lunes, 16 de abril de 2007

Lo poquito que nos queda

Cuentan que Keith Richards se presentó en el rodaje de “Piratas del Caribe” seis horas tarde, con una resaca de pánico y sin saberse el guión. Cuando el director se lo echó en cara, Richards contestó sin inmutarse: “Pero… ¿qué esperaban?”.

Ayer el Atleti jugó a una hora muy buena, contra un rival muy asequible, en una tarde espléndida ante un campo lleno, sobre todo, de niños. El partido fue un horror y se ganó porque se fue un poco menos malo que los pobres del Levante. Si alguien le echa en cara el desastroso espectáculo a alguno de los directivos del club estoy seguro de que también contestarían: “Pero… ¿qué esperaban?”




Ayer venían al Calderón varios ex rojiblancos: Abel, Salva, Sabas y Molina. A Molina se le recibió con una larga y cariñosa ovación en los dos fondos, respondida por sus propios aplausos de agradecimiento. Molina es un tipo que al que suscribe le es especialmente simpático. Puede que lo sea por haber sido un portero excepcional que nos dio tardes de gloria. O por su curiosa personalidad, tan auténtica, diferente a la de la mayoría de los futbolistas, tipos irritantes sin interés ni gracia. O por vestir de esos colores tan raros. O por casi meter un gol en jugada personal en su debut con la selección como interior izquierdo. O por haber pasado un cáncer con discreción y torería. O por no esconderse nunca, sobre todo el día que falló en su debut en la Eurocopa, contra Noruega. O por sus cortes de pelo, sus declaraciones, sus cruces con estilo de líbero antiguo.

Las espontáneas ovaciones de ayer me alegraron especialmente, quizás porque hacía tiempo que el Calderón no tenía un detalle similar con aquellos que nos ayudaban a entrar los lunes en la oficina con la cara muy alta. Pero ayer sí, y yo me alegré, y mucho. Y también pensé en que es curioso no haber asistido a casi ningún partido homenaje en mis muchos años de rojiblanco. Y que es curioso el trato que se le da a los ex jugadores en el Club, aunque viendo el trato que se les da a los socios tampoco extraña mucho el tema. Y en por qué no está Molina ni tantos otros todavía en el equipo, en cuántos jugadores válidos se fueron antes de tiempo a equipos a los que también dieron tardes de gloria, en el peso que tiene el sonido del vil metal en las decisiones tomadas en el Club en los últimos años. Así que me alegré de las ovaciones, ya lo he dicho, y mucho, y esto también lo he dicho. Me alegra que la afición sea agradecida, me alegraría saber que Molina agradeció lo de ayer de corazón, me gustaría que se pensara en estas cosas con más frecuencia.

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Ayer se jugaba a las cinco y en tarde soleada, como antaño, y el ambiente era especial. Lo era por el calor, por el inusual sol altísimo que nos dio en la frente durante todo el partido, por los resultados del día anterior. Pero lo era especialmente porque la grada estaba llena de niños, que para eso el club regalaba una entrada infantil o algo así, cosa que me parece estupenda (que no siempre vamos a estar gruñendo). Así que el campo estaba abarrotado de niños y niñas de todas las edades con camisetas rojiblancas y diademas con plumas y coletas y coloretes y pecas y ganas de reírse, y eso se agradece en la tristona grada rojiblanca de los últimos tiempos. Daba gusto. Uno siempre piensa que no debe ser fácil ser niño del Atleti en estos tiempos que corren, porque cuando uno era chico, en los remotos tiempos del secuestro de Quini, el Atleti daba motivos de orgullo y no nos era complicado encontrar motivos para repeler con facilidad los envites dialécticos de los compañeros de colegio de otros equipos. Hoy no debe ser así, y además de moverse en un ambiente de inferioridad numérica flagrante, los pobres chavales y chavalas del Atleti no encuentran excesivos motivos para mantener su altivez contra viento y marea. Uno, que como saben es tonto, aprecia mucho estas cosas y siempre que ve un niño con algún distintivo rojiblanco le dice algo y le pregunta cosas y hasta le compra un helado si al padre no le da por pensar que soy familia del Duque de Feria.

A lo que íbamos. Luccin se lesionó en el último momento y salieron Costinha, Jurado, Galletti y Gabi. Si jurado hubiera tenido otro nombre no nos habría quedado claro si era un cuarteto de clowns contratado para entretener a la chavalería. Quizás en otro orden, “Gabi, Costiña, Galletti y Juradito” … o incluso incluyendo a “Luchín” … si, casi mejor así … bueno, en fin, a lo que íbamos. Que empezó el Atleti a jugar y sí, entonces quedó claro que el centro del campo sí era un número cómico. Chocaban Costinha y Gabi luchando por el mismo balón, y los niños se mondaban. Intentaba Jurado irse por fuerza y lo mismo. Galletti corría con su estilo peculiar y fallaba un gol cantado y gritaban y aplaudían los hijos de los socios, sorprendidos porque a sus padres no les hiciera ni pizca de gracia el espectáculo absurdo que veían. Los niños disfrutaban y preguntaban cuándo saldría el león y el domador o cuándo empezaba la piñata, y hacían cola para saludar a Indy, a cuyo habitante interior se le intuían unos ojos brillantes de orgullo bajo la capa de peluche. Los padres, sin embargo, no lo veían bien y explicaban a sus hijos que no era lo que parecía, que el Atleti maravilloso del que les hablaban antes de dormir jugaba así al fútbol, que era en serio, que por asombroso que les pareciera Galletti no pertenecía a un dúo circense o que el portero no era el Actor Secundario Bob sino Leo Franco con trencitas.

Cayeron los niños en la cuenta y se llevaron un disgusto. Empezaron a no reírse de todo, a preocuparse en serio de lo que veían. No entendían la apatía de los jugadores esos vestidos con la camiseta con la que sus padres les dejan dormir cuando se han portado bien. Algunos perdían el interés y jugaban con un tren, otros pasaban un mal rato, deseando, como los mayores, que les dejaran bajar a ellos a jugar, que iban a hacerlo mejor. Varios niños amenazaban con irse, otros con coger una perra si el Atleti no marcaba pronto o al menos lo intentaba, algunas niñas echaban en cara a los padres el irse con los amigotes para ver ese esperpento. Los más osados no se resignaban, proponían ir al palco a protestar esgrimiendo piruletas y regalices, incluso lanzar una lluvia de pañales usados contra la directiva. Estos últimos no eran muchos pero eran vehementes y aguerridos y si no es por que la inmensa mayoría de niños restantes eran unos conformistas, como sus padres, a lo mejor cae una lluvia de potitos contra el palco y tenemos una desgracia.

La cosa se puso fea y los niños se encaraban con sus padres, reclamando un equipo ganador, echando en cara el que no hicieran nada a pesar del clarísimo timo, poniendo en duda la autoridad paterna al ver que ningún papá bajaba y ponía las peras al cuarto al entrenador, llamado por muchos Profesor Jirafales. Los padres empezaron a sentirse en deuda con sus vástagos y rebuscaron en su pasado, en las tardes en las que el Calderón era un templo del fútbol de contraataque. Así que en ese momento, como en los cuentos, ocurrieron dos cosas. La primera, que gran parte de la afición, movida por el disgusto de sus hijos (que no por su propia iniciativa), silbó y silbó como si quisieran derribar la casita de paja. Silbaban contra el juego del equipo, contra la actitud de los jugadores, contra el atentado contra el decoro que supone ver algunos futbolistas anestesiados llevando la camiseta que sus hijos veneran. Silbaban, en fin, contra el Atleti de hoy. La directiva dirá que silbaban contra el entrenador, el entrenador dirá que contra los jugadores y éstos que contra Indy. Pero se silbaba contra todos y contra cada uno, salvo alguno que se salva. Pero se silbó, y silbaron muchos y hasta Molina silbó de tapadillo, y eso es noticia en este campo en el que vale todo, y no es poco. Terminada la pitada también se animó, como diciendo que los que lo hacéis mal sois vosotros, pero no nosotros. Como debe ser.

Pero es que ocurrió otra cosa. Ocurrió que, de entre todos los jugadores que estaban en el campo, hubo uno que sí entendía por lo que pasaba la hinchada infantil, posiblemente por haber vivido lo mismo. Vio claro que esto no podía quedar así, que los de la grada no se merecían lo que se veía en el césped y tomó cartas en el asunto. Poco antes del descanso, aprovechando una cesión defectuosa, el niño Fernando Torres dio una carrera de cuarenta metros en la que sacó siete a su marcador y provocó un saque de banda en un arranque de furia. La grada reaccionó como un trueno, lanzando puños cerrados al aire que significaban gracias, se nota que eres uno de los nuestros, en ti confiamos para que todos estos chavalines no tengan que hacerse preguntas sin respuesta, eres nuestra única esperanza. Volvió Torres a pedir la bola al que sacaba de banda, se fue de un defensa e hizo un pase con la zurda que nadie remató. Pero daba igual, no era un pase sino una declaración de principios y si éstas no se rematan pues tampoco pasa nada. Volvió a rugir la grada, coreó su nombre en agradecimiento y al descanso vimos con alivio que por los pasillos los niños ensayaban regates y remates en vez de decirle a su padre que se querían ir a casa porque ese rollo de partido no les gustaba.

Así que empezó el segundo tiempo y salió el Kun, y los niños respiraron hondo y comieron yogures y sus esperanzas crecieron. Agüero salió con ganas y buscando la pelota, y Torres tiraba a puerta con una confianza que no veíamos en él hace tiempo. Y tanta confianza tuvo que marcó un golazo de tiro lejano que celebró con estruendo en el banquillo. Torres, el que hasta entonces había hecho todo, marcaba y los niños querían ser él y los mayores también. Todos, chicos y grandes, se alegraban especialmente de que hubiera sido él y no otro el que marcara, de que el destino recompensara su disposición para aceptar la hercúlea responsabilidad de mantener viva una llama. Los niños le comparaban entonces con Mr Increíble y con Spiderman y con Flash Gordon, comparaban al Kun con Son Goku, y algunos con mala baba decían que Jurado es Cactus de las Supernenas. La grada retomaba el pulso y los padres respiraban aliviados por la cantidad de preguntas que, gracias a Torres, no tendrían que responder hoy. Y entre tanto el imaginativo portadista de la revista Forza Atleti, tras haber sacado un número titulado “Galleeeetti!”, se frotaba las manos ante el hecho de que el Niño hubiera destacado en el día del niño.

Del resto del bodrio nada que decir, salvo que el Atleti, como siempre, renunció a meter otro gol por más que esto nos vendría de perlas; que si no es por lo inoperante de los delanteros del Levante empatamos o perdemos; que Jurado necesitó que le quitaran un calambre tras setenta minutos de juego al trote, ahí es nada; que Pernía está para el tinte .... Nada interesante. Bueno, sí, que los padres utilizaron lo visto para aleccionar a su prole. Para decirles que nunca hay que bajar los brazos; que es necesario que todos ayuden porque es imposible que uno sólo pueda con todo, aunque acabaran de ver lo contrario; que a pesar de lo que digan en el colegio y en la prensa, no es obligatorio ser de otro equipo ni renegar del nuestro; que aún hay motivos, aunque pocos, para mantener la fe, y que esos motivos son principalmente dos: el Niño Torres y el resto de niños que en un futuro contarán que vieron ese golazo en una tarde soleada.

1 comentario:

José Ramón dijo...

Yo cuando hablo de Molina, me pongo de pie.

También cuando hablo de Azofra.

No es exageración.

Rigurosamente cierto.