Por Jesús Doggy, enviado especial a un bar.
Empecemos por los hechos que, como todos ustedes saben, tienden a ser tozudamente objetivos. El Atlético de Madrid, tras una pretemporada esperanzadora con una plantilla corta y descompensada que, a última hora, recibió una inesperada puñalada trapera, ha jugado siete partidos, cinco de Liga y dos de Liga de Campeones, y todavía no conoce la victoria. Ha perdido tres encuentros y ha empatado otros cuatro. Ha recibido 15 goles y tan sólo ha marcado 7. El Atlético de Madrid es último de su grupo en la máxima competición continental y antepenúltimo en la Liga. Interpretaciones caben unas cuantas, pero esta, desgraciadamente, es la única realidad.
No resulta, por tanto, extraño que una negra nube de espeso pesimismo se observe estos días flotando alrededor de las cabezas de los seguidores atléticos, tan dados, pobrecitos ellos, a la tragedia. El aficionado rojiblanco –pobrecito él- deambula estos días cansado, hastiado, harto; desesperado finalmente, tras muchos años (22 para ser exactos) de empobrecimiento deportivo, vergüenza institucional y pérdida de valores del club de sus amores. El aficionado rojiblanco –pobrecito él- a estas alturas no sabe ya si bajar a la calle en busca de algún bar que emita el partido europeo de su equipo o, directamente, meterse en la cama a las nueve menos cuarto tras ingerir una dormidina con un vasito de leche caliente y una cataplasma en la cabeza. Los que optan, tras mucho renegar, por la primera opción, se encuentran con que la tarea es ardua: a esa misma hora disputa su compromiso europeo otro equipo grande de la ciudad, el que goza de bulas bancarias y preside un señorón financiero que regresó a la presidencia andando sobre las aguas, como un Mesías con gafas. En fin, que el aficionado atlético –pobrecito él- tras una intensa búsqueda, muchos cruces de miradas y dos o tres sofocones consigue ponerse frente a un televisor que emita el partido de su equipo.
En esas, el aficionado rojiblanco –pobrecito él- descubre que Luis Amaranto Perea se ha convertido en lateral izquierdo, que Thomas Ujfalusi se apresta a defender desde el lateral derecho y que, por consiguiente, el equipo empieza el choque con cuatro centrales. Descubre también que, de nuevo, es Maximiliano Rodríguez el que paga los platos rotos para que juegue un tal José Manuel Jurado, un mediocampista, mediomediapuntista, mediofantasista, mediofutbolista gaditano que, en realidad, sólo ha medio rendido como segundo medio delantero en un equipo de medio pelo. En fin, flanquean al blandengue medioregista el imperial Paulo Assunção y un señor de aspecto rarísimo que se llama Cleber Santana y del que uno, verdaderamente, no sabe muy bien que pensar. Atacan, sobre el papel, Diego Forlán, Sergio Agüero y Simão Sabrosa. Entretanto, el aficionado rojiblanco –pobrecito él- ve calentar a una bestia parda brasileña que se llama como el superhéroe verde de la Marvel y le da el tembleque acordándose de lo del año pasado.
Y hete aquí que comienza el choque. Y hete aquí que tras intentarlo un par de veces por su banda, la izquierda, la bestia parda brasileña decide cambiarse de lado para encarar a un Luis Amaranto Perea al que las crónicas trituran, pero que, sin embargo, no estuvo mal. De hecho, rememorando su rendimiento en las dos últimas temporadas, estuvo bastante entonado. Lo mismo ocurrió con el resto de la defensa. Se ha convertido ya en un tópico decir que la defensa del Atleti hace aguas, que es de chiste, que no vale, que es ridícula, que trata de arrancarlo, Carlos… Cuando la tozuda realidad nos enseña que en ningún equipo de nivel defienden sólo los cuatro de atrás, pero, bueno, eso son ya batallas perdidas. En Oporto, los cuatro de atrás estuvieron razonablemente bien: Pablo en su mejor versión; Juanito demostrando una vez más que tiene orgullo profesional y que ha venido a sumar y no a jubilarse; Ujfalusi, como casi siempre, un valladar y exhibiéndose como el mejor lateral derecho de la plantilla y Luis Amaranto, ya se ha dicho, razonablemente bien teniendo en cuenta que le tocó bailar con la más fea, esto es, con la bestia parda brasileña.
Avanzaba el partido y se veía a un Atleti serio y concentrado, que no dejaba jugar al Oporto y que gozó de dos o tres ocasiones con disparos lejanos de Agüero o de Forlán que desvió sin problemas un tal Helton, un guardameta al que el año pasado le metían tres goles cada dos tiros a puerta y que, anoche, fue, junto a la bestia parda brasileña, el mejor de su equipo. Destacable, por lo inusitadamente mediocre de su estado de forma, fue lo de Simão. El portugués ha comenzado la temporada bajo mínimos y el equipo lo nota. Tuvo dos buenas ocasiones en la primera mitad y las mandó al limbo. Forlán estuvo batallador y con ganas como cuarto centrocampista, el problema es que cuando el uruguayo se aleja de la portería, se le notan mucho sus pocos defectos (malos controles, falta de pausa, escasa calidad combinativa) y apenas se aprecian sus enormes virtudes. Y, además, no está fino Forlán, no, ni mucho menos: pifió, completamente solo en la frontal del área, una magnífica jugada ensayada de corner, un tiro fácil de esos que, la temporada pasada, hubiera elegido por que palo lo metía. Arriba, como una isla rodeada de piratas, estaba el Kun Agüero, siempre hambriento y pundonoroso, vaciándose físicamente, que fue de más a menos.
El Atleti parecía un equipo serio y concentrado como visitante en un campo difícil. Tenía el partido controlado y había gozado de las mejores ocasiones para marcar, abundando en la mejora que se observó en Mestalla, donde se empató in extremis un partido en el que se hicieron méritos y ocasiones suficientes para ganar. Y en esas se lesionó Roberto. Nuestro espigado guardameta, repescado del Recre en una extraña operación este verano, sería el jugador con peor suerte del equipo de no existir el pobre Juan Valera. Roberto se resintió al despejar una cesión atrás y, poco después, se rompió definitivamente tras despejar con apuros un balón que entraba pegado al larguero. Tiene para cinco semanas de baja. La lesión de Roberto posibilitó la entrada –y, de paso, el debut con el primer equipo- de David De Gea, un portero con cara de niño del que venimos oyendo hablar maravillas casi un lustro, pese a que el año pasado perdió la titularidad en la Selección Sub-20 y en el Atlético de Madrid B. Quedó claro, visto lo visto, que De Gea es un portero sobrio, con buena colocación, buenos reflejos, buena salida por alto así como listo y rápido para lanzar las contras. Son las cosas que pasan en este equipo: el tercer portero, el que se iba a ir cedido al Valladolid, al Numancia o a la Unión Deportiva Las Palmas porque no convence a un señor con gafas necias que no entiende muy bien lo que es el Atlético de Madrid, va a ser el portero titular en el momento más delicado de la temporada, incluyendo la visita a Stamford Bridge. Esperemos, por nuestro propio bien, que siga en la línea de lo mucho bueno que mostró en Oporto.
Tras la ducha, el Atlético se fue aún con más claridad a por la victoria, ahogando a un Oporto que, para desesperación de su técnico, caía una y otra vez en el fuera de juego. Los rojiblancos acumularon cuatro oportunidades claras, incluyendo un trallazo de Ujfalusi tras la mejor jugada colectiva del partido, que Helton mandó a corner con apuros. Simão lo botó bien esta vez, templado y al balcón del área chica, y el buen testarazo de Juanito se fue levísimamente por encima del larguero. Otra más, la más clara, que no entraba. Maxi Rodríguez entró por Simão y el Oporto, presionado por su público, empezó a probar a De Gea con lanzamientos lejanos. El jovencísimo e imberbe guardameta respondió con agilidad y temple. Y en esas llegamos al fatídico minuto 30. La bestia parda brasileña encara a Luis Amaranto en el pico del área, se va, remata con la diestra al muñeco y De Gea repele dejando el balón muerto en el borde del área pequeña, la bestia parda brasileña intenta engatillar con la zurda pero la pifia y se queda con el balón muerto a sus pies, se la da con la diestra a Radamel Falcao que marca de tacón, al estilo de Rabah Madjer, aquel fabuloso delantero argelino del Oporto que ganó, junto a Paul Futre, una Copa de Europa. Ahí acabó el partido. Quedaban todavía 14 minutos, pero el encuentro estaba sentenciado. Abel Resino, que tenía a Sinama el Ignoto preparado para saltar al campo, lo sentó y metió a un tal Reyes por el medio intrascendente José Manuel Jurado. Todo daba ya igual, incluso esas rarezas. El Oporto, para más INRI, se permitió marcar un segundo tanto tras un saque de corner rematado maravillosamente por Bruno Alves que se impuso en las alturas a Pablo y Juanito. Rolando sólo tuvo que empujar a la red el balón repelido por el poste.
Y, así, cariacontecidos, volvemos al principio de esta apresurada crónica: el Atlético ha jugado siete partidos de competición y todavía no ha ganado ninguno. Nuestro capitán de facto juega ahora en el Everton, nuestro todocampista con galones y carácter tiene un pie roto, nuestro canterano más carismático trata de acelerar su recuperación tras una operación de cadera y nuestro Mariano se recupera de un accidente de coche que le pudo costar la vida. Tenemos al portero titular y al único central zurdo de la plantilla haciendo turismo por Egipto, mientras el entrenador-pantalla, cuestionado desde el primer día, entrena con catorce futbolistas, incluyendo a un tal Reyes, al medio pelo gaditano, a Sinama el Ignoto, al muy tocado físicamente capitán del equipo y a un señor muy raro, del que uno no sabe bien que pensar, que se llama Cleber Santana.
Total que, en estas circunstancias, el aficionado atlético –pobrecito él- se prepara, tan contrito y temeroso como iracundo, para recibir el sábado a las diez de la noche al Zaragoza en el estadio Vicente Calderón. Y ya hay aficionados atléticos –pobrecitos ellos- que piensan que si después de tanto clamar al cielo sin respuesta y de tanto ver cerradas las celestiales puertas, habrá de ser el cielo quién responda de sus actos en la tierra. Porque esto, señores, empieza a parecerse demasiado a una tragedia.
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jueves, 1 de octubre de 2009
jueves, 12 de marzo de 2009
La súbita vuelta al escepticismo
Parecía tras los últimos partidos que el Atleti había encontrado la rendija tras la que se vislumbraba su lugar en el mundo, pero ayer alguien tapó el boquetito con er deo (como en Los Delincuentes).
___
En estos tiempos que corren el seguidor colchonero duerme raro. Hay días que el sonido de una mosca le despierta y de inmediato le vienen a la mente la imagen de Maxi tirando el brazalete y la cláusula de Agüero; el seguidor entonces se desvela y da vueltas en la cama y ya no duerme ni contando entrenadores de la era Gil. Otros días sueña con copas ganadas y tiempos mejores y duerme del tirón y con una sonrisa y cuando se levanta acaricia a los niños y le dice a su mujer que nunca estuvo tan guapa. Estas cosas pasan estos días, no me lo negarán Vds, que les conozco.
Deben Vds saber que tanto trastorno del sueño ha llamado la atención de un grupo de científicos especializados en el descanso, el ronquido arrítmico y la siesta del carnero, todos pertenecientes a la Universidad de Oslo, Noruega. Ataviados con impolutas batas blancas y gafas de pasta y unos cuadernos de esos con una pinza de metal arriba para tomar notas, los científicos han empezado a analizar el comportamiento de una muestra de la hinchada compuesta por varias decenas de aficionados colchoneros de toda edad y condición. Tras muchos estudios y gráficas y datos contrastados han llegado a conclusiones tajantes: aquellos atléticos que duermen sobre colchones de muelles reclaman más contundencia en el remate de cabeza, mientras que los que tienen colchón de látex son especialmente partidarios de Maxi. Los usuarios de cama-nido tienen poco aprecio por el Sevilla CF y los que duermen en litera reclaman un sistema con doble pivote, mientras que los fans de Pernía duermen con gorro de dormir de esos con pompón: toda una declaración de principios.
Más aún, los científicos, provistos de sofisticados kits individuales para los pacientes consistentes en juego de electrodos, vasito de agua y orinal, han seguido con detalle el sueño de cada participante y, durante el mismo, han lanzado mensajes auditivos destinados a su subconsciente, es decir, por lo bajini. Cuando el mensaje habla de Gárate el paciente duerme con la tranquilidad del que tiene la conciencia limpia, mientras que si se le habla de Donato al levantarse andan arqueando las piernas y si se trata de Vizcaíno, responden al test utilizando sólo monosílabos y hablando bajito. Si se les habla de Dirceu, sacan la lengua; cuando se les habla de Pablo, se la muerden. Cuando el mensaje habla de Seitaridis los aficionados piden el desayuno en la cama e insisten en no pagarlo, y cuando el objeto del susurro es Maniche, roncan con potencia. Finalmente, aquellos aficionados a los que se habló de la directiva se levantaron de las camas y, sonámbulos, desvalijaron la máquina de café del pasillo.
Quizás lo más asombroso ha ocurrido al hacer dormir a todos los aficionados en la misma habitación, un gran espacio habilitado para la ocasión. Lejos de tener un comportamiento homogéneo, la afición dormida tardó poco en fragmentarse en diferentes facciones: unos roncaban al unísono para molestar a la facción rival mientras los miembros de esta última chascaban la lengua repetidamente para despertarles. Algunos echaban en cara al resto el no dormir como verdaderos atléticos, unos pocos protestaban a la puerta de los baños y otros pocos abandonaban la cama cinco minutos antes de que sonara el despertador para no pillar atasco en la ducha. Sólo se puso la afición dormida de acuerdo para hacer una ola sonámbula cuando se inundó la sala con comentarios susurrados sobre la inminente salida de la plantilla de Reyes.
Deben saber Vds también que, como ocurriera con la Sábana Santa, muchos de los científicos involucrados en el proyecto han terminado por convertirse y han fundado la Peña Atlética Alfred Nobel, con más de cincuenta miembros y autobús propio con toilette y dvd. Paralelamente, los científicos han iniciado movilizaciones en rechazo de la bata blanca y en apoyo de la obligatoriedad de la bata a rayas rojiblancas para toda la comunidad científica mundial. Este último hecho ha llamado la atención de un grupo de científicos pertenecientes a la Universidad de Copenhague, Dinamarca, que han planteado la posibilidad de llevar a cabo un estudio sobre la materia. Les mantendremos informados.
___
Mirando al pasado reciente, uno se da cuenta de que tras un partido de ida horroroso en el que uno terminó convencido de que el equipo, una vez más, había dejado claro que no hacemos carrera de él, llegaron dos partidos para la esperanza. Cuando la afición salió del Calderón tras ver al Oporto volvió a tener esa sensación ya conocida de que a esta gente que juega en este equipo le da igual todo. Que una vez más, y ya van muchas, había demasiados jugadores que no valían, demasiados cambios que hacer en una plantilla que no tiene continuidad, demasiada rutina en las rotaciones masivas de jugadores año tras año, demasiados tipos que llegan con una vitola o un curriculum que queda en nada tras el paso por este equipo nuestro, este equipo que a veces nos alegra la semana y otras veces nos amarga el jueves, viernes y sábado o hasta un lustro, según las épocas.
La llegada de Abel había traído al Atleti algunas novedades que, quizás por lógicas, quizás por ser las que la grada veía con nitidez, quizás por ser las que habría recomendado Perogrullo, Abundio o incluso hasta el presidente de la entidad nos parecieron bien. Fuera Seitaridis, menos minutos para Maniche, Forlán jugando de diez cuando el equipo tiene que construir. Mas intensidad en el centro del campo, más ayuda de los interiores, menos distancia entre líneas, más apoyos entre centrales y medios. Estas mínimas variantes junto con una actitud claramente más decente contra Barça y contra el otro equipo contra el que se jugó recientemente habían regado la tierra en la que habita la semilla colchonera del optimismo. Ésta, que germina rara vez, necesita poco impulso para abrirse paso entre las toneladas de escombro que la sepultan: un gesto, una carrera, un tiro a puerta, un jugador que celebra con otro un gol como lo celebra un señor con su vecino. Los dos últimos partidos de liga habían hecho las funciones de agua, abono, fertilizante, reconstituyente y opiáceo entre la afición colchonera quien llegó a la segunda entrega de la eliminatoria con un optimismo que no se respiraba en los alrededores del estadio minutos después del vergonzante primer acto. Pero hete aquí que ayer, en Oporto, uno tuvo la impresión de volver a la casilla uno, de haber perdido toda la distancia recuperada en el tablero, de volver al prisión, al laberinto, al treinta.
Salió el Atleti vestido de suplente contra un equipo local que vestía de suplente en lo que se ha venido llamando en círculos profesionales del marketing y la publicidad "Jornada del Patrocinio Abochornante". Salió el Atleti cambiado, con Sinama de interior derecho y Maxi más de media punta y Forlán en el banquillo. Forlán está cansado, dijo el cuerpo técnico, está fundido tras los dos partidos anteriores. Forlán, que no tiene pinta así de cansarse mucho, se quedó sentado en la banda en el partido en el que más claro estaba que había que marcar un gol, y estas son cosas que uno, que como saben es tonto, no alcanza a entender. Uno puede entender que haya que dosificar a los jugadores y que el domingo el Atleti se juega muchísimo. Y uno puede entender que había que contener el empuje inicial del Oporto igual que se hizo el sábado pasado. Uno puede entender que, efectivamente, había que mantener la portería a cero en espera de que los de delante, la parte noble de la plantilla, cumplieran con su cometido. Uno puede entender muchas cosas, pero le cuesta entender que se prescinda del mejor jugador de la plantilla ya de inicio, que se eche por tierra una de las variantes que habían demostrado ser más efectivas y lógicas desde que el equipo ha variado un poco el dibujo. A uno le cuesta entender que a veces las cosas no se hagan al revés, esto es, empezando con el equipo de más garantías para, en caso de que las cosas vayan como uno ha previsto, acabar con un equipo más abrochado, con menos punta y más músculo en el centro del campo. Pero está claro que no todo el mundo lo entiende así, y menos mal.
El caso es que el Atleti empezó cauto, más pendiente de evitar que el Oporto jugara y llegara a puerta, y salió bien en un principio. Tanto Pablo y Ujfalusi como Assunçao y Raúl capeaban con solvencia lo que aportaba el ataque y sobre todo el centro del campo rival, y lo hacían con rapidez y concentración y contundencia. El Atleti no llegaba con claridad pero el Oporto no llegaba tampoco, todo parecía según el guión anticipado. Eso sí, Agüero, sólo como algún otro delantero centro de nivel en este equipo, no podía con la cantidad de rivales que le rodeaban en cada acción. Maxi, bajo y enfadado con el mundo últimamente, no estaba tan cerca del Kun como lo estaría Forlán y así se vio en una contra por la banda que acabó en un centro en el que el balón pasó de largo con el aire de desdén del tren que va a cocheras, sin paradas. Tampoco Sinama, un jugador de cierta espesura crónica con poca suerte o poca fe a la hora de aprovechar oportunidades, aportaba al Kun el apoyo necesario para pegarse con los centrales ni hacía lo suficiente como para inquietar al inquietantísimo portero local. Sólo Perea, qué cosas, estuvo cerca de marcar, y además con la zurda, qué cosas. Descanso, cero cero, pocas ocasiones pero cierta solidez; el Atleti parecía controlar el partido, en especial tras algunos minutos de acoso que siguieron al penalti sobre Simao.
El segundo tiempo, empero, fue otro cantar. Ya no valía con resistir, había que hacer algo, había que marcar. Salió Forlán y Maxi se fue con cara de que si el balón llega a ser suyo Abel no juega. El Atleti debía buscar el ataque, hacer algo más, pero no podía. No jugaba desde atrás, no salía cómodo, bastante tenía con evitar el empuje de Hulk, el Cebolla, Lucho y Meireles; por cierto, de haberse apodado el último "El Calvo", el cuarteto podría haber pasado por una pandilla de esas que frecuentaban los futbolines. La entrada de Forlán no había inquietado mucho al Oporto ni la media le surtía de balones: Assunçao, siempre necesario en defensa pero no siempre con las ideas necesarias para romper cerrojos, tenía otras cosas en las que pensar, igual que Raúl García. Poco a poco el Oporto se estiraba, iba llegando, tiraba a puerta, iba metiendo miedo. Hulk recibía faltas y el Cebolla, un tipo con aspecto de jugador de dominó en tasca rural, hacía un despliegue físico y técnico que impedía pensar en otra cosa que no fuera pararle. En contra de lo esperado, el Atleti no achuchaba y era el Oporto quien se iba al ataque. Leo Franco, y ya van varias veces en los últimos partidos, hacía paradas de mérito y se apoyaba en los palos para evitar el castigo. El plan daba los frutos contrarios.
Para la afición escéptica, la entrada de Maniche fue el equivalente a la entrega de las llaves de Breda. Ya está, vemos que no vamos a ganar, ya ni corran ni se preocupen ni nada. Fíjense si tenemos poca fe que vamos a sacar a este señor, sí, a este, Vds le conocen bien. Ya saben que tiene un potente tiro de fuera, ahora pegará un tiro para que vean ... ahí va, ¡que tira! ¡cuidado! ¡protejan a ese pobre fotógrafo, oiga! Los últimos minutos del partido fueron jugados por el Atleti que no jugó hace dos jornadas contra el Barcelona sino por otro, por aquél que tantas veces hemos visto últimamente, el mismo que tantas veces nos hemos propuesto no volver a ver, sin éxito. Los brazos bajados, la moral por los suelos, la impotencia como característica, la falta de energía y la falta de ganas de encontrar la última caloría que quemar en el fondo del bolsillo. El paso a cuartos se iba entre los dedos por culpa de un desastroso partido de ida y de un gris partido de vuelta.
El Atleti, al que tanto le costó volver a Champions, se ha ido en octavos, que así a priori no está mal. Hizo una buena fase de liguilla con un par de partidos para el recuerdo (el primero, en Eindhoven, y la vuelta en Anfield: uno por la calidad del juego, el otro por la intensidad del compromiso). Tuvo un cruce ventajoso que tiró por el desagüe en un nefasto partido en casa y que no supo solucionar en el campo del rival. El Atleti no pasa a cuartos tras haber jugado contra un buen equipo, pero no por haber jugado contra un equipo magnífico. El Atleti no mereció pasar la eliminatoria y el problema es suyo, está en él, en su falta de ambición en ciertos momentos, en su conformismo, en su actitud desganada y su falta de concentración, en su poco instinto competitivo. El Atleti tuvo una gran ocasión de pasar a cuartos y jugar de tú a tú contra un equipo más grande que el que le ha eliminado o bien de esperar un sorteo asequible si le llega a tocar el rival del sábado. Pero no, el Atleti está fuera, el Atleti no sigue y casi diríamos que porque no ha querido. Pudo, pero no supo o no quiso poder. El tránsito por la Champions no ha sido malo, pero la imagen de la última eliminatoria ha sido un borrón que se pudo y se debió evitar. Un borrón, un disgusto, una invitación a no creer tanto como creíamos las últimas semanas. Un vaso de agua fría que te tiran a la cara, un despertador que suena en mal momento, la súbita vuelta al escepticismo.
Esperemos, eso sí, haber vuelto al redil de la inocencia el próximo lunes.
En estos tiempos que corren el seguidor colchonero duerme raro. Hay días que el sonido de una mosca le despierta y de inmediato le vienen a la mente la imagen de Maxi tirando el brazalete y la cláusula de Agüero; el seguidor entonces se desvela y da vueltas en la cama y ya no duerme ni contando entrenadores de la era Gil. Otros días sueña con copas ganadas y tiempos mejores y duerme del tirón y con una sonrisa y cuando se levanta acaricia a los niños y le dice a su mujer que nunca estuvo tan guapa. Estas cosas pasan estos días, no me lo negarán Vds, que les conozco.
Deben Vds saber que tanto trastorno del sueño ha llamado la atención de un grupo de científicos especializados en el descanso, el ronquido arrítmico y la siesta del carnero, todos pertenecientes a la Universidad de Oslo, Noruega. Ataviados con impolutas batas blancas y gafas de pasta y unos cuadernos de esos con una pinza de metal arriba para tomar notas, los científicos han empezado a analizar el comportamiento de una muestra de la hinchada compuesta por varias decenas de aficionados colchoneros de toda edad y condición. Tras muchos estudios y gráficas y datos contrastados han llegado a conclusiones tajantes: aquellos atléticos que duermen sobre colchones de muelles reclaman más contundencia en el remate de cabeza, mientras que los que tienen colchón de látex son especialmente partidarios de Maxi. Los usuarios de cama-nido tienen poco aprecio por el Sevilla CF y los que duermen en litera reclaman un sistema con doble pivote, mientras que los fans de Pernía duermen con gorro de dormir de esos con pompón: toda una declaración de principios.
Más aún, los científicos, provistos de sofisticados kits individuales para los pacientes consistentes en juego de electrodos, vasito de agua y orinal, han seguido con detalle el sueño de cada participante y, durante el mismo, han lanzado mensajes auditivos destinados a su subconsciente, es decir, por lo bajini. Cuando el mensaje habla de Gárate el paciente duerme con la tranquilidad del que tiene la conciencia limpia, mientras que si se le habla de Donato al levantarse andan arqueando las piernas y si se trata de Vizcaíno, responden al test utilizando sólo monosílabos y hablando bajito. Si se les habla de Dirceu, sacan la lengua; cuando se les habla de Pablo, se la muerden. Cuando el mensaje habla de Seitaridis los aficionados piden el desayuno en la cama e insisten en no pagarlo, y cuando el objeto del susurro es Maniche, roncan con potencia. Finalmente, aquellos aficionados a los que se habló de la directiva se levantaron de las camas y, sonámbulos, desvalijaron la máquina de café del pasillo.
Quizás lo más asombroso ha ocurrido al hacer dormir a todos los aficionados en la misma habitación, un gran espacio habilitado para la ocasión. Lejos de tener un comportamiento homogéneo, la afición dormida tardó poco en fragmentarse en diferentes facciones: unos roncaban al unísono para molestar a la facción rival mientras los miembros de esta última chascaban la lengua repetidamente para despertarles. Algunos echaban en cara al resto el no dormir como verdaderos atléticos, unos pocos protestaban a la puerta de los baños y otros pocos abandonaban la cama cinco minutos antes de que sonara el despertador para no pillar atasco en la ducha. Sólo se puso la afición dormida de acuerdo para hacer una ola sonámbula cuando se inundó la sala con comentarios susurrados sobre la inminente salida de la plantilla de Reyes.
Deben saber Vds también que, como ocurriera con la Sábana Santa, muchos de los científicos involucrados en el proyecto han terminado por convertirse y han fundado la Peña Atlética Alfred Nobel, con más de cincuenta miembros y autobús propio con toilette y dvd. Paralelamente, los científicos han iniciado movilizaciones en rechazo de la bata blanca y en apoyo de la obligatoriedad de la bata a rayas rojiblancas para toda la comunidad científica mundial. Este último hecho ha llamado la atención de un grupo de científicos pertenecientes a la Universidad de Copenhague, Dinamarca, que han planteado la posibilidad de llevar a cabo un estudio sobre la materia. Les mantendremos informados.
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Mirando al pasado reciente, uno se da cuenta de que tras un partido de ida horroroso en el que uno terminó convencido de que el equipo, una vez más, había dejado claro que no hacemos carrera de él, llegaron dos partidos para la esperanza. Cuando la afición salió del Calderón tras ver al Oporto volvió a tener esa sensación ya conocida de que a esta gente que juega en este equipo le da igual todo. Que una vez más, y ya van muchas, había demasiados jugadores que no valían, demasiados cambios que hacer en una plantilla que no tiene continuidad, demasiada rutina en las rotaciones masivas de jugadores año tras año, demasiados tipos que llegan con una vitola o un curriculum que queda en nada tras el paso por este equipo nuestro, este equipo que a veces nos alegra la semana y otras veces nos amarga el jueves, viernes y sábado o hasta un lustro, según las épocas.
La llegada de Abel había traído al Atleti algunas novedades que, quizás por lógicas, quizás por ser las que la grada veía con nitidez, quizás por ser las que habría recomendado Perogrullo, Abundio o incluso hasta el presidente de la entidad nos parecieron bien. Fuera Seitaridis, menos minutos para Maniche, Forlán jugando de diez cuando el equipo tiene que construir. Mas intensidad en el centro del campo, más ayuda de los interiores, menos distancia entre líneas, más apoyos entre centrales y medios. Estas mínimas variantes junto con una actitud claramente más decente contra Barça y contra el otro equipo contra el que se jugó recientemente habían regado la tierra en la que habita la semilla colchonera del optimismo. Ésta, que germina rara vez, necesita poco impulso para abrirse paso entre las toneladas de escombro que la sepultan: un gesto, una carrera, un tiro a puerta, un jugador que celebra con otro un gol como lo celebra un señor con su vecino. Los dos últimos partidos de liga habían hecho las funciones de agua, abono, fertilizante, reconstituyente y opiáceo entre la afición colchonera quien llegó a la segunda entrega de la eliminatoria con un optimismo que no se respiraba en los alrededores del estadio minutos después del vergonzante primer acto. Pero hete aquí que ayer, en Oporto, uno tuvo la impresión de volver a la casilla uno, de haber perdido toda la distancia recuperada en el tablero, de volver al prisión, al laberinto, al treinta.
Salió el Atleti vestido de suplente contra un equipo local que vestía de suplente en lo que se ha venido llamando en círculos profesionales del marketing y la publicidad "Jornada del Patrocinio Abochornante". Salió el Atleti cambiado, con Sinama de interior derecho y Maxi más de media punta y Forlán en el banquillo. Forlán está cansado, dijo el cuerpo técnico, está fundido tras los dos partidos anteriores. Forlán, que no tiene pinta así de cansarse mucho, se quedó sentado en la banda en el partido en el que más claro estaba que había que marcar un gol, y estas son cosas que uno, que como saben es tonto, no alcanza a entender. Uno puede entender que haya que dosificar a los jugadores y que el domingo el Atleti se juega muchísimo. Y uno puede entender que había que contener el empuje inicial del Oporto igual que se hizo el sábado pasado. Uno puede entender que, efectivamente, había que mantener la portería a cero en espera de que los de delante, la parte noble de la plantilla, cumplieran con su cometido. Uno puede entender muchas cosas, pero le cuesta entender que se prescinda del mejor jugador de la plantilla ya de inicio, que se eche por tierra una de las variantes que habían demostrado ser más efectivas y lógicas desde que el equipo ha variado un poco el dibujo. A uno le cuesta entender que a veces las cosas no se hagan al revés, esto es, empezando con el equipo de más garantías para, en caso de que las cosas vayan como uno ha previsto, acabar con un equipo más abrochado, con menos punta y más músculo en el centro del campo. Pero está claro que no todo el mundo lo entiende así, y menos mal.
El caso es que el Atleti empezó cauto, más pendiente de evitar que el Oporto jugara y llegara a puerta, y salió bien en un principio. Tanto Pablo y Ujfalusi como Assunçao y Raúl capeaban con solvencia lo que aportaba el ataque y sobre todo el centro del campo rival, y lo hacían con rapidez y concentración y contundencia. El Atleti no llegaba con claridad pero el Oporto no llegaba tampoco, todo parecía según el guión anticipado. Eso sí, Agüero, sólo como algún otro delantero centro de nivel en este equipo, no podía con la cantidad de rivales que le rodeaban en cada acción. Maxi, bajo y enfadado con el mundo últimamente, no estaba tan cerca del Kun como lo estaría Forlán y así se vio en una contra por la banda que acabó en un centro en el que el balón pasó de largo con el aire de desdén del tren que va a cocheras, sin paradas. Tampoco Sinama, un jugador de cierta espesura crónica con poca suerte o poca fe a la hora de aprovechar oportunidades, aportaba al Kun el apoyo necesario para pegarse con los centrales ni hacía lo suficiente como para inquietar al inquietantísimo portero local. Sólo Perea, qué cosas, estuvo cerca de marcar, y además con la zurda, qué cosas. Descanso, cero cero, pocas ocasiones pero cierta solidez; el Atleti parecía controlar el partido, en especial tras algunos minutos de acoso que siguieron al penalti sobre Simao.
El segundo tiempo, empero, fue otro cantar. Ya no valía con resistir, había que hacer algo, había que marcar. Salió Forlán y Maxi se fue con cara de que si el balón llega a ser suyo Abel no juega. El Atleti debía buscar el ataque, hacer algo más, pero no podía. No jugaba desde atrás, no salía cómodo, bastante tenía con evitar el empuje de Hulk, el Cebolla, Lucho y Meireles; por cierto, de haberse apodado el último "El Calvo", el cuarteto podría haber pasado por una pandilla de esas que frecuentaban los futbolines. La entrada de Forlán no había inquietado mucho al Oporto ni la media le surtía de balones: Assunçao, siempre necesario en defensa pero no siempre con las ideas necesarias para romper cerrojos, tenía otras cosas en las que pensar, igual que Raúl García. Poco a poco el Oporto se estiraba, iba llegando, tiraba a puerta, iba metiendo miedo. Hulk recibía faltas y el Cebolla, un tipo con aspecto de jugador de dominó en tasca rural, hacía un despliegue físico y técnico que impedía pensar en otra cosa que no fuera pararle. En contra de lo esperado, el Atleti no achuchaba y era el Oporto quien se iba al ataque. Leo Franco, y ya van varias veces en los últimos partidos, hacía paradas de mérito y se apoyaba en los palos para evitar el castigo. El plan daba los frutos contrarios.
Para la afición escéptica, la entrada de Maniche fue el equivalente a la entrega de las llaves de Breda. Ya está, vemos que no vamos a ganar, ya ni corran ni se preocupen ni nada. Fíjense si tenemos poca fe que vamos a sacar a este señor, sí, a este, Vds le conocen bien. Ya saben que tiene un potente tiro de fuera, ahora pegará un tiro para que vean ... ahí va, ¡que tira! ¡cuidado! ¡protejan a ese pobre fotógrafo, oiga! Los últimos minutos del partido fueron jugados por el Atleti que no jugó hace dos jornadas contra el Barcelona sino por otro, por aquél que tantas veces hemos visto últimamente, el mismo que tantas veces nos hemos propuesto no volver a ver, sin éxito. Los brazos bajados, la moral por los suelos, la impotencia como característica, la falta de energía y la falta de ganas de encontrar la última caloría que quemar en el fondo del bolsillo. El paso a cuartos se iba entre los dedos por culpa de un desastroso partido de ida y de un gris partido de vuelta.
El Atleti, al que tanto le costó volver a Champions, se ha ido en octavos, que así a priori no está mal. Hizo una buena fase de liguilla con un par de partidos para el recuerdo (el primero, en Eindhoven, y la vuelta en Anfield: uno por la calidad del juego, el otro por la intensidad del compromiso). Tuvo un cruce ventajoso que tiró por el desagüe en un nefasto partido en casa y que no supo solucionar en el campo del rival. El Atleti no pasa a cuartos tras haber jugado contra un buen equipo, pero no por haber jugado contra un equipo magnífico. El Atleti no mereció pasar la eliminatoria y el problema es suyo, está en él, en su falta de ambición en ciertos momentos, en su conformismo, en su actitud desganada y su falta de concentración, en su poco instinto competitivo. El Atleti tuvo una gran ocasión de pasar a cuartos y jugar de tú a tú contra un equipo más grande que el que le ha eliminado o bien de esperar un sorteo asequible si le llega a tocar el rival del sábado. Pero no, el Atleti está fuera, el Atleti no sigue y casi diríamos que porque no ha querido. Pudo, pero no supo o no quiso poder. El tránsito por la Champions no ha sido malo, pero la imagen de la última eliminatoria ha sido un borrón que se pudo y se debió evitar. Un borrón, un disgusto, una invitación a no creer tanto como creíamos las últimas semanas. Un vaso de agua fría que te tiran a la cara, un despertador que suena en mal momento, la súbita vuelta al escepticismo.
Esperemos, eso sí, haber vuelto al redil de la inocencia el próximo lunes.
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miércoles, 25 de febrero de 2009
Sobre ese partido que pudo acabar en tragedia (y acabó en vergüenza)
Sin haber estado en todos y cada uno de los hogares de los seguidores colchoneros que ayer acudieron al estadio Vicente Calderón (al que antes acudían a millares los que gustaban del fútbol de emoción y al que ahora acuden a millares los que se resignan a ver el escombro de un equipo que fue un Club, estadio al que también queda poco para convertirse en escombro, por cierto), a uno no le cuesta mucho llegar a la conclusión de que, mientras éstos colgaban en el perchero el abrigo y la bufanda rojiblanca, se hacían varias preguntas. Posiblemente se preguntarían por qué, y para qué, y si tiene sentido esto. También si tiene solución, de quién es la culpa de todo, si merece la pena tanto y tanto tiempo pensando en ese equipo que fue un equipazo y que ahora es un simulacro. Se preguntarían si no es mejor no ir el domingo, si merece la pena ir a Oporto, si no es mejor desconectar, alejarse, quitarse de en medio, quedarse a la cómoda profundidad del barniz, sin entrar al fondo ni a la esencia ni al por qué de lo que ocurre. Si no es mejor, en fin, ver esto del Atleti sólo como un pasatiempo de dos horas, aburrido y caro pero pasatiempo al fin y al cabo, y no como una forma de entender ciertas cosas que antes se entendían siendo del Atleti y que últimamente ya no.
Porque ayer, que hacía una noche magnífica y el campo presentaba un aspecto magnífico y la afición rival, que resultó ser mucho menos elegante de lo que a uno le hubiera gustado (algo aplicable a la nuestra, por cierto), llenaba medio fondo norte entero, el Atleti hizo uno de sus peores partidos de los últimos tiempos. Un partido malo con una actitud mala ante una afición dimitida: un poema, oiga. Si las cosas hubieran sido como debían, quizás el Atleti debió llevarse un 1-4 y aún así Leo Franco habría estado bien. El Oporto pasó por encima al Atleti desde el minuto uno, en el que Hulk, un portento físico que además parece que sabe qué hacer con un balón, se fue de tres defensas del Atleti con una autoridad que hizo pensar en la sangría que pudo ser y afortunadamente no fue. Dos minutos más tarde marcó Maxi un gol suyo, llegando desde su sitio y con la suficiencia que cada vez exhibe menos. El gol hizo pensar en que las cosas serían de una manera distinta a lo que realmente fue.
Y tras el gol, en contra de lo que uno podía esperar, la frialdad. La sensación de que, para los jugadores, todo estaba hecho. El relax, la distancia y casi la ausencia. Casi el desprecio por el rival y por lo solemne de la ocasión, la suficiencia, la falta de ambición, la desidia. Más bien la impotencia, quizás. Nada de seriedad ni de profesionalidad ni de entender lo que ocurre. Ni ganas ni fuerza ni alegría por haber metido un gol a la primera. Ni el realismo ni la humildad de asumir que el equipo de enfrente era mejor y que Leo Franco había salvado un par de goles en poco tiempo. Ni la astucia de leer el partido contra un rival superior contra un equipo limitado, ni la picardía de mantener una ventaja casi fortuita como quien guarda un tesoro. Tampoco la determinación de pelear a sangre y fuego contra un equipo más fuerte y mejor plantado que, sin embargo, jugaba fuera de casa. Nada de eso. Al contrario, el despiste, los pelotazos, los balones perdidos a los tres segundos de ser recuperados, las faltas lanzadas con aparentes fórmulas de laboratorio de equipo presuntamente trabajado que resultan en contraataques rivales. Las carencias en defensa, los errores de siempre, la falta de seguridad, la impresión de que no se iba a poder con la empresa. El fallo de Pablo, el gol fácil del Oporto, el empate, la conocida sensación de mirar al suelo lleno de pipas y de porquería, de sujetarse la frente con las dos manos, de girarse en el asiento buscando la mirada del compañero de grada que sufre en la fila de atrás para, una vez encontrada, morderse el labio inferior y balancear la cabeza de lado a lado y decir, una vez más, "pa'matarlos".
Empatado el partido que debía ir ganando, el Oporto jugó al fútbol. Y lo hizo bien y tranquilo, con la superioridad que da saber que el de enfrente es peor que uno. Jugaban contra pocos y lo sabían, sabían que Maxi anda de nuevo ausente y que Simao sólo no puede con todos, que Forlán anda espeso últimamente, fallando pases claros en posición de centrocampista que antes no fallaba, intuyendo que es realmente el Kun y no su esposa quien sufre los puntos de la cesárea. Sabiendo que con interiores que atacan un centro del campo potente puede fácilmente con Assunçao y Raúl García, y sabiendo que uno de los laterales, el derecho, dejó claro hace tiempo, quizás allí en Oporto, que lo del fútbol no va con él. Sólo Leo Franco pareció estar en el partido, haciendo paradas de mérito, más que nunca, con más frecuencia que nunca. Ujfalusi, siempre regular salvo cuando tiene alguno de sus fallos garrafales, dejó claro desde el principio del partido que por físico el rival era más rival que el que el Atleti podía gestionar. Entre Hulk y Lissandro y Meireles y más tarde Cristian Rodríguez se bastaron para acabar con el Atleti. Y eso que antes, al filo del descanso, un monumental golpe de suerte ponía al Atleti por delante.
Con uno de los goles más absurdos vistos en el Calderón en los últimos tiempos, en el minuto 45, cuando se supone que los equipos que encajan un gol se quedan planchados para los restos, el Atleti tomaba ventaja. El Atleti con suerte, quién nos lo iba a decir. Cualquier equipo bragado, sabedor de lo que el cielo le acababa de regalar, habría vendido caro cada palmo de terreno durante el segundo tiempo. Este Atleti no. Al trote miraba como corría el rival, al paso pensaba cómo intentar no perder la ventaja. El Oporto pudo marcar en varias ocasiones, pero no lo hizo en parte por fallos propios y en parte por mérito de Leo Franco. El Atleti hacía un partido que ya conocíamos con unos jugadores que ya conocíamos, plantado en el campo de una manera familiar. La sensación que transmitía la estampa es que el nuevo entrenador, que llegó afirmando que muchas cosas cambiarían con él, nunca había visto al Atleti de esta temporada: de otra forma no se explica que juegue con el mismo planteamiento que Aguirre, con los mismos jugadores salvo un par de excepciones y que transmita las mismas vibraciones que transmitía la peor versión del equipo cuando andaba al frente el mexicano. Quizás, al final, el problema no sea quién está al frente del banquillo sino algo más profundo.
Algo más profundo hay que buscar también para explicar la sensación de la grada. Aún antes de que el Oporto empatara y el equipo bajara definitivamente los brazos a pesar de quedar veinte minutos y jugarse la vida en su propia casa, el público no disimulaba su hartazgo. No sabemos si harto de ver al equipo haciendo lo que no debe o convencido de que su papel en este club no es más que el de pagano sin derecho a protestar, el público renunció a todo. Renunció a animar y renunció a apretar. Renunció a lo que es y renunció a lo que debería ser. Triste, la grada del Calderón no era lo que debería en un día feliz en el que juega la Champions el equipo que lleva la camiseta que nos trajeron los reyes hace ya unos añitos. Irritado, harto por tantos sinsabores, el público parece haber olvidado lo contento que se ponía uno antes cuando iba al fútbol e identifica su estancia en la grada con un mal rato, con sentir rabia e impotencia y un punto de vergüenza ajena. Seitaridis fue ayer el blanco de la indignación de la grada, lo que nos parece cuanto menos lógico. Seitaridis hizo de nuevo un partido horrible, con fallos garrafales y una obcecación con hacer pases a la olla que muestra su ausencia total de entendimiento de lo que va este juego. Un lance en el segundo tiempo resume bien su forma de entender estas cosas: una duda en un balón al que puede llegar pero al que prefiere no acercarse para evitar un golpe, Cristian Rodríguez que se la lleva con facilidad, robándole la iniciativa y la dignidad, Seitaridis que inicia la persecución al trote cochinero, dejando claro ante la grada que su orgullo es nulo, que su interés es nulo, que su profesionalidad es nula y que su vergüenza es nula.
Los cambios del entrenador tampoco ayudaron al equipo. Como dijo un talento ayer presente en la grada tras un viaje de muchos kilómetros:
- Parece que con Abel el equipo hace un juego más ofensivo
- En efecto. Yo llevo ofendido ya tres o cuatro partidos
Salió el Kun y en su lugar entró Sinama, que hizo poco. Entró después Maniche, quien se dedicó a lo que viene siendo su tarea fundamental en los últimos partidos: el cálculo del exacto número de pasos que separan los aspersores de la zona central del campo. Fiel a su misión como el jardinero de Le Carré, Maniche, pez en el río, cuenta y recuenta y vuelve a contar los pasos una y otra vez. Poco importa que el equipo contrario arme un contragolpe o que los suyos salgan al ataque: con la frecuencia de un bateador de cricket, Maniche va de un punto a otro calculando la distancia entre aspersores, valorando si el agua que estos echan es suficiente para el correcto riego de la zona por la que trota con su aire cansino y su estampa poco futbolísticas. La sabia afición portuguesa, formada en gran parte por botánicos y técnicos en horticultura, sí entiende la misión de nuestro héroe y así lo hizo ver gritando Manishu, Manishu, nombre del dios indio de la lluvia con el que bautizaron a su compatriota en sus años oporteños.
Acabó el partido y la gente se fue a casa. Harta, se fue a casa. Amargada, se fue a casa. En el camino a casa se preguntaban si había algún aliciente para ir al partido de vuelta más que ver la ciudad y comer bacalao y, con suerte, dar con un par de lugareños educados con los que charlar de fútbol y de lo bueno que está el vino que hacen. Sobre si merecía la pena hacer chistes sobre lo gracioso que es que "cambio" en portugués se diga "mudança" y lo apropiado del término en estos días en los que el Atleti acaba de vender el estadio. Posiblemente se preguntarían por qué, y para qué, y si tiene sentido esto. También si tiene solución, de quién es la culpa de todo, si merece la pena tanto y tanto tiempo pensando en ese equipo que fue un equipazo y que ahora es un simulacro. Se preguntarían si no es mejor no ir el domingo, si merece la pena ir a Oporto, si no es mejor desconectar, alejarse, quitarse de en medio, quedarse a la cómoda profundidad del barniz, sin entrar al fondo ni a la esencia ni al por qué de lo que ocurre. Si no es mejor, en fin, ver esto del Atleti sólo como un pasatiempo de dos horas, aburrido y caro pero pasatiempo al fin y al cabo, y no como una forma de entender ciertas cosas que antes se entendían siendo del Atleti y que últimamente ya no.
Y, lo peor de todo, lo realmente grave, es que el domingo allí estaremos de nuevo.
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