverse a Marsella, ni más ni menos, a seguir dando vivas a Domínguez. Seguidores sportinguistas perdidos por las inmediaciones de la Puerta de Toledo y aficionados del Atleti guiándoles hasta el estadio, los pasillos del Calderón llenos de gente cantando a la salida, tras el partido, como en los días grandes; los bares repletos de aficionados sonrientes bebiendo cerveza y dándose abrazos, las palmadas en los hombros de los sportinguistas que comparten barra, la sonrisa de bobo al llegar a casa. Recuerda uno ayer mismo un padre con mochila del Atleti apremiando a sus hijos para salir rápido del avión y así llegar a tiempo a Neptuno y una columna en la parada de taxis de la T-4 en la que aún sigue, pegada con celo, la portada del As del sábado pasado en la que se puede leer "Supercampeones". Y los montones de niños, adultos, recién nacidos y hasta una novia con bufanda rojiblanca en los alrededores del Palace ayer mismo.

Uno no tiene claro cuándo ha pasado todo esto, pero sí tiene una cosa clara: que el viento ha cambiado, que las cosas, al menos temporalmente, han vuelto donde debían y que, por ahora, lo primordial es disfrutar del momento y seguir apretando para que dure. Y que dure mucho, que dure.

lunes, 18 de enero de 2010

De cómo se pasa de la desesperación a los cálculos de probabilidades, como siempre

Ganó el Atleti un partido en el que pudo marcar más goles sin jugar mejor que el rival: es lo que tiene contar con Agüero en filas propias.

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Se van casi por la puerta de atrás, en privado y casi como si se quisiera ocultar que ya no estarán más, como el resto. Cuando llegan, unos y otros, la prensa hace volteretas laterales, ya llegó, aquí está, es la solución a todos los males, menudo fenómeno, hay que ver lo bien que hacen las cosas estos directivos tan fetén. Y luego llegan y, la mayoría, ni fú ni fá. Unos fracasan con estruendo, otros pasan de largo sin demasiado interés, pocos aparentan tener un móvil más allá del sueldo. Pero hay algún otro, sí, hay otros que sí intentan hacer las cosas bien, entienden dónde llegaron, saben ponerse en la piel de los que llenan graderíos y bares para ver cómo lo hacen. Y éstos, que son pocos, meten el pie y juegan fuerte y corren y buscan lo mejor para el equipo, que es lo mismo que decir que buscan lo mejor para la grada y lo mejor para ellos mismos. Y éstos, con sus altos y sus bajos y sus partidarios y sus detractores, poco a poco se van haciendo con un sitio en el Club, en la gente, en el equipo. Y aguantan a veces pitos injustos y otras veces gozan de un trato más paciente que con el resto, probablemente porque se han ganado los galones y el respeto. Y la gente les exigen mucho porque saben que pueden dar mucho y que de hecho lo han dado, y tiene paciencia y respeto porque, con su juego, dieron muchas alegrías, muchas sonrisas en domingo y mucha dignidad los lunes. Y cuando estos se van, por increíble que parezca, la afición se queda sin la ocasión de al menos decirles gracias, gracias por las carreras, por meter la pierna, por tomarte en serio la rehabilitación tras la lesión, por entrar al choque, por controlar aquél balón y meter aquél gol. O gracias aunque nunca fuiste santo de mi devoción, pero reconozco que luchaste por lo mismo que yo, a veces menos de lo que yo creo que debieras, a veces menos de lo que el resto interpreta. Gracias, gracias por todo, suerte y que te vaya bien, que tengas éxito, si vuelves por aquí llama y cuéntanos cómo te va, si tienes un rato iremos a tomar cañas al bar de siempre.

Se ha ido Maxi tras cinco años en el club, tras ser Capitán del Atleti, tras muchos goles y muchos buenos partidos y una lesión terrible y también tras un último año flojo y algún detalle feo hacia la gente y el brazalete. Pero se ha ido un jugador honesto, completo, de nivel y calidad, un tipo que nos ha levantado del asiento muchas veces, un tipo al que los rivales temían y respetaban, un teórico pechofrío que se hartó de llorar el día que se iba de nuestro equipo. Se ha ido Maxi y no será fácil que llegue uno mejor o al menos eso parece. Se ha ido Maxi y no hemos tenido ocasión de despedirnos, sólo hemos podido verle llorar en una rueda de prensa después de escuchar a Cerezo leyendo una redacción sobre el Cluzz, quizás fuera eso lo que le hizo llorar desconsoladamente ahora que lo pensamos. Se ha ido Maxi, para quien un partido homenaje se antoja excesivo, sobre todo en este club en el que no se homenajea a nadie desde Capón - que tiene tela el tema - pero se ha ido sin que apareciera si quiera en el estadio para decir adiós a pesar de haber estado en las oficinas unas horas antes del partido. Se ha ido Maxi y no hemos podido desearle suerte ni el Club ha hecho nada para que la gente se despidiera. Tuvo que ser el público, en concreto el mismo fondo que hace unos años sacara una pancarta menos bonita y algo más tarde homenajeara como se debía al gran Juan Vizcaíno, quien tuviera el detalle de agradecer a Maxi los servicios prestados. Se ha ido Maxi y no hemos podido decirle adiós y gracias, gracias por robar balones y llegar al remate en segunda línea, gracias por ese gol en Anfield, por estar ahí cuando hacía falta. Se ha ido Maxi por la puerta de atrás, y esto no es más que un ejemplo más de lo poco que entienden en el club a los que, según ellos, sólo nos jugamos el dinero de la entrada. Sólo el dinero de la entrada, dice el tío. Hay que joderse, oiga.

Se ha ido Maxi y desde aquí le damos las gracias, le deseamos suerte y le decimos que nos habría gustado decírselo en directo, en el estadio, como debería hacerse cuando se va un capitán de un equipo centenario. Al menos decirle a la cara que a él, a él sí, le tenemos el respeto que otros nunca se ganaron.

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Llegó la gente al Calderón con otra cara tras lo del jueves, y haciendo cuentas como si fueran a una auditoría o vinieran de pedir un crédito para comprar la cama Restform. Si ganamos hoy y ganamos al Getafe y luego al Málaga, si ganamos al Celta el jueves y luego empatamos la vuelta, si pincha éste y aquél y el de más allá, si empatan todos todos los días menos nosotros, si la copa África dura otros tres meses por la sequía o las riadas, si Llamazares se pone turbante y le pillan en un control aeroportuario, si pasa todo eso se puede hacer algo. La afición, mustia desde principio de temporada, sólo necesita un poquito de fertilizante para hacer germinar orquídeas en las calculadoras y sacar pecho y pensar que, este año por fin sí, vivirán una nueva final de copa, ese acontecimiento que en un período fue casi cotidiano y ahora nos resulta tan lejano. La gente del Atleti, ya lo saben Vds, es lo que tiene: pasa de llamar a las barricadas a verse en Champions, pasa de criticar a todos y cada uno de los jugadores a elevarlos a los altares, pasa de estar del lado de un entrenador a pedir su cabeza en bandeja de plata. La gente del Atleti, ya lo saben Vds, es así y por eso nos gusta también, qué caramba.

Salió el Atleti y nada más salir cumplió con un minuto de silencio por las víctimas del terremoto de Haití y por un pobre chavalín del Atleti que se fue cuando no le correspondía y cuya foto apareció un par de veces en el marcador electrónico, helando la sangre de los presentes cuando pensaban en los pobres padres y familiares. Hay ocasiones en las que uno no sabría nunca qué decir, y ésta es claramente una de ellas.

Salió al Atleti y la gente, que está en todo, reparó en Indy. Indy ya no es Indy, dicen los niños; o se ha hecho un lifting o es un impostor, un doble, un imitador, ese de ahí no es Indy, sinvergüenza, que sí, que sí, lo que pasa es que se ha hecho lo de Belén Esteban. Indy ha cambiado el plumaje natural teñido por plumas sintéticas, más resistentes a los chaparrones que le dejan hecho un asco como bien sabemos. Indy ya no tiene dientes, no ha recuperado los incisivos que perdió, dicen las malas lenguas, en una pelea de bar por culpa de una mapache casada. Indy ha cambiado la dentadura por una lengua roja y ridícula que le da aspecto de rata con sed o de hamster rijoso, que es ya lo que le faltaba al bicho. Indy ya no es Indy, nos lo ha dicho el Cesid tras mucho investigar, resulta que el nuevo Indy es el hijo ilegítimo del antiguo Indy y es conocido ahora como Indy Jr. Es más oscuro, y el cambio de capa se debe a que su madre no era mapache, como el padre, sino mofeta; Indy Jr es por tanto un mapache mestizo, un mofache o mapeta. El padre, tras los ultimatums del Club para que cuidara la higiene personal y la dentadura, está al parecer en las Vegas haciendo de figurante en un musical que recrea Mars Attacks. Qué pena de mapache, dice la gente en los bares, cuando juegan a las máquinas y reco-ogen lo que les sale.

Salió el Atleti, y enfrente se encontró a un buen equipo, miren Vds por donde. Un equipo sin estrellas, con jugadores modestos y no muy conocidos que juega al fútbol siguiendo el modelo de otros equipos con plantillas de relumbrón. El Sporting, de nuevo arropado por una afición numerosa y bullanguera que siempre nos gusta que venga en tropel, jugó rápido y al ataque, dejó jugar e intentó hacer su juego, a ratos con éxito, casi siempre mejor que el Atleti. Jugó el Sporting cómodo en el centro del campo, combinando de primeras y lanzando ataques y, cree uno, no mereció llevarse tres goles. Pero se llevó tres goles, qué cosas, y si Agüero, un jugador enorme en un momento espectacular, llega a meter un par de ocasiones claras que se le fueron fuera o al larguero, se lleva cinco. Qué cosas pasan, qué cosas; qué cosa que Agüero, tras un partido inmenso, no marcara. Qué cosa que el Kun tenga más ganas de luchar, de agradar y de ganar que muchos jugadores limitados que no pueden ni por asomo pensar en acercarse a su inmenso talento. Qué jugada tras el saque de centro del segundo gol del Sporting. Qué suerte tenemos de que el Kun esté con nosotros, qué miedo nos da que se vaya, qué pena tener que resignarse a disfrutar de su juego mientras nos dure.

Salió el Atleti y lo hizo como siempre: con cuatro defensas, con dos medios centros, con dos interiores que juegan como extremos, con Agüero y con Forlán. Llama la atención que, desde Aguirre, el equipo juega igual. Alguna vez puso Aguirre un sólo delantero y le llamaron cobardica, nenaza y flojo. Abel llegó al banquillo diciendo bravatas con esa voz cavernosa de corista de Barry White y adelantó un poco la defensa, sin cambiar mucho más. Llegó luego Quique y se quedó ronco y perdió dos kilos y se puso una bufanda gorda y anunció sosiego y trabajo, y al final todo quedó igual. A Aguirre le afeaban que el equipo no defendía bien a balón parado, a Abel le afeaban que el equipo no defendía bien a balón parado, a Quique se le afea que el equipo no defiende bien a balón parado. A Aguirre le decían que el equipo estaba poco trabajado y que se replegaba sin orden, improvisando; lo mismo se achacaba a Abel y lo mismo se le achaca a Quique. A Aguirre le dijeron que necesitaba un medio centro creador, a Abel le dijeron que pusiera un medio centro creador y a Quique le dieron a Jurado y, después de verle unos partidos, le dijeron que por qué había puesto a Jurado si lo que hacía falta era un medio centro creador. El tiempo pasa, el debate continúa y ni la salida de Maxi, que coincide con la resurrección momentánea de Reyes y la posible llegada de Salvio, parece que arroje luz sobre el modelo a seguir.

Salió el Atleti y, acabado el partido, dejó claras pocas cosas. Dejó claro que las dudas que levanta Asenjo empiezan a ser del tamaño del Vicente Calderón, en especial tras el asombroso e injustificable penalti de ayer. Dejó claro que Perea ha optado por pegar patadones para evitar cometer fallos clamorosos. Que Domínguez sigue siendo de largo el central más solvente. Que Ujfalusi, que dio un sensacional pase al Kun por encima de la defensa rival y que participó con un melonazo en el segundo gol, debería jugar de central y no de lateral, por más que agradezcamos su querencia al ataque y su negativa a esconderse. Que Simão, tras el partido del jueves, debe seguir esa senda y que Reyes, más comprometido con el equipo, a veces siente la llamada del frenopático y persigue a un rival y le hace una falta de amarilla en mal sitio y mal momento sin que nadie se explique por qué. Que Forlán parece más entonado y ve puerta y que Ibrahim, todo esfuerzo, zancada, pundonor y ganas de recuperar la posición, necesita pulir su técnica por más que marcara un gol de mérito. Y dejó claro que Assunção juega más cómodo con Raúl García al lado, que Tiago aprovechó sus minutillos para dejar una buena impresión inicial y que el Atleti, que ganó un partido metiendo más goles de los que mereció encajar el rival, sigue teniendo un problema en la creación y en el centro del campo que por ahora soluciona el inmenso talento y hambre de Agüero.

Y es que salió el Atleti con la misma cara que contra el Recre salvo por un cambio importante, el de Raúl García en vez de Jurado. Contra el Recre Quique, piensa uno, quiso sacar un equipo ofensivo al máximo, algo que a uno le parecería bien si compartiera la idea de que el equipo ataca más y mejor con Jurado que con Raúl García. Jurado sigue sin encontrar su sitio a pesar de haber jugado en el Atleti casi la mitad de los partidos de Maxi, que se dice pronto; Raúl García quizás siga luchando por su sitio a pesar de dedicarse a arreglarle el sitio a otros, por más que la grada no parezca apreciarlo. Y es que Raúl García, de quien uno es admirador y partidario, ayer no hizo un buen partido; y, es más, uno se atrevería a decir que es casi imposible que Raúl García haga un partido completo cuando tiene que jugar como ayer. Raúl García puede que no sea un dandy del balón ni un excelente gambeteador, puede que deba dar más de sí y decidirse a tomar las riendas del equipo. Pero, cree uno, las carencias de Raúl García (que ahí están y no hay que ocultarlas ni negarlas) tienen su origen en un único defecto, un clarísimo punto débil en el jugador: la ausencia casi total de egoísmo. Raúl García juega en equipo y para el equipo, piensa en el equipo y no en él, tapa el agujero que dejó el compañero agotado tras intentar cinco regates a pesar de no tener fuelle para volver a su posición en caso de contraataque rival. Raúl García, que tiene defectos pero tiene también calidad y poderío físico y kilos y envergadura, podría quizás unirse a la dinámica ofensiva, buscar el brillo propio y dejar a otro a la intemperie en caso de contraataque, pero al hombre no le sale: faltar a su deber supondría darle ventaja al rival, y eso podría suponer una jugada de ataque clara para el contrario, y eso podría suponer un gol en contra, y eso sería malo para el equipo y lo que es malo para el equipo es malo para Raúl García, y eso lo tiene claro Raúl García y no lo tienen claro los demás salvo alguna excepción.Y ese celo en ayudar, esa consciencia del deber, ese poner por delante lo que el resto necesita parece una losa para el carisma y la presencia de Raúl García.

Da la sensación de que si se sometiera a plebiscito la presencia en el equipo de Raúl García sería sobre todo defendido por sus compañeros más cercanos en el campo, en especial Assunção. La diferencia entre el partido del jueves pasado, en el que Assunção se fundió de tanto correr y terminó expulsado tras defender más solo que la una por todo el campo, y el de ayer, en el que pudo hasta llegar a rematar un gol en la línea de la portería rival, quizás esté en que a su lado estaba Raúl apagando fuegos codo con codo en vez de mirando la manera en que salir en las crónicas. Quizás Raúl García daría más de sí con un centro del campo más comprometido con tareas defensivas, con un tercer compañero en su línea (dejando cuatro buenos jugadores para tres puestos arriba) que le permitiera ser el centrocampista de ida y vuelta que tanto gustaba a Aguirre. Quizás una media formada por Assunção, Raúl García y un jugador del corte que anuncia Tiago aportaría algo al equipo, pero como sabemos ningún entrenador tiene la intención de variar el dibujo que ideara el mexicano, quizás sabiendo que dicho cambio le privaría de la coartada del "esto es lo que heredé". Y quizás, también hay que decirlo, Raúl García no se haya ganado el derecho a que el dibujo del equipo se modifique para encontrarle un buen acomodo.

Y, vaya por delante, todo esto el día después de que uno se sintiera algo decepcionado por el partido de Raúl García de ayer, del que uno había esperado un partido sólido y brillante que dejara a las claras que Raúl García es un buen jugador que debería tener un papel más importante en el Atleti. Pero no fue así y, a día de hoy, uno teme que Raúl García acabe hartándose del Atleti o el Atleti de Raúl García y éste acabe formando parte de la plantilla de otro equipo que juegue más junto, más comprometido, más solidario, y si ese día llega quizás entonces echaremos de menos la solidaridad de un tipo al que la grada, cree uno, no respeta lo que merece.

- Hay que ver con qué intensidad defiende Vd a este hombre

- Es que uno, sépanlo todos, es un gran defensor de la gente con la nariz grande,

- Ya

- Bueno, todos salvo el Ramoncín pre-quirófano

- Hombre, normal.

lunes, 27 de abril de 2009

El día en que faltó Sam Cooke

Aunque el Atleti ganó, la grada abroncó a palco, jugadores y rivales y en algunas de sus críticas tuvo toda la razón y en otras, no.


Llegó la afición al estadio sin saber muy bien si llovería o no, si el equipo ganaría o no, si habría bronca o no, si seguiríamos con opciones de seguir en Europa o no, si se recibiría a la afición rival tan bien como ellos nos recibieron a nosotros o no y la respuesta fue a veces sí y a veces no, qué cosas.

En general la afición no sabía si sí o si no ya desde el principio. Según bajaba al campo veía el hincha a grupos de correligionarios la mar de contentos y la mar de ruidosos y se preguntaba qué había hecho el Atleti últimamente para que hubiera tanta euforia. Al acercarse se daba cuenta uno de que no eran de los suyos sino de los rivales, con bufandas y camisetas similares a las propias y mejor humor y más ganas de todo a pesar de que el chaparrón que les está cayendo a ellos es de los gordos. Pero allí estaba la afición del Sporting un domingo a las nueve de la noche, abarrotando los alrededores y la grada, tocando la gaita y animando a los suyos, acabando con las reservas de cerveza de la zona y, hasta donde uno pudo ver (que luego siempre sale uno diciendo que topó con el metepatas del grupo), siendo como siempre la mar de amable con todo el mundo. A uno le gusta que las aficiones rivales vengan en multitud a casa propia y que lo hagan con ganas de ver el partido y de charlar por las calles. Si encima vienen de la otra punta del país y en domingo por la noche y en número de tres mil y pico (menos según los organizadores, que achacan al buen número de asturianos residentes en el foro la numerosa presencia en el fondo norte) uno se alegra aún más. Si además son del Sporting, uno intenta que se lleven un recuerdo aún mejor que el resto de su paso por nuestra casa. No pudo ser, se perdió otra ocasión de ser un anfitrión perfecto y de estar a la altura del visitante. Una lástima.

En el día en el que el club cumplía 106 años, hubo ya antes del partido reparto de publicaciones y manifestaciones contrarias a la gestión de la directiva. En la puerta cero se juntaron los más ruidosos para dejar claro que hay oposición por más que la policía se empeñe en ocultarlo y en todas las puertas se repartieron periódicos informando a la afición del problema que tenemos, como si no se notara. Ante la impermeabilidad de parte de la hinchada, la resistencia optó por contar la verdadera causa de la situación actual con dibujitos, como a los niños chicos, a ver si así alguno de los que siguen con la cantinela de que el Club es suyo consigue entender qué es lo que ha pasado. El Club, ladino, previendo el despliegue documental de la oposición, contraatacó con un nuevo Forza Atleti para el recuerdo. Esta vez imprimió por miles un número en el que, bajo la foto de un interior portugués, se llamaba al inconsciente de los más mayores recordando el nombre de una cadena de supermercados de los tiempos del flashgolosina, el polo drácula y la artesana y ecológica galleta artinata, el dulce de más fácil combustión. No contento con ello, el especialista en fútbol internacional del Forza Atleti aclaró a la ignorante hinchada que el portugués de marras, de un metro sesenta y cincuenta kilos como puede apreciarse en las treinta y siete fotos tamaño carnet que ilustran la entrevista, es central de toda la vida y forma con Perea una dupla de leyenda en el centro de la zaga. El Forza Atleti, shangri-la de aquéllos que sufren disfunción eréctil y escaparate de los menores de cuatro años que gustan del estilo epistolar, se está convirtiendo en un serio competidor del Mondo Brutto a la hora de retratar nuestro reverso más tenebroso. Ándense con ojo.

Salió el Atleti ante una bronca monumental de esas que ya no se escuchaban en el Calderón y que, de haberse escuchado más quizás habrían servido para cambiar algunas cosas o por lo menos para que las más importantes no se torcieran tanto. Salió el Atleti y miró a la grada y vio menos gente que nunca, con peor cara que nunca y menos tragaderas que de costumbre. Salieron los jugadores locales y leyeron aquello que ellos mismos, por boca de su capitán, se habían comprometido a no volver a leer ni a escuchar ni merecer, compromiso que sólo tardaron un partido en romper. Salieron los rivales entre vítores de la hinchada desplazada para bochorno de jugadores y directivos locales, si es que estos últimos son capaces de experimentar alguna sensación parecida, que lo dudamos.

Salió pues el Atleti y, nada más verle, la gente ya no tenía ganas de ná. Salió el Atleti y la afición tuvo la sensación de haber visto a esa novia que nos engañó con el más odiado de la clase de al lado, la impresión de haberse topado en un pasillo con ese vecino que nos aparca pegaíto el coche para que no podamos salir, de encontrarnos en un ascensor con ese compañero de trabajo que se ganó un ascenso robándonos una idea y presentándola como propia durante la reunión anual del departamento de contabilidad. Salió el Atleti, el equipo de nuestra infancia y de nuestra vejez, el equipo cuya camiseta pedimos a los Reyes Magos, el equipo al que nunca necesitamos jurar amor eterno porque, si una cosa siempre tuvimos clara era que, pasara lo que pasara, nunca dejaríamos de sentirlo como propio, el equipo que tantos buenos momentos nos dio siempre, incluso cuando nos daba disgustos, y nos dio casi asco. Rabia y asco y hastío, casi fobia casi pena, casi odio, tan rara fue la sensación que hubo quien tuvo un ataque de urticaria y acabó en urgencias untado de aloe vera entre vítores a Alemão y a José Eulogio Gárate. La grada gritó entonces contra los responsables de la metamorfosis inversa, contra los ilegítimos inquilinos del palco y en particular contra el recientemente galardonado presidente, el hombre que no ve los partidos del club y luego afirma que fue quizás el peor partido de la historia, lo que dice mucho de su credibilidad.

Jugaba el Atleti a nada y la grada, medio vacía como no se veía hace tiempo, prefería contar seguidores sportinguistas a mirar a su propio equipo. Hacía el Atleti poco para atraer la atención hasta que Forlán marcó un nuevo gol, esta vez de rebote. Fuera por el hastío general, fuera por el rebote, fuera por la injusticia hacia los que habían venido desde Gijón para ver semejante churro de partido, la grada no lo celebró. La grada no celebró un gol del Atleti en casa o más bien lo celebró por lo bajini, gol, así, en pequeñito, sin levantarse ni abrazarse ni decir pero qué bueno es este tío. En un alarde de responsabilidad y madurez respondió la grada al gol pidiendo de nuevo que se fueran los del palco, como diciendo aquí estamos, ya hemos marcado como debíamos, ahora que nadie crea que con esto nos vale y que, como hacíamos antes, vamos a olvidarnos de lo importante. Lo mismo pasó un rato después tras un buen gol de Simão, pero ya todo daba igual. Si, eso, marcad ahora y celebrarlo, como si hubiera algo que celebrar tras lo del otro día en Santander, anda ya.

Tras el descanso marcó Agüero y lo celebró poco, visto lo visto. Relajada, la grada se concentró en sí misma aunque marcara un minuto después el Sporting, recreándose en su propio protagonismo. El día en que la grada decidió actuar y no limitarse a hacer lo que le dice la Sra Rushmore que es conveniente, se pasó de rosca y se cayó a un pozo. Los gritos contra el palco, justos, necesarios y siempre insuficientes, se tornaron en torpes ofensas al visitante, como si no tuvieran bastante con lo suyo y como si no hubiera tenido, allí y aquí, un comportamiento exquisito. Luego se silbó a Raúl García, se faltó a varios jugadores que pasaban por ahí y se faltó al respeto al rival. De ahí se pasó a la chufla indiscriminada y, más tarde, al festival del humor zafio. La grada se creció, se hizo gracia a sí misma y empezó a repetir el mismo chiste en voz alta, ese recurso de los poco ingeniosos que un día, por casualidad, dan con un golpe gracioso en la cola del cine y, visto el éxito, lo repiten y exprimen hasta terminar irritando a los que esperan con ellos. La grada se emborrachó con su propia risa floja y, como afectada por la general inhalación de alguna sustancia ilegal, ya todo le hacía gracia. El colmo fue la salida de Pernía. Pernía, el hombre sin suerte, tuvo que salir por lesión de Antonio López justo el día en el que la grada se veía a sí misma sembrada, el día en el que Pernía se hubiera quedado tan ricamente en su banquillo. "Hoy ehtoy sembrá, y ensima sale er Pennía", se dijo la grada a sí misma imitando el acento de Paco Gandía, y se tiró al cuello de Mariano. Mariaaano, Mariaaaano, dijo la grada y, según lo decía, se mondaba de su propia ocurrencia, ya mil veces repetida. Vio la grada un filón para ser popular y ser considerada chistosa y con chispa, que es algo que gusta mucho, y cargó la suerte. Pidió selección para Pernía, hizo gestos de adoración, ovacionó cada intervención del lateral como si fuera una proeza. La grada se cebaba con Pernía, que por cierto no estuvo en Santander, pero sólo criticó por lo bajini a Gil Marín. No se acordó la grada de Seitaridis, ni de Maniche, ni de otros jugadores que se han reído de grada, institución y camiseta a mandíbula batiente desde carísimos coches tapizados en cuero corinto, pero sí de Pernía, que puede que sea limitado futbolísticamente pero nadie puede dudar de que sea honrado. Tampoco se acordó la grada de García Pitarch, que la grada tiene una chispa que no se pué aguantá pero no los recursos rimatorios suficientes como para sacarle una rima al valenciano, ni tampoco se acordó de otros responsables de la tragedia del equipo, que identificarlos requiere lectura y paciencia y la grada es más de ingenio repentino. Pernía, que ni se fue a la caseta ni tiró la camiseta ni mandó al respetable a paseo, aguantó el temporal, jugó bien y, quizás, consiguió con su actitud hacer que alguno de los que ayer se dejaron llevar por la masa para intentar ridiculizar a un tipo honrado se sintieran poco dignos cuando volvían a su casa. A Pernía, el Tano Pernía, va dedicada esta crónica de hoy, por cierto.

El partido acabó triste, como había empezado. El Atleti había ganado, la gente había reclamado lo suyo y había cumplido con su obligación, pero no hubo grandeza en la revuelta ni respeto en la reclamación. Los jugadores se fueron enfadados a la caseta, la afición del Sporting se fue cansada para casa y la del Atleti se fue vacía para la suya. La hinchada cumplió con su papel por primera vez en mucho tiempo pero midió mal su ímpetu y acabó perdiendo la razón y dando motivos a los criticables para devolver la crítica y desautorizar a los autores. Aún así, nos alegramos de ver cómo por fin algo se mueve, y de paso nos permitimos recomendar una canción recomendable a la hora de pedir cambios

lunes, 8 de diciembre de 2008

Del fútbol propio en casa ajena

Entre esas cosas que a uno le gustan está ir de vez en cuando a ver al Atleti fuera de casa. Entre esas cosas que a uno le vienen bien para la salud está ir de vez en cuando a Asturias. Adivinen Vds dónde ha pasado el puente el que suscribe.

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Entre los grises funcionarios en nómina de la administración hay un especialista, un hombre con una misión, un tipo entrenado por profesionales duchos en el arte del camuflaje. Nos referimos a Él, el más perverso y retorcido, aquél que imparte lecciones en la especialidad de inteligencia despista-espías, el encargado de no dejar rastro ni pistas, el responsable de que los perseguidores no den con el objetivo. Él, cuyo nombre no puede decirse en voz alta si uno no quiere que se le borre el disco duro del ordenador, trabaja ahora para la DGT y tiene una misión clara. Él, que nadie sabe a ciencia cierta quién es, es el encargado de llevar a cabo las operaciones más arriesgadas y trascendentes, el que garantiza el anonimato y el misterio, el que, dicen, asesoró a Roldán hasta que terminó por traicionarle e hizo lo mismo con el Dioni.

Nos referimos, claro está, a Él, al responsable de señalizar los desvíos provisionales por obras, aquél que te hace salir de tu camino con la promesa de una solución simple a los cambios en tus planes y termina por llevarte al infierno. Aquél que sitúa carteles explicando con claridad hacia dónde ir hasta que el viajero, inocente cual cordero lechal, se confía. Entonces desaparecen los carteles, llegan las rotondas, las múltiples posibilidades igualmente herméticas para quien no conoce la zona, los desvíos falsos, los cruces, las indicaciones contradictorias. Es entonces cuando se pierde el viajero, cuando suena una carcajada como la de Vincent Price, cuando se ilumina un piloto rojo en una sede secreta de la DGT, y cuando Él, vestido con abrigo largo y sombrero de ala ancha, aparece en la puerta diciendo la contraseña secreta, presto a cobrar su recompensa. Él es el misterioso señalizador burlón de la DGT, el responsable de tantos y tantos kilómetros hechos en balde y el que suscribe, en nombre de tantos y tantos conductores perdidos, aprovecha estas líneas para desearle una dolorosísima caries.
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Uno, quizás ya lo sepan o lo imaginan algunos de Vds, gusta de ver el fútbol en campo ajeno y entre la hinchada rival. A uno le gusta ver cómo otros ven lo que unos, los nuestros, estamos cansados de ver, de discutir y de analizar. Uno tiene la sensación de que al darle muchas vueltas a las cosas es muy fácil terminar por complicarlas en exceso hasta el punto de perder totalmente la perspectiva. Tanto vemos al Atleti, tanto hablamos y tanto analizamos todo lo que pasa que, al final, puede que estemos tan lejos de lo que realmente ocurre como aquél que no tiene ni idea de quién es Coupet o de cuánto costó Sinama. Tantas cosas afirmamos, tantas patas metemos que al final es posible que acabemos más empeñados en defender lo que en su día dijimos que en ver la realidad. Ahí es cuando, cree uno, viene bien tomar distancia, volver a las primeras sensaciones y dejarse de complicaciones.

Por obra y gracia del gremio de señalizadores de desvíos provisionales, al que deseo una cesta de navidad escasa y con las peladillas y la piña en almíbar como productos estrella, el que suscribe no llegó a tiempo al partido. Llegar tarde a un partido es algo bastante común y con frecuencia vemos en las gradas del Calderón a un tipo que sube por la escalera con el partido empezado, buscando con la mirada a sus compañeros de grada para ver si su sitio ha sido ocupado o no. Llegar tarde a un partido, que es algo que al que suscribe aún no le había pasado a pesar de ser experto en llegar tarde a casi todo, incluida la sensatez, sirve también para otra cosa. Acercarse a un estadio lleno con un partido empezado es una sensación extraña, la sensación de ir solo por una calle tristona en la que queda claro que algo gordo ha pasado hace un rato, la sensación de andar solo entre botellas y papeles y periódicos hechos trizas por gente que se lo pasó muy bien mientras uno estaba en un atasco. El estadio lleno al que uno se acerca ya no tiene aspecto de edificio, sino de bicho. De bicho con vida propia y ganas de decir lo que piensa que respira y se queja y protesta y dice HALAAAA y dice NOOO y dice GOOOOL. Y hasta dos veces dijo el bicho “gol” en el rato en el que quien suscribe se acercaba a la puerta del estadio, una en alto y otra más bajito; el Atleti tiene estas cosas, y ahora le ha dado por hacer de los primeros minutos una parte clave en todos los partidos, qué le vamos a hacer. Así, mientras uno buscaba su puerta escuchaba los rugidos del animal en cuya entraña iba a meterse, escuchaba broncas y lamentos y gritos de ánimo hasta topar con su puerta, a cuya altura el bicho en cuestión dejó claro que era aficionado a Pipi Calzaslargas.

- Debe ser aquí
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La afición del Molinón, a pesar de estar enfadadísima con el árbitro, es muy amable.

- A Vd le parece todo el mundo muy amable
- Sí, es un defecto que tengo

La afición del Molinón, o al menos la que al que suscribe le tocó cerca y la que luego conoció en los bares y con la que cruzó algún comentario futbolístico, es amable y parlanchina. Habla de su equipo y de los árbitros, habla del Atleti y de las aficiones de otros equipos. Le cuenta a uno lo malos que son los árbitros y lo contentos que están por haber vuelto a primera e ir abriendo brecha con los equipos de abajo. Le habla a uno de lo que valoran a los jugadores que lo dejan todo aunque no tengan suerte o clase de nivel mundial y de lo flojo que es su equipo en defensa. La afición del Sporting pide fuera de juego con vehemencia y luego se sienta y pregunta si lo fue o no, que es lo que hacen todas las aficiones, y aplaude a su equipo para animarle cuando el Atleti le mete el segundo, que es algo que al que suscribe le parece especialmente bonito.

Uno, que es parlanchín e intenta ser amable, le dice al vecino de localidad que la defensa del Atleti no es para tirar cohetes tampoco, y eso que a principio de temporada parecía que los centrales daban más garantías que las que muestran en el partido. Le habla uno de Heitinga y le dice que le ve flojo, con precauciones físicas, poco confiado, y le habla con grandes palabras de Ujfalusi aunque en el partido del Sporting le viera alguna debilidad poco común en sus actuaciones. Le habla mal de Seitaridis y le habla bien de Mariano Pernía y esto último le parece lo más normal y justo al vecino de localidad y el que suscribe le da un abrazo. Habla entonces uno de la media y de lo importante que es Assunçao para defender aunque menos para atacar, y entonces el vecino le dice que si Assunçao fue quien le hizo el pase al Kun en el gol de Maxi y entonces uno dice ah, pues sí, vaya, tendré que intentar ver las cosas de otra forma. Habla uno entonces de Maniche y lo hace enfadado y levantando un dedo, agitándolo con la vehemencia de un parlamentario de principio de siglo de esos con monóculo y traje negro. Mira asombrado el vecino de localidad y al terminar el discurso pregunta el asturiano que quién es Maniche y uno le dice que el de la melenita que trota sin sentido y entonces dice ah, sí, aquél que se esconde tras el calvo, sí, ese al que ahora cambian y encima se va con aire enfadado, como si hubiera hecho algo, ou. Dice ou el vecino de localidad para subrayar su opinión y a uno le parece excelentemente subrayado, ou.

Cuando uno se dispone a darle la lata al vecino glosando las maravillas de la delantera, toma él la palabra. Donde sí que tenéis un equipazo es de mitad para arriba, dice. Este Simao es un fenómeno, de Kun ni hablo que cada vez que coge el balón se nos encoge el corazón. Fíjate Maxi, no para, siempre está donde más daño puede hacer, ou, no entiendo que no le valoren más, yo creo que sería titular en muchísimos equipos grandes. Ahora, el que es un fenómeno es Forlán, que maravilla, qué pesadilla, qué tío, no para, cómo muerde, qué ambición, como le des dos centímetros te la lía, tira con una pierna, con otra, regatea, corre y se desmarca, juega de nueve y de diez y de siete y de once también, el tío, parece de por aquí, ou. Con un poquito más en el centro del centro, con Raúl García mismo que mira qué quince minutos ha hecho, más que el Maniche ese enfadado en todo el partido, no habría quien os parase. Y Aguirre tiene fama de salir siempre a amarrar, pero yo no lo veo así. Mira, cinco metísteis, cinco, sin hacer gran cosa y todo por esos cuatro o cinco de delante, qué bárbaros, si no salieran cinco atacantes no meteríais cinco goles. Y te digo una cosa, aunque el árbitro estuvo mal no me importó perder, tenéis un muy buen equipo, de lo mejor que hemos visto por aquí este año y ya pasaron unos cuantos, a ver si os va bien que yo creo que equipo tenéis, oye. Ahora, para impresionante la afición, mil y pico tíos, ou, y sin parar de cantar ni un minuto, lo que debe ser allí. Por aquí también vino la afición del Betis y colocaron una pancarta enorme que ponía “bienvenidos a primera”, buena gente también los del Betis, pero lo de la afición vuestra es increíble, oye, nunca vi algo así, ou.

Se marcha el aficionado gijonés aunque él dijo “marcho”, no “me marcho”, y antes de irse le estrecha a uno la mano y uno tiene la sensación de que le ha atrapado un cepo de osos. Y uno se queda con una media sonrisa tonta, entre aturdido por el resultado y reflexivo por haber visto las cosas en perspectiva durante un rato. Salir de casa y hablar con el rival tiene estas cosas, imagina uno, qué bien. Así que al día siguiente se da uno un paseo por Gijón y todo le parece estupendo, también los aficionados del Atleti que, delatados por las bufandas o por el acento, llenan las calles y los bares. Y gusta oír cómo hablan del equipo de uno los que ven un gran escudo del Atleti pintado en la arena de la playa, y gusta sobre todo saber que la calle en la que están los bares buenos en los que tomarse una caña mirando al mar responde al colchonero nombre de “Cuesta del Cholo”.