Sólo los imbéciles, pensarán Vds y seguramente con razón, son capaces de hacer cola un sábado antes de las nueve de la mañana ante un pub cerrado para ver un partido de rugby entre dos equipos que no son los de uno. Probablemente sea cosa de imbéciles, sí, pero el caso es que, como imbéciles y además encantados de parecerlo, el sábado a las 8:45 de la mañana unos cuantos imbéciles formaban una cola absurda en la puerta de un pub irlandés del centro de la capital. Entre esos imbéciles, como casi siempre que hay imbéciles así en grupito, estaba el que suscribe.
Se jugaba Gales la posibilidad de entrar en la final del Mundial de rugby por primera vez en su historia, ahí es nada. Gales, país chiquitito que no es Estado pero sí país, se jugaba acceder a la final del Mundial de su deporte ante Francia, un país con casi veinte veces más habitantes y bastante menos vergüenza torera en lo que va de Mundial, de este Mundial en el que los franceses han renunciado a su estilo e identidad, a jugar con los titulares en los partidos de cruces y a aplicar la lógica a la hora de hacer alineaciones. Gales, que venía jugando el mejor rugby del Mundial hasta la fecha, con un partido memorable ante Sudáfrica y una victoria merecida y bien sudada ante los irlandeses, tenía ocasión de hacer historia con un equipo plagado de jóvenes y algún veterano aportando la experiencia necesaria para los agrupamientos. Sin Priestland, lesionado en el partido contra Irlanda, era Hook el jugador en el que se fijaron los ojos de los aficionados y fue, a la postre, uno de los protagonistas del partido.
Ya desde el principio, la sensación fue que Gales jugaba contra los elementos casi más que contra los de azul. A los doce minutos se lesionaba el Oso Jones, el galés llamado a poner experiencia en la melé, y su imagen, desolado en el banquillo por no poder ayudar a los suyos, es de esas que dicen mucho más que diez mil palabras. Poco después Hook fallaba un golpe de castigo por resbalarse en el último apoyo, dejando sin anotar tres puntos que habrían sido definitivos. Y, lo más grave, a los veinte minutos el árbitro expulsaba a Warburton por un placaje peligroso. Si la expulsión fue excesiva o no es algo que aún se discute en la inmensa mayoría de pubs, cafeterías, colmados, asilos y bingos del planeta entero. En directo, el placaje pareció de amarilla y sin bin y la cara de los asistentes al ver al galés en su banquillo y no en la silla de los castigados fue de sorpresa mayúscula. Los que saben de esto mantienen que el placaje es de roja según las últimas directrices recibidas por los árbitros, los que hemos visto el Mundial no recordamos tanto castigo para situaciones comparables. Sea como fuere, Warburton fue expulsado y llegó la primera gran lección del partido: ni una mala cara, ni una protesta, sólo el reconocimiento posterior del capitán galés de que la culpa, de existir, fue solo suya.
A la expulsión le sucedió una fase en la que Gales se sintió perdedora para, poco a poco, ir dando paso a la luz de la esperanza. Francia, rácana y triste, oscura, traidora a lo suyo y mezquina en el planteamiento, hacía lo justo, lo justito más bien. Sin juego a la mano, con una delantera que no se imponía con la autoridad que podría uno esperar a los galeses a pesar del inmenso Harinordoquy, Francia dejaba crecer en los galeses la llama de la confianza. Las cámaras recogían gritos de ánimo entre los galeses, creed en vosotros, son más débiles de lo que pensáis, somos más fuertes que ellos, más orgullosos, más fuertes. Gales abría el balón más, rompía la línea y ganaba los agrupamientos, jugaba como si tuviera un jugador más, sumando quince los catorce que estaban en el campo gracias a un plus de orgullo y un rival mezquino, la segunda lección de la semifinal.
Ensayó Gales y Mike Phillips, el potente medio melé galés, celebró el ensayo antes de posar el balón. Quizás un jugador más veterano habría renunciado a la celebración buscando acercarse a los palos, quizás un capitán experimentado habría gritado con voz de dragón para empujarle a hacerlo y dejarse de gestitos, quizás un señor con gafas y rebeca y altamente supersticioso no lo habría hecho. Pero Mike Phillips sacó la lengua, señaló a alguien y posó el balón cantando victoria antes de tiempo. Falló Gales la conversión y quedó a un punto, casi sin tiempo para adelantarse al triste rival y posiblemente en ese momento Mike Phillips comprendió algo que ya no olvidará jamás, otra lección en un único partido. Pudo ganar Gales gracias a un larguísimo golpe que intentó transformar Halfpenny desde un sitio parecido al que sí se cobró contra Irlanda. De nuevo jugando contra los elementos, el balón pasó un par de centímetros por debajo del larguero tras volar muchos metros. De llegar media cuarta más arriba el balón habría tocado palo y habría entrado, cerrando un guión parecido al de "Match point" de Woody Allen. Pero ayer no era el día y el guión era otro, era aquél de "llegaron los Sarracenos / y nos molieron a palos / que Dios ayuda a los malos / cuando son más que los buenos".
Los tres o cuatro últimos minutos del partido, con Gales buscando centímetro a centímetro la posibilidad de encontrar una posición propicia para el drop o para la entrada de su línea, son de esos que le hacen a uno querer ver partidos de rugby a todas horas. Un fallo final tras veinticinco agotadoras y dramáticas fases dio la victoria al equipo que peor juego había desplegado y privó de intentarlo una vez más al equipo que, una vez analizado el partido con más frialdad, dejó escapar entre los dedos la posibilidad de ganar y hacer historia por culpa de sus propios errores. Demasiados fallos a palos, un drop a pierna cambiada demasiado arriesgado, drops no jugados en el último suspiro, una conversión difícil por celebrar un ensayo prematuramente ... Gales, inmensa durante el partido, pudo ganar de haber tenido algo más de suerte y algo menos de fatalidad, algo más de experiencia y algo menos de ingenuidad, otra lección de la semifinal. Gales deja el mundial con sensación de poder llegar a ser un equipo enorme en poco tiempo, de citarse con la historia dentro de cuatro años - si los australianos lo permiten - y con el regusto amargo y dulce a la vez de no haber llegado donde debía pese haber peleado como fieras. Gales podrá ser tercera el viernes en una posible final del futuro y volver a casa con la cabeza alta y una cuenta pendiente mientras Francia, pase lo que pase el domingo, debería volver sacudiendo la cabeza, pensando en su lamentable imagen y considerando seriamente afeitarse el bigotito de racanería y mezquindad que ha lucido en el Mundial. Algún jugador francés dijo tras la semifinal que prefería jugar mal y ganar a jugar bien y no pasar; una semana anterior Brian O'Driscoll, capitán de Irlanda y máximo representante de la generación que se fue a casa en cuartos cuando podría, por primera vez, haber apuntado a la final, felicitó a Gales y dijo que le habría gustado ganar el partido, pero que las victorias hay que merecerlas. Ahí quedan ambas declaraciones, lecciones en verde y azul, para que las valore el lector tomando café (cortado).
El domingo, esta vez sin cola previa, jugaban Nueva Zelanda y Australia. Pocos neozelandeses y muchos australianos en el pub, muchos españoles e irlandeses, pocos o ningún francés, una mezcla estupenda. El partido del domingo, un clásico con todas las letras, atrajo menos público por no jugar ningún equipo con parroquia numerosa en Madrid. Si el día anterior los pubs se colapsaban por la asistencia masiva de franceses (no necesariamente aficionados al rugby), los plácidos australianos, educados y con chanclas, llenaron solo a medias el local y lo hicieron con una naturalidad y un saber estar la mar de agradable. Nada que ver con la futbolerizada afición francesa del día anterior, ruidosa y poco entendida en su mayoría, más pendiente de aplaudir los fallos del rival y lanzar sus despectivos gritos de ánimo que de entender de qué va el rugby. Aficiones así son un tormento para el aficionado con canas que empezó a ver rugby cuando las camisetas no tenían publicidad, cuando no había cambios sino en caso de lesión certificada por el médico rival y cuando Ashton, de haber hecho entonces alguna de sus celebraciones, se habría topado al caer con el puño cerrado de un delantero con barriga y malas pulgas impactándole en la cara. El sábado algunos de estos aficionados añejos, franceses y visiblemente abochornados por sus ignorantes pero audaces compatriotas, intentaron poner orden recordando en francés los códigos de las gradas de rugby. Para su esfuerzo en su ingrata misión de intentar amortiguar el bochorno causado por los suyos, todo nuestro agradecimiento y nuestro respeto. On connaît la chanson, merci.
Salieron los All Blacks al campo e hicieron su cada vez más teatral y exagerada haka Kapa O Pango, con Ali Williams en estado de trance rayando el ataque de idiocia. Los australianos, jóvenes y llamados a jugarse mucho el próximo mundial con los galeses, vieron el espectáculo y, a juzgar por lo que pasó luego, se quedaron impactados. Por el campo australiano pasó una marea negra que ríase Vd del Prestige. Con una velocidad imparable los neozelandeses movieron a los australianos de lado a lado del campo sin dar un segundo de tregua, sin perder tiempo en los agrupamientos, abriendo la línea de un lado a otro y vuelta a empezar. Ensayó Nonu tras una sensacional jugada de Dagg, destacadísimo todo el Mundial, y Weepu se encargó de patear. Menos acertado que contra los Pumas, Weepu falló varios golpes; si la duda tuvo intención de abrirse paso en algún momento entre los neozelandeses, llegó Cruden, el jovencísimo apertura que empezó el mundial de vacaciones y terminará siendo titular en la final tras la lesión de Dan Carter y sus sucesores, y echó spray anti-dudas por toda su zona de influencia, pasando de paso las vacilaciones a Cooper. No necesitó mucho más Nueva Zelanda; Australia buscó más maquillar el resultado que ganar el partido y, de nuevo según un guión pero esta vez el que todos habríamos escrito, los All Blacks estarán en la final sin que tengamos la sensación de que hayan sido probados al 100% todavía.

- Muy bien, oiga, todo muy emotivo, pero ... ¿Y el Atleti?
El Atleti, o más bien un sucedáneo del Atleti, jugó en Granada y por ello la afición lo vio, como el rugby, en bares y demás recintos sagrados. Como era de prever, y al contrario que por la mañana, no se vieron muchas colas de gente esperando para coger sitio en pubs, cafeterías, colmados, asilos o bingos para ver bien al Atleti, ni siquiera en Madrid. El interés que despierta el Atleti es cada vez menor y uno se explica que así sea cuando ve tres o cuatro partidos seguidos del equipo: según avanza la temporada, como casi siempre, el Atleti se diluye, se deshace, se va pareciendo más a lo que siempre pareció en los últimos años y menos al aparente espejismo de las primeras jornadas. El Atleti de los partidos de Racing y Sporting y de los veinte últimos minutos de Valencia se antoja ahora un trampantojo, un efecto óptico fruto de la inoperancia de los rivales y de la calidad de algunos de los jugadores nuevos en sus primeros días, aún no contagiados de la apatía general.
Eso sí, fiel a sus promesas, el que suscribe acudió al bar acompañado del cada vez más desmejorado optimismo, su fiel compañero de esta temporada. El optimismo, como bien saben biólogos, botánicos y adivinos, es una especie que necesita ciertas condiciones ambientales para poder desarrollarse. En el caso del optimismo colchonero, éste puede echar raíces, desarrollarse e incluso florecer en una variedad de ecosistemas. En un ambiente de buena planificación deportiva, el optimismo se desarrolla lento pero seguro, buscando la consolidación a largo plazo y sin prisas para así llegar a dar flores; esto es una elucubración meramente teórica de algunos botánicos, dado que nunca se ha producido en los últimos veinte años. Hay otros escenarios, empero, para el desarrollo sano del optimismo rojiblanco. Uno de ellos, la existencia en la plantilla de algún jugador de altura mundial surgido de la cantera o contratado cuando era muy joven, siempre y cuando se abone la situación con los nutrientes necesarios para hacer creer en un equipo creado en torno a éste. También, la inversión racional y lógica de los recursos económicos para crear una plantilla compensada o la contratación de un entrenador con personalidad e ideas claras, poco veleta y dado a plegarse a los deseos del palco y fiel a su propia idea de juego. Incluso la formación de un plantel con la cantera como referencia, en el que se entiendan cuáles son las señas de identidad del club sin necesidad de que las reparta el entrenador en una octavillita, puede fomentar la reproducción del optimismo. En todas estas situaciones y en alguna otra que se nos olvida, el optimismo se pone gordo y rosado y da gusto darle pellizcos en los muslos y cucharadas de potito haciendo el avión.
Enunciado lo anterior, no es de extrañar que esté el optimismo hecho un asco. Verdoso y cetrino, con ojeras oscuras, raquítico y con pelo ralo y sin brillo, el optimismo rojiblanco ha empezado un declive de los gordos. Da casi vergüenza ir al bar con el optimismo en este estado, la verdad, y cuando uno entra con él de la mano y todo lo bien peinado que puede con esos cuatro pelos que le quedan, es inevitable oír a las señoras cuchicheando a espaldas de uno. Ay Dios mío, qué mala pinta tiene ese optimismo, yo creo que ni lo bañan ni nada, no está en buenas manos con ese señor de las gafas con pinta de no saber freír un huevo y comer siempre de latas, así está el pobre, que da asco; camarero, dele a ese pobre optimismo un vaso de leche con colacao y una magdalena de las gordas, a ver si coge lustre.
Salió el Atleti al campo del Granada y casi dio igual quién saliera. Los últimos Atletis que jugaron en Granada eran Atletis grandes que aspiraban a cosas importantes y que mezclaban finos estilistas con guerreros solidarios, tipos capaces de meter goles a pesar de las patadas de Montero Castillo y Aguirre Suárez a sabiendas de que si la cosa se ponía fea habría detrás un Panadero Díaz para igualar fuerzas. El Atleti que salió ayer en Granada era un Atleti triste, con portero cedido, lateral derecho de circunstancias y medio campo sosaina incapaz de hacer frente a un recién ascendido. Un Atleti de delantero aislado y aburrido y de mediapunta desnortado. Un equipo de cerebro desasistido y desconectado, de delantero válido sentado en el banquillo y entrenador miope aportando más bien nada, salvo mandamientos impresos en Verdana caja 14. El Atleti tristón que jugó en Granada no tenía ni talento ni mordiente ni recursos ni torería, no tenía más que hacer que esperar el final del partido evitando algún gol rival y haciendo como que atacaba mientras miraba de reojo el cronómetro, contando los minutos para volver a casita y echarse la siesta.
Salió el Atleti y puso cara de a ver cuánto dura esto, que no nos apetece nada a estas horas. El Atleti que quería el balón los primeros partidos ha dado paso a un Atleti conformista y apático, la antítesis del Gales de la semifinal. El Atleti vio cómo le cabeceaban un balón al palo y siguió a lo suyo, que es poco. Vio como un equipete recién ascendido no sufría y no tenía ni miedo. El Atleti que salió en Granada, como venía apuntando, dejó de querer el balón y dejó de buscar la portería rival dando toques. Se limitó a apagar fuegos con una teterita, a tener el balón por tenerlo y poco más, a dejar el césped lleno de dudas y no sudar, total pa qué, oiga, total pa qué. Total pa qué, si lo hacemos mal nadie dirá nada, nadie montará un pifostio cuando salga el equipo en casa, nadie silbará más que a los débiles, a los torpes y a los que la directiva diga que son antipáticos; nunca silbará nadie a los responsables que no destaquen, así con estar en el pelotón de los del medio, todo bien. Total pa qué, si nadie de arriba nos dirá nada, si nadie vendrá a los entrenamientos ni a los partidos ni a los palcos, que estarán dando vueltas por la M-30 y sólo hablarán dentro de cuatro o cinco meses para lanzar datos económicos incontrastables. Total pa qué, si los buenos se irán y se quedarán los malos, si se fichará un lateral cuando haga falta un portero y un portugués desconocido cuando haga falta subir cuatro canteranos hambrientos de liga. Total pa qué, si luego ganaremos dos partidos a dos petardos y se hablará de racha victoriosa, de Champions, de números como los del Doblete, de estadio cinco estrellas con helipuerto y el maravilloso porvenir de Micael, del que nadie aún sabe nada. Total, pa qué, oiga, total pa qué.
A los galeses del sábado no hizo falta decirles que del campo saldrían exhaustos o lesionados, lo sabían ellos solitos. Tampoco hubo que contarles a los jugadores del Rugby Atleti que hasta el último minuto hay que bajar los hombros y placar rivales, por muy cansado que se esté. Ni hay que decirles a jugadores de miles de equipos de fútbol de barrio que es probable que anden cojeando media semana por las quemaduras que deja la tierra en las heridas. A los del Atleti, qué cosas, parece ser que sí hay que convencerles de todo esto. Se fichó un entrenador con sorprendente buena prensa y fama de psicólogo motivador y al cuarto partido está el equipo hecho unos zorros. En medio de varios partidos de rugby, uno de ellos con una carga emotiva impresionante, da vergüenza ver la actitud del equipo en Granada y da casi vergüenza el fútbol en general. Produce sonrojo la imagen dada ante un recién ascendido y la inoperancia del banquillo. Asombra ver cómo siguen ciertos jugadores en el campo y cómo se recoloca a otros, en ambos casos en perjuicio de otros más jóvenes y más identificados con el club pero sin agente con influencia.
Tras pocos partidos, resultan odiosas ciertas comparaciones y ciertas reflexiones. Y, mientras tanto, el optimismo con salud de tísico, y empeorando.
Desde principio de temporada, ya lo saben Vds, el que suscribe acude al campo acompañado. No es que antes fuera siempre solo ni que prefiera ir por su cuenta, no, pero en los últimos partidos, por imperativo casi legal como los jurantes de la constitución, servidor de Vds va al fútbol con otro, a veces para bien y a veces para mal.

El nuevo compañero de abono era, a principio de temporada, un tipo normal. Ni grande ni pequeño, ni alto ni bajo, ni calvo ni con pelazo. Ni miope ni hipermétrope, ni friolero ni sofocado, ni experto ni novato. Era un tipo normal, normal, de esos difícilmente definibles por carecer de gafas, calva, melena o bigote. Era, eso sí, positivo y con tendencia a ver la botella medio llena, alegre al llegar al campo y alegre también al salir, incluso satisfecho con la higiene de los baños del estadio.
El primer partido no lo vimos en el estadio sino en un bar de Campohermoso, Almería, en el que tenían aire acondicionado correcto, tapas más que respetables y problemas para sintonizar ese canal de televisión con nombre de código para un ataque aéreo, canal-plus-liga-dos. Tras ese partido mi acompañante oficial permaneció relativamente estable en su estado físico, lamentó la falta del transfer del fichaje anunciado a bombo, platillo y música de revista del Paralelo en los marcadores del estadio y se emplazó a sí mismo al siguiente partido para sacar conclusiones.
Tras el partido del Valencia, visto en Mestalla entre gente amabilísima y algún otro de esos que le hacen a uno dar vivas al inventor del Ibuprofeno 600, tampoco cambió. Los últimos veinte minutos, la imagen del equipo, la forma en que Diego movió el ataque y lo ajustado del marcador le dejaron una mejor sensación que al resto, como es natural en él. Ahora bien, lo bueno estaba por llegar. El partido contra el Celtic, y luego contra Racing y Sporting le hicieron mutar. De tipo normal pasó a tipo despampanante, de tener estampa de oficinista pasó a tenerla de decatleta, de entrar en los bares y pasar desapercibido, pasó a ser el blanco de todas las miradas, la comidilla de las señoras con hijas en edad casadera y el líder de la partida de tute. Creció diez centímetros, desarrolló ojos verdes y bronceado natural, se le blanquearon los dientes y desarrolló un talento repentino para contar chistes con salero gaditano. Las tertulias atléticas giraban en torno a su persona, era omnipresente como lo fue en su momento el gol de Alfredo Santaelena, el gol de Vieri, los dos goles de Forlán o el gol de Torres.
Pero llegó el Barça y la cosa se torció, y mi compañero de grada se vio afectado. La forma en que se produjo la derrota, la inexistente presencia del equipo, la sensación de que un equipo como el Barcelona, tan cercano en los buenos tiempos, está ahora a años luz, hizo cierta mella en la autoestima de mi acompañante. Aún así siguió positivo y se aferró a aquello de que esa no era nuestra liga, esa expresión tan boba de la que tanto se habla últimamente, pero las cosas empezaron a cambiar. Perdió brillo en los ojos, perdió brillo en los dientes, perdió brillo en el pelo. Perdió algo de chispa y pasó a contar chistes con laconismo castellano, sin las ráfagas de ingenio sureño de los días anteriores. Aún así, mantuvo el atractivo y la presencia. Hasta el jueves. Viendo al Rennes ya notamos algo raro. Según avanzaba el partido, se marchitaba. Se conformaba, se empequeñecía, su impoluta vestimenta a la moda no le pegaba y, terminado el partido, cuando era visiblemente más bajito y tenía menos pelo, le recomendamos comprarse un polo de mezclilla de esos que llevan los capellanes en verano y un reloj digital para no dar mucho la nota.
El domingo fue aún peor. Se nos está quedando en nada, el pobre optimismo.
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Llegó la afición al campo y hacía un tiempo estupendo, tiempo de julio en octubre y ambiente de torneo de verano con calor, gafas de sol, niños vestidos de rojiblanco y búsqueda urgente de la sombra. El fútbol a las seis es gloria bendita para la afición, de igual forma que lo es el color amarillo para los cadistas. Venía además el Sevilla, ese equipo con el que hay ahora una rivalidad artificial y minoritaria, una rivalidad sobrevenida de golpe y porrazo justito al girar la esquina, como si de buenas a primera uno tuviera como enemigos jurados al gremio de ferreteros o a los naturales de Guardamar del Segura en vez de a los enemigos de toda la vida, esto es, la tuna, los mimos y los hipermétropes.
Entre la alegría general que destilaban los bares se comentaba que había habido algún disturbio en la plaza mayor, alguna pelea y alguna carrera; dentro del campo hubo después algún grito ridículo, algún grito bochornoso y algún grito directamente intolerable y lamentable, uno de esos gritos que a uno le hacen avergonzarse de los suyos, uno de esos gritos que uno no sabe si es mejor reprobar a silbidos o guardar silencio a sabiendas de que aquellos que gritan, como los niños, gustan de repetir veinte veces las cosas que provocan más rechazo. El grito en cuestión, vergonzoso, de pésimo gusto y triste hasta el extremo, es de esos que le hacen a uno verse obligado a pedir perdón por algo que nunca haría, una situación en la que nos vemos con demasiada frecuencia demasiada gente.
Acudió el que suscribe al campo con atuendo veraniego y acompañado, claro está, del optimismo. A la hora del partido, y a pesar de haber comido bien y de que el sol lucía y el campo rebosaba gente sonriente, el optimismo tenía mala cara. Venía ya medio verde, como si hubiera dormido mal o tuviera un problema de hígado, como si le hubiera sentado mal la siesta de veinte minutos previa a la salida hacia el campo o el arroz con pollo del medio día. Llegó el optimismo bajito y con un lamparón en el polo de cura, con las gafas sucias y cara de despiste y la gente que le veía, que recordaban su aspecto rebosante de salud y seguridad en sí mismo de los días anteriores, se daban codazos a su paso y decían ¿es él? y respondían, casi queriendo creer su mentira, no, no es él, es un primo suyo de Villena que se le parece, pero en feo. El aspecto del optimismo no invitaba al optimismo pero uno es muy de cumplir con lo suyo y con el optimismo irá al campo todo el año, aunque sea llevándole en silla de ruedas y con gotero, eso sí, que los pactos son para cumplirlos.
Se sentó la afición en la grada y al optimismo le colgaban los pies en el asiento, de chico que se había quedado. Miró el optimismo al equipo y vio que salía Silvio y se vino un poco arriba, pero vio que salía Godín y levantó un poco las cejas con gesto de no sé yo. Miró luego al centro del campo y tuvo un vaivén de sensaciones que ríase Vd de Quique Flores, otro de aspecto enfermizo. Miró a Mario y dijo uy, miró a Tiago y dijo madre, miró luego a Diego situado por delante, en el centro del centro y se vino un poco arriba y más arriba se vino cuando vio Turan más echado a una banda. El optimismo vio un rombo quizás donde alguno vea un diamante truncado con un falso enganche que pivota libre al atacar pero se rehace en defensa convirtiéndose en mediapunta roma y se puso algo contento. El optimismo es muy de rombo desde los días de Antic, si bien luego piensa en la diferencia entre aquél equipo y los que ahora nos toca sufrir y se vuelve a poner verde, el pobre. Miró hacia delante el optimismo y vio a Falcao y sonrió, aunque luego vio a Reyes a su lado y arrugó la nariz, levantó una ceja, apretó un puño y dijo ya estamos.
Empezó el partido y el optimismo entornaba los ojos buscando señales positivas que le permitieran recuperar algo de salud y algo veía. Veía a Diego buscar el balón y yendo hacia delante, veía a Arda Turan haciendo casi todo con criterio, veía al Sevilla esperando un poco atrás con cara de ojo con estos que nos pueden hacer daño. No veía mucho en el lado rival, tampoco veía demasiado en el lado local pero veía un partido controlado. Vio una ocasión de Reyes que se fue fuera, vio un centro del campo frío y blando pero capaz sorprendentemente de no pasar demasiados apuros durante el primer tiempo y vio cosas que le hicieron pensar que quizás, siguiendo así, las cosas en el segundo tiempo irían mejor. Sin tirar cohetes, el optimismo empezó a recuperar un poco la color de la cara, le entró el apetito y pidió pipas. Se encontraba mejor, no tanto como hacía unas semanas, pero algo mejor sí. No era esa sensación de equipo que sabe jugar a lo que le han pedido que haga de los otros días, ni la ilusión por ver que, finalmente, el Atleti jugaba a algo, pero veía al menos que el equipo no se deshacía a pesar de la marrullería constante del rival, de las pérdidas de tiempo del portero desde el minuto uno y del sorprendente arbitraje, con un protagonista que aparentaba intentar salvar su dignidad a pesar del cachondeíto constante con que le trataba el equipo visitante.
El optimismo, sin embargo, no se relajaba y empezaba a ver cosas que le hacían agarrar el antebrazo del vecino de localidad de vez en cuando con crispación y casi pánico. Veía un centro del campo del Atleti blandito y complaciente, con Tiago y sobre todo Mario en el papel de enfermeras monjiles enfrentadas a Medel, un jugador con mal genio y hechuras de forçado pasado de volumen. Mientras el Sevilla embarraba el partido, el Atleti buscaba un pañuelo y mientras Medel mordía a un rival, Mario le peinaba y le echaba Nenuco, lo que hacía al optimismo pensar que vendrían tiempos más duros si nadie lo remediaba.
Y llegaron. Tras el descanso se adelantó el Sevilla y apretó al Atleti, y el equipo se descosió. La sensación de falta de actitud se fue agravando y, coincidiendo con la desaparición temporal de Turan, la desconexión de Diego y la incapacidad de Reyes para entender de qué va este deporte, el Sevilla se vino arriba. Tras un primer tiempo en el que no pareció buscar nada más que el final del partido y el empate a cero, el Sevilla vio algo de luz y el optimismo se encogió diez centímetros y notó dolor en un oído. Durante veinte o veinticinco minutos el Atleti pasó de tener la sensación de controlar el partido a defenderse a manotazos. Mario, frío y trotón, desconectado del partido y con un punto de displicencia y casi altivez que nadie sabe bien de dónde le puede haber llegado, perdió un balón de esos que no hay que perder a menos que le encañonen a uno con un mosquetón cargado y Manu del Moral, en diez zancadas, se plantó ante Courtois. Courtois, que ya había hecho un paradón un poco antes, dio un pasito atrás como para coger impulso y, quizás cuando se había confiado el rival, salió decidido hacia el delantero que venía corriendo cubriendo todo el espacio que un señor tan grande puede abarcar. Paró el balón Courtois y el optimismo recuperó de sopetón siete centímetros, el brillo en el pelo y las ganas de aplaudir. Sólo la actuación del portero hizo sonreír a la grada, sólo Courtois impidió que la afición se fuera a casa de nuevo orejigacha y tristona.
Quizás gracias al grito de la grada en la parada de Courtois, despertó Turan y pidió el balón. Inoperante la parte baja del centro del campo y poco listo Godín para sacar el balón, Turan la pidió y jugó, apareció ante el compañero en apuros y echó el balón hacia adelante con criterio. Pudo marcar Falcao un balón que tenía que empujar tras buen pase de Reyes y pudo hacerlo también en un contraataque pero desvió Javi Varas. Pudo marcar Reyes en un tiro con rosca al palo que también sacó el portero y el Atleti arreó algo al final, pero sin autoridad ni acierto. Visto lo visto, vista la salida del vestuario en el segundo tiempo y vistas las paradas de Courtois, no parecía demasiado malo el empate a cero, lo que demuestra que las cosas no funcionan.
Terminó el partido y, a esas alturas, el optimismo estaba cerúleo y bajito, con la espalda encorvada y un tic nervioso. Al salir, el que suscribe estuvo tentado de llevarle de la mano para que bajar mejor las escaleras, pero le pareció mal. El optimismo, con cara de conformismo, dijo mientras salía que el equipo volvía a tener la cara de tantos años: incapaz de plantar batalla a los dos de arriba, condenado al empate o como mucho a la victoria ajustada en casa (y al revés fuera) contra los del pelotón de perseguidores (a pesar de no haber ganado casi ningún punto contra ellos en los últimos años) y destinado a elaborar un poco más el juego y alimentar las expectativas de los más positivos contra los equipos de la parte baja. Según pronunció esas palabras perdió un poco de pelo, le salieron gafas más gordas y se hizo más bajito. El optimismo ahí sigue, el hombre, pero necesita urgentemente vitaminas.
Una de las cosas que más han alimentado la molesta leyenda del colchonero sufridor y amante de las derrotas fue cierto verso en cierto himno encargado a cierto tipo de Úbeda. No se refería, entendemos, a la forma en que el Atleti perdió el sábado.

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El sábado a las diez y media de la mañana, que es día y hora de estar durmiendo o, como mucho, de estar tomando café con magdalenas, Francia jugaba contra Nueva Zelanda en la fase de grupos del Mundial de Rugby. A Francia le interesaba perder por aquello de los cruces de la segunda fase y, como ya hizo en el Europeo de Baloncesto, perdió. A Francia le está gustando esta cosa tan italiana de poner en la balanza el honor y la astucia, añadiendo al platillo de la segunda unos kilos de pragmatismo que dejen claro qué decisión es mejor tomar. Querer perder va en contra de la lógica deportiva pero a veces es lo aconsejable según la lógica competitiva, porque una derrota hoy facilita un camino que puede llevar a grandes metas mañana. A veces es mejor perder que ganar porque ganar implica casi necesariamente perder luego, y el orden cronológico del uso de los verbos tiene lo suyo; a veces por ganar antes se vuelve uno a casa antes (de tiempo) mientras que por perder antes se va uno a casa después y quizás con una copa. El caso es que Francia salió a perder un partido para el que, en cualquier caso, tenía muchas papeletas de salir perdedor. La decisión, simple en teoría, era algo más complicada. Una derrota escandalosa quedaría escrita a fuego en la historia del rugby para vergüenza del equipo con palabras de amañe y letras de bochorno. Una derrota abultada haría que el equipo se resintiera en su autoestima y, quizás, se volviera definitivamente contra su excéntrico y discutido técnico, probablemente fuera de la selección cuando acabe el Mundial. Una derrota excesiva condenaría a la afición francesa a pensar que nunca se repetiría una victoria sobre los All Blacks como aquella del último mundial, con los jugadores sudando sangre mientras resistían durante una eternidad y a cinco metros de la línea de ensayo un tsunami neozelandés vestido de gris, o como aquella histórica victoria francesa del 99 que hizo tambalear la leyenda de los de negro. La derrota, la derrota deseada y previsible, podía gestionarse de diferentes maneras y de la suerte del seleccionador y la sabiduría de los pesos pesados del equipo, que verían el primer choque de delanteras desde el banquillo, dependía que se perdiera con dignidad o al menos con provecho. Salió pues Francia con un equipo semi-suplente y con Morgan Parra de apertura y no de medio melé. Tras la haka (con corte de garganta incluido, el final de la Kapa O Pango que tantas críticas provocó desde su primera interpretación), Francia empezó jugando. Jugando a la mano, rompiendo la línea y haciendo que los neozelandeses levantaran mucho las cejas al ver que ese equipo suplente se atrevía a desafiarles. Cinco o seis minutos duró la insolencia y, veinte más tarde, cuatro ensayos All Black recomponían la escena y la lógica. La lógica, por cierto, indicaba que si los neozelandeses seguían jugando a ese ritmo y Francia seguía fallando placajes, el tanteador sería un escándalo. No lo fue tanto; tras el descanso (y a pesar de un ensayo local inmediato) hubo cambios en Francia y las fuerzas se igualaron. La delantera francesa funcionaba, el equipo tenía medio de apertura y la tercera dejaba claro que, de haber salido el primer equipo, el partido no habría sido el paseo plácido del primer tiempo. Hasta dos veces llegaron a ensayar los franceses en el estadio del rival, la primera con una celebración exagerada que no sentó demasiado bien a los locales, dadas las circunstancias, el tanteador y el planteamiento tramposo de los franceses. Francia perdió, y lo hizo de forma astuta. Poco honorable, eso sí, sobre todo tratándose de rugby, pero ahí está la astucia. En la mente de los All Blacks quedó claro que el equipo suplente de Francia es más que asequible, pero también les quedó claro por qué son suplentes y no titulares. De haber salido el equipo entero, piensan hoy, quizás las cosas no habrían sido iguales. De vernos más adelante en el torneo, piensan hoy los All Blacks, las cosas no serán tan fáciles, no bastará con intimidar a los menos experimentados abriendo mucho los ojos y sacando la lengua mientras se hace el gesto de cortar cuellos, habrá que vérselas con Imanol Harinordoquy y compañía y eso ya es otro cantar. Francia perdió el partido que sabía que iba a perder y que quería perder, pero, como hizo con España en baloncesto, sembró una duda para el futuro que le puede venir bien más adelante. Veintitrés horas más tarde, que el partido fue a las nueve y media y la mitad ni nos enteramos, Escocia se jugaba contra Argentina las posibilidades de seguir vivos en el torneo. Argentina había perdido recientemente contra Inglaterra en un partido igualado en el que los ingleses, a mitad de camino entre la astucia y la perfidia, lesionaron tres Pumas en cuarenta minutos. La delantera argentina hizo la vida imposible a la inglesa, y sólo los cambios en la primera línea de los que aquel día vistieron impertinentemente de negro, permitió a Inglaterra subir una velocidad al final del partido y terminar ganando un partido que dejó un sabor de boca amargo en los de celeste y blanco. Escocia acudía al partido con un equipo limitado, sin demasiado talento pero con una delantera peleona. Lo suficientemente peleona como para llevarse el partido con cierta holgura ante los feroces georgianos, tipos duros que visten de blanco y rojo cuando no visten de rojo y blanco. Escocia sabía que los ingleses, sus odiados rivales y aquéllos contra los que se las tendrán que ver en la última jornada de la fase de grupos, habían sudado sangre en la pelea con la delantera argentina y, aún así, centraron ahí sus esfuerzos. Tampoco tenían otra. Ni la calidad de su línea ni la lluvia aconsejaban un juego brillante de pase y carrera, así que plantearon un partido trompicado de mucha pelea entre delanteros. Argentina, cómoda sobre el papel con esa apuesta, no lo estuvo en la práctica ni un minuto. Los argentinos parecieron sufrir más que contra la delantera inglesa y, gracias a dos golpes transformados y dos drops escoceses, a siete minutos del final perdían de seis. Sólo podía entonces hacerse una cosa, sólo una, y se hizo. Amorosino marcó un ensayo histórico, dramático, de esos que hacen rugir los bares y protestar a los vecinos que, en esos momentos, mojaban churros en café con leche. Contempomi transformó y, en los minutos finales, Escocia buscó un drop y forzó una touche a un metro de la línea de ensayo argentina. Con el tiempo cumplido jugó Escocia casi tres minutos eludiendo el golpe y buscando el milagro con un dramatismo casi teatral, casi guionizado. No llegó a conseguirlo. Argentina ganó de un punto y se medirá, si no pasa nada raro, a los All Blacks en cuartos. Por su parte, Escocia perdió un partido que podía desde luego perderse, y lo hizo peleando hasta más allá del último minuto. Escocia perdió el partido pero ganó un punto de confianza en la casi imposible misión de ganar a sus antipáticos vecinos de camisa blanca; si los argentinos les tuvieron contra las cuerdas, ¿por qué no nosotros? ¿Habría algo más bonito para nuestra gente que dejar fuera a los ingleses? Podrán recriminarnos la falta de vistosidad y de talento, pero nadie podrá decir que no vamos a dejarlo todo, así que si los ingleses no tienen el día, ¿por qué no? En la mente de los delanteros escoceses se repite desde la derrota de hoy la misma cantinela, como un mantra: si yo fuera inglés, Dios no lo quiera, no dormiría tranquilo antes de jugar contra nosotros. Si caemos será dando guerra y si no están dispuestos a dejarse la piel en el campo, serán ellos los que caigan. Escociá perdió y, aún perdiendo y viendo cerca la posibilidad de ser el primer equipo en la historia de la camiseta del cardo que no pasa la fase de grupos, sacó de la derrota motivos para apretar aún más los dientes.

En medio de estas dos derrotas, el Atleti perdió por goleada su partido del sábado y ahora toca ver qué conclusiones sacamos. Algunas habrá que sacar, eso está claro. La primera conclusión es que el Barcelona, cuando juega a esto y sobre todo cuando se le deja jugar, es prácticamente imbatible. No imbatible del todo, que algún partido ha perdido y hace poco tiempo empató contra un Valencia no demasiado brillante, pero casi imbatible. La superioridad que el Barcelona muestra en casi todos los partidos hace que en aquellos en los que no va ganando cómodamente a los diez minutos su afición se inquiete, es lo que tiene estar mal acostumbrado. Que el Barcelona, que sigue jugando como los ángeles y sigue queriendo ganar a pesar de haberlo ganado todo, le gane al equipo de uno entra dentro no ya de lo lógico sino casi de lo inevitable. Inevitable pero no aburrido, como se dice últimamente. Si el juego del Barça resulta aburrido, como dicen algunos, es por la enorme cantidad de partidos casi perfectos que le hemos visto en muy poco tiempo. De igual manera que el jamón bueno empalaga si uno se come dos platos al día, tanto partido del Barça hace parecer cargante esa facilidad para hacer veinte veces por partido lo que en algunos estadios se ve una vez por temporada. Pero, en el fondo, todos sabemos que algún día no ya tan lejano este equipo maravilloso dejará de funcionar tan bien y entonces echaremos de menos estos partidos que hoy parecen aburrirnos, igual que entrada la noche uno lamenta no haberse comido ese último langostino de Sanlúcar que despreció unas horas antes, ahíto tras comerse una bandeja entera y tres copas de manzanilla. La segunda conclusión, digna de Perogrullo, es que al Atleti le queda aún mucho tiempo para ser el equipo que debería o podría llegar a ser. Los últimos partidos, contra equipos modestos de la liga española y un grande de la modesta liga escocesa, dejaron una buena impresión que tocaba confirmar en Barcelona. Demasiado pronto llegó ese partido, piensa ahora la parroquia colchonera, que habría visto con mejores ojos un partido así dentro de unas jornadas. Hasta la fecha, el Atleti había enseñado una idea futbolística más distinguida que otros años, con más toque y menos pelotazos, con más jugadores más cerca los unos de los otros. Nada de eso se vio en Barcelona, donde el Atleti sólo pudo defenderse del vendaval, subiendo la guardia, cerrando los ojos y apretando el protector dental. El Atleti no sólo perdió el partido, sino que lo más grave es que no lo jugó. Nada hizo el Atleti, ni un pase, ni una combinación, sólo un tiro lejano de Tiago que se fue al larguero. Diego, la referencia incuestionable a la hora de crear juego, no tocó el balón y menos aún lo tocó Falcao, la sensación rematadora de los primeros partidos. No le costaría mucho a Perogrullo llegar a la conclusión de que un rematador no tiene mucho que hacer si no le llegan balones que rematar, así que no debió ser complicado explicarle al equipo lo que deben hacer en los próximos partidos si es que quieren que marque algún gol Falcao. Otra duda que merodea por la cabeza de los aficionados el día después de la paliza tiene gafas y apellido frutal. Hasta la fecha, Manzano parecía haber inculcado una idea en el equipo y a su mano atribuíamos la diferencia de actitud y planteamiento de los últimos partidos. Frente al Barça sacó un equipo de esos que los expertos consideran ni chicha ni limoná, ni físico ni técnico, ni de toque ni de contraataque, un equipo que bastante tuvo con ir apagando los fuegos que con facilidad pasmosa iba encendiendo el rival. El técnico optó por no arriesgar nada, pero sin plantear una defensa numantina. Optó por Mario Suárez como medio centro por delante de los centrales, sabiendo todo el mundo que un jugador tan frío y tan blando no es lo más adecuado contra un centro del campo monumental como el del Barça. Dispuso al equipo de forma que nadie achuchaba a Xavi, una elección que en lo futbolístico equivale a jugar a la ruleta rusa con seis balas en el tambor. Quitó a Domínguez y puso a Godín, que casi no había jugado, y quitó a Filipe Luis Filipe y puso a Antonio López, que reclama a gritos un lateral izquierdo que le quite definitivamente de jugar este tipo de partidos. Puso al cómodo cordero de sacrificio Perea como lateral derecho y éste se comió un balón por alto nada más empezar el partido que acabó en gol, si bien tiró de velocidad alguna vez para evitar una masacre mayor. Jugó Tiago y dio sensación de estar para otros partidos y también lo hizo Gabi, que no dio abasto. Jugó Diego y no aportó nada más que la duda sobre su estado físico y jugó Reyes, lo que equivale a decir, una vez más, que el Atleti jugó con diez. Planteó por tanto Manzano el partido con más miedo que otra cosa, y ahí uno se pierde un poco, la verdad. Porque al Atleti, ayer, nadie le pedía ganar, ni si quiera empatar. Han sido ya tantas las goleadas y tantos los disgustos, tantos los partidos no peleados y tanta la apatía reprochada, tan poco el tiempo que ha tenido el técnico y tan descomunal el equipo de enfrente, que nadie pedía nada. Manzano pudo haber planteado un partido de equipo chico, con todos atrás y marcajes duros y al hombre de los buenos jugadores del rival, sacrificando el fútbol de ataque por la posibilidad, remota, de conseguir un empate. Dado que el botín, además de escaso, habría sido improbable, no parecía buena idea. Manzano al menos descartó esta opción vergonzante, indigna del escudo que luce en su camisetita de entrenamiento y en su gorra de tractorista. Pudo, eso sí, optar por lanzar al equipo al ataque, apostando por el fútbol de toque del que quiere presumir, arriesgándose a que le metieran cinco. Dado que la goleada era posible, podía al menos intentar alimentar la autoestima y fomentar el desparpajo, confirmar las ideas propias y la convicción en la apuesta presentada ante Racing y Sporting, lanzar la carga de la Brigada Ligera contra el equipazo de enfrente a riesgo de caer con honra o sorprender y ganar crédito siguiendo el ejemplo del Betis del año pasado. Tampoco lo hizo. Manzano sacó un equipo tibio con un planteamiento soso como su discurso, con jugadores sin espíritu, quizás acomplejados desde el vestuario viendo la poca ambición y convicción del técnico. Lo que había conseguido hasta ahora, esto es, transmitir la sensación de que las cosas habían cambiado y que el protagonismo del equipo recaería sobre los jugadores de talento y la idea de grupo, quedó erosionado tras el partido pequeñito del sábado por la noche. La afición, o al menos algunos, esperaban el partido del sábado para sacar algunas conclusiones. Nadie esperaba una victoria, pocos esperaban un empate, muchos querían pensar que la sorpresa era posible, algunos preveían una goleada. Ninguno está contento hoy. El Atleti perdió con contundencia un partido que era muy difícil de ganar, pero la sensación que tras el partido ha quedado está muy lejos de la euforia que invadió la grada tras los primeros partidos. Queda por ver qué aprenderemos de esta derrota tan ácida y tan poco peleada, si servirá para solucionar problemas, para decantar hacia un lado claro la idea a la que el equipo quiere acercarse. Lo que parece claro es que, con lo de ayer, ni se ha sembrado la duda que Francia quiso sembrar, ni se ha encontrado el motivo para apretar la mandíbula que encontraron los escoceses. Por ahora, quizás haya valido para sembrar el desánimo, pero eso, los optimistas a sueldo, no nos lo podemos permitir.
Se hizo de día el jueves 22 de Septiembre de 2011 y a la calle salió un montón de gente sonriendo. Todos, eso sí, del Atleti.
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Llegaba al Calderón el Sporting en día de entresemana y la parroquia rojiblanca, que no llena la grada con las apreturas de otros años - a pesar de que en el Club dicen que hay una lista de espera y que para pedir el nuevo abono hay que presentar una solicitud escrita con cinco años de antelación, por triplicado y en papel timbrado con póliza de dos pesetas en favor de los huérfanos del Ejército - tenía antes de entrar una sensación agradable. La afición venía contenta por lo visto contra el Racing y venía también contenta acordándose de que, hace un año más o menos, el Atleti volvió a casa tras ganar la Supercopa y jugó un lunes también contra el Sporting, le metió cuatro y se puso líder dos semanas. Aquel Atleti, luego desmembrado y reducido a escombros gracias a la calculadora del palco, la inoperancia del banquillo y las rabietas de algunos jugadores, hizo presumir a la afición colchonera durante unos días, igual que el Atleti de hoy mismo. La historia de aquel Atleti ya la conocen ya Vds y la de éste, la de este Atleti nuevo de toque y confianza, de mimo por el balón y recuperaciones rápidas, de un brasileño finísimo, un turco paticorto y talentoso y sobre todo un colombiano descomunal, aún no la sabemos.
Ya saben Vds, oiga, que el que suscribe ha decidido este año ser optimista en lo relativo al Atleti para así mejorar la salud de su hígado, recuperar el color de la tez (hasta alcanzar el verde pálido entreverado que la caracteriza) y volver a casa con apetito en día de partido. Y hay algo que es necesario comunicar ya a estas alturas, por sorprendente que parezca: no nos está resultando tan difícil ser optimistas, oiga, no tanto.
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Llegó la afición al campo y, como es menester en día de diario, unos iban con corbata y otros no. A unos les había dado tiempo a ir a casa y ponerse una camiseta rojiblanca y otros venían de La Coruña con traje y ordenador. Unos traían bocadillo de su casa y otros un hambre horrorosa por culpa del puntual cumplimiento del convenio colectivo. Unos venían corriendo y solos y otros en pandilla y paseando, y hasta hubo alguno que trajo invitados y llegó tarde, dejando a los nuevos solitos en la grada un rato. La efeméride del día la protagonizaron estos últimos, padre e hijo y ninguno del Atleti; lamentablemente para ellos, son hinchas de otro equipo de Madrid aunque vivan fuera. El padre es ya un caso perdido y al menos la naturaleza le ha compensado su poco gusto futbolístico con un distinguido pelo cano. El niño es otro cantar: el niño no es del Atleti o al menos no lo era hasta ayer y ayer iba a su primer partido de fútbol. El niño, excelente jugador de fútbol y gran matemático a pesar de no ver casi nada si no se pone de puntillas, tenía hasta ayer claro cuáles eran sus colores y no tenía tan claro quiénes eran sus rivales. Gracias a Falcao y a la grada, terminó haciendo la ola y dando botes al son de una cancioncilla poco apreciada por el resto de miembros de su familia. Si el niño a esta hora no es ya del Atleti será un milagro, y si lo es, que casi seguro que lo es, probablemente pida para Reyes una camiseta con nombre de colombiano feroz.
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Llegó pues la afición al campo, decíamos, y algunos conocieron a algunos otros y otros conocieron por fin a unos y fue todo la mar de agradable. Hombre, yo soy yo,¿y Vd? no me diga, ¿es Vd Vd? Así es, pues no sabe qué alegría me da conocerle. Las presentaciones en persona son muy útiles para ponerle la cara a un nombre y ver si las expectativas se cristalizan.
- Le hacía yo con gafas más gordas
- ¿No me estará llamando Vd hipermétrope, verdad? Mire, si ha Vd venido a provocar elija padrinos, lugar y color de paraguas (no plegables) y solucionemos esto como caballeros.
- No he querido ofender, disculpe; nunca dudaría de su miopía.
- Ah bueno. ¿Quiere una cerveza? Invito yo ... lo siento, es que estoy irascible, en mi última revisión me han dicho que he perdido media dioptría en cada ojo y en mi casa no me hablan.
(Como todo el mundo sabe, las gafas dan mucho juego a la hora de reconocer a alguien, como ocurre con el pelo).
- Pues no es Vd tan calvo como yo pensaba
- ¿Calvo yo? ¡Pero si tengo un pelazo! Pelazo cano, pero pelazo al fin y al cabo. Mire, si ha venido Vd a provocar elija padrinos, lugar y color de paraguas (no plegables) y solucionemos esto como caballeros.
- Deje, deje, que ya he oído lo de antes. Le invito yo a la cerveza y nos ahorramos las explicaciones.
- De acuerdo, pero acepto única y exclusivamente porque es Vd de Cuenca.
(Y opinen Vds más, no me sean perezosos)
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Salió el Atleti al campo y salió a su lado el Sporting de Gijón, ese equipo que nos cae tan bien y al que nos gusta recibir en casa. Al pobre Sporting de Gijón le vistieron de un color insustancial, el color de la mente de los que no se acuerdan de nada en los exámenes, el color de la gente con mala salud o avergonzada, el color de la poco futbolística carne de merluza. Al Sporting de Gijón le recomendaríamos cambiar de equipación suplente, pero como no somos nadie para recomendar nada a nadie y menos al Sporting de Gijón, aquí termina este tema.
Por el lado del Atleti salió un equipo diferente al que salió contra el Racing, cosa de las rotaciones, esa cosa nueva que se ha hecho toda la vida y de la que todo el mundo habla. De salida, a uno se le dibujó una sonrisa en la cara: en el equipo titular estaban Assunçao y Koke. Uno tiene un aprecio especial por Assunçao, un tipo honrado y trabajador que se ganó su puesto centímetro a centímetro hasta ganar kilómetros de credibilidad y que lo perdió de un plumazo sin demasiadas explicaciones. También tiene aprecio por Koke por aquello de ser de la casa y despuntar en las categorías inferiores, por representar a la cantera y tener desparpajo y por apellidarse Resurrección, que es apellido de libro de García Márquez y de futuro rojiblanco. Entre que uno decidió un día ser optimista y que empieza los partidos con una sonrisa, ya no hay quien le reconozca.
- Ah, es Vd, no le reconocía yo. Le veo diferente, le veo como calvo e hipermétrope
- Mire, si ha venido Vd a provocar ...
La segunda buena noticia de la tarde fue que el Atleti salió con cinco nuevos jugadores respecto al partido, pero la intención pareció la misma. Silvio, Grabi, Salvio, Koke y Assunçao salieron de titulares y el Atleti jugó a lo mismo que los días en los que no estuvieron. El Atleti, al menos por ahora, va dejando claro que quiere tocar el balón, que no quiere pelotazos y que quiere que todo el mundo se sienta a gusto en el equipo. Filipe Luis Filipe tira caños y devuelve paredes, Salvio se pelea y corre tras los balones con su achaparrada estampa, Koke la quiere y Silvio más. En el compromiso y la claridad de ideas de los que salen, sean o no titulares todos los partidos, uno ve la mano del entrenador. Hasta ahora uno, optimista por contrato, era públicamente escéptico y reticente con Manzano y hacía chuflas por su parecido con Flanders sin bigote, pero el cambio que ha notado en el equipo le indica que las cosas pueden ser diferentes respecto a los tiempos en que en el banquillo se sentaba su ojeroso antecesor. Este año el ambiente parece mejor, los nuevos parecen enchufados y los antiguos están más contentos; a balón parado pasan cosas, los capitanes son de la casa y parece que hay una idea más clara de en qué equipo y con qué aspiraciones se juega. Entre los capitanes hay uno nuevo, eso sí, Grabi, pero Grabi es otro cantar. Grabi ha vuelto de Zaragoza empapado de recia convicción baturra y corre y la pide y da voces y pases y pesa en el equipo como no pesaba en sus etapas de antes. Falla algunos pases fáciles, sí, y algún día nos costarán un disgusto, pero su presencia en el juego es constante y muy de agradecer por los compañeros, que siempre le encuentran cuando hay apuros. Grabi es ahora uno de los capitanes de la plantilla y, siendo de la casa y siendo veterano, puede que sea importante a la hora de decirle a los recién llegados en qué club están.
Otra de las buenas noticias tiene nombre de señor y de marisquería y se llama Domínguez. Domínguez fue capitán y metió un buen gol y remató a puerta y se entendió bien con Miranda. Se le vio más confiado y sonriente, con la confianza y la sonrisa que le quitaron el año pasado a golpes de bufanda anudada y sensaciones del entorno. Quizás su alegría tenga nombre de señora con tocado de frutas y de pueblo burgalés y se llame Miranda. Miranda, que dejó a muchos una buena impresión en Valencia y algunas dudas a otros, pareció cómodo con Domínguez y se sumó al ataque en los balones parados, estuvo cómodo en su zona y sacó el balón jugado con pinturería en algunas ocasiones. De ser uno no ya optimista sino positivista exaltado, se atrevería a decir que Domínguez y Miranda se entienden bien y están cómodos, pero ya se sabe que dentro de un par de partidos pueden hacer una pifia y se nos derrumba la sociedad, sobre todo una vez hemos comprobado que Courtois, Cuantró en grada de lateral, a veces tiene pequeñísimas dudas. En breve veremos la solvencia de la parte defensiva del equipo, defensas (3 por cierto al final del partido de ayer) y medios incluidos, que la tropa ofensiva ya va presumiendo por el paseo marítimo y guiñando el ojo a las jovencitas. Por ahora, uno sí reconoce al menos la musicalidad del nombre conjunto y las inmensas posibilidades que ofrece: Miranda y Domínguez, abogados, Miranda y Domínguez, detectives, Las Aventuras de Miranda y Domínguez en el Oeste, Miranda y Domínguez, asociados.
- Con eso de la hipermetropía no ha hablado Vd de Turan ni de Falcao
- ¡Ya está bien! ¡Saque su paraguas!
En ausencia de Diego, los ojos ávidos de fútbol de toque y último pase se fijaban en Turán. Turán jugó más hacia la izquierda, aunque luego se iba al centro, a la derecha también, un poco a su aire. Cuando Turán la toca deja claro que sabe y que crea peligro. A ratos sestea y desaparece, pero si la coge asusta. En ocasiones defendió corriendo hacia su campo y varias veces creó corriendo hacia el campo rival y en horizontal. Encima contaba con el apoyo atrás de una línea de tres de lo más ortodoxa esta vez, con Assunçao por delante de los centrales barriendo lo que lllegaba, y contó también por delante la referencia que cualquier centrocampista querría: Falcao. Falcao hizo un partido monumental, rematando a puerta todos y cada uno de los balones que pasaban cerca de él. Se las vio a veces con Botía, que de espigado ha pasado directamente a posible flanker, y de los choques salió airoso o por los suelos, trompicado o mirando a puerta pero nunca haciendo teatro ni protestando ni lamentando nada que no fuera su propia imprecisión. En varios momentos salieron ambos del embroque (en su acepción taurina) y se estrecharon las manos, un detalle que gusta en ciertos blogs que tienen como referencia histórica un delantero centro de buen juego aéreo y mejores modales con los rivales.
Del partido de Falcao poco diremos, que ya lo han dicho todo los medios de comunicación, que al ingenioso grito de Falcao Maravillao destacan, incluso en portada (excepciones de hoy que eran regla antes), el partido del colombiano. Lo que no ha trascendido son una serie de llamadas telefónicas que tuvieron lugar tras el tiro a la escuadra de Falcao. A punto estuvieron de producirse las mismas llamadas tras el remate de cabeza que anuló el árbitro-vedette Iturralde y tras el primer gol, finalmente de Lora tras remate dificilísimo de Falcao. Pegó el balón en la escuadra y ya no pudieron más, los teléfonos quemaban. Mañana reunión urgente, convoquen a todos los comerciales, esto puede ser un problema. A las siete de la mañana del día de hoy estaban de bote en bote las salas de reuniones del Corte Inglés, el Decathlon, almacenes Fuentes-Guerra (de Córdoba) y Modas Barcelona. Las instrucciones a los dependientes eran tajantes: desde ahora, los balones se ponen en una vitrina cerrada con candado. Nada de balones sueltos en la tienda, nada de niños botando pelotas. ¿La razón? Muy clara: Falcao puede andar cerca, y si es así remata y fijo, como poco, que rompe el espejo del probador y no está la cosa como para hacer reformas. Las llamadas no pararon ahí y las marquesinas del autobús, puertas de garaje y cualquier otro espacio rectangular del entorno urbano han sido declarados zonas de alto riesgo en las que está prohibido botar balones, llevar globos terráqueos o portar sandías. Falcao es un peligro público, puede andar cerca y pegarle un pelotazo a un guardia. Falcao remata todo y casi todo bien, y si no es por Iturralde ayer vuelve a irse con tres goles a su casa, tan contento y tan modoso.
El Atleti jugó y ganó un partido con sabor a partido antiguo, de esos a los que la afición sabía que iba a ver una victoria y la única duda era por cuánto. Por ahora hay motivos para la alegría, sin perder de vista experiencias previas que hacen ver fases de goleadas en casa y días de juego y rosas como pasos previos a esas épocas desesperantes por las que equipo siempre ha pasado. Pero algo ha cambiado claramente. El ambiente que llega desde el césped, por ahora, es distinto al del año pasado y los jugadores parecen más implicados. No hay patadones constantes y cuando hay alguien en apuros aparecen pronto los compañeros. La ocasión a balón parado ya no pertenece a la categoría de lengua muerta a la que la relegó Quique y se buscan combinaciones y desbordes donde antes se buscaban pases apresurados a los de delante. El sábado, claro está, tendremos la piedra de toque, un partido importantísimo en el que por supuesto el resultado es importante, pero lo es más la imagen que deje el grupo y la actitud con la que se enfrente. Bonito partido el sábado, disfrutemos.
Y, por si había dudas, está claro que no, el que suscribe no hizo la ola.
El Atleti jugó bien contra un rival facilón y dejó claro que este año ha optado por tocar el balón en vez de por pegar pelotazos. Si es capaz de hacerlo contra un buen equipo es algo que aún no sabemos.
Coincidiendo con el final del verano, y tras advertir numerosas irregularidades en la técnica empleada por la mayoría de los usuarios en gran cantidad de países de ambos hemisferios, la UNESCO - y más en concreto su Comisión de Postres Veraniegos Excepto El Flash Golosina - editará en breve el esperado y necesario texto que desde hace tanto tiempo reclaman heladeros, padres, usuarios de camisas de colores claros y en general todo el personal que no suele llevar pañuelitos de papel en el bolsillo. Se trata, naturalmente, del "Libro Verde del Consumo del Bombón Helado", también llamado "Guía Útil para el consumo responsable y sin lamparones del helado de palo con base de leche y cubierta de chocolate crujiente".
El Libro Verde (que en un principio iba a ser Libro Blanco pero cambió de color ante las multitudinarias protestas de todos aquellos que tradicionalmente hemos identificado el color blanco con la suciedad extrema) es una útil guía de consumo que contiene instrucciones detalladas para asegurar un correcto enfoque a la hora de encarar el rey de los postres de chiringuito. Ha sido elaborado por numerosos estudiosos, usuarios voluntarios, científicos y analistas estadísticos que, desde todos los puntos del Globo, han llevado a cabo sesudos estudios y experimentos encaminados a mejorar el grado de disfrute del consumidores de todas las edades y condiciones sociales. Los puntos fundamentales sobre los que gravita el contenido de la magna obra son los siguientes:
• Por su naturaleza y carácter, es del todo inútil y desaconsejable chupar un bombón helado recién sacado del congelador. Sencillamente, no sabe a nada: es como pasar la lengua por un tablón congelado. La correcta técnica se basa en el mordisco audaz y táctico, dejando el rechupeteo para fases posteriores a la fase inicial o Fase De Apertura de La Cubierta Chocolateada.
• El mordisco inicial es clave para una buena gestión del consumo: un mordisco temprano podrá resultar en dolor de incisivos por aplicación de frío, un mordisco demasiado tardío puede producir una rotura importante en la cubierta rígida, desprendiendo grandes bloques de chocolate con alto riesgo de mancha en la pechera. El mordisco inicial ha de darse ni muy pronto ni muy tarde, sino en su justo momento: cuándo llega éste es algo que sólo la experiencia permite saber.
• El riesgo de desprendimiento de cubierta y consiguiente (a) pérdida de un trozo estupendo de chocolate por caída al suelo o (b) mancha indigna durante toda la tarde y consiguiente ruina de la prenda, es constante durante todo el consumo del producto. Son especialmente sensibles las zonas laterales del helado, que presentan un alto índice de rotura y desprendimiento de coberturas laterales con ángulo de parte de la capa ventral o posterior del helado. Su caída produce una mancha atroz, pero las consecuencias son aún más graves: la pérdida de los listones laterales supone una merma en la estructura general del helado que producirá con seguridad ulteriores desprendimientos de cubierta en momentos posteriores.
• El ritmo, como en casi todo, es clave para el correcto disfrute del helado. Si bien en un principio éste puede ser más lento - pudiendo el usuario gustarse en el paladeo de las partes desprendidas del tronco central - a medida que pasa el tiempo y se acelera el proceso de fusión o deshielo, el ritmo debe hacerse más vivo para contrarrestar el efecto del recalentamiento global. Un consumo remolón y pastueño puede provocar el efecto bautizado como "Churrete Jackson" en honor a su descubridor, consistente en la fusión descontrolada de la parte interior cremosa del helado y la formación de un río de nata y chocolate fundido que, avanzando polo abajo, puede llegar a alcanzar la mano y, en ocasiones trágicas, incluso muñeca y codo.
• La parte final o de Fase de Remate presenta un punto positivo y uno de riesgo. El positivo, la posibilidad de acceder a un estupendo trozo de chocolate macizo adherido al palo mayor o viga maestra que sostiene todo el sistema cobertor; el riesgo cierto se presenta para aquellos con fobia al contacto de los elementos de la cavidad bucal con la madera de que se está hecha el palo mayor. Dicho contacto ha sido estudiado debidamente en cierta universidad de Iowa y es comúnmente denominado por la comunidad científica "Repelús Welch".
La publicación del Libro Verde ha sido acogida con entusiasmo y alivio por asociaciones de consumidores y madres de mellizos, si bien ha contado en ciertos países con la oposición activa del lobby de la lejía y el cebralín. Una vez más, amigos, nunca llueve a gusto de todos.
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Llegó la afición al campo la mar de contenta por la hora, que era decente, y por la temperatura, que no era demasiado alta. Llegaron niños en tropel, lo que hizo que el ambiente fuera mucho más agradable que en esos partidos de noche en los que no se ve ni una coleta ni un potito ni un señor subiendo la escalera con su niño en brazos, que es lo que debería ser, lo que siempre fue, lo que permitió que fuéramos al campo desde chico y entendiéramos lo que es el club, el equipo, la liga y todo aquello que la mercadotecnia se empeña en destrozar, empezando por las córneas de los que padecemos botas verde con cordones azules y botas moradas con cordones rosas.
Llegó pues en tropel la afición al campo y el tema de conversación era variado. Muchos hablaban de lo bien que sienta eliminar a los franceses en la Copa Davis y lo bien que sentaría ganar a los franceses en la final del Eurobasket, como luego ocurrió. Otros hablaban de que, en efecto, daba mucha alegría eliminar a los franceses pero que Morgan Parra, "Parrita", medio melé con nombre de banderillero, había metido prácticamente todos los golpes de castigo que había tenido a tiro esa mañana contra Canadá, desmontando la teoría de que el balón del Mundial vuela raro y por eso Sexton y Wilkinson no dan una. Hablaba también la gente del maravilloso partido de Irlanda contra Australia, del partidazo de Healy y el resto de la primera línea irlandesa, de los dotes de mando de O'Connell, del arrojo defensivo de O'Driscoll y de los inolvidables cinco últimos minutos, la presión en el 22 irlandés, el pase de fantasía innecesario de Cooper, la intercepción de Bowe y la carrera eterna, el placaje increíble de O'Connor a cinco metros de la línea de ensayo, el pitido final y la calle Alcalá llena de camisetas irlandesas y pintas de Guinness a las 12 de la mañana. De esto hablaba mucha gente, sí, pero la mayoría, la inmensa mayoría, no hablaba de otra cosa que del ascenso del Rugby Atleti, verdadera noticia bomba de un fin de semana en el que el Atleti goleó y España ganó el Eurobasket y llegó a la final de la Davis. El Rugby Atleti está en Segunda, y esta frase, que fuera de contexto quizás no diga mucho, suena a música celestial en los oídos de muchos.
Salió el Atleti al campo y lo hizo de nuevo vestido de Atleti, sin publicidad en la camiseta y con las medias rojas y con vuelta blanca y aquello ya pintaba bien. Antes salió otro Atleti, el de balonmano, heredero de carambola de ese histórico Atleti sin espinilleras que tan orgullosos nos hacía, y ofreció la supercopa a la afición. Mención especial merece la alegría que se advertía en la cara de Hombrados, claramente uno de los nuestros presentando un título a los suyos, la ilusión de todo atlético; dado que la mayoría sólo podríamos presentar como mucho un título de propiedad de un pisito hipotecado (lo que no carece de mérito en estos tiempos, oiga), la cara de Hombrados produjo alegría y envidia.
Al lado del Atleti salió el Racing de Santander y, cosas de las lesiones, el que suscribe no conocía a ni uno. Bueno a uno un poco, este me suena, ah, sí, ya sé quién es éste y poco más. En estas situaciones hay quien piensa que hace falta un experto en fútbol internacional, un socio del Racing o un cronista nacido en Potes para que le cuente quién es quién en el rival, pero se equivocan. Lo realmente útil, lo que le da al cronista aficionado toda la información necesaria para identificar rivales poco conocidos de equipos poco mediáticos no es un gurú radiofónico ni un obseso del fútbol por parabólica sino un niño de unos diez años que esté haciendo el álbum de la liga. Los niños, a fuerza de cambiar cromos y abrir sobres comprados en los kioskos, saben una barbaridad de fútbol y son capaces de reconocer al juvenil Ledesma, recién llegado al rival desde el Hércules Promesas, con sólo ponerse el peto y dar dos carreritas. Si uno es capaz de conseguir que el niño en cuestión (sobornado con polos y chicles de fresa) le diga a uno al oído el nombre de los desconocidos, uno queda como un erudito ante el resto de la grada, asombrada del conocimiento que de las plantillas de todos los equipos tiene el sobornador, a la sazón inductor de una caries de consecuencias imprevisibles.
Salió el Atleti, decíamos, y lo hizo con un dibujo levemente distinto a aquél que sacó ante el Celtic. Salió una línea de cuatro atrás, que tuvo poco trabajo, con dos mediocentros delante que controlaron al flojo rival sin demasiados problemas. Por delante de estos últimos salió con la batuta Diego, que dejó claro que de esto sabe y que por ahora quiere. A su lado, dos electrones libres, Turan y Reyes, completando la línea de tres encargada de darle balones a Falcao, solito en punta y sin demasiada necesidad de compañeros, que él solo se basta por lo que parece. A pesar de que (como en el caso del Celtic) lo limitadísimo del rival impide sacar conclusiones tajantes, por ahora parece una cosa clara: el Atleti quiere jugar a tocarla, tratando de olvidar el patadón a los de delante de temporadas pasadas. El Atleti la saca jugada o al menos lo intenta, y cuando el balón llega a los medio centros, primero Diego y luego Turan se la piden y piensan en algo que hacer que no sea mandarla lejos. Parece que la idea, por ahora, ha sido entendida por los jugadores o al menos es lo que vimos en la última media hora de Valencia y en los dos partidos posteriores. Veremos si dura y si funciona, veremos.
Courtois y los centrales no tuvieron mucho que hacer, por lo que diremos poco de ellos. De los laterales diremos más. Filipe Luis Filipe tuvo para sí toda la banda, toda vez que había poca gente haciendo coberturas de defensa el primer tiempo. Tampoco hacía mucha falta: el Racing no asustaba mucho. Filipe Luis Filipe subió sin esprintar y trotó de vuelta, se mostró a veces a regañadientes y cuando ganó la línea de fondo o sus inmediaciones, dejó claro que está más cómodo haciendo pases cortos como el del penalti que colgándola a la olla. Perea, por su parte, repitió como lateral y subió al ataque cuando pudo. En parte por no ocupar el puesto durante mucho tiempo, en parte por ser él mismo consciente de que conducir el balón y colgarla luego no es lo suyo, y en parte por el run-rún a mitad de camino entre la sorpresa, el cariño y chufla que se levanta cada vez que sube, hizo un buen partido. Servidor, ya lo sabe, ve con buenos ojos a Perea y quizás aprecie su contribución en partidos en los que otros ven un zote trotón, así que decidan Vds cómo jugó el colombiano. El que suscribe, ya sabe, si fuera árbitro no sería capaz de sacarle una tarjeta amarilla y, como mucho, le sacaría tarjetas-regalo por honrado y por discreto.
En el centro jugaron Mario y Tiago, los tibios centrocampistas que desentonaron junto a Grabi, más sólido, en el partido de Valencia. No lo hicieron mal porque tampoco tuvieron mucho que hacer, pero algo más aportaron. Tiago sacó un buen tiro a puerta que luego remató Falcao en fuera de juego, Mario estuvo cómodo todo el partido. Parte de su comodidad se debió, naturalmente, a Diego. Diego, de cuya calidad nadie puede dudar, está por ahora mostrando una actitud muy positiva que llama a la esperanza. Diego se enseña siempre, la pide, mira, piensa y si no hay alternativa la devuelve y vuelve a pedirla para volver a empezar. Recuerda a Juninho en esa vocación por buscar la forma en que hacer daño al rival, no recuerda tanto por su físico, mucho más completo que el del diminuto Osvaldo Giroldo. Diego, jugador cedido de futuro incierto, mostró el camino a todo el mundo, lideró el ataque, se asoció con los buenos y pidió pases fáciles a los no tan buenos y provocó un penalti tras buen pase de Filipe Luis Filipe que en el campo no pareció y en la televisión se vio claro. Se fue a la caseta al medio tiempo y su misión la pasó a desempeñar Turan, también entonado y fino. Turan tiene cosas de jugador artista y planta de monosabio contrahecho, con las piernas cortas, los hombros estrechos y la cabeza gorda, pero claramente sabe de qué va esto. Es fino en el regate, el pasecito y el pase largo y se entiende con Diego, Falcao y Adrián sin demasiados problemas.
Con Reyes es otro cantar. Reyes, que se las prometía muy felices a principio de año con su diez a la espalda, con la salida de las estrellas del equipo y con la prensa pidiendo su vuelta a la selección (sin especificar de qué deporte) pareció enfurruñado por jugar con unos cuantos nuevos que no sólo son capaces de hacer lo mismo que él, sino que cuentan con esa vértebra cervical tan útil que permite levantar la cabeza cuando se lleva el balón controlado. Reyes ha perdido protagonismo y puede optar por recuperarlo haciendo regatitos interminables de patio de colegio o jugando en equipo. De optar por la primera opción, que conociéndole nos parece la más probable, nos preguntaremos rápidamente si su puesto no debería ocuparlo Adrián, un jugador mucho más solidario, listo y generoso con detallitos de calidad cuando hace falta y sobriedad el resto del tiempo.
Y, para terminar, Falcao. Falcao es un jugador curioso: fuera del área parece torpón con los pies y poco dotado para el control y el regate. Se resbala, se choca y parece que únicamente se fía de él para devolverla en corto cuando anda por el centro del campo. Eso sí, en el área es otra cosa. No necesita mucho para ver puerta, siempre tiene claro dónde tiene que tirar y le da igual estar de espaldas que de frente que entre dos centrales grandísimos. Falcao, que no protesta ni se tira ni pide salir en la portada de las revistas de depilación como algún otro, tiene pinta de meter cinco o seis de cada diez que tenga. Ayer metió tres, le sacaron una y le anularon otra. Si recibe pases hay jugador para inflar las cifras de ataque, si se las tiene que fabricar solo sufrirá mucho, algo que saben bien algunos de los grandes delanteros que han pasado últimamente por el Calderón. Lo que claramente se ha ganado por ahora es el título de Rey del Videomarcador, la herramienta elegida para el anuncio de su fichaje sin transfer y ayer anuncio de su cuenta de Twitter. El videomarcador del Calderón está que echa humo este año; si antes servía para anunciar cafeterías en las que Julio Prieto hacía las veces de gerente y más tarde locales de dudosa reputación de la carretera de Burgos, ahora anuncia cosas extraordinarias y la gente no pierde ojo por si se hace pública la fórmula de la cocacola, el verdadero sueldo de Gil Marín o la solución a los sudokus más inaccesibles.
El Atleti ha dejado buena imagen contra equipos fáciles y una imagen algo más gris contra el pobre Valencia de hace una semana. Sí parece haber tomado la decisión de tocar y tocar el balón antes de pegar pelotazos y se nota la mano del entrenador en ese aspecto. Eso sí, por ahora los buenos partidos han sido contra equipos limitados y el sábado que viene vendrá la oportunidad de saber dónde estamos, el test que dará la medida del equipo en el inicio de liga. Entre tanto, la afición seguirá rumiando el dilema del domingo en el Calderón .... ¿qué hemos hecho en esta vida para terminar queriendo que Torres marque a De Gea en vez de estar vitoreando a ambos en los partidos de casa? Qué cosas, señor, qué cosas.
PS: el que suscribe anda preocupado por lo que parece la definitiva desaparición del Forza Atleti. Los partidos no serán los mismo sin la aportación de su chisposo portadista. Si se confirma la tragedia, tan nociva además para los fabricantes de medicamentos contra la disfunción eréctil, le dedicaremos la atención que merece.