Ya saben Vds que el que suscribe gusta de ir a ver partidos del Atleti a otros campos, y siempre en zona de aficionados locales, lejos de la grada en la que se juntan los aficionados del Atleti desplazados al evento. Las razones para ello son muchas: ver cómo ve el fútbol la afición local, ver cómo ve al Atleti y los atléticos la afición rival, cambiar de aires para no ver únicamente al equipo rodeado de los nuestros, consciente de que con el tiempo desarrollamos filias y fobias que quizás no sean objetivas y, por ello, sean más fáciles de relativizar cuando se está rodeado de aficionados que rara vez pisan el Calderón.
El riesgo de esta práctica es casi nulo, pero no inexistente: no hay riesgo de que le den al aficionado visitante un sopapo si este se comporta con discreción de ordenanza de oficina antigua y lleva gafas de párroco, como es el caso. Tampoco hay riesgo de entrar en discusiones acaloradas que acaben con la invitación al desplazado a irse a tomar viento cuando uno es de naturaleza escéptica, comedida y poco dada a la sentencia e intente ver las cosas con distancia y sin forofismo. Eso sí, sí existe riesgo en Mestalla de acabar en un hospital cuando uno merienda un bocadillo de blanco y negro con habas, por lo que éste es un deporte de riesgo que cedemos a estómagos más intrépidos. Y también existe riesgo, eso sí, de verse abochornado cuando la propia afición desplazada canta esas tonadas ofensivas con los anfitriones que van tan poco con el carácter de uno y hacen que se giren los locales hacia el miope invitado, como diciendo "vaya tela".
Si bien, como hemos visto, los motivos y los riesgos de ver el partido entre aficionados rivales son muchos, la razón suele ser una, única y constante: la cesión gratuita de un abono por parte de un amigo local, práctica también conocida como "gañote". Siempre es un placer ir al fútbol con los amigos pero si encima éstos le invitan a uno su localidad, le organizan comida, cena y más comida en sitios escogidos (algunos repletos de patos), le llevan y le traen a los mejores sitios de la ciudad y encima se quedan casi agobiados cuando el Atleti pierde, ya, ni les cuento. A riesgo hacer que el que suscribe parezca Roberto Gómez (y no sólo en perímetro abdominal), no sería de recibo hacer esta crónica sin esta mención agradecida a los anfitriones.
La visita a campo rival con amigos conlleva una obligatoria práctica vecina: hablar de fútbol casi todo el rato, tanto con los amigos como con los amigos de éstos y sus vecinos de localidad. Hablar de fútbol con socios de otros clubes que ven tantos partidos como uno - pero de otro equipo - es una experiencia enriquecedora en tanto se da uno cuenta de que en todas partes, como en el kiosko de Mestalla en el que la afición compra bocadillos hipercalóricos, cuecen habas. Las verdades absolutas a las que creemos llegar los que poblamos las gradas del Calderón son parecidas a las verdades absolutas - pero contrarias - a las que llegan los que pueblan las gradas de Mestalla o, imaginamos, cualquier otro campo de España. Para sorpresa del que llega a campo ajeno, el aficionado rival habla maravillas de un jugador local al que el visitante casi nunca vio jugar y al que tiene en poca consideración; para sorpresa de los propietarios de la grada, el recién llegado confía ciegamente y eleva a la categoría de esencial a un jugador al que ellos no sabrían situar en la foto oficial de la plantilla. Donde el recién llegado ve un jugador tosco y tribunero con aciertos contados y errores de bulto, los locales ven un ídolo sobrado de precisión y arrojo para el que piden la selección absoluta, la titularidad y el premio Príncipe de Beukelaer. Igualmente, donde la afición visitante (y no toda, que quede claro) ve un jugador con gran calidad y embrujo que aporta el pellizco artístico que le señala como paisano de Fernanda y Bernarda de Utrera, los locales ven un holgazán desnortado sin participación en el juego y no entienden cómo una grada supuestamente entendida puede reclamar a Del Bosque - y no Andy y Lucas - el no contar con él para su próximo proyecto.
Partiendo de estas premisas, hablar de fútbol puede ser un placer y también puede ser un tormento. Puede ser divertido, respetuoso y enriquecedor, puede ayudar a que uno despeje dudas sobre las características de ese portero al que vio jugar pero no conoce bien o aprender sobre el nuevo fichaje que deslumbra por su poderío físico. Puede servir para descubrir que su equipo da más miedo del que uno, que ve sus miserias y virtudes día a día, podría llegar a pensar o para constatar que una operación oscura con un fichaje ultra millonario presentado ante quince mil personas hace levantar las cejas con desconfianza a ambos lados del Cabriel. Hablar de fútbol sirve también para que algunos liberen la tensión de la semana poniendo la cabeza como un bombo al visitante con sus encendidos argumentos sobre el trato injusto de la prensa hacia los prometedores fichajes locales, la sobrevaloración de las estrellas rivales, la corrupción impune de la directiva colchonera o el error que supusieron los Decretos de Nueva Planta y la división administrativa impuesta por los Borbones ignorando la tradición jurídica huertana y el sentir de los valencianos, como si el visitante, en vez de ser un tipo que vino a pasar la tarde, fuese el depositario de todos los valores de la Real Chancillería de Castilla, la Real Inquisición y el gremio de peritos contables. Compartir cervezas tiene también estas cosas, y si sirve para que la gente se desfogue y cuente el lunes a los compañeros de oficina que se despachó a gusto con un pobre señor con gafas que acabó escapando hacia una puerta de entrada del estadio, pues también está bien.
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Llegó la afición atlética al estadio y, una vez más, se dio cuenta de la cantidad de camisetas rojiblancas que se ven por los alrededores de Mestalla en los partidos de liga. La miopía y la falta de luz debido a lo tardío de la hora pudo hacer que algunas de las camisetas suplentes del Valencia, cuatribarradas y con canesú azul, fueran tomadas por camisetas rojiblancas de aquella temporada en la que, gracias a que las letras eran amarillas sobre fondo azul, la equipación del Atleti parecía el uniforme de una heladería. Fuera como fuere, fueran camisetas del Atleti o del Valencia de la época de Solsona, el ambiente en el estadio hacía pensar al aficionado colchonero que había muchos de los suyos compartiendo la empinada grada de Mestalla, lo que ayudaba a sobrellevar con dignidad el vértigo de moverse por la tribuna vertical sin miedo a caer despeñado.
Salió el Atleti al campo y la afición colchonera pensó tres cosas: la primera, qué bonita es la camiseta sin publicidad. La segunda, qué bonitas son las medias rojas con la vuelta blanca, como toda la vida. La tercera, por qué juega el Atleti con un pantalón rojo cuando el rival va de blanco y negro. Los árbitros exigen últimamente que los equipos cambien sus equipaciones para así no confundirse en cuando los jugadores luchan por un balón. Una reflexión superficial sugiere que, dado que un árbitro de fútbol debe tener buena vista para decidir fueras de juego por escasos centímetros o si un balón rebotado con violencia pasó la línea de fondo, un señor que sea capaz de confundir a un tipo de rojo, blanco y azul con uno de blanco y negro quizás sería mejor que se dedicara a otra profesión, como por ejemplo revisor de tren o encargado de cafetería. En fin.
Salió el Atleti al campo pero, una vez concluido el partido, quedó claro que al campo salieron dos Atletis, uno para no perder, que perdió, y otro para ganar que no pudo ni empatar. El segundo salió en el primer tiempo y parte del segundo, el primero salió al final del partido y el lío ordinal fue ya completo. El primer Atleti salió con tres medio centros de contención, poca creación y menos presencia, el segundo salió con un turco habilidoso que dejó buena impresión y un brasileño que encendió las luces.
Jugó Courtois, portero del Atleti que no es del Atleti, y dio muy buena imagen. Alto, sobrio y ágil, hizo alguna parada difícil sin que pareciera que le costara mucho. Courtois tiene buena pinta, lo que hace que uno se preocupe por Joel y por el futuro del propio Courtois, más cerca del barrio de Chelsea que del de Carabanchel. Jugó Silvio, muy activo en ataque y hábil a la hora de centrar al área, más audaz a la hora de subir que de bajar pero bien en líneas generales a pesar de que Piatti y en ocasiones el interesante Jonas parecieron cómodos al encararle. Salió Filipe Luis Filipe y, sin hacer su mejor partido, estuvo un poco mejor que en sus peores tardes, que tampoco es mucho.
Jugaron también Domínguez y Miranda de centrales y se llenó el centro del área de preguntas, cuidado, ahí hay una pregunta que resbala, tenga ojo Vd no la pise, espere que ahí hay otra. Algunas de las cuestiones pretendían aclarar si Domínguez pasa un bache o si el año en blanco del año pasado no tiene solución a corto plazo; otras, qué demonios ocurre con Godín. Otras preguntas se centraban en Miranda, el joven central de la escudería Mendes. En el campo Miranda gustó y pareció contundente y serio; comentarios procedentes de aficionados que vieron el partido por televisión hablan de fallos, falta de solidez y un partido flojo. En el campo pareció no tener demasiados problemas para controlar al aspaventoso Soldado, pero aquellos que vieron el partido por televisión hablan de su inocencia en el gol del Valencia, con toquecito artero en la espalda. Ya se sabe que la televisión permite ver ciertos detalles e impide ver la foto general de la disposición en el campo, por lo que esperaremos un tiempo para hacernos una idea definitiva sobre un jugador que, tras lo poco visto ayer, parece que podría valer.
En el centro del campo convivieron los dos Atletis. En el primer tiempo salió eso que ahora se llama trivote, término que sugiere una pequeña embarcación que, a pesar de sus reducidas dimensiones, tiene tres palos y vela latina y luego resulta que son tres señores jugando al fútbol. Jugó Mario más cerca de los centrales, Gabi a su derecha y Tiago a su izquierda. De todos ellos, sólo Gabi lo hizo bien, y eso sin brillar. Gabi se fue del Atleti dejando la sensación de esperanza frustrada que, por blandito, nunca llegaría a ser lo que pudo ser; tras su partida y especialmente tras su paso especialmente por el Zaragoza (de Aguirre), Gabi ha vuelto hecho un señor serio y solvente que corre, tapa, la pide, asume responsabilidades y, si hace falta, pone las peras al cuarto a los comerciales de Telefónica que llaman a la hora de la siesta de un sábado a ofrecer una tarifa ventajosa. Su seriedad contrasta con la blandura y frialdad de Mario, impropia de un jugador que ocupa algo parecido al vértice más atrasado de un rombo (sobre todo con centrales no excesivamente dinámicos ni contundentes). Mario hizo un partido ñoño durante el cual pudo aprender de la agresividad de aquellos que tuvo enfrente, siempre superiores. Aún así, no fue el último en el ranking de centrocampistas desafortunados de la tarde, que fue liderado por Juanfran, cada vez más acelerado, desacertado y torpe a la hora de tomar decisiones, y por Tiago.
Tiago sigue imparable en su declive, cada vez más evidente. Tiago llegó como refuerzo imaginativo para la media y en los primeros partidos pareció cumplir con su misión. En su momento se pensó que sería él la referencia en torno a la que armar un equipo que jugase al fútbol y no diese patadones, como acostumbraba el equipo. Sin embargo, poco a poco ha ido perdiendo físico, presencia e ideas y cada vez parece más el espíritu penante de aquél que jugó al principio. Tiago se mueve perdido por el campo, incómodo a la hora de colocarse en defensa y en ataque, cansino y lento en el repliegue, huérfano de referencias y sin muchos recursos para entrar en el juego a excepción de los destellos de la calidad que nadie le discute y que le permitió hacer un precioso pase a Adrián que casi termina en gol. Pero la presencia de Tiago se diluye cada partido y su papel en la media ha pasado de protagonista y gran esperanza blanca a secundario sin presencia rolando a figurante sin frase, algo así como el papel que desempeñaba Quique en la pandilla de Verano Azul. En un equipo que tuvo a Milinko, en el que estuvo luego un centrocampista portugués con gorro que bien pudo haber llevado el apodo de Fofo (sin tilde) y que ahora tiene a Gabi, Tiago parece haber asumido el rol de Rody, el miembro del clan de los payasos de la tele que nunca nadie supo bien qué pintaba ahí, si era payaso o asesor financiero del grupo, si había que esperar de él chistes y chascarrillos o el contrapunto sensato y cascarrabias que guardan para sí los clowns sin maquillar y con chaqué. Si alguien, por cierto, puede aclarar qué hacía Rody en ese grupo, se agradecería la información, que esta cuestión nos atormenta desde edad temprana.
Cuando marcó el rival y el banquillo cayó en que el equipo no había creado peligro, salió Arda Turán y el Valencia reculó unos metros. Poco después salió Diego y con él salió también el sol. Retirados del campo Mario (por un desacertadísimo Juanfran) y Tiago, el centro del campo cambió radicalmente. Del cansino esperar y el pensar lento del principio se pasó a un juego mucho más vertical y rápido, gracias sobre todo a Diego. Diego, jugador con enorme calidad y curriculum preocupante, necesitó tres toques para dejar claro que es el tipo más dotado del equipo para mover el balón y el equipo. Muy presente, siempre mostrándose y muy cómodo manejando el balón incluso entre varios rivales, cambió la foto del equipo en poco tiempo. Ayudado por Turan, más vertical y listo de lo esperado y tan habilidoso como nos habían contado, metió casi solito al Valencia en su área y lideró el asedio, tardío, con el que el Atleti quiso empatar el partido. Provocó un penalti que en el campo pareció claro y no se pitó, sacó a los medio centros de su sitio, se coló entre líneas y en diez minutos encendió una llamita de esperanza entre la afición, a esas horas en parte intoxicada por obra del bocadillo arriba mencionado. De haber sido esa la dinámica desde el principio del partido y no cuando se perdía de un gol contra un equipo serio y con oficio, las cosas podrían haber cambiado.
Del ataque del Atleti, poco que decir hasta que salieron Diego y Arda Turan. Poco porque poco pudo hacer la delantera, desconectados todos del medio campo tristón que jugó hasta el minuto 60. Adrián volvió a mostrar buenas maneras e inteligencia a la hora de tirar diagonales para ayudar al equipo y fue sustituido quizás por haber sido el último en llegar y no por merecerlo más que otros. Reyes hizo otro de sus partidos intrascendentes y a ratos irritantes, lo que probablemente contribuya a esa leyenda de jugador imprevisible y de arte que tan perplejo nos tiene a algunos. Y Falcao, debutante, vio cómo no le llegaba ni un solo balón en condiciones, en parte por la inoperancia de su retaguardia y en parte por el buen hacer de los centrales del Valencia, sobre todo Rami, un portento físico e intimidador que tuvo a un educadísimo señor colombiano vecino de grada con el corazón en un puño por si partía en dos al bueno de Radamel. Como piropo a este último, decir que a pesar de la inoperancia de los compañeros, la soledad en el área y los palos recibidos, no se vio ni uno mal gesto ni un reproche salir de su boca. Y estas cosas, en tiempos de estrellitas quejicas y reivindicativas cuando le hacen un hat trick a la Gimnástica Segoviana, a uno le gustan.
El Atleti perdió un partido contra el Valencia menos fuerte de los últimos años, cediendo puntos en un campo importante, puntos de los que sin duda nos acordaremos más adelante. El equipo dejó numerosos motivos para la preocupación (principalmente, que los destacados son jugadores cedidos con papeletas para irse del club si las cosas salen bien) y algunos para la esperanza. Como este año se ha tomado la firme decisión de ser optimista en el blog, nos quedaremos con los últimos. El Atleti, mal planificado y con refuerzos de último minuto, tiene aún el beneficio de la duda: es pronto para juzgar. Lo visto en el campo desde la entrada de Diego y Arda Turan y lo visto en el pasado en Falcao debe ser tomado como algo positivo. Lo enseñado por Courtois, el dinamismo de Silvio y el aplomo de Gabi también animan un poco. Todo lo demás siembra dudas, pero, si se consigue que se centre en el equipo alguien capaz de cerrar bares en Wolfsburgo La Nuit, quizás hayamos dado con la tecla.