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domingo, 22 de febrero de 2015

Crónica cómoda tras el resbalón (y su resaca)




Volvía el Atleti a casa tras el extraño partido de Vigo y, cosas que ocurren, no flotaba en el ambiente ni la más mínima duda de que el equipo saldría fuerte, jugaría bien, ganaría el partido. La certeza no venía provocada por el estado de forma del Almería ni por su situación en la Liga, dentro de ese pelotón que va del puesto 10 al 16 en el que meten los codos equipos admirables como el Eibar, algo decepcionantes como el Athletic o directamente desconcertantes como la Real Sociedad. La certeza, cree el que suscribe, venía de otro sitio.

Si la afición llegaba al campo sin dudas era por esa capacidad que tiene el equipo del Cholo de retrotraernos a esos tiempos en los que uno iba al campo sabiendo que el Atleti iba a ganar. Quizás luego no ganase, ya lo saben Vds, pero la realidad es que, de chico, uno iba al campo con la certeza de que el Atleti iba como mucho muchísimo a empatar y eso si las cosas no se daban bien. Lo normal por aquel entonces era ganar, ganar jugando bien, ganar jugando mal. A veces, muy pocas, se perdía jugando bien, o se empataba jugando regular. Si se jugaba mal muchas veces se ganaba; sólo se perdía jugando medio bien si el equipo rival era mejor, más potente, estaba más en forma y, aún así, se perdía plantando cara y dando pelea hasta el pitido final siempre y cuando no ocurriera una desgracia o pitara Álvarez Margüenda.

Quizás esta sensación, que no era de invencibilidad ni de superioridad arrogante sino de seriedad y de solvencia, ha vuelto al Calderón demasiado rápido, de forma demasiado abrupta. La irrupción del Cholo y su carácter ganador, su solidez técnica, su capacidad para recuperar jugadores y convertir el agua en vino parece, cuando se compara con el período baldío y tristón de manzanos y ferrandos que le precedió, una orquídea floreciendo en medio del suelo de hormigón de un parking de polígono industrial. Aquello a lo que nos ha acostumbrado en tan poco tiempo el Cholo, es decir, a ganar, a plantar siempre cara, a poner en aprietos a los equipos más potentes en su casa o en la nuestra, a competir como fieras en pocas palabras, quizás nos haya hecho perder algo de perspectiva sobre el lugar del que venimos y, qué cosas, sobre las cosas que pasan en este deporte que llamamos fútbol.

Tras la derrota en Vigo, que fue justa y proporcionada para todo aquél que viera el partido, se levantó una tímida ola negra de pesimismo y de ira que acabó por sofocarse en poco tiempo; sin embargo, fue ola al fin y al cabo. En Vigo se jugó la mar de mal y se hicieron pruebas que demostraron ser fallidas. Jugadores que venían de hacer buenos partidos naufragaron sin excusa, y la ausencia de Arda, Koke y Raúl hizo que la afición pisara el rastrillo de la realidad y se diera en plena cara con el hecho incontestable de que la plantilla no es tan extensa como nos gustaría, que los jugadores a veces juegan mal, que los rivales a veces juegan mejor y que no siempre se gana por el simple hecho de querer ganar. Se perdió un partido que más bien ganó un rival inspirado en sus pocos tiros a puerta, en el que colaboró el árbitro con un par de decisiones desacertadas que, de haber ido en otro sentido, quizás podrían haber acabado en un partido injustamente empatado por el Atleti. Empatado, o hasta ganado, sí, pero injustamente. Pero, cosas que ocurren en la era digital, quizás por obra de la bendita costumbre de la victoria en la que nos ha sumergido Simeone y quizás por la ponzoña que derrama ese pozo de amargura y faltas de respeto que son las redes sociales, al acabar el partido de Vigo parecía que también se había acabado el equipo, las aspiraciones a Champions, la época dorada del Cholismo, el mismísimo Mundo al fin y al cabo.

En Twitter, ya sabemos, conviven especímenes molestos tales como el rival amargado presto a hacer comentarios que terminan en jajaja, los entusiastas del suplicio ajeno, los guardianes de la estética futbolística y la moral pateadora, los pontífices tácticos y los periodistas rabiosos. Toda esta molesta jauría es tan extensa que, aunque uno no siga a ninguno de ellos por no tener interés lo que dicen, resulta prácticamente imposible no enterarse de las barbaridades e inconveniencias que sueltan. Lo grave, además, es que muchas veces es porque son precisamente los seguidores del equipo propio los que contestan a sus bravatas, discuten sobre sus disparates y dan publicidad a sus opiniones carentes de cualquier valor. Porque, por si fuera poco, al grupete anterior se suman en los días señaladitos los atléticos amargos incapaces de ver con perspectiva el momento maravilloso que vivimos, los pretorianos que no toleran la crítica a nadie si él no está de acuerdo, los catastrofistas que ven en cada mínima muestra de humanidad del equipo señales inequívocas de que el final se acerca y graves doctores que guardan larvada la amargura de ver que un jugador al que siempre criticaron despunta ahora como un buen elemento, que aprovechan cualquier desliz para lanzar a los cuatro vientos eso de “ahí lo tienen, mírenlo, anda que no he dicho yo veces que fulano es un petardo”. Un poema, un ambientazo, un rollo importante, oiga.

Al final, entre unos y otros resulta más aconsejable cerrar persianas en ciertos días y quedarse tan tranquilo al amor de la lumbre propia. En día de derrota resulta casi imposible asomarse a ciertas redes sociales a opinar con calma sin ser apedreado tanto por los que consideran que no cabe la crítica al equipo o el entrenador como por los que elevan a la categoría de catástrofe-que-yo-ya-predije cualquier partido de fútbol. Si bien todos coincidimos en el NO CONSUMAN cuando se trata de ciertos disparates contados por ciertos medios (o más bien por ciertos periodistas dentro de ciertos medios), parece que el siguiente paso es no consumir tampoco redes sociales ni para bien ni para mal. Así somos de majos, qué les parece a Vds.

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Salió el Atleti al campo y salió también el Almería, que iba vestido como de chándal de gimnasia sueca de esos que se llevaban antes: azulito y con una V grande en el pecho. Si nos dicen que en vez del Almería había venido en su lugar un equipo checo de los 80 nos lo habríamos creído igual; si en vez de medias hasta la rodilla sale el Almería con calcetinitos blancos cortos de esos con una raya azul y otra roja y dos raquetitas de tenis cruzadas, tampoco nos habría extrañado. El Almería salió vestido de señor de mediana edad que anda rápido por el paseo marítimo y lo peor es que a estas alturas ya nada nos extraña; las cosas del fútbol de hoy en día, ya lo saben Vds.

El Atleti salió, algo es algo, vestido de Atleti y  con el equipo que uno considera que debe salir, incluyendo a Saúl haciendo de Koke durante la lesión de Koke. Y Saúl hizo bien de Koke y el Atleti jugó bien y resolvió rápido, beneficiándose de un penalti que no fue, jugando una única mitad de partido y reservando jugadores y protegiendo amonestados en vísperas de los dos próximos partidos de liga que se nos vienen encima, que serán muy importantes y llegan en un momento complicado. Lo que viene siendo una gestión eficaz del tiempo y los recursos, oiga, todo un curso de Management de ese.

En el Atleti de ayer se vieron algunas de esas cosas que hacen muy eficaz al Atleti de hoy en día: un portero al que le tiran pocas (tan poco trabajo conlleva mucho mérito para hacer bien las cosas cuando toca, por cierto), unos centrales serios y concentrados, dos laterales que requieren un poco más de análisis y dos medio centros sensatos y a tono. Del resto, es decir, de Saúl y su buen partido, de Arda Turan y su capacidad para hacer exactamente lo que le da la gana en absolutamente cualquier situación, y de la estupenda conexión que está naciendo entre los dos delanteros de unas semanas a esta parte, depende que el equipo, eficaz y sólido en cuartos traseros, resuelva con más o menos brillo y en más o menos tiempo este tipo de partidos poco exigentes.

Y es que Juanfran ha asumido definitivamente el papel de Filipe Luis – el lateral que, combinando y con rapidez, permite construir el ataque por su lado – y Arda así lo ha ratificado, combinando alegre tantas veces necesite por su banda hasta encontrar la ocasión de llevar el balón a posiciones de tiro. Mientras tanto, por la otra banda, en un universo paralelo (no hagan chistes), discurre la vida de Siqueira. Siqueira, fiel a su estilo desconcertante, lo mismo sale corriendo como una bala en dirección a la nada como se para e intenta un regate de filigrana. A veces llega bien a la línea de fondo y pone un pase magistral, a veces desbarata él solito una situación ventajosa tomando una decisión catastrófica. Siqueira, además, no tiene suerte, el hombre; Siqueira es de esa gente que aparece en bermudas en un funeral por no haber leído el mensaje completo, o suelta un chiste inoportuno cuando ya terminó la pelea de bar y se vuelve a montar un follón cuando ya todo parecía resuelto. Siqueira consiguió que le expulsaran (quizás injustamente) en el único partido en el que el Atleti había gestionado a la perfección el no recibir amarillas, y se fue para el vestuario con una cara muy cómica, sin explicarse, una vez más, la situación que él mismo había provocado. Eso sí, les advierto yo una cosa: a Siqueira, que es un desastre con buena voluntad, el don de la inoportunidad y la capacidad para tomar decisiones adecuadas de una acelga, le estoy yo cogiendo cariño. Me pasa un poco como con Pernía. Avisados quedan.

Alejados en fin de la zona impredecible del lateral izquierdo, ayer fue el día de los delanteros. Mandzukic, que tiró de galones a la hora de hacerse con el balón del penalti (y eso que Griezmann lo había cogido por si colaba) marcó un gol y pasó los balones en los otros dos; Griezmann, que abrió la tarde con un control portentoso tras un pelotazo larguísimo de Moyá, marcó dos. Entre uno y otro amargaron la existencia a la defensa del Almería, tan tranquila con su chándal de jubilado, y dejaron el partido cerradito y con un lazo cuando se llevaba media hora. Mandzukic sirvió a la perfección dos balones, uno en profundidad y uno por alto, reeditando lances de su partidazo contra el tercer equipo de Madrid del otro día; Griezmann volvió a lucir control prodigioso en carrera y precisión de cirujano para poner el balón en el poste en el primer gol, y habilidad ratonera en el segundo.

Entre uno y otro, con la posibilidad de meter a Torres casi por cualquiera de ellos si la situación lo requiere, el Atleti tiene garantías de hacer daño y mantener a la defensa rival ocupada siempre y cuando no se produzca la rara conjunción astral de Vigo. Y si Mandzukic se ha ido ganando los galones y el sitio poco a poco desde el inicio de la temporada, la progresión de Griezmann desde el partido de Bilbao, quizás coincidiendo con el ataque de epilepsia que llevó a su peluquero a hacerle ese desaguisado, es meteórica. Goleador, fino estilista y hábil cuasi-centrocampista con trote ligero de tirador de florete, Griezmann está ya muy cerca del jugador que debe ser; cerca, no ya allí, porque de Griezmann esperamos más. Si adquiere algo del instinto peleón de Mandzukic y se convence, como Arda, de que ir al suelo, rebañar balones y no perderlos por entrar con la pierna floja y sin fe, es parte fundamental de su trabajo, Griezmann puede convertirse en un jugador aún más letal, más completo que ese físico de López Ufarte sugiere, más potente, mejor; viendo la progresión, no parece que estemos lejos. 



Así que, una vez más tras un tropiezo, el Atleti ganó bien y volvió a dejar claro que lo suyo es precisamente ir a lo suyo, lejos de los amargos cantos de Twitter que anuncian la catástrofe, lejos de las risitas de los rivales que esconden en sus chistecitos el miedo al que viene fuerte y la rabia por el – al menos provisional – fin del cómodo bi-equipismo que todo lo explica. El Atleti tiene ahora dos partidos muy complicados y un tercero, el Espanyol, que puede complicarse mucho también. En medio, Champions, esto es, un mes complicadísimo con muchos partidos duros. Precisamente lo que le gusta al equipo del Cholo, precisamente el fregado en el que se desenvuelven bien los jugadores. Confiemos. 

lunes, 22 de febrero de 2010

Crónica del Almería - Atleti o qué cosas nos pasan, oiga

Jugó el Atleti un partido que quizás no debió perder y quizás no debió ganar. Pero perdió, qué cosas pasan, porque la delantera, que es la que siempre funcionaba, no dio una.
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Hay veces en las que, sin saber por qué y sin que uno haya hecho nada para evitarlo o merecerlo, la vida de uno cambia. Quizás mucho, quizás sólo un poquito, pero la cosa es que cambia. Hay quien lleva toda la vida manejándose con autoridad por bares y calles y, de pronto sale un personaje televisivo conocido por su afición a la ingesta de bollería industrial que lleva su mismo nombre y lo que era respeto se torna en chufla. Hay quien, siendo un afamado escritor mexicano con porte aristocrático y voz grave, tiene la desgracia de que salga por ahí un zopenco con su mismo nombre escribiendo idioteces sobre el Atleti y hay también algún chalado que los confunde. Hay quien tiene un apellido rimbombante que en casa denota noble linaje pero en otro idioma significa "atunero" y ve cómo se ríen de él una barbaridad cuando viaja por placer a hotelitos con encanto. Lo mismo pasa con el parecido físico, no crean. Hay quien suma a la desgracia de ser obeso y miope el parecerse a Juan Manuel de Prada y recibe por ello burlas desde los autobuses por pedante y por mandón. Eso sí, también pasa al contrario. Hay quien pudo tener un complejo por ser rubiejo y con bolsas bajo los ojos, pero tuvo la fortuna de parecerse a Michael Caine y por ello le invitan en las tabernas y le tratan bien en las zapaterías. Hay quien nació feo y narizón pero tuvo la suerte de parecerse a Manolete; hay también quien nació guapo y bien plantado y tuvo la inmensa desgracia de ser clavaíto a un futbolista insoportable y engreído al que no traga el pueblo. Cuando estas cosas pasan, la vida de uno cambia sin que uno sea responsable de nada.

A veces las cosas cambian pero el cambio sí es achacable a las decisiones de uno. Hay quien, a pesar de ser un tipo en apariencia gris, recibe vítores y parabienes allá donde va gracias a su valor y destreza con capote y con muleta. Hay quien pasa del anonimato a la fama gracias a un acto heroico o un descubrimiento científico que terminó con la ingobernabilidad de los remolinos de pelo. Y, al contrario, hay quien es señalado con el dedo por la calle tras ser reconocido culpable de sobornos y tejemanejes; hay quien no debería poder salir de casa por haber cometido un penalti y ser expulsado por patear a un rival en el suelo haciendo a su equipo perder la liga (aunque esto sólo ocurre si el infractor juega en un equipo decente). Y hay quien, luciendo un tipo atlético y un distinguido pelo cano atrae las miradas femeninas cuando pasea por la calle pero aún así no consigue levantar admiración sino sonrisitas burlonas; esto pasa, por ejemplo, cuando uno reconoce a aquél que pasea luciendo palmito como el protagonista de los anuncios sobre disfunción eréctil que copan las páginas publicitarias del Forza Atleti. Lo que es la vida.
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Aquellos pobrecitos que sigan estas páginas con frecuencia habrán notado que en este blog rara vez se hace mención a la suerte. La suerte, piensa uno, es un factor más del juego con el que hay que saber convivir, que hay que saber gestionar y que hay que saber prever. La suerte es un factor que se desactiva con inteligencia y trabajo o con más suerte, aunque a veces ni por esas se consigue. Pensarán Vds por tanto que el que suscribe achaca a la suerte la derrota en Almería, y la respuesta es no. A la pregunta se podría responder con otra, como hacen los gallegos: ¿Mereció el Atleti perder ayer? Pues mire, posiblemente no. ¿Mereció ganar el Almería? Pues tampoco, no crea. ¿Hubiera sido justo un empate? Pues visto lo visto, quizás, pero el tema de la justicia en el fútbol es muy relativo y muy resbaladizo y uno ha llegado ya a una edad en la que una mala caída le produce una fractura de cadera, así que conmigo no cuenten. Si acaso, que conteste ese del fondo, el del diente de oro, ese, sí, ese.
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Salió el Atleti en Almería con una alineación que empezamos a conocernos casi de memoria o al menos somos ya capaces de decir con poco margen de error quién jugará y quién no. Salió Asenjo, como ya sabíamos que iba a ocurrir, y volvió a ser titular Tiago por merecimientos propios. Rotó Quique en la punta de ataque sentando a Agüero y en su lugar no salió nadie, o prácticamente nadie, si acaso un ectoplasma de pelo fosco que se deja ver con frecuencia por el césped del Calderón. Salió un Atleti distinto al que jugó contra el Barça, y tiene mérito porque casi era igual; son las cosas del Atleti, capaz de convertir en claramente imprevisible lo que en cualquier otro equipo sería lo normal.

Salió el Atleti vestido de elegante y sobrio terno negro a la moda del Siglo de Oro pero sin gola, traje austero de un equipo serio que la mercadotecnia calzatoria se entretuvo en mancillar. Ayer, a pesar del aire general de cofradía de penitencia en silencio del equipo, la casi totalidad de los jugadores del Atleti llevaban botas de colorines en gamas que abarcan del blanco innoble al verde limón caribeño, pasando por el rojo pasión, el naranja clementina, el azul piscina y el amarillo vitamina C - por no mencionar algunos ejemplares bicolores, provocación clara hacia el numeroso colectivo colchonero-daltónico. Uno es de la opinión de que la sociedad moderna no se ocupa lo que debe del importantísimo problema que supone para la civilización occidental el asunto del color de las botas de fútbol de los profesionales. Un breve estudio, que no es en este caso de César Vidal pero bien podría serlo, demuestra que la pérdida de valores entre la juventud y sobre todo la ausencia total de respeto por la ortografía, la tercera edad y la siesta pijamera coinciden en el tiempo con el auge de la bota colorida, frívola prima lejana de la tradicional y austera bota negra con alguna raya blanca como mucho, pilar de la cultura occidental en los buenos, viejos tiempos en los que no había rúcula ni crema anti-ojeras. Porque si es grave que los jóvenes tomen como modelo futbolistas de personalidad egocéntrica y volátil sin más interés en el mundo que el de tener un coche de muchos cilindros y una novia de muchos quirófanos, es del todo intolerable que hasta recios centrales de tabique nasal desviado o esforzados mediocentros de incansable carrera y apoyo continuo al compañero superficial y con patillitas finas hayan caído también en la fatal moda de la bota-loro. Desde aquí, y en nombre de tantos y tantos futbolistas de barrio criados en la cultura de ampolla tobillera de la bota Cejudo y en el dolor de planta de pie de la bota de planta rígida y taco recambiable (del todo inútil para el campo de tierra seca, todo sea dicho) y en el nombre también de los aficionados de bien amantes de los colores-topo y la discreción capilar, pedimos a los fabricantes el fin de las colecciones de botas de colorines y EXIGIMOS a la autoridad que intervenga en este tema con la contundencia que el peligro para las generaciones venideras reclama.

Salió Asenjo en la portería con todo el mundo mirando y lo hizo bien. Lo hizo bien sobre todo en lo suyo, que es tapar remates a bocajarro y tirar de reflejos cuando no hay colocación que valga. Volvió a dejar claro que lo suyo no es el control de las distancias y los espacios en el área pequeña, parcela en la que tiende con frecuencia a seguir el balón con la vista, atornillado al suelo en su posición cercana a la línea, demasiado confiado en sus reflejos ante los disparos rivales a pocos metros. Asenjo, eso sí, no oculta sus defectos ni tampoco sus virtudes, y ayer hizo un buen partido - quizás por jugar lejos de casa - que se pudo mejorar en un par de balones laterales y que se pudo también empeorar si no llega a tener varias intervenciones de mérito. Asenjo salvó los muebles de su intervención y eso nos alegra, aunque vivimos más tranquilos, eso sí, cuando está De Gea. Y, eso sí, si el partido de ayer lo hubieran jugado sólo los porteros quizás habría ganado Alves, muy entonado toda la tarde y asombroso a ratos.

Jugó la defensa mejor que otras veces, que no es poco. Jugó Domínguez algo más tenso que en otros partidos, quizás por la amarilla recibida al poco tiempo de empezar el partido, quizás rabioso con él mismo por cumplir ciclo a la vez en dos competiciones y dejar al equipo con un dilema monumental en el que el entrenador puede patinar. Perea jugó bien con sus virtudes y carencias habituales: bien al corte por rapidez y contundencia, torpe en el despeje en situaciones complicadas. Se dejó ver poco Antonio López, sobre todo en la primera parte en la que el juego rival se volcó por su banda, y destacó Ujfalusi. Ujfalusi, ojito derecho del que suscribe gracias a su profesionalidad y regularidad, suele jugar bien aunque tenga errores sonados. Si contra el Galatasaray destacó como lateral izquierdo, que ya me contarán Vds qué pintaba allí el hombre, ayer se mostró en muchos casos como la única alternativa al colapso general de la zona del medio. Fundido Simão, fueron muchas veces las subidas de Ujfalusi las que permitieron al Atleti desatascar el ataque, algo que debería hacer reflexionar a alguien en el cuerpo técnico sobre qué sería del Atleti con laterales buenos. Ahora que lo pienso, no tomen en cuenta esta última frase, demasiado idealista, demasiado triste cuando se piensa dos veces. Mejor olvídenlo, oigan.

La noticia gorda, eso sí, estuvo en el centro del campo. No hablaremos del ataque, no, porque el ataque ayer lo formaron un imitador de Forlán y un ente difícilmente clasificable. Forlán, solo en punta, anduvo flojo y sin hambre de balón, impasible ante balones a los que hace no tanto tiempo llegaba sobrado, torpe en el control y demasiado egoísta en el disparo a puerta. Forlán recibe muchos balones de espaldas y cerca del medio campo, posiblemente las peores condiciones para que desarrolle su juego; en esas circunstancias normalmente devuelve el balón atrás, casi siempre sin aportar nada nuevo y muchas veces enviando un melón fácilmente mejorable. Forlán no metió un gol cantado, quizás demasiado sobrado en la definición tras una jugada y pase excelentes de Tiago. Tiró a veces cuando no debía, tiró alguna diagonal que no debía, se pareció a jugadores a los que no debería. Y, aún así, aún debiendo ser cambiado y levantando debates sobre qué le pasa a Forlán, fue el mejor del ataque.

- ¿Cómo dice Vd?
- Espere, oiga

Forlán lo tuvo fácil, porque el otro del ataque fue Jurado. Jurado, una vez más o más bien una vez menos, jugó de titular en la posición que se antoja ideal para sus teóricas virtudes y no hizo nada. Tiró a puerta mal y flojo, una vez tras una excelente jugada de todo el equipo que merecía un final digno. Perdió los tradicionales balones en el medio campo, lanzando el contraataque rival, y en el repliegue encimó a su par con la agresividad de un colibrí enamorado. Incapaz de jugar sencillo ni cuando la ocasión requiere, falló pases fáciles por querer adornarse en exceso. Jurado, quizás influido por la imaginería barroca andaluza o por el gusto por el escorzo de Rubens y el Greco, es incapaz de hacer las cosas sencillas. Jurado, como las señoras de cierta edad, tiene fobia a las paredes vacías y cuando recibe el pase del compañero que busca la pared de toda la vida Jurado se empeña en rellenarlas con una pintura al fresco, un reloj de cuco, un cuadro de perros jugando al billar o un barómetro de esos con una pata de ciervo en el que pone "Recuerdo de Gredos". El resultado es un juego innecesariamente complejo, poco útil, nada efectivo, irritante para el espectador y para el compañero y, curiosamente, muy apreciado por la prensa especializada. Para colmo, despejó un balón en el área chica con un pase imposible a Ujfalusi que terminó en segunda oportunidad para el Almería, despeje malo de Perea, rebote en Tiago y gol rival. Por qué Quique no cambió a Jurado y Forlán es algo que nadie entiende. Por qué fue expulsado Quique, casi tampoco: al parecer reclamó un penalti que las televisiones no quisieron repetir aunque los espectadores vieron una mano volante tocando el balón tras una clarísima ocasión de Forlán que paró con mérito Alves. Fuentes bien informadas indicaron más tarde que la mano, en realidad, había sido de... Jurado. Pa enmarcar, oiga.

Y, para el final, lo mejor: el centro del campo, quién nos lo iba a decir. Salvo Simão, que pareció fundido y poco motivado, el centro del campo estuvo más junto, manteniendo el equipo menos fracturado. Jugó como siempre Assunção, es decir, bien, y jugó bien Tiago. Tiago aporta al equipo pausa, algo que no se veía en el centro del campo del Atleti hace tiempo. Tiago se para, ocupa su parcela, no intenta defender lo que los demás no defienden y juega sencillo, cómodo, busca la opción más lógica, se complica sólo cuando puede y debe. Se incorpora al ataque, va bien de cabeza y ayer sacó un tiro a la escuadra que dejó entrevere un tirador de lejos, algo que también se echa de menos en el Calderón, sobre todo ahora que Raúl García anda menos confiado. Tiago calma a los compañeros y evita que el partido enloquezca, como suele ocurrirle al Atleti; paradójicamente, quizás no sea la solución a los males del equipo. Ayer el equipo controló el centro del campo, sí, pero hizo un juego horizontal y plano en el que muchas veces fue Ujfalusi correteando la banda quien aportó la única idea para abrir la defensa rival. Bien es cierto que a ver quién es el guapo que hace fútbol de ataque con Forlán desconocido y Jurado jugando para el rival, eso sí. En definitiva, Tiago aporta algo que hacía falta aunque no sea él solo suficiente para cambiar la faz del equipo entero, faltaría más.

El último párrafo del análisis va para Reyes. Reyes, a quien la prensa ensalza sin medida, hizo un buen partido una vez más. Jugó enchufado, corrió, tiró del equipo, se fajó en defensa, llegó al ataque y si Alves no está inspirado le cuela un gol con la pierna mala, ahí es nada. Pero Reyes, que para eso es Reyes, tiene aún cosas que ir cambiando. Reyes se llevó una amarilla aparentemente por simular una falta, pero uno cree que fue por culpa de su sonrisilla. Reyes recibe faltas, reales o imaginarias, y se deja caer y mira al árbitro con cara de decir ha sido amarilla, haga algo, oiga. Y si no la sacan Reyes se queda sentado, abre los brazos, se sube las medias, gira la cara de medio lado, mira al árbitro y saca su famosa sonrisilla, la Sonrisilla Reyes©; con toda probabilidad, le sacan entonces amarilla, por sonrisitas. Y es que Reyes no ha caído aún en que es un tipo que cae mal. Puede enfadarse con el mundo, puede considerar que es injusto o puede tomar nota e intentar hacer algo por evitarlo porque la realidad es la que es. Ya hemos visto que Reyes, en varias ocasiones, reclama una falta y cuando no se la pitan se para, abre los brazos, refunfuña y le da igual que el equipo sufra por su inactividad transitoria dando la impresión de que, para Reyes, el equipo siempre es secundario a Reyes. Ayer mismo Reyes, en un buen partido y con una amarilla, tiró una patadita a un rival que le hubiera supuesto la expulsión. Dicho esto Reyes jugó bien, al César lo que es del César, y esperemos que así siga.

El Atleti perdió un partido que quizás no debiera haber perdido, visto lo visto. Pero lo perdió, así son las cosas, y el objetivo de principio de temporada, que era acabar tercero, parece totalmente imposible cuando aún quedan muchos partidos. Además, el equipo puede caer en la tentación de pensar que la Liga no importa, que la temporada está salvada gracias a una final de Copa contra un equipo que casi seguro que jugará Champions, con lo que la entrada en Europa League por la gatera podrá maquillar muchas cosas. Y si es así, Dios nos pille confesados en Liga. Primero, por el riesgo de meternos en problemas. Segundo, por el riesgo de bochorno continuado. Y no sabemos si Quique tiene capacidad para evitarlo, visto lo visto, qué quieren que yo les diga.

jueves, 24 de septiembre de 2009

De cómo pisar esa piel de plátano que todo el mundo ve

Cuando todo el mundo pensaba que podía pasar lo impensable, pasó. El Atleti tiene estas cosas de siempre, pero aunque se ven venir sigue y sigue empeñado en cumplir las tradiciones.

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- Toc, toc, ¿Hola? ¿Se puede?
- Hombre, Armenteros, sí, pase, pase.
- Hola, buenos días. No, que era para decirle que el inventario ya está acabado y que tenía Vd razón, que todas las gomas de borrar blancas huelen a nata y las que son mitad azules y mitad rojas valen para lápiz y bolígrafo, pero la parte azul rasca el papel y lo deja hecho un asco, esto téngalo Vd en cuenta. Está todo apuntado aquí.
- Ah, vaya, sí, es un problema, me lo temía. En fin, gracias Armenteros, muy bien.
- Y otra cosa. Ya he terminado el informe que me pidió sobre la diferencia entre el bonito y el atún. Aquí lo tiene encuadernado, y aquí le dejo dos latas, una de cada. En aceite.
- Ah, sí, caramba, Armenteros, sí, muy diligente. Y qué rápido. Con que lo hubiera acabado esta tarde valía.
- Sí, bueno, justo de eso quería hablarle. Esta tarde tendré que irme un poco antes, a y media en vez de a en punto.
- Ah, ¿y eso?
- Bueno, verá, es mi cuñada, está mal, la pobre. Le quitaron dos muelas del juicio pero al parecer la raíz era larga y al extraerlas le han desplazado el páncreas hacia arriba. El páncreas ha comprimido el pulmón y se le ha aflautado la voz y ahora habla como Valerón. Esto le ha agravado la depresión que le entró cuando pidieron un autógrafo creyendo que era Falete y está medicada en casa, hecha polvo. Hoy voy a verla con mi mujer, son hermanas muy próximas, no puedo decir que no.
- Anda ... bueno, qué se le va a hacer, Armenteros, la familia es lo primero y la salud no digamos.
- Muchas gracias, oiga. De todos modos mañana vendré un poco antes para recuperar el tiempo y acabo de ordenar los post-its por tonalidades, de tonos fríos a cálidos, como a Vd le gusta.
- Muy bien, adiós Armenteros ... por cierto, Armenteros
- ¿Sí, jefe?
- Vaya Vd a visitar a su cuñada enferma a y cuarto en vez de a y media y así de paso se manifiesta en la Puerta Cero en mi nombre.

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Llegó la afición al campo directa de la oficina y la grada del Calderón iba mitad de rayas rojiblancas mitad de traje y corbata y los vecinos de localidad no daban crédito. Caramba, oiga, qué traje más elegante, es de corte italiano ¿no? La verdad es que se me hace raro verle así, casi no le reconozco, ya estamos acostumbrados a verle con la camiseta de Metallica y el penacho de plumas, así de traje como que no le hacía yo. Si, ya ve, es que soy el notario de Pozuelo.

Llegó la gente en tropel y con la hora pegada, dejando el coche en cualquier sitio y discutiendo con los policías municipales de Madrid, posiblemente los policías municipales peor educados del globo por encima incluso de los de Kioto, Riga y Bratislava, que hasta ahora lideraban el ranking gracias a su querencia al escupitajo y el pellizco de monja durante los reconocimientos. Los policías municipales de Madrid, ya lo saben Vds, llevan unas espaditas láser que valen para todo y van de dos en dos y uno hace de bueno y otro de malo, como en las películas. Uno es mayor y con canas y se muestra firme pero comprensivo, y a su vera va otro joven con patillitas y gafas de diseño que le mira a uno así como con desprecio mientras le lanza a la cara expresiones de esas que sólo usan los policías como mostrar la documentación o autoridad competente, qué ironía esta última. Los policías municipales de Madrid gesticulan mucho y ponen cara de mandar una barbaridad y se dirigen a uno como si uno fuera malo malísimo y, además, tonto. El cuerpo entero de la policía municipal de Madrid se ha ganado la reputación de conducir en moto con aire desafiante y maneras más correspondientes a un detenido en potencia que a un representante de la ley. Si a Madrid le dan las olimpiadas habrá que tener cuidado porque la policía municipal lo mismo hace un control que atasca el maratón o riñen a los vallistas por llevar tantas cadenas o hacer tonteriítas a las cámaras antes de salir, aunque bien pensado esto último estaría muy bien.

Salió el Atleti al césped y según salía se paró un momento al ver al rival. Es turquesa, decía uno, no, es verde agua, contestaba otro. Azul aguaviva, quizás, terciaba un tercero casado con una mujer con gusto para las cortinas. Era el Almería, por si no lo habían intuido. Salió el Atleti con Roberto vestido de sobrio negro zahíno y con Pablo y Juanito en el medio de la defensa. Con Perea, y Cleber, y Jurado, y Sinama y con todo esto la afición dijo no sé, no sé y se remangó un poco los pantalones del traje y se sentó no sin antes sacudir un poco la mugre del asiento con ese acto reflejo que caracteriza a los que acuden con frecuencia al Calderón. Y casi no se habían sentado y ya habían llegado los diminutos delanteros del Almería a asustar a Roberto y a obligar a la afición a añadir un no sé más y acabar diciendo no sé, no sé, no sé yo.

Transcurría el partido con aires de tostón venidero cuando a Forlán le hicieron penalti. ¡Penalti!, se grita en estos casos. Es raro ver que a Forlán le hagan una falta, piensa uno: no sé si es porque la da rápido, porque la conduce poco, porque no hay quien le pille corriendo o porque es más listo que el resto, pero mientras uno está harto de ver cómo le aporrean los tobillos a Agüero, la imagen de Forlán recibiendo una falta no es tan familiar. Eso sí, esta vez pareció claro y el propio Forlán se acercó a tirarlo. Desde la grada de lateral dio la impresión de que el portero no estaba centrado y le invitaba a Forlán a tirar por el lado que tiró. Y tiró fuera, quizás empeñado en ajustar tanto el balón que acabó echándolo a los fotógrafos. Forlán fallando un penalti, uyuyuyuyuy no sé no sé no sé yo, la cosa no pintaba bien.

De vuelta al partido, la grada se iba fijando en el Atleti: en el trotar cansino de Cléber cuando no tiene el balón, siempre unos metros por detrás de donde uno piensa que debería estar; en la inseguridad cercana al pánico que muestra Perea cada vez que tiene que jugar el balón aunque sea pocos metros; en la aportación al ataque de Sinama, ovacionado al ser más tarde sustituido entre multitud de signos de interrogación flotantes situados sobre la cabeza de muchos aficionados. Se fijaba también en las rayas laterales, que últimamente parecen más alejadas de la publicidad, quizás haciendo el campo más estrecho siguiendo instrucciones del osado Abel. El seguidor se fijaba en el partido y lo que veía le hacía complicado conservar la atención. Como no pasaba nada, la mente del aficionado colchonero se evadía y pensaba en dónde había dejado el coche, en si tendría una multa, en las patillas del joven agente de la policía municipal que le miraba con aire de superioridad, en aquella vez que vio rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. En todo esto pensaba el aficionado colchonero cuando su despiste se vio interrumpido por un gnomo irlandés. Éste no resultó ser tal sino Crusat a la carrera, haciendo un pase a Piatti que acabó en gol. Cero uno, uy qué mala pinta.

Tuvo suerte el Atleti y al poco tiempo empató Cléber tras un rebote. Cléber, que lo celebró así como con cara de ofendido por tantos abucheos recibidos, anduvo ayer más activo y tiró y cabeceó y apareció más. Un seguimiento exhaustivo de su juego, eso sí, muestra una actitud entre el despiste y la desidia cuando la pelota la tiene el rival. Algo parecido le pasa a Jurado. Jurado, que ayer destacó entre el petardo general, intenta regatear y desbordar e inventar cosas que no sean sota, caballo y rey, que es lo que deben hacer los centrocampistas según el manual de instrucciones. Sus aciertos, que los tiene, cobran un relumbrón especial cuando, como ayer, el resto está más gris que otra cosa: Maxi y Assunção estuvieron especialmente espesos y Sinama, como siempre, estuvo bastante Pongolle. Tiene también Jurado una preocupante tendencia a desentenderse del repliegue cuando la iniciativa cambia de bando y carece aún de peso en el juego del equipo. Es decir, hace unas cuantas cosas bien y otras cuantas cosas mal. Aún así, cuenta con el apoyo incondicional de la prensa, lo que se traduce en entusiastas ovaciones cuando se dirige al corner a hacer un saque de esquina; fuentes del servicio de inteligencia de la hinchada no han sabido aún esclarecer si estos aplausos son un reconocimiento al buen hacer de Jurado o una muestra de júbilo ante el hecho de que no sea Simão quien saca de esquina flojito y a dos metros del primer palo, como suele hacer últimamente.

Con uno a uno se llegó al descanso y la gente aprovechó para dormirse un rato. Empezó el segundo tiempo entre ronquidos y algún monólogo de un señor dormido y al poco tiempo se vio algo que hacía unos partidos que no se veía: un centrocampista presionando. Achuchó Jurado a un rival, éste despejó mal y Jurado realizó un pase con el costillar a Forlán, quien marcó sin piedad y con la rabia del que ha fallado un penalti. Y a partir de ahí, el Atleti decidió que había ganado el partido y que no había más que hablar. Ya está, señores, hemos ganao y sanseacabó, no me anden ahora con ataquitos, hasta aquí hemos llegado, hala, a cenar. El Atleti tiene estas cosas, que no son nuevas, y toma decisiones sorprendentes. El Almería, es cierto, no parecía poder hacer daño pero había avisado y había mostrado las miserias de la defensa en al menos dos ocasiones. Pero el Atleti tiene estas cosas y aún sabiendo que Assunção está empeñado en hacer grande a Raúl García durante su ausencia, a pesar de que Maxi anda perdido y Simão también, a pesar de que Cleber y Jurado dejan muchas dudas a la hora de contar con ellos para cerrar un partido con brega en el medio campo y a pesar de que los centrales habían declarado a gritos durante todo el partido que como a los bajitos delanteros rivales les diera por correr se iban a pasar fatigas, decidió que había ganado el partido. Menudo es el Atleti para estas cosas.

Se fue Forlán y salió Agüero a ver si cazaba alguna, y salió Simão y salió Koke. Estos dos últimos anduvieron especialmente espesos y sobre todo Koke, canterano cuyo nombre no consigue pronunciar nadie en el estadio sin decir inmediatamente después ¿Keko? Quizás confiado en la poca pegada del rival, quizás convencido de que el apelotonamiento de medios centros era la mejor manera de evitar el ataque rival, Abel echó el equipo unos metros para atrás en una maniobra que recordó a los peores momentos de algún predecesor en el cargo de segundo apellido Veteyá. El Atleti reculó, el Almería se echó hacia adelante viendo que quedaban diez minutitos y sobre el Calderón volvió a volar, como tantas tardes, la sombra del Cuarto de Hora Maldito, también llamado "El Ratito". La afición, que sabe de esto, añadía uyuyuys y nosénosés a las expresiones del primer cuarto del partido y por su mente pasaban recuerdos de Ratitos malditos en los que se han visto calamidades. En un ataque por la derecha del Almería en el que Simão, despistado, dejó en buena posición a tres o cuatro rivales, el Almería cumplió con el ritual del Ratito y empató el partido que el Atleti había decidido que él mismo había ganado hace un rato. Dos dos, final, el Atleti tiene dos puntos de 12 posibles y la autoestima por debajo de los suelos.

El Atleti va ahora a Valencia, y llega entre augurios de un nuevo batacazo y un partido memorable de Banega, ya saben Vds cómo son estas cosas. El Valencia, que anda a la gresca interna, parece un rival complicado aunque con estos equipos nunca se sabe. Tampoco se sabe nunca con el Atleti, equipo que parece haber perdido la estructura y el alma desde que se fue Raúl García, un jugador poco valorado por la grada pero que parece más necesario cuanto más tiempo falta. Hasta ahora el Atleti firma un principio de liga lamentable, con una imagen lamentable y unos resultados lamentables. Con este panorama y por si faltaba algo, la prensa empieza a volver al redil y, tras atizar a directiva y cuerpo técnico con montones de argumentos de peso, habla ahora de afición desquiciada y comportamiento cainita, de unidad ante la adversidad y de fidelidad a los colores a fuerza de silencio y resignación. Lo que nos faltaba, claro: a partir de ahora, ya lo saben, la culpa es de Vds.

lunes, 1 de junio de 2009

Tanguillos del año salvado

Terminó el Atleti cuarto y clasificado para la Champions en un año en el que se pudo acabar peor y se debió acabar mejor. Pero al final se rascó algo, se consiguió un poco de alivio y se cerró una temporada que nos venderán como un gran éxito cuando, analizando todo lo ocurrido, parece más bien la demostración de un fenómeno futbolístico como Forlán .

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Cuando, en un día ya veraniego más que primaveral con bochorno tropical de esos con los que a veces nos premia Madrid, apareció una nube negra negrísima con cara de poner pingando a aquellos que osaran pasar un rato a la intemperie, el aficionado veterano lo tuvo claro. Pudo llover a las ocho, y pudo llover a las siete. Pudo llover a las once, o a las doce, o incluso no llover. Pudo llegar el viento y llevarse la lluvia a Aranjuez, o pudo invertirse el efecto de la sierra y que la tormenta se quedara en El Escorial, tomando algo por el monte Abantos. Pero no, ya sabía el aficionado veterano lo que iba a pasar, ya tenía claro el atlético de corazón que sólo había un desenlace posible. Y no se equivocaban, y así sucedió y así, en efecto, cuando podía haber pasado cualquier otra cosa, cuando el cielo podría haber tenido algo de compasión por la afición congregada en el estadio, cuando la afición podía haber esperado un guiño de la naturaleza, pasó lo que se veía venir: que a las nueve en punto, con toda la grada llena, con el partido a punto de comenzar, con la hinchada en manga corta y sin paraguas, con las señoras recién peinadas de peluquería y los niños sin chubasquero, se puso a llover a cántaros, y lo hizo durante toda la primera parte. Pudo no ser así, pudo esperar el cielo un rato o bien adelantarse o bien renunciar del todo, pero no fue así. Y lo malo es que, los que llevamos tiempo en esto, teníamos claro que podíamos correr pero no escondernos, que podíamos rezar a San Antonio o llevar huevos a las clarisas, pero que la suerte, con una nube negra como el historial de Pitarch en medio del cielo, estaba echada. Echada en lo meteorológico, gracias al tradicional cenizo rojiblanco, y echada en lo deportivo gracias a la nutrida asistencia de niños-talismán que ocuparon la grada, en especial cuatro, tres niños y una niña, que acudieron juntos tras hacer acopio de fanta naranja en un bar del Paseo de Pontones

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Salió el Atleti en medio del chaparrón, y salió también el Almería vestido de cualquier otro equipo, la verdad. La grada buscaba un paraguas o un chubasquero o una plástica mantita rosa como la que hizo famoso al que suscribe aquella tarde de invierno, pero había poco con lo que resguardarse. La gente buscaba también en el banquillo rival al técnico visitante con ganas de decirle lo muchísimo que se acuerda esta afición de su Sra Madre, pero este no salió en toda la noche de su cubil, quizás con pocas ganas de repasar su árbol genealógico en esta ocasión tan poco heráldica.

Salió Leo Franco en su último partido con el equipo y no se tuvo la sensación de que se fuera nadie importante; quizás no fuera justa una despedida tan comedida para alguien que ha hecho buenos y malos partidos pero que últimamente ha sacado bastantes castañas del fuego, aunque nunca ha logrado ganarse el respeto ni el cariño de la grada. Salió también Pablo, quien volvió a jugar bien y volvió a dejar dudas sobre si es tan malo como a veces parece o si es bueno, como parece otras. Salieron Heitinga de lateral y Ujfalusi de central, y ambos dejaron claro que están bien en su sitio, sobre todo si el rival es tan blandito como ayer. Salió también Pernía en lo que probablemente fuera su último partido con el Atleti por petición de la grada, quizás mayoritaria y quizás poco justa. Salió Pernía y tocó el último balón que tocó el Atleti en la temporada entera tras un buen partido y algunas muestras de cariño de la grada, quizás tardías, y lanzó el balón a la gente y cambió la camiseta y se fue para la caseta mientras el resto del equipo agradecía a la afición el apoyo. Quizás por no tener mucho que agradecer sino más bien lo contrario se fue Pernía solo por el vestuario buscando la ducha e irse a su casa a comerse un helado. Alguno le ovacionó mientras salía y uno no sabe si se fue con pena o con alivio, pero sí tuvo la sensación de que se iba alguien con quien no se había sido justo, y esta vez ya sin quizás, ya con toda seguridad.

Jugaron por delante de los anteriores el siempre irrelevante Sinama, y también Assunção y Raúl García, ambos entonados, el primero bien colocado y el segundo trotón y con carácter además de goleador. Marcó Raúl García de cabeza tras una falta bien lanzada por Maxi, quien hizo un partido notable con aspecto de joya en medio del barrizal de sus últimas actuaciones. Maxi, notable en todo pero especialista en pocas cosas excepto en su llegada prodigiosa en segunda línea, ha hecho un año por debajo de sus condiciones y trayectoria, aportando menos de lo necesario y quedando a veces en evidencia ante las actuaciones de los otros tres responsables del ataque del equipo. Maxi, que suena en las quinielas como uno de los posibles traspasos hacia un equipo de campanillas aprovechando que su reputación sigue intacta, quizás también haya jugado su último partido como local en el Calderón. Quizás también se haya ido por la puerta falsa, tras algunas críticas y pocos reconocimientos, tras muchos kilómetros recorridos y muchos goles vitales, tras oír su nombre coreado tras los buenos partidos y demasiadas críticas en los momentos bajos, tras poner su cara a los anuncios en los que el Club pide sumisión y falta de crítica a una grada que este año sí estalló, y con razón. Se irá Maxi, quizás, y nos acordaremos de él como un gran jugador que nos dio grandes momentos y con el que no tuvimos la palabra amable que merecía, una vez más.

Jugó también Agüero, quien marcó un gol increíble e hizo un control de balón igualmente increíble en el segundo tiempo. Agüero, quien reconoció recientemente que en algunos partidos no había dado todo lo que tenía, trabajó para sus compañeros y dejó claro que es capaz de hacer lo que muy pocos jugadores del mundo pueden llegar a soñar. Pero Agüero, estrella en potencia si es que no lo es ya, no ha lucido con la fuerza de su compañero de ataque, el máximo goleador de Europa, el tipo que ha conseguido que se formen colas de colchoneros ante el consulado del Uruguay con el único objetivo de darle vivas a la madre que parió al embajador, al cónsul, al que tiene los documentos que demuestran que Gardel nació en Montevideo y al primer profesor de Francescoli. Forlán, que ayer volvió a marcar un golazo de esos que se saca de donde menos se espera, terminó ovacionado al ser sustituido, proclamado pichichi y bota de oro tras competir contra otros jugadores que sólo tienen la misión de rematar a puerta vacía o que tienen detrás cinco o seis jugadores capaces de darle un pase de gol de esos que sólo hay que empujar dentro. Forlán, que quizás también juegue lejos del Calderón el año que viene si nadie con seso lo remedia, ha dejado esta temporada muescas de jugador grande en la memoria de la afición, destellos de profesional irreprochable y de tipo inteligente, de prodigio físico y de técnica sobrada en ambas piernas. Vaya donde vaya, y si es en casa mejor, la presente temporada de Forlán merece ser recordada durante años y contada a sobrinos, nietos y vecinos de escalera.

Y entre tanta despedida y bota de oro y gol asombroso, una mención justa e infrecuente para la grada. La grada, que últimamente ha protestado la actuación de los jugadores (ya saben que, según el que suscribe, con injusta virulencia en algunos casos) y ha empujado al equipo hasta la victoria cuando los jugadores no creían demasiado en ella, dio de nuevo síntomas de recuperar la grandeza mostrando durante el partido, a pesar de las buenas noticias, pancartas que dejaban claro que un cuarto puesto no eclipsa demasiados años sin títulos, que un par de jugadores extraordinarios no convierten en aceptable una política deportiva marcada por el cobro de comisiones y no por el interés deportivo del club. "Culpables", decían las pancartas entre las caras de Cerezo y Gil Marín. Por si había dudas, sobre el palco se desplegaba otra que rezaba "Nuestra Ruina", con dos flechas que apuntaban al palco para facilitar las cosas a aquellos que prefieren mirar para otro lado y repetir lo que dice la prensa cuando las circunstancias les exigen hacer el esfuerzo de reflexionar durante tres segundos sobre la situación de la entidad. La afición, hoy contenta por lo conseguido y temerosa por perder a algunos de sus artífices, puede presumir, gracias a unos cuantos esforzados pancarteros, de no ser ya la afición mojigata a la que conquistar con un ñoño anuncio de la Sra Rushmore. Gracias.
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Terminó el partido y la gente se dirigió hacia la puerta 7, esperando la salida de su cofradía, dado que aprovechando el final de la temporada hacía estación de penitencia la hermandad local, cuyos datos se detallan a continuación:

Nombre completo: Ilustre, Antiquísima, Leal - y nunca Real - Hermandad y Archicofradía de la Límpia y Pura Raya Rojiblanca, vulgo "la Nuestra"
Nazarenos: cincuenta mil, otros tantos penitentes, más simpatizantes e innumerables hermandades filiales
Túnicas: roja y antifaz blanco, túnica suplente al capricho del proveedor textil, últimamente roja, azul, amarilla y hasta con telita de araña bajo fondo azulgrana.
Pasos: Misterio, Cristo y Dolorosa

El paso de Misterio, llamado vulgarmente "La Última Plantilla", representa una gran mesa similar a la de la última cena. Sentados a ella, de izquierda a derecha, un discípulo alto con cara de argentino y vestido de gris, que ojea un billete de avión hacia un destino lejano o quizás no tanto; en primer término y a la izquierda de la mesa, cuatro discípulos de gran envergadura, uno calvo, uno negro y espigado, uno con la lengua fuera y otro con melena, barbita y cara de malo, que inspiran algo de seguridad; en segundo plano, un discípulo de Alicante pone cara de lesionado; a su lado, algo apartado y más en primer plano para resaltar protagonismo, un discípulo calvo, algo demacrado y con cara de pensar que las cosas se hacen de otra manera sobre cuyo hombro se posa un angelote que le susurra las palabras "Digan lo que digan, gracias por todo. Y mucha suerte".

Hacia el centro de la mesa un discípulo joven con la nariz grande y cara de rabia por no haber hecho la temporada que de él se esperaba, mira de reojo hacia la parte de Bilbao; a su lado, un discípulo negro de cabeza redonda ocupa en la mesa exactamente el sitio que debe ocupar, sin alardes ni dudas, en su sitio, donde debe. Sobre ellos, tres demonios chiquititos: uno con media melenita y papada, otro con túnica griega y un tercero con melenita más larga, orejas de soplillo y web cam; a su lado, dos angelotes rubios con pecas y diadema les expulsan a los infiernos blandiendo un manual de buena conducta rojiblanca. A los lados de los dos comensales anteriormente descritos, un discípulo menudo con cara de listo y pelo con crestita, con una mirada determinada que no pega con su físico liviano, y un discípulo fornido con cara de fiera y la mirada ausente, quizás debatiéndose entre la floja temporada realizada y un futuro quizás lejano de la Hermandad.

Al extremo de la mesa opuesto al del portero, un discípulo joven, moreno, bajito y fornido mira al cielo con cara de pillo pensando quizás que es verdad eso que dicen de que su suegro es el Altísimo; a su vera, irradiando una luz que atrae la fe de beatas y cofrades, un discípulo con melena rubia y porte arcangelical; sobre su hombro, un diablo vestido de azul y grana le tienta con una vida mejor apartando a otro diablo vestido de azul celeste que lleva en la mano una chequera.

Frente a la mesa, en primer plano y en la parte anterior de la canastilla del paso, tres personajes siniestros. El primero, conocido vulgarmente como "El Abochornador", con anacrónico traje azul entallado y fosco pelo cano mira en dirección contraria de hacia donde debería mirar, y cuenta la tradición piadosa que se fija en los escotes de las devotas en los momentos menos indicados. Tras un olivo natural que adorna la escena se oculta el segundo de los pérfidos personajes, llamado "El Oculto Perillán", evitando ser visto; este personaje, perfilado, lleva en su mano una calculadora y en la otra un convenio urbanístico. El tercer personaje maléfico es de talla más pequeña que los anteriores, lo que simboliza su servilismo. Luce traje de pantalón pitillo, gafas de sol y en la mano lleva un ejemplar del Forza Atleti en el que se lee "Very Cléber", y, debajo, escrito a mano, "30%". Como complemento a la escena, es preciso indicar que todo el grupo escultórico se encuentra sobre la piel de un mapache de tamaño gigante, de piel raída y dentadura en mal estado, con pérdida de piezas dentales y caries generalizada.

El segundo paso es el paso de Nuestro Señor del Inmenso Dolor por el Prestigio Olvidado, el Palco Usurpado y el Estadio Condenado. La imagen, que recuerda a los cristos sevillanos camino del Monte Calvario, representa al Club en actitud doliente y expectante, con la expresión del que se teme que el alivio temporal pueda convertirse en inmenso dolor si los responsables de dirigir el asunto siguen en su puesto durante mucho tiempo. La figura destila, empero, la dignidad del que puede estar herido pero no se deja abatir fácilmente, la rabia del que sabe ocupando un lugar inferior al que le corresponde, y el alivio del que conoce que, a pesar de los pesares, tiene detrás de él una legión entera aguantando los palos del sombrajo.

El tercer paso, de palio, representa a Nuestra Señora la Afición de la Paciencia Infinita, Bondad Excesiva e Ira Demasiado Escasa Aunque A Veces No Bien Dirigida Del Todo, Qué Cosas. Es un paso de palio de estilo sevillano, con siete varales de plata por lado y techo de bambalina. La imagen viste manto rojiblanco con flores de madroño bordadas y luce como adorno rosas rojas y blancas y, en las esquinas, cuatro angelotes que la guardan: uno rubio con pecas y diadema como los del primer paso, otro con porte elegante y de Eibar, uno negro con collar de cuentas verdes al cuello y otro con bigote, pelo ensortijado, un pan debajo del brazo y cara de que por su lado del palio mejor no pasar. En uno de los varales, algunos hermanos de la cofradía han atado una cinta verdiblanca como homenaje a un club pariente condenado a una suerte nefasta por culpa de un directivo que se asemeja, en su trayectoria e intenciones, a los que rigen los destinos del club propio.

Salió pues, decíamos, la Cruz de Guía de La Nuestra por la puerta 7 entre el fervor y los vítores de la afición congregada ante la misma, y salió en procesión rumbo al Ayuntamiento de Madrid, ante el que protestaría por el trato dispensado a los devotos de la misma. Volvió haciendo su carrera oficial por la plaza de Neptuno, el túnel de Atocha, la glorieta de Embajadores y la de Pirámides para finalmente recogerse en su casa matriz, entrando el último paso hacia las cuatro de la mañana. En ese momento, un tipo con canas, gafas y rebeca con coderas echa el cierre a la Casa de Hermandad, bajando una cortina metálica hasta la temporada que viene, con cierta pena y algo de alivio también, no vamos a negarlo.

lunes, 7 de abril de 2008

Héroes

Ayer jugó el Atleti uno de esos partidos absurdos que se quedan en la memoria no por lo sublime del juego ni por lo emocionante del resultado, sino por lo surrealista del conjunto. Y, encima, con la grada llena de niños. Un poema.

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Antes, cuando el que suscribe era niño, era más sencillo ser del Atleti. Otras cosas eran más complicadas, pero ser del Atleti era fácil. Era difícil montar en patinete, porque eran estrechos y las ruedas se atascaban. Y era también complicado subir cuestas en bicicletas BH de paseo de esas con un banderín de España y otro del Atleti en la rueda de delante. También era complicado montar el Scalextric: se dejaba uno las yemas de los dedos en el intento y siempre había que acabar buscando la ayuda de alguien más mayor que pusiera orden en el caos de curvas y rectas y cajas de coches, sobre todo el Tyrrell Ford de seis ruedas; además los transformadores se quemaban con facilidad en cuanto uno mantenía el gatillo a fondo dando gas durante una recta entera, chamuscándose con un olor característico que todos los que esto leen y alguna vez han olido acaban de recordar. No se sabe si era más fácil apoyar con dignidad al representante de Eurovisión antes que ahora porque Chikilikuatre resulta chocante pero Betty Missiego tampoco era manca. Pero ser del Atleti, eso sí, era más sencillo que ahora.

Cuando éramos chicos, en clase éramos menos que los del otro equipo grande de la capital, pero éramos más que los seguidores de cualquier otro equipo. Éramos los suficientes para no dejarnos achantar, para reunirnos en grupitos en el recreo el lunes después de una derrota dolorosa o un robo alevoso, cerrando filas ante el previsible ataque de los rivales. El Atleti daba muchas alegrías y cuando no las daba éramos suficientes para hacer frente a los malos tiempos con la seguridad de estar respaldados: por todo ello, nunca nadie se planteó por qué éramos del Atleti. En el patio se jugaban Madrid – Atletis y normalmente ganábamos nosotros porque los del Atleti, aunque menos numerosos, éramos más vehementes y luchábamos sabiendo que nos jugábamos el honor y el prestigio y el respeto. Además en el bando rival se posicionaban con frecuencia aquellos niños a los que les importaba un pito el fútbol y sólo se ocupaban de seguir a la masa, de no ser distintos, de ser del que ganaba aunque lo hiciera de aquella manera. Los rivales contaban a veces lo hacíamos contra algún empollón con gafas de esos que se ven sometidos al maltrato de los compañeros pero que ahora, con el paso del tiempo, resulta que son directores generales de una empresa y por esposa lucen una morena de muchos quilates, los tíos.

Hoy en día no es así. Los niños del Atleti son minoría entre la minoría y con frecuencia ven como en sus clases hay más niños del Barça, o del Valencia, o incluso del Manchester United. Pero aún hay niños que lucen la rojiblanca contra viento y marea, a pesar del mamarracho de equipo y directiva de todos los años, a pesar de que los allegados les recomiendan cambiar de equipo, a pesar de que nadie podría culparles por tirar la toalla. Pero no. Sigue habiendo niños que nos dan lecciones, que siguen yendo al campo con la ilusión con la que íbamos nosotros cuando el Atleti era un equipo campeón, que siguen preguntando cuándo ganaremos algo pero no se bajan de su burro, que siguen pidiendo a los reyes una camiseta a rayas rojas y blancas como las que pedimos nosotros. Siguen teniendo claro que van contra corriente, siguen queriendo ser fieles a ellos, siguen pidiéndole a sus emocionados padres ir al colegio con la camiseta del Atleti el día después de una derrota sonada. Por todos ellos, por esos héroes que mantienen viva la llama por la que la afición adulta no lucha como debiera, levantemos hoy nuestros vasos de Cola Cao y démosles las gracias por estar ahí, por llenar los patios de rayas y la grada de gritos, por seguir haciendo las tonterías con las que tanto disfrutamos cuando, no como ahora, era fácil ser del Atleti.
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Salió el Atleti a jugar contra el Almería y ya lo hizo con superioridad desde antes de empezar. Alguno pensará que jugó con más efectivos sólo desde la primera expulsión, pero se equivoca: ya al cantar las alineaciones cualquiera pudo comprobar que el Atleti no jugaba con el Kun y con Forlán y los demás, sino que en la grada había 6.000 mil kunagüeros (muchos de ellos con coletas), 4.500 forlanes (con manchas de helado por la pechera en su mayoría), 3.000 maxis (algunos sentados en el regazo de sus madres), 1.000 raulesgarcías (preguntando qué son esos clubes que anuncian en el videomarcador con la silueta de una señorita). También había muchos fernandotorres, aunque estos ya talluditos, ya en edad de acordarse del Atleti de antes y de reconocer el último eslabón que le unía a la esperanza. Salía el Atleti a saludar y en la grada había miles de niños vestidos con la camiseta de sus ídolos, o con la camiseta de ellos mismos, con un número y encima unas letras que formaban el nombre de Martín, Cecilia, Begoña, Oscar, Quique, Roberto, Ismael, Pablo, Mario, Alicia, Clara, Luis, Nacho, Marta y alguno más que no recuerdo. Hasta un niño aún más heroico que el resto lucía una camiseta con el cuatro y el nombre de Pernía, Mariano: un niño distinto, minoría dentro de la minoría, un ser orgulloso de ir contra corriente, un fenómeno. El Atleti, el club que no vende entradas a precio reducido para que las generaciones venideras tengan ocasión de saber qué se cuece en ese estadio que van a tirar en breve, había organizado el día del niño y el ambiente en la grada era estupendo.

Tan estupendo era el día que nada más empezar marcó Antonio López un golazo que dedicó al cielo. Antonio López vive en la paradoja de estar haciendo una temporada notable de la que nadie habla. Notable, sí, no tanto por la calidad de sus actuaciones sino por los acontecimientos que le han rodeado. Ha jugado Antonio López pasando una situación familiar dolorosísima y, cuando ha vuelto a jugar con regularidad, lo ha hecho en un lado que no es el suyo. Antonio López está cumpliendo a pesar de jugar cuesta arriba durante todo el año, algo con mérito que merece reconocimiento y respeto. Nuestro agradecimiento como poco desde aquí y nuestra alegría, especial, cada vez que marca y levanta el dedo y la mirada.

Poco después, ante el alboroto de los kunagüeros que aún no habían merendado, el verdadero Kun Agüero se cayó al suelo. No nos queda claro dónde ni si fue empujado por el defensa expulsado, pero se fue al suelo. A uno, que es un sportman como ya saben Vds, le pareció que no fue claro aunque le sorprendió la forma torpe e irregular de correr con la que Agüero buscó el balón. El caso es que marcó Forlán y la grada lo celebró, sobre todo unos quinientos forlanes con chupete que se abrazaban a niñas con coletas, así, aprovechando la ocasión. Las cosas pintaban bien, los niños soñaban con una goleada histórica y los más mayores, los de las cicatrices, los que han visto muchas cosas en esa grada, no se fiaban. Los padres de los niños les llamaban cenizos y tristones y les mandaban a paseo y les decían que no le amargaran la tarde a su niño, que por cierto se estaba comiendo un petisuís.

Pero a este equipo, qué les voy a contar yo a Vds, le pasan estas cosas y en cinco minutos el Almería, ayudado por la maternal defensa atlética, había empatado (en parte gracias a un golazo de Ortiz, otro de los nuestros). Y con uno menos. El Atleti, fiel a su estilo, echaba a perder en la retaguardia el acierto de la vanguardia. Volver a empezar, contra diez pero con la mosca tras la oreja. Menos mal que Simao, ese que cada vez tiene más importancia, marcaba un gol de falta con la colaboración del pobre Alves. Y aunque al Atleti le marcaban otro gol a balón parado, otro más, el enésimo, volvía a marcar Simao un buen gol en un contraataque gracias a un buen pase de Raúl García. Raúl García, por cierto, estuvo más bien mal, como ya lo estuvo contra el Villarreal, y menos mal que por ahí andaba Camacho. Puede que agotado, puede que simplemente pasando una racha de mal juego, Raúl García hizo un mal partido y esto es algo excepcional, y así lo entendieron los cientos de raulgarcías pequeñitos que poblaban la grada y que discutían entre ellos durante el descanso, algo tristes, si lo que tiene es una sobrecarga de trabajo aeróbico o simple cansancio por lo avanzado de la temporada.

Tras siete goles y varios bocadillos y algún yogur volvió el Atleti al campo. Hasta ese momento los niños atléticos habían tenido ocasión de entender en poco tiempo las cosas de este equipo, que desplegó en la primera mitad muchos de los rasgos de su curiosa e hipnótica personalidad, algo así como un bonsái de su historia. Los niños entendieron que en este equipo ganar no es fácil ni cuando lo parece, que las cosas cambian cuando uno menos se lo espera, que no hay que fiarse ni de uno mismo y mucho menos de Perea, que la defensa del Atleti es un desastre. También aprendieron que un equipo como el Almería, que tocaba el balón aún con nueve tras la segunda expulsión al final del primer tiempo, es peligroso y digno de admiración. El Almería, como ya hicieran otros buenos equipos que han pasado por el Calderón este año, fue fiel a su estilo y demostró convicción en su modelo de juego, algo que se echa mucho de menos en el Atleti de hoy y que, curiosamente, no se echaba de menos en el Osasuna de Aguirre. Incluso aprendieron los niños que es difícil de acertar con el tiempo en primavera y, así, vieron como la grada se achicharraba al inicio del partido y luego buscaba chubasqueros en las mochilas y más tarde se quitaban mochila, chubasquero y jersey. Los niños preguntaban a sus padres sobre la previsión del tiempo y éstos les remitían al parte de Mariano Medina, así, ya ven, las ventajas de ser padre.

En el segundo tiempo la historia fue más tranquila. Diezmado el Almería y animado el Atleti, poco pudieron hacer los visitantes salvo ganarse el respeto de la grada. Empujados por un ambicioso Kun, que pelea los balones al portero hasta con 6-3, marcó el Atleti dos goles más y los dos de Agüero, el primero en un barullo y el segundo tras una bonita jugada. Iniciada por una arrancada de Cléber, pitado de salida como si la culpa fuera suya, y culminada por Agüero tras un buen y complicado pase de Reyes, la jugada fue un preciso ejercicio de contraataque que contó con la ventaja de jugar contra dos menos. Pero había ganas de marcar y los jugadores del Atleti tiraban y tiraban intentando echar abajo la casita de madera que el Almería había montado delante de su portero. Tiró Agüero con violencia, tiró Reyes con intención y lo hicieron unos cuantos más. Reyes mostró ganas, De las Cuevas (portada ayer del cada vez más chanante Forza Atleti) siguió reivindicando más protagonismo y Cléber ignoró los pitos (quizás sabiendo que a él poco hay que reprocharle) e hizo alguna cosita. Poco más.

La defensa, eso sí, siguió pifiando. Lo hizo Abbiati dejando pasar un balón que pegó a Pernía en una espinilla y por poco entra; lo hizo Perea dando pases medidos al rival y lo hizo sobre todo Pernía, Mariano, intentando despejar a gatas un balón cerca de la línea de fuera. Protestó la grada la torpeza de Pernía y se volvió el niño de la camiseta del 4 con la boca llena de potito y dijo que qué pasa con Mariano y un respeto a ese hombre y baje Vd, listo, a ver si lo hace mejor. La mamá calmaba al niño, consciente de su fuerte personalidad y pronto genio, pero ni por esas. Hombre ya, que no hay derecho, decía el niño, y gesticulaba y blandía un sonajero con intenciones poco amistosas ante un tipo altísimo con aspecto ultra que empezaba a recular ante el empuje infantil. Terció entonces la autoridad, repartió piruletas el sargento al mando y, aún calmado el niño, la madre volvió a preocuparse:

- Oye, mamá
- dime, bonito
- mañana me rapo al cero, como Mariano.

lunes, 12 de noviembre de 2007

El fútbol nómada

Que levante el dedo el que nunca haya escuchado un partido del Atleti en la radio del coche, de vuelta de fin de semana, en pleno atasco. Ya veo que Vd, Fuentes, sí ha vivido esto. Háganos una redacción, pues.


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Los que sigan estos artículos tan largos y tan tontos que vengo haciendo desde hace unos años sabrán de mi afición por la montaña, de mi admiración por George Mallory y de mis torpes símiles alpinos. Uno, que no tiene ni la forma física ni la técnica necesaria para coronar las cimas más famosas, se dedica desde hace años a subir picos medianejos y hacer treks largos, a recorrer valles, collados y cimas de montañas españolas, e incluso alguna vez ha salido por ahí a tomar picos asiáticos y sudamericanos para la causa colchonera. Uno hace, por tanto, eso que ahora llaman senderismo, o outdoor, o trekking, que es lo que toda la vida se ha llamado dar paseos por el monte. Más o menos largos, más o menos duros, más o menos gratificantes, pero paseos al fin y al cabo.

Es un clásico entre los teóricos del alpinismo eso de que en la montaña no se compite contra nadie que no sea la propia montaña o uno mismo. Se lucha contra la altura y contra los límites propios, contra el umbral del dolor y el sufrimiento, contra la tentación de tirar la toalla. Mi caso es algo diferente. Además de contra todo lo anterior, que suele ganarme por goleada aunque a veces arañe un empatito, yo lucho contra un rival constante, vehemente y acérrimo. No sé quién es, nunca le he visto, pero nuestra lucha se remonta a un pasado oscuro hasta un punto en el que, como en el caso de los Duelistas de Conrad, lo de menos es el motivo. Cada cima, cada valle, cada asalto a una cumbre es también un desafío entre nosotros dos. Nunca le he visto, nunca me he cruzado con él o al menos nunca he sabido si era mi enemigo quien bajaba por el otro lado de la montaña o me ofrecía su agua, no sé cómo es su cara ni el color de su abrigo o su mochila, ignoro si lleva polainas o si usa gorra. Aún así, mi rival es astuto y constante y deja siempre, siempre, visibles huellas de su paso. A veces las veo al llegar a lo más alto, a veces al volver al refugio, contento al creer que por una vez he logrado llegar a una cima a la que él no ha tenido acceso; a veces los signos son visibles desde el mismo momento en que empiezo la ascensión. Mi rival es mejor que yo, ha estado en todos y cada uno de los lugares a los que yo he llegado antes que yo y nunca olvida dejar su símbolo, una señal presente en todos los montes de España. Estoy hablando, naturalmente, del Misterioso Hombre de la Bolsa de Doritos.
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Cuando uno emprende viaje desde una zona montañosa con dirección a Madrid a la misma hora que juega el Atleti, se embarca en algo más que el simple retorno a casa. El soniquete de la radio deportiva dentro de un coche lleno de gente forma parte del acervo nacional, tanto como el bote de Cola-cao, el fracaso en Eurovisión o las rebajas de enero. Eso sí, por más que todos conozcamos los pasos a seguir, no siempre es sencillo cumplir con el placentero ritual de ponerse al volante mientras escucha cómo su equipo gana dado que en él intervienen varios factores: la cobertura de la señal de radio, la colaboración del pasaje y la calidad de los jugadores del equipo.

Se pone uno al volante después de comer, y rápidamente se da uno cuenta de que no fue una buena idea ofrecerse como conductor: lo suyo era echar la siesta, pero ya es tarde. Además las obligaciones laborales son tozudas y hay que estar en Madrid a una hora prudencial. Así que al lío. Al lado del conductor se sienta el compañero de viaje más solidario, aquél que se brinda a dar palique para que no se duerma el chófer. Detrás se sientan dos que directamente apoyan la cabeza en un jersey y se duermen ya al salir de la plaza en la que estaba aparcado el coche. Mal empezamos, menos mal que ahora pongo la radio y esto se pasa en un santiamén, que juega el Atleti y juega contra un recién ascendido y fíjate tú que nos metemos allí arriba de una vez.

Pone uno la radio, y el simple gesto de echar mano al dial levanta una ola de protestas entre los que ya están dormidos, vueltos a la vida por arte de magia sólo para gruñir. El fútbol no, eh, al menos pon música clásica o algo para dormir bien … y nada de coger curvas. El co-piloto solidario interviene y pide comprensión y paciencia, qué más os da, hombre, que escuche el chiquillo la radio. Hecho. Pone uno la radio y no oye nada. Busca emisoras y nada. Da varias vueltas al dial y nada. No se oye nada. Y el Atleti empieza en veinte minutos. Peor aún, uno intuye una leve sonrisita en uno de los durmientes por el retrovisor.

El solidario toma el relevo y busca y busca emisoras sin éxito. A lo lejos, de pronto, parece escucharse el soniquete familiar de los locutores deportivos, una voz nasal que habla con un ritmo y tono que sólo se usa para narrar partidos. Ahí, deja, un poco para atrás, venga, ahí, ni lo toques, gracias majo. El narrador habla de algo que es parece un partido de fútbol, pero sólo habla de jugadores que uno no conoce con lo que puede estar narrando el Almería – Atleti o el Numancia – Sevilla B. Resulta ser el Numancia – Sevilla B, busca otra, que esta es una emisora local. Eso hago pero no es fácil, hombre, un poco de paciencia. Nuevas vueltas al dial, parece que se oye algo, ahí, dale, quieto, ahí quedó, gracias.

Esta vez sí, reconoces las voces, son locutores deportivos y a esta hora sólo pueden hablar, entre otros, del Almería – Atleti. Tratas de intuir el resultado por el entusiasmo del narrador, por los comentarios de los contertulios, por el tono del director del programa. No lo consigues. Eso sí, te enteras de qué tractor es el campeón de Europa, que material de construcción te interesa si estás pensando en hacer una presa con salto de agua o de lo buenas que están las patatas del abuelo. Pero del Atleti nada. Nada. Hablan del partido de la Coruña, y del de Huelva y del de Valladolid, pero ni rastro del nuestro. Ahora sí, parece que contactan con Almería, qué alegría, al fin, ¿qué estará pasando? “Hay noticia en Almería” – “Sí, penalti contra el Atleti”. Vaya tela, qué momento para conectar, emites un rugido de disgusto y se queja uno de los dormidos. Seguro que ha sido Seitaridis.

- Penalti de Seitaridis
- (voz en off) hay que ver lo que sabe éste de fútbol
- No, de lo que sé es de estadística

Tira el Almería, paradón de Leo Franco, rechace, paradón de Leo Franco, otro rechace, paradón de Leo Franco, gritos en la radio, protesta de los dormidos, un puño al aire del chófer, el solidario se asusta. A todo esto, ¿cómo vamos? No lo han dicho, ahora lo dirán. Lo dirán, pero da igual: zona de curvas con montaña incluida, se cortó la conexión. Ruido de papel arrugándose, el solidario se vuelve loco buscando la emisora, nada.

Parece que de nuevo vuelve la señal, a ver, ahí, déjalo, ya. ¿Qué dicen del Atleti? Nada. Ahora, el bono hotel es un gran regalo de empresa, eso sí. El Depor ataca, en Valladolid hace frío, ola de protestas en Italia por la muerte de un tifosso, anuncian marejada en el mar de Alborán. Del Atleti ni rastro. Espera, carrusel de resultados, voy a ir más despacio para no llegar a esa montaña que perdemos la señal. A ver si nos enteramos de cómo van. Dan el resultado del Valladolid, y el del Depor, y el del Espanyol, ya llega el Atleti … conectan, dice el tipo que el Atleti ha tenido suerte, ¿por qué suerte?, ahora va el resultado. En ese instante, en ese preciso instante, se despierta uno de los dormidos, precisamente aquél a quien no le importa en absoluto el fútbol.

- Pero juegan en Almería o en Madrid.

Dan el resultado del Betis, ya ha pasado el del Atleti y no nos hemos enterado. Bramidos, maldiciones, amenazas de muerte, el otro dormido manda callar y hay un conato de parar el coche y darle una paliza con el gato.

Silencio, más ruido de papel arrugándose, llegamos a la autopista, la señal mejora pero el tráfico no: lo que se llama medio-atasco o “atasquillo”. No atasco del todo, sino esa procesión de coches en la que uno siempre está a la misma altura de otros dos o tres; de ellos, uno es un tipo tranquilo, otro un extranjero con cara de despiste y el tercero es un agresivo conductor al mando de un forfocus negro, que adelanta y se hace adelantar indistintamente. Ya se escucha la radio, al Atleti le han podido meter dos o tres goles pero va cero a cero. Uno lamenta la ausencia de Raúl García y de Forlán, ya lo sabía yo, esto es así. Agüero está solito arriba, aislado como el bacilo de la tuberculosis y a pesar de eso cada vez que le llega un balón hace maravillas. La defensa achica balones y parece que lo estaba haciendo bien hasta que salió Eller trotando sin rumbo. Reyes sigue ausente, pensando en cómo protestar la próxima vez que le cambien por no hacer lo que de él se espera. El Almería ataca. También ataca el del forfocus negro, ahí vuelve el tío, qué pesado. El conductor deja claro que le tiene manía a Eller, los ocupantes del asiento de atrás, recién levantados, dejan claro que le tiene manía al del forfocus. Por arte de las sinergias automovilísticas, ahora todos tienen manía tanto a Eller como al del forfocus.

Queda poco, el Almería sigue atacando, el Atleti achica balones, el del forfocus adelanta y vuelve a adelantar jugándose la vida con el raquítico objetivo de seguir detrás del coche al que continuaría siguiendo si no adelantara tanto. Qué pesao el del forfocus, el coche es ya un clamor anti-forfocusil, mírale, otra vez, y venga a adelantar. Falta peligrosa contra el Alemería… ¿qué me dices? ¿a un minuto del final? No puede ser tan bonito esto, ¿quién la tira? ¿está Simao? No. ¿la tira Antonio López? Vaya tela, no sé, a ver, Antonio López las tira bien.

Tira Antonio López. Al larguero. No me lo puedo creer, mano a la frente, ¿será posible? El asiento de atrás es un clamor, no intuía el chófer esta pasión rojiblanca. No es eso, no: en el momento en el que conduce se echa una mano a la frente, exactamente en ese instante, el del forfocus hace lo mismo. Lo mismo. Es del Atleti, el tío. El asiento de atrás ruge, el solidario intenta poner paz, el conductor por fin se pronuncia:

- Un buen chaval, el del forfocus