Ante la insistencia de los lectores, inauguramos hoy una nueva sección en El Rojo y el Blanco: Cartas al Director. En ella publicaremos aquellos escritos enviados por nuestros lectores siempre y cuando respeten las normas mínimas de la educación, la ortografía y la sintáxis. Para la selección de piezas se valorará el análisis crítico, el estilo depurado, el uso de figuras estilísticas (en especial el zeugma) y el envío de especialidades locales a la redacción de El Rojo y el Blanco, compuesta en su mayoría por expertos nutricionistas creadores de la famosa Dieta BioSollo, que permite ganar cinco kilos en sólo tres días.
Abren la sección tres cartas recibidas esta misma semana. Esperamos que la nueva sección sea de su agrado y esperamos sus contribuciones.
____
Daltónico de Madrid
Estimado Sr Director:
Soy abonado al Club Atlético de Madrid y llevo yendo al campo sin falta desde hace treinta años. Acudo al campo siempre, llueva, truene o haga sol, y tal es la fidelidad que tengo a los colores que para ello recorro setenta kilómetros de ida y otros tantos de vuelta en autobús o en coche particular con radio (hace unos años, con comediscos de bandolera). Desde hace años ir y volver al campo resulta un esfuerzo muchas veces no correspondido, porque implica conducir de noche y volver helado a casa en víspera de día laboral, algo duro para alguien quien, como yo, se levanta temprano y trabaja largas horas. Sabiendo lo que uno tiene por delante en cuestión de kilómetros, frío, pocas horas de sueño y problemas para aparcar, resulta difícil en muchos casos ir al campo y, por ello, resulta especialmente irritante hacer todo ese esfuerzo para que luego los jugadores corran lo justito, para que los rivales nos saquen los puntos y los colores y para que la empresa de limpieza, que no cobra mal según dicen las cuentas, nos comunique por medio de ese lenguaje suyo de cáscaras de pipas, barro y bolsas vacías de palomitas que esa semana tampoco trabajaron, tampoco, y eso que no constan impagos.
Este esfuerzo continuo por tantos años ha pasado factura a mi salud, según dice mi médico, Dr Rótula. No se trata sólo del agotamiento producido por tanto ir y venir, del trajín del kilometraje y el cambio de pilas al comediscos, sino otra serie de patologías de orden psicológico que tienen su origen en la asistencia continua al estadio Vicente Calderón los últimos años. El año del Doblete, por ejemplo, tuve un trastorno nervioso consistente en canturrear sin descanso una cancioncilla que incluye las palabras borrachos, vagos, delincuentes. El uso abusivo de la erre doble me produjo un desgaste en la capacidad de rolar las erres y desde entonces tengo frenillo sobrevenido de grado dos, incómodo defecto de dicción que sin embargo me permitió perfeccionar mi francés hablado. Años después sufrí de vértigos, vómitos y despistes frecuentes; mi médico advirtió una similitud con los síntomas mostrados durante una temporada por nuestro canterano capitán Antonio López y concluyó, tras mucho estudio, que ambos sufríamos el mismo síndrome por igual causa: la contemplación durante tiempo excesivo de los giros sobre su eje de Peter Luccin. En efecto, fue abandonar el jugador la plantilla y desaparecieron las molestias, si bien recibí noticias de un primo de Calatayud y socio del Zaragoza que comenzó a sufrir lo mismo poco tiempo después.
Las molestias y problemas de salud que he sufrido por seguir al equipo de mis amores son innumerables. Durante cierta época en la que abundaban los jugadores uruguayos en la plantilla, desarrollé una fobia a los patos y los pollos que me trajo muchos problemas con los granjeros locales. El paso de Maniche por el equipo coincidió con ataques de ansiedad sólo controlables tras la ingestión de varias cajas de polvorones; paralelamente, mi piel sufría ataques de mimetismo, adquiriendo el color de los objetos y superficies vecinas para así esconderme en horas de trabajo y evitar mis responsabilidades. Esto me supuso un serio problema toda vez que fui sorprendido camuflado en pallet de ladrillos por culpa de un ridículo gorro de lana con visera que compré sin saber muy bien por qué. No fue todo. Coincidiendo con la presencia de Jorge Larena en la plantilla, sufrí astenia crónica y anemia; desde el fichaje de Valera mi cabello genera mechas rubias y me lesiono con facilidad; hasta que no se fue Seitaridis tuve problemas con mis compañeros de trabajo dado que simulaba bajas médicas y trabajaba lo justito; el fichaje de Reyes trajo a mi rostro una sonrisa idiota que no consigo borrar más que si me tiro al suelo simulando falta y abro los brazos pidiendo tarjeta para un señor que pasa por la acera.
El último episodio médico que he identificado tiene que ver con la vista. Yo, como persona de bien, soy miope y gasto gruesas gafas de pasta y achino los ojos si no las llevo para evitar ir dándome con los árboles. No obstante, siempre he presumido de mi agudeza cromática y de mi gusto para combinar colores, sobre todo los de la gama gris-topo. Pero últimamente me pasa algo extraño, no soy el mismo. Ayer mismo, sin ir más lejos, lo experimenté en el estadio. Lo que siempre he visto rojo y blanco, desde hace unos días lo veo de otros colores. Verde y oro, para ser más exacto, verde y oro. El Atleti, que me ha hecho deprimirme, coger gripes, perder la erre doble y mutar mi piel en el color de la pared, ahora me ha hecho daltónico. Verde y oro veo todo, verde y oro.
Alertado, acudí al Dr Rótula y le expliqué mi cuadro médico. El Doctor se alarmó, sobre todo conociendo mi complejo historial y extrema sensibilidad a los estímulos externos. Hizo pruebas, análisis, complejos tests psicológicos y tomo muestras de todas esas porquerías que tanto interesan a los médicos. Los resultados llegaron tras unos días de incertidumbre pero también de optimismo. Los análisis confirman lo que ya notaba yo: me he vuelto daltónico simultáneo, veo verde y oro donde también veo rojo y blanco. Veo cuatro colores donde alguna gente ve sólo dos aunque otros, cada vez más, también ven cuatro. El resto de análisis también han arrojado un resultado sorprendente: todo está de maravilla, todo está mejor que nunca. Los glóbulos blancos, siempre marginados en mi organismo por el color de su piel, se han asociado indisolublemente con los glóbulos rojos y mi sistema inmunológico es ahora imbatible. El colesterol se ha disuelto, las transaminasas han formado una ONG y pastorean bacterias digestivas, haciendo mis sobremesas agradables y livianas. Mis huesos se han fortalecido, mis músculos se han potenciado y mi sentido del oído se ha agudizado hasta niveles de superhéroe. Todo funciona a la perfección, todo va mejor que nunca, todo ha mejorado gracias al daltonismo simultáneo. Todo va mejor, todo tiene mejor pinta, el futuro parece más bonito.
Alertado, le he preguntado al Dr Rótula cómo puede ser esto, cómo pueden dos colores haber hecho cambiar todo el funcionamiento de mi cuerpo. "Esperanza", me ha dicho el tío. Esperanza. Qué cosas.
Atentamente,
Dalton A. Zelig
correo electrónico
_____
Números
Estimado Sr Director:
Nací contable. No sabemos cómo pudo ser, pero así es. Lo tuvo claro el médico cuando nací, señora, ha tenido Vd un contable. Mi padre era arqueólogo explorador y mi madre espía trilingüe. Esperaban un niño astronauta, trapecista o inventor, pero tuvieron un contable. Mi madre recibió la noticia con gran desasosiego, mi padre nos abandonó presa de una depresión y sólo volvió en Mayo para que le hiciera la declaración de la renta. "Contable", decía, "contable... si al menos hubieras sido gestor ...".
Mi infancia no fue fácil, mis padres se empeñaban en regalarme balones y bicicletas mientras yo pedía calculadoras, viseras y manguitos. Los compañeros de colegio jugaban a ser paracaidistas, bomberos o atletas famoso; mientras, yo monté una ventanilla en el patio del colegio y pedía impresos y regañaba a los visitantes por no traer los originales de las facturas a los niños que se acercaban. Normalmente no volvían.
La única afición que mi padre consiguió inculcarme fue el fútbol. Más que el fútbol, el Atleti. Me llevaba al campo desde pequeño y me explicaba cosas sobre táctica, técnica, contraataque y repliegue. Mientras, yo preguntaba por el código de identificación fiscal de los proveedores, hacía previsiones de puntos para la segunda vuelta y amortizaba laterales derechos a cuatro años. Mi padre se avergonzaba y llegó a llevarme al campo vestido de momia, pero yo era así y así me gustaba ser.
Desde entonces he seguido yendo al campo, pero veo el fútbol de forma diferente a los demás aficionados. Donde la gente ve un central imponente, yo veo una inversión amortizable a diez años. Donde la gente ve un público que aprieta, yo veo inmovilizado inmaterial. Donde la gente ve merchandising, yo veo fondo de negocio.
Ayer fue un buen ejemplo. Donde Quique ve una alineación lógica, yo veía motivos para una auditoría. Donde los periodistas ven variantes tácticas, yo veo permutaciones sin repetición de 11 elementos tomados de 11 en 11. Donde los centrocampistas veían un croata que no paraba de tocarla, yo veía una inversión lógica y una decisión nuevamente absurda. Donde los aficionados veían el enésimo cambio en el equipo titular, yo veía veintipico millones (Elías, Filipe Luis, Juanfran) apartados del mercado, sin producir rendimiento y perdiendo valor. Donde la gente veía un canterano que debería jugar más minutos, yo veía el absurdo de fichar a Elías para que bien corte su progresión o se dedique a echar la siesta en el banquillo. Donde el vecino veía el natural cambio de Forlán, yo veía la forma de preparar el terreno para forzar un traspaso, convirtiendo en odioso un jugador imponente. Donde la grada veía los pocos minutos que ha jugado Juanfran, yo veía lo que ha costado cada uno de esos minutos y, ya de paso, lo que vale hasta ahora cada minuto que ha pasado Elías arreglando sus papeles ante la hacienda brasileña, el instituto de inmigración y empresas de mudanzas. Donde la grada ve un equipo de fútbol, yo veía un catálogo de jugadores transferibles, vendibles, comprables o permutables.
Donde la prensa ve un proyecto deportivo, yo veo la gestión de un almacén por el procedimiento FIFO. Donde el común de los aficionados ve un club de fútbol, yo veo un broker de fichas y fichajes. Donde los optimistas ven una gestión, los escépticos vemos la realidad: montones de jugadores, montones de entrenadores, montones de millones, pocos títulos, poco juego, pocas alegrías.
Afectuosamente,
Samuel S. Samuelson,
Urbanización Plan General
El Asiento, Ávila
____
Mi hijo es idiota
Nota del Autor: Carlitos, hijo, esto no es para tí, haz el favor ir a hacer otra cosa y no leer esto, anda.
Mi nombre es Práxedes Mateo de Fuentes y Fuentes y soy el abochornado progenitor del imbécil que escribe este blog. El imbécil, sí, el imbécil, ya saben Vds que el pobre es imbécil, no me digan que no. Vds le jalean y le animan a escribir idioteces para que pasen Vds el rato, pero todos tenemos claro que el pobre es idiota. Sobre todo yo, que soy su padre.
Carlitos siempre, ya desde pequeño, fue medio tonto. Siempre fue torpe, pusilánime y blandito y únicamente heredó de los Fuentes, y encima a su pesar, la noble miopía. Sepan Vds que los Fuentes somos un linaje de orgullosos gafotas, y que contamos entre nuestros antepasados con tal cortedad de vista histórica que cualquier otra familia que intente rivalizar con nosotros queda humillada como humillado queda el halcón frente al topo. Los primeros Fuentes, vehículos del gen primigenio que orgulloso lleva nuestro linaje, fueron los hermanos legionarios romanos Tercio y Cómodo Fonte, que aparecen en la Guerra de las Galias de César tras lanzarse en valiente ataque suicida contra tropas galas aunque en dirección contraria, al confundir un regimiento enemigo con un rebaño de acémilas. De tan valientes romanos heredó nuestra familia la característica manía a los franceses y por ello es tradición de los Fuentes honrar su memoria y hasta su propio nombre - así como el del hijo de Tercio, Quinto - de maneras que quizás puedan imaginar.
Miopes y Fuentes fueron también Dioptrías, filósofo griego inventor del gestito de subirse las gafas con el dedo índice a la altura del entrecejo, y Alí Ben Aljofifa, estudioso cordobés que inventó el trapito para limpiarlas. Otros antepasados ilustres, por no extender la lista, fueron el balear Josep Cegat, inventor de la salsa mayonesa (luego expulsado de la familia al confesar con gran vergüenza que no era miope, sino hipermétrope) y Juan Shelford, familiar que emigró a Nueva Zelanda durante la Gran Carestía de Monturas de los años 20 y que fundó la exitosa rama antípoda de los Nuevos Fuentes, precediendo a su hijo Wayne y llegando a ser el primer, y por ahora único, All Black con gafas.
Bueno, a lo que íbamos: mi hijo es idiota. Vds le ríen la gracia y se contentan con leer su tontunas para así pasar el rato, pero no hacen nada más. Los Fuentes, salvo Carlitos, siempre fuimos hombres de acción. Mi tatarabuelo Sir Cecil Fountains participó en la Guerra de Crimea como sastre (especialidad tweed) y mi abuelo escaló el Cervino con corbata, bombachos y la única ayuda de dos petacas de brandy. Yo mismo, al mando de un grupo de cinco valientes, tomé a paraguazos una barbería sevillana en la que se había osado hablar mal de Antonio Ordóñez, obligando a su dueño a traspasarla al vecino para así agrandar su bar.
Acción, el momento requiere acción. Está bien leer (con mesura) e incluso pensar (una vez al mes), pero las cosas se consiguen actuando. Menos leer al memo este y más actuar, oiga.
Respetuosamente,
Ilmo. Sr. D. Práxedes Mateo de Fuentes y Fuentes
Chateau Dioptrie
Arnedo, La Rioja
lunes, 28 de febrero de 2011
lunes, 21 de febrero de 2011
De medios (de comunicación), entrenadores y oposiciones
Quique
Uno tiene la sensación de que Quique, de repente, se siente seguro. A uno le sorprende porque no le ve motivos, pero es la sensación que uno tiene. La sensación, eso es. Con Quique, ya saben Vds, todo se reduce a tener sensaciones: sensaciones positivas, sensaciones negativas, sensaciones de hormigueo, sensaciones de vivir.
Quique, hasta ahora, hizo alguna cosa bien. Este año, principalmente, ha hecho barbaridades con el equipo. Ha desmontado un grupo que funcionaba, ha hecho cambios sorprendentes, ha evitado repetir alineación y ha hecho jugar a los centrales de laterales y a los pivotes de interiores. Ha hecho jugar a los recién llegados sin tiempo para enterarse de dónde está el vestuario para luego dejarles sin convocar, convocando en su lugar a los que llevaban varios partidos sin jugar. Quique no ha basado su aportación en planteamientos tácticos, trabajo de la estrategia a balón parado, alternativas a la salida desde atrás o cambios revulsivos, sino en el uso constante de la palabra "sensaciones", nombre que le sugerimos si alguna vez compra un yate a motor o una finca rústica cerca de Ubrique. Quique lleva un historial pobrísimo al frente del Atleti, al parecer el historial más pobre de cuantos entrenadores han disputado el mismo número de partidos; lo que es mucho peor, después de un tiempo ya considerable, no ha dejado la más mínima impronta en el juego del equipo. En qué se diferencia el juego del Atleti de Quique respecto al de Aguirre o de cualquier otro entrenador reciente es una pregunta complicada, para la que no hay una respuesta clara que no sea "en nada".
Quique, no obstante, no es contestado por la prensa o por la grada con la virulencia con la que se cuestionaba la capacidad de otros entrenadores. Quique tiene buena prensa, da entrevistas a quien debe y se asegura de transmitir calma unas veces, testosterona otras, compromiso siempre. Que realmente tenga las tres cosas o al menos una es otro cantar, pero Quique se ocupa de que así lo parezca. Quique maneja bien a los medios - a los medios de comunicación, no tanto a los medios centros - y dice lo que le conviene según el momento. Cuando llegó al club, dijo que iniciaba una época de reconstrucción anímica del grupo, que se encontraba en la UVI; así dejó claro que todo lo que hiciera tendría un mérito sensacional (de sensaciones) y que lo malo, al menos durante un tiempo, era aún culpa de otro. Cuando el partido se brinda y las cosas no pintan mal, dice que tuvo buenas sensaciones y que la tendencia es al alza y las perspectivas son positivas. Cuando las cosas se tuercen, en buena medida por el lío que él mismo ha formado, dice que se quedará en el barro y que le echará huevos, mimetizándose así en el zafio lenguaje de las gradas para parecer uno más de los muchachos, un hincha, un buen chaval. Cuando le preguntan si teme por su puesto y qué hará cuando le echen, dice que recordará la etapa en el Atleti como "jodidamente" feliz, haciendo un guiño de nuevo a la afición, que sí que fue feliz el verano pasado y creyendo, qué cosas, que la afición emplea el término "jodidamente" con frecuencia; un paso fugaz por la grada del Calderón sirve para saber que si alguien emplea en público la palabra "jodidamente" es inmediatamente acusado de cursi, de redicho, de ver demasiadas películas dobladas y hasta puede llevarse algún bolsazo de una señora amante de la partícula "muy".
Dicho (o re-dicho) esto, también hay que reconocerle a Quique que su llegada el año pasado supuso un cambio en el equipo. No en liga, menos en Copa, sí en la Europa League. Con el tiempo, y sin ánimo de ser desagradecidos, ahora a uno le da la sensación (otra vez) de que las sensaciones (y venga) de equipo conjuntado que transmitió el Atleti en el último tramo de la Europa League y en el asombroso partido de Mónaco fueron el resultado de una carambola, de una conjunción astral o del compromiso de los jugadores ante la oportunidad, que ya era hora, de ganar algo. Los cambios continuos en las alineaciones y los bandazos del equipo dan a entender que, lejos de tener una idea de juego y plantilla, quizás el mérito de Quique se basó en convencer a los jugadores de que en ese momento era mejor estar juntos que separados, mejor aprovechar la ocasión que dejarla pasar. Nada más. Y nada menos, es cierto, y nada menos, pero a uno le asaltan las dudas respecto a la capacidad de Quique de gestionar un equipo no enfrentado a una ocasión histórica.
Y aún así, Quique se siente seguro, qué cosas. Los cánticos de la grada del Calderón de la pasada semana fueron interpretados por Quique como el apoyo incondicional de la afición, como el amor inquebrantable de los que tanto lloramos en Hamburgo, como la imposición de la medalla al mérito que le encumbra como sucesor de Antic. Otros no lo tomamos así. Algunos, muchos, vimos en los cánticos la prueba de que la afición está harta de los directivos y que la enésima destitución de un entrenador no basta, porque los que sobran son los que llevan traje y corbata en el palco y no los que tienen sensaciones a todas horas, incluso con traje. Quique no lo entendió así y, además, no le conviene.
Quique, que no es tonto, aprovechó el momento para tirar de populismo y decir aquello del barro y los huevos. Vio la oportunidad e hizo lo que la afición reclama: sacar canteranos en Zaragoza, por más que esto hiciera reír a Ibrahima, Cedric, Pulido o Alberto Perea. Hasta cuatro salieron en Zaragoza, si bien Antonio López ya casi no entra en la categoría de canterano por acercarse más a la de veterano. Quique sacó pecho, qué cosas, por poner a Domínguez en el equipo titular, aunque uno sospecha que si llegan a entrar los dos largueros que tiró el Zaragoza en los últimos minutos las cosas habrían sido diferentes para Domínguez. Para Domínguez, el fijo en todas las alineaciones de todos los aficionados, al mismo al que Quique ha señalado en varias ocasiones como el culpable de fallos que han costado puntos, culpable de no cuidarse, culpable de no pensar en el club sino en él mismo, culpable de tener un entorno poco recomendable. Quique alaba ahora a Domínguez y dice que estuvo sólido y serio como siempre, cuando fue él el que le impidió hacer lo que siempre ha hecho con tanto cambio, tanto señalarle y tanto sembrarle dudas. Quique saca pecho por poner a Koke y de dejar en el banquillo los carísimos refuerzos de invierno a quien ha puesto alternativamente de titulares o de espectadores, señalando sin señalar a la dirección técnica. Quique habla de alineaciones hechas para despejar dudas y confusiones cuando todas esas dudas y confusiones venían creadas por él.
Quique ha visto por dónde viene su crédito y quién canta su nombre y parece decidido a sacar fruto haciendo lo que a sus valedores gusta. Quique habla de embarrarse, de equipos con carácter, de canteranos sensacionales y sensaciones de cantera. Curiosamente, puede que Quique, buscando su beneficio, haya encontrado por fin la forma de beneficiar al equipo. Eso sí, si Quique estuviera realmente dispuesto a meterse en el barro y a echarle eso de lo que tanto presume últimamente, quizás se atrevería a hablar claro sobre el por qué de los refuerzos, sobre lo errático de la política deportiva, sobre la razón real para las ventas y las compras de jugadores. En el club hay barro suficiente para veinte o treinta Quiques y una piara de cochinos ibéricos, y sería de agradecer que se manchara de verdad por respeto a la afición que le jalea y no sólo al palco que se oculta tras él. Mientras tanto, ya saben Vds, sensaciones.
_____
Oposición, oposiciones
Como cada año, el Atleti arranca temporada con objetivos de equipo grande y, por febrero, agacha las orejas y asume la triste realidad. La canción es la misma desde hace años y el aficionado que no se limita a ir al campo y creerse milongas sabe a ciencia cierta lo que ocurre cada temporada. Aburre repetir cada año lo mismo, sobran las palabras cuando las acciones son tan claras y tan previsibles. Los objetivos grandilocuentes en septiembre, los patinazos de otoño, los fichajes absurdos en inviernos, las eliminaciones de las competiciones por febrero, las protestas de la grada, las entrevistas en los medios hablando de la magnífica situación deportiva y económica, el anuncio ya por marzo de la construcción del nuevo estadio y la ciudad deportiva, el convenio en abril con un club de Qatar, el convenio en mayo con un club de Laos, el convenio en junio con un club de Burundi, el final de temporada, el anuncio de grandes fichajes, el cobro del abono, la vuelta a empezar.
Esto lo sabe bien la oposición. De hecho, la oposición a la actual directiva sabe todo. Todo. Son muchos los años de observación, reflexión e investigación como para que ahora cause sorpresa algo. El Atleti, el Club, los movimientos de la directiva son tan previsibles como irritantes y por ello no es complicado atar cabos para saber lo que realmente pasa. Hay información al alcance de todo el que quiera entender las cosas, hay suficiente análisis hecho y publicado en Internet como para no dejar dudas.
Hasta ahora, cuando la oposición hablaba el Club reaccionaba con esa mezcla de desdén, ofensa y risita tan típico del que realmente no quiere entrar en un tema por temor a salir trasquilado, tan de la directiva. La oposición, cada vez más numerosa, está acostumbrada a menosprecios y faltas de respeto desde los tiempos de Gil y su estilo vociferante-flamígero y estas cosas le resbalan y ya le hacen hasta gracia. También está acostumbrada la oposición al tratamiento de los medios de comunicación, al menos a los medios deportivos de este momento periodístico tan raro que vivimos, tan poco informativo. Rara vez se hacen los medios eco de las protestas de la oposición y se escudan muchas veces en que no todos los días es noticia algo que ocurrió hace tiempo; y eso que en esto, con matices, no les falta razón. Otras veces la oposición - que empieza a ser la afición en pleno - se manifiesta en el estadio o fuera de él y los medios callan lo que ven o, si ven poca gente, ridiculizan el esfuerzo con aquello tan cereziano de que son cuatro gatos y además mal peinados, oiga. Los medios, a quien conviene llevarse bien con el Club por aquello de tener información, entrevistas y primicias, hacen risitas a costa de la oposición y se suman al chiste, mofándose en público de lo que ellos mismos, en ocasiones, piensan en privado porque lo ven igual de claro que la oposición y que cualquiera. Los medios, con los locutores estrella de la noche al frente, sacan el tema cuando entrevistan a los directivos y lo hacen de forma que facilite su lucimiento, contando chistes facilones y dejando caer que lo que le pasa a la oposición es que no tiene un duro, que es de lo que se trata.
Pero algo está cambiando, oiga. La oposición, tras años de iniciativas y estudio y rascar para ir quitando las capas de pintura que disimulan lo que realmente pasa, sabe de esto. Y sabe mucho. Sabe lo que hay, y sabe sobre todo lo que debería haber. Ha acumulado información y experiencia, ha ido anotando en un cuadernito rojo y blanco las incoherencias, las contradicciones, los errores que desvelan lo que ocurre. A estas alturas han rellenado varios cuadernos de los gordos, tamaño A-4, que están llenos de anotaciones, referencias cruzadas y marcadores. Y ahora hay ya indicios más que suficientes para encender luces rojas por todas partes. Las cuentas del club indican pérdidas constantes, gastos por encima de los ingresos, despatrimonialización constante del Club, movimientos que nadie se explica. El Club invierte gran parte de lo ingresado en pagar servicios cuyo objetivo se desconoce, en fichar jugadores a sobreprecio para que luego ni jueguen, en remunerar directivos a precios fuera de mercado incluso cuando la gestión desemboca en pérdidas. Las conclusiones son claras y no las hace un señor que pasa por la calle, las hacen profesionales respetados que viven de esto, que no se mueven por pasión y rabia sino por profesionalidad y rigor técnico. La oposición expone lo que hay, pide aclaraciones y reclama datos, los datos que hasta ahora no se han dado, los datos que evitan dar los directivos durante las entrevistas, esquivando las preguntas con ese humorcillo prepotente que desvela que no le hizo ninguna gracia la pregunta.
El club, al parecer, ha notado que la oposición ya no es un grupo aguerrido con muchos ideales y poca organización sino un grupo de gente con datos contrastados y capacidad para analizarlos y denunciar la situación. El club parece haber movido Roma con Santiago para que el impacto de lo que la oposición dice sea mínimo y eso lo han sufrido en propias carnes los periodistas que cubren las noticias sobre el equipo. Hay medios que han minimizado la difusión, hay alguno que lo ha ignorado del todo. Hay quien ha menospreciado lo denunciado, hay quien sólo ha dado la versión que más interesa al club. Hay quien ha querido ver división entre grupos opositores, sin reparar en que estos, como no podía ser de otra forma, están coordinados y persiguen lo mismo, compartiendo información, recursos y también personas. Hay quien ha hecho caso, parcialmente, a las denuncias de timo anual y anuncia a bombo y platillo que el año que viene el Club informará a los socios de qué jugadores siguen en la plantilla antes de cobrar el abono, para que no haya malentendidos; eso sí, siempre que sea posible, siempre y cuando se pueda afirmar con toda rotundidad y, naturalmente, dejando el compromiso a salvo de nuevas ofertas, de sorpresas, de fuerza mayor. Demasiada letra pequeña y demasiados interrogantes viniendo de un club que anuncia cada mes que el mes siguiente empiezan las obras del estadio, que el mes siguiente firma E'too, Rosicky y Silva, que el mes siguiente se inaugura el casino flotante sobre el Manzanares, la escudería de fórmula 1, el helipuerto para abonados, la ciudad deportiva de la Venta de la Rubia, perdón, de Campamento, perdón, de Alcorcón, perdón, de Las Vegas, Nevada, ¿o de esa no hemos hablado aún?
La prensa, cuando era prensa, investigaba los hechos de relevancia y lo hacía por sí sola, sin reclamar al lector que hiciera la parte complicada del trabajo y que obtuviera pruebas por las noches como quien entra en un museo a robar una joya vestido de negro y con un gorrito de lana. Cuando la prensa era prensa ponía el dedo en la llaga y hacía preguntas incómodas a aquellos que tenían motivos para sentirse incómodos, para que se explicaran a ojos de todo el mundo, y le daba igual que luego les penalizaran sin entrevistas y sin favores porque ellos, como prensa, también tenían poder y no sólo cuenta de resultados. La prensa, siendo prensa, debería al menos hacerse eco de lo que piensan unos y otros, dar datos contrastados y huir de apriorismos y de intereses. El aficionado entiende que todo el mundo tiene sus presiones, sus intereses y sus órdenes de arriba, pero no entiende que se silencie siempre al mismo aunque lo que diga sea claro, meridiano, incontestable y demostrado. No reclamamos que digan sólo lo que queremos oír, ni que den sólo nuestra versión, ni que callen lo que la directiva dice, ni que se jueguen temerariamente el pan de sus hijos contando algo que no es cierto. Lo que reclamamos es que se diga lo que piensan los unos y no sólo lo que conviene a los otros, que no se oculte la realidad y que se dé altavoz a los que la conocen. Los datos son tan aplastantes que, por sí solos, sin necesidad de prensa, se defenderán si se les da ocasión.
Uno tiene la sensación de que Quique, de repente, se siente seguro. A uno le sorprende porque no le ve motivos, pero es la sensación que uno tiene. La sensación, eso es. Con Quique, ya saben Vds, todo se reduce a tener sensaciones: sensaciones positivas, sensaciones negativas, sensaciones de hormigueo, sensaciones de vivir.
Quique, hasta ahora, hizo alguna cosa bien. Este año, principalmente, ha hecho barbaridades con el equipo. Ha desmontado un grupo que funcionaba, ha hecho cambios sorprendentes, ha evitado repetir alineación y ha hecho jugar a los centrales de laterales y a los pivotes de interiores. Ha hecho jugar a los recién llegados sin tiempo para enterarse de dónde está el vestuario para luego dejarles sin convocar, convocando en su lugar a los que llevaban varios partidos sin jugar. Quique no ha basado su aportación en planteamientos tácticos, trabajo de la estrategia a balón parado, alternativas a la salida desde atrás o cambios revulsivos, sino en el uso constante de la palabra "sensaciones", nombre que le sugerimos si alguna vez compra un yate a motor o una finca rústica cerca de Ubrique. Quique lleva un historial pobrísimo al frente del Atleti, al parecer el historial más pobre de cuantos entrenadores han disputado el mismo número de partidos; lo que es mucho peor, después de un tiempo ya considerable, no ha dejado la más mínima impronta en el juego del equipo. En qué se diferencia el juego del Atleti de Quique respecto al de Aguirre o de cualquier otro entrenador reciente es una pregunta complicada, para la que no hay una respuesta clara que no sea "en nada".
Quique, no obstante, no es contestado por la prensa o por la grada con la virulencia con la que se cuestionaba la capacidad de otros entrenadores. Quique tiene buena prensa, da entrevistas a quien debe y se asegura de transmitir calma unas veces, testosterona otras, compromiso siempre. Que realmente tenga las tres cosas o al menos una es otro cantar, pero Quique se ocupa de que así lo parezca. Quique maneja bien a los medios - a los medios de comunicación, no tanto a los medios centros - y dice lo que le conviene según el momento. Cuando llegó al club, dijo que iniciaba una época de reconstrucción anímica del grupo, que se encontraba en la UVI; así dejó claro que todo lo que hiciera tendría un mérito sensacional (de sensaciones) y que lo malo, al menos durante un tiempo, era aún culpa de otro. Cuando el partido se brinda y las cosas no pintan mal, dice que tuvo buenas sensaciones y que la tendencia es al alza y las perspectivas son positivas. Cuando las cosas se tuercen, en buena medida por el lío que él mismo ha formado, dice que se quedará en el barro y que le echará huevos, mimetizándose así en el zafio lenguaje de las gradas para parecer uno más de los muchachos, un hincha, un buen chaval. Cuando le preguntan si teme por su puesto y qué hará cuando le echen, dice que recordará la etapa en el Atleti como "jodidamente" feliz, haciendo un guiño de nuevo a la afición, que sí que fue feliz el verano pasado y creyendo, qué cosas, que la afición emplea el término "jodidamente" con frecuencia; un paso fugaz por la grada del Calderón sirve para saber que si alguien emplea en público la palabra "jodidamente" es inmediatamente acusado de cursi, de redicho, de ver demasiadas películas dobladas y hasta puede llevarse algún bolsazo de una señora amante de la partícula "muy".
Dicho (o re-dicho) esto, también hay que reconocerle a Quique que su llegada el año pasado supuso un cambio en el equipo. No en liga, menos en Copa, sí en la Europa League. Con el tiempo, y sin ánimo de ser desagradecidos, ahora a uno le da la sensación (otra vez) de que las sensaciones (y venga) de equipo conjuntado que transmitió el Atleti en el último tramo de la Europa League y en el asombroso partido de Mónaco fueron el resultado de una carambola, de una conjunción astral o del compromiso de los jugadores ante la oportunidad, que ya era hora, de ganar algo. Los cambios continuos en las alineaciones y los bandazos del equipo dan a entender que, lejos de tener una idea de juego y plantilla, quizás el mérito de Quique se basó en convencer a los jugadores de que en ese momento era mejor estar juntos que separados, mejor aprovechar la ocasión que dejarla pasar. Nada más. Y nada menos, es cierto, y nada menos, pero a uno le asaltan las dudas respecto a la capacidad de Quique de gestionar un equipo no enfrentado a una ocasión histórica.
Y aún así, Quique se siente seguro, qué cosas. Los cánticos de la grada del Calderón de la pasada semana fueron interpretados por Quique como el apoyo incondicional de la afición, como el amor inquebrantable de los que tanto lloramos en Hamburgo, como la imposición de la medalla al mérito que le encumbra como sucesor de Antic. Otros no lo tomamos así. Algunos, muchos, vimos en los cánticos la prueba de que la afición está harta de los directivos y que la enésima destitución de un entrenador no basta, porque los que sobran son los que llevan traje y corbata en el palco y no los que tienen sensaciones a todas horas, incluso con traje. Quique no lo entendió así y, además, no le conviene.
Quique, que no es tonto, aprovechó el momento para tirar de populismo y decir aquello del barro y los huevos. Vio la oportunidad e hizo lo que la afición reclama: sacar canteranos en Zaragoza, por más que esto hiciera reír a Ibrahima, Cedric, Pulido o Alberto Perea. Hasta cuatro salieron en Zaragoza, si bien Antonio López ya casi no entra en la categoría de canterano por acercarse más a la de veterano. Quique sacó pecho, qué cosas, por poner a Domínguez en el equipo titular, aunque uno sospecha que si llegan a entrar los dos largueros que tiró el Zaragoza en los últimos minutos las cosas habrían sido diferentes para Domínguez. Para Domínguez, el fijo en todas las alineaciones de todos los aficionados, al mismo al que Quique ha señalado en varias ocasiones como el culpable de fallos que han costado puntos, culpable de no cuidarse, culpable de no pensar en el club sino en él mismo, culpable de tener un entorno poco recomendable. Quique alaba ahora a Domínguez y dice que estuvo sólido y serio como siempre, cuando fue él el que le impidió hacer lo que siempre ha hecho con tanto cambio, tanto señalarle y tanto sembrarle dudas. Quique saca pecho por poner a Koke y de dejar en el banquillo los carísimos refuerzos de invierno a quien ha puesto alternativamente de titulares o de espectadores, señalando sin señalar a la dirección técnica. Quique habla de alineaciones hechas para despejar dudas y confusiones cuando todas esas dudas y confusiones venían creadas por él.
Quique ha visto por dónde viene su crédito y quién canta su nombre y parece decidido a sacar fruto haciendo lo que a sus valedores gusta. Quique habla de embarrarse, de equipos con carácter, de canteranos sensacionales y sensaciones de cantera. Curiosamente, puede que Quique, buscando su beneficio, haya encontrado por fin la forma de beneficiar al equipo. Eso sí, si Quique estuviera realmente dispuesto a meterse en el barro y a echarle eso de lo que tanto presume últimamente, quizás se atrevería a hablar claro sobre el por qué de los refuerzos, sobre lo errático de la política deportiva, sobre la razón real para las ventas y las compras de jugadores. En el club hay barro suficiente para veinte o treinta Quiques y una piara de cochinos ibéricos, y sería de agradecer que se manchara de verdad por respeto a la afición que le jalea y no sólo al palco que se oculta tras él. Mientras tanto, ya saben Vds, sensaciones.
_____
Oposición, oposiciones
Como cada año, el Atleti arranca temporada con objetivos de equipo grande y, por febrero, agacha las orejas y asume la triste realidad. La canción es la misma desde hace años y el aficionado que no se limita a ir al campo y creerse milongas sabe a ciencia cierta lo que ocurre cada temporada. Aburre repetir cada año lo mismo, sobran las palabras cuando las acciones son tan claras y tan previsibles. Los objetivos grandilocuentes en septiembre, los patinazos de otoño, los fichajes absurdos en inviernos, las eliminaciones de las competiciones por febrero, las protestas de la grada, las entrevistas en los medios hablando de la magnífica situación deportiva y económica, el anuncio ya por marzo de la construcción del nuevo estadio y la ciudad deportiva, el convenio en abril con un club de Qatar, el convenio en mayo con un club de Laos, el convenio en junio con un club de Burundi, el final de temporada, el anuncio de grandes fichajes, el cobro del abono, la vuelta a empezar.
Esto lo sabe bien la oposición. De hecho, la oposición a la actual directiva sabe todo. Todo. Son muchos los años de observación, reflexión e investigación como para que ahora cause sorpresa algo. El Atleti, el Club, los movimientos de la directiva son tan previsibles como irritantes y por ello no es complicado atar cabos para saber lo que realmente pasa. Hay información al alcance de todo el que quiera entender las cosas, hay suficiente análisis hecho y publicado en Internet como para no dejar dudas.
Hasta ahora, cuando la oposición hablaba el Club reaccionaba con esa mezcla de desdén, ofensa y risita tan típico del que realmente no quiere entrar en un tema por temor a salir trasquilado, tan de la directiva. La oposición, cada vez más numerosa, está acostumbrada a menosprecios y faltas de respeto desde los tiempos de Gil y su estilo vociferante-flamígero y estas cosas le resbalan y ya le hacen hasta gracia. También está acostumbrada la oposición al tratamiento de los medios de comunicación, al menos a los medios deportivos de este momento periodístico tan raro que vivimos, tan poco informativo. Rara vez se hacen los medios eco de las protestas de la oposición y se escudan muchas veces en que no todos los días es noticia algo que ocurrió hace tiempo; y eso que en esto, con matices, no les falta razón. Otras veces la oposición - que empieza a ser la afición en pleno - se manifiesta en el estadio o fuera de él y los medios callan lo que ven o, si ven poca gente, ridiculizan el esfuerzo con aquello tan cereziano de que son cuatro gatos y además mal peinados, oiga. Los medios, a quien conviene llevarse bien con el Club por aquello de tener información, entrevistas y primicias, hacen risitas a costa de la oposición y se suman al chiste, mofándose en público de lo que ellos mismos, en ocasiones, piensan en privado porque lo ven igual de claro que la oposición y que cualquiera. Los medios, con los locutores estrella de la noche al frente, sacan el tema cuando entrevistan a los directivos y lo hacen de forma que facilite su lucimiento, contando chistes facilones y dejando caer que lo que le pasa a la oposición es que no tiene un duro, que es de lo que se trata.
Pero algo está cambiando, oiga. La oposición, tras años de iniciativas y estudio y rascar para ir quitando las capas de pintura que disimulan lo que realmente pasa, sabe de esto. Y sabe mucho. Sabe lo que hay, y sabe sobre todo lo que debería haber. Ha acumulado información y experiencia, ha ido anotando en un cuadernito rojo y blanco las incoherencias, las contradicciones, los errores que desvelan lo que ocurre. A estas alturas han rellenado varios cuadernos de los gordos, tamaño A-4, que están llenos de anotaciones, referencias cruzadas y marcadores. Y ahora hay ya indicios más que suficientes para encender luces rojas por todas partes. Las cuentas del club indican pérdidas constantes, gastos por encima de los ingresos, despatrimonialización constante del Club, movimientos que nadie se explica. El Club invierte gran parte de lo ingresado en pagar servicios cuyo objetivo se desconoce, en fichar jugadores a sobreprecio para que luego ni jueguen, en remunerar directivos a precios fuera de mercado incluso cuando la gestión desemboca en pérdidas. Las conclusiones son claras y no las hace un señor que pasa por la calle, las hacen profesionales respetados que viven de esto, que no se mueven por pasión y rabia sino por profesionalidad y rigor técnico. La oposición expone lo que hay, pide aclaraciones y reclama datos, los datos que hasta ahora no se han dado, los datos que evitan dar los directivos durante las entrevistas, esquivando las preguntas con ese humorcillo prepotente que desvela que no le hizo ninguna gracia la pregunta.
El club, al parecer, ha notado que la oposición ya no es un grupo aguerrido con muchos ideales y poca organización sino un grupo de gente con datos contrastados y capacidad para analizarlos y denunciar la situación. El club parece haber movido Roma con Santiago para que el impacto de lo que la oposición dice sea mínimo y eso lo han sufrido en propias carnes los periodistas que cubren las noticias sobre el equipo. Hay medios que han minimizado la difusión, hay alguno que lo ha ignorado del todo. Hay quien ha menospreciado lo denunciado, hay quien sólo ha dado la versión que más interesa al club. Hay quien ha querido ver división entre grupos opositores, sin reparar en que estos, como no podía ser de otra forma, están coordinados y persiguen lo mismo, compartiendo información, recursos y también personas. Hay quien ha hecho caso, parcialmente, a las denuncias de timo anual y anuncia a bombo y platillo que el año que viene el Club informará a los socios de qué jugadores siguen en la plantilla antes de cobrar el abono, para que no haya malentendidos; eso sí, siempre que sea posible, siempre y cuando se pueda afirmar con toda rotundidad y, naturalmente, dejando el compromiso a salvo de nuevas ofertas, de sorpresas, de fuerza mayor. Demasiada letra pequeña y demasiados interrogantes viniendo de un club que anuncia cada mes que el mes siguiente empiezan las obras del estadio, que el mes siguiente firma E'too, Rosicky y Silva, que el mes siguiente se inaugura el casino flotante sobre el Manzanares, la escudería de fórmula 1, el helipuerto para abonados, la ciudad deportiva de la Venta de la Rubia, perdón, de Campamento, perdón, de Alcorcón, perdón, de Las Vegas, Nevada, ¿o de esa no hemos hablado aún?
La prensa, cuando era prensa, investigaba los hechos de relevancia y lo hacía por sí sola, sin reclamar al lector que hiciera la parte complicada del trabajo y que obtuviera pruebas por las noches como quien entra en un museo a robar una joya vestido de negro y con un gorrito de lana. Cuando la prensa era prensa ponía el dedo en la llaga y hacía preguntas incómodas a aquellos que tenían motivos para sentirse incómodos, para que se explicaran a ojos de todo el mundo, y le daba igual que luego les penalizaran sin entrevistas y sin favores porque ellos, como prensa, también tenían poder y no sólo cuenta de resultados. La prensa, siendo prensa, debería al menos hacerse eco de lo que piensan unos y otros, dar datos contrastados y huir de apriorismos y de intereses. El aficionado entiende que todo el mundo tiene sus presiones, sus intereses y sus órdenes de arriba, pero no entiende que se silencie siempre al mismo aunque lo que diga sea claro, meridiano, incontestable y demostrado. No reclamamos que digan sólo lo que queremos oír, ni que den sólo nuestra versión, ni que callen lo que la directiva dice, ni que se jueguen temerariamente el pan de sus hijos contando algo que no es cierto. Lo que reclamamos es que se diga lo que piensan los unos y no sólo lo que conviene a los otros, que no se oculte la realidad y que se dé altavoz a los que la conocen. Los datos son tan aplastantes que, por sí solos, sin necesidad de prensa, se defenderán si se les da ocasión.
Etiquetas:
Atleti,
Atlético Madrid,
Domínguez,
Quique Sánchez Flores
domingo, 13 de febrero de 2011
Tres radiografías (torpes) del Atleti - Valencia

1. El partido
El Atleti salió, una vez más, con un equipo raro. Con Ujfalusi ausente por sanción y Filipe Luis Filipe lesionado, posiblemente en uno de esos músculos nuevos en los que antes nadie se hacía daño, se imponían cambios en la defensa. Por la izquierda, ausente el frágil brasileño de media melena, salió Antonio López. Vale, bien, lo normal. Al no estar Ujfalusi, debería salir alguien por la derecha o quizás en el centro. Salió Valera.
Valera parece que sólo cuenta para Quique cuando no está Ujfalusi. Quique tiene poca fe en Valera y lo utiliza cuando hace falta, lo que nos parece normal. Quique tiene sin embargo muchísima fe en Perea, que juega siempre. Perea puede jugar de lateral derecho y son muchos los aficionados que estiman que sería más valioso en ese puesto, en el que sus tradicionales pifias tendrían menos influencia directa en el resultado al estar en teoría cubierto por un central. Ayer podría haber jugado de lateral derecho, pero entonces su puesto en el centro lo debería haber cubierto Domínguez y, ay, Domínguez no cuenta para Quique. Domínguez, el mejor central del año pasado, el que apuntaba a defensa histórico para los próximos diez años, ya no cuenta. O sí, vaya Vd a saber, con Quique todo es posible, también que los titulares vayan al banquillo de la noche a la mañana o que los suplentes salgan de inicio en los partidos más trascendentales.
En el medio salió Tiago, llamado a ser el jugador que impoga su criterio, y Raúl García. Raúl volvía al Calderón tras varios partidos de ausencia. Al Calderón, donde no se agradece su esfuerzo y se critican sonoramente sus fallos, a veces imperdonables. Al Calderón, donde Raúl se encuentra incomodísimo y aún así lo intenta. Al Calderón, donde fue despedido con algunos aplausos y de nuevo con más pitos, donde pesan más dos errores que setenta ayudas defensivas. Junto a ellos, Reyes por un lado y Fran Mérida por el otro. No así Elías, carísimo refuerzo de invierno que venía jugando sus partidos y que fue titular con Brasil entre semana, el argumento de la dirección deportiva para su fichaje. Elías, tras jugar casi siempre desde la llegada de su misterioso transfer extraviado, no fue ni convocado. Tampoco salió Juanfran, el otro refuerzo de invierno, el que debutó el día de su presentación en el estadio del otro equipo grande de la capital, ni más ni menos, y que no ha vuelto a estar en el equipo titular. Los dos refuerzos de invierno a la caseta, oiga. Doce o trece millones de euros destinados a resolver supuestas urgencias, sin jugar. Bueno, es lo que hay, ya sabemos.
Delante jugaron Agüero y Forlán, como casi siempre. El primero lo intentó y no anduvo fino, el segundo empezó bien, fue bajando, falló un penalti y acabó tristón. Tristón y desubicado, como todo el equipo. El Atleti marcó pronto en buena jugada de Reyes tras robo de Forlán, y se fue diluyendo, fue reculando, se fue yendo del partido. Juegue Vd, oiga, que queda tiempo – no sé, es que no tengo ganas, como que se me ha olvidado lo que tengo que hacer, estoy loco por que acabe esto. El rival, que tampoco jugó tanto, se lo fue creyendo poco a poco y, tras empatar al final del primer tiempo, vio claro que podía ganar cuando el Atleti desperdició su regalo en forma de penalti. El Valencia ganó casi por obligación: oiga mire, entiéndame, qué iba a hacer yo, no vine a esto pero me viene bien, tres puntos son importantes y en este campo, al menos antes, daban cierto prestigio. Así que a mi pesar gané, ya lo siento, bueno, adiós.
2. El equipo
El equipo dió, una vez más, la sensación de no entender nada de lo que pasa. Los jugadores no saben bien a qué juegan, no saben qué se espera de ellos, no tienen claro qué hacer. Ven como compañeros pasan de imprescindibles a apartados, de titulares a no convocados, de suplentes a estrellas imprescindibles. Los nuevos llegan y juegan cuando no conocen a los compañeros y, cuando se aprenden sus nombres, son apartados del equipo. Los medios no saben si apretar o esperar, si aguantar y robar, si presionar y morder. Los defensas no tienen claro si salir jugando o pegar un patadón, los delanteros hacen la guerra por su cuenta, esperando un pase en condiciones para tirar a puerta e intentar mejorar sus estadísticas.
Se diría que los jugadores, directamente, no tienen muchas ganas de jugar, no se divierten y desde luego no toman los partidos como un trabajo que hay que hacer bien. Podría ser indolencia, desinterés, desorientación o pánico, o bien todas a la vez. Uno entiende que los jugadores anden desorientados, huérfanos de un patrón de juego, de una idea y de un objetivo común. Podría ser eso. Podría ser también falta de interés por jugarse una patada o una mala puntuación en la prensa teniendo en cuenta que no cobran a tiempo o cobran mal, que también podría ser. Podría ser simple pánico. Pánico a la reacción de la grada, pánico a las críticas de la prensa, pánico a torcer definitivamente su carrera, pánico a ser señalados en la foto oficial como un jugador petardo que llevó al equipo al pozo. O pánico a las reacciones del entrenador: pánico a cometer un error que le lleve a la grada tras cinco partidos de titular, pánico a no hacer lo que se supone que debe hacer incluso sin que nadie le haya explicado con claridad cuál es su cometido, pánico al método error=castigo que sigue con fidelidad Quique.
Podría también ser indolencia por falta de comunión con el club, con sus superiores jerárquicos. Imaginamos que es complicado convencer a un contable de que se quede cerrando balances hasta las diez de la noche mientras el director de la empresa no aparece por la oficina y sólo saben de él por reportajes gráficos, fotografiado mientras celebra comidas con otros. Imaginamos que es complicado pedirle a los soldados que carguen a cuerpo limpio contra el enemigo atrincherado mientras el capitán se queda comiendo arroz con conejo al abrigo de las balas. Imaginamos por tanto que es complicado pedirle a los jugadores que den la vida por la camiseta cuando el resto del club rezuma desinterés por el proyecto común y toma el interés propio por bandera. Imaginamos que es complicado pedirle a los jugadores que asuman responsabilidad y riesgos cuando el máximo responsable y propietario aparente de la mayoría de acciones del Club no tiene la hombría suficiente como para acudir al palco a aguantar el chaparrón, si es que éste se produce. Puede ser eso, también, sí.
Sea lo que sea, los jugadores andan perdidos y, lo que es peor, con aspecto de no poder ni querer encontrarse. Los buenos jugadores ponen cara de qué hago yo aquí, los malos ponen cara de intentar hacer lo que pueden sin tener guía ni método. Cuando la defensa saca un balón, son pocos los que se ofrecen y muchos los que se camuflan tras su par; cuando se pierde un balón, el repliegue es caótico y muchas veces al trote. Cuando el rival aprieta los nuestros se achican y cuando toca apretar, aprietan tres y el resto mira. Cuando el árbitro pita algo indebido el capitán no aparece, cuando los rivales presionan al árbitro no aparece nadie (salvo Raúl García y encima se lleva una bronca), cuando el linier se equivoca nadie le afea el error, sino que se sigue jugando como si tal cosa. Cuando se pierde en casa, el equipo se dirige al rival, le pide la camiseta, habla del tiempo, de la primavera anticipada, del cambio climático y de la situación en Egipto, pero no muestra pesar ni preocupación o, si lo hace, se le olvida a los tres minutos y se va a cenar chuletón con los amigos, que hoy invito yo, majos.
Puede que los jugadores sean unos mercenarios, puede que el entrenador sea un desastre, puede que la culpa de todo la tenga el gerente de Almohadillas Perca por haber puesto ese nombre de pez a su empresa. Todo esto es posible, sí, pero mirando un poco desde fuera parece que la culpa de todo es de todos, sobre todo de los que podrían poner orden y ni lo hacen ni les interesa hacerlo.
3. La afición
Se esperaba que la afición se pronunciase durante el partido, y lo hizo. Más tímidamente de lo que uno hubiera deseado, menos tímidamente que otras veces. En las gradas abundaban las bufandas verde y oro, los colores de los aficionados disidentes del Manchester United, ahora también los colores de la Resistencia. La gente preguntaba el por qué de esas bufandas, preguntaba dónde comprarlas, querían llevarlas. La afición volvió a cargar contra el palco tras el segundo gol del Valencia y, de nuevo el nombrado fue Miguel Angel Gil, el consejero ausente. No lo fue Cerezo y eso deja ya a las claras que la gente tiene claro quién mueve los hilos y quién pone el particular peinado, el cuestionable sentido del humor y la cara para que sea abofeteada con cada vez más frecuencia y siempre con razón.
La afición, así en general y no un grupo cada vez más numeroso de atléticos con las ideas claras y la información apropiada, está en un momento complicado y crucial. Si uno habla con desconocidos por los aledaños del estadio, la impresión que queda es que casi el 100% de los aficionados tienen claro que los responsables de la debacle son los supuestos propietarios del Club, Cerezo y Gil Marín. Si uno lee los comentarios en las ediciones digitales de los periódicos deportivos, el 99% son contrarios a la gestión, muchos de ellos con ese zafio lenguaje faltón que caracteriza al impulsivo ciber-comentarista medio. La gente, la mayoría de la gente, tiene cada vez más claro quién es el culpable de lo que ocurre y los pocos partidarios que le quedan a la directiva suelen entrar en foros y conversaciones con los aires matoniles de los camelleros partidarios de Mubarak entre la multitud: no tengo buenas razones, pero grito más que el resto. A estas alturas es imposible defender la gestión de los Giles y es prácticamente imposible encontrar a alguien dispuesto a defenderla, por más que siempre quede algún trasnochado dispuesto a repetir los falsos mantras del gilismo: si no es por ellos el club desaparece, el descenso fue el fruto de una persecución política, a los directivos el club les cuesta dinero, aquí no viene nadie con dinero por delante a comprar el club y hacer una alternativa.
Curiosamente, desde este convencimiento a la afición le asalta otro problema. Tras años de mensajes desde la prensa y lacrimógenas campañas de la Sra Rushmore, el aficionado medio parece convencido de que lo de seguir al Atleti es un tema casi religioso, la constatación del hecho de formar parte de los Elegidos, un destino marcado para los restos al estilo del Señor de los Anillos. Este destino como miembro de la mejor afición del mundo, la dañina etiqueta de los dos filos, impide a juicio de muchos el protestar en la grada. Si, son ellos los culpables, pero ahora no es el momento de criticar sino de animar, piensa parte de la afición. Dejémonos de divisiones y animemos al equipo que ahora lo necesita, piensan. No se dan quizás cuenta de que el equipo SIEMPRE necesita ánimos en los últimos tiempos porque NUNCA funciona bien a pesar de, o más bien por culpa de, tanta ausencia de protestas y tan bien intencionados silencios. Pero la afición, o parte de ella, es así, qué le vamos hacer. Es así, pero quizás esté dejando de serlo.
Más situaciones curiosas produce este convencimiento. Esa parte de la afición que cree que la directiva es responsable del desastre pero no quiere criticar a los jugadores en mal momento, entra al campo resuelta a animar. La realidad, sin embargo, es que no anima. Lejos de ser un estadio donde la grada apoye sin miramientos y mayoritariamente a los jugadores, como reza la exposición de motivos del premio a la mejor afición mundial y de parte del extranjero, la afición está cada vez más callada y el Calderón va perdiendo su condición de estadio caliente incluso enpartidos importantes como el de ayer. Más aún, la afición es crítica, injustamente crítica en ocasiones, con muchos de los que no tienen responsabilidad directa. La afición supuestamente animadora, lejos de animar al jugador que lo necesita tras una pifia, se ceba en los débiles, ridiculiza a los que lo pasan mal. Cada balón que recibe Perea como último hombre se jalea desde la grada con un murmullo creciente que equidista entre el grito de pánico y la risotada; uno imagina la misma reacción entre el público que mira la desactivación de una bomba mientras el artificiero duda entre cortar el cable rojo o el azul y llega a la conclusión de que el público perdió el Norte, porque los más probable es que acaben volando por los aires bomba, artificiero y público. De igual forma, cada balón comprometido que llega a Perea tiene pinta, gracias al sonido burlón que la grada emite, de acabar en pifia y gol en contra tras el que nadie animará, sino todo lo contrario, al jugador que formó el lío. ¿No sería más lógico, ya que se optó por no criticar y sí animar, animar al que más lo necesita y no tirar piedras contra el propio tejado? O, ya que se decide criticar y no animar siempre, ¿no sería más lógico criticar a los culpables de verdad y no únicamente a los jugadores torpes que éstos compran a precio de estrella a intermediarios de confianza?
Ayer la afición rompió a gritar contra el palco tras el segundo gol del Valencia. En un mundo perfecto, a uno le habría gustado ver cómo la afición la tomaba con el palco tras el gol del Atleti, pasando un mensaje más claro aún: no por ir las cosas temporalmente bien nos olvidamos de quién son los culpables de todo. No ocurrió así, pero algo es algo. Eso demuestra que el hartazgo de la afición es profundo, y también que está claro para cada vez más gente quién es culpable de todo. No en vano, los gritos iban dirigidos a Gil, hasta ahora inmune a las protestas y siempre amparado en su invisibilidad (salvo en entrevistas limpia-reputación previamente pactadas). Curiosamente, también la afición se pronunció por primera vez y de forma inequívoca a favor del entrenador. El grito, con un partido perdido y el entrenador cada vez más cuestionado, sólo cabe interpretarse como una bofetada indirecta a las caras del palco, el mensaje de que esto ya no cuela como coló con Bianchi, con Aguirre o como con tantos otros; no es el entrenador, no son los jugadores … sois vosotros los responsables, los que nunca han cambiado en este tiempo. Da igual que venga otro, total le daréis los jugadores que os interesen: si piden un central diestro traeréis un interior zurdo de ocho millones del que nadie oyó hablar, si hace falta un medio centro vendrá un portero mediocre que corte la progresión de un canterano, si se necesita un delantero centro traeréis un entomólogo experto en polillas por cinco millones de euros, con el cometido de desinsectar el trastero en el que dormitan los trofeos de la sección de balonmano.
Ayer no hubo revuelta popular, no hubo explosión total, no hubo asalto al palco ni quema de conventos. Quizás lo que ocurre es que la afición simplemente no es así y no es eso lo que haya que esperar. La afición, eso sí, sí la emprendió contra el palco con criterio y tino, y deja vez con cada vez más claridad que es consciente de quién es el responsable de todo. El mensaje de la oposición parece haber calado, la afición está más informada, ve claro quién es el responsable y eso es un avance importante por el bien del Club. Y todo ello gracias a unos cuantos tipos con las ideas muy claras, con la determinación del que sabe que tiene razón y una lealtad inquebrantable al Club cuya directiva les persigue y a la afición que tantas veces les ha ignorado, una lealtad y una dedicación que le ponen a uno los pelos de punta.
Por ellos, que saben quién son, con agradecimiento eterno, levantaremos nuestras pintas de Guiness cuando, en un rato, Irlanda se la juegue contra Francia.
Gracias eternas, Señores.
Etiquetas:
Atleti,
Atlético Madrid,
Liga,
Perea,
Quique Sánchez Flores,
Raúl García,
Valencia,
Valera
lunes, 31 de enero de 2011
Crónica vacía (y cíclica) del Atleti - Athletic
Salió la gente del campo con la sensación de haber vivido algo ya vivido, quizás esperado, quizás previsible, incluso temido. El Atleti acababa de perder contra el Athletic de Bilbao bajo un aguacero, como aquella vez del partido suspendido y reiniciado de la que no queremos acordarnos. Había vuelto a pinchar en mal momento durante el mes de enero, un año más, como tantos años. Había hecho un mal partido, había perdido un jugador por una torpeza, había dejado ver sus vergüenzas una vez más esta temporada. Había habido una reacción contraria al palco desde la grada, se había echado en cara a la directiva su curiosa forma de ganarse los bonus y se había silbado a los jugadores, sobre todo a uno. Eso sí, esta vez no se había increpado al entrenador ni se había pedido su dimisión, la gente se saltó un peldaño y directamente gritó contra el palco. No mucho, pero algo. No todos, pero la mayoría. No hasta perder la voz, pero sí un poco.
El Atleti venía de perder contra el otro equipo grande de la capital sin presentar batalla y contra el Sporting de Gijón casi sin poder presentarla. Volvía a casa a intentar demostrar que el objetivo de jugar Champions no era una milonga, con la oportunidad de dejar claro a un rival potencial que por muy mal que esté el equipo, ya ganó 0-1 en la primera vuelta y volvería a ganar en casa. Y no fue así, ya lo saben Vds. El Atleti perdió y fue incapaz de ganar, decisiones arbitrales aparte. Salió con un equipo raro con poca sensación de poder jugar al fútbol que luego lo dejó claro, decisiones técnicas aparte. Sacó un centro del campo con tres jugadores más bien defensivos, capaces en teoría de abrochar el juego en el centro, y no valió de nada: un tipo solo, Javi Martínez, se los comió a todos con tranquilidad, sin correr demasiado, con un poco de ayuda de Muniaín e Iraola. No hizo ni falta Llorente, relajado, casi apático, sin demasiado trabajo ni ganas de hacerlo. El discutidísimo Perea, central llamado a ser lateral suplente a principio de temporada y único elemento de la defensa que no rota y siempre es titular, hizo un penalti, fue expulsado y ahí acabó todo. Ahí y cuando Elías, cambiado tras la expulsión de semi-interior izquierdo a lateral derecho, levantó la mano sin banderín y dejó rematar a un rival sin demasiado problema.
Pero lo triste, lo verdaderamente triste de todo esto, es que da exactamente igual. Qué más da ya que Quique volviera a dejar a Domínguez, titular indiscutible durante todo el triunfal año pasado, en la caseta. Para qué vamos a comentar, si no es para pasar el rato, esas manías del entrenador de hacer jugar a un teórico suplente cinco partidos seguidos de titular para luego, sin explicaciones, dejarle fuera de la convocatoria. Para qué hablar de si Ujfalusi está mareado con tanto cambio del centro al lateral de la defensa, de si Mario Suárez debe preguntarse qué ha hecho mal ahora, de si lo mejor para Raúl García sería irse a otro equipo y no dejarse ver más por el Calderón, donde no se agradece nada de lo que hace o haya hecho en el pasado. Para qué hablar de la decepción que nos supone el rendimiento de Filipe Luis Filipe. Para qué hablar de la supuesta desidia de Forlán, sambenito que pende de su número siete haga el partido que haga, que siempre acabará en pitada monumental de ahora en adelante. Para qué.
Porque el problema, todos lo sabemos, es mucho más profundo y más antiguo, está perfectamente identificado y estamos hartos de hablar de él. Todo lo escribible sobre el tema ya se ha escrito, todo lo hablable se ha hablado. El problema es uno y no llega a trino por poco, que García Pitarch no tiene cargo suficiente como para meterle en la ecuación si no es como decimal casi insignificante, de esos que se redondean. Una parte pequeña de la afición lo sabe desde hace mucho tiempo y hace lo posible porque se sepa más, aunque les tomen por locos y por pesados; la inmensa mayoría de la afición tiene a su alcance todos los datos necesarios para llegar a la misma conclusión, pero no se toman el tiempo necesario de indagar el por qué de la enfermedad terminal de su equipo, demasiado preocupados por salir del campo un rato antes y así no coger atasco. El sector más ruidoso de la afición, que ayer sí lideró la protesta, tampoco ha sido demasiado beligerante y la prensa, culpable y cooperadora necesaria del culpable y su cooperador necesario, se dedica salvo contadas excepciones a dejar claro que aquí no pasa nada, oiga, nada que no se pueda solucionar en breve con el fichaje de un brasileño desconocido, pasado de precio y kilos, o con un acuerdo a tres bandas con un club juvenil de Tanzania y un fabricante de tarros de melocotón en dulce de Catar, antes Qatar. A pesar de ello la gente lo tiene cada vez más claro, el tema es más evidente cada día que pasa, la afición está cada vez más harta, aunque no haga mucho.
Porque aquí lo que pasa es claro y meridiano y, lo peor de todo, cíclico. La venta de jugadores válidos, la salida de capitanes en mal momento, la compra de esperpentos futbolísticos. Los objetivos falseados, los anuncios de fichajes que nunca llegan, los cambios de planes el día que pasa el recibo a los abonados. Las presentaciones bochornosas de jugadores de los que nadie sabe nada, los derbis tirados al río sin intentar si quiera salvar la cara, los empleados de la seguridad del club retirando pancartas en las que se dice la verdad. Los bajones del equipo en Enero / Febrero, los rumores de impago, las bajadas de cláusulas de rescisión y las excusas no pedidas - acusaciones manifiestas - sobre la intención del club de retener al jugador al que dicha cláusula claramente pone en el mercado. Los desmentidos justo antes de que se produzcan las noticias, la sucesión de maravillosos proyectos arquitectónicos de estadios de ensueño que nunca se hacen, los anuncios de convenios urbanísticos que traerán, por fin, la muy necesaria ciudad deportiva con hotel de cinco estrellas, helipuerto y bingo simultáneo para los socios que, al hacer cuentas, ya no saben de cuál de las cuatro o cinco ya anunciadas se está hablando. Las cifras de la operación Peineta, los calendarios incumplidos una y otra vez, los anuncios de que, hoy sí, hoy llegan los bulldozers y las máquinas destructoras camino de la Mahou marcando el paso alegre de la demolición. Los entrenadores incapaces, los entrenadores parapeto, los entrenadores interinos. Las declaraciones pasadas de chispa del presidente durante la fiesta por el estreno de una película de culto, las declaraciones escasísimas, medidas y nunca fiables del consejero delegado, las declaraciones incomprensibles y siempre dudosas del director deportivo. Las frases sin sentido, los sujetos que quieren decir exactamente lo mismo que los predicados y las declaraciones en mal momento del presidente. Las sesgadas lecturas del balance, la discrepancia entre lo dicho en público y en privado, la falta de credibilidad pública del consejero delegado. Los viajes a Brasil, los viajes a China, los viajes a Catar, antes Qatar, del director deportivo que menos acierta del panorama futbolístico mundial. Las pruebas de que el teórico responsable de la parcela deportiva no se entera de nada relacionado con ella, las pruebas de que es el consejero delegado quien decide por su cuenta, las pruebas de que es el director técnico quien hace lo que dice el segundo y no el primero. Las declaraciones grandilocuentes, llenas de esdrújulas y neologismos pero vacías de sentido común y lógica del entrenador. La errática política de fichajes, la ausencia total de un modelo deportivo, la carencia casi atávica de modelo de juego. La alineación de los recién llegados como titulares en partidos importantes, los fichajes de jugadores más que válidos para el equipo por equipos rivales a precios asequibles, la llegada de desconocidos por cifras astronómicas. Los fichajes prometedores que no debutan en el primer equipo y acaban traspasado un par de años después a equipos de medio pelo, las compras y ventas de jugadores al Benfica, la omnipresencia de los agentes en las decisiones deportivas del Club. Los canteranos prometedores que nunca debutan, los canteranos consagrados que acaban en extrañas operaciones a tres bandas como pago de un dinero no pagado en su momento, los canteranos lanzados a los leones cuando el equipo se lo juega todo, sin que nadie piense en ellos. Los mil rumores de cada verano, los diez fichajes de cada verano, la sensación tres meses después de que, como mucho, de los diez vale uno y de suplente. Los ridículos contra equipos más pequeños, la impotencia contra equipos que matarían por tener el historial del Club, las vergonzantes claudicaciones antes de que empiecen los partidos contra equipos grandes, antes tan grandes como nosotros, ahora mucho más. La tradicional bronca anual de la grada cuando no puede más, la reacción del club anunciando un fichaje que luego no llega o la renovación a la baja de un jugador que no se moja demasiado cuando se le pregunta si se quedará mucho tiempo en el Club, el clásico anuncio de la Sra Rushmore en la que se nos recuerda nuestra vocación sufridora, nuestro destino perdedor, el valor de la resignación y el silencio. La venta de jugadores válidos, la salida de capitanes en mal momento, la compra de esperpentos futbolísticos. Los objetivos falseados, los anuncios de fichajes que nunca llegan, los cambios de planes el día que pasa el recibo a los abonados.
Todo es igual, año tras año, a ese lado de la línea. Y todo es igual, año tras año, a este lado, al nuestro, al lado de la grada. La ilusión cuando suena un fichaje interesante en verano, la sensación de que subiendo cuatro jóvenes mejoraría el equipo, el seguimiento de los filiales y las selecciones sub-lo que sea fijándonos en los nuestros. La decepción por ver que no se ficha lo anunciado, el levantamiento de cejas cuando son los rivales los que fichan bien y barato, la resignación barnizada de esperanza cuando empieza la temporada y parece que con lo que hay se podría hacer algo. Los primeros partidos de liga, las alegrías de las primeras jornadas cuando se va al fútbol con sol y en manga corta y se vuelve a ver a los vecinos, el escepticismo que se empieza a abrir camino tras ver al equipo unos cuantos partidos y ver que empieza de nuevo a ser lo de siempre. Las dudas en cuanto se cruza un equipo potente, el primer bochorno en campo de equipo chico, los rivales que se van despegando en la clasificación. Los horarios mortales, el frío del estadio en invierno para ver un equipo que no corre, los primeros disgustos. Las discusiones tácticas con los amigos pensando, oh inocencia, que la cosa tiene solución, los entrenadores cuestionados, la prensa que critica a los que están a ras de campo y se olvida del resto. Los jugadores que empiezan a hacer cosas raras, los rumores de que no se cobra, la falta de implicación del equipo. Las risas de la grada hacia los jugadores más débiles, las protestas de la grada hacia el banquillo de turno, la ira de la grada hacia los jugadores que la prensa teledirigida señala. Las salidas de la directiva a los medios diciendo que esto no puede ser, los toques fingidos de atención, la movilización de la prensa afín cuando lo necesita el palco. Las entrevistas en las que hablan de cohesión y planes de futuro brillante, las declaraciones de intenciones, el anuncio de una buena nueva en forma de acuerdo con una tarjeta de crédito que ofrece a socios y simpatizantes un descuento en cada cambio de neumáticos. Los recordatorios de que son ellos los que ponen la pasta, los recordatorios rencorosos de que eran ellos los que estaban cuando se ganaron los títulos (cuatro en veinte años en dos dobletes, uno de ellos una supercopa a un partido), como si antes de ellos no se hubiera ganado ninguno, las llamadas a la unidad a través de un nuevo spot sobre la fe, la resignación, la resistencia, la sed controlada, el umbral de dolor de los atléticos o la inutilidad de la anestesia cuando el operado es del Atleti, anunciado a bombo y platillo en los telediarios. La desesperación viendo que la temporada, otra vez, no tiene sentido porque no hay nada por lo que luchar, las falsas esperanzas tras tres partidos ganados, el hastío de la grada. El nuevo bochorno en casa, los gritos tímidos contra la directiva, la sensación de que algo puede cambiar. El hervidero de los foros, las proclamas desde los blogs, las críticas escasas en los medios, como agujas en pajar, denunciando la realidad. La reivindicación de Arteche como figura de referencia, la petición de que vuelva Gárate, la reclamación de dignidad para las rayas rojiblancas. La organización de protestas, las convocatorias en la puerta cero, las bufandas verdi-oro. La esperanza de que la gente acuda, la esperanza de que el mensaje cale, la esperanza de que los medios se hagan eco. El éxito moderado de las concentraciones, la sensación de que debería haber ido más gente, la ausencia de noticias en los medios sobre lo que realmente ocurre. La reflexión sobre cómo hacerlo mejor la próxima vez, la redacción de manifiestos que quedan a medias, las ideas que se van desvaneciendo. El final de temporada, el hastío y la nada una vez más, la cuestión sobre si renovar el abono. La determinación de no renovar el abono, las dudas sobre si es lo adecuado, las preguntas a los amigos sobre qué van a hacer ellos. El recuerdo de que el abono fue un regalo del abuelo, el recuerdo de la fecha de alta en el club, el cálculo de cuánto nos costó conseguir ese número que luce. La rabia de tener que plantearse eso, la rabia de que no sean ellos los que se vayan, la renovación casi a regañadientes. El nuevo abono que llega, lo feo que es y lo mucho que lo criticamos, la comparación con el abono del año pasado para ver cuántos números de socio hemos avanzado. La ilusión cuando suena un fichaje interesante en verano, la sensación de que subiendo cuatro jóvenes el equipo mejoraría, el seguimiento de los filiales y las selecciones sub-lo que sea mirando a los nuestros. La decepción por ver que no se ficha lo anunciado, el levantamiento de cejas cuando son los rivales los que fichan bien y barato, la resignación barnizada de esperanza cuando empieza la temporada y parece que con lo que hay se podría hacer algo.
Todos los años lo mismo. Siempre lo mismo, siempre los mismos culpables, siempre claro y meridiano. Siempre la misma inactividad, siempre el mismo silencio, siempre la misma historia. Siempre... ¿o ya no?
El Atleti venía de perder contra el otro equipo grande de la capital sin presentar batalla y contra el Sporting de Gijón casi sin poder presentarla. Volvía a casa a intentar demostrar que el objetivo de jugar Champions no era una milonga, con la oportunidad de dejar claro a un rival potencial que por muy mal que esté el equipo, ya ganó 0-1 en la primera vuelta y volvería a ganar en casa. Y no fue así, ya lo saben Vds. El Atleti perdió y fue incapaz de ganar, decisiones arbitrales aparte. Salió con un equipo raro con poca sensación de poder jugar al fútbol que luego lo dejó claro, decisiones técnicas aparte. Sacó un centro del campo con tres jugadores más bien defensivos, capaces en teoría de abrochar el juego en el centro, y no valió de nada: un tipo solo, Javi Martínez, se los comió a todos con tranquilidad, sin correr demasiado, con un poco de ayuda de Muniaín e Iraola. No hizo ni falta Llorente, relajado, casi apático, sin demasiado trabajo ni ganas de hacerlo. El discutidísimo Perea, central llamado a ser lateral suplente a principio de temporada y único elemento de la defensa que no rota y siempre es titular, hizo un penalti, fue expulsado y ahí acabó todo. Ahí y cuando Elías, cambiado tras la expulsión de semi-interior izquierdo a lateral derecho, levantó la mano sin banderín y dejó rematar a un rival sin demasiado problema.
Pero lo triste, lo verdaderamente triste de todo esto, es que da exactamente igual. Qué más da ya que Quique volviera a dejar a Domínguez, titular indiscutible durante todo el triunfal año pasado, en la caseta. Para qué vamos a comentar, si no es para pasar el rato, esas manías del entrenador de hacer jugar a un teórico suplente cinco partidos seguidos de titular para luego, sin explicaciones, dejarle fuera de la convocatoria. Para qué hablar de si Ujfalusi está mareado con tanto cambio del centro al lateral de la defensa, de si Mario Suárez debe preguntarse qué ha hecho mal ahora, de si lo mejor para Raúl García sería irse a otro equipo y no dejarse ver más por el Calderón, donde no se agradece nada de lo que hace o haya hecho en el pasado. Para qué hablar de la decepción que nos supone el rendimiento de Filipe Luis Filipe. Para qué hablar de la supuesta desidia de Forlán, sambenito que pende de su número siete haga el partido que haga, que siempre acabará en pitada monumental de ahora en adelante. Para qué.
Porque el problema, todos lo sabemos, es mucho más profundo y más antiguo, está perfectamente identificado y estamos hartos de hablar de él. Todo lo escribible sobre el tema ya se ha escrito, todo lo hablable se ha hablado. El problema es uno y no llega a trino por poco, que García Pitarch no tiene cargo suficiente como para meterle en la ecuación si no es como decimal casi insignificante, de esos que se redondean. Una parte pequeña de la afición lo sabe desde hace mucho tiempo y hace lo posible porque se sepa más, aunque les tomen por locos y por pesados; la inmensa mayoría de la afición tiene a su alcance todos los datos necesarios para llegar a la misma conclusión, pero no se toman el tiempo necesario de indagar el por qué de la enfermedad terminal de su equipo, demasiado preocupados por salir del campo un rato antes y así no coger atasco. El sector más ruidoso de la afición, que ayer sí lideró la protesta, tampoco ha sido demasiado beligerante y la prensa, culpable y cooperadora necesaria del culpable y su cooperador necesario, se dedica salvo contadas excepciones a dejar claro que aquí no pasa nada, oiga, nada que no se pueda solucionar en breve con el fichaje de un brasileño desconocido, pasado de precio y kilos, o con un acuerdo a tres bandas con un club juvenil de Tanzania y un fabricante de tarros de melocotón en dulce de Catar, antes Qatar. A pesar de ello la gente lo tiene cada vez más claro, el tema es más evidente cada día que pasa, la afición está cada vez más harta, aunque no haga mucho.
Porque aquí lo que pasa es claro y meridiano y, lo peor de todo, cíclico. La venta de jugadores válidos, la salida de capitanes en mal momento, la compra de esperpentos futbolísticos. Los objetivos falseados, los anuncios de fichajes que nunca llegan, los cambios de planes el día que pasa el recibo a los abonados. Las presentaciones bochornosas de jugadores de los que nadie sabe nada, los derbis tirados al río sin intentar si quiera salvar la cara, los empleados de la seguridad del club retirando pancartas en las que se dice la verdad. Los bajones del equipo en Enero / Febrero, los rumores de impago, las bajadas de cláusulas de rescisión y las excusas no pedidas - acusaciones manifiestas - sobre la intención del club de retener al jugador al que dicha cláusula claramente pone en el mercado. Los desmentidos justo antes de que se produzcan las noticias, la sucesión de maravillosos proyectos arquitectónicos de estadios de ensueño que nunca se hacen, los anuncios de convenios urbanísticos que traerán, por fin, la muy necesaria ciudad deportiva con hotel de cinco estrellas, helipuerto y bingo simultáneo para los socios que, al hacer cuentas, ya no saben de cuál de las cuatro o cinco ya anunciadas se está hablando. Las cifras de la operación Peineta, los calendarios incumplidos una y otra vez, los anuncios de que, hoy sí, hoy llegan los bulldozers y las máquinas destructoras camino de la Mahou marcando el paso alegre de la demolición. Los entrenadores incapaces, los entrenadores parapeto, los entrenadores interinos. Las declaraciones pasadas de chispa del presidente durante la fiesta por el estreno de una película de culto, las declaraciones escasísimas, medidas y nunca fiables del consejero delegado, las declaraciones incomprensibles y siempre dudosas del director deportivo. Las frases sin sentido, los sujetos que quieren decir exactamente lo mismo que los predicados y las declaraciones en mal momento del presidente. Las sesgadas lecturas del balance, la discrepancia entre lo dicho en público y en privado, la falta de credibilidad pública del consejero delegado. Los viajes a Brasil, los viajes a China, los viajes a Catar, antes Qatar, del director deportivo que menos acierta del panorama futbolístico mundial. Las pruebas de que el teórico responsable de la parcela deportiva no se entera de nada relacionado con ella, las pruebas de que es el consejero delegado quien decide por su cuenta, las pruebas de que es el director técnico quien hace lo que dice el segundo y no el primero. Las declaraciones grandilocuentes, llenas de esdrújulas y neologismos pero vacías de sentido común y lógica del entrenador. La errática política de fichajes, la ausencia total de un modelo deportivo, la carencia casi atávica de modelo de juego. La alineación de los recién llegados como titulares en partidos importantes, los fichajes de jugadores más que válidos para el equipo por equipos rivales a precios asequibles, la llegada de desconocidos por cifras astronómicas. Los fichajes prometedores que no debutan en el primer equipo y acaban traspasado un par de años después a equipos de medio pelo, las compras y ventas de jugadores al Benfica, la omnipresencia de los agentes en las decisiones deportivas del Club. Los canteranos prometedores que nunca debutan, los canteranos consagrados que acaban en extrañas operaciones a tres bandas como pago de un dinero no pagado en su momento, los canteranos lanzados a los leones cuando el equipo se lo juega todo, sin que nadie piense en ellos. Los mil rumores de cada verano, los diez fichajes de cada verano, la sensación tres meses después de que, como mucho, de los diez vale uno y de suplente. Los ridículos contra equipos más pequeños, la impotencia contra equipos que matarían por tener el historial del Club, las vergonzantes claudicaciones antes de que empiecen los partidos contra equipos grandes, antes tan grandes como nosotros, ahora mucho más. La tradicional bronca anual de la grada cuando no puede más, la reacción del club anunciando un fichaje que luego no llega o la renovación a la baja de un jugador que no se moja demasiado cuando se le pregunta si se quedará mucho tiempo en el Club, el clásico anuncio de la Sra Rushmore en la que se nos recuerda nuestra vocación sufridora, nuestro destino perdedor, el valor de la resignación y el silencio. La venta de jugadores válidos, la salida de capitanes en mal momento, la compra de esperpentos futbolísticos. Los objetivos falseados, los anuncios de fichajes que nunca llegan, los cambios de planes el día que pasa el recibo a los abonados.
Todo es igual, año tras año, a ese lado de la línea. Y todo es igual, año tras año, a este lado, al nuestro, al lado de la grada. La ilusión cuando suena un fichaje interesante en verano, la sensación de que subiendo cuatro jóvenes mejoraría el equipo, el seguimiento de los filiales y las selecciones sub-lo que sea fijándonos en los nuestros. La decepción por ver que no se ficha lo anunciado, el levantamiento de cejas cuando son los rivales los que fichan bien y barato, la resignación barnizada de esperanza cuando empieza la temporada y parece que con lo que hay se podría hacer algo. Los primeros partidos de liga, las alegrías de las primeras jornadas cuando se va al fútbol con sol y en manga corta y se vuelve a ver a los vecinos, el escepticismo que se empieza a abrir camino tras ver al equipo unos cuantos partidos y ver que empieza de nuevo a ser lo de siempre. Las dudas en cuanto se cruza un equipo potente, el primer bochorno en campo de equipo chico, los rivales que se van despegando en la clasificación. Los horarios mortales, el frío del estadio en invierno para ver un equipo que no corre, los primeros disgustos. Las discusiones tácticas con los amigos pensando, oh inocencia, que la cosa tiene solución, los entrenadores cuestionados, la prensa que critica a los que están a ras de campo y se olvida del resto. Los jugadores que empiezan a hacer cosas raras, los rumores de que no se cobra, la falta de implicación del equipo. Las risas de la grada hacia los jugadores más débiles, las protestas de la grada hacia el banquillo de turno, la ira de la grada hacia los jugadores que la prensa teledirigida señala. Las salidas de la directiva a los medios diciendo que esto no puede ser, los toques fingidos de atención, la movilización de la prensa afín cuando lo necesita el palco. Las entrevistas en las que hablan de cohesión y planes de futuro brillante, las declaraciones de intenciones, el anuncio de una buena nueva en forma de acuerdo con una tarjeta de crédito que ofrece a socios y simpatizantes un descuento en cada cambio de neumáticos. Los recordatorios de que son ellos los que ponen la pasta, los recordatorios rencorosos de que eran ellos los que estaban cuando se ganaron los títulos (cuatro en veinte años en dos dobletes, uno de ellos una supercopa a un partido), como si antes de ellos no se hubiera ganado ninguno, las llamadas a la unidad a través de un nuevo spot sobre la fe, la resignación, la resistencia, la sed controlada, el umbral de dolor de los atléticos o la inutilidad de la anestesia cuando el operado es del Atleti, anunciado a bombo y platillo en los telediarios. La desesperación viendo que la temporada, otra vez, no tiene sentido porque no hay nada por lo que luchar, las falsas esperanzas tras tres partidos ganados, el hastío de la grada. El nuevo bochorno en casa, los gritos tímidos contra la directiva, la sensación de que algo puede cambiar. El hervidero de los foros, las proclamas desde los blogs, las críticas escasas en los medios, como agujas en pajar, denunciando la realidad. La reivindicación de Arteche como figura de referencia, la petición de que vuelva Gárate, la reclamación de dignidad para las rayas rojiblancas. La organización de protestas, las convocatorias en la puerta cero, las bufandas verdi-oro. La esperanza de que la gente acuda, la esperanza de que el mensaje cale, la esperanza de que los medios se hagan eco. El éxito moderado de las concentraciones, la sensación de que debería haber ido más gente, la ausencia de noticias en los medios sobre lo que realmente ocurre. La reflexión sobre cómo hacerlo mejor la próxima vez, la redacción de manifiestos que quedan a medias, las ideas que se van desvaneciendo. El final de temporada, el hastío y la nada una vez más, la cuestión sobre si renovar el abono. La determinación de no renovar el abono, las dudas sobre si es lo adecuado, las preguntas a los amigos sobre qué van a hacer ellos. El recuerdo de que el abono fue un regalo del abuelo, el recuerdo de la fecha de alta en el club, el cálculo de cuánto nos costó conseguir ese número que luce. La rabia de tener que plantearse eso, la rabia de que no sean ellos los que se vayan, la renovación casi a regañadientes. El nuevo abono que llega, lo feo que es y lo mucho que lo criticamos, la comparación con el abono del año pasado para ver cuántos números de socio hemos avanzado. La ilusión cuando suena un fichaje interesante en verano, la sensación de que subiendo cuatro jóvenes el equipo mejoraría, el seguimiento de los filiales y las selecciones sub-lo que sea mirando a los nuestros. La decepción por ver que no se ficha lo anunciado, el levantamiento de cejas cuando son los rivales los que fichan bien y barato, la resignación barnizada de esperanza cuando empieza la temporada y parece que con lo que hay se podría hacer algo.
Todos los años lo mismo. Siempre lo mismo, siempre los mismos culpables, siempre claro y meridiano. Siempre la misma inactividad, siempre el mismo silencio, siempre la misma historia. Siempre... ¿o ya no?
Etiquetas:
Athletic Club,
Atleti,
Atlético Madrid,
Liga
viernes, 21 de enero de 2011
Crónica sin nombre del peor derbi (posible)
Habían anunciado un frío polar y luego no hizo tanto. Habían anunciado nieve, borrasca y temporal y luego fue un día normalete. Habían anunciado un vendaval de juego y compromiso, y ná. De hecho, habían anunciado un partido de fútbol, y ni eso.
___
Ya saben los lectores de este blog, sufridas víctimas oculares del fondo oscuro y la letra clara, que al que suscribe le gusta cada vez menos el fútbol. En especial, es conocido por estos pagos que a uno el partido que menos le gusta del año es el partido contra ese equipo que nunca nombramos, ese equipo hecho para justificar un palco, el otro equipo grande de la capital, ya saben.
En vista de lo anterior, el que suscribe se plantea cada vez más ir a ver los partidos del Atleti contra estos vecinos con los que los dioses nos maldijeron. También se plantea dejar de ir al fútbol así en general, oiga, también, que el fútbol es cada vez más feo y menos deporte, que la gente es cada vez más bruta y menos educada. Pero lo que se plantea de verdad es volver a ver los derbis. Y no se trata de los resultados, de la racha infame, de las pocas posibilidades de hacer tal o cual cosa, de la imagen dada. Se trata más bien del ambiente, de la agresividad sin freno en la grada, de la frustración resuelta a insultos sin gracia ni justificación, de la presencia abrumadora de policías vestidos de samurais por las calles del barrio con cara de buscar una mirada desafiante para probar todo su material anti-disturbios. La sensación de que en cualquier momento habrá una carrera masiva, una pelea, un niño asustado que no se explica por qué tiene miedo en lo que le contaron que iba a ser un día de fiesta, un tipo que maldiga la hora en que se le ocurrió venir al fútbol ese día. Cuando al fútbol no apetece ir con los niños, bien por el horario o por el ambiente de las calles, mala noticia.
En día de derbi, más si es tarde, el ambiente en los alrededores del Calderón es feo y tenso, pesado y molesto, todo a la vez. Se diría que en día de derbi nocturno el alcohol embrutece más que alegra, y que aquellos que normalmente acaban la sobremesa cantando Asturias patria querida y llamando guapa a las señoras, en día de derbi no hay quien les aguante, empeñados como están en pegarse con el primero que pase. A uno, no se me malinterprete, se le ocurren nobles ocasiones para darse de tortas, como por ejemplo los combates de peso mosca, e incluso ve motivos suficientes para recurrir al capón y el sopapo en casos de provocación flagrante (por ejemplo la combinación de camisa de rayas y corbata de topos), pero de ahí a pegarse por las buenas en día de fútbol media un abismo aburridísimo y bastante vergonzante.
Por todo ello uno quizás no deje de ir al Calderón en día de derbi (por ahora), pero sí retrasará su entrada al campo hasta el último minuto. Y quedará en bares, como es su costumbre, pero cada vez más alejados del campo, como hizo ayer. A una distancia prudencial del estadio, el ambiente sigue siendo parecido al de los partidos grandes y uno no se expone a tener que emprender indigna carrera ante la fuerza pública o, mucho peor, a recibir un pisotón de un usuario de zapatos Gorila. De esta forma uno evita contribuir al a veces desagradable espectáculo de la previa y, lo que es realmente importante, puede tomarse una cerveza con calma y charlando, que es de lo que se trata en el fondo. Y ya es triste llegar a esta conclusión, ya es triste.
_____
Llegó la afición en tropel al estadio a pesar del resultado de la ida, del frío, de la hora, del tráfico, de los antidisturbios, de los exaltados, de los socavones y de los impuestos municipales y la gente le intentaba buscar una explicación a tanta afluencia. Es verdad, decían algunos, que para el aficionado del Atleti este partido es especial y que la asistencia al campo es obligada; es verdad, decían otros, que qué más dará el resultado de la ida, si aquí lo que importa es venir a ayudar y cumplir cada uno con su misión; es verdad, decían otros, que preguntarse que cómo es que el campo estaba tan lleno en un partido así implica no tener ni idea de lo que es este equipo y esta afición. Todo eso es verdad, sí, lo es.
Pero también es igualmente cierto que algunos veían otro motivo más para acudir: la esperanza, real y certera, de pasar. Como lo oyen. Que el Atleti actual ganase dos cero el partido de ayer era complicado; tan complicado hoy como posible y asequible hace unos años. En la memoria colectiva, que funciona al menos para una proporción elevada de los que aún van al estadio, marcar un dos cero en un partido así no debería ser ninguna quimera sino algo ya vivido; lamentablemente, para los aficionados que no llegan a la treintena es cosa de ciencia ficción.
He aquí una confesión: el que suscribe, que es tonto, era de los que pensaba que algo bueno iba a pasar ayer. Quizás no pasar, pero sí ganar, y bien. No se trataba sólo del clásico vaivén anímico de todo atlético ante estas situaciones, ya saben, la progresión que empieza con la decepción tras el partido de ida, el sosiego en los días siguientes, el ¿y-por-qué-no?, el sorprendente optimismo moderado, el auto-convencimiento sobre las posibilidades reales del equipo y la posibilidad de que la lógica no se imponga, el escepticismo positivo, el optimismo público y la euforia en las horas previas. No, no se trataba de eso, era algo diferente. Tres elementos contribuyeron a que uno acometiera el partido con más ganas de las esperadas, para sorpresa propia. El primero, los cinco últimos minutos del partido del lunes, con aquél mensaje tan claro enviado directamente desde la grada a los jugadores, sin intermediarios, imposible de no entender. El segundo, la pancarta que apareció en un entrenamiento, y el efecto que uno intuyó que pudo haber causado en los jugadores. El tercero, el partido del Betis, en el que un equipo aprovechó una ocasión para, sin clasificarse, recuperar autoestima, lanzar un aviso a rivales y grada, recargar los niveles de orgullo de la afición; una buena referencia el día antes de un partido importante, un regalito del destino. Uno, inocente, pensó que todo eso dejaba claro qué tenía que hacer el Atleti, que no era mucho, y que lo habrían entendido los jugadores.
En estas salió el Atleti y, a la vez, salió de la chistera de Quique el enésimo conejo contrahecho, malformado e incapaz. Salió una defensa rara, con Valera de lateral derecho, con Filipe Luis Filipe por la banda izquierda - que dejó llena de dudas - y con Ujfalusi jugando de central junto a Perea tras jugar de lateral la inmensa mayoría de sus últimos partidos; mientras, dos centrales que deberían ser titulares comían pipas sentaditos en el banquillo bajo elegante manta de forro polar, hablando con sorna de las dotes motivadoras del mister. Salieron también tres medio centros: Assunçao, Tiago y Elías. Salió el pobre Elías, el recién llegado, el que no tiene ni idea de qué es el Atleti ni mucho menos de qué es un derbi, el que parece no saber cómo se llaman los compañeros, cómo juega el equipo o cómo se toma la M-30 desde el estadio. Salió Elías y jugó todo el partido, chúpese esa, oiga. Había jugado un tiempo el lunes, y había dejado un fuerte aroma a despiste, a necesidad de aclimatación y a falta de soltura (siendo generosos), y Quique premió todo esto con la titularidad y el partido entero en prime time. Salió por delante de Raúl García, el centrocampista de más carácter, suplente en el partido que más carácter reclama; salió también por delante de Juanfran, el recién llegado a quien Quique también hizo debutar de forma sorprendente el día de su presentación para, de forma igualmente sorprendente, volver a dejarle en el banquillo tras un buen partido. Salió por delante Fran Mérida, algo perdido a ratos pero cada vez más metido en el equipo, salió Reyes hasta que se lesionó y le sustituyó Diego Costa y salió Forlán e hizo el peor partido que uno le recuerda en el Calderón, primero impreciso, luego ausente y finalmente desquiciado.
Quique Flores había dicho en la previa que habían entendido el mensaje de la afición y, por ello, se esperó un Atleti peleón. Y así fue, al menos un ratito: salió el Atleti con cierta garra, mordiendo al rival al principio del partido, chocando en los cruces y marcando terreno. El partido empezaba como uno se esperaba, con algo de intensidad, tono y timbre. No había peligro, quizás el visitante mostraba signos de no querer correr mucho puesto que el resultado les era muy favorable, pero tampoco estaba cómodo. El Atleti apretaba y daba la sensación de saber cómo poder hacer daño. No fue así. Fue Reyes el que se hizo daño tras una entrada fea y, en la siguiente jugada, marcó el rival. Primer tiro a puerta, un gol sin demasiada dificultad, la eliminatoria imposible.
Y aquí se preguntó el aficionado... bueno, ¿y qué más da? ¿Qué más da si no se pasa de ronda? ¿No es quizás una buena oportunidad para demostrar que efectivamente se ha entendido el mensaje de la afición y dar una alegría a esta gente? ¿No se queda la situación que ni pintada para, viendo que el visitante iba a correr lo justo, gritar alto y claro que cuando se trata de derbis madrileños pasar o no pasar la eliminatoria es secundario y que lo importante es coger por las solapas al rival y zarandearle hasta que se maree? ¿No deberíamos hacer lo posible para apretar, robar, empatar, remontar y romper la racha, o al menos intentarlo? ¿No deberíamos aprovechar para, incluso sin posibilidades de pasar de ronda, marcar el territorio para el partido de vuelta de liga y así adelantar trabajo? Todas estas preguntas obvias, todas estas posibilidades incluidas en el mensaje que Quique dijo haber entendido, tuvieron una única, decepcionante y triste respuesta: pues no.
El equipo tuvo la ocasión de demostrar que, en efecto, habían entendido el mensaje como dijo Quique Flores y que la respuesta al gol sería un partido a la carga, a pecho descubierto, con la valentía y la ventaja del que sabe que no tienen nada que perder y mucho que ganar. Pero pasó todo lo contrario, qué cosas, y la grada se planteó varias cuestiones. La primera, de qué mensaje hablaba Quique Flores. El mensaje famoso, que todo el mundo había entendido, era que daba igual ganar que empatar o perder, pasar o no pasar, porque lo que se pedía, casi se rogaba, era que el equipo se dejara el alma y recuperara algo de dignidad. A falta de referencias de la casa en el campo, al menos uno confiaría en que el entrenador utilizara el recurso emocional para azuzar a los suyos. Pues tampoco. A juzgar por la actitud, el mensaje que pasó Quique debió versar, una vez más, sobre sensaciones, recuperaciones anímicas, solidaridad alícuota y gestión de escenarios empáticos sin mermar alternativas asociativas, un nuevo mensaje incomprensible destinado a inflar su propio ombligo. Eso, o que estuvieran atentos al trajecito que estrenaba ayer, que era de corte italiano, una perita.
La siguiente pregunta que se planteó la grada es si alguien de la plantilla entiende algo de lo significa este club. No se explicaba la grada que ante un partido en que se podría intentar recuperar autoestima no jugara de salida el único canterano de campo ni que Juanfran, recién llegado, mostrase más rabia y compromiso que todos los demás jugadores juntos. No se explicaba la gente la presencia de Elías, ni la ausencia de Godín, el super-jugador que, según nos cuentan, quiere el Chelsea. No se explicaba la gente la irritante desidia de Forlán, desconectado del partido hasta que pasó de la desconexión al más absoluto de los desquiciamientos, tirando a puerta flojito desde cuarenta metros. No se explicó la gente la soledad de Tiago, único jugador que intentaba jugar la pelota mirando a los compañeros, ni la desesperante actuación de Filipe Luis Filipe, siempre lejos de su par, nunca dispuesto a tomar un riesgo físico o técnico. En definitiva, nadie parece tener una idea de lo que hay, no hay capitán, no hay veteranos, no hay un tipo del cuerpo técnico con cuatrocientos partidos en el club que baje al vestuario y hable de afrentas históricas y robos imperdonables y haga salir a la gente a comerse al rival, no, no hay nada de eso. En vez de eso, sólo hay un director técnico de gira por Brasil, un presidente empeñado en hacer chistecitos, un consejero delegado invisible y centrado en sus negocios y un entrenador más empeñado en hacer valer su autoridad castigando chavales que haciendo un equipo comprometido.
Lo último que se preguntó la afición fue algo cada vez más frecuente en la grada del estadio: qué coño hacemos aquí. Qué hacemos aquí si esto no se parece a lo nuestro, si no tiene nada que ver con lo que queremos. Qué hacemos aquí si esto le importa cada vez a menos gente, y a los que les importa no les duele lo suficiente para montar un escándalo que derribe el palco. Qué hacemos aquí, perdiendo contra el otro equipo grande de la capital en silencio, sin un grito de reprobación al equipo ni al entrenador ni al director deportivo ni al palco, sin un rugido general. Qué hacemos aquí, viendo a un equipo pusilánime y desinteresado que da por bueno un cero uno en casa contra la camiseta más odiada, sin arrebatos de furia, sin cargas desesperadas para marcar el gol de la honra, sin sangre en las venas de los jugadores ni un capitán con los ojos inyectados en sangre, rabioso ante la perspectiva de ser señalado en los posters de los bares por la gente, ahí están, son esos, esos son los que perdieron y no corrieron para solucionarlo, esos son, qué vergüenza de equipo. Qué coño hacemos aquí, oiga, qué coño hacemos aquí, por qué seguimos viniendo y haciéndonos ilusiones, por qué seguimos pensando que esto es un club de fútbol cuando es, en realidad, una inmobiliaria interesada en recalificar terreno en Alcorcón, un broker a comisión de jugadores que se ha gastado 30 millones de euros este año (30 millones ni más ni menos, 30 ... 9 por Godín, 12 por Filipe Luis Filipe, 7 por Elías, 5 por Juanfran, la cifra suficiente para que un club competente arme un equipo casi entero) para conseguir, oh gestión, empeorar el equipo que ganó la Supercopa y seguir sin ser alternativa a nada, que también tiene su mérito, oiga.
El Atleti jugó el peor derbi que uno recuerda cuando lo tenía más fácil que nunca. Nadie pedía al Atleti pasar de ronda, nadie le pedía ni siquiera ganar o empatar: todo lo que se pedía era intentarlo con dignidad, correr, morder. Correr y morder, lo que hacen los cuarentones en campos de fútbol 7 durante los fines de semana para ganarse una cerveza con los amigos que ellos mismos se pagan. Correr y morder, lo que hacen los equipos modestos en parte por dignidad y en parte porque su grada los tira al río si no lo hacen, lo que hace un recién llegado de Osasuna hasta que se dé cuenta de que nadie se lo agradece y para nada sirve. Correr y morder, lo que haría cualquiera de cualquier grada si jugara contra su rival más odiado, lo que hace cualquier jugador honrado que sabe que no tiene la técnica suficiente para hacer otra cosa. Correr y morder, el mínimo exigible en cualquier partido, lo innegociable en un derbi. Correr y morder, lo más sencillo, lo único fácil del fútbol. Gritar y morder, lo que podría hacer la grada, y no hace.
___
Ya saben los lectores de este blog, sufridas víctimas oculares del fondo oscuro y la letra clara, que al que suscribe le gusta cada vez menos el fútbol. En especial, es conocido por estos pagos que a uno el partido que menos le gusta del año es el partido contra ese equipo que nunca nombramos, ese equipo hecho para justificar un palco, el otro equipo grande de la capital, ya saben.
En vista de lo anterior, el que suscribe se plantea cada vez más ir a ver los partidos del Atleti contra estos vecinos con los que los dioses nos maldijeron. También se plantea dejar de ir al fútbol así en general, oiga, también, que el fútbol es cada vez más feo y menos deporte, que la gente es cada vez más bruta y menos educada. Pero lo que se plantea de verdad es volver a ver los derbis. Y no se trata de los resultados, de la racha infame, de las pocas posibilidades de hacer tal o cual cosa, de la imagen dada. Se trata más bien del ambiente, de la agresividad sin freno en la grada, de la frustración resuelta a insultos sin gracia ni justificación, de la presencia abrumadora de policías vestidos de samurais por las calles del barrio con cara de buscar una mirada desafiante para probar todo su material anti-disturbios. La sensación de que en cualquier momento habrá una carrera masiva, una pelea, un niño asustado que no se explica por qué tiene miedo en lo que le contaron que iba a ser un día de fiesta, un tipo que maldiga la hora en que se le ocurrió venir al fútbol ese día. Cuando al fútbol no apetece ir con los niños, bien por el horario o por el ambiente de las calles, mala noticia.
En día de derbi, más si es tarde, el ambiente en los alrededores del Calderón es feo y tenso, pesado y molesto, todo a la vez. Se diría que en día de derbi nocturno el alcohol embrutece más que alegra, y que aquellos que normalmente acaban la sobremesa cantando Asturias patria querida y llamando guapa a las señoras, en día de derbi no hay quien les aguante, empeñados como están en pegarse con el primero que pase. A uno, no se me malinterprete, se le ocurren nobles ocasiones para darse de tortas, como por ejemplo los combates de peso mosca, e incluso ve motivos suficientes para recurrir al capón y el sopapo en casos de provocación flagrante (por ejemplo la combinación de camisa de rayas y corbata de topos), pero de ahí a pegarse por las buenas en día de fútbol media un abismo aburridísimo y bastante vergonzante.
Por todo ello uno quizás no deje de ir al Calderón en día de derbi (por ahora), pero sí retrasará su entrada al campo hasta el último minuto. Y quedará en bares, como es su costumbre, pero cada vez más alejados del campo, como hizo ayer. A una distancia prudencial del estadio, el ambiente sigue siendo parecido al de los partidos grandes y uno no se expone a tener que emprender indigna carrera ante la fuerza pública o, mucho peor, a recibir un pisotón de un usuario de zapatos Gorila. De esta forma uno evita contribuir al a veces desagradable espectáculo de la previa y, lo que es realmente importante, puede tomarse una cerveza con calma y charlando, que es de lo que se trata en el fondo. Y ya es triste llegar a esta conclusión, ya es triste.
_____
Llegó la afición en tropel al estadio a pesar del resultado de la ida, del frío, de la hora, del tráfico, de los antidisturbios, de los exaltados, de los socavones y de los impuestos municipales y la gente le intentaba buscar una explicación a tanta afluencia. Es verdad, decían algunos, que para el aficionado del Atleti este partido es especial y que la asistencia al campo es obligada; es verdad, decían otros, que qué más dará el resultado de la ida, si aquí lo que importa es venir a ayudar y cumplir cada uno con su misión; es verdad, decían otros, que preguntarse que cómo es que el campo estaba tan lleno en un partido así implica no tener ni idea de lo que es este equipo y esta afición. Todo eso es verdad, sí, lo es.
Pero también es igualmente cierto que algunos veían otro motivo más para acudir: la esperanza, real y certera, de pasar. Como lo oyen. Que el Atleti actual ganase dos cero el partido de ayer era complicado; tan complicado hoy como posible y asequible hace unos años. En la memoria colectiva, que funciona al menos para una proporción elevada de los que aún van al estadio, marcar un dos cero en un partido así no debería ser ninguna quimera sino algo ya vivido; lamentablemente, para los aficionados que no llegan a la treintena es cosa de ciencia ficción.
He aquí una confesión: el que suscribe, que es tonto, era de los que pensaba que algo bueno iba a pasar ayer. Quizás no pasar, pero sí ganar, y bien. No se trataba sólo del clásico vaivén anímico de todo atlético ante estas situaciones, ya saben, la progresión que empieza con la decepción tras el partido de ida, el sosiego en los días siguientes, el ¿y-por-qué-no?, el sorprendente optimismo moderado, el auto-convencimiento sobre las posibilidades reales del equipo y la posibilidad de que la lógica no se imponga, el escepticismo positivo, el optimismo público y la euforia en las horas previas. No, no se trataba de eso, era algo diferente. Tres elementos contribuyeron a que uno acometiera el partido con más ganas de las esperadas, para sorpresa propia. El primero, los cinco últimos minutos del partido del lunes, con aquél mensaje tan claro enviado directamente desde la grada a los jugadores, sin intermediarios, imposible de no entender. El segundo, la pancarta que apareció en un entrenamiento, y el efecto que uno intuyó que pudo haber causado en los jugadores. El tercero, el partido del Betis, en el que un equipo aprovechó una ocasión para, sin clasificarse, recuperar autoestima, lanzar un aviso a rivales y grada, recargar los niveles de orgullo de la afición; una buena referencia el día antes de un partido importante, un regalito del destino. Uno, inocente, pensó que todo eso dejaba claro qué tenía que hacer el Atleti, que no era mucho, y que lo habrían entendido los jugadores.
En estas salió el Atleti y, a la vez, salió de la chistera de Quique el enésimo conejo contrahecho, malformado e incapaz. Salió una defensa rara, con Valera de lateral derecho, con Filipe Luis Filipe por la banda izquierda - que dejó llena de dudas - y con Ujfalusi jugando de central junto a Perea tras jugar de lateral la inmensa mayoría de sus últimos partidos; mientras, dos centrales que deberían ser titulares comían pipas sentaditos en el banquillo bajo elegante manta de forro polar, hablando con sorna de las dotes motivadoras del mister. Salieron también tres medio centros: Assunçao, Tiago y Elías. Salió el pobre Elías, el recién llegado, el que no tiene ni idea de qué es el Atleti ni mucho menos de qué es un derbi, el que parece no saber cómo se llaman los compañeros, cómo juega el equipo o cómo se toma la M-30 desde el estadio. Salió Elías y jugó todo el partido, chúpese esa, oiga. Había jugado un tiempo el lunes, y había dejado un fuerte aroma a despiste, a necesidad de aclimatación y a falta de soltura (siendo generosos), y Quique premió todo esto con la titularidad y el partido entero en prime time. Salió por delante de Raúl García, el centrocampista de más carácter, suplente en el partido que más carácter reclama; salió también por delante de Juanfran, el recién llegado a quien Quique también hizo debutar de forma sorprendente el día de su presentación para, de forma igualmente sorprendente, volver a dejarle en el banquillo tras un buen partido. Salió por delante Fran Mérida, algo perdido a ratos pero cada vez más metido en el equipo, salió Reyes hasta que se lesionó y le sustituyó Diego Costa y salió Forlán e hizo el peor partido que uno le recuerda en el Calderón, primero impreciso, luego ausente y finalmente desquiciado.
Quique Flores había dicho en la previa que habían entendido el mensaje de la afición y, por ello, se esperó un Atleti peleón. Y así fue, al menos un ratito: salió el Atleti con cierta garra, mordiendo al rival al principio del partido, chocando en los cruces y marcando terreno. El partido empezaba como uno se esperaba, con algo de intensidad, tono y timbre. No había peligro, quizás el visitante mostraba signos de no querer correr mucho puesto que el resultado les era muy favorable, pero tampoco estaba cómodo. El Atleti apretaba y daba la sensación de saber cómo poder hacer daño. No fue así. Fue Reyes el que se hizo daño tras una entrada fea y, en la siguiente jugada, marcó el rival. Primer tiro a puerta, un gol sin demasiada dificultad, la eliminatoria imposible.
Y aquí se preguntó el aficionado... bueno, ¿y qué más da? ¿Qué más da si no se pasa de ronda? ¿No es quizás una buena oportunidad para demostrar que efectivamente se ha entendido el mensaje de la afición y dar una alegría a esta gente? ¿No se queda la situación que ni pintada para, viendo que el visitante iba a correr lo justo, gritar alto y claro que cuando se trata de derbis madrileños pasar o no pasar la eliminatoria es secundario y que lo importante es coger por las solapas al rival y zarandearle hasta que se maree? ¿No deberíamos hacer lo posible para apretar, robar, empatar, remontar y romper la racha, o al menos intentarlo? ¿No deberíamos aprovechar para, incluso sin posibilidades de pasar de ronda, marcar el territorio para el partido de vuelta de liga y así adelantar trabajo? Todas estas preguntas obvias, todas estas posibilidades incluidas en el mensaje que Quique dijo haber entendido, tuvieron una única, decepcionante y triste respuesta: pues no.
El equipo tuvo la ocasión de demostrar que, en efecto, habían entendido el mensaje como dijo Quique Flores y que la respuesta al gol sería un partido a la carga, a pecho descubierto, con la valentía y la ventaja del que sabe que no tienen nada que perder y mucho que ganar. Pero pasó todo lo contrario, qué cosas, y la grada se planteó varias cuestiones. La primera, de qué mensaje hablaba Quique Flores. El mensaje famoso, que todo el mundo había entendido, era que daba igual ganar que empatar o perder, pasar o no pasar, porque lo que se pedía, casi se rogaba, era que el equipo se dejara el alma y recuperara algo de dignidad. A falta de referencias de la casa en el campo, al menos uno confiaría en que el entrenador utilizara el recurso emocional para azuzar a los suyos. Pues tampoco. A juzgar por la actitud, el mensaje que pasó Quique debió versar, una vez más, sobre sensaciones, recuperaciones anímicas, solidaridad alícuota y gestión de escenarios empáticos sin mermar alternativas asociativas, un nuevo mensaje incomprensible destinado a inflar su propio ombligo. Eso, o que estuvieran atentos al trajecito que estrenaba ayer, que era de corte italiano, una perita.
La siguiente pregunta que se planteó la grada es si alguien de la plantilla entiende algo de lo significa este club. No se explicaba la grada que ante un partido en que se podría intentar recuperar autoestima no jugara de salida el único canterano de campo ni que Juanfran, recién llegado, mostrase más rabia y compromiso que todos los demás jugadores juntos. No se explicaba la gente la presencia de Elías, ni la ausencia de Godín, el super-jugador que, según nos cuentan, quiere el Chelsea. No se explicaba la gente la irritante desidia de Forlán, desconectado del partido hasta que pasó de la desconexión al más absoluto de los desquiciamientos, tirando a puerta flojito desde cuarenta metros. No se explicó la gente la soledad de Tiago, único jugador que intentaba jugar la pelota mirando a los compañeros, ni la desesperante actuación de Filipe Luis Filipe, siempre lejos de su par, nunca dispuesto a tomar un riesgo físico o técnico. En definitiva, nadie parece tener una idea de lo que hay, no hay capitán, no hay veteranos, no hay un tipo del cuerpo técnico con cuatrocientos partidos en el club que baje al vestuario y hable de afrentas históricas y robos imperdonables y haga salir a la gente a comerse al rival, no, no hay nada de eso. En vez de eso, sólo hay un director técnico de gira por Brasil, un presidente empeñado en hacer chistecitos, un consejero delegado invisible y centrado en sus negocios y un entrenador más empeñado en hacer valer su autoridad castigando chavales que haciendo un equipo comprometido.
Lo último que se preguntó la afición fue algo cada vez más frecuente en la grada del estadio: qué coño hacemos aquí. Qué hacemos aquí si esto no se parece a lo nuestro, si no tiene nada que ver con lo que queremos. Qué hacemos aquí si esto le importa cada vez a menos gente, y a los que les importa no les duele lo suficiente para montar un escándalo que derribe el palco. Qué hacemos aquí, perdiendo contra el otro equipo grande de la capital en silencio, sin un grito de reprobación al equipo ni al entrenador ni al director deportivo ni al palco, sin un rugido general. Qué hacemos aquí, viendo a un equipo pusilánime y desinteresado que da por bueno un cero uno en casa contra la camiseta más odiada, sin arrebatos de furia, sin cargas desesperadas para marcar el gol de la honra, sin sangre en las venas de los jugadores ni un capitán con los ojos inyectados en sangre, rabioso ante la perspectiva de ser señalado en los posters de los bares por la gente, ahí están, son esos, esos son los que perdieron y no corrieron para solucionarlo, esos son, qué vergüenza de equipo. Qué coño hacemos aquí, oiga, qué coño hacemos aquí, por qué seguimos viniendo y haciéndonos ilusiones, por qué seguimos pensando que esto es un club de fútbol cuando es, en realidad, una inmobiliaria interesada en recalificar terreno en Alcorcón, un broker a comisión de jugadores que se ha gastado 30 millones de euros este año (30 millones ni más ni menos, 30 ... 9 por Godín, 12 por Filipe Luis Filipe, 7 por Elías, 5 por Juanfran, la cifra suficiente para que un club competente arme un equipo casi entero) para conseguir, oh gestión, empeorar el equipo que ganó la Supercopa y seguir sin ser alternativa a nada, que también tiene su mérito, oiga.
El Atleti jugó el peor derbi que uno recuerda cuando lo tenía más fácil que nunca. Nadie pedía al Atleti pasar de ronda, nadie le pedía ni siquiera ganar o empatar: todo lo que se pedía era intentarlo con dignidad, correr, morder. Correr y morder, lo que hacen los cuarentones en campos de fútbol 7 durante los fines de semana para ganarse una cerveza con los amigos que ellos mismos se pagan. Correr y morder, lo que hacen los equipos modestos en parte por dignidad y en parte porque su grada los tira al río si no lo hacen, lo que hace un recién llegado de Osasuna hasta que se dé cuenta de que nadie se lo agradece y para nada sirve. Correr y morder, lo que haría cualquiera de cualquier grada si jugara contra su rival más odiado, lo que hace cualquier jugador honrado que sabe que no tiene la técnica suficiente para hacer otra cosa. Correr y morder, el mínimo exigible en cualquier partido, lo innegociable en un derbi. Correr y morder, lo más sencillo, lo único fácil del fútbol. Gritar y morder, lo que podría hacer la grada, y no hace.
Etiquetas:
Atleti,
Atlético Madrid,
Copa del Rey,
Forlán,
Real Madrid
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


