lunes, 9 de julio de 2007

Derrotas, derrotados

Valencia, Copa América, posible última regata de la competición que lidera el equipo suizo Alinghi, defensor del título. Enfrente, perdiendo por 4 a 2, el Team New Zealand, los kiwis que dicen algunos, los all blacks, los neozelandeses, vaya.

Hasta ahora la final está siendo muy disputada, con constantes cambios de líder en cada regata. Los suizos han mostrado cierta ventaja tecnológica y táctica, los neozelandeses han mostrado coraje, determinación y algo de mala suerte: un spinaker que explota, otro que no quiere subir, varios cambios de viento que favorecen a los rivales. No todo está perdido, la afición neozelandesa se encuentra extrañamente confiada. Se han desplazado en masa a Valencia, en la otra punta del mundo, para ver a su equipo. Hace unos años perdieron en casa la Jarra de las Cien Guineas, el trofeo que permanece en casa del mejor equipo del mundo hasta que un desafiante consigue hacerse con él. Desde que el equipo suizo les arrebatara la jarra, irónicamente bajo las órdenes de un neozelandés, el Team New Zealand tiene una misión: recuperar el trofeo, traerlo de vuelta a casa, vengar la afrenta, la traición.
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Llega uno a Valencia sin saber muy bien qué va a encontrarse.

- (voz en off) pero … ¿también estuvo Vd. en la Copa América?
- Pues sí
- No se pierde Vd. una, ¿eh?
- Pues no
- Pues mire Vd. qué bien
- Pues sí

Aparca el coche en el parking del nuevo puerto, anda por los muelles en el momento en el que salen los barcos del Team New Zealand a calentar antes de la regata. Sin velas, el mástil está ocupado por una bandera neozelandesa de veinte metros de altura. La salida de los dos barcos del equipo, ambos con los colores del país, se recibe con un estruendo. Ochenta mil personas esperan en los muelles de la bocana, hacen sonar bocinas, rugen como en un estadio de fútbol en plena final de copa. La tripulación titular responde al estruendo con pocos aspavientos, levantan levemente la mano y respiran hondo, aprietan las mandíbulas y miran al frente. Tampoco los tripulantes del barco sparring sonríen en exceso. También ellos tienen una misión, también son responsables de la suerte del equipo.

La afición neozelandesa ruge y uno, que es muy de estas cosas, sonríe mientras siente un escalofrío por la espalda. No entiende nada de vela, o al menos sólo lo imprescindible, pero le atraen estas competiciones. Hoy viene uno a ver la regata, va con los suizos. Si el Alinghi gana la copa se queda en Valencia, al menos eso parece, y eso siempre es bueno: puede volver a venir, a Valencia le viene de perlas, quién sabe si para entonces uno tendrá suficiente experiencia como para entender la jerga de la vela. Vamos con los suizos, pues.

Se fija uno entonces en la afición. Los suizos, los nuestros, son discretos. Andan de acá para allá con bolsas en las que guardan la ropa que han comprado en las tiendas oficiales de los equipos: polos del Luna Rossa, jerseicitos del Mascalzone, cortavientos del Oracle. Alguno se come un helado. Los más echados p’alante llevan un cencerro, como en las competiciones de esquí. Otros, una camiseta con una vaca. Uno se plantea por qué no llevan un reloj de cuco a la espalda, que tendría más gracia, pero el clima húmedo y pegajoso de Valencia le da la respuesta.

Mira entonces uno a los neozelandeses. Nada de polos de marca perfectamente planchados, nada de bolsas de boutique, nada de cencerros. Tipos en bermudas bebiendo cerveza, señores con aspecto de rudos marineros quemados por el sol charlando con los policías locales, chicas estupendas en bikini. Se arremolinan en los chiringuitos, piden bebidas, invitan a los rivales, a los locales, a los periodistas, a los camareros. Hacen grupos espontáneos, hablan con todo el mundo, no paran de moverse. Sonríen, se ríen, charlan, te preguntan de donde eres. Si eres español te hablan de lo que les gusta tu país, de lo maravilloso que es todo, te invitan a cerveza y de paso te piden que la pidas tú que el camarero no les entiende. En cuanto les das su vaso te lo devuelven vacío, que hace calor y han dado con un tipo que les echa un cable en la logística. Más cerveza, más risas. Vienen a ver una regata, entienden de esto, vienen a ganar, lo tienen claro. Esto no les impide ser una afición alegre, hospitalaria y salada, como alguna que conozco de cerca y de dentro. Eso sí, cuando empieza la regata rugen como un trueno, ahora están a lo que están. Siguen siendo afables, pero sonríen menos: está en juego algo importante, y se nota.

A estas alturas, queda claro con quien va uno. Los suizos siempre me parecieron un bollo de lo más soso, no lo puedo remediar. Vamos con los neozelandeses, naturalmente.

Empieza la regata, los neozelandeses van por delante, luego no. La cosa está apretada, los suizos parecen mantener la calma, tienen ventaja y no sienten en la nuca la urgencia de un país entero. Entran con ventaja en las boyas, los el TNZ no pueden más que jugársela. Lo hacen, fuerzan la máquina, penalización. La regata, la copa, parece sentenciada. Los suizos van a ganar, sus rivales aún tienen que dar una vuelta sobre su eje, demasiado tiempo perdido.

Última empopada, el TNZ va detrás, sólo un milagro puede impedir que los suizos ganen. En Nueva Zelanda no creen en milagros, pero tienen una misión y no van a bajar los brazos. Siguen, aprietan los dientes. De repente, algo pasa, los suizos se quedan clavados. El spinaker no sube como debiera, los neozelandeses ven un rayo de esperanza. La mala suerte que se ha cebado con ellos parece darles una oportunidad. Toman ventaja, avanzan. A pocos metros de la meta inician la maniobra de sanción, los suizos están lejos pero también avanzan. Terminan el giro pero se quedan clavados, casi no hay viento. Los suizos, desde atrás, llegan con un poco más de velocidad. Sobre la línea les adelantan, un segundo de diferencia, la Copa América no irá a Auckland. Se han ahogado al llegar a la orilla, han caído de la forma más cruel posible.

Entran los barcos al puerto. La tripulación neozelandesa llega seria, decepcionada, con cara de pocos amigos. La afición les recibe como a héroes a pesar del fracaso: han peleado hasta el final, han mantenido el orgullo intacto, han dado una lección de gallardía y saber hacer. La suerte les ha dado la espalda y lo asumen, saben que no son peores que los ganadores pero también saben que se volverán a ver. En la cara de los tripulantes parece que se ven ganas de volver de inmediato al gimnasio, al estudio de diseño, al taller: hay trabajo que hacer desde mañana mismo, hay que volver a por la copa. La suerte ha soplado del lado de un equipo de mercenarios que compiten por un país sin mar, y eso no hace más que reafirmarles en sus convicciones. En ese momento uno, y aquellos que, como uno, ya desde pequeños iban con los indios en las películas y admiraban a Héctor, domador de caballos, por encima del ventajista Aquiles, tenemos claro quién queremos que gane la siguiente edición si no son los nuestros – nuestros.
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Visto lo visto me permito darles dos consejos. El primero es de índole empresarial, por si quieren hacerse ricos. Vayan a Nueva Zelanda y registren la palabra “Pupas” como quiera que se diga en inglés, maorí y samoano. Vayan a la televisión local y hagan un número cómico basado en el equipo nacional de vela que siempre pierde. Hagan un himno que hable de su estruendosa forma de quedar segundo. Contacten con productoras de cine y ofrézcanles guiones sobre un detective gordo, perdedor, sucio y despreciable, con un ayudante maorí al que humillar con fáciles comentarios racistas, ambos fans del TNZ. Cuéntenles lo gracioso que resulta reírse de aquellos que aceptan la derrota aún a sabiendas que merecían ganar, aún a sabiendas que el otro peleaba con la ventaja que da el dinero y el poder. Hablen de proyectos a futuro sobre el TNZ basados en patrones de hidropedal y marineros de barca de la casa de campo, convenientemente ensalzados por la prensa local. Hablen con agencias locales de publicidad y convénzanles de lo buena idea que resultaría hacer anuncios basados en el sentimiento trágico del seguidor del equipo de vela, en la fe en recuperar la copa perdida, en lo inexplicable de la pasión por un equipo que no gana absolutamente todas las competiciones, a pesar de pelearlas como un toro bravo. Háganse por fin con la propiedad del solar sobre el que se asienta el astillero de los barcos sagrados que en su día ganaron la copa, y hable con el alcalde para que se los recalifique.

Hasta aquí el primer consejo. Si han decidido seguirlo, les daré otro: corran por su vida.

1 comentario:

José Ramón dijo...

Nueva Zelanda, por lo que yo sé y me cuentan quienes han estado, es un país magnífico.

Lo único malo, es que hay bastantes chinos que conducen muy mal y causan innumerables accidentes.

Pero por lo demás, ya digo...

Magnífico.

Algún día iré.

El día menos pensado.