1. Quique Sánchez Flores
Veníamos afeando a Quique en los últimos partidos su tardanza a la hora de hacer cambios y su poca inventiva a la hora de corregir al equipo para adaptarse a los cambios de dibujo del rival. Le pasó contra el Barça, que hasta cierto punto es normal, y contra el Valencia, lo que provocó que el Atleti perdiera un par de puntos y casi otro. Quique tardaba en hacer los cambios y, cuando lo hacía, cambiaba un cromo por otro.
Pero le pasó contra el Bayer Leverkusen y, esta vez sí, reaccionó bien, dando al equipo otro aire en el segundo tiempo y salvando un empatito algo mísero, y Quique se debió venir arriba. Forzado por las circunstancias, léase ausencia por lesión de Agüero y Godín y de Reyes por sanción, se atrevió en Sevilla a dar un salto mortal y cambiar todo lo cambiable, intentando de paso caer de pie y diciendo hale hop. Así, el Atleti salió con lo que ahora se llama un trivote, un interior, un media punta indefinido y un punta. Cinco centrocampistas, tres de ellos más bien defensivos, uno de banda, otro por decidir.
El dibujo del equipo era quizás apropiado, pero por los jugadores que lo formaban parecía una alineación de esas de últimos veinte minutos para guardar el balón y salvar un cero uno. En el trivote salió Assunção, que nos parece esencial; Tiago, que debe coger forma y compromiso pero nos cabe en el dibujo, y Mario Suárez. Mario Suárez no ha jugado muchos minutos y en lo poco que ha jugado no ha dejado la sensación de estar aún a gusto. Parece algo blando para ciertos partidos bravos y parece algo desconectado del resto de jugadores como para hacerle salir de titular en un partido importantísimo como el de Sevilla.
El trivote no funcionó y, como resultado, el equipo sufrió por delante y por detrás. Los centrales jugaron despistados a pesar de la alineación defensiva, en especial Domínguez, toda una novedad. Quique metió a Ujfalusi pero no alineó de inicio a Filipe Luis Filipe, lateral de los que se llaman carrileros que pueden ocupar una banda entera y así dar más sentido al trivote de marras; en su lugar salió Antonio López, algo tieso e inactivo, y así Quique puso en el once titular a dos jugadores con menos rodaje del que un partido en el Pizjuán requiere.
El resultado fue, ya lo saben Vds, malo. El Sevilla se adelantó gracias a un golazo de Negredo y entonces surgió la cuestión. ¿Y, ahora qué, oiga? ¿Cómo remontamos con el equipo que hay sobre el campo, con una hora de partido por delante? Cinco minutos más tarde, un segundo gol hacía repetir la pregunta, esta vez con mayúsculas y caja 20. ¿Y AHORA QUÉ, OIGA? Si el Atleti lograba marcar antes del descanso habría partido; si no, podía el aficionado irse al bingo antes de lo esperado. Así fue.
La lógica pedía la inclusión de Filipe Luis Filipe y de un segundo punta, que no podría ser más que Diego Costa. También, la salida de un bisoño Mario Suárez del trivote y la entrada de Raúl García. Esto ocurrió en parte tras el descanso, en todo tras muchos minutos. El Atleti tiró pues bastante partido, renunció a atacar y planteó el encuentro como un asedio numantino desde el principio, un mal planteamiento para un equipo que se las da de gallito y que quiere oler a Champions durante todo el año. Quique, poco dado a probaturas en partidos cómodos (que es cuando se han hecho toda la vida), decidió cambiar del todo en un partido incómodo y salieron las cosas mal, el equipo se resbaló y se torció un tobillo. Vaya por Dios.
2. Raúl García
Raúl García, jugador que gusta mucho a unos y disgusta muchísimo a otros, se quedó en el banquillo de Sevilla comiendo pipas Facundo. En realidad llevaba en el banquillo desde el final del primer tiempo contra el Bayer Leverkusen; en ese partido Quique quitó a Raúl García tras escuchar los pitos de la grada y ver que el navarro no era capaz de alumbrar a sus compañeros con pases y cambios de juego; eso, o que los compañeros no eran capaces de alumbrar a Raúl García con diagonales y desmarques, que también podría ser, oiga.
Ya en el pasado, Raúl García ha jugado más cómodo fuera del Calderón que en casa, donde la gente tiene poca paciencia con él y le hace saber con rapidez que le cae gordísimo. Raúl García ha escuchado los pitos que otros jugadores invisibles nunca han oído, a pesar de querer siempre el balón, de correr como el que más, de intentarlo todo y de mostrarse siempre que hay un compañero en apuros (incluso cuando es por su culpa y su afán de protagonismo). Pero Raúl García no ha caído en gracia, ya lo saben Vds, qué le vamos a hacer, y no hay ahora piedad con él a pesar de haber sido uno de los mejores jugadores en el principio de temporada. Tampoco ha ayudado él en ocasiones; para desesperación de sus partidarios, Raúl García tiene virtudes sólidas y poco vistosas muy valoradas por los futbolistas de barrio que sufren en el centro del centro (del campo) y fallos puntuales pero muy llamativos, y eso es suficiente para ser lapidado por la excéntrica afición del Calderón, ya saben Vds esto también.
Incluso si admitiéramos que Raúl García no es bueno, que no lo hacemos, o que no vale, que tampoco, o que está mal, que es algo que negamos, lo que parece claro y meridiano es que si alguien de la plantilla tenía que haber jugado el partido de ayer en el Pizjuán, ese era Raúl García. Raúl García, dicen los números, hace que el Atleti controle más los partidos, hace más incómoda la vida del rival y ayuda a que el equipo puntúe casi más que cualquier otro jugador. Ante un rival incómodo y pegón, Raúl García es un compañero necesario, esencial y valiosísimo para Assunção, para Tiago, para los centrales y para los delanteros. A uno le gustaría que lo mismo, pero mejor, se pudiera decir de Mario Suárez y hasta de Tiago, pero por ahora, a día de hoy, no es así. Ayer salió el Atleti sin Raúl García y el equipo se dobló por el centro como un papel de periódico, ante dos medio centros fuera de forma que jugaron cómodos frente a tres medio centros del Atleti y el equipo tuvo la pegada de un sobre de muestra de natillas.
Quique no sacó a Raúl García cuando lo más sensato habría sido lo contrario y no sabemos si lo hizo por apostar audazmente por Mario Suárez y quedarse con el crédito en caso de resultado favorable, por convencimiento profundo o por incompetencia suicida. Quizás lo hizo por ofrecer al pueblo, que recibió a Raúl García con el pulgar hacia abajo, la cabeza del gladiador más odiado en una pica, como ya hiciera alguna vez. Queda por ver si Quique seguirá confiando en Raúl García o en sus sustitutos, si se jugará doblar el equipo por la mitad como una oblea con tal de darle al pueblo la cabeza más preciada o si dará confianza a un jugador que siempre ha demostrado honradez, entrega y profesionalidad, cuanto menos. Menos mal que Raúl García, que para eso es navarro, es un jugador de equipo de esos que no se alegran si el rival marca con él en el banquillo.
3. Diego Forlán
En Sevilla Forlán jugo mal, que rima en asonante, y eso es evidente, que casi rima en consonante. Forlán estuvo desaparecido, desasistido y, algo es algo, algo menos protestón que en partidos recientes. Sólo, con poca ayuda de Fran Mérida y lejos de los medio centros que achicaban agua, a Forlán ni se le vio. No recibió balones, tampoco los fue a buscar, y echó de menos a Agüero. Forlán, ayer, fue un holograma de sí mismo.
Forlán tampoco es del agrado de parte de la afición del Calderón, vaya Vd a saber por qué; quizás sea por aparentar frialdad y desapego a los colores, quizás por haber reaccionado en algún caso de forma fea y desproporcionada, quizás por hacernos sentir a todos culpables cuando salimos de la ducha y, en vez de contar abdominales en el espejo, contamos curvas al estilo Anita Ekberg. A Forlán no se le critica mucho, que faltaría más, pero en cuanto no anda fino-fino sí se hacen oír voces críticas. Forlán, es cierto, transmite a veces la sensación de que, de estar implicado en el club con la intensidad con la que lo está con Uruguay, se sobrepondría a la pesada carga de jugar solo en punta partidos incómodos y tiraría de los compañeros incluso cuando van mal dadas. Pero cuando las cosas no le salen, cuando se le van los controles siete metros, cuando devuelve un melón peligroso o tira desde cuarenta metros a puerta teniendo un compañero bien colocado, Forlán muta en Hulk con tipazo y no hay quien le aguante: se enfurruña, se pelea con los compañeros, no mete el pie, no atiende explicaciones y arruga la nariz y bufa cuando alguien tiene el valor de pedirle cuentas.
Forlán, que es esencial y clave en este equipo, tiene estas cosas. Podrían repetirse los enormes méritos de Forlán, añadir enlaces a crónicas de esos partidos en los que él sólo ha tirado del equipo contra viento y marea, recordar esas veces en las que ha jugado de delantero centro, de diez, de ocho y de veintitrés ante la pasividad de los compañeros. Quizás Forlán esté pagando demasiados partidos seguidos, poco descanso tras el Mundial (y eso que vino más bajo de peso de cuando se fue, el tío) y la desesperación de jugar sin referencias. Quizás, quizás no. Pero un hecho indiscutible es que el Atleti necesita a Forlán y Forlán no puede pelearse con el Atleti y todo lo que significa cuando las cosas no le van bien, porque también le necesita. Esperemos que el tema se arregle en breve porque, ausente el Kun, es Forlán quien nos tiene que sacar muchas castañas del fuego. Contribuir a lo contrario, además de injusto, sería de una idiocia sólo al alcance de Indy (o Pitarch).
4. Diego Costa
Salió Diego Costa en el segundo tiempo y uno, con el colmillo empezando a retorcerse, se fijó en él. Primero se fijó en su aparente apatía, en su heterodoxa colocación y en sus carreras inútiles sólo en busca de una peña con su nombre. Pero, pasado un rato, Diego Costa empezó a hacer otras cosas. Empezó a correr y aparecer y llevar peligro, a recibir balones que hasta ese momento la actuación de Forlán hacían parecer inviables, a meter el cuerpo, a jugar al fútbol. Diego Costa pisó a un rival, cosa que está feísima aunque sea un rival que pisa aún más, y con ello pareció querer dejar una firma en el área: aquí estoy yo, firmado, Diego Costa.
Diego Costa recuperó en Sevilla parte del crédito que el que suscribe le había retirado, pisotones, discusiones y gestos feos aparte. Más móvil e implicado que en otros partidos, o quizás igual de móvil e implicado que en el resto de partidos pero con menos capas de desidia, Diego Costa alargó al equipo, le dio presencia en campo contrario y, esta vez sí, hizo cosas que uno espera para un tercer delantero. Y no solo el gol, ojo, no solo el gol.
5. Silvio Fernández MelgarejoSevillista, talentoso y salado, sigue buscando pelea. Es costumbre de este blog recordarle cuando el Atleti juega contra su equipo del alma. Quien no le conozca a estas alturas no tiene excusa posible.
¡Avanti con la guaracha!