viernes, 4 de mayo de 2007

¡¡AGUANTE MANITO!! (Doggy dixit)

Horas despues de citar virtualmente de lejos a Doggy para que hiciera pública su razonada defensa de Aguirre éste, presto como un Pablorromero y audaz como un Gurkha, me envía por mail el artículo que se reproduce a continuación. Así que ahí tienen lo prometido, lo que a algunos abrirá los ojos y a otros encogerá la vesícula. Como los comentarios prometen ser interesantes y el texto tiene su miga, se acabó con la introducción. Todo suyo.


A mí, de Javier Aguirre, lo que menos me gusta es su dentadura. Vaya esto por delante para que nadie pueda acusarme de pelota. No, no me gustan los piños del Vasco, ¡pinche güey! Es un postizo perfecto, demasiado perfecto, casi casi de anuncio de Corega. Un postizo de boxeador o, mejor aún, de luchador mejicano con máscara. Javier Aguirre tiene la mandíbula cuadrada, pelo cano de Marine veterano y mirada de guerrero. Y eso, señores, un guerrero, es justamente lo que necesitaba el Atleti.

Supongo que los lectores habituales de este blog se me habrán puesto ya de uñas. Se lleva mucho por estos lares virtuales el derrotismo disfrazado de sano escepticismo que, muchas veces, esconde un mucho menos saludable deseo de que se cumpla el estereotipo vikingo de atléticos sufridores, esos que a la primera de cambio te sueltan un “este año tampoco”, “no hay nada que hacer” o el clásico “apaga y vámonos”. Aquí se clama al cielo recordando gloriosos tiempos pasados, se nos llena la boca de decir que sólo Fernando Torres merece ponerse esta camiseta y nos venimos abajo ante el más mínimo sinsabor deportivo. No voy a ser yo, señores, el que niegue razones para la desmotivación, incluso para la hartura, pero para ahondar en ese pozo ya hay otros. Yo, señores, vengo hoy aquí a romper una lanza por Javier Aguirre. Y desde ya les advierto que no pienso mentar a la Directiva. ¡Ándele!

Repasemos brevemente los antecedentes en el banquillo rojiblanco. Cálmense, que no pretendo remontarme a los tiempos de Max Merkel, ni mucho menos a los de Helenio Herrera. Vamos a lo reciente. Desde que salimos del infierno de Segunda hemos visto sucesivamente sentados en nuestro banquillo a Luis Aragonés, Gregorio Manzano, César Ferrando, Pepe Murcia y Carlos Bianchi. De Luis Aragonés me niego a decir todo lo que pienso por respeto a su pasado, porque desde hace años, incluido ese estertor final en el Atleti recién ascendido, es un entrenador acabado. Véase su ridículo y errático devenir al mando de la Selección para mayor abundamiento. Tras él llegó el pío Manzano, un vendehumos con el ojete florecido, un Miguel Muñoz escapado del Seminario, que bastante hizo con mantenernos en Primera. Ferrando y Murcia, honestos y trabajadores, también lograron la permanencia, pero acabaron demostrando que, como al curilla, el cargo les venía grande, muy grande. Precisamente por eso se trajo a Bianchi -ganador, experimentado, de irreprochable y campeonísimo currículo -que naufragó por una absurda mezcla de excesos: exceso de soberbia, exceso de desconocimiento de la realidad de la Liga española y exceso de mala suerte.

Y así llegamos a Javier Aguirre, un Míster que, tras cuatro años en Osasuna, había maravillado por sus dotes de psicólogo, por su fútbol aguerrido, competitivo y vistoso y por haber conformado una plantilla polivalente y ganadora aprovechando al máximo unos recursos futbolísticos a priori muy limitados. Cualquier buen aficionado al fútbol reconocía en Javier Aguirre a un tipo que sabía verdaderamente lo que pasa en un terreno de juego, que, además, era consciente de saberlo y que, por tanto, ambicionaba empresas mayores que las que, después de cuatro años, podía ofrecerle el bravo y noble conjunto pamplonica al que dejó, ¡oh, maravilla!, en Liga de Campeones.

Nada más llegar al Atlético de Madrid, Aguirre demuestra su compromiso y confianza: rechaza los dos años de contrato que le ofrecen y firma por uno, comprometiéndose a llevar al equipo a Europa como condición para prolongar su relación contractual. Le fichan a Agüero (un crack en proceso de formación), a Miguel de las Cuevas (una perla pendiente de explotar), a Ze Castro (un central con gran futuro), a Seitaridis (un lateral experimentado que sale de una larga lesión), a Costinha y Maniche (dos portugueses veteranos que ya lo han ganado todo), a Patapalo Pernía (un curtido jornalero de la banda que viene de hacer la temporada de su vida en el Getafe, incluidos diez goles de falta directa), a Jurado (un proyecto de jugador que los vikingos quieren foguear) y a Mista (un delantero notable y con experiencia que se ha quedado sin sitio en Valencia). Aguirre cuenta, además, con una base más sólida que sus predecesores. Está Fernando Torres, claro, pero también Maxi Rodríguez, Martin Petrov, Peter Luccin, Pablo, Perea, Antonio López y Leo Franco. Y jugadores para el banquillo: Gabi, Valera, Galletti... Con esos mimbres, Aguirre está convencido de meterse entre los seis primeros, aunque avisa de antemano que considera corta la plantilla.

Como TODO entrenador actual, el Vasco se dedica primero a apuntalar la estrategia defensiva, a construir un equipo que se muestre fuerte y sólido atrás para sacar resultados y coger confianza. Aquí las opiniones pueden ser las que ustedes quieran, pero los números cantan. El Atleti es el segundo equipo que menos goles ha encajado de la Liga (26, sólo por detrás de los 24 que le han clavado al Pato Abbondancieri). El Atleti es el equipo de la Liga al que menos le rematan a puerta, al que menos centros de gol le hacen y el que provoca más fueras de juego en las delanteras rivales. Además, es el segundo equipo de Primera (tras el Barça) que menos balones pierde. Esto son datos, lo demás cuentos. Aguirre ha sabido organizar una estrategia defensiva seria (en la que Luccin, inconmensurable este año, es pieza clave), dando bolilla, además, a todos sus defensas y ayudándoles a mejorar: a Pablo (desquiciado por culpa de unos representantes peseteros, curiosamente exjugadores del Atleti, y de su propia y torpe avaricia) le ha vuelto más contundente y menos contemplativo, para que no se noten tanto sus carencias con el balón en los pies; a Perea (que, como Antonio López, vive su peor año desde que está en el equipo) le ha desplazado a la banda o le ha sentado para espabilarle; a Zé Castro y a Seitaridis les ha dado palo o zanahoria, según correspondiera, para aprovechar sus virtudes, sabiendo integrarles en el equipo; a Valera le ha utilizado para motivar al griego (parece que se nos ha olvidado ya que en ese puesto hemos sufrido mucho tiempo una metástasis futbolística llamada Velasco) y cuando le iba a dar la alternativa definitiva se le rompió el cruzado. En enero llegó Fabiano Eller, al que dio un mes para adaptarse y que hoy parece ya titular indiscutible por su condición de valladar en el juego aéreo, otra de nuestras carencias crónicas en los últimos años. En definitiva, hoy podemos decir que el Atlético tiene una gran defensa en la que pueden jugar cualquiera de los ocho, incluyendo al lamentable Mariano Patapalo Pernía, con diferencia el peor futbolista de la plantilla.

No me olvido del portero, no. Aguirre no es tonto, señores, y sabe que Leo Franco no es un portero de élite, pero es el que tiene. Como los más avispados habrán percibido, obliga a los centrales a estar muy atentos para que Leo no tenga que salir del área pequeña, su gran carencia. Pero a Aguirre no se le puede achacar que cualquier equipo llegue una sola vez a nuestra portería y nos la clave (pienso en el Mallorca, el Zaragoza, el Valencia, el Real Madrid o la Real Sociedad en el Vicente Calderón; o en el Depor, el Zaragoza o el Madrid lejos de casa). Leo sólo nos ha ganado un partido: en el Ruiz de Lopera ante el Betis. Muy poco bagaje, muy poco, para un internacional argentino. Ahora veremos si Pichu es o no es una alternativa. Ojalá. Porque necesitamos un portero que nos saque una mano salvadora alguna vez, como Casillas, Palop, Valdés, Cañizares, César, el Pato o Pinto, por poner los ejemplos más obvios, aunque podríamos citar muchos: este año cuatro de cada cinco porteros han hecho el partido de su vida en el Calderón.

Pero vamos con el centro del campo, señalado por todos como el punto flaco de este equipo. Yo no estoy tan de acuerdo. Sucede que al fútbol se juega de muchas maneras y no siempre como digan cuatro pintamonas de los medios, es decir un pivote defensivo, un media punta pasador y dos jugadores de banda. Esa es sólo una opción, un dibujo sobre un papel o una pizarra, una teoría que tienen que poner en práctica unos futbolistas. Y a día de hoy se juzga a Aguirre -y se le condena- por no tener, pongamos por caso, a un Riquelme. Y a mi, claro, me da la risa. El Barsa juega habitualmente con tres centrocampistas pasadores, el Sevilla no tiene un media punta pasador, el Zaragoza tiene dos a cambio de jugar sin bandas, el Recre apuesta por circular el balón rápido para aprovechar su velocidad arriba. El fútbol no es lo que diga De la Morena, Segurola, el mediocre de Maldini o el primer desgarramantas que firme una crónica en el Marca o en el AS. El fútbol es muy variadito. ¿Con, pongamos por caso, Riquelme jugaríamos mejor? Probablemente. Y si mi difunta abuela hubiera tenido gomas Bridgestone en lugar de piernas hubiera sido un Minardi. Pero ese no es el tema. El tema es que se nos lesionaron dos piezas claves en el centro del campo, Maxi y Petrov, dos titulares indiscutibles que aportaban un sinfín de opciones de juego para Luccin y su acompañante, por detrás, y para Torres y Agüero, por delante. El tema es que Miguel de las Cuevas, centrocampista con hambre y calidad futbolística, polivalente, con visión de juego, pase y disparo, se rompió y, para colmo, tuvo mala suerte en su recuperación y se le necrosó un dedo del pie. Otra grandeza de Aguirre: nunca ha llorado las bajas, ni las ha puesto como excusa para escudarse, ha elevado el mentón, ha apretado su grotesca piñata postiza y ha buscado alternativas. Lamentablemente, Maniche se borró antes de Navidad. Lamentablemente, Patapalo Pernía y Antonio López no son extremos, ni siquiera interiores. Lamentablemente, Galletti no es un jugador para ser titular en ningún equipo del mundo que aspire a otra cosa que no sea la permanencia y sí puede ser un jugador interesante para salir de refresco quince o veinte minutos. Pero Aguirre no se ha lamentado. De Jurado preferiría no hablar: ha dado sobradas muestras de ser un jugador, ahora mismo, justito justito para ser titular en un Segunda División de media tabla. Pero es lo que tiene Aguirre. Costinha, aunque se haya convertido en chivo expiatorio para un gran sector de la afición, está cumpliendo con su cometido cuando juega. Otra cosa es que a “los aficionados al fútbol por televisión” o a los lectores del Diario AS les guste más o menos ese cometido. Para terminar con el centrocampismo: Aguirre pidió dos jugadores en enero –y que vendieran a Maniche- y no se los trajeron –ni vendieron al achulado portugués. Tampoco ha llorado. Al igual que no lo hizo este verano, cuando no se fichó a Raúl García, con el que Patxi Izco, ese al que siempre le llega la camisa al cuello, quería hacer el negocio de su vida. Raúl García era el centrocampista que quería el Vasco, pero aguantó con Maniche. Seamos serios: a día de hoy, nuestro centro del campo depende de Peter Luccin, un jugador que sigue demostrando su inmensa categoría contra viendo y marea, realizando muchas veces funciones que no son las suyas por solidaridad con el equipo y para tapar las carencias o las sinvergonzonadas tácticas de sus acompañantes en la medular. Desgraciadamente, a veces paga su exceso de responsabilidad y compromiso yéndose de la boca. Que ya le vale. Así que les doy la razón: creamos poco fútbol, pero es que jugamos con Jurado, con Gabi, con el espectro de Maniche, con Galletti... Y aún así, se nota la mano de Aguirre: Galletti presiona como no lo hizo nunca, ni cuando jugaba picaditos con los compadres en los veranos húmedos de La Plata, Jurado está aprendiendo a apretar al contrario en banda, Gabi no se va de su sitio, aunque, a cambio, se ha convertido en un leñero... En fin, Aguirre ha actuado toda la temporada obligado por las circunstancias en la medular y supongo que lo sufre bastante más que nosotros.

En punta tenemos a Fernando Torres. Nunca podremos, como atléticos, agradecer suficientemente lo que este chaval está haciendo por el Atleti. Si me pongo trágico, llego incluso a pensar que, sin él, habríamos desaparecido como club. Y sí, con Aguirre ha mejorado. Más allá de la lotería de los penaltis y su mala racha, combustible para las chanzas vikingas (que envidian su categoría y su compromiso), Torres es más jugador hoy que antes de llegar Aguirre. Defiende como nunca (en todas las jugadas de estrategia marca al delantero centro rival), ha aprendido el daño que hace cuando cae a banda y lleva toda la temporada dando goles a sus compañeros, muchos de ellos desaprovechados. Y encima ha metido diez chicharros. Por no hablar de sus desmarques constantes en cada saque de banda o de portería, su presión en la salida de balón del contrario, su garra, su afán competitivo... En fin, todo da igual, porque se le exigirá que haga todo eso y que, encima, de espectáculo como Ronaldinho y meta goles como Drogba. Otro viejo debate mediático, creado, como casi todos, por periodistas vikingos que jamás entenderán que para Fernando Torres ganar un título con el Atleti no tiene comparación con nada en el mundo, que jamás entenderán lo que significa ser del Atleti...

Otro viejo debate, decía, es el del acompañante de Torres. Este año se fichó a un fenómeno, un diamante en bruto, un monstruo de dieciocho años recién cumplidos. Todo aquel que pensara que Agüero iba a llegar al Atleti y triunfar, una de dos, o es un necio ignorante o un capullo malintencionado. Yo creo que Agüero nos dará muchas tardes de gloria, ya nos ha dado alguna (con el Athletic, con el Villarreal, con el Levante en Copa...). Y también creo que tendremos que agradecerle su parte a Javier Aguirre. Le ha cuidado de verdad como no habría hecho otro entrenador: le ha dosificado, le ha escondido cuando el equipo estaba mal para que no le molieran a palos, los mismos palos que ha aguantado él, la ha dado confianza, ha tenido paciencia con el pibe y, a la vez, le ha presionado con la amenaza de Mista para evitar que se relajara y le ha mandado al banquillo cuando le ha parecido oportuno. Un jugador como Agüero, viniendo de donde viene (me apuesto un testículo a que la mayoría de esos que hablaban, para bien o para mal, de Agüero no habían visto un puto partido entero de Independiente y no saben de la Liga Argentina más que por los resúmenes de Canal Plus) y jugando a lo que juega, necesita, como mínimo, una temporada de adaptación (y que nadie mencione a Messi, porque la Pulga ha estado tres años jugando en las inferiores del Barça). Y yo veo motivos para el optimismo: aún así ha rendido razonablemente bien, cada vez se entiende mejor con Torres (esas paredes eléctricas que vemos en casi todos los partidos), está aprendiendo como se defiende en Europa y va perdiendo esa indolencia que mostraba al principio. La clase la tiene, no hay más que verle con el balón en los pies, y Aguirre conseguirá al final convencerle de no intentar ese último regate que, como buen gambetero, muchas veces le hace olvidarse de que, primero, hay que ejecutar al contrario y luego lucirse (algo, por cierto, que dudo que Jurado aprenda jamás). Por último tenemos a Mista. Un honrado profesional que ha dado la cara en todo momento, que ha aceptado sin rechistar un rol secundario porque sabe que Aguirre se lo valora y se lo paga dándole oportunidades en cuanto puede.

Todo eso no puede esconder que somos el equipo de Primera que más veces tiene que rematar a puerta para meter un gol o que seamos el equipo que más faltas directas haya tirado y el único que no ha metido ninguna. O que seamos el equipo que menos goles haya marcado en jugadas de estrategia. O que hacía muchos años que no se veía un Atleti que marcara tan pocos goles. Aún pasando por alto que, como señaló el propio Aguirre, perdimos en octubre un tercio de la capacidad goleadora del equipo, todo esto está en el Debe del Vasco, así como cierta tendencia amarrategui, pero también parece que hay razones para darle tiempo, lo único que (casi) siempre funciona en el fútbol.

El Atleti de Aguirre, a día de hoy, no juega bien. Vale, chaval, pídeme una caña. ¿Cuántos equipos de la italianizada Liga de las Estrellas (sic) juegan bien? El Barsa y el Sevilla uno de cada tres partidos, el Recre uno de cada cuatro y el Racing, el Osasuna o el Espanyol uno de cada seis. Analizando fríamente lo que llevamos de temporada, ni el Zaragoza, ni el Real Madrid, ni el Valencia han jugado mejor que el Atleti, pero, indudablemente, tienen más soluciones ofensivas en sus plantillas. Y, aún así, ahí estamos nosotros, con las opciones intactas para meternos en la UEFA (que puede ser un consuelo menor, pero sería muy importante para el equipo). Yo espero con toda mi alma que se consiga. Pero no principalmente por jugar un torneo europeo tan devaluado como la antigua Copa de Ferias. Yo ruego porque acabemos sextos para que siga Aguirre, para que por fin podamos ver un proyecto. Y me duelen las cosas que se dicen, porque nadie se acuerda del primer año de Rijkaard (sin ánimo de comparar) o los años que les ha costado al Sevilla o al Valencia construir los equipos que tienen. Por poner tres ejemplos. Ruego porque siga Aguirre porque le veo entrenar y veo a un tío que sabe, a un equipo técnico que le respalda y le complementa, veo a una plantilla comprometida, unida y sin más malos rollos que los inevitables, en la que todos se sienten valorados. Ruego porque siga Aguirre porque le veo en las ruedas de prensa antes y después de los partidos, con la frente alta, sin esconderse, sin vender humo, sin escudarse y sin excusarse, sin echarle mierda a sus futbolistas, sin desviar la atención con los árbitros, pensando lo que puede hacer para mejorar el equipo, para ganar. Ruego porque siga Aguirre porque no vivo del pasado (yo ya he celebrado dos Copas en el Cuernabéu y un Doblete): quiero tener futuro. Ruego porque siga Aguirre porque miro a Osasuna y veo que Ziganda, con dos retoquitos, dos, tiene un equipazo competitivo de 22 jugadores: la herencia de cuatro años de Aguirre que anoche cayó dignamente en semifinales de la UEFA.

Y ahora voy y miro el calendario. Nos quedan el Espanyol y el Getafe fuera, el Barsa en casa, el Nástic en Tarragona, el Celta en casa y el último partido de Liga en Pamplona. Miro el calendario y confío en que Javier Aguirre cumplirá el objetivo que se impuso a si mismo, que nos meterá en la UEFA, que renovará y que, con cuatro retoques, empezaremos a ser un buen equipo de fútbol.

Y es por todo lo anteriormente expuesto, por lo que yo le perdono a Aguirre exhibir esa dentadura tan lamentable.

Doggy

1 comentario:

José Ramón dijo...

¿Patapalo?

¿Patapalo?

!Uy lo que ha dicho!