jueves, 29 de agosto de 2013

Patillas, torrijas y antibióticos


En tarde tormentosa y veraniega, de esas de final de agosto en Madrid de toda la vida, uno vuelve a casa del trabajo, hace la compra, sube a su casa, se cambia de ropa para ponerse incomodísimo (que es lo que mandan los cánones para estar en el salón), descongela una bolsita de guisantes, saltea un poco de cebolla y taquitos de jamón y echa sal y pimienta blanca, corta también un poquito de queso de Mahón. Lo pone todo en platos llanos, pone una mesa, se sienta, se sirve un tinto de verano con poco tinto y mucha casera y hielo en un vaso de cristal fino que coja pronto el frío. Se remanga, se relame, se lo come todo sin apreciar lo más mínimo y completa así el proceso mixto de semi-merienda-cena, híbrido popular ya desde antes de esta época mixta e indefinida de semitemplados, gallifantes y mediapuntas. Recoge uno los platos, los mete en el lavavajillas, se pregunta si eso que está en el lavavajillas está sucio o está limpio, ya no me acuerdo, ¿a ver? esto parece limpio, esto parece limpio, esto parece limpio también, ah, esta taza está sucia, ergo todo el resto también está sucio y hay que lavarlo todo-todito. Ajajá, la lógica y el lavavajillas funcionan bien juntos, ya lo saben bien las amas de casa y los solteros con vajilla y poca memoria, que aplican este método científico elevable a dogma médico-investigativo: hay que hacer siempre un número significativo de pruebas para llegar a una conclusión válida. Una conclusión precipitada puede llevar a pensar erróneamente que todo un lavavajillas está limpio sólo porque una copa, la primera, parecía limpia, o porque un plato llano, el segundo, parecía limpio, o porque un recio vaso de duralex color caramelo que lleva en casa desde antes de la tele de tubo en color esa que trajo el abuelo cuando le tocó la quiniela, esa marca Thompson que al encenderse hacía un ruido así p-shoumm, el tercero, parecían limpios. De igual manera no se puede concluir que un medicamento es la solución para los problemas de garganta y la ronquera crónica sólo porque el primero que lo tomó reaccionó al poco tiempo cantando con voz aflautada el himno argentino justo cuando empezaba un partido de los Pumas. Los científicos e investigadores, en su inmensa mayoría, viven solos y tienen un lavavajillas y es por eso que son tan rigurosos en sus pruebas y estudios, no  porque apliquen métodos sesudos enunciados por Newton y confirmados por Boyle y Mariotte, esa parejita que uno siempre se ha imaginado muy enamorada, llevando inmaculadas batas blancas de investigador y desayunando juntos con las manos entrelazadas y mirándose a los ojos. El lavavajillas ha hecho mucho por la Humanidad, y no sólo por las pilas de fregadero, ahora ya lo saben Vds, ya era hora, oiga.

Recogida la cocina, (a dónde vas, pastorcillo), se sienta uno en el sofá, coge el mando a distancia, pasa un canal, pasa otro canal, pasa otro, otro, otro y así hasta llegar al final del dial y vuelta a empezar, hasta que le atrapa la modorra veraniega y el fresquito que entra por la ventana le invita a acurrucarse y hacerse un ovillo en la esquina del sofá e ir bajando el volumen de la tele para irse durmiendo poco a poco con la suave banda sonora del documental sobre hienas sanguinarias devora-crías en el que el mando a distancia paró de dar saltos de flor en flor. Y cuando la modorra se ha convertido en amago de primer sueño placentero, cuando uno ha cogido la postura y el fresquito es el justo y el volumen lo suficientemente bajo para permitir dormir pero lo suficientemente alto para hacer un poquito de compañía, va y empieza el fútbol.

A las once de la noche empieza el fútbol, a las once ni más ni menos, oiga.

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Salió al Atleti al Nou Camp vestido con pantalón rojo y esto ya no lo entiende ni el inventor de la salsa mayonesa, amigo de la familia. Quizás en venganza cromática por el uniformito que trajo el Barça en su visita al Calderón, el Atleti salió con pantalón rojo para molestar y lo peor es que ya ni nos sorprende; de hecho, lo que empieza a sorprender es ver al Atleti vestido de Atleti fuera de casa. El pantalón rojo, empero, no impidió que sí reconociéramos una vez más al Atleti de otros tiempos, el de camiseta de algodón con cuello redondo, pantalón azul cortito y medias de lana rojas con vuelta blanca, de esas que en campo embarrado cogían un par de kilos de agua y tierra para lastrar a los jugadores. Porque el Atleti que salió al Nou Camp sí fue el Atleti que recordábamos de la época del colegio, el Atleti del año pasado que armó Simeone, el Atleti de siempre que, ya podemos confirmarlo, está aquí y aquí va a seguir un tiempo mientras el Cholo esté al frente y su idea siga calando tan honda como cala ahora en la plantilla.

El Atleti campeón de Copa jugaba una final contra este Barcelona exquisito que tanto hemos visto y admirado, que tanto nos ha maravillado en los últimos años. El Atleti se enfrentaba al brillante y repeinado campeón de Liga y lo hacía con un equipo más limitado en lo técnico, menos piropeado en lo mediático y menos atractivo en lo estético. Bueno, ¿y?, dijo el Atleti de Simeone a todo esto; con esa actitud de a-mi-plín-vuestro-oropel jugó todo el partido. Poco le importó al Atleti que enfrente estuvieran los primeros espadas de la mejor escuela de esgrima (por más que el mejor empezara en el banquillo), los floretes más ágiles, los juegos de piernas más rápidos. Contra armaduras florentinas decoradas con flores de lis el Atleti salió con coraza negra de forja de establo. Contra espadas toledanas de empuñadura damasquinada salió el Atleti con picos, palas y azadones, como ya hicieran hace unos siglos otros tipos comandados por un Gran Capitán. Contra postres nitrogenados y crujientes de pétalo de margarita el Atleti presentó un potaje de vigilia y unas torrijas de leche. El resultado ya lo conocen: empate y gracias (que debieran dar los del florete), y un chute de autoestima para los amantes del potaje, entre los que se encuentra el que suscribe y su linaje (NB: nótese, por cierto, el apropiado ripio cuaresmal).

El Atleti empezó más atrás de lo normal y con Villa sólo por delante de los medios, con Diego Costa echado al costado, como ya hiciera en la ida. El partido pareció estar planteado por fases: primero empezamos aguantando el chaparrón; cuando éste pase, que pasará, intentaremos salir a la contra. Si en el segundo tiempo no hemos marcado, adelantaremos líneas de presión. Si aun así no hemos marcado y no nos han marcado, que no deberían, buscaremos el gol como podamos en los últimos minutos, el que pueda y tenga fuelle que corra, el resto iremos detrás hasta que sudemos sangre. Nada parece casual en este equipo de Simeone, trabajado y consciente de lo que hace, en el que todos los miembros reman juntos y anteponen el grupo al individuo. ¿Todos? Sí, todos, por más que podría pedirse más presencia a Mario dado que juega en un sitio vital, y más participación de Villa. Sólo Villa, aislado por delante de las dos líneas defensivas, parece no haber asimilado el sistema y el espíritu aún. En su descargo, señalar la incomodidad de su posición y lo ingrato de su misión, solo, poco arropado al hacer la primera presión (algo por cierto difícilmente evaluable cuando el partido se ve en televisión y no en el campo), algo perdido aun posiblemente por haber llegado al equipo hace poco tiempo. Aún así, hizo un tiro excelente que, de no ser por la también excelente parada de Víctor Valdés, habría sido el gol que diera el título. Poco a poco.

El equipo parece fiarse al 100% de la idea que viene del banquillo y así lo demuestra en el campo: todo el mundo sabe lo que tiene que hacer en cada momento y todo el mundo tiene plena confianza en que el resto de compañeros también lo hará, sin dudar y sin pensar.  El Atleti puede que no funcione como una delicada orquesta de cámara barroca, pero sí lo hace como un grupo experimentado de rhythm’n’blues: serio, sólido, de esos que suenan juntos y emiten un cañón de sonido despachando más que dignamente clásicos respetables. Cuando el Atleti plantea inicialmente el partido a aguantar - normalmente ante los rivales a los que considera mejores - el equipo funciona como un regimiento de caballería pesada, sin cargas rápidas que busquen hacer agujeritos fugaces en el entramado del equipo contrario sino haciendo recular la línea rival por lo machacón de su trabajo, por lo activo de su grupo, por lo compacto de las líneas que van ganando terreno poco a poco, al mismo tiempo que el rival va perdiendo fuelle, brillo y fe en su audaz estilo pugilístico de picadura y baile de pies. Ganado el pulso y el territorio, pero sólo entonces, el equipo sí se permite salir tocando y corriendo, buscando a Arda en la salida y a Diego Costa en la carrera desbocada.

Cuanto más calidad tiene el rival y mejor plantado está, más tarda esto en producirse. Ayer, al final del primer tiempo, el Atleti llegó combinando a la portería rival y Víctor Valdés salvó a su equipo con una parada excelente a tiro de Arda. Por aquel entonces el Barcelona y su grada, que había visto cómo su brillante equipo estaba especialmente incómodo, sabían que lo que había enfrente era una máquina más sofisticada que el bulldozer feote que aparentó ser en los primeros compases. Así, en ningún momento fue el Barça el equipo deslumbrante de otros partidos. Ni un detalle para la galería, ni una filigrana, ni un tiro a puerta tras asombrosa combinación de cinco jugadores, como acostumbran. El Barcelona, equipo de orfebres capaces de los damasquinados más complicados – uno de ellos, que juega por la derecha, con mentalidad roedora -, ayer se limitó a dar capa sobre capa de barniz. Intentaba e intentaba hacer algo pero enfrente había un equipo verdadero, un entramado de compañeros que se ayudan de dos en dos y de tres en tres para crear superioridades defensivas cuando el balón lo tiene un rival, que sale jugando por el lado de Arda y que tiene delante argumentos para preocupar a cualquiera.

El aficionado barcelonista apelará en este punto a la excesiva agresividad del Atleti, a las muchísimas faltas cometidas, a los detalles feos de Godín. Quizás tenga una parte de razón, quizás el Atleti jugó fuerte y alguna vez al límite. Pero quizás el Barça, como el fútbol español en general, se haya convertido en un grupo algo blandengue y sensiblón, excesivamente vulnerable por excesivamente protegido, como esos niños chicos a los que por todo se le da un antibiótico y luego, cuando llega una gripe pequeñita y con pantalones cortos, una gripe alevín y con pecas, no tienen mecanismos de defensa propios por culpa de la vagancia y excesiva dependencia externa de sus glóbulos blancos, glóbulos blancos perezosos y ruines, malcriados y consentidos. Glóbulos rastreros de color blanco: al final, el problema es siempre el mismo.

Nada puede justificar el pisotón de Godín, feo, mezquino y digno de algunos de los jugadores que Vds tienen en mente ahora mismo, pero de ahí a hacer girar el análisis del partido en torno a la dureza del Atleti va un mundo difícil de justificar. En opinión del que suscribe el Atleti fue mejor y lo fue gracias a la intensidad, sí, pero también a la inteligencia de conocer sus propios límites, a la disciplina y la fe ciega en la idea y los compañeros y al convencimiento de que para ganar hay que competir y para ello no se puede contar con la ayuda de nadie que no sea uno mismo. El Barça, equipo de leyenda con algunos de los mejores jugadores que uno ha visto en su vida (entre los que no se encuentra Neymar, al que aún no hemos tenido ocasión de ver del todo), no pudo con un equipo más limitado pero más comprometido, menos brillante pero más generoso, más disciplinado y sacrificado.

El Barça, no lo olvidemos, jugó contra un equipo de fútbol, no contra los Yacuza, no contra Falconetti, Darth Vader y Pierre Nodoyuna, sólo contra un equipo. Únicamente Mascherano, debilidad del que suscribe, hizo un partido a la altura del Barça grande de las estrellas. Precisamente Mascherano, jugador duro y admirable, serio, poco dado a la filigrana y el aspaviento (y eso que hizo una caída teatral tras toquecito de Gabi) fue el que mantuvo el tipo y entró a la pelea, el que cortó todo lo cortable atrás, el que aparecía por un lado, por el otro, ojo que ahí está Mascherano, ojo que ahí también está, y ahí, y ahí, pero bueno ¿cuántos Mascheranos hay?, no lo sé, oiga, yo he ido a la cocina a por cerveza y estaba en la nevera Mascherano con el abridor, a mí me ha pasado lo mismo pero en mi caso ha salido del maletero del coche, eso sí, con el reglamentario chaleco reflectante. Aun así, uno acepta que en esto de la valoración de la dureza influye quizás el color del corazón de cada uno, ya lo sabemos, y de igual manera que aquel Sevilla victorioso y temible nos parecía a muchos un equipo excesivamente acelerado y antipático, a sus seguidores, también a los más cabales (que los hay y son muchísimos) no les parecía más que un equipo comprometido y fiel a una idea y una misión. Sea como fuere y guste o no guste en estos tiempos de fútbol sobreprotegido y teatral el Atleti de verdad está históricamente más cerca del Atleti que ayer jugó en el Nou Camp que de los equipos de fútbol-mariposa que ahora parecen ser los únicos apreciados. Así son las cosas, oiga. El propio Mascherano, en la entrevista final, recalcó lo duro del rival, lo difícil del partido, la mano de Simeone y el reencuentro del Atleti con su historia: cuando el central del equipo rival entiende mejor a un club que su propio presidente, mala señal.

El Barcelona ganó un título tras dos empates en dos partidos en los que no fue mejor. El Atleti no hizo menos méritos para merecer una Copa que no se trajo a casa. El Atleti compitió, sí, pero no lo hizo para salvar la cara y justificarse ante la afición, lo hizo para ganar el trofeo y, como no lo consiguió, se le quedó la cara de póker y la rabia de haber podido ganar un título merecido. En vez de respirar aliviado y mirar a la grada y decir no pudimos hacer más, que pase el siguiente, el Atleti corrió a mirar el calendario, ¿cuándo jugamos con esta gente otra vez? esta vez no se nos escapan, en la Liga nos vemos, afilen sus floretes que les esperamos con nuestras hachas.

Si algo quedó claro ayer, es que el Atleti ya no es ese equipo simpático e inofensivo que llegaba año tras año al Nou Camp a intentarlo para luego siempre acabar perdiendo gracias a un fallo garrafal de un portero, a un error cómico de un central, a una fatalidad rushmoreña. Tampoco es, por más que nos intentarán convencer, el Granada de Montero Castillo y Aguirre Suárez ni el Estudiantes de la Plata del que venía éste. Aunque no muy lejanos, nos resultan ya vagamente familiares los oscuros tiempos en los que al Atleti se le identificaba con Torrente, Imperioso y Gonzalo Miró, con jacuzzis rodeados de mulatas en bikini y jugadores uruguayos cayendo de culo en la presentación. El Atleti vuelve a oler fuertemente a Atleti antiguo, a ese equipo intratable que hacía cundir el pánico en los campos más duros y a las aficiones más leales. No imaginamos al Cholo permitiendo una cabalgata pre-partido como aquella de los de “Sensación de Vivir”, si acaso un desfile de la Guardia de la Noche o de tropas de la Casa Stark en riguroso silencio. Si Roberto Verino, flamante responsable de vestir al club cuando va de gira, hubiera sido realmente del Atleti quizás hubiera aprovechado la ocasión para vestir al equipo con trajes entallados de solapas grandes, pantalón de campana, camisa ajustada con grandes cuellos de pico y corbata ancha. Habría hecho obligatorio la media melena como mínimo o el pelo rizado de Panadero Díaz y la patilla poblada al estilo Ayala. Miranda debería llevar collar de cuentas verdes, a Villa se le prohibiría esa crestita engominada y se le exigiría un bigotón como Dios manda. Arda Turán podría ir como le da la gana que ya de por sí parece de ese equipo legendario y lo mismo podría decirse del Mono Burgos y su anorak en pleno agosto.


El Cholo ha traído de vuelta al Atleti y éste parece dispuesto a quedarse. Tiemblen pues los débiles de espíritu, los niños pasados de antibiótico, los espadachines de blusa vaporosa y los mismísimos cimientos de la Liga de los Dos Ricos. 

domingo, 9 de junio de 2013

Veinticinco años de socio, o The Village Green Preservation Society

Hace unos días, un par de semanas quizás, llegó al domicilio del que suscribe una carta del Club Atlético de Madrid, también llamado el Cluz por según quién, también llamado la Marca cuando se trata de justificar balances o de explicar desmanes, llamado sobre todo Mi Atleti por esa buena parte de la población mundial que dedica un mínimo de dos horas al día, seis los domingos, a pensar en las rayas rojiblancas; una carta del Atleti, vaya, ya me entienden Vds.

En la carta se convocaba al que suscribe a un acto para imponerle la insignia de plata del Club tras 25 años siendo socio del Atleti sin interrupción. Veinticinco años suena largo, pero no son tantos, la verdad: uno es del Atleti desde hace muchísimo más tiempo y va al campo desde casi siempre, y sólo se hizo socio (o más bien le ayudaron sus padres a serlo) cuando dejó de poder entrar al campo con la entrada infantil de cien pesetas que vendían en la planta de deportes del Corte Inglés de Goya, que permitía acompañar a un adulto al campo y sentarse con él (cuando había suerte y le llevaba un primo, la familia de un compañero de colegio o algún vecino). Si no había adulto de guardia – y siempre que uno fuera un poco mayor y contara con el permiso paterno para ir solo al estadio en el Circular – la entrada permitía sentarse con otros niños preadolescentes tras las porterías, en bancos de cemento, cerca de los corners que hay entre grada y tribuna, donde el estadio queda abierto. En esas esquinas nos juntábamos los niños ya casi mayores que íbamos solos y veíamos todos juntos el calentamiento, esperando a que se acercara Votava. Votava se acercaba y nos miraba y sonreía y nosotros le correspondíamos pensando que no había mejor extranjero en la liga, pensando que para qué queríamos estrellas de relumbrón teniendo a ese tipo honrado y con bigote en ese equipo de tipos honrados y con bigote, nuestros ídolos de chicos sin ser los mejores ni los más mediáticos ni los más guapos pero sí los nuestros, los nuestros, que era lo que importaba, qué otra cosa puede importar, oiga.

El Club convocaba a algunos de nosotros para agradecerle la fidelidad, y a uno casi le da vergüenza llevar 25 años de socio y que le recompensen por ello. La vergüenza no viene por llevar 25 años pagando abonos desde Madrid o el extranjero, muchas veces con dudas y otras con rabia, sintiéndose a veces engañado y otras ninguneado, pensando a veces que ese abono fue la mejor inversión de su vida y otras que en mala hora se le ocurrió renovar; no, la vergüenza no viene por eso, no. Vergüenza le da a uno llevar sólo 25 años de socio y no llevar siéndolo desde que nació, como algunos afortunados. Vergüenza le da a uno ir a recoger una insignia mientras otros tan atléticos o más que uno no la reciben, sólo porque se quitaron un año al no tener un duro, o porque se le pasó el plazo, o porque sencillamente pensaron que ya estaba bien de timos, que abonarse era un ejercicio de complicidad con un virus destructivo que anida en el palco y que se vale de la pasión que levanta este equipo bendito para hacer fechorías a sabiendas que la grada, cautiva y desarmada, volverá a renovar a final de temporada sus abonos pase lo que pase porque, sencillamente, no entiende la vida sin ir cada quince días a ver a los suyos.

Llegó la carta a casa y piensa que habría estado bien que la carta, en vez de un cartero con un carrito de la compra amarillo como el que llevan ahora los de Correos, la hubiera traído el cobrador del abono que hace 25, 20 años traía el recibo a casa a finales de verano y llamaba al timbre y decía hola buenos días, vengo a cobrar el recibo del Atleti como todos los años. El cobrador venía año tras año y mientras él envejecía poco a poco nosotros nos íbamos haciendo hombrecitos y cuando nuestra madre - que había abierto la puerta y preguntaba cuánto era la broma - nos llamaba para que saludáramos al cobrador,  éste nos decía pero hombre, cómo estás, hay que ver lo que ha crecido este niño, está ya para jugar en el primer equipo casi, porque tú juegas ¿verdad? de qué juegas majo, de extremo, mira qué bien, zurdo o diestro ¿diestro? lástima, zurdos hay menos y suelen ser muy finos, bueno señora, muchas gracias, hasta la próxima; hala chaval, a disfrutar del abono, este año ganamos la liga fijo, buenos días, Aupa Atleti, suerte en la vida, chaval.

Si la carta de los 25 años de socio nos la llega a traer el cobrador de nuestra infancia no le habríamos reconocido por lo mayor, probablemente, y él no habría encontrado ni rastro de esos chavales que esperaban su llegada con la misma ilusión que el cumpleaños y que pasaban luego la tarde entera intentando entender el sistema de pliegues troquelados de la hoja de cuponcitos que venía dentro de la carpetilla de plástico del abono, roja, blanca y roja como un paquete de Winston. El sistema de pliegues, que era un mecanismo complejísimo sólo comprensible para la élite de los ingenieros de la NASA, suponía todo un desafío papirofléxico cuando había que cambiar de columna y pasar a otros cupones siguiendo las instrucciones impresas, empresa casi imposible que solía terminar en trampa, en un pliegue ilícito entre dos líneas troqueladas. El doblez-trampa no era sólo un fracaso personal y una constatación de la torpeza mental del doblador, sino también algo inmoral que el resto de niños compañeros de abono denunciaban si llegaban a saberlo como si fuera una muestra grave de falta de ética, de deslealtad y de madridismo; el pliegue ilegal demostraba que uno era capaz de saltarse las normas con tal de mostrar a los demás un éxito falso, sólo aparente y podrido en su interior profundo. El cobrador, decíamos, en vez de ese niño atormentado por su incapacidad de doblar la hoja para que los cupones 12 a 16 quedaran en su sitio, habría encontrado a un cuarentón con gafas y aspecto de oficinista extrañado al ver una cara que le resultaba familiar pero sin saber de qué, y habría necesitado explicar quién era. Probablemente, al final del encuentro, al cobrador anciano y al niño cuarentón se les habrían saltado las lágrimas al despedirse y se habrían dado un abrazo y habrían compartido otra vez un este año pinta bien y un ¿sigues jugando, chaval? yo sí, un par de veces por semana, pero ya no soy extremo, ya no tengo velocidad, sólo colocación y, por supuesto, un tú eras diestro, ¿verdad? lástima, zurdos hay menos y suelen ser muy finos, Aúpa Atleti, suerte en la vida, chaval.

Llegó la carta a casa y uno no sabía bien qué hacer, si ir a recoger lo ganado con algo que no cuesta ningún esfuerzo más que la paciencia de ver jugar a patos, pollos y otras aves zancudas y volver al campo al fin de semana siguiente, o bien renunciar a formar parte de una ceremonia en la que estaría la nociva directiva responsable de la edad más oscura del Club, el período cavernario del que parece salir el equipo estos días de la mano del Cholo Simeone, Mesías de corbata fina y genio de mil demonios. ¿Está bien ir? ¿Es coherente no ir? Como tantas cosas en el Atleti, uno pone a prueba sus convicciones, lo que le pide el cuerpo, lo que marca la coherencia con su discurso pasado. La pregunta se lanzó en Twitter desde la cuenta de este blog, buscando el sabio consejo de los cuatro gatos que la siguen: ¿Qué hacer en esta situación? Las respuestas fueron varias y ricas: hay quien dijo que lo suyo era no ir para no hacer el caldo gordo al palco, hay quien sugirió hacer lo que al ministro Wert y no dar la mano ni al apuntador, hay quien sugirió llevar en el ojal de la chaqueta una flor de esas que echan agua para remojar al presidente en caso de que fuera éste el que  impusiera la insignia y hubo hasta quien sugirió la inmolación, acudir con cinturón de explosivos y detonar la carga llevándose por delante al equipo directivo del Club al grito de “Arteche Es Grande”, quizás añadiendo metralla de confeti rojiblanco que inundase el aire los alegres colores de las rayas del escudo tras la deflagración. Al final se optó, como uno intenta casi siempre, por el difícil punto medio: ir a recoger la insignia con corbata verde y oro, en señal de protesta discreta y pequeño-burguesa. Para sorpresa del que suscribe, el hecho no pasó desapercibido y fueron bastantes los que preguntaron si era algo casual o si era deliberado llevar esos colores en día tan señalado. 

Llegada la hora marcada, uno se encontró con una multitud. Uno esperaba un acto discreto y casi en familia, en un cuartito del estadio, sin mucho boato ni pompa. Nada de eso: el acto era en el césped del estadio y en el centro de éste había un escenario y, frente a él, 529 sillas para acomodar a los 529 socios pacientes, desde el mil setecientos y pico (y, por tanto, con más de 25 años de antigüedad en el Club) hasta el tres mil quinientos o seiscientos de número de socio. Los amigos y familiares se situarían en la grada, los homenajeados en el sagrado verde, y en el escenario, al ritmo marcado por el conductor del acto, irían subiendo primero cadetes y juveniles a cual más grandote llevando los 9 títulos conseguidos en los 25 años de abono (una sola liga, el único pero a un palmarés más que envidiable).  Puestas las copas en su sitio tras la correspondiente ovación a cada una, con especial entusiasmo la para la Copa del Rey de este año, se proyectó un vídeo de sorprendente selección musical (My Generation de los Who y Highway to Hell de AC/DC, grupo este último que cada vez más frecuentemente se asocia al Calderón y su hinchada, algo que parece muy adecuado al que suscribe) y subieron al escenario veteranos del equipo de fútbol, JJ Hombrados y el presidente del Club, protagonista del momento humorístico del evento. Leyendas como Pereira, Collar o Pantic, grandes jugadores de Club como Ovejero, Quique Ramos, Tomás, Rubio, Manolo, Solozábal, Alfredo, Roberto Fresnedoso y uno de los más ovacionados, D. Lázaro Albarracín.

Los socios serían llamados en grupos de 14 para recibir de manos de los ocupantes del escenario la insignia conmemorativa. Veteranos y directivos formaban una fila frente a la que se colocaban un número igual de socios, de forma que aquél que le tocara a uno enfrente, le entregaría la insignia. Esto produjo un intenso debate entre los socios: entonces, según te subas, te puede tocar Pereira o Cerezo; hombre, no es lo mismo, ¿no? no es justo esto. Los preferidos eran Pereira y Pantic, el menos cotizado, Cerezo; entre los demás, interés desigual según el protagonista. La obvia diferencia provocó una animada negociación entre los homenajeados ¿Alguien me cambia si me toca Cerezo? Ofrezco una vespa en buen estado, se oía por la izquierda; yo subo a Ford Fiesta Ghía azul marino, decía otro. Quince días en apartamento en Fuengirola y una cubertería sin usar; yo doy dos cajas de vino y una camiseta firmada por Simeone. Si me toca Cerezo no respondo, mejor para todos que alguien me cambie o vamos a morir todos; no se ponga así, oiga, ya encontraremos a alguien, sobre todo no se me altere Vd.

Llamaron a los socios en grupos de 14 y ahí empezó el acto a cobrar sentido de verdad. Los veteranos repartían insignias y daban la mano y sonreían a los socios, y Quique Ramos dijo al que suscribe “qué 25 años más buenos nos habéis dado, gracias”. Entre los grupos de gente que iba subiendo, alguna cara conocida incluso en su anonimato: anda, con ese fui yo al colegio, caramba, a ese señor de las gafas le di yo un abrazo en Hamburgo, ese de ahí es un experto bailarín de fox-trot, le he visto ganar varios campeonatos regionales. Poco a poco iba desfilando gente y uno, poco a poco se iba dando cuenta de que lo que por ahí pasaba no era una fría lista de números antiguos sino que lo que subía era el Atleti mismo, ese ser inmaterial que todo lo impregna y que, en el fondo, no es sino la masa de gente que paga un abono, que quizás no sea socia del Club pero una devota seguidora, que sigue al equipo allí donde va. La afición, la que no cambia, la que permanece año tras año viendo como sí cambian jugadores, entrenadores y diseño de la camiseta y cómo no cambia tanto el palco, hecho que convierte en doblemente meritoria la perseverancia. Subieron muchos cuarentones y pocas mujeres, algo que estamos seguros que cambiará en la siguiente entrega, vista la enorme afluencia femenina al Calderón. Subieron señores con gafas y prestigiosos miembros de la Resistencia, con los que fue un honor compartir acto; subieron hermanos recogiendo insignias de otros hermanos y padres con sus hijitos en brazos; subieron oficinistas, heavis, hosteleros, zurdos, tiquismiquis y biólogos marinos; subieron compañeros de grada y tipos a los que nunca habíamos visto antes, y subieron, destacando entre todos, un socio en silla de ruedas, una socia de 26 años abonada desde el día en que nació y una señora mayor, ayudada por su nieta, quizás el símbolo más bonito de esta afición centenaria con espíritu juvenil y ganas de celebrar goles con lágrimas de niño chico.

El acto, emotivo y bien organizado, sobrio y mucho más elegante de lo esperado, tuvo empero un leve toque de la directiva. Durante la entrega de insignias la banda sonora fue mutando hacia un estilo piano-bar que sugería la mano de Cerezo, influencia confirmada cuando de los grandes éxitos de los Beatles en versión hilo musical se pasó a lo más destacado del repertorio de Kenny G. Estos malos presagios se materializaron cuando tomó la palabra Cerezo, que desplegó todo su repertorio léxico: Cerezo habló del Cluz, habló de la Europas Lik, habló de lo bonito que son estos aztos, habló del gran honer, con e, que suponía este, de nuevo, emotivo azto. Poco duró la intervención de Cerezo y el cielo lo agradeció alejando una nube negra que venía asomándose por el fondo Norte desde que empezó el parlamento del conocido cómico de pelazo cano.

Acabó el acto y los familiares de los homenajeados tomaron el césped del Calderón y procedieron a dar cuenta de un catering estupendo que el Club había preparado. Bajaron los niños a correr por el Calderón y los padres se hicieron fotos en el banquillo, con las copas, con los amigos frente a fondos y tribunas. La afición bajó al campo y vio su sitio de siempre en la grada pero desde abajo, como lo ven los jugadores. La afición charló con Pereira, Quique y Rubio, se abrazó con los que reconocía y charló con los que nunca antes había estado. En fin, una parte chiquitita de la afición se dio un homenaje que debería ser para todos los que sienten dentro las rayas rojiblancas en un año para recordar, y todo gracias a un acto (que no azto) mucho mejor organizado y bonito de lo que uno podía esperar.

En este año en el que el Atleti parece haber recobrado la conciencia de lo que era el Atleti, parte de la afición veterana recibió una insignia que debería pesar bastante más que los pocos gramos de plata de ley que diría una balanza. El Atleti, de la mano del Cholo, vuelve a ser el Atleti y el Cholo necesita la ayuda de la grada que conoció aquellos días buenos a los que se parece el presente. La grada, y aún más los más veteranos, tiene la obligación de elevar el nivel de exigencia, de no aceptar lo inaceptable, de mostrar compromiso sin mostrar resignación, de recobrar en la grada los valores que se están recuperando desde el banquillo, de ayudar a que el Atleti sea el equipo gigante que el viernes 7 de junio de 2013, representado por 529 socios con muchas muescas en el revolver, subió a recoger una insignia de plata.

Nota: Poco antes de que el Atleti ganara esa liga del 70 en la que Luis y Gárate fueron los mejores goleadores del campeonato, cuando nacían muchos de los que recogieron insignias de plata en el Calderón, Ray Davies escribió algo que podría valer para ilustrar la misión que nos queda por delante.

We are the Village Green Preservation Society,
Preserving the old ways from being abused
Protecting the new ways, for me and for you
What more can we do?




lunes, 20 de mayo de 2013

La pregunta, la respuesta


Hay una pregunta que todos Vds han escuchado alguna vez, quizás más de una, quizás decenas de veces como en el caso del que suscribe. La pregunta es simple y casi idiota y no es fácil de responder, tenga buena intención o no el que la hace. La pregunta, ya lo imaginan Vds, es la siguiente: “¿cómo es posible que, siendo de una ciudad en la que hay un equipo que gana casi siempre, sea Vd seguidor del otro?”. Como si pudiéramos elegir, oiga, como si no hubiéramos nacido así.

La pregunta en cuestión, digna en efecto de Ernesto Sainz de Buruaga, casi nunca merece respuesta. La pregunta no merece respuesta si el interpelado es un científico profesional del dato y la estadística, campeón de cálculo y de la media ponderada, porque la respuesta desmonta la propia pregunta; eso sí, resulta cansado sacar muchos datos ante alguien que claramente no quiere oír más que lo que él mismo ha decidido de antemano, con lo que lo normal es que los matemáticos obvien la parte de la pregunta que más molesta, esto es, lo de que “gana casi siempre”, y se dediquen a otra cosa más agradable como por ejemplo podar los geranios. La pregunta no merece desde luego respuesta cuando el que pregunta no busca una explicación sino escucharse a sí mismo en voz alta, blandiendo triunfante un argumento que le parece demoledor ante alguien que, normalmente, reacciona moviendo la cabeza de lado a lado con expresión de caramba, otro que no entiende nada de nada. La pregunta tampoco merece una respuesta cuando el que pregunta no busca una explicación sino una ocasión para intentar quedar por encima del preguntado, poniendo para ello esa sonrisilla impostada de medio lado que tan bien conocemos todos y tanto nos irritaría si la cuestión y el sonriente merecieran el honor de llevarnos a la irritación.

En otras ocasiones, incluso cuando el que pregunta lo hace de buena fe, muchas veces tampoco merece respuesta porque ésta sería demasiado compleja. ¿Cómo explicar lo que es obvio para muchos y totalmente incomprensible para el resto? Sólo alguien que no entiende nada de esto - bien por no tener interés alguno en la dimensión  social del fútbol o bien por carecer de la capacidad suficiente para procesar una respuesta distinta a blanco o negro -  es capaz de preguntar una cosa así, de igual forma que sólo se preguntan por qué no se acaba con los problemas económicos imprimiendo más papel moneda aquellos incapaces de entender la respuesta que daría un economista, incluso si este tiene contrastados  conocimientos, reconocimiento internacional y grandes gafas de pasta.

La pregunta que no merece respuesta no es empero inútil, porque sirve para dejar claro en qué lado no ya de la filiación deportiva sino casi de la forma de entender la vida se encuentra el preguntador. Pensar que el triunfo a cualquier precio es el único criterio válido para hacer una elección ya viene a decir mucho del preguntante, de su personalidad y del resto de posturas ante las cosas de la vida. Muchas veces el que aplica este criterio también compra los discos que más venden por el mero hecho de ser populares, afirma que sus películas favoritas son las más galardonadas para así ganar las discusiones, habla con tópicos irrefutables y opiniones obvias compartidas por todo el mundo, prefiere la autopista a la comarcal con vistas, subir  a la cima por la carretera en vez de andando por el camino, el Nesquick al Colacao, el dinero al tiempo.  El que estas cosas pregunta muchas veces no atiende a razones, muchas veces no entiende las razones, muchas veces zanjará las discusiones que va perdiendo con chistes fáciles y miradas a todos salvo a aquél que le va poniendo en un aprieto ante lo simple de sus argumentos. Muchas veces acatará con sumisión las cosas que le vienen dadas desde más arriba para evitar problemas y despreciará en público a los que se rebelan, a menudo por no ser capaz él mismo de rebelarse aunque debiera.

El preguntado también es posible que pueda ser encasillado sólo por el hecho de ser objeto de la pregunta de marras: alguien a quien se espera capaz de explicar eso que a algunos nos parece tan simple y a otros tan incomprensible, tiene muchas papeletas para comportarse según ciertos patrones en otros casos. El aficionado del Atleti normalmente indagará en cosas diferentes al número de copas o presupuesto para determinar sus simpatías por otros equipos con los que no le une nada. El seguidor atlético que se muda a una ciudad en la que hay más de un club de fútbol investigará cuál de los clubes locales tiene una hinchada parecida a la nuestra, cuál es el carácter de su masa social, su origen, su forma de entender las cosas, su historia. Valorando todas estas cosas, el aficionado del Atleti elegirá a aquél que mejor le caiga y quien más le recuerde a su equipo, independientemente de si gana títulos continuamente o no, mirando un poco más allá del escaparate de la tienda oficial del club. Así, unos decidirán tomar como equipo afín a Racing de Avellaneda, a Atlético Junior de Barranquilla, a Rosario Central,  St Pauli o a cualquier otro equipo con personalidad diferente. Rara vez se verán identificados con los equipos teóricamente dominantes de cada sitio, los que congregan a las fuerzas vivas en el palco, los favoritos de aquellos al os que le importa un pito el fútbol, los que reclaman para sí la victoria a todo precio incluso a pesar de las reglas, la atención mediática, el triunfo por aplastamiento inmerecido, la adulación constante. Seguidores con querencia a hacer la preguntita se limitarán muy probablemente a ver cuál es el equipo que más veces gana para, así, abrazar  con devoción los colores del triunfador y tener un motivo para hacer burla los lunes a los seguidores del otro, sin darle demasiadas vueltas a las cosas.

Estos días calla el aficionado que pregunta sandeces con media sonrisilla intencionada;  no será empero por mucho tiempo, ya que, conociéndoles, en breve hablará de fichajes, de chequeras, de en el fondo me alegro porque lo importante es que gane un equipo de Madrid y otras zarandajas bien conocidas por estos lares. Mientras tanto, el que haga esa pregunta con buena intención quizás encuentre estos días algunas respuestas. Quizás viendo el partido del viernes 17 de Mayo de 2013, desde ahora festividad de San Diego Pablo, patrón del Resurgimiento Deportivo y Capilar,  a algunos le quede claro por qué somos del equipo que somos y por qué no podríamos ser de otro.

Aquellos que no sepan de qué va esto y que hayan visto la final quizás se expliquen por qué somos precisamente de ese equipo rojo y blanco que lleva a un fondo 35.000 personas que creen ciegamente que va a pasar lo contrario de lo que piensa el resto de la Humanidad. De ese equipo cuyos seguidores no sólo creen en aquello que a todos les parece una locura, sino que lo demuestran cantando durante 120 minutos sin descanso sin que nadie tenga que decirles qué hacer, sin necesitar un speaker que caliente la velada, sin más razón que la obligación auto-impuesta de ser parte de lo que va a ocurrir. Del equipo de los que se dejan los ahorros y la garganta por algo en lo que la mayoría cuerda nunca arriesgaría, por algo que la masa nunca haría, por una apuesta para la que  nadie en su sano juicio pondría un duro. Del equipo cuya afición va al estadio a ayudar a los que les representan en el césped, a pasar juntos el trago si la cosa sale mal y a recordar, homenajear y no fallar a los que se fueron sin haber visto el partido que les habría hecho un poco más felices antes de dejarnos solos, acordándose de ellos cada minuto de la celebración.  Del equipo cuya afición haría exactamente lo mismo otras mil veces aunque las 999 anteriores se hubiera perdido, qué más dará eso en el fondo.

Y, si con eso no le basta, quizás les valga con mirar a una grada y a otra justo al final del partido. Aquél que no sepa nada probablemente entienda por qué somos del Atleti viendo una grada totalmente llena, la misma grada que tantas otras veces permaneció igual de llena y ruidosa a pesar de que el partido terminó con derrota, justo enfrente de otra grada vergonzosamente vacía a los cinco minutos de acabar una final. Y, en caso de que no entienda aún por qué somos de este equipo rojo y blanco que tantísimas alegrías nos lleva dando desde que nacimos, lo que le quedará meridianamente claro es por qué no somos, ni seremos, ni podríamos ser nunca del otro. 


sábado, 18 de mayo de 2013

Y, sí, al fin, lo entendimos


Para los que creímos que esto iba a pasar, porque sabemos y confiamos que estas cosas sólo pasan al Atleti. Pero, sobre todo, para los que pensaban que esto era imposible, aunque les envidiemos por sentir esa alegría aún un poco más inmensa que la nuestra: para que confíen.

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Instrucciones ceremoniales para vivir una final de Copa: levantarse pronto, saliendo del lado izquierdo de la cama y pisando con el pie derecho. Ducharse con agua tibia, desayunar café con leche y una tostada con mantequilla blanca y mermelada de fresa. Vestirse con la camisa llevada el día de la final de Bucarest, con el pantalón llevado del día de Hamburgo, los calzoncillos y calcetines utilizado ambos días y no vueltos a utilizar hasta entonces, tras ser cuidadosamente lavados y planchados. Coger la bufanda antigua, la de los partidos grandes, la del escudo bordado en hilo brillante, de los años 70 más o menos, ponérsela al cuello.

Salir de casa no muy tarde, coger la vespa, bajar hacia Castellana, girar entonces en dirección al Sur. Pasar Cibeles sin mirar la estatua, seguir de frente. Llegar a Neptuno, dar una, dos, tres vueltas a la plaza, mirando en la medida de lo posible a los ojos del Dios del Mar. Volver a subir en dirección Norte. Parar de camino para comer. Elegir un menú rojo y blanco, en el que siempre el ingrediente rojo quede sobre el blanco. Sugerencias: ensalada de tomate sobre queso mozzarela, pasta larga con salsa bolognesa, natas con fresas encima.

Volver a la Castellana, dirección Norte. Tomar el carril central de Castellana, avanzar hacia Nuevos Ministerios. Notar como, según se acerca uno a ese barrio empieza a sentir picores, asma, dificultad al respirar, incomodidad general, estrés acumulativo. Notar como la vespa también empieza a no andar bien, cómo muestra síntomas de avería mecánica transitoria, una alergia geográfica e incómoda de 200cc. Mantener la marcha hasta pasar de largo el estadio del otro equipo grande de la capital, notar cómo van pasando los picores, cómo se respira mejor, cómo la vespa vuelve a andar bien, cómo el  motor vuelve a estar cómodo.

Llegar a Cuzco, dar la vuelta completa, volver a bajar en dirección sur, volver a experimentar los síntomas de la alergia transitoria, volver a notar que la moto no va. Aguantar hasta que el chaparrón pase.

Llegar de nuevo a Neptuno, dar una, dos, tres vueltas mirando en la medida de lo posible a los ojos del Dios del Mar, girar en dirección al Retiro siempre y cuando quede ya poco para que empiece el partido. Tomar Alfonso XII hasta la Puerta de Alcalá, girar a la derecha para tomar Alcalá, seguir por O’Donnell. Seguir O’Donnell hasta Narváez, tomar Narváez en dirección a la calle Ibiza. Llegar a la altura de la calle Menorca, parar la moto, aparcar la moto. Cerciorarse de que queda menos de media hora para el partido. Hacer cola (breve) en las taquillas de los cines Renoir. Comprar una entrada para cualquier película que acabe cerca de la media noche. Apagar el móvil, meterse dentro, no querer saber nada de nada.

Por los nervios, ya saben Vds.

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Tras el partido no hay quien duerma y uno da vueltas y vueltas en la cama intentando coger la postura y, a la vez, recordando el remate de Miranda, la pelea de Falcao antes de dar el pase del primer gol, el remate precioso de Diego Costa con la izquierda, el partidazo de Koke, los miles de calorías quemadas por Gabi, el buen partido de Juanfran tras una liga entera llenando de dudas las cabezas de los escépticos, la tensión en la grada, la explosión final.

Y, mientras uno está en ese estado en el que no está dormido pero sí lo bastante atontado como para plantearse hacer otra cosa que no sea estar metido en la cama, estado que algunos llaman duermevela y otros no llaman de ninguna manera porque las palabras bonitas se van perdiendo (por ejemplo, volapié, abanicar o cejijunto), se oye un ruido fuerte como de un mueble cayendo contra el suelo y llega un olor a almendras tostadas que al que suscribe, y a los que han leído las idioteces que escribe el que suscribe desde hace ya varios años, le resulta familiar. A almendras tostadas huele cuando se aparece Dirceu, piensa el que suscribe, y ya no pega ojo hasta que, por la puerta del salón, ve entrar a un tipo con chandal rojo y pelo rizado que sonríe y habla y habla y no para de hablar como si no estuviera solo. Dirceu, aparecido, habla en efecto porque no está solo y menos mal: si no fuera poco tener en salón una aparición en chándal, imagínense si encima a la aparición le da por hablar sola. Lo que nos faltaba ya, oiga.

Dirceu, que hace tanto tiempo que no venía a casa, no está solo cuando llega al salón, está excitado y nervioso como medio Madrid esta noche, pero no está solo. A su lado hay una figura enorme que transmite miedo y paz a la vez, una figura aterradora para el resto pero protectora y bondadosa para los suyos.

-          Pero hombre, Sr Dirceu, ¡cuánto tiempo!
-          Hola. He venido con Arteche
-          Si, ya veo, ya.

Dirceu entra en el cuarto y con él entra Arteche, que escucha, habla menos que Dirceu y mira todo, incluido al anfitrión de carne y hueso, que, sin saber qué hacer, ofrece café.

-          ¿Quieren Vds un café?
-          ¿Un café? ¿Está Vd tonto o qué? ¿No ve que somos ectoplasmas? ¿Ha visto Vd alguna un fantasma tomando café con porras? No podemos tomar café, no podemos tomar nada ni tocar nada, somos espíritus, oiga, no podemos hacer las cosas que hacíamos cuando éramos de carne y hueso. Bueno, la mayoría no. Hay uno que sí, éste en concreto – señala a Arteche – éste sí que puede tocar si quiere. De hecho ese estruendo que escuchó Vd antes es porque se había chocado con el perchero de la entrada y lo ha tirado. El resto normalmente pasamos a través, pero éste, que es un fenómeno, es capaz de derribar las cosas hasta en espíritu.

Los aparecidos se sientan en las butacas del salón y hablan sobre el partido de ayer. Atropellado, Dirceu habla de lo bien que jugaron los brasileños del equipo y de lo importante que fue el medio campo del Atleti, del buen partido de Koke, de cómo Mario fue de menos a más, de Arda y su pellizco. Ambos coinciden en señalar como claves dos cosas: el partidazo de Miranda y lo importante de su gol, y los galones más que bien ganados y bien llevados de Gabi. Cuando hablan de éste último a los dos se llenan de orgullo y se les encienden las pupilas y da bastante miedo pero, a la vez, transmiten calma. Dirceu habla atropellado, Arteche mira tranquilo y con media sonrisa, una sonrisa inclinada al lado opuesto de su tabique nasal torcido, ambos manotean cuando toman la palabra.

Uno, que es tonto, pregunta si ellos tuvieron algo que ver en lo de ayer, si Dirceu inspiró a los nuestros para mantener la pausa cuando se puso el partido en contra, si Arteche fue responsable de que los jugadores fueran siempre de cara, buscando el choque sin miedo, dejando de lado el complejo de los derbis anteriores. Los dos se miran, no saben bien qué decir, Dirceu toma la palabra: no, no, de ninguna manera, no nos está permitido, lo impiden los Estatutos del Jugador del Tercer Anfiteatro, no, no, de ningún modo. Arteche no puede disimular una sonrisa y uno no sabe si es por ver a Dirceu pasando fatigas a la hora de explicar algo sin demasiada convicción, una sonrisa de pillo.

De todos modos, dice Dirceu, las cosas allá arriba no son como aquí, allí no hay tanta rivalidad, allí las cosas son puras y limpias, no existe el deseo de venganza ni las cuentas pendientes. De hecho, sepa Vd, que está en pijama, que el desenlace de la temporada no ha sido del agrado completo de la dirección celestial, que se encuentra algo dividida. Por un lado está el convencimiento firme de que el Atleti merecía esta victoria por justicia divina, humana y deportiva. Pero no puedo dejar de señalar que la forma en que se ha producido ha causado algo de desasosiego en la autoridad. Consideran que la victoria ha sido en exceso humillante, teniendo en cuenta que el rival es un club azotado por las penurias desde hace ya muchos años, poco acostumbrado a jugar finales y por tanto abrumado ante las mismas, empeñado en invertir e invertir sumas escandalosas para obtener más bien poco, con una afición rácana, sí, pero sometida con demasiada frecuencia a la humillación en los partidos trascendentales en casa, a ser eliminados en su propio estadio de torneos vendidos de antemano como ya ganados. El Consejo Celestial piensa que con lo sufrido hasta ahora ya tiene bastante este club, pobres gentes a las que deliberadamente se les hace creer que todo es color de rosa hasta su anual caída al precipicio entre las risotadas de media humanidad y la inmensa mayoría de ectoplasmas. No sé, hay un cierto malestar, hay quien opina que el haber estado preparando este golpe de efecto durante catorce años ha sido excesivo, por mucha risa que haya producido al final. No es el estilo de la casa.

Llegado este punto, Arteche no puede evitar empezar a reírse y, guiñando un ojo, se dirige por primera vez al que suscribe:

-          Oye, mira, que sí, ponme ese café. Y con gotas, qué coño.
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Aproximadamente a las doce de la noche del día 17 de Mayo de 2013, ya 18 de Mayo entonces dirán algunos como por ejemplo un señor calvo y muy alto que vino desde Milán sólo para ver la final, se escuchó un trueno en la zona financiera de la capital, donde están las oficinas de los consultores y los despachos de los asesores de los asesores de los consejeros de los presidentes, vicepresidentes y directores generales de todas esas empresas que no se sabe muy bien qué hacen. El trueno provenía de un estadio sito en dicho barrio financiero que alberga también un centro comercial, varios restaurantes con reservados para hombres de negocios con corbata y doble vida y un servicio de traducción para los numerosos turistas japoneses que recorren sus pasillos buscando que les cuenten historias sobre el pasado clepto-glorioso del club propietario del local comercial. Dentro del estadio-mercado-palacio de congresos-local-de-bodas-y-banquetes-multi-función, y justo cuando sonaba el trueno, se vio a varias decenas de miles de personas vestidas de rojo y blanco abrazándose y lanzando puños al cielo en las gradas del fondo Norte; en el campo se vio a otro grupo menos numeroso, unos de traje y otros de pantalón corto, haciendo lo mismo que los otros miles.

De entre estos últimos surgió un tipo con un traje o quizás fuera un chándal o puede que un traje regional azerbaiyano, land-of-fire. El tipo llevaba una bandera del Atleti con un gran mástil y, tras agitarla un poco, la clavó en medio del estadio lleno en su parte Norte, vacío en su parte Sur ante la huida precipitada de los anfitriones vencidos, con el gesto con el que Rodrigo de Triana plantó el pendón de los Reyes Católicos nada más tocar tierra americana. Bien es sabido, por cierto, que Rodrigo de Triana fue el primero en ver tierra tras la travesía de Colón y uno no tiene ni la más remota idea de si fue él quien plantó el pendón, esto quizás pueda aclararlo un señor más alto aún que el anterior que también volvió a casa sólo para la final y que ha vivido un tiempo en Costa Rica, donde entendemos que lo más seguro es que algo de esto sepan. Mientras esto se aclara y a meros efectos de esta crónica, Rodrigo de Triana plantó el pendón y, ya puestos, George Mallory fue el primero en subir al Everest y a ver quién viene de Nepal a decirnos lo contrario, oiga.

Con ese gesto todos los allí reunidos (o más bien la mitad porque medio campo se había ido del estadio inmediatamente después del final del partido) entendieron lo que había pasado y entendieron por fin lo que realmente significaba.  El Atleti, ente independiente y soberano, club caprichoso y sentido, ha esperado catorce años, catorce, para ganar al rival más odiado en la ocasión más importante. Catorce años se ha tomado el Atleti, socarrón y juguetón, para convertir un título en una burla mayor, en un guiño gigantesco para los niños que pasan fatigas en los colegios y a los que hoy sus padres no consiguen quitarles el traje del Atleti ni para meterles en la bañera. Catorce años quiso el Atleti que los suyos pasaran lunes de angustia para darles un regalo inolvidable, un diamante para los que esperaron esos catorce años deseando volver a vivir lo que antes era más habitual, un nuevo motivo de orgullo para los que nunca consiguieron ver ganar a su equipo contra el otro equipo grande de la capital desde que nacieron hace menos de catorce años, un bálsamo analgésico para los que empezaban a pensar que había una maldición, una conspiración astral, una conjura de los elementos para evitarlo. Catorce años esperó el Atleti y durante esos catorce años aguantó críticas, desaires y preguntas existencialistas desde su morada más allá de Orión: no entendemos por qué se juegan así los derbis, escuchaba el Atleti de boca de sus más fieles seguidores, no entendemos la falta de actitud y orgullo, no entendemos nada desde la grada, queremos respuestas, queremos soluciones, queremos, ya puestos, otra ronda de vermouth de Reus con un chorrito de seltz y una aceituna dentro, si bien algunos prefieren una rodajita de limón y un hielo, allá cada uno, nuestras acciones serán juzgadas a su debido tiempo.

Catorce años quiso pasar el Atleti, dios distante y calculador, viendo a los suyos sufrir, sufriendo por ellos y dudando sobre su propia decisión, rascándose las sienes y apoyando la barbilla en la mano, moviendo de un lado al otro la cabeza con preocupación, a ver si me estoy pasando con la bromita, a ver si luego no sale, no sé, me da cosa esta gente tan grande pasándolo tan mal. Pero no, pensó el Atleti, es una jugada maestra, es un final digno de superproducción de Hollywood, merecerá la pena, será un día inolvidable, cuando llegue ellos, los míos, entenderán porqué se hizo. Será el día del orgullo y de las gargantas rotas, el día en el que el rival quedará retratado por enésima vez en su propia casa, el día en el que uno de los nuestros clavará una bandera del Atleti en el centro del campo-hipermercado ante una multitud ronca y extasiada. Los míos lo entenderán cuando se reconozcan por la calle no por la bufanda sino por la cara de resaca y la sonrisa brillante que no se les cae de la cara, cuando se abracen el lunes al llegar a la oficina con todos los que compartieron días de mandíbula apretada y ganas de grapar a los compañeros burlones a una bala de cañón, cuando estiren la espalda para quitarse la contractura producida por los abrazos de los amigos en la grada del estadio-tienda, cuando tengan que parar un momento a recuperar el resuello tras perseguir durante horas a sus hijos vestidos de rojo y blanco para que se quiten la camiseta de rayas con la que llevan durmiendo tres días.

Y, sí, la verdad. Al final, lo entendimos. Vaya si lo entendimos.

lunes, 15 de abril de 2013

Y, por fin, el Día del Niño



Queda uno a las 13.30 para tomar vermouth con seltz y unas banderillas de aceituna y anchoas, y se toma dos de cada, que tiene mesa a las 14.30 en una casa de comidas. En la casa de comidas se sienta cada uno en su sitio y se pronuncian al menos dos frases imprescindibles en cualquier comida española. La primera se pronuncia al llegar la carta y tras echarle un vistazo: “¿pedimos unos primeros para compartir y luego cada uno un segundo?”, dice siempre alguien, como si lo hubiera inventado él mismo ahí en ese momento, y no como si fuera lo que se viene haciendo en todo el país desde hace siglos. La segunda se dice cuando llegan los segundos y se tarda un rato entre que lleguen los de unos y otros: “oye, vosotros empezad, que eso frío no vale nada”. “Eso frío no vale nada”, dice el español en todas y cada una de las comidas de su vida y si no lo dice es como si faltase algo, como si faltase el pan o el tenedor, sin eso no hay comida oiga, hagan Vds el favor de comportarse y que alguno diga eso de que eso frío no vale nada que si no esto no es comida ni es nada y así es mejor irse cada uno a su casa, hombre ya. A ver, Vd mismo, el de azul clarito, dígalo Vd, vamos, bien, gracias.

Tras compartir un primero y comerse un segundo y hasta un postre entre tres, se toma uno un café y hay quien se toma un chupito antes de ir al campo. Y se llega al estadio con tiempo pero no mucho, y se sienta uno en la grada abarrotada, llena por una vez de niños y no sólo de señores con cara de que vaya horas son estas de ir al fútbol. La grada con sol y niños, ese espectáculo al que antes estábamos acostumbrados y ahora es un evento excepcional que se vive como mucho una vez al año, es un aliciente suficiente para llenar un campo. Eso sí, a eso no le hacen caso los que fijan los horarios, más interesados en que la televisión esté contenta que en conseguir que el aficionado, que al final es la base de este tinglado, lo pase bien y vea que su dinero tuvo una contrapartida digna.

La grada llena de niños está llena de camisetas del Atleti con nombres de jugadores a peinado cambiado y de jugadores del futuro de nombre aún poco popular. En la grada del domingo en el Calderón uno ve Gabis, Forlanes y quince o veinte Falcaos, pero de estos algunos son rubios y otros llevan trenzas y lazo, unos son morenos de pelo rizado, varios Falcaos tienen coletas y hasta hay uno pelón de puro pequeño. Los Falcaos comparten chucherías y gritos con otros jugadores en cuya camiseta pone Paulita, Mario, Jose Carlos y Manu y unos cuantos más que ya tienen su dorsal y su nombre y todo antes ya de debutar en el primer equipo. Pero, eso sí, aunque Falcaos hay muchos, de los que más hay son Fernandostorres.

Durante el partido los mayores de la grada de lateral se achicharran la frente por el sol primaveral que se asoma al Calderón con las mismas ganas que la hinchada infantil, y los niños beben agua y fanta de naranja y meriendan y son capaces de comerse una bolsa de patatas en dos minutos de reloj con las manos pringadas de sal hasta la muñeca. En el medio tiempo la grada tarda en vaciarse porque el personal sale en tropel para llevar a los niños al baño y buscar la sombrita y el fresco de las galerías interiores del estadio y en los vomitorios se forman unas montoneras que ni San Fermín, oiga. El bar se queda sin existencias por la cola monumental que se forma para encontrar bebida fría, y mientras los padres se afanan por conseguir una lata de refresco, los que pasan por ahí cuidan de los niños ajenos para que no se pierdan. Cuídeme el niño si no le importa, que voy a pedir agua, no se preocupe, oiga, yo me ocupo; con este ya van quince niños a mi cuidado y voy a organizar un partido de balonmano, con ese bajito de árbitro.

El partido acaba y el Atleti, además, ha goleado y entretenido al personal. La gente sale con los niños en brazos o a hombros, ya cansados, camino de casa; pero son las siete y aún hay domingo por delante, da gusto, ahora nos vamos a casa o paramos en esa terraza y tomamos algo mientras hace sol, luego veremos el resumen del partido sobre todo para ver si nos enteramos de cómo fue el tercer gol, que nos pilló en la cola de salida al vomitorio y sólo oímos el grito infantil de media grada, goooool.  Ya de vuelta a casa los niños regatean al paragüero y rematan de cabeza una lámpara de pantalla y cenan a regañadientes porque sólo quieren contar una y otra vez cómo el señor de delante perdió las gafas de un manotazo al celebrar el cuarto gol, cómo un vecino de localidad le regaló una bolsa de pipas, cómo papá tardó diez minutos en traer una fanta y luego no había y sólo pudo traer agua, cómo los guardias de seguridad le ayudaron a pasar el torno y cómo jugó con otros siete niños vestidos del Atleti a que ganaban la final de la Copa del Rey por cinco a cero, todos los goles entre los minutos 85 y 90, todos de cabeza a pase del Cebolla. Y, tras tomarse un yogur y contar por enésima vez cómo Koke pone el pie para pasar el balón, hacen acopio de valor, ponen su mejor cara de niño bueno y piden dormir con la camiseta de Fernando Torres puesta.

Fútbol a horarios normales, con niños en la grada: un placer que antes era normal y del que ahora nos han privado, algo contra lo que no nos quejamos lo suficiente. El Atleti es más Atleti a la hora del café en una grada llena de niños, seguro que más que un domingo a las tantas de la noche, sin tiempo para disfrutarlo luego.
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Salió el Atleti la mar de guapo y bien peinado bajo el solazo de domingo madrileño y fue recibido con un estruendo de sonajeros y pitos de pato de goma, vista la edad media de la grada de ayer. Salió también el Granada vestido de negro y medias de rayas y sorprendió que compareciera únicamente el equipo, cuando parte de la grada esperaba que a los titulares les acompañara un cocinero con gorro y todo al que, puesto en pie, el público agradecería con una ovación estruendosa el fino crujir de los churros de la plaza Bib-Rambla (presidida por Neptuno) y el tacto azucarado que se queda en los dedos cuando se come uno un Pionono de Santa Fe sin cucharilla ni nada. Gracias por todo, reposteros granaínos, gracias.

Salió Courtois disfrazado de pollo, entendemos que como guiño a la infancia, si bien se echó en falta la parte superior del disfraz, esto es, esa capucha de plumas con un pico que queda a la altura de la frente, a modo de visera, del disfrazado. Salió también la defensa tradicional, esto es, Juanfran, Filipe Luis, Godín y Miranda, quien se las vería durante toda la tarde con Aranda en un duelo muy seguido en la provincia de Burgos. Por delante de estos, el capitán Gabi, Koke, que jugaba en el puesto en el que tantos partidos disputó antes de llegar al primer equipo, y más abiertos hacia las bandas – es un decir - Raúl García y el Cebolla. Por delante del resto, y con la tarea plácida de hacer añicos una defensa flojita, Diego Costa, que metió un gol, y Falcao, que metió dos.

Con este equipo salió el Atleti al campo y, a los cuatro minutos, ya ganaba uno a cero. Marcó Diego Costa tras un pase excelente de Koke, que vio en ese lance la forma de convertirse en nuevo ídolo infantil. La cosa se puso tan de cara que se convirtió en un tostón hasta que el Cebolla, en un arranque de esos tan suyos, salió como una bala, condujo el balón, puso un excelente pase adelantado a Diego Costa y éste, que ayer ni se peleó ni escupió ni nada para dar buen ejemplo a los invitados, puso otro pase excelente para que Falcao marcara. El Atleti ganaba dos cero a los 30 minutos gracias a un golazo de contraataque en tarde soleada  y con la grada llena de niños: ante esta reflexión más de uno y de dos se preguntaron si habían viajado atrás en el tiempo, si seguían viviendo en la misma época en la que se despertaron, si no habrían llegado al campo en un DeLorean tras un fogonazo sospechoso.

El Granada, generoso y niñero, colaboró para que la hinchada con coloretes se fuera contenta a casa y no dio una a derechas. Falcao marcó nada más empezar el segundo tiempo, cuando medio estadio estaba aún tomando el fresco dentro de los vomitorios, y lo hizo a pase de Koke. Koke llevaba ya dos pases de gol pero Koke es así, oigan, y puso otro baloncito estupendo para que Raúl García marcara un gol de los tres que pudo haber marcado. Antes le habían anulado uno por fuera de juego justito cual papel de envolver Sugus; luego el portero, vestido de helado de dos bolas, le sacó otro tras un remate fantástico; el rechace, hoy rechazo, le llegó a Raúl y la estampó en un poste.  A uno le hubiera gustado que Raúl, buen jugador de equipo y tipo majo con los chavales de la cantera, hubiera metido tres goles ante la chavalería; quizás, gracias al recuerdo cariñoso de estos cuando peinen canas, se podría equilibrar el trato injusto que tantas veces ha sufrido el buen jugador y buen profesional navarro.

Marcó luego Filipe Luis un gol fino fino de extremo antiguo y con el gol llegó uno de los momentos esperados de la tarde, junto con el de la merienda y Calippo prometido. Salió Oliver Torres al campo y se llevó una ovación que tapó la que también se llevó Raúl, y el sol también se vio algo ignorado al centrarse todas las miradas en el chaval. Y el chaval dejó muy buena impresión y confirmó lo ya visto: Oliver Torres se enseñó en todo momento, la pidió, la dio a los compañeros, la jugó en corto y en largo e hizo gala de calma ante el asedio rival y de personalidad para hacer lo que en cada momento consideró oportuno, más allá de lo que de él se esperase.

Oliver Torres dejó un buen sabor de boca a la afición que, un rato antes de acabar el partido, ya salía por las escaleras con niños en brazos y mochilas llenas de botellas de agua vacías y banderas enrolladas. Terminó el partido y la afición se echó a la calle hablando con palabras sonrientes, voz contenta y con toda la tarde por delante, encima. Siendo como era uno de esos días en los que la primavera rompe en Madrid tras un invierno lluvioso y la ciudad entera se echa a la calle, no había sitio en terraza alguna en varios kilómetros a la redonda y hasta las tantas de la noche se veían aficionados rojiblancos tomando patatas fritas y tinto de verano en las mesas de las aceras, ajenos a los partidos que otros equipos jugaban más tarde para que estuvieran contentos los señores de las televisiones. Los camareros sabían que sería un buen día para la caja, los padres sabían que llegarían a casa con tiempo de ser persona un rato antes de dormirse y los niños sabían que, al día siguiente, irían al colegio con camiseta rojiblanca para contar con pelos y señales los cinco goles marcados por el Atleti en una tarde soleada. En definitiva, eso que antes era tan normal y que últimamente, sin que hayamos hecho nada, nos han secuestrado.