Volvió el Atleti a jugar un partido oficial y dejó ver que las cosas siguen como antes, que no es algo para tirar cohetes pero podría ser mucho peor.
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Ni es de Ronda ni se llama Cayetano como el padre del más grande, pero aún así uno le tiene cariño sin saber muy bien por qué y le desea lo mejor. Para algunos le ha ido demasiado bien en la vida, gana mucho más de lo que merece y por eso le no le pasan una; para otros no tiene suerte el hombre, y por eso se enfadan cuando pitan los primeros. Tras una temporada mala en la que lo hizo lo mejor que pudo y le puso más hombría y más honradez que media plantilla junta, hace poco se pegó un porrazo en coche y por poco no lo cuenta. Tuvo la mala suerte de tener un accidente, y la buena suerte de que alguien vio el coche aterrizando en un sembrado en medio de la noche. Uno se imagina la situación como el accidente de Fargo, con coche volcado en medio de un campo helado y en plena noche, con la campanita que suena cuando la puerta está abierta, con viento y frío y además dos niños chicos. Si tuviera toda la suerte que algunos le achacan nunca se habría salido en una curva, si tuviera toda la mala fortuna que a veces parece, nadie le habría visto y a lo mejor se queda en una cuneta junto a su niña y su sobrino. Pero, como en casi todo, a este hombre le viene la suerte de cara y en contra a la vez. Con una lesión grave y el futuro en el aire, parecía que iba a quedarse un año en blanco; tras muchas sesiones de gimnasio, parece que volverá a jugar antes de lo que cualquiera se habría esperado. A estas alturas no sabemos si Mariano Pernía, El Afortunado Hombre Sin Suerte, volverá a jugar pronto en el Atleti. A uno, que es un sentimental, le gustaría que así fuera. Ojalá le veamos pronto por aquí, presentando a su niña a la grada.
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Volvía el Atleti a jugar un partido oficial y volvía la afición a juntarse en bares, chiringuitos, merenderos y chilaús (según la zona) para ver al equipo y de paso verse a ellos mismos. Volver a ver al Atleti es importante, pero lo es mucho más volver a ver a los compañeros de bar y grada, sobre todo después de estos veranos de riesgo que la publicidad televisiva nos pinta como un desfile de desgracias: talones agrietados, dolorosos callos que impiden el normal andar con tacón de aguja, bellezas mediterráneas con graves problemas intestinales que abarcan todo el abanico de la patología gástrica. Hombre, qué tal las vacaciones, cortas, ¿no? Yo aún no me he ido, caramba caramba tú si que sabes, a mi es que en agosto me gusta estar en Madrid, toma claro, pero a mí mi jefe no me deja. Llegó la afición bronceada y resplandeciente que daba gusto verla: unos lucían distinguida barba de jeque argelino, otros estrenaban porte de tercera línea all black por obra y gracia de los cuidados maternos, unos alardeaban de aristocrático bigote de lord de voz ronca, un par de ellos no podían disimular la cara de cansados de tanto correr día y noche detrás de los niños.
- Están hechos unos vándalos
- Con esos niños no se meta Vd en mi presencia, aunque sean suyos
- Bueno
Volvía pues la afición a verse, aunque un poco cambiada, y volvía a ver al equipo, también poco cambiado. Había curiosidad por ver al equipo jugando en serio y en ver a los pocos refuerzos de esta temporada, cosa extraordinaria en este equipo nuestro. El aficionado atlético estaba acostumbrado estos últimos años a ver siete u ocho jugadores nuevos el primer partido, a no reconocer los andares ni las botas ni los tics ni los recursos de los nuevos con la solvencia y precisión con la que se conoce a los del año anterior, ya tan familiares como el sitio donde se dejan las llaves al llegar a casa o se cuelga la rebeca cuando ya no hace falta a principios de verano. Esos años se quejaba la afición de demasiado movimiento igual que este año se queja de pocos refuerzos, de puestos sin más alternativa que un titular, de jóvenes llamados a coger los galones demasiado pronto y veteranos con poco recorrido en puestos clave. Quizás ambas cosas sean criticables, sí, pero a estas alturas de curso hace gracia esta reflexión. Pero es que así es la afición, así somos todos; al fin y al cabo es natural quejarse, aquí se queja todo el mundo, incluido algún impertinente lector de blogs gratuitos cuando la crónica no le llega en tiempo y forma para poder analizarla con ojo crítico mientras desayuna café con porras, algo intolerable.
- Céntrese ya Vd, pesao
- Vale
Antes del partido, aficionados y jugadores atléticos miraban a la grada del estadio Louis Escobar, a ver si es tan fiero eso que los medios, alérgicos a los tópicos, han venido llamando estos días "el infierno griego". El infierno griego resultó ser un estadio con pista de atletismo, con lo que de ambiente opresor iba justito; el aficionado atlético tuvo entonces una sensación similar a la que inspiró a Goya "Tristes presentimientos de lo que ha de acontecer". En la grada del estadio Louis Varela, alejada del campo, la temible afición griega, mayoritariamente sin camiseta, conversaba sobre cuestiones infernales: Hombre, Panaiotis, qué tal las vacaciones, cortas, ¿no? Yo aún no me he ido, caramba caramba tú si que sabes, a mi es que en agosto me gusta estar en Atenas, toma claro, pero a mí mi jefe no me deja. Cosas de la globalización.
Salió el Atleti vestido de Atleti para jugar contra un equipo griego vestido de equipo irlandés, más rizos globalizados. Salió plantado como el año pasado, con Heitinga de lateral, con Juanito de central y Asenjo de portero y el resto en su sitio. Empezó el partido y dejó entrever que aquello podría ser plúmbeo: los griegos defendían al hombre, el Atleti debería controlar el balón y llevar la iniciativa, habría pocas opciones de abrir el partido y convertirlo en el correcalles en el que se manejan bien los nuestros. Casi veinte minutos tardó el equipo en enseñar la patita, primero con una buena internada de Heitinga terminada con un buen pase a Simão, que sorprendentemente pifió, luego con un tiro desde lejos de Raúl García. No sería por cierto la única de Heitinga, quien alternó peligrosas subidas de banda con recuperaciones al trote cochinero que pusieron al equipo en más de un aprieto. Se animó el rival y tiró a puerta Cissé para que Asenjo hiciera una parada voladora de esas que animan a sus defensores y empujan a sus detractores a exigirle más sobriedad en ciertos casos.
Pasaba el partido sin nada reseñable salvo la desaparición de Forlán y la pelea constante de Agüero hasta que Raúl García levantó la cabeza, vio a Forlán arrancando y le puso un balón adelantado que éste controló, regateó a un rival, vio que venía Maxi y le dejó un baloncito en un sitio inmejorable tras hacerle un caño a un defensa rival. Maxi hizo lo que mejor sabe: llegar rápido desde atrás al hueco del área en el que tan bien se maneja, controlar con suficiencia y marcar de sutil remate junto al palo. Golazo de Maxi, muy entonado sobre todo el primer tiempo, buen premio a una muy buena labor tras tantas dudas y tantos rumores de verano. El Atleti jugaba serio, veía que con toque podía solucionar los problemas que le planteaba el limitado equipo griego y se iba al descanso con la sensación de que mucho tenía que cambiar la cosa para que no se llevara el partido y un silencio revelador en la grada del Louis Ciges.
Pero el Atleti es el Atleti, y cuando la afición se había olvidado de que había una eliminatoria que pasar tras ocupar el intermedio hablando de hidropedales y helados de tres bolas, marcó el Panathinaikos. La defensa adelantada tiene estas cosas, y un pase a la espalda que no cortó Ujfalusi permitió a un delantero rival quizás demasiado suelto, al filo del fuera de juego, meter un buen gol de vaselina tras carrerilla sin éxito de Antonio López, casi sin trabajo en todo el partido. Uno a uno, silencio en los bares y alguna ceja levantada. El Atleti parecía tener cierto bajón físico, apretaba la lejana grada del Louis de Funes y la hinchada colchonera en pleno decía a ver, a ver.
Pero poco a poco recuperaba el Atleti la iniciativa, en parte gracias al partidazo de Assunção, enorme toda la noche. El protagonismo de Assunção desvía inmediatamente el punto de mira hacia su compañero de parcela. Más o menos definida la defensa, indiscutible Assunção tras ganarse la confianza de la grada peleando centímetro a centímetro el puesto y necesarios los cuatro jugadores de arriba por calidad y capacidad resolutiva, es Raúl García quien atrae las miradas. A día de hoy, Raúl García parece que puede convertirse en la clave del equipo. Si Raúl funciona, funcionará todo, si fracasa el equipo sufrirá mucho. Raúl está ante una oportunidad única, oportunidad para consagrarse definitivamente o pegarse un porrazo que arrastrará al resto. Raúl García, quien ha despertado muchas dudas entre una parte de la hinchada, cuenta sin embargo con numerosos partidarios entre los que se cuenta quien suscribe. Es cierto empero que Raúl García ha dejado pasar una temporada para llegar al nivel que deseamos, que su cupo de oportunidades se ha reducido en algunas unidades y que debe dar el salto definitivamente. El que aquí suscribe, ferviente creyente en la gente con nariz grande, tiene fe en este tipo, que aquí quede una vez más.
En parte gracias a Raúl y en parte gracias al resto, se fue el Atleti un poco para adelante y, una vez más, brilló Maxi con un tirazo al larguero que acabó en los pies de Assunção y, más tarde, de Forlán. Forlán hizo lo que mejor sabe: colocarse el balón a cualquier pierna, pegar un tiro seco cerca de un palo y celebrar un gol. Lo demás ya saben, lo clásico: celebración por todo lo alto, abrazos entre desconocidos, la parroquia femenina que pide que Forlán no falte a las tradiciones y enseñe los abdominales, la parroquia masculina que en ese mismo instante se pronuncia al unísono sobre el riesgo que entraña la excesiva delgadez abdominal en caso de naufragio en el Ártico. Lo de siempre, vamos. Para celebrar la efeméride salió Cléber Santana y se retiró Raúl; el cambio experimentado por el centro del campo, sin desmerecer al enigmático Santana, vino a reforzar la teoría de que los recambios de Raúl García no son los más idóneos.
En un día en el que la mayoría hizo lo que mejor sabe y poco después de que Forlán hiciera lo que mejor sabe, Agüero hizo lo que mejor sabe: recibir lejos de la portería rival rodeado de un par de defensas, sentar a uno, crujirle la pelvis a otro, levantar la cabeza y clavarla donde el portero no llega. Abrazos entre desconocidos, manos a la cabeza, algunos que instan al resto a irse en vista de que algo mejor no van a ver ya. No hubo exhibición abdominal pero sí las tradicionales referencias al tren inferior del chaval, el ave de la primera división.
Con uno tres y la sonrisa en todo el bar, marcó el Panathinaikos un golazo para así no faltar a las tradiciones rojiblancas. Alguno achacó a Asenjo el no estar bien colocado, otros pensamos que ese gol es tan difícil de parar como de meter, con lo que no es un fallo especialmente achacable al portero debutante, seguro toda la noche salvo en un par de balones cruzados por alto. Un minuto después entró Jurado, irrelevante como tantas veces, empeñado en desplegar su juego afrancesado pegue o no pegue con las circunstancias; a esas alturas la afición agradecía que no quedara mucho tiempo de partido visto el nuevo centro del campo. De ahí al final del partido, poco reseñable salvo el tradicional susto físico de Heitinga y el poco común susto físico en Forlán, que durante pocos segundos puso a la hinchada al borde del colapso. Fin del partido, buen resultado que debió ser mejor y buenas sensaciones del equipo, en especial de Maxi y Assunção ante un rival poco peligroso, todo hay que decirlo.
El Atleti se juega el martes el meterse en la Champions. Todo está a favor, empezando por el resultado y terminando por el nivel del rival. Todo lo que no sea entrar en Champions sería un fracaso y un disgusto supino. Confiemos.
De nuestro enviado especial, Jesús Doggy.
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De la distinguida Toscana al mucho más distinguido Colmenar Viejo. Así se gastan en este blog.
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La Agrupación Deportiva Colmenar Viejo es un esforzado y voluntarioso equipo de fútbol, fundado en junio de 1967, que esta temporada, la que ahora comienza, jugará por quinta vez en su historia en Tercera División.
Para celebrarlo, el equipo colmenareño –uno de cuyos patrocinadores, atención, es la Peña Atlética Remedios- adelantó tres días su regreso de vacaciones para enfrentarse en el estadio Alberto Ruiz al Atlético de Madrid en el primer partido de pretemporada del equipo de Abel Resino.
Es muy raro el estadio Alberto Ruiz y –que me perdonen los bravos serranos- muy feo. Empezando por el horrible terreno de juego de césped artificial. Estas cosas digo yo que habría que prohibirlas, aunque vaya usted a saber. Desde fuera, además de feo, el césped artificial parece peligroso para las articulaciones. El estadio Alberto Ruiz tiene un gradote, moderno y feísimo, en el lateral que mira a la catedral; el mismo en el que pega la solana toda la santa tarde. Las tres mil localidades del aforo de dicha grada se habían vendido al no tan módico precio de quince euritos y uno, viendo que había gentes apelotonadas en ambos fondos y en el lateral contrario, se barrunta que, al final, la A.D. Colmenar Viejo debió hacer el taquillazo de la temporada a costa de un Atleti descafeinado. Quince euritos habían pagado esas tres mil quinientas o cuatro mil personas, casi todos ellos aficionados rojiblancos, para ver a un Atlético de Madrid que dejó en la grada al Kun Agüero, a Diego Forlán, a Simao Sabrosa, a Maxi Rodríguez, a Paulo Assunçao, a Antonio López, a Johnny Heitinga y a Sergio Asenjo. Que cada cual saque sus conclusiones. Su humilde servidor, por si acaso, puede decirles que cuando el citado grupo de jugadores subió por la tribuna caminito de una cabina de prensa desde la que vieron el partido a la fresca y comiéndose un bocata de tortilla, la grada entera se lanzó a por el autógrafo olvidándose durante diez minutos de lo que sucedía en el terreno de juego. El episodio se repitió en la segunda mitad, ya con el sol afortunadamente escondido, cuando el citado grupo de jugadores bajó por la tribuna caminito del autobús del equipo. En fin.
Y, a todo esto, se jugó un partido de fútbol, casi lo olvidaba. Salió el Atleti a ese campo de césped de nylon y era un Atleti raro. Roberto bajo palos, una línea de cuatro formada por Valera, Pablo, Domínguez y Leandro Cabrera. Cléber Santana y Koke por delante de ellos protegiendo una vanguardia formada por Sinama, a la derecha, José Antonio Reyes, a la izquierda, y Jurado como falso segundo punta por detrás del altísimo y batallador Borja. Como es norma de la casa, Abel dispuso una línea defensiva muy adelantada y con eso bastó para asfixiar al esforzado Colmenar, lógicamente muy inferior a los nuestros técnica y tácticamente.
De lo visto en la primera mitad nada que deba extrañarnos. Lee uno por ahí que “destacó Jurado” o que “Reyes tiró del carro”. Yo les traduzco: Reyes hizo de Reyes. O sea, se fue dos o tres veces bien por su banda, combinó al primer toque con calidad con Jurado, centró dos o tres veces con mucha intención, le puso un balón de gol en la cabeza a Pablo y estuvo incisivo, a ratos. No vamos ahora nosotros a descubrir futbolísticamente a Reyes. Claro que ese mismo Reyes se desentendió de toda tarea defensiva, se encaró con dos o tres jugadores del Colmenar y le hizo aspavientos inopinados al árbitro. Lo dicho: Reyes hizo de Reyes. Y uno, que tal vez se equivoque mucho, considera que José Antonio Reyes es un jugador que jamás debió ponerse la camiseta del Atlético de Madrid y que no puede, ni podrá, jamás, bajo ningún concepto, ser uno de los nuestros. Aunque, claro, en este cluz, eso dependerá de los (no tan) caprichosos vaivenes del mercado.
Si quieren les traduzco también lo de Jurado, aunque supongo que ya se lo saben ustedes: jugó suelto, combinó bien, condujo poco y con criterio y pareció muy bueno en la primera parte del gol regateao contra los esforzados y voluntariosos jugadores colmenareños. Y uno, que tal vez se equivoque mucho, considera que, al igual que José Antonio Reyes, pero por otras razones, José Manuel Jurado no debería jugar bajo ningún concepto en el Atlético de Madrid. En el estadio Alberto Ruiz, sin ir más lejos, el pavisoso gaditano falló un gol claro con cero a cero y, poco después, falló otro, más claro todavía, con el cero a uno, tras excelente jugada de Cléber Santana. Y así volvemos a lo anterior, a lo de los vaivenes del mercado y a todo eso. Por cierto, su humilde servidor puede confirmarles que el cluz tiene cerrado el acuerdo con Ángel Lafita y con el Zaragoza, aunque todo depende de que los maños paguen al Deportivo lo que ya deberían haber pagado para repescarle. Veremos.
En el Alberto Ruiz de Colmenar vimos a un Leandro Cabrera, imberbe uruguayo, con una pinta excelente, con personalidad, con gran nivel técnico, con desborde y con ganas en el lateral izquierdo. Las ganas también las puso Koke, pero pareció fuera de forma y excesivamente responsabilizado por su debut. “¡¡Ggggggápido, gggggggápido!!” le gritaba con su vozarrón atiplado Cléber Santana. El brasileño, más que probablemente, no lucirá muchas más veces la rojiblanca, pero demostró que la temporada en Mallorca le ha ido de perlas y que, de no ser un jugador hiperbólicamente marcado por la afición rojiblanca podría ser aprovechable. “¡¡Más ggggggápido, más gggggápido” le chillaba Cléber a Koke, el pobre. Cléber Santana estuvo mandón y marcó un golazo de cabeza tras un centro de manual desde la banda derecha que le hizo Valera. Dicho queda.
Mención especial merecen Álvaro Domínguez y el meta Roberto. El central zurdo hizo lo que hace siempre que juega: cumplir con sobriedad, sin fallos y sin estridencias. En la primera parte jugó de central y, en la segunda, de lateral izquierdo. Sólo él y Borja disputaron los 90 minutos y Domínguez, además, marcó a la salida de un corner. Y eso que tuvo que cabecear dos veces, tras estrellar su primer testarazo en el larguero. En cuanto al portero, decir que protagonizó la jugada de la noche, haciéndole un paradón a un tal Ausin que intentó meterle el mismo gol que Rivaldo le metió a Molina y desde el mismo sitio. Paradón.
La segunda parte tuvo incluso menos ritmo que la primera dado el carrusel de cambios y los cuarenta y cinco minutos de recia canícula serrana. Tras el descanso, Juanito debutó como central junto a Luis Amaranto, Keko suplió a un Sinama-Pongolle que, cada día que pasa, parece peor futbolista (y miren que resulta difícil, ¿eh?), Raúl García tomó el testigo de Cléber, el argentino Pacheco entró por Reyes y Joel se puso bajo los palos. Veinte minutos más tarde, Thomas Ujfalusi sustituyó a Valera, Rubén Pérez a Koke y Cedric a un Jurado que no tocó un balón en juego en toda la segunda mitad.
Como era de esperar, con Raúl García el Atleti pareció más compacto y agresivo. El navarro estuvo muy pendiente de los canteranos y no paró de darles instrucciones de colocación en el campo. Lástima que los tres o cuatro cañonazos desde lejos que intentó no cogieran puerta. Rubén Pérez fue un descubrimiento para éste, su humilde servidor. Un chaval con buena planta, personalidad y mucho criterio para distribuir el balón y asociarse. Grata sorpresa. Menos sorprendente (y mucho menos grato) fue corroborar que Perea sigue empeñado en jugar con los codos volantes. A un esforzado y voluntarioso jugador colmenareño le metió un viaje verdaderamente duro y, sobre todo, estúpidamente gratuito. Es cierto que, por el cansancio de los locales, el partido se había puesto un tanto bronco. La tontería se acabó cuando Thomas Ujfalusi recibió una patada. El checo de la terrible sonrisa se levantó despacito, sin protestar, se ajustó la cintita del pelo, volvió a su posición y, dos jugadas más tarde, crujió al chaval del Colmener. Ahí acabó el conato de hostilidad. El Atleti dominó a placer el encuentro y acabó marcando el tercero el que más lo había buscado, el habilidoso argentino Pacheco, que, muy motivado, aprovechó un error de la zaga local para fusilar con la zurda al portero.
En resumen, que el Atleti empezó oficialmente la temporada con un bolo serrano que acabó en victoria por tres goles a cero. Conste aquí, para la historia.
Por Vito Galliani, l'Altissimo di Milano
El Rojo y el Blanco tiene el placer de contar hoy con un artículo en italiano escrito por uno de sus más insignes comentaristas. Por tanto, y en homenaje al invitado, en este post únicamente se admitirán comentarios en la lengua de Renato Carosone, aunque sea en su modalidad dialectal macarrónica.
Per tanto, queda inauguratta ufficialemente la temporata transalpina de Il Tinto e il Bianco.
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La metà di giugno è ormai oltrepassata, è quasi mezzanotte, nello stereo Uncle Meat (Zu Carni, in siciliano), la ventolina del mio portatile gira, con ragione, al massimo, dentro il mio appartamento il termometro registra 28,5 °C, la temperatura ideale per i muscoli della mia schiena, magari, magari potessi sempre vivere con questo caldo.
Ecco, i muscoli della schiena, lì si accumulano le tensioni della giornata: una non trascurabile parte di esse è causata dall’Atlético di Madrid.
Pare sempre più probabile che Diego Forlán se ne vada all’altra squadra grande della capitale, una scelta comprensibile e, cercando di mantenere una visione imparziale, quasi condivisibile: l’ultimo grande contratto della sua carriera, la possibilità di raddoppiare o triplicare il proprio ingaggio, di far parte di un progetto ragionato (quantomeno pensato), seppur impregnato di delirante megalomania.
¿Come sarà, l’anno prossimo, vedere l’uruguayo segnarci nel derby?
¿Sarà più o meno umiliante di sapere che qualsiasi giocatore buono che passi per l’Atletico, finirà poi per lasciarci per altre squadre più competitive e meglio gestite?
¿Sarà peggio che avere la certezza, giorno dopo giorno, che solo i giocatori mediocri possono durare nel nostro club e che due, o tre, mascalzoni ogni stagione, saranno messi nella squadra titolare grazie ai maneggi del procuratore di turno?
¿Rendersi conto che non è bastato vendere lo stadio e la stella della squadra per poter arrivare a competere per la vittoria di qualche titolo sarà più doloroso che comprendere come neanche la vendita della seguente idolo dei tifosi, a soli due anni di distanza, ci renderà più competitivi?
Un tedesco del quale non mi ricordo il nome, una volta scrisse che ciò che la storia una prima volta presenta sotto forma di tragedia, la seconda presenta come farsa…¿e la terza, la quarta, la quinta volta?
Passando, a sproposito, di citazione in citazione, un francese, adesso, disse che la ripetizione eccessiva porta alla perdita del significato, forse è per questo, che dopo aver visto e vissuto lo stesso film per anni di gestione Gil, sono ormai rassegnato alla mediocrità più assoluta.
Terminó el Atleti cuarto y clasificado para la Champions en un año en el que se pudo acabar peor y se debió acabar mejor. Pero al final se rascó algo, se consiguió un poco de alivio y se cerró una temporada que nos venderán como un gran éxito cuando, analizando todo lo ocurrido, parece más bien la demostración de un fenómeno futbolístico como Forlán .
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Cuando, en un día ya veraniego más que primaveral con bochorno tropical de esos con los que a veces nos premia Madrid, apareció una nube negra negrísima con cara de poner pingando a aquellos que osaran pasar un rato a la intemperie, el aficionado veterano lo tuvo claro. Pudo llover a las ocho, y pudo llover a las siete. Pudo llover a las once, o a las doce, o incluso no llover. Pudo llegar el viento y llevarse la lluvia a Aranjuez, o pudo invertirse el efecto de la sierra y que la tormenta se quedara en El Escorial, tomando algo por el monte Abantos. Pero no, ya sabía el aficionado veterano lo que iba a pasar, ya tenía claro el atlético de corazón que sólo había un desenlace posible. Y no se equivocaban, y así sucedió y así, en efecto, cuando podía haber pasado cualquier otra cosa, cuando el cielo podría haber tenido algo de compasión por la afición congregada en el estadio, cuando la afición podía haber esperado un guiño de la naturaleza, pasó lo que se veía venir: que a las nueve en punto, con toda la grada llena, con el partido a punto de comenzar, con la hinchada en manga corta y sin paraguas, con las señoras recién peinadas de peluquería y los niños sin chubasquero, se puso a llover a cántaros, y lo hizo durante toda la primera parte. Pudo no ser así, pudo esperar el cielo un rato o bien adelantarse o bien renunciar del todo, pero no fue así. Y lo malo es que, los que llevamos tiempo en esto, teníamos claro que podíamos correr pero no escondernos, que podíamos rezar a San Antonio o llevar huevos a las clarisas, pero que la suerte, con una nube negra como el historial de Pitarch en medio del cielo, estaba echada. Echada en lo meteorológico, gracias al tradicional cenizo rojiblanco, y echada en lo deportivo gracias a la nutrida asistencia de niños-talismán que ocuparon la grada, en especial cuatro, tres niños y una niña, que acudieron juntos tras hacer acopio de fanta naranja en un bar del Paseo de Pontones
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Salió el Atleti en medio del chaparrón, y salió también el Almería vestido de cualquier otro equipo, la verdad. La grada buscaba un paraguas o un chubasquero o una plástica mantita rosa como la que hizo famoso al que suscribe aquella tarde de invierno, pero había poco con lo que resguardarse. La gente buscaba también en el banquillo rival al técnico visitante con ganas de decirle lo muchísimo que se acuerda esta afición de su Sra Madre, pero este no salió en toda la noche de su cubil, quizás con pocas ganas de repasar su árbol genealógico en esta ocasión tan poco heráldica.
Salió Leo Franco en su último partido con el equipo y no se tuvo la sensación de que se fuera nadie importante; quizás no fuera justa una despedida tan comedida para alguien que ha hecho buenos y malos partidos pero que últimamente ha sacado bastantes castañas del fuego, aunque nunca ha logrado ganarse el respeto ni el cariño de la grada. Salió también Pablo, quien volvió a jugar bien y volvió a dejar dudas sobre si es tan malo como a veces parece o si es bueno, como parece otras. Salieron Heitinga de lateral y Ujfalusi de central, y ambos dejaron claro que están bien en su sitio, sobre todo si el rival es tan blandito como ayer. Salió también Pernía en lo que probablemente fuera su último partido con el Atleti por petición de la grada, quizás mayoritaria y quizás poco justa. Salió Pernía y tocó el último balón que tocó el Atleti en la temporada entera tras un buen partido y algunas muestras de cariño de la grada, quizás tardías, y lanzó el balón a la gente y cambió la camiseta y se fue para la caseta mientras el resto del equipo agradecía a la afición el apoyo. Quizás por no tener mucho que agradecer sino más bien lo contrario se fue Pernía solo por el vestuario buscando la ducha e irse a su casa a comerse un helado. Alguno le ovacionó mientras salía y uno no sabe si se fue con pena o con alivio, pero sí tuvo la sensación de que se iba alguien con quien no se había sido justo, y esta vez ya sin quizás, ya con toda seguridad.
Jugaron por delante de los anteriores el siempre irrelevante Sinama, y también Assunção y Raúl García, ambos entonados, el primero bien colocado y el segundo trotón y con carácter además de goleador. Marcó Raúl García de cabeza tras una falta bien lanzada por Maxi, quien hizo un partido notable con aspecto de joya en medio del barrizal de sus últimas actuaciones. Maxi, notable en todo pero especialista en pocas cosas excepto en su llegada prodigiosa en segunda línea, ha hecho un año por debajo de sus condiciones y trayectoria, aportando menos de lo necesario y quedando a veces en evidencia ante las actuaciones de los otros tres responsables del ataque del equipo. Maxi, que suena en las quinielas como uno de los posibles traspasos hacia un equipo de campanillas aprovechando que su reputación sigue intacta, quizás también haya jugado su último partido como local en el Calderón. Quizás también se haya ido por la puerta falsa, tras algunas críticas y pocos reconocimientos, tras muchos kilómetros recorridos y muchos goles vitales, tras oír su nombre coreado tras los buenos partidos y demasiadas críticas en los momentos bajos, tras poner su cara a los anuncios en los que el Club pide sumisión y falta de crítica a una grada que este año sí estalló, y con razón. Se irá Maxi, quizás, y nos acordaremos de él como un gran jugador que nos dio grandes momentos y con el que no tuvimos la palabra amable que merecía, una vez más.
Jugó también Agüero, quien marcó un gol increíble e hizo un control de balón igualmente increíble en el segundo tiempo. Agüero, quien reconoció recientemente que en algunos partidos no había dado todo lo que tenía, trabajó para sus compañeros y dejó claro que es capaz de hacer lo que muy pocos jugadores del mundo pueden llegar a soñar. Pero Agüero, estrella en potencia si es que no lo es ya, no ha lucido con la fuerza de su compañero de ataque, el máximo goleador de Europa, el tipo que ha conseguido que se formen colas de colchoneros ante el consulado del Uruguay con el único objetivo de darle vivas a la madre que parió al embajador, al cónsul, al que tiene los documentos que demuestran que Gardel nació en Montevideo y al primer profesor de Francescoli. Forlán, que ayer volvió a marcar un golazo de esos que se saca de donde menos se espera, terminó ovacionado al ser sustituido, proclamado pichichi y bota de oro tras competir contra otros jugadores que sólo tienen la misión de rematar a puerta vacía o que tienen detrás cinco o seis jugadores capaces de darle un pase de gol de esos que sólo hay que empujar dentro. Forlán, que quizás también juegue lejos del Calderón el año que viene si nadie con seso lo remedia, ha dejado esta temporada muescas de jugador grande en la memoria de la afición, destellos de profesional irreprochable y de tipo inteligente, de prodigio físico y de técnica sobrada en ambas piernas. Vaya donde vaya, y si es en casa mejor, la presente temporada de Forlán merece ser recordada durante años y contada a sobrinos, nietos y vecinos de escalera.
Y entre tanta despedida y bota de oro y gol asombroso, una mención justa e infrecuente para la grada. La grada, que últimamente ha protestado la actuación de los jugadores (ya saben que, según el que suscribe, con injusta virulencia en algunos casos) y ha empujado al equipo hasta la victoria cuando los jugadores no creían demasiado en ella, dio de nuevo síntomas de recuperar la grandeza mostrando durante el partido, a pesar de las buenas noticias, pancartas que dejaban claro que un cuarto puesto no eclipsa demasiados años sin títulos, que un par de jugadores extraordinarios no convierten en aceptable una política deportiva marcada por el cobro de comisiones y no por el interés deportivo del club. "Culpables", decían las pancartas entre las caras de Cerezo y Gil Marín. Por si había dudas, sobre el palco se desplegaba otra que rezaba "Nuestra Ruina", con dos flechas que apuntaban al palco para facilitar las cosas a aquellos que prefieren mirar para otro lado y repetir lo que dice la prensa cuando las circunstancias les exigen hacer el esfuerzo de reflexionar durante tres segundos sobre la situación de la entidad. La afición, hoy contenta por lo conseguido y temerosa por perder a algunos de sus artífices, puede presumir, gracias a unos cuantos esforzados pancarteros, de no ser ya la afición mojigata a la que conquistar con un ñoño anuncio de la Sra Rushmore. Gracias.
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Terminó el partido y la gente se dirigió hacia la puerta 7, esperando la salida de su cofradía, dado que aprovechando el final de la temporada hacía estación de penitencia la hermandad local, cuyos datos se detallan a continuación:
Nombre completo: Ilustre, Antiquísima, Leal - y nunca Real - Hermandad y Archicofradía de la Límpia y Pura Raya Rojiblanca, vulgo "la Nuestra"
Nazarenos: cincuenta mil, otros tantos penitentes, más simpatizantes e innumerables hermandades filiales
Túnicas: roja y antifaz blanco, túnica suplente al capricho del proveedor textil, últimamente roja, azul, amarilla y hasta con telita de araña bajo fondo azulgrana.
Pasos: Misterio, Cristo y Dolorosa
El paso de Misterio, llamado vulgarmente "La Última Plantilla", representa una gran mesa similar a la de la última cena. Sentados a ella, de izquierda a derecha, un discípulo alto con cara de argentino y vestido de gris, que ojea un billete de avión hacia un destino lejano o quizás no tanto; en primer término y a la izquierda de la mesa, cuatro discípulos de gran envergadura, uno calvo, uno negro y espigado, uno con la lengua fuera y otro con melena, barbita y cara de malo, que inspiran algo de seguridad; en segundo plano, un discípulo de Alicante pone cara de lesionado; a su lado, algo apartado y más en primer plano para resaltar protagonismo, un discípulo calvo, algo demacrado y con cara de pensar que las cosas se hacen de otra manera sobre cuyo hombro se posa un angelote que le susurra las palabras "Digan lo que digan, gracias por todo. Y mucha suerte".
Hacia el centro de la mesa un discípulo joven con la nariz grande y cara de rabia por no haber hecho la temporada que de él se esperaba, mira de reojo hacia la parte de Bilbao; a su lado, un discípulo negro de cabeza redonda ocupa en la mesa exactamente el sitio que debe ocupar, sin alardes ni dudas, en su sitio, donde debe. Sobre ellos, tres demonios chiquititos: uno con media melenita y papada, otro con túnica griega y un tercero con melenita más larga, orejas de soplillo y web cam; a su lado, dos angelotes rubios con pecas y diadema les expulsan a los infiernos blandiendo un manual de buena conducta rojiblanca. A los lados de los dos comensales anteriormente descritos, un discípulo menudo con cara de listo y pelo con crestita, con una mirada determinada que no pega con su físico liviano, y un discípulo fornido con cara de fiera y la mirada ausente, quizás debatiéndose entre la floja temporada realizada y un futuro quizás lejano de la Hermandad.
Al extremo de la mesa opuesto al del portero, un discípulo joven, moreno, bajito y fornido mira al cielo con cara de pillo pensando quizás que es verdad eso que dicen de que su suegro es el Altísimo; a su vera, irradiando una luz que atrae la fe de beatas y cofrades, un discípulo con melena rubia y porte arcangelical; sobre su hombro, un diablo vestido de azul y grana le tienta con una vida mejor apartando a otro diablo vestido de azul celeste que lleva en la mano una chequera.
Frente a la mesa, en primer plano y en la parte anterior de la canastilla del paso, tres personajes siniestros. El primero, conocido vulgarmente como "El Abochornador", con anacrónico traje azul entallado y fosco pelo cano mira en dirección contraria de hacia donde debería mirar, y cuenta la tradición piadosa que se fija en los escotes de las devotas en los momentos menos indicados. Tras un olivo natural que adorna la escena se oculta el segundo de los pérfidos personajes, llamado "El Oculto Perillán", evitando ser visto; este personaje, perfilado, lleva en su mano una calculadora y en la otra un convenio urbanístico. El tercer personaje maléfico es de talla más pequeña que los anteriores, lo que simboliza su servilismo. Luce traje de pantalón pitillo, gafas de sol y en la mano lleva un ejemplar del Forza Atleti en el que se lee "Very Cléber", y, debajo, escrito a mano, "30%". Como complemento a la escena, es preciso indicar que todo el grupo escultórico se encuentra sobre la piel de un mapache de tamaño gigante, de piel raída y dentadura en mal estado, con pérdida de piezas dentales y caries generalizada.
El segundo paso es el paso de Nuestro Señor del Inmenso Dolor por el Prestigio Olvidado, el Palco Usurpado y el Estadio Condenado. La imagen, que recuerda a los cristos sevillanos camino del Monte Calvario, representa al Club en actitud doliente y expectante, con la expresión del que se teme que el alivio temporal pueda convertirse en inmenso dolor si los responsables de dirigir el asunto siguen en su puesto durante mucho tiempo. La figura destila, empero, la dignidad del que puede estar herido pero no se deja abatir fácilmente, la rabia del que sabe ocupando un lugar inferior al que le corresponde, y el alivio del que conoce que, a pesar de los pesares, tiene detrás de él una legión entera aguantando los palos del sombrajo.
El tercer paso, de palio, representa a Nuestra Señora la Afición de la Paciencia Infinita, Bondad Excesiva e Ira Demasiado Escasa Aunque A Veces No Bien Dirigida Del Todo, Qué Cosas. Es un paso de palio de estilo sevillano, con siete varales de plata por lado y techo de bambalina. La imagen viste manto rojiblanco con flores de madroño bordadas y luce como adorno rosas rojas y blancas y, en las esquinas, cuatro angelotes que la guardan: uno rubio con pecas y diadema como los del primer paso, otro con porte elegante y de Eibar, uno negro con collar de cuentas verdes al cuello y otro con bigote, pelo ensortijado, un pan debajo del brazo y cara de que por su lado del palio mejor no pasar. En uno de los varales, algunos hermanos de la cofradía han atado una cinta verdiblanca como homenaje a un club pariente condenado a una suerte nefasta por culpa de un directivo que se asemeja, en su trayectoria e intenciones, a los que rigen los destinos del club propio.
Salió pues, decíamos, la Cruz de Guía de La Nuestra por la puerta 7 entre el fervor y los vítores de la afición congregada ante la misma, y salió en procesión rumbo al Ayuntamiento de Madrid, ante el que protestaría por el trato dispensado a los devotos de la misma. Volvió haciendo su carrera oficial por la plaza de Neptuno, el túnel de Atocha, la glorieta de Embajadores y la de Pirámides para finalmente recogerse en su casa matriz, entrando el último paso hacia las cuatro de la mañana. En ese momento, un tipo con canas, gafas y rebeca con coderas echa el cierre a la Casa de Hermandad, bajando una cortina metálica hasta la temporada que viene, con cierta pena y algo de alivio también, no vamos a negarlo.
El Atleti jugó un partido que casi nadie pudo ver, que acabó con un resultado no demasiado justo y con el Atleti en un puesto que, visto lo visto, puede maquillar lo que el equipo muestra a veces.

Nota: como el que suscribe fue de los pocos afortunados que vio el partido entero sin conexiones a otros campos ni comentarios séxticos, es posible que en la crónica de esta semana se abuse de los comentarios personales y del relato en primera persona. Avisados quedan.
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Uno, que nunca había ido a San Mamés, llevaba ya unas cuantas temporadas pensando en ver de una vez un Athletic - Atleti in situ - nótese que el que suscribe ha escrito Athletic, que es como gustan de llamar al club en su ciudad, y no Bilbao, que es como se llama en Madrid al Athletic de Bilbao para diferenciarle del Atlético de Madrid, también llamado Atleti o Aleti, siendo esta última la forma empleada en el lenguaje verbal y cuando se dan voces tras un gol-. Finalmente, una vez visto un partido allí, a uno lo que más le llama la atención del campo es la ubicación. San Mamés está en el centro de la ciudad, al final de una calle, cerca del centro histórico y del centro comercial de Bilbao, a la vuelta de una mercería, frente a una parada de autobús y en el camino que muchos bilbaínos hacen a diario. Andando por Bilbao uno ve un monte verde al final de una calle, una ría al final de otra y un gran escudo del Athletic al final de una tercera. El resultado es que para ir al partido uno va por el centro de la ciudad, cruza las calles que cruza la gente para ir a trabajar, saluda al vecino, para en el bar en el que desayuna antes de ir a la oficina y se aprovisiona para el partido en la panadería en la que suele comprar cada día una chapata o un pan de hogaza o dos roscos medianos o una pistola o una bolsa de molletes de Antequera o, hace años, un boni, un tigretón, un bucanero y una pantera rosa. El estadio siempre ha estado allí, tanto como el resto de cosas, y eso se nota. En día de partido el centro de la ciudad está lleno, lleno de sus mismos habitantes de todos los días vestidos para la ocasión, igual que se viste de largo para las bodas, de traje para ir al trabajo, de traje regional el día del patrón y de chándal el domingo por la mañana. Para llegar a San Mamés uno atraviesa calles llenas de gente vestida de rojo y blanco que bebe cerveza y gin tonic en los bares de la zona de bares-de-todos-los-días, convenientemente engalanados también y con ventanas que comunican la barra con la calle, en cuya acera hay mesas altas y barriles de vino sobre los que apoyar la bebida y el pincho. La calle hierve y los bares más, y la afición local charla apoyada en la barra en la que se amontonan bandejas llenas de incitaciones a al menos dos de los pecados capitales: la envidia y la gula.
Acudir a los bares de Bilbao puede resultar caro, pero si uno va con un amigo de la zona resulta de lo más barato: no le dejan a uno pagar nada en ningún sitio, y si uno hace ademán de echar mano a la cartera le echan a empujones del bar mientras le dan una caña y una gilda con la otra mano. En los bares próximos a San Mamés, a los que en sábados soleados como el pasado merece la pena ir al menos dos horas antes del partido para ver el ambiente y tomar algo, casi todo el mundo lleva algo rojiblanco, también los que bajan de su propia casa con su bufanda, cerrando su portal en medio del follón. También con el escudo del Atleti, no crean, que no sólo se ven aficionados locales. Hay grupos numerosos con muchos niños, cuadrillas de amigos y más chicas jóvenes de las que uno se espera, tipos con peinados peculiares y cara de cabreo, grupos de atléticos de los de aquí mezclados con los de allí y muchos grupos de señores luciendo la seña de identidad del aficionado bilbaíno con solera, el verdadero hecho diferencial del hincha local de toda la vida, los galones del entendido veterano: el jersey al hombro. La calle está preciosa y el ambiente es el ambiente que uno quiere para todos los domingos de fútbol, el ambiente ese que uno percibe como el motivo real por el que realmente el fútbol mueve tanta gente, el ruido que confirma que el partido no es más que un motivo para echarse a la calle y pasar un rato con el personal.
San Mamés, ya lo sabrán Vds, será derruido. En su lugar no sabemos si habrá pisos o un parque o un enorme bingo simultáneo con casino incorporado. Lo que sí sabremos es que a unos diez metros de donde hoy está San Mamés estará el nuevo San Mamés. Al otro lado de una calle, en el mismo sitio, frente al mismo monte, cerca de los mismos bares, en el mismo barrio. Los aficionados cambiarán de asiento pero no de barrio, ni de costumbres ni de bares ni de ambiente y, posiblemente, mucho menos aún de identificación con lo que el equipo significa. Mientras tanto, el estadio del Atleti sin hache, el nuestro, será derruido y el nuevo estadio, que probablemente acabe teniendo un nombre que nos moleste, estará en medio de una zona nueva en la otra punta de la ciudad, una zona sin solera colchonera ni proximidad ninguna con lo que el Atleti significa. Una zona de pisos nuevos, de calles rectas y árboles jovencitos de esos que no dan ni sombra, que ni valen para candar la bicicleta. Una zona en la que nos tememos que los bares sean franquicias, los camareros sean de otro equipo y para comer no haya más que un autoservicio en el que hacer cola con una bandejita. Una zona residencial en la que no apetecerá quedarse luego para comentar las jugadas y los fichajes, cómo nos van las cosas y dónde vamos de vacaciones. Una zona que, en definitiva, nos tocará a nosotros, a los de siempre, convertir en algo parecido a una casa.
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Llegó el que suscribe a San Mamés con un abono prestado y se sentó en zona de socios en la grada rival, que es como a uno más le gusta ver el fútbol fuera del Calderón. Si, hola, buenas tardes, sí, es ahí, no, es que él no viene hoy y me ha dejado el abono, sí, desde Madrid, no, llovía un poco al salir pero luego desde Burgos hacía bueno, ¿me deja el programa?, gracias, oiga. Miró el que suscribe en torno a su asiento por ver si veía algún correligionario y no vio ninguno, claro, qué esperaban Vds. Se sentó el que suscribe y vio enfrente la grada donde se sitúan los hinchas más radicales y, sobre ella y hacia un lado, el lugar en el que se colocan los aficionados visitantes. Miró uno al césped y a las tribunas y al arco de San Mamés y recordó historias sobre atléticos mal recibidos en el campo de Bilbao y enfrentamientos e insultos y de la sensación de sentirse extraño y en casa ajena, quizás no tanto, eso sí, como ese bilbaíno al que los amigos, estando próxima su boda, llevaron a Valencia a la final de copa contra el Barça vestido de Guti. Recordó uno todo eso y no le pareció para tanto lo que veía, qué quieren que les diga a Vds.
Salió el Atleti mientras el público local cantaba su himno y daba palmas y se dispuso el espectador visitante a analizar los primeros diez minutos del partido. Gran parte de la afición colchonera coincide este año en que los primeros minutos muestran si el Atleti que ha salido es el que ganó al Barcelona o el que hizo el ridículo en Santander, como si esos minutos fueran una muestra suficiente, un bonsai del partido entero. Hoy no, dicen uno, parece que hoy sí, que han salido distintos; puede ser, de hecho así ha sido en varias ocasiones. El caso es que esta vez no salió el Atleti mal, salió cómodo y salió serio esos diez primeros minutos pero quizás no se cumpliera la regla de oro de esta temporada.
Y es que tras esos diez primeros minutos el equipo se fue relajando y los locales, con poco convencimiento y sin demasiado que ganar o que perder, se fueron creciendo. Assunçao, de nuevo entonado en defensa como en los últimos partidos, parecía ser el único que se hacía con su parcela mientras que el centro del campo del Bilbao, también llamado Athletic, se hacía con todo lo demás. Raúl García sí lo intentaba pero andaba más en apagar fuegos que en trazar carreteras, Simão no aparecía y Maxi, desaparecido toda la noche, no entraba en contacto ni con el balón ni con el juego ni con el jugador que hasta hace bien poco era. Como resultado, durante el primer tiempo no le llegaron balones a Forlán, quien a pesar del despliegue físico sólo aparecía para ayudar a defender a la media, ni tampoco a Agüero, bien defendido al alimón por Amorebieta y Etxeita, joven producto de la cantera que apunta maneras. Agüero falló por cierto un gol cantado a pase de Pernía idéntico a otro fallado hace una semana contra el Valencia, qué cosas. La defensa, por su parte, respondía con una solvencia desacostumbrada a los arreones de los locales, empeñados con razón en buscar faltas laterales (algunas fueron, otras no) y centros al centro del área para sus centrales, sus medios centros y Llorente, todos sobrados de centímetros. Pero Ujfalusi y Heitinga parecen haber dado confianza por arriba a Pablo, rápido en el cruce toda la noche aunque flojo al chocar contra Llorente, siempre con más fe a la hora de buscar el cuerpo a cuerpo.
Durante el primer tiempo el Atleti no conseguía jugar y el Athletic, también llamado el Bilbao, parecía ser el equipo que se jugaba las habichuelas, el que debía ganar, el que quería dar una alegría a la grada. Hacia el minuto treinta, por cierto, apareció en el fondo el grueso del grupo de seguidores atléticos desplazado desde Madrid; uno no sabe muy bien qué pasó, pero el público, tranquilo hasta entonces, se volcó en su contra, llenó el aire de improperios contra los recién llegados y contra unos cuantos más, ya de paso, y el club local subió un punto la velocidad. Al que suscribe, por cierto, no sólo no le dijeron nada sino que un vecino de localidad de notoria exaltación pro-bilbaína y con porte de segunda línea all-black le pidió que no tomara en cuenta lo que se decía, son cosas que se dicen así, ya sabe Vd. No, ya, si al fin y al cabo es lo que también se escucha en casa, qué me va Vd a contar.
Tras el descanso, momento idóneo para comprobar que aunque San Mamés es un campo viejo que no es cinco estrellas ni nada tiene mejores baños que el Calderón, siguió la tónica del final del primer tiempo. Empujaba el Athletic, el Atleti no parecía enterarse de todo lo que se jugaba en los cuarenta y cinco minutos que quedaba. Consciente de que los locales tienen un equipo apañado pero que no puede aspirar a pasar por encima con solvencia a ciertos rivales, la grada apretó. Gritó al unísono San Mamés, lanzó las bufandas al cielo y el equipo entendió lo que le querían decir los aficionados experimentados. A por ellos, están arrinconados, tienen dinamita arriba pero andan más pendientes de capear el temporal que de otra cosa, si marcamos ahora no van a poder reaccionar. Reculaba el Atleti, empujaban los locales y más empujaba la grada, sacaban los centrales balones como quien achica agua un rato antes de un naufragio y, tras lo que pareció el único error de Ujfalusi en la noche, falta según los que lo vieron desde un mejor punto de vista, Llorente falló un gol cantado tras dos ocasiones muy claras paradas antes por Leo Franco, uno de los responsables de que el Atleti no fuera a remolque durante todo el partido. De haber marcado Llorente la película podría haber sido otra pero fue la contraria; Pernía, aprovechando quizás la suerte que le desearon sus fans en el hotel, más numerosos por cierto que los del resto de jugadores excepto Forlán y el Kun, daba su segundo pase de gol de la noche y Raúl García marcó un golazo con la zurda que hizo saltar a los pocos atléticos que andaban por la zona del que suscribe.
Saltó también el que suscribe y, como el resto, se dio cuenta en pleno salto de que estaba en zona rival. Moderó su ímpetu, miró a su alrededor para comprobar si alguien se había molestado y se volvió a sentar tan tranquilo. Ni un reproche, ni una mala mirada, nada raro. Bien. El caso es que el Bilbao, también llamado el Athletic, seguía convencido de sus posibilidades y también siguió así la grada. Tiró al palo el equipo local, siguió apretando y forzando corners y faltas laterales. Marcó Etxeita de cabeza, claro, algo previsible tras mucho ir el cántaro a la fuente y San Mamés siguió apretando. Miró el que suscribe la clasificación, hizo cuentas para ver si valía el empate, repasó mentalmente los goal averages particulares, se giró hacia allí donde había visto saltar algún otro tras el gol de Raúl García y preguntó si alguien tenía una radio. Gana el Villarreal dos a uno, dijo alguien, gracias oiga. Tan nervioso estaba uno, tanto se había significado en su alegría y su miedo tras el gol, que se giraron los aficionados de la fila de delante, quizás hartos de tanto nervio, blandiendo una bota.
- ¿Queréis vino, majos?
- No, muchas gracias
- No beberás vino tú, a los jóvenes ya no os gusta, ¿no?
- Claro que bebo. Es que estoy comiendo chicle
- Pero a quién se le ocurre, hombre
Con uno a uno empezaba todo de nuevo, el Villarreal ganaba pero esa no era la cuestión, la cuestión verdadera es que el Atleti había marcado cuando menos lo merecía y que se había dejado empatar. La cuestión es que Maxi no estaba y Simão estaba poco, que Agüero andaba muy vigilado y que no llegaban balones arriba. Un señor con voz de solista de orfeón gritaba Athletic esperando la respuesta al unísono de la grada, "Bien, bien, bien, alabín, alabán". "Esto no se ha acabado, aún no ha marcado el rubio", dijo alguien con acento de Madrid una fila más atrás. Dos minutos más tarde llegaba Forlán a un balón, se cruzaban los centrales, quedaba el balón botando entre ambos una fracción de segundo y el uruguayo, que sólo necesita ese momento para salvarle la temporada al un club de ciento y pico años, marcaba. Con la izquierda, desde fuera del área, tras un barullo. Gol, gritan varios desde la grada del fondo sur, gol grita el que suscribe con la misma potencia con la que grita gol en el Calderón. Madre mía, dice un señor, este tío mete todo lo que toca. Tres minutos más tarde se va Forlán en carrera y marca de nuevo, marca el gol que da la seguridad de que, por más que el Atleti sea el Atleti, mucho tiene que pasar para que cambie tanto las cosas. Gol, gritan los de antes, gol grita el que suscribe con la misma potencia con la que grita gol en el Calderón. Un señor se levanta y se va a su casa, no se vaya enfadado, hombre - como no me voy a enfadar, si son muy malos, hala majo, adiós.
Abel mete a Perea, el Kun se va y lo hace lentamente, demasiado lentamente. Si vais uno tres, por qué te vas así, dice alguien, y el que suscribe está de acuerdo. Aplaude el Kun a los desplazados, se para en su salida para perder tiempo, la grada le increpa, el Kun responde y dice algo, la grada se viene arriba molesta por la respuesta innecesaria del Kun, hay cosas que habría que evitar, piensa uno. El partido parece resuelto pero hay un uruguayo que quiere ser bota de oro, que no se cansa, que le da igual si el resto del equipo apoya y si el rival aprieta o no: él tiene una misión y las condiciones para llevarla a cabo, con él que no cuenten para echar la siesta. Se vuelve a ir de la defensa con una facilidad inaudita a estas alturas de la temporada y el partido, se resbala, se cae y el árbitro pita penalti. Ruge la grada, protestan los locales, un defensa se le acerca a Forlán y le dice que no se tire, Forlán dice no me tiré, me resbalé, no es penalti pero no he sido yo quien ha pitado. Si Forlán no se jugara nada, si Forlán no necesitara el gol uno habría esperado de Forlán que tirara el penalti fuera y que se fuera de San Mamés como aquél que renunció a su tercer gol por honradez y respeto. Pero había cosas en juego y uno entiende a Forlán, un jugador que no se tira ni engaña. Lanza Forlán, marca y no lo celebran los atléticos que antes cantaron gol como posesos, si acaso se dan la mano o cruzan miradas para no molestar en casa ajena cuando se encaja un gol que escuece, y eso le alegra al que suscribe.
Acaba el partido, el Atleti ha ganado el partido que debía ganar por más goles de los merecidos y Forlán ha dado otro recital. Es pichichi por ahora, también bota de oro y uno de los pocos jugadores de la historia capaces de marcar tres goles en Bilbao como visitante. Se despiden los vecinos, adiós majos, hasta otro ratito, enhorabuena. Adiós, adiós, gracias. Se acercan los correligionarios, se charla en la escalera, menos mal, este tío es increíble, Forlán es ahora mismo el 90% del equipo, lo único que nos diferencia de equipos que están mucho más abajo en la clasificación. Intervienen en la conversación los aficionados locales que se van, sí señor, qué jugador, es la diferencia con el resto, estamos de acuerdo; el Atleti no tiene mucho, nosotros tampoco, pero con este tipo en este estado de forma es difícil que no marquéis. Si queréis tomar algo ahora, lo mejor son las calles de un poco más allá, hay varios sitios buenos para comer, eso sí, no pidáis pimientos de Gernika, que no es época, ahora son de invernadero y no es lo mismo. Por esa zona, por cierto, se verían luego bastantes seguidores atléticos departiendo con los de casa, cantando el himno por la calle, gritando uruguasho uruguasho y diciendo aquello de que puede que no sea una estrella, pero yo me veo incapaz de criticar a Mariano, qué quieren que yo les diga.
Si el Atleti hace lo que debe, que no es mucho, estará en Champions el año que viene, algo increíble y de justicia discutible. Sin jugar bien, el equipo ha remontado posiciones, ha aprovechado los errores garrafales de los rivales directos y ha conseguido algo que a mediados de temporada parece lejano. Responsable principal de ello, un uruguayo con más ambición y profesionalidad que la mitad de la plantilla junta, con más instinto matador que el resto de delanteros de la liga y con más abdominales de los permitidos por las recientes resoluciones de la UNESCO. Una vergüenza.