lunes, 4 de octubre de 2010

Cinco nombres propios, cinco (tras el Sevilla - Atleti)

Siempre innovando, El Rojo y El Blanco introduce un nuevo tipo de crónica futbolística: la crónica nominal perezosa. Disfrútenla.

1. Quique Sánchez Flores


Veníamos afeando a Quique en los últimos partidos su tardanza a la hora de hacer cambios y su poca inventiva a la hora de corregir al equipo para adaptarse a los cambios de dibujo del rival. Le pasó contra el Barça, que hasta cierto punto es normal, y contra el Valencia, lo que provocó que el Atleti perdiera un par de puntos y casi otro. Quique tardaba en hacer los cambios y, cuando lo hacía, cambiaba un cromo por otro.

Pero le pasó contra el Bayer Leverkusen y, esta vez sí, reaccionó bien, dando al equipo otro aire en el segundo tiempo y salvando un empatito algo mísero, y Quique se debió venir arriba. Forzado por las circunstancias, léase ausencia por lesión de Agüero y Godín y de Reyes por sanción, se atrevió en Sevilla a dar un salto mortal y cambiar todo lo cambiable, intentando de paso caer de pie y diciendo hale hop. Así, el Atleti salió con lo que ahora se llama un trivote, un interior, un media punta indefinido y un punta. Cinco centrocampistas, tres de ellos más bien defensivos, uno de banda, otro por decidir.

El dibujo del equipo era quizás apropiado, pero por los jugadores que lo formaban parecía una alineación de esas de últimos veinte minutos para guardar el balón y salvar un cero uno. En el trivote salió Assunção, que nos parece esencial; Tiago, que debe coger forma y compromiso pero nos cabe en el dibujo, y Mario Suárez. Mario Suárez no ha jugado muchos minutos y en lo poco que ha jugado no ha dejado la sensación de estar aún a gusto. Parece algo blando para ciertos partidos bravos y parece algo desconectado del resto de jugadores como para hacerle salir de titular en un partido importantísimo como el de Sevilla.

El trivote no funcionó y, como resultado, el equipo sufrió por delante y por detrás. Los centrales jugaron despistados a pesar de la alineación defensiva, en especial Domínguez, toda una novedad. Quique metió a Ujfalusi pero no alineó de inicio a Filipe Luis Filipe, lateral de los que se llaman carrileros que pueden ocupar una banda entera y así dar más sentido al trivote de marras; en su lugar salió Antonio López, algo tieso e inactivo, y así Quique puso en el once titular a dos jugadores con menos rodaje del que un partido en el Pizjuán requiere.

El resultado fue, ya lo saben Vds, malo. El Sevilla se adelantó gracias a un golazo de Negredo y entonces surgió la cuestión. ¿Y, ahora qué, oiga? ¿Cómo remontamos con el equipo que hay sobre el campo, con una hora de partido por delante? Cinco minutos más tarde, un segundo gol hacía repetir la pregunta, esta vez con mayúsculas y caja 20. ¿Y AHORA QUÉ, OIGA? Si el Atleti lograba marcar antes del descanso habría partido; si no, podía el aficionado irse al bingo antes de lo esperado. Así fue.

La lógica pedía la inclusión de Filipe Luis Filipe y de un segundo punta, que no podría ser más que Diego Costa. También, la salida de un bisoño Mario Suárez del trivote y la entrada de Raúl García. Esto ocurrió en parte tras el descanso, en todo tras muchos minutos. El Atleti tiró pues bastante partido, renunció a atacar y planteó el encuentro como un asedio numantino desde el principio, un mal planteamiento para un equipo que se las da de gallito y que quiere oler a Champions durante todo el año. Quique, poco dado a probaturas en partidos cómodos (que es cuando se han hecho toda la vida), decidió cambiar del todo en un partido incómodo y salieron las cosas mal, el equipo se resbaló y se torció un tobillo. Vaya por Dios.

2. Raúl García


Raúl García, jugador que gusta mucho a unos y disgusta muchísimo a otros, se quedó en el banquillo de Sevilla comiendo pipas Facundo. En realidad llevaba en el banquillo desde el final del primer tiempo contra el Bayer Leverkusen; en ese partido Quique quitó a Raúl García tras escuchar los pitos de la grada y ver que el navarro no era capaz de alumbrar a sus compañeros con pases y cambios de juego; eso, o que los compañeros no eran capaces de alumbrar a Raúl García con diagonales y desmarques, que también podría ser, oiga.

Ya en el pasado, Raúl García ha jugado más cómodo fuera del Calderón que en casa, donde la gente tiene poca paciencia con él y le hace saber con rapidez que le cae gordísimo. Raúl García ha escuchado los pitos que otros jugadores invisibles nunca han oído, a pesar de querer siempre el balón, de correr como el que más, de intentarlo todo y de mostrarse siempre que hay un compañero en apuros (incluso cuando es por su culpa y su afán de protagonismo). Pero Raúl García no ha caído en gracia, ya lo saben Vds, qué le vamos a hacer, y no hay ahora piedad con él a pesar de haber sido uno de los mejores jugadores en el principio de temporada. Tampoco ha ayudado él en ocasiones; para desesperación de sus partidarios, Raúl García tiene virtudes sólidas y poco vistosas muy valoradas por los futbolistas de barrio que sufren en el centro del centro (del campo) y fallos puntuales pero muy llamativos, y eso es suficiente para ser lapidado por la excéntrica afición del Calderón, ya saben Vds esto también.

Incluso si admitiéramos que Raúl García no es bueno, que no lo hacemos, o que no vale, que tampoco, o que está mal, que es algo que negamos, lo que parece claro y meridiano es que si alguien de la plantilla tenía que haber jugado el partido de ayer en el Pizjuán, ese era Raúl García. Raúl García, dicen los números, hace que el Atleti controle más los partidos, hace más incómoda la vida del rival y ayuda a que el equipo puntúe casi más que cualquier otro jugador. Ante un rival incómodo y pegón, Raúl García es un compañero necesario, esencial y valiosísimo para Assunção, para Tiago, para los centrales y para los delanteros. A uno le gustaría que lo mismo, pero mejor, se pudiera decir de Mario Suárez y hasta de Tiago, pero por ahora, a día de hoy, no es así. Ayer salió el Atleti sin Raúl García y el equipo se dobló por el centro como un papel de periódico, ante dos medio centros fuera de forma que jugaron cómodos frente a tres medio centros del Atleti y el equipo tuvo la pegada de un sobre de muestra de natillas.

Quique no sacó a Raúl García cuando lo más sensato habría sido lo contrario y no sabemos si lo hizo por apostar audazmente por Mario Suárez y quedarse con el crédito en caso de resultado favorable, por convencimiento profundo o por incompetencia suicida. Quizás lo hizo por ofrecer al pueblo, que recibió a Raúl García con el pulgar hacia abajo, la cabeza del gladiador más odiado en una pica, como ya hiciera alguna vez. Queda por ver si Quique seguirá confiando en Raúl García o en sus sustitutos, si se jugará doblar el equipo por la mitad como una oblea con tal de darle al pueblo la cabeza más preciada o si dará confianza a un jugador que siempre ha demostrado honradez, entrega y profesionalidad, cuanto menos. Menos mal que Raúl García, que para eso es navarro, es un jugador de equipo de esos que no se alegran si el rival marca con él en el banquillo.

3. Diego Forlán


En Sevilla Forlán jugo mal, que rima en asonante, y eso es evidente, que casi rima en consonante. Forlán estuvo desaparecido, desasistido y, algo es algo, algo menos protestón que en partidos recientes. Sólo, con poca ayuda de Fran Mérida y lejos de los medio centros que achicaban agua, a Forlán ni se le vio. No recibió balones, tampoco los fue a buscar, y echó de menos a Agüero. Forlán, ayer, fue un holograma de sí mismo.

Forlán tampoco es del agrado de parte de la afición del Calderón, vaya Vd a saber por qué; quizás sea por aparentar frialdad y desapego a los colores, quizás por haber reaccionado en algún caso de forma fea y desproporcionada, quizás por hacernos sentir a todos culpables cuando salimos de la ducha y, en vez de contar abdominales en el espejo, contamos curvas al estilo Anita Ekberg. A Forlán no se le critica mucho, que faltaría más, pero en cuanto no anda fino-fino sí se hacen oír voces críticas. Forlán, es cierto, transmite a veces la sensación de que, de estar implicado en el club con la intensidad con la que lo está con Uruguay, se sobrepondría a la pesada carga de jugar solo en punta partidos incómodos y tiraría de los compañeros incluso cuando van mal dadas. Pero cuando las cosas no le salen, cuando se le van los controles siete metros, cuando devuelve un melón peligroso o tira desde cuarenta metros a puerta teniendo un compañero bien colocado, Forlán muta en Hulk con tipazo y no hay quien le aguante: se enfurruña, se pelea con los compañeros, no mete el pie, no atiende explicaciones y arruga la nariz y bufa cuando alguien tiene el valor de pedirle cuentas.

Forlán, que es esencial y clave en este equipo, tiene estas cosas. Podrían repetirse los enormes méritos de Forlán, añadir enlaces a crónicas de esos partidos en los que él sólo ha tirado del equipo contra viento y marea, recordar esas veces en las que ha jugado de delantero centro, de diez, de ocho y de veintitrés ante la pasividad de los compañeros. Quizás Forlán esté pagando demasiados partidos seguidos, poco descanso tras el Mundial (y eso que vino más bajo de peso de cuando se fue, el tío) y la desesperación de jugar sin referencias. Quizás, quizás no. Pero un hecho indiscutible es que el Atleti necesita a Forlán y Forlán no puede pelearse con el Atleti y todo lo que significa cuando las cosas no le van bien, porque también le necesita. Esperemos que el tema se arregle en breve porque, ausente el Kun, es Forlán quien nos tiene que sacar muchas castañas del fuego. Contribuir a lo contrario, además de injusto, sería de una idiocia sólo al alcance de Indy (o Pitarch).

4. Diego Costa


Salió Diego Costa en el segundo tiempo y uno, con el colmillo empezando a retorcerse, se fijó en él. Primero se fijó en su aparente apatía, en su heterodoxa colocación y en sus carreras inútiles sólo en busca de una peña con su nombre. Pero, pasado un rato, Diego Costa empezó a hacer otras cosas. Empezó a correr y aparecer y llevar peligro, a recibir balones que hasta ese momento la actuación de Forlán hacían parecer inviables, a meter el cuerpo, a jugar al fútbol. Diego Costa pisó a un rival, cosa que está feísima aunque sea un rival que pisa aún más, y con ello pareció querer dejar una firma en el área: aquí estoy yo, firmado, Diego Costa.

Diego Costa recuperó en Sevilla parte del crédito que el que suscribe le había retirado, pisotones, discusiones y gestos feos aparte. Más móvil e implicado que en otros partidos, o quizás igual de móvil e implicado que en el resto de partidos pero con menos capas de desidia, Diego Costa alargó al equipo, le dio presencia en campo contrario y, esta vez sí, hizo cosas que uno espera para un tercer delantero. Y no solo el gol, ojo, no solo el gol.

5. Silvio Fernández Melgarejo

Sevillista, talentoso y salado, sigue buscando pelea. Es costumbre de este blog recordarle cuando el Atleti juega contra su equipo del alma. Quien no le conozca a estas alturas no tiene excusa posible.

¡Avanti con la guaracha!

viernes, 1 de octubre de 2010

Breves (pero larguísimas) reflexiones sobre el Atleti - Bayer Leverkusen

Sí, breves, aquí a esto se le llama "breve" ... ¿qué pasa?


El partido

Flojo. Un partido flojo. Todos los equipos tienen partidos flojos, sí, pero el de ayer fue un partido flojo, tirado miserablemente por falta de ideas y raza, un partido intolerablemente flojo, sin excusas.

El primer tiempo fue frío ante un equipo ordenadito y potente. Un partido ordenado y previsible ante un equipo más defensivo que ofensivo, cómodo, esperando que el rival fuera el encargado de hacer el fútbol; esto es precisamente lo que el Atleti aborrece y no sabe gestionar.

El Atleti, como los flamencos buenos, no disfruta de las veladas organizadas al milímetro sino de la juerga espontánea alrededor de una botella encontrada en un bolsillo, con una guitarra aparecida en un armario; así, gusta de partidos improvisados y algo anárquicos, de partidos en los que pasan cosas raras y se marcan goles que uno no espera y se pierden balones que casi nadie pierde y se expulsa a un señor por protestar cuando en realidad avisaba a un espectador de que se le caían las llaves.

El primer tiempo fue todo lo contrario: un partido previsible ante un rival en su sitio, sin alardes. La iniciativa para el equipo de casa y vigente campeón, el visitante a esperar, analizar e intentar aprovechar lo que por cerca apareciera. Lo previsible. La carga de crear juego y peligro, para los de casa. El Bayer esperaba y el Atleti debía crear. El Atleti tienen pocos creadores en el centro del campo, que es donde uno espera la creación, o tiene los suficientes, según se mire. Quizás Assunçao no sea lo que tradicionalmente se entiende por un creador, quizás Raúl sí lo sea pero algo menos de lo que la irascible y poco agradecida grada del Calderón espere. Quizás Reyes parezca válido para la tarea de crear, opinión que posiblemente no compartan sus compañeros de línea, previsiblemente hartos de su juego alocado, de sus slaloms gigantes y super-gigantes rematados en falta dudosa reclamada con grandes aspavientos y crujir de dientes. Si a esto se suma un delantero en mal momento de juego con mal humor de siesta interrumpida y otro que aún no ha encontrado la respuesta a la pregunta básica - ¿de qué quiero y sé jugar? -, entrar por las líneas del rival fue imposible en el primer tiempo. Mejor dicho, debió ser posible pero nadie dio con la tecla, dejando una sensación de impotencia y de cierta indolencia de campeón crecidito que cree que va a ganar andando, bastante molesta por cierto.

En el segundo tiempo se produjo un hecho novedoso: Quique hizo cambios que valieron para responder tácticamente al planteamiento del rival. Salió Tiago y salió Fran Mérida y el Atleti jugó más rápido, tocó más, quiso llegar arriba y al menos tiró a puerta. Mejoró el equipo el segundo tiempo pero no lo suficiente para darle la vuelta al partido, merecidamente empatado al final.

La grada

Fría, injusta a ratos, algo desesperada por fases. El Calderón no se llenó y había sensación de partido chico; quizás esta sensación fue la que hizo al equipo pensar que era un rival facilón que terminaría perdiendo, bah, total ya ganamos el año pasado y éramos los mismos o aún peores, bah, esto está chupao. La ilusión de la temporada pasada y del principio de liga parece haberse esfumado, quizás por culpa de las sensaciones transmitidas por el equipo en Grecia y el segundo tiempo de Valencia. Poco nos ha durado.

Impotente ante la realidad y poco partidaria de dar un vuelco al equipo con sus gritos, la grada fue fiel a sí misma y se comportó como viene siendo habitual en las últimas temporadas: cargando contra el que se enseña. Esta vez fue Raúl García, una vez más, el objeto de los pitos. Raúl jugó bien hasta que cometió un fallo, circunstancia que la grada aprovechó para empezar a silbar. Antes había hecho algún buen pase largo y había dejado claro, con sus gestos, que no era tan fácil entrar por donde se pretendía y que era necesaria ayuda de los compañeros. Poco importó la evidencia, y en cuanto tuvo un fallo la gente se le echó encima. No importaba si los compañeros ayudaban poco, no importaban los buenos partidos que venía haciendo hasta ahora, desde el tramo triunfal de la propia Europa League del año pasado: Raúl no ha caído en gracia y no hay más que hablar.

Cada fallo hacía incrementar la presión de la grada sobre el jugador, en perjuicio claro del equipo; a su vez, cada fallo minaba la moral y la paciencia de Raúl, harto a ratos, sin disimularlo. Raúl venía de hacer buenos partidos y ser clave en logros que echaron a la gente a la calle y a los bares, pero al tercer fallo la grada era un clamor contra él. Raúl jugó mal, sobre todo desde que notó que no se le perdona una, y Quique le quitó al medio tiempo. Para algunos, al menos le libró de una pitada si llega a retirarse durante el partido; para otros, terminó de apuntillar su autoestima tras la injusticia de la grada. Por suerte Raúl García es navarro y tiene la nariz grande, dos circunstancias que sugieren personalidad y arrestos. Esperamos que no le pesen los pitos, esperamos que sea consciente de que la grada del Atleti, lejos de saber cada día más de fútbol, sigue prefiriendo jugadores escondidos que driblan tres rivales cada diez partidos a compañeros comprometidos que no dudan a la hora de coger la responsabilidad de bailar con la más fea.

La defensa

Faltaba Godín tras su partidazo contra el Zaragoza y salió Perea de central. Salió también Ujfalusi de lateral y fue recibido con grandes fiestas por la grada tras el affaire Messi, algo que nos alegró. Junto a ellos, Domínguez, que siempre está bien aunque le toque pelearse con tipos gigantes que le sacan dos cabezas, y Filipe Luis Filipe.

La defensa, una vez más, estuvo bien. Quizás De Gea debió salir al balón del gol en el remate de Hyypia y no esperar, es probable. Por lo demás, la defensa fue solvente, una nueva buena noticia en esta línea. Perea, notable en el inicio de temporada, lució velocidad y cruce como en él es habitual y no se complicó en exceso; Domínguez, como siempre, sobrio y sin fallos de importancia. Ujfalusi, reservón el primer tiempo para lanzar galopadas a partir del minuto 55, como en él es habitual, llevó peligro y provocó la ocasión más clara, fallada por Reyes. Filipe Luis Filipe, algo menos brillante que en el debut, sí dejó la sensación de que vale para lo que se le ha fichado; hizo un remate absurdo que todo el estadio salvo él vio claramente que se iría alto y participó algo menos de lo esperado, pero funcionó. Nada que reprochar a esa línea.

La media

Parte del problema, aunque no todo, fue la media. Raúl García se enseñó, lo intentó en largo y en corto y se equivocó bastante. No encontró demasiado apoyo por el lado de Reyes, muy poco de la delantera, algo más de Simão. Su salida, triste por haberse producido tras unos pitos exagerados, trajo a Tiago y cambió el partido. Tiago aportó más sentido, algo menos de estatismo y más juego; quizás todo eso se produjo por la salida, también al descanso, de Forlán. Simão se vino arriba al final del partido y tiró del equipo más que el resto; Reyes se limitó a su juego de plaza de barrio, sin mucha aportación ni al equipo ni a la estadística pero tan agradable para los admiradores de los chupones de escuela andaluza, esos que tardan cinco años en primera para darse cuenta de que, levantando la cabeza, se ve que hay más gente en el campo y que con ellos es más fácil que gane el equipo.

Assunçao, este sí, empezó bien y acabó enorme. Al final del partido hizo valer su resistencia de fondista etíope y su concentración continua para hacerse él solito con el centro del campo y amargarle la vida a un montón de alemanes altísimos. Cuando el equipo pierde el fuelle y la fe, Assunçao tira de reserva de ambos y pasa por la izquierda a todos sus compañeros. Un titán, un seguro de vida, un tipo honrado y admirable.

Y la delantera

El Kun no fue titular y tampoco lo fue Forlán. En su lugar salió un tipo rubio que se le parecía bastante, algo distante, poco participativo, con pocas ideas y un genio insoportable. Forlán no fue Forlán, sino un compañero odioso encargado de pifiar balones y reclamar precisión al resto cuando osaban pifiar en su presencia. Quique le quitó y todo mejoró, quién nos lo iba a decir. Forlán acostumbra a empezar mal las temporadas y eso no nos preocupa; sí nos preocupa ese carácter avinagrado que ya hiciera a su padre pedir un triunfo a sus compañeros en la final de Hamburgo. "Ganen, por Dios", dijo, "si no, no habrá quien aguante a este tipo".

Por el doble de Forlán salió Fran Mérida, y no lo hizo mal. No nos atreveríamos a decir que lo hizo bien, pero mal no lo hizo. Confundido por la grada con Reyes por su tamaño similar y color de botas, provocó un penalti y aportó en jugadas de ataque. Quizás esté llamado a jugar de segunda punta en partidos abrochados, o por la banda con querencia al interior, o a conservar el balón en partidos alocados. Todo esto, ya lo saben, lo hacía otro jugador fan de El Juli con bastante poco tino hasta hace poco. Dios quiera que no les tengamos que comparar demasiado en un futuro.

Por último, Diego Costa. Diego Costa es un jugador incógnita del que la gente no sabe bien qué pensar, si bien hay quien ya empieza a tener una idea más clara de lo que realmente puede aportar al equipo. Porque Diego Costa es realmente un jugador desconcertante. Alterna fases de estatismo agudo con sprints sin sentido hacia balones a los que claramente no va a llegar; tiene cuerpo de tercera línea de rugby y toquecito de interior brasileño, pero le cuesta en exceso a veces retener un balón ante un defensa limitadito en espera de ayuda de la segunda línea; arranca con potencia y confianza ante un defensa rival, pero no tiene físico para frenar y termina saliendo por la línea de fondo, lamentando que el campo no mida cinco metros más. La aportación práctica de Diego Costa es limitada, y, si bien es cierto que ayer Forlán no ayudó mucho y que en ocasiones los compañeros le ignoran cuando lanza diagonales que le dejan en buena posición, también es verdad que muchas veces termina por perder lastimosamente balones en situaciones que, de ser gestionadas con oficio, darían ventaja al equipo. Peor aún, Diego Costa sale de titular en casa, ante su afición, en un partido que podría ser importantísimo para su futuro y, con frecuencia, transmite la impresión de estar totalmente despistado, vagando por el campo, andando, mirando a las musarañas, intentando recordar quizás las valencias del sistema periódico o la lista de los presidentes de la República del Brasil o bien de dónde viene la leyenda Ordem e Progresso de su bandera. Uno, qué quieren que les diga, espera más del tercer delantero del Atleti, del tipo que tiene que minimizar el impacto de la ausencia de Kun y/o Forlán, de alguien llamado a jugar casi enteros 15 o 20 partidos por temporada, muchos de ellos importantes. Y Diego Costa puede ser ese jugador si despierta, se involucra, no pierde la concentración y se da cuenta de lo que tiene entre manos.

La Europa League se complica, y sólo es culpa del equipo. El equipo ha salido a jugar silbando y con las manos en el bolsillo en los dos partidos que se llevan de la fase de grupo, y el resultado es más que malo. El Atleti debe ser consciente de que, si no juega a tope, si no están los buenos y si no hay intensidad no es más que un equipo del montón; el año pasado confluyeron una serie de carambolas cósmicas que no siempre se dan. Si nos lo creemos, estamos perdidos.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Crónica de un partido fácil que se complicó más de la cuenta

El Atleti ganó un partido por un gol y perdió un jugador por expulsión y otro por lesión, un balance peor de lo deseable.


En la vida, no lo negarán Vds, hay cosas dificilísimas: encontrarle el punto al arroz, entender el big bang, doblar un mapa de carreteras y que quede delgadito. Pero hay algo más complicado aún, no vayan Vds a creer, y es saber si en el otoño madrileño hace frío o calor. No si va a hacer frío o va a hacer calor, que eso siempre es complicado, sobre todo para los meteorólogos; no si hará mañana frío o si hará mañana calor, no, eso es normal que sea complicado de averiguar, y si no miren Vds las noticias cualquier día. En los días de principio de otoño en Madrid, ni los más viejos del lugar son capaces de decir si hace frío o calor. Algo tan sencillo, algo tan básico, algo tan natural; pues ni por esas, oiga.

A principios del otoño madrileño hace un calor horroroso al sol y hace frío a la sombra, y por ello las terrazas están llenas de gente que a un lado de la mesa lleva manga corta y gafas de sol y bebe cerveza y, al otro, tipos con cazadora cerrada a cal y canto que beben café con leche. La gente sale de casa en pantalón corto y las mamás les tiran por el balcón un jersey que al principio, como saben todos Vds, se rechaza con grandes aspavientos recordándole a la madre de uno la edad que uno tiene y luego, cuando cae el sol y llega el relente, viene la mar de bien.

En otoño, en Madrid, no hace ni frío ni calor sino que hace ambos a la vez. Uno no puede con otro y el otro no puede con el uno y así se produce un fenómeno térmico que no se lo explican ni en Harvard ni nada. En el mismo sitio, en el mismo lugar, con la misma ropa, uno tiene frío y el de al lado calor y ninguno consigue estar bien; no se explica la ciencia lo que ocurre, pero el caso es que ocurre. El madrileño, que de otras cosas (como por ejemplo de elegir alcaldes que no le frían a uno a impuestos) quizás no sepa, sí que sabe sobre este extraño fenómeno meteorológico y hasta le ha puesto nombre. En Madrid, en días de otoño, no hace ni frío ni calor; no hace bochorno ni hiela, no hace agradable ni desagradable: hace frejco. Frejco, con jota de jamón, jerigonza o jején. Frejco, los de Madrid ya saben de qué hablo:

- ¿Hace frío?
- No
- ¿Hace calor?
- No
- ¿Qué hace entonces?
- Hace frejco.
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Llegó la gente al campo un rato antes, aprovechando el frejco, y venía hablando de lo que todos: de los delirantes arbitrajes de los últimos días, de si todo es amarilla o si todo es falta, de si hay que expulsar a todo el mundo o sólo a la mitad, de si en Valencia perdimos dos puntos o ganamos uno, de si Luis Filipe se llama Filipe Luis o es al revés. Llegaban unos en pantalón corto y otros con jerselito de recambio, llegaban algunas de rojo y blanco y con sus hijas, la mar de guapas, mayores y mujercitas aunque equivocadas a la hora de elegir jugador favorito en el álbum de cromos, también de rojiblanco. Llegó todo el mundo al campo convencido de que había que ganar y que se iba a ganar, haciendo cuentas ante los tropiezos de los equipos que andan por la parte de arriba de la clasificación, que es donde tiene que estar el Atleti.

Salió el Atleti y, a la vez, salió el Zaragoza, un equipo al que uno tiene cariño por ser el equipo del alma de buenos tipos que son además buenos amigos y también por haber tenido el valor en su momento de hacerse cargo de Luccin. El Zaragoza salió por cierto al campo vestido de una manera que se puede definir en una única palabra: mal. Llegó, decíamos, el Zaragoza con Leo Franco, con Gabi y con Sinama Pongolle, que salió más tarde, y el público recibió al primero con una gran ovación, un detalle de esos que gustan. Leo Franco, un buen portero que cuajó estupendas actuaciones en el Calderón y dejó también un número considerable de fallos, un tipo que se fue del Atleti con lágrimas en los ojos, un portero cuya planta y enorme envergadura casi habíamos olvidado, se llevó una preciosa ovación dos veces, una al llegar al fondo y otra al retirarse lesionado. No se llevó el mismo tratamiento Gabi, que hizo un buen partido, quizás por haber visitado ya el Calderón varias veces y no haber logrado nunca conectar del todo con la grada. Tampoco se llevó ningún tipo de detalle Sinama, ese asombroso ejemplo de cómo se puede uno ganar la vida haciendo algo para lo que sólo estuvo dotado unos meses, el jugador que se fue del Atleti buscando minutos para llegar al Mundial, convencido según dijo de que para ello debería irse y jugar en un grande; el público no recibió con aplausos a Sinama, ese humorista, y uno no se explica que al menos no le hubieran recibido al grito de "cuñaooo".

Salió el Atleti con un equipo que invitaba a fijarse en varios jugadores en especial: en Filipe Luis Filipe, también llamado Luis Filipe Luis, el fichaje capicúa de relumbrón que aún no había tenido ocasión de ser visto; Tiago, que volvía al Calderón de titular tras su buena temporada pasada y un verano digno de la trama de "Doña Belha" Diego Costa, tercer delantero y pieza llamada a desempeñar el importante papel de dar descanso o sustituir a los delanteros titulares; y, Godín, jugador que había apuntado importancia hasta el momento. De ellos nos ocuparemos en detalle.

Empezó el partido y la gente se fijó en Filipe Luis Filipe. Hombre, mira, ya por fin, a ver éste. Qué flaco es, qué pelo más largo, ya era hora, decían unos; tiene nombre de brandy de La Palma del Condado, parece frágil, a ver si está recuperado, decían otros. Filipe Luis Filipe debió notar las miradas, pero no le afectaron. Filipe Luis Filipe la pidió, la devolvió, tiró un túnel, tiró de lejos, hizo paredes con Simao y estuvo comodísimo, sobre todo el primer tiempo. Filipe Luis Filipe dejó muy buenas sensaciones: bien colocado, rápido sin alardes, sensato en las combinaciones. Aprovechando ese tranco suave y largo de corredor de medio fondo de esos que apoyan sólo la punta del pie, se fue por la banda, tiró un autopase y le dio un gol fácil a Diego Costa, el único de la noche. La gente se dispuso a vitorearle, pero la falta de sincronía entre los que gritaba Luisfili-pé-Luisfili-pé y aquellos que exclamaban Fili-pé-Luís-Fili-pé-Luís dió al traste con el homenaje. Filipe Luis Filipe dejó una buena imagen e hizo a la gente soñar con una defensa con dos laterales con melena, uno diestro, moreno y jevimetal y otro zurdo, rubito y parecido a María Ostiz, puro contraste en las bandas, puro despliegue capilar.

En la media salió Tiago, titular por primera vez. La grada entendió que lo que se pretendía era dar descanso a Raúl García, quien se ha ganado los galones y la titularidad desde hace unos partidos. Tiago llegó con la misión de poner eso en cuestión y, a juicio del que suscribe, no lo consiguió. Empezó sin tener claro su sitio, confundiendo a Assunçao en los primeros minutos del partido, comiéndole terreno o bien alejándose de su sitio correspondiente, sacando el balón por detrás mientras Assunçao presionaba más adelantado. Poco a poco se fue entonando, recuperó algunos balones rebañando a ras de césped y se encontró más cómodo; no fue, sin embargo, el jugador valioso que se apuntó en algunos partidos del año pasado. Tras jugar una hora le sustituyó Mario Suárez, que estuvo discretito, algo falto de rabia en algunos balones a los que había que llegar con fuerza, algo falto de claridad a la hora de jugar balones cuando el equipo estaba con uno menos. Eso sí, gracias al cielo por esa zona jugó Assunçao; si bien al principio no parecía estar a gusto con Tiago, terminó echándose la responsabilidad a las espaldas cuando el equipo tenía uno menos, robando balones en inferioridad, perdiendo también algún balón peligroso, y lanzándose al ataque por la banda en una acción en la que el linier mereció ser expulsado por obstaculizar la carrera del jugador local. Con Assunçao, ya lo saben Vds, siempre se puede contar y ayer no era una excepción.

Por delante de la media jugaron Forlán, impreciso y fallón toda la noche, y Diego Costa. Este último metió el gol del triunfo y pudo meter otro que paró sin mucha dificultad Doblas. Diego Costa venía a despejar dudas y, en efecto, despejó algunas. El partido de Diego Costa gustó a la gente, que le aplaudió en su salida, pero no al que suscribe.

- Pues yo le vi que aplaudía
- Sí, porque lo dijo Perea

Diego Costa mostró todo el partido esa sensación de despiste tan suya, de no saber bien qué debe hacer en determinados momentos. Bajó a buscar el balón muy cerca de los mediocentros durante el primer tiempo, contribuyendo al barullo general y privando al equipo y a Forlán de una referencia para lanzar los ataques. En el segundo tiempo sesteó a ratos y cuando el equipo quedó con diez mostró una falta preocupante de forma, de concentración y de compromiso: siempre diez metros lejos del sitio apropiado durante los últimos minutos del partido, perdió algunos balones por querer regatear más de la cuenta y no llegó a otros por arrancar tarde y lento cuando la inferioridad requería electricidad y rabia. Contó con la breve ayuda de Agüero, que salió al campo en el minuto 75, coincidiendo con la salida airada del estadio de los integrantes de la Sacra Liga Por El Buen Gusto Capilar, que abandonaron la grada en medio de grandes aspavientos y rotura pública de abonos. La salida de Agüero, quien falló en casi todas las acciones en las que intervino, sirvió para que el equipo mantuviera un poco más el balón en campo contrario, y menos mal que fue así.

- ¿No dice Vd nada del Zaragoza, oiga?
- Pues sí, mire ahora.

Y es que el Zaragoza, a pesar de tener un jugador más y media hora por delante e ir por detrás en el marcador, no hizo mucho por ganar. Sin hacer un buen partido, el medio campo del Atleti le ganó la batalla el primer tiempo, período en el que el Zaragoza en pleno prestó más atención a pelearse con Simao, entonado sin el brillo que la grada reclama para atribuirle un buen partido pero acertado en casi todo, que a hacer fútbol. Pero el Zaragoza dejó una sensación gris y sólo destacaron la comodidad con la que jugó Gabi y la calidad de Ander Herrera, jugador llamado a tener un papel más protagonista en un equipo con aspiraciones, sobre todo si limita esa tendencia suya a pelearse verbalmente con todo el que se cruza. En el segundo tiempo y gracias al árbitro, tuvo una ocasión regalada por dos veces para empatar, pero alguna lumbrera encomendó a Sinama Pongolle la misión de meter un gol de libre indirecto dentro del área, un lance posible para un jugador medio pero lejos del alcance del flojo francés. A raíz de esa jugada llegó por cierto la expulsión de Reyes, experto en hacer inconveniencias en los peores momentos, en víspera de partidos importantes, en fases de desquicie arbitral.

Que Muñiz Fernández cae gordo por esa gomina y esa obsesión por ser el centro de atención, sobre todo en partidos televisados, está claro. Que ayer estuvo especialmente mal, pitando lo que no era y amonestando a todo el que pasara cerca, también. Que los árbitros son a veces causantes de que los partidos se echen a perder y de que la gente salga de sus casillas, es cierto, y más cierto aún cuando se trata de un tipo chulesco, protagonista e incompetente como el de ayer. Pero ni eso justifica la torpeza de Reyes, que tuvo a bien aprovechar el barullo general para, en medio del campo, sin nadie para taparle y a vista de todos, empujar a un rival que salía a hacerle un bloqueo, ponerle en bandeja que se desplomara como alcanzado por una flecha envenenada y regalar a Muñiz Fernández ese minutito de gloria que tanto le gusta. Reyes, ya apodado hace tiempo Casito Perdido de Utrera, tiene estas cosas y ya lleva un promedio de expulsiones digno de un carnicero del área; ha conseguido, a pulso, que sin haber visto la jugada la gente tienda a pensar que alguna tontería habrá hecho siempre que se lleva una tarjeta. Reyes, además, no tiene en la plantilla mucho sustituto lógico y Quique tendrá un problema para Sevilla, donde las bandas serán importantes y la alineación de tres pivotes, visto lo bisoño de Fran Mérida, podría ser una fórmula apropiada. En fin, una vez más, gracias, Reyes.

- ¿Y de Godín? ¿No iba a hablar Vd de Godín hoy?
- Que siiiiiii

En un partido que el Atleti no jugó bien y se complicó solo, destacó la defensa. Si bien la primera parte de la frase anterior era de aplicación frecuente otros años, la segunda ya no tanto. Ayer la defensa fue con diferencia la mejor línea del equipo, empezando por Filipe Luis Filipe, de quien ya hemos hablado, y pasando por Perea. Perea lleva varios partidos bien jugados y nadie le echa cuenta, pero ahí queda. No tuvo demasiados problemas, es cierto, pero se sumó al ataque dando un magnífico pase al Kun en el segundo tiempo y entrando con aires de carrilero clásico hasta la línea de corner y metiendo un balón al segundo palo que nadie remató, en el primer tiempo. Perea tiene pinta de acabar jugando este año 25 partidos de titular, gracias a que no se lesiona, a que juega de central y lateral y a que sus compañeros de línea se ven obligados a emplearse a fondo en todos los partidos. Si sigue en esta línea, será una pieza valiosa.

Pero, para valiosos, los dos centrales. Domínguez jugó como en él es habitual, esto es, bien: bien por alto, bien al corte, cómodo en la marca, sin errores de bulto. Poco trabajo tuvo De Gea, y el que tuvo lo cortó antes Domínguez y, sobre todo, Godín. Godín venía haciendo buenos partidos y haciendo a la afición levantar la ceja alguna que otra vez por su querencia a salir con el balón jugado hasta el centro del campo. Una vez lo hizo ayer y al menos otra vez lo intentó, pero con criterio. Además, completó un partido enorme haciendo las veces de capitán de la línea, sacando a los compañeros, llegando a las ayudas, rematando un corner y dando la cara más que ninguno en los balones difíciles. Tanto se empleó Godín que se acabó por lesionar en una jugada que parecía haber acabado en un simple pelotazo y que terminó con Godín retirado en camilla y con un esguince cuyo alcance exacto no se conoce bien aún. Al haber hecho los cambios, Godín volvió cojeando al campo y jugó los últimos minutos lesionado. Algún compañero que sin duda tampoco optará al Nobel este año tuvo a bien jugarle un balón retrasado a pesar de la evidente cojera, y aún así jugó los minutos más difíciles como uno más. Grande el partido del uruguayo ayer, y grande el agujero que dejará si se confirma la lesión.

El Atleti se complicó, en parte por su propio juego limitado y en parte por un arbitraje infame, un partido que debería haber solucionado rápidamente. El rival no le inquietó demasiado, pero aún así sólo marcó un gol y, lo que es peor, perdió a un interior sin recambio y a un central con galones. El Atleti tiene un buen equipo titular y unos suplentes a los que se echa de más con freccuencia; no es el mejor panorama para ir al Pizjuan a jugar contra un equipo al que vendría bien ganar aprovechando el momento complicado que vive y meter puntos de por medio. Eso sí, llegará con Manzano en el banquillo, lo que no es una buena noticia para el Atleti. Mientras tanto, eso sí, las cosas siguen según el plan establecido, que en este equipo no es poco.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Esperanzadora y desesperanzadora crónica del Valencia - Atleti (que aún no nos aclaramos, oiga)

Si el Atleti perdió dos puntos o salvó uno no queda claro a estas alturas.

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- A ver, que levante el dedo el que sepa contra quién jugó el Atleti ayer. Usted, el de la camisa de manga corta azul clarito, a ver.
- Contra el equipo ché.
- Expulsado. A la calle, oiga
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Jugaba el Atleti en Valencia en miércoles a las 10 de la noche, que es tardísimo para casi todo y demasiado pronto para casi todo lo demás. Es tarde para cenar luego, tarde para llevarse un disgusto e irse directo a la cama enfadado, tarde para verlo lejos de casa si al día siguiente hay que madrugar y tarde para llevarse un alegrón e irse a un bar a celebrarlo. Es pronto para cenar antes, pronto para acostarse y esperar al próximo día a ver qué ha hecho el equipo, pronto para desayunar y pronto también para irse a hacer cola en la puerta de la oficina, que esas cosas no las agradece luego nadie. El fútbol de ahora tiene estas cosas y lo peor es que nos vamos acostumbrando: hay partidos a todas las horas posibles, todos los días posibles y en todos las cadenas posibles, y el único patrón general es que los partidos son cuando le viene bien a la televisión y no necesariamente cuando le viene bien al hincha.

Cualquier día les dará por jugar los partidos por trozos y no diremos ya nada: mire qué bien, oiga, tome nota: el Atleti juega la primera parte de su partido de Copa contra el Universidad de las Palmas el miércoles de cinco a seis y cuarto. Aprovechando que por las islas anda el Osasuna, jugarán de siete a ocho contra ellos el primer tiempo del partido de ida de liga y quince minutos de la vuelta, que el día que toca al Osasuna venir a Madrid no puede jugar el partido entero, porque juega a las tres contra el Getafe - horario para el mercado asiático - pero sólo el segundo tiempo, que el Getafe sale ese mismo día para Benidorm a jugar un amistoso que se dará en directo en la televisión kurda y no puede llegar más tarde de las seis, que no sabe Vd cómo son los kurdos con la puntualidad. Si llega el Atleti a la prórroga o los penaltis en el partido de Copa, eso sí, para jugar ya nos vamos al 26 de Enero, festividad de San Tito, que antes no tenemos tiempo; por eso hagan lo posible por resolver el partido en el tiempo reglamentario, que por San Tito gusta el Levante FC de jugar la segunda parte del derbi regional contra el Hércules por ser este santo, discípulo de San Pablo y cabeza visible de la iglesia de Éfeso, el protector de la federación levantina y santo patrón de varias peñas locales; así que si no andan listos, andaremos achuchados.
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Se dispuso el aficionado atlético a ver el partido, y esta vez lo hizo en su mayoría en casa, y como mandan los cánones domésticos: en pantuflas, pantalón de esquijama, camiseta de publicidad y cervecita. Se sentó en su sofá y puso la tele para ver la Sexta y entornó los ojos: uno no sabe si fue una catarata propia o un error general o una nueva forma de retransmitir los partidos, pero la imagen se veía rara, ni nítida ni borrosa, ni bien ni mal, rara, rara, como si delante de la pantalla hubiera una lámina de aceite. Entornó los ojos el aficionado, se limpió las gafas, puso cara de chino y, al ver que no mejoraba la imagen, se lo dijo a su mujer. Ésta, tras mirar detenidamente la pantalla, no dijo nada y se llevó la cerveza, cambiando la jarrita helada llena de Mahou por un poleo templado que supo a rayos al resignado y achinado aficionado.
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Salió el Atleti vestido de Atleti cuando nos temíamos lo peor, y lo hizo con una alineación previsible teniendo en cuenta las ausencias forzadas de Agüero y Ujfalusi. Salio Diego Costa por Kun y salió Perea por Ujfalusi. Salió además Antonio López de lateral, liberando a Domínguez de la tortura que le supone jugar fuera del centro de la defensa y sembrando aún más dudas sobre el estado físico de Filipe Luis Filipe - en adelante nos referiremos así a él dado que tanto Filipe Luis como Luis Filipe son fórmulas comúnmente utilizadas en las tertulias colchoneras. Tras ya un par de meses, tras muchos entrenamientos, muchas esperanzas y bastantes millones, Filipe Luis Filipe aún no juega y sólo calienta, para desconfianza de la hinchada que espera verle pronto como lateral titular y amo y señor de su banda, pero de este lado de la cal.

Por la derecha jugó Perea con botas tan blancas como su dentadura profidén e hizo un partido más que notable. Perea, que siempre pifia una como bien sabe la parroquia, juega bien últimamente, en especial como lateral y más aún ahora que parece haber renunciado definitivamente a complicarse la vida cuando le achucha el rival. Perea estuvo bien al corte, contundente cuando hizo falta e intratable cuando le encaraban; Aduriz metió el gol en pugna con él, sin que a juzgar del que suscribe hubiera error suyo en el gol. Sacó algún buen balón en largo y, eso sí, rara vez subió la banda. Fue esto último lo que hizo al personal acordarse más de Ujfalusi, el protagonista de la semana y alternativa en ataque siempre que puede, sobre todo en los últimos minutos de los partidos. Ujfalusi tiene ahora un merecidísimo apoyo popular, el que uno entiende que merece, obtenido sin embargo tras el affaire Messi y el desproporcionado y desnortado tratamiento dado por la prensa al asunto. Carambolas de la vida, Ujfalusi ha llegado a tener el peso entre la hinchada que merece por un asunto desafortunado; por el contrario, Perea, señalado el año pasado como cáncer del equipo y objeto de las burlas de mezquinas aficiones rivales, lleva unos buenos partidos desde que comenzó el año y tampoco se acuerda nadie de él. Lo normal sería que, ante la vuelta de Ujfalusi, fuera éste el lateral derecho titula y Perea quedase como recambio para el checo y los centrales, con riesgo de caer aún más en el olvido y volver sólo de vez en cuando, con el riesgo de pifia que ello supone. Así que, como aquí somos así, en vista de lo que hay y de lo que puede venir, en agradecimiento le damos a Perea un párrafo entero y además de los gordos.

El primer tiempo invitó a la esperanza. El Atleti, sin hacer un juego brillante, jugaba cómodo, junto, serio y parecía un equipo. No sufría en exceso, demostraba saber a qué jugaba, transmitía saber qué tenía que hacer. El Valencia jugaba algo molesto por la superioridad del centro del campo del Atleti, con dos medios peleones, sólidos y mejores que sus rivales. Raúl García, de nuevo entonado y potente, dejó entrever un defecto que, si llega a pulir, le hará un jugador aún más completo. Tiene uno la sensación de que Raúl García, en ocasiones, se duerme un instante tras una buena acción. Recupera un balón, se anticipa, gana la ventaja al rival y, click, tiene un breve ataque de narcolepsia que le empuja a hacer un mal pase, a dudar un instante, a volver a perder el balón; no es cuestión de intensidad, que le sobra, ni de concentración, que tiene para regalar al resto, sino un puntito quizás de oportunismo, de viveza, de evitar el error por precipitación tras una buena recuperación, de combatir el síndrome Bejbl. Dicho esto, uno ve muy difícil la entrada de Tiago en el equipo titular si Raúl García, que parece ser consciente de que esta es una buena temporada para dar un puñetazo en la mesa, sigue en esta línea. Más confiado y con más presencia, complementa además a Assunçao, enorme una vez más en esfuerzo, presencia y generosidad, gracias a su juego en largo; ayer dejó varios pases para la galería, incluido uno a Forlán que, de haber estado listo el urguayo, habría acabado en gol.

Fue Forlán precisamente quien, a pesar de estar poco preciso toda la noche, inició la jugada del gol. Forlán falló hasta tres ocasiones claras y anduvo algo errático, quizás desasistido por el indefinible Diego Costa; pero, tras un corner rival cortado por la defensa y tras dar la sensación de que iba a ralentizar un contraataque de libro, Forlán hizo un pase magistral a Antonio López. El toque de éste y la definición de Simao, frío y preciso como un cirujano, se convirtieron en el gol del Atleti y de paso en una preciosa jugada de contraataque, ese lance tan bonito cuando se hace bien. Simao tiene estas cosas: quizás no esté a su mejor nivel, quizás se hunda físicamente en los segundos tiempos, pero deja con frecuencia fogonazos de jugador grande y detalles de jugador listo. Hoy por hoy, resulta difícil pensar en no tenerle como titular aunque deje alguna duda de tanto en tanto.

Con el gol el Atleti, como es ya costumbre, reculó. Esto es así desde los tiempos de Aguirre, ya lo saben Vds, y empieza a ser seña de identidad del equipo. Ayer, sin embargo, la sensación hasta el final del primer tiempo fue distinta a otras veces. No dio sensación el Valencia de poder acercarse mucho e incomodar a la defensa, no dio sensación el Atleti de perder el control. Estando los medio centros entonados y Simao con fuelle, estando la defensa más sólida, es difícil que el Atleti pierda los papeles como antes. Sólo dos dudas dejó el Atleti en el primer tiempo: la primera, Reyes; la segunda, Diego Costa. Reyes juega bien cuando tiene fondo. Encara, la pide, hasta defiende y trabaja. A estas fases de trabajo le siguen otras en las que ejerce de liberado sindical durante un rato. Mientras puede y quiere, busca a Diego Costa con frecuencia, y éste responde. También Diego Costa, cuando tiene fuelle, persigue rivales, fija defensas, tira diagonales y mete el cuerpo. Ahora bien, altera fases de trabajo serio con protestas sorprendentes, períodos de desaparición, despiste y huelgas temporales. Forlán nota su presencia y nota sus ausencias, aunque en ambos casos echa de menos al Kun y reza a San Tito para que vuelva pronto.

Tras un primer tiempo esperanzador y serio, cambiaron las cosas. El Atleti se mostró en la primera mitad como un equipo: junto, con apoyos, con relevos en las marcas y despliegue físico incluso tras el gol, cuando dió el paso atrás. El segundo tiempo fue otra cosa. Perdida la batalla en el centro del campo por la superioridad de Raúl García y Assunçao, Emery vio claro que algo había que hacer. Ante el asedio, el paso atrás y el hundimiento físico de los interiores, Quique se quedó en blanco. Emery metió a Soldado, un jugador incómodo, protestón y peleón que junto con Aduriz forma una delantera rabiosa y con malas pulgas. Viendo el estado físico de los interiores, Emery mandó al equipo a jugar por las bandas y aprovechar el revuelo formado por sus dos delanteros en el cogollo del área del Atleti. Quique, por su parte, reaccionó tarde, poco y sin mucha imaginación, poniendo de nuevo en entredicho su capacidad para variar esquemas, reaccionar a los cambios del rival e inventar soluciones, como ya ocurrió con el Barça.

Se tiró el Valencia en tromba a por el partido con una actitud y una intensidad que gustó al que suscribe, haciendo sospechar hasta el más optimista que las cosas se iban a poner feas en breve. Si bien la defensa del Atleti no es la que era, si bien Godín (persistente en sus fases breves de enajenación) saca con contundencia el balón cuando hace falta y corta y juega si es preciso, si bien Domínguez sigue en su sobria y eficaz línea, no puede dejar de mencionarse que el verdadero protagonista y héroe ayer fue, de nuevo, De Gea. La defensa ha mejorado, es cierto, pero no es de recibo que el portero tenga que sacar hasta tres remates cómodos en quince minutos; asfixiados los interiores, no es de recibo que sigan ambos en el campo durante veinte minutos hasta que el banquillo reaccione; desconectada totalmente la delantera, no es de recibo que sigan dos puntas, uno de ellos físicamente desaparecido, hasta el final del partido.

El Valencia presionaba y demostraba que, habiendo perdido dos piezas claves, sigue siendo un buen equipo que ha ganado, además, en agresividad cuando juega con sus dos malhumorados delanteros centro. Si el Atleti aguantaba el chaparrón era por el despliegue de los medio centros (resaltable la actuación de Assunçao en constante apoyo de Perea, sacando entre ambos muchos balones de atrás al alimón en plan pareja artística de gemelos) y, sobre todo, por De Gea. Hasta tres nuevos paradones hizo el portero, diez en tres días si sumamos los del Barcelona. Una gran noticia y una noticia malísima: el Atleti tiene por fin un portero de los que da puntos al equipo, pero a la vez sigue dando facilidades a los rivales para que tiren a puerta. Los achiques desesperados de la defensa llegaban una y otra vez al Valencia, que esperaba cómodo el despeje alocado o el pase impreciso de defensas y centrocampistas del Atleti, incapaces de hacer llegar a la delantera un balón en condiciones. El Valencia dejaba espacio atrás, se volcaba hacia la portería del Atleti y un pelotazo, incluso sin mucha precisión, habría provocado un contraataque peligroso. Pero ni el centro del campo tenía oxígeno suficiente para ver con claridad a dónde centrar el balón, ni Diego Costa estaba en disposición de hacer sprints de cincuenta metros, ni Forlán tenía su día; Agüero, eso sí, se habría puesto las botas en la misma situación. La entrada de Fran Mérida, si bien buscó más control y presencia, terminó dejando interrogantes sobre el sitio en que éste debe jugar y sobre si tiene el empaque suficiente para mantener el balón cuando hace falta. Quique, espeso como el punto de esa bufanda que volverá a lucir en cuanto la temperatura media baje de los 25 grados, no supo qué hacer y no quiso hacer cambios, aún obvios, hasta bien entrada la segunda parte. El Atleti tiene un problema ahí, no hay duda, y si el primer tiempo dejó ver un horizonte despejado, el segundo trajo nubes de tormenta.

El Atleti empató un partido que, visto el primer tiempo debió ganar cómodo y, visto el segundo, pudo perder perfectamente. El punto en Valencia es valioso si se analiza en frío, pero da rabia cuando se ve cómo se consiguió o más bien cómo se dejó ir una victoria posible; posiblemente en Valencia pase al revés, y lamenten su primer tiempo tras haber demostrado que, a la carga, merecieron mejor suerte. El equipo dejó ver un bajón físico que puede ser lógico pero es también preocupante. También se puso de manifiesto que, fuera del equipo titular, las dudas siguen vigentes.

El Atleti lleva 7 puntos de 12 posibles. Ha perdido en casa con el Barça, algo admisible. Ha empatado en Valencia, que no es mal resultado y ha ganado en Bilbao. El calendario será más benévolo más adelante, pero por ahora la botella puede verse medio llena o medio vacía, siendo lo segundo excesivamente cenizo a estas alturas. El equipo claramente juega mejor cuando tiene fuelle y tiene a los titulares; los suplentes y el estado físico dejan dudas. Hay cosas que invitan a la esperanza y otras, a lo contrario. No está el equipo para encomendarse a San Tito, pero tampoco para tirar cohetes. Confiemos.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Crónica del Atleti - Barça, o elogio del líbero y los buenos modos

Llegó la afición al campo con camisa limpia de partido grande y se fue con mala cara por haber perdido el partido y haber visto un gesto feo.


Decía el aficionado medio, el de caña previa y vino post partido, el que mira de reojo los resúmenes en el bar, el que queda con los amigos una hora antes y pregunta cómo lo ves y responde no sé, yo creo que hoy ganamos pero vamos que no sé, estos son muy buenos, decía ese aficionado que ojalá todos los partidos del año fueran el de ayer. Llegaba el Barça al Calderón, venía un equipo lleno de estrellas cercanas al que no se cansa de ver el aficionado a este deporte, un equipo que, rivalidades y oportunidades y clasificación aparte, no puede caer sino bien gracias a la forma de ser de la inmensa mayoría de sus jugadores. Un equipo, uno cree, histórico al que merece la pena ver cuantas veces sea posible para contar a los nietos si, yo vi a ese equipo en el Calderón no sé cuantas veces, le vi perder y le vi ganar, vi a Xavi fallar un pase y hacer tres mil bien, vi a Iniesta regateando rivales con un movimiento de barbilla, con la cabeza alta y sin mirar el balón, sin agachar la vista, sí, vi a Agüero romper cinturas como antes vi a Torres marcar una y otra vez contra ellos, sí, yo les vi, miren Vds qué bien. Llegaba el Barça, un equipo contra el que las victorias son dulces y las derrotas no tan amargas, un equipo contra el que el Atleti suele jugar bien y sacar la casta, un equipo que suele regalar grandes jugadas, goles para el recuerdo, domingos de esos de sonrisa hasta el jueves. Llegaba el Barça y el Calderón y sus alrededores estaba precioso, como en los días grandes, con buen tiempo y aceras repletas y camisetas rivales entre las locales y la gente esperando lo más grande.

Salió el Atleti y salió enfrente un equipo vestido de neurocirujano de corto, con camiseta verde hospital y pantalón azul, un equipo vestido de otro equipo que sin embargo resultó ser el gran equipo que esperábamos. El Atleti salió vestido de Atleti y con la única alineación que uno esperaría o quizás no: con Domínguez de nuevo de lateral izquierdo, frente a Alves, con Perea de central. El resto, lo esperado mientras no se manifieste el virtual Filipe Luis, lo normal mientras Tiago no haga méritos para buscarse un sitio o mientras Agüero no descanse tras una lesión.

Salió el Barça con un dibujo nuevo que era la comidilla en los pasillos del estadio en el medio tiempo: con tres centrales cuando sacaba el balón y cuando defendía, con dos laterales muy abiertos y adelantados en la fase inicial del juego, sin delantero centro, con un equipo que jugaba con siete u ocho centrocampistas, según las fases. La atención, por supuesto, estaba en la defensa: Busquets salió de líbero, mandando y barriendo tras dos centrales apoyados en los lados, y la noticia alegró a Franz Beckenbauer y Franco Baressi, quienes, al ver el planteamiento del partido, se echaron hacia adelante en el sofá, se pusieron un cojín en la barriga y abrieron los ojos, más brillantes que otros días. Mira, niño, un líbero, decían los aficionados con canas, dando codazos al sobrino, ¡un líbero! ... ¿Papá? ¿Sí? ¡Un líbero! ¡Ha salido un líbero!, decían otros llamando por teléfono a sus ancianos progenitores con la emoción del que ha visto el último tigre albino, un quetzal o un lince ibérico. ¿Pero qué me estás contando? Que sí, que sí, que en el campo hay un líbero, que yo lo he visto, lo he visto claro y meridiano, está ahí, a ojos de todos. Inmediatamente se suspendió una sesión de la ONU, se decretó un alto el fuego en un frente bélico africano, la Patrulla Águila fue movilizada por si alguien les pedía sobrevolar el Calderón en vuelo rasante para celebrar el evento y se colapsaron las centralitas de Iberia por la gran cantidad de llamadas de teléfono recibidas desde asociaciones de amigos del Yeti y buscadores del Big Foot y el Sasquatch, locos por venir a Madrid a estudiar el prodigio, tan esquivo como sus objetivos tradicionales. En el campo había un líbero, un líbero otra vez, un líbero, alabado sea Luiz Pereira.

La salida de Busquets como último hombre trastocó al Atleti. ¿De qué juega ese?, decía Agüero. De líbero, decía Forlán, antes se jugaba así, eso me dijo mi padre. Anda, ¿sí? qué me dices, qué cosas tiene Guardiola, se ve que ese gusto por el jerselito retro le ha llegado también al estilo de juego. ¿De qué juega eseeeeeeee?, preguntaba a voces Raúl García a todo el que pasaba, y probablemente fueran esas preguntas las que le hicieron cometer fallos de esos tan escandalosos suyos en las primeras tres, cuatro pelotas que tocó. El Atleti parecía haber salido a apretar al Barça arriba, contando con Busquets por delante de la defensa; pero delante de la defensa no había nadie, había un espacio y, al final de ese espacio, Xavi e Iniesta, ahí es nada. Kun, tocado tras la lesión de Bilbao, no estaba y Forlán corría y corría pero no encontraba nadie cerca a quien presionar, estando Busquets tan atrás. Assunção y, sobre todo Raúl García esperaban, más cerca de la defensa, dando metros a los que piensan en el Barça. El resultado, ideal para el rival: entre Busquets y los centrales sacaban cómodos el balón hasta Xavi e Iniesta quien, con metros por delante (salvo arreones de Assunção) y con dos laterales abiertos, Messi y Pedrito omnipresente, no tenían demasiado problemas para controlar el partido. Sólo Villa parecía despistado, aunque no lo estuviera tanto.

Con la defensa del Atleti algo adelantada y los medio centros muy cerca de ella, el Barça acumulaba centrocampista en una franja limitada de terreno. Ahí es donde se ve la calidad de los barcelonistas: con espacio son buenos, con poco espacio, también. Hasta ocho jugadores ocupaban una parcela de campo relativamente estrecha cuando el Barcelona atacaba y Busquets adelantaba a los centrales; Alves, además, ocupaba toda su banda y estrechaba aún más la zona en la que se movía el resto. Éstos, con toques de fútbol sala, combinaban y combinaban mientras Assunção y Raúl perseguían el balón e intentaban tapar espacio. Dos centrocampistas son pocos para aguantar tal chaparrón y se echó de menos más ayudas de Simão y Reyes. Domínguez sufría de lateral, Ujfalusi no tanto. Perea se limitaba a cruzarse y correr y hacer su pifia reglamentaria en medio de un buen partido, Godín mandaba aunque dejando detalles de esos suyos que le hacen a uno maldecir: salir más lejos de lo recomendable, intentar un regate más antes de dársela a un centrocampista, dudar en un despeje.

Controlado el centro del campo, era cuestión de tiempo que el Barça tuviera un tiro claro. Un balón en profundidad a Villa acabó en un palo, el rechace en otra jugada, en otro balón profundo y en un buen gol de Messi de toque sutil. En la grada llamaba al atención la facilidad con la que jugaba el rival, cundía la sensación de que podrían verse muchas más jugadas parecidas, de que jugar en el centro del campo del Atleti ayer debía ser un infierno. Empató Raúl García de cabeza aprovechando una pifia de Valdés, mala señal dado el poco trabajo que tuvo, y celebró el gol casi solo, qué cosas tiene a veces este equipo. El Atleti se encontraba con un empate afortunado y tocaba defender la situación. No se hizo: falló Godín en un balón alto y marcó Piqué. El Atleti dejaba ir el golpe de suerte del empate, y el partido llegaba al descanso con la sensación de que en pocos partidos se había visto tan cómodo al Barça y en pocos partidos tan incómodo e impotente al Atleti.

Cambió algo el equipo en el segundo tiempo, pero no lo suficiente. Desaparecido Agüero por problemas físicos y desarbolado el resto por exceso de trabajo, parecía necesario dar un giro al asunto. Quique demostró no tener plan B y estar superado claramente por Guardiola. Pudo meter a Tiago, abrir los interiores, dejar a Forlán sólo en punta. Pudo echar a Forlán más atrás a defender el primer por delante de los medio centros, pudo meter otro interior y subir a Reyes a la media punta, pudo obligar a los jugadores a jugar a un toque, o sólo con la izquierda, o hablar en esperanto entre ellos para sembrar el desconcierto en las filas rivales. Pero Quique no pareció tener herramientas para cambiar el partido. Cambió cromo por cromo, punta por punta, lateral (con tarjeta) por lateral. El cambio de Domínguez fue sintomático, en el banquillo no había ideas y se intentaba, al menos, evitar males mayores.

El Barça aflojó, cómodo en el partido, y el Atleti apretó más. Poco se le puede echar en cara a los jugadores ayer. En alguna ocasión dejaron entrar a Messi hasta dentro, mirando cómo lo hacía, es cierto; en otras, Forlán no metió el pie en los balones que requerían jugársela, es posible; pero, en general el equipo intentó capear el temporal con lo que pudo y, así, milagrosamente, llegó a falta de diez minutos con un gol de desventaja, sólo uno.

Aquí el único pero que se le puede sacar al equipo, visiblemente a merced del rival el resto del partido: no haber tocado a rebato, no haberse lanzado en busca de un punto que habría sabido a gloria y podrá ser importante en el futuro. ¿Qué diferencia habría habido entre perder ayer 1-2 o 1-3? ¿Por qué no se lanzó el Atleti a un asedio suicida del equipo rival, a buscar un gol de barullo, de rebote, de espaldazo de esos que la prensa ensalza como golazo según quién lo mete? Quizás el Atleti se reservara para los próximos partidos y prefiriera no arriesgar tarjetas o fatiga en los últimos quince minutos, quizás el Barça les tuviera comida la moral o quizás simplemente no fuera posible.

Y quizás simplemente no fuera posible porque, de no ser por un único factor, el partido de ayer normalmente habría acabado 1-4 o 1-5. Ese factor, naturalmente, fue David De Gea. Uno, que no lleva tanto en esto pero que ya lleva un rato, no recuerda una actuación de un portero del Atleti como la de ayer. Sí recuerda a algún portero rival parando cuatro, cinco goles claros, sí recuerda a Diego López desesperando al personal o a algún portero, propio o rival, salvando puntos con un par de intervenciones de calendario; lo de ayer, la verdad, no lo recuerda uno. Por arriba y por abajo, a una mano, blocando, despejando e imponiendo, De Gea fue el jugador clave en una derrota y eso dice mucho del partido. De Gea desespera a los rivales y da una increíble seguridad a los propios con ese estilo tan suyo, con esa cara tan suya de estar haciendo un sudoku mientras le llega el balón. De Gea da la impresión de poder charlar animadamente con un central sobre cómo conseguir que la verdura quede crocante pero no cruda en el arroz meloso, blocar un tiro a la escuadra desde quince metros del máximo goleador de la liga, y seguir, al levantarse con el balón atrapado, dando consejos al mismo central sobre qué verduras hay que echar antes, por ser más duras y resistentes al hervor, todo como si tal cosa. Ayer De Gea paró las que vienen de lejos y sacó los uno contra uno a dos metros. Paró balones en la cepa del poste izquierdo y en la escuadra derecha con una mano y con la otra. De Gea paró hasta las jugadas anuladas y lo hizo siempre con esa suficiencia tan suya que desespera a los delanteros, con esa naturalidad casi insultante. De Gea fue lo mejor del Atleti en un partido en el que el Atleti, poniendo ganas, no estuvo bien.

Penúltimos párrafos para el lance que ocupa todas las portadas de hoy, para el borrón del domingo. Ujfalusi, con el partido casi acabado, hizo una entrada a Messi que en el campo no pareció para tanto pero que en televisión y foto da grima. Ujfalusi cazó, queremos pensar que sin voluntad, el tobillo de Messi y éste, un jugador que no se queja en exceso a pesar de recibir su buena ración de patadas por partido, inmediatamente dejó claro que le habían hecho daño. Ujfalusi, vaya por delante, es el ojito derecho del que suscribe. Siempre se ha comportado como un jugador valiente sin ser violento, duro pero noble, poco amigo de que le tomen el pelo y dado a marcar territorio pero no dado a la patada alevosa o al teatro mezquino de otros. Ayer Ujfalusi se llevó por delante a Messi, hizo una entrada feísima que, de ser voluntaria, requeriría una sanción tan fuerte como la que normalmente reclamamos para los jugadores que hacen lo mismo con los nuestros. Y nos gustaría que Ujfalusi acatará la decisión con la misma nobleza que ha mostrado hasta ahora en el campo. Y no lo dudamos.

Ujfalusi fue expulsado directamente, algo que pareció excesivo en el campo y menos tras ver la repetición, y Messi se fue del campo en camilla, casi como Agüero la semana pasada en Bilbao. Igual que la semana pasada en Bilbao, parte del público silbó a Messi y le deseó lo peor; si vergüenza nos dio la escena de San Mamés, más vergüenza nos dio ayer lo visto en el Calderón. Más vergüenza, sí, por ser los nuestros. No sólo porque es desagradable ver que alguien pita a un jugador lesionado, ni porque ese jugador lesionado sea alguien poco dado a las provocaciones y los malos modos sino, bien al contrario, un tipo humilde que ya se fue una vez ovacionado del Calderón al hacer un partidazo. No sólo por lo que supone de esquizofrenia colectiva, sólo justificable por el manido argumento de "esto pasa en todos lados". Nos dolió más por pasar en nuestra casa, por ser los nuestros, por ser curiosamente los mismos que ovacionaron antes a Iniesta al salir del campo, quizás para agradecerle, no el partido, sino la humildad, el buen gusto y la cantidad de cervezas que nos hemos tomado celebrando su golazo ante Holanda. Nos dolió más porque fueron los nuestros, porque antes en el Calderón no pasaba lo mismo que en otros campos y ayer sí fue así. Quizás, como dijo alguien, es una batalla perdida; pero en ganar las batallas perdidas está la sal de la vida, la esencia del ser distinto, la seña de identidad de las rayas rojiblancas.

En sólo dos días el Atleti jugará en Valencia. El partido de Tesalónica sembró dudas y el de ayer confirmó que, como no era evidente, el equipo está lejos de hacerle sombra al Barça. El partido de Valencia, empero, será importantísimo para aclarar en qué situación está el Atleti, qué podemos esperar de él. Mientras deseamos una pronta recuperación a Messi, esperaremos a ver cómo evoluciona el esguince colectivo que el Barça hizo ayer al equipo.