lunes, 20 de julio de 2009

Un bolo serrano

De nuestro enviado especial, Jesús Doggy.
___

De la distinguida Toscana al mucho más distinguido Colmenar Viejo. Así se gastan en este blog.
___


La Agrupación Deportiva Colmenar Viejo es un esforzado y voluntarioso equipo de fútbol, fundado en junio de 1967, que esta temporada, la que ahora comienza, jugará por quinta vez en su historia en Tercera División.

Para celebrarlo, el equipo colmenareño –uno de cuyos patrocinadores, atención, es la Peña Atlética Remedios- adelantó tres días su regreso de vacaciones para enfrentarse en el estadio Alberto Ruiz al Atlético de Madrid en el primer partido de pretemporada del equipo de Abel Resino.

Es muy raro el estadio Alberto Ruiz y –que me perdonen los bravos serranos- muy feo. Empezando por el horrible terreno de juego de césped artificial. Estas cosas digo yo que habría que prohibirlas, aunque vaya usted a saber. Desde fuera, además de feo, el césped artificial parece peligroso para las articulaciones. El estadio Alberto Ruiz tiene un gradote, moderno y feísimo, en el lateral que mira a la catedral; el mismo en el que pega la solana toda la santa tarde. Las tres mil localidades del aforo de dicha grada se habían vendido al no tan módico precio de quince euritos y uno, viendo que había gentes apelotonadas en ambos fondos y en el lateral contrario, se barrunta que, al final, la A.D. Colmenar Viejo debió hacer el taquillazo de la temporada a costa de un Atleti descafeinado. Quince euritos habían pagado esas tres mil quinientas o cuatro mil personas, casi todos ellos aficionados rojiblancos, para ver a un Atlético de Madrid que dejó en la grada al Kun Agüero, a Diego Forlán, a Simao Sabrosa, a Maxi Rodríguez, a Paulo Assunçao, a Antonio López, a Johnny Heitinga y a Sergio Asenjo. Que cada cual saque sus conclusiones. Su humilde servidor, por si acaso, puede decirles que cuando el citado grupo de jugadores subió por la tribuna caminito de una cabina de prensa desde la que vieron el partido a la fresca y comiéndose un bocata de tortilla, la grada entera se lanzó a por el autógrafo olvidándose durante diez minutos de lo que sucedía en el terreno de juego. El episodio se repitió en la segunda mitad, ya con el sol afortunadamente escondido, cuando el citado grupo de jugadores bajó por la tribuna caminito del autobús del equipo. En fin.

Y, a todo esto, se jugó un partido de fútbol, casi lo olvidaba. Salió el Atleti a ese campo de césped de nylon y era un Atleti raro. Roberto bajo palos, una línea de cuatro formada por Valera, Pablo, Domínguez y Leandro Cabrera. Cléber Santana y Koke por delante de ellos protegiendo una vanguardia formada por Sinama, a la derecha, José Antonio Reyes, a la izquierda, y Jurado como falso segundo punta por detrás del altísimo y batallador Borja. Como es norma de la casa, Abel dispuso una línea defensiva muy adelantada y con eso bastó para asfixiar al esforzado Colmenar, lógicamente muy inferior a los nuestros técnica y tácticamente.

De lo visto en la primera mitad nada que deba extrañarnos. Lee uno por ahí que “destacó Jurado” o que “Reyes tiró del carro”. Yo les traduzco: Reyes hizo de Reyes. O sea, se fue dos o tres veces bien por su banda, combinó al primer toque con calidad con Jurado, centró dos o tres veces con mucha intención, le puso un balón de gol en la cabeza a Pablo y estuvo incisivo, a ratos. No vamos ahora nosotros a descubrir futbolísticamente a Reyes. Claro que ese mismo Reyes se desentendió de toda tarea defensiva, se encaró con dos o tres jugadores del Colmenar y le hizo aspavientos inopinados al árbitro. Lo dicho: Reyes hizo de Reyes. Y uno, que tal vez se equivoque mucho, considera que José Antonio Reyes es un jugador que jamás debió ponerse la camiseta del Atlético de Madrid y que no puede, ni podrá, jamás, bajo ningún concepto, ser uno de los nuestros. Aunque, claro, en este cluz, eso dependerá de los (no tan) caprichosos vaivenes del mercado.

Si quieren les traduzco también lo de Jurado, aunque supongo que ya se lo saben ustedes: jugó suelto, combinó bien, condujo poco y con criterio y pareció muy bueno en la primera parte del gol regateao contra los esforzados y voluntariosos jugadores colmenareños. Y uno, que tal vez se equivoque mucho, considera que, al igual que José Antonio Reyes, pero por otras razones, José Manuel Jurado no debería jugar bajo ningún concepto en el Atlético de Madrid. En el estadio Alberto Ruiz, sin ir más lejos, el pavisoso gaditano falló un gol claro con cero a cero y, poco después, falló otro, más claro todavía, con el cero a uno, tras excelente jugada de Cléber Santana. Y así volvemos a lo anterior, a lo de los vaivenes del mercado y a todo eso. Por cierto, su humilde servidor puede confirmarles que el cluz tiene cerrado el acuerdo con Ángel Lafita y con el Zaragoza, aunque todo depende de que los maños paguen al Deportivo lo que ya deberían haber pagado para repescarle. Veremos.

En el Alberto Ruiz de Colmenar vimos a un Leandro Cabrera, imberbe uruguayo, con una pinta excelente, con personalidad, con gran nivel técnico, con desborde y con ganas en el lateral izquierdo. Las ganas también las puso Koke, pero pareció fuera de forma y excesivamente responsabilizado por su debut. “¡¡Ggggggápido, gggggggápido!!” le gritaba con su vozarrón atiplado Cléber Santana. El brasileño, más que probablemente, no lucirá muchas más veces la rojiblanca, pero demostró que la temporada en Mallorca le ha ido de perlas y que, de no ser un jugador hiperbólicamente marcado por la afición rojiblanca podría ser aprovechable. “¡¡Más ggggggápido, más gggggápido” le chillaba Cléber a Koke, el pobre. Cléber Santana estuvo mandón y marcó un golazo de cabeza tras un centro de manual desde la banda derecha que le hizo Valera. Dicho queda.

Mención especial merecen Álvaro Domínguez y el meta Roberto. El central zurdo hizo lo que hace siempre que juega: cumplir con sobriedad, sin fallos y sin estridencias. En la primera parte jugó de central y, en la segunda, de lateral izquierdo. Sólo él y Borja disputaron los 90 minutos y Domínguez, además, marcó a la salida de un corner. Y eso que tuvo que cabecear dos veces, tras estrellar su primer testarazo en el larguero. En cuanto al portero, decir que protagonizó la jugada de la noche, haciéndole un paradón a un tal Ausin que intentó meterle el mismo gol que Rivaldo le metió a Molina y desde el mismo sitio. Paradón.

La segunda parte tuvo incluso menos ritmo que la primera dado el carrusel de cambios y los cuarenta y cinco minutos de recia canícula serrana. Tras el descanso, Juanito debutó como central junto a Luis Amaranto, Keko suplió a un Sinama-Pongolle que, cada día que pasa, parece peor futbolista (y miren que resulta difícil, ¿eh?), Raúl García tomó el testigo de Cléber, el argentino Pacheco entró por Reyes y Joel se puso bajo los palos. Veinte minutos más tarde, Thomas Ujfalusi sustituyó a Valera, Rubén Pérez a Koke y Cedric a un Jurado que no tocó un balón en juego en toda la segunda mitad.

Como era de esperar, con Raúl García el Atleti pareció más compacto y agresivo. El navarro estuvo muy pendiente de los canteranos y no paró de darles instrucciones de colocación en el campo. Lástima que los tres o cuatro cañonazos desde lejos que intentó no cogieran puerta. Rubén Pérez fue un descubrimiento para éste, su humilde servidor. Un chaval con buena planta, personalidad y mucho criterio para distribuir el balón y asociarse. Grata sorpresa. Menos sorprendente (y mucho menos grato) fue corroborar que Perea sigue empeñado en jugar con los codos volantes. A un esforzado y voluntarioso jugador colmenareño le metió un viaje verdaderamente duro y, sobre todo, estúpidamente gratuito. Es cierto que, por el cansancio de los locales, el partido se había puesto un tanto bronco. La tontería se acabó cuando Thomas Ujfalusi recibió una patada. El checo de la terrible sonrisa se levantó despacito, sin protestar, se ajustó la cintita del pelo, volvió a su posición y, dos jugadas más tarde, crujió al chaval del Colmener. Ahí acabó el conato de hostilidad. El Atleti dominó a placer el encuentro y acabó marcando el tercero el que más lo había buscado, el habilidoso argentino Pacheco, que, muy motivado, aprovechó un error de la zaga local para fusilar con la zurda al portero.

En resumen, que el Atleti empezó oficialmente la temporada con un bolo serrano que acabó en victoria por tres goles a cero. Conste aquí, para la historia.

miércoles, 17 de junio de 2009

Canto dolente del Forlán partente.

Por Vito Galliani, l'Altissimo di Milano

El Rojo y el Blanco tiene el placer de contar hoy con un artículo en italiano escrito por uno de sus más insignes comentaristas. Por tanto, y en homenaje al invitado, en este post únicamente se admitirán comentarios en la lengua de Renato Carosone, aunque sea en su modalidad dialectal macarrónica.

Per tanto, queda inauguratta ufficialemente la temporata transalpina de Il Tinto e il Bianco.



____

La metà di giugno è ormai oltrepassata, è quasi mezzanotte, nello stereo Uncle Meat (Zu Carni, in siciliano), la ventolina del mio portatile gira, con ragione, al massimo, dentro il mio appartamento il termometro registra 28,5 °C, la temperatura ideale per i muscoli della mia schiena, magari, magari potessi sempre vivere con questo caldo.

Ecco, i muscoli della schiena, lì si accumulano le tensioni della giornata: una non trascurabile parte di esse è causata dall’Atlético di Madrid.

Pare sempre più probabile che Diego Forlán se ne vada all’altra squadra grande della capitale, una scelta comprensibile e, cercando di mantenere una visione imparziale, quasi condivisibile: l’ultimo grande contratto della sua carriera, la possibilità di raddoppiare o triplicare il proprio ingaggio, di far parte di un progetto ragionato (quantomeno pensato), seppur impregnato di delirante megalomania.

¿Come sarà, l’anno prossimo, vedere l’uruguayo segnarci nel derby?

¿Sarà più o meno umiliante di sapere che qualsiasi giocatore buono che passi per l’Atletico, finirà poi per lasciarci per altre squadre più competitive e meglio gestite?

¿Sarà peggio che avere la certezza, giorno dopo giorno, che solo i giocatori mediocri possono durare nel nostro club e che due, o tre, mascalzoni ogni stagione, saranno messi nella squadra titolare grazie ai maneggi del procuratore di turno?

¿Rendersi conto che non è bastato vendere lo stadio e la stella della squadra per poter arrivare a competere per la vittoria di qualche titolo sarà più doloroso che comprendere come neanche la vendita della seguente idolo dei tifosi, a soli due anni di distanza, ci renderà più competitivi?

Un tedesco del quale non mi ricordo il nome, una volta scrisse che ciò che la storia una prima volta presenta sotto forma di tragedia, la seconda presenta come farsa…¿e la terza, la quarta, la quinta volta?

Passando, a sproposito, di citazione in citazione, un francese, adesso, disse che la ripetizione eccessiva porta alla perdita del significato, forse è per questo, che dopo aver visto e vissuto lo stesso film per anni di gestione Gil, sono ormai rassegnato alla mediocrità più assoluta.

lunes, 1 de junio de 2009

Tanguillos del año salvado

Terminó el Atleti cuarto y clasificado para la Champions en un año en el que se pudo acabar peor y se debió acabar mejor. Pero al final se rascó algo, se consiguió un poco de alivio y se cerró una temporada que nos venderán como un gran éxito cuando, analizando todo lo ocurrido, parece más bien la demostración de un fenómeno futbolístico como Forlán .

___

Cuando, en un día ya veraniego más que primaveral con bochorno tropical de esos con los que a veces nos premia Madrid, apareció una nube negra negrísima con cara de poner pingando a aquellos que osaran pasar un rato a la intemperie, el aficionado veterano lo tuvo claro. Pudo llover a las ocho, y pudo llover a las siete. Pudo llover a las once, o a las doce, o incluso no llover. Pudo llegar el viento y llevarse la lluvia a Aranjuez, o pudo invertirse el efecto de la sierra y que la tormenta se quedara en El Escorial, tomando algo por el monte Abantos. Pero no, ya sabía el aficionado veterano lo que iba a pasar, ya tenía claro el atlético de corazón que sólo había un desenlace posible. Y no se equivocaban, y así sucedió y así, en efecto, cuando podía haber pasado cualquier otra cosa, cuando el cielo podría haber tenido algo de compasión por la afición congregada en el estadio, cuando la afición podía haber esperado un guiño de la naturaleza, pasó lo que se veía venir: que a las nueve en punto, con toda la grada llena, con el partido a punto de comenzar, con la hinchada en manga corta y sin paraguas, con las señoras recién peinadas de peluquería y los niños sin chubasquero, se puso a llover a cántaros, y lo hizo durante toda la primera parte. Pudo no ser así, pudo esperar el cielo un rato o bien adelantarse o bien renunciar del todo, pero no fue así. Y lo malo es que, los que llevamos tiempo en esto, teníamos claro que podíamos correr pero no escondernos, que podíamos rezar a San Antonio o llevar huevos a las clarisas, pero que la suerte, con una nube negra como el historial de Pitarch en medio del cielo, estaba echada. Echada en lo meteorológico, gracias al tradicional cenizo rojiblanco, y echada en lo deportivo gracias a la nutrida asistencia de niños-talismán que ocuparon la grada, en especial cuatro, tres niños y una niña, que acudieron juntos tras hacer acopio de fanta naranja en un bar del Paseo de Pontones

___

Salió el Atleti en medio del chaparrón, y salió también el Almería vestido de cualquier otro equipo, la verdad. La grada buscaba un paraguas o un chubasquero o una plástica mantita rosa como la que hizo famoso al que suscribe aquella tarde de invierno, pero había poco con lo que resguardarse. La gente buscaba también en el banquillo rival al técnico visitante con ganas de decirle lo muchísimo que se acuerda esta afición de su Sra Madre, pero este no salió en toda la noche de su cubil, quizás con pocas ganas de repasar su árbol genealógico en esta ocasión tan poco heráldica.

Salió Leo Franco en su último partido con el equipo y no se tuvo la sensación de que se fuera nadie importante; quizás no fuera justa una despedida tan comedida para alguien que ha hecho buenos y malos partidos pero que últimamente ha sacado bastantes castañas del fuego, aunque nunca ha logrado ganarse el respeto ni el cariño de la grada. Salió también Pablo, quien volvió a jugar bien y volvió a dejar dudas sobre si es tan malo como a veces parece o si es bueno, como parece otras. Salieron Heitinga de lateral y Ujfalusi de central, y ambos dejaron claro que están bien en su sitio, sobre todo si el rival es tan blandito como ayer. Salió también Pernía en lo que probablemente fuera su último partido con el Atleti por petición de la grada, quizás mayoritaria y quizás poco justa. Salió Pernía y tocó el último balón que tocó el Atleti en la temporada entera tras un buen partido y algunas muestras de cariño de la grada, quizás tardías, y lanzó el balón a la gente y cambió la camiseta y se fue para la caseta mientras el resto del equipo agradecía a la afición el apoyo. Quizás por no tener mucho que agradecer sino más bien lo contrario se fue Pernía solo por el vestuario buscando la ducha e irse a su casa a comerse un helado. Alguno le ovacionó mientras salía y uno no sabe si se fue con pena o con alivio, pero sí tuvo la sensación de que se iba alguien con quien no se había sido justo, y esta vez ya sin quizás, ya con toda seguridad.

Jugaron por delante de los anteriores el siempre irrelevante Sinama, y también Assunção y Raúl García, ambos entonados, el primero bien colocado y el segundo trotón y con carácter además de goleador. Marcó Raúl García de cabeza tras una falta bien lanzada por Maxi, quien hizo un partido notable con aspecto de joya en medio del barrizal de sus últimas actuaciones. Maxi, notable en todo pero especialista en pocas cosas excepto en su llegada prodigiosa en segunda línea, ha hecho un año por debajo de sus condiciones y trayectoria, aportando menos de lo necesario y quedando a veces en evidencia ante las actuaciones de los otros tres responsables del ataque del equipo. Maxi, que suena en las quinielas como uno de los posibles traspasos hacia un equipo de campanillas aprovechando que su reputación sigue intacta, quizás también haya jugado su último partido como local en el Calderón. Quizás también se haya ido por la puerta falsa, tras algunas críticas y pocos reconocimientos, tras muchos kilómetros recorridos y muchos goles vitales, tras oír su nombre coreado tras los buenos partidos y demasiadas críticas en los momentos bajos, tras poner su cara a los anuncios en los que el Club pide sumisión y falta de crítica a una grada que este año sí estalló, y con razón. Se irá Maxi, quizás, y nos acordaremos de él como un gran jugador que nos dio grandes momentos y con el que no tuvimos la palabra amable que merecía, una vez más.

Jugó también Agüero, quien marcó un gol increíble e hizo un control de balón igualmente increíble en el segundo tiempo. Agüero, quien reconoció recientemente que en algunos partidos no había dado todo lo que tenía, trabajó para sus compañeros y dejó claro que es capaz de hacer lo que muy pocos jugadores del mundo pueden llegar a soñar. Pero Agüero, estrella en potencia si es que no lo es ya, no ha lucido con la fuerza de su compañero de ataque, el máximo goleador de Europa, el tipo que ha conseguido que se formen colas de colchoneros ante el consulado del Uruguay con el único objetivo de darle vivas a la madre que parió al embajador, al cónsul, al que tiene los documentos que demuestran que Gardel nació en Montevideo y al primer profesor de Francescoli. Forlán, que ayer volvió a marcar un golazo de esos que se saca de donde menos se espera, terminó ovacionado al ser sustituido, proclamado pichichi y bota de oro tras competir contra otros jugadores que sólo tienen la misión de rematar a puerta vacía o que tienen detrás cinco o seis jugadores capaces de darle un pase de gol de esos que sólo hay que empujar dentro. Forlán, que quizás también juegue lejos del Calderón el año que viene si nadie con seso lo remedia, ha dejado esta temporada muescas de jugador grande en la memoria de la afición, destellos de profesional irreprochable y de tipo inteligente, de prodigio físico y de técnica sobrada en ambas piernas. Vaya donde vaya, y si es en casa mejor, la presente temporada de Forlán merece ser recordada durante años y contada a sobrinos, nietos y vecinos de escalera.

Y entre tanta despedida y bota de oro y gol asombroso, una mención justa e infrecuente para la grada. La grada, que últimamente ha protestado la actuación de los jugadores (ya saben que, según el que suscribe, con injusta virulencia en algunos casos) y ha empujado al equipo hasta la victoria cuando los jugadores no creían demasiado en ella, dio de nuevo síntomas de recuperar la grandeza mostrando durante el partido, a pesar de las buenas noticias, pancartas que dejaban claro que un cuarto puesto no eclipsa demasiados años sin títulos, que un par de jugadores extraordinarios no convierten en aceptable una política deportiva marcada por el cobro de comisiones y no por el interés deportivo del club. "Culpables", decían las pancartas entre las caras de Cerezo y Gil Marín. Por si había dudas, sobre el palco se desplegaba otra que rezaba "Nuestra Ruina", con dos flechas que apuntaban al palco para facilitar las cosas a aquellos que prefieren mirar para otro lado y repetir lo que dice la prensa cuando las circunstancias les exigen hacer el esfuerzo de reflexionar durante tres segundos sobre la situación de la entidad. La afición, hoy contenta por lo conseguido y temerosa por perder a algunos de sus artífices, puede presumir, gracias a unos cuantos esforzados pancarteros, de no ser ya la afición mojigata a la que conquistar con un ñoño anuncio de la Sra Rushmore. Gracias.
__

Terminó el partido y la gente se dirigió hacia la puerta 7, esperando la salida de su cofradía, dado que aprovechando el final de la temporada hacía estación de penitencia la hermandad local, cuyos datos se detallan a continuación:

Nombre completo: Ilustre, Antiquísima, Leal - y nunca Real - Hermandad y Archicofradía de la Límpia y Pura Raya Rojiblanca, vulgo "la Nuestra"
Nazarenos: cincuenta mil, otros tantos penitentes, más simpatizantes e innumerables hermandades filiales
Túnicas: roja y antifaz blanco, túnica suplente al capricho del proveedor textil, últimamente roja, azul, amarilla y hasta con telita de araña bajo fondo azulgrana.
Pasos: Misterio, Cristo y Dolorosa

El paso de Misterio, llamado vulgarmente "La Última Plantilla", representa una gran mesa similar a la de la última cena. Sentados a ella, de izquierda a derecha, un discípulo alto con cara de argentino y vestido de gris, que ojea un billete de avión hacia un destino lejano o quizás no tanto; en primer término y a la izquierda de la mesa, cuatro discípulos de gran envergadura, uno calvo, uno negro y espigado, uno con la lengua fuera y otro con melena, barbita y cara de malo, que inspiran algo de seguridad; en segundo plano, un discípulo de Alicante pone cara de lesionado; a su lado, algo apartado y más en primer plano para resaltar protagonismo, un discípulo calvo, algo demacrado y con cara de pensar que las cosas se hacen de otra manera sobre cuyo hombro se posa un angelote que le susurra las palabras "Digan lo que digan, gracias por todo. Y mucha suerte".

Hacia el centro de la mesa un discípulo joven con la nariz grande y cara de rabia por no haber hecho la temporada que de él se esperaba, mira de reojo hacia la parte de Bilbao; a su lado, un discípulo negro de cabeza redonda ocupa en la mesa exactamente el sitio que debe ocupar, sin alardes ni dudas, en su sitio, donde debe. Sobre ellos, tres demonios chiquititos: uno con media melenita y papada, otro con túnica griega y un tercero con melenita más larga, orejas de soplillo y web cam; a su lado, dos angelotes rubios con pecas y diadema les expulsan a los infiernos blandiendo un manual de buena conducta rojiblanca. A los lados de los dos comensales anteriormente descritos, un discípulo menudo con cara de listo y pelo con crestita, con una mirada determinada que no pega con su físico liviano, y un discípulo fornido con cara de fiera y la mirada ausente, quizás debatiéndose entre la floja temporada realizada y un futuro quizás lejano de la Hermandad.

Al extremo de la mesa opuesto al del portero, un discípulo joven, moreno, bajito y fornido mira al cielo con cara de pillo pensando quizás que es verdad eso que dicen de que su suegro es el Altísimo; a su vera, irradiando una luz que atrae la fe de beatas y cofrades, un discípulo con melena rubia y porte arcangelical; sobre su hombro, un diablo vestido de azul y grana le tienta con una vida mejor apartando a otro diablo vestido de azul celeste que lleva en la mano una chequera.

Frente a la mesa, en primer plano y en la parte anterior de la canastilla del paso, tres personajes siniestros. El primero, conocido vulgarmente como "El Abochornador", con anacrónico traje azul entallado y fosco pelo cano mira en dirección contraria de hacia donde debería mirar, y cuenta la tradición piadosa que se fija en los escotes de las devotas en los momentos menos indicados. Tras un olivo natural que adorna la escena se oculta el segundo de los pérfidos personajes, llamado "El Oculto Perillán", evitando ser visto; este personaje, perfilado, lleva en su mano una calculadora y en la otra un convenio urbanístico. El tercer personaje maléfico es de talla más pequeña que los anteriores, lo que simboliza su servilismo. Luce traje de pantalón pitillo, gafas de sol y en la mano lleva un ejemplar del Forza Atleti en el que se lee "Very Cléber", y, debajo, escrito a mano, "30%". Como complemento a la escena, es preciso indicar que todo el grupo escultórico se encuentra sobre la piel de un mapache de tamaño gigante, de piel raída y dentadura en mal estado, con pérdida de piezas dentales y caries generalizada.

El segundo paso es el paso de Nuestro Señor del Inmenso Dolor por el Prestigio Olvidado, el Palco Usurpado y el Estadio Condenado. La imagen, que recuerda a los cristos sevillanos camino del Monte Calvario, representa al Club en actitud doliente y expectante, con la expresión del que se teme que el alivio temporal pueda convertirse en inmenso dolor si los responsables de dirigir el asunto siguen en su puesto durante mucho tiempo. La figura destila, empero, la dignidad del que puede estar herido pero no se deja abatir fácilmente, la rabia del que sabe ocupando un lugar inferior al que le corresponde, y el alivio del que conoce que, a pesar de los pesares, tiene detrás de él una legión entera aguantando los palos del sombrajo.

El tercer paso, de palio, representa a Nuestra Señora la Afición de la Paciencia Infinita, Bondad Excesiva e Ira Demasiado Escasa Aunque A Veces No Bien Dirigida Del Todo, Qué Cosas. Es un paso de palio de estilo sevillano, con siete varales de plata por lado y techo de bambalina. La imagen viste manto rojiblanco con flores de madroño bordadas y luce como adorno rosas rojas y blancas y, en las esquinas, cuatro angelotes que la guardan: uno rubio con pecas y diadema como los del primer paso, otro con porte elegante y de Eibar, uno negro con collar de cuentas verdes al cuello y otro con bigote, pelo ensortijado, un pan debajo del brazo y cara de que por su lado del palio mejor no pasar. En uno de los varales, algunos hermanos de la cofradía han atado una cinta verdiblanca como homenaje a un club pariente condenado a una suerte nefasta por culpa de un directivo que se asemeja, en su trayectoria e intenciones, a los que rigen los destinos del club propio.

Salió pues, decíamos, la Cruz de Guía de La Nuestra por la puerta 7 entre el fervor y los vítores de la afición congregada ante la misma, y salió en procesión rumbo al Ayuntamiento de Madrid, ante el que protestaría por el trato dispensado a los devotos de la misma. Volvió haciendo su carrera oficial por la plaza de Neptuno, el túnel de Atocha, la glorieta de Embajadores y la de Pirámides para finalmente recogerse en su casa matriz, entrando el último paso hacia las cuatro de la mañana. En ese momento, un tipo con canas, gafas y rebeca con coderas echa el cierre a la Casa de Hermandad, bajando una cortina metálica hasta la temporada que viene, con cierta pena y algo de alivio también, no vamos a negarlo.

lunes, 25 de mayo de 2009

Candombe del resultado excesivo

El Atleti jugó un partido que casi nadie pudo ver, que acabó con un resultado no demasiado justo y con el Atleti en un puesto que, visto lo visto, puede maquillar lo que el equipo muestra a veces.


Nota: como el que suscribe fue de los pocos afortunados que vio el partido entero sin conexiones a otros campos ni comentarios séxticos, es posible que en la crónica de esta semana se abuse de los comentarios personales y del relato en primera persona. Avisados quedan.
__

Uno, que nunca había ido a San Mamés, llevaba ya unas cuantas temporadas pensando en ver de una vez un Athletic - Atleti in situ - nótese que el que suscribe ha escrito Athletic, que es como gustan de llamar al club en su ciudad, y no Bilbao, que es como se llama en Madrid al Athletic de Bilbao para diferenciarle del Atlético de Madrid, también llamado Atleti o Aleti, siendo esta última la forma empleada en el lenguaje verbal y cuando se dan voces tras un gol-. Finalmente, una vez visto un partido allí, a uno lo que más le llama la atención del campo es la ubicación. San Mamés está en el centro de la ciudad, al final de una calle, cerca del centro histórico y del centro comercial de Bilbao, a la vuelta de una mercería, frente a una parada de autobús y en el camino que muchos bilbaínos hacen a diario. Andando por Bilbao uno ve un monte verde al final de una calle, una ría al final de otra y un gran escudo del Athletic al final de una tercera. El resultado es que para ir al partido uno va por el centro de la ciudad, cruza las calles que cruza la gente para ir a trabajar, saluda al vecino, para en el bar en el que desayuna antes de ir a la oficina y se aprovisiona para el partido en la panadería en la que suele comprar cada día una chapata o un pan de hogaza o dos roscos medianos o una pistola o una bolsa de molletes de Antequera o, hace años, un boni, un tigretón, un bucanero y una pantera rosa. El estadio siempre ha estado allí, tanto como el resto de cosas, y eso se nota. En día de partido el centro de la ciudad está lleno, lleno de sus mismos habitantes de todos los días vestidos para la ocasión, igual que se viste de largo para las bodas, de traje para ir al trabajo, de traje regional el día del patrón y de chándal el domingo por la mañana. Para llegar a San Mamés uno atraviesa calles llenas de gente vestida de rojo y blanco que bebe cerveza y gin tonic en los bares de la zona de bares-de-todos-los-días, convenientemente engalanados también y con ventanas que comunican la barra con la calle, en cuya acera hay mesas altas y barriles de vino sobre los que apoyar la bebida y el pincho. La calle hierve y los bares más, y la afición local charla apoyada en la barra en la que se amontonan bandejas llenas de incitaciones a al menos dos de los pecados capitales: la envidia y la gula.

Acudir a los bares de Bilbao puede resultar caro, pero si uno va con un amigo de la zona resulta de lo más barato: no le dejan a uno pagar nada en ningún sitio, y si uno hace ademán de echar mano a la cartera le echan a empujones del bar mientras le dan una caña y una gilda con la otra mano. En los bares próximos a San Mamés, a los que en sábados soleados como el pasado merece la pena ir al menos dos horas antes del partido para ver el ambiente y tomar algo, casi todo el mundo lleva algo rojiblanco, también los que bajan de su propia casa con su bufanda, cerrando su portal en medio del follón. También con el escudo del Atleti, no crean, que no sólo se ven aficionados locales. Hay grupos numerosos con muchos niños, cuadrillas de amigos y más chicas jóvenes de las que uno se espera, tipos con peinados peculiares y cara de cabreo, grupos de atléticos de los de aquí mezclados con los de allí y muchos grupos de señores luciendo la seña de identidad del aficionado bilbaíno con solera, el verdadero hecho diferencial del hincha local de toda la vida, los galones del entendido veterano: el jersey al hombro. La calle está preciosa y el ambiente es el ambiente que uno quiere para todos los domingos de fútbol, el ambiente ese que uno percibe como el motivo real por el que realmente el fútbol mueve tanta gente, el ruido que confirma que el partido no es más que un motivo para echarse a la calle y pasar un rato con el personal.

San Mamés, ya lo sabrán Vds, será derruido. En su lugar no sabemos si habrá pisos o un parque o un enorme bingo simultáneo con casino incorporado. Lo que sí sabremos es que a unos diez metros de donde hoy está San Mamés estará el nuevo San Mamés. Al otro lado de una calle, en el mismo sitio, frente al mismo monte, cerca de los mismos bares, en el mismo barrio. Los aficionados cambiarán de asiento pero no de barrio, ni de costumbres ni de bares ni de ambiente y, posiblemente, mucho menos aún de identificación con lo que el equipo significa. Mientras tanto, el estadio del Atleti sin hache, el nuestro, será derruido y el nuevo estadio, que probablemente acabe teniendo un nombre que nos moleste, estará en medio de una zona nueva en la otra punta de la ciudad, una zona sin solera colchonera ni proximidad ninguna con lo que el Atleti significa. Una zona de pisos nuevos, de calles rectas y árboles jovencitos de esos que no dan ni sombra, que ni valen para candar la bicicleta. Una zona en la que nos tememos que los bares sean franquicias, los camareros sean de otro equipo y para comer no haya más que un autoservicio en el que hacer cola con una bandejita. Una zona residencial en la que no apetecerá quedarse luego para comentar las jugadas y los fichajes, cómo nos van las cosas y dónde vamos de vacaciones. Una zona que, en definitiva, nos tocará a nosotros, a los de siempre, convertir en algo parecido a una casa.
__

Llegó el que suscribe a San Mamés con un abono prestado y se sentó en zona de socios en la grada rival, que es como a uno más le gusta ver el fútbol fuera del Calderón. Si, hola, buenas tardes, sí, es ahí, no, es que él no viene hoy y me ha dejado el abono, sí, desde Madrid, no, llovía un poco al salir pero luego desde Burgos hacía bueno, ¿me deja el programa?, gracias, oiga. Miró el que suscribe en torno a su asiento por ver si veía algún correligionario y no vio ninguno, claro, qué esperaban Vds. Se sentó el que suscribe y vio enfrente la grada donde se sitúan los hinchas más radicales y, sobre ella y hacia un lado, el lugar en el que se colocan los aficionados visitantes. Miró uno al césped y a las tribunas y al arco de San Mamés y recordó historias sobre atléticos mal recibidos en el campo de Bilbao y enfrentamientos e insultos y de la sensación de sentirse extraño y en casa ajena, quizás no tanto, eso sí, como ese bilbaíno al que los amigos, estando próxima su boda, llevaron a Valencia a la final de copa contra el Barça vestido de Guti. Recordó uno todo eso y no le pareció para tanto lo que veía, qué quieren que les diga a Vds.

Salió el Atleti mientras el público local cantaba su himno y daba palmas y se dispuso el espectador visitante a analizar los primeros diez minutos del partido. Gran parte de la afición colchonera coincide este año en que los primeros minutos muestran si el Atleti que ha salido es el que ganó al Barcelona o el que hizo el ridículo en Santander, como si esos minutos fueran una muestra suficiente, un bonsai del partido entero. Hoy no, dicen uno, parece que hoy sí, que han salido distintos; puede ser, de hecho así ha sido en varias ocasiones. El caso es que esta vez no salió el Atleti mal, salió cómodo y salió serio esos diez primeros minutos pero quizás no se cumpliera la regla de oro de esta temporada.

Y es que tras esos diez primeros minutos el equipo se fue relajando y los locales, con poco convencimiento y sin demasiado que ganar o que perder, se fueron creciendo. Assunçao, de nuevo entonado en defensa como en los últimos partidos, parecía ser el único que se hacía con su parcela mientras que el centro del campo del Bilbao, también llamado Athletic, se hacía con todo lo demás. Raúl García sí lo intentaba pero andaba más en apagar fuegos que en trazar carreteras, Simão no aparecía y Maxi, desaparecido toda la noche, no entraba en contacto ni con el balón ni con el juego ni con el jugador que hasta hace bien poco era. Como resultado, durante el primer tiempo no le llegaron balones a Forlán, quien a pesar del despliegue físico sólo aparecía para ayudar a defender a la media, ni tampoco a Agüero, bien defendido al alimón por Amorebieta y Etxeita, joven producto de la cantera que apunta maneras. Agüero falló por cierto un gol cantado a pase de Pernía idéntico a otro fallado hace una semana contra el Valencia, qué cosas. La defensa, por su parte, respondía con una solvencia desacostumbrada a los arreones de los locales, empeñados con razón en buscar faltas laterales (algunas fueron, otras no) y centros al centro del área para sus centrales, sus medios centros y Llorente, todos sobrados de centímetros. Pero Ujfalusi y Heitinga parecen haber dado confianza por arriba a Pablo, rápido en el cruce toda la noche aunque flojo al chocar contra Llorente, siempre con más fe a la hora de buscar el cuerpo a cuerpo.

Durante el primer tiempo el Atleti no conseguía jugar y el Athletic, también llamado el Bilbao, parecía ser el equipo que se jugaba las habichuelas, el que debía ganar, el que quería dar una alegría a la grada. Hacia el minuto treinta, por cierto, apareció en el fondo el grueso del grupo de seguidores atléticos desplazado desde Madrid; uno no sabe muy bien qué pasó, pero el público, tranquilo hasta entonces, se volcó en su contra, llenó el aire de improperios contra los recién llegados y contra unos cuantos más, ya de paso, y el club local subió un punto la velocidad. Al que suscribe, por cierto, no sólo no le dijeron nada sino que un vecino de localidad de notoria exaltación pro-bilbaína y con porte de segunda línea all-black le pidió que no tomara en cuenta lo que se decía, son cosas que se dicen así, ya sabe Vd. No, ya, si al fin y al cabo es lo que también se escucha en casa, qué me va Vd a contar.

Tras el descanso, momento idóneo para comprobar que aunque San Mamés es un campo viejo que no es cinco estrellas ni nada tiene mejores baños que el Calderón, siguió la tónica del final del primer tiempo. Empujaba el Athletic, el Atleti no parecía enterarse de todo lo que se jugaba en los cuarenta y cinco minutos que quedaba. Consciente de que los locales tienen un equipo apañado pero que no puede aspirar a pasar por encima con solvencia a ciertos rivales, la grada apretó. Gritó al unísono San Mamés, lanzó las bufandas al cielo y el equipo entendió lo que le querían decir los aficionados experimentados. A por ellos, están arrinconados, tienen dinamita arriba pero andan más pendientes de capear el temporal que de otra cosa, si marcamos ahora no van a poder reaccionar. Reculaba el Atleti, empujaban los locales y más empujaba la grada, sacaban los centrales balones como quien achica agua un rato antes de un naufragio y, tras lo que pareció el único error de Ujfalusi en la noche, falta según los que lo vieron desde un mejor punto de vista, Llorente falló un gol cantado tras dos ocasiones muy claras paradas antes por Leo Franco, uno de los responsables de que el Atleti no fuera a remolque durante todo el partido. De haber marcado Llorente la película podría haber sido otra pero fue la contraria; Pernía, aprovechando quizás la suerte que le desearon sus fans en el hotel, más numerosos por cierto que los del resto de jugadores excepto Forlán y el Kun, daba su segundo pase de gol de la noche y Raúl García marcó un golazo con la zurda que hizo saltar a los pocos atléticos que andaban por la zona del que suscribe.


Saltó también el que suscribe y, como el resto, se dio cuenta en pleno salto de que estaba en zona rival. Moderó su ímpetu, miró a su alrededor para comprobar si alguien se había molestado y se volvió a sentar tan tranquilo. Ni un reproche, ni una mala mirada, nada raro. Bien. El caso es que el Bilbao, también llamado el Athletic, seguía convencido de sus posibilidades y también siguió así la grada. Tiró al palo el equipo local, siguió apretando y forzando corners y faltas laterales. Marcó Etxeita de cabeza, claro, algo previsible tras mucho ir el cántaro a la fuente y San Mamés siguió apretando. Miró el que suscribe la clasificación, hizo cuentas para ver si valía el empate, repasó mentalmente los goal averages particulares, se giró hacia allí donde había visto saltar algún otro tras el gol de Raúl García y preguntó si alguien tenía una radio. Gana el Villarreal dos a uno, dijo alguien, gracias oiga. Tan nervioso estaba uno, tanto se había significado en su alegría y su miedo tras el gol, que se giraron los aficionados de la fila de delante, quizás hartos de tanto nervio, blandiendo una bota.

- ¿Queréis vino, majos?
- No, muchas gracias
- No beberás vino tú, a los jóvenes ya no os gusta, ¿no?
- Claro que bebo. Es que estoy comiendo chicle
- Pero a quién se le ocurre, hombre

Con uno a uno empezaba todo de nuevo, el Villarreal ganaba pero esa no era la cuestión, la cuestión verdadera es que el Atleti había marcado cuando menos lo merecía y que se había dejado empatar. La cuestión es que Maxi no estaba y Simão estaba poco, que Agüero andaba muy vigilado y que no llegaban balones arriba. Un señor con voz de solista de orfeón gritaba Athletic esperando la respuesta al unísono de la grada, "Bien, bien, bien, alabín, alabán". "Esto no se ha acabado, aún no ha marcado el rubio", dijo alguien con acento de Madrid una fila más atrás. Dos minutos más tarde llegaba Forlán a un balón, se cruzaban los centrales, quedaba el balón botando entre ambos una fracción de segundo y el uruguayo, que sólo necesita ese momento para salvarle la temporada al un club de ciento y pico años, marcaba. Con la izquierda, desde fuera del área, tras un barullo. Gol, gritan varios desde la grada del fondo sur, gol grita el que suscribe con la misma potencia con la que grita gol en el Calderón. Madre mía, dice un señor, este tío mete todo lo que toca. Tres minutos más tarde se va Forlán en carrera y marca de nuevo, marca el gol que da la seguridad de que, por más que el Atleti sea el Atleti, mucho tiene que pasar para que cambie tanto las cosas. Gol, gritan los de antes, gol grita el que suscribe con la misma potencia con la que grita gol en el Calderón. Un señor se levanta y se va a su casa, no se vaya enfadado, hombre - como no me voy a enfadar, si son muy malos, hala majo, adiós.

Abel mete a Perea, el Kun se va y lo hace lentamente, demasiado lentamente. Si vais uno tres, por qué te vas así, dice alguien, y el que suscribe está de acuerdo. Aplaude el Kun a los desplazados, se para en su salida para perder tiempo, la grada le increpa, el Kun responde y dice algo, la grada se viene arriba molesta por la respuesta innecesaria del Kun, hay cosas que habría que evitar, piensa uno. El partido parece resuelto pero hay un uruguayo que quiere ser bota de oro, que no se cansa, que le da igual si el resto del equipo apoya y si el rival aprieta o no: él tiene una misión y las condiciones para llevarla a cabo, con él que no cuenten para echar la siesta. Se vuelve a ir de la defensa con una facilidad inaudita a estas alturas de la temporada y el partido, se resbala, se cae y el árbitro pita penalti. Ruge la grada, protestan los locales, un defensa se le acerca a Forlán y le dice que no se tire, Forlán dice no me tiré, me resbalé, no es penalti pero no he sido yo quien ha pitado. Si Forlán no se jugara nada, si Forlán no necesitara el gol uno habría esperado de Forlán que tirara el penalti fuera y que se fuera de San Mamés como aquél que renunció a su tercer gol por honradez y respeto. Pero había cosas en juego y uno entiende a Forlán, un jugador que no se tira ni engaña. Lanza Forlán, marca y no lo celebran los atléticos que antes cantaron gol como posesos, si acaso se dan la mano o cruzan miradas para no molestar en casa ajena cuando se encaja un gol que escuece, y eso le alegra al que suscribe.

Acaba el partido, el Atleti ha ganado el partido que debía ganar por más goles de los merecidos y Forlán ha dado otro recital. Es pichichi por ahora, también bota de oro y uno de los pocos jugadores de la historia capaces de marcar tres goles en Bilbao como visitante. Se despiden los vecinos, adiós majos, hasta otro ratito, enhorabuena. Adiós, adiós, gracias. Se acercan los correligionarios, se charla en la escalera, menos mal, este tío es increíble, Forlán es ahora mismo el 90% del equipo, lo único que nos diferencia de equipos que están mucho más abajo en la clasificación. Intervienen en la conversación los aficionados locales que se van, sí señor, qué jugador, es la diferencia con el resto, estamos de acuerdo; el Atleti no tiene mucho, nosotros tampoco, pero con este tipo en este estado de forma es difícil que no marquéis. Si queréis tomar algo ahora, lo mejor son las calles de un poco más allá, hay varios sitios buenos para comer, eso sí, no pidáis pimientos de Gernika, que no es época, ahora son de invernadero y no es lo mismo. Por esa zona, por cierto, se verían luego bastantes seguidores atléticos departiendo con los de casa, cantando el himno por la calle, gritando uruguasho uruguasho y diciendo aquello de que puede que no sea una estrella, pero yo me veo incapaz de criticar a Mariano, qué quieren que yo les diga.


Si el Atleti hace lo que debe, que no es mucho, estará en Champions el año que viene, algo increíble y de justicia discutible. Sin jugar bien, el equipo ha remontado posiciones, ha aprovechado los errores garrafales de los rivales directos y ha conseguido algo que a mediados de temporada parece lejano. Responsable principal de ello, un uruguayo con más ambición y profesionalidad que la mitad de la plantilla junta, con más instinto matador que el resto de delanteros de la liga y con más abdominales de los permitidos por las recientes resoluciones de la UNESCO. Una vergüenza.

martes, 19 de mayo de 2009

Un marcador de mentira

Por Jesús Doggy.

(En algunos equipos los suplentes son mucho mejores que los titulares y, cuando el partido se complica, salen los primeros a hacer lo que los segundos no son capaces. He aquí un ejemplo. )

__

Dubitativa y temblorosa llegaba la hinchada colchonera al denominado Partido del Año. El Atleti recibía en su estadio a su más directo rival para meterse en la Liga de Campeones, el anunciado objetivo de la temporada, que algunos, rememorando el ya extinto pasado glorioso, consideran si acaso un objetivo mínimo, mientras otros, marcados a fuego por más de una década de ridículo deportivo, están dispuestos incluso a celebrarlo como un triunfo. A unos y a otros –y a usted también, en cualquier caso- les atenazaba un cierto rigor muscular en los glúteos, semejante a un calambre, cuando trataban de imaginar que Atleti saltaría al césped del Vicente Calderón el domingo a las 9 de la noche. Esto fue lo que pasó antes, durante y después de dicho partido de fútbol.

EL PREPARTIDO

Llegaba el Atleti con moral al denominado Partido del Año, tras tres victorias consecutivas, la última de ellas lograda en casa, con diez futbolistas derrochando coraje y corazón, ante una hinchada, de nuevo, entregada a su equipo. Con la moral alta y con bajas de consideración. Llegaba el Atleti al denominado Partido del Año sin ningún lateral derecho disponible; sancionado Perea por un codazo gratuito a un contrario, sancionado igualmente Johnny Heitinga por acumulación de tarjetas amarillas y ausente un griego desahogado que, a estas horas, probablemente esté disfrutando cerca del Mar Egeo del millón doscientos mil euros que le ha regalado la SAD para que deje de reírse de una afición, un escudo y un sentimiento que nunca le importaron gran cosa. Ni al griego, ni a los egipcios.

Jugaba Abel al despiste en los entrenamientos -que si ahora pongo a Sinama-Pongolle, que si ahora le doy un peto verde a Miguel de las Cuevas, que si ahora convoco a un chaval de Toledo que se llama César Ortiz y que está muy ilusionado- aunque el propio Abel sabía, desde siete días antes del denominado Partido del Año, que ahí, en el lateral derecho, iba a jugar nuestro Mariscal de Campo, Tomas Ujfalusi, el de la aterradora sonrisa.

En la capital del Turia, en la previa, la preocupación era mayor si cabe. El Valencia, tras una temporada especialmente convulsa incluso para un equipo y una afición acostumbrados a vivir entre convulsiones, tracas y petardazos, se presentaba al denominado Partido del Año sin su mejor futbolista: David Silva. Curiosamente el jugador más ansiado –y solicitado- por un entrenador mejicano cuyo segundo apellido no era ¡Vete Ya!, aunque durante más de dos años, incomprensiblemente, lo haya parecido. En fin, que en Valencia tampoco tenían las cosas muy claras, obligados a visitar a un rival directo, en el denominado Partido del Año, sin el Bueno (Silva), el Feo (Vicente) y el Malo (Marchena).

El entrenador del Valencia, de nombre Unai y cara de estreñimiento crónico, rabiaba por lo bajini y preparaba un encuentro típico de su manual: ocho a defender con mucha presión en el medio y achicando en bloque. Lo debe dar la tierra, de Ranieri a Quique Flores, pasando por Héctor Cúper o (¡¡ah, blasfemia!!) por Rafa Benítez. La figura, tácticamente, se llama “Robo y rápida transición defensa-ataque en banda para resolver en tres toques” y se traduce en uno que quita o corta, llámese como se llame, otro, llamado Baraja, que lanza al espacio lateral a Mata o a Pablo Hernández y un tercero, llamado Villa, que remata en el centro. El papel lo aguanta todo.

En eso debían estar pensando, con los glúteos acalambrados, la gran mayoría de los 55 mil aficionados que casi abarrotaron el coliseo rojiblanco. Entre ellos, unos dos mil seguidores valencianistas, muchos de ellos notablemente ebrios, que llenaron buena parte del segundo anfiteatro del fondo norte. Desde aquí nuestro reconocimiento, como diría nuestro querido Anfitrión. Quién, según algunas versiones, a esa misma hora tomaba posiciones frente a un televisor de plasma en un pub de Bayswater, Londres.

EL PARTIDO

Lucía el Vicente Calderón como en las grandes ocasiones, nutrida la grada, el ambiente festivo y el Fondo engalanado con un tifo tan espectacular como feo, todo sea dicho. Muy feo. Y en esas, como diría el otro, salió el Atleti. Un Atleti serio, concentrado y, ¡oh, sorpresa!, con las ideas muy claras. El Atleti pareció un equipo solidario y generoso en el esfuerzo, tirando la línea muy arriba, con Raúl García y Assunção mandando en el centro, con Simão, siempre elegante, buscando sus huecos, con Forlán recorriendo millas por todo el frente del ataque, con un Agüero incisivo y batallador, con un Maxi trabajador llegando siempre al balcón del área, con un Pablo imperial en la marca y al corte, con un Domínguez serio y en su sitio y con un Leo Franco tranquilo y con poco trabajo. Sí, faltan dos. En el lateral derecho, lógicamente, jugó Ujfalusi y la grada decía ¡Oh! Y también ¡Ah! Incluso ¡Fíjate! Porque Tomas Ujfalusi, el de la aterradora sonrisa, hizo un partido soberbio, un partido maravilloso, un partido sencillamente espectacular. Y unos cuantos se acordaron del desahogado griego y unos cuantos más se acordaron de los egipcios, mientras el propio griego disfrutaba de su aumento patrimonial y de sus cosicas cerca del Mar Egeo y los egipcios, ora daban vueltas a la M-30, ora se trasegaban otro ron con Coca Cola. Entre tanto, en un pub de Bayswater, Londres, un grupo de atléticos, concretamente siete, brindaban con cerveza negra por Mariano Pernía, el futbolista que completaba el once.

El fútbol es curioso. A veces se ganan los partidos desde la banda, a veces desde la pizarra, a veces se ganan por aplastante superioridad, a veces se ganan sin bajar del autobús, a veces se ganan por un detalle y otras veces se ganan de chiripa. A veces se ganan porque se es mejor que el rival, a veces se ganan por aprovechar la que tienes y otras veces, incluso, se ganan por el árbitro. Por último, hay ocasiones en que se gana un partido porque once hombres que forman un equipo asumen sus responsabilidades, se creen capaces de ganarlo y ponen lo que hay que poner para hacerlo sin ahorrar esfuerzos alentados sin desmayo desde la grada. Esto último fue lo que hizo el Atleti el domingo pasado, borrando totalmente del campo a un Valencia tan trabajado como pusilánime, que mereció salir holgadamente goleado del Vicente Calderón. Todo lo demás es cuento.

Ahora yo, si quieren, les cuento que el mejor jugador del partido fue el portero visitante, que acabó desquiciado de repeler balonazos, de saltar de puños, de dar voces a sus compañeros, al árbitro y a Sergio Agüero. Tanto se crispó el buen hombre que, en un momento dado, le pegó un patadón a un cartel publicitario. Si quieren les cuento que Maxi, batallador y esforzado, no estuvo preciso en el remate, pero que se entendió bien con Ujfalusi por la banda y que ofreció siempre una alternativa de remate. Les puedo contar que Forlán se multiplicó, se ofreció, cayó a ambas bandas, apoyó a sus compañeros, tiró millas y que estuvo extrañamente impreciso en el último remate. No obstante, el uruguayo de envidiable abdomen lanzó un penalti como mandan los cánones: fuerte, abajo y colocado. Fue gol, claro. Les podría narrar que Simão tuvo una ocasión tan clamorosa, tras pase interior maravilloso de Domínguez, que tiró al bulto, tal vez por verlo tan fácil. Les podría explicar que el Kun se tiró a la piscina una vez dentro del área y se decretó un penalti que no era tal, aunque, paradojas del fútbol, le hicieron otros dos penaltis clarísimos que no le pitaron. Uno de ellos le valió tarjeta amarilla. Puedo también explicar, si ustedes quieren, que Raúl García abrumó a Baraja, primero, a Edu, después, y, finalmente, a un tal Míchel. Podría decirles incluso que Paulo Assunção, en un derroche de facultades sin precedentes, dominó una franja enorme del terreno del juego, acogotando a todos sus rivales, ¡sin hacer una sola falta! Podría contarles que Mariano Pernía se ofreció una y otra vez, que perdió varios balones especialmente bobos y que le puso al Kun Agüero en la frente un centro maravilloso, potente y colocado, que se fue fuera por poquísimo. En ese momento, en Bayswater, Londres, siete personas gritaron ¡¡¡Uy!!! al unísono. Esto es, a la vez.

EL POSTPARTIDO

El entrenador del Valencia, de nombre Unai y con un rostro que proclama que no visita con la regularidad deseable el inodoro, apareció en la sala de prensa del Vicente Calderón con cara de funeral. Soltó cuatro tópicos, hizo un mohín, se ajustó la corbata y proclamó: “El Atlético de Madrid nos ha superado en todo”. Abel Resino, encantado de conocerse y hablando invariablemente en primera persona del singular, pero esta vez sonriendo, dijo: “el Vicente Calderón ha vivido una de sus grandes noches”.

En la zona mixta, un enjambre de periodistas espera la aparición de los protagonistas. Ujfalusi exhibe su aterradora sonrisa cuando un novato le pregunta que si Abel le ha dado indicaciones sobre cómo jugar en la banda. Domínguez recita lugares comunes de futbolista, intimidado por cámaras, micrófonos y grabadoras. No llega al punto de “hay que seguir trabajando para seguir trabajando” pero está a punto. El pobre. Raúl García, muy serio, se para y sentencia: “El vestuario ya está pensando en San Mamés”. De fondo se escucha a la afición valencianista gritar “¡Villa quédate!, ¡Villa quédate!, ¡¡Viiiiiiiiiiiiilla quéeeeeeeeeeeeedate!!”, mientras el propio Villa, con el típico rictus del amanecer chungo en el parking de la Heaven, se encamina cabizbajo al autobús del que, por ahora, es su equipo. A esa misma hora, en un pub de Bayswater, Londres, un individuo de pelo cano pide siete pintas de cerveza negra y exclama: ¡Por Mariano!


CODA

Lunes 18 de mayo de 2009. Un nutrido grupo de aficionados rojiblancos y de paisanos bolos en general se reúnen en la plaza mayor de Corral de Almaguer, Toledo, España. Frente a ellos un gigantesco bocadillo de 283 metros de longitud, hecho con más de 280 barras de pan rellenadas con seis productos de las industrias locales, como queso, jamón, chorizo y otros embutidos fabricados en el municipio, que suman un total de 200 kilos. El desmesurado bocata, confeccionado en la Peña Atlética Corral De Almaguer, Toledo, España, lleva el nombre de Johnny Heitinga, como autor del primer gol del Atlético de Madrid en la temporada 2008-2009. Se celebran las fiestas patronales de la Virgen de la Muela en Corral de Almaguer, Toledo, España, y dos mil ochocientas personas, incluidos tres emisarios del Libro Guinness de los Récords, están invitadas a una porción del bocata Heitinga, acompañada por un refresco.

Forza Atleti!