sábado, 19 de abril de 2014

Crónica culpable y en infinitivo de un partido extranjero

Esperar todo el año a que llegue la primavera, hacer cuentas, mirar calendarios, elegir destino para viajar. Ver que este año llega tarde el Jueves Santo, confiar en que haga bueno en Viernes Santo y salga de una vez el Cachorro, aún a sabiendas de que uno no estará allí. Pensar que el Atleti juega el Domingo de Resurrección, hacer planes para estar de vuelta en Madrid a la hora del partido, olvidarse del tema. 

Ver ansioso cómo se acercan los días para irse, pensar en la ropa, en los libros, en las botas de andar. Aprender todo sobre la previsión atmosférica, la moneda, el tipo de cambio, los horarios y costumbres locales, no mirar, eso sí, fotos del destino para no hacerse una idea predeterminada y no perderse la sorpresa. 

Enterarse de que el partido se cambia al Viernes Santo, escuchar de nuevo eso del bolsito, el autobús y a la cancha. Escuchar a Simeone decir que si no hay plata duerme uno en el coche, que no hay Semana Santa que valga, que de aquí a final de liga ni se duerme ni se come. Entender que por fin el Atleti tiene un entrenador que entiende la grada como la entiende uno, que pide a la grada no ya que juegue, sino se comprometa, hasta que entrene. Entender también que, después de tanto tiempo esperando, quizás vaya uno a traicionar esa misma idea de primeras. 

Dudar, dudar mucho, hablar con la agencia de viajes, preguntar cuánto valdría adelantar la vuelta, no querer dar demasiadas explicaciones por miedo a parecer un chalado. Hacer cuentas, pensar en el dinero que se pierde, en el poco tiempo que uno irá al destino, en si merece la pena ir en esas condiciones. Refunfuñar, pensar que uno está loco, que no puede renunciar a los pocos días que tiene de vacaciones por ir a ver al Elche, dar marcha atrás, dar marcha adelante, moverse de lado a lado. 

Llegar a la conclusión de que uno no puede dejar de irse, perder la ocasión, perder el dinero y la posibilidad de pensar en otra cosa durante unos días. Tomar la determinación de irse, buscar, eso sí, alguien a quien dejarle los abonos. Pensar en unos, pensar en otros, decidir que los abonos finalmente irán a gente que hace tiempo pidió ir al campo, gente que sabe de fútbol, gente del Atleti aunque sea de fuera. Dejar el abono a dos amigos argentinos que entienden lo que está en juego, que saben de gradas y de animar, de pasión y compromiso. Recordarles la responsabilidad que implica ir al campo, recordarles que están ahí no como espectadores sino como jugadores de grada, recordarles las condiciones del préstamo. Confirmar que lo han entendido, hacer que lo repitan, hacer que lo repitan una vez más. Llamar a amigos comunes para que le recuerden a los invitados a qué van realmente, enviar un sms para recordarlo una vez más, enviar un whatsapp para recordarlo una vez más, enviar dos palomas mensajeras, un telegrama, dos faxes, un télex, una carta certificada con acuse de recibo, un mensajero en moto, un mensajero en bici, un mensajero en diligencia, contratar a Miguel Strogoff, al cartero Braulio de Crónicas de un Pueblo, hacer gestiones con el clero para ver si se puede encargar de recordar el asunto el mismísimo Arcángel San Gabriel, mensajero divino. Creer entender que los invitados finalmente captaron el mensaje. 

Irse de viaje, llegar a una ciudad extranjera. Preguntar en la recepción del hotel dónde está el centro histórico y dónde creen que pueden poner un Atleti - Elche; topar nada más salir del hotel con un pub irlandés donde está programado, preguntar al camarero, preguntar de nuevo al camarero, confirmar que el viernes a las 20.30 pondrán el partido, pedirle al camarero que se quede con la cara de uno, confirmar que ahí estará. Volver al hotel, subir a la habitación, abrir la maleta. Colocar la ropa en el armario, colocar las camisas en las perchas, colocar la camiseta del Atleti con el 14 de Simeone en una balda, colocar la bufanda rojiblanca talismán a su lado. 

Ver la ciudad, pasear por la ciudad, disfrutar de la ciudad. Buscar señales en las esquinas, por la calle, por el puerto. Sonreír cuando se ve un niño con gorrito rojiblanco, sonreir cuando se ve una chica con camiseta rojiblanca, sonreír cuando se entera uno de que uno de los personajes de cómic locales lleva siempre una falda-mandil de rayas rojiblancas, señalar todos y cada uno de los objetos (calcetines, teteras, toldos, paraguas, trapos, martillos neumáticos) rojiblancos. Visitar la iglesia de San Nicolás, Santo reconocidamente colchonero, como se hizo en Bucarest y otros muchos sitios; alegrarse por ser San Nicolás la catedral, ni más ni menos. 

Levantarse nervioso el día del partido. Vestirse con los calcetines de la suerte, los calzoncillos de la suerte, la camisa talismán, el pantalón que estuvo en Bucarest, las botas que se llevaban el día del Mílan. Echarse a la calle sabiendo cuál es el plan, teniendo claro - desde hace días - que ese día por la tarde no hay nada más que hacer que ir a las 20.30 al pub irlandés. Pasar de todos modos por el pub irlandés, confirmar que ponen el partido, irse de paseo sin alejarse mucho. Sentirse nervioso, incómodo, irritable; sentirse culpable por no estar allí, sentirse idiota por sentirse culpable, sentirse más culpable que idiota, mirar el reloj. Volver al hotel con tiempo, parar un poco a descansar, no poder descansar. Mandar un sms para asegurarse de que los argentinos han ido al campo, mirar las alineaciones, volver a mirar el teléfono por si hay confirmación de la asistencia al campo. Recibir un sms, ver que sí, que fueron al campo, que están en el campo tres cuartos de hora antes, ya en la grada, ver la foto que lo demuestra, respirar aliviado, sentirse culpable de nuevo. 

Ir al pub irlandés, pedir un sitio para ponerse en el bar vacío, cambiar hasta cuatro veces de mesa / esquina para evitar el mal fario, ganarse la enemistad del camarero. Ponerse la camiseta de Simeone, hacer una foto, mandársela al jefe de prensa de Simeone para suavizar el sentimiento de culpa. Pedir una India Pale Ale local  magnífica, que uno aprendió a apreciar gracias a la gente de Labirratorium, atlética, de viaje y con más supersticiones que uno si cabe. Dar un sorbo de la IPA, notar cómo se le cierra a uno el estómago, notar como la culpabilidad va dando paso al puro nerviosismo. 

Ver empezar el partido, ver incómodo cómo cambió el campo el Elche, atacando el primer tiempo donde no debería. Ver bien al Atleti, ser capaz de beber un poco. Ver cómo la cosa va cambiando, cómo el Elche va controlando el partido, cómo Courtois una vez más salva los muebles y los miocardios de la afición. Ver cómo va acabando el primer tiempo y a la cerveza le faltan solo dos sorbos, pedir agua sin gas, ver cómo el camarero, al que uno hizo cambiar cuatro veces de mesa para vender sólo media pinta de cerveza, le mira a uno mal. 

Ver el principio del segundo tiempo, ver los cambios, respirar un poco al creer entender lo que ha querido hacer Simeone. Ver cómo Raúl provoca un penalti, ver cómo lo tira Villa, maldecir en setecientas lenguas vivas y muertas, conocidas y desconocidas, en medio de un pub silencioso en el que nadie entiende nada, maldecir en otras trescientas lenguas más al ver la repetición del disparo, centrado, blando, malo. Invocar a San Gabriel, invocar a San Nicolás, invocar al Mono Burgos. 

Ver que, ahora sí, el Atleti va a por todo.  Ver cómo Simeone pide a la grada más gritos, más apoyo, hacer lo propio desde el pub, reclamar a la grada más apoyo, sentirse infinitamente culpable. Levantarse por no poder más, irse al otro lado del pub, ir al baño. Salir del baño, ver una jugada a balón parado que lanzará Sosa. No querer moverse del sitio, para no romper el hechizo, ver el balón volar, ver a Miranda volar, ver el balón volar de nuevo, oír un grito apagado desde la mesa desde la que veía el partido. Lanzar un puño al aire, ahogar un grito, correr por en medio del pub semi desierto, entre miradas de los pocos lugareños y camareros. Sonreír, beberse media cerveza, sentirse de nuevo nervioso. 

Maldecir, pedir amarilla, pedir a los jugadores que busquen a Costa, agradecer a Costa el no parar. Ver que el partido acaba, ver que se va Costa, ver que le hacen penalti, ver que pitan penalti. Mirar al suelo, mirar al techo, mirar a la tele; ver que el gol entra, gritar muy bajito, cerrar los puños. 

Pedir la cuenta, irse a la barra a pagar, cruzar la mirada por primera vez desde el principio del partido con el camarero enfadado, escuchar cómo éste dice "Congratulations! I hope you win the league!". Sonreir, sentirse totalmente agotado, echarse a la calle sin rumbo, canturreando "Rey de la Furia españooolaaaa ...". 

jueves, 10 de abril de 2014

Veinte minutos, veinte


El principio

A las 20.45 del 9 de Abril de 2014, en el campo más bonito del mundo, con el ambiente más extraordinario que uno recuerda, entre miles de rayas rojiblancas y un tifo que marcó a fuego una palabra en la grada, se abrió un toril.

Los rivales, equipo de leyenda con jugadores maravillosos, esperaban la salida de un toro en puntas y malas pulgas, pero en su lugar salió un león de diez cabezas, un dragón escupe fuegos, un grifo gigante, un animal mitológico. Se abrió una gatera y salió un tigre, se abrió un bote de conserva y se produjo un huracán. Se esperaba un grito y se oyó un orfeón entero, se contaba con la intensidad y la pelea, pero se asistió a una estampida de búfalos cafre, a la percusión sincronizada de diez bolas de demolición, a la carga suicida de la caballería ligera bajo fuego de mortero, el maul irlandés en formación con la cabeza baja, a una tormenta tropical con aparato eléctrico y colchonero, todo a la vez, todo en veinte minutos.

Veinte minutos duró la explosión, veinte minutos casi de delirio, de alucinación, de éxtasis, de vendaval. Veinte minutos de furia controlada, de energía pura, de descarga eléctrica. Veinte minutos precedidos por quince minutos de gritos, puños al aire, bufandas desplegadas o lanzadas al viento, quince minutos de estruendo previo al himno y el tifo, quince minutos de estruendo antes de noventa minutos de estruendo. Tras esos quince minutos, veinte minutos de asombro y orgullo, de gestos de no me lo creo, de miradas cruzadas y manos a la cabeza ante uno, dos, tres tiros al larguero, tres en veinte minutos, tres ni más ni menos, tres en veinte minutos para recordar siempre.

Salió el Atleti con la mandíbula apretada y la mirada fija y lo primero que vio fue una palabra, “Ganar”, en letras gigantes rojiblancas. A sus lados, “Ganar, ganar y volver a ganar”, la consigna, la orden, la obligación impuesta por Luis Aragonés, el líder desde otra parte, presente en alma y en silueta impresa en quince, veinte, treinta  telas por todo el estadio. “Ganar”, vieron los jugadores, y parece que se olvidaron del resto. La idea de “ganar” se les grabó al parecer en lo más profundo del subconsciente a los jugadores, que firmaron un partido para el recuerdo con veinte minutos para el orgullo, para ver repetidos antes de los momentos difíciles, veinte minutos de Atleti puro en un Calderón maravilloso.

Sin Arda ni Diego Costa, piezas claves en el ataque del Atleti, Simeone sacó a dos asturianos con necesidad de demostrar su valía. Y lo demostraron, vaya si lo demostraron. Villa, poco participativo en la mayoría de partidos, menos en forma que el resto, incapaz de guardar un balón en el partido de ida, reventó dos balones en el larguero e hizo un pase excelente que acabó en gol durante esos primeros veinte minutos de locura del Calderón. Le faltó suerte a Villa, que se pudo ir a su casa con dos goles en jugada y quizás uno de penalti hecho sobre él mismo. Le faltó suerte pero no le faltó ni acierto ni ganas ni hombría para encarar la pelea, mostrando que sí se puede contar con él cuando hace falta, cuando vienen los partidos para los que está llamado a brillar.

A su lado otro asturiano, joya del equipo hace muchos meses, espíritu errante hace pocos. Uno diría que a Adrián, que parecía perdido para la causa tras muchas oportunidades, se le encendió algo dentro, algo que creía olvidado cuando escuchó su nombre en la rueda de prensa previa. Adrián, impreciso todo el año, psicológicamente débil en muchas fases, errático cuando tuvo tiempo para pensar y algo más acertado en las ocasiones en las que se jugó de manera automática, salió al campo en el partido más importante del año y pareció un tipo nuevo, distinto. Asombrosamente convencido de sus facultades por el Cholo, Adrián no fue el artista imprevisible de sus partidos grandes ni el fino e imaginativo delantero que veíamos casi semanalmente hace no tanto tiempo. No. Adrián, ayer, fue un tipo rápido, peleón, fortísimo; ambicioso, seguro de sí mismo, agresivo y anticipativo. Estrelló un pelotazo en un larguero en la jugada que dio paso al gol, ganó por potencia a jugadores ante los que se habría achicado hace bien poco, ayudó a meter al Barcelona a su campo, acelerando con sus ganas el ciclón que asoló la mitad Sur del campo del Calderón durante los primeros veinte minutos de un partido para el recuerdo.

Con dos asturianos al frente, el Atleti hizo unos de los veinte minutos de fútbol más asombrosos que uno recuerda. Veinte minutos plenos de fuerza, de ganas, de rabia. Veinte minutos de fútbol puro en unos cuartos de final de Champions ante un equipo temible cuajado de joyas. Veinte minutos que recordaron al partido de Supercopa frente al Chelsea, a otros partidos inolvidables que nunca, sin embargo, se disputaron en condiciones tan exigentes. Veinte minutos de carga piel roja a caballo de esas de las que se vuelve muerto o con diez cabelleras en el cinto, veinte minutos de vida, veinte minutos de orgullo.

El final

A pesar de que a cuatro, cinco minutos del final, la grada sin voz y sin uñas pensaba eso tan nuestro de mira a ver si ahora, tras el partidazo que hemos hecho esta gente nos mete un gol de rebote y tenemos que volver a empezar, horas después del partido a uno le queda la sensación de que el equipo fue muy superior al rival, que el partido fue clara y merecidamente ganado por una diferencia demasiado escasa, que el Atleti, equipazo, había empequeñecido a un Barcelona que da miedo. La sensación de que, de no ser uno del Atleti – Dios no lo consienta – sino, es un poner, del Linense, el partido le habría resultado casi un monólogo en rojo y blanco salvo el principio del segundo tiempo.

A dos, tres minutos del final la grada recordaba los palos del primer tiempo, la excelente ocasión de Gabi, el casi gol del Cebolla y lamentaba no haber agrandado la diferencia, tener colchón para encarar los últimos momentos con algo más de tranquilidad. Pero quizás esta vez fue diferente. El Atleti mostraba claros signos de superioridad, de control del partido, de autoridad para gestionar el final. El tradicional pesimismo atlético, ese que obliga a decir hasta el rabo todo es toro incluso al referirse a razas bovinas sin cola (si las hubiere), empuja a esperar el pitido final del partido con la respiración contenida. Pero ayer tal fue el despliegue, tal fue la intensidad que hasta los minutos finales fueron diferentes. Un poco antes del estallido final, quedando diez, quince minutos, fue el Barcelona el que pareció mirar al reloj, pedir condiciones para el armisticio, entregar las llaves de la ciudad con una actitud que recordó al equipo que hace no tanto actuaba de local en el Manzanares al mando de los entrenadores blandos, desconocedores de la esencia del equipo y grada, potros de tres sangres en las yeguadas de los representantes con influencia en el palco.

Pitó el árbitro y la grada se vino abajo, feliz, agotada, orgullosa. Feliz por pasar a semifinales de Copa de Europa (sí, oiga, Copa de Europa) cuarenta años más tarde, agotada tras noventa minutos de tensión y gritos, orgullosa del equipo y por haber hecho su trabajo. Porque la grada, a la que Simeone reclama voz, bolsito, autobús y a la cancha, cumplió con su misión llenando de ambiente Madrid entero, como dice el himno. A voces, a saltos, a fuerza de ir vestida de rojo y blanco, de lucir las camisetas talismán y las bufandas antiguas que nos regalaron nuestras madres, la grada jugó, marcó al rival, tiró desmarques y protestó al árbitro. La grada pegó dos en el palo, provocó faltas tácticas, despejó balones de cabeza y secó a Messi y Xavi en varias fases del partido, hizo dudar al Tata Martino sobre la táctica elegida y movió la cabeza de arriba a abajo cuando, segundos antes del comienzo del segundo tiempo, algún seguidor de este blog pinchó “Thunderstruck” por la megafonía.

Con la grada agotada y sonriendo de oreja a oreja, los jugadores se retiraron al vestuario. La grada, sin embargo, ahí se quedó. La grada, que había jugado dónde y cómo Simeone le dijo, que había escuchado con atención a las indicaciones previas del Míster y había reaccionado con fe ciega a las instrucciones desde la banda que llamaban a redoblar gritos, no fue al vestuario por obvias razones volumétricas y se quedó en su sitio. La grada, con los ojos algo idos y esa cara de tonto de papá orgulloso tan nuestra, volvió a vivir eso que nos pasa  a los aficionados del Atleti en las ocasiones grandes cuando no nos queremos ir del estadio, cuando no sabemos bien qué hacer, cuando preferimos quedarnos todos juntos cerca de donde se jugó el partido porque sabemos que, aunque luego llegue la fiesta y los abrazos y el saqueo de los grifos de cerveza, ese momento en la grada con todos juntos agotados y felices es único, escaso, especial, mágico.

La grada se quedó en la grada y el equipo, como no podía ser de otra manera, salió del vestuario y volvió con su compañera de fatigas. Veinte minutos también esperó la grada sin moverse a que los jugadores salieran a verla, a agradecer las ayudas en los marcajes, los gritos durante el ratito que el rival apretó, el tifo, el ruido, el olor a gloria. Durante veinte minutos los jugadores oyeron sus nombres y aplaudieron a la grada, dieron la vuelta de honor, ovacionaron a los que vinieron hoy de lejos y a los que siempre están ahí, a los que se pintaron la cara y a los que invirtieron sus ahorros. La grada, a su vez, agradeció al equipo el partido portentoso, agradeció a Koke el esfuerzo y la clase, a Gabi el derroche y el corazón, a Raúl todos los balones ganados de cabeza y al imperial Tiago, el clinic concentrado, la lección de fútbol en tiempo real, el curso acelerado para mediocentros prometedores, el gigante partido del portugués. Lento, el equipo recorrió el estadio lleno saboreando ese mismo momento que saboreó la grada, ese momento de aquí estamos todos juntos, juntos no tenemos que temer a nadie.

Llegó el equipo al fondo Norte donde estaban los aficionados rivales, numerosísimos y coloridos, educados durante todo el partido a pesar de los gritos faltones que recibieron en un par de ocasiones, y llegó la guinda de la noche. En pie, medio primer y segundo anfiteatro y media grada del fondo Sur, barcelonistas todos ellos, con la moral tocada pero la educación por bandera, dieron una ovación al equipo que les acababa de eliminar, una ovación de esas que uno recordará y agradecerá siempre, una ovación señora, rugbística, fantástica. Nuestro agradecimiento a los allí presentes por caballeros y buenos deportistas, mucha suerte y muchas gracias.

Veinte minutos, veinte, estuvo el Atleti en la grada disfrutando del presente. Justo después, ya lo saben, cada uno volvió a la Tierra, pensó en el futuro, pensó en comprar pastillas para la garganta, pensó en descansar lo justo para ir presumiendo al trabajo, pensó en lo que le esperaba al día siguiente al llegar a la oficina. 

Veinte minutos de euforia, una vida de alegría y una sola idea en la cabeza:


   -   Partido a partido, Señores. Partido-a-partido.

domingo, 30 de marzo de 2014

Tres apuntillos sobre el Athletic - Atleti


1. El equipo tranquilo y el viento en las cumbres

En otro día complicado, el Atleti volvió a ganar en San Mamés, ese estadio precioso al que estamos deseando ir una vez terminen la tribuna del fondo para comprobar in situ cómo suena la grada cantando, si el rojo es tan bonito como en la televisión, si el campo nuevo tiene el encanto del viejo San Mamés (que parece tenerlo), si los bares de la calle Licenciado Pozas y aledaños siguen siendo tan maravillosos como siempre. Bilbao es una ciudad en la que el fútbol, las cañas y cafés de antes y después, las charlas con los locales en las barras de los bares y por las aceras camino al campo, las conversaciones con los vecinos de localidad, tienen un encanto especial. En San Mamés los partidos se viven especialmente bien y por eso las victorias son especialmente bonitas. Ganar en Bilbao dos veces seguidas (que no han sido las únicas pero sí muy importantes) tiene pues un mérito, un pellizco, un valor especial.

El Atleti salió en Bilbao sabiendo, como sabe de aquí a final de temporada, que sólo se puede ganar. Había ganado el Barcelona y probablemente ganaría después el tercer equipo de la clasificación. Y el Atleti salió, encajó un gol rápido, mostró algo de duda y mucho de autoridad y terminó llevándose el partido por 1-2, cuando pudo ser por más y antes.

Antes del partido, un insigne guipuzcoano de la Real que curiosamente no detesta al Athletic y que tiene un cariño especial por el Atleti (algo que quizás choque a los más jóvenes pero no extrañe en absoluto a los que conocen esto desde hace un poco más de tiempo), mandó un mensaje al móvil: “ahora nos damos cuenta de lo fuerte que sopla el viento en las cumbres, de lo tranquilito que se vive cuando se disputa un noveno puesto”. La definición no puede ser más acertada, o al menos en lo que respecta a la afición.

Con el Atleti en lo más alto y la presión constante y tirana que ejercen los perseguidores, acostumbrados a ganar casi siempre y salir siempre de favoritos, la afición encara cada partidos con nervios de partido grande, de esos que quitan las ganas de comer y, cinco minutos después, llevan a devorar compulsivamente una bolsa de pipas de un kilo. El aficionado colchonero encara ya cada partido como un salto al vacío, con el estómago encogido, la duda sobre los hombros, los malos augurios revoloteando cada pensamiento, las uñas al mínimo. En la cumbre, efectivamente, cada rachita suave de viento capaz únicamente de mover un papel en la falda de la montaña se convierte en una amenaza de muerte, en una posibilidad de desequilibrar al montañero y hacerle caer por un precipicio. En la cumbre, cerca de la cima, todo es más peligroso, más estresante, más incierto.

Curiosamente, uno no ve al equipo, esa máquina de competir que nos hace felices partido a partido, con los nervios de la grada. De haberse jugado el partido de ayer hace quince jornadas, uno hubiera acabado contento pero no exultante tras haber visto a un Atleti superior aunque no brillante, con alguna duda de más y mucho más oficio del esperado, con personalidad para entrar a empujones en los bares llenos de gente y, aún así, no recibir ni un reproche.  El Atleti transmite una seguridad y una autoridad que a la grada nos llega deformada, caricaturizada por años de experiencia en sorpresas, limada en las esquinas por las opiniones disparatadas de la prensa y su obsesión por inculcar en el aficionado una sombra de duda con la esperanza de que no se quiebre el statu quo, relativizada por el vértigo de un futuro de infarto en las próximas semanas. El nervio, empero, es más cosa nuestra que de ese equipo fantástico que nos hace frotarnos los ojos semana a semana, partido a partido, demostración tras demostración.

2. De la presión como una de las Bellas Artes


En los partidos del Atleti suele haber algo que guste especialmente al aficionado, unas veces unas, otras veces otras. Ayer fue asombroso el partido de Costa, siempre preparado para pelear, para correr, para marcar. Con algo más de suerte habría marcado dos más, con un poco más de acierto el Atleti habría cerrado el partido rápido y no habría tenido que desgastarse tanto.

También ayer quedó claro que con Filipe Luis y Koke el equipo gana muchísimos enteros, que Mario sigue siendo frío aún en los partidos calientes, que un medio centro defensivo no puede parar y desentenderse nunca, aunque acabe de haber hecho  un buen pase o una buena recuperación. Quedó claro también que Gabi es una referencia y que quien supla su ausencia en el próximo partido de liga tendrá frente a sí un desafío importante. También, que los centrales son muy complementarios y tienen un nivel de solvencia del que nos acordaremos muchos años, que Juanfran ayuda y mucho con sus entradas hasta la cal cuando el rival ha basculado en bloque hacia el otro lado. Sosa salió con buena nota y poco fuelle del dificilísimo encargo de suplir a Arda, de quien esperamos un buen partido ante el Barcelona y sólo Raúl, trabajador pero impreciso, fallón en algunos pases y acertado en otros estuvo por debajo del nivel que esperamos de él.

Pero dejando de lado lo que cada uno hace, obviando los fogonazos y la verdad incuestionable de que una mala tarde la tiene cualquiera, lo que realmente llama la atención en este equipo son esas ráfagas de presión al rival. Ráfagas porque no es posible mantener ese ritmo durante todo el partido, ráfagas porque no siempre es necesario imprimir a los partidos ese nivel de ambición mordedora que vemos a ratos. Pero cuando hace falta, cuando la cosa se pone fea, cuando es necesario que el rival esté incómodo y recule, buscando los espacios en su propio campo ante la asfixia a la que le somete el Atleti cuando está cerca de la medular, el Atleti funciona como una máquina de precisión recuperadora, de demolición controlada. Esa estampa de dos, tres jugadores del Atleti encimando rivales, dándose relevos en la presión, forzando uno el error del rival para que recupere otro, saliendo por fin con el balón jugado es para el que suscribe fútbol puro y valiosísimo, tan emocionante como el juego de orfebrería del Barcelona de hace unos años, como el fútbol alegre y abierto de algunos equipos brasileños del pasado.

Pero lo más sorprendente de todo es que, una vez recuperado el balón, una vez derribada la presa por la carga controlada y en relevos de la jauría que sale del campo del Atleti, el equipo no se acelera o se ofusca. A veces, sí, busca el fútbol más vertical y encuentra a Costa corriendo entre huecos, adelantando rivales en sus portentosos cuatro, cinco primeros metros. Pero en otras ocasiones el equipo recupera y, al no haber opción de contraataque explosivo, toca y toca y busca espacios pequeños y salir de ellos combinando y con calidad, algo especialmente vistoso cuando coinciden Filipe Luis, Koke y Arda en el espacio.

La presión como forma de asfixia al rival, la presión como forma de recuperar un balón para salir jugando rápido o tocando en corto, para lanzar el contraataque o superar por calidad combinando en espacios cortos. La presión como seña de identidad, la presión como una de las Bellas Artes.

3. Del desgaste y la tensión

Tras el partido es necesario e imprescindible el descanso, el baño y masaje, el relax y la recuperación. Tras el partido se nota la pérdida de líquidos, el agarrotamiento de los músculos, la fatiga mental a la hora de encarar que, en pocos días, casi horas, habrá otro partido clave, otro partido importantísimo a cara de perro contra un rival potentísimo.

Una vez terminado el partido es normal notar la euforia por el resultado, la alegría compartida en los abrazos con los compañeros,  la satisfacción del trabajo bien hecho.  Poco después, sin embargo, lo normal es empezar a notar cansancio, sobrecarga, agotamiento incluso. Tras dormir, si es que se consigue con tanta emoción, al levantarse el cuerpo habrá recuperado parte de la energía perdida pero lo normal es que se note entumecido, cansado, raro, como necesitando vacaciones. Las piernas están bloqueadas, la espalda acumula tensión, hasta el último músculo, incluso esos que no se sabía en la víspera que uno tenía, duele.

En ese momento toda la responsabilidad recae en la cabeza: no hay mucho tiempo para descansar, en dos o tres días hay que hacer otra proeza, otro esfuerzo sobrehumano, otro maratón concentrado para el que hay que mentalizarse. Hay que aprovechar al máximo el período de descanso, estirar músculos, hidratarse convenientemente, comer bien pero no demasiado. Entre partido y partido la higiene de vida y la sensatez con claves: descansar, comer bien, dormir, mentalizarse. Prestar atención a los músculos que más sufren, no descuidar el resto, mantener la cabeza despejada y la mente clara. En pocos días, casi horas, otro desafío enorme, otra proeza.

¿Hablamos de los jugadores? ¡En absoluto! Ellos sabrán lo que tienen que hacer, que para eso tienen cuerpo médico y fisioterapeutas de guardia. Aquí hablamos de nosotros, que esto es agotador para el aficionado. Siguiendo una dieta rica en cerveza de lata, pistachos y patatas fritas, el aficionado debe tratar de sobreponerse a la tensión extrema de cada partido, al desafío para las rodillas que supone levantarse del sofá de sopetón cada vez que Diego Costa arranca a correr camino de la portería rival, al riesgo para pectorales y hombros que supone echarse las manos a la cabeza cada vez que Mario le da un pase medido a un rival. A estas alturas de la temporada el aficionado tiene delicadas las yemas de los dedos de tanto pelar pipas y tiene disparado colesterol, triglicéridos e índice de bocabits en sangre, sufre trastornos del sueño y experimenta hinchazón de pecho y fatiga en los músculos de la media sonrisilla cuando entra en la oficina los lunes. Un tormento, oiga.

Ya queda menos, señores. Un esfuerzo último y contenido, sean Vds perseverantes, aprieten los dientes y llenen las neveras. Tenemos una misión y no podemos defraudar a los chavales. Partido a partido, aperitivo a aperitivo, entre todos podemos.

jueves, 27 de marzo de 2014

Bolsitos, autobuses, canchas


Dijo Simeone que había que ir al campo sí o sí, apeteciera o no, hiciera frío o calor, lloviera o tronase, pusieran en la tele una película de vaqueros o una de romanos y no hubo más que decir. Nosotros estaremos allí dando el callo, vino a decir Simeone, así que Vds, que son tan de los nuestros como nosotros mismos, también estarán allí, no se me hagan los longuis, no me sean flojos ni se me afrancesen. Nosotros calentaremos, haremos charla táctica, daremos arenga motivadora, nos abrazaremos en el vestuario, gritaremos hasta el trance y saldremos a jugar con los ojos inyectados en sangre, el corazón a muchas vueltas y la mente concentrada en hacerles a Vds felices, vino a decir Simeone, y de Vds sólo esperamos que, a cambio, estén allí. Un rato antes del partido, dijo Simeone, agarren Vds el bolsito, suban al autobús y vayan para la cancha; el esfuerzo no se negocia, ni el nuestro ni el suyo, oigan, venzan la pereza y el frío y hagan el favor de hacer su trabajo, llenen la grada y animen a los suyos, a los nuestros, a nosotros mismos, vino a decir Simeone con eso del bolsito y el autobús.

Eso dijo Simeone y la afición respondió a la llamada del Cholo con esa lealtad casi mecánica, zombie con la que los miembros del Clan cogen abrigo, escudo y espada al oír las gaitas que llaman a pelea y acuden al punto en el que se reúne el regimiento, esté donde esté. Habló Simeone y allá que se plantó la afición colchonera, a las diez de la noche en noche gélida de esas que prometen ser mucho más fría a medida que el río, socio del Atleti desde el manantial, se va viniendo arriba y llenando de humedad el barrio. Tras días primaverales en los que árboles y arbustos han aprovechado para lanzar brotes y flores y polen y colores fosforescentes a los parques de Madrid, el día anunciaba noche heladora y a fé que lo fue. La afición acudió abrigada hasta la punta de la nariz, con leotardos bajo el pantalón y bufanda gorda, con guantes y orejeras y así esperó a que el equipo saliera del vestuario para darle una gran ovación amortiguada por los guantes. Y entonces salió primero el capitán Gabi en camiseta de manga corta y, mirando a la grada, pensó:

   - Amos no me jodas esta gente qué friolera es, la Virgen.

Toda la grada sintió hasta vergüenza viendo desde el fondo de sus forros polares la cara de asombro de un tipo en camiseta y, disimulando, se abrió un poco el cuello del abrigo y dijo eso tan socorrido de “pues al final no parece que haga tanto frío”, esa mentira que la grada entera conoce, esa falacia interina que torna en militancia friolera a partir del segundo tiempo y que termina en indigna búsqueda de bar con caldo según acaba el partido.

¿Toda la grada, decimos? ¡No! Parte de la grada no dijo ni pío, ni se quejó ni nada. ¿Grada estoica quizás? ¡No! ¿Austera afición castellana? ¡Nada, nada! ¿Tropas de asalto curtidas en el frente de Azerbaijan, Land of Fire? Nada de eso. Ayer, al menos en grada de lateral, había un montón de japoneses la mar de educados, muchos ataviados con anoraks de un club deportivo de vaya a saber Vd qué deporte, otros con livianas cazadoritas de entretiempo que se antojaron insuficientes para abrigar nipones del frío húmedo del río. Los japoneses, eso sí, hicieron fotos de todo, se alegraron mucho del gol del Atleti, se durmieron sentaditos en sus asientos durante el descanso y, al terminar, se despidieron del que suscribe y de sus compañeros de grada con una gran sonrisa y un “enhorabuena” muy mal pronunciado y casi incompresible que, empero, fue muy de agradecer y muy agradecido. A uno le caen muy bien los japoneses por ser muy educados y llevar grandes gafas desde edades tempranas, y desde estas líneas saluda al pueblo Nipón,  en especial al de Osaka, ciudad salada de humor fino probablemente hermanada con Cádiz cuyo derbi futbolístico disputan Cerezo y Gamba, ¿se puede tener más gracia, oiga?

Salió el Atleti a jugar un partido que debía ganar y que absolutamente todos en la grada teníamos claro que así sería hasta que se empezó a jugar, que es cuando a todos se nos encogió un poco el alma y a los japoneses también los ojos. Ausente Filipe Luis y con Koke de descanso más que merecido, el Atleti salió con Insúa en el lateral izquierdo y con Cebolla por delante, con Tiago en el centro y Villa con Diego Costa delante. Más cambios por la izquierda, alguno por delante, poco más … y nada menos. El Atleti, a pesar de tener enfrente un rival flojete, a pesar de jugar en casa, a pesar de ser el líder de la liga, las pasó canutas a ratos y mal otros, incapaz en muchas fases de crear juego e imponerse, ofuscado y algo perdido en la maraña visitante, con poca luz y pocas ideas. El análisis de ayer debe hacerse por tanto al contrario: no es llamativo tanto lo que se vio como lo que no se vio, y en particular Koke y Filipe Luis. El primero, el pegamento que hace jugar junto al centro del campo, subir y bajar en bloque; el segundo el florete que entra por la banda en la que se agolpan los jugadores de más calidad del equipo para provocar superioridad hasta, en caso de no encontrarla, buscar en un par de toques largos y rápidos a Juanfran por el otro lado. Y si ayer quedó algo claro es que ni Insúa es Filipe Luis ni Cebolla es capaz de suplir con su entrega y nervio la calidad en ataque del brasileño ni la capacidad de hacer fácil lo difícil que tiene Koke.

Si durante el primer rato de partido en la grada había una cierta tranquilidad, como si a afición estuviera convencida de la victoria a pesar de la ausencia de ocasiones, la preocupación empezó a colonizar fondos y tribunas al empezar el segundo tiempo. El Granada no hacía mucho, es cierto, pero el Atleti tampoco. No daba el Atleti con la tecla, no fluía, no jugaba. Sólo los centrales, cada vez más complementarios y sólidos, imperiales a ratos, transmitían calma a una afición que empezaba a ponerse nerviosa, o quizás no. Nerviosa no estaba la afición, no, la afición estaba convencida de que el equipo iba a ganar pero no sabía cómo; la sensación no es nueva pero es complicada de explicar, si hubiera un neologista acertado en grada de lateral quizás habría creado de la nada una nueva palabra. “Poquicertero”, por ejemplo, con definición y todo: “Poquicertero: dícese de aquél que está seguro de algo, pero no mucho, más bien poco, y además ni sabe explicar bien por qué; eso sí, lo está, oiga”.

Cuando el frío empezaba a hacer daño y el Granada empezaba a molestar, el Atleti decidió pegar un arreón y la afición poquicertera empezó a pensar que ya llegaba el momento. Y llegó, y fue gracias una vez más a Diego Costa, enorme, incansable e insaciable quien, de cabeza en un corner, ese recurso cada vez más valioso, marcó el gol que todo el mundo esperaba. Y entonces, entonces sí, el poquicerterismo se convirtió en nerviosismo, y además del bueno.

Ya fuera por la tensión acumulada, fuera por lo molesto que resulta ese speaker innecesario que hace repetir hasta tres veces el apellido del jugador que acaba de marcar gol (que ya veremos, por cierto, qué dice el listo del speaker cuando marque Koke y requiera a la grada en pleno piadosas invocaciones resurrectoras), el gol de Costa supuso la llegada del nerviosismo a la grada. Ni frío ni tedio ni admiración por la cultura nipona, lo que en la grada se notaba era nerviosismo y más aún cuando a los video marcadores les dio por reproducir ese ruidito conocido, esa secuencia que llevamos en lo más profundo del subconsiciente, esa tonada que nos despertaría de un coma y lo primero que preguntaríamos es quién marcó en Las Gaunas, tirutitú. Tirutitú dijeron los video marcadores para anunciar goles en Sevilla que llevaban al Atleti a ser líder en solitario y el nerviosismo se hizo dueño y señor de la grada y hasta del campo. Diego perdía balones, Tiago perdía balones y hasta Miranda, frío y calmado hasta en medio del bombardeo, tuvo un par de imprecisiones.

Con el equipo nervioso y la grada nerviosa, el reloj empezó a ir cada vez más lento. La grada, atacada, miraba al banquillo esperando ver a Simeone y recibir algo de tranquilidad; lo que veía, sin embargo, era un tipo en traje haciendo aspavientos y reclamando concentración. Nerviosos todos en los asientos, haciendo temblar las piernas y con la cara entre las manos, viendo el fútbol por los huecos que quedan entre los dedos, la afición encaró el final del partido y buscó un algo, una solución, una fórmula sanadora. Y ésta, oh milagro, la encontró mirando de nuevo al banquillo. “Partido a partido”, pensó la afición angustiada, y ahí apretó los dientes. Balón a balón, centímetro a centímetro, minuto a minuto el equipo siguió peleando, el partido fue acabando y el nerviosismo fue pasando. Cada recuperación se celebró como un gol, cada pase bien dado como una paga extra, cada despeje como un mes de vacaciones. Cada fallo levantó ooohs y aahs, cada vez que el árbitro pitó a favor se relajaron mandíbulas y puños cerrados. Cuando el árbitro señaló el final, al alivio momentáneo siguieron la alegría desmedida y, rápidamente, el convencimiento de que por delante nos quedan muchos más momentos de angustia e intensidad en los que se antoja imprescindible que los buenos aguanten y que los elementos más valiosos del banquillo, Villa y Diego, marquen la diferencia entre ahogarse en la orilla y salir del agua por el propio pié. Después de la angustia, eso sí, la sobreexcitación y la imposibilidad física de conciliar el sueño hasta bien entrada la noche, como demuestran las enormes ojeras rojiblancas que hoy luce la parroquia colchonera por Madrid.

Simeone, entre otras muchas cosas, parece estar enseñando a la afición a gestionar momentos de angustia bajando la vista, mordiéndose el labio y centrándose en el próximo paso. Si alguien mira demasiado lejos, si uno pierde foco y empieza a fabular sobre el futuro, el discurso de Simeone obliga a volver a mirar al corto plazo, a bajar el mentón al recibir un golpe en la visera de la gorra. Simeone tira de la afición encordada que sube hacia la cima, pero no permite a nadie mirar a la cumbre antes de tiempo, sólo al siguiente paso, al siguiente agujero en el hielo que dejó el que va delante.  Si parásemos ahora y mirásemos alrededor el paisaje ya sería precioso, pero alguien al mando de la cordada no permite distracciones. Paso a paso hasta la cima, que nadie mire arriba o abajo antes de tiempo, que nadie tenga la tentación del vértigo o el éxito anticipado. Desde arriba se ve todo más bonito, pero para llegar hasta arriba lo mejor es seguir mirando hacia abajo.


Partido a partido con bolsito y autobús hacia la cancha. Queda mucho y muy duro, lo vamos a pasar mal. Bendita sensación, qué suerte tenemos, oigan. 

miércoles, 12 de marzo de 2014

14 - 8 - 14

A veces, o más bien siempre, está bien ver las cosas desde fuera o al menos escuchar al que lo hace. Es recomendable, sano y revelador ver las cosas desde donde las ve otro, ponerse en el lugar del que no tiene ni el bagaje ni las explicaciones ni los motivos de uno mismo, intentar entender cómo son las cosas desde la perspectiva del otro, del que no piensa como uno, del que no sabe lo que uno, del que no es como uno, del que es diferente o simplemente viene de otro sitio.

Cuando se aplica esta máxima tan saludable a un partido del Atleti como el de ayer contra el Milan, uno repara con una sonrisa en las cosas que a uno le parecen normales, pero no lo son tanto. Cuando uno lleva al fútbol a un par de colegas de trabajo de otro país que nunca estuvieron en Madrid y les recoge en su hotel y les lleva dando un paseo por Ópera, por el Palacio Real, por la calle Bailén a la hora del atardecer y ve que se van parando en todas partes para hacer fotos, uno cae en que Madrid no está tan mal, sobre todo en primavera y hacia las siete de la tarde. Cuando luego sigue camino a pie hacia la Puerta de Toledo y, al ver cómo de todas las calles del barrio van confluyendo aficionados del Atleti con bufandas y camisetas y el ambiente va creciendo, los invitados comentan qué ambientazo, es increíble, todo el mundo lleva algo rojo y blanco, no sabía que en Madrid había esta pasión por este equipo, entonces uno empieza a darse cuenta de lo que tiene.

Cuando uno se toma un par de cañas en un bar de la calle Toledo y empieza a bajar hacia el campo con cada vez más gente en las aceras, cuando uno para en un puesto de bufandas y compra dos rojiblancas del Atleti, de las clásicas, de las de raya gorda y escudo al final, nada de innovaciones, y los invitados se las ponen tan contentos y te piden que les hagas fotos para que las suban a twitter y te dicen que la bufanda lucirá desde entonces en sus oficinas para que las vean todos, entonces uno empieza a caer en lo que realmente está pasando. Cuando hay que abrir camino entre una marabunta rojiblanca para buscar la puerta de entrada al estadio y ve conocidos y se da abrazos y los invitados dicen algo así como joder joder, ¿pero aquí os conocéis todos? ¿sois todos amigos o esto cómo funciona?, entonces uno siente una puntita de orgullo y de alegría que tarda bastante en desaparecer.

Cuando tras el partido uno va en busca de los invitados, al os que no se consiguió entrada en la misma zona por estar el estadio abarrotado, y los ve entre la masa que abarrota el punto convenido y éstos le reciben a uno con cara de asombro, sonrisa de oreja a oreja, grandes gestos de alegría y manoteo que indican madre mía, madre mía, uno sonríe. Cuando los invitados le estrechan a uno la mano y dicen qué partidazo Dios mío, qué ambiente más increíble, que cantidad de banderas y de gente, cuántos niños, cuántas chicas, ni un solo problema, qué maravilla poder venir a este estadio todas las semanas, qué suerte tenéis, a uno le brillan los ojos de alegría por pertenecer a donde pertenece. Cuando los invitados muestran su conmoción por lo que acaban de ver, qué equipazo, es increíble cómo corren, no paran, qué tormento para el Milan, debéis estar orgullosos, creo que aspiráis a mucho más de lo que pensáis, uno traga saliva, sonríe, disimula el orgullo exagerado del momento y contesta:

- Partido a partido, señores, partido a partido.
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14

En un partidazo en el que es complicado destacar jugadores, destacó uno. En un equipo en el que es complicadísimo decir partido tras partido quién es el líder, el alma, el ejemplo para un grupo que funciona como una máquina de demolición urgente, resulta que hay uno. En un día de emociones en el que el Atleti jugó estupendamente y la grada lució tan bonita como en los días más grandes, hubo alguien que generó más emociones que el resto.

En un día en el que Filipe Luis volvió a demostrar clase y buen momento y los centrales jugaron con cabeza y contundencia, en un día en el que Juanfran volvió a hacer un buen partido con uno de esos momentos de despiste tan suyos, hubo un tipo que deslumbró a la grada propia y rival y a quien veía el partido por la televisión. En el día en que Mario Suárez tuvo la enésima pájara y perdió varios balones hasta que, gracias a un vendaje rojo a modo de solideo cardenalicio, se vió iluminado por la Providencia y dejó de desesperar a todo el mundo, un compañero de línea hizo su trabajo, el trabajo que Mario olvidó hacer y, de paso, lo que el resto no eran capaces de hacer. El día en el que Koke hizo kilómetros y kilómetros y mostró temple y técnica y Arda marcó un gol de rebote importantísimo, ambos siempre tuvieron a su lado a alguien que terminó por eclipsarles. Incluso en el día en que Raúl García marcó un golazo de cabeza y casi marca un golazo histórico de chilena y Diego Costa marcó dos goles a cuál más bonito, el protagonista fue otro.

El protagonista no fue Sosa, que salió de refresco y mostró más ritmo y clase que en partidos anteriores, dejando buenas vibraciones sobre su progresión. Tampoco fue Diego Ribas, controlón y cómodo en su papel de custodio del balón cuando hay que guardar la bola lejos del fuego enemigo. No fue el Cebolla, rapidísimo al salir desde la grada, mostrando un hambre que deja claro de qué se habla en ese vestuario en el que hay tortas por entrar, algo inaudito en este Club desde hace años.

En el día en el que todo lo anterior ocurrió, en el día de los miles de banderas y el lleno hasta la mismísima, en el día de la goleada a un Milan que, sin ser el mejor de su historia ni mucho menos no dejó de ser el Milan, en el día en el que el Atleti pasó a cuartos de final de la Champions League dejando una imagen de equipo poderosísimo y concentrado, de equipo de tipos comprometidos, de equipo de fútbol que juega como un equipo de rugby, el protagonista fue el que mejor encarna ese espíritu, ese objetivo, ese grupo. El protagonista robó balones, corrió kilómetros, anduvo al quite cuando los compañeros fallaron, hizo pases de gol y casi rompe un poste de un derechazo tras correr 70 metros a ritmo de velocista.

El protagonista, el capitán, es un ejemplo y un orgullo, una suerte y una bendición. El protagonista, el capitán, es de la casa y lleva el 14 a la espalda.

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8

Tras meses de competición, muchas victorias, ninguna derrota y un solo empate, el Atleti entró ayer por méritos propios y por la puerta grande en el grupo de los 8 equipos más en forma del momento en Europa. Uno entre ocho, ahí es nada, oiga.

El Atleti, por el que nadie nunca dio un duro hasta que llegó un tipo con un pelo caprichoso y un segundo con mal genio, muchos kilos, un anorak y un cronómetro, echó abajo la puerta del club de oficiales, se sacudió el polvo y pidió una cerveza fría, clavándole los ojos al camarero con la autoridad del que ha toreado en plazas mucho peores y la sed del que sabe que ahora empieza lo bueno. El Atleti llegó el primero al bar donde sólo caben ocho, aparcó el land rover lleno de barro en el espacio que normalmente ocupan deportivos carísimos con tapicería de cuero y, en vez de dejar las llaves al aparcacoches, se las guardó en el bolsillo junto al alicate mil-usos, un trozo de cuerda y un mosquetón. Ahora queda saber qué pasará en la próxima ronda de la ruleta, en unos días.

Antes, y como credencial para entrar en el exclusivo club, el Atleti colgó en el perchero de la entrada los resultados de ambos partidos contra el Milan, gran campeón europeo en días bajos. El Atleti colgó de una percha un partido solvente con pinta de guardapolvos de trabajo y, de la otra, un partido soberbio con goleada y solapas de astracán; ambas prendas, por cierto, sin ni una sola mancha, sin ninguna acción fea del Milan quien, especialmente en el partido de ayer, se comportó con el señorío del que presumen muchos que no pueden presentar nunca una hoja de partido sin mácula como la de ayer. Ni una mala patada dio el Milan, quien paró el juego a voluntad propia cuando algún jugador estaba en problemas y devolvió caballerosamente los balones, quien llegó a cortar un ataque propio al ver Abate que Diego Costa se había ido al suelo al ejercer de barrera con la zona media de su anatomía. Fuera quizás por influencia del gran Abbiatti, tipo majo y educado, o quizás cosa de las buenas maneras de Seedorf en rueda de prensa, o puede que por tener los jugadores italianos un especial respeto por la figura del Cardenal Primado de Toledo del que ayer se disfrazó Mario Suárez durante un rato, el caso es que el Milan tuvo un comportamiento admirable que desde aquí agradecemos, al igual que reprobamos los insultos vertidos hacia los seguidores milanistas desde parte del estadio cuando estos, al menos aparentemente, no habían hecho nada para merecerlos.

El mismo día, por cierto, en que el Atleti volvía a formar parte del grupo de los ocho equipos más fuertes de Europa, un tipo con el ocho a la espalda demostró ser también uno de los más fuertes que uno ha visto. El tipo del ocho a la espalda, que lleva en el Atleti ya demasiados años como para tener que ganarse el respeto en cada partido, volvió a hacer un partidazo en lo físico y en lo táctico, mostrando una disciplina y un compañerismo para enseñar en las escuelas. Al tipo del ocho a la espalda se le ha pitado, se le ha ignorado, se le ha criticado y se le ha faltado muchas veces al respeto. En ocasiones ha merecido críticas, en ocasiones éstas no han tenido ningún fundamento ni han respondido a ninguna lógica, en algunos casos han sido entendibles, en otros han rozado la crueldad. A pesar de todo eso, el tipo del ocho a la espalda lleva muchos partidos ya siendo importantísimo para el equipo y parece que le quedan otros tantos. Ayer, tras un gran gol y un vice-gol memorable, tras un despliegue físico y un rigor táctico asombroso, tras ser un compañero excelente en un equipo de excelentes compañeros, se retiró al vestuario entre ovaciones estruendosas y escuchando al público, antes tan crítico y a veces tan cruel, cantando su nombre. En ese momento algunos nos miramos con ojos de decir “quién nos lo iba a decir”; otros, con gesto de “se merece este momento, quizás nos pasamos con él”; todos, en fin, con cara de pensar “mucho mejor así, ahí va otro tipo que merece la pena, gracias de nuevo”.

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14

Gracias entre otros al tipo del 14 a la espalda y al tipo que lleva el 8, y gracias también a casi todos los que forman una plantilla corta pero de mandíbula apretada e ideas claras, el Atleti lleva meses dando montones de alegrías, toneladas de alegrías, volquetes de alegrías a sus seguidores. Las alegrías que se lleva la afición no tienen sólo que ver con las victorias y los goles, con el puesto en la clasificación y los títulos, con el buen juego y los lunes de alegría en la oficina.

Además de todo lo anterior, además de los abrazos en la grada y el canturrear el himno inconscientemente cuando se seleccionan pomelos en la sección de frutería del hipermercado, además de las horas pasadas ante el ordenador leyendo blogs y crónicas y páginas de vuelos baratos a destinos futbolísticos, lo que realmente emociona al aficionado es esa sensación de entrega total y conjunta, de comunidad de ideas y de fe ciega en ellas, de compromiso con la causa que todos los jugadores demuestran. El aficionado vibra y casi hace pucheros cuando ve a todos los jugadores basculando a la vez, buscando siempre tapar el hueco que dejó el compañero que salió a presionar al rival, renunciando una y otra vez al ataque por no dejar la espalda desguarnecida, corrigiéndose y animándose los unos a los otros, haciendo lo que cada aficionado haría, corriendo hasta la extenuación como cada aficionado haría, llevando las rayas y el escudo con la dignidad con la que cada aficionado sueña hacerlo.


Y esto, tan sencillo pero tan raro de encontrar, tan simple pero tan increíblemente emocionante, es cosa de otro tipo que, como aquél que arrastra compañeros con su ejemplo, jugó en el Atleti con el 14 a la espalda, entre otras muchas también la última vez que el Atleti se coló en el bar de los ocho más fuertes de Europa. Eso sí, este 14 ahora lleva chaqueta y corbata, aunque sigue teniendo ese mismo genio de mil demonios que parece haber contagiado a esos jugadores y grada que ahora mismo le seguirían, sin dudar, a la mismísima puerta del infierno.