martes, 4 de septiembre de 2007

Aventuras de un rojiblanco en las Islas Británicas

Irlanda es verde, muy verde. Suena a tópico, oiga, y lo es, pero es que, además, es completamente cierto. Es todo muy típico, muy idílico y muy simpático. Con sus ovejas de fina lana –las mejores, las que se crían en las pedregosas Islas de Arán-, con sus bosques mitológicos, con su Rosa de Tralee, con sus pubs y con sus borrachines hablando raro. Sí, sí: raro.


En Irlanda, los borrachos, o sea, la población en general, habla en irlandés, o sea en gaélico, o sea raro. Porque el gaélico se parece al inglés tanto como el gaditano al ruso. Poco más o menos. La cosa tiene su gracia, salvo si te alquilas un coche y pretendes recorrer el país: la mayoría de las señales están en gaélico y la mayoría de los mapas de carretera en inglés, así que te acabas armando un taco de padre y muy señor mío.

Recién aterrizado en Dublín ya empieza uno a notar eso que cuentan de la Torresmanía. Las tiendas de deportes, los kioscos de venta de camisetas y memorabilia futbolera, los badulaques, los puestos de mercadillo, lucen ya en lugar destacado la roja camiseta del Liverpool con el 9 a la espalda. Es fácil intuir que El Niño, nuestro Niño, pronto será un ídolo en estas islas tan ventosas e inhóspitas como bucólicas. Otra cosa que uno advierte con rapidez –y, a qué negarlo, con cierta delectación- es que el Barça le ha ganado de calle al Madrid el partido de la mercadotecnia internacional. Es verdaderamente insólito ver a algún paisano inglés o irlandés con la camisola vikinga, no digamos ya un niño, y, sin embargo, te encuentras equipaciones blaugranas por doquier: Ronaldinhos pelirrojos, Messis pecosos y Henrys rubios y lechosos. La intuición se convertirá en certeza irrevocable en cuanto pisemos Inglaterra. Que será después. Porque, entre tanto, nos espera un periplo de más de mil quinientos kilómetros, de Dublín a Shannon, costeando todo el sur y buena parte del occidente irlandés.

Hay que advertir, para quién no lo sepa, que los irlandeses, aunque muy futboleros, carecen de una liga de fútbol profesional como Dios manda; por eso, los escasos jugadores oriundos de nivel emigran en cuanto pueden a la Premier League, que en estas tierras se sigue con devoción. En Irlanda, los deportes nacionales son el Hurling, parecido al Shinty escocés, que es un pariente lejano y arcaico del Hockey (supongo). Y, sobre todo, el Fútbol Gaélico o Caid, que vendría a ser una mezcla viril entre fútbol, rugby y un poquito de balonmano. Lo juegan equipos de quince jugadores, incluido el guardameta, y se disputa un campeonato nacional que enfrenta a unos condados con otros que despierta auténticas pasiones entre estas personas pelirrojas. Las porterías son el híbrido perfecto entre las porterías de rugby y las de fútbol: si la cuelas entre los tres palos por arriba, un punto, si la cuelas entre los tres palos por abajo, tres. Entre gol y gol, casi huelga decirlo, los O’Haras, Fitzgeralds, Killarneys, Donnegals y compañía, se muelen a hostias con la nobleza que ustedes están imaginando. Después, contentos y magullados, se van al pub a acabar con las existencias de Guinness, Murphys, Harp o de una sidra local bastante mangui que les encanta. Será que no han probado la Trabanco.

En Irlanda, desde ya se lo digo, las carreteras son un infierno: estrechas, sin arcén y rodeadas de una voluptuosa vegetación que convierte en incierta aventura el paso de cada curva. Si a eso sumamos que, por razones no muy claras, estas personas conducen por la izquierda como sus tradicionales enemigos británicos, el riesgo de galletón resulta omnipresente. Se suceden, no obstante, las maravillas: el Parque Natural de Glendalogh, en cuyos bosques de cuento, llenos de cascadas musgosas se rodaron las escenas de campo de la inmortal “Excalibur” de John Boorman; excelsas villas marineras, como Ardmore o Youghall y, por encima de todo, la mágica región de Kerry, en el extremo suroccidental de la isla.

Allí, concretamente en el pueblo surfero que da nombre a la península de Dingle, nos pilla la segunda jornada de la Premier. El fragor del viaje me ha impedido ver el debut liguero de los reds en Villa Park, pero en la segunda jornada del campeonato el Liverpool recibe al Chelsea y, lógicamente, Fernando Torres es titular. Elegimos un pub céntrico de ambiente netamente futbolero, con predominio de las zamarras del Manchester United. En las pantallas gigantes están pasando el derby de Manchester que ganan los del City de Petrov, Giovanni y Hamman por uno a cero. Me acerco a un calvo con cara de bruto que luce una equipación blanca del Liverpool con el nombre de Gerrard estampado en su enorme chepa. Me dice que el partido del Liverpool lo emiten a continuación. “Where’re you from?” me espeta. “From Madrid, Atlético de Madrid”. Su sonrisa lo dice todo. Brindamos con unas pintas de Caffreys y le digo que tienen suerte, que han fichado al mejor jugador del mundo y que, con la pizca de suerte necesaria, lo van a ganar todo. Su sonrisa se acentúa.

Los del Unaaaai, como decía el añorado Butano, desfilan cabizbajos y tomamos posiciones frente al pantallón. Me siento en una esquina, junto a una familia –abuelo, padre e hijo- de seguidores de los reds. El chaval, un mocoso pelirrojo con una camiseta de Kid Torres que le viene grande, no para de cantar. A nuestro Niño le sienta divinamente la elástica del Liverpool. Son momentos muy raros: estoy emocionado, pero también desgarrado por dentro. Desde el principio del partido tengo claro que Fernando se va a comer al infeliz defensor israelí que le ha puesto Mourinho para intentar frenarle. A los diez minutos de juego ya se ha llevado dos patadas. La segunda de John Terry, que trata de amilanar al Niño encarándose. Pero Torres se levanta y aguanta la mirada. Un plástico “Fuck you!!” se dibuja en sus labios: vas de cráneo si te quieres hacer el mariscal de campo con la Máquina, Terry. No pasan ni diez minutos más cuando Gerrard mete un exquisito pase al hueco con el exterior de su pie derecho. Torres galopa poderoso, encara al judío infeliz, le rompe con un golpe de cadera y, desde el piquito izquierdo del área chica, la cruza al palo contrario de un Cezch que ve desde el suelo como el balón se aloja en las mallas.Todos saltamos a una. The Kop se derrumba. Torres resbala por el césped mojado, los brazos en alto y esa sonrisa que tanto nos hizo vibrar en el Calderón. En mi interior crecen al unísono la emoción y el desgarro: es casi, casi un gol del Atleti, pero sin el Atleti. Aún así me abrazo con el chavalín y choco esas cinco con su padre y con su abuelo. El calvo con cara de burro viene al trote para brindar conmigo. Me grita: “You were right!!!”. Así debutan los grandes, sin arrugarse y aprovechando la primera oportunidad para meterle un chicharrazo al equipo más odiado y temido de Inglaterra. Al final el Chelsea empata con un penalti inventado, de esos que le pitan habitualmente a los vikingos. Me siento un poquito más del Liverpool. Arrancamos y partimos rumbo a los Cliffs de Moher con paradas previas en Fenit, Kilkee y Spanish Point. Una delicia.

En el avión rumbo a Londres, un par de días después, leo las alabanzas de la prensa inglesa a nuestro Niño y vuelvo a tener claro que va a marcar una época en el Liverpool. Vuelvo a sentir esa desazón interior y no es sólo porque el piloto haya iniciado la maniobra de aterrizaje en Heathrow. La tercera jornada de la Premier me pilla, pues, en Londres. En la capital del Imperio he podido terminar de constatar lo que ya advertí en Irlanda: que la Torresmanía avanza como un ciclón y que el Barça mola mucho más que el Madrid fuera de España. Los de Benítez –quién, por cierto, cada día se asemeja más a un gorrino de engorde, será cosa del butter- se miden al Sunderland de Roy Keane en el estadio norteño. El Niño forma pareja de ataque esta vez con Voronin y no con el holandés Kuyt. Falta la referencia de Gerrard, con un dedo del pie roto, y le sustituye esa bestia africana que pasó con más pena que gloria por el siempre ridículo y detestable Valencia: Sissoko. Está claro desde el arranque que el tenaz y correoso Sunderland no tiene ninguna opción. En la primera mitad, Torres vuelve loca a la defensa local y Sissoko anota su primer tanto con la camiseta que patrocina Calsberg. En la segunda parte el Niño sigue haciendo de las suyas y, aunque falla dos goles, participa en la jugada con la que Voronin cierra el partido. Cero a dos. Por la noche, en el programa de análisis futbolístico de Sky News que presenta Gary Lineker, el ex ariete del Barça define a Torres como “amazing striker” y describe su juego como “terrific”. Lo digo por si saben inglés. Alan Shearer le critica por no haber marcado, pero matiza que exhibiendo ese nivel no puede marcar menos de 25 goles esta temporada. Ambos coinciden, en perfecto inglés, en que su fichaje es la mejor noticia del verano para la Premier. Al día siguiente, la crónica del Daily Mirror valora al Niño con un 9 sobre 10 y le dedica el recuadro del Player of the Match. Y eso, sin haber marcado. Mi sentimiento de orgullo desgarrado sigue incólume.

Por la tarde, buscamos un pub para ver el Madrid-Atleti que abre la nueva temporada de la Liga española. Lo anuncian a las siete, hora local, por Sky Extra. Nos instalamos en el Goodwill, un enorme pub en la zona de Harrow on the Hill, al noroeste de la gigantesca megaurbe. Son las siete y cinco y en las pantallas gigantes ponen el Sheffield United frente al West Bromwich Albion, de First División, su Segunda. En el pub hay una pequeña legión de seguidores del WBA, un histórico ahora tan penosamente venido a menos. Pero esto es Inglaterra y los seguidores del West Bromwich no desfallecen y, pinta en mano, siguen animando a sus toscos jugadores. Al final palman uno a cero. A las siete y veinticinco acaba el partido y el dueño del pub accede a poner el derbi madrileño ante los gritos alborozados de un grupo de forofos borrachos del WBA a los que he comido la cabeza diciéndoles que Van Nistelrooy es homosexual. En lugar del partido, aparecen en la pantalla tres enterados bajo un rótulo que reza “Spanish Football”. Son ya las siete y treinta y cinco y me estoy comiendo las uñas entre pinta y pinta. Hoy toca Kronembourg. Me invade por momentos la zozobra, hasta que un rótulo recorre la parte inferior de la pantalla: problemas entre los operadores de televisión españoles impiden la emisión en Inglaterra del debut liguero del Atleti. Regresamos a casa a toda prisa y llamo a un hermano atlético: “¡¡¿¿Cómo vamos??!!”. “Empate a uno y faltan veinte minutos. Te mando un mensaje con lo que pase”. Sigo comiéndome las uñas, ahora con una lata de Stella-Artois. Poco después suena el bip-bip fatídico: “2-1.Gol de Sneijder.Penalti clarísimo al Kun no pitado.Todos buenos chavales”. Fuck off!! Decido terminar de emborracharme. Mañana volvemos a España. Never mind the bollocks!!

Doggy

3 comentarios:

JOSÉ I. FERNÁNDEZ dijo...

Yo simplemente estuve en Mallorca este verano y ya me di cuenta de la dimensión de Torres a nivel nacional e internacional. Por primera vez encontré más camisetas de la selección española con el 9 de Torres a la espalda que con el 7 de Raúl, en los típicos puestos costeros de venta de equipaciones piratas. Fueron múltiples los 'guiris' que vi con dicha camiseta del Niño, y otros incluso ya con la del Liverpool. Incluso en el aeropuerto. Entonces, mi pena por ver que ese Fernando Torres tan admirado ya no era nuestro, aumentó.
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Carlos Fuentes dijo...

gracias, oh gran O'Doggy.
Curioso eso que dices de Torres: goles del Atleti marcados por un equipo que no es el Atleti. Exactamente como lo vivo yo. Qué cosas tiene este chico . ..

Capitán Alatriste dijo...

Pues ya somos tres.
Lo que te pasó a ti con el derbi me pasó a mí en Ljubljana. Si me dan una puñalada me sienta mejor.
Por cierto, Irlanda, ese será otro tema interesante si algún día nos tomamos esas birras porque allí pasé el año más feliz de mi existencia, 2003.